Parábola del moribundo*

(Capítulo II)

Jaime Muñoz Vargas

Mi preocupación, la angustia que suele ahorcarme con su leprosa mano creció con la ausencia de Vicente Caballero. Gracias a las cartas que le sancoché, el raboverde pepenó una divinura y no creí que su distanciamiento fuera justo. Digerí mi congoja con Fouché, la biografía de Zweig sobre el siniestro político francés, y con Muerte en Venecia, la musculosa novelita de Mann. También le extirpé dos adjetivos innecesarios al minirrelato “Pesadilla” de Muñoz, por cierto no tan malo. Me cayó por esos días, además, la edición a destajo de un poemario horripilante; la autora, una mujerzota que firma como Irene Sanjacinto (su “seudónimo literario”, así me dijo) pagó quinientos por esa maquillada a una obra capaz de sonrojar al género humano con versos de veras nauseabundos, como estos: “Desde que te fuiste me quedé sola/ desde que te fuiste no dejo de llorar/ desde que te fuiste anhelo tu fragante mirada/ desde que te fuiste mi corazón triste está/ ¡¡¡ahíto de desolación!!!”. Entre otras mil sugerencias, le rogué que eliminara el sobrequipaje de mayúsculas, le dije que los signos de admiración —uno al principio y otro al final— representaban un énfasis suficiente, pero no pude persuadirla, como no pude lograr que desembarazara un poco aquellos desahogos sin ritmo de las palabras anhelo y tristeza, sus favoritas. En realidad le hubiera sugerido que, para evitar aquel estropicio, el suicidio representaba su más sincera autocrítica.

Me encontraba, pues, en el último tramo de Dolor (así se llama, como bolero ranchero, la obra de Irene Sanjacinto) cuando tocaron a mi puerta unos nudillos decididos. Al abrir, sin extenderme siquiera las buenas tardes, Vicente Caballero entró con la frase “excelentes noticias” en ristre y su impecable panamá en astillero. Colocó el gorrito en la oreja del sofá y comenzó a desembuchar una confesión fosforescida de boberas.

—Vicente Caballero no olvida a los amigos. He llegado tarde pero seguro —tomó un respiro y pidió agua. Se la traje mientras recuperaba el aliento. La empujó de un trago obsceno y gargaroso—. Caridad me quiere bien, pero han pasado tres semanas en nuestra relación y ya me pidió que le escriba más bonitas cosas, como al principio de nuestra relación. Pero quiero también a otras…

Con el entusiasmo de un mocetón, Vicente me exponía las andanzas del quijotesco amor que lo embargaba. Su vitalidad era admirable, y siempre me pareció la de un escarabajo en busca de alimento, una oruga de voracidad elemental e inextinguible. Aunque tenía más de setenta, en sus ojos había un reflejo adolescente, una chispa de inmenso gusto por la vida. Sentí envidia. Con esa fortaleza, con esa voluntad ya me hubieran concedido el Príncipe de Asturias, pensé. El amor inyectaba en el viejo un apetito vital inusitado. Su optimismo era primario y se basaba en naderías, casi exclusivamente en la conquista de mujeres con las cuales aparearse como caballo, no como Caballero.

—Caridad es la mujer de mi vida —escupió—. Sin ella no sabría qué hacer. No hacemos una pareja perfecta, pero la quiero bien, y si la culera me abandona me rompería el corazón en mil pedazos.

Con esas frases cualquiera podía notar que la educación sentimental de Caballero se basaba en la leperada de congal y en la música de Los Bribones. Aventuré unas palabras casi entre dientes.

—En mil pedazos, como dice el bolerazo de Los Bribones…

Caballero no dudó en reacomodarse sobre su asiento; se instaló al filo del sofá y sin pudor hizo ademán de bolerista mientras arqueaba su bigotillo de Clark Gable en lo que el viento se jodió.

Lo siento por ti,/ porque has tenido el horrible pesar,/ de haberme roto el corazón en mil pedazos arrancando sin piedad mi vida… —aquí terminó su fragmento interpretado con bribonesca voz, y siguió—: como ve, en el fondo yo también soy poeta y bohemio de corazón, faltaba más…

Era, sin duda, un imbécil encantador, y hasta ese momento reparé en un detalle cercano a lo alarmante: Caballero ya estaba instalado a nalga suelta en la salita de mi santuario. Es decir, ultrajaba con cinismo la sagrada quietud que necesito en el pabellón de mi límpida soledad. Otra vez, a punto estuve de mostrarle un ceño de disgusto cuando

—Quiero más cartas, bellas cartas…

Entonces mi rostro se llenó de servilismo. El bohemio quería seguir el juego de su mecenazgo y yo simplemente me dejé apapachar por la certeza del dinero fácil. Si eso fuera eterno quizá no me frustraría como me frustro. Porque la experiencia literaria de entrada requiere el sustento cotidiano, y el gastronómico Reyes bien que lo sabía. Si a eso le agregamos ciertos lujos como el café, los cigarros, la música, los libros, esto se convierte en un oficio caro, es decir, siempre con más egresos que ingresos en estos pueblos pinchurrientos que suelen confinar a los escritores en los lazaretos de la indiferencia. Por eso era necesario Caballero, porque carta tras carta él garantizaba, sin saberlo, la cuota de dinero indispensable para la manutención de mis pequeñas urgencias.

—Quiero una carta muy larga y muy bonita. Yo la pasaré a mano, para que Caridad vea que yo la escribí con mi puño y letra. Quiero que lleve poesías bien bonitas.

El verbo querer lo manipulaba con la soltura de quien le solicita a una ramera tal o cual página del Kamasutra. No me importó. Detrás de cada “quiero” había plata y eso era suficiente. Recorrí a Caballero de las patas a la cresta; éste era mi mecenas: un señor de bifocales, guayabera rococó, panamá y pantalón de gabardina confeccionado por algún sastrecillo valiente del mercado Pancho Villa. Moreno, enjuto, curtido por la resolana lagunera, Vicente tenía un aire de líder sindical petrolero, de señorcito ignorante pero en el fondo muy siniestro. Era casi una vergüenza, pero cada quien tiene los mecenas que se merece. En vez de ser auspiciado por Lorenzo de Médicis o por el Conde Duque de Olivares yo tenía como filántropo a este zopilote del amor. Qué más daba. Le ofrecí una cerveza y el viejo la aceptó con la emoción de un mozalbete. Se frotaba las manos inconscientemente y prefería sentarse al filo de la butaca, siempre como esperando algo. Fui al refrigerador y decidí silbar la tonadilla de lo primero que se me ocurrió: “Sombras”, el tango que Javier Solís cantó como bolero ranchero. Cuando saqué las dos Coronas oí que mi interlocutor acompañó el silbido con los primeros versos de la pieza:

Quisiera abrir lentamente mis venas,/ mi sangre toda verterla a tus pies… —echó con sus negras amalgamas al desgaire. Luego se dedicó un modesto elogio—: soy bohemio, amigo, soy bohemio y me sé todas las canciones de nuestra música vernácula, la más bella música del mundo.

Carajo. Cómo se atrevía a decir eso. Me agarró de mal humor y mi alma no toleraba esos juicios tan espesos de imbecilidad. Le enseñé un semblante de molestia y su respuesta fue la continuación de “Sombras”:

…para poderte demostrar, que más no puedo hacer/ y entonces, morir después…

Le di la cerveza y la tomó sin dejar de comportarse como en un palenque.

Y sin embargo tus ojos azules,/ azul que tienen el cielo y el mar/ siguen cerrados para mí, sin ver que estoy aquí/ perdido, en mi soledad

Iba a entrar con todas sus muelas en el estribillo cuando lo atajé.

—¿Así que su nueva conquista se llama Caridad?

Hizo cara de of course y respondió con el orgullo de un perdonavidas.

—Ajá. Caridad, mujer divina, ella tiene el veneno que fascina en su mirar… es una mujer chulísima, por ella daría la vida… ya me la chingué.

Caballero se pasaba de cursi y de troglodítico. Más allá de todo pudor, decía sus sandeces con una autoridad casi magistral. Me impresionó esa combinación: edad, candor y vulgaridad juntos y en feliz enlace. Salvo sus andanzas donjuanescas, nada le provocaba desasosiego. ¿Qué era la vida para él? Quizá una larga cadena de banalidades, un rimero de necesidades sin atisbo de metafísica. El minúsculo Vicente vivía como los animales, sólo en el mundo fenoménico de la satisfacción corporal, y las ideas con alguna densidad, para decirlo en inmejorable mexicano, le importaban un camote. Ajeno por completo a los libros y a cualquier tipo de conocimiento serio y estructurado, mi mecenas existía sin angustia visible y se comportaba con la frescura de quien hospeda en el entendimiento sólo ideas pedestres.

—Caridad… —dije como sin decir.

—Sí, Kary, con k y y griega, como a ella le gusta que le digan.

—Sí, sí, Kary, bello nombre, con k e y griega —enmendé.

Caballero le pegó un gran sorbo a su cerveza hasta dejarla vacía. Luego se llevó la mano al bolsillo de su guayabera y sacó unos Raleigh, los abominables cigarros que fumaba mi abuelito, que en paz descanse. Hizo lumbre y luego de una gran bocanada volvió a la carga.

—¿Otra cervecita, mi amigazo? ¿Tiene otra birria por allí? Ya estoy entrando en calor.

Fui por ella. Cuando la tuvo en sus manos me desagradó su manera de beber. Vicente era dueño de una vulgaridad que se manifestaba en todos sus actos. Por ejemplo, tomaba del gollete el envase de cerveza y lo empinaba hacia su trompa sin la menor elegancia. Luego sumía la barbilla en su pecho y regoldaba leve pero asquerosamente, sin hacer pantalla con el puño ni decir perdón jamás.

Llevaba, pues, dos cervezas y me invadía el penhouse de tabaco cuando regresó al motivo de su visita.

—Kary es un amor. Tiene casi cuarenta y se conserva de rechupete, como usted vio, bien buenota. A ella le gustan las canciones de Leo Dan, de Sandro de América y de Palito Ortega. Trabaja de recepcionista en las oficinas de la cnc, lee mucho una excelente revista que se llama Selecciones y hace aerobics en las tardes, cuando sale de su chamba. Yo la veo casi todas las noches, como de nueve a once. Estamos muy enamorados y sólo dios sabe lo mucho que adoro a esa condenadota.

Basta, pensé, basta ya. Mi sensibilidad recibió tal andanada de tonteras y tenía que mantenerse ecuánime. Mucho más, tenía que apoyar aquellas explicaciones con movimientos afirmativos y palabras condescendientes:

—Me da gusto que así sea, amigo Vicente. El amor es el amor, y qué bueno que usted lo tiene en cantidades casi monopólicas.

—Siempre lo he tendido, gracias a dios —presumió—. Si algo no me ha faltado nunca es una bella dama a la cual darle mis caricias y mis besos. Pero siempre es especial, como con Kary, que a mis años es una de las más chulísimas que he tenido la suerte de cogerme.

—¿Qué tipo de carta quiere para ella?

—Muy bonita, llena de palabras bonitas y cosas por el estilo.

—¿Agrego poemas?

—De su propia inspiración, si se puede. Échele poesías.

—Todo se puede, y más para tan fina persona.

—Nomás no le suba mucho la complicación. Que sean poesías bonitas y llegadoras, no muy modernistas como las de su libro que me regaló, pues todavía es hora que no entiendo ninguna de sus poesías.

—Claro, trabajaré poemas sencillos, no modernistas.

—Ándele, ya sabe que pago bien y por anticipado. Mi dinero es constante y sonante. Esta vez quiero diez hojas que estén a toda madre las cabronas.

La cifra me iluminó. Eran, cobradas a cien cada cuartilla, mil pesotes hermosos, mil pesotes ganados gracias a la caritativa estupidez de Kary.

Era martes y pedí a mi benefactor que pasara hasta el sábado por su amasijo de melcocha. Asintió con tres “por supuestos”. Se levantó del sofá, tomó su sombrerito y de la cartera extrajo diez hermosos billetes color sepia. Con su típica reverencia agradeció las cervezas y lo vi marcharse con el panamá ya colocado en su grasosa cabellera.

Apenas había avanzado unos metros cuando regresó. Al abrir de nuevo la puerta, en el vano, le noté unos ojos ilusionados tras los verdosos bifocales. Habló solemnemente:

—Sería un honor para mí invitarle un trago. Esta noche no veré a Kary. Le invito unas cervecitas como prueba de mi respeto a su amistad y a su dominio de la bella letra. ¿Cómo ve, acepta? Me quedé picado con las cervezas que me chingué aquí, en su casa.

El mecenas quería cobrar su dadivosidad con mi tiempo. No tuve escapatoria. Con el gesto más hipócrita que jamás he articulado, le dije que sí.

—Sólo espere, amigo Caballero; voy a calzarme una camisa.

—Ya ve, usted es un chingón para hablar. Será un honor chingarme unas cervezas con usted.

Al fin salí, obligado por la coyuntura. Ya en la calle me asombró el coche de Caballero: un Ford dos puertas, automático, color plata, con estéreo y clima, uno de esos carros que mi bolsillo considera absolutamente inasequibles, una de esas maravillas que yo jamás ostentaría. Para abrir oreja puso una pieza de la Sonora Santanera y de golpe emitió una teoría de esos grupúsculos:

—La Santanera es de mis favoritas. Esta música me hace pensar en bailes y en mujeres. Además, las canciones son muy buenas poesías, no me lo podrá negar… Y aquí estoy entre botellas

—Indiscutiblemente —mentí.

Las calles de Torreón estaban congestionadas. Eran casi las ocho de la noche y toda la gente salía de sus trabajos. Afuera pegaba un calor plúmbeo, un pegajoso calor de junio, pero en el coche de Caballero se podía enfriar una jarra con limonada. Los camiones del paleolítico iban todos hinchados de estudiantes y de obreros. Ésta era mi ciudad, el mundo que tantos años recorrí a golpe de calcetín y que ahora la literatura y el departamento me obligaban a perder casi todos los días.

Con lentitud avanzamos por la avenida Mariano López Ortiz y no tenía un solo semáforo sincronizado; luego doblamos en la Hidalgo y, tras quince baches, llagamos hasta la Comonfort. Sin pedir mi parecer, Caballero frenó delante de un establecimiento llamado Papillón, tabuco que en su exterior mostraba una descabalada mariposa de neones azules y amarillos. En la puerta, pintado sobre cartón amarillo fosfo y con espantosa caligrafía, lucía un letrero redactado por un homólogo de Caballero: “Sabados hora felíz. Rica botana!!!! Pase Ud.” Bajo ese anuncio, otros dos más, eternos y pringosos, clavados con remaches de corcholata, de lámina e inamovibles: “Se solicitan meseras buen sueldo”, decía uno, y el segundo era amenazante, hostil y hitleriano: “Proibida estrictamente la entrada a boleros, limosneros, gorderos, semilleros, fayuqueros, billeteros Atte La Gerencia Bar Papillon”.

La piquera era tan horrible como los avisos de recibimiento. Nada allí revelaba el mínimo buen gusto. Había, por ejemplo, seis teles encendidas, todas en la misma pelea de box: un par de negrotes se amagaban sin entusiasmo sobre un cuadrilátero adornado con las letras de Budwaiser. En el centro, una barra en forma de ocho; al fondo, una rocola con música de banda sinaloense; más allá, una especie de cocina donde se veía la figurilla híbrida de un maricón o, tal vez, de una machorra. Había poca concurrencia, y las meseras se atareaban más en platicar con la clientela que en servir nuevas bebidas.

Nos sentamos en una de las mesas aledañas a la barra, casi en un rincón de la cantina, como le gustaba a José Alfredo allá en su Guanajuato querido. De inmediato vino una edecán, como les dicen aquí, con almibarado galicismo, a las meseras. Era una chaparrita saludadora, piernuda, compacta, de minifalda embutida a su cuerpo de minirrefrigerador y una blusa como de encaje que dejaba ver unas masas y un sostén más opresivo que el gobierno de don Porfirio. Caballero la recibió obsequioso, se levantó y le colocó un lúbrico beso en las mejillas:

—Vanessa chula, ¿cómo estás, preciosa?

—Usted lo dijo, Vicente, bien chula y bien preciosa —contestó Vanessa General Electric, y luego me miró.

—Te presento a un amigo; es escritor el güey, un peladazo —dijo Caballero.

Me presenté con un saludo de mano a la gordita. Tres o cuatro frases más (“qué calorón, verdá”), y pedimos unas cervezas. Apenas se fue Vanessa, Caballero, con la cara más vulgar que he visto en mi existencia, le miró el rechoncho trasero.

—Esta chaparra no se me escapa. La cabrona pronto me va a conocer.

—Ah —respondí alelado.

—La conozco desde hace meses, pero aquí casi no vengo. Pero cuando vengo y me atiende, le dejo sus buenas propinotas a la putilla.

—Ah —dije de nuevo.

Vanessa volvió con dos botellas, un plato atestado de sebosos totopos y una cochina salserita en forma de molcajete. No era una mujer bella, pero le ponía sabor a sus movimientos y se esmeraba en agradar con su sonrisa de roedor y sus prominencias de Botero. Noté que tenía un colmillo de oro y los brazos más peludos que un abarrotero de Pamplona.

La música se entrometía en la conversación; ahora se oía con frenesí un corrido de matones. Vicente, desde sus voraces bifocales, escrutaba con ojos de zopilote a la clientela, sobre todo a las mujeres que despachaban copas con el entusiasmo de un koala. Dio un trago brutal, y habló:

—Mira aquélla, se llama Yvonne, tiene muy buenas tetas.

—Ah —dije por enésima.

—Le traigo ganas desde el año pasado. Ya caerá, pronto le voy a dar chicharrón con chile verde.

Para mi mecenas todas las mujeres eran víctimas potenciales de su telaraña. Irreprimible Casanova de rancho, su vida estaba organizada para acechar de tiempo completo a los bizcochuelos que se le pusieran a merced. Casi lo admiré, casi lo odié. Verlo allí, del otro lado de la mesa, viejo, feo y libidinoso, con una Indio que aniquilaba a grandes tragos, sin huella de delicadeza, me parecía carpenterianamente real-maravilloso. Era, en síntesis, todo un insecto. Empecé a sentir lástima por ese espíritu retacado de vacío.

—Échese la otra —arremetió—. Ya estoy agarrando vuelo. Otras dos Indios y le seguimos con unos Bacardí.

—Órale —contesté sin decisión, a sabiendas de que no me gustan los rones porque me remiten a borrachera de burócrata.

Pasaron varias cervezas —él despachó seis, yo cinco— e intercalamos no sé cuántas tonterías que simulaban ser una charla. Su enciclopedia era obviamente cerril: mujeres, mujeres, mujeres, deportes, música populachera, mujeres y mujeres, en ese orden. Con la sapiencia de un especialista, de golpe tomaba la palabra e iniciaba una conferencia magistral sobre sus tópicos de rutina. Todo era lugar común, frase sobada, bobera de perico.

—No hay mujeres feas, sino hombres sin imaginación —luego profería un babotas jajajá—. Hay que darles lo que piden y quererlas con el corazón. Yo he visto que no hay dama que se niegue a la caballerosidad. Al menos eso es lo que yo he visto, según mi observancia y mi experiencia de añales. Por eso soy un caballero con ellas.

Nada contesté. Era inútil responder a tales necedades. La estupidez de Caballero era invencible. Me resigné a beber en silencio y sólo escuchaba en mi cráneo el cadavérico crujir de los totopos y la horrenda música que dominaba el lugar. En verdad me sentí mal. Caballero, inhábil como ninguno para el arte de la prudencia, continuó su pontificación sobre los puntos finos del donjuanismo que según él administraba con destreza.

—Todas las mujeres son igualitas. Si les das, te dan, si les quitas, te quitan. Yo doy, por eso me dan. Con dinero baila el perro, como dice el sabio refrán. En otras palabras, vale más pájaro en mano…

No terminó su tonto dicharacho cuando llegó Vanessa a preguntar si ya queríamos otro par de Indios. Caballero dijo que no, que prefería un Bacardí. Yo me fui largo y solicité un whisky, pues iba a cobrar cara la impertinencia de mi mecenas. Pero el viejo no se alteró y con sus ojillos de buitre le fue siguiendo el trasero a Vanessa. Se clavó otro Raleigh en los dientes, guardó un poco de silencio y sin decirme nada se levantó. Lo vi meterse al baño en el que refulgía la palabra “Caballeros” debajo de un sombrero de copa, un bastón y unos guantes blancos, bello homenaje al mal gusto y lugar común icónico. Preferí pensar: “Caballeros”, “Damas” (un gorrito de Mary Poopins, una sombrilla y un abanico), esos letreros y esos iconos nunca corresponden a la realidad. Vaya ridiculez. Mientras mi mecenas desahogaba sus latigazos de amoniaco en el mingitorio, entretuve la mirada en un letrero; era uno de esos aparatos que reproducen cualquier breve mensaje que desfila una y otra vez en mayúsculas rojas y luminosas: “su bar papillon exclusivo le atiende nuestro bello personal femenino edecanes karla yvonne selene shammantha vanessa veronyka todos los días rica botana sabados hora feliz solo para gente distinguida como ud su bar papillon exclusivo lo atiende nuestro personal femenino edecanes karla yvonne…” Leí cinco veces el hipnótico texto, una maravilla de la improvisación sintáctica; me retuvo la hipálage “hora feliz”; luego repasé el circunloquio “bello personal femenino” y el preciosismo innecesario de esos nombres propios que más bien parecían marcas de shampoo. Era linda, también, la fanfarronería “sólo para gente distinguida como ud”. No pude sacarle más jugo al letrero porque vi a Caballero reclinado sobre el selector de la rocola: ya escogía sus piezas de combate. Entonces atronó en todo el Papillón el inicio de “Cien años” (¿de soledad?) interpretado por “el grandioso” (así dijo Caballero) Pedro Infante.

—Esto es música, no mamadas, bola de culeros —me dijo y se sentó.

Él con su ron, yo con mi whisky, los dos nos quedamos en silencio mientras el idolazo de Guamúchil sacaba de su aterciopelada garganta, por millonésima ocasión, los versos de “pasastes a mi lado con gran indiferencia”. Ambos errábamos la mirada por el Papillón y pude notar que las “edecanes” eran cuatro aunque el letrero móvil mencionaba a seis. No le di importancia, pero el detalle me sirvió para reanudar el conato de plática que mantenía con el chacal del amor.

—¿Faltan edecanes, Vicente?

Con sabiduría, dueño de información privilegiada, el terodáctilo explicó la rutina de las muchachas:

—Se rotan. Las del primer turno empiezan a las once de la mañana, luego llegan las otras. Ya están por irse dos y por llegar las que faltan. Faltan Karla y Selene. Entran en un ratito, de seguro. La que ya no se tarda en salir es Vanessa.

En efecto, al poco rato la chaparra del colmillo áureo llegó con un par de vasos más y se despidió de nosotros. A Caballero le dio un beso en la mejilla y el galán le deslizó un billete a manera de propina. Vanessa sonrió y me extendió su gordezuela mano con un “mucho gusto” de mero trámite.

—Se queda con ustedes Selene. Ya llegó, se está vistiendo en el vestidor —remató nuestra primera anfitriona. El terodáctilo todavía le siguió el trasero con tenaz pupila.

Para mi tercer whisky apareció la tal Selene. Era una linda morenaza de cara ligeramente changuiforme, muy delgada y de pelo rizado, de minifalda azul y gentiles maneras. Todas sus prominencias eran delicadas y apenas se insinuaban bajo la breve prenda que escogió para esa noche. Caballero no la saludó de beso en el cachete y apenas si la escrutó con una mirada desdeñosa. Cuando Selene, seria ella, dejó nuestros nuevos tragos en la mesa, se fue y luego supe el motivo de la frialdad caballeresca.

—No me gustan estas flacas. Además, esa pinche Selene se cree soñada, dicen que se siente la última cerveza del Papillón. Yo de aquí prefiero a mi Vanessita o a Yvonne, chulas mujeres las dos cabronas.

Era ésa la primera vez que el terodáctilo no exhibía frente a mí su lubricidad de perro callejero. Selene no habitaba pues en el enorme espectro de sus apetitos, y para Caballero ni siquiera merecía un piropo. Un rasgo peculiar de mi mecenas: su curiosa selectividad. No me dejó pensar mucho en ese asunto porque ahora comenzó un elaborado y laberíntico discurso futbolero. Ni siquiera preguntó si me gustaba esa porquería. Con una facilidad nata para la verborrea, navegaba en la prehistoria de la Tota Carbajal y del Dumbo López como quien habla de un hecho acontecido apenas ayer, y de golpe se saltaba a las glorias del Gonini Vázquez Ayala y de Hugo Sánchez, a quien no cesó de motejar —para mi disgusto íntimo— el Niño de oro.

Mientras Vicente iba y venía por los vericuetos del fut, en mi mente fluían imágenes ya un tanto entreveradas por el efecto del humo y del alcohol. Me aparecía un obsesivo verso de Vallejo (“incógnito atravieso el cementerio”), la anécdota para un cuento, las obligaciones de mañana —cirugía mayor a una ingenua tesis sobre Cortázar redactada por un espinilludo con ínfulas de Cronopio—, la música del cuchitril, el rostro hablantín de Caballero frente a mí, la borrosa presencia de Selene allá, cerca de un bárman equino, tremendamente feo y sonriente. Así se fueron como siete whiskys y no sé cuántos rones de mi patrocinador. Cuando nos atendía Selene, mi interlocutor se afanaba casi adrede en no verla y alzaba la voz para infligirme que Horacio Casarín sí había sido un ídolo de veras, un Di Stefano mexicano.

Estaba Caballero en un sesuda discurso en torno a la grandeza de Brasil en el mundial México 70 —Rivelino, Tostao, Pelé, ¡goooool!— cuando reapareció Selene con otro par de vasos en una charolita de lámina desportillada. Un poco aburrida la colocó sobre la mesa y, antes de que se fuera, me armé de agallas para decirle, ya con un timbre de conquistador semiborracho, “gracias, princesa”. Las palabras surtieron un efecto doble: Selene las correspondió con una sonrisa y un “de nada” muy coqueto, y Caballero, atónito, quedó con la boca abierta y el vaso jaibolero a medio camino entre la mesa y sus renegridos labios. Apenas se repuso, emitió un dictamen a su estilo de Picapiedra:

—Le gustastes, mi amigo, le gustastes un putamadral. La Selene se te quedó mirando con ganas de que le hagas cochinadas.

Detrás de sus bifocales, los ojos de mi mecenas eran ya un par de esferas enrojecidas por el Raleigh y el Bacardí. Su entusiasmo parecía sincero, y lo acompañó con espantosos elogios a mis potencialidades como don Juan papillonesco.

—Con el verbo que usted se carga la cantidad de mujeres que se pueden agarrar. Le dijistes princesa y mírala, quedó retecontenta porque nadie les dice nada de eso por aquí. Esos piropos son de grandes ligas, compadre. Sólo un gran escritor como usted puede manejarlos sin que parezcan… sin que parezcan… sin que parezcan…

—Feos —complementé con un adjetivo simplón.

—No feos —se atrevió a corregirme—, no feos, sino… sino… hipócritas. Sí, hipócritas. Eso es lo correctamente bien aseverado: hipócritas. Usted puede decir palabras finas y no se le oyen hipócritas. Eso es.

Que un cavernícola me corrigiera no tenía precedente en los anales de mi estudiosa vida. Caballero, autorizado como estaba por su labor de patrocinio, enmendó mi adjetivo con una seguridad que no hubiera tenido ni Ramón López Velarde. Era una bestia, pero no quise darle valor a su afrenta pues a esas horas mi ánimo sólo reparaba en las maravillosas ondulaciones corporales de Selene. Allá estaba ella, en amenísimo coloquio con una de sus pares. La música de la rocola —unos boleros reciclados por la horropilante mercadotecnia de ese mequetrefe llamado Luis Miguel— llenaba el Papillón y se mezclaba con algunas risas y el ruido de los trastos en la cocina.

Caballero entró en un breve armisticio verbal. Bebía en silencio. Cuando Vicente liquidó su enésimo ron abrió de nuevo la bocota.

—Le pediré otro trago más a Selene. ¿Quieres que se siente en nuestra mesa?

—Sí, por qué no.

Caballero levantó la mano y buscó la mirada de Selene Melibea. Ella interrumpió su conversación y vino hacia nosotros. El terodáctilo le solicitó otro Bacardí. Cuando lo trajo, Caballero puso en marcha sus estratagemas de Celestino.

—Siéntese con nosotros, Selene preciosa. Mi amigo dice que es usted una princesa. Él es poeta, y nunca se equivoca para eso de las palabras. Acompáñenos un ratitito, por favor. Vaya por el trago que usted quiera y regrese a platicar con nosotros un ratito.

Luego de solicitarse un vampiro, la morenita estuvo de vuelta, separó una silla libre y se sentó a mi derecha. Es curioso. Mi mundo no era ése. Mi mundo estaba en las carencias y en los libros y en la inseguridad y en el miedo y en el ostracismo y en la angustia cotidiana para sobrevivir. El derroche, los lujos de la vida nocturna y las mujeres no estaban en mi tambaleante agenda. Ya cerca de mí, Selene me impuso su carisma. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía le brotaba un acento delicioso marcado con un ligero silbidito en cada ese. Caballero parecía feliz como mester de alcahuetería. Era casi el padrino de una relación, y se encaramaba en la mesa con un gusto de muchacho.

—Mi amigo Santiago es poeta —expelió para empezar su elogio—. En todo Torreón no hay nadie como él para manejar la bella letra. Tiene libros. Es un orgullo tenerlo en esta mugre cantina. Para celebrarlo voy a poner unas canciones, ya vengo.

Caballero se levantó y en su cara vi el guiño. Lo hizo para dejarme solo y con Selene a tiro de ballesta. Adrede se apostó frente a la rocola y minuciosamente repasó las selecciones de su gusto. Fueron como cinco minutos los que Selene y yo aprovechamos para garabatear un diálogo en el aire lastimero del Papillón.

—Selene te llamas, ¿no es así?

—Ajá. Selene.

—Bello nombre. Me da la idea de ternura, de sencillez —dije esa cursilería para conmoverla.

—Qué lindo eres. ¿De veras eso significa mi nombre?

—No, eso no, sólo digo que Selene me da la idea de ternura. Creo que significa luna, de la luna, o algo así.

—Ay, qué lindo… a mí me gusta mi nombre. Está bien bonito.

Pese a la vacuidad de esas palabras, la presencia de Selene y el alcohol, en ese orden, me tenían lelo. Traté de recuperarme, de ser inteligente, de impresionarla con alguna cuenta de vidrio cualquiera.

—¿Desde cuándo trabajas en la mariposa?

—¿Por qué en la mariposa?

Papillón es mariposa en francés.

—Ah, no sabía. ¿Por eso está una mariposota de luz afuera del bar?

—Sí, claro. De luz neón.

—¿Tú estás muy preparado, edá?

La pregunta le salió a quemarropa. Nunca me habían disparado así, con ese candor tan calientito.

—Más o menos… leo bastante, y escribo…

—¿Sí es cierto que tienes libros?

—Algunos, sí, algunos…

—Ah —se impuso un paréntesis de diez segundos—. ¿Y dónde los venden?

No pude contestarle rápido. Cómo decirle que mis libros han merecido tirajes cortos y domésticos, cómo decirle que no se ha vendido ninguno, que de mis publicaciones no he sacado un solo peso, que a nadie le interesa lo que escribo, que gracias a la literatura vivo al día, de milagro, como la lotería, igual que ella con su oficio de tinieblas. Cómo decirle, en fin, que con las letras apenas gano algunos quintos para tragar y sólo porque Marx es grande.

—En casi todas las librerías. Pero no los busques, yo después te regalo alguno.

—Gracias. No se te vaya a olvidar el autógrafo.

“Dedicatoria” por “autógrafo”. Selene era dueña de la misma ingenuidad caballeresca, pero en ella la ignorancia no parecía un baldón, sino un timbre de candidez infantil. Pensé en Lolita, en la conmoción que detonó dentro de Humbert Humbert aquella apetecible nínfula. La mesera no era ya una crisálida, por supuesto. Frisaba los 25, tal vez menos, pero estaba en el mejor momento de su frutecer. De cerca vi mejor su deliciosa envoltura, su magnetismo. Tenía los brazos también algo velludos y las manos muy pequeñas. Usaba anillos corrientes en todos los dedos rematados con uñas blancas. El pelo, color cuervo y de grandes sortijas en caída libre, rozaba apenas sus hombros un poco anchos. Era de nariz minúscula y obtusa, tenía unos ojotes negros enmarcados con una pintura de párpados algo recargada. Su busto era pequeño, pero insinuaba un par de albaricoques por lo menos digno de un soneto al itálico modo. Hablaba poco y con prisa, mutilaba sílabas; previsiblemente, carecía en absoluto de vocabulario, pero su voz era un pífano para mis orejas.

—No se me olvida, no. Te prometo un libro autografiado.

—Gracias. ¿Te sirvo otro jaibol?

Asentí. Cuando ella se levantó, Vicente Caballero se dejó venir desde la rocola. En su rostro noté la huella de la curiosidad.

—¿Qué pasó, ya te la amarrastes? ¿En qué quedastes con Selene?

—Nada. Apenas intercambiamos dos o tres palabras.

—Bueno. ¿La última y ya estuvo, no? Ya ando un poco jodidón.

—Bien, sí. La última.

Apuramos los tragos de la despedida. Frente a Caballero todavía crucé dos diálogos con Selene. Hablamos sobre música, sobre su espantoso gusto  por la música que se tocaba para bailar en las bodas. Con el terodáctilo allí no era prudente ir a fondo, y opté por algunas frases sin sustancia (“me dio mucho gusto conocerte, princesa”).

El vejete pagó. En su cartera asomaron puros billetes grandes y la policromía ostentosa —policromía de delfín— de sus tarjetas bancarias. Con toda intención le dejó a Selene una propina extraordinaria.

—Ten, princesa, de parte del poeta —le dijo delante a mí, que me sentí humillado ante tal muestra de protagonismo. El pago me pareció, porque lo era, vulgar, pero como los escritores de por acá siempre andamos balaceados de la faltriquera, en ese momento ni siquiera me apunté para cooperar.

Triste, umbrío por la pena, casi borracho, salí del Papillón detrás de Caballero, quien avanzó apurado hacia su coche. Pronto lo abordó un cuidador de carros con cara de mono araña; el terodáctilo le dio una moneda y el muchacho, franela guinda al hombro, lo despidió con varias reverencias y el tratamiento de “patrón, gracias, patrón, para servirle, patrón”.

Pensé que seguía lo obvio: Vicente me llevaría al departamento, nos despediríamos y adiós juerga. No fue así. La noche estaba asfixiada por un calor adherente. Era madrugada y muy pocos automóviles trazaban su cinta de luz sobre el asfalto. Caballero avanzó hacia el puente que une a la ciudad de Torreón con la de Gómez Palacio. Muy cerca del lecho yerto del río Nazas, Caballero estacionó su máquina sin darme muchas explicaciones. Antes de bajarse me trató como a un simple copiloto:

—Ando muy caliente. Mi pájaro ya quiere una jaulita. Voy a echarme a una chamaca. No me tardo ni madres. En veinte minutos me la despacho.

En efecto, el viejo ingresó con apremio a una casa lóbrega decorada solamente con un foquito amarillo y un tosco letrero en la puerta: abierto. Esperé quince minutos sin cerrar los ojos, sin dejar de ver la hipnótica bombilla de la putería, sin dejar de construir en mi cabeza el revolcamiento de Caballero. En muy poco tiempo se entreabrió la puerta y vi que una silueta oscura despedía a mi mecenas con un beso en la mejilla.

—Listo. Servidito el señor. Ahhh… qué maravilla, qué maravilla es echarse a una putita en estas salas —dijo.

Llegó, vio y fornicó. Tal fue, en el remate de esa noche, la última carcajada de la cumbancha perpetrada por mi ángel de la guarda literario.

* Novela inédita. Escrita con el auspicio del FECA.

 

 

 
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