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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

Una respuesta desde la FIL
Estoy e la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En este océano de papel me bulle en la cabeza la pregunta que alguna vez le respondí a Jesús Cedillo, editor del periódico Espacio 4, de Saltillo. Él me preguntó por qué me hice escritor, y no sin pena, pues hay tantos en la FIL que uno se siente (como en el bolero) menos que nada, comparto ahora la respuesta en La Laguna.
En mi caso esa la pregunta podría ser enunciada como lamento: “Caray, ¿por qué me hice escritor?”. En el misceláneo reino de las posibilidades pude elegir cualquier otra profesión, pero escogí la literatura sin darme cuenta y ahora ya estoy hundido en ella hasta las orejas, casi como el gángster en la cosa nostra: sin poder huir a menos que prefiera la inmediata muerte.
De mocoso no soñé con ser bombero, pero sí se me atravesó por la cabezota hueca la idea de ser futbolista. Sin presunción —tengo varios amigos que darían testimonio a mi favor— puedo afirmar que no era tan deplorable mi desempeño en los campos de futbol llanero y solitario. Durante una época breve fui tal vez el mejor medio creativo de la penitenciaría donde estudié mi secundaria y además siempre me destaqué por jugar con garra y talento las cascaritas en el barrio. En una de esas picas, un chavo que alineaba en las reservas del Santos Laguna —estoy hablando de 1983 u 84— me vio jugar y me recomendó que fuera a probar suerte con las fuerzas básicas de los nacientes albiverdes. La idea me emocionó, pero de sólo imaginar a la prensa desmenuzando cada una de mis jugadas, preferí continuar en el amateurismo y en la mediocridad.
También —entre los cinco y los diez años— quise ser luchador, de preferencia con máscara y del bando de los científicos. Admiraba a Santo, pero más a Blue Demon, el famoso Manotas al que vi pelear en la Plaza de Toros Torreón allá por el 73, aproximadamente. La idea de ser luchador se diluyó cuando en el barrio unos amigos y su servidor improvisamos un ring para luchar. Me tocó encarar a un mocetón prieto y gordo, invencible el güey. El pequeño gorila me aplicó una quebradora salvaje que todavía recuerdo y que me dejó torcido del cuello una semana. Allí terminó mi ilusión de fatigar los encordados de la república.
No conocí a don Seferino, mi abuelo paterno, pero papá me dijo que había sido carpintero de los meros buenos. Gracias a esa información, en la adolescencia también anhelé abrazar el oficio de Pepe el Toro. No lo hice, pero muchos años después, en 1999, un amigo carpintero me brindó en su taller los secretos básicos del negocio y así pude construir, con torpeza inevitable, algunos muebles de mi casa. Tarde me di cuenta que había llegado con excesiva demora a la carpintería, pero no dejo de sentir orgullo de las maltrechas mesas que trabajé con estas manos.
Al final de mi preparatoria (1982) México salía del turbio sexenio lopezportillista e ingresaba al no menos accidentado de De la Madrid. La palabra crisis empezó a escucharse recio. La devaluación fue nuestro pan de cada noche y por una coincidencia yo estrené mi depresión emocional. Ya leía revistas, muchos periódicos, pero no tantos libros. Allí fue cuando comencé a balbucear algunos mecanuscritos en mi Letera Olivetti; escribí desahogos, textos de mero autoconsumo fabricados más por la tristeza que por el talento.
Entré a la carrera de comunicación por eso: porque me gustaba leer y quería aprender a escribir sin tanto gimoteo. Recuerdo que sólo se lo confesé a mi madre: “Ma, quiero ser escritor”, le dije a los 18 años. Ella me miró entre sorprendida y tierna, como siempre. Unos meses después descubrí a Saúl Rosales, mi maestro de literatura, mi primer mánager; y luego a Gilberto Prado, también amigo y joven sabio hasta la fecha. El mundo cambió y desde entonces no ha pasado día sin que quiera ser (“ahi nomás, pinchemente”, como diría el Jamaicón Villegas) escritor.
En septiembre del 84, hace casi veinte años, publiqué por primera vez un texto presuntamente literario. Ese desaguisado ocurrió en La Opinión Cultural y se lo debo todavía a la generosidad de Saúl Rosales, quien desde entonces no ha dejado de apoyarme.
Termino con una confesión vestida de amenaza: la literatura me ha dado mucho, demasiado como lector; como escritor, en cambio, casi nada. Pese a ello, y aunque quise ser luchador-futbolista-carpintero, la literatura (y el periodismo cultural, su apéndice) es lo mejor que me pudo haber ocurrido aunque a veces lo lamente. Sí, es lo mejor.
27/11/05
Nuevo menú de ensayos sobre La Laguna
En 1993 fue publicado el libro Nueva historia de Torreón, título que organizó, en el marco de la efímera pero significativa Colección Cuesta de la Fortuna, el escritor y editor Felipe Garrido. Aquel volumen arracimó varios ensayos sobre el tema propuesto claramente en su título, y no deja de ser, todavía hoy, una valiosa fuente de consulta para los especialistas y para los no tan. El mismo interés —ahondar en el pasado de Torreón y, más ampliamente, de nuestra comarca— tiene ahora la publicación de Llanura sin fin. Ensayos de historiografía lagunera, el último tomo de la Colección Centenario publicada con irregulares resultados por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón.
El miércoles 23 de noviembre fue presentado en el Museo Regional, y entre las palabras allí expuestas destacaron las del doctor Sergio Antonio Corona Páez, quien en su calidad de coordinador (hoy ex coordinador) de la Comisión de Historia orquestó el trabajo de los colaboradores y se sumó al proyecto como autor de uno de los ensayos. Recojo de su presentación las líneas generales, pues nadie mejor que él para hacer los primeros comentarios sobre la labor cristalizada en un libro de tal naturaleza:
“Llanura sin fin. Ensayos de historiografía lagunera es, como lo indica su nombre, una colección de textos —la mayor parte con previo trabajo de investigación— engarzados en una temática común: historia de la Comarca Lagunera, historia de Torreón.
Este libro no procede de otros libros; al contrario, futuros textos van a citar a éste que hoy presentamos porque se trata de una colección de artículos elaborados a partir de fuentes primarias. Hay trabajo previo de archivo, una actividad que es esencial para plantear la candidatura a ‘trabajo académico’.
Precisamente por existir un trabajo previo de archivo, este libro aporta información nueva sobre diversos aspectos de la vida comarcana, desde la era colonial hasta finales del siglo XX.
Esta simple reflexión debiera bastar para comprender la importancia de los archivos históricos como repositorios de documentos, es decir, como acervos de fuentes primarias. El archivo es el a priori de la historia académica.
La publicación de este libro corresponde a una iniciativa que presenté a mis colegas de la Comisión de Historia cuando yo fungía como Coordinador de la misma. Posteriormente presenté la iniciativa ya consensuada al Director Municipal de Cultura, don Alberto González Domene, quien la sancionó con beneplácito. El libro llegó a existir gracias al trabajo y al entusiasmo de todos los que participaron en el proyecto. Mención especial merecen la maestra Silvia Castro, coordinadora actual de la Comisión de Historia, y el profesor Roberto Martínez, secretario de la misma, por el esfuerzo adicional realizado; el ingeniero Alejandro Ahumada, por difundir la base de datos hemerográficos ‘Paper of Records’; el señor Carlos Castañón, por facilitarnos documentos de vital interés para este trabajo de investigación. Agradecemos asimismo al Consejo Editorial presidido por el señor Luis Azpe Pico por la calidad y cuidado de la edición. Llanura sin fin es una alusión a ‘Una estepa del Nazas’, el famoso poema de Manuel José Othón. El mapa de la portada fue otra aportación mía al proyecto, ya que en la actualidad tenemos pocas referencias cartográficas coloniales sobre nuestra Comarca Lagunera.
Sin duda alguna, la mejor y más veraz recomendación que pueden recibir los autores que participaron en este proyecto consiste en la calidad de su propio trabajo firmado. Cada uno de ellos avala su propio texto, y estoy seguro de que este libro habrá de recibir una gran aceptación por lo variado de los temas, por lo ameno de las narraciones y por lo interesante que resulta conocer información nueva sobre nuestro terruño cuando estamos prácticamente en los umbrales del primer centenario de la ciudad de Torreón”.
Por mi parte añado el índice del libro, ya que, estoy seguro, esto avivará la curiosidad de los lectores. “Presidios y militares laguneros en el siglo XVIII”, de Sergio Antonio Corona Páez; “Epidemias y muertes en el suroeste de Coahuila, desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XIX”, de Gildardo Contreras Palacios; “Rancho y congregación del Torreón, 1850-1893”, de Roberto Martínez García; “Kilómetro 1136”, de Alejandro Ahumada Rodríguez; “El mercado Juárez”, de Silvia Castro Zavala; “Eduardo Guerra: la polémica de su modelo historiográfico (1932-1951)”, de Carlos Castañón Cuadros y “(Muy breves) apuntes sobre la actividad literaria en Torreón, 1975-2005”, de Francisco José Amparán.
Iluminadores o no, debatibles o no, los ensayos de este libro merecen atención, más por el clima conmemorativo que ahora nos rodea.
Aprovecho para felicitar aquí a Idoia Leal Belausteguigoitia por sus dos libros recién éditos (Arte mural en La Laguna, la historia a través del color y Canal de la Perla, prodigio de ingeniería y arquitectura). Salí de la ciudad el día de su presentación, pero quiero prometerle, desde estos renglones, una opinión sobre ese notable trabajo. Felicidades, Idoia.
25/11/05
Los caminos de la muerte (secuela y restregamiento)
El lector Mariano González me mandó este indignado correo electrónico: “Un día después de que salió su escrito ‘Los caminos de la muerte’ ocurrió otra tragedia como las que usted menciona. Realmente no sé hasta dónde llegarán nuestras autoridades, pues da la impresión de que como usted dice la vida de los laguneros no les importa nada. Los funcionarios y las constructoras se sirven con la cuchara grande y no garantizan lo principal: fluidez en las vialidades y seguridad. La Laguna está creciendo como si no tuviera gobiernos. Urge hacer algo”.
La carta se refiere, por supuesto, al accidente en el que murió el estudiante de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro Édgar Jesús Terrazas Rivas, una más de las ya numerosas victimas dejadas en el asfalto por la irresponsabilidad de nuestras autoridades en el manejo de la urbanización y las vialidades.
La Opinión Milenio de ayer, gracias a las notas de Reginaldo Díaz, Juan Antonio Martínez y Eliseo Barrón, da puntual y minuciosa cuenta de lo ocurrido en el que fue uno de los días más tensos que recuerde la historia vial de la comarca lagunera. No se trata, por supuesto, de un hecho que sólo debe tener cabida en la sección de policiales, pues reafirma lo que con tanta insistencia se ha convertido en clamor social, tan sonoro o más que el levantado para exigir mejor seguridad pública: que por fin se ponga obstáculo a la desvergüenza de nuestras autoridades y a la voracidad de sus contratados, que por fin los llamados “tres niveles de gobierno” se sienten a discutir todo lo que se deba discutir, más aquello que atenta a diario contra la integridad física de los ciudadanos.
En la Ruta Norte del domingo, como lo menciona mi interlocutor vía mail, traté el tema con ingente y desconsolada acritud. No exageraba. De inmediato, un día después, pudimos comprobar que los libramientos, las salidas de la comarca lagunera son genuinos desafíos para todo ser humano que ose profanar con sus plantas o sus llantas esas rutas asesinas. De hecho, siempre he tenido la impresión de que salir de nuestras ciudades para dirigirnos a lo que en este momento es la periferia de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, representa un volado, una moneda al aire que si bien suele caer con la cara hacia la vida, también tranquilamente nos puede mostrar, en el momento más inesperado, el negro gesto de la muerte.
Así me refería a la carretera a San Pedro, pero la cita se puede aplicar a las carreteras que queramos: “Es, sin duda, un paso de la muerte, uno más entre los muchos (entre los todos) que configuran este dédalo de vialidades que, como telaraña tejida por un arácnido borracho, comunican a La Laguna, sobre todo a la que es todavía hoy su periferia, sus famosos ‘libramientos’”.
Más delante, comenté. “El DVR es apenas uno de los tramos, el más emblemático quizá, que por su diabólica factura merece una demanda a los ingenieros y a los disfuncionales funcionarios que se dieron el lujo de levantar ese mamarracho. Ya muchos especialistas han opinado con total autoridad sobre tal obra (…) y por eso no me queda duda de que es una ruta de lesa vialidad, el mejor ejemplo del menosprecio con el que tratan a la ciudadanía tanto constructores como servidores públicos que, en contubernio, no sirven para maldita sea, salvo para beneficiarse mutuamente. El DVR es un trampolín hacia la muerte, sí, pero no el único, por desgracia”.
Y con horror y dolor me sigo citando sólo para restregar lo ya dicho, hoy más evidente que el domingo 20 de noviembre: “Nunca olvidaré la imagen de un obrero atropellado en ese infierno con pavimento [me refiero aquí al libramiento de Gómez Palacio], un obrero que, como muchos otros trabajadores de volante o de manubrio, había caído víctima no tanto por la imprudencia de un conductor, sino por la bestial incordura de quienes trazaron esa lacra de carretera para tráfico veloz. Cuando la transito, por fortuna pocas veces en el año, no dejo de pensar que nuestros ilustres urbanizadores merecen varias cadenas perpetuas a cuenta de la desgracia o el gratuito estrés generados por sus obras.
¿Cuántas carreteras más de la comarca andan por las mismas o por peores? Cada lagunero conoce perfectamente las suyas, las que recorre diariamente para dirigirse al trabajo, a la escuela, al hogar. Esas vialidades no son precisamente los caminos de la vida, sino de la muerte, y ese tétrico regalo se lo debemos a constructores y a funcionarios que nunca serán castigados, como si los brazos y las piernas mutilados, como si los cráneos hechos trizas y los órganos vitales expuestos al aire no valieran ni siquiera una disculpa, mucho menos una indemnización o algo parecido”.
¿Quién pues mató el lunes al joven Édgar Jesús Terrazas Rivas?, pregunto hoy miércoles. Lo mataron la insensibilidad de muchos gobiernos y la avidez de constructores por hacer negocio rápido y fructuoso con la obra pública. Lo digo sin esperanza, pero lo digo: cuando eso termine, terminarán también, o al menos disminuirán, la zozobra y el pavor de la ciudadanía.
23/11/05
Los caminos de la muerte
Fue harto fácil encontrar título para esta entrega. Le cambié sólo una palabra al famoso tema “Los caminos de la vida”, éxito noventero de la colombiana Tropa vallenata. Con este encabezamiento quiero referirme, sin entrar en detalles técnicos que escapan a mi competencia, al torpe barroquismo característico de la obra pública relacionada con nuestras vialidades, las absurdas, feas, imprácticas y criminales vialidades construidas en la indefensa comarca lagunera, este pedazo de mundo que nos cupo en suerte y donde desgraciadamente nos vemos obligados a discurrir.
Aclaro que tengo la enorme dicha diaria de no necesitar el DVR para llegar a mi trabajo. Eso no me libera, sin embargo, de otras rutas no menos malhechas y criminales (escribo “malhechas” así, pegado, para calificar a nuestras carreteras como califica la gente a lo que se excede en materia de trochez); para derivar, pues, a mi chamba, tomo el camino del bulevar Constitución y en el indescriptible “nudo mixteco”, allí donde bajan los aviones, doblo hacia la carretera a San Pedro. Quien conozca esa ruta no me podrá regatear cierta heroicidad, la misma que ostentan todos los que, como yo, tienen por ese rumbo sus destinos laborales o domiciliarios. Es, sin duda, un paso de la muerte, uno más entre los muchos (entre los todos) que configuran este dédalo de vialidades que, como telaraña tejida por un arácnido borracho, comunican a La Laguna, sobre todo a la que es todavía hoy su periferia, sus famosos “libramientos”.
Estuve en Sonora hace unos días. Luego en San Luis Potosí. No hace mucho me di una vuelta por Chihuahua y otra a Monterrey, y no me tiembla el teclado al afirmar que sentí algo de vergüenza al recordar la peligrosidad de las horribles carreteras que dan acceso a la región del Nazas. El DVR es apenas uno de los tramos, el más emblemático quizá, que por su diabólica factura merece una demanda a los ingenieros y a los disfuncionales funcionarios que se dieron el lujo de levantar ese mamarracho. Ya muchos especialistas han opinado con total autoridad sobre tal obra (recuerdo a Francisco Valdés Perezgasga, por ejemplo) y por eso no me queda duda de que es una ruta de lesa vialidad, el mejor paradigma del menosprecio con el que tratan a la ciudadanía tanto constructores como servidores públicos que, en contubernio, no sirven para maldita sea, salvo para beneficiarse mutuamente. El DVR es un trampolín hacia la muerte, sí, pero no el único, por desgracia.
Cualquier lagunero es pues capaz, por los rumbos que transita, de enumerar los mil y un recovecos de la ciudad por los que a diario se juega la moto, la bici, el coche y/o el pellejo. Ya dije que la carretera a San Pedro es un desafío hasta para los conductores más experimentados —quien no lo crea que les pregunte a los taxistas de la región—, pero las que sobran en la estepa son vialidades del demonio. La carretera Torreón-Matamoros tiene toda la vida siendo una permanente invitación a que vistamos la piyama de madera; además de sus costados totalmente antiturísticos, la cinta asfáltica en sí es imprevisible; si vamos por un carril, doy un caso, no falta que de la nada brote un camellón en el que tranquilamente podemos estrellarnos. Lo mismo pasa con sus bordos, con sus semáforos, con sus vueltas a izquierda y a derecha. Un caos.
Otra maravilla de la improvisación es el libramiento de Gómez Palacio. Qué carretera, damas y caballeros, una vialidad para ponerle los pelos de punta al mismísimo Emerson Fitipaldi. Nunca olvidaré la imagen de un obrero atropellado en ese infierno con pavimento, un obrero que, como muchos otros trabajadores de volante o de manubrio, había caído víctima no tanto por la imprudencia de un conductor, sino por la bestial incordura de quienes trazaron esa lacra de carretera para tráfico veloz. Cuando la transito, por fortuna pocas veces en el año, no dejo de pensar que nuestros ilustres urbanizadores merecen varias cadenas perpetuas a cuenta de la desgracia o el gratuito estrés generados por sus obras.
¿Cuántas carreteras más de la comarca andan por las mismas o por peores? Cada lagunero conoce perfectamente las suyas, las que recorre diariamente para dirigirse al trabajo, a la escuela, al hogar. Esas vialidades no son precisamente los caminos de la vida, sino de la muerte, y ese tétrico regalo se lo debemos a constructores y a funcionarios que nunca serán castigados, como si los brazos y las piernas mutilados, como si los cráneos hechos trizas y los órganos vitales expuestos al aire no valieran ni siquiera una disculpa, mucho menos una indemnización o algo parecido.
Como en el León de José Alfredo, la vida en La Laguna tampoco vale nada.
20/11/05
Renuevo de fuentes primarias sobre Santiago Lavín
En el principio era la estepa, la llanura sin fin de la que escribió el poeta Othón, el amplio territorio color polvo sólo atravesado por el nutricio ímpetu del Nazas. Aquí, hace siglos, numerosas tribus nómadas hacían su vida en perfecta armonía con la naturaleza. Luego llegaron los españoles, hace poco más de cuatrocientos años, y fundaron Cuencamé, Mapimí, San Juan de Casta, Parras, Santiago del Álamo y otros asentamientos más que, como lo demuestra una investigación del doctor Corona Páez muy próxima a ver la luz editorial, dieron origen a la noción de comarca lagunera, de región caracterizada por la presencia de amplias zonas que, como vasos, almacenaban el agua del río madre en estas latitudes.
Siglos antes de la independencia de nuestro país, la comarca ya perfectamente denominada como lagunera contaba con pobladores bien dispuestos a la industriosidad y nada renuentes al trabajo. Lejos de distinguirse por la indolencia o el desapego a las labores propias de cualquier tipo de producción, los laguneros eran hombres y mujeres dados con entereza a desempeñar cualquier esfuerzo que redituara ganancia, de ahí que, tras la llegada a finales del siglo XIX y principios del XX de nuevos inmigrantes europeos, no fue difícil conseguir mano de obra comprometida y hábil, hombres de pelo en pecho y de brazo fuerte que ora en la vid, ora en el mina, ora en la algodón, ora en la ganadería o en cualquier otra actividad, crearon las condiciones necesarias para que siglos luego, durante el porfiriato, La Laguna alcanzara el rango de comarca inmensamente próspera, ejemplo de trabajo y riqueza para toda la república.
A simples rasgos, lo que determinó el boom de la economía lagunera fue la feliz conjunción entre el inquieto y comprometido trabajador con la pericia empresarial de algunos europeos que, merced a las innovaciones técnicas y mercantiles que importaron, lograron hacer verdaderos parianes en donde antes sólo se veía, re-cito el soneto de Manuel José Othón, “la llanura sin fin, seca y ardiente, donde jamás reinó la primavera”.
Uno de esos inmigrantes fue, como lo constata el libro al que convidamos esta noche, Santiago Lavín Cuadra, minuciosa biografía preparada por el profesor Roberto Martínez García. Subtitulada “Los renuevos de la vieja encina de Cantabria”, esta obra es un ejemplo del buen camino que ha planteado el modelo historiográfico de la Universidad Iberoamericana. Como Sabemos, gran parte de la producción bibliográfica del profesor Martínez García se ha dado bajo la clara sombra de la UIA, lo cual ha servido para conjugar las ricas herramientas de trabajo metodológico y editorial de esa universidad con la tenaz disponibilidad investigativa del autor. Esto que parece un simple dato aclaratorio tiene, estoy seguro, una relevancia ostensible: no se trata de minusvalorar los trabajos históricos anteriores a los que en fechas recientes han ido apareciendo en La Laguna, sino de subrayar que el nuevo hacer histórico que se está gestando en La Laguna —Carlos Castañón, Leticia González, Gildardo Contreras, el mismo Martínez García y por supuesto el doctor Corona Páez— rebasa el plano de la anécdota, de la historia/ficción, para acceder al verdadero terreno en el que debe deambular el quehacer histórico: la ciencia.
Y esto lo digo no porque reniegue de la historia con subidos ingredientes de ficción, sino porque la historia no se puede llamar tal si no acepta la necesidad de mantenerse a distancia, hasta donde esto sea posible, de la literatura. ¿Y cómo se da ese distanciamiento? La respuesta es fácil, pero la ejecución de lo que supone es sumamente difícil, dado que demanda una renuncia en el historiador acostumbrado a llenar vacíos con fabulación. Lo que debe hacer el nuevo historiador, he aquí lo fácil y lo difícil al mismo tiempo, es convertirse en devoto gambusino de fuentes primarias, como afortunadamente lo viene practicando el profesor Martínez García.
En un artículo de próxima aparición, el doctor Corona Páez remarca que la bibliografía es insustituible, ya que “Precisamente el libro es el vehículo que utilizan los científicos sociales, particularmente los historiadores, para difundir nuevos conocimientos, nuevas interpretaciones e incluso para argumentar posibilidades alternas, tanto de contenido como de método. A través de la bibliografía, la comunidad científica puede determinar el estado de la cuestión en torno a cierta problemática, pues ¿cómo saber si un tesista va a trabajar en un tema que otro ya resolvió, si no es precisamente por medio de las publicaciones? Pero ni todos los libros del mundo juntos pueden sustituir el valor de las fuentes primarias. Éstas aportan nuevos conocimientos a las humanidades, las ciencias sociales e incluso a las ciencias naturales”.
Para exhumar del olvido, pues, a la figura emblemática de Santiago Lavín, para traernos esos fragmentos de verdad dispersos en el pasado, el profesor Martínez García no sólo hurgó en libros con un conocimiento ya cuajado, sino, lo más importante, acaso lo fundamental, fue escudriñar en archivos, en fuentes primarias que no por contener información añeja dejan de arrojar hallazgos frescos. Tal es, me parece, el mayor acierto de esta biografía, género que por lo general da demasiada manga ancha a la ficción —recuérdese a Washington Irving, a Salvador de Madariaga o a Stephan Zweig, excelentes biógrafos, tan notables en la biografía como en el arte de novelar—; gracias a los documentos pesquisados por el autor de Vida y obra de Santiago Lavín, la narración de ese pasado adquiere consistencia, solidez, contexto, y en lo metodológico se acerca a la ciencia en la medida en la que se aleja del puro y legítimo y entretenido, pero poco veraz, documento literario.
El discurso de este libro es fluido y lineal. No le estorban al estilo de Martínez García engolamientos innecesarios y aseadamente edifica sus cuatro capítulos con el fin de que su lector aprehenda de un vistazo los hitos en la existencia de quien es considerado piedra fundante de Gómez Palacio. Al libro lo complementan, por su condición de volumen coeditado, sendas presentaciones firmadas por Octaviano Rendón Arce, alcalde de Gómez Palacio, y por Quintín Balderrama, sj, rector de la UIA Laguna. Contiene además un preámbulo del doctor Corona Páez.
Sobriamente aderezado con imágenes y tablas diversas, Vida y obra de Santiago Lavín es un justo homenaje a una de las más salientes personalidades laguneras y un excelente ejemplo de trabajo con fuentes primarias, las fuentes de donde emana el conocimiento histórico que poco a poco nos permitirá conocer más y mejor nuestro pasado.
*Texto leído el 17 de noviembre de 2005 en la presentación de Vida y obra de Santiago Lavín, Roberto Martínez García, UIA Laguna-Ayuntamiento de Gómez Palacio 2004-2007, Torreón, 2005, 118 pp.
17/11/05
Diplomacia de peltre
Acaso porque era de lo poco que podíamos presumir como primermundista en tiempos de priísmo salvaje, la afirmación ha sido repetida hasta el desgaste: la diplomacia mexicana, tradicionalmente dirigida por expertos que la llevaron a brillar en el extranjero y la convirtieron en una de las mejores del mundo, durante el gobierno foxista se revuelca en los pantanos de la ignominia internacional. Por supuesto que la escenita de gargajazos disparados por el rijoso Hugo Chávez y por el ingenuo Vicente Fox se hubiera evitado tranquilamente si en la secretaría de Relaciones Exteriores no hubiera actuado el canciller Luis Ernesto Derbez ni, mucho menos, el antipático Jorge Castañeda.
Muy lejos estaríamos de esta crisis con, digamos, Bernardo Sepúlveda o, incluso, con el homónimo padre del Güero Castañeda en la cabeza de la SRE. En una palabra, durante el foxato casi echamos a perder sexenios y sexenios de relaciones internacionales impecables, arrojamos al sótano de los triques una fama que costó años de respeto, de negociaciones, de tolerancia, de férreo no intervencionismo y de incontrovertible calidad humana en los representantes de nuestras legaciones, como ocurría en el caso de Genaro Estrada, Alfonso Reyes, Rodolfo Usigli, Carlos Fuentes, Octavio Paz (Nobel), Alfonso García Robles (Nobel) y muchos otros que, como embajadores o como agregados, colocaban siempre muy alto el nombre de la diplomacia mexicana en cualquier parte.
La falta de tacto de nuestro presidente, sumada a la ineptitud proverbial del canciller Derbez, no pudieron capotear el grosero aluvión de disparates proferido por el presidente Chávez, hábil como pocos en la provocación absurda. En vez de buscar una salida que contemporizara con el abrasivo militar venezolano, el canciller mexicano exigió una disculpa o una retractación pública del mandatario que es hoy emblema de populismo en América Latina. ¿Querían de veras nuestras autoridades que Chávez quitara el peleonero dedo del renglón? ¿Olvidan acaso que hace algunos meses le dijo “pendejo” a Bush y jamás reculó? ¿Cómo es posible confundir al presidente Chávez con Lady Di?
La salida al conflicto binacional no estaba pues por el lado de la solicitud de disculpas. Era necesario, diplomacia de kínder garden mediante, acordar un acercamiento de cancilleres, aunque fuera un hipócrita apretón de manos entre los ministros del exterior mexicano y venezolano, y luego, sin petición de disculpas, una declaración más o menos ambigua, útil para las dos partes, en el sentido de que pese a las diferencias evidentes respecto al tema del ALCA, los mandatarios de México y Venezuela creen que la historia común de nuestros pueblos es más importante, y que pese a todo se pueden encontrar vías de acuerdo y blablablá, la palabrería de rutina en estos casos. En vez de eso, las cartas de nuestra secretaría insistían en solicitar al grosero presidente Chávez una disculpa pública, lo cual, obvio, no se daría nunca, pues su soberbia de militar lo hace genéticamente reacio a doblar las manos.
El desencuentro entre los dos países devino entonces polarización. Ayer, el embajador de Venezuela en México fue despedido en el aeropuerto por simpatizantes que lo cubrieron con banderas de héroe. En México, unos con máscara y otros sin ella, apoyaron indeclinablemente al presidente Fox frente a los agravios del populista número uno de AL; López Obrador aprovechó la magnífica coyuntura de marcar su raya para ponerse lejos del parecido a Chávez que tanto le echan en cara; en suma, el PRI, las cámaras, los empresarios, las iglesias, todos cierran filas contra los insultos a la institución presidencial azteca.
En Venezuela, mientras, sucede lo contrario. Los periódicos de aquel país amanecieron casi todos acusando al gobierno mexicano de emprender una campaña de descrédito. El Nacional de Caracas señaló: “Un campaña contra Venezuela montada por sectores políticos y medios periodísticos mexicanos desencadenó la disputa diplomática entre los presidentes Hugo Chávez y Vicente Fox, señaló este martes el embajador de Caracas en México”.
Por su parte, El Universal, también de Caracas, resaltó las palabras del (¿ex?) embajador Villegas: “En entrevista al canal estatal Venezolana de Televisión, Villegas aseguró que se desató una campaña contra Venezuela ‘por parte de sectores políticos y de los medios de comunicación’ en México. Refirió el ejemplo de ‘una revista en la que casi se señala que yo pertenezco a la red Al Qaeda, supuestos expedientes y vínculos míos con organizaciones subversivas y toda una guerra de desinformación que se ha venido dando en México desde antes de mi llegada y que se incrementó con mi llegada’. Más adelante, “Sobre la decisión de México de revocar su acreditación y de no aceptarlo de nuevo como representante diplomático, sostuvo que se trató de una represalia por haber rechazado ofrecer disculpas como lo solicitó la Cancillería de ese país. ‘No tenemos que ofrecer disculpas, como tampoco las pedimos cuando se produjeron las declaraciones contra el presidente Chávez en Mar del Plata’, acotó.
Nada de eso hubiera ocurrido, quiero insistir, con una cancillería mexicana menos obtusa y más pragmática. Si sabían que Fox se había portado como verbal chivo en cristalería luego de la Cumbre en Mar del Plata, al menos debieron pensar que hay boquiflojos como Chávez, presidentes que no se guardan los agravios y que responden con las patas si los tratan con las patas. Lo mejor era, pues, contemporizar. Hacer eso nada le hubiera costado a nuestra actual y calamitosa diplomacia de peltre.
16/11/05
Seis años después
Madrazo será hoy, por fin oficialmente, el candidato del PRI a la presidencia de la república. Hace algunos meses todavía la idea era que llegara en las internas frente a un rival más o menos duro, alguien que sirviera de escalón legitimador, un precandidato que, como Montiel, le diera al candidato del tricolor un piso de apariencia democrática útil para autenticarlo a él, a Madrazo, como aspirante electo “con justicia partidista” y, en las federales de 2006, para poder operar el mapacheo sin despertar tantas sospechas. Hoy nada de eso será posible, Madrazo será el candidato del PRI pero a kilómetros se verá que ni ha sido electo democráticamente ni logrará tener la base de votos necesaria para decir que goza de multitudinario apoyo.
Sea lo que sea, el tabasqueño alcanzará este domingo, después de mucho bailar, su sueño, aquel sueño que no cristalizó hace seis años debido a Zedillo y su delfín, Labastida. Para aterrizar vivo a la jornada de hoy tuvieron que rodar muchas cabezas, pero al fin tendrá Madrazo el premio anhelado, la candidatura. Hasta el último momento, sin embargo, ese logro ha sido artificialmente encarecido, como si Madrazo en realidad tuviera un contendiente. Eliminado Montiel, quien se pasó de la raya al coquetear muy cerquita a la oreja de Elba Esther, no quedaba más remedio que echar mano de un patiño, y eso lo encontraron en el mirmidón Everardo Moreno. Es muy poca pieza, un verdadero bulto, como se dice en el argot boxístico, pero eso era mejor que nada, pues el PRI requería “un proceso” costara lo que costara. Pese a las vergüenzas ajenas que provoca, la prueba de que quieren llevar a sus últimos extremos esa pantomima fue el debate más pendejo que recuerden los anales de la política ficción en nuestro país, aquel en el que M&m (iniciales de, según Julio Hernández López, Madrazo & moreno, aspirante tan menor, el segundo, que ni siquiera amerita una mayúscula) se vieron las caras en no sé cuál canal de televisión, casi a solas y para mostrar, sin risas grabadas, de qué madera estaban hechos.
Ante la falta de oponente y ya de último minuto, al PRI no le queda para engrandecer la victoria de Madrazo más que el camino trillado de Elba Esther. Si bien es cierto las hordas gordillistas atacarán de nuevo sin que les pidan el favor, es absolutamente previsible que nada cosecharán en esa embestida y el atleta de Tabasco se hará de la victoria sin derramar una gota de sudor en el proceso dominical. De ahí pues que fuerzas subterráneas quieran engordar el caldo con panfletos antielbistas que dan la impresión de que la pugna sigue fuerte. No sé en otras partes del país, pero en La Laguna hacen esa finta dos volantes sueltos, sin membrete y sólo uno de ellos firmado (fantasía pura) por “Roberto Madrazo”.
El que no lleva firma acoge esta simpática invectiva:
“Maestros y maestras de la región lagunera:
Solamente los caballos, los toros y las vacas se dejan marcar a hierro y fuego por sus dueños.
Tú eres un ser humano digno de respeto y admiración.
¡No te dejes marcar por líderes corruptos que tú, más que nadie, sabes que no te representan ni te defienden cuando sufres injusticias!
Este domingo 13, los priístas acudiremos a votar.
Vota libremente. ¡No te dejes herrar! ¡Que no te den línea! ¿Tú le crees a Elba Esther?
¿Le crees a la asesina de modestos profesores rurales?
En la urna, nadie te puede ver a la hora de votar.
Vota por la mejor opción para la nación.
¡Vivan los maestros libres, honestos! ¡Vivan los dirigentes honestos del magisterio! ¡Viva México”.
El otro volante prescinde de metáforas ganaderas, está escrito en primera persona y básicamente le da voz a un supuesto “Madrazo” redactor; lo abrevio:
“¿Quién me ataca?
Un pequeño grupo de traidores al PRI comandados por Elba Esther Gordillo, que nada tienen que ver con los maestros mexicanos a quienes debo respeto, reconocimiento y lealtad.
¿Por qué me atacan?
Porque Elba Esther está amafiada con el gobierno de Fox, que está verdaderamente preocupado porque va a perder las elecciones ante el PRI, nuestro partido, el mismo que desde la llegada de Roberto Madrazo [ojo: lo firma Roberto Madrazo, pero el mismo autor no tiene empacho en mencionarse en tercera persona, como lo hace la cantante veracruzana Yuri cuando habla sobre la cantante veracruzana Yuri] ha ganado 12 gubernaturas, sumando 17 gobiernos estatales priístas en todo el país. (...)
¡Viva México! ¡Vivan los maestros! ¡Viva nuestra próxima victoria!
México así lo está pidiendo.
Con mi profunda admiración a ti, compatriota.
Atentamente
Roberto Madrazo”.
En síntesis, nada cambiará el destino del tabasqueño, pero hoy no importa saber si gana o pierde, pues todos conocemos de antemano el resultado. Ahora lo importante es que Madrazo y los madracistas vendan cara su victoria. He ahí el meollo de este día.
13/11/05
Rogelio Villarreal y su Replicante
Rogelio Villarreal nació en Torreón y su padre homónimo, amigo mío hasta su muerte, trabajó como editor en La Laguna luego de una larga radicación deefeña. Roger II, como le decimos sus cuates, ha sido editor de varias revistas, y la más reciente es Replicante, publicación cuyo doloroso lema es “Ideas para un país en ruinas”. Hace un año me invitó a formar parte de su consejo editorial y a colaborar. Es una revista un tanto posmo, insolente, ubicada a caballo entre el estilo underground y la ortodoxia. Lleva cinco números, y en el más cercano apoquiné con un texto titulado “Paredón de artistas”. Por cuestiones de espacio, mi extraño artículo no pudo incluir a siete de los veinte “artistas” ajusticiados, los que aquí cito para que no queden en el olvido. Mi intención es hacerle un poco de publicidad a Replicante y reconocer, de paso, el empeñoso trabajo del lagunero Villarreal y de Roberta Garza (directora), frecuentes colaboradores, hay que agregar, de Milenio México.
He aquí los “artistas” que no desfilaron al paredón de Replicante:
1. Ari Telch. Paludo galán de telenovelas y de obras teatrales, Telch es el mejor ejemplo del actor con los dos peores defectos de su oficio: a) no emitir un solo parlamento convincente, y b) actuar en todos sus papeles exactamente igual, siempre con la misma voz fresoide, la misma gestualidad tiesa y el mismo invariable trabajo emocional. En ciertas escenas también es un gracioso fallido.
2. Alan Tatcher. No sé a qué loco se le ocurrió darle el rol de conductor serio. Supongo que en TV Azteca no tenían a nadie cerca cuando crearon el reality de La Academia, así que Tatcher, hasta entonces animador en concursos de pastelazo y globo con agua, de repente se vio metido en un traje y en una pose solemnes, presuntamente en plan de vocero que no debe perder figura. Nunca un conductor de concursos acusó un manejo más rudimentario de la expresión oral, pues difícilmente puede construir tres oraciones seguidas sin extraviar la lógica.
3. Los Temerarios. Es un grupo musical conformado por varios elementos, pero destacan dos tipos (ignoro sus nombres) deseosos siempre de que el periodismo de espectáculos les confiera jerarquía de galanes. Uno de ellos (el que usa greña larga y barba de candado) ha tenido varias aventuras con chicas guapísimas, pero todas de muy mal gusto para escoger pareja. Lo más extraño es que estos creadores de música para camión suburbano lleven por nombre “Los Temerarios”, pues sus canciones son melifluas, exangües, flácidas como un condón colgado en el bote de la basura al estilo reloj de Dalí. Carecen pues de temeridad, aunque analizados desde otra óptica podrían parecer muy congruentes, ya que es verdaderamente osado cantar esos horribles temas. Como decía Borges: su trabajo es difícil, por la abyección que requiere.
4. Érick Rubín. Un caso patético de rockero bajo en calorías, como un Sting ayuno de facultades. Se viste, baila y canta como si fuera un macizo irreverente, pero se casó muy chulo de blanco y cumple con todas las obligaciones que le impone el establishment televiscoso. Creo que emergió de la Banda Timbiriche, lo cual es garantía absoluta de insustancialidad. Es el chico malo más inofensivo del heavy nópal.
5. Fabiruchis. Así lo llaman, no es broma, con ese nombre de perro babosote. ¿Y qué se puede decir sobre este bicho que no haya sido ya expresado fehacientemente con su catadura, su voz y su retórica? Verlo es asistir al espectáculo de la vacuidad más vacua en la historia de lo vacuo. Prácticamente es un Frankenstein elaborado por la frivolidad de los medios. En los inicios de su desechable trayectoria apeteció ser cantante. De allí pasó a la locución, al “periodismo” de espectáculos. Es muy fácil adivinar que su vida seguirá siendo una gran farsa llena de pequeños chismes y tonterías, así que burlarse de él es casi adularlo.
6. Bobby Larios. Su vida se puede dividir de esta manera: Bobby Larios a. N. y Bobby Larios d. N. El primero (antes de Niurka) era un fulano desconocido, acaso un bailarín de lupanar; el segundo (después de Niurka) es ahora más famoso que Bobby Madrazo. Ha compensado su notabilísima falta de virtudes artísticas con una notabilísima falta de escrúpulos para salir del pelagatismo. Por la plata y el “éxito” ha hecho con Niurka lo que sea: escándalos, seudorreality shows, discos, calendarios en pelotas, ridículos cambios de look, entrevistas, agresiones a reporteros, todo lo potencialmente útil para que la gente no lo pierda de vista. Tiene sin embargo un rasgo que lo redime: su cinismo parece auténtico, es un cinturita natural y desprejuiciado. En el fondo no me cae tan mal este cabrón, y el motivo puede estar en que sin un peso en los bolsillos se agenció a Niurka.
7. La Banda del Recodo. Sobre ellos no digo nada; una mínima crítica podría enfurecer al Chapo Guzmán.
(Replicante puede ser localizada en los Sanborns y en las librerías Educal; no se pierda la descripción de los otros trece “aristas” pasados por las armas).
11/11/05
Roberto contra Roberto
Finalmente, el que la tiene más difícil de los tres fugados en la carrera rumbo a Los Pinos es Roberto Madrazo Pintado. No sólo se le oponen dos que le hacen demasiada sombra, los gallones del PRD y del PAN, sino la propia horrorosa historia del PRI, las masas enardecidas del SNTE, los muchos resentidos del Tucom, ahora la fuerza zedillista encarnada en Labastida y, lo más importante, la gran basca dejada por Roberto Madrazo tras su trayectoria como político sin migaja de escrúpulos. No escribí mal: el enemigo a vencer por Roberto Madrazo es, precisamente, Roberto Madrazo.
Esto que suena a galimatías es la verdad desnuda. Si el candidato del PRI logra pasar encima de su bochornosa imagen pública, hará lo que pocos en la historia de México: ganar pese a ser considerado un irredento mentiroso para la mayoría. No es otro, exactamente, el espíritu que anima el mensaje propagandístico más exitoso de los meses recientes: “¿Tú le crees a Madrazo?; yo tampoco”. Ese breve mensaje ha corrido con inusitada fortuna en nuestro país y es una perla de la inventiva retórica, una endiablada muestra de síntesis verbal, un arponazo en la meritita cerviz de su destinatario último. Tan agudo es que desde ahora creo, a siete meses de la jornada electoral, que el tabasqueño batallará como nadie para zafarse de esa especie de epitafio que le han escrito en vida.
Un mínimo acercamiento formal a la frase de marras (esta locución adverbial, “de marras”, por horripilante nunca la uso, pero hoy el tema de esta columna lo amerita) nos permite ver que, aunque generalmente no se los colocan, los signos de interrogación entran en la primera frase, pues obviamente se trata de una pregunta: “¿Tú le crees a Madrazo?”. Lo primero que se advierte es que el uso del pronombre personal “tú” parece innecesario, puesto que está implícito en el verbo “creer” (“crees”), de suerte que la pregunta sigue siendo eficaz si omitimos el “tú”: “¿Le crees a Madrazo?”; sin embargo, el pronombre que parece innecesario funge allí como índice, como dedo que apunta hacia cada uno de nosotros, los mexicanos que andamos entre la multitud. La pregunta, así planteada, no va dirigida pues al aire, a la masa, sino que la aceptamos como directamente encaminada a alguien concreto, a un “tú”, a un “yo” que la recibe: “¿Tú, Jaime Muñoz Vargas, le crees a Madrazo?”, así la leo yo, como si el que me preguntara lo hiciera con su dedo intimidatorio orientado con firmeza hacia mi entrecejo.
Luego viene lo más bello de la frase, la respuesta elipsada, su silencio. Esa respuesta no se ve, pero es elocuentísima gracias al remate. Por el cierre de la pinza, se supone que el interlocutor de quien pregunta (o sea el “yo” que lee, mencionado poco antes) respondió con un categórico “no”, un “no” que además va acompañado por una terminante negación con la cabeza. Los que saben de estas vainas afirman que la maestría de Rulfo consistió en saber administrar el silencio, lo no dicho, lo callado, ya que a veces un silencio vale más que 999 palabras. Es como cuando no recibimos respuesta a una carta: el silencio se convierte allí en un grito, en un mensaje tan contundente, o más, que cualquier ciceroniano alegato en nuestra contra.
El latigazo contra el tabasqueño que busca la presidencia por el PRI concluye con un “yo tampoco” iluminador. No sólo porque ese “tampoco” presupone un “no” del interlocutor, como lo vimos un párrafo atrás, sino por la seguridad que irradia. Ese “tampoco” salta a la vista con absoluta confianza, seguro de que el lector contestó “no”, así que no hay de otra más que cerrar con un “yo tampoco” brutal y convencido. De hecho, da la impresión de que si alguien dice “sí” (“sí creo en Madrazo”), el “yo tampoco” hará quedar a ese “sí” como una necedad, como un insulto a la razón y a la ética. Es como el “todavía” de “El dinosaurio” de Monterroso. En ese adverbio está la clave del microrrelato más famoso de las letras hispanoamericanas (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”). Sin ese “todavía” el cuento pierde su valor fantástico y se desmorona, así como sin el “tampoco” la frase que he recorrido no sería la misma y se convertiría, sin remedio, en un puñado de palabras ordinarias.
Madrazo tendrá que luchar contra demasiados enemigos, contra todos los pronósticos, contra una frase que condensa como joya de la propaganda el cerrado escepticismo que suscita su persona y, sobre todo, Madrazo tendrá que verse las caras, si desea ganar a la buena, contra el principal causante de su muy posible debacle: él mismo.
9/11/05
La UNAM es la UNAM
A mediados de octubre fui generosamente invitado a publicar una columna en Entretodos, periódico universitario lagunero. La acepté, y mi colaboración aparecerá cada mes, desde este noviembre, con un encabezado cuyo nombre homenajea otra ruta de transporte urbano, ésta de Gómez Palacio: “Circunvalación”. “Publicaciones y universidad” fue el título de la primera entrega, y en ella deambulo sobre uno de los rasgos que, creo, deben gravitar, al menos para mí, cuando ponderamos la calidad de una escuela de estudios superiores. Escribí con total seguridad:
“No son pocas las ocasiones en las que he recibido a bocajarro esta pregunta: ¿cuál es la mejor universidad de La Laguna? Aunque tengo la respuesta, no la voy a externar ahora porque fácilmente puedo ser tachado como abusivo de la subjetividad. Más bien, quiero reflexionar sobre un parámetro que, para mí, es muy importante cuando valoramos la jerarquía de una institución cuyo objetivo es formar profesionales: sus publicaciones.
No es, obvio, la única vara que sirve para medir la importancia de una universidad, pero pienso que es una de las más relevantes. Así como muchos aquilatan y sobrevaloran el tamaño y la belleza de los edificios, la diversidad de las carreras impartidas, el éxito de sus equipos deportivos o el rigor de su trabajo docente, otros —me cuento entre ellos— formamos nuestra principal opinión sobre el peso de una universidad a propósito de los papeles que edita y lanza al mundo en busca de lectores.
Bajo este criterio, no albergaría la menor duda si la pregunta que cité al principio me la hubieran planteado sobre el contexto nacional: la UNAM es un monstruo productor de libros, periódicos y revistas de primerísima calidad y eso la convierte, pese a todos sus problemas y como debe de ser dada su condición de máxima casa de estudios nacional, en el más acabado foco difusor de pensamiento crítico en nuestro país. Tienen sus publicaciones, es cierto, un grave problema de distribución, pues en provincia nunca han circulado las revistas y los libros unamitas con la agilidad y la presencia ideales, y lo esperable es que algún día podamos encontrar en todo México tales obras. Eso, sin embargo, es un asunto burocrático, de mercado, y poco o nada tiene que ver con la producción y la materialización escrita de todo el trabajo intelectual realizado en las entrañas de la UNAM.
En contraste, por más que una universidad pregone avances y campanazos, sin producción de impresos informativos, divulgativos y académicos tal institución queda a deber, pues el camino de las ideas no lo transita mejor transporte que la palabra impresa. Planteado entonces tal parámetro, no se puede responder a la pregunta sin considerar, entre todos los demás elementos, el papel del papel impreso (o de la palabra virtual que hoy también gozamos gracias al internet) en cualquier proyecto bien nacido de universidad”.
Salieron esas afirmaciones en Entretodos y el jueves 3 de noviembre leí en La Opinión Milenio, p. 35, una nota cuya cabeza entona maravillosamente con el espíritu de mi colaboración al periódico universitario: “La UNAM está entre las mejores 100 universidades del planeta”. No sentí la alegría del adivino que le atina a un pronóstico, sino el placer de comprobar que, no obstante la corriente de opinión adversa, contra los mezquinos anuncios en los que muchos contratadores advierten que “egresados de la UNAM, abstenerse de presentar solicitud”, la UNAM es la UNAM, y si en México no la respetan los empresarios de pacotilla que tenemos, en el mundo es, para los especialistas, una de las escuelas mejor calificadas. ¿Y por qué ocurre eso? Porque para evaluar a una universidad no sólo debemos guiarnos por su capacidad para producir robots con apariencia humana, cuadros con visión unidimensional, sujetos sólo útiles para fungir como engranes en algún lugar del proceso productivo. No.
Una universidad lo es en la medida en la que prepara técnicamente a sus estudiantes, cierto, pero que al mismo tiempo los dota de herramientas que le sirvan al egresado para darle sentido humano a su conocimiento, herramientas éticas, científicas, sociales. De seguro hay muchas excepciones, como en todo, pero en la UNAM, se supone, y eso da gusto, los estudiantes adquieren una visión multidimensional y son críticos, siempre críticos, ante todo críticos.
Por eso, la clasificación de The Times, rotativo inglés que cada año publica una especie de ranking universitario mundial, ubica a la UNAM en el lugar 95 general y en el lugar 20 entre las más destacadas en artes y humanidades. Con menor presupuesto que muchas otras del orbe, la UNAM es para los expertos del The Times Higher Education Supplement una institución que está por encima de monstruos académicos como las universidades de Bologna, Georgetown, Paris 1 Panthéon Sorbonne, Roma, Notre Dame y Tel Aviv, y en artes y humanidades está cerca de gigantes como Harvard, Oxford, Cambridge, Berkeley y Yale. En ciencia está en el lugar 93, mejor que universidades como la de Washington, Estatal de Pennsylvania, Hamburgo y Nagoya.
En fin, la UNAM es la UNAM, pese a lo que digan las empresas y pese a las malas rachas de los Pumas en futbol, con o sin Hugo Sánchez.
6/11/05
Cortos de Santoyo
Leí el siguiente comentario el 20 de septiembre de 2005 en el Teatro Nazas, unos minutos antes de la premier de Otro día más, cortometraje de Fernando Santoyo:
Hace poco más de dos semestres un joven alumno de comunicación me pidió un favor que más bien era el ofrecimiento de un regalo: quería convertir en guión, para después llevarlo al formato de video, mi cuento “Los muertos no ríen” escrito hacia 1992 y publicado en el volumen colectivo Cuentos de La Laguna. Por supuesto que accedí, pues me agradó la posibilidad del experimento y apetecí ver de nuevo una de mis narraciones en acción “viva”, discurriendo en la pantalla luminosa como había pasado con “El desquite”, relato que también fue adaptado como corto, hace varios años, por un grupo de alumnos de la Ibero. El resultado de aquella empresa estudiantil fue sumamente grato para mí, y se lo comenté a su director cuando recién concluyó aquel cortometraje titulado, con flamante nombre, Rigor mortis. Fuera de algunos detalles técnicos y de algún pliegue de la narración que no terminó por convencerme, el trabajo era bastante destacado, tanto que, ahora estoy seguro, fue el mejor corto producido en muchos meses en el ámbito de las escuelas de comunicación laguneras.
Aquel joven director, Fernando Santoyo Tello, estudiante de comunicación en la UIA Laguna y reseñista fílmico, es el mismo que arremete nuevamente y esta noche nos ofrecerá una segunda pieza de su trabajo como hacedor de historias audiovisuales. Escrito y dirigido por Santoyo, el cortometraje Otro día más es una prueba notable —una bienvenida prueba, debo recalcar— de que todo empeño artístico puede arraigar en La Laguna si detrás hay un esfuerzo indeclinable y una buena cuota de talento, más en el caso de artes tan demandantes como el cine, quehacer que exige, quién lo ignora, el concurso de muchas manos y por lo regular de altos financiamientos.
Fernando Santoyo lo ha logrado por segunda vez, y quiero asegurar que esa batuta es inusual en jóvenes de su edad. No sólo fue capaz de reunir intereses amateurs y profesionales, sino que consiguió un patrocinio nada común en la región, lo cual le ayudó a trabajar con recursos más cercanos a la realidad de la onerosa producción cinematográfica. Si otras artes, como la literatura, se pueden ejercer con pocos pesos en el bolsillo, el cine y su congénere, el video, requieren de montos a veces verdaderamente elevados para que los proyectos lleguen a su término.
La obra de Santoyo se suma, y esto hay que puntualizarlo con el fin de reconocer un trabajo conjunto que va más allá del corto exhibido esta noche, a un extraño y saludable, aunque todavía incipiente, boom del trabajo cinematográfico en La Laguna. Como sabemos, además de las clases de cine y video impartidas en las escuelas de comunicación regionales, en el Icocult han sido puestos en circulación muy atractivos cursos de guionismo, en la Escuela de Escritores de La Laguna ocurre otro tanto y han surgido productoras independientes que poco a poco hacen evidente, y posible, el nacimiento de alguna producción fílmica local.
¿Que los productos no tienen todavía una calidad de primer mundo? Esa no es, me parece, una objeción que valga, puesto que, si somos francos, ningún resultado artístico lagunero ha alcanzado hoy la plena madurez, y el cine, por su todavía larvaria condición de arte apenas inaugurado entre nosotros, no es la excepción. De lo que se trata es, precisamente, de colocar cimientos, de comenzar con la talacha que posibilite el surgimiento de hombres y mujeres que en la dirección, el guionismo, la musicalización, la iluminación, la edición, la fotografía, la actuación y las finanzas ayuden a hacer del cine un terreno propicio para el trabajo artístico en la comarca.
Los primeros y todavía difíciles pasos se están dando. Hoy lo más fácil resulta, por ello, matar al recién nacido, negarle toda posibilidad de vida. Lo complicado es, como lo demuestra Otro día más de Fernando Santoyo Tello, alimentar el deseo de hacer, complicarse la vida en búsqueda de caminos todavía inexplorados por el arte local. Eso es, insisto, lo que el director de Otro día más y su equipo han hecho: meter tiempo, dinero y dolores de parto creativo en la confección de una obra que desea comunicar emociones, que no se achicó ante las dificultades y que con todos los pronósticos en contra aquí está, lista para recibir el favor, casi el homenaje, de la mirada colectiva.
No quiero prejuiciar en lo absoluto a los espectadores. Vi el corto hace un par de semanas, e ignoro la reacción que pueda suscitar en el público durante esta premier. Pero enfatizo que, como decía Lezama Lima, lo fundamental del arte no está en el encuentro, sino en la aventura inherente a toda expedición.
Sea cual sea pues la reacción del “respetable” —como la crónica deportiva llama al público—, el reconocimiento tiene que extenderse no sólo a Santoyo, sino a todos los que colaboraron con él en este emprendimiento. Que más directores, que más gente de cine decida continuar con el casi fantástico deseo de hacer cortos y largometrajes en La Laguna.
Hasta aquí, las palabras que leí el día de la premier en el Teatro Nazas. Añado ahora sí una opinión que en aquel momento (porque “No quiero prejuiciar en lo absoluto a los espectadores”) me guardé para mejor momento, éste. Creo que Santoyo ha maniobrado con lumbre al plantear un guión que prescinde casi en absoluto de apoyaturas verbales. Su propósito ha sido construir una historia que se explique sola, con la pura y estilizada secuencia de imágenes. Una obra con esas características, se lo dije desde el primer momento, corre el albur de quedarse a medio camino, de comunicar poco. Pese al lugar común que reza “una imagen vale más que mil palabras”, en cine no ha dejado ni dejará de ser útil el discurso, tanto como la imagen y la música, de ahí que eliminarlo hace recaer todo el peso de la historia en los mudos cuadros y en el efecto de la musicalización, como en ciertos videoclips. El resultado, entonces, mueve a debate, divide fácilmente las opiniones, aunque es innegable que el esfuerzo de estos jóvenes, principalmente el de Santoyo, merece un amplio reconocimiento, el aplauso más sincero a su apetito de crear.
4/11/05
Calaveras sin pelos en la lengua
Es 2 de noviembre, día inmejorable para disparar una ráfaga de calaveras. Hace mucho que no las practico; a ver si salen.
SOBERANO mexiquense
Montiel sufrió un catorrazo
nos prodigó un show circense
cuando lo empinó Madrazo.
La parca con risa ojete
lo enterró sin reparar
y al rato le dijo “vete”
pues huesos lo vio robar.
MADRAZO pelea con todo
es puerco que zurra y huye
mancha sus patas de lodo
y de nadie se escabulle.
Murió este 2 y difunto
ya amenazó a la calaca:
“Si me entierras no pregunto,
el panteón mancho de caca”.
CALDERÓN es candidato
del PAN (no del Ku Klux Klan)
le ganó a un méndigo bato
del que Fox era buen fan.
Hoy Felipe el fanfarrón
se estrelló con la huesuda
ya descansa en el panteón
por nazi, nadie lo duda.
DE CHAMBA en chamba Vicente
no para de trabajar
lástima que diligente
no la deje de cagar.
Lo mataron turbias olas
del desafuero y su mierda
no pudo con Coca Colas
aniquilar a la izquierda.
Ya se va, no lo sentimos
el moribundo de Fox
en inglés lo despedimos
ya que “buey” se pronuncia “ox”.
ANDRÉS Manuel sigue en pie
es enemigo a vencer
no hay perro que no lo mie
no lo quieren ver crecer.
Agandalló al perredismo
le madrugó al ingeniero
usó trucos del priísimo
aunque suene algo culero.
Por eso en la eterna vida
vivirá el Pejelagarto
con la piel bien escocida
sufriendo males de parto.
ES BERNARDO el candidato
del Verde (partido transa)
no dudo que será gato
lo digo sin esperanza.
Todos sabemos que así
se las gasta el Niño Verde
pues siempre se pega al PRI
“el que no se alía no muerde”.
La muerte lo ha fulminado
Bernardo llega al infierno
otro más que es chamaqueado
y gana dinero eterno.
2/11/05
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