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Premios Jaime Muñoz Vargas Me encontraba en un restaurante agringado junto con mis pequeñas y mi esposa. En un rincón del establecimiento descansaba llena de luces y color una maquinita extraña que servía para dar premios luego de depositar en ella unas monedas. Mi hija mayor, cazadora intransigente de esas promociones, insistió durante toda la cena que deseaba meter en la maquinita una moneda para ver qué premio obtenía. Sin parar, me rogó una y otra vez que le diera la moneda. Le expliqué lo de siempre: esos aparatos sólo sirven para robar el dinero. No la convencí. Al final de la cena le di la moneda y, obvio, no sacó el juguete que esperaba. Entonces rompió en un llanto actoral, de niña que ya maneja, sin Stanislavsky de por medio, lágrimas y gritos de chantaje. Ya lejos y en el coche de regreso a casa, la niña seguía llorando. En eso se me ocurrió preguntar qué malditos premios ofrecía el instructivo pegado en el aparato. Renata mamá comentó que el tercer premio era un refresco, el segundo un trozo de pastel y el primero una cena. Al oír aquello, la niña, que más bien esperaba un juguete, cesó de gritar y, de golpe, con la voz más serena del mundo, dijo: —Ah, entonces para qué lloro. |