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Muestro en esta página algunos comentarios sobre mi obra. Yo, que he opinado aquí y allá sobre tantos escritores, tengo apenas algunas referencias ajenas en torno a mi trabajo. Son pocas, pero valen mucho para mí y sólo les puedo dedicar mi gratitud.
El
augurio del triunfo literario
Saúl
Rosales Carrillo
El
desembarazo con que Jaime Muñoz convierte el español en palabra artística en
su libro El augurio de la lumbre,* permite augurarle un pronto ascenso a
las cúspides de la literatura nacional. Como de un surtidor alimentado por
abundosos ríos de libertad, ingenio, audacia, seguridad, las palabras brotan
durante la lectura de su narrativa atesorada en este que es su primer libro y el
segundo de una colección bibliográfica profesional —Cuesta de la Fortuna—,
que se publica en la comarca lagunera.
Diez son los textos que se enfilan en el volumen en espera de que el
lector los siga para encontrarse con una nómina de personajes que van del
esperpento valleinclanesco al estudiante universitario en busca de la iniciación
sexual, de la abuela encendida de magia e intuiciones a la novia dúctil y
abnegada, todos ellos enmadejados
en relaciones al filo de la delincuencia o el desencanto en contextos sociales
de lumpenaje y sótanos de la clase media. Se confirma en estos relatos la
habilidad para manejar la palabra que Muñoz ya había exhibido en sus dos
cuentos incluidos en Botella al Mar. Crestomatía narrativa. Uno de ellos
es “Vicisitudes del gigante”, que forma parte del volumen aquí reseñando;
el otro es “El desquite”, con su protagonista apodado Kalimán, barrocamente
definido por el narrador como “vaguito trotador de paños verdes”.
Jaime Muñoz es integrante del grupo literario Botella al Mar que nuclea
a Pablo Arredondo, Gerardo García Muñoz, Salvador García Cuéllar, Enrique
Lomas, Gilberto Prado y Saúl Rosales. Muñoz nació en 1964 en Gómez Palacio
Durango y radica en Torreón donde ha nacido la Colección Cuesta de la Fortuna
que lleva el tetrapié editorial de, en ese orden, Patronato del Teatro Isauro
Martínez, Programa Cultural de las Fronteras, Consejo Nacional para la Cultura
y las Artes e Instituto Nacional de Bellas Artes.
Dije arriba que es el segundo volumen de la Colección Cuesta de la
Fortuna porque el primero fue Vuelo imprevisto, cuentos del autor de esta
reseña. Hay que saludar como hecho muy importante que exista ya en la comarca
un movimiento literario que hizo pensar en que se puede inaugurar y sostener una
vida editorial de los rangos profesionales que estamos aquí considerando.
El augurio de la lumbre, de Jaime Muñoz nace con la filiación de
uno de los mayores escritores de la literatura latinoamericana, Alejo
Carpentier. En la dedicatoria autógrafa que redactó en la portadilla de mi
ejemplar, Muñoz se confiesa “siempre carpenteriano”. Ya la sola elección
del magisterio del autor cubano Alejo Carpentier es un indicio de inclinación
hacia la calidad. En el prólogo que Gilberto Prado escribió para el volumen de
Muñoz se recalca la filiación carpenteriana del autor lagunero.
Esa filiación carpenteriana explica el barroquismo de la prosa
coruscante de El augurio de la lumbre, el desenfado en el uso de la
palabra, la audacia de la adjetivación, el arrojo para introducir neologismos,
la elasticidad de los periodos verbales, la copiosidad parlera, la revitalización
de arcaísmos. Rebulle en el libro el gozo de hacer de la lengua un elemento
vital de la narración. Es una colección de textos de suculenta prosa que
esperan que el lector comparta el gusto por la palabra sorpresiva, es una erupción
lingüística porque el barroquismo es el desbordamiento de la forma y la
palabra es una forma potenciada de significaciones aunque, como dicen los lingüistas,
la palabra es una forma sin contenido.
Del legado carpenteriano que reluce en la hacienda de El augurio de la
lumbre se pueden pizcar como ejemplos “espingarda en puño”,
“trapisonda era fragorosa”, “algo le andaba mal”,
“machihembramiento”. Pero de la fragua de Muñoz son neologismos como el
“desnortadas” y el “inagradado” de las siguientes líneas: “El bulto
despreciado, al incorporarse y asentar sus patas gráciles, lanzó miradas
desnortadas a lo oscuro, a izquierda y derecha viraba su figura de carbito
perdido, con su deseo inagradado por la hembra esquiva”. También estos otros
ejemplos que brotan de añicos y tabú: “añicaba el hielo en el
enorme baúl de las cervezas”, “la primera incursión en el tabuado
mundo”.
El barroquismo literario brota copioso del caudal verbal de los autores.
Basta acercarse a un gran ventanal como La Celestina o una amplia ventana
como sería cualquier obra de teatro del Siglo de Oro de la literatura española
para contemplar la riqueza del torrente barroco. En las narraciones de Jaime Muñoz
en El augurio de la lumbre el caudal verbal produce dilatados periodos
lingüísticos como si el autor no quisiera dejar afuera todas las palabras
habidas —y por haber como neologismos—, para decir la realidad que quiere
significar. Recurrentes ejemplos del regodeo en la palabra que produce largos
periodos verbales pueden encontrarse casi abriendo al azar el libro, pero para
ir directo a ellos se pueden localizar en el cuento —es el ejemplo más a la
mano— “Una mujer se fuga”.
En el escenario de las historias, ya no en el mapa del estilo, el lector
de este libro se encontrará en una atmósfera de amenidad que envuelve el
sartal de textos, a pesar del dramatismo que no pocas veces toca los litorales
del patetismo y la tragedia. El barroquismo descriptivo del primer texto, “El
auxilio del espejo”, nos pone ante dos personajes minusválidos —o de
“capacidades diferentes”, como dice el insulso eufemismo de nueva creación—.
Uno es El Molote, que rueda por la vida a bordo de “su tabla rasa montada en
dos travesaños con baleros”, auténtico esperpento que pudo haber salido del
teatro de Valle Inclán —búsquenlo en Divinas palabras—; el
otro es Walter, también inválido o —sin
eufemismo chocante, lisiado—, pero que pasa su vida apoltronado en destelleante
silla de ruedas. Ambos minusválidos han de verse como con el auxilio de un
espejo.
Como también lisiado viene en el libro el segundo cuento del volumen. Es
decir, salió sin título. Cuando uno lo busca en el índice resulta llamarse
“Las vicisitudes del gigante”. En la atmósfera magicorreligiosa y de
intuición femenina de esta narración El Zurdo —la realidad popular se solaza
en el uso de apodos—, no podrá ser auxiliado por los rezos de su abuela
durante los terregosos partidos llaneros de fut bol.
En “Viejo veterano”, don Martín, octogenario anarquista es un
personaje de barrio admirado por el joven universitario, protagonista narrador
que dice: “En alguna ocasión me dio el consejo de no seguir consejos si quería
ser libre.” El anarquismo es el canto de sirena deleitoso para los pequeñoburgueses.
En “Serpientes y escaleras” la mala fortuna se ensaña no con la
protagonista sino con su modelo. La sirvienta Graciela pretende seguir los pasos
de su patrona, prostituta convertida en amante de un adinerado. Su intento de
conquistar el paraíso de un departamento habitacional amueblado nos lleva a ver
las lengüetadas de fuego de la inseguridad, del temor a perder lo adquirido.
“Los melindres del erizo” narra un pasaje de la repugnante vida de un
matón a sueldo, por supuesto dotado de apodo —como la mayoría de los
personajes de Jaime Muñoz—, Cachito, cuyas taras mentales y deficiencias
humanas lo ubican en ese asqueroso oficio que lo lleva a sufrir una feroz
tarsacada de la ironía.
Un cuento memorable es “Una mujer se fuga” por la manera en que Jaime
Muñoz hurgó en acciones potenciales y reacciones provocadas en el idilio del
Fili y la Maruca que se encuentran y se desplazan por un domingo de barroquísima
realidad en la Alameda.
Algunos prolegómenos de la iniciación sexual de dos adolescentes
conforman la historia de “Propedéutica del tacto”, donde, aparte de las pláticas
iniciáticas del Apache —apodo que algo sugiere de abusador— se encuentra
una muy divertida narración de la clase de Ciencias Naturales.
Adolescentes pequeñoburgueses armados con terminología que en ellos
resulta verborrea izquierdista —es decir, no son de ideas
revolucionarias, sino de palabrería putativa—, son los personajes de “El
cuarto robo no falló”. La fila de narraciones concluye con “Azoro y trago
largo”, un cuento que pudo tener mejor estructura a partir del nombre de uno
de sus personajes circunstanciales, Elisa. La historia narra las exploraciones
iniciales de dos muchachos en la sexualidad y su encuentro con una prostituta de
ese nombre que es el mismo de la prueba para detectar el sida.
El último texto del volumen no es un cuento, sino una profesión de fe
literaria arrebatadora por el barroquismo y la confesionalidad, pero también
por la forma en que el autor se dirige al lector en términos del Baudelaire que
lo califica de estúpido en Las flores del mal. Se llama “Corolario de
fantasmas”.
Con ese corolario se cierra el volumen escrito por Jaime Muñoz “a
lengua desinhibida”, como dice él que habla el Apache, lengua desinhibida, es
decir, libre y ejemplar, porque la libertad se enseña, se conserva y se amplía
ejerciéndola. Sólo una lengua desinhibida se acerca a la plenitud de los
contenidos y las formas. Sólo ella puede atreverse a ostentar las suntuosidades
de la lengua española en una atmósfera cultural que se empeña en reducir la
capacidad expresiva verbal. Esa capacidad de la palabra de Jaime Muñoz en El
augurio de la lumbre certifica la afirmación de que su libro es el augurio
de su triunfo literario.
*Muñoz,
Jaime, El augurio de la lumbre, Patronato del TIM-Programa Cultural de
las Fronteras-CNCA-INBA, Torreón, 1990, 108 pp.
El
príncipe del terror: el torvo Pelletier
Saúl Rosales Carrillo
La
novela de Jaime Muñoz Vargas El principio del terror,* con un refinado
estilo y con recursos de la picaresca española clásica acerca al lector a la sórdida
pero en gran volumen imaginaria vida de Nicolas-Jacques Pelletier, torvo
habitante del París de la Revolución Francesa.
Ladrón,
violador, homicida en la vida real, Pelletier mediante la palabra literaria de
Muñoz Vargas se nos aparece como antihéroe protagonista hasta que su vida es
segada por la guillotina, artefacto vengador de las atrocidades antisociales.
Esta obra fue finalista en el Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela
1998. Antes de ella, Jaime Muñoz (Gómez Palacio, Dgo. 1964) publicó el libro
de cuentos El augurio de la lumbre, reconocido con el Premio Nacional de
Narrativa Joven y los poemarios Pálpito de la sierra tarahumara y Filius.
La
posible biografía de Pelletier, primer guillotinado en la nación inventora de
la guillotina, está narrada por el escritor gomezpalatino más con las luces de
la imaginación que con las aportaciones de la historia y, por supuesto, con la
prosa del artista no con la del ministerio público.
En
cuanto a esto —a la prosa artística de Muñoz Vargas—, hay que decir que se
suma a la caudalosa corriente del barroquismo. Puede notarse en el siguiente
ejemplo donde tañe, corusca, serpentea y encanta el hipérbaton tan sutil como
eficaz: “Rápido salí en busca del salvaje, y como yo bien conocía los
derroteros del borracho padre mío, lo encontré en menos de medio día.”
Y así, desde el principio, la novela es un discurrir de sorpresas estilísticas,
un caudal surtido por el venero de la volición esteticista. Desde el principio,
dije. Veámoslo en sus primeras seis líneas: “Yo, Nicolas-Jacques Pelletier,
afirmo con repugnancia que lo horripilante no sucede la víspera. El terror
llega un tanto después, en el umbral de este pórtico siniestro, previo al tajo
que cae seco, veloz, despiadado como gerifalte con enconadas garras sobre la
indefensión de alguna rata”.
Sin
embargo, la novela del narrador gomezpalatino no atilda su voluntad de forma en
detrimento de la historia, es decir, la supuesta autobiografía de Pelletier
contada a su interlocutor Maurice, quien sólo interrumpe el largo monólogo del
futuro ejecutado en tres ocasiones es destilada por el autor en una escenografía
respetuosamente preparada, una cronología meticulosamente documentada y un carácter
cuidadosamente construido de acuerdo con la psicología imaginaria del antihéroe.
Las partes de la historia de Pelletier se van sucediendo a la manera en que se
suceden los infortunios y las truhanerías de los antihéroes de la novela
picaresca española. Con la impúdica agresividad del realismo las peripecias
son impulsadas por una filosofía primitivista y materialista. El futuro
ajusticiado tiene como principios en su vida lumpenesca beber, holgar y yantar.
Entre sus lecturas le gustó, “sobre todo”, El Lazarillo de Tormes,
nada menos que el libro cimero de la novela picaresca escrita en nuestra lengua.
Como engendro del lumpenproletariado, Pelletier odia a los
revolucionarios porque pusieron a la ciudad, París, en situación de permanente
zozobra y con ello han dificultado sus fechorías. Como lumpen apoltronado en su
situación, Pelletier no puede comprender la revolución ni le interesa hacerlo.
Para él, el movimiento social que instaurará la corriente democrática moderna
en el mundo es un “levantamiento que yo no entiendo ni tengo apetito en
entender, como pretende tanto asno con aspiración de filósofo”.
La lumpenesca psicología de Pelletier es prodigiosamente inventada por
Muñoz Vargas con rasgos como los anteriores, pero también con muchas
autoapreciaciones como la siguiente que revela la densa autoestima que lo mantenía
en la nata de sus andanzas delincuenciales: “Porque debes saber, Maurice, que
parezco poca cosa pero en las entrañas llevo estirpe de buen hombre.”
Así, ese grotesco y repugnante lumpen parece acogerse a humanismos como
el de Victor Hugo que justamente en una página anterior a la que escribe para
reprobar la guillotina en Los miserables, dice: “Las faltas de las
mujeres, de los hijos, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los
ignorantes, son las faltas de los maridos, de los padres, de los amos, de los
fuertes, de los ricos y de los sabios.”
Y ya que lo menciono y puesto que la suerte del antihéroe de Muñoz
Vargas concluye cuando se convierte en el príncipe —príncipe en la acepción
de primero— del terror, conviene recordar cómo ve el genial escritor
francés Victor Hugo, el artefacto que simboliza el terror: “La guillotina es
la concreción de la ley: se llama vindicta [venganza]: no es neutral ni
os permite que lo seáis tampoco. Quien llega a divisarla se estremece con el más
misterioso de los estremecimientos.”
Como en Los miserables, de Victor Hugo y en El Siglo de las
Luces, de Alejo Carpentier, la guillotina en El principio del terror,
de Jaime Muñoz, viene a recordarnos lo inhumano de la pena de muerte. Digámoslo
de otra manera, de nuevo con el hermoso pensamiento de Victor Hugo: “Si una
alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el
que peca, sino el que no disipa las tinieblas.”
La novela de Muñoz Vargas está sostenida por dos tramas. Una muy
elemental que es la conversación entre Pelletier y su interlocutor Maurice,
secuencia no de hechos, sino de apelaciones a la condición de oyente; la otra
es la línea biográfica del propio lumpen Pelletier, ésta sí, discurrir de
acontecimientos que entreveran la imaginación del autor y el hilo de la
historia del futuro ajusticiado.
Sin embargo, El principio del terror, primera novela de Jaime Muñoz,
es una novela de tal densidad poética que cautiva sólo por el estilo. Acaba
siendo un largo poema en el que el lector puede olvidarse de la historia para
disfrutar la magia de la palabra que eleva este libro a la altura de las grandes
obras de la literatura mexicana. El refinamiento estilístico de El principio
del terror y la atmósfera de poesía que insufla me hicieron pensar en dos
obras supremas de nuestra narrativa: Al filo del agua, de Agustín Yáñez
y Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La voluntad de estilo de El principio
del terror hace que esta novela pueda ser leída como un gran poema.
Por su elevado valor artístico y su indudable tremor humano —que la
ubicaron entre las mejores novelas en un importante certamen nacional—, es una
muy grata experiencia la lectura de El principio del terror, obra del
escritor lagunero Jaime Muñoz, acerca de Nicolas-Jacques Pelletier, quien con
su fatalismo de lumpen está dispuesto a contribuir generosamente a la pudrición
del mundo en tanto los revolucionarios, con su optimismo sus equivocaciones y
sus errores, viven en la lucha por mejorarlo.
*Muñoz
Vargas, Jaime, El principio del terror, Joaquín Mortiz, México, 1999, 114 pp.
Juegos
de amor, beisbol, amistad y literatura
El
descubrimiento del beisbol en 1924 por un grupo de campesinos y la disputa de la
posesión de una mujer mediante dos encuentros de ese deporte fueron suficiente
materia para que Jaime Muñoz moldeara su novela Juegos de amor y
malquerencia,* con la que ganó el Premio Nacional Jorge Ibargüengoitia
2001. Sin embargo, puede pensarse que no es la historia lo más importante en
este libro sino el talento del narrador para contarla, un talento que implica
suficiente intuición de la lengua y una dosis mayor de ingenio para emplearla
en sus usos tradicionales y en la experimentación de sus potencialidades. Es
una novela que espera que el lector se solace con la palabra.
Ese ofrecer al lector el disfrute de la palabra en la función narrativa
es una línea observada por Jaime Muñoz (Gómez Palacio, Dgo. 1964) desde sus
primeras obras. En sus dos cuentos publicados en el volumen colectivo Botella
al mar. Crestomatía narrativa, en su libro de historias breves El
augurio de la lumbre y en su primera novela, El principio del terror,
este autor lagunero ha logrado magnetizar su palabra con la novedad, la
sorpresa, el hechizo que permanecen en latencia mientras no las estimula un
talento vigoroso.
En sus juegos con la palabra, para divertirse con el lector, Muñoz
caricaturiza el habla. Uno de sus personajes en Juegos... apodado
Quiotelargo, lanza a sus compañeros una arenga en la que combina una retórica
ampulosa, disparates lingüísticos y vocablos de mala reputación: “Me siento
muy personalmente orgullecido de tener amigos como los aquí presentes. Es para
mí un honor saber que cuento con sus respectivas personas para hacer y deshacer
en caso de que se tenga que meter la carne al asador para que Dientes de Oro no
se lleve lo que no es suyo. Pero aquí con toda sinceridad quisiera preguntarles
si no se me culean a la hora de los riatazos. Recuerden que esa bola de culeros
que acompañan a Sixto Benavides no se anda con chingaderas y mata al primero
que se les atraviese en sus negros propósitos. Son cabrones muy cabrones y
hasta la fecha no ha salido nadie, ni la justicia siquiera, a ponerles un ya
estuvo bueno. Por eso les pregunto como el mero hombre que me caracteriza ser:
¿estarían dispuestos a tirar putazos en caso de que así lo requiriese la
susodicha ocasión? [...]”
El peculiar discurso del Quiotelargo florece a causa de que ha decidido,
apoyado por sus amigos, enfrentar al Dientes de Oro con el propósito de
quitarle a Gloria Venegas. Mientras el momento del enfrentamiento se presenta,
el beisbol llega a Santa Teresa importado por Praxedis, quien lo conoce en un
viaje a Torreón. En la rutina de plática y baraja bajo los pinabetes de Santa
Teresa, los nueve campesinos encuentran en el juego deportivo recién conocido
una novedosa y gozosa diversión. La trama finalmente lleva a que no sea
mediante la violencia, sino mediante el juego de beisbol como ambos personajes
se disputen a la mujer.
La introducción del beisbol en la historia proporciona a Jaime Muñoz la
oportunidad de escribir deleitosas páginas de singular cronista deportivo que
recuerdan las del cuento “Las vicisitudes del gigante”, de El augurio de
la lumbre, donde vemos al Zurdo jugar fut bol gracias a la crónica de su
actuación en el llano polvoso, y aquellas otras en las que el Kalimán juega
billar como mago en “El desquite”, de Botella al mar. Crestomatía
narrativa.
Y a propósito de estilo, conviene observar que no sólo los personajes
permiten ver como Muñoz, dotado de una capacidad lingüística
superdesarrollada, caricaturiza el habla. El propio narrador de Juegos...
—que acaba siendo inidentificable—, no sólo los personajes que menciona, se
expresa como los personajes que refiere: “El plan ya estaba planeado con la
debida planeación, y se desarrolló como en seguida pasaré a especificar.”
Mismo juego literario que repite un poco más adelante con regodeo en la
aliteración populachera: “Los ojos de Benavides brillaron con un brillo más
brilloso que el de la brillantina untada en la cabeza.”
Es el momento en que los campesinos de Santa Teresa y Dientes de Oro y
sus hombres negocian los propósitos del juego de beisbol. Los primeros ofrecen
en su apuesta doscientos pesos y un anillo con “chica piedrota”; Sixto
Benavides, inducido por la sagacidad de los campesinos que quieren ganar a
Gloria para el Quiotelargo, acepta que por su parte la apuesta sea de los
doscientos pesos y la mujer.
Vuelve entonces a aparecer a la altura de estas páginas de Juegos...
un tema que sin llamar demasiado la atención recorre toda la novela, es el de
la amistad. La amistad se ha mostrado, por ejemplo, en los abundantes pasajes
donde los campesinos comparten el tiempo desenajenado, el sotol y los cigarros;
en la decisión colectiva de enfrentar al Dientes de Oro para ganarle a la
mujer; en los gastos para adquirir los implementos del juego de beisbol y,
ahora, en el sacrificio de Cosme Bejarano, quien con desprendimiento de amigo
aporta el anillo de la apuesta. “Si tuviera tres anillos los pondría. Por mi
amigo el Quiotelargo no hay fijón”, dice Bejarano.
En los prolegómenos del enfrentamiento de beisbol por Gloria y el
dinero, el narrador refiere cómo se gestó la foto que pasando casi ocho décadas
originará la novela de Jaime Muñoz. Es la foto que adorna la portada del libro
y que apareció por primera vez en la página nueve de la primera edición de
esta novela, Juegos de amor y malquerencia, que salió con el título de Fervor
de Santa Teresa. En fin, el fotógrafo propone imprimir la placa que
inmortalizará al conjunto de campesinos. Rosendo Hinojosa le dijo “que sí,
que retratara a todos los Tereseros juntos encima de la plataforma del
ferrocarril, para que se vieran bien bonitas las letras de Santa Teresa”. Así
queda retenida en el papel la imagen de amistad de los nueve campesinos, la que
sirvió al escritor lagunero para, en su juego literario, inventar la historia
de los Tereseros.
Los Tereseros ganan el primer partido de besibol y con ello que la Gloria
sea del Quiotelargo. Allí mismo acuerdan “el desquite”. Este segundo
partido lo ganarán los Benavidos. Como Gloria se había escabullido durante el
juego, Catarino Ventura, Dientes de Oro y Chon sin Miedo van por ella. Con esto
vuelve para ser atado y desenlazado un hilo de la trama que, llamativo al
principio para nuestra mente amarillista, había desaparecido. Es el del crimen
por el que pierde la vida Marcial Ibarra. “Dientes de Oro arreó a su gente y
a su mujer y se largaron sin decir más. Ya nunca en muchos años se dejaron ver
por allí. Catarino informó que había pasado una cosa muy horrible, que don
Marcial recibió dos plomazos en el pecho y que mejor era agarrar para el
monte.” En los renglones finales el narrador confiesa: “nunca más supe de
aquella gente con la que tanto sotol y tanta amistad había tenido”.
Nosotros sí sabemos de aquella gente gracias a la ficción y al estilo
gozoso de Jaime Muñoz que le inventó una historia, la re-trató literariamente
a partir del “retrato”, en un juego de amor, beisbol, amistad y literatura.
*Muñoz Jaime, Juegos de amor y malquerencia, Joaquín Mortiz, México, 2003, 130 pp.
En
1989 Jaime Muñoz Vargas publicó una colección de cuentos denominada, con
acierto, El augurio de la lumbre.
Recuerdo que el novelista más dotado de nuestra comarca me pidió que pusiera,
como delantal, algunas palabras preludiales. Acepté porque, entonces como
ahora, pensé que poco o nada agregaría mi prólogo a la autosuficiente prosa
de Muñoz Vargas, quien había troquelado sus cuentos recogiendo historias con
el oído, sólito a vestirlas con hallazgos y centelleos verbales, pero sin
descuidar el inteligente sentido de la anécdota, médula del ejercicio
narrativo. En ese prólogo dije que el narrador gomezpalatino era un hombre con
talento, y aduje pruebas. Durante una década el talento fue decantándose. El
quehacer literario de Muñoz Vargas cedió a la tentación de la versatilidad
expresiva. El autor de El principio del
terror (Mortiz, Planeta, 1999) experimentó con fortuna en los géneros
—nunca del todo discernibles— de la poesía, el ensayo, la crónica y la
miscelánea periodística. Debido a Muñoz Vargas el corazón literario de La
Laguna pudo adelantar milagrosos latidos, a través de una silenciosa y firme
labor periodística, como timonel de una nave acosada por piratas, peces de
bajas aguas y arponazos aleves. Paralelo a esta jornada salutífera discurría,
con lentitud de grano airoso, el ejercicio novelístico. Nosotros sabíamos que
algo bullía en esa voluntad sensible, en esa inagotada veta de agudeza verbal,
en ese manantial de fecundo ingenio. La noticia de que, con una obra breve pero
muy bien trabada, el escritor lagunero había obtenido una mención en uno de
los premios más importantes del género en el país ratificó, por fin, lo que
se barruntaba desde hace lustros. El
principio del terror es, sin ningún quizás, la novela mejor lograda de
cuantas se han concebido en nuestra paramera. Intenterá demostrar lo que digo.
La
bienandanza barroca
Debemos
a José Martínez Ruiz (Azorín) una acerada crítica de la literatura barroca.
Azorín dice, en La voluntad que el barroco “…es el más hórrido de los estilos
cuando no se ejecuta espléndidamente”. Nosotros suscribimos el aserto. Pero
cuando encaramos novelas como El principio
del terror debemos reconocer el extremo de la condición avistada: la novela
está ejecutada espléndidamente. En un célebre ensayo Severo Sarduy elucida
los mecanismos de la estrategia barroca. El ejemplo que cita de Lezama responde
a un propósito de sustitución. No dice de manera directa lo que trata de
definir. Para explicar de modo sesgado el nombre del órgano sexual masculino
Lezama escribe “el aguijón del leptosomático macrogenitoma”. El
significado se esconde, huye elusivo, pero deja una irradiación invitadora. En
el capítulo “Los colores de la vida” la alusión es elusión: se alude al
órgano sexual eludiendo nombrarlo de manera llana:
-El
obeso miembro que tanto usé en cuartuchos de ramera
-La
alimaña que los hombres cargamos como flagelo debajo del
ombligo
-Pata
de bucanero malparido
-La
natura
Hay,
como se puede ver, un sentido crítico, denostante, contra el órgano. Este
sentido crítico obedece a la concepción de Nicolas Jacques Pelletier: la inútil
genitalidad sólo dignificada cuando el personaje protagónico emprende lances
—¿eróticos?— con Mademoiselle Savignac. En un gesto que seguramente habría
gustado a Aristipo de Cirene, Pelletier execra de la multitud de placeres y
exalta, en medio de su ruindad, el amor exclusivo de la Savignac.
Pero no se crea que la felicidad barroca sólo es agradecible en las páginas
de “Los colores de la vida”. Toda la novela está irrigada por un sistema de
capilares metonímicos, que evita la signficación directa: retuvo mi atención
que, a pesar de las numerosas y vivísimas escenas de brutales pleitos, el
narrador prefiere las educadas voces “sopapo”, “porrazo”, “puñetazo”,
“golpe”, a la voz muy nuestra “chingazo”. Esta elección urde un
contrapunto respecto de la personalidad contradictoria de Pelletier, que nada
tiene de gratuito, como veremos más adelante. Para referirse al vino dice casi
siempre “unos tintos”, para pintar a un viejo dice “cúmulo de arrugas”,
para mencionar a una pelirroja prefiere “mujeril zanahoria” y una constelación
de ejemplos que regocijaron mi lectura.
El
enternecido canalla
En
los sobreescritos Muñoz Vargas cita a Borges: “Yo he notado que, en general,
los canallas son sentimentales”. La novela está animada por un tono
confesional: Pelletier cuenta sus peripecias a Maurice, éste responde con esporádicos
e ilustrativos comentarios, como en una suerte de preguntas espejo. El personaje
central, Pelletier, es plano desde la perspectiva de E.M. Foster, porque hay en
él, siempre, una ambivalencia entre la malditez y el pudor aliado de la culpa.
Nosotros podemos espigar pasajes en los que Pelletier menciona el infierno. Además,
el personaje posee una muy clara taxonomía de sus faltas, y odia a quienes
cometen otro tipo de travesuras: a los zoófilos, pederastas y depravados. El
narrador ha dibujado con maestría las contradictorias aristas de su personaje.
Lo ha hecho de tal modo que, aunque sabemos que los actos que perpetra son
calamitosos, nace en nosotros una extraña piedad cuando nos asomamos a la forma
específica de cometerlos y, más aún, cuando advertimos en él un alma cándida,
capaz de provocar las más perversas atrocidades. El diseño sentimental del
personaje, que pendula entre la sevicia contra los revolucionarios y el amor
monolítico a la Savignac, hace de Pelletier un tipo entrañable, que merecía
una redención más allá del furor decapitante. Además, el personaje alterno
—Maurice— es perfectamente esférico: su participación al final de la
novela resulta tan convincente como sorpresiva. Quiero detenerme un poco más en
el diseño sentimental de Pelletier, porque ha sido animado del polvo por la
imaginación de Muñoz Vargas, quien abrevó en El Lazarillo de Tormes y en la picaresca de la literatura clásica
española, para vestirlo de enternecido antihéroe. Pelletier es un
experimentado pesimista. Su profunda decepción acerca de la naturaleza más íntima
de los hombres ha sido, por desgracia, confirmada en nuestros tiempos. Los entes
de razón o quiméricos profesados por los revolucionarios de entonces, quienes
abanderaban la triple proclama, no tienen aún fundamento en la realidad. El
desencanto de Pelletier se anuda con el nihilismo sin tragedia postmoderno. Una
cabeza tan afincada en la realidad merece ser desprendida del cuerpo. Cito el
siguiente pasaje como ejemplo de iluminación introspectiva de Pelletier:
Fueron,
es justo decirlo en loor del abate que me tuteló, mis días más placenteros,
aquellos que en el fesco de una sombra, pero junto al sol, pasé con los libros
en las palmas. Había comida, agua para ducharse, cama, lectura, mucho contacto
con dios y algo de canallería, cierto. Hasta pensé, lo juro, abrazar la vida
religiosa que tenía muy poco de difícil y bastante de favorable, al menos eso
noté cuando Jouvet me abrió las puertas de su generosidad y de sus luces.
Los
excesos de la elipsis
Quizá
el ardid más notorio de la novela es, precisamente, el delicado equilibrio
entre el un personaje bien armado y la elíptica trama. Es sabido que los
novelistas se inclinan por la hechura del personaje (fraguado con peripecias y
voces) o por el engarce de las acciones subsumidas en un plan general o
estructura. Casi siempre los cuentos o novelas propenden a privilegiar un
extremo. Sin embargo, escasos son, en México, los ejemplos de obras cuya
preocupación estructural no empece la profundidad psicológica del personaje.
En El principio del terror la historia
es elíptica: dura lo que la hoja de la guillotina tarda en descender o, más aún,
dura lo que la cabeza de Pelletier, ya desprendida del cuerpo,
permanece con vida. Entendemos que ese tiempo es suficiente para fraguar
una recordación vertiginosa en la que Pelletier destaca sus principales y más
encendidas hazañas. Por eso los polos que presiden la novela se unimisman en
uno: la canasta transfigurada en el final como cesta. Esto confiere una
circularidad estética al texto: así lo sugiere el narrador al dejar
interrumpida, en el primer y útlimo capítulos, la palabra muerte. Además de
esto, la inteligencia compositiva induce el aporte de pruebas que poseen
justificación perfecta en el ocaso de la novela. Si pensamos que la historia
comprende desde “La canasta” hasta “el instante de la cuchilla”
advertiremos que, vista desde otro claro, va desde el degüello de Pelletier
hasta su inminente despedida. El empeño imaginativo de Pelletier, quiero decir,
la recuperación de los episodios de su vida ha sido posible sólo por gracia de
quien narra su historia después de dos siglos. Es fácil, por lo demás,
advertir el guiño que el título de la novela sugiere, giño que, tras la
gozosa relectura, es indisimulado: el principio del terror es, sin duda, el
principio del placer como enérgica posibilidad de fruición, como libertad que
el acto de leer propicia.
Finalmente, quiero cerrar esta apresurada recensión con un vaticinio
henchido de certeza: El principio del
terror es apenas la primera novela de Jaime Muñoz Vargas. Estoy seguro que
la prodigalidad y talento de nuestro narrador habrán de encarnar en obras que
lo sitúen, en menos tiempo del que sospechamos, en el primer renglón de la
novelística del norte de México.
Muñoz Vargas, Jaime. El principio del terror. México: Joaquín Mortiz, 1999.
'El
principio del terror'
de Jaime Muñoz Vargas: una lectura intertextual
Miguel
Báez Durán
Casi
a finales de su participación literaria, Nicolas-Jacques Pelletier
–protagonista de la novela El principio del terror (1999) de Jaime Muñoz
Vargas— confiesa haber leído Lazarillo de Tormes. Para la lectura propuesta,
no existe mayor indicio de intertextualidad. Nicolas-Jacques es, en muchos
aspectos, como el que termina siendo pregonero de vinos y persecusiones (irónico,
luego, que este pícaro francés termine ejecutado). Pelletier es, por lo tanto,
continuador de una larga lista de pícaros que nace en el Tormes y desemboca con
El principio del terror en el París
de la revolución, lugar donde el escritor lagunero decide ambientar su primera
novela.
De
la aventura al lance
“…
las aventuras de Lázaro yo las he visto cientos de veces en las calles de París
…” (89), le cuenta Nicolas-Jacques a Maurice en la miseria compartida de una
mazmorra. Pregón, de entrada, disímil –aunque ambos busquen el diálogo y la
explicación— al que dirige Lázaro adulto al receptor de su misiva sólo
conocido como Vuestra Merced. Aunque de linajes dudosos los dos protagonistas,
uno triunfa (desde su peculiar perspectiva, claro) y el otro será quien pruebe,
por vez primera y con su cuello, el implacable peso de la navaja. Pero el lector
debe acercársele con cautela. Nicolas-Jacques, al igual que Lázaro, es un
embustero. En principio desvía la atención y calla ciertos detalles de sus
aventuras. Más adelante, para satisfacción del que recorra las páginas de la
novela, nuestro pícaro bajará la guardia y su pregón susurrante de calabozo
se tornará explícito, desgarrador, envolvente y violento.
Al encontrar esta referencia a la obra anónima y a su memorable protagonista, sólo
nos queda tomarla entre las manos con escepticismo. Nicolas-Jacques no nada más
ha visto sino que ha vivido esas aventuras y al confesarse con un igual (no con
un Vuestra Merced) tales vicisitudes adquirirán tintes distintos a los de Lázaro.
Tal vez sean hasta más “embusteramente” honestas. La época de Pelletier es
tumultosa, cambiante y quizá valga la pena seguir la denominación que el
propio delincuente galo nos propone: en lugar de aventuras lazarillescas, sólo
hablaremos de lances.
Pero éstos son lances con todo el carácter depredatorio y asesino que sugiere
la palabra. La revolución es pobreza, hambre y –como elemento adicional a la
problemática presentada en Lázaro por el autor anónimo— terror. Ya no hay
manera de escalar peldaños ni de arrimarse a los buenos (aunque sí a las
buenas como Mademoiselle Savignac). Tampoco hay manera de escaparse por los
caminos de Castilla ni de imitar el nomadismo de un Lázaro joven de hambre
empalmadas.
Este pícaro ya es un personaje urbano porque “París es todo, tiene
todo…” (42). Los lances de Nicolas-Jacques Pelletier son múltiples: robo,
violación, homicidio, copulación, orgías. El anonimato que le otorga la urbe
en completo caos facilita la comisión de sus delitos. Los tiempos impulsan al
hacer criminal. Ya no basta sustituir una longaniza por un nabo.
De lo que no se deshace el pícaro Pelletier en todo su afrancesamiento es del
oponente. De cierto modo, aunque no tan a la usanza del Lazarillo,
Nicolas-Jacques tiene amos cuya mezquindad supera a la de nuestro protagonista
por las esferas de poder sobre las que se arrastran: el abate Jouvet y el
porquero Louvrière. Con ellos, vendrán las trampas y los obstáculos. Con
Pelletier, la ira y la violencia.
Del
toro a la guillotina
El ciego, que cuatrocientos años después se nos volvió a aparecer en la cinta
Los olvidados, comienza su relación
con Lazarillo propinándole una calabazada contra la estatua de un toro
salamanquino. Después, menos ingenuo y al término definitivo de la relación,
le devolverá la afrenta. Igualmente nuestro pícaro caerá en y se vengará de
las triquiñuelas que le tienden sus amos o, en ocasiones, otros entes inmundos
que pueblan las calles parisinas.
Se impone, a esta serie de encuentros desastrosos, el de la virgen que ha
gestado la burguesía: Mademoiselle Savignac, codiciado triunfo, relato
redundante y única trampa. Pelletier se enamorará de su Mademoiselle (tras
convertirla en Madame), idealizará el momento fugaz y la imposición de su
carne a la de Savignac —“…creo que hasta la amo con toda la energía de
mi solitario corazón y deseo siempre conservarla en el altar de mi cariño”
(26).
Al evocarla, hasta querrá ser poeta y hablará de los colores de la vida.
Porque es en ese instante extático e irrepetible donde hallará la arcaica
conexión entre eros y patos: “¿Por qué nadie llegó a matarme esa noche?”
(70). Estas ruinas de humanidad, por llamarlas de algún modo, serán su patíbulo.
El diálogo y la confianza en el otro lo conducirán a la decapitación. Hasta
su compañero de celda le advierte: “lo más importante es, siempre, el
silencio” (86). Nicolas-Jacques no lo escucha y, desobedeciendo a la
prudencia, nos regala como lectores un recuento violento que, a pesar de serlo,
devora cualquier resistencia.
Nicolas-Jacques se presenta como un delincuente inmisericorde y
envilecido en el estiércol que lo rodea: “… no recuerdo un solo pasaje de
mi vida sin el estorbo de la mezquindad ajena” (17). Sin embargo, ese mismo
Pelletier —el que asesina ancianos, sodomiza vírgenes o roba neutralizando al
oponente con sus puños— pierde ante el avernal obstáculo que representa el
otro y muere por un insignificante pedazo de humanidad (o tal vez de confianza)
que todavía le queda.
Su muerte en la guillotina es la del pícaro que ya no triunfa dentro de su
concepción del éxito material, que ya no escala las jerarquías sociales con
la ayuda de tratos secretos. Nicolas-Jacques se despide como el pícaro cuyo
destino es cercenado por la precisión de la navaja.
El principio del terror
constituye entonces, desde la perspectiva de una lectura intertextual con Lazarillo
de Tormes, una mirada intensa y penetrante a las veras ocultas del pícaro;
mirada donde los significados de una frase equívoca se vierten en palabras de
fuego, donde la burla que distrae se vuelve interminable terror, donde ese mismo
terror se erige como producto de la mezquindad humana.
Muñoz
Vargas, Jaime. El principio del terror,
Joaquín Mortiz, México, 1999.
Verdad
y ficción en 'Juegos de amor y malquerencia'
Miguel
Báez Durán
Una
novela tiene su propia biografía, a veces muy distante de la biografía del
autor, a veces no tanto. La novela por sí misma crece, madura, sufre sus
propias transformaciones. Así sucede con Juegos de amor y malquerencia
(2003) de Jaime Muñoz Vargas que en un principio se llamaba Fervor de Santa
Teresa. No me parece gratuita esta referencia tratándose de un texto donde
debajo de la simplicidad de la anécdota se esconde un mecanismo mucho más
complejo, un mecanismo donde se ensamblan conceptos tan entrañables para los
que nos consideramos adictos a la lectura como autoría, ficción, realidad,
verdad y mentira. Porque aunque sabemos, enclaustrados en nuestro mundo gris y
rutinario, que Jaime Muñoz Vargas es el autor de esta novela (pues así no los
dice en letras grandes la portada del libro), dentro del mundo transformado
(gracias a la escritura) y transformador (gracias a la lectura) de la ficción
permanece la duda de cuál es la fuente (oral o escrita, popular o letrada) de
donde emana el relato de los Tereseros de Santa Teresa.
Una fotografía del Archivo
Histórico Juan Agustín de Espinoza de la UIA Torreón marca el nacimiento de
este texto. Es la misma fotografía que tenemos en la portada así como en las
primeras páginas. Tal imagen se constituye en el punto de partida para
desarrollar la historia de este grupo de hombres que bajo el sol de la Comarca
Lagunera se parten el lomo y al final del día se reúnen debajo del pinabete
grande de la Hacienda de Santa Teresa para tomar sotol, fumar Tigres y escuchar
las canciones cardenches entonadas por uno de ellos: Cheto Quezada, mejor
conocido como la Marrana. En un ejercicio similar al emprendido por Jorge Ibargüengoitia
con La muertas —por algo habrá ganado este libro el Premio Nacional de
Novela del 2001 que lleva el nombre del autor guanajuatense—, Jaime Muñoz
toma como materia prima esa fotografía donde aparecen diez hombres frente a un
vagón de ferrocarril acompañados por un perro, que a través del poder
inmarcesible de la ficción, vendrá a ser un Teresero más: el Chamuquillo. Es
aquí donde percibimos lo útiles que son la realidad y la historia para la
ficción y es precisamente esta problemática entre las unas y la otra, entre el
universo de lo cotidiano y el de la invención —explicado de manera tan
magistral por otro Vargas, un Vargas Llosa, en la introducción a La verdad
de las mentiras— lo que más me atrapa de estos Juegos de amor y
malquerencia.
Como ya otros novelistas lo
han venido haciendo desde principios del siglo XX, Jaime Muñoz nos plantea las
siguientes preguntas: ¿es posible llegar a un conocimiento total de la
realidad?, ¿dónde se encuentra la verdad, con letras mayúsculas, sobre
determinado asunto? En el caso de la historia de los Tereseros, la cuestión
aparente sería dónde se halla la verdad sobre el asesinato del patrón, don
Marcial Ibarra. Es aquí donde el autor de carne y hueso, Jaime Muñoz Vargas,
juega también a esconderse detrás de múltiples biombos, y el relato, dentro
de los confines de la ficción, pasará de mano en mano desde dos elementos que
conoce el Jaime de la realidad, no ese otro ente narrativo de la introducción:
la investigación histórica y, con especial pesadumbre, la corrección de
estilo. Ya desde la mentada introducción el lector no puede saber si es el
verdadero Jaime quien le habla o un ente imaginario, un personaje más dentro
del texto que pretende ser el autor anunciado en la portada. Pero antes de él,
hubo un profesor Eduardo Magaña Vázquez (y aquí no puedo dejar de fijarme en
las iniciales de este profesor normalista, otra invención más, para imaginarme
que ésta es una nueva máscara del autor, un doble degradado de Jaime). Y
gracias a estos dos prologuistas del libro surge la problemática que tanto me
interesó al leer la novela: ¿dónde está la génesis de este relato?, ¿quién
nos está diciendo la verdad? Y es que esos mismos prologuistas afirman ser
también correctores del manuscrito original, un manuscrito que nos remite a la
vieja estratagema mentirosa utilizada por las novelas caballerescas ya parodiada
con admirable socarronería por otro autor que en su momento se nos escabulló a
los lectores dentro de su texto, el más célebre en lengua española: Cervantes
y su Quijote. A final de cuentas, siempre quedará la duda: ¿cuál es la
fuente de esta memoria ficcionalizada?, ¿de quién de entre los diez Tereseros
de la fotografía surge el relato oral?, ¿a quién le fue dictado? No es
gratuito que se nos diga en la introducción: “¿En qué momento termina la
verdad de lo ocurrido? ¿En qué momento comienza la ficción? ¿Cuáles son los
delgados límites entre la historia y la literatura? Todo es relato, y ambas
disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro” (12).
Desde aquí debemos estar conscientes como lectores de que el ardid planteado
por la voz narrativa de la memoria (mediatizada a través del profesor Magaña y
luego a través del descubridor del manuscrito), y sobre todo ese ardid de la
muerte de don Marcial Ibarra, no son más que eso, ardides, excusas, pretextos
tan parecidos al presentado por Orson Welles en su Ciudadano Kane con
aquella palabrita que flota sobre la atmósfera investigativa, “Rosebud”, y
que en suma no nos dice nada de quien la enuncia. Sin embargo, “Rosebud”
atrapa nuestra atención y nos lleva a derroteros mucho más enriquecedores.
Porque la muerte de don Marcial Ibarra no es el centro de la novela, sino los
diez hombres de la fotografía y la amistad que surge entre ellos.
Ya instalado en el relato,
después de la introducción y de las palabras preliminares del profesor Magaña,
el lector vuelve a toparse con la diversidad de la autoría y con la ambigüedad
que implica. La voz narrativa, como para indicarnos la presencia de alguien que
cuenta y de alguien que escribe, se debate entre la primera y tercera personas.
Y, en mi opinión, es el “nosotros” el que parece adquirir la mayor
contundencia, ese “nosotros” que caracteriza a los Tereseros y los funde en
un solo personaje, un personaje-colectivo. Son esos mismos jornaleros que se
hallan bajo el yugo del viejo don Marcial, figura tan distante como poderosa
que, por su apariencia física —blanco, de ojos azules, viejo—, me recuerda
(no sé por qué) al don Alejo del donosiano Lugar sin límites. Los
mismos Tereseros de Santa Teresa que deben enfrentarse después a Sixto
Benavides, el Dientes de Oro, y Encarnación de la O, Chon sin Miedo porque
Gloria Venegas, una de esas prietitas chulas de San Pedro de las Colonias, le ha
llenado el ojo a Catarino Ventura, el Quiotelargo. He ahí el conflicto que los
plantará sobre el terreno de juego, los llevará a los muy peculiares
entrenamientos de béisbol, consolidará la unión entre estos diez hombres y un
perro humanizado, y terminarán inmersos en un desenlace estrepitoso, previsto y
que, como el origen del relato, se nos escabulle porque, después de todo, el
manuscrito encontrado ha pasado de una mano a otra y en esos muchos viajes bien
pudo haber perdido uno o hasta dos folios. El ardid se mantiene entonces hasta
la última página del texto y con él, la novela cobra vida.
Muñoz Vargas,
Jaime. Juegos de amor y malquerencia. México: Joaquín Mortiz, 2003. 123
pp. http://www.geocities.com/mbaezduran/juegos.html
Cuando
la importancia de llegar no está en ganar sino en seguir
Irene
Selser
La frase que, memoria mediante, pertenece al gaucho Martín Fierro (el Quijote argentino, modestamente), sirve para referirnos a El principio del terror del también poeta y cuentista Jaime Muñoz Vargas (Durango, 1964), finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1998, edición que ganó Perforaciones de Gonzalo Vélez. Aun en el escenario de un premio limpio, la última palabra es de la subjetividad. La misma justicia suele depender del criterio —o de los humores— de un juez. O sea que el galardón a Vélez pudiera ser tan casuístico como el "no premio'' a Muñoz Vargas. No importa. Lo importante es la obra, el camino. A dos siglos de distancia, Muñoz Vargas se erige en el biógrafo del oscuro y olvidado Nicolas-Jacques Pelletier, ladrón, violador y asesino en cuyo cogote se estrenó el 25 de abril de 1792 la filosa efectividad de "La señorita'', el invento del doctor francés Guillotin que un año después rebanaría, con el mismo celo, el terso y estresado cuello de María Antonieta. No es fácil sostener una novela en primera persona (peor es la segunda). Pero encontramos arte literario —con perdón de los críticos "guillotinadores''— cuando esa voz narrativa, a la sazón la del más depravadoÊcanalla del París de la Ilustración, nos involucra hasta la complicidad en su lógica libertina hasta el punto de enamorarnos del violador y de su (nuestra) espantosa malicia. Ya había notado el cínico Borges, y lo recuerda Muñoz Vargas en el epígrafe, "que, en general, los canallas son sentimentales''. Y el autor se vale de este recurso para, desde la antesala del patíbulo, recrear la gran paradoja del siglo XVIII: la fiesta libertaria (¿igualitaria y fraternal, la burguesía?) de la Revolución Francesa y los prolegómenos del Terror contemporáneo, "todos en pie de guerra contra todos'', como bisbisea Nicolas-Jacques Pelletier en su mónologo carcelario el día 6 de floreal. Veinte años no es nada, reza el tango. Y al parecer tampoco lo son dos siglos: émulo del doctor Guillotin, el actual jefe de gobierno francés Lionel Jospin santificó la guerra de la OTAN contra Yugoslavia, calificándolaÊde "combate por la civilización''. ¿Es la humanidad un montón de mierda, según fustiga Pelletier? ¿Y la maquinaria del Terror, el instante de la cuchilla que separa nuestras cabezas de los cuerpos -guillotinados antes, bombardeados o aautistas hoy- es un espectáculo fascinante? ¿O los asesinos, "las ratas", que suben al patíbulo son los únicos malos entre los hombres? En el preludio estamos. (¡Ah! He aquí otra novela de un joven creador mexicano que, al igual que Jorge Volpi, no escribe de ni sobre sus conciudadanos. Aunque el problema de la narrativa local no sería ese —Rulfo no lo hizo tan mal).
El principio del terror, Jaime Muñoz Vargas, Joaquín Mortiz, Serie del volador, México, 1999.
La Jornada Semanal, 17 de octubre de 1999. http://www.jornada.unam.mx/1999/oct99/991017/sem-libros.html
Pasos de Gutenberg. 'El principio del terror'
Daniel Salinas
Una de las cosas más bellas que tiene la afición a la literatura, es que
siempre está abierta la posibilidad de encontrar un muy buen libro en el lugar
más improbable.
Revuelto en la desordenada mesa de libros de un supermercado de Playas de
Tijuana, me encontré con El principio del terror, que resultó a la postre ser
una grata sorpresa.
No tenía mayores referencias sobre su autor, sin embargo mi renacido interés
por temas inherentes a la Revolución Francesa me motivó a adquirir el libro.
La novela corta de Jaime Muñoz
Vargas, situada en las calles del caótico París de la Revolución, narra la
vida de un singular personaje: Se trata de Nicolas- Jaques Pelletier, un
ladronzuelo callejero de baja estofa.
Sin embargo, Jaques Pelletier es un
ser que sin tener la estatura intelectual de un Robespierre o Marat, pasó la
historia por inaugurar una época y una máquina.
Jaques Pelletier inauguró en 1792 la llamada ¿Era del Terror? y su cuello se
encargó de inaugurar una diabólica máquina de matar: La guillotina.
El ladronzuelo de la novela fue el
primer guillotinado de toda la historia. Fue el eslabón primario de una cadena
de miles y miles de cabezas rodadas.
Pelletier inauguró la diabólica máquina
corta cabezas por donde meses más tarde pasaron Luis XVI, María Antonieta,
Danton, Desmoulains, Charlotte Corday, el propio Robespierre y una interminable
lista de infortunados.
La estructura de la novela es
bastante sencilla, pues se centra en la supuesta narración autobiográfica de
Pelletier.
La novela no pretende ser un
documento histórico y el mismo autor advierte que dio rienda suelta a su
imaginación, pues poco se sabe en realidad de la vida de este asaltante
callejero.
La entrada de la novela es
contundente y si bien parte desde una esfera de fantasía pura, es un gancho
casi perfecto para hacer que el lector se quede atrapado en sus páginas.
Y es que en el primer capítulo de la
historia, quien narra es la cabeza recién cortada del ladrón que yace en la
canasta ensangrentada
Luego del primer capítulo hay un
retroceso en el tiempo y el narrador comienza a contarnos sus andanzas
callejeras.
Con pasajes que recuerdan lo mejor de
la novela picaresca española y escenas que dentro de su crudeza no están
exentas de ternura, transcurre la vida de Pelletier.
El lector llega a tal identificación
con el personaje, que hasta acaba por resultar tierno que su máxima experiencia
romántica, haya sido la violación de una aristócrata de la que después se
enamora perdidamente.
También hay reflexiones y críticas
mordaces en boca del narrador a la Ilustración y el patriotismo de los
revolucionarios jacobinos, que son ridiculizados sin piedad.
Y el final llega demasiado rápido, casi tan rápido como la cuchilla de la
guillotina cae sobre el cuello de un condenado, pues antes de dos horas, ya había
concluido la lectura de esta breve novela.
http://cunadeporqueria.blogspot.com/2005_02_27_cunadeporqueria_archive.html
Santos:
identidad lagunera
Luis
García Abusaíd
Al
escribir este libro, Jaime Muñoz se propuso resucitar a través del futbol al
niño que en él habita; indirectamente, le dio vida al niño de todos y cada
uno de nosotros; y vivificó con ello nuestro sentido de identidad cultural como
laguneros.
De
entrada, su libro cumple con una máxima sociológica que exige la necesidad de
ligar la experiencia de lo individual —o particular— a los fenómenos
sociales-históricos —o generales— que acontecen en nuestra época. ¿Quién
habiendo nacido en la Laguna —o en el municipio de Torreón para ser más
preciso— no ha sido tocado por la magia del futbol? ¿Quién no ha sido partícipe
del fenómeno social llamado santosmanía?
Nacemos en éste páramo desértico con tres aspiraciones básicas: trabajar, sobrevivir y jugar —o gustar— futbol. Nuestro carácter lagunero se templa a la luz de las mismas. Nuestra franqueza, firmeza y pasión para jugar a la vida, con todos sus claroscuros; es decir, codazos, patadas a la espinilla, barridas por detrás y cabezazos, representada (como diría Jaime Muñoz) en el futbol, surge precisamente de ese surtidor de arena, sol y escasa agua.
Bebemos
futbol Santista desde el día en que siendo pequeños nuestro padre, tío o
abuelo nos lleva al estadio Corona. O cuando escuchamos discutir a nuestros
hermanos, papás, tíos, abuelos sobre el mismo. Lo comemos cuando lo escuchamos
por la radio, lo vemos por la televisión o lo leemos en los periódicos. Lo
metemos a nuestras entrañas cuando lo jugamos en en las calles, en los patios o
canchas de la escuela, en los llanos, en los parques o en las ciudades
deportivas; y finalmente, lo soñamos cuando imaginamos ser Adomaitis, Benjamín
Galindo o Miguel España; cuando quisiéramos ser jugadores del Santos; o cuando
pretendemos que el Santos sea campeón nacional, una vez más.
En
nuestras vidas cotidianas, el Santos es una tradición, no sólo dominical, sino
de tiempo completo. Su día culmen o culminante es el domingo; el lugar de la
cita, que funciona como iglesia o templo religioso, es el Estadio Corona. Ahí,
cada domingo se efectúa un ritual colectivo que exije ciertas prácticas
repetitivas; el portar la camiseta de los Guerreros; el pintarse el rostro o el
pelo como tales; el llevar trompetas o matracas; mantas o banderolas; el salir
de las porristas jóvenes y buenonas
—como invento de la modernidad—; el botar de los túneles de plástico de
los cuales emergerán los semidioses del balón; las fotografías de los
respectivos equipos; el canto del himno nacional, y finalmente el apretón de
manos e intercambio de banderines entre los capitanes de los equipos
contendientes.
Cuando
rueda el balón empieza el partido, e inicia la efervescencia colectiva; en las
porras —que van desde el ¡duro, duro, duro!; hasta el tradicional ¡a la bio
a la bao a la bim-bom-bam Santos, Santos, ra-ra-ra!—; improperios al árbitro
—que van desde el ¡uuuuleeero! hasta el tradicional ¡que chinge su madre el
árbitro!; luego viene la ola que inunda al desierto mismo que nos vio nacer
matizada de ocasionales orgasmos colectivos cuando el Santos anota en la portería
contraria.
Aqui,
se incluye también el silencio pesaroso de la triste incertidumbre cuando el
Santos avanza dando tumbos sin sentido. Sentir al Corona mudo, sin palabra
alguna; es sentir la muerte royendo nuestras entrañas laguneras. Implica
saborear los agrios cítricos de la derrota —también parte de la vida— con
coraje y dolor, por no ser costumbre entre Laguneros vencedores del desierto.
Entre
toda esta marejada colectiva el ocasional calcetinazo de pintura de añil; el
agua de riñón o la ocasional bronca sólo son destellos festivos de un ritual
celebratorio, necesario para nuestra sobrevivencia. Ahí, en el Estadio Corona,
se reafirma cada domingo la pleitesía, la religiosidad, la pertenencia, la
identificación con un símbolo; el Santos, que da —como experiencia vital—
sentido —entre otras cosas— a nuestra identidad como laguneros.
El
Santos como fenómeno social nos cohesiona, en una tierra joven (no mayor de
cien años) sin anclaje en los siglos pasados, junto (de manera sincrética y no
separada como lo señala Jaime Muñoz en su libro) con otros símbolos
integradores del colectivo imaginario lagunero: tales como el algodón, la
leche, la mezclilla, la Soriana o el Puente de Ojuela, el Cerro de las Noas, el
Torreoncito viejo, el Puente del Río Nazas, las Dunas de Bilbao; o la música
Cardenche y la nieve de Lerdo, hoy presente en toda la Comarca Lagunera.
El Santos como fenómeno colectivo rompe con las fronteras territoriales impuestas por razones históricas y políticas a los estados de Coahuila y Durango; para hermanarnos con lo que nos es cotidiano y común dentro de nuestra historia y lucha por la sobrevivencia; para reafirmar así nuestra necesidad (casi primigenia) de ser primero laguneros, y luego duranguenses o coahuilenses. El punto es claro: nos sentimos laguneros más allá y dentro de las fronteras establecidas por los poderes centrales: Sea en Torreón, Gómez, Lerdo; Zacatecas, Saltillo, Durango, o en tierras alejadas que habitamos por una migración forzada, como Texas, Wisconsin, Chicago o California.
El libro de Jaime Muñoz posee una cualidad indiscutible: está tatuado a nuestra biografía personal y colectiva; como individuos pertenecientes a una Comarca Lagunera que nos sentido y vida. Leerlo nos permitirá reflejarnos en un espejo en el cual nuestras vidas transcurren —amarradas a un sentido de finitud, pero también esperanza— siempre palpitante en el desierto. El Santos (para bien y para mal) como la vida misma, es y será nuestro compañero indiscutible de viaje por esta desolada pero siempre orgullosa región.
Saludo hoy, con beneplácito, la aparición de este libro que fortalece (en contraste con la cortedad de nuestra memoria) nuestro sentido de tradición e identidad colectiva como laguneros.
La ruta de los Guerreros. Vida, pasión y suerte del Santos Laguna, Jaime Muñoz Vargas, Colorama, Torreón, 1999, 340 pp.
En
defensa de la reseña
Mariana Ramírez
Estrada
Precisamente
el objetivo de su autor, Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Dgo., 1964), es
conducirnos para tocar y dimensionar (así lo sugieren los términos
“tientos” y “mediciones” que le dan título a la obra), la importancia
de trascender al acto solitario y silencioso de leer un texto de cualquier tipo,
para mediante la escritura, compartir con otros lo que nos suscitó: “Escribir
con la sola pretensión de ceder la experiencia de unas páginas, estimular en
los demás el apetito de la lectura, guiar a otros ojos hacia el hallazgo de un
placer” (p. 11), palabras del autor que confirman el principio de que no hay
mejor fórmula para acercar a la lectura que una entusiasta recomendación.
Tientos
y mediciones
cuenta con un prólogo en el que Muñoz Vargas abre con un
ameno “Tranco preparatorio” en el que nos platica en confianza la
“ochentera” experiencia de su encuentro con la reseña, “molde periodístico/
literario”, que desde hace casi veinte años no ha dejado de practicar,
lanzando flechazos multiblancos, lo cual es un modo de vida, un verdadero
oficio, pero, como el autor comenta, no es un medio que dé muchos frutos en
efectivo (bueno, tampoco en cheque o en dinero “plástico”), pues “—muy
de vez en cuando, tan esporádicamente que para no llorar no (abunda) sobre el
tema— (se gana) algún dinero” (p. 11).
De
este diálogo amistoso, con igual amenidad, el autor nos lleva a conocer qué es
la reseña a partir de la visión y análisis de sus más connotados
practicantes, ahí están apellidos de abolengo del periodismo y la crítica: Leñero,
Marín, Campbell y Trejo Fuentes. También apuntala y adereza sus comentarios
con la presencia de planteamientos de teóricos de la técnica y estilo, así
como de la investigación: Miguel López Ruiz, Raúl Dorra y Carlos Sevilla.
Finalmente, “En suma”, Jaime nos comparte sus conclusiones en busca de
rasgos definitorios para la reseña y mostrándonos un camino a seguir, para que
estemos técnicamente prevenidos si algún día resolvemos lanzarnos a la
aventura reseñística.
En los
apartados finales al prólogo, encontramos información relevante en cuanto al
“hábitat de la reseña” y las recomendaciones a seguir por el autor de reseñas
en potencia, considerando tan-to los medios que generalmente les dan cobijo a
esta clase de trabajos, como el tipo de lectores que acuden a este género.
Antes de su “Salida del ruedo” el autor reitera la importancia que ha
cobrado comunicar la experiencia de lectura asegurando que: “En la cadena
autor–editor–librero–lector debería engarzarse con fijeza el eslabón de
reseñista. De hecho así ocurre ya en las ciudades con periódicos modernos; el
papel del comentador de libros es tan importante que muchas veces un periódico
eleva su prestigio en función de los suplementos donde se opina sobre libros”
(p. 36).
Muñoz Vargas dedica el último punto del prólogo a informar al lector
que después podrá tener a su alcance modelos de reseñas de su propia autoría,
las cuales ha venido publicando desde 1995 en periódicos y revistas norteños
y capitalinos; y también incluye algunas que han cruzado el Atlántico
para aparecer en un medio virtual de la Complutense de Madrid. Anuncia que se
trata de una miscelánea temática que entre
su surtido tiene de literatura, arte y deporte; son 30 oportunidades de
acercamiento, pero también, más allá de percibir el molde utilizado, el
lector puede allegarse al lector–autor analítico, sensible y capaz para
transmitir su experiencia que es Jaime.
Aquí
aparece el segundo gran apartado de la obra “Treinta tientos y mediciones”,
que agrupa a la referida miscelánea reseñística, “cosecha” de nuestro
autor, quien afortunadamente decidió incluirlas como ejemplo, ya que todas, según
la clase de texto que abordan, cuentan con una calidad y atractivo evidentes,
que a la vuelta del tiempo no hubieran tenido la oportunidad de llegar a
posibles interesados por habitar en las páginas de publicaciones periódicas
que por su misma naturaleza, están destinadas a leerse una vez (en realidad son
escasos los lectores que conservan y sobre todo, releen revistas y suplementos
de diarios).
Estos
treinta ángulos dan muestra de la amplitud de abordajes que puede comprender la
reseña, aunque hay que dejarlo en claro, esto depende del reseñista, de su
“capacidad y apreciación miscelánea”, para decirlo al modo de Muñoz
Vargas. En este momento, quisiera recomendarles algunos de los treinta modelos
en especial, pero antes les advierto que todos me gustaron y también, me
parecieron bien estructurados, vaya, atractivos; sin embargo, dadas mis
preferencias e intereses me quedo con “Luis Sepúlveda y su killer
sonriente”, “Pólvora y rosa: cien años de Nicolás Guillén entre
nosotros”, “Borges inicial y barroco” y “La palabra perdurable de Adolfo
Castañón” en cuanto al terreno literario; “El salinato al trasluz de dos
moneros”, “José Agustín y sus absolutamente imprescindibles” y
“Educación sentimental desde el cine mexicano” en el ámbito del arte (en
esa área los agrupo); y dos más, el primero pertenece a un texto sobre política
que despertó realmente mi interés: “Las máscaras del Leviatán”; el otro,
animó mi curiosidad futbolística (si es que puedo afirmar que existe) por
tratarse de una autobiografía del icono argentino de este deporte: “Diego
desde el centro de Diego”.
Por otra parte, también les comparto el placer que representó para mí
formar parte del equipo de edición de la obra en lo referente a corrección de
estilo, pues para alguien que desempeña esta labor siempre es muy grato leer
textos tejidos con excelencia en forma y contenido, y además, textos limpios,
la obra en lo referente a corrección de estilo, pues para alguien que desempeña
esta labor siempre es muy grato leer textos tejidos con excelencia en forma y
contenido, y además, textos limpios, limpísimos. Y si a lo anterior le sumamos
que se trató de un trabajo realizado por y con compañeros de verdad, con
amigos (el propio Jaime y Cristina Solórzano), realmente podrán estar seguros
de que fue una tarea de esas que uno desearía tener a diario.
Sólo
me resta reiterarles que Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña
bibliográfica es una de esas obra en las que la inversión de
tiempo–lectura es redituable tanto para quienes se encuentran inmersos en los
ambientes académico, cultural o periodístico, así como para aquellos que leen
por placer (ambos objetivos son perfectamente combinables). Espero que esto sea
una manera formal de tentarlos, de persuadirlos convencidamente.
*Palabras
de presentación de Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña periodística,
Jaime Muñoz Vargas, UIA Torreón-Icocult, Torreón, 2004, 181
pp.
Vicente
Rodríguez Aguirre
Todo
libro implica dos abismos. El primero nace de la distancia que hay entre él y
los lectores en potencia. A pesar
de la intensa oferta editorial que hay en México —que nunca será suficiente—,
zarpar desde la página inicial de cualquier volumen es una expedición cada vez
menos llamativa. Pero además hay otro precipicio, explicable para quienes hemos
enfrentado la zozobra de llegar al final de un volumen entrañable: es difícil
zamparse en seco la última página de un libro y descubrir, más allá del
punto, un despeñadero de nostalgias que nos obliga a volver al principio. No me
refiero sólo a obras literarias. Esta añoranza la sufrí por primera vez a los
seis años, cuando descubrí que las tiras cómicas de Mafalda no eran
infinitas: al terminar de leerlas opté por dar reversa para recomenzar de atrás
hacia adelante, y veintiún años después no he podido salir del laberinto de
utopías construido por Quino.
Sin
embargo estos obstáculos no son definitivos: hay herramientas y fórmulas que
nos permiten levitar sobre el barranco y alcanzar un atisbo del contenido de los
libros. De estos artificios el que más celebro es la publicación de reseñas,
porque son un sólido puente entre el libro y quienes habitamos los espacios
antes de la dedicatoria o después del colofón. Una reseña no tiene
desperdicio: para quien ya leyó el libro comentado resulta un diálogo que
evoca horizontes conocidos, y para quien no lo ha hecho es un anzuelo tentador.
La reseña en manos de maestros, es también una brújula utilísima para
navegar librerías y bibliotecas.
Afianzado
ya como escritor de calidad indiscutible por entregas como el volumen de cuentos
El augurio de la lumbre, el poemario Pálpito
de la sierra Tarahumara o las novelas El
principio del terror y Juegos de Amor
y Malquerencia, Jaime Muñoz Vargas confiesa, en un nuevo título, su adicción
de lector voraz e irredimible. Después de leer Tientos
y mediciones. Breve paseo por la reseña
bibliográfica, resulta fácil imaginarlo retozando entre párrafos y
colofones, entre páginas legales y cuartas de forros, entre metáforas y
guiones parentéticos.
Tientos
y mediciones
es un libro conformado por reseñas breves escritas por Muñoz
en el período 1995-2003, publicadas en diferentes espacios del territorio
nacional y aún más allá de nuestras fronteras. En los treinta trabajos que
integran el volumen, el autor aborda no sólo títulos de indiscutible
naturaleza literaria como novelas, cuentos, muestras de ensayo o de poesía:
además digiere biografías de leyendas futbolísticas, manuales de redacción e
ironías de tinta trazadas por cartonistas destacados. Si bien la columna
vertebral del libro es el ejercicio de la reseña, se trata de un mosaico
desenfadado, libre, en donde conviven juicios e impresiones desatados por libros
de carácter diferente, no por una colección exhaustiva y especializada que
orbita un solo tema.
Diestro
en el manejo de la palabra, el autor mata seis pájaros de un tiro (¿o debiera
decir de un tiraje?): propicia el interés de otros en la lectura, ejerce una crítica
ligera y calisténica, repiensa libros ya leídos, afina sus obsesiones estilísticas,
se gana algún dinero y e impulsa a los lectores a embarcarse en lo que Mario
Benedetti llama el ejercicio del criterio.
Este
último objetivo, no enumerado por el escritor en el prólogo, me parece muy
destacable no sólo por los treinta ejemplos que conforman el paseo, sino por la
lucidez del texto preliminar que consigue acotar los difíciles territorios de
la reseña. Desde un principio nos deja en claro que aquí impera la libertad,
no “las condenas de los críticos cejijuntos” o el respeto absoluto de las
formas. No estamos ante un llamado a la anarquía, sino ante una propuesta que
avanza con cuidado para no aplastar creatividades y entusiasmos. Con argumentos
contundentes, Muñoz Vargas traza un perfil de la reseña bibliográfica basado
no sólo en su experiencia personal, sino en las reflexiones de escritores y
periodistas como Vicente Leñero, Ignacio Trejo y Federico Campbell.
La
reseña es, como aclara Jaime Muñoz en Tientos
y mediciones, un espécimen periodístico bien definido y que además
resulta un útil auxiliar en labores de investigación. Si bien hablamos de un
producto con rasgos muy visibles, no es necesario enunciar recetas, si acaso
quince lineamientos generales muy útiles que ayudarán a despegar y tomar rumbo
a nuevos reseñistas. Además, consciente del riesgo de petrificar lo que es volátil,
Muñoz Vargas plantea dos clasificaciones para la reseña: de acuerdo a su
extensión, ésta puede ser breve (si no excede las tres cuartillas), mediana
(si abarca entre tres y cinco cuartillas), o larga (si rebasa las cinco
cuartillas). La segunda clasificación atiende al tema abordado en el trabajo,
de forma que es posible meter a estas notículas a diferentes rediles:
literarias, de cine, políticas, científicas, históricas y filosóficas.
A
los jóvenes estudiantes interesados en la disección de volúmenes, Tientos
y mediciones les lanza una advertencia: este tipo de textos son escritos
para espacios periodísticos, por ello hablamos de territorio movedizo. Es
precisamente la actualidad del tema, sumada a la agudeza de los juicios
emitidos, lo que le da carácter periodístico
a estos estudios.
Después
del prólogo, Muñoz Vargas da paso a algunos ejemplos de su propia cosecha. Se
trata, como él mismo lo aclara, de reflexiones detonadas por obras de edición
reciente y por lo tanto están armadas “sobre las rodillas y siempre a
vuelatecla”. Este carácter de urgencia no debe ser entendido como defecto,
sino como esencia del trabajo reseñístico: determina la oportunidad de los
anzuelos lanzados. A pesar de ser forjados bajo el peso del reloj, los
comentarios de Muñoz Vargas resultan agradables por su prosa fluida y sus ideas
contundentes. Es por ello que este trabajo rebasa los límites del mero
instructivo o la referencia escolar. El estilo deslumbrante, ágil, y la precisión
del bisturí que realiza las disecciones convierten a Tientos
y Mediciones en un buen punto
de entrada para quienes, por placer, quieren convertirse en catadores de libros.
Por
las páginas del volumen circulan fantasmas conocidos, como el rechoncho y prolífico
Paco Ignacio Taibo II. De este célebre mexicano-español Muñoz aborda Arcángeles, un puñado de biografías de personajes clave para la
izquierda internacional. Si a primera vista el común denominador de los doce
radicales seleccionados por Taibo es la derrota, las reflexiones de Jaime Muñoz
Vargas develan la verdadera columna vertebral de ese volumen: en los inconformes
el fracaso sólo es aparente, pues sus figuras aún pelean desde la trinchera de
la historia. Cito un fragmento de la reseña: “casi
todos los que rebasan la treintena guardan en la faltriquera alguna historia con
tintes arcangélicos. Yo, por ejemplo, recordé con este libro a los viejos del
partido. Hombres que me llevaban treinta o cuarenta años de lucha y que, hacia
finales de los ochenta, ya dibujaban en sus rostros el pliegue de la frustración.
Vi fracasados de izquierda, y muchos, pero no sé por qué nunca me parecieron
un mal ejemplo. Así miro hoy a los personajes desempolvados por Paco Ignacio”.
Los
tientos abordan además las labores periféricas de un peruano enorme y polémico:
Mario Vargas Llosa. Muñoz aclara que el título analizado
no corresponde a la maestría de obras como Conversación
en La Catedral, La fiesta del chivo
o La guerra del fin del mundo. Se
trata de El lenguaje de la pasión, un
manojo nada desdeñable de artículos esbozados para el diario español El
País. Coincido totalmente en que los cuarenta artículos perfilan un Vargas
Llosa de cuerpo entero, de intereses múltiples y prosa única. Sin embargo el
autor lagunero sabe conservar una sana distancia ante el canto de sirenas que
son las plumas impecables. Por ello, se planta ante la obra del peruano y
reafirma su derecho a no estar de acuerdo con algunos de sus apasionados
planteamientos: “(Vargas Llosa) nunca se ha calzado los guantes de la crítica sólo para exhibir un
bello esgrima. Más bien, es muy conocida su educada beligerancia, su gusto por
el debate, la defensa ardiente de sus viejas y sus nuevas filias, así como la
detestación inclemente, a veces tupidamente encorajinada, de todo aquello que
no embona en sus opiniones. Estemos de acuerdo o no con el sudamericano, es
incontrovertible su presencia ubicua en occidente como atizador político y
cultural, como icono del pensamiento en la cultura de nuestro tiempo”.
Es
esa misma distancia, ese mismo antídoto contra los hipnóticos recursos de los
maestros de la literatura mundial, lo que nos plantea ante Inquisiciones
y El tamaño de mi esperanza, los
primeros trabajos ensayísticos del inmortal Jorge Luis Borges. Por supuesto,
resulta paradójico leer que Muñoz Vargas, con su nutrida prosa, señale los
riesgos de que la poesía tome por asalto a la razón, pues a la resistencia
parcial que nos pide frente al magnético lenguaje de Vargas Llosa y de Borges,
debemos evitar la tentación de engolosinarnos con los artificios verbales del
autor de Juegos de amor y malquerencia. Párrafos
como este son entonces peligrosamente atractivos: (…) Salvadas las maravillas de su combinatoria verbal, el Borges novel –¡y
nunca Nobel!– tiene ya puntería de arquero medieval cuando se trata de
descubrir valores artísticos en lo que examina. Si el usuario se acostumbra a
esa prosa invadida de diamantes, puede paladear mejor el sentido de las
afirmaciones y entonces lograr el pleno disfrute de la obra.
“Luego
del primer asombro, el de leer a un Jorge Luis Borges que aún no es, a secas,
Borges, el lector tiene ante sí el inventario de los asedios primigenios
emprendidos por el joven. 24
ensayos breves constituyen este alboral itinerario (…) Lo mismo revisa autores
que libros en específico, lo mismo desmenuza corrientes estéticas que
abstracciones sociológicas. Es, como se dice, un cajón de sastre ensayístico”.
Ya
entrado en el territorio de la pluma, el autor no se limita a la palabra y
explora mundos vecinos: es así como llega al trazo, al mono y la historieta.
Haciendo hincapié en los requerimientos de todo buen cartonista, Muñoz
descubre en El Sexenio me da risa, la historieta no oficial, las
líneas ácidas con las que Rafael Barajas —El Fisgón— y Antonio Helguera
lamentan el paso de Carlos Salinas de Gortari por la Presidencia de México.
Resulta grato ver, años después de la publicación original de este texto, que
la historia confirmó la visión de Muñoz cuando escribió: “este
librito de monos es una curiosa y quizá involuntaria profecía de lo que hoy
estamos viendo con lo de Chiapas, con lo de Colosio, con lo del PRI que cruje y
con el presidencialismo y la paz social cuestionados como nunca antes”.
Decíamos al principio que además del abismo de miedo y abulia que separa a cualquier libro de sus lectores en potencia, aparece otro justo después del final del volumen. Detrás del colofón, cuando muere la tarea de poetas y novelistas, de ensayistas y moneros, comienza la labor de los lectores. Reseñar una obra es promoverla, es darle vida, es favorecer el rebote de ideas. Estos Tientos y mediciones son entonces una magnífica excusa para celebrar los libros, para visitar antiguas lecturas o para zarpar en busca de nuevos puertos. Con certeza, nacerán nuevos lectores de estos textos y en un mediano plazo estaremos festejando nuevos textos de esos lectores. De este modo, en un ciclo constante, se conserva y se renueva la relación lector-libro, es decir el intercambio de ideas entre los hombres. Creo que así lo asume Jaime Muñoz Vargas en estos viajes presurosos y precisos por los mundos de la tinta, y sus lectores lo celebramos sin mediciones.
Tientos
y mediciones, breve paseo por la reseña periodística, Jaime Muñoz Vargas,
UIA Torreón-Icocult, Torreón, 2004, 181
pp.