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Vampiros de ayer, pasado de un romance que fue* Jaime Muñoz Vargas a David Miklos
I am Dracula Esta
es palabra de Bela Lugosi
Es 15 de diciembre de 1999 y estoy en mis últimas vacaciones del segundo milenio. He alquilado la película por cuarta vez y el administrador me mira con curiosidad. No sabe nada. No sabe que en su hotel hay un vampiro sangrientamente enamorado: yo. Son mis últimas vacaciones del segundo milenio y mientras el mundo padece sus apocalipsis de siempre yo avanzo a la felicidad, a la inédita felicidad. Hace dos días mi vida también era terrible y todo tenía un sabor casi milenarista. Ya no. Ahora parece, por lo menos parece, que soy feliz, así sea brevemente. Odio la cursilería, abomino de la miel, vomito sobre la melcocha del sentimentalismo ramplón que usan sin medida ni clemencia en las telenovelas, pero la posibilidad de que Sandra me regale otro sí alimenta mis ilusiones y me mantiene atarantado las quince horas del día y a veces, en sueños, las otras nueve que empleo para dormir. Así es el amor, dicen los compositores de nuestra lírica populachera. Así pega, así deja al hombre como idiota cuando se incrusta en lo más hondo del tuétano. Odio la cursilería, la odio de veras, en efecto, pero cuando pienso en Sandra no puedo negar que la amo, que desde la adolescencia, y gracias a los vampiros, es la mujer que incendia mis deseos y me convierte en secreto galán de Transilvania. Hasta mis actuales 35 aprendí a sobrellevar la soltería con dignidad y casi con un íntimo orgullo. No me ablandó nunca el lugar común de que los solteros viejos colindan peligrosamente con la mariconería así como que las solteronas son, indefectiblemente, amargadas con prominente chongo, mucha religión y hartas clases de repujado o macramé. Esas son estupideces, patrañas de la plebe, pues mi celibato no se tradujo nunca en castidad y con exagerada frecuencia derivé hacia mi agenda para barajar, por turnos, los teléfonos de Rosy (secretaria de la universidad y oronda propietaria de un caderamen mayestático), de Gloria (dependienta de una farmacia y dueña de un piernón abrumador), de Cristy (compañera de trabajo que, casada y todo, sabía brindarse sin compromiso los breves días en los que su marido salía de la ciudad cada tres meses); de tal forma, cuando el cuerpo lo solicitaba —y eso ocurría muy seguido— mi agenda era una especie de trampolín catártico pues aposentaba los nombres, los números telefónicos y las direcciones de (no es una machista hipérbole de vampiro) veintitantas mujeres que me usaban para sus propósitos así como yo a ellas para los míos. Fui transparente en cada una de mis relaciones, pues operé siempre bajo el tácito entendido de que los encuentros eran más profilácticos que espirituales: nada de enamoramientos, nada de cursilería, puro tributo a los hervores del pellejo. Esto no significa, debo decirlo, que tratara a mi involuntario y desperdigado serrallo con bajeza o menosprecio; al contrario, soy un vampiro justo y si me veía con Rosy, por mencionar un ejemplo, pasaba por ella a donde me lo solicitara, le llevaba un sexteto de pachonas rosas (a las mujeres no hay ofrenda que las embobezca más), le hacía un regalo de ley que podía ser un caset de Julio Iglesias o de cualquier otro papanatas por el estilo, la llevaba a cenar a un sitio con Familias Felices y luego, para cerrar con el candado obligatorio, desembocábamos en cualquier hotelito de las afueras. Ésa era la dinámica a la que me consagraba los fines de semana, una dinámica en la cual deposité mi fortuna de burócrata cultural en la universidad, de editor de mugreros oficiales y de ensayista en mis ratos de mayor desahogo. Fueron veinte años sumergidos en el recuerdo de Sandra. Desde la adolescencia hasta mis 35 ya cumplidos, ella fue la mujer idealizada a la que siempre quise poseer. En mí no había cancha para las dudas: con Sandra pude llegar al matrimonio, con Sandra pude tener hijos, con Sandra a lo mejor —o a lo peor, más bien— pude convertirme en Ciudadano Decente y estupendo Padre de Familia con Manera Honesta de Vivir. No fue así. La carencia de Sandra me arrastró al cinismo, a la incredulidad, a la falta de apetito para superarme como mandan los mezquinos cánones, a mis libros benditos y malditos. Hasta anteayer, día luminoso en el que conversé con ella nuevamente, mi vida se entregó sin hartazgo conocido a los placeres de un vacío con mucho sexo, mucha libertad y demasiados recuerdos de Sandra clavados como esquirlas en el cogollo de mi soledad. *** Éramos Sandra y Rodrigo —éste soy yo— un par de mocosos sin gracia para los demás y ya con abundantes espinillas en nuestros respectivos rostros. La secundaria avanzaba como avanzan todas esas miserias en nuestro país: entre maestros zánganos y alumnos todavía más, entre sudorosos juegos de futbol donde Sandra me gritaba porras y entre noches dentro de la disco donde yo gastaba mis ahorritos semanales para el cover de Sandra y para sus naranjadas en los intervalos que nos dejaba John Travolta y su Saturday night fever. Éramos Sandra y Rodrigo, sin haberlo apalabrado nunca, novios que en nuestra perdida y polvorienta ciudad aprovechamos todo tipo de oscuridades para estrenar el magnetismo de los frotamientos. Aprendimos tan bien los escarceos que bastaron unas semanas para desmoronar cabalmente el gusto por el aula y entregarnos a un regocijo cuya felicidad no tenía orilla. Eso fue durante los años de la secundaria, pero la relación databa casi de nuestra niñez. Vivíamos en la misma cuadra y desde que la memoria acumulaba pensamientos allí estaban los dos niños, uno con canicas o con trompos y la otra con sus trenzas y sus horripilantes muñecotas color rosa chillón. Cerca de nuestra cuadra estaba todo: el mercado, la escuela, la iglesia, un parquecito ayuno de árboles pero con resbaladero y tres columpios, el terreno baldío para los pleitos de la palomilla o para los juegos de beisbol. Lo más cercano, y lo más fascinante a la vez, era el cine. En la esquina, el edificio de ladrillo rojizo con un corcholata gigante de la Pepsi era bastante feo y muy incómodo, casi insalubre, pero la ingenuidad de los niños no reparaba en melindres arquitectónicos ni nada de eso. Pese a su butaquería de tabla guinda y a sus interiores de almacén ferrocarrilero, cada película desfilaba frente a nosotros y dejaba su marca de placer en nuestra azarosa educación sentimental. Viruta y Capulina, Santo, Los Polivoces, comedias de Pily y Mily, dramas de Joselito el español y tarugadas de Juliancito el mexicano, cuántos kilómetros de basura nos entretuvieron metidos en la siniestra bóveda del cine Elba, como se llamaba el lugar donde recibí la primera revelación de Sandra, allá por nuestros nueve o diez años. Ya dije que no me agradan los lamentos ni las cursilerías, pero a fuerza de ser sincero debo reconocer que Cinema Paradiso conmovió mi sensibilidad porque hay en esa cinta un parecido enorme con mi infancia. Los pormenores, obvio, no son los mismos, pero en esencia yo fui marcado por el cine en mi ciudad terregosa como Toto, el de Cinema, lo fue en algún rincón de Italia. De hecho, cuando pienso en Sandra, y eso ocurre con frecuencia desde hace veinte años, pienso en el cine Elba, y cuando pienso en el cine Elba se derrama en mi memoria la imagen de la película que logró unirnos, una de vampiros que Germán Robles protagonizó y cuyo título nunca pude recuperar. Hasta antes de aquella matiné, Sandra era una niña de trenzas y vestidito colegial, una escuincla que vivía a tres casas de la mía y que no contaba con la capacidad, ni siquiera, para volar un triste papalotito con diez metros de cuerda. Mis amigos eran puros niños, y todos entrábamos en estampida los domingos a la matiné; con dos pesos alcanzaba para el tránsito de la mañana: tres películas —una en technicolor y dos en blanco y negro, por lo regular—, unas palomitas y una Cocacola. De cualquier forma, en aquel barrio clasemediero no era fácil conseguir los dos billetes, y con frecuencia algún miembro de la palomilla —a veces fui yo— no podía ingresar al Elba porque sus padres le negaban el dinero. En una de las tantas mañanas de embrujo por la matiné, la felicidad creció desaforadamente. Ocho mocositos entramos, un domingo cualquiera, a la sala. Creo que era la primera semana de vacaciones y el cine fue colmado mucho más temprano. Me cupo en mala suerte una butaca infame, pues era de las más lejanas y casi arrinconada. Para mayor desgracia, a mi izquierda estaba Sandra, lo que me obligó a saludarla con un seco “quiúbole” que significaba “no más palabras, por favor”. Así fue. Durante la primera película, de seguro una de Capulina a manera de botana, no volví a mirar hacia mi izquierda, pero aún oigo las carcajadas de Sandra al observar gozosa la mentecatez de Gaspar Enaine. En el intermedio, ésa era una ley sacrosanta, fui a la dulcería por una bolsa jumbo de crispetas —que así les decíamos a las palomitas mucho antes de convertirlas en corn pop— y una Cocacola. Al regresar estaba ella, Sandra, sin moverse de su butaca y sin hablar, pero viendo con curiosidad a todos lados y siempre con una sonrisa petrificada en su carilla. No le ofrecí palomitas, no le ofrecí Cocacola, no le ofrecí ni siquiera una mirada, y así empezó la segunda película, una cuyo protagonista era Germán Robles en el papel de vampiro y yo junto a Sandra y sin nadie con quien platicar. A la media hora vi a la niña hundida en el asiento, agarrada a la butaca con sus diez uñas. Lógico: Germán Robles no era un aprendiz en materia de terror. Su cara delgada, su nariz descomunal, sus ojos en close up grandes y profundos, su pelo engominado hacia atrás y esa capa negra con cuello levantado le daban al personaje un grado de malditez que jamás alcanzarían otros pinchurrientos vampirillos de la cartelera vernácula. En una de las escenas con mayor dosis de espanto (el colmilludo a punto de pegarse al cogote de una víctima), Sandra lanzó un grito que me dañó la oreja. La miré, y esa carilla de verdadero miedo me conmovió tanto que le ofrecí un sorbo de Coca. Ella, luego de mi gesto, colocó su mano en mi brazo quizá para no sentirse aislada del mundo en la oscura soledad del cine y, lo más patético, frente al horror del Drácula encarnado por Germán Robles. Yo, lo recuerdo bien, sentí un miedo parecido al de Sandra, pero a mis diez años latió mi corazón (qué cursi soy, pero así fue) debido al contacto de una mano apoyada sin pudor sobre mi brazo. Esa media hora transcurrida en mi niñez se convirtió, y nunca me cansé de reiterarlo para mi coleto, en el recuerdo de mayor gravitación durante todos estos años: gracias a un Draculita de cinematógrafo tercermundista fui iniciado en la revelación de la presencia femenina, gracias a los colmillos de Germán Robles la mano de Sandra despertó mi condición de macho. Al menos a mí, el deseo de Sandra consiguió abrumarme mucho antes de alcanzar la adolescencia, y mientras mis amigos aún enceguecían con juguetes infantiles y travesuras de chamaco en palomilla, a Rodrigo —es decir a mí— lo atontaba solamente el fantasma de la niña que vivía a tres casas: Sandrita. Su casa era como todas las del barrio, pero con la ventaja de un jardín frontal y un par de senectos pinabetes que regalaban estupenda sombra. Con una moneda di varios golpes a la reja y noté que una cortina se movió allá dentro. Ella salió con un vestido color naranja, sus dos trenzas y un plátano a medio devorar. El plan avanzó: —No sé si puedas ayudarme. Ando muy mal en español —en la escuela era mi clase favorita— y perdí el libro. Quiero adelantarle un poco en vacaciones. Sandrita no podía decir que no, pues era mi vecina, no tenía hermanos y las vacaciones resultaban demasiado soporíferas. Conseguí entrar a su casa y su mamá nos regaló galletas Marías con cajeta y agua de limón. De mi infancia no sobrevive día más exultante, pues apenas resolvimos tres oraciones —sujeto-verbo-predicado— y optamos por la charla que para mí fue un mar de dicha. No recuerdo los temas, sólo sé que nos enredamos buen rato en un asustado comentario sobre la película de Germán Robles en el papel de malévolo vampiro. Allí confesó su gusto por las de terror, sobre todo por las de Drácula. En una revista chatarra yo había leído un dato y se lo compartí: —Drácula significa dragón en un idioma llamado rumano. Él vive en Transilvania, que significa tras la selva. Bastaron esas vacilantes etimologías para que admirara mi sapiencia. Nos prometimos seguir estudiando y lo cumplimos. Tarde tras tarde, durante las vacaciones, fui a su casa y entre risas apagadas frente a los cuadernos fingíamos estudiar y mejor hablábamos de películas. Así hasta que nos dejaron ir al cine y hasta que, como era previsible, perdí a mis amigos entre burlas que no cesaron de llamarme “Sandrito” y “maricón”. En ese edén pasó la infancia, entre borrascosas complicidades, algunas tareas, muchas palabras ya perdidas y una sola certeza: un vampiro —léase Germán Robles— nos había unido. *** Salimos de primaria y en la secundaria no dejamos pasar la coyuntura. Juntos conseguimos ficha de inscripción y juntos presentamos el examen. Juntos lo aprobamos y juntos, en el mismo salón, nos aburrimos con las mismas clases. Juntos tomábamos el camión en la misma parada y juntos pasábamos o tronábamos cualquier examen. Juntos comenzamos a desperezarnos de la infancia y juntos vimos cómo le comenzaban a brotar sus pechos a Sandrita y, a mí, un bozo que comencé a tumbar con las navajotas Gillette Acero de mi papá. Por supuesto, juntos vimos un montón de películas y juntos recordamos, muchas veces, aquella de vampiros que nos hizo amigos. Un domingo en la tarde salimos como tantas veces. Andábamos por los trece o catorce años y cada vez nos parecían más remotas las andanzas infantiles. Fuimos a la plaza principal, compramos un par de hotdogs y nos sentamos frente a la marquesina del Palacio, un cine descomunal que hacía honor a su nombre en letra pálmer. La función todavía era de tres películas por boleto y pasaban, en este orden, Santo contra las mujeres vampiro, una burrada con Silvia Pinal y Mauricio Garcés y El profe, con Cantinflas. No estaba programado, pero yo traía lo suficiente para las dos entradas y convidé a Sandrita. Es obvio: aceptó. En la planta baja la sala era un hervidero de público, pero arriba no alcanzó a llenarse. Para hacer más enfático nuestro aislamiento, nos fuimos al rincón más alejado y conseguimos una lóbrega soledad. Bastaron cinco minutos de película —los primeros ataques de Tere Velázquez en el papel de vampiresa chichimeca— para que Sandra repitiera un lejano gesto: apoyar su mano en mi antebrazo. Pero yo no era, como antaño, un niño; por las venas me comenzó a fluir un instinto de vampiro y en la tiniebla dejé de ser Rodrigo para convertirme en Drácula. Sin avisar, me lancé al cuello de Sandra y de allí ascendí a su boca. Ella, como buena víctima de mis colmillos, puso los ojitos en blanco y se dejó guiar por los atajos de mi concupiscencia. Durante toda la película de Santo nos besamos y sentimos el sudor de nuestras perplejas carnes. Ahora fue Tere Velázquez el acicate de mi segunda revelación. Sobra decirlo: ni Silvia Pinal ni Cantinflas pudieron ya separarnos, pues Sandra y yo decidimos aprovechar cualquier oscuridad para chuparnos, transilvánicamente, la yugular. Todo pasó a un octavo plano: la escuela, el tiempo, la familia, los demás amigos, todo. Nuestro deporte era la búsqueda de oscuridad, el afán terco de abrazarnos para olvidar el otro mundo. Durante varios años, cuántas veces nos restregamos en los pinabetes de su jardín para que los colmillos de Drácula hicieran su faena. Ella no lo sabía, pero yo me encargué, una noche entre tantas, de explicarle cuándo me convertí en vampiro. —Fue durante una película de Germán Robles en el papel de conde chupasangre. Allí comenzó mi metamorfosis, Sandrita. A ella le dio risa que los vampiros nos hubieran descubierto el amor, pero era verdad. —Luego vino la película en el cine Palacio y lo confirmé: ambos somos vampiros. Ella reía. Le gustaba tanto oír mis zonceras. Por una de esas costumbres de los novios nos motejamos a la usanza de Bram Stoker: ella fue Sangrita, yo fui Drácula, y los dos comenzamos a jugar con la idea de rechazar crucifijos, de odiar la luz del día y de esperar el arribo de la muerte con una estaca depositada en pleno pecho. Fueron años entregados a la sorpresa de reconocernos cada noche, de involucrar nuestras lenguas en besos cuya voracidad nos hacía sentir murciélagos conectados al ducto de la sangre. Así se disolvieron la secundaria y la prepa, con Sangrita y Drácula siempre en la persecución de las tinieblas para encajar a gusto los caninos. No nos importó la orientación vocacional y escogimos igual carrera: los vampiros no querían separarse y asistieron a una misma gruta. Al frisar el segundo semestre, la sociedad de alumnos organizó un ciclo de cine y presentaron, entre otras, el Nosferatu de F. W. Marnau, una película prehistórica que, según el programa, representaba “un clásico del cine mundial desde 1922”. Era viernes, era de noche y en el cineclub apenas veíamos al chupamirto expresionista unas siete personas (entre ellas los vampiros Sangrita y Drácula). Buscamos, como de ordinario, las butacas más ocultas del salón audiovisual, y bastó la ausencia de luz para que los vampiros improvisaran sus artes y sus mañas. Tan rico estuvo aquello que Sangrita, en un alarde nunca visto, avanzó con las manos hacia puntos intocados en el cuerpo de su Drácula, quien sólo se retorcía de inédito placer en la butaca y frente al Nosferatu blanco y negro. Al final del film la inercia no se pudo contener. En camino a casa localizaron un hotelito y, allí, los vampiros treparon a un ataúd que los condujo por las rutas del placer absoluto, a la tiniebla total, al goce de dos sangres complementarias y sudorosas, calientes y sólo contenidas por la piel afiebrada de caricias. Concluido aquel suceso, los colmillos de Drácula quedaron dibujados en el cuello de Sangrita. Según el argot callejero, esa impronta se llamaba chupetón. Según Drácula, eso era el sello más claro de su condición vampírica. El nuevo rito duró lo que suele durar la felicidad completa: poco. A los dos meses después de Nosferatu, una mala noticia entorpeció las sesiones en el cachondo ataúd. Hasta entonces, el padre de Sangrita era un señor inexistente, un tipo calvo que se dedicaba a viajar mucho para una compañía distribuidora de llantas. Cuando Sangrita supo que se iría de la ciudad, aquello le cayó como una estaca embutida con un mazo. Sí, su padre recibió un ascenso y el premio era controlar una subgerencia en Honduras (¡en Honduras!) para bombardear de neumáticos el mercado centroamericano. Sangrita le platicó la mala nueva a Drácula y él lloró varias noches y se sintió morir y los dos se juraron fidelidad y cartas y quizá un viaje que jamás nadie emprendió. Una mañana de 1983, el 15 de noviembre para más señas, Sangrita desapareció como desaparecen los vampiros en las películas de Santo. Drácula, entonces, padeció un dilatado ayuno de sangre y la tristeza lo mantuvo largamente encerrado en su cajón. Drácula entonces pudo sobrevivir al desastre con los libros que arrimó a su féretro. Durante varios meses, la yugular de Sangrita fue sustituida por un feroz periodo de autocomplecencia y por unas páginas que casi en nada mitigaban la soledad del vespertilio alicaído. Todavía, durante una año o poco más, las cartas fueron y vinieron, pero la última llegó a principios del 85 y era concluyente: Sangrita rompió su pacto de vampira, arguyó unos cuantos imposibles y dejó entrever la presencia de un imbécil compañero de la universidad —un pasante de antropología— que ya le había propuesto matrimonio. Drácula se abotagó de rabia, maldijo a la puta de Sandrita, extendió sus alas de cartílago y salió, por fin, a buscar la sangre de otras víctimas para el desquite de la afrenta. La carrera concluyó y gracias al trabajo en la burocracia nuestro Drácula tuvo el dinero suficiente para comprar la sangre que anhelaba. La agenda se abarrotó de nombres femeninos, de yugulares, y Drácula gastó buena parte de su vida en encajar los colmillos a la menor provocación de sus deseos. Así desfilaron Rosy, Claudia, Pamela, Gloria, Jazmín, Sonia, Bertha, Liz, Cristy, Minerva, Karla, Mary, Ruth, Tere... un disperso serrallo a su servicio de vampiro siempre hambriento, siempre insatisfecho, siempre con los colmillos apuntados al futuro de nuevas yugulares. Drácula se creyó salvado. El exceso de víctimas le dio una gaseosa idea de bienestar. Tuvo noviazgos breves, grandes infidelidades, hartos pleitos. Drácula se mantuvo célibe y prohijó el cinismo necesario para no sucumbir en la vorágine de sus inagotables apetencias. Pero durante las noches de luna llena —a la usanza de los hombres-lobos— la nostalgia le enterraba sus feroces garras y en los ojos del vampiro brotaban mansos charcos de tristeza. La nostalgia era Sangrita, esa mujer que gracias al conde Germán Robles se aproximó en una distante matiné, esa mujer que gracias a Tere Velázquez llegó más lejos, esa mujer que gracias a Nosferatu dejó que le hincaran los colmillos y todo lo demás. Sangrita, la lejana, Sangrita, la vampira única, Sangrita, la muy puta que ya se había casado con algún pendejo que le daría hijos y estabilidad. Drácula llegó a los 35 años envuelto en esa capa de pesadumbre: muchas mujeres, sí, pero no Sangrita, nunca más Sangrita y sólo aquel recuerdo como estímulo para buscar yugulares sucedáneas. *** Debemos tenerlo presente: los vampiros siempre gozan de una última oportunidad, y yo, como me considero un Drácula bien nacido aunque no soy oriundo de Transilvania, tengo la mía. Para comprar libros, para vacacionar por última vez en el milenio, para buscar mejores víctimas, salí de la ciudad y mientras repasaba un estante con títulos de Joaquín Mortiz vi una yugular opacamente conocida; estaba de perfil y me acerqué con escrúpulo a comprobar la epifanía. Como en cámara lenta —esto lo digo por si algún día quieren llevar mi historia al cine— el cuello de la mujer giró hasta que mis ojos —en close up, por favor— apuntaron a los suyos. Tardamos dos segundos en reconocernos, pues los ojos del vampiro son inconfundibles. Sangrita era ya una robusta vampiresa muy abundosa de carnes y coronada por un Miss Clairol color betabel; además, llevaba unos lentes tan gruesos que parecía mirar a través de dos peceras y en sus dientes noté la presencia de mucho cigarrillo. Un abrazo, muchos aspavientos, gran desconcierto. También en ella vi el análisis de reconocimiento: yo tenía un bigotazo de acento circunflejo, mucho menos pelo, la frente con mis primeras grandes arrugas y una barriga llena de vida sedentaria. La librería contaba con un café y sin decir más avanzamos hacía él. Sangrita vivía ahora en el Distrito Federal, era antropóloga, divorciada, tres hijos —los tres hondureños—, anda en Guadalajara para un simposium, da clases en la Ibero y no cree ya en el matrimonio. ¿Y tú, Drácula, cuéntame que ha sido de tu vida? —Comparado contigo, no me ha pasado nada. Vivo donde mismo, soy burócrata en la universidad, escribo un poco y nunca me casé. Es todo. Como ves, casi he dormido en un féretro, San-gri-ta. Al reciclar el apodo la sonrojé. Tras el humo de un Benson advertí que en su rostro se dibujó la huella del pasado. Narró más detalles de su vida en Tegucigalpa, la universidad, el matrimonio, la muerte de su madre, el nacimiento de sus hijos, la ruptura con el antropólogo y el regreso a México. Días felices, días tristes, días insípidos. Casi veinte años de andanzas y entre ellas, a veces, el recuerdo de su Drácula adolescente. Yo, al contrario, casi veinte años, casi dos décadas, casi cuatro lustros atiborrados de monotonía y de Sangrita a cada rato en la memoria. —Te digo: estos veinte años se me han ido como un trago de sangre. Y pensar que todavía recuerdo la película de vampiros que nos hizo cuates. —Yo también, Rodrigo. Una de Germán Robles. Aunque no lo creas, sufrí mucho. Siempre esperé que algún día llegara mi Drácula a Tegucigalpa. Como no llegó, tuve que regalarle mi sangre a un vampiro de mierda que me traicionó por otra. ¿Y tú, no me digas que ni siquiera has tenido una que otra yugular? —Dos o tres, Sangrita. Pero Drácula sólo amaba un cuello inconfundible. Mi vida, es absurdo, se diluyó esperándote. Desde que te fuiste, Drácula plegó sus alas y optó por la desdicha. El reinicio del simposium puso fin a nuestra charla en la librería-café. Me dio el nombre de su hotel y quedé en localizarla para cenar esa misma noche. Llegué, ataviado con mis mejores trapos, justo a las nueve. Bien maquillada y sin los lentes de pecera, la señora Sangrita lucía mucho mejor. En el restaurante proseguimos con la nostalgia. Se nos fueron tres horas reconstruyendo parte de la niñez, de la adolescencia y de la época en la que se dio el dislocamiento. Nunca dejé de llamarla Sangrita, así como ella no dejó de dirigirse a mí como Drácula, y entre vampiros bien servidos con bastante tequila —los pedimos adrede— reanudamos en forma de miradas un asunto pospuesto durante tanto tiempo. La cena concluyó y como si veinte años no hubieran sido nada sentí en mi corazón un pálpito casi olvidado, un pálpito de niño en la butaca del cine Elba, un pálpito frente a una película del vampiro Germán Robles y junto a una mocosa de trenzas con su mano apoyada sobre mi brazo. Suena cursi, es cursi, pero nuevamente me enamoré de Sangrita y mis colmillos comenzaron a brillar por el filo del deseo. —Sangrita, te tengo una sorpresa. Sólo prométeme un sí —silencio de cuatro segundos—. Vamos a mi hotel. Estábamos afuera del restaurante. Pegaba algo de fresco y se sentía la presencia de las nubes que no dejaban avistar ninguna estrella. Ella miró fijamente hacia mis ojos; noté que hacía un big close up a mis pupilas de vampiro y los segundos que tardó en decidir fueron más largos que la eternidad durante la cual nos separaron. —Sí. Ese monosílabo fue suficiente para que Drácula reviviera su antigua fortaleza. Llegaron en taxi, treparon a un elevador, abrieron la habitación 213 y el vampiro colocó a su anhelada víctima sobre el ataúd. Encendió el televisor, encendió la casetera y le introdujo un video solicitado en la tarde al administrador del hotel. De inmediato, los vampiros se desnudaron y comenzaron a chuparse toda la sangre con sus colmillos hasta ese momento desgraciados. Fue como un despertar de muchos siglos desérticos, el encuentro con un oasis de sangre, la felicidad sin adjetivos. Ahítos, aletargados por el feroz impulso de un reconocimiento postergado durante tantos años, los vampiros reposaban con los ojos entreabiertos mientras en la tele el invencible Drácula apenas acababa de llegar a Londres. Francis Ford Coppola no los defraudó con su benigno influjo y yo, que me vi tanto tiempo desposeído de Sangrita y hasta ahí pude recuperarla, sentí hondo bienestar y sobre todo, como también soy Drácula, los colmillos más picudos que los del húngaro Lugosi en sus mejores filmes.
*Publicado en el colectivo Enseñanza superior, Ayuntamiento de Torreón 2000-2002 (Colección MM), compilador Saúl Rosales Carrillo, Torreón, 2002.
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