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El principio del terror* (Capítulos I y II) Jaime Muñoz Vargas a Gil La CanastaYo,
Nicolas-Jacques Pelletier, afirmo con repugnancia que lo horripilante no
sucede la víspera. El terror llega un tanto después, en el umbral de
este pórtico siniestro, previo al tajo que cae seco, veloz, despiadado
como gerifalte con enconadas garras sobre la indefensión de alguna rata.
Antes de que la cuchilla descienda con toda su malignidad a cuestas, el
temblor de las entrañas —el miedo, la brutal sacudida del alma— es un
dulce tónico si se compara con el instante preciso de la ejecución. Lo
digo yo, que siento ahora mismo, día 6 de floreal y supuesto tercer año
de la Libertad, la quintaesencia del espanto y miro primero la trama ocre
de la canasta, luego un vago olor a paja y de súbito la inmediata efusión
de sangre que se apodera de todos los sentidos: aquí dentro la rojura del
líquido se oye correr por las entrañas (esto es sólo un decir), la
coloración del mundo cambia al escarlata repentino, el olor a madera recién
barnizada y a sobaquina adquiere, también de golpe, la mórbida
pestilencia que siempre me repugnó en el matadero para cerdos de las
afueras, el establecimiento del infame Louvrière, hombre tan réprobo que
siempre vivió solo —hasta su muerte— en una casona aledaña a su
porquísimo negocio. Aquí dentro alcanzo a oír, también ensangrentado y
luego de ciertos redobles, el rugido de la muchedumbre que festeja la
terrible inauguración: son sus vítores a la justicia pareja, según
dicen, del Nuevo Régimen. Mi ojo izquierdo —siempre de buena vista, lo
mismo que el derecho— mira al cielo y logra ver, apenas borrosamente, la
parte alta del bastidor que poco antes sostenía la navaja desconocida, la
misma que durante los preparativos —me lo dijiste tú, Maurice, ahora
que recién habías caído preso, como yo, por robo a mano armada—
colocaron unos hombres en las inmediaciones de la plaza de Grève bajo los
consejos y los planos de un tal Louis, cirujano de oficio y grandísimo
hijo de puta. Más al fondo logro apreciar, con todo y unas bellas nubes,
el cielo interminable de la media tarde que poco a poco se oscurece
cubierto por la sangre que devora mi visibilidad y apaga al universo, lo
ennegrece hasta dejar aquí, total, esta tiniebla, esta irrupción de la
sombra que me va desvaneciendo el recuerdo de Mademoiselle, la preciosa
Savignac que mira satisfecha —y quizás grita entre la multitud
desbocada en su barbarie de mugrosos tricornios y grasientos gorros
frigios— la infeliz comedia que conmigo da comienzo, me dijeron, a esta
abominable forma del pavor y de la muer... de la muerte… Tiempos
de ira
Si
en las calles hay agitación, apreciado Maurice, no me interesa. Si por
doquier los hombres gritan vivas o mueras, consignas contra el rey y vítores
a una revuelta que no entiendo, eso me tiene despreocupado. Si la feroz
canalla manifiesta todo su odio de esa forma y achicharra gatos en
cualquier plazuela, es su problema. Si tantos sans-culottes
se deshacen en aspavientos retadores contra la aristocracia y a favor de
su bendita revolución, allá ellos. No es asunto mío todo lo que
publican papelejos como Le Moniteour,
Le Père Duchesne, Le Patriote
Français, La Sentinelle y
L’Ami du Peuple. Pero a veces, por no dejar que se vayan las buenas
oportunidades, me cuelo entre la muchedumbre de escarapelas tricolores
para ver si puedo hurtar algo a quien se descuide. En esos lances
recientes he conseguido varios luises, un collar y un anillo —quizá
robados—, dos líos con comida y una daga. Ya sabes tú, Maurice, que
casi todos los que participan en la turbamulta son unos desgraciados
miserables. Sólo me quedé con los dos últimos productos de mi quehacer
entre esos levantados; las joyas, aunque algo pequeñas y corrientes, como
es lógico las vendí a François —tú lo has de conocer, el viejo paga
bien lo robado— a un precio que me dejó manducar tranquilamente durante
varias semanas. Pero los tiempos que vivimos no están para aspirar a
mucho; si acaso, el oficio al que nos dedicamos, Maurice, da para una
pizca de pan, un poco de vino y algo de mujeres, de exquisitas putas. Ya
sabes tú que apenas brotan los rumores por las calles y la caterva de
amotinados salta enfurecida con palos, sables y picas a vengar no sé cuántas
ofensas del Antiguo Régimen. En todas partes el miedo se apodera de los
corazones y ya no hay quien salga a caminar confiadamente. He tenido que
trabajar en ese clima de hostilidad y de borrasca y tú ya ves las
consecuencias: es notorio el enflaquecimiento de mi cuerpo y hace tiempo
no tengo la suerte de revolcarme con una zorra hasta arrancarle los
gemidos a su asqueroso cuerpo. Ah, Maurice, las rameras que uno puede
encontrar en las calles de esta ciudad y a buenos precios. Pero por bajo
que pongan el valor de su coño todas esas gallinas infelices cobran, y yo
en los últimos meses sufrí de más para conseguir los luises suficientes
que solicitan las mujeres por un acoplamiento. El
estallido de la mugrienta política nos ha dejado, entre otras miserias,
una zozobra sin término. El dinero es cada vez más difícil y no alcanza
para comer ni para meterse un par de tintos al espíritu, mucho menos para
encajarle la miel de los cojones a una hermosa zorra. Además, el abasto
de París en estos tiempos es precario. Hay poca carne, poco cereal, poca
harina, poco empleo, hay poco de todo, menos de sinvergüenzas
insubordinados a la autoridad, esos detestables hijos de puta que rugen
sus exclamaciones por un mundo mejor y sólo consiguen empeorarlo. Las
calles han sido ganadas por la desconfianza y no nos queda a los ladrones
sino persignarnos y esperar que la Divina Providencia nos ampare en su
magnífico regazo. Hasta he pensado en salir de aquí algún día, huir de
París y embarcarme hacia las remotas Antillas —me dijeron que allá
vive un amigo mío cuya barragana es una martiniqueña de formidable
grupa—; sí, embarcarme y buscar fortuna por esos sitios alejados de los
disturbios que hoy alteran el sosiego de París con tanta grita y tanta
murmuración y tanta vana esperanza. Ya ves, aquí no hay mucho que
escoger. Antes uno salía a trabajar y no faltaba el incauto caminante que
dejaba razonable ganancia para la comida, para los tragos y hasta para las
mujeres. Porque todos hemos enflaquecido un poco a raíz del desastre
revolucionario que parece no tener conclusión. Y no preguntes qué
opiniones merecen de mí los sediciosos. Todos, sin excepción, son la
mismísima mierda del demonio y el infierno los está esperando con sus
calderas destapadas. Por la verbosidad de Robespierres o Dantones toman
las calles y despedazan la quietud tan necesaria para nuestro oficio,
Maurice. ¿Cuándo terminará este drama? ¿Cuándo podremos salir a
respirar el aire libre de París sin este nerviosismo del alma que tanto
nos oprime? ¿Cuándo volverán los morosos caminantes a los andadores,
por ejemplo, cercanos a las inmediaciones de Châtelet? Y así puedo
seguir al infinito con mi terca pregunta: ¿cuándo volverán las
sonrosadas y voluptuosas señoritas a caminar despacio los empedrados de
nuestra espléndida ciudad? No sé, Maurice, no sé pero algo me palpita
en el pecho y siento que ya nada será como en los pasados tiempos. París
fue lamentablemente incendiado por la furia de las ideas. Antes nadie
pensaba. Todos, todas las mañanas, salían de sus escondrijos, como en la
noche las chinches y las cucarachas, a buscar el sustento con la seguridad
de encontrarlo en los mil oficios que ya existen y en los que se inventan
cada día, desde el abate hasta el pillo, desde el mulero al diputado,
desde la santa a la ramera. Los artesanos, los patrones de la burguesía,
los sirvientes de las casas nobles, los malandrines como nosotros despertábamos
con la esperanza de encontrar el pan y el vino, las mujeres y el sombrero,
el amigo y la diversión, la vida. Pero hoy, Maurice, hoy las calles se
llenaron de tumultos, de inquietud, de un temblor que llega con los
clamores de alabanza a la revolución, la cochina revolución que a tantos
les envalentona el pecho para construir un mundo de libertad, igualdad y
fraternidad. ¿Igualdad? ¿A quién se le ocurrió semejante sandez? Este
tipejo Robespierre sí que está loco, y sus patrañas han provocado que
cualquier destripaterrones se hinche de ánimo y hable de justicia, de
solidaridad, de amor entre los hombres como si eso fuera jugar a los dados
o a los naipes en cualquier vinatería. Y en los clubes piensan, discuten,
reflexionan como letrados hasta los aprendices de sastre remendón que
ayer todavía eran como animales en eso de los pensamientos. Hoy, en los
rincones menos previsibles se forman amenísimas camarillas donde se habla
de política y, el que sabe leer, lee a diez cabezas de chorlito los periódicos
que llevan en su tinta la maldición de las ideas que han puesto a París
a vivir en la locura durante meses. Dime si no, Maurice, dime si no es una
locura eso de salir con picas y garrotes a defender la peregrina ensoñación
de una justicia pareja para todos. Quieren esos patriotillas arrebatados
por la moda de las ideas que el mundo viva sin amos ni servidores, quieren
que seamos hermanos, que seamos iguales. Eso no es posible, amigo, y lo
sabré yo, que no recuerdo un sólo pasaje de mi vida sin el estorbo de la
mezquindad ajena. He confiado, he amado, y mira qué soy y qué son todos
los que me rodean: un rimero de mierda atestado de verdosas moscas. Los
hombres somos eso, Maurice, un montón de mierda gusanienta
irremediablemente condenada a padecer desde que nos escupe la dolorida
panza de nuestras madres. Los pobres sufrirán siempre a los miserables,
los miserables padecerán a los poderosos, las mujeres a los hombres, los
hombres a las mujeres, los niños a los adultos, los adultos a los niños,
los cultos a los ignorantes, los ignorantes a los cultos, los buenos a los
malditos, los malditos a los buenos, los idiotas a los cuerdos, los
cuerdos a los idiotas, los justos a los pecadores y los pecadores a los
justos. En fin, todos en pie de guerra contra todos. Eso lo tengo claro,
buen Maurice, pues me lo enseñó muy secretamente el abate Jouvet en los
inolvidables tiempos de mi mocedad: no confíes en los hombres. Todos
saben que van a morir y por eso no les importa dañar al prójimo; dios es
una tonta escusa utilizada para sobrellevar el peso de su inextinguible
maldad. Por esa razón, Maurice, por esa razón alcanzo a barruntar que el
señor Maximilano Robespierre es un iluso. Su declaración, untada hace
tiempo en todas las paredes de París, me parece una estupidez digna de
mis más sinceras y firmes carcajadas. ¿Cómo aceptar que una declaración
hable de los derechos del hombre y del ciudadano con esa desfachatez?
Ilusiones, Maurice, ilusiones. Entiendo poco, sí, pero lo que entiendo me
ayuda a comprender que el señor Incorruptible
anda un tanto cuanto errado y sólo provoca en la canalla el sueño de la
imposible libertad. Es un embustero que por esa sola declaración debería
parar en la horca, o por lo menos retirarse de la tribuna pública si aún
le quedan migajas de honradez. Convencer al pueblo es fácil; como tiene
hambre y no tiene trabajo es capaz de seguir a cualquier hablantín y
rebozar las plazas con puños cerrados y palabrotas a borbotones. En una
de esas, por cierto, me colé para escuchar las arengas y obtener alguna
ganancia. Cierto sujeto sin mayor virtud se desgañitaba y hacía eco a lo
que la maldita declaración decía en los muros: que todo ciudadano debía
conocer urgentemente los derechos que tenía desde su nacimiento y
hacerlos respetar, que la ignorancia era la base del despotismo, que la
insurrección es un derecho del pueblo cuando es mancillado por el déspota,
que la libertad llegaría cuando el hombre decidiera espetar a los tiranos
¡largo, es necesario que el pueblo se gobierne a sí mismo! El populacho
allí congregado, por supuesto, sólo atinó entonces a berrear
afirmaciones y no desaprovechó el instante para soltar las insolencias
que se le alcanzaron: muera el déspota, muera, muera, muera, la
aristocracia es una gran mierda, mierda, mierda, mierda,
el rey es un perro, perro, perro, perro,
y otras de la misma laya. Yo, Maurice, yo no me contagio con los
alaridos, pues sé bien que Robespierre y todos los que como él veneran a
la revolución son como uno, sólo que con ideas y palabras mucho mejor
ornamentadas. Por eso insisto: la única igualdad que existe es la de los
mezquinos, la de los malvados, la de los réprobos que andamos arrastrándonos
sin paz en busca de los huesos que iremos a roer. El egoísmo, Maurice, el
egoísmo es la clave del universo y estamos condenados a respetar ese
designio. Te lo digo no porque yo lo haya pensado. Jouvet, un abate muy
listo que conocí hace años y que ya no vive en París, hablaba siempre
mal de los borricos (así les llama) empeñados en mejorar el mundo con
ideas. El pecado es la bondad porque es contrario a la naturaleza del
hombre, me explicó muchas veces. Poco después me di cabal cuanta de que
a tal divisa le asistía la razón. * Joaquín Mortiz (Serie del Volador), México, 1999. Primera reimpresión en Booket, México, 2004. |