Urgencia de la urbanidad

Jaime Muñoz Vargas

Fuimos invitados mi esposa, mi hija y yo a una cena celebrada en casa de unos buenos amigos. Mi pequeña apenas frisaba los dos años, pero ya hablaba muy bien. Entre los comensales estaba el suegro de los anfitriones, un señor alto y totalmente calvo. Mi hija estaba sentada al lado mío y, frente a ella, el susodicho señor. Mientras despachábamos los deliciosos platillos, mi hija, señalando al señor, me dijo con su vocecita:

—Está pelón.

Hice como que no la oí, y rápido introduje en la conversación un asunto gastronómico. Pero mi hija no cedió y el señor la miraba con ojos de terror:

—Está pelón.

Pedí el salero, solicité otra cerveza, resalté las bondades del espagueti, mientras el señor, apenado, bajaba un poco la cabeza, tratando de evitar el índice flamigerito de mi hija:

—Está pelón.

La pequeña insistió como diez veces. Se dio por vencida cuando el señor, en son de paz, le ofreció un poco de gelatina.

 

 

 
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