Muestro en esta página algunos comentarios sobre mi obra. Yo, que he opinado aquí y allá sobre tantos escritores, tengo apenas algunas referencias ajenas en torno a mi trabajo. Son pocas, pero valen mucho para mí y sólo les puedo dedicar mi gratitud.

El augurio del triunfo literario

Saúl Rosales Carrillo

El desembarazo con que Jaime Muñoz convierte el español en palabra artística en su libro El augurio de la lumbre,* permite augurarle un pronto ascenso a las cúspides de la literatura nacional. Como de un surtidor alimentado por abundosos ríos de libertad, ingenio, audacia, seguridad, las palabras brotan durante la lectura de su narrativa atesorada en este que es su primer libro y el segundo de una colección bibliográfica profesional —Cuesta de la Fortuna—, que se publica en la comarca lagunera.

          Diez son los textos que se enfilan en el volumen en espera de que el lector los siga para encontrarse con una nómina de personajes que van del esperpento valleinclanesco al estudiante universitario en busca de la iniciación sexual, de la abuela encendida de magia e intuiciones a la novia dúctil y abnegada, todos ellos  enmadejados en relaciones al filo de la delincuencia o el desencanto en contextos sociales de lumpenaje y sótanos de la clase media. Se confirma en estos relatos la habilidad para manejar la palabra que Muñoz ya había exhibido en sus dos cuentos incluidos en Botella al Mar. Crestomatía narrativa. Uno de ellos es “Vicisitudes del gigante”, que forma parte del volumen aquí reseñando; el otro es “El desquite”, con su protagonista apodado Kalimán, barrocamente definido por el narrador como “vaguito trotador de paños verdes”.

          Jaime Muñoz es integrante del grupo literario Botella al Mar que nuclea a Pablo Arredondo, Gerardo García Muñoz, Salvador García Cuéllar, Enrique Lomas, Gilberto Prado y Saúl Rosales. Muñoz nació en 1964 en Gómez Palacio Durango y radica en Torreón donde ha nacido la Colección Cuesta de la Fortuna que lleva el tetrapié editorial de, en ese orden, Patronato del Teatro Isauro Martínez, Programa Cultural de las Fronteras, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes e Instituto Nacional de Bellas Artes.

          Dije arriba que es el segundo volumen de la Colección Cuesta de la Fortuna porque el primero fue Vuelo imprevisto, cuentos del autor de esta reseña. Hay que saludar como hecho muy importante que exista ya en la comarca un movimiento literario que hizo pensar en que se puede inaugurar y sostener una vida editorial de los rangos profesionales que estamos aquí considerando.

          El augurio de la lumbre, de Jaime Muñoz nace con la filiación de uno de los mayores escritores de la literatura latinoamericana, Alejo Carpentier. En la dedicatoria autógrafa que redactó en la portadilla de mi ejemplar, Muñoz se confiesa “siempre carpenteriano”. Ya la sola elección del magisterio del autor cubano Alejo Carpentier es un indicio de inclinación hacia la calidad. En el prólogo que Gilberto Prado escribió para el volumen de Muñoz se recalca la filiación carpenteriana del autor lagunero.

          Esa filiación carpenteriana explica el barroquismo de la prosa coruscante de El augurio de la lumbre, el desenfado en el uso de la palabra, la audacia de la adjetivación, el arrojo para introducir neologismos, la elasticidad de los periodos verbales, la copiosidad parlera, la revitalización de arcaísmos. Rebulle en el libro el gozo de hacer de la lengua un elemento vital de la narración. Es una colección de textos de suculenta prosa que esperan que el lector comparta el gusto por la palabra sorpresiva, es una erupción lingüística porque el barroquismo es el desbordamiento de la forma y la palabra es una forma potenciada de significaciones aunque, como dicen los lingüistas, la palabra es una forma sin contenido.

          Del legado carpenteriano que reluce en la hacienda de El augurio de la lumbre se pueden pizcar como ejemplos “espingarda en puño”, “trapisonda era fragorosa”, “algo le andaba mal”, “machihembramiento”. Pero de la fragua de Muñoz son neologismos como el “desnortadas” y el “inagradado” de las siguientes líneas: “El bulto despreciado, al incorporarse y asentar sus patas gráciles, lanzó miradas desnortadas a lo oscuro, a izquierda y derecha viraba su figura de carbito perdido, con su deseo inagradado por la hembra esquiva”. También estos otros ejemplos que brotan de añicos y tabú: “añicaba el hielo en el enorme baúl de las cervezas”, “la primera incursión en el tabuado mundo”.

          El barroquismo literario brota copioso del caudal verbal de los autores. Basta acercarse a un gran ventanal como La Celestina o una amplia ventana como sería cualquier obra de teatro del Siglo de Oro de la literatura española para contemplar la riqueza del torrente barroco. En las narraciones de Jaime Muñoz en El augurio de la lumbre el caudal verbal produce dilatados periodos lingüísticos como si el autor no quisiera dejar afuera todas las palabras habidas —y por haber como neologismos—, para decir la realidad que quiere significar. Recurrentes ejemplos del regodeo en la palabra que produce largos periodos verbales pueden encontrarse casi abriendo al azar el libro, pero para ir directo a ellos se pueden localizar en el cuento —es el ejemplo más a la mano— “Una mujer se fuga”.

          En el escenario de las historias, ya no en el mapa del estilo, el lector de este libro se encontrará en una atmósfera de amenidad que envuelve el sartal de textos, a pesar del dramatismo que no pocas veces toca los litorales del patetismo y la tragedia. El barroquismo descriptivo del primer texto, “El auxilio del espejo”, nos pone ante dos personajes minusválidos —o de “capacidades diferentes”, como dice el insulso eufemismo de nueva creación—. Uno es El Molote, que rueda por la vida a bordo de “su tabla rasa montada en dos travesaños con baleros”, auténtico esperpento que pudo haber salido del teatro de Valle Inclán —búsquenlo en Divinas palabras—; el otro es Walter, también inválido o  —sin eufemismo chocante, lisiado—, pero que pasa su vida apoltronado en destelleante silla de ruedas. Ambos minusválidos han de verse como con el auxilio de un espejo.

          Como también lisiado viene en el libro el segundo cuento del volumen. Es decir, salió sin título. Cuando uno lo busca en el índice resulta llamarse “Las vicisitudes del gigante”. En la atmósfera magicorreligiosa y de intuición femenina de esta narración El Zurdo —la realidad popular se solaza en el uso de apodos—, no podrá ser auxiliado por los rezos de su abuela durante los terregosos partidos llaneros de fut bol.

          En “Viejo veterano”, don Martín, octogenario anarquista es un personaje de barrio admirado por el joven universitario, protagonista narrador que dice: “En alguna ocasión me dio el consejo de no seguir consejos si quería ser libre.” El anarquismo es el canto de sirena deleitoso para los pequeñoburgueses.

          En “Serpientes y escaleras” la mala fortuna se ensaña no con la protagonista sino con su modelo. La sirvienta Graciela pretende seguir los pasos de su patrona, prostituta convertida en amante de un adinerado. Su intento de conquistar el paraíso de un departamento habitacional amueblado nos lleva a ver las lengüetadas de fuego de la inseguridad, del temor a perder lo adquirido.

          “Los melindres del erizo” narra un pasaje de la repugnante vida de un matón a sueldo, por supuesto dotado de apodo —como la mayoría de los personajes de Jaime Muñoz—, Cachito, cuyas taras mentales y deficiencias humanas lo ubican en ese asqueroso oficio que lo lleva a sufrir una feroz tarsacada de la ironía.

          Un cuento memorable es “Una mujer se fuga” por la manera en que Jaime Muñoz hurgó en acciones potenciales y reacciones provocadas en el idilio del Fili y la Maruca que se encuentran y se desplazan por un domingo de barroquísima realidad en la Alameda.

          Algunos prolegómenos de la iniciación sexual de dos adolescentes conforman la historia de “Propedéutica del tacto”, donde, aparte de las pláticas iniciáticas del Apache —apodo que algo sugiere de abusador— se encuentra una muy divertida narración de la clase de Ciencias Naturales.

          Adolescentes pequeñoburgueses armados con terminología que en ellos resulta verborrea izquierdista —es decir, no son de ideas revolucionarias, sino de palabrería putativa—, son los personajes de “El cuarto robo no falló”. La fila de narraciones concluye con “Azoro y trago largo”, un cuento que pudo tener mejor estructura a partir del nombre de uno de sus personajes circunstanciales, Elisa. La historia narra las exploraciones iniciales de dos muchachos en la sexualidad y su encuentro con una prostituta de ese nombre que es el mismo de la prueba para detectar el sida.

          El último texto del volumen no es un cuento, sino una profesión de fe literaria arrebatadora por el barroquismo y la confesionalidad, pero también por la forma en que el autor se dirige al lector en términos del Baudelaire que lo califica de estúpido en Las flores del mal. Se llama “Corolario de fantasmas”.

          Con ese corolario se cierra el volumen escrito por Jaime Muñoz “a lengua desinhibida”, como dice él que habla el Apache, lengua desinhibida, es decir, libre y ejemplar, porque la libertad se enseña, se conserva y se amplía ejerciéndola. Sólo una lengua desinhibida se acerca a la plenitud de los contenidos y las formas. Sólo ella puede atreverse a ostentar las suntuosidades de la lengua española en una atmósfera cultural que se empeña en reducir la capacidad expresiva verbal. Esa capacidad de la palabra de Jaime Muñoz en El augurio de la lumbre certifica la afirmación de que su libro es el augurio de su triunfo literario.

*Muñoz, Jaime, El augurio de la lumbre, Patronato del TIM-Programa Cultural de las Fronteras-CNCA-INBA, Torreón, 1990, 108 pp.


El príncipe del terror: el torvo Pelletier

Saúl Rosales Carrillo

La novela de Jaime Muñoz Vargas El principio del terror,* con un refinado estilo y con recursos de la picaresca española clásica acerca al lector a la sórdida pero en gran volumen imaginaria vida de Nicolas-Jacques Pelletier, torvo habitante del París de la Revolución Francesa.

 

            Ladrón, violador, homicida en la vida real, Pelletier mediante la palabra literaria de Muñoz Vargas se nos aparece como antihéroe protagonista hasta que su vida es segada por la guillotina, artefacto vengador de las atrocidades antisociales.

          Esta obra fue finalista en el Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1998. Antes de ella, Jaime Muñoz (Gómez Palacio, Dgo. 1964) publicó el libro de cuentos El augurio de la lumbre, reconocido con el Premio Nacional de Narrativa Joven y los poemarios Pálpito de la sierra tarahumara y Filius.

        La posible biografía de Pelletier, primer guillotinado en la nación inventora de la guillotina, está narrada por el escritor gomezpalatino más con las luces de la imaginación que con las aportaciones de la historia y, por supuesto, con la prosa del artista no con la del ministerio público.

        En cuanto a esto —a la prosa artística de Muñoz Vargas—, hay que decir que se suma a la caudalosa corriente del barroquismo. Puede notarse en el siguiente ejemplo donde tañe, corusca, serpentea y encanta el hipérbaton tan sutil como eficaz: “Rápido salí en busca del salvaje, y como yo bien conocía los derroteros del borracho padre mío, lo encontré en menos de medio día.”

          Y así, desde el principio, la novela es un discurrir de sorpresas estilísticas, un caudal surtido por el venero de la volición esteticista. Desde el principio, dije. Veámoslo en sus primeras seis líneas: “Yo, Nicolas-Jacques Pelletier, afirmo con repugnancia que lo horripilante no sucede la víspera. El terror llega un tanto después, en el umbral de este pórtico siniestro, previo al tajo que cae seco, veloz, despiadado como gerifalte con enconadas garras sobre la indefensión de alguna rata”.

        Sin embargo, la novela del narrador gomezpalatino no atilda su voluntad de forma en detrimento de la historia, es decir, la supuesta autobiografía de Pelletier contada a su interlocutor Maurice, quien sólo interrumpe el largo monólogo del futuro ejecutado en tres ocasiones es destilada por el autor en una escenografía respetuosamente preparada, una cronología meticulosamente documentada y un carácter cuidadosamente construido de acuerdo con la psicología imaginaria del antihéroe.

        Las partes de la historia de Pelletier se van sucediendo a la manera en que se suceden los infortunios y las truhanerías de los antihéroes de la novela picaresca española. Con la impúdica agresividad del realismo las peripecias son impulsadas por una filosofía primitivista y materialista. El futuro ajusticiado tiene como principios en su vida lumpenesca beber, holgar y yantar. Entre sus lecturas le gustó, “sobre todo”, El Lazarillo de Tormes, nada menos que el libro cimero de la novela picaresca escrita en nuestra lengua.

          Como engendro del lumpenproletariado, Pelletier odia a los revolucionarios porque pusieron a la ciudad, París, en situación de permanente zozobra y con ello han dificultado sus fechorías. Como lumpen apoltronado en su situación, Pelletier no puede comprender la revolución ni le interesa hacerlo. Para él, el movimiento social que instaurará la corriente democrática moderna en el mundo es un “levantamiento que yo no entiendo ni tengo apetito en entender, como pretende tanto asno con aspiración de filósofo”.

          La lumpenesca psicología de Pelletier es prodigiosamente inventada por Muñoz Vargas con rasgos como los anteriores, pero también con muchas autoapreciaciones como la siguiente que revela la densa autoestima que lo mantenía en la nata de sus andanzas delincuenciales: “Porque debes saber, Maurice, que parezco poca cosa pero en las entrañas llevo estirpe de buen hombre.”

          Así, ese grotesco y repugnante lumpen parece acogerse a humanismos como el de Victor Hugo que justamente en una página anterior a la que escribe para reprobar la guillotina en Los miserables, dice: “Las faltas de las mujeres, de los hijos, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son las faltas de los maridos, de los padres, de los amos, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.”

          Y ya que lo menciono y puesto que la suerte del antihéroe de Muñoz Vargas concluye cuando se convierte en el príncipe —príncipe en la acepción de primero—  del terror, conviene recordar cómo ve el genial escritor francés Victor Hugo, el artefacto que simboliza el terror: “La guillotina es la concreción de la ley: se llama vindicta [venganza]: no es neutral ni os permite que lo seáis tampoco. Quien llega a divisarla se estremece con el más misterioso de los estremecimientos.”

          Como en Los miserables, de Victor Hugo y en El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, la guillotina en El principio del terror, de Jaime Muñoz, viene a recordarnos lo inhumano de la pena de muerte. Digámoslo de otra manera, de nuevo con el hermoso pensamiento de Victor Hugo: “Si una alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.”

          La novela de Muñoz Vargas está sostenida por dos tramas. Una muy elemental que es la conversación entre Pelletier y su interlocutor Maurice, secuencia no de hechos, sino de apelaciones a la condición de oyente; la otra es la línea biográfica del propio lumpen Pelletier, ésta sí, discurrir de acontecimientos que entreveran la imaginación del autor y el hilo de la historia del futuro ajusticiado.

          Sin embargo, El principio del terror, primera novela de Jaime Muñoz, es una novela de tal densidad poética que cautiva sólo por el estilo. Acaba siendo un largo poema en el que el lector puede olvidarse de la historia para disfrutar la magia de la palabra que eleva este libro a la altura de las grandes obras de la literatura mexicana. El refinamiento estilístico de El principio del terror y la atmósfera de poesía que insufla me hicieron pensar en dos obras supremas de nuestra narrativa: Al filo del agua, de Agustín Yáñez y Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La voluntad de estilo de El principio del terror hace que esta novela pueda ser leída como un gran poema.

          Por su elevado valor artístico y su indudable tremor humano —que la ubicaron entre las mejores novelas en un importante certamen nacional—, es una muy grata experiencia la lectura de El principio del terror, obra del escritor lagunero Jaime Muñoz, acerca de Nicolas-Jacques Pelletier, quien con su fatalismo de lumpen está dispuesto a contribuir generosamente a la pudrición del mundo en tanto los revolucionarios, con su optimismo sus equivocaciones y sus errores, viven en la lucha por mejorarlo.

*Muñoz Vargas, Jaime, El principio del terror, Joaquín Mortiz, México, 1999, 114 pp.


Juegos de amor, beisbol, amistad y literatura

Saúl Rosales Carrillo

El descubrimiento del beisbol en 1924 por un grupo de campesinos y la disputa de la posesión de una mujer mediante dos encuentros de ese deporte fueron suficiente materia para que Jaime Muñoz moldeara su novela Juegos de amor y malquerencia,* con la que ganó el Premio Nacional Jorge Ibargüengoitia 2001. Sin embargo, puede pensarse que no es la historia lo más importante en este libro sino el talento del narrador para contarla, un talento que implica suficiente intuición de la lengua y una dosis mayor de ingenio para emplearla en sus usos tradicionales y en la experimentación de sus potencialidades. Es una novela que espera que el lector se solace con la palabra.

          Ese ofrecer al lector el disfrute de la palabra en la función narrativa es una línea observada por Jaime Muñoz (Gómez Palacio, Dgo. 1964) desde sus primeras obras. En sus dos cuentos publicados en el volumen colectivo Botella al mar. Crestomatía narrativa, en su libro de historias breves El augurio de la lumbre y en su primera novela, El principio del terror, este autor lagunero ha logrado magnetizar su palabra con la novedad, la sorpresa, el hechizo que permanecen en latencia mientras no las estimula un talento vigoroso.

          En sus juegos con la palabra, para divertirse con el lector, Muñoz caricaturiza el habla. Uno de sus personajes en Juegos... apodado Quiotelargo, lanza a sus compañeros una arenga en la que combina una retórica ampulosa, disparates lingüísticos y vocablos de mala reputación: “Me siento muy personalmente orgullecido de tener amigos como los aquí presentes. Es para mí un honor saber que cuento con sus respectivas personas para hacer y deshacer en caso de que se tenga que meter la carne al asador para que Dientes de Oro no se lleve lo que no es suyo. Pero aquí con toda sinceridad quisiera preguntarles si no se me culean a la hora de los riatazos. Recuerden que esa bola de culeros que acompañan a Sixto Benavides no se anda con chingaderas y mata al primero que se les atraviese en sus negros propósitos. Son cabrones muy cabrones y hasta la fecha no ha salido nadie, ni la justicia siquiera, a ponerles un ya estuvo bueno. Por eso les pregunto como el mero hombre que me caracteriza ser: ¿estarían dispuestos a tirar putazos en caso de que así lo requiriese la susodicha ocasión? [...]”

          El peculiar discurso del Quiotelargo florece a causa de que ha decidido, apoyado por sus amigos, enfrentar al Dientes de Oro con el propósito de quitarle a Gloria Venegas. Mientras el momento del enfrentamiento se presenta, el beisbol llega a Santa Teresa importado por Praxedis, quien lo conoce en un viaje a Torreón. En la rutina de plática y baraja bajo los pinabetes de Santa Teresa, los nueve campesinos encuentran en el juego deportivo recién conocido una novedosa y gozosa diversión. La trama finalmente lleva a que no sea mediante la violencia, sino mediante el juego de beisbol como ambos personajes se disputen a la mujer.

          La introducción del beisbol en la historia proporciona a Jaime Muñoz la oportunidad de escribir deleitosas páginas de singular cronista deportivo que recuerdan las del cuento “Las vicisitudes del gigante”, de El augurio de la lumbre, donde vemos al Zurdo jugar fut bol gracias a la crónica de su actuación en el llano polvoso, y aquellas otras en las que el Kalimán juega billar como mago en “El desquite”, de Botella al mar. Crestomatía narrativa.

          Y a propósito de estilo, conviene observar que no sólo los personajes permiten ver como Muñoz, dotado de una capacidad lingüística superdesarrollada, caricaturiza el habla. El propio narrador de Juegos... —que acaba siendo inidentificable—, no sólo los personajes que menciona, se expresa como los personajes que refiere: “El plan ya estaba planeado con la debida planeación, y se desarrolló como en seguida pasaré a especificar.” Mismo juego literario que repite un poco más adelante con regodeo en la aliteración populachera: “Los ojos de Benavides brillaron con un brillo más brilloso que el de la brillantina untada en la cabeza.”

          Es el momento en que los campesinos de Santa Teresa y Dientes de Oro y sus hombres negocian los propósitos del juego de beisbol. Los primeros ofrecen en su apuesta doscientos pesos y un anillo con “chica piedrota”; Sixto Benavides, inducido por la sagacidad de los campesinos que quieren ganar a Gloria para el Quiotelargo, acepta que por su parte la apuesta sea de los doscientos pesos y la mujer.

          Vuelve entonces a aparecer a la altura de estas páginas de Juegos... un tema que sin llamar demasiado la atención recorre toda la novela, es el de la amistad. La amistad se ha mostrado, por ejemplo, en los abundantes pasajes donde los campesinos comparten el tiempo desenajenado, el sotol y los cigarros; en la decisión colectiva de enfrentar al Dientes de Oro para ganarle a la mujer; en los gastos para adquirir los implementos del juego de beisbol y, ahora, en el sacrificio de Cosme Bejarano, quien con desprendimiento de amigo aporta el anillo de la apuesta. “Si tuviera tres anillos los pondría. Por mi amigo el Quiotelargo no hay fijón”, dice Bejarano.

          En los prolegómenos del enfrentamiento de beisbol por Gloria y el dinero, el narrador refiere cómo se gestó la foto que pasando casi ocho décadas originará la novela de Jaime Muñoz. Es la foto que adorna la portada del libro y que apareció por primera vez en la página nueve de la primera edición de esta novela, Juegos de amor y malquerencia, que salió con el título de Fervor de Santa Teresa. En fin, el fotógrafo propone imprimir la placa que inmortalizará al conjunto de campesinos. Rosendo Hinojosa le dijo “que sí, que retratara a todos los Tereseros juntos encima de la plataforma del ferrocarril, para que se vieran bien bonitas las letras de Santa Teresa”. Así queda retenida en el papel la imagen de amistad de los nueve campesinos, la que sirvió al escritor lagunero para, en su juego literario, inventar la historia de los Tereseros.

          Los Tereseros ganan el primer partido de besibol y con ello que la Gloria sea del Quiotelargo. Allí mismo acuerdan “el desquite”. Este segundo partido lo ganarán los Benavidos. Como Gloria se había escabullido durante el juego, Catarino Ventura, Dientes de Oro y Chon sin Miedo van por ella. Con esto vuelve para ser atado y desenlazado un hilo de la trama que, llamativo al principio para nuestra mente amarillista, había desaparecido. Es el del crimen por el que pierde la vida Marcial Ibarra. “Dientes de Oro arreó a su gente y a su mujer y se largaron sin decir más. Ya nunca en muchos años se dejaron ver por allí. Catarino informó que había pasado una cosa muy horrible, que don Marcial recibió dos plomazos en el pecho y que mejor era agarrar para el monte.” En los renglones finales el narrador confiesa: “nunca más supe de aquella gente con la que tanto sotol y tanta amistad había tenido”.

          Nosotros sí sabemos de aquella gente gracias a la ficción y al estilo gozoso de Jaime Muñoz que le inventó una historia, la re-trató literariamente a partir del “retrato”, en un juego de amor, beisbol, amistad y literatura.

*Muñoz Jaime, Juegos de amor y malquerencia, Joaquín Mortiz, México, 2003, 130 pp.

 

La lumbre del augurio

Gilberto Prado Galán

En 1989 Jaime Muñoz Vargas publicó una colección de cuentos denominada, con acierto, El augurio de la lumbre. Recuerdo que el novelista más dotado de nuestra comarca me pidió que pusiera, como delantal, algunas palabras preludiales. Acepté porque, entonces como ahora, pensé que poco o nada agregaría mi prólogo a la autosuficiente prosa de Muñoz Vargas, quien había troquelado sus cuentos recogiendo historias con el oído, sólito a vestirlas con hallazgos y centelleos verbales, pero sin descuidar el inteligente sentido de la anécdota, médula del ejercicio narrativo. En ese prólogo dije que el narrador gomezpalatino era un hombre con talento, y aduje pruebas. Durante una década el talento fue decantándose. El quehacer literario de Muñoz Vargas cedió a la tentación de la versatilidad expresiva. El autor de El principio del terror (Mortiz, Planeta, 1999) experimentó con fortuna en los géneros —nunca del todo discernibles— de la poesía, el ensayo, la crónica y la miscelánea periodística. Debido a Muñoz Vargas el corazón literario de La Laguna pudo adelantar milagrosos latidos, a través de una silenciosa y firme labor periodística, como timonel de una nave acosada por piratas, peces de bajas aguas y arponazos aleves. Paralelo a esta jornada salutífera discurría, con lentitud de grano airoso, el ejercicio novelístico. Nosotros sabíamos que algo bullía en esa voluntad sensible, en esa inagotada veta de agudeza verbal, en ese manantial de fecundo ingenio. La noticia de que, con una obra breve pero muy bien trabada, el escritor lagunero había obtenido una mención en uno de los premios más importantes del género en el país ratificó, por fin, lo que se barruntaba desde hace lustros. El principio del terror es, sin ningún quizás, la novela mejor lograda de cuantas se han concebido en nuestra paramera. Intenterá demostrar lo que digo.

La bienandanza barroca

Debemos a José Martínez Ruiz (Azorín) una acerada crítica de la literatura barroca. Azorín dice, en La voluntad que el barroco “…es el más hórrido de los estilos cuando no se ejecuta espléndidamente”. Nosotros suscribimos el aserto. Pero cuando encaramos novelas como El principio del terror debemos reconocer el extremo de la condición avistada: la novela está ejecutada espléndidamente. En un célebre ensayo Severo Sarduy elucida los mecanismos de la estrategia barroca. El ejemplo que cita de Lezama responde a un propósito de sustitución. No dice de manera directa lo que trata de definir. Para explicar de modo sesgado el nombre del órgano sexual masculino Lezama escribe “el aguijón del leptosomático macrogenitoma”. El significado se esconde, huye elusivo, pero deja una irradiación invitadora. En el capítulo “Los colores de la vida” la alusión es elusión: se alude al órgano sexual eludiendo nombrarlo de manera llana:

-El obeso miembro que tanto usé en cuartuchos de ramera

-La alimaña que los hombres cargamos como flagelo debajo del  ombligo

-Pata de bucanero malparido

-La natura

Hay, como se puede ver, un sentido crítico, denostante, contra el órgano. Este sentido crítico obedece a la concepción de Nicolas Jacques Pelletier: la inútil genitalidad sólo dignificada cuando el personaje protagónico emprende lances —¿eróticos?— con Mademoiselle Savignac. En un gesto que seguramente habría gustado a Aristipo de Cirene, Pelletier execra de la multitud de placeres y exalta, en medio de su ruindad, el amor exclusivo de la Savignac.

   Pero no se crea que la felicidad barroca sólo es agradecible en las páginas de “Los colores de la vida”. Toda la novela está irrigada por un sistema de capilares metonímicos, que evita la signficación directa: retuvo mi atención que, a pesar de las numerosas y vivísimas escenas de brutales pleitos, el narrador prefiere las educadas voces “sopapo”, “porrazo”, “puñetazo”, “golpe”, a la voz muy nuestra “chingazo”. Esta elección urde un contrapunto respecto de la personalidad contradictoria de Pelletier, que nada tiene de gratuito, como veremos más adelante. Para referirse al vino dice casi siempre “unos tintos”, para pintar a un viejo dice “cúmulo de arrugas”, para mencionar a una pelirroja prefiere “mujeril zanahoria” y una constelación de ejemplos que regocijaron mi lectura.

El enternecido canalla

En los sobreescritos Muñoz Vargas cita a Borges: “Yo he notado que, en general, los canallas son sentimentales”. La novela está animada por un tono confesional: Pelletier cuenta sus peripecias a Maurice, éste responde con esporádicos e ilustrativos comentarios, como en una suerte de preguntas espejo. El personaje central, Pelletier, es plano desde la perspectiva de E.M. Foster, porque hay en él, siempre, una ambivalencia entre la malditez y el pudor aliado de la culpa. Nosotros podemos espigar pasajes en los que Pelletier menciona el infierno. Además, el personaje posee una muy clara taxonomía de sus faltas, y odia a quienes cometen otro tipo de travesuras: a los zoófilos, pederastas y depravados. El narrador ha dibujado con maestría las contradictorias aristas de su personaje. Lo ha hecho de tal modo que, aunque sabemos que los actos que perpetra son calamitosos, nace en nosotros una extraña piedad cuando nos asomamos a la forma específica de cometerlos y, más aún, cuando advertimos en él un alma cándida, capaz de provocar las más perversas atrocidades. El diseño sentimental del personaje, que pendula entre la sevicia contra los revolucionarios y el amor monolítico a la Savignac, hace de Pelletier un tipo entrañable, que merecía una redención más allá del furor decapitante. Además, el personaje alterno —Maurice— es perfectamente esférico: su participación al final de la novela resulta tan convincente como sorpresiva. Quiero detenerme un poco más en el diseño sentimental de Pelletier, porque ha sido animado del polvo por la imaginación de Muñoz Vargas, quien abrevó en El Lazarillo de Tormes y en la picaresca de la literatura clásica española, para vestirlo de enternecido antihéroe. Pelletier es un experimentado pesimista. Su profunda decepción acerca de la naturaleza más íntima de los hombres ha sido, por desgracia, confirmada en nuestros tiempos. Los entes de razón o quiméricos profesados por los revolucionarios de entonces, quienes abanderaban la triple proclama, no tienen aún fundamento en la realidad. El desencanto de Pelletier se anuda con el nihilismo sin tragedia postmoderno. Una cabeza tan afincada en la realidad merece ser desprendida del cuerpo. Cito el siguiente pasaje como ejemplo de iluminación introspectiva de Pelletier:

 

Fueron, es justo decirlo en loor del abate que me tuteló, mis días más placenteros, aquellos que en el fesco de una sombra, pero junto al sol, pasé con los libros en las palmas. Había comida, agua para ducharse, cama, lectura, mucho contacto con dios y algo de canallería, cierto. Hasta pensé, lo juro, abrazar la vida religiosa que tenía muy poco de difícil y bastante de favorable, al menos eso noté cuando Jouvet me abrió las puertas de su generosidad y de sus luces.

Los excesos de la elipsis

Quizá el ardid más notorio de la novela es, precisamente, el delicado equilibrio entre el un personaje bien armado y la elíptica trama. Es sabido que los novelistas se inclinan por la hechura del personaje (fraguado con peripecias y voces) o por el engarce de las acciones subsumidas en un plan general o estructura. Casi siempre los cuentos o novelas propenden a privilegiar un extremo. Sin embargo, escasos son, en México, los ejemplos de obras cuya preocupación estructural no empece la profundidad psicológica del personaje. En El principio del terror la historia es elíptica: dura lo que la hoja de la guillotina tarda en descender o, más aún, dura lo que la cabeza de Pelletier, ya desprendida del cuerpo,  permanece con vida. Entendemos que ese tiempo es suficiente para fraguar una recordación vertiginosa en la que Pelletier destaca sus principales y más encendidas hazañas. Por eso los polos que presiden la novela se unimisman en uno: la canasta transfigurada en el final como cesta. Esto confiere una circularidad estética al texto: así lo sugiere el narrador al dejar interrumpida, en el primer y útlimo capítulos, la palabra muerte. Además de esto, la inteligencia compositiva induce el aporte de pruebas que poseen justificación perfecta en el ocaso de la novela. Si pensamos que la historia comprende desde “La canasta” hasta “el instante de la cuchilla” advertiremos que, vista desde otro claro, va desde el degüello de Pelletier hasta su inminente despedida. El empeño imaginativo de Pelletier, quiero decir, la recuperación de los episodios de su vida ha sido posible sólo por gracia de quien narra su historia después de dos siglos. Es fácil, por lo demás, advertir el guiño que el título de la novela sugiere, giño que, tras la gozosa relectura, es indisimulado: el principio del terror es, sin duda, el principio del placer como enérgica posibilidad de fruición, como libertad que el acto de leer propicia.

   Finalmente, quiero cerrar esta apresurada recensión con un vaticinio henchido de certeza: El principio del terror es apenas la primera novela de Jaime Muñoz Vargas. Estoy seguro que la prodigalidad y talento de nuestro narrador habrán de encarnar en obras que lo sitúen, en menos tiempo del que sospechamos, en el primer renglón de la novelística del norte de México.        

 Muñoz Vargas, Jaime. El principio del terror. México: Joaquín Mortiz, 1999.

 

'El principio del terror' de Jaime Muñoz Vargas: una lectura intertextual

Miguel Báez Durán

Casi a finales de su participación literaria, Nicolas-Jacques Pelletier –protagonista de la novela El principio del terror (1999) de Jaime Muñoz Vargas— confiesa haber leído Lazarillo de Tormes. Para la lectura propuesta, no existe mayor indicio de intertextualidad. Nicolas-Jacques es, en muchos aspectos, como el que termina siendo pregonero de vinos y persecusiones (irónico, luego, que este pícaro francés termine ejecutado). Pelletier es, por lo tanto, continuador de una larga lista de pícaros que nace en el Tormes y desemboca con El principio del terror en el París de la revolución, lugar donde el escritor lagunero decide ambientar su primera novela.

De la aventura al lance

“… las aventuras de Lázaro yo las he visto cientos de veces en las calles de París …” (89), le cuenta Nicolas-Jacques a Maurice en la miseria compartida de una mazmorra. Pregón, de entrada, disímil –aunque ambos busquen el diálogo y la explicación— al que dirige Lázaro adulto al receptor de su misiva sólo conocido como Vuestra Merced. Aunque de linajes dudosos los dos protagonistas, uno triunfa (desde su peculiar perspectiva, claro) y el otro será quien pruebe, por vez primera y con su cuello, el implacable peso de la navaja. Pero el lector debe acercársele con cautela. Nicolas-Jacques, al igual que Lázaro, es un embustero. En principio desvía la atención y calla ciertos detalles de sus aventuras. Más adelante, para satisfacción del que recorra las páginas de la novela, nuestro pícaro bajará la guardia y su pregón susurrante de calabozo se tornará explícito, desgarrador, envolvente y violento.

        Al encontrar esta referencia a la obra anónima y a su memorable protagonista, sólo nos queda tomarla entre las manos con escepticismo. Nicolas-Jacques no nada más ha visto sino que ha vivido esas aventuras y al confesarse con un igual (no con un Vuestra Merced) tales vicisitudes adquirirán tintes distintos a los de Lázaro. Tal vez sean hasta más “embusteramente” honestas. La época de Pelletier es tumultosa, cambiante y quizá valga la pena seguir la denominación que el propio delincuente galo nos propone: en lugar de aventuras lazarillescas, sólo hablaremos de lances.

        Pero éstos son lances con todo el carácter depredatorio y asesino que sugiere la palabra. La revolución es pobreza, hambre y –como elemento adicional a la problemática presentada en Lázaro por el autor anónimo— terror. Ya no hay manera de escalar peldaños ni de arrimarse a los buenos (aunque sí a las buenas como Mademoiselle Savignac). Tampoco hay manera de escaparse por los caminos de Castilla ni de imitar el nomadismo de un Lázaro joven de hambre empalmadas.

        Este pícaro ya es un personaje urbano porque “París es todo, tiene todo…” (42). Los lances de Nicolas-Jacques Pelletier son múltiples: robo, violación, homicidio, copulación, orgías. El anonimato que le otorga la urbe en completo caos facilita la comisión de sus delitos. Los tiempos impulsan al hacer criminal. Ya no basta sustituir una longaniza por un nabo.

        De lo que no se deshace el pícaro Pelletier en todo su afrancesamiento es del oponente. De cierto modo, aunque no tan a la usanza del Lazarillo, Nicolas-Jacques tiene amos cuya mezquindad supera a la de nuestro protagonista por las esferas de poder sobre las que se arrastran: el abate Jouvet y el porquero Louvrière. Con ellos, vendrán las trampas y los obstáculos. Con Pelletier, la ira y la violencia.

Del toro a la guillotina

        El ciego, que cuatrocientos años después se nos volvió a aparecer en la cinta Los olvidados, comienza su relación con Lazarillo propinándole una calabazada contra la estatua de un toro salamanquino. Después, menos ingenuo y al término definitivo de la relación, le devolverá la afrenta. Igualmente nuestro pícaro caerá en y se vengará de las triquiñuelas que le tienden sus amos o, en ocasiones, otros entes inmundos que pueblan las calles parisinas.

        Se impone, a esta serie de encuentros desastrosos, el de la virgen que ha gestado la burguesía: Mademoiselle Savignac, codiciado triunfo, relato redundante y única trampa. Pelletier se enamorará de su Mademoiselle (tras convertirla en Madame), idealizará el momento fugaz y la imposición de su carne a la de Savignac —“…creo que hasta la amo con toda la energía de mi solitario corazón y deseo siempre conservarla en el altar de mi cariño” (26).

        Al evocarla, hasta querrá ser poeta y hablará de los colores de la vida. Porque es en ese instante extático e irrepetible donde hallará la arcaica conexión entre eros y patos: “¿Por qué nadie llegó a matarme esa noche?” (70). Estas ruinas de humanidad, por llamarlas de algún modo, serán su patíbulo. El diálogo y la confianza en el otro lo conducirán a la decapitación. Hasta su compañero de celda le advierte: “lo más importante es, siempre, el silencio” (86). Nicolas-Jacques no lo escucha y, desobedeciendo a la prudencia, nos regala como lectores un recuento violento que, a pesar de serlo, devora cualquier resistencia.

         Nicolas-Jacques se presenta como un delincuente inmisericorde y envilecido en el estiércol que lo rodea: “… no recuerdo un solo pasaje de mi vida sin el estorbo de la mezquindad ajena” (17). Sin embargo, ese mismo Pelletier —el que asesina ancianos, sodomiza vírgenes o roba neutralizando al oponente con sus puños— pierde ante el avernal obstáculo que representa el otro y muere por un insignificante pedazo de humanidad (o tal vez de confianza) que todavía le queda.

        Su muerte en la guillotina es la del pícaro que ya no triunfa dentro de su concepción del éxito material, que ya no escala las jerarquías sociales con la ayuda de tratos secretos. Nicolas-Jacques se despide como el pícaro cuyo destino es cercenado por la precisión de la navaja.

    El principio del terror constituye entonces, desde la perspectiva de una lectura intertextual con Lazarillo de Tormes, una mirada intensa y penetrante a las veras ocultas del pícaro; mirada donde los significados de una frase equívoca se vierten en palabras de fuego, donde la burla que distrae se vuelve interminable terror, donde ese mismo terror se erige como producto de la mezquindad humana.

Muñoz Vargas, Jaime. El principio del terror, Joaquín Mortiz, México, 1999.

 

Verdad y ficción en 'Juegos de amor y malquerencia'

Miguel Báez Durán

Una novela tiene su propia biografía, a veces muy distante de la biografía del autor, a veces no tanto. La novela por sí misma crece, madura, sufre sus propias transformaciones. Así sucede con Juegos de amor y malquerencia (2003) de Jaime Muñoz Vargas que en un principio se llamaba Fervor de Santa Teresa. No me parece gratuita esta referencia tratándose de un texto donde debajo de la simplicidad de la anécdota se esconde un mecanismo mucho más complejo, un mecanismo donde se ensamblan conceptos tan entrañables para los que nos consideramos adictos a la lectura como autoría, ficción, realidad, verdad y mentira. Porque aunque sabemos, enclaustrados en nuestro mundo gris y rutinario, que Jaime Muñoz Vargas es el autor de esta novela (pues así no los dice en letras grandes la portada del libro), dentro del mundo transformado (gracias a la escritura) y transformador (gracias a la lectura) de la ficción permanece la duda de cuál es la fuente (oral o escrita, popular o letrada) de donde emana el relato de los Tereseros de Santa Teresa.
        Una fotografía del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza de la UIA Torreón marca el nacimiento de este texto. Es la misma fotografía que tenemos en la portada así como en las primeras páginas. Tal imagen se constituye en el punto de partida para desarrollar la historia de este grupo de hombres que bajo el sol de la Comarca Lagunera se parten el lomo y al final del día se reúnen debajo del pinabete grande de la Hacienda de Santa Teresa para tomar sotol, fumar Tigres y escuchar las canciones cardenches entonadas por uno de ellos: Cheto Quezada, mejor conocido como la Marrana. En un ejercicio similar al emprendido por Jorge Ibargüengoitia con La muertas —por algo habrá ganado este libro el Premio Nacional de Novela del 2001 que lleva el nombre del autor guanajuatense—, Jaime Muñoz toma como materia prima esa fotografía donde aparecen diez hombres frente a un vagón de ferrocarril acompañados por un perro, que a través del poder inmarcesible de la ficción, vendrá a ser un Teresero más: el Chamuquillo. Es aquí donde percibimos lo útiles que son la realidad y la historia para la ficción y es precisamente esta problemática entre las unas y la otra, entre el universo de lo cotidiano y el de la invención —explicado de manera tan magistral por otro Vargas, un Vargas Llosa, en la introducción a La verdad de las mentiras— lo que más me atrapa de estos Juegos de amor y malquerencia.
        Como ya otros novelistas lo han venido haciendo desde principios del siglo XX, Jaime Muñoz nos plantea las siguientes preguntas: ¿es posible llegar a un conocimiento total de la realidad?, ¿dónde se encuentra la verdad, con letras mayúsculas, sobre determinado asunto? En el caso de la historia de los Tereseros, la cuestión aparente sería dónde se halla la verdad sobre el asesinato del patrón, don Marcial Ibarra. Es aquí donde el autor de carne y hueso, Jaime Muñoz Vargas, juega también a esconderse detrás de múltiples biombos, y el relato, dentro de los confines de la ficción, pasará de mano en mano desde dos elementos que conoce el Jaime de la realidad, no ese otro ente narrativo de la introducción: la investigación histórica y, con especial pesadumbre, la corrección de estilo. Ya desde la mentada introducción el lector no puede saber si es el verdadero Jaime quien le habla o un ente imaginario, un personaje más dentro del texto que pretende ser el autor anunciado en la portada. Pero antes de él, hubo un profesor Eduardo Magaña Vázquez (y aquí no puedo dejar de fijarme en las iniciales de este profesor normalista, otra invención más, para imaginarme que ésta es una nueva máscara del autor, un doble degradado de Jaime). Y gracias a estos dos prologuistas del libro surge la problemática que tanto me interesó al leer la novela: ¿dónde está la génesis de este relato?, ¿quién nos está diciendo la verdad? Y es que esos mismos prologuistas afirman ser también correctores del manuscrito original, un manuscrito que nos remite a la vieja estratagema mentirosa utilizada por las novelas caballerescas ya parodiada con admirable socarronería por otro autor que en su momento se nos escabulló a los lectores dentro de su texto, el más célebre en lengua española: Cervantes y su Quijote. A final de cuentas, siempre quedará la duda: ¿cuál es la fuente de esta memoria ficcionalizada?, ¿de quién de entre los diez Tereseros de la fotografía surge el relato oral?, ¿a quién le fue dictado? No es gratuito que se nos diga en la introducción: “¿En qué momento termina la verdad de lo ocurrido? ¿En qué momento comienza la ficción? ¿Cuáles son los delgados límites entre la historia y la literatura? Todo es relato, y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro” (12). Desde aquí debemos estar conscientes como lectores de que el ardid planteado por la voz narrativa de la memoria (mediatizada a través del profesor Magaña y luego a través del descubridor del manuscrito), y sobre todo ese ardid de la muerte de don Marcial Ibarra, no son más que eso, ardides, excusas, pretextos tan parecidos al presentado por Orson Welles en su Ciudadano Kane con aquella palabrita que flota sobre la atmósfera investigativa, “Rosebud”, y que en suma no nos dice nada de quien la enuncia. Sin embargo, “Rosebud” atrapa nuestra atención y nos lleva a derroteros mucho más enriquecedores. Porque la muerte de don Marcial Ibarra no es el centro de la novela, sino los diez hombres de la fotografía y la amistad que surge entre ellos.
        Ya instalado en el relato, después de la introducción y de las palabras preliminares del profesor Magaña, el lector vuelve a toparse con la diversidad de la autoría y con la ambigüedad que implica. La voz narrativa, como para indicarnos la presencia de alguien que cuenta y de alguien que escribe, se debate entre la primera y tercera personas. Y, en mi opinión, es el “nosotros” el que parece adquirir la mayor contundencia, ese “nosotros” que caracteriza a los Tereseros y los funde en un solo personaje, un personaje-colectivo. Son esos mismos jornaleros que se hallan bajo el yugo del viejo don Marcial, figura tan distante como poderosa que, por su apariencia física —blanco, de ojos azules, viejo—, me recuerda (no sé por qué) al don Alejo del donosiano Lugar sin límites. Los mismos Tereseros de Santa Teresa que deben enfrentarse después a Sixto Benavides, el Dientes de Oro, y Encarnación de la O, Chon sin Miedo porque Gloria Venegas, una de esas prietitas chulas de San Pedro de las Colonias, le ha llenado el ojo a Catarino Ventura, el Quiotelargo. He ahí el conflicto que los plantará sobre el terreno de juego, los llevará a los muy peculiares entrenamientos de béisbol, consolidará la unión entre estos diez hombres y un perro humanizado, y terminarán inmersos en un desenlace estrepitoso, previsto y que, como el origen del relato, se nos escabulle porque, después de todo, el manuscrito encontrado ha pasado de una mano a otra y en esos muchos viajes bien pudo haber perdido uno o hasta dos folios. El ardid se mantiene entonces hasta la última página del texto y con él, la novela cobra vida.
 

Muñoz Vargas, Jaime. Juegos de amor y malquerencia. México: Joaquín Mortiz, 2003. 123 pp. http://www.geocities.com/mbaezduran/juegos.html

 

Cuando la importancia de llegar no está en ganar sino en seguir

Irene Selser

La frase que, memoria mediante, pertenece al gaucho Martín Fierro (el Quijote argentino, modestamente), sirve para referirnos a El principio del terror del también poeta y cuentista Jaime Muñoz Vargas (Durango, 1964), finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1998, edición que ganó Perforaciones de Gonzalo Vélez. Aun en el escenario de un premio limpio, la última palabra es de la subjetividad. La misma justicia suele depender del criterio —o de los humores— de un juez. O sea que el galardón a Vélez pudiera ser tan casuístico como el "no premio'' a Muñoz Vargas. No importa. Lo importante es la obra, el camino. A dos siglos de distancia, Muñoz Vargas se erige en el biógrafo del oscuro y olvidado Nicolas-Jacques Pelletier, ladrón, violador y asesino en cuyo cogote se estrenó el 25 de abril de 1792 la filosa efectividad de "La señorita'', el invento del doctor francés Guillotin que un año después rebanaría, con el mismo celo, el terso y estresado cuello de María Antonieta. No es fácil sostener una novela en primera persona (peor es la segunda). Pero encontramos arte literario —con perdón de los críticos "guillotinadores''— cuando esa voz narrativa, a la sazón la del más depravadoÊcanalla del París de la Ilustración, nos involucra hasta la complicidad en su lógica libertina hasta el punto de enamorarnos del violador y de su (nuestra) espantosa malicia. Ya había notado el cínico Borges, y lo recuerda Muñoz Vargas en el epígrafe, "que, en general, los canallas son sentimentales''. Y el autor se vale de este recurso para, desde la antesala del patíbulo, recrear la gran paradoja del siglo XVIII: la fiesta libertaria (¿igualitaria y fraternal, la burguesía?) de la Revolución Francesa y los prolegómenos del Terror contemporáneo, "todos en pie de guerra contra todos'', como bisbisea Nicolas-Jacques Pelletier en su mónologo carcelario el día 6 de floreal. Veinte años no es nada, reza el tango. Y al parecer tampoco lo son dos siglos: émulo del doctor Guillotin, el actual jefe de gobierno francés Lionel Jospin santificó la guerra de la OTAN contra Yugoslavia, calificándolaÊde "combate por la civilización''. ¿Es la humanidad un montón de mierda, según fustiga Pelletier? ¿Y la maquinaria del Terror, el instante de la cuchilla que separa nuestras cabezas de los cuerpos -guillotinados antes, bombardeados o aautistas hoy- es un espectáculo fascinante? ¿O los asesinos, "las ratas", que suben al patíbulo son los únicos malos entre los hombres? En el preludio estamos. (¡Ah! He aquí otra novela de un joven creador mexicano que, al igual que Jorge Volpi, no escribe de ni sobre sus conciudadanos. Aunque el problema de la narrativa local no sería ese —Rulfo no lo hizo tan mal).

El principio del terror, Jaime Muñoz Vargas, Joaquín Mortiz, Serie del volador, México, 1999.

La Jornada Semanal, 17 de octubre de 1999. http://www.jornada.unam.mx/1999/oct99/991017/sem-libros.html

 

Pasos de Gutenberg. 'El principio del terror'

Daniel Salinas

Una de las cosas más bellas que tiene la afición a la literatura, es que siempre está abierta la posibilidad de encontrar un muy buen libro en el lugar más improbable.
Revuelto en la desordenada mesa de libros de un supermercado de Playas de Tijuana, me encontré con El principio del terror, que resultó a la postre ser una grata sorpresa.
No tenía mayores referencias sobre su autor, sin embargo mi renacido interés por temas inherentes a la Revolución Francesa me motivó a adquirir el libro.
        La novela corta de Jaime Muñoz Vargas, situada en las calles del caótico París de la Revolución, narra la vida de un singular personaje: Se trata de Nicolas- Jaques Pelletier, un ladronzuelo callejero de baja estofa.
        Sin embargo, Jaques Pelletier es un ser que sin tener la estatura intelectual de un Robespierre o Marat, pasó la historia por inaugurar una época y una máquina.
Jaques Pelletier inauguró en 1792 la llamada ¿Era del Terror? y su cuello se encargó de inaugurar una diabólica máquina de matar: La guillotina.
        El ladronzuelo de la novela fue el primer guillotinado de toda la historia. Fue el eslabón primario de una cadena de miles y miles de cabezas rodadas.
        Pelletier inauguró la diabólica máquina corta cabezas por donde meses más tarde pasaron Luis XVI, María Antonieta, Danton, Desmoulains, Charlotte Corday, el propio Robespierre y una interminable lista de infortunados.
        La estructura de la novela es bastante sencilla, pues se centra en la supuesta narración autobiográfica de Pelletier.
        La novela no pretende ser un documento histórico y el mismo autor advierte que dio rienda suelta a su imaginación, pues poco se sabe en realidad de la vida de este asaltante callejero.
        La entrada de la novela es contundente y si bien parte desde una esfera de fantasía pura, es un gancho casi perfecto para hacer que el lector se quede atrapado en sus páginas.
        Y es que en el primer capítulo de la historia, quien narra es la cabeza recién cortada del ladrón que yace en la canasta ensangrentada
        Luego del primer capítulo hay un retroceso en el tiempo y el narrador comienza a contarnos sus andanzas callejeras.
        Con pasajes que recuerdan lo mejor de la novela picaresca española y escenas que dentro de su crudeza no están exentas de ternura, transcurre la vida de Pelletier.
        El lector llega a tal identificación con el personaje, que hasta acaba por resultar tierno que su máxima experiencia romántica, haya sido la violación de una aristócrata de la que después se enamora perdidamente.
        También hay reflexiones y críticas mordaces en boca del narrador a la Ilustración y el patriotismo de los revolucionarios jacobinos, que son ridiculizados sin piedad.
        Y el final llega demasiado rápido, casi tan rápido como la cuchilla de la guillotina cae sobre el cuello de un condenado, pues antes de dos horas, ya había concluido la lectura de esta breve novela.

http://cunadeporqueria.blogspot.com/2005_02_27_cunadeporqueria_archive.html

 

Santos: identidad lagunera

Luis García Abusaíd

Al escribir este libro, Jaime Muñoz se propuso resucitar a través del futbol al niño que en él habita; indirectamente, le dio vida al niño de todos y cada uno de nosotros; y vivificó con ello nuestro sentido de identidad cultural como laguneros.

 De entrada, su libro cumple con una máxima sociológica que exige la necesidad de ligar la experiencia de lo individual —o particular— a los fenómenos sociales-históricos —o generales— que acontecen en nuestra época. ¿Quién habiendo nacido en la Laguna —o en el municipio de Torreón para ser más preciso— no ha sido tocado por la magia del futbol? ¿Quién no ha sido partícipe del fenómeno social llamado santosmanía?

 Nacemos en éste páramo desértico con tres aspiraciones básicas: trabajar, sobrevivir y jugar —o gustar— futbol. Nuestro carácter lagunero se templa a la luz de las mismas. Nuestra franqueza, firmeza y pasión para jugar a la vida, con todos sus claroscuros; es decir, codazos, patadas a la espinilla, barridas por detrás y cabezazos, representada (como diría Jaime Muñoz) en el futbol, surge precisamente de ese surtidor de arena, sol y escasa agua.

Bebemos futbol Santista desde el día en que siendo pequeños nuestro padre, tío o abuelo nos lleva al estadio Corona. O cuando escuchamos discutir a nuestros hermanos, papás, tíos, abuelos sobre el mismo. Lo comemos cuando lo escuchamos por la radio, lo vemos por la televisión o lo leemos en los periódicos. Lo metemos a nuestras entrañas cuando lo jugamos en en las calles, en los patios o canchas de la escuela, en los llanos, en los parques o en las ciudades deportivas; y finalmente, lo soñamos cuando imaginamos ser Adomaitis, Benjamín Galindo o Miguel España; cuando quisiéramos ser jugadores del Santos; o cuando pretendemos que el Santos sea campeón nacional, una vez más.

En nuestras vidas cotidianas, el Santos es una tradición, no sólo dominical, sino de tiempo completo. Su día culmen o culminante es el domingo; el lugar de la cita, que funciona como iglesia o templo religioso, es el Estadio Corona. Ahí, cada domingo se efectúa un ritual colectivo que exije ciertas prácticas repetitivas; el portar la camiseta de los Guerreros; el pintarse el rostro o el pelo como tales; el llevar trompetas o matracas; mantas o banderolas; el salir de las porristas jóvenes y buenonas —como invento de la modernidad—; el botar de los túneles de plástico de los cuales emergerán los semidioses del balón; las fotografías de los respectivos equipos; el canto del himno nacional, y finalmente el apretón de manos e intercambio de banderines entre los capitanes de los equipos contendientes.

Cuando rueda el balón empieza el partido, e inicia la efervescencia colectiva; en las porras —que van desde el ¡duro, duro, duro!; hasta el tradicional ¡a la bio a la bao a la bim-bom-bam Santos, Santos, ra-ra-ra!—; improperios al árbitro —que van desde el ¡uuuuleeero! hasta el tradicional ¡que chinge su madre el árbitro!; luego viene la ola que inunda al desierto mismo que nos vio nacer matizada de ocasionales orgasmos colectivos cuando el Santos anota en la portería contraria.

Aqui, se incluye también el silencio pesaroso de la triste incertidumbre cuando el Santos avanza dando tumbos sin sentido. Sentir al Corona mudo, sin palabra alguna; es sentir la muerte royendo nuestras entrañas laguneras. Implica saborear los agrios cítricos de la derrota —también parte de la vida— con coraje y dolor, por no ser costumbre entre Laguneros vencedores del desierto.

Entre toda esta marejada colectiva el ocasional calcetinazo de pintura de añil; el agua de riñón o la ocasional bronca sólo son destellos festivos de un ritual celebratorio, necesario para nuestra sobrevivencia. Ahí, en el Estadio Corona, se reafirma cada domingo la pleitesía, la religiosidad, la pertenencia, la identificación con un símbolo; el Santos, que da —como experiencia vital—  sentido —entre otras cosas— a nuestra identidad como laguneros.

El Santos como fenómeno social nos cohesiona, en una tierra joven (no mayor de cien años) sin anclaje en los siglos pasados, junto (de manera sincrética y no separada como lo señala Jaime Muñoz en su libro) con otros símbolos integradores del colectivo imaginario lagunero: tales como el algodón, la leche, la mezclilla, la Soriana o el Puente de Ojuela, el Cerro de las Noas, el Torreoncito viejo, el Puente del Río Nazas, las Dunas de Bilbao; o la música Cardenche y la nieve de Lerdo, hoy presente en toda la Comarca Lagunera.

El Santos como fenómeno colectivo rompe con las fronteras territoriales impuestas por razones históricas y políticas a los estados de Coahuila y Durango; para hermanarnos con lo que nos es cotidiano y común dentro de nuestra historia y lucha por la sobrevivencia; para reafirmar así nuestra necesidad (casi primigenia) de ser primero laguneros, y luego duranguenses o coahuilenses. El punto es claro: nos sentimos laguneros más allá y dentro de las fronteras establecidas por los poderes centrales: Sea en Torreón, Gómez, Lerdo; Zacatecas, Saltillo, Durango, o en tierras alejadas que habitamos por una migración forzada, como  Texas, Wisconsin, Chicago o California.

El libro de Jaime Muñoz posee una cualidad indiscutible: está tatuado a nuestra biografía personal y colectiva; como individuos pertenecientes a una Comarca Lagunera que nos sentido y vida. Leerlo nos permitirá reflejarnos en un espejo en el cual nuestras vidas transcurren —amarradas a un sentido de finitud, pero también esperanza— siempre palpitante en el desierto. El Santos (para bien y para mal) como la vida misma, es y será nuestro compañero indiscutible de viaje por esta desolada pero siempre orgullosa región.

Saludo hoy, con beneplácito, la aparición de este libro que fortalece (en contraste con la cortedad de nuestra memoria) nuestro sentido de tradición e identidad colectiva como laguneros.

La ruta de los Guerreros. Vida, pasión y suerte del Santos Laguna, Jaime Muñoz Vargas, Colorama, Torreón, 1999, 340 pp.

 

En defensa de la reseña

Mariana Ramírez Estrada

  La obra que hoy presentamos, Tientos y mediciones. Breve paseo por la reseña bibliográfica,* constituye una puerta inmejorable para imbuirse en la reseña y comprender su sentido, la importancia de su presencia en los ámbitos académico, cultural y periodístico, pero también, por qué no decirlo, en la intimidad del lector anónimo y discreto que todos somos (o al menos, deberíamos aspirar a ser).

Precisamente el objetivo de su autor, Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Dgo., 1964), es conducirnos para tocar y dimensionar (así lo sugieren los términos “tientos” y “mediciones” que le dan título a la obra), la importancia de trascender al acto solitario y silencioso de leer un texto de cualquier tipo, para mediante la escritura, compartir con otros lo que nos suscitó: “Escribir con la sola pretensión de ceder la experiencia de unas páginas, estimular en los demás el apetito de la lectura, guiar a otros ojos hacia el hallazgo de un placer” (p. 11), palabras del autor que confirman el principio de que no hay mejor fórmula para acercar a la lectura que una entusiasta recomendación.

Tientos y mediciones cuenta con un prólogo en el que Muñoz Vargas abre con un ameno “Tranco preparatorio” en el que nos platica en confianza la “ochentera” experiencia de su encuentro con la reseña, “molde periodístico/ literario”, que desde hace casi veinte años no ha dejado de practicar, lanzando flechazos multiblancos, lo cual es un modo de vida, un verdadero oficio, pero, como el autor comenta, no es un medio que dé muchos frutos en efectivo (bueno, tampoco en cheque o en dinero “plástico”), pues “—muy de vez en cuando, tan esporádicamente que para no llorar no (abunda) sobre el tema— (se gana) algún dinero” (p. 11).

De este diálogo amistoso, con igual amenidad, el autor nos lleva a conocer qué es la reseña a partir de la visión y análisis de sus más connotados practicantes, ahí están apellidos de abolengo del periodismo y la crítica: Leñero, Marín, Campbell y Trejo Fuentes. También apuntala y adereza sus comentarios con la presencia de planteamientos de teóricos de la técnica y estilo, así como de la investigación: Miguel López Ruiz, Raúl Dorra y Carlos Sevilla. Finalmente, “En suma”, Jaime nos comparte sus conclusiones en busca de rasgos definitorios para la reseña y mostrándonos un camino a seguir, para que estemos técnicamente prevenidos si algún día resolvemos lanzarnos a la aventura reseñística.

En los apartados finales al prólogo, encontramos información relevante en cuanto al “hábitat de la reseña” y las recomendaciones a seguir por el autor de reseñas en potencia, considerando tan-to los medios que generalmente les dan cobijo a esta clase de trabajos, como el tipo de lectores que acuden a este género. Antes de su “Salida del ruedo” el autor reitera la importancia que ha cobrado comunicar la experiencia de lectura asegurando que: “En la cadena autor–editor–librero–lector debería engarzarse con fijeza el eslabón de reseñista. De hecho así ocurre ya en las ciudades con periódicos modernos; el papel del comentador de libros es tan importante que muchas veces un periódico eleva su prestigio en función de los suplementos donde se opina sobre libros” (p. 36).

      Muñoz Vargas dedica el último punto del prólogo a informar al lector que después podrá tener a su alcance modelos de reseñas de su propia autoría, las cuales ha venido publicando desde 1995 en periódicos y revistas norteños  y capitalinos; y también incluye algunas que han cruzado el Atlántico para aparecer en un medio virtual de la Complutense de Madrid. Anuncia que se trata de una miscelánea temática que entre  su surtido tiene de literatura, arte y deporte; son 30 oportunidades de acercamiento, pero también, más allá de percibir el molde utilizado, el lector puede allegarse al lector–autor analítico, sensible y capaz para transmitir su experiencia que es Jaime.

Aquí aparece el segundo gran apartado de la obra “Treinta tientos y mediciones”, que agrupa a la referida miscelánea reseñística, “cosecha” de nuestro autor, quien afortunadamente decidió incluirlas como ejemplo, ya que todas, según la clase de texto que abordan, cuentan con una calidad y atractivo evidentes, que a la vuelta del tiempo no hubieran tenido la oportunidad de llegar a posibles interesados por habitar en las páginas de publicaciones periódicas que por su misma naturaleza, están destinadas a leerse una vez (en realidad son escasos los lectores que conservan y sobre todo, releen revistas y suplementos de diarios).

Estos treinta ángulos dan muestra de la amplitud de abordajes que puede comprender la reseña, aunque hay que dejarlo en claro, esto depende del reseñista, de su “capacidad y apreciación miscelánea”, para decirlo al modo de Muñoz Vargas. En este momento, quisiera recomendarles algunos de los treinta modelos en especial, pero antes les advierto que todos me gustaron y también, me parecieron bien estructurados, vaya, atractivos; sin embargo, dadas mis preferencias e intereses me quedo con “Luis Sepúlveda y su killer sonriente”, “Pólvora y rosa: cien años de Nicolás Guillén entre nosotros”, “Borges inicial y barroco” y “La palabra perdurable de Adolfo Castañón” en cuanto al terreno literario; “El salinato al trasluz de dos moneros”, “José Agustín y sus absolutamente imprescindibles” y “Educación sentimental desde el cine mexicano” en el ámbito del arte (en esa área los agrupo); y dos más, el primero pertenece a un texto sobre política que despertó realmente mi interés: “Las máscaras del Leviatán”; el otro, animó mi curiosidad futbolística (si es que puedo afirmar que existe) por tratarse de una autobiografía del icono argentino de este deporte: “Diego desde el centro de Diego”.

      Por otra parte, también les comparto el placer que representó para mí formar parte del equipo de edición de la obra en lo referente a corrección de estilo, pues para alguien que desempeña esta labor siempre es muy grato leer textos tejidos con excelencia en forma y contenido, y además, textos limpios, la obra en lo referente a corrección de estilo, pues para alguien que desempeña esta labor siempre es muy grato leer textos tejidos con excelencia en forma y contenido, y además, textos limpios, limpísimos. Y si a lo anterior le sumamos que se trató de un trabajo realizado por y con compañeros de verdad, con amigos (el propio Jaime y Cristina Solórzano), realmente podrán estar seguros de que fue una tarea de esas que uno desearía tener a diario.

Sólo me resta reiterarles que Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña bibliográfica es una de esas obra en las que la inversión de tiempo–lectura es redituable tanto para quienes se encuentran inmersos en los ambientes académico, cultural o periodístico, así como para aquellos que leen por placer (ambos objetivos son perfectamente combinables). Espero que esto sea una manera formal de tentarlos, de persuadirlos convencidamente.

*Palabras de presentación de Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña periodística, Jaime Muñoz Vargas, UIA Torreón-Icocult, Torreón, 2004, 181 pp., 5 de octubre de 2004.

 

Tientos entre prisa y prosa

Vicente Rodríguez Aguirre

Todo libro implica dos abismos. El primero nace de la distancia que hay entre él y los lectores en  potencia. A pesar de la intensa oferta editorial que hay en México —que nunca será suficiente—, zarpar desde la página inicial de cualquier volumen es una expedición cada vez menos llamativa. Pero además hay otro precipicio, explicable para quienes hemos enfrentado la zozobra de llegar al final de un volumen entrañable: es difícil zamparse en seco la última página de un libro y descubrir, más allá del punto, un despeñadero de nostalgias que nos obliga a volver al principio. No me refiero sólo a obras literarias. Esta añoranza la sufrí por primera vez a los seis años, cuando descubrí que las tiras cómicas de Mafalda no eran infinitas: al terminar de leerlas opté por dar reversa para recomenzar de atrás hacia adelante, y veintiún años después no he podido salir del laberinto de utopías construido por Quino.

Sin embargo estos obstáculos no son definitivos: hay herramientas y fórmulas que nos permiten levitar sobre el barranco y alcanzar un atisbo del contenido de los libros. De estos artificios el que más celebro es la publicación de reseñas, porque son un sólido puente entre el libro y quienes habitamos los espacios antes de la dedicatoria o después del colofón. Una reseña no tiene desperdicio: para quien ya leyó el libro comentado resulta un diálogo que evoca horizontes conocidos, y para quien no lo ha hecho es un anzuelo tentador. La reseña en manos de maestros, es también una brújula utilísima para navegar librerías y bibliotecas. 

Afianzado ya como escritor de calidad indiscutible por entregas como el volumen de cuentos El augurio de la lumbre, el poemario Pálpito de la sierra Tarahumara o las novelas El principio del terror y Juegos de Amor y Malquerencia, Jaime Muñoz Vargas confiesa, en un nuevo título, su adicción de lector voraz e irredimible. Después de leer Tientos y mediciones. Breve paseo por la reseña bibliográfica, resulta fácil imaginarlo retozando entre párrafos y colofones, entre páginas legales y cuartas de forros, entre metáforas y guiones parentéticos.

Tientos y mediciones es un libro conformado por reseñas breves escritas por Muñoz en el período 1995-2003, publicadas en diferentes espacios del territorio nacional y aún más allá de nuestras fronteras. En los treinta trabajos que integran el volumen, el autor aborda no sólo títulos de indiscutible naturaleza literaria como novelas, cuentos, muestras de ensayo o de poesía: además digiere biografías de leyendas futbolísticas, manuales de redacción e ironías de tinta trazadas por cartonistas destacados. Si bien la columna vertebral del libro es el ejercicio de la reseña, se trata de un mosaico desenfadado, libre, en donde conviven juicios e impresiones desatados por libros de carácter diferente, no por una colección exhaustiva y especializada que orbita un solo tema.

Diestro en el manejo de la palabra, el autor mata seis pájaros de un tiro (¿o debiera decir de un tiraje?): propicia el interés de otros en la lectura, ejerce una crítica ligera y calisténica, repiensa libros ya leídos, afina sus obsesiones estilísticas, se gana algún dinero y e impulsa a los lectores a embarcarse en lo que Mario Benedetti llama el ejercicio del criterio. 

Este último objetivo, no enumerado por el escritor en el prólogo, me parece muy destacable no sólo por los treinta ejemplos que conforman el paseo, sino por la lucidez del texto preliminar que consigue acotar los difíciles territorios de la reseña. Desde un principio nos deja en claro que aquí impera la libertad, no “las condenas de los críticos cejijuntos” o el respeto absoluto de las formas. No estamos ante un llamado a la anarquía, sino ante una propuesta que avanza con cuidado para no aplastar creatividades y entusiasmos. Con argumentos contundentes, Muñoz Vargas traza un perfil de la reseña bibliográfica basado no sólo en su experiencia personal, sino en las reflexiones de escritores y periodistas como Vicente Leñero, Ignacio Trejo y Federico Campbell.

La reseña es, como aclara Jaime Muñoz en Tientos y mediciones, un espécimen periodístico bien definido y que además resulta un útil auxiliar en labores de investigación. Si bien hablamos de un producto con rasgos muy visibles, no es necesario enunciar recetas, si acaso quince lineamientos generales muy útiles que ayudarán a despegar y tomar rumbo a nuevos reseñistas. Además, consciente del riesgo de petrificar lo que es volátil, Muñoz Vargas plantea dos clasificaciones para la reseña: de acuerdo a su extensión, ésta puede ser breve (si no excede las tres cuartillas), mediana (si abarca entre tres y cinco cuartillas), o larga (si rebasa las cinco cuartillas). La segunda clasificación atiende al tema abordado en el trabajo, de forma que es posible meter a estas notículas a diferentes rediles: literarias, de cine, políticas, científicas, históricas y filosóficas.

A los jóvenes estudiantes interesados en la disección de volúmenes, Tientos y mediciones les lanza una advertencia: este tipo de textos son escritos para espacios periodísticos, por ello hablamos de territorio movedizo. Es precisamente la actualidad del tema, sumada a la agudeza de los juicios emitidos, lo que le da carácter periodístico a estos estudios.

Después del prólogo, Muñoz Vargas da paso a algunos ejemplos de su propia cosecha. Se trata, como él mismo lo aclara, de reflexiones detonadas por obras de edición reciente y por lo tanto están armadas “sobre las rodillas y siempre a vuelatecla”. Este carácter de urgencia no debe ser entendido como defecto, sino como esencia del trabajo reseñístico: determina la oportunidad de los anzuelos lanzados. A pesar de ser forjados bajo el peso del reloj, los comentarios de Muñoz Vargas resultan agradables por su prosa fluida y sus ideas contundentes. Es por ello que este trabajo rebasa los límites del mero instructivo o la referencia escolar. El estilo deslumbrante, ágil, y la precisión del bisturí que realiza las disecciones convierten a Tientos y Mediciones en un  buen punto de entrada para quienes, por placer, quieren convertirse en catadores de libros.

Por las páginas del volumen circulan fantasmas conocidos, como el rechoncho y prolífico Paco Ignacio Taibo II. De este célebre mexicano-español Muñoz aborda Arcángeles, un puñado de biografías de personajes clave para la izquierda internacional. Si a primera vista el común denominador de los doce radicales seleccionados por Taibo es la derrota, las reflexiones de Jaime Muñoz Vargas develan la verdadera columna vertebral de ese volumen: en los inconformes el fracaso sólo es aparente, pues sus figuras aún pelean desde la trinchera de la historia. Cito un fragmento de la reseña: “casi todos los que rebasan la treintena guardan en la faltriquera alguna historia con tintes arcangélicos. Yo, por ejemplo, recordé con este libro a los viejos del partido. Hombres que me llevaban treinta o cuarenta años de lucha y que, hacia finales de los ochenta, ya dibujaban en sus rostros el pliegue de la frustración. Vi fracasados de izquierda, y muchos, pero no sé por qué nunca me parecieron un mal ejemplo. Así miro hoy a los personajes desempolvados por Paco Ignacio”.

Los tientos abordan además las labores periféricas de un peruano enorme y polémico: Mario Vargas Llosa. Muñoz aclara que el título analizado no corresponde a la maestría de obras como Conversación en La Catedral, La fiesta del chivo o La guerra del fin del mundo. Se trata de El lenguaje de la pasión, un manojo nada desdeñable de artículos esbozados para el diario español El País. Coincido totalmente en que los cuarenta artículos perfilan un Vargas Llosa de cuerpo entero, de intereses múltiples y prosa única. Sin embargo el autor lagunero sabe conservar una sana distancia ante el canto de sirenas que son las plumas impecables. Por ello, se planta ante la obra del peruano y reafirma su derecho a no estar de acuerdo con algunos de sus apasionados planteamientos: (Vargas Llosa) nunca se ha calzado los guantes de la crítica sólo para exhibir un bello esgrima. Más bien, es muy conocida su educada beligerancia, su gusto por el debate, la defensa ardiente de sus viejas y sus nuevas filias, así como la detestación inclemente, a veces tupidamente encorajinada, de todo aquello que no embona en sus opiniones. Estemos de acuerdo o no con el sudamericano, es incontrovertible su presencia ubicua en occidente como atizador político y cultural, como icono del pensamiento en la cultura de nuestro tiempo”.

Es esa misma distancia, ese mismo antídoto contra los hipnóticos recursos de los maestros de la literatura mundial, lo que nos plantea ante Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza, los primeros trabajos ensayísticos del inmortal Jorge Luis Borges. Por supuesto, resulta paradójico leer que Muñoz Vargas, con su nutrida prosa, señale los riesgos de que la poesía tome por asalto a la razón, pues a la resistencia parcial que nos pide frente al magnético lenguaje de Vargas Llosa y de Borges, debemos evitar la tentación de engolosinarnos con los artificios verbales del autor de Juegos de amor y malquerencia. Párrafos como este son entonces peligrosamente atractivos: (…) Salvadas las maravillas de su combinatoria verbal, el Borges novel –¡y nunca Nobel!– tiene ya puntería de arquero medieval cuando se trata de descubrir valores artísticos en lo que examina. Si el usuario se acostumbra a esa prosa invadida de diamantes, puede paladear mejor el sentido de las afirmaciones y entonces lograr el pleno disfrute de la obra.

“Luego del primer asombro, el de leer a un Jorge Luis Borges que aún no es, a secas, Borges, el lector tiene ante sí el inventario de los asedios primigenios emprendidos por el joven.  24 ensayos breves constituyen este alboral itinerario (…) Lo mismo revisa autores que libros en específico, lo mismo desmenuza corrientes estéticas que abstracciones sociológicas. Es, como se dice, un cajón de sastre ensayístico”.

Ya entrado en el territorio de la pluma, el autor no se limita a la palabra y explora mundos vecinos: es así como llega al trazo, al mono y la historieta. Haciendo hincapié en los requerimientos de todo buen cartonista, Muñoz descubre en El Sexenio me da risa, la historieta no oficial,  las líneas ácidas con las que Rafael Barajas —El Fisgón— y Antonio Helguera lamentan el paso de Carlos Salinas de Gortari por la Presidencia de México. Resulta grato ver, años después de la publicación original de este texto, que la historia confirmó la visión de Muñoz cuando escribió: “este librito de monos es una curiosa y quizá involuntaria profecía de lo que hoy estamos viendo con lo de Chiapas, con lo de Colosio, con lo del PRI que cruje y con el presidencialismo y la paz social cuestionados como nunca antes”. 

Decíamos al principio que además del abismo de miedo y abulia que separa a cualquier libro de sus lectores en potencia, aparece otro justo después del final del volumen. Detrás del colofón, cuando muere la tarea de poetas y novelistas, de ensayistas y moneros, comienza la labor de los lectores. Reseñar una obra es promoverla, es darle vida, es favorecer el rebote de ideas. Estos Tientos y mediciones son entonces una magnífica excusa para celebrar los libros, para visitar antiguas lecturas o para zarpar en busca de nuevos puertos. Con certeza, nacerán nuevos lectores de estos textos y en un mediano plazo estaremos festejando nuevos textos de esos lectores. De este modo, en un ciclo constante, se conserva y se renueva la relación lector-libro, es decir el intercambio de ideas entre los hombres. Creo que así lo asume Jaime Muñoz Vargas en estos viajes presurosos y precisos por los mundos de la tinta, y sus lectores lo celebramos sin mediciones.

Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña periodística, Jaime Muñoz Vargas, UIA Torreón-Icocult, Torreón, 2004, 181 pp.

 

 
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