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Paz espiritual* Jaime Muñoz Vargas Por
lo común en casa armaban demasiado escándalo y nadie respetaba sus ávidas
horas de lectura. Pero aquel día decidió que no le robarían más el
disfrute de aquel placer mayor. Con su libro atenazado bajo la axila salió
de casa y seis calles después entró al templo del Sagrado Corazón. Gozó
el piso de mármol espejeante, el aroma del incienso, la fogosa temblorina
de las veladoras, el oro apagado de los marcos, las bancas en impecable
fila, el callado olor de las gladiolas, el sosiego, la paz espiritual del
gran crucifijo. Desperdigados, unos cuantos ancianos rezaban con inmóvil
devoción. Todo estaba dispuesto y se sentó a continuar la lectura de su
libro. El separador marcaba la página 33 de El anticristo.
*Publicado en brecha, Torreón, marzo/1987.
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