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Recuerdo del regüeldo Jaime Muñoz Vargas Caminaba en paz, por los pasillos de la universidad, con mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, doctor en historia. Sin aviso previo, un rugido monstruoso emergió de no supimos dónde. Miramos hacia nuestro flanco derecho y allí, de espalda, estaba un joven gordito y poderoso, trabajador de intendencia. Ingería feliz una Coca-Cola, y para demostrar que le había gustado emitió aquel regüeldo fantástico, inenarrable con palabras humanas. Nuestra
primera reacción fue de desconcierto. ¿Dentro de la universidad un regüeldo
de esa magnitud en la escala de Richter? El joven intendente, botella de
refresco en mano, se sonrojó al notar nuestra presencia. Nosotros
seguimos adelante, inexpresivos. Al llegar a nuestras oficinas tuvimos
tiempo para digerir la anécdota. Sergio, que siempre tiene explicaciones
sabias para todo, concluyó: —Lo que acabamos de escuchar no fue un descomunal eructo. Antropológicamente se puede decir que fue una contundente afirmación de su identidad. |