Así bailaba Zaratustra

Jaime Muñoz Vargas

a Javier Prado Galán

Dejé de verlo en 1987. No, fue en el 88, lo recuerdo porque en ese año terminé la carrera y Mario Marcelo Márquez ya estaba dando clases en una prepa. Daba Filosofía i y ii y ganaba tan poquito que aquello era como trabajar por puro altruismo. Tenía dos hermanas y vivía con sus padres en un cuartito construido atrás, al fondo de su casa. Yo lo conocía porque nacimos en el mismo barrio y durante sus primeros diez años llevó una vida normal. Normal suena pedante, y por eso quizá debo decir ordinaria, como la de todos los niños que nacen y crecen en los barrios del centro. Mario Marcelo jugaba con toda la palomilla y no era malo ni para el fut ni para el beis ni para los papalotes ni para las canicas. Recuerdo que yo lo envidiaba porque además de ser un deportista formidable y obsesivo, un as para todo el ejercicio físico, en la primaria se comportaba como si no la necesitara, como si la escuela sólo fuera un pretexto para acumular años y no conocimientos. Los maestros se sorprendían de su capacidad; en matemáticas, en español, en ciencias naturales y sociales, en todo destacaba el buen Mario Marcelo, y cómo no envidiarlo. Era mi vecino y a veces yo me sentía importante por el solo hecho de ser eso, su vecino. Todos pensábamos —y cuando digo todos me refiero a todos, es decir, a sus maestros, a sus familiares, a sus amigos— que Mario Marcelo estaba encarrilado derechito para algo importante, para presidente, para gobernador, para premio nacional de algo, no sabíamos qué. Lo imaginábamos rico y muy famoso, pues no le faltaba talento para nada. Era mi amigo y cómo no, lo recuerdo con cariño al buen Mario Marcelo.

         A los doce años entró a la secundaria, a la Flores Magón de Ciudad Lerdo, escuela federal. Yo me fui a la 18 de Marzo, pero hasta allá llegó su fama: Mario Marcelo parecía saber más que sus maestros, Mario Marcelo sacaba puro diez limpio, Mario Marcelo era candidato para obtener una beca del gobierno y no sé cuántas glorias más. Era mi vecino y me sentía orgulloso de ser también su mejor amigo. Pero algo pasó. Cuentan que en una clase de filosofía se enfrascó en una abrasiva polémica contra su profe. Discutieron algo sobre los presocráticos y Mario Marcelo no pudo contra la experiencia del maestro, quien lo demolió delante de todo el grupo. El mismo Mario Marcelo me lo contó sin dar muchos detalles, como si no hubiera sido importante. Lo cierto es que sí, aquello fue importante, pues le cambió la vida. Desde aquel debate sobre los presocráticos Mario Marcelo se aisló de la vida y lo abandonó todo a cambio de la filosofía. Por más que insistimos ya no logramos arrastrarlo al futbol ni a nada, y de repente se nos fue haciendo viejo de manera vertiginosa. Yo fui el único que conviví con él durante esos años. Logró que sus padres le desalojaran el cuarto de los cachivaches y desde entonces aquella fue su morada. Empezó a leer filosofía a los trece o catorce años, como loco. Días enteros los dedicaba a eso, a leer y leer y releer, sin freno, insisto que como verdadero enfermo. Yo andaba en lo mío, la secundaria, la prepa, la carrera, los amigos y las muchachas, las fiestas y lo de todos, la vida, pues. Cada dos o tres semanas lo visitaba; la admiración se me fue convirtiendo en algo de pena, en una como nostalgia de sus otros años, cuando era el cabrón más admirable de todos estos rumbos. Me dejaba entrar a su cuartito y conversaba conmigo sin someterme a la presión de sus conocimientos. Me preguntaba por los amigos comunes, por mis cosas, pero siempre sin comprometerse demasiado. Era como si platicáramos frente a frente, pero con un río en medio de los dos. Al principio me sentía tenso, pero poco a poco me acostumbré a esas visitas y Mario Marcelo me recibía bien, debo reconocerlo, y nunca abusó de su sabiduría. Siempre me agradeció que le llevara dos o tres paquetes de Pingüinos Marinela; de veras le encantaban esos pastelillos.

         En su cuarto tenía una cama, una pequeña Panasonic, un cajón con ropa y una mesa donde nunca faltaban los vasos y los platos sucios. Lo demás eran libros diseminados en cada rincón del habitáculo, pura filosofía. Una vez, sin quererlo, me dijo que se sabía de memoria el Diccionario de Nicola Abbagnano con el cual demoró una relectura de dos años. Nadie sabe cómo entraron tantos libros a ese lugar, pues nunca se veía a Mario Marcelo por la calle. En dos ocasiones me hizo el encargo de que le comprara algunos títulos, y lo hice con gusto (uno de ellos, lo recuerdo, el diálogo sobre el amor, de un tal León Hebreo que editó Porrúa).

         No presumo. Mis visitas al nicho del filósofo eran breves, de una hora a lo mucho, y la conversación deambulaba siempre en mi tesitura, pues lo contrario hubiera sido un crimen. Mario Marcelo no me aplastaba con sus definiciones, era cordial y hasta parece que le deba gusto mi fugaz presencia en su tabuco. En el fondo me movía el afecto, aunque en la capa más alta de mi conciencia me daba algo de pena que se hubiera malogrado el futuro del querido Mario. Los que se enteraban del caso coincidían conmigo: cómo era posible que con tantas facultades se hubiera convertido en una ostra. Yo pensaba igual, pero delante de cualquiera defendía a mi amigo con los argumentos más imprevisibles y especiosos (esta palabra la aprendí de Mario Marcelo). Supe que sus padres se dieron pronto por vencidos; eran hombres débiles y no lucharon lo suficiente para salvar del hermetismo a su hijo. Mario Marcelo hizo la preparatoria abierta para evitar en lo posible la asistencia a los cursos convencionales. Allí frenó los estudios oficiales y cuando en su familia hubo un conato de fastidio lo obligaron a buscar trabajo. Me contó Mario Marcelo que una tarde salió y en cierta preparatoria patrulla consiguió un par de clases que, pagadas mensualmente, le darían lo suficiente para paliar el enojo de sus padres. Daba sus cursos en la noche, y el resto del día lo dedicaba a filosofar.

         El tiempo y la rutina de la inmovilidad lo habían emblanquecido. Los pelos le crecían desordenadamente y se dejó las tres o cuatro hebras de su semilampiña barba. Lo que en otros era pose, estilo casual, preocupación por lucir despreocupados, en Mario Marcelo era autenticidad. No le importaba su aspecto, y si acaso se arreglaba, esto sólo consistía en echarse la melena sebosa hacia atrás, con desenfado. En una ocasión me atreví a preguntar que qué leía en ese momento. Me contestó seco: Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche. Añadió luego una conferencia magistral, todo enunciado en un mismo tono, sin grandilocuencia, como quien habla solo. Realmente entendí poco, pues yo estudié administración de empresas y nunca se me dio la filosofía. Luego de quince lecturas en un lapso de cinco años, Así hablaba Zaratustra era el libro mejor asimilado por Mario Marcelo, o esa impresión me dio. Fue aquella visita la más larga que le hice. Duró un par de horas y desmenuzó con laberíntico detalle cada rincón de su libro favorito. Me despedí de él y le dejé volando, en broma, un “hasta luego, Zaratustra” que me devolvió con una sonrisa de beneplácito.

         Desde entonces lo motejé de esa manera. Nunca se incomodó con el apodo. Esa palabrita se convirtió en una clave de nuestra amistad, y no la compartí con nadie pues sentía que divulgarla hubiera sido como traicionar la confianza de Mario Marcelo. Mis visitas eran esporádicas, pero mantenían frescos los lazos del afecto. Un día se me ocurrió platicarle de Irma, mi novia. Le dije a Zaratustra que mi deseo era casarme, pero estaba posponiendo ese proyecto por temor a que el dinero no alcanzara. Esa noche salí con Irma a bailar, y nos acompañó su prima Olga, espléndida bailarina, un bombón chihuahuense que venía a estudiar la carrera de arquitectura en La Laguna. Si no hubiera estado como estoy, enamorado de Irma, con toda facilidad hubiera caído en la telaraña de una Olga como esa Olga. Venía sin novio, virgencita de 18 años, realmente una delicia. Irma me pidió que en una próxima salida le buscara acompañante, y se me ocurrió la locura de probar a Zaratustra. Lo visité. Fue difícil meter en la charla el tema de la deliciosa Olguita, pero lo conseguí. Yo iba preparado con un plan preciso. Me movía tal vez algo de morbo o quizá la obligación de hacer una caridad con el amigo. Lo invité a salir, a acompañarnos. Él iría con Olga. Sin miedo, como quien rechaza un cigarrillo, se negó. Insistí, le dije que no la pasaría mal, “sólo para probar suerte, Zaratustra, a ver qué pasa”. Se negó. Como mecanismo de defensa —este disparo de Freud lo aprendí en una clase de sicología social en la universidad—, mi amigo el filósofo comenzó una elaborada y monocorde disquisición sobre Giordano Bruno y su arte de la memoria. Lo dejé seguir, sin interrumpirlo. Me di cuenta de que mientras hablaba lo hacía con cierto aire recitatorio. Recordaba a Bruno sin pensar; realmente se estaba dando tiempo para decidir si aceptaba o no mi invitación. Cuando terminó con el italiano hizo una larga pausa, aspiró hasta el tuétano el humo de su Delicados y no me pidió opinión sobre el arte de la memoria. Veía al infinito de su pared azul descascarado, y fumaba. Entre humo, sin mover un músculo de su rostro, dijo que sí salía de paseo, y por primera vez en tantos años lo oí lamentarse de no tener ropa adecuada. No te preocupes, le dije, yo te presto algo. Se trataba de no ofenderlo, aunque conmigo parecía no ofuscarse de nada, pues éramos amigos desde que atravesábamos los cinco años. Un día después le llevé una camisa nueva; era una prenda sin lujo, de un solo color, de manga larga, para asegurar que la usara; con todo y eso la nueva prenda superaba por una eternidad las deslavadas camisas blancas, de mesero, que Zaratustra trillaba para dar sus clases.

La noche esperada llegó, y tras ella el fracaso. Pasé en mi coche por Mario Marcelo y se notaba relajado, sumiso ante la aventura cercana. Recién bañado, con la camisa impecable y el pelo echado todo hacia la nuca se veía como intelectual esnob, lo que abría mucho la posibilidad de que Olguita lo aceptara. Cuando los presentamos ella no mostró mucho interés, pero tampoco rechazo. Irma me aisló unos segundos para acotar que el misterioso filósofo no estaba tan tirado al basurero, pues ella lo imaginaba bastante peor. Me dio gusto que Irma opinara eso, pues aceptar a Zaratustra equivalía a recibir con aquiescencia un pedazo importante de mi pasado. Todos éramos frívolos, habituales, ordinarios. Mario Marcelo estaba en otra categoría, y de antemano me ponía triste la posibilidad de que un hombre tan brillante fuera rechazado. A Irma se le ocurrió primero ir a cenar y luego al baile. Olguita dictó cátedra de estulticia, pues durante toda la cena no abandonó los temas de la televisión. Asombrosamente Mario Marcelo demostró gran interés y hasta pareció gustoso de escuchar a Olguita. Era mucho menos tímido de lo que yo creía.

En la discoteca Zaratustra me preguntó si estaba obligado a bailar. Le dije que no, pero apenas encontramos mesa cuando ya Olguita agitaba las manos con extraordinario ritmo; vi que en Mario Marcelo apareció un ligero gesto de preocupación. Nos empujamos un par de cervezas y, a la tercera, Olguita ya no pudo más, tomó de la mano al filósofo y se lanzó a la pista. Mi amigo me miró, indefenso, angustiado; el alcohol no había conseguido desinhibirlo por completo. Para protegerlo tomé a Irma y nos colocamos a un lado de su prima. Mario Marcelo cerró los ojos, tomó aire y frente a su pareja comenzó a moverse de una manera sumamente extraña, podría decir que hasta ridícula. Un mamut debía tener más gracia dancística que aquel hombre. Se agitaba sin ritmo, con una torpeza digna de carcajada: así bailaba Zaratustra. Olguita me miró, casi desesperada. La comprendí. La canción duró todo un cd y en la cara de la muchacha no cabía, por el bochorno, una migaja de felicidad. Todos nos sentamos cuando terminó la pieza y Olguita ya no pudo esconder su desagrado. Cómo explicarle, cómo decirle que mi amigo era filósofo, que era un ser superior a todos nosotros, a todos los mil bailarines de esa noche y a todos los habitantes de toda la ciudad. Cómo hacerle entender a esa hermosísima pendeja que así bailaba Zaratustra precisamente porque nunca había bailado, porque era filósofo y había vivido encerrado, leyendo como mariguano, durante los últimos diez años de su vida. Olguita no entendería. Despachamos un par de cervezas más y cuando el ambiente ya estaba muy espeso decidimos salir del pandemonio.

Me sentí muy a gusto, Olguita es maravillosa, me dijo Zaratustra cuando llegamos a su casa. Me dio la impresión de que no conocía ciertos códigos sociales, que para él en esa noche no había pasado nada extraño. Una década de reclusión casi absoluta le había granjeado una tonelada de conocimiento, pero al mismo tiempo lo había privado de la intuición elemental para faenar con las mujeres. Olí el peligro. Una cita fugaz fue suficiente para que mi amigo cayera enamorado. Lo vi en sus ojos: la cerveza y el repentino amor se conjugaron para bañar su rostro de éxtasis, de hombre ido, un rostro como el que mostraba la portada de un libro sobre los místicos que una vez vi en su mesón. Sentí que Zaratustra volvía a la adolescencia cuando me preguntó más datos sobre Olguita. Le comenté lo que sabía: arquitectura, Chihuahua, 18 años, lejana prima de Irma, bailarina, ve mucha tele, sin novio en el horizonte. Fue un error soltar así, con algo de poesía, el último punto de la enumeración: “sin novio en el horizonte”. Fue un error decir eso; fue un error abrirle la jaula a Zaratustra.

Volví a visitarlo una semana después. Tenía puesta la camisa nueva y sin dilación me pidió el teléfono de Olguita. No cabía duda: volvió a la adolescencia. Me confesó sin pudor que pensó en ella todo el tiempo, que la cara de Olguita no lo había dejado trabajar. Sólo pude releer la Metafísica de Aristóteles, me comentó, como si aquello fuera una poquedad. Le di el número telefónico y me despedí con la certeza de que se avecinaba una catástrofe.

Un día después, más pronto de lo esperado, Irma me narró que el filósofo no dejó de marcar. Llamó quince veces en un día: Olguita no estuvo en diez llamadas y en las cinco restantes se negó a contestar. Eso fue suficiente para colocar las barricadas de defensa. Olguita no quería saber nada de mi amigo y mi amigo no quería saber nada de la prudencia. Me desentendí lo que pude, pero un día cualquiera me abordó Olguita para reclamarme. “Dile a tu filósofo que se calme”, me gritó, “se le va a secar el dedo de tanto llamarme, pues no le voy a contestar”. Le pedí que no fuera mala, que tratara de comprender. “Mario Marcelo está enamorado de ti, ¿qué quieres que yo haga?” Olguita fue terminante: “o le dices o en la próxima llamada le aviento sus verdades”. Esas verdades se las dijo dos días después, cuando al fin encaró —es un decir— el telefonema de Mario Marcelo. Irma estaba cerca y me reconstruyó las palabras de su prima al auricular: “me da mucha pena, Mario, pero no tengo tiempo... la escuela, las tareas, entiéndelo... no quiero ser mala... tal vez luego... de veras... entiéndelo...” El caso es que se zafó del filósofo por unos días, pero algo de lo que le dijo le dio borrosas esperanzas. Quizá ese “tal vez luego” alimentó a Zaratustra, quien durante sus años de encierro había adquirido mucha sabiduría, y entre ella el tesoro de la paciencia.

Visité a Mario Marcelo y lo encontré sumido todavía en la alucinación. Seguía leyendo, sí, seguía encerrado en su cárcel voluntaria, sí, pero había agregado a su reserva de alimentos una ración diaria de Olguita. Lo supe porque sin pensarlo demasiado me narró la llamada telefónica. Su versión era notablemente optimista; sentí que estaba seguro de que Olguita le daría por fin un espacio para salir. El pobre, que lo sabía casi todo, ignoraba los códigos de las muchachas: cuando dicen “tal vez luego” o “sólo quiero que seamos amigos”, mejor debíamos dejarlas en paz. Zaratustra, al contrario, elevó su certeza de alcanzarla, de salir con ella a pasear. Asombrosamente, una semana después de aquella tarde supe por Irma que el filósofo y Olguita habían salido. También por ella supe que el desastre se repitió. La prima se quejó del alelamiento de Mario Marcelo, de que la veía como desde muy lejos, de que parecía un tonto, pues apenas hablaba. Además, llevó la misma camisa, “¿qué no tiene otra?” La rareza de Zaratustra incluía, como ya dije, el don de la paciencia. Vivió dos meses alimentado por una salidita al cine y a cenar. Lo visité y seguía en el embeleso de Olguita. Noté que cada vez hablaba menos y mis visitas empezaron a enturbiarse por un silencio lleno de incomodidad. Decidí entonces separarme un poco, dejar que aquel enamoriscamiento de filósofo se diluyera con el tiempo. Pasaron los meses y mis visitas al filósofo se espaciaron tanto que dejaron de ocurrir cuando, luego de un semestre sin contacto, me dio pena volver a su claustro sin una justificación sólida por tanta ausencia. Gracias a Irma me enteraba que cada semana o cada quincena un telefonazo de Zaratustra le recordaba a Olguita que tenía un implacable y filosófico pretendiente. Eso duró varios semestres, años más bien, hasta que Olguita terminó su carrera y tuvo que volver a Chihuahua, su tierra. En la fiesta de graduación — por cierto, andaba acompañada de un joven con los pelos parados, que le servía de galán— me comentó, entre broma y baile, que por fin se iba a deshacer del filosofillo ese. La pobre ignoraba lo que vendría meses después. Mario Marcelo emprendió lo inimaginable: salir de su caverna por primera vez en varios lustros. Por sus padres supe que consiguió dos clases más, que ahorró dinero y nada más les anunció, con palabras que no buscaban solidaridad, un viaje a Chihuahua al que no se llevó uno solo de sus libros, ni siquiera el Diccionario de Abbagnano. El pobre cabrón iba en busca de Olguita. Si antes estaba enfermo de filosofía, ahora lo estaba de amor, y por eso supongo que el asunto iba en serio. Zaratustra no se andaba con mediocridades. Así fuera lentamente, era un hombre de afinadas obsesiones. Si algo se le enquistaba en el cráneo lo pulía y lo pulía hasta darle un brillo extraordinario y tal vez incomunicable. Acaso Olguita había sido depurada hasta la encandilación en el cerebro de mi amigo, acaso una mujer en estos rumbos nunca fue tratada con más lujo por la mente de su incomprendido cazador. Olguita no lo sabía, nunca lo supo. Ella vio sólo a un tipo extraño, a un joven filósofo que siempre usaba la misma camisa para salir, a un Zaratustra que bailaba como nadie en el mundo, a un pobre diablo ilusionado y terco.

Entre todo ese vaivén me casé con Irma. Llegó nuestra primera pequeña, me subieron el sueldo tres veces, compramos una casa, dos coches y gocé mi ordinariez con el aburrimiento de toda la gente. De Olguita ya no tuvimos más noticias en mucho tiempo, pero un día volvió porque a su esposo le asignaron una breve estancia laboral en La Laguna. Recuerdo que llegaron en un espléndido coche y cuando Olguita descendió se veía muy bien de señora, un poco más llena de carne, pero con ese atractivo que tienen las treintonas casadas y sin hijos. Irma y yo esperamos en suspenso unos segundos para ver al tipo que salía del otro lado. Era un joven que frisaba los 35 años, saludable, sonriente, alto y regordete, vestido sin una sola arruga. Nos abrazó como a parientes, dijo llamarse Frank y hablaba a lo chicano, con un español algo complicado de titubeos. No sé por qué Irma y yo esperábamos recibir a otra persona.

En la cena de recepción la mesa no pudo estar más animada. Frank no abandonaba las carcajadas a propósito de cualquier tema, era un ser simple, cómodo y rico, normal, como cualquier otro abogado. Hubo un momento en el que, confieso, olvidé al fantasma de Zaratustra que durante un rato sobrevoló en torno a los platillos preparados por la señora Irma. Dos horas después me animé a preguntar:

—Olguita, ¿y qué pasó con Mario Marcelo en Chihuahua?

Desde las palabras de Olguita vi el apocalipsis del filósofo, su gradual apagamiento. ¿Qué no lo sabían? Zaratustra la buscó. En Chihuahua había rentado un departamentito —un cuarto con baño, más bien— y consiguió unas clases para sobrevivir apenas con lo indispensable. Durante cuatro años insistió en perseguirla con llamadas telefónicas y cuando se hartó de recibir negativas la asedió por todas partes. Olguita en el supermercado, y a diez metros Zaratustra. Olguita en el peinador, y afuera Zaratustra. Olguita saliendo de su casa, y en la otra acera Zaratustra. Olguita en un restaurante con sus amigas, y a cinco mesas Zaratustra. Era insoportable vivir así. Cuando llegó Frank, ella le advirtió que merodeaba un fastidioso tigre tras la carne. Frank aceptó la vicisitud sin aspavientos. Una noche, mientras bailaba con su pareja en la discoteca Robin Hood, Olguita vio que la miraban desde la vaporosa penumbra. Era Mario Marcelo. Frank, por primera vez molesto, se acercó a Zaratustra y le recriminó el asedio con algunas palabrotas. Mario Marcelo no dijo nada, y se fue. Dos días después, por los periódicos, Olguita supo que Zaratustra había muerto sin una sola nota que explicara la brutal decisión. A varios años de distancia y no sin algo de culpa, yo sabía perfectamente qué demonios había ocurrido con aquel hombre, con mi amigo Zaratustra. Ni el dique de la filosofía pudo contener el torrente de su obsesión amorosa, una obsesión amorosa de verdadero superhombre.

El 23 de mayo de 1996 amaneció ahorcado en un cuartito de Chihuahua.

Comarca Lagunera, 2, julio y 2002

 

*Publicado en Acequias no. 25, Otoño 2003, pp. 64-70. Luego en Acequias de cuentos (edición conmemorativa del sexto aniversario de la revista Acequias), uia, Torreón, 2003.

 

 

 
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