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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

Tres entierros
Mañana los periódicos amanecerán con una noticia ya no muy noticiosa a estas alturas: Felipe Calderón es el candidato del PAN a la presidencia de la república. El proceso de hoy, por tanto, será la esperada puntilla, el coscorrón que definitivamente echará por tierra la ilusión foxista que impulsó desde hace cinco años, supuestamente hacia la cumbre, a Santiago Creel, el político más soso que recuerde la historia del tapadismo mexicano. Más que un triunfo de Calderón, se tratará pues de una derrota del foxato, una derrota comparada, digámoslo metafóricamente, a la sufrida por la Armada Invencible o por Brasil contra Uruguay en el Maracaná. Fox, Creel, daban por hecho que la candidatura estaba en la bolsa, jugaron con esa posibilidad como si se tratara de una seguridad, y en unos pocos días la certeza se les esfumó como gotita de agua en tierra árida y voraz.
Son tiempos de cambios y vuelcos imprevisibles, tiempos de agitación que no permiten el uso a modo de la lógica. Ni Maquiavelo, quien algo sabía de esto, podría jugar en México al póker político sin el riesgo de calcular mal. Ya nada o muy poco es absolutamente seguro, o lo único seguro es que todo es inseguro y nebuloso. El clima de ebullición al que nos llevó el actual régimen, atropellado como nunca por una oposición que impidió cualquier asomo de pacto nacional, arroja como consecuencia un ocaso de sexenio que jamás había vivido el México posrevolucionario. A diferencia de los escenarios más o menos previsibles que anunciaban los cierres de sexenio priístas*, ahora no hay quiniela segura para nada. Si el presidencialismo —diseccionado magistralmente a principios de los setenta por don Daniel Cosío Villegas**— garantizaba traspasos de estafeta que más bien eran representaciones teatrales y faraónicas, hoy la política mexicana es una ruleta sin imán o un cubilete con los dados sin carga, un volado. Pese a ello, los escenarios pueden irse vislumbrando —la etimología de esta palabra es vix, dificultad, y luminare, iluminar, o sea, “ver confusamente”—, intuyendo, tanteando a partir de los indicios emergentes. Esta semana fue particularmente rica en insinuaciones, y concluirá con el entierro de Creel a manos del calderonismo redivido, milagrosamente rehecho cual momia de Guanajuato que ya muerta vuelve a cobrar vida y hasta llega a producir miedo.
Fue el de Creel, entonces, el tercer entierro de la semana; el primero ocurrió el miércoles, y lo padeció el carilargo y cariduro Arturo Montiel. Su verdugo no fue, obvio, el CEN del PRI, sino el político más inteligente —y marrullero y peligroso y cruel— del país, Roberto Madrazo. Como se sabe, la llamada que el miércoles a la noche hizo Montiel a López Dóriga, telefonazo en el que el zar del dispendio mexiquense acusó de “gandalla” a Madrazo, no sirvió el jueves para favorecerlo. Más bien, el exabrupto cerró más las filas de la cargada madracista y con eso quedó, ahora sí, parece que definitivamente, liquidada cualquier aspiración tucómica ante el poder apabullante del ingeniero electoral tabasqueño, quien quince días antes ya había fumigado a una contrincante magisterial de peso completo.
El segundo entierro de la semana que hoy termina fue quizá el más desgarrador. Se dio el jueves, y mereció algo así como un paseo en andas del féretro foxista por todo el territorio de la república. Legitimados por intelectuales, académicos, artistas y gente de la farándula (¡Emmanuel y Chabelo!), los dueños del país, los Slims, los Zambranos, los Azcárragas, los Salinas Pliegos, los Servitjes y compañía, firmaron el Acuerdo para la etcétera etcétera etcétera. Conciente de que el control de la economía nacional ya se le fue de las manos al presidente Fox, el capital tras el trono entró al quite y con amarres de último minuto trata de evitar que la realidad se descomponga hasta derivar en convulsiones lopezportillistas. Muerto Fox, viva el capital, actor sustituto que desea asumir, ya no veladamente y ante los focos rojos del desastre, las riendas del estado.
Fueron tres entierros, y eso que los guerreros apenas velan armas.
NOTAS
*Tengo desde hace mucho la tentación de comentar el uso de la tilde en la rarísima palabra “priísta”. Es una minucia, pero veo que casi todos los periódicos la escriben sin tilde, como si la pronunciáramos con dos golpes de voz, con dos sílabas: “pris-ta”. Obviamente, nadie pronuncia “pris-ta”, sino “pri-is-ta”, con tres sílabas. Ese hecho —separar en la pronunciación las dos vocales intermedias— tiene que ser marcado en la escritura, y eso lo debemos de hacer por medio de una tilde en la segunda vocal intermedia. Se trata entonces de una palabra grave acentuada ortográficamente aunque termine en vocal, ya que sus vocales intermedias, ambas débiles (ii), forman en la pronunciación un hiato —separación de vocales— y eso se debe marcar en la escritura, inevitablemente, con una tilde. La regla de los diptongos y los hiatos se atiene a la pronunciación: no decimos “raiz”, sino “ra-íz”, como la pronunciamos; no decimos “baul”, sino “baúl”. Así, no decimos “pris-ta”, sino “pri-is-ta”. Un caso hipotético y sin connotaciones políticas: decimos “buitre” y todos advertimos que se trata de dos vocales débiles (ui) que se pronuncian unidas, como diptongo: bui-tre. ¿Qué pasaría si esa palabra en realidad la pronunciáramos bu-i-tre? Creo que necesitaríamos una tilde, aunque sabemos que la Academia permitió que “ui” pronunciado con hiato (“in-clu-i-do”) se escribe como diptongo (“in-clui-do”), sin tilde. “Priísta” es, en suma, una palabra rara. Yo prefiero escribirla con tilde, para marcar con algún signo la pronunciación que le hacemos: “pri-ís-ta”.
**A propósito de autores, la Feria del Libro continúa hoy en el Club de Leones de Torreón. Todos los pabellones ofrecen material de gran interés. Recomiendo ampliamente, cómo no, el del Sistema UIA-ITESO, el del FCE y mi favorito, el de Pentagrama, productora de música alternativa muy interesante, sitio que ofrece discos inhallables en La Laguna. Hoy a las 12 am se presenta el libro Acequias de pensamiento (estupendo trabajo antológico de Cristy Solórzano y Mariana Ramírez). Hablarán Javier Prado y Édgar Salinas. Mañana a las 7:30 pm Enrique Serna comentará su novela Ángeles del abismo. Allá nos vemos.
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Actualidad de Vicente Rodríguez
Así, de botepronto, como venía la cosa, agarró sus chivas y se fue al Distrito Federal. Dejó su chamba de periodista en Torreón —fue durante varios años editor en El Siglo— y con sus ahorritos decidió invertir todo su tiempo a la aventura literaria comenzada aquí, en La Laguna, precisamente en el taller de Saúl Rosales Carrillo que todavía sesiona en el TIM. Ya en la capital, Vicente Rodríguez Aguirre (Torreón, 1977) comenzó a tomar cursos, a convivir con gente literaria de renombre, a leer como Robinson en el depa que comparte con su hermano Toño, también excelente escritor. Dedicó pues su primer año de radicación chilanga a leer y a escribir, se encerró y pudo al fin ver terminada su primera novela, obra que todavía no tiene título y que aún se encuentra en la mesa de acabados.
Hijo del abogado Jesús Rodríguez Galindo, candidato a la presidencia municipal del PRD en las elecciones del 25 de septiembre, Vicente es un catálogo de talentos. Músico y periodista con sobradas facultades, decidió ser a los 26 de su edad, casi exclusivamente, escritor, y estoy seguro que pronto verá cuajado ese alto propósito. Los cuentos que poco a poco publicó en Estepa del Nazas, y luego la ordenación del volumen Naufragio en tierra firme (Icocult, 2003) me anticiparon que una inmersión en la selva del DF catalizará su desarrollo y muy pronto le dará a La Laguna otro creador maduro y muy productivo.
En su momento escribí que Vicente, en Naufragio…, “sabe aprovechar su experiencia de viajero para darle un tenue, nunca grandilocuente, empaque cosmopolita a muchas de sus tramas. Dotado de un olfato fino para contar (…) entiende que de nada sirven las buenas anécdotas o la información acumulada si no se vacían con una prosa espesa en todos sus renglones de un estilo cuya potencia literaria sea irregateable. He allí, quizá, la mayor de las virtudes que exhibe en cada una de sus páginas Naufragio en tierra firme. El estilo ha sido trabado con adulta maestría, su equilibrio entre la dosis de poesía, el jugueteo verbal y la eficacia del mensaje resultan paradigma de lo que podemos definir como polisemia. En efecto, no hay literatura sin esa vuelta de tuerca, sin esa torcedura extra que deben tener, en contraste con el texto denotativo, las palabras en el discurso literario. Eso suele ser intuido por el escritor de buena madera, pero cuando llega a ser consciente —como parece ocurrir en el caso de Rodríguez Aguirre— la prosa alcanza niveles de malicia metafórica que aplacan el apetito de cualquier severo consumidor de renglones. Donde el lector hunda su mirada puede encontrar tropos que a borbotones redimensionan el sentido habitual de las palabras y, además, para no incurrir en la huera prosa poetizante, le añaden macizura a la estructura general de cada relato”.
Recién, el martes 27, lo entrevisté en una de sus visitas a La Laguna. Elimino ahora mis preguntas; dejo sola, textual, la brillante descripción de su trabajo, descripción donde él mismo demuestra que a los 28 ya es un tigre al que no le faltan rayas (habla sobre su primera novela y sobre la beca que acaba de obtener):
“La novela cuenta una historia que se desarrolla por dos líneas distintas. Una que narra hechos ocurridos hace diez años en Monterrey, otra que sucede en la Ciudad de México a fines de 2004. Los capítulos ubicados en 1995 son habitados por personajes basados en gente con la que conviví mucho en ese tiempo: una joven violinista que intenta ingresar en la orquesta universitaria, un agente del Ministerio Público, un pasante de abogado que sueña con estudiar artes plásticas, una anciana enfermera que es despedida del IMSS.
Esa parte de la novela refleja las consecuencias de la devaluación, retrata los estragos del ‘error de diciembre’ en un nivel doméstico. Digo ‘refleja’ porque nadie va a leer allí un mundo ajeno; todos conocimos y vivimos las desgracias individuales y familiares que desató la crisis de esa época. La novela explora las diferentes estrategias que cocinamos los mexicanos e incluso los norteños para manejar la incertidumbre. Y la incertidumbre no tiene por qué ser siempre negativa, porque la duda empuja a la acción.
La otra línea se dispara casi diez años después, cuando un reparador de instrumentos de cuerda (léase ‘laudero’) encuentra un instrumento valiosísimo entre los vejestorios que debe componer ¿Cómo llegó allí? Nadie lo sabe, así que él se propone averiguarlo. Otra vez la incertidumbre es el motor de las acciones.
No sé si pudiera clasificar mi narrativa dentro de un género específico. Como cada historia es distinta me di cuenta, en el terreno de los hechos, de que no hay recetas para escribir novelas. A eso cada quien le entra como puede, por eso trato de tomar elementos de muchas fuentes distintas: salgo a la calle con libreta en mano (a veces hasta con grabadora) escucho a las personas, abro los ojos, leo los periódicos.
En cuanto a lecturas, tomé algunos elementos del policíaco, que es un género que nunca me había llamado la atención, pero aún así no creo que el resultado deba tomarse como una novela policíaca porque en sentido estricto no lo es. En los últimos meses estuve leyendo desde los teóricos, como Thomas Narcejac o Patricia Highsmith (que se orienta más al suspense), hasta los exponentes que están contribuyendo mucho a este tipo de novela en Europa, como Henning Mankell. Estuve, por supuesto, releyendo a Poe, a quien leía desde niño aunque hubiera cosas que no entendía. Cada vez que vuelvo a sus trabajos me doy cuenta de que hay allí muchísimo por aprender. Lo mismo me sucede con Faulkner. Estudié, y lo sigo haciendo, a los argentinos Walsh, Piglia, Saer. Además he procurado otras lecturas: a los formalistas rusos, los exponentes del estructuralismo checo, incluso análisis de las novelas del ‘noveau roman’. Pero detrás de todo eso la intención ha sido reforzar mi capacidad para sembrar dudas, para plantear enigmas, para lanzarle anzuelos al lector. Es decir, para encontrar la forma más efectiva de contar una historia.
Mientras escribía esta novela recibí una beca de la Fundación para las Letras Mexicanas (f,l,m) por un proyecto de narrativa que estoy desarrollando, concretamente otra novela. Además, estoy aprovechando para terminar un libro de cuentos. La beca dura un año y además de un estímulo económico la Fundación me facilita las condiciones para escribir: desde un sitio tranquilo y muy bien equipado (que en la Ciudad de México es difícil de conseguir) hasta cursos, talleres y asesorías con maestros de primerísimo nivel como Orlando Ortiz, por ejemplo. También es importante la convivencia con escritores de otras regiones del país, y creo que el programa de la f,l,m favorece mucho ese intercambio.
La Fundación trabaja además con proyectos de poesía, ensayo y teatro, así que es una oportunidad para que los participantes fortalezcan ésas áreas del trabajo literario independientemente del área en la que hayan sido seleccionados. De entre casi mil proyectos que participan cada año se escogen entre dieciséis y veinte, es decir, alrededor del dos por ciento, así que estoy muy contento de recibir esta oportunidad por parte de la Fundación para las Letras Mexicanas.
Creo que en La Laguna se está haciendo literatura de excelente nivel. Los trabajos de autores como Saúl Rosales y Pablo Arredondo son ya conocidos, y el prestigio de la tinta de La Laguna va en aumento. Celebro que ellos quieran compartir sus experiencias con las generaciones más jóvenes, quienes estamos intentando plantear lo nuestro con voz propia. Aquí en la Comarca —como en el resto del país— son pieza clave las revistas, los suplementos culturales, los talleres literarios, los programas editoriales. Pareciera que han surgido de manera espontánea, pero la verdad es que hay mucho esfuerzo detrás de cada una de estas trincheras. Mantener esos espacios es imprescindible, por eso lamento que a veces haya quienes deciden sobre ellos con criterio ‘maquilador’: bienvenidos si son negocio, si no, adiós. Las revistas, los suplementos culturales y los talleres literarios son algunas de las mejores inversiones que una sociedad puede hacer, en eso no hay duda”.
30/9/05
Proceso sucio, domingo sin sobresaltos
Finalmente, con leer los periódicos de la semana pasada uno estaría informado el lunes sobre los resultados de la jornada electoral. Buenas o malas, las numerosas encuestas daban ventaja, no en Torreón, sí en el resto de Coahuila, al profesor Moreira sobre la poderosa candidatura de Jorge Zermeño. Desde las seis de la tarde del 25, cuando Televisa hizo un corte informativo luego citado a las 6:14 por la web de El Universal, Consulta Mitofsky dio a conocer los resultados que ya no tuvieron variación, y que ratificaron los porcentajes previstos y anularon cualquier conato de sorpresa. No hubo vuelcos, pues, y el periodismo no pudo espectacularizar su información con notas de tronido. Al contrario, el proceso discurrió en casi completa tranquilidad y arrojó cifras largamente anunciadas.
Lo mismo que pasó en las elecciones para gobernador, la previsibilidad, se dio en la contienda por nuestra alcaldía. Aquí se esperaba una especie de carrera parejera y los pronósticos se cumplieron cabalmente: quien se agenciara el triunfo lo iba a hacer con un final de fotografía, por una nariz o, como dice el tango, “Por una cabeza”, y tal ocurrió. Lo que se ignoraba era el nombre de ese milimétrico vencedor. A las once de la noche del domingo, José Ángel Pérez daba por hecho que había ganado. A la media noche, Eduardo Olmos confirmaba a los medios que, en efecto, los números no lo favorecían, aunque deseaba esperar las cifras definitivas. El lunes la suerte estaba echada: ganó Pérez Hernández.
Los primeros análisis apuntaban a explicar este par de triunfos y derrotas de la siguiente manera: el profesor Humberto Moreira retuvo para el PRI la gubernatura porque adelantó más de un año su campaña y porque prácticamente las arcas —las de la alcaldía saltillense y las del gobierno del estado, ambas todavía no fiscalizadas— no tuvieron fondo para él. Además, contó con la muy bien lubricada y archimañosa estructura del priísmo estatal y con el magisterio coahuilense a su merced (Coahuila amaneció el lunes, por cierto, como la más priísta de las entidades mexicanas). Zermeño, al contrario, empezó algo tarde su campaña y focalizó su proyecto en La Laguna, particularmente en Torreón, ciudad que devino, ahora sí definitivamente, principal enclave del panismo coahuilense.
En cuanto al caso de Torreón, no es difícil deducir que Olmos finalmente no pudo con el paquete de vencer a dos, o hasta a tres, rivales: su oponente oficial, directo, José Ángel Pérez; su segundo contrincante, el más difícil: el fenómeno Z, y un tercero muy poco tomado en cuenta durante los análisis, pero que de seguro también le añadió votos al candidato ganador: Guillermo Anaya, quien pronto abandonará la alcaldía y hasta el momento, pese a ciertos errores, deja una imagen positiva entre buena parte de la comunidad. Esa lucha contra tres no la pudo librar Eduardo Olmos, y desde antes del domingo 25 ya se especulaba que, al menos, un seis o siete por ciento de la votación haría la diferencia a favor del aspirante blanquiazul, lo que al fin sucedió.
Menos llamativas son las candidaturas para diputados locales. Aquí sí hubo sorpresas, pues el PAN hizo suyos cuatro de los cinco distritos que estaban en disputa dentro de nuestra localidad, aunque el congreso sigue en las monolíticas manos del priísmo.
Fue el del domingo, por todo, un proceso tranquilo, sin sobresaltos ni sorpresas. Realmente hay muy poco qué informar de esa jornada, pues casi todo lo profetizado se cumplió. Sin embargo quedan muchos vicios por indagar y corregir, de suerte que sería ingenuo pensar que más allá del 25 ya no hay nada, que las elecciones en Coahuila son ejemplares. Quizá sí sea ejemplar la jornada electoral del domingo, pero el camino para llegar a ella todavía no, pues sigue poblado de anomalías, de inequidades e iniquidades, de financiamientos oscuros y profundamente desiguales, y en el futuro hay que meterle mano a todo el proceso si algún día queremos un diez de calificación electoral para un estado, Coahuila, que continúa bajo la sombra de prácticas electorales apuntaladas con dinero chueco.
Feria del Libro, hoy
Organizada por la Universidad Iberoamericana Laguna, el Icocult y el Teatro Martínez, hoy empieza a las 11:30 de la mañana la Feria del Libro Torreón 2005. En esta ocasión su foro será el casino del Club de Leones ubicado en Hamburgo 50, en la colonia San Isidro, casi frente a La Opinión. Además de las numerosas editoriales que asistirán con nutrida exhibición y venta de libros, la Feria contará, otra vez, con muy instructivos talleres infantiles, con presentaciones de libros y conferencias de interés.
Hoy a las 11:30 de la mañana, poco antes de la inauguración, será presentada la novela El vuelo de Eluán, obra de León Krauze. Inscrita en los terrenos de la fantasía —terrenos que por cierto no son muy visitados por la literatura de nuestro país— esta novela es un buen bocado para los jóvenes lectores dado el éxito cinematográfico de El señor de los anillos, obra que de alguna manera le es afín.
El jueves 29 a las 18:00 horas el grupo de jazz de la UIA ofrecerá un concierto y poco después, a las 19:30, será presentado el libro Teseo (con D…), poemario de Pablo Murga. Harán los comentarios Mariana Ramírez, Felipe Garrido y el autor.
Para el viernes a las 18:30 estará de nuevo, como en ediciones anteriores de la Feria, el extraordinario grupo Tangedia, y una hora después Felipe Garrido dictará una conferencia titulada “Del Quijote a Pedro Páramo”, esto en el marco, todavía, del cuarto centenario cumplido en 2005 por la invicta novela de Cervantes.
Magú, seudónimo del cartonista Bulmaro Castellanos, presentará a las 10:30 del sábado 1 de octubre El ratón de supermercado y otros cuentos, obra del notable narrador mexicano Jorge Ibargüengoitia e ilustrada por el famoso cartonista de La Jornada y Premio Nacional de Periodismo 1982. Ese mismo día, a las 12, el doctor Salvador Mercado Hernández dictará una conferencia sobre su obra Mercadotecnia de los servicios profesionales.
Para el 2 de octubre (no se olvida) está programada la presentación de Acequias de pensamiento, compilación de ensayos antropológicos, políticos, mediáticos, históricos y filosóficos. Esta obra es una edición conmemorativa del octavo aniversario de la revista Acequias, publicación trimestral de la UIA Laguna. Como presentadores estarán Javier Prado Galán y Édgar Salinas Uribe. Cada ensayo contenido en este libro fue publicado en alguno de los números de Acequias, revista que desde hace cuatro años añade a su trabajo la publicación anual de un volumen conmemorativo.
Cierra la Feria del Libro el lunes con un programa harto interesante. La presentación a las 11:00 de las Memorias del Foro de Derechos Humanos; comentarán Miriam Cárdenas Cantú y Juan Carlos Cantú. Casi simultáneamente, a las 11:30, esto en el Auditorio de Cimaco Cuatro Caminos, el maestro Guido Gómez de Silva presentará su Diccionario de gastronomía, obra que se añade a su larga e importante producción de lexicones, la mayoría publicada por el FCE. La Feria concluirá a las 19:30 con la presentación de Ángeles del abismo, meganovela de Enrique Serna, autor que poco a poco se ha convertido en uno de los más reconocidos escritores del país, dueño de recursos que para algunos pronto lo llevarán a convertirse en una especie de Balzac mexicano. Yo estaré allí, como presentador.
Hay que ir a la Feria. Es la mejor oportunidad que tiene La Laguna de asistir al espectáculo de la tinta sobre el papel, un lujo del pensamiento y la imaginación que mucho le debe a la UIA, al Icocult y al TIM, pero sobre todo a los invaluables afanes de la señora Claudia Máynez.
28/9/05
El voto del abstencionismo
Es loable la intención de los medios que alientan a votar cuando recién calla la propaganda, precisamente en los días previos al domingo decisivo. A votar por quien sea, pero votar. El llamamiento que hacen la víspera de la jornada electoral en el sentido de que todos debemos ejercer nuestro derecho al voto me parece que es digno de reconocimiento, pues estimula a los indecisos o inquieta a los apáticos para que se dirijan a las urnas y aporten un sufragio que no por individual deja de ser valioso y hasta puede ser determinante en el resultado último. Se da incluso, por estas fechas, un discurso machacón: “Si no votas, después no te quejes”, sentencia que expone con claridad que quienes no tachen una boleta quedarán marginados del reino de la reclamación y habitarán el metafórico gueto de la irresponsabilidad electoral. El abstencionismo es visto como una exclusiva manifestación, siempre criticable, de la abulia, y no como efecto de muchas causas que van más allá de la sola indiferencia.
¿Por quién vota entonces el abstencionismo? Una postura radical de la abstinencia política lleva a la caricatura o, en su defecto, al anarquismo, como en Borges, quien sostenía que la democracia sólo era el caos provisto de urnas electorales o, dicho esto en su respuesta al periodista Bernardo Neustadt, “la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano”.
Más allá de esa boutade borgesiana que paradójicamente revela con demoledora lucidez la ignorancia política de la mayoría —incluida la suya—, no creo que el abstinente electoral tenga su única motivación en la irresponsabilidad o en la ignorancia. Si se cumple lo que analistas como Gerardo Hernández y Mario Gálvez (La Opinión, edición de ayer) señalan respecto al elevado rango de abstención esperable en el proceso coahuilense celebrado este 25 de septiembre, estamos ante la presencia de un triunfo inobjetable y legal de los no votantes, quienes según los cálculos más serenos coparán el 60% del padrón. Si repartimos el 40% restante entre todos los partidos, algún significado tendrá esa victoria de quienes conciente o inconcientemente no visitaron una casilla.
De allí la pregunta que sembré hace dos párrafos: ¿por quién vota el abstencionismo? La respuesta, insisto, no está sólo en la dejadez ni en la ignorancia. Cierto que muchos no votan por culpa de su proverbial haraganería, por su total incultura política o por esos dos factores equilibradamente mezclados, pero habrá otros que no lo hacen por razones menos mencionadas en relación con este fenómeno. Pienso al menos en cinco:
1. Democracia electoral sin democracia económica. Innumerables críticos han insistido en la necesidad de llevar la noción de democracia más allá de lo político-electoral. Tal vez el ciudadano común carezca de herramientas para analizar la realidad de manera aguda, pero todos distinguen que después de los ejercicios electorales, aun después de aquellos que milagrosamente han sido incuestionables, no se ha dado una mejoría sustancial en sus finanzas familiares y eso los lleva, pasadas muchas elecciones, a la abstinencia política.
2. Millonarios en disputa y falta de opciones atractivas. Una y otra vez se ha dicho que faltan liderazgos, que los partidos se han llenado de personajes sin punch, sin discurso ni carisma. Estos rasgos los acusan sobre todo quienes aspiran a ocupar los lugares más vistosos dentro de las estructuras partidistas, y eso se debe a que, poco a poco, la carrera política, el aprendizaje, el fogueo, han sido desplazados por el juniorismo oportunista. Muchos potenciales electores advierten ese fenómeno y deciden no apostar un comino por eso politiquillos que, millones en mano, improvisan una carrera política fundada sólo en el dinero y en la mercadotecnia.
3. Escepticismo por los partidos. Hasta con la lámpara de Diógenes es difícil encontrar ciudadanos que hoy crean plenamente en los partidos políticos. Instrumentos fundamentales para alcanzar el poder en las sociedades modernas, los partidos en México han caído desde hace años en un desprestigio que ni Calígula padeció. A diario, y más en temporadas electorales, el ciudadano oye y lee sobre los montos y los usos (no siempre responsables) del financiamiento oficial y extraoficial a los partidos. Oye y lee sobre sus excesos, sobre sus mezquinas luchas, sobre la conversión en negocios de esas organizaciones, y todo eso, sumado, infunde desaliento.
4. Derroche en las campañas. El gigantesco y nebuloso gasto de algunos partidos es un agravio permanente para muchos ciudadanos. El caso reciente de Coahuila, donde con toda desfachatez fueron gastados millones y millones en “anteprecampañas”, precampañas y campañas, lejos de aumentar la participación influye en el alejamiento del votante.
5. Gatopardismo. Todo cambia para que todo sigua igual, ese parece ser, hasta ahora, el rasgo distintivo de nuestra historia política. Muy poco se puede hacer contra el abstencionismo mientras no sea revertida esta percepción que en México ha enraizado de maravilla. El caso más notable de esta curiosa peculiaridad lo ha marcado el foxismo. Cuánto cambiamos, qué vuelco se le dio a la realidad en el 2000, y sin embargo qué terco parecido del México actual con los anteriores.
El abstencionismo también elige. No quiero fomentarlo, voy a votar y deseo que todos los coahuilenses que tienen ese derecho lo ejerzan responsablemente y sin demora. Pero cada tres años algo enfatizan los abstemios electorales, y da la impresión de que nadie, ni siquiera los partidos políticos, los oyen, como si la culpa sólo fuera de quien decide no votar.
Nos vemos en las urnas y, a la noche, en el Canal 9.
25/9/05
Sombras del pasado y nueva crisis de credibilidad
Qué miércoles 21. Cumplió tres años mi pequeña Ivana y tuve una tarde dichosa, pero a la noche los noticieros casi emitían un parte de guerra: cae un helicóptero con funcionarios de alto rango, liberan a Rubén Omar Romano, aterriza un avión rengo en Los Ángeles, el huracán Rita se aproxima iracundo a Galveston y en Torreón hay rupturas abruptas en el Verde. Parece demasiado para un solo día, pero a todo había que hacerle la digestión con las mejores tripas, y así lo hice para no dormir colmado de pesadillas.
Por supuesto, y sin restar importancia al final feliz del caso Romano, a la virulencia del nuevo Leviatán meteorológico que se aproxima a Texas, al fílmico aterrizaje de un vuelo comercial y a la muy digna y oportuna declinación de Naneth Molina, el asunto que causó más conmoción, lógico, fue el despedazamiento del helicóptero Bell 412, matrícula XCPF1, donde perdieron la vida Ramón Martín Huerta y ocho pasajeros más.
Obviamente es prematuro elaborar conjeturas que lleven a pensar en algo más que un accidente, pero no deja de ser visible que el enrarecimiento del ambiente político y social de inmediato comenzó a nutrir el peor ánimo especulativo. Como sabemos, las elecciones de 2006 y el acaloramiento de la actividad delictiva del narco y de los grupos vinculados a él han comenzado a sembrar pingües heridas en el cuerpo de la república, a lo que se han agregado ajusticiamientos de jefes policiacos que enturbian más el panorama presente y venidero de México. En el mar revuelto de la disputa por el poder político y delincuencial que en más de un caso habitan en la misma vaina, el desaguisado del Bell 412 añade un nerviosismo nada conveniente para los tiempos que se aproximan. Se escribe ya, se habla ya, por eso, de que empiezan a brotar las pandóricas sombras del pasado reciente, y eso, lejos de evidenciar vacío de poder, nos permite apreciar lo contrario, que varios poderes en pugna, incluido el siniestro brazo ejecutor del narco, se mueven en la tiniebla para crear un clima de desestabilización que nos lleve a repetir, sobre todo, escenarios finisalinistas.
Parece una grosería, pero no lo es: ojalá y el percance del helicóptero sea sólo un lamentabilísimo accidente. Lo malo, en todo caso, es que en el México reciente ningún hecho de esta magnitud queda perfectamente aclarado, resuelto y cerrado, lo que deriva en reiteradas y tremendas crisis de credibilidad: porque siempre bailan cabos sueltos, hoyos negros de toda dimensión, los mexicanos ya no creemos en los resultados de las investigaciones, y es de temerse que en el choque del helicóptero otro tanto ocurrirá. Si recordamos los expedientes cercanos, todos son percibidos como nebulosos por el mexicano de a pie. Por mencionar sólo los casos más sonados, ¿quién mató realmente a Buendía? ¿Quién mató a Posadas Ocampo? ¿Quién mató a Colosio? ¿Quién mató a Ruis Massieu? ¿Quién mató a Enrique Salinas? Son demasiadas dudas las que cunden entre la ciudadanía sobre aquellos crímenes, por eso ahora es casi previsible que, dada la alicaída credibilidad en la que vivimos, la pregunta que prevalecerá es tan aborrecible como las anteriores: ¿quién mató, si es que no fue un accidente, a Ramón Martín Huerta?
Por lo pronto, los analistas que escribieron sobre ese tema el mismo miércoles 21 toman rutas diversas: Ciro Gómez Leyva, en Milenio, es reservado y casi prefiere suspender el juicio antes de sacar cuentas definitivas: “Nada de eso [la posibilidad de que sea más que un accidente], sin embargo, es concluyente ni acredita una tesis firme. Así como en el peor momento un hombre perdido por sus delirios de grandeza asesinó a Luis Donaldo Colosio, el helicóptero pudo haberse desplomado por un problema mecánico o a causa de las malas condiciones ambientales. Pero como entonces, la tentación de pervertir la información será muy grande”.
También de Milenio, Jorge Fernández Meléndez propuso en “Razones”, su columna, que no sea descartada en automático la posibilidad de un atentado, dado el contexto de violencia y desquite que padecemos. Es cauto, pero no deja de insistir en la más indeseable de las realidades: “El gobierno federal no quiere que se especule con estos hechos. Pero el hecho es que mientras no haya por lo menos una versión oficial, seria y creíble de lo ocurrido, las especulaciones estarán a la orden del día. Porque además, la posibilidad de una venganza, de un atentado del crimen organizado, desgraciadamente, no es descabellada. Ojalá no sea así (…) Pero el propio rostro del presidente Fox, su gesto, sus palabras, el sentido de las mismas nos lleva a pensar que son muchas las posibilidades que se deben manejar para tener mayor certidumbre”. Carlos Marín, en este mismo diario, critica a los especuladores luego de enumerar condiciones que para él son perfecta evidencia de que todo fue un accidente: “Pese a estas certezas no cesará el tejido de fantasías para insistir en que el accidente no fue tal”.
Ricardo Alemán, en “Itinerario político” de El Universal, aseguró que fue un accidente, pero no deja de resaltar la respuesta del Estado ante un suceso de tal magnitud: “El gobierno de Fox, la sociedad toda, deben tener la certeza de que el accidente fue eso, un accidente, y no una respuesta criminal de grupos interesados en debilitar al gobierno y al Estado todo. Por lo pronto, las características del accidente, en donde el funcionario de la estratégica Seguridad Pública viajaba sin escolta aérea; la incapacidad para localizar rápidamente el lugar en donde cayó el aparato y los restos del mismo, y la carencia de un sistema de reacción inmediata ante una emergencia como la registrada, dejaron ver que fueron rebasados totalmente los cuerpos de seguridad pública, la propia seguridad de los servidores públicos y la vulnerabilidad del Estado mexicano”.
Julio Hernández, en su “Astillero” de La Jornada, apunta hacia la otra posibilidad: “Salvo que la explicación oficial que se dé del incidente sea puntual e indudable (¿errores humanos en personal que ha de suponerse altamente especializado? ¿Fallas de mantenimiento en equipo dedicado a transportaciones de elite? ¿Fenómenos naturales que la tripulación no pudo prever ni controlar?), el gobierno federal ha de cargar con la fundada sospecha de que en la desgracia de ayer hubo mucho más que mala suerte o simple concatenación de coincidencias. En el fondo de todo está el hecho de que el foxismo ha demostrado una impresionante incapacidad de gobierno, y que en puntos de alta peligrosidad, como es el narcotráfico, su comportamiento ha sido frívolo, indolente, demagógico y criminalmente ingenuo y comodino. No hay orden, mando ni proyecto alguno en cuanto al combate de lo que pomposamente es llamado ‘crimen organizado’”.
En su editorial, La Jornada resalta, independientemente de la causa que produjo el siniestro, la coyuntura violenta que atravesamos como elemento obligado para el análisis: “Accidente o no, este suceso trágico tiene como telón de fondo los embates de la delincuencia organizada contra las instituciones y la ciudadanía, la descomposición creciente en el grupo gobernante y en el conjunto de la vida política, y las manifiestas debilidad y pérdida de iniciativa gubernamentales. Y existe el riesgo de que a tales factores se sume un colapso definitivo de la credibilidad del poder público”.
El percance de San Miguel Mimiapan nos enfrenta de nuevo a la ya conocida encrucijada donde se topan la verdad, la media verdad, la mentira y el craso disparate. Ha sido tan recurrente la información difusa, el sembrado de evidencias, la politización de los crímenes, el borrado de huellas, la irrefrenable permuta de fiscales especiales, el caprichoso trasiego de líneas de investigación y el discrecional uso de chivos que otra vez se ve venir una ola de respuestas que lejos de despejar la incógnita terminarán por aplastarla con una montaña de contradicciones.
Además de la triste pérdida de vidas, si algo nos traerá el desplome del Bell 412, desgraciadamente, es un nuevo clavo para el ataúd de la ya bastante lastimada, agónica, casi muerta credibilidad del mexicano en su sistema judicial. Tiempo ha, nuestras instituciones soltaron todas las amarras de la suspicacia; ahora es muy difícil detenerla.
23/9/05
Puyazos desde Saltillo
En
Saltillo hay dos poetas a los que admiro mucho. Ambos, curiosamente, también se
dedican al periodismo y son propietarios de una visión punzante, quevediana,
descabezadora de títeres. Me refiero a Jesús R. Cedillo y Alfredo García,
ambos colaboradores del periódico Vanguardia.
El primero nació en la capital de Coahuila y el segundo en Cedros, localidad de
Zacatecas. Tienen pues un buen número de rasgos en común, y eso lo reafirman
con una amistad ya duradera. A ambos, como dije, los tengo por amigos, de los
pocos que puedo contar en Saltillo, ciudad de intereses y grupúsculos, no tanto
de verdaderos cuates.
Pues bien, otro rasgo que une a Cedillo con García es la escritura de
textos útiles para satirizar a Torreón y a los torreonenses. Hace algunos
meses, y no recuerdo a propósito de qué, Cedillo volcó su ácido contra Torreón
y no pasó inadvertido, pues vía mail me llegó una “cadena” donde
abiertamente alguien, un lagunero herido, convocaba a lincharlo con palabras.
Hoy, en agitados tiempos electorales, García hizo otro tanto y publicó en Vanguardia “Un pueblo en el limbo”, severa mofa de lo(s)
torreonense(s). Lo vi en la edición en línea de aquel diario, pero también me
llegó, era de esperarse, por la vía de un correo electrónico que igualmente,
como ocurrió contra Cedillo, alienta a defendernos, a no permanecer de neuronas
cruzadas ante ataques de tal magnitud. Esta es la arenga introductoria, no
firmada, del torreonense lastimado (cito su primer párrafo tal como me llegó,
sin alterarle ni las mayúsculas):
“Nuevamente en Saltillo, otro mercenario al igual de Jesús R. Cedillo,
dedica su columna en un periódico saltillense para atacar a los LAGUNEROS. El
señor Alfredo García, autor de la más reciente agresión y el señor Jesús
R. Cedillo aquel que describió a los laguneros de una manera patética, son dos
de los asesores encargados de hacerle el trabajo sucio al alcalde saltillense
Humberto Moreira. ¿Tu crees que es casualidad que en menos de un mes dos veces
en Saltillo se publiquen ataques y burdas criticas sin fundamento en contra de
nosotros los LAGUNEROS?... NOOO, sin duda no es casualidad, en realidad es la
estrategia del alcalde de Saltillo, un tipo corrupto llamado Humberto Moreira,
que esta obsesionado y fantasea con la idea de ser Gobernador. Amigo Lagunero,
en Saltillo estos columnistas ‘mercenarios’ que fueron becados por el
alcalde de Saltillo para ir a un curso fuera del país y están recibiendo
dinero mal habido por parte de Humberto Moreira, pretenden enlodarnos a los
laguneros para sobresalir”.
Creo que es excesivo orientar toda una fila de cañones contra esos
“detractores” de Torreón. El asunto no da para algo más que la sátira y
se tiene que responder, si fuera necesario, en esos mismos términos, no en
serio, con cifras y datos ajenos al tono sarcástico del texto, pues eso sería
como no entender el chiste. Lo que escribía Borges de Quevedo se puede decir
ahora sobre García: en ocasiones no hay argumentación, sólo jocoso ataque, un
ataque que a mí francamente me provoca una risa casi de agrado, escéptica,
como cuando uno ve su imagen en un espejo cóncavo. Esta es la “puñalada”,
el espejo cóncavo, de Alfredo García:
“Abraxas: Un pueblo en el limbo
Por Alfredo García
Preciso
es declararlo, antes de comenzar cualquier discusión: la Carretera que conduce
de Saltillo a Torreón —o de Torreón a Saltillo— es una de las más feas
del noreste de México. Tal es el principal motivo de que los saltillenses jamás
visiten Torreón, y de que los torreonenses, cuando tienen que buscarnos, lo
hagan sólo a regañadientes.
2.
Cuando acuñé la expresión “argentinos de Coahuila”, referida a los
torreonenses, no me refería sólo a la proverbial pedantería de nuestros
distantes vecinos, sino también a su volatilidad psicológica y económica,
merced a la cual un día aparecen opulentos y ególatras, y al día siguiente
con una autoestima colectiva devaluada en un 3 mil por ciento.
3.
¡Ah, Torreón!, ciudad fundada por decreto, en torno a una polvorienta estación
de ferrocarril, merced a la visión y la audacia de mi general Porfirio Díaz.
Era ésta, y no la sufrida y belicosa Piedras Negras, la que merecía llamarse
Ciudad Porfirio Díaz.
4.
¿Qué tanto han hecho los torreonenses por mi General? ¿Qué estatua le
tienen, qué mausoleo le han puesto? ¿Por qué no reclaman aunque sea un fémur
de aquellos huesos peregrinos, que llevan 90 años penando quietamente en el
cementerio Pére Lachaise de París?
5.
Agricultores, industriales, comerciantes, banqueros de origen
vasco, catalán, irlandés, inglés, alemán —de los chinos mejor ni
acordarse—, atraídos por las facilidades de inversión que ofrecía el
Gobierno mexicano, llegaron a Torreón hace 100 años.
6.
Que ahora varias decenas de miles de coahuilenses, duranguenses, chihuahuenses y
zacatecanos se enorgullezcan de la prosperidad económica labrada por aquellos
señores, no es reprensible: todos somos descendientes de la mano de obra
original —y continuamos siendo mano de obra nosotros mismos—, que hizo
posible la primigenia acumulación de riquezas. Seamos justos, si queremos ser
marxistas.
8.
Amigos míos de Torreón, que han debido visitar Saltillo, a regañadientes como
he dicho, presentan este comportamiento: así hayan arribado a nuestra plaza de
Armas a las 12 del día, se regresan a su ciudad apenas anochece. Semejan peces
fuera del vaso de agua.
9.
Lo cual constituye la mayor debilidad del homo tórrido, la que a la larga pone
en riesgo su supervivencia, inclusive en el plano ontológico: esa curiosísima
incapacidad suya para ser torreonenses fuera de Torreón, para aceptar que más
allá de sus límites existen otras ciudades, otras estirpes humanas.
10.
Habitar durante un siglo en las proximidades de la Zona del Silencio, afecta
también y de grave manera a nuestros vecinos, habida cuenta el carácter lunático
y sigiloso de esa falla orográfica y meteorológica. De ella deben cuidarse
sobre todo, y no de nosotros, indiferentes y risueños saltillenses.
11.
El que tenga perros que los amarre, y el que no, no”.
Como dije, ese texto escrito en clave burlona sólo puede ser respondido
en esa misma tesitura. ¿Qué tanto se puede decir, humorísticamente, sobre
Saltillo y los saltillenses? Todo, tanto que se acabarían las carcajadas en
Torreón si nos pusiéramos a tirar pastelazos a nuestra capital política. Por
ejemplo, y respondo así, con buena sangre, los puyazos de mi cuate Alfredo.
Precisamente por eso se requiere un gobernador no saltillense, para tener
no una, sino varias carreteras decorosas en el estado. Es más, quitemos el
adjetivo “decorosas”; con carreteras nos conformamos. ¿Somos los
argentinos? ¿Pero por qué dicen eso? Que no salgan con boludeces, che. ¿Torreón
fue fundada en un llano? ¿Y Saltillo dónde? ¿En el Principado de Mónaco? ¿Y
una estatua para mi general Díaz? La hemos querido hacer, pero en Saltillo se
acabaron todo el bronce haciéndolas, con dinero carranceado del erario, para
don Venustiano. ¿Cien años? Ese es el discurso bofo de los riquillos de aquí,
pero nosotros no lo creemos, y veo que en Saltillo ya mordieron ese anzuelo histórico.
¿Mano de obra original? Bueno, todos descendemos del chango, también hay que
ser darwinianos. No nos quedamos porque la vida nocturna de Saltillo, pueblo de
viejecillos perrodos, termina a las
ocho. ¿A nosotros nos afectó la Zona del Silencio? Bueno, eso tal vez provoca
algún daño, pero siempre será menos lesivo que vivir cerca del Palacio Rosa,
lugar que hace lángaro a todo ser humano. ¿Perros? También hay que amarrar a
los cabrones y a los marranos, dicho esto sin agraviar.
Es una broma, claro. Es una broma entre chicos que se creen grandes. No
hay que clavarse. Recordemos, otra vez, a Borges: todos los pueblos chicos se
parecen hasta en eso de sentirse diferentes.
21/9/05
Decálogo de un cuentista impenitente
Hace
algunas semanas publiqué el cuentito “Soy Bonavena” en Noticias
& Protagonistas, revista de Mar del Plata, Argentina. El editor, mi
amigo Juan Pablo Neyret, lo presentó así: “El cuento es, dicen, un género
que ya entrado el siglo XXI ‘no vende’. Sin embargo, su destreza de flecha
que busca enterrarse en el centro del blanco ha dado las mejores páginas de la
literatura latinoamericana. El cuento y el boxeo se unieron en páginas como
‘Torito’ o ‘La noche de Mantequilla’, de Julio Cortázar, o ‘Negro
Ortega’, de Abelardo Castillo, y se reúnen en este texto inédito hasta hoy
del mexicano Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964), que Noticias
& Protagonistas publica a días de haberse cumplido el 29º aniversario
de la muerte del gran Ringo Bonavena”.
Tales palabras, sobre todo el horrible “no vende” que camina allí
como tarántula sobre espalda de Miss Mundo, son muy ciertas. El cuento y el
mercado están reñidos, pero eso no ha sido traba para que yo —y otros muchos
despistados como yo— siga en pie de escritura dándole duro al cuento, un género
sobre el que he vuelto, y volveré, empecinadamente, aunque la realidad se
obstine en demostrarme que toda narrativa corta está condenada a la silla eléctrica
por culpa de las omnímodas leyes del mercado.
Tanto lo he trabajado (tengo más de sesenta de todos colores y calidades, la mayoría inéditos) que no sin algo de payasada he atrevido ya mi decálogo quirogueano; si al pasar la friolera de los cuarenta años Roberto Bolaño se permitió un decálogo, creo que puedo darme permiso para intentar el mío. Tal vez sirva, tal vez no, pero de todos modos me animo a publicarlo con peticiones no de indulgencia, sí de paciencia.
1.
En el cuento no hay reglas; nadie puede reglamentar o aconsejar nada sobre el
tema. Son la intuición y el talento del autor, no un decálogo, los que sacarán
adelante la hechura de un cuento. Esa es la primera regla fundamental,
incontrovertible e irrenunciable del verdadero cuentista. No seguir ninguna
receta, sino inventarla a cada desafío.
2.
Cuando escribamos un cuento hay que trepar todos los kilos al teclado y pensar
que este género es un artefacto, un pequeño edificio verbal donde reina la
dictadura de la trama. En los cuentos no se puede andar por la cuartilla, para
decirlo con un lugar común sabio y brutal, como burro sin mecate. Los cuentos
hechos de pura liriquería no son cuentos, son desahogos o, si han sido bien
escritos, florituras de estilo, pero nunca cuentos.
3.
En literatura creo que existe una ley que me atrevo a llamar “de las
compensaciones”; el cuento también exige que la acatemos. Consiste en pensar
que si algo predomina en un cuento, para que sea mejor debemos reflexionar en el
elemento opuesto que le sirva de contrapeso. Si es cómico, un poco de tragedia
no le viene mal; si es trágico, un poco de humor no le afecta; si es barroco,
un poco de llanura no lo afea; si es plano, un poco de rebuscamiento lo socorre;
si es pedante, una pizca de modestia le da la mano; si es tonto, un poco de
inteligencia lo puede hasta salvar.
4.
El cuento demanda un asunto y un personaje. Son sus dos ingredientes principales
y lo más recomendable es apreciarlos en ese orden. Todo lo demás, como el
lugar y el tiempo, es secundario. Respecto al asunto, hay que añadir que debe
dar la impresión de ser expuesto como con dudas, ambiguamente; el cuentista
sabe a dónde va, pero debe dar la sutil impresión de andar extraviado en la
cuartilla y al final llegar a su destino obligatorio. Para lograr eso es
fundamental grabarse en la cabeza la pauta máxima del género: todo cuento es
en realidad dos cuentos. Quien no aprenda eso mejor que emigre del oficio.
5.
A menor extensión, mayor desafío; a mayor extensión, menor efecto cuentístico.
6.
Un cuento extraordinario puede caber en cinco renglones, pero la superstición
decimonónica que privilegia lo grande sobre lo pequeño ha orillado a muchos
cuentistas hacia la mediocridad. Por negarse a escribir ficciones breves,
terminan escribiendo monumentales adefesios. Lo malo, si breve, tiene esperanza
de salvación.
7.
Una novela es siempre más difícil que un cuento; pero un buen libro de cuentos
siempre es más difícil que una novela. Esto no necesariamente es cierto, pero
sirve para reflexionar un hecho importante: un libro con diez cuentos suele
ofrecer dos o tres piezas decorosas. Son como los discos de música. ¿Qué
significa esto? No hay que escribir libros de cuentos. Hay que escribir cuentos,
hay que pensar que cada uno será el mejor de todos.
8.
En el cuento se puede jugar con la estructura espacio-temporal. Es un tramo
pequeño y eso ayuda a que las maromas no nos lleven a un laberinto
inextricable, como ocurre con muchas novelas.
9.
Los cuentos son despreciados por el mercado editorial. Luego entonces, hay que
despreciar al mercado y no escribir novelas nada más porque sí, sólo para
alimentar al insaciable cerdo.
10. Un buen cuento debe tener la virtud de ser una criatura orgánica, compacta, no porosa. El mejor cuento es aquel que, fiel a su condición de bicho cabal, se queda para siempre, íntegro, en la cabeza del lector.
18/9/05
El sismo y dos décadas sin Rockdrigo
Jueves 19 de septiembre de 1985, 8 am. Recuerdo con absoluta claridad ese momento, lo veo como si ocurriera en un presente ya perpetuo. Estoy en un aula del Iscytac, donde rumio la carrera de comunicación y voy en el penúltimo semestre. El Iscytac está todavía en la colonia Bellavista, de Gómez, allá por donde sigue el Francés. Uno de mis maestros de periodismo, Juan Noé Fernández Andrade, llega al aula para dar su clase y las primeras palabras que nos dispara, sin “buenos días” mediante, son abrumadoras: “Acaba de temblar muy fuerte en la ciudad de México; parece que hay miles de muertos”.
Todos en el salón escuchamos esa mala nueva sin demasiado azoro; tuvimos la primera clase a las 7 de la mañana, así que todavía no carburábamos lo suficiente como para digerir una noticia de tamaña dimensión. Después de todo, con triste frecuencia los periódicos y la tele emiten noticias sobre temblores en la capital. Por supuesto, los alumnos de Juan Noé —Adrián Valencia, Saúl Vargas, Chuy Sánchez, Carlos Ezquerra, Ana Zúñiga, Mary Tere Murra, Rocío Lazalde, Cecy Santibáñez, Roberto Fernández, Valentín Botello, Margarita Morales, Mary Montelongo, Araceli Espinoza y yo— no sospechamos que aquella era una nota estremecedora, un parteaguas en la historia del México moderno, pues a partir de allí muchos estudiosos de nuestro país desprenden el surgimiento de la llamada “sociedad civil”.
Unos minutos bastaron para que dimensionáramos
con precisión el quebranto sufrido por la capital. La naturaleza había hecho
de las suyas con violencia incomparable y el DF era un caos de sangre, lágrimas
y desesperación, pero también de valentía y en no pocos casos de heroicidad.
Pronto, demasiado pronto si hacemos una comparación con lo recientemente
acontecido en Nueva Orleáns, los anónimos actores de la sociedad civil se
organizaron y pusieron manos al rescate. Como en el actual régimen de la Casa
Blanca frente al desastre de Katrina,
en Los Pinos de De la Madrid la reacción ante el siniestro fue morosa,
negligente, absurda (poco menos de un año después, en la inauguración del
Mundial 86, el Estadio Azteca le dedicaría al atolero propulsor de la
“Renovación moral” una inmensa rechifla transmitida en cadena mundial,
acaso la más cerrada de la historia y sólo comparable a la que pudiera recibir
Judas Iscariote si se presentara en público).
Aquellos estudiantes de comunicación vimos
en la cafetería del Iscytac, borroso en la pantalla de una anciana tele, el
terror sembrado por el sismo, y entonces comprendimos bien que la naturaleza había
excedido la violencia tolerada por las obras humanas, por los edificios y sus
moradores. Calles enteras, avenidas completas mostraban a sus costados el
estrago de aquel sacudimiento tectónico. Era el Desastre, con mayúscula, como
con mayúscula lo es ahora el cataclismo del Golfo. Nunca más, desde entonces,
creo, he tomado a la ligera las noticias relacionadas con la furia de la
naturaleza, y hasta hoy lamento profundamente la falta de previsión y la
ineptitud de las autoridades a la hora de socorrer (a posibles) víctimas.
Luego de aquel sacudimiento pasó un par de
años, y allá por el 88 o el 89, en una reunión de amigos, el futuro jesuita
Javier Prado Galán, que tocaba bien la lira, se echó unas rolas que llamaron
sensiblemente mi atención. Pregunté de quién eran, y Prado detalló que las
había compuesto un tal Rockdrigo González, apodado El Profeta del Nopal,
oriundo de Tamaulipas, muerto muy prematuramente en el sismo del 85. Poco tiempo
después, gracias a mi amigo Miguel Teja, voraz consumidor de casetes con música
de artistas marginales, me hizo una copia (todavía la conservo) de los únicos
discos que pudo grabar Rockdrigo, todos en condiciones casi artesanales.
Así lo pude oír completo, o casi completo,
pues abiertamente me confieso profano en rock, en cualquier rock. Pese a mi
falta de mejores referentes, la voz, la guitarra, la “trompeta” (el cogote),
la armónica y el ingenio letrístico de Rockdrigo pronto se adueñaron de mi más
profundo aprecio. ¿Y qué encontré en ese tipo? Todo lo que se le puede pedir
a un auténtico artista popular. Fuera del mercado, distante a kilómetros-luz
de la publicidad que enceguece y plastifica, sin un centavo de éxito comercial,
el gran Rockdrigo era capaz, es capaz, de hacer lo insólito: matar a su público
con una espina, pintar hermosos frescos sin pintura y con los dedos, sembrar
flores en la piedras. No por nada, el suyo se erigió de inmediato en el mejor,
¿en el único?, emblema del “rock rupestre”, un rock que no necesita de
aracles ni performancismos opulentos, un rock que no demanda luces ni sonido
para imponer su ley, la ley de la calle, la ley del artista que nada tiene y sin
embargo edifica maravillas, émulo del trovador que embrujaba con el laúd y la
palabra en los mercados del Medievo.
Muchas muertes, pues, todas dolorosas y
terribles, dejó el sismo del 85. Dejó también herido de muerte al sistema que
en el 88 naufragó con la derrota del PRI y el triunfo del ingeniero Cárdenas,
presidente de la república al que le fracturaron el triunfo Bartlett, Salinas,
Fernández de Cevallos y otros rufianes que hasta la fecha siguen sin pisar la
bartolina. En ese México que cambiaba, en ese México inconforme y todavía muy
bronco, las rasposas letras de Rockdrigo evidenciaban a sus casi secretos
admiradores que la composición de letras para el rock y el blues no
necesariamente debían ser surrealosas y solemnes o humorísticas y pendejas.
Rockdrigo fue, verso tras verso, un compositor en el que convergió la
idiosincrasia del mexicano casi en pleno, desde el humor ácido y salaz (“Rock
del Ete”, “Asalto chido”, “El feo”), hasta el vuelo existencial con
sabor a borrachera en el lóbrego tugurio (“Vieja ciudad de hierro”,
“Distante instante”, “Acerca de ti, acerca de mí”, “No tengo
tiempo”), pasando por el hábil pincelazo coloquial (“Susana de la mañana”,
“Metro Balderas”, “Los intelectuales”, “Buscando trabajo”) y la crítica
social sin excesos de panfletarismo (“La máquina del tiempo”, “Balada del
asalariado”, “Ratas”).
La página web http://www.rockdrigo.com.mx/
consigna que para el veinte aniversario de su muerte se sucederán homenajes y
tributos en varios foros del DF. Será una merecida forma de reconocer el
misterioso talento de ese genio callejero y de reiterar que aquel 85 de triste y
a la vez noble memoria es una fecha ya imborrable para México.
Pese al dolor, dolor que él experimentó en
muchas ocasiones, Rockdrigo no hubiera estado contento con la solemnidad de este
apunte, por eso bien puede terminar con la arenga improvisada que se aventó
alguna vez en una de sus tocadas. Aunque a veces esas palabras han sido tomadas
en serio, vistas como lo que son, el irónico preámbulo de una rola, parecen
insuperables, ajenas completamente al misticismo almidonado de muchos rockeros
que se la creen y que componen letras vaporosas, tan malditas como malitas, tan
deshuesadas como inservibles. Venga, pues, Rockdrigo, cierre la puerta de esta
Ruta Norte: “Ha llegado la hora de apausar el tiempo, de detener las
estructuras para hacer una entrada dimensional hacia los mensajes del sacerdote
del rock, aquel que se preocupa por el bienestar y la salud mental
de todo el personal… El padre rockanrolero les manda unos mensajes desde su
iglesia cósmica… para todos aquellos chavos acelerados y a todas las personas
que creen que el rockandroll es nada más vicio, violencia, sexo, anarquía....
no es cierto... el rock renace últimamente como un sistema espiritual, lástima
que todavía no salga nadie que le haya agarrado la onda, pero… ahi
les va…”
16/9/05
Cueva de elogios
En
su columna “Ojo por ojo” del 11 de septiembre (“Televisa y el debate”, La
Opinión Milenio), el periodista Álvaro Cueva dedicó un ditirambo a
Televisa y sin medida ni clemencia casi la consideró vanguardia de la información
en nuestro país. Sé que una mínima actitud crítica facilita en extremo
satanizar a Televisa, pues la cola que tiene el emporio de Azcárraga Jean prácticamente
la hace enemiga (¿pública número uno?) de la libertad, la democracia y la
formación de valores nacionales, y por eso mismo, antes de subrayar mi
desacuerdo, quiero citar las palabras del mencionado crítico especializado en
televisión.
Cueva centra su aplauso al
leviatánico medio de comunicación en la reciente organización del
“debate” sostenido entre los tres aspirantes del PAN a la presidencia de la
república, y lamenta que muchos articulistas hayan visto en las acciones de
Televisa la evidencia tangible de su tremendo
—y nunca acotado, agreguemos— poder. Dice el columnista que al
restarle méritos al monstruo dejamos de ver lo fundamental, el creciente
compromiso que con la noticia ha adquirido dicha empresa. Esta es palabra de
Cueva: “Porque una vez más, por buscarle
tres pies al gato, estamos dejando de ver lo verdaderamente importante: Televisa
está imparable en su compromiso con la noticia, Televisa sigue haciendo
historia. No sé qué piense usted, pero yo prefiero que Televisa organice y
transmita este tipo de debates a que nadie más lo haga. Yo prefiero que
Televisa organice y transmita este tipo de debates a que venga alguien de fuera
como CNN a marcarnos la pauta. Además, los señores de Televisa lo hicieron
bien: avisaron con tiempo, cuidaron extraordinariamente las dinámicas, tuvieron
al maestro Joaquín López Dóriga haciendo una magnífica conducción y hasta
cuidaron los detalles”.
Luego, el columnista
resalta dichos detalles, el esmero técnico que Televisa tuvo con los puntos
finos del debate, lo cual, por obvio, me parece nimio, muy poca cosa como para
justificar con eso la dimensión de su apapacho: “Sacrificaron sus colores,
que son el azul y el amarillo, para evitar cualquier tipo de asociación
partidista. / El debate que usted y yo sintonizamos la noche del jueves pasado
tuvo lugar en un espacio morado con una especie de rosa exacerbado. / O sea, no
eran ni los colores del PAN ni los del PRI ni los del PRD y ni siquiera los de
Televisa. / ¡Caray! ¡El colmo! El señor López Dóriga no traía ni en su
traje ni en su camisa ni en su corbata ningún color que pudiera prestarse a
malas interpretaciones”.
Mucho más delicadas me parecen las palabras que
siguen, y de hecho son la vértebra de lo expuesto por Cueva: “¿Por
qué le digo esto de que Televisa está imparable y de que sigue haciendo
historia? Mire, voy a ser demasiado directo. Hay dos Televisas, una nueva y una
vieja. Ni una ni otra son perfectas, pero ambas, por
su impacto social, político y económico, son fundamentales para entender la
historia de nuestra nación. / La vieja Televisa tenía poder porque el poder le
caía del cielo. No había otra opción en la pantalla, no había otra manera de
que el gobierno entrara con tanta efectividad a nuestros hogares. La nueva
Televisa tiene poder porque se lo ha ganado. Ahora sí hay otras opciones en
pantalla, tanto en la televisión privada como en la televisión pública, ahora
sí hay otros sistemas de televisión para escoger”. Y termino de citarlo:
“Y le guste a quien le guste y le disguste a quien le disguste, Televisa es la
televisora que hoy, en septiembre de 2005, tiene los mayores niveles de
audiencia, la que puede convocar a cualquier clase de personalidad tanto para
sus programas como para sus eventos sociales y la que puede organizar debates
como el del 8 de septiembre”.
Si
Cueva exalta las bondades y los logros de Televisa a partir del seudodebate del
jueves 8, es aceptable, apenas aceptable, que considere al gigante como espléndido
foro electoral, pero es innegable que, visualizada en su totalidad histórica,
Televisa es infinitamente menos virtuosa de lo que supone Cueva. De hecho,
analizada con pupila fría y desapasionada, es la empresa cultural más
influyente y lesiva del país, por lo que el color de una corbata no justifica
el diluvio de elogios que recibió en la columna “Ojo por ojo”.
Es
cierto que existió una Televisa vieja y ahora tenemos una Televisa nueva, pero
creo que todavía hoy no se puede justificar a la segunda sin citar los excesos
de la primera. Separar a la vieja de la nueva sería como pensar que no hubo
acumulación original del capital producto de la más escandalosa manipulación
mediática que recuerde la historia de este país y acaso del planeta, así que
la riqueza actual responde básicamente a una historia que de tan sonrojante más
vale ocultar debajo de la alfombra, una historia genialmente sintetizada por
Emilio Azcárraga Milmo en la nada eufemística sentencia “yo hago televisión
para los jodidos”.
Por
eso no es gratuito que el viernes 2 de septiembre, a propósito de la pantomima
denominada “Celebremos México”, el articulista Luis Javier Garrido (“El
pavoneo”, La Jornada) comentó sin atenuantes que “La empresa que más ha
hecho en los últimos años por destruir los valores nacionales y por que se
entreguen los recursos estratégicos de México al capital estadunidense, y que
tanto ha buscado envilecer a los mexicanos con su ‘televisión-basura’,
ahora se pretende nacionalista y guía de quienes gobiernan. Y la corrupta clase
política mexicana, subordinada sin decoro a Washington, y que llenó el
lunetario pavoneándose por la invitación y avalando la iniciativa, pretende
ahora creer en lo mexicano”.
Es verdad que ya no
padecemos, al menos en materia informativa, tanta impudicia de Televisa, pues
hacer hoy televisión con criterios de los setenta y aun de los ochenta (a lo
Zabludovsky) no sería nada lucrativo. Más: sería un suicidio, y por eso
Televisa ha adaptado sus políticas al espíritu de la época. Pero en el México
reciente y en materia de libertad de expresión, Televisa no se puede atribuir
amplio mérito, pues tal libertad no sería explicable, más bien, sin José Pagés
Llergo y su Siempre!, sin el Excélsior
y el Proceso de Scherer, sin el Unomásuno
de Becerra Acosta, sin los suplementos culturales de Fernando Benitez, sin La
Jornada, sin Los Supermachos y su larga descendencia de moneros, sin Paco Huerta,
sin Gutiérrez Vivó, sin Carlos Marín, sin Vicente Leñero, sin Ricardo Rocha,
sin Monsiváis, sin Gerardo Unzueta, sin el Canal 11, sin Buendía o Granados
Chapa, sin Pedro Valtierra y sus congéneres de la lente, sin el breve pero
significativo esfuerzo del Canal 40, sin los bombazos culturales de Roura en El
Financiero, sin Reforma y por
supuesto sin Milenio y todas las otras
publicaciones y programas de radio que pelearon por la apertura y la
consiguieron a costa de titánicos esfuerzos. Esa libertad es de la que hoy se
cuelga, muy rentablemente, por cierto, la empresa de la dinastía Azcárraga, así
que no veo la razón de tantos elogios a su presunto vanguardismo.
La lucha grecorromana
contra el poder se dio sobre todo para vencer la intocabilidad de la figura
presidencial, hoy cuestionada a diario por la prensa escrita y en buena medida
por la radio. Pero he allí un claro vestigio de la antigua Televisa palera y
cercanísima al mandarín: todo puede ser cuestionado en serio, todo puede ser
exhibido y hasta aplastado sin misericordia, menos la figura presidencial.
Apenas se le puede propinar algún pellizco —Las mangas del chaleco, El
privilegio de mandar—, pero nada que
pueda ser tomado en serio, ni una sólo crítica directa a, por ejemplo, la
destrampada política exterior del Ejecutivo o el manejo de fondos públicos
para la Fundación Vamos Marta, mucho menos sus crasas pifias en materia de
seguridad nacional o el doble discurso sobre tapadismo blanquiazul y democracia,
y ni con el pétalo de un boletín se puede tocar el muy documentado
enriquecimiento de la banda de los hermanos Bribiesca Sahagún y el uso de
prestanombres como antifaz de la mañosa presidencia.
En
fin, creo que el domingo pasado el notable crítico que es Cueva amaneció un
poco modorro, pues Televisa merece, más que piropos, mucha crítica a sus
contenidos y una ley que regule sus omnipotentes fueros. “Hay que decirle
grande al grande”, concluyó Cueva. Lo malo, si grande, dos veces malo, me
atrevo a contestar.
14/9/05
Rounds de sombra, no debates
“Debate ‘discusión, disputa, controversia’: francés antiguo debat (francés débat) ‘discusión; controversia; contienda’, de debattre, debatre ‘luchar’, de de- ‘separadas; contra’ (del latín de- ‘separados; contra’) (...) + battre, batre, ‘luchar; golpear’”. Esta es la etimología que ofrece Guido Gómez de Silva (Breve diccionario etimológico de la lengua española, FCE, 1988) y por ningún lado deja ver que signifique lo que significa en el ambiente político nacional. Al contrario, y en el sentido televisivo del término, “debate” ya es una rama de la camaradería, una gran oportunidad para ser amable y cortesano, casi una mademoiselle con los acérrimos rivales.
A estas alturas, pues, lo pertinente es despedirnos de cualquier debate, pues el minino que los aspirantes nos dan por liebre no vale las horas/reposet ni el gasto de electricidad que insumen los televisores. En la semana que hoy cierra, por ejemplo, tuvimos dos de esos simulacros: el de los precandidatos panistas en el foro de López Dóriga y el de los aspirantes a la alcaldía de Torreón en el Canal 9. De ambos, hay que decirlo desde ahora, no se hizo ni la mitad de uno, pues otra vez quedaron muy lejos de ser, en verdad, genuinos debates, encuentros donde se haya visto alguna colisión de trenes o, al menos, algún raspón que nos dé idea de las “diferencias ideológicas” que los partidos tanto presumen. Aunque verbales, los debates se han convertido en peleas de box donde los contendientes, sin verse nunca de frente y por lo regular con deficiente esgrima retórico, andan como zombies en el ring tirando jabs, upers y ganchos al aire, como si se tratara de ejercicios frente al espejo, rounds de sombra, no auténticos enfrentamientos cuerpo a cuerpo.
Del debate panista en Televisa poco se puede rescatar, pues la prensa nacional ya le dedicó largas y somníferas notas. “Qrr”, la sección humorística de Milenio, atinó a determinar que el verdadero ganador de aquel debate fue Joaquín López Dóriga, pues en todo momento el afectado conductor de noticieros se afanó en subir el rating que de manera inexorable se hundía en el lodazal del aburrimiento gracias al bostezante blablablá de Calderón, Creel y el bulto Cárdenas Jiménez. Lo más notable es que Creel ha sido alcanzado en la intención de voto panista, lo que se veía venir desde siempre no tanto por las astucias o el carisma de Calderón, sino debido a que el ex secretario de Gobernación es más gris que un sello de plomo. En fin, ni para qué recordar ese Nembutal transmitido a media noche.
El nuestro, auspiciado con la mejor disposición por el Grupo Multimedios, no alcanzó a levantar vuelo, otra vez, por la infinita cordialidad con la que ahora, parece, son regidos todos los debates. Por ineptitud oratoria, por inexperiencia, por tolerancia dalailámica, por temor a no ser tildados de rijosos, los debatientes saltan a estos foros de discusión (recordemos lo que significa “debate” para el doctor Gómez de Silva) con banderas impecablemente blancas y bien izadas, cuando se supone que un poco de jiribilla no le viene mal a tales matches que en esencia deben ser lo menos parecido a una reunión de damas compartiendo el té. Esto, por supuesto, en el entendido de que les sigamos llamando “debates”. Si sólo hay plataformas, buenos deseos, cifras bien ornamentadas, juramentos ante notario y autopiropos con golpes de pecho, estamos hablando de algo —no sé cómo llamarle— muy distinto a lo que supuestamente es.
Seguí el “debate” (lo denomino así nomás por nomás) por televisión e insisto en lo dicho: es muy importante replantear el concepto que defina a ese tipo de encuentros (¿no se le puede llamar “foro”, “panel”, “mesa”, con una palabra que no necesariamente implique lucha o controversia?). Lo que vimos no puede ser calificado como tal ya que la inmensa mayoría de las participaciones fue leída y, cuando los participantes improvisaban, sus comentarios eran mínimos (uno o dos enunciados). Los candidatos no se atrevieron a más, aunque quien mostró mayor uso de la palabra “sin guión” fue Jesús Antonio Rodríguez, del PRD.
Tampoco se le puede considerar debate ya que, a pesar de que contaban con un minuto para replicar después de la exposición de cada rubro, las críticas de unos hacia otros fueron mínimas, y porque PRI y PAN tendieron a aprovechar ese tiempo para continuar la monótona y muy leída exposición de sus plataformas. Es decir, en lugar de aprovechar ese lapso ideal para replicar con filo, sin ambages, punzantemente, lanzaron alguna seudorréplica consistente en emitir una frase y luego proseguir con la atenta lectura de sus libretos.
Sin
embargo, es prudente destacar los conatos de réplica: las tres ocasiones en las
que Pérez Hernández aprovechó ese espacio para cuestionar a Olmos sobre sus
gasolineras (de toda la gasolina cargada para servicios públicos, el 85% se hacía
en las gasolineras de Olmos y el 15% en otras; el panista llevaba papeles que,
al parecer, comprobaban ese dato). Olmos, la primera ocasión, desvió la
respuesta a otro tema y en las otras dos, como me lo comentó un asistente al
estudio del Canal 9, ni siquiera puso atención porque su coach, fuera de
cuadro, le suministraba “consejos” al oído. Creo que este punto, por sí
mismo, puede ilustrar lo anómalo del encuentro: Pérez Hernández cuestionó a
Olmos sobre sus gasolineras mientras el priísta charlaba con su entrenador, lo
cual le daba a Olmos el pretexto para no contestar “lo que no había oído”.
Todavía sigue siendo buena hora para que el candidato priísta revire a dicha
crítica. ¿Es cierto ese incómodo dato sobre sus gasolineras?
Resemanticemos, entonces, el término; demos a las palabras su valor real. Si los simples debates no son debates, ¿cómo creer, pues, que la compleja democracia es democracia o que la justicia es justicia? ¿Qué significado les dan nuestros políticos a las palabras que usan? Nadie, en fin, ganó en el debate de los candidatos torreonenses simplemente porque no hubo tal. Seguiremos esperándolo.
11/9/05
Gordo eres o en gordo te convertirás
Desde
que la revista Playboy, la muñeca
Barbie y el galanazo James Dean ayudaron a establecer los estándares de la
belleza occidental en el siglo XX, los gordos fueron, fuimos, brutalmente
desterrados de la estimación social. Si antes Boticelli y Goya, desde el
renacimiento hasta el romanticismo, respectivamente, exaltaron con su pincel la
belleza de las llantitas y la carne en abundancia, el desarrollo de los
dieciochescos tontillos, polisones y corsés comenzó a determinar lo que con
Barbie concluyó en el extremo del rigor: que las cinturas fueran estrechísimas
y que la nalga y la teta se levantaran al cielo como signos de belleza y salud.
Tan fundamentalista es la presión social atizada por los medios que muchas
mujeres —y cada vez más hombres— padecen los estragos de enfermedades
vinculadas al apetito de la inapetencia y la suma delgadez, como la anorexia.
El
viernes 26 de agosto, en la sección Tendencias de La
Opinión, una nota de AP, fechada en Rochester, New Hampshire, da cuenta de
un nuevo problema enfrentado por la comunidad médica: decirle a un gordo que
está obeso (o a un obeso que está gordo, como sea, que el orden de los
factores no altera la dificultad del eufemismo). La nota describe que cierta
paciente presentó una queja legal en contra del médico que primero la declaró
obesa y luego le aventó un sermón sobre su gordura. Terry Bennett es el nombre
del facultativo (prehistórica palabra que antes se usaba mucho en la
literatura) metido en aprietos.
El
desaguisado llegó al Consejo de Médicos de New Hampshire pues la anónima
mujer declaró en su querella que el galeno (esta perla verbal la pido prestada
al periodismo policiaco) se pasó de la raya al llevar el tema meramente fisiológico
de la gordura al terreno de lo íntimo: “Bennett dijo a la paciente que,
conforme a las estadísticas, era probable que ella viviera más tiempo que su
marido (quien por cierto también está más que excedido de peso), y que de
persistir en su obesidad, tendría dificultades para encontrar a un nuevo
hombre”. Ahora Bennett, por haberse echado ese choro nada motivador, puede
probar de dos amargas sopas: perder su licencia para el ejercicio médico en la
localidad o ser amonestado “por exceso de franqueza”, señala la nota.
Pese
a lo risible que pueda parecer, el problema de la obesidad tiene en bancarrota
moral a buena parte de la humanidad. Pero como lo insinúa la increíble y
triste historia del doctor Bennett y su pacienta deslenguada, no es tanto el
flanco de lo físico lo que duele, sino el de lo psicológico, de ahí que la
mayor parte de las dietas sean acometidas mucho menos por indicios de mala salud
que por el deseo de no ser rechazado o de no ser, simplemente, motivo de guasa.
Porque
en todas partes hay un bombardeo publicitario despiadado a favor de la delgadez
y en burlona contra del tonelaje subido. En general, todos los anuncios que
elogian a la figura estilizada, estrecha, aeróbica, son un hachazo a la
gordura, así sea sólo por alusión. Pero hay casos de publicidad salvajemente
agresiva contra los modelos inspiradores de Fernando Botero. Recuerdo un anuncio
reciente de la web ligaliga.com. Una gordita chatea con un galán, y se
sobrentiende que quedan de encontrarse en una especie de café. Llega la hora de
verse y opera el equívoco del comercial: el joven se lamenta cuando ve entrar a
la gorda, quien lo mira directamente y hasta lo saluda de lejos. La gordita se
dirige a la mesa del muchacho (he aquí la sorpresa), pasa de largo y se
encuentra con un gordo instalado en otra mesa, atrás del galán. Luego, como
colofón aleccionador, el chico carita abraza a una chava supercuerísimo (término
aportado por los parroquianos de Don Quintín), su verdadera interlocutora en el
chat. Al final de esta burla, la voz en off
de un locutor señala algo así como que “cada quien encuentra su cada cual”
en ligaliga.com.
Muy
recientemente, mi amiga colombiana Jazmín Triana Durango destacó en una
conversación informal la enorme cantidad de gordos que ella notó en La Laguna
(en Argentina y en Chile alguna vez me asombré a la inversa: que por allá no
hubiera tantos pesos completos). El problema, le comenté a Jazmín, está en
nuestra pantagruélica ingesta de manteca. “En Colombia no hay tantos”,
insistió ella, y rápido pensé otra vez en la tortura que inflige, a los
mexicanos con kilos de más, la difusión desde los medios de una figura donde
no reina la grasa, el escarnio contra los portadores y las portadoras de
michelines, dicho esto a la vicentina usanza.
Mientras
tanto, y en una especie de venganza machista, homofóbica y malandra, algún
gordo de los que no se agüitan hizo circular vía mail la siguiente declaración
de guerra. Ignoro si alguien ya se sumó a esa anómala causa; yo no le he
hecho, pues ejerzo mi gordura por la libre, sin partido y sin rencor hacia los
propietarios de cuerpos estilo metrosexual. Leamos:
“26
de agosto: Día de los panzones. Tú, hombre, cansado de luchar contra la
balanza, que te miras en el espejo y ves aquella barriga saliente, que tienes
envidia del vecino al que le gusta andar sin camisa mientras lava su carro y
mostrándole los músculos a todo el que pasa, no te pongas triste, sólo piensa
que este profesional del gimnasio pasa al menos veinte horas semanales
trabajando ese cuerpo. Veinte horas frente a los espejos del gimnasio, sin
reparar que existen bellas y deliciosas mujeres a su lado y que apenas las mira
para pasarle las pesitas o el paño que se les cayó al suelo.
Sólo
imagínate cuántas cervezas él no se ha podido tomar. Puro Red Bull y
Gatorade. ¿Grasas y harinas? ¿Una carne asada a las brasas con toda su grasa?
Ni en sueños; ¿y todo esto para qué? ¿Para quedarse frente al espejo viéndose
lo bonito que es?
¡Ya
basta! Ya todo el mundo sabe que a los únicos que les gusta un hombre bonito es
a los maricones. ¿Qué desea una mujer? Un hombre inteligente, cariñoso,
dulce, tierno, y con panza; pero principalmente rico, con la billetera llena de
dólares, Visa y Master Platino; y claro, una nave espacial de otro planeta
(puede ser de Alemania o Italia), con el mejor equipo de sonido y si es posible
un DVD con pantalla que se esconde en el tablero.
Por
esto se está proponiendo el 26 de agosto como Día internacional de los
panzones. Ya basta de tener la conciencia intranquila después de beber aquellas
cervecitas viendo el partido, después de comer aquellos deliciosos chicharrones
con salsa molcajeteada.
Ahora,
amigos, vamos a llenar los restaurantes y todos los bares del mundo. Invitemos a
nuestros cuates a que compartamos sábados de carne asada, con chorizo y
salchichón; vamos a empinar todas las cervezas, también tomemos Coca Cola
normal. Pidamos chicharrones con bastante grasa, hagámonos tacos retacados de
fajita y frijoles con tocino; comamos todo lo que nos sirvan. Y no nos olvidemos
del delicioso queso botadero, de los totopos crujientes y aceitosos. Pidamos
postre de los buenos, con el doble de leche condensada y no le tengamos miedo a
los helados llenos de calorías.
Llegó
ahora nuestra oportunidad: mandemos la ensalada de lechugas con limón a la mesa
de los gays. Nuestro lema: ‘Más vale un panzón bueno en la cama que un
gimnasta maricón’. Nuestro ídolo es Homero Simpson.
Informa
de esto a todos tus amigos con panza cervecera (bironguera) y a todas aquellas
inteligentes mujeres simpatizantes. Ya sabes que son muchas. La verdad no
estamos solos…”.
9/9/05
Cuentos de Alfonso López
Desde
1987 fatigo ininterrumpidamente las cansadas aulas en plan de pobresor
universitario. No miento ni exagero si digo que es una profesión fascinante,
aunque a fuerza de ser sincero reconozco que puede agobiar incluso al pedagogo más
clavado, de ahí la buena costumbre, no muy habitual entre nosotros, de los sabáticos.
En estos años he cumplido con la exigente rutina de atender alumnos de todas
las condiciones: desde el mocetón insolente hasta el geniecillo que todo lo
sabe; desde la niña chípil que estudia porque no hay de otra, hasta la
estudiante disciplinada y competente. Entre las experiencias docentes que más
aprecio está una que por lo regular nunca es resaltada por nuestro gremio: la
de contar con alumnos de mayor edad que la del profe, cuando lo común es lo
contrario, que el maestro siempre sea
mayor que el alumno.
Eso me ha
pasado varias veces, y no titubeo al subrayar que en buena parte de los casos he
percibido una disposición muy abierta en esos alumnos que con todos sus años a
cuestas han llegado, por una u otra razón, al aula en donde yo, se supone, he
desempeñado el rol de profesor. El ejemplo más reciente de esta curiosa relación
lo viví hacia el 2004 en la Escuela de Escritores de La Laguna (EEL),
y el extraño discípulo —ahora entrañable amigo— fue don Alfonso López
Vargas.
Nacido
en Morelia, Michoacán, en 1929, Alfonso
López Vargas vive en Torreón desde hace más de veinticinco años.
Es contador de profesión. Se ha dedicado a las artes escénicas como maestro en
la Casa de la Cultura de Torreón, en la UIA Laguna y en el Teatro Alfonso
Garibay (antes Mayrán). Ha sido actor y director en las obras Historia
del zoológico, El gesticulador, La
muerte de un viajante, Las alas del
pez, entre otras. Estudió el diplomado en creación literaria en la EEL y
ha publicado parte de su obra narrativa en algunos periódicos y revistas de la
región lagunera. Su primera publicación en libro apareció en el volumen
colectivo Rasgar los horizontes,
compilación narrativa de la EEL.
Recuerdo
que la primera materia en la que trabajamos fue en la de cuento. Alumno bien
dispuesto a escuchar, a tomar nota, a preguntar sin poses, Alfonso (de inmediato
le quité el “don” no por falta de respeto, sino por exceso de afecto) fue
llevando relatos sesión tras sesión (muchos de ellos escritos varios años
antes de mostrarlos), y pronto advertí que había en él una sensibilidad muy
bien dispuesta para el trabajo literario. Sus antecedentes teatrales como actor,
director y maestro le enseñaron que cada cuento, como cada puesta en escena, es
un reto, que pese a las reglas básicas del género cada pieza era un desafío
diferente para el creador. Así, unos mejores que otros, como ocurre siempre,
los relatos de Alfonso López comenzaron a formar un legajo que casi gritaba por
convertirse en libro. Un día, sin más, le plantee esa posibilidad, él dudó
un poco, pero al fin coincidimos en que esa obra vendría a complementar muy
bien su fructífero paso por las artes escénicas.
Siempre
lo pensé, y no es necesario que me lo exijan para enfatizarlo: la estética de
Alfonso López poco tiene que ver con la que suelen abrazar hoy los escritores jóvenes.
Lector de autores que ya no están en la cresta de la moda, hombre que se crió
en un México que ya casi se nos escapa de las manos, el autor de Del
alba al anochecer refleja en sus criaturas de papel una visión de la
literatura que ahora quizá no nos parezca a tono con el timbre posmo
de los contenidos y las formas literarios actuales. Precisamente por eso quise
prologar el libro de Alfonso López, para establecer allí algunas mínimas
coordenadas al lector, para contextualizar esa obra sincera, legítima, armada
con ejemplar disciplina y deseos de comunicar. Hoy, la experiencia de Alfonso
está sirviendo de estímulo a muchos hombres y mujeres que en la llamada
“tercera edad” ignoraban que la literatura puede ser una explosión de gozo
intelectual en medio del silencio, que sus historias también pueden ser
contadas.
El
prólogo que escribí para Del alba al
anochecer es el siguiente:
“Ocultos
mucho tiempo tras el velo de la timidez y la modestia, los relatos de Alfonso López
Vargas ven ahora de frente a su lector y le muestran, entre otras virtudes no
menos apreciables, el discreto encanto de la sencillez. Ficciones de lo
inmediato son todas las que este narrador michoacano-lagunero ha ido escribiendo
sin apremio, únicamente motivado por el deseo de expresar las emociones que lo
habitan de la manera más económica posible, sin huecas pretensiones, sólo con
el legítimo afán de imaginar en voz alta, de edificar microcosmos donde
se puedan apreciar los diferentes rostros de la vida que discurre en los
entresijos de lo cotidiano.
Algo
de las canastas de Traven o del Yáñez y su Flor de juegos antiguos encierran
los cuentos de López Vargas. Tienen, como los de aquellos dos grandes
escritores de temple nacionalista, la fresca irradiación de una
experiencia que a cada renglón nos parece familiar, tan inmediata como
el pan sobre la mesa o la prenda refulgiendo al sol en el tendedero. No
albergan, pues, la anécdota tremebunda, el sangrante filo de la
literatura terriblista, la feroz lucha de contrarios irreconciliables. Más
bien, las historias arracimadas en Del alba al anochecer son contadas
como en sordina, sin aspavientos, y remiten a situaciones que nos parecen
propias, comunes a todos, nuestras en suma.
Lo
interesante en este caso es la delicada tensión que palpita debajo de cada
texto. Siempre hay un conflicto humano, por leve que parezca, escondido en los
pliegues de los relatos burilados por la mano de López Vargas; configuran sus
narraciones, entonces, una especie de pequeña cornucopia de lo doméstico, y no
resulta impreciso afirmar que muchas remiten a la calidez del bodegón o al
cuadro con escenas familiares donde lo funesto —y en algunas ocasiones, muy
pocas, lo venturoso— se manifiesta sin pirotecnias ni grandilocuencias retóricas.
La
vida fluye aquí a ritmo de savia. La provincia se planta a la mitad del foro,
hombres y mujeres —muchos de ellos niños— entreveran sus destinos y al
final de cada historia, acaso sin remedio porque sin remedio y sin grandes
claroscuros fluye la existencia, topan con alegrías o desdichas ordinarias,
fatalmente ajenas al heroísmo pero también, y he aquí lo importante,
profundamente humanas, tan reales que convierten a los personajes, originalmente
hechos de palabras, de tinta y papel, en seres de carne y alma y sangre y emoción.
Alfonso López Vargas, hombre sencillo, modesto y generoso, teatrero y melómano
para más señas, abre en Del alba al anochecer la puerta de su comunidad
cuentística. Estas historias dejan ya de pertenecerle. Ahora son nuestras, de
todos sus muchos o sus pocos lectores, y no sin afecto, con una mano que se
extiende, se las agradecemos”.
Del
alba al anochecer será presentado mañana jueves 8 de septiembre de 2005 en
el Cinart Pilar Rioja (antigua estación del ferrocarril en Torreón) a las 8.30
de la noche. Participaremos el poeta Julio César Félix (maestro de la EEL), el
autor y yo. Contaremos con la presencia de Teodoro Villegas, coordinador de las
escuelas de la SOGEM, y de Tere Muñoz, directora de la EEL. La entrada es
libre.
7/9/05
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