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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

Aciertos del Archivo
Hace
como ocho años conocí a Elías Agüero Díaz-Durán. Era su época de librero,
cuando se dedicaba a la administración de la Astra Leph. Desde el principio noté
que tratar con él iba a ser grato, pues era un joven abierto a las ideas, un
vendedor nada impositivo y, en La Laguna, uno de los pocos comerciantes de
libros que —asombrosamente— sí leía.
Su negocio era pequeño, pero allí podían ser encontradas obras y colecciones muy valiosas, inconseguibles en cualquier otro establecimiento del ramo en la comarca. En la Astra Leph, por ejemplo, adquirí varios títulos extraordinarios de la Universidad Veracruzana (por lo común, como ya dije, inhallables en La Laguna). Además de establecer contacto con ese tipo de sellos editoriales, Agüero Díaz-Durán se aventó tres hombradas más en su lamentablemente breve trayectoria como librero, todo sin socorro de presupuesto oficial: 1) buscó el mecanismo para traer autores reconocidos de la ciudad de México (Taibo II, José Agustín, Ikram Antaki); 2) aceptó exhibir y vender, con estrechísimo margen de ganancia, libros y revistas de hechura local y 3) con todo y el riesgo de obtener escasísimo usufructo, participó varias veces, con su estand, en la Feria del Libro de Torreón.
Fui
pues su cliente y uno de los autores que pidió asilo en sus anaqueles, y en
ambos casos quedé más que satisfecho y agradecido. Si mi memoria no miente, en
alguna conversación llegó a recomendarme, entusiasmado como buen lector, Las
piadosas, novela del argentino Federico Andahazi, famoso ya entonces por el
éxito de El anatomista. Como vendedor, siempre me entregó cuentas muy
claras, sin regateos de comerciante centavero.
Con
tales antecedentes, y aunque muchos fueron sorprendidos por la designación de
Agüero Díaz-Durán para que encabezara el Instituto Municipal de Documentación
de Torreón (IMDT) y Archivo Histórico Eduardo Guerra, yo lo tomé con calma y,
cómo negarlo, hasta con agrado. No me ocurrió lo mismo, he de confesarlo con
la mano derecha sobre el Quijote, con la llegada del señor González a
la DMC, pero esa es otra historia. El caso es que, si todo andaba como era
previsible, sólo era necesario esperar el cierre de la administración actual
para que los resultados gravitaran con su propia consistencia.
El IMDT acusa ahora avances muy significativos. Para empezar, el actual director supo rodearse de colaboradores eficaces y creativos, lo que ha garantizado que el trabajo de esta institución luzca mejor. Gracias a su buena batuta el IMDT cuenta ya, enumero los aciertos, con un sentido preciso del valor que tiene la catalogación en un archivo. Como felizmente ocurrió en el Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la UIA Laguna coordinado por el doctor Corona Páez, en el Eduardo Guerra su director cayó en la cuenta de que cualquier caótico amontonadero de papeles (de familia o institucionales) no era por sí mismo “un archivo”.
Al
investigador, hombre que debe de hacer ciencia y no literatura, le interesan los
acervos no para hundirse a ver qué encuentra, como si el azar fuera la única
herramienta del método científico. Lejos de practicar esa estrategia, los
investigadores bien nacidos agradecen la existencia de los archivos con fondos
perfectamente catalogados, listos para agilizar la consulta de las fuentes
documentales que más añadan luz a sus estudios. El IMDT, por eso, puso en
marcha de inmediato un proyecto radical de catalogación, y para que el
resultado no se quedara sólo en arcaicos ficheros diseñó una página web
donde las listas de ciertos fondos ya pueden ser consultadas con el fin de
localizar documentos de interés preciso.
La
riqueza del material albergado en el IMDT es una mina de diamantes para los
actuales y los futuros estudiosos, locales y foráneos, del pasado lagunero.
Ordenar los catálogos y tenerlos disponibles en internet son las bases del
trabajo que Agüero Díaz-Durán ha hecho al frente de la instancia que
actualmente dirige. Los “vínculos” expresan inmejorablemente la tremenda
importancia del archivo como resguardo de los documentos que servirán para
venideros estudios historiográficos que nos deslinden del anecdotismo falaz y
nos ofrezcan estudios acabados, profesionales y creíbles. Allí está, por
ejemplo, “Vista al Fondo Miller”, “Visita al Fondo Beatriz González”,
“Consulta de planos” y la generosa lista de “Fondos documentales” donde
por cierto está incluida una todavía incompleta pera ya indispensable
“Biblioteca de autores laguneros”.
Con
Elías Agüero, además, han sido publicados también algunos libros que sientan
un precedente para las futuras administraciones del IMDT, ya que no se trata de
obras ceñidas al pintoresquismo histórico, sino al buceo académico serio de
nuestro pasado (El Canal de la Perla, Las dos Repúblicas y La
vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras). También, parte
del personal del IMDT (Sonia Aguirre, Carlos Castañón y el propio director) ha
alimentado una columna publicada en estas páginas, eso sumado a la organización
de cursos, conferencias y presentaciones de libros que convirtieron al Eduardo
Guerra en un señalado centro difusor de cultura en nuestra región.
Por
todo, el trienio de Guillermo Anaya tiene una notable calificación en esta
asignatura. El Archivo Municipal no ha defraudado.
7/8/05
Y soy rebelde
Tengo cuarenta años y estoy en medio, o poco más allá, del camino de la vida, así que desperté a la razón, a la adolescencia, en la década de los setenta. Me tocaron por eso, de perdida, las últimas olas de la agitación juvenil de los sesenta, y gracias a mi paso por escuelas como la secundaria federal Ricardo Flores Magón, de Lerdo, supe que los jóvenes debían asumir temprano una posición en la geografía política. Recuerdo que en aquellas escuelas oficiales sesenti-setenteras todavía se organizaban elecciones para definir a las mesas directivas, se proponían tocadas, boteos, se repartían carteritas, plumas y demás chácharas para ganar el apoyo de los electores. Los nombres de las “planillas” eran lo más sintomático del espíritu que venteaba por aquella época: “Planilla Che Guevara”, “Planilla Lucio Cabañas”, “Planilla Camilo Cienfuegos”, “Planilla Camilo Torres”, “Planilla Sierra Maestra”, “Planilla Juventud Rebelde”. El idealismo revolucionario y la crítica contra la injusticia eran entonces, aunque ingenuos, maniqueos, el territorio donde los jóvenes acomodaban su noción de compromiso.
Pero
algo ocurrió. De Sartre, del Che, de Víctor Jara, de Marcuse y de Bob Dylan la
juventud pasó, no sé por obra de quién, a John Travolta y su fiebre del sábado
por la noche, a Luis Pazos y su “doctrina” económica rastrera, a Michael
Jackson y sus máscaras de monstruo, a Og Mandino y su exitismo mezquino, a la
anulación total de cualquier crítica social donde los jóvenes fueran los
protagonistas. Desde entonces, las macroinstituciones del entretenimiento y de
la ideologización han pasado ya dos décadas pasteurizando a la juventud,
inmunizándola contra cualquier afán de lucha para mejorar las condiciones del
planeta, por quijotesco que esto parezca.
Los
hábitos de la vida acolchonada se impusieron sin contrapeso visible. Comenzó a
ponerse de moda el discurso del consumo como fin sagrado de la humanidad y del
éxito individual como único baluarte de la autoestima. Los jóvenes olvidaron
el “nosotros” y asumieron el “yo” sin darse cuenta de que su cara seguía
y seguirá haciendo falta, como escribió Zitarrosa, “en la gráfica del
pueblo”. En una palabra, esos muchachos entraron a su adolescencia, y lo
siguen haciendo, sin saber que hubo un tiempo en el que otros como ellos solían
reunirse para pensar, para discutir, para combatir, para cuestionar, al menos en
luminosos sueños, la arteriosclerosis del mundo y sus estructuras de dominio,
para anhelar su militancia en el PC y no en el Verde Ecologista.
Muchos
de los que vivieron aquella época que ahora casi parece parte de una remota era
geológica y no el pasado inmediato, viven hoy, como escribió Benedetti en un
ensayito sobre este mismo tema, “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya
no ser”. Otros, me cuento en esa lista, lejos de sentir vergüenza pensamos
que tales ideas “prehistóricas”, acaso con alguna reformulación, siguen
teniendo vigencia, pues la realidad se empeña todos los días en mostrarnos que
las condiciones de injusticia imperantes en los sesenta son hoy más brutales
que nunca para la mayoría de los seres humanos. No se necesita haber salido de
Yale para saber, por ejemplo, que en términos proporcionales, e
independientemente del crecimiento demográfico, ahora hay más explotación que
en el Egipto de los reyes, más desnutrición que en el Medievo, más ignorancia
que en las cavernas y más deterioro ambiental que nunca. El compromiso mínimo,
en resumen, ha sido desplazado por la chidísima onda del “antro” y el
desenfrenado deseo de propiedad sin que importe nada que habite más allá de la
pura posesión.
Todo
este preámbulo para expresar mi coraje por el uso idiota que Televisa le da hoy
a una palabra que fue auténticamente representativa de una época en América
Latina: rebelde. No tengo por qué hacer un esfuerzo memorístico para traer a
este párrafo algunos ejemplos que evidencian el sentido que tenía esa palabra
para los jóvenes, pues todavía conservo libros, casetes, revistas y documentos
que lo testimonian. Por allí está en mi librero un volumen de Poesía
rebelde latinoamericana, obra antológica con piezas de Roque Dalton, Nicolás
Guillén, Pablo Neruda y César Vallejo, entre muchos otros. Por allí también
anda mi ejemplar publicado en Era de Pasajes
de la guerra revolucionaria, del Che, libro donde el médico del Granma nos
recuerda el nombre del grupo que hizo la revolución en la isla: “Ejército
Rebelde 26 de Julio”. También por allí anda el caset aquel de los Calchakis
titulado El canto de los poetas rebeldes, obra donde aquellos folcloristas le
instalan música a varios poemas de lucha política latinoamericana. O el CD
donde “Radio Rebelde” emite noticias para que la isla se mantenga alerta en
caso de que se fuera a perpetrar, como se dio, una invasión norteamericana. En
fin, son muchos los ejemplos de ese uso politizado, conciente, espeso de sentido
de la palabra “rebelde”, y por eso provoca vómito saber que una telenovela
punto menos que imbécil, con chicos que de rebeldes ni siquiera tienen una uña,
sea tomada como modelo actual de rebeldía juvenil.
Supe
que el periodista Carlos Loret de Mola entrevistó hace poco al elenco de
“RBD” (contracción también imbécil de “rebelde”). Tanto el fantoche
entrevistador como los actorcillos estuvieron muy locuaces, buenísima onda,
supuestamente convencidos de que con teñirse los pelos de rojo y tener un look
andrógino se es en realidad “rebelde”. Basta verlos, basta oírles una
frase (fondo hueco, forma pirrurris) para comprobar que esos muchachos
desvirilizados y esas chicas de putañera estampa son el letárgico retrato de
una generación estulta, y que por tanto no tienen derecho a usar impunemente,
para autodefinirse, esa palabra que en otro tiempo representó a una juventud
muy diferente, no a esta caterva de estólidos que, en las mesas del prendidísimo
antro, cantan y se menean con una letra cuyo estribillo no puede ser más
desafortunado: “Y soy rebelde cuando no sigo a los demás / y soy rebelde
cuando te quiero hasta rabiar”.
5/8/05
Debate sin cafeína y preludio de caída
“El
hubiera no existe”, dijo rayando en
la sabiduría Miguel Mejía Barón cuando los reporteros le preguntaron por qué
no metió a Hugo al menos en los tiempos extras en aquel cotejo que perdimos,
para no variar por la vía de los penales, contra la selección de Bulgaria en
el mundial EUA 94. Ya para qué le damos vueltas, ya fuimos eliminados, pareció
sintetizar el llamado “Doktor Katástrophe” con su hoy celebérrimo aforismo
cartesiano. Igual podría expresarse el alcalde Guillermo Anaya si lo
interrogaran por qué no llegó a feliz meta, pese a la cuantiosa inversión
desembolsada, el proyecto de atornillar a su delfín Jesús de León en la
candidatura por la alcaldía torreonense. Ya para qué darle vueltas al asunto,
“el hubiera no existe”, José Ángel Pérez ganó y fin de la historia.
Pues sí, fin de la historia, pero si nos
permitiéramos el ejercicio de preguntar ¿qué “hubiera” ocurrido si en el
debate del sábado 30 Jesús de León “hubiera” abandonado las cuartillas y
“hubiera” argumentado y respondido por el camino de la espontaneidad? Aunque
el “hubiera no existe” —y esta es la última vez que lo repito— creo que
su ventaja sobre Pérez se habría agrandado tanto que en definitiva la
candidatura estaría hoy, con o sin urnas electrónicas, en su morral.
Ese
debate en el Canal 9 fue, creo, la oportunidad para que De León hiciera pomada
las posibilidades de José Ángel Pérez, pero lo desaprovechó como los
mexicanos solemos desaprovechar las series de penales. Cierto que el formato
empleado obligó a los precandidatos a correr como repartidores de pizzas, pero
no era para tanto, pues ambos debatientes olvidaron que en una discordia retórica
de esa naturaleza no importa tanto el que revira más rápido, sino el que lo
hace con mayor soltura y precisión. Si ambos leyeron todas sus participaciones,
era lógico que fueran precisos en “sus propuestas”, y por las limitaciones
del tiempo los dos dieron la impresión de prometer a salto de mata, como si los
estuviera correteando Hermelinda Linda, acaso la mujer más fea de la galaxia.
Jesús
de León tuvo el balón, era suyo y lo dejó ir sólo por no decidirse a
improvisar. Si en verdad tiene un dominio al menos mediano de los problemas
locales pudo cambiar de estrategia y hacer añicos a su oponente, un José Ángel
Pérez que pese a las cómodas cuartillas no dejaba de tropezar en la lectura
tanto en “sus propuestas” como en “sus réplicas”. El resultado fue,
entonces, un tablas en el debate descafeínado, empate que se decidió en tanda
de penales que a Pérez le dio una victoria basada únicamente en su imagen
adulta, de lentes graduados y puestos al estilo Geppetto, contra la presencia
demasiado juvenil de su contrincante.
No
sé si peco de simplista, y si así parece eso se debe a que tales “debates”
entre miembros de un mismo partido no tienen demasiada viabilidad política en términos
de fondo. Como es obvio, no se lanzarán bolas de lodo, nadie acusará a nadie
de ladrón, de oportunista, de traidor, y salvo por leves matices de
operatividad, no creo que ninguno de los debatientes sea incapaz de suscribir
como suyas las propuestas del otro en materia de salud, de seguridad pública,
de cultura, de obra pública. Si uno, por ejemplo, propone crear más áreas
verdes, es imposible que el otro no esté de acuerdo, de manera que el fondo
importa poco y, como electores potenciales, nos dejamos impresionar más por la
forma.
De
ahí pues que De León debió sacrificar el dato duro, preciso, la propuesta
bien redactada, el compromiso sin arrugas, y entrar con desenfado al terreno de
la naturalidad; mientras el otro leía y leía con titubeos de principiante, el
precandidato anayista pudo avanzar a campo traviesa, por donde lo guiara su
instinto político, si es que lo tiene. Cierto que esa técnica puede ser
percibida como demasiado informal, improvisada y poco seria, pero sé que en los
debates suele ganar quien demuestra, sin el amparo de las cuartillas, del acordeón,
facilidad en el manejo de los temas, frescura en la expresión verbal y
corporal, lucidez y dominio de la escena. Una mínima variación en los planes
le hubiera dado a De León, frente al panismo torreonense, una ventaja sin duda
inalcanzable. Pero no lo hizo, leyó y leyó y leyó, fiel a la pauta preparada
por sus asesores, tal vez confiado en que todavía el sábado era el puntero
blanquiazul.
El
resultado, “la sorpresa”, deja a un numeroso bloque de militantes panistas
con la entera aunque inconfesada certeza de que a las próximas elecciones irán
con un candidato sin jiribilla. El proceso de “cicatrización”, como ellos
le llaman a la curación exprés y meramente retórica de las heridas, no
alcanzará para que todos cierren filas alrededor del grisáceo Pérez, lo que
de paso le añade problemas a la candidatura de Zermeño Infante.
Mientras
tanto, despachado De León, con un panismo dividido en los hechos y con un
candidato que no parece tener demasiadas tablas, la posibilidad de recuperar
Torreón se abre inmensamente para el PRI. El desplegado que publicó ayer (2 de
agosto) la cargada millonaria, grito de guerra a la más ruidosa usanza del priísmo
setentero, es una prueba meridiana de que la tribu olmista ya está preparando
los cubiertos para el aperitivo de septiembre y para la engorda de cuatro años
que la espera cuando acceda a la alcaldía su flamante “candidato de
unidad”.
Pobre
Torreón: tan lejos de Dios y tan cerca del carro completo.
3/8/05
Un medio de comunicación
Precisamente porque no es una empresa cualquiera, un medio de comunicación no debe ser examinado como empresa cualquiera. Esto lo digo a propósito de Canal 40 y de uno de los comentarios más recurrentes sobre el conflicto que ahora libra. Dicen algunos especialistas que el asunto de CNI debe ser abordado fríamente, sólo con los números que arroja su desempeño administrativo. Por supuesto, en parte tienen razón: no es posible acercarse al asunto del 40 sólo con los ojos del interés político, pues los grandes problemas financieros de esa empresa dan kilómetros de tela para cortar. Sin embargo, pedir que los expertos centren sus análisis exclusivamente en los pesos y los centavos nos distrae de un hecho cierto e incontrovertible: los medios de comunicación no son nada más negocios, sino entidades cuya responsabilidad apunta hacia varias direcciones, todas importantes.
Con lo anterior no afirmo que otro tipo de empresas no tienen más responsabilidades que, vaya por caso, las fiscales. En menor o mayor medida, todo emprendimiento tiene obligaciones de índole social, política, moral. Una empresa altamente contaminante no debe operar con la cabeza puesta sólo en las ganancias, pues su éxito económico pasaría encima del medio ambiente. Una empresa que elabora bebidas alcohólicas no debe ser nomás eso; dado su giro, está siempre obligada a destinar parte de sus ganancias en aquello que habita la otra orilla de la ingesta alcohólica: el deporte amateur, la cultura, el bienestar de los más desvalidos. Hasta una miscelánea de barrio tiene responsabilidades sociales (no vender cerveza o cigarros a menores, no especular con los productos en tiempos de escasez, no emporcar el entorno con cajas y demás desechos, fiar a los vecinos en bancarrota alimenticia, patrocinar las playeras del equipo callejero de futbol).
Si eso deben hacer tales empresas, imaginemos todas las implicaciones extramonetarias de un medio de comunicación. Es un negocio, y por puro instinto de conservación debe buscar la ganancia y el crecimiento, es verdad, pues de eso depende que el programa de radio o de televisión sigan al aire, que la revista reaparezca quincena tras quincena en los estanquillos, que el periódico circule diariamente por las calles. Tener ahora un medio de comunicación y olvidar que debe contar con un buen departamento de administración, es un harakiri que sólo puede evitarse con subsidios, y ya se sabe que no hay subsidios que duren cien años ni pícher que los aguante. Y aquí pienso en mi experiencia directa: cuántos proyectos de revista he visto nacer y morir al segundo número porque alrededor se reúnen puros extraordinarios, notables, destacados periodistas y diseñadores, pero ni una sola persona que domine, con frialdad y realismo, la aritmética comercial. Un medio de comunicación, en resumen, también debe lubricar su aparato de administración, y le hace tanta falta una cabeza gerencial como un director.
Pero allí está el detalle, como decía el comunicólogo Mario Moreno. El medio de comunicación debe buscar un delicado equilibrio entre su ganancia y sus múltiples responsabilidades sociales. Cuando no lo hace, cuando piensa sólo en su beneficio financiero, se dan casos alarmantes de venalidad en los mensajes que produce. Todo entonces tiene el aroma del dinero fácil, todo es frivolidad y mal gusto, chabacanería de la más baja laya, como ocurre con decenas de programas de televisión, con incontables programas de radio y con cuantiosos impresos. Y aquí no sirve el viejo y manoseado argumento de que “al público, lo que pida”, pues primero malacostumbraron a la gente y ahora dicen que eso es “lo que pide, lo único que puede consumir” ese ciudadano común expuesto a la embrutecedora influencia de los medios.
No, un medio es más que mensaje baladí y ganancia segura e inmediata, y en tal sentido es una empresa de corte peculiar. En una economía como la nuestra, tiene derecho a la ganancia que le dé estabilidad y posibilidades de crecimiento, pero no puede quedarse allí: un medio genuino y bien nacido educa, orienta, busca la verdad de los hechos, reflexiona, señala los abusos de poder, cultiva a sus lectores, los provee de herramientas para ejercer la crítica, los humaniza en suma, aunque, como dice Luis Sepúlveda, “Los administradores de empresa se han apropiado también de los periódicos, y el único parámetro que observan consiste en preservar el espacio publicitario, deportivo y del corazón. Es decir, todo aquello que no perdura, pues lo perdurable se cita, invita a pensar y eso es por lo tanto peligroso”.
Por todo eso, arrimarse al tema del Canal 40 con exclusiva mirada empresarial no es suficiente para saber qué fue (o qué es) dicho proyecto, y en qué se diferenció, al menos en su barra de noticieros, de Televisa y TV Azteca. Más allá de las financieras, este asunto tiene implicaciones de muchos colores, y no es de poca importancia la que exhibe al duopolio televisivo en su loco afán de que no quede vestigio alguno del Canal 40. Si Televisa balconeó a TV Azteca durante el asqueroso asalto decembrino al Cerro del Chiquihuite, ahora están juntas en la misión nada imposible de acabar con los escombros del 40. Un duopolio económico, cultural y político está en juego, y no lo quieren compartir con nadie. [email protected]
31/7/05
Escribir aquí
Atravesadas por la maldición, ciertas actividades artísticas, como las letras, son percibidas en algunas comunidades como prescindibles. Acaso en París, Nueva York, Madrid, o no tan lejos, en Xalapa, Guadalajara o Tijuana, el escritor goce de algún aprecio público, pero hay lugares que sencillamente lo arrinconan en el ostracismo y, no pocas veces, en la insolencia del hambre. Por esa razón, no me parece nada heroico o meritorio tener, a los treinta años o antes, cinco libros publicados, tres premios literarios en la bolsa, un trabajo firme de editor, clases en alguna buena universidad y viajes y becas a pasto cuando toda la vida se ha ido en las inmediaciones de un enclave cultural como el DF, pues allá hasta los hongos con alguna voluntad tienen chance de publicar, si antes no los mata la delincuencia, en Alfaguara. Lo heroico, lo desgarrador, lo inexplicable es hacer literatura en provincia, en un pedazo de la provincia como la comarca lagunera. No digo con esto que la mía ha sido una vida meritoria consagrada a las letras, pues tengo mucha conciencia de mis limitaciones y sé que no hay nada extraordinario en lo que he tenido la suerte engendrar. Digo lo que digo porque he visto a muchos colegas talentosos en trance de no tener dónde caerse muertos y he visto cómo, de todos modos, la gente recurre a ellos como si los escritores estuvieran sólo obligados al altruismo.
Con éste, he publicado ya cinco o seis textos vinculados a la necesidad de discutir el rol que un escritor cumple o debe cumplir en nuestro cardumen; no ha pasado nada, pero estoy seguro que, sin prerrogativas y sin gremio, la insistencia puede al menos ir abriendo rendija y, soy optimista, a la vuelta de cien o doscientos años La Laguna barrunte que también los escritores merecen un lugar en el universo, tan igual como el que hoy tiene el pediatra o el carpintero, la aeromoza o el electricista.
Muchos pensadores han dedicado reflexiones harto sesudas al desentrañamiento de la función social del escritor. Sartre, entre los más recientes y más lúcidos, dejó libros enteros que influyeron, y siguen influyendo, a innúmeros artistas, y no está de más señalar al francés como el principal símbolo del “escritor comprometido”. Pero tal no es la inquietud que quiero replantear aquí, sino ésta: ¿qué función le asigna la sociedad al escritor?, ¿cómo lo percibe? Creo, para empezar, que esa percepción es cultural, aprendida, y en La Laguna —tierra donde se valora el esfuerzo y los productos materiales inmediatos que aspiran a satisfacer la ganancia de los que ofrecen y la subsistencia o el confort de los que demandan— tiene peculiaridades que valdría la pena sopesar. Por limitaciones de espacio y de competencia intelectual, apenas voy a sobrevolar el tema. Sólo enlisto cinco circunstancias concretas donde trato de resaltar los nexos del escritor con quienes aquí lo frecuentan.
1. El presentador de libros. No es un género, pero debería de serlo, pues demanda una especialización tan exigente como la de cualquier plomero. Sin embargo, esta labor es percibida por las instancias culturales como una obligación del escritor, por eso lo invitan y nunca le ofrecen un emolumento a cambio de su esfuerzo. Por el tiempo y la pericia invertidos (¿cuatro, cinco, seis horas de trabajo?), cada presentación debería rondar, al menos, la poquitera zona de los 500 pesos. Pero no, esa chamba no vale nada en La Laguna, pese a que cuando trepan a un improvisado las veladas suelen ser un cómico desastre (una vez oí presentar un libro a un funcionario: era tan tonto que duró una hora emitiendo sandeces; en otra ocasión, una chica igualmente tarada leyó poco menos de media gemebunda cuartilla, la presentación más rápida del oeste).
2. Revisiones gratuitas. Hace meses publiqué un ensayito titulado “Yo corrector”; en él traté de desmenuzar la fastidiosa tarea de criar fama y luego recibir cuartillas y cuartillas para revisión de grapa. Otra vez, el trabajo, la especialización de un escritor, no es percibida socialmente como eso, como una especialización, y entonces el escritor —que se revisa a sí mismo y por tanto debe ser capaz de corregir a los demás— es tenido como una gentil aduana por la que no hay que pagar peaje, como si para él fuera preferible enderezar infames cuartillas gratis en lugar de perder el tiempo leyendo a Dante.
3. Pureza ideológica. Una vez se tragaron a un amigo porque redactó dos efímeros discursos mal pagados para un idiota candidato a senador. Yo no he tenido la desgracia de caer en tal sentina, y sé que si lo hago no me lo perdonaría tan fácilmente, pero eso lejos de motivar mi enojo desencadenaría mi pena por la desdicha del amanuense a sueldo y mi rabia contra quienes lo escarnecen, pues sé que todos los críticos pueden recibir publicidad partidista u oficial, que todos tienen contratos o andan en francos arreglos con sindicatos charros y candidatos de pacotilla. Pero que el escritor no se manche con unos pesos sacados a pujidos del PRI, porque entonces es un traidor, un impuro, un ángel caído del que nunca más hay que conmiserarse.
4. El chambismo mendicante. ¿Cuánto debe cobrar un escritor por escribir, editar, corregir, dar cursos o conferencias? Cuando ocurre el milagro de que alguien solicita su servicio siempre se da una situación graciosa: al escritor hay que pagarle con limosnas, a veces hasta en especie, con artículos de promoción como llaveros o carpetas. No pasa lo mismo, por ejemplo, con un productor de tele, sujeto que suele cobrar miles de pesos por un minuto de videocaset (¿alguien puede decirme cuánto le sacan a la alcaldía de Torreón por cada zángano espot de televisión?; lo que sea, nunca será una cifra a la que pueda aspirar un escritor).
5. El escritor concursante. Un joven amigo ganó dos concursos literarios al hilo, ambos de monto ínfimo (diez mil y quince mil pesos). De inmediato se lo quisieron engullir las pirañas y lo tildaron de oportunista, de “cazaconcursos”. Él, pragmáticamente, respondió: si nadie me da ese dinero por mi obra, ¿por qué he de apenarme si lo gano en un concurso literario? En una sociedad que no le da nada al escritor —presuntamente porque no produce “nada”— los caprichosos y guajiros concursos son la única oportunidad que tiene para salir de deudas. Yo, por mi parte, estoy seguro que esos certámenes son ganados, en la mayoría de los casos, no por vanidosos del arte, sino por necesitados, a veces hasta por poetas o novelistas, lo juro por Ripley, indigentes. [email protected]
29/7/05
Dos columnas suspicaces
Tema peliagudo si los hay, el del secuestro ha provocado recién un tsunami de comentarios en todos los medios de comunicación a raíz de dos sacudones mediáticos: el plagio sufrido por el entrenador de Cruz Azul y uno de los espots de la asociación civil México Unido contra la Delincuencia. Milenio, como otras instancias informativas, ha dado suficiente cancha al tema y quizá hayan sido Fedrico Arreola y Jairo Calixto Albarán los que han subido a la cresta más alta y peligrosa de la ola; Arreola colocó una seria duda sobre los móviles estrictamente delictivos del secuestro a Rubén Omar Romano; Albarrán puso en entredicho la eficacia del espot donde Pedro Galindo, víctima de un plagio, muestra en primer plano sus dedos mutilados.
Ante dos hechos de esta magnitud, lo más fácil y redituable en términos de simpatía es decir que todo está bien, que el secuestro padecido por el ex futbolista y que el espot de México Unido contra la Delincuencia son, cada uno en su propósito y en su dimensión, incuestionables. Por eso no deja de llamarme la atención lo escrito por Arreola y Albarrán en sus columnas: ambos se atrevieron no a nadar contra la corriente de opinión, pero sí, en tema tan espinoso, a dar un paso al lado y enfocar los dos asuntos con mirada diferente a la que se impuso desde el principio entre la generalidad de la población. Ese es, si no me engaño, el rasgo esencial de todo periodismo opinativo: enfocar desde otro lado, entrecerrar los ojos y mirar con suspicacia lo que la mayoría ve con gestos aquiescentes o conformes. Dicho par de enfoques —asumido por cierto con total seriedad y respeto, lo cual es doblemente meritorio en el caso de Albarrán, columnista que desde sus tiempos en El Búho de Excélsior ha hecho de la sátira su principal bisturí— sirvió sobre todo para que les lloviera una andanada de correos electrónicos en la que muchos lectores cuestionaban la temeraria suspicacia de los columnistas. Por mi parte, mientras no escuche, lea o vea evidencia convincente en contrario, creo en las posiciones de Arreola y Albarrán, y siento que son, en el peor de los casos, atendibles.
El primero, en su columna “De ribete” (21 de julio) titulada “¿Secuestro?”, luego de un cuidadoso preámbulo, dijo: “Pero quizá el dinero era para ellos lo de menos. Lo importante, tal vez, era la publicidad. Me pregunto, también, por qué los agresores, que evidentemente no eran unos improvisados, escogieron el peor sitio para cometer el delito. Es decir, el peor sitio para ellos. El más visible, a menos de un kilómetro del campo de entrenamiento del Cruz Azul. Un lugar, a esa hora, visitado por no pocos periodistas deportivos. Pareciera que lo hicieron, contra la más elemental lógica criminal, para que todo México se enterara de que, como dicen los comerciales de moda, en la capital del país abundan los secuestros”. Más adelante, en el remate de su texto, señaló: “Por el bien de todos:, ojalá que esta historia nada tenga que ver con la política”. Por la evidencia difundida, lo citado me parece, repito, razonable, y no veo por qué no aceptar, al menos como corazonada, la suspicacia de Federico Arreola en este lamentable caso.
Igualmente, creo que Albarrán intuye con agudeza (“Política cero: Muñones”, 18 de julio) el destino al que, tal vez sin querer, desea llevarnos el mensaje del señor Pedro Galindo y la organización que lo respalda. No cabe aquí, con ningún razonamiento, el escarnio contra un hombre que ha sido víctima de un delito tan repugnante como el padecido por el señor Galindo, un delito que no sólo dejó huellas morales y económicas en él y, seguramente, en su familia, sino que lo marcó para siempre con la pérdida de varios dedos. No voy a reír de esa tragedia, como no lo hizo Albarrán, pero sí puedo acotar que el espot de los dedos cercenados, como oportunamente lo observó “Política cero”, no hará que la delincuencia desaparezca en el DF ni en ninguna parte, sino que sólo aumentará “el odio y el resentimiento”. El terrible flagelo del secuestro, que acosa por lógica a los sectores más pudientes de la población, no acabará, y ni siquiera verá bajar levemente sus cifras, con la exhibición de la rabia y la impotencia ni con la edificación de más cárceles o la creación de aparatos policiacos más feroces. En todo caso eso es apenas una parte del problema y de la solución, acaso la menor. La otra parte, la que propicia el mal del secuestro y de toda la delincuencia desatada, lo sabemos todos, es la pobreza, la pobreza que en los hechos es la gran secuestradora de México, la peor, la más hostil y criminal, la que no se acaba con Teletones ni con Juguetones, la que cunde por todos lados y tiene al 75% del país arrodillado, casi muerto, hundido en el sálvese quién pueda, la que atrofia a millones de familias, la que enloda en las drogas a millones de jóvenes y desnutre a millones de niños, la que prostituye a miles de mujeres, la que expulsa hacia los Estados Unidos a un sinnúmero de trabajadores, la que orilla al revanchismo a muchos hombres resentidos, analfabetos y primariamente ambiciosos que incurren en el delito, a veces, sólo por un primitivo deseo de venganza social. Entonces el secuestro es apenas un hilo, un hilo negro, quizá el peor, de la madeja, pero no puede ser que lo consideremos el efecto y la causa de todos los malestares en el Distrito Federal y en el México embroncado que nos tocó vivir.
Por eso, en este caso, mi respeto para Arreola y Albarrán. Se atrevieron a disentir en medio de la unánime conformidad, y eso tiene su mérito. [email protected]
27/7/05
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