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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

El perro de Bush
Seguramente
esa foto le dio la vuelta al globo. Yo la vi el jueves 1 de septiembre en La
Jornada, y su pie dice sintéticamente: “George W. Bush dejó ayer
su rancho de descanso en Crawford, Texas, en compañía de su perro, Barney,
para coordinar desde Washington la ayuda para las víctimas que dejó Katrina
FOTO AP”. En ella, el presidente norteamericano viste traje negro, camisa azul
claro y corbata roja, va a coordinar las labores de rescate a una zona
devastada, levanta el brazo derecho como signo de saludo y en el izquierdo carga
a su schnauzer negro. Esta imagen vale más que mil sinvergüenzadas. No creo
exagerar que eso es una frivolidad, que el bello animal debió quedarse en el
rancho mientras su amo se encaminaba a simular un poco de solidaridad por los
damnificados.
Conozco, respeto y aplaudo
la cultura del amor por los animales, y sé que los perros gozan en muchas
familias de privilegios que ellos bien merecen por su compañía y ayuda
desinteresadas, pero un primer mandatario no puede banalizar, en las condiciones
de la actual Nueva Orleáns, sus acciones de gobierno con el fino perro de la
casa. Ese gesto de frivolidad, por mucho que lo queramos convertir en una bellas
escena casera, ilustra por sí solo el poco tacto que tiene ese presidente
nefasto para manejar crisis en donde está de por medio la vida de inocentes
pobres, sean estos niños iraquíes o negros del sureste norteamericano o
mexicanos en Arizona, que en términos reales valen lo mismo para el hombrecillo
déspota que viaja en el Air Force One.
Le está pasando al principal habitante de la Casa Blanca lo mismo que le
aconteció en 1985 a nuestro Miguel de la Madrid, aunque con algunas
diferencias. En el caso del mexicano, un desastre natural, el sismo del 19 de
septiembre, iluminó la grandeza de su ineptitud como cabeza de la nación, lo
que de inmediato fue rebasado por la poderosa solidaridad de nuestros
compatriotas, hombres acostumbrados a la furia de la tierra. En EUA, y no tanto
por ineptitud sino por cinismo, Bush fue anulado por el desastre porque ha dado
muestras de que la vida de los damnificados, en su mayoría negros, le importó
y le importa mucho menos que seguir financiando su estúpida agresión en Medio
Oriente, de ahí la ligereza de las maniobras de protección previas a la
embestida de Katrina y la franca lentitud de la ayuda a las víctimas
luego de la hecatombe. Por eso, si Bush así trata a los suyos, ¿qué nos
podemos esperar como mexicanos cuando se habla de tratados migratorios durante
la administración de ese lunático?
No deja de ser lamentable, por otra parte, que deban ocurrir cataclismos en los Estados Unidos para que su población cobre conciencia de lo terrible que es la pobreza extrema. Sin comparar sus niveles de miseria con los de América Latina y mucho menos con los de África, los pobres de nuestro norteño vecino también abundan y son prescindibles para el capital económico y político. La naturaleza, que hoy se desquita por el calentamiento global provocado por la arbitraria explotación de los recursos terrestres que sólo a pocos dejan inabarcables ganancias, le ha quitado la cobija a Bush y al acomodaticio norteamericano estándar, y ha convertido a Nueva Orleáns en un infierno acuático en el que los pobres facturan con sus vidas las insolencias del imperio.
Katrina deja, me parece, una lección para el mundo, sobre todo
para los hijos del tío Sam, tan acostumbrados a que la multitudinaria desdicha
siempre ocurra fuera de sus fronteras. Esta afirmación, por supuesto, no
celebra el desastre ni se regodea con las escenas de horror que todos los medios
han transmitido desde la meca del jazz. Simplemente deja ver que si la elección
de Bush fue un agravio de lesa humanidad, la reelección ha significado la
prolongación de un régimen de terror que ahora hasta ellos, los mismos que lo
eligieron, están padeciendo. Por eso Michael Moore, el famoso documentalista,
ha restregado en el rostro del texano unas palabras que son verdad cruda (La
Opinión Milenio, 3 de septiembre): “No, señor Bush, siga el curso. No es
su culpa que 30 por ciento de Nueva Orleáns viva bajo la pobreza o que decenas
de miles no hayan tenido transporte para salir de la ciudad. ¡Son negros!”.
Son negros, y sería igual si hubiéramos sido mexicanos, salvadoreños,
palestinos, iraquíes, afganos... pues qué diablos podemos valer a los ojos de
ese régimen.
Y si no valemos en la vida —donde al menos somos fuerza de trabajo a
bajo costo, mulas de carga—, mucho menos valemos en la muerte. Conste que
hablo aquí totalmente identificado con las víctimas, pues una mínima visión
internacionalista me ayuda a percibir como iguales a esos miles de negros
humillados por el imperio donde habitan. Valemos tan poco cuando estamos vivos
que David Brooks, corresponsal de La Jornada, citó (1 de agosto)
palabras del New Orleans
Times-Picayune, el diario más
importante en la región del desastre: “‘Nadie
puede decir que no se pronosticó. Años antes de que el huracán Katrina
se estrellara contra la costa el lunes por la mañana, devastando la costa del
Golfo, funcionarios de Louisiana, Mississippi y Alabama habían advertido de su
vulnerabilidad ante estas tormentas”. Y agrega esto que es casi macabro: “El
rotativo, el más importante de la región, lo sabe bien: en 2002 publicó una
serie especial de cinco partes pronosticando casi todo lo que acaba de
suceder”.
O
sea que por advertencias no pararon los medios de comunicación locales, pero el
presidente desoyó esas palabras y con toda tranquilidad, sin dejar de acariciar
a su schnauzer, “Bush ha desviado fondos federales para el control de
inundaciones y defensa frente a desastres naturales para destinarlos a la guerra
en Irak y la seguridad nacional. Sólo el año pasado, Walter Maestri, un jefe
de la oficina de manejo de emergencias en el sur de Louisiana declaró al Times
Picayune: ‘parece que el dinero se ha trasladado en el presupuesto del
presidente para manejar la seguridad interna y la guerra en Irak, y supongo que
ese es el precio que pagamos. Nadie a nivel local está contento con que los
diques no puedan ser completados y estamos haciendo todo lo que podemos para
argumentar que es un tema de seguridad para nosotros’”, cita Brooks.
Katrina deja
pues un saldo terrible y doloroso para Nueva Orleáns, reduce a cero el poco
capital en imagen que le quedaba al hombrecillo de la Casa Blanca y abre una
gran oportunidad para el mundo entero, principalmente para los norteamericanos:
que nunca más lleguen al poder sujetos que sólo custodian sus intereses en el
mercado del petróleo y de las armas, como el despiadado George W. Bush.
4/9/05
Carlos Valdés y los indios nómadas
Pese
a las inercias y a las resistencias, la historia con un sentido científico se
ha procurado cancha en este país demasiado acostumbrado, cuando no a la
ignorancia absoluta sobre el pasado, sí a la historia oficial que preconiza la
exaltación de los héroes nacionales y de la política como únicos temas de
hagiográfica investigación. Así, por kilos, por toneladas, cunden los libros
sobre las figuras de Madero y Carranza, lo cual me parece admirable hasta el
momento en el que esos monolíticos asuntos no sofoquen la inmensa diversidad
temática que desde hace décadas espera ojos decididos a transitar nuevos
caminos. Coahuila, en este sentido, es un excelente ejemplo de la convivencia, a
veces no muy cordial, entre la historia de bronce (de monumento público) y esa
otra donde se destaca menos al personaje y sus hazañas y más a la dinámica
social, cultural, económica y política de grupos humanos casi perdidos en la
bruma del pretérito.
Entre estos últimos destaca el quehacer de Carlos Manuel Valdés Dávila (Saltillo, Coahuila, 1944), reconocido especialista en la historia india y negra en el contexto colonial novohispano. Él estudió Humanidades Grecolatinas, Filosofía e Historia. Creó el Centro de Documentación Regional de la Universidad Autónoma de Coahuila. Durante ocho años fue director del Archivo Municipal de Saltillo, y entre sus publicaciones destacan, además de numerosos artículos para revistas especializadas y divulgativas, el libro de texto Coahuila. Historia y Geografía (1998), La gente del mezquite. Los nómadas del noreste árido (1995), Los tlaxcaltecas en Coahuila (1999, en colaboración con Ildefonso Dávila), Esclavos negros en Saltillo. Siglos xvii a xix (1989) y Sociedad y delincuencia en el Saltillo colonial (2002). Sintéticamente, ésa es la vinculación de Valdés Dávila con dos de los flancos más importantes de la historia: como organizador de fondos documentales y como investigador que desde hace algunos años ha dado a la prensa textos de suyo necesarios para comprender con mayor certidumbre el pasado coahuilense.
Valdés
Dávila ha sumado recién una línea, la mayor, a su ya de por sí deslumbrante
palmarés. El 31 de mayo, este saltillense de excepción defendió su trabajo
doctoral en Francia, y el resultado fue notable, como se puede apreciar en la
entrevista que le hice. “Los
bárbaros, la Corona y la Iglesia: Los indios nómadas del noreste mexicano
frente a la sociedad hispánica” es el título de ese trabajo que es un
recorrido documental por el laberíntico mundo de los indígenas coloniales a
quienes se esclavizó, explotó, enfermó, convirtió, controló, etc.
Para
llevarla a término, dice el historiador, “debí pasar por la lectura de
documentos manuscritos que datan de 1563 hasta 1826, más o menos. Es evidente
que los documentos se encuentran dispersos. Encontré mucho en Coahuila
(Saltillo, Parras, Monclova, Guerrero...) pero casi toda la información es
demasiado breve, incompleta. Otro lugar interesante fue, por supuesto, el AGN,
en donde se encuentra información complementaria, indispensable. También vi el
Archivo Franciscano, que está en la UNAM y es riquísimo. Consulté la
Biblioteca Pública del Estado de Jalisco en la que hay mucho sobre indios de
Coahuila, sobre todo de los de Monclova hasta Texas (nada del sur actual del
Estado). En Zacatecas se encuentra un poquito de información. Encontré pocas
cosas, pero de importancia, en Berkeley, California. Finalmente, el Archivo
General de Indias fue el hallazgo del tesoro”.
Añade
que no usó toda la información en la tesis y que eso le duele enormemente.
“No, no era posible, porque me hubiese llevado unos meses más y mi director
de tesis me lanzó un ultimátum. Dejé de lado mucho sobre Nuevo León y
Tamaulipas que emplearé en algunos ensayos futuros”.
Sobre
el tiempo que demandó la articulación de este trabajo, señala: “Todos los
compañeros de por acá que estudiaron historia y se han doctorado o
‘maestreado’ recibieron becas y gozaron de entre tres a seis años libres
para elaborar sus tesis. Yo tuve tres meses libres, nada más. Esto no es para
criticarlos a ellos o para presumir, sino para explicar por qué yo tardé
tanto. Bien, entonces yo tardé seis años en elaborar la tesis, ya que al
mismo tiempo debía hacer otras mil cosas”.
Valdés
Dávila comenta sobre el entorno de su defensa: “Mi examen doctoral fue público.
Fue muy largo. En total unas cuatro horas y media nada más de defensa, más la
media hora de la ceremonia inicial y final, deliberación, etc., lo que juntó más
de cinco horas. En general fue intensa, pero agradable porque con cuatro de
los cinco maestros casi se trató de un diálogo. Sólo con un maestro tuve una
relación dura, agresiva, incisiva. Sin embargo terminó en una buena calificación,
luego que el jurado, para deliberar, nos echó fuera. Asistieron alumnos,
maestros y personas de la ciudad de Perpignan porque la comunidad estaba
enterada de la defensa de la tesis, del tema, lugar y hora (mi maestro
me dijo que algunas le eran desconocidas). Entre los asistentes estaba un
anarquista catalán, dos africanos, un brasileño. La fecha de defensa fue el 31
de mayo. Cada uno de los cinco jueces entregó una opinión por escrito (que yo
conservo y es parte del archivo de tesis de la universidad)”.
Sobre
la edición de ese estudio, dice que “Yo no tenía intención de que se
editara porque dejé mucha información fuera por las prisas, pero ya me la
pidieron. Estoy pensándolo. Creo que cederé al final pero me quiero tomar mi
tiempo para cambiarle algunas cosillas que fueron escritas para los franceses.
También evitaré lo referente a teorías de la historia, hermenéutica, etnología,
que resultarían aburridas a un lector. La tesis forma parte de mi vida, por
esto no es un salto con respecto a mis anteriores trabajos, no podría serlo.
Pero sí contiene elementos novedosos y mucha más documentación. También
crece en lo tocante a la reconsideración del Estado y su papel en la desaparición
del indio. La Iglesia es reconsiderada a su vez partiendo de sus propias
declaraciones, pero sobre todo, de sus acciones. Creo, también, que soy menos
subjetivo ahora que antes y que tengo muchas más lecturas a mi haber, sobre
todo de filósofos; lecturas que te cambian en profundidad. De los tres sujetos
de esta historia (Indios, Estado, Iglesia) se conoce más ahora con esta
tesis”.
Y
habla sobre proyectos: “Deseo escribir varios ensayos pequeños sobre
documentos que encontré. Me atrae mucho la interpretación de cuestiones
rituales, algo sobre la simbología religiosa católica y lo que los indígenas
entendían; finalmente, comentar un documento encontrado en Sevilla que
parte en dos nuestro conocimiento del estado español”.
Con historiadores de tal calibre Coahuila definitivamente avanza —dicho esto con ánimo no oficialista, sino académico— hacia el conocimiento de su pasado social, de su historia no broncínea.
2/9/05
El retorno de las máscaras
En los años recientes se ha dado un extraño despertar de la lucha libre como espectáculo de masas socorrido por los medios. Los ejemplos cunden: además de las transmisiones televisivas de la triple A auspiciada por Televisa, el Cartoon Network tiene series de dibujos animados: Mucha Lucha y otra que ya, o dentro de poco, exaltará la figura canónica del Santo. Junto a eso, el regreso de las máscaras —símbolo supremo de la lucha— ha estado presente en algunos sketches de Adal Ramones, en el chusco grupo de amenización en el show de Omar Chaparro y en otros programas atroces como Vida TV, donde un enmascarado funge como juez en un cavernícola jurado que califica el desempeño de cantantes y bailarines amateurs. En la televisión local, el Canal 9 transmite, no sé qué días, creo los sábados, algunas funciones celebradas en Monterrey.
Como se ve, parece mucho aparador para un deporte/espectáculo que se supone vivió su boom en los sesenta, cuando El Enmascarado de Plata hacía de las inverosímiles suyas en blanco y negro, pero que decayó hacia los setenta y durante al menos veinte años sobrevivió refundido, sin publicidad ninguna, en las depauperadas y crapulosas arenitas de la república, siempre olorosas a mingitorio y a semillas-cigarros-chicles-chocolates-garapiñados. La lucha pareció condenada, en ese silencio de dos décadas aprox, a la extinción mediática, pero cual retorno de Las momias de Guanajuato (film estrenado el 3 de febrero del 73, dirigido por Federico Curiel y “actuado” nada menos que por el Santo, Blue Demon y Mil Máscaras) revivió sus añejas glorias y ahora goza de espacios lucidores, como la cadena de televisión para niños más influyente y perniciosa del planeta, el Cartoon Network ya citado.
No sé cuál es la razón de fondo por la que ha resucitado el fenómeno, y además no tengo espacio, ni me lo permitiría, más que para referirme al hecho y describirlo un poco. Por eso recuerdo aquí que en 2003 me entrevistó para una clase, vía mail, un joven de Saltillo llamado David Muñoz, estudiante de Letras. Ignoro qué pasó con aquellas palabras, pero como estaban pensadas con pausa creo que sirven para fijar mi posición sobre la lucha, exquisito espectáculo al que asisto cuando no se empalma con la Camerata o con mis clases particulares de sánscrito. No estoy completamente solo en la afición luchalibrística, pues mis amigos Raymundo Tuda, Beto Rubio, Mariano Chávez, Domingo Deras y mi hermano Luis Rogelio son grandes conocedores y muy seguido regresan al Medievo gracias a los cuadriláteros de la comarca.
Este es el resultado de aquel diálogo con David Muñoz.
1. Sé que eres asiduo a la lucha y que vas a la de Gómez. ¿Aunque suene raro, qué cosa te haría creer aquello de que entre peor sea el espectáculo, es de mejor calidad?
Para empezar, esta entrevista parece una buena broma. ¿Vamos a hablar de lucha? ¿Soy yo la persona más indicada para hacerlo? ¿Soy en verdad un “asiduo” o un simple espectador lejano? Bueno, respondo (o trato de responder). Primero: ¿cómo se mide la calidad? ¿Quién la mide? Si la lucha de Gómez la medimos con las varas de la lucha promovida por y desde Televisa, evidentemente la lucha de Gómez es mala. Pero si la lucha de Gómez la medimos con otros parámetros puede ser que sea la mejor lucha del mundo, es decir, una lucha en donde lo importante no es la representación que se da arriba del ring, sino el contexto aledaño, un contexto en donde el afán desahogativo de la muchedumbre se ve gratamente recompensado con todo tipo de alusiones verbales, imágenes, olores y sabores de raigambre popular nada pasteurizados por la mercadotecnia. Lo que encuentro en Gómez es poesía en estado salvaje, teatro popular en efervescencia, no sólo lucha libre. En otras palabras, voy de vez en cuando a la lucha de Gómez para ver y oír la risueña catarsis de la gente. La lucha es lo de menos. Si a eso le agregamos una cerveza, pues ya no se puede pedir nada más en la vida.
2. ¿O es que también prefieres las piruetas y los güeyes bien mamados de la triple A y la triple ele?
De alguna manera ya contesté eso. La lucha artificiosa y cara (la de la llamada triple A) no me interesa por lo que tiene de efectista. En las arenas de provincia la lucha es un espectáculo donde se funden los luchadores con el público; allí, pues, no son ídolos inalcanzables, sino el improvisado albañil o el menesteroso vulkanizador de la esquina, el pobre subempleado que también se trepa al cuadrilátero para ganarse unos pesos extras confiado en que la gente lo va a ver sin exigirle nada, sólo capacidad para soportar el ridículo y las mentadas de madre.
3. ¿Si estuvieras en tu lecho de muerte y tu último deseo fuera ver una lucha “a dos de tres caídas sin límite de tiempo”, a quiénes te gustaría ver y por qué?
Un clásico: Gory Guerrero contra el Cavernario Galindo. De alguna manera, ellos siguen peleando en la eternidad.
4. ¿A quién le apostarías y cómo crees que sería un enfrentamiento —bien hardcore, máscara contra cabellera— entre El Enmascarado de Plata y Paquita la del Barrio?
Santo me cae bien, no así la señora esa que es y será por siempre plagiaria de Chelo Silva. La pregunta me parece improcedente. Preferiría un Santo versus la Tetona Mendoza.
5. La poesía de Sabines y una novela como Idos de la mente son textos que apelan a lectores avezados como a otros que no lo sean tanto. ¿Qué cosa es lo que hace que un texto pueda ser consumido por ambos lectores?
Sabines y Crosthwite son autores que le guiñan demasiado el ojo a la realidad inmediata, la que puede ser rápidamente digerida por el lector no muy “avezado”.
6. ¿Se dice que todo tema es bueno para escribir pero por qué preferir el de la lucha sobre otros? Desde hace algún tiempo está de moda desmitificar las figuras públicas. Enrique Serna escribió sobre Selene Sepúlveda (Señorita México) y una novela histórica sobre Santana de la cual no recuerdo el nombre. Aquí en México también se ha escrito Con M de Marilyn y la que mencioné con antelación, Idos de la mente.
No entiendo la pregunta. ¿Quién prefirió el tema de la lucha? ¿Yo? ¿Cuántos textos he escrito sobre el tema?
7. En Puerto Rico, Luis Sánchez escribe La importancia de llamarse Daniel Santos y la lista podría ser interminable. ¿Si a ti te diera por hacer un trabajo de esta índole con un luchador por quién te decidirías y por qué razón lo escogerías? ¿Se dice que cuando los niños mueren van al cielo, pero qué pasa con los que no mueren... acaso de grandes van a la lucha? Si hay algo que quisieras agregar te lo agradecería. Gracias.
Si me obligaran a escribir la vida de algún luchador, supongo que buscaría a uno lagunero. Trataría de encontrar a un hombre común, a alguien que en realidad hubiera fracasado como luchador y que en su presente conservara intacta la frustración. La vida de los fracasados es la que más me interesa recoger. La victoria es una vulgaridad; los únicos personajes con densidad humana son los que han perdido, los derrotados. En ellos veo mi espejo. El éxito es asunto de Miguel Ángel Cornejo, no mío.
31/8/05
Agravios del despilfarro
Sin metáfora, la democracia mexicana nos cuesta uno y la mitad del otro. Su financiamiento es, de hecho, el más caro del planeta y un agravio permanente a los más de setenta millones de mexicanos que padecen economía familiar de focos rojos. En la semana que hoy termina, el periodismo mexicano comentó con alarma y pena ajena la escandalosa cifra que alcanzará, en total, el financiamiento “legal” a los partidos para los comicios de 2006: cinco mil millones de pesos. Un articulista y dos columnistas, colaboradores de El Universal, Reforma y La Jornada, tuvieron a mi parecer los comentarios más atinados sobre el tema, y con montos y argumentos demostraron el gradual y cínico encarecimiento de cada sufragio mexicano desde 1991 hasta la fecha.
José Antonio Crespo (“El alto costo del voto”, El Universal, 18 de agosto) historia el tránsito recorrido por el voto mexicano desde la constitución del IFE. Las cifras son escalofriantes, y permiten ver que, salvo el opulento y enojadizo narco, nada hay en México más lucrativo que fundar un partido político. Según Crespo —investigador del CIDE y colaborador del programa Primer plano transmitido los lunes por TV 11—, el financiamiento a los partidos tuvo su justificación en tres imperativos: “1) que el PRI, que dejaría de ser hegemónico, tuviera un fuerte financiamiento y con ello reducir su tentación a echar mano de los recursos públicos; 2) que los partidos tuvieran menos incentivos para recurrir al financiamiento privado, dado que éste viene con una factura política que después se cobrará; 3) que por lo mismo se le cerraran las rendijas al dinero proveniente del crimen organizado”.
Por supuesto, continúa Crespo, no se logró cumplir con ese triple propósito y ahora el financiamiento es una caricatura que lastima por lo que tiene de abultado y a todas luces incongruente con la realidad. Lejos de crear condiciones propicias para el fortalecimiento democrático de México, los recursos oficiales han apuntalado la partidocracia y transmiten la sensación, la certeza más bien, de que la política, se ganen o se pierdan elecciones, es un botín seguro para cientos de vivales enquistados en las estructuras partidistas, como es el caso del negocio familiar llamado PVEM cuyo capo es el tristemente impune, y prángana de pránganas, Niño Verde.
“De 1991 a 2003 el financiamiento público para campañas se incrementó en 4,500% (...) si además del financiamiento público sumamos el presupuesto del IFE en el año electoral respectivo, entonces el costo de cada voto en 2003 fue de 290 pesos (...) Siendo así, entonces el costo de cada sufragio en 2003 sería de aproximadamente 700 pesos”, dice Crespo, y a eso agrega que la cantidad total es o podría ser mayor en función de los “apoyos” privados, siempre difusos en virtud de la deficiente fiscalización electoral. Así las cuentas, es de sonrojarse lo que ocurre con los votos mexicanos, encarecidos bajo la especie de que “democratizan” la vida política de la nación mientras tiranizan el presupuesto y lo convierten en una suerte de eterno Santo Clos para uso exclusivo y no sólo navideño de los partidos.
En su “Plaza pública” del 24 de agosto (Reforma), Granados Chapa pone sobre el mantel uno de los rasgos esenciales de la curiosa legalidad que legitima la asignación de recursos para los organismos políticos. “Puesto que los grupos parlamentarios dejaron intacta la mecánica que distribuye el financiamiento público a los partidos, es imposible esperar una disminución de su cuantía a la hora en que se apruebe el presupuesto de egresos de la Federación”. O sea que, en términos llanos, si el presupuesto para los partidos es autorizado en el fondo por esos mismos partidos instalados ya en la Cámara, cualquier disminución o mesura en la asignación de los montos equivale a soñar guajiramente, pues aquella es la paradójica esencia del negocio, un verdadero monopolio tocado con abnegado gorro frigio.
Y si no lo creemos, el mismo periodista amplía números sobre la distribución de los cinco mil millones de pesos que los partidos engullirán para el proceso de 2006: “Dos de ellos, PRI y PAN, rebasarán los mil millones de pesos cada uno (mil 265 millones seiscientos mil pesos, y mil 146 millones ochocientos mil pesos, respectivamente). El PRD recibirá 744 millones, el Verde casi 394, el PT casi 279, Convergencia poco menos de 275, y las dos formaciones de reciente registro, Nueva Alianza y Alternativa socialdemócrata y campesina, 82 millones cada uno”. Como se ve, un crimen perfecto, un reparto del pastel muy bien justificado por la legalidad al estilo mexicano.
Por eso, Julio Hernández López, en su “Astillero” del 25 de agosto (La Jornada), comentó que “El financiamiento de las campañas se ha convertido en una decisoria fórmula complementaria de los bien preservados haberes históricos de la defraudación electoral directa que en proporciones fluctuantes practican todos los partidos y no sólo el PRI, aunque justamente esta agrupación (siempre a la vanguardia infractora de cualquier tipo de escrutinio oficial) ha demostrado en comicios recientes la sublimación de esa mezcla imparable de dinero en abundancia y sin control más la permanentemente actualizada mapachería electoral”.
Explícita o implícitamente, los tres periodistas dibujan un panorama en el que, por falta de recursos legales en su contra, deja en la ética de cada partido la responsabilidad de no aniquilar el monto que “legalmente” se les ha asignado, y de que gracias a ese mínimo prurito moral regresen, no sé a dónde, un porcentaje del dinero. Asimismo, Crespo subraya la necesidad de que los ciudadanos castiguen a los candidatos despilfarradores con el único fusil con el que pueden ajusticiar: con la negación del voto.
Si eso ocurriera, por ejemplo, en el Coahuila del 25 de septiembre, Moreira y tal vez Zermeño perderían irremediablemente. Eso no sucederá, sin embargo. Como en nuestras fiestas, a los mexicanos nos gusta que en las elecciones no se vea pobreza. Al contrario: el que más dilapida es el que más convence, el que, pese a su agraviante gasto, triunfa. [email protected]
28/8/05
Tanda de rorras
Las posibilidades de la red son inagotables, tanto que llegará el día en el que nada, absolutamente nada de lo que hagamos estará al margen de este monstruoso medio de comunicación. Por lo pronto, además de haber puesto en nuestra escritorio una galaxia de espléndidos conocimientos, el servicio de la misiva exprés mejor conocido como mail, la mesa de café virtual llamada messenger y un universo de basura y podredumbre cibernéticas, la red brinda servicios cuyo peculiar ingenio era inimaginable hace apenas una década. Y no se piense en acciones sofisticadas, en grandes transacciones de dinero para Suiza o conferencias virtuales desde la Sorbona para el mundo. No. El (¿o la?) internet ha venido a revolucionar actividades que por su inmediatez doméstica dan la impresión de que nunca iban a tender lazos con la red.
Así, gracias a un monitor instalado en la cocina muchas madres pueden vigilar, desde casa, a sus hijos jugueteando en la guardería; o desde casa también es posible comprar el mandado sin dejar de ver la imagen, las características y el precio de cada producto; o desde casa se puede analizar el estado de un saldo bancario o revisar el anuncio clasificado de los periódicos. Eso que parece simplón, cotidiano, es hoy cada vez más frecuente y ordinario en los etéreos predios del ciberespacio, tanto como leer periódicos en línea, copiar archivos de música, chatear, consultar catálogos de biblioteca, “bajar” postales cursis, refocilarse con el aleph de la pornografía y vagar sin remedio por la red para despachar todo trabajo con alguna mínima contextura intelectual, llámese ensayo escolar de secundaria o tesis de doctorado.
Lo que jamás imaginé es ver lo que consignó una nota de El Universal del 17 de agosto, tema que durante una semana se me quedó olvidado en el carcaj. Lo comento ahora, y aseguro que esto me parece ya una mezcla de George Orwel, Juan Orol y el Güero Castro, una nota periodística donde subyacen varios fenómenos de nuestro tiempo: la ineludibilidad de internet como herramienta de comunicación en todos los quehaceres del hombre actual, el anárquico y triste flujo migratorio, la globalización, el salvaje deseo de ascenso social, la tecnología al servicio de los instintos más elementales ubicados debajo del ombligo y, cómo no destacarlo, el cada vez más hondo problema de la prostitución derivado de la pobreza extrema.
Cabeceada “Cambia internet formas de prostitución en el DF”, la nota firmada por el reportero José Juan de Ávila narra el surgimiento de un grupo de profesionistas chilangos que ha decidido, mediante la red, armar una “tanda” para comprar los pasajeros tratos de rorras for export dedicadas al comercio de sus atributos físicos. Son (ellos, los calenturientos) profesionistas sexodependientes, todos de buenos ingresos y todavía mayores aspiraciones, que pueden darse el lujo de un encuentro ocasional frecuente con alguna chica pero que no alcanzarían a pagar con total facilidad los favores de modelos que se cotizan un poco más alto en el mercado, algo así como dos o tres mil pesos la horita de servicio impartida por esas lindas acompañantas argentinas, brasileiras o venezolanas, pura calidad, según la nota del diario capitalino.
La tanda mantenida por los ocho profesionistas es coordinada por un sujeto seudonimizado como “Gamo”; cada participante abona una cantidad a la semana y, de acuerdo a un sorteo previo, espera el turno que le tocó para recibir la oportunidad que le permitirá codearse (es un decir, pues el asunto va más allá del mero codeo) con uno de los bombones anunciados en un escaparate virtual conocido como “Divas”.
“Yo estuve con una diva, la venezolana Ivón; me latió mucho y luego me pregunté cómo tener acceso a otras de una manera más frecuente porque su costo es muy elevado, aunque la calidad es excelente. Se me ocurrió un sistema de tanda, donde con pocos participantes, una absoluta discreción y mucha confianza, pudiéramos acceder a las divas”, cuenta el ingenioso Gamo.
Según el reportero, “Su convocatoria [de Gamo] en el foro de internet tuvo eco. Los interesados se encontraron con el joven empresario de la computación y juntos acordaron los términos de la tanda, un sistema de ahorro muy popular y añejo en la cultura mexicana, que motiva a los participantes a reunir determinada cantidad de dinero durante cierto periodo mediante aportaciones semanales; el monto personal acumulado se va devolviendo a uno por uno de los socios según el número que tomó en la lista de reparto. En este caso se recibe en prostitutas”.
Y añade el periodista: “La ventaja de esta tanda, explica su promotor, es que se cobrará in situ, esto es, en las reuniones en hoteles convenidos e incluirá no sólo el costo del servicio de la chica, sino también la habitación y el consumo de bebidas. Pero lo mejor, agrega, es que a partir del segundo encuentro semanal se rifará, como un plus, otra prostituta. ‘Ese es el atractivo, que es una combinación de tanda-rifa sin fines de lucro’, comenta con franco orgullo el ejecutivo. Más aún, en la última semana serán tres las rifas. Durante dos meses, por lo menos 16 sudamericanas tendrán asegurada una fuente de trabajo. Más los servicios improvisados”.
Y la nota remata: “El empresario [Gamo] admite lo que pocos. El gasto en una prostituta está en su canasta básica”, por lo cual no duda en seguir con la dinámica de las tandas, pues “durante ocho meses acudió cuatro veces por semana al Solid Gold, uno de los table dance más exquisitos en la ciudad de México, en donde pagaba por visita mil 500 pesos con las bailarinas rusas, húngaras y checas del restaurante-bar con sucursales en el Toreo, la Zona Rosa y San Ángel. ‘Pero cambié porque en el Solid Gold te puede costar más a la larga, porque para salir con una chica tienes que invertir: primero en asistir, después en consumir boletos para los tables, más lo que tomes porque no te la vas a pasar sin tomar, y eso al final del día no te asegura nada, puedes ser un cliente muy querido pero a lo mejor las chicas nunca van a salir contigo. Es una posibilidad, pero no aseguras nada y con las divas es algo seguro’, justifica así el joven su salto de las bailarinas centroeuropeas a las prostitutas sudamericanas”.
Poco puedo añadir. Sólo agrego que ahora sí, más que nunca, todos los días aprendemos travesuras nuevas gracias a la tecnología de punta. Qué diría mi tía Remedios de todo esto; la pobre, tan aficionada al rosario y a las tandas. [email protected]
26/8/05
Pianomán, film a ocho columnas
A veces las mejores películas las filma el periodismo. Esa es, al menos, la impresión que me deja el caso del internacionalmente famoso Pianomán. Aunque su historia no ha llegado a “la pantalla de plata” (oh abominable cursilería de reseñista en la entrega de los Óscares), con lo que ha publicado la prensa internacional tenemos para considerar este suceso como largometraje de letras y papel. Todos lo conocemos, y apenas es necesario recordarlo para quienes no hayan tenido contacto alguno con los medios desde abril hasta la fecha.
Resulta (así dice la pequeña tía Chonita que todos llevamos dentro) que el 7 de abril próximo pasado (así dice el pequeño redactor de la PGR que todos llevamos dentro) un joven fue descubierto por la policía británica en las costas sureñas de Inglaterra. Al detenerlo, los cuicos de la poderosa Albión (así dicen los historiadores que se forjan en el rigor del Selecciones) advirtieron que vestía de negro, que estaba totalmente mojado y que traía abrazado, con celo de madre, un buen bonche de partituras. De inmediato, los nietos de Sherlock Holmes dedujeron, con la gélida inteligencia que caracteriza a esos sabuesos, que el muchacho aquel era un suicida, un artista incomprendido, un pianista sometido tal vez al más desenfrenado de los apasionamientos artísticos. Sobraron las conjeturas, pero se impuso una que le dio la vuelta al orbe: aquel veinteañero rubio era un ejecutante prodigio, un pianista de excelencia, acaso un Amadeus del siglo XXI.
Desde que la policía lo rescató de las garras del suicidio, el wertheriano mozalbete dio muestras de su excepcionalidad: tenía la mirada lánguida que es común en el artista incomprendido y algo muertodihambre; aunque demacrado, sedujo a las lentes fotográficas por sus rasgos finos, delicadísimos, y pese a las peticiones más enfáticas de los oficiales se negó a dejar en otras manos las invaluables partituras que traía ceñidas al pecho, su tesoro. Era un artista, un artista en el indeciso trance de suicidarse, sin duda. Esa conjetura terminó por ser convalidada por el terco miedo de su rostro y, sobre todo, por su inexpugnable silencio, un silencio que pronto llevó a pensar en amnesia, en pánico, incluso en evidente autismo.
Lo mejor vino cuando el hecho cundió por el planeta ávido de historias espectaculares, de genios incomprendidos listos para ser, algún día no remoto, pasto de Hollywood y sus guionistas cada vez más previsibles. Muy pronto el misterioso y rubio sujeto recibió el imborrable nombre que le dio varias vueltas a la canica terráquea: Pianomán, el “hombre del piano”. Mientras los científicos y los médicos se daban vuelo en materia de diagnósticos y terapias, Pianomán permanecía profundamente hundido en su mutismo, y así siguió, sin enunciar una miserable sílaba, durante 120 días exactos de reclusión en la clínica Little Brook de Dartfort, en Kent, Inglaterra, sitio donde tocaba sin parar una sola y enigmática nota en el piano instalado dentro de la capilla (los pocos que oyeron esos monótonos conciertos comentan que tocaba de maravilla dicha tecla).
Pero en la semana que corre, el 21 de agosto para no menospreciar a la diosa exactitud, Pianomán derrumbó su portentoso y fugaz mito: habló. Una enfermera entró a su habitación y con gran desenfado, silbando casi, le preguntó si ese día sí iba a hablar, a lo que Pianomán respondió con toda naturalidad, sin inmutarse, como si no fuera un autista ya famoso en todo el pinche mundo, “Sí, creo que sí”. De inmediato las autoridades y el personal más calificado de la clínica lo interrogaron inquisitorialmente: fue desalentador. Pianomán no era el prodigio artístico que todos creían atender, sino un joven alemán cualquiera, un muchacho que en su Alemania natal cuidó niños autistas a los cuales imitó después, cuando lo despidieron del trabajo y se colocó al borde del suicidio. Hijo de un granjero, hermano de dos mujeres, homosexual confeso, Pianomán ya está en su país y el malagradecido centro hospitalario que lo atendió, según el Daily Mirror, está pensando demandar al “pianista prodigio” que durante cuatro meses no dijo palabra alguna y sólo apachurró una tecla de piano con la cual demostró ser, más que un músico extraordinario, un histrión fuera de todo parámetro.
No sé por qué este interesante personaje, el invencible Pianomán, me recordó a un músico que sí lo fue de verdad: Rockdrigo González (1950-1986), quizá el mejor letrista de rock que ha dado nuestro país, inventor del “rock rupestre”, del “túnel de la cantada” (una especie de trombón instalado en su propio cogote) y de un buen número de temas inmortales por su malicioso humor y por su fresco aroma poético. Pianomán fue durante 120 días el artista incomprendido que más bien se la pasa de baquetón, que no produce nada visible ni invisible pero que de todos modos pellizca aquí y allá, donde se puede, el taco suyo de cada día. En Torreón hay muchos simpáticos Pianomanes que sin un átomo de obra musical, pictórica, literaria, teatral y artística en general —incluyo a funcionarios de la cultura— de todos modos venden la sudada especie de que el arte y el reconocimiento los está esperando en el futuro.
Mientras la fama llega, con gracia y picardía de Lazarillos de Tormes, esos artistas o intelectuales van viviendo de lo que sea, como Pianomán. Por eso recordé la letra de Rockdrigo, y con ella termino la película estelarizada en los periódicos por el hombre-piano: “En un lejano lugar / retacado de nopales / había unos tipos extraños / llamados intelectuales / se la pasaban leyendo / para ser sabios y doctos / pues no querían seguir siendo / vulgares tipos autóctonos... / Y así estos tipos extraños / siempre estaban cavilando / y hasta cuando iban al baño / se la pasaban pensando / pensaban cuando comían, / en la esquina, en el avión / pensaban cuando dormían / pensaban en el camión / y entre tanto pensamiento, / análisis y estructura / decían conocer la neta y hasta también la locura / pero al llegar a su casa se liaban con su mujer / sintiéndose de otra raza nunca daban pa’comer...”. [email protected]
24/8/05
De logos y centenarios
En Las ostras o la literatura, polémico ensayo publicado hacia 1958, el crítico y narrador Rubén Salazar Mallén anota, con tono nada concesivo, que la pintura no puede justificarse por sí misma, que siempre dependerá de la palabra —o de la literatura, en un sentido lato— para explicarse, para teorizarse, para inteligirse. Se trata evidentemente de un texto agresivo, casi de un alegato que nos pone a caballo entre el acuerdo y el desacuerdo, como ocurre con la mayoría de los textos que nadan a contracorriente. En este caso, los principales blancos del dardo son, obvio, los artistas plásticos, el pintor y el escultor, el fotógrafo y, en los tiempos que corren, el diseñador gráfico.
Observa Salazar Mallén en el cogollo de su acometida: “si las llamadas artes plásticas, o, más bien, sus productos, no logran ser socorridos por la palabra, es decir, por la literatura, quedan como un montón de datos inexpresivos, que los ojos pueden gustar, pero nada más”; algo más adelante, el mismo autor acota: “[las imágenes] Pueden sugerir (…) pero la sugerencia se muere y se marchita si la palabra no la esclarece y perfecciona. Desde ese momento, las artes plásticas quedan sujetas a la palabra y pierden autonomía, valor intrínseco”. La imagen, en resumen y según Salazar Mallén, por sus solos pasos no puede llegar a producir más que agrado o desagrado; si quiere avanzar más allá del primer impacto emocional que genera, se debe apoyar inevitablemente en la palabra.
Todo esto lo cito a propósito de los logotipos que, se supone, sintetizan cada uno, con una imagen sencilla, el concepto de “centenario” tanto en Gómez Palacio como en Torreón. No es fácil abordar este tema. El riesgo que corro es el de parecer un aguafiestas que no quiere a estas ciudades, un ciudadano cuya quisquillosidad se pasa de viva. Puedo adelantar que, como el de cualquiera, el mío es un juicio absolutamente subjetivo, un parecer que no busca imponerse (para qué) y que sólo se niega a quedar dormido en el tintero. Si alguien lo cree válido, bien; si alguien lo piensa totalmente errabundo, también.
Hay al menos cuatro elementos que producen ruido en el caso del logotipo gomezpalatino. Como el de Torreón, éste también nació a la luz de un concurso y fue dictaminado, estoy seguro, con absoluta honestidad, de allí que en mi ánimo no esté ni cuestionar el dictamen de los jurados ni minusvalorar el trabajo de los artistas. Lo único que deseo hacer, ya lo dije, es asentar mi sincera y muy subjetiva opinión de ciudadano “gomeztorreonense”. El ganador en Gómez Palacio fue un trabajo de trazos limpios, una figura que al primer vistazo se queda en la mente pero que, como todos los logotipos —pensemos en lo dicho por Salazar Mallén—, requiere de algunas palabras para desmenuzar su alegoría. En síntesis, la imagen muestra un número “100” con el cual se forma la silueta estilizada de un acueducto. Hay allí, entonces, dos elementos sobresalientes: el 100 y el acueducto. El primero, cifra de años que cumplirá la ciudad; el segundo, construcción ubicada en el bulevar Miguel Alemán a la altura del canal de Sacramento. Perfecto si lo dejamos hasta aquí.
Sin embargo, quiero ir un poco más lejos, poner en crisis ese logo. Bien observado, por la necesidad de cerrar el acueducto el número 100 tiene en el lado derecho, visto desde nuestra perspectiva, un vértice simétrico al guarismo “1”, con lo cual ese número (el 100) parece en realidad el 1001. Del último palo (que parece el “1” del lado derecho) sale una especie de cresta que perfila propiamente al ducto del agua, la parte alta del acueducto. Ese remate es recto, horizontal, nada inclinado. El conjunto, esa especie de “T” achaparrada, parece el remate de un torreón o el capitel de una columna, de suerte que, cuando lo vi por primera vez, pensé que era el logo para el centenario de “T”orreón, no de Gómez. Ahora bien, la imagen que alegoriza en realidad es la de un acueducto, y aquí tengo varios reparos: ¿hay un acueducto en Gómez? ¿Dónde? ¿No es más bien una pequeña fuente? ¿Desde cuándo ese “acueducto” es la edificación más representativa de la gomezpalatinidad? ¿Acaso no lo acaban de construir ayer? ¿No saben que, según cualquier Encarta, “el primer acueducto romano que transportaba el agua sobre la superficie del suelo fue el Aqua Marcia, en Roma; que tenía una longitud de 90 km y fue construido por el pretor Marcio en el año 144 a.C.”? Si el nuestro es “un acueducto” (así sea de cinco metros), ¿por qué la imagen no tiene insinuada ninguna inclinación? Creo, al menos creo, que alguna de estas preguntas puede ser atendible.
Para la hechura del logotipo torreonense fue lanzada una convocatoria que ofrecía un jugoso premio en dólares. La cantidad de participantes fue inaudita tanto por el número de propuestas inscritas como por los lugares de donde provenían tales trabajos. Como el de Gómez, el logo ganador es muy grato, éste de trazo infantilista, a lo Joan Miró. No dudo pues que, en efecto, haya sido el mejor o, en plan de ser muy rigurosos, de los mejores. El problema con este logotipo es que parece demandar muy elaboradas explicaciones, un tratado aledaño, pues la pura imagen no sugiere en sí, como debe ocurrir con un logo de esta índole, lo que representa. Hay allí, según se ve en la borrosa imagen que todos pudimos apreciar en los periódicos, un corazón (corazón archiconvencional, pues recordemos que lo usa el “I love New York” y sus miles de variantes, el Teletón, Beatriz Paredes en el DF, la campaña “un lagunero para gobernador”, la contracampaña “de corazón por Torreón”, el Melate, la campaña “Quiérelos” dirigida a socorrer niños de la calle, y mil etcéteras) en el centro de una “t” minúscula plasmada con cuatro rayones que forman cuatro caminos. En los vértices hay cuatro plastas de cuatro colores, y debajo muestra la leyenda-asidero “100 AÑOS TORREÓN” escrita con tipografía demasiado tiesa y contrastante con la soltura del icono.
La imagen es atrayente, sin duda, por lo desenfadado de su trazo y por la vistosidad de sus colores. Sin embargo, insisto, para desmenuzarla es menester un esfuerzo literario que se va demasiado lejos, como si, para entenderla a plenitud, se requiriera citar todo el diccionario de entes de razón positivos (nobleza, cordialidad, pasión, trabajo, excelencia...) y de paso recordar todo lo que Torreón ha sido en términos más concretos (comercio, agroindustria, servicios), lo cual no coincide con la exigencia de síntesis que presuponemos en un logo. Uno de los jurados comentó incluso, en el programa Olla de Grillos del sábado 13 de agosto, que el corazón era la plaza de armas y los cuatro colores de los extremos representaban a las etnias que dieron “origen” a la ciudad, principalmente la “española”, la “árabe”, “la china” y algunas otras “europeas”, a las cuales nunca serán sumados, por supuesto, como ocurría en el ya afortunadamente extinto festival de las etnias, los primeros habitantes de la Congregación del Torreón, hombres que no vinieron de Europa, sino de la jurisdicción de Matamoros, Coahuila. En otras palabras, esta imagen metaforiza casi todo lo que queramos meter, y es por eso que, aunque llamativo en su forma, el logo del centenario de Torreón me parece demasiado vaporoso, tanto que su condición sintética se pulveriza en los muchos sentidos que hasta ahora se le han atribuido. Para logo, pues, es muy barroco, multisémico en exceso, y abusa de lo criticado por Salazar Mallén.
Todo esto no cambia un ápice mi orgullo de gomeztorreonense, si se me permite por segunda vez el uso de este “gentilicio”, y mi reconocimiento a los involucrados en la celebración de ambos centenarios. [email protected]
21/8/05
Don Ata
Me preguntó alguien hace poco que qué me lleva a las lágrimas. No supe responder, pues en la acerada cultura del machismo nuestro de cada día esas preguntas no se hacen, y menos se responden. Contesté pues que no sabía, que de los motivos inmediatos para el llanto (una película, una emoción, no sé, lo cotidiano sentimental) no había nada que de rutina me sacara lágrimas. En fin, ni la pregunta ni la respuesta tienen importancia.
Pero pasados unos días encontré que sí, que si tengo mi paraíso artificial para llorar, al menos para llorar interiormente, con lágrimas que resbalan hacia adentro de la cara. Es la música de don Ata, la voz de don Ata, el toque mágico de su guitarreo, los versos sencillos que acuñó el buen hombre que fue Héctor Roberto Chavero, mejor conocido en el mundo del folclor latinoamericano con el nombre, ya mítico, de Atahualpa Yupanqui.
Lo oigo desde que recuerdo. La suya era llamada, en la terminología sesentera, música de protesta, y una mala broma señalaba que había mujeres tan feas, tan pero tan feas que sólo les llevaban serenata con música de protesta. Yo simplemente la denomino ahora “música”, canto criollo, milonga sangrante. Me gusta mucho, me emociona ver cómo avanzan esos versos elementales y hondos que en la voz rasposa de este cantor pampero adquieren dimensión de arte. Son, para que me entiendan acá en el rancho grande, piezas que podemos emparentar con el huapango al menos en su estructura poética: verso octasilábico, estrofas por lo general de cuatro versos, temáticas que no por simples son simplistas; canto del polvo, de la llanura, de la soledad agreste que obliga al pensamiento de los hombres a entretenerse con tonadas, con palabras espesas de sencillísima poesía (¿quién, si no don Ata, pudo escribir, por ejemplo, “las entrañas de la tierra / va el minero a revolver / saca tesoros ajenos / y muere de hambre después”?).
La web ofrece muchas buenas fichas biográficas de don Ata (por ejemplo www.raicesargentinas.com.ar), páginas donde nos podemos enterar que nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 22 de enero de 1908, y que fue cantor, poeta, compilador, y que murió en Francia el 23 de mayo de 1992, día que bien recuerdo porque cumplí años y de regalo recibí esa triste noticia. Entre aquellas dos fechas hay una vida entera consagrada, básicamente, a la aprehensión del alma humana, a la transformación de esa búsqueda en octasílabos que luego recibían el complemento de la música apenas insinuada que caracteriza a la milonga.
Don Ata es conocido aquí y allá por “Los ejes de mi carreta”, su Quijote, pieza interpretada por incontables cantantes en incontables foros. Pero la obra de este poeta no se queda allí, en una bella y aislada composición. Sin ir muy lejos, don Ata fue el letrista más fértil del folclor argentino y uno de los más prolíficos en el ámbito de América Latina. Por eso no le faltaron voces, y sus letras han sido trajinadas por artistas de la talla de Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa, Jorge Cafrune y Edith Piaf, por mencionar sólo a cuatro de los más grandes.
¿Y qué canción me gusta más de don Ata? La respuesta es inmediata: todas. En ellas no hay tropiezo, verso fallido, imagen forzada, metáfora ruin. Al contrario, cada pliegue de su quehacer literario y musical evidencia el discreto encanto de la autenticidad, del aprendizaje vital llevado hasta sus últimas sabidurías y sencilleces. Sin embargo, entre todas esas letras destaca la potencia de “El payador perseguido”, su poema de mayor calado y uno de los muchos donde sobresale demasiado el puño izquierdo del argentino, un puño zurdo con el que puedo, con tres estrofitas nada más, despedirme en este apunte:
Cantor que cante a los pobres
ni muerto se ha de callar
pues ande vaya a parar
el canto de ese cristiano,
no ha de faltar el paisano,
que lo haga resucitar.
Yo vengo de muy abajo,
y muy arriba no estoy.
Al pobre mi canto doy,
y así lo paso contento,
porque estoy en mi elemento,
y ahí valgo por lo que soy.
El trabajo es cosa buena,
es lo mejor de la vida.
Pero la vida es perdida
trabajando en campo ajeno.
Unos trabajan de trueno...
y es para otros la llovida.
El estanciero presume
de gauchismo y arrogancia.
El cree que es extravagancia
que su peón viva mejor.
Mas no sabe ese señor
que por su peón tiene estancia.
19/8/05
Libelistas vía mail
Apenas en 1998 abrí mi primera cuenta de correo electrónico. Llegué tarde, pues, al uso de esta todavía asombrosa herramienta de comunicación, pero desde entonces, como cualquier usuario, no sé cuántas miles de cartas he sancochado para los destinos y los fines más convencionales como saludar, aclarar, pedir un favor, mandar una colaboración, dar señales de vida, felicitar, refutar, etcétera. Nunca, pues, me ha dado por emplear este sistema para esos otros propósitos también usuales en la telaraña de buzones-e: cadenas, chistes, fotos picantes, pesquisas, ofertones y demás.
Comento lo anterior porque el 12 de agosto pasado —Fri, 12 Aug 2005 05:26:46 -0500 (CDT)— recibí uno de esos mensajes no solicitados. Salió de la cuenta gratuita [email protected] y lo firma el “Frente de Resistencia Civil 25 de septiembre”. El o los remitentes, por supuesto, no añaden más datos a su spam, pues se trata precisamente de un libelo, documento que, para serlo, debe tener dos peculiaridades: no llevar firmas personales —aunque pueden exhibir seudónimos con finta de nombres propios ordinarios— y circular bajo el amparo de organizaciones afantasmadas, inexistentes, sin estructura localizable.
Quizá los casos más sonados del reciente libelismo mexicano ocurrieron a finales/principios de los sesenta/setenta, época en la que, como bien dice Julio Scherer en Tiempo de saber, “circularon libros sin madre, nacidos del viento, sin registro ante la ley, sin derechos de autor, sin una editorial responsable, anónimos. Su difusión fue limitada, pero llegaron adonde debían llegar, al corazón de los conflictos envenenados: la libertad de expresión, la guerrilla, la matanza del 2 de octubre. El lenguaje brutal en que fueron concebidos y escritos acusa un ánimo de linchamiento”. Inolvidable por su bajeza fue, entre todos esos vómitos, El Móndrigo, un dechado de este género donde todo, absolutamente todo, se vale porque su fuente se oculta en la oscuridad.
Pero el affaire más reciente de libelo electrónico, según recuerdo, fue el espot difundido a principios de abril por un grupo sin rostro llamado “México en Paz AC”. Todos se lo atribuyeron a la enfebrecida cabeza del entonces secretario Santiago Creel, quien apuraba en esos días el complicado trago del desafuero a López Obrador. El espot apareció en horario triple A, en Televisa y TV Azteca, y en su momento algunos calcularon que su difusión tuvo un costo de doce millones de pesos. El mensaje pretendía ser neutro, pero en él asomaba demasiado la oreja de los antipejelagartistas radicales (la imagen dejaba ver, con el efecto de disolvencia, los rostros de algunos ciudadanos): “Ella no tiene fuero. Ni ellos. Y tú tampoco tienes fuero. En una palabra, todos estamos desaforados. Y no tenemos miedo a la ley porque sabemos que somos inocentes. Sólo un gobernante culpable le tiene miedo al desafuero. Un gobernante inocente no teme perder el fuero, porque sabe que tiene toda la protección de la ley. La ley nos protege a todos. México en Paz, AC”.
Ahora, en Torreón, el “Frente de Resistencia Civil 25 de septiembre” usa el recurso del libelo cibernético, con lo cual añade su cuota de lodo a la ya de por sí enzoquetada pugna electoral. Exactamente como me llegó (sin copia a otras direcciones), reproduzco algunos de sus fragmentos, y sólo omito el nombre del atacado; al mail lo acompañaba un archivo de imagen con una muy desagradable fotocomposición donde se ayunta, desnuda, una pareja gay: el sujeto activo tiene sobreimpuesto el rostro de un candidato a la alcaldía de Torreón; el pasivo lleva en el pecho la palabra “Torreonenses”. El texto ataca con estas palabras:
“No pertenecemos a ningún partido, somos un grupo de adultos jóvenes con ideas en común, sin otra plataforma de expresión que la democrática tecnología que nos pertenece, que a diario vivimos y que nos servirá de vehículo para expresar en los próximos meses, nuestras ideas en torno a la situación política que se vive en Torreón y la peligrosa llegada de la mafia que encabeza [aquí el nombre del candidato].
No somos panistas (¡DIOS NOS LIBRE!), la izquierda esta débilmente representada y cada día es más sectaria, y claro ¡NO SOMOS PRIISTAS! ¿Que opción tenemos para elegir?, hacia donde encaminar nuestras fuerzas, nuestro potencial creativo, si para cualquier lugar donde volteamos, esta la cara y las mañas de esos que con falsa condescendencia pretenden hacernos creer que están de nuestro lado.
De los males el menor, y el mayor de ellos se llama [ídem]. En los próximos días, mantendremos una campaña de volanteo callejero y cibernético, con el único fin de divertirnos, divertirte, y ser una piedrita en el zapato de alguien, y si de paso te hacemos reflexionar en a quien le vas a dar tu voto este 25 de septiembre, nuestro trabajo esta hecho.
Nuestras prioridades:
1.- Impedir la llegada de [ídem] y su séquito de lame suelas a la presidencia municipal.
2.- Hacer trabajar a la internet en algo más productivo que servir de vehículo transmisor de “chats” idiotas de chavitos idiotas y ser algo más que un recurso para “bajar rolas chidas gratis”.
3.- Creemos firmemente que no necesitamos a un comerciante más en la presidencia, que solamente vele por sus intereses y por los de los demás comerciantes amigos de él.
4.- No queremos ver su antiestético rostro en los espectaculares de caminito a casa, ¡abajo la contaminación visual!
5.- No contribuir con una presidencia municipal al enriquecimiento del currículum personal de [ídem] y su afán de poder (¡seguiría la gubernatura!).
6.- Renegar y rechazar las “felicitaciones a Torreón”, aparecidas en el desplegado del martes 2 de agosto. [ídem], las 104 personas enlistadas no son Torreón.
7.- Divertirnos ejerciendo una resistencia pacífica, creativa, sui generis y antisolemne.
8.- Hacerle saber al PRI que no es bien recibido.
9.- Y también decirle a los pinches panistas que los escritores, artistas, lesbianas, homosexuales y demás personas que no se adaptan al modelo “consumistaburguesproductivo [aquí, pegado, los nombres de dos centros comerciales de Torreón]”, también somos gente que cuenta.
10.- Pero primero es lo primero: Impedir la llegada de [ídem] y su séquito de lame suelas a la presidencia municipal.
No queremos ser un movimiento pretencioso (vale, ¡lo aceptamos si tú así lo vez!), puedes o no estar de acuerdo, pero lo importante es no pasar desapercibidos, que no te seamos indiferentes y saber que si leíste hasta este punto para nosotros es un logro, ojalá y en algo puedas simpatizar con nuestro movimiento.
Si no estamos de acuerdo, hasta luego, si estamos de acuerdo, difunde este mensaje con tus conocidos y hagamos que esto crezca, ya es hora de comportarnos como gente comprometida y no como la vulgar turba iracunda en que nos convertimos cuando juega el santos, creemos que Torreón merece una oportunidad.
¡Que muera el conformismo, abajo la indiferencia y que viva nuestra voz que no se va a callar!
Atentamente:
Frente de Resistencia Civil 25 de septiembre”
17/8/05
Que mueran los padres de familia
Para los padres de familia no hay “feliz regreso a clases”. Sucede al revés: ese retorno es una amenaza de muerte, uno de los momentos más infelices del año pues los gastos que se apiñan en agosto son muy elevados y ponen al filo del barranco la siempre flaca economía de las familias. Quizás un porcentaje ínfimo de la población no puje al comprar todo lo que se necesita para desahogar las cuantiosas listas de útiles escolares, pero es evidente que la mayoría de los padres llega a septiembre con los bolsillos enflaquecidos por tan desorbitada ordeña.
Por ese motivo, el año pasado publiqué, en estas mismas páginas, un largo artículo que apareció en dos partes y que titulé “Examen de un abuso” (quien me lo pida, con gusto se lo mando íntegro, junto con éste, vía mail, para que lo reparta como oración a San Judas Tadeo, patrón de los casos difíciles y desesperados); en él procuré observar el panorama donde se dan los abominables gastos de regreso a clase, los mitos y las escuálidas verdades sobre la utilidad del material escolar cuyo costo tanto desangra las arcas familiares. Sin ánimo de citarme por citarme, creo que, si sigue así la pachanga, ese texto puede mantener su vigencia cada año, y hasta podría ser reciclado sin alterarle ni una coma.
En aquel comentario, pues, el planteamiento inicial fue éste: “la buena disposición de los padres ha propiciado un malentendido: sin medir ninguna consecuencia, las escuelas —sus directivos y sus maestros para no hablar de manera tan abstracta— exigen una erogación en libros y útiles escolares que raya en el delirio, en el disparate, en el más grotesco de los abusos cometidos en nombre de la (con mayúscula) Educación. He escuchado a mis amigos y, sin ponernos de acuerdo para cantar en el coro, todos recitamos que, en efecto, la erogación es tan alta como innecesaria”.
Luego hice un repaso, punto por punto, de los elementos que se juntan para convertir al mes de agosto en el mes de los prenavideños gastos baldíos, del dispendio en (in)útiles escolares. El primer inciso lo puedo contraer en este párrafo: “Cualquier pedagogo con dos milímetros de frente sabe que la educación no está basada en la acumulación infinita de materiales —libros y útiles—, sino en el aprovechamiento óptimo de los que con mesura se puedan manejar durante un año lectivo. Creer que, por ósmosis, un niño que ostenta un cerro de materiales didácticos va a obtener mejor preparación, es creer que la educación es un asunto de cantidad, de exceso, de engorda porcina, no de calidad y medida. No está demostrado que un niño con dos libros y dos o tres útiles escolares aprenda bien, pero lo que sí es seguro —y basta mirar a los estudiantes que llegan a secundaria y a preparatoria y a profesional— es que millones de niños con decenas de libros y cuadernos y lápices y borradores y tijeras se indigestan con todo el material que les piden en la escuela. Debemos primar, entonces, la mesura, no la arbitraria petición y compra de material que luego es subaprovechado”.
Y, por último, me reitero: “No aseguro que lo sea, pero al menos parece un arreglo en lo oscurito el que establecen muchas escuelas con las papelerías y con los libreros. Las eternas listas de material didáctico solicitado casi obligan a pensar mal: hay una especie de turbio amasiato entre las escuelas y los negocios dedicados a vender útiles escolares. Si no cómo explicar la petición desquiciada de cuadernos, pegamentos, lápices, colores, borradores, cartulinas, tijeras, marcadores y, sobre todo, de libros. Nadie duda de que eso reactiva cada año la economía del, digamos, ‘mercado escolar’, lo que a su vez genera empleos y riqueza y blablablá. Pero, ¿a qué precio se obtienen esas ganancias? Sinceramente creo que los padres de familia —mucho menos lo de recursos limitados, es decir, la abrumadora mayoría de nuestra malnutrida patria— no tienen por qué enriquecer bestialmente, y en agosto, a la industria del papel y de los lápices”.
Quedan en aire, y acaso en el olvido, muchas afirmaciones centrales de aquel texto escrito menos con rabia que con desconcierto e impotencia. ¿Quién va a detener esto? ¿Qué padre de familia, qué escuela, qué maestro, qué heroico funcionario de la SEP va a decir basta ante el despilfarro por los útiles de agosto? ¿El secretario Reyes Tamez no querrá vestir la casaca de mesías? Mientras eso se da, las evidencias periodísticas apuntan a la certeza de que para los padres y para los hijos el regreso a clases no es precisamente un acontecimiento “feliz” (para los primeros por los gastos de miedo y para los segundos porque suelen preferir las vacaciones).
Una encuesta de María de las Heras (“La gente, en apuros por inscripciones e útiles”, La Opinión Milenio, 9 de agosto de 2005, que en La Laguna fue reforzada con las estupendas notas del reportero Javier Cassio, La Opinión Milenio, 10 de agosto) deja ver resultados muy ilustrativos y, estoy seguro, absolutamente creíbles. Por el gasto en inscripciones y útiles (sea cual sea el monto de ambas erogaciones), el 79% de los padres de familia se ve apuros, el 19% poco y el 2% lo hace con total desahogo. A otra pregunta, los padres afirmaron en un significativo 68% que no han comprado todavía los útiles, 19% dijo que ya y 13% que parcialmente. Estos datos no son la realidad, pero se aproximan a ella. Si casi el 80% de los padres se las ven color Memín Pingüín para sacar adelante ese gasto, algo anda mal en la solicitud del material escolar, solicitud totalmente desfasada de la condición económica que padece el grueso de la población.
La Profeco, mientras tanto y en calidad de procuraduría Muppet, sólo para simular que hace una labor perruna reparte un tríptico con la “Lista oficial de materiales y útiles escolares 2005-2006”. Se trata de información bienintencionada, por supuesto, pero que en nada se parece a las listas criminales que suelen enjaretar en las escuelas.
Termino aquí con un dato conseguido con mi corresponsal en Cuba. Allá los niños que entran a cualquier nivel escolar reciben los libros al inicio del curso y los deben regresar al final. Con todo y eso, la isla aparece entre los pocos países que se encuentran cerca de alcanzar las metas de la UNESCO en calidad educativa, y en cualquier parámetro su educación es la más desarrollada de América Latina. México, obvio, con todo y su millonario y torpe insumo de inútiles escolares, como era de esperarse y sin remedio visible, acusa un gran rezago: gastamos el combustible que requiere un tráiler y acumulamos el conocimiento que cabe en un carrito de paletas.
14/8/05
Pablo Arredondo, de Torreón a Madrid
La amistad es un privilegio. En estos tiempos de canibalismo, de competencia ciega, de codazos al prójimo para hacernos de un lugar en el engañoso bienestar es muy frecuente que los amigos, los verdaderos amigos, no sean más que una variante de la utopía. Ese no es, creo, mi caso, pues a lo largo de muchos años puedo presumir a nueve o diez amigos que, como yo, han puesto todas las fichas de su porvenir en el temerario y desalentador casillero de la literatura. Uno de ellos es Pablo Arredondo, narrador, ensayista y, básicamente, hombre sobredotado de facultades poéticas. Nació en Miguel Auza, Zacatecas, hacia el 59, ha publicado El incendio de la niebla y Caligrafía de sueños, entre otros. Desde hace tres años radica en España, donde es candidato a doctor en filología española por la Universidad Autónoma de Madrid.
Aunque esto depende totalmente de cada subjetividad, Arredondo es para mí el mejor poeta de La Laguna; sus poemas, desde que comenzó a pulsar el verso, lucen aliento de placentero huracán, si se me permite el oxímoron, y eso lo podemos ver en “Desasimiento de los pasos” (1993), del cual cito sólo el arranque: “Más allá de la bruma está tu rostro claro, / tu cuerpo fino / presintiendo la catástrofe, / la caída del mundo en mil poemas rotos; / está la ilusión pendiente con sus pájaros y con sus sueños / a medio destruir. / Con sus indecisiones ha navegado el hombre siempre / como oscura barca, / ha navegado por senderos inconclusos y dudosos / por cristales escondidos y luces amorfas, / por caminos exiliados y pueblos agrestes / ha navegado para forjar espadas de Caínes sobre Abeles, / para mentirse con sus sueños. / Y ha deambulado, también, por regiones donde trepan águilas hambrientas, / donde el sol esparce toneladas de colores en racimos luminosos / sobre pueblos antiquísimos, / sobre manos callosas que se aprestan a salvar al mundo, / a renovar palabras viejas por silencios numerados, / por verbos ignotos…”
Gracias al todavía asombroso —para mí que soy de aldea— correo electrónico, le he hurtado al querido Pablo esta entrevista que brincó el tremendo pecho del Atlántico:
¿Qué haces actualmente en Madrid?
Estoy trabajando en una tesis sobre la Generación del 27, especialmente en Cernuda, Alberti y Dámaso Alonso. El texto lleva unos 300 folios, pero aún me falta mucho trabajo de investigación. También estoy impartiendo, en la Biblioteca Central de Madrid, un curso sobre escritura creativa: relato corto. Hice este curso con escritores muy reconocidos y que están planteando nuevas y arriesgadas estrategias narrativas, aunque yo aún no asumo en mis trabajos este rol. Sigo tratando de alumbrarme, al escribir, bajo las lámparas de los clásicos latinoamericanos: Borges, Cortázar, Rulfo, etc. Estudio un pequeño curso de portugués y continúo estudiando el italiano. Pero el verdadero trabajo, el que me da de comer, lo realizo en la construcción, repartiendo publicidad, etc. Los trabajos más duros son para los extranjeros y el nivel de competitividad laboral es muy alto.
¿Cuál es tu percepción del nivel académico español con respecto del mexicano?
Muy alto, aunque también tienen sus rezagos con respecto al resto de la Comunidad Europea. Los españoles trabajan muy duro porque no quieren quedarse a la cola: de ahí la competitividad. Hay muchas bibliotecas y la oferta cultural es abundante y de gran calidad. España ya no es aquel país de Franco que daba la espalda al mundo. Actualmente ocupa el lugar ocho entre las primeras economías del mundo. En Madrid se celebran semanalmente entre 250 y 500 eventos culturales y deportivos distintos: cine, teatro, conciertos de música clásica, ópera, títeres para niños, recitales, talleres de ajedrez, pintura, canto, ballet; museos, teatro al aire libre. En ese sentido, todos los esfuerzos que se hagan en La Laguna por difundir la cultura deberán ser siempre infatigables. Nunca se puede decir "ya cumplimos". Los medios de comunicación juegan un papel muy importante en todo esto: hay dos canales estatales: Televisión española y La 2, y uno de la Comunidad de Madrid: Tele Madrid. Hay muchas estaciones de radio, entre ellas las del Estado o las de los ayuntamientos o Comunidades, que se encargan de difundir la cultura. Los europeos, y en general los españoles, odian la violencia, la guerra, están a favor del cuidado y conservación de la naturaleza: agua, bosques, etc., de los derechos de los gays y lesbianas, de los derechos de las mujeres, etc. Esto no quiere decir que todo esté bien, pero se avanza muy de prisa. Los medios tienen que jugar otro papel en La Laguna: no todo puede ser mercancía ni beneficios económicos.
¿Qué es lo que más extrañas de La Laguna?
De La Laguna se extraña la alegría de la gente, la comunicación; en España, sobre todo en Madrid, las personas son muy apartadas y frías; cada día se parecen más a los de Europa del norte. Viven solos, no tienen hijos. Se extraña la comida: sobre todo la tortilla, pero también las calles, los amigos.
¿Qué leen y cuánto leen los españoles?
Los españoles leen mucho y de distintas materias. Es muy reconfortante ver en el metro leyendo a mucha gente. Un promedio de cinco o seis por vagón. España tiró el año pasado 78,800 títulos de libros, lo que significa millones y millones de libros. También se lee mucha literatura basura, pero las bibliotecas siempre están llenas y tiende a mejorar cada día el servicio.
12/8/05
Criticar en este rancho
He pasado los más recientes veinte años de mi vida pegándole a un teclado, publicando en el impreso que se deje, y casi no ha ocurrido nada. Sí, de vez en cuando alguna llamada, algún correo electrónico, algún comentario callejero y generoso de un lector, algún desacuerdo, alguna buena tunda. Pero lo común en este oficio es, más que cualquier otra realidad, el silencio, la vida entera incrustada en el anonimato. Sin embargo, he notado que suelen hacer más ruido del ordinario los textos donde hay una mala referencia directa a cualquier sujeto que habite en la localidad. No sé por qué razón, los laguneros tenemos la piel muy sensible para la crítica. Apenas nos pasa de lejos el vientecillo de la opinión adversa, y encorajinados ya estamos jalándonos los pelos, vociferando, levantando el puño en seña de mentarla, como si fuéramos infalibles.
Hay enterrado en nuestra idiosincrasia un gene que no acepta los golpes, que se rehúsa a tolerar el comentario con espinas. Tal vez, quiero explicar este fenómeno, el rancho es todavía muy pequeño y como todos los destinos tarde o temprano llegan a trenzarse, nos irrita que los demás se refocilen con nuestros defectos. Somos muy orgullosos, nos creemos hechos a mano, sentimos que el mundo apenas nos merece, y respondemos con agresividad, con golpes incluso, a toda opinión que no nos enaltezca. Lo malo de esta situación es que la crítica queda anulada por puro instinto de supervivencia, más en el mundillo cultural, que bien conozco. Así, el que se atreva a tirar dardos tiene que aceptar una serie de códigos irreversible, implacable: se cerrarán puertas laborales, los amigos del “ofendido” crearán una santa alianza contra el “agresor”, se moverán palancas para aniquilar socialmente al atrevido que osó profanar con sus plantas la doncellesca reputación del “difamado”. Por ello, quien aquí quiera dedicarse a la crítica puede elegir tres caminos: 1) el ejercicio de la crítica como suicidio social y laboral; 2) el mutismo, la abstinencia y 3) el comentario alusivo, indirecto, erizado de eufemismos, la crítica con pincitas.
Las ciudades desarrolladas en el plano de la cultura entienden el ejercicio de la crítica como un hecho cotidiano y nadie se siente realmente agraviado por la más feroz y adversa de las opiniones. El sobrentendido es simple: el que sube a un escenario está expuesto al tomatazo, quiéralo o no, y tiene que aguantarlo, más en temas como el arte, tan ligados a la subjetividad de quien observa. Puede llegarse incluso al canibalismo: un tipo tira el primer hachazo, el otro responde en los mismos términos, y todos seguirán sangrantes pero contentos. En las sociedades ágrafas como la nuestra, al contrario, un tipo lanza la primera puya verbal y aunque nunca recibe réplicas en este mismo terreno, silenciosamente comenzará a fraguarse en su contra un linchamiento secreto, una réplica en lo oscurito: lo marginarán, le cerrarán espacios, le torcerán la jeta, lo querrán matar por asfixia social. Lejos estamos pues de tolerar el fuego cruzado de la crítica. Nos define la delicadeza, la ufana seguridad de que nadie es perfecto en la tierra, salvo nosotros. Jamás asumimos con tranquilidad un parecer contrario, jamás lo tomamos como lo que es, una opinión que nos cuestiona, sí, pero que no modificará la órbita de las esferas celestes.
De hace quince años, en mi más voraz época como consumidor de revistas y suplementos culturales, recuerdo el caso ya histórico de Sábado, encarte cultural que precisamente los sábados añadía para sus lectores el hoy moribundo diario Unomásuno. Dicho suplemento era dirigido por Huberto Bátiz, quien le imprimió un buen número de atractivas características, como el tratamiento desprejuiciado de los temas sexuales y la colocación de un ring para riñas culturales que fue titulado, con magistral puntería, “Desolladero”. Sábado tras sábado, el suplemento ídem abría cancha en su “Desolladero” a las cartas que, sin piedad mediante, se dirigían los intelectuales, promotores culturales y espontáneos que desearan atacar o responder a un escupitajo. Obvio es señalar que dichas cartas eran a veces verdaderas joyas de la retórica forense, pero en la mayor parte de las ocasiones parecían más bien criminales andanadas de verduleras palabras en donde no escaseaban las maldiciones, los golpes más bajos y graciosos, las ojeteces más hirientes. Tal vez se dio, pero no sé de algún caso en el que los agresivos interlocutores pasaran de las palabras a los golpes, pues en el DF es más o menos fácil tirar la piedra e, involuntariamente, esconder la mano y todo lo demás en el laberinto de concreto.
Por el tamaño de nuestra ciudad o porque, como ya dije, no nos gusta el coscorrón, los laguneros dedicados a cualquier actividad más o menos pública, como el arte, preferimos el silencio y cada vez que nos golpean argüimos lo de siempre, la frase ya pringosa por tanto manoseo: “Acepto la crítica, siempre y cuando sea constructiva”, como si alguien objetivamente pudiera establecer la frontera entre un pellizco y una demolición.
Yo deseo criticar, y si esa crítica me impone luego el papel de victimado, lo aceptaré como parte del juego democrático que he visto en otras partes. De hecho, y no es por hacerle al mártir pues no tengo vocación de tal, he recibido críticas brutales por mi trabajo literario, y no por ello asumo la obligación de revirar, en ningún sentido, contra mi “agresor”, a menos que él me lo solicite explícitamente y para eso me abra sus espacios. No tomo el cafecito con mis “enemigos”, pero los puedo saludar con urbanidad y de paso respeto el derecho que a ellos les asiste de usar sus palabras en mi contra. Si son “constructivas” o destructivas no me importa, pues cuando me expongo a la mirada pública corro el albur de recibir mandobles, y eso es parte del asunto. Me encantaría, pues, recibir señalamientos si eso me garantizara expresar lo que pienso con la seguridad de que no saldré a la calle para ser agredido a puñetazos o cerrones de puerta laborales. Me encantaría, en fin, que el rancho dejara de ser perfecto y que nos habituáramos a convivir con el puyazo. No sé si alguna vez lleguemos a eso, pero lo que sí sé es que por lo pronto el panorama es hoy, muy hipócritamente, armonioso, como si viviéramos en la casita de Heidi.
10/8/05
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