El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

 

Sobrentendidos chuecos 

Despacho por estos aletargados días un libro de Roger Chartier cuyo título es tan atractivo como su contenido: El presente del pasado. Estructura de la historia, historia de lo escrito (UIA, México, 2005). Prometo una reseña detallada para más delante, pero no resisto la tentación de traer aquí, ya, cuatro renglones que con luminosa sencillez abordan el tema de lo socialmente compartido en términos simbólicos, los signos de mentalidad que peculiarizan a un grupo social en un momento dado de su historia: “Philippe Ariès lee los textos y las imágenes, no como representaciones de singularidades individuales, sino con el fin de descifrar la expresión inconsciente de una sensibilidad colectiva o de reencontrar el fondo banal de representaciones comunes compartido espontánea y universalmente”.

         Ese sustrato de pensamiento social, de símbolos que son pulsiones, aspiraciones, querencias y rechazos de muchos, es el que me interesa subrayar en este apunte, pues suele manifestarse silenciosamente, sin palabras, por medio de sobrentendidos, “espontánea y universalmente”, como dice Chartier que decía Ariès. A continuación, y sin ánimo de agotar el asunto, doy una lista de ejemplos donde reina lo sobrentendido coyuntural, lo que todos sabemos y que por sabido dejamos pasar aunque no tienda precisamente al bien común.

1.  Moreira ganó el domingo 17 las internas del PRI, luego entonces todos sobrentendemos, y acatamos, que no explicará el origen de uno solo de los pesos que dilapidó para promoverse desde que era alcalde de Saltillo. Es un hecho muy extraño: si perdía —como perdieron Alejandro Gutiérrez, Javier Guerrero y el espontáneo que saltó al ruedo nomás para que los tendidos carcajearan—, nadie le iba a pedir cuentas al profesor Moreira; si ganaba, como ocurrió, todos lo iban a dar ya por gobernador y nadie en Coahuila osaría exigirle una declaración de gastos a un hombre con la potencial investidura de ejecutivo estatal. Sobrentendemos, pues, que ante el futuro góber, borrón y despilfarro nuevo.

    2. Otro sobrentendido muy bien aclimatado en el imaginario de todos los ciudadanos es el de aceptar, sin rechinido de dientes, como se acepta una cana prematura o un leve callo, que los funcionarios públicos tomen por asalto las estructuras de poder sólo para saltar después, atléticamente, a nóminas más jugosas, como lo ha hecho ya la nomenclatura anayista puesta al servicio de Chuy de León y de Jorge Zermeño. Aceptamos que la vida es así, que los hombres ya pegados a las tetas del sistema no tienen llenadero y hay que seguir amamantándolos.

3. Sobrentendemos que no pasa nada, que no tiene significado cambiar de partido como uno cambia de calzoncillos; el colmo se da cuando algún ex priísta hace turismo electoral por el PRD y luego de esas vacaciones vuelve, como hijo pútrido (que no pródigo), a sus connaturales terruños tricolores.

         4. Si andamos lejos de los amarres y los pellizcos debajo de la mesa, sobrentendemos que un candidato como Eduardo Olmos aplastó a sus potenciales oponentes gracias al carisma, al discurso, a la sensibilidad y a la preparación que sin lugar a titubeos lo distinguen entre la voraz fauna del priísmo torreonense; no muy en el fondo sabemos que sólo fue un triste asunto de sumas y de restas, de dinero.

5. En otros ámbitos, sobrentendemos que la información que emiten Televisa y TV Azteca siempre es eso, información, y no chueca manipulación de los acontecimientos, editorialización a conveniencia. Durante la semana que recién terminó, López Dóriga y Alejando Cacho, su vicario, cargaron las tintas al asunto de CNI Canal 40. Televisa vio con alarma la posibilidad de que inversionistas extranjeros le metieran dólares a la televisora del Chiquihuite, y entonces echaron encima todas sus baterías contra el consumado patán Javier Moreno Valle, invocaron leyes, lloriquearon según ellos para defender la mexicanidad del capital concesionario, aunque cualquier chango con un milímetro de frente podía ver que Azcárraga sólo defendía sus intereses.

         Los sobrentendidos se pueden proyectar al infinito, porque si escudriñamos con atención cualquier gajo de la realidad advertiremos que todo es ilusión, montaje, teatralización, más en sociedades como la mexicana, duchas como ninguna para maniobrar en los escarpados desfiladeros del simulacro y del sobrentendido. Si esto no fuera cierto, cómo explicar, por último, la inverecunda declaración de Creel sobre sus gastos de campaña. Según el ex habitante de la casa de Bucareli, hasta el 11 de julio pasado llevaba gastados 25 millones 739 mil pesos en anuncios de radio y televisión; según una irrefutable exploración de El Universal, llevaba ya derrochados 87 millones 473 mil 255 pesos. En cualquier otro país, por tanto, ya lo hubieran fulminado, por mentiroso craso. En México no, pues todos estamos en el sobrentendido de que Creel es el gallo de Fox, y así lo aceptamos. Apechuguemos, pues. [email protected]

24/7/05

 

 

Carlos Velázquez blues

A la saludable hornada de voces literarias laguneras se siguen agregando autores que dan de qué opinar. No pasan ni deben pasar inadvertidos a la lectura ni a la crítica, pues estos jóvenes, que desde hace algunos años han mostrado sus facultades poéticas, narrativas y ensayísticas, pronto serán escritores con estimable producción. Pienso al decir lo anterior en Miguel Báez, en Édgar Valencia, en Vicente Rodríguez, en Carlos Reyes y en varios más que sería imprudente sumar aquí, puesto que la lista crece año tras año. A la generación setentera debemos añadir entonces el nombre de Carlos Velázquez, quien con Cuco Sánchez Blues, su primer libro, enseña peculiaridades que lo ubican de golpe en un flanco narrativo ruptural, antisolemne, abiertamente insolente tanto en forma como, así sea tenue, en fondo.

         En el caso de  la forma, Velázquez omite sin velo el respeto de lo que podríamos denominar “concepto de corrección gramatical”. Su estrategia tiene muchos antecedentes visibles: las vanguardias, los beatniks, la literatura de la Onda y su totémico José Agustín. Como los escritores de aquellos movimientos, este joven autor lagunero hace del instrumento verbal un juguete donde no reina la norma, sino el ludismo y la arbitrariedad, la exploración y el riesgo, la cuerda floja y sin red de la iconoclasia más frenética. No se trata de una prosa bien peinada, sujeta al corsé de lo que idealizamos como “literario”. Al contrario, el suyo es un trabajo donde gran parte de las fichas apostadas se ubican en el casillero de lo atípico, en el terrorismo contra la sacrosanta madre Academia.

Ese rasgo es lo primero que asalta al lector. Presuponemos, es lo acostumbrado, que un libro literario publicado en la provincia y con subsidio oficial nos ofrezca, de entrada, una prosa ceñida a los cánones; esperamos historias contadas con apego al estándar y de golpe Cuco Sánchez Blues nos enseña unas uñas largas y mugrosas, unas uñas que con violentos zarpazos arañan el rostro de la convencionalidad y el conformismo.

         Este libro, publicado en la Colección La Fragua por la actual administración del Icocult en Saltillo y editado por el inefable e imprevisible e inencontrable Julián Herbert, ofrece cuatro relatos de extensión desigual pero de pareja tesitura en el tono (“No quiero tu amor”, “Cuco Sánchez Blues”, “Apología del manco” y “Tuguraciones”). Todos, como ya dije, apelan a la palabra insolente, al juego desenfadado y abrupto. Tal es, si somos demasiado rigurosos, su mayor y solitario logro: Carlos Velázquez es desmadroso propietario de una potencia expresiva con pinta de tolvanera, un terregal de palabras que revuelca y entrevera lo culto, lo ordinario y lo corrientote con tremenda y bienvenida frescura.

         En el plano de lo estructural, los de Velázquez no son propiamente cuentos, sino relatos, “rebanadas de vida”, como decía Singer. Me ciño, al llamarlos “relatos” y no “cuentos”, a la noción propuesta por Giardinelli: aunque sean dos palabras (cuento, relato) usadas por lo común indistintamente, un cuento es aquella narración donde priva una clara “vocación de cuento”, donde las peripecias de los personajes apuntan hacia un lugar (el clímax) que poco a poco va prefigurándose en la cabeza del lector; al contrario, un relato pinta andanzas, situaciones, conflictos, pero nunca percibimos allí esa “vocación” hacia el cierre contundente y definitivo.

         Ocurre pues que en el caso de Cuco Sánchez Blues reina una prosa deslumbrante por lo endiabladamente denso en malabarismos y piruetas, una prosa que ya, desde este momento, instala a Velázquez como el José Agustín tardío de nuestras tierras, pero todavía sin dominio de la estructura narrativa necesaria para edificar ficciones cuya solidez las haga incuestionables, redondas al estilo de Cortázar, pues tal es el aro de lumbre que debe atravesar cualquier cuentista que se diga a sí mismo así: cuentista. Esto, y añadir un poco más de fondo en sus historias, está por aprenderlo, y quiero pensar que Velázquez, si es atento, lo logrará en el futuro.

         Pese a eso, reitero, es de celebrar —y apuesto que algunos me criticarán por afirmar esto ya que Velázquez tiene fama de inquerible— la aparición de un libro como Cuco Sánchez Blues. Sus aciertos son muchísimo más visibles que sus fallas, y eso es buena noticia cuando hablamos de un torreonense nacido en el 78, un torreonense que ha hecho de la desfachatez literaria su risueño modus vivendi y operandi.

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22/7/05

 

 

Arnold Black & Decker

Hace algunos días estuvo Antonio Jáquez en Torreón y su visita coincidió con la minicumbre de gobernadores fronterizos. Eso me hizo recordar el sobrenombre que el mejor periodista lagunero le aplicó al actor de apellido impronunciable e inescribible: Arnold Black & Decker. Como esa broma, muchas otras han sido acuñadas para referirse a ese símbolo de la vacuidad artística, a ese musculoso y racista winner de Hollywood que hace algunos días condescendió a visitarnos durante poco más de cinco misericordiosas horas. En ese lapso, el señor Black & Decker tuvo la oportunidad de conocer nuestras bellezas turísticas y de saber que tenemos un bonito polo de inversión, lo que sin duda estimulará su pronto regreso a la comarca.

         ¿Pero quién es en realidad el tal Arnold? Aquí le rendimos culto de ídolo por nuestra vocación xenofílica, pero los británicos y los canadienses, que consideran toscos a los gringos, saben perfectamente quién es. Por eso aproveché en esta ocasión la estancia en Canadá de Miguel Báez Durán, el más destacado crítico de cine —veamos los hechos— que ha tenido La Laguna. El viernes pasado él tuvo la oportunidad de ver en Montreal un film sobre Arnold, y le pedí una reseña para Ruta Norte. Por la periodicidad de esta columna ya no pude publicarla el domingo, pero todavía está fresca la honra que nos hizo sentir el famoso Terminator. Leamos lo que manda Báez Durán, mi corresponsal en la tierra de la hoja de maple. Comprobemos una vez más que hoy la democracia, aquí y allá, es un asunto de medios (de comunicación y económicos):

“El documental How Arnold Won the West (2004) muestra cómo el país que defiende la democracia por todo el mundo debería probablemente empezar por ver la viga en su propio ojo. La cineasta británica Alex Cooke captura en este largometraje la rápida caída del gobernador demócrata Gray Davis frente al aura casi mítica que otorga la maquinaria de los sueños de Hollywood. Al fin y al cabo, si se le ha visto en decenas de películas infumables en roles igual de infumables y si los programas de espectáculos estadounidenses han bombardeado durante tantos años su imagen frente a los rostros de los espectadores, ¿por qué no habrían de votar por él? Él mismo lo afirmó durante su campaña. Él, Arnold, simplemente Arnold —pues quién se atrevería a perder el tiempo deletreando su nombre— es el candidato del pueblo. Claro que el estadounidense promedio no posee millones de dólares ni está emparentado por matrimonio con la familia política por excelencia de Estados Unidos, pero en fin, nadie es perfecto, ni siquiera él.

El documental abre y cierra con la intervención de George W. Bush como para darle el espaldarazo al hombre de los músculos, y aunque al principio la distancia entre ambos es mucha si se calcula a partir de los kilos que puede levantar el austriaco, la lejanía no es tan grande cuando se aprecian sus habilidades lingüísticas. Después de todo, ¿a quién le importa si ninguno de los dos es capaz de construir frases cuando los reflectores y las cámaras están prendidos? Porque lo que está detrás del largometraje de Cooke es el peligro de una aparente democracia manejada por los intereses monetarios y los medios de comunicación. Al final, la realizadora se cuestiona si ésa es la verdadera democracia o sólo una ridícula parodia.

Como si fuese una burla sacada de un episodio de Los Simpsons, el congresista republicano Darrell Issa es el artífice del caos cuando desentierra una vieja ley californiana y se encarga de juntar firmas para sacar al gobernador Davis de su oficina. Hay quien dice que lo hizo con la intención de quedarse con ella. Tal vez por eso se le salieron las lágrimas cuando anunció que desistía de lanzarse como candidato después de que Arnie, como se le llama de cariño durante todo el documental, le robara el show. Así, este irónicamente ex robacoches y ex vendedor de alarmas para autos, se erige como el responsable de que hoy California tengo un ‘Gobernator’. Pero el circo —como lo llama la propia Alex Cooke sin necesidad de hacerlo— que significó esta campaña llamó a los invitados más inusuales para lanzarse como candidatos a gobernador siendo de las figuras destacables —además de candidatos también concursantes de un programa de concursos llamado ‘¿Quién quiere ser el gobernador de California?’— al todavía enano protagonista de la difunta serie ochentera Blanco y negro Gary Coldman y a la actriz porno Mary Carey.

Aunque el verdadero circo, observa el espectador mientras corre el documental, estuvo siempre circulando alrededor de Arnie: la horda de periodistas y analistas políticos en busca de una entrevista que misteriosamente siempre les es negada, la gira de cuatro días en todo California con autobuses que llevaban los nombres de la películas de Arnold (por supuesto, los ‘Depredadores’ eran los periodistas), trapos sucios de la vida pasada del fisicoculturista convertido en actor convertido en político. Al final, aunque el trabajo de Cooke difícilmente podría compararse con el de otros, el documental deja volando una buena pregunta: ¿dónde está la democracia en el país que con tanto radicalismo la predica?”. [email protected]

20/7/05

 

Debajo de la alfombra

El jueves 14 de julio todos los diarios del país amanecieron con una noticia que no por previsible deja de ser alarmante: el senador Diego Fernández de Cevallos (¿cuándo embutirán a este sujeto en la cárcel?; ¿tenemos que esperar a que Dios lo castigue?) se convirtió en aduana, impasable dique, del expediente que contiene la información sobre los tratos en lo oscurito entre Televisa y Santiago Creel. Ya no es necesario describir qué pasó, pues todo mundo sabe que el ex secretario de Gobernación y hoy precandidato del PAN a la presidencia de la república negoció con Televisa el permiso para instalar casas de apuestas a cambio de anuncios triple A y trato aterciopelado en los noticieros del monstruo.

         Al caso le cuelgan montones de flecos, todos incómodos para la empresa que prácticamente es dueña del imaginario colectivo mexicano. Uno de esos flecos, no el menos interesante, tiene qué ver con el tratamiento de la noticia bomba Creel-Televisa en los espacios informativos de la televisora. ¿Dónde está, pregunto, tal noticia en sus programas? De casualidad vi que un lunes la abordaron, fugaz y chacoteramente, en El privilegio de mandar, programa de corte paródico que con dificultades podemos tomar en serio para aceptar que Televisa sí ventiló el asunto. Fuera de eso, y aunque no veo todas las noches a López Dóriga o todas las mañanas a Loret de Mola, parece que la libertad de expresión se le acaba al gigante cuando sus inconfesables tejemanejes andan en la polla.

         Tema de interés nacional pues otra vez pone sobre el mantel la peculiar y ventajosa relación gobierno-Televisa, el affaire Creel y las casas de apuesta ha sido afantasmado de la pantalla, y no es de creer que eso se deba a que otros tópicos lo han marginado de la agenda. Y cuando digo de la pantalla me refiero no sólo a la del televisor, sino también a la otra, la de internet. Una asomada que nos demos a esmas.com, el portal de Televisa en la red, nos podrá mostrar que el asunto simplemente no existe en Televisa o, si existe, es tratado de lejitos, como leproso en Cancún. Abordado al menos de pasada hasta en el más chayotero pasquín de México, el cenagoso tema no es explorado por la empresa de Azcárraga Jean y con eso tributa homenaje, una vez más, a la libertad de expresión discrecional que siempre han ejercido los dueños de las concesionarias televisivas más poderosas del país.

         El breve ejercicio de seguimiento a la información suministrada por esmas.com da como resultado que todo es información para Televisa, menos lo que pise sus callos. La Jornada, Milenio, El Universal, Reforma, cualquier diario con espacio en la red ha dado minuciosa cuenta del problema, pero esmas.com es mutismo y simulación. El jueves 14, por ejemplo, cuando en otros medios se supo que Diego Fernández de Cevallos retuvo el expediente en la cámara de senadores (“Rayuela”, de La Jornada, lo editorializó así: “¿Qué vendrá después en el caso Creel? ¿El Jefe Diego mandará quemar los documentos? Hagan sus apuestas…”), esmas encabezó su página durante un rato con una vacua, y quizá pagada, entrevista al gobernador de Coahuila (“Nunca me he subestimado: Martínez y Martínez”) y con otras notas acaso importantes, pero siempre lejanas al tema Creel-casas de apuestas-Televisa (“Levanta Ejército campamentos en Chenhaló”, “Arrestan a dos agentes de la AFI por asesinato de ESG”, “Asesinan a cinco personas en Culiacán”, “España desmiente acuerdo migratorio con México”).

         Como casi todas las páginas profesionales, la de esmas tiene un buscador muy ágil. El 14 de julio, al rastrear la información que arrojara el ítem “Santiago Creel”, los resultados remitían a vetustas notas donde se mencionaba al precandidato panista, pero nunca en relación con el asunto de los permisos. Al usar el buscador con las frase “casas de apuesta”, los resultados no parecen más satisfactorios: “Legales permisos a Apuestas Internacionales: Segob” (junio 24), “Nada ilegal en concesiones de apuestas a Televisa: Segob” (junio 17), “Satisfecho Calderón con explicaciones de Creel” (junio 21), son algunas de las primeras que atrae la pesquisa, las tres ya viejas, trabajadas como corriendo, con extrema brevedad y sólo desde la conveniente óptica de Gobernación y, en el tercer caso, para disfrazar, de Felipe Calderón.

         ¿Qué sacar en limpio de todo esto? Que durante todas estas semanas, desde que fue abierta la alcantarilla del amarre Televisa-Creel, la televisora ha metido el tema vergonzoso, a escobazos, debajo de la alfombra. Cuando se trata de Bejarano y sus ligas con la corrupción la tele sí sirve para demostrar que existe libertad de expresión, libertad incluso para linchar al corrupto patiño que sin reproche eleve ratings. Pero esa libertad se difumina misteriosamente, con sutiles maniobras de ocultación que aplaudiría el ilusionista Copperfield, cuando ellos meten las manos hasta los codos en la sucia masa. Lástima que en este caso no haya un Brozo impoluto que reprenda sin atenuantes, en cadena nacional y con videos, al señorito Creel.

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17/7/05

 

Ríos Galeana, superstar ochentero

La captura de Alfredo Ríos Galeana dio a nuestras autoridades la oportunidad de atizar el golpe mediático que andaba suplicando desde hace buena cantidad de días. Antes de atrapar al “enemigo público número uno” de la ochentera sociedad mexicana, nuestra policía equivocó feamente sus escándalos, primero, con la detención de Nahúm Acosta, segundo con la del Chapito y, tercero, con la fallidísima comedia de enredos protagonizada por un actor involuntario, el arquitecto Joaquín Romero Aparicio, “confundido” con el hermano del supuestamente extinto Amado Carrillo.

Ya transformado, evangelista de voz grave y pausada, con playera polo que le da cierto airecillo de Perro Bermúdez pero con pelo, Ríos Galeana fue un treintañero que exhibió a la justicia mexicana. Aunque por aquellos antieres ya se daba, el secuestro no era tan común como lo es ahora, y nuestros delincuentes alcanzaban su doctorado en criminalidad con el asalto a bancos. Lo hacían siempre a mano bien armada, siempre con saldo de muertos y de cajeras con irrefrenables y justificadas crisis nerviosas.

            Alfredo Ríos Galeana, cómo olvidarlo, fue el símbolo de aquella generación de asaltabancos. Su vida y su obra pronto se convirtieron en referencia obligada de la nota roja mexicana; por ello, su imagen no tardó en rozar los talones de la leyenda, pues era considerado una especie de Robin Hood con todas las características de aquel arquero medieval, salvo en aquello de entregar sus botines a los menesterosos. Los pasquines de más baja estofa —sobre todo la Alarma!, súmmum del amarillismo delincuencial— pronto dejaron entrever que Ríos Galeana era un pillo heroico, pues robaba, sin ser capturado, a los ladrones de cuello blanco: los banqueros (esto de paso me recuerda las palabras de Bertold Brecht que Piglia usa como epígrafe para su novela Plata quemada: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”).

            Ocho años después de su fuga definitiva ocurrida en 1986 —definitiva hasta el 12 de julio pasado—, el fenómeno Ríos Galeana fue examinado por el ubicuo Carlos Monsiváis en el librito Los mil y un velorios (Alianza cien/Conaculta, México, 1994, 96 pp.). Monsi le dedica un capítulo entero, el VIII, titulado “Nace una estrella”. En él, nuestro cronista por antonomasia describe e interpreta los pormenores de la extraordinaria carrera consumada por aquel enemigo number one que ya para el 94, con una identidad falsa y convertido al cristianismo, pulía pisos en diversos establecimientos de South Gate, suburbio de Los Ángeles, California.

            ¿Y qué dice Monsiváis sobre el antihéroe Ríos Galeana? Veamos algunas pinceladas. Nacido en Arenal de Álvarez, Guerrero, en 1951, Alfredito quedó huérfano de padre en el 52, lo que dejó a su madre en condiciones de precariedad extrema. A los 17, empobrecido, el futuro asaltabancos viajó al DF, se alistó en el ejército, obtuvo el grado de sargento. Hay momentos borrosos en su currículum, pero Monsiváis apunta que salió del ejército para integrarse, en 1977, al Barapem (Batallón de Radiopatrullas del Estado de México) durante la gestión del profe Hank. En esa cosa podrida de nacimiento llamada Barapem, Ríos Galeana se distinguió por su astucia y su temeridad. Disparaba bien con ambas manos, boxeaba, daba clases de preparación física a sus colegas, era una especie de jaguar preparándose para el estrellato en la selva de concreto. Pronto el Barapem, cuyo cabecilla fue Ríos Galeana, azotó al Estado de México con ataques a obreros, robos, razzias y todo lo que una organización parapoliciaca podía perpetrar amparada en la charola. En 1978, Ríos Galeana renunció a esa institución para dedicarse de lleno a lo suyo, al delito, pero ahora sin credencial de la Barapem.

            Con indiscutible pasta de líder, con una vocación para el crimen que aplaudiría el mismísimo Capone, Ríos Galeana sintió entonces que su vida transcurría en una película de los Almada; él mismo produjo, actuó y dirigió los golpes que dejaron limpias las bóvedas de muchas sucursales bancarias, todo con estrépito de balas y caídos. Orgulloso de sus atracos, echón como los actores de cine, Ríos Galeana se ufanaba de sus éxitos: del 78 al 81, nomás para darnos un quemón, suma 26 asaltos a bancos, seis asesinatos, 50 hurtos en casas-habitación, 27 en tiendas. Y sucede lo más asombroso: cae uno de sus cómplices, suelta la sopa (previa calentadita), y con esos datos se descubre el paradero de Ríos Galeana (Monsiváis recuerda “La carta robada”, el inmortal cuento de Poe): el líder asaltabancos se opera la nariz tres veces, es cantante de vulgares palenques (valga el pleonasmo), usa el nombre artístico de “Luis Fernando, el Charro Cantor”, graba un LP y tres discos sencillos. Lo capturan en un palenque clandestino, se defiende, se queda sin parque y decide entregarse a Francisco Sahagún Baca, el siniestro segundón del Negro Durazo. La declaración de Ríos Galeana es una perla que todavía resume la minusválida condición de nuestros aparatos policiacos: “Yo estaba seguro de seguir atracando y burlando cualquier cerco policiaco, porque considero a la policía mexicana sumamente incapaz para aprehender a los auténticos asaltantes”. Ríos Galeana alardea, promete fugarse, y lo logra de inmediato. Delinque. Lo atrapan otra vez en 1982; se fuga de nuevo. Delinque, roba hasta en hospitales. Vuelve a ser capturado en 1985, y se estima que ha hurtado mil millones (de los de antes) durante siete años, todo con alto saldo de víctimas.

            Siempre jactancioso, declara a los medios: “Soy el hombre que en México y en el mundo ha cometido más asaltos bancarios. Soy muy inteligente (...) Cuando salga de la cárcel creo que continuaré con mis actividades delictivas”. Es condenado a cuarenta años en el Reclusorio, vive rodeado de privilegios y se le cuadran hasta los custodios, sueña con escribir sus memorias o un guión de cine, pero de todos modos se aburre y el 22 de noviembre del 86, con menos de dos años a la sombra, se fuga como en un film, con sobornos, comando, metralletas, granadas y boquetes.

Desde entonces nada o casi nada se había vuelto a saber de él; su leyenda se apagó y el martes 12 de julio del 2005 quienes rebasamos los cuarenta años hicimos memoria, una memoria que nos trae, de nuevo, más que la imagen del superstar, la triste película de los aparatos policiacos mexicanos, cloacas del hampa institucional.

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15/7/05

 

Gómez Palacio según Bolaño

Murió el 14 de julio de 2003 (mañana hace dos años) de un mal hepático, era chileno, nació en 1953, vivió algunos años en México, radicaba desde el 77 en España, en 1999 ganó el premio Rómulo Gallegos (quizá el más importante para novela en lengua castellana), gozaba de la amistad cercana de Jorge Herralde, el mandamás de Anagrama y acaso el editor literario más influyente de nuestro idioma. Su nombre, ya lo adivinaron quienes seguido buscan libros en las mesas de novedades, es Roberto Bolaño, escritor que, aunque lo parezca, no tuvo nada de chespiriano.

         ¿Por qué tanta cautela en el primer párrafo? Porque a propósito de lo que citaré más adelante este autor no será muy grato para algunos laguneros, sobre todo si son gomezpalatinos. La obra heredada por Roberto Bolaño es amplia; entre otros libros, escribió Estrella distante, Nocturno de Chile, Una novelita lumpen, Los detectives salvajes, 2666, pero quiero detenerme aquí en una minúscula porción de esos trabajos, en el cuentario Putas asesinas, y más particularmente en uno de sus relatos, el segundo, asombrosamente titulado, por increíble que parezca, “Gómez Palacio”.

         Signo claro, al menos para mí, de la llamada “mundialización”, el relato de Bolaño narra las peripecias de un sujeto que, como el autor, por las razones que sean sale de su patria y en territorio ajeno busca hacerse de unos pesos para sobrevivir. Sé, como ya dije, que Bolaño vivió una buena parte de su breve vida en nuestro país, pero ignoro qué tan minuciosamente lo recorrió. Tal vez alguna mínima investigación nos lleve a comprobar, como dato respaldado en algún documento hemerográfico o burocrático, la fugaz estancia del chileno en la ciudad del “acueducto” (un acueducto que no respeta ni su etimología y que, por eso, es genuino y naquísimo homenaje a nuestro pintoresquismo). Soy de Gómez, nací allá en el 64, quiero mucho a este ranchote centenario, y precisamente por esa querencia no me ofende el relato de Bolaño. Antes bien, me ha agradado leerlo y hoy me agrada recomendarlo. Cito sus primeros cuatro parrafitos:

 

“GÓMEZ PALACIO

 

Fui a Gómez Palacio en una de las peores épocas de mi vida. Tenía veintitrés años y sabía que mis días en México estaban contados.

         Mi amigo Montero, que trabajaba en Bellas Artes, me consiguió un trabajo en el taller de literatura de Gómez Palacio, una ciudad con un nombre horrible. El empleo acarreaba una gira previa, digamos una forma agradable de entrar en materia, por los talleres que Bellas Artes tenía diseminados en aquella zona. Primero unas vacaciones por el norte, me dijo Montero, luego te vas a trabajar a Gómez Palacio y te olvidas de todo. No sé por qué acepté. Sabía que bajo ninguna circunstancia me iba a quedar a vivir en Gómez Palacio, sabía que no iba a dirigir un taller de literatura en ningún pueblo perdido del norte de México.

         Una mañana partí del DF en un autobús atestado de gente y dio comienzo mi gira. Estuve en San Luis Potosí, en Aguascalientes, en Guanajuato, en León, las nombro en desorden, no sé en qué ciudad estuve primero ni cuántos días permanecí allí. Luego estuve en Torreón y en Saltillo. Estuve en Durango.

         Finalmente llegué a Gómez Palacio y visité las instalaciones de Bellas Artes, conocí a los que iban a ser mis alumnos. Temblaba todo el tiempo pese al calor que hacía. La directora, una mujer de ojos saltones, regordeta, de mediana edad, que llevaba un gran vestido estampado con casi todas las flores del estado, me instaló en un motel de las afueras, un motel espantoso en medio de una carretera que no llevaba a ninguna parte”.

         Y aquí lo dejo. Quien quiera más de esta graciosa historia deberá comprar el libro. Anote: Putas asesinas, Roberto Bolaño, Anagrama, Barcelona, 2001, ISBN 84-339-2485-0, 225 pp. No lo venden en nuestras precarias librerías seudocosmopolitas. Búsquelo en internet o aproveche el viaje vacacional de algún primo al DF. A mí me lo emprestó —hermoso verbo callejero— mi alumno Marco Chávez, terco bolañólatra pese a ser oriundo de San Pedresburgo de las Colonias, Coahuila. [email protected]

13/7/05

 

 
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