El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

 

Si yo fuera candidato

Si yo fuera candidato lo primero que haría sería compadecerme de mí, pues no muy en el fondo me daría lástima andar así por la vida, en espots de tele y en anuncios espectaculares, sonriendo siempre porque en esa sonrisa medio babotas estarían en juego muchos de mis votos. Me daría lástima por hacerle caso a mis asesores, por aceptarlos como si no fueran lo que son, unos lambiscones que por dinero —el que les pago ahora y el que les pagaré cuando gane la contienda electoral— han aceptado asesorarme. También me daría lástima andar dando lástimas por mi discurso repetitivo y gastado, siempre condescendiente, abstracto, contemporizador, acoplable, evasivo, deshuesado y rematadamente hipócrita.

         Me daría lástima haber perdido mi peculiaridad por culpa de unos votos hipotéticos, me daría lástima ser un sujeto con la imagen más ecuánime posible, una imagen positiva, abierta, cordial, presuntamente informada, competitiva, generosa, desprendida, abnegada y casi mártir. Me daría lástima no poder andar desfajado, en tenis, con cachucha de pelotero. Me daría lástima estar impedido para lavar, de fachas, mi carro afuerita de la casa. Me daría lástima no poder ir al Oxxo por la leche, o al cine cuando hay dos por uno, o a la lucha para injuriar a gusto, o a los tacos de La Joya cuando no hay para más, o a una cantinucha de la localidad por temor a que me vean y luego digan —con la inevitable pérdida de mis potenciales sufragios— que fui sorprendido acompañado por mis amigotes en un establecimiento de los bajos fondos.

         Me daría lástima estar obligado a decir, sin titubeos y con gran humillación íntima, que soy el mejor, que tengo pasta de líder, que en el aire las compongo, que haré hasta lo imposible para resolver hasta lo imposible, que mi expediente es el más picudo, que los hechos hablan por mí, que fui hecho a mano, que casi soy un ser divino, que soy la última caguama del expendio, que ya tomé todos los cursos de excelencia expelidos y por expeler, que nada ni nadie me quita la seguridad, el aplomo, la pinta de campeón, la traza de adalid.

         Por eso, sólo por todo eso, tal vez si yo fuera candidato me aseguraría de que la gente supiera quién soy en verdad, pese a la huida de los votos que irremediablemente volarían hacia mis rivales. Trataría de que los ciudadanos me conocieran sin dobleces, así como soy, sin mercadotecnia, sin las mentiras obvias de la propaganda, con mi genuina personalidad. Sé que perdería cientos de votos, pero al menos gozaría la seguridad de que las diez personas que votaran por mí realmente lo harían convencidas de que apoyaron a un ser humano lleno de fallas, sincero, abierto e irremediablemente derrotable por culpa de su peligrosa autenticidad.

         Entonces haría campaña a pie, sin Suburban de narco, o en una flota de tres Atos que dieran guerra por toda la ciudad. Haría mítines convocados con  volantes o a grito pelón, aun a riesgo de ser orador en concentraciones públicas de veinte votantes posibles. Despediría a mis asesores para que no comenzaran a deformarme, a hacerme perfecto e inhumano. Mandaría artículos a los periódicos, artículos escritos con toda torpeza y apresuramiento por mí, no por uno de mis achichincles. Diseñaría yo solito una página web y la treparía a la red en Geocities, el hospedaje internético gratuito. En los debates, si los hay, trataría de convencer al electorado de que vote por el candidato más desconocido.

En mis dos espectaculares saldría con la cara de siempre, una cara de profundo aburrimiento ante la rutinariedad de la existencia, ante el yugo de las convenciones sociales. Mis lemas no habilitarían palabras prestigiosas, inasibles y ya bofas por el tanto uso (bienestar, paz, progreso, democracia, desarrollo, las que consigna Alex Grijelmo en su libro La seducción de las palabras); mis lemas serían más directos y acaso políticamente descorteses: “¡Salgamos del maldito agujero!”, “¡Abandonemos la holgazanería!”, “¡Dejemos de ser burros y leamos más!”, “¡Defenderé al Santos como un perro!”, “¡Los corruptos derechito al infierno!”, “¡Di no a la bazofia electoral!”, “¡Vivan los lonches mixtos!”,  puros mensajes de tal índole.

         Sé que si hago eso sería un suicida electoral. Pero qué importa una derrota política, una sola, si hay un candidato que al fin sale a la calle con su rostro, con sus defectos, con sus poquísimas virtudes de mortal común y corriente, tan común y tan corriente como todos los candidatos que ahora andan por allí, exhibiéndose como lo que no son. Nada, pues, importa perder. Diez ciudadanos sabrían, en todo caso, que votaron por un sujeto cualquiera, por un lagunero distinguido por no haberse distinguido en nada, no por un Kalimán de peltre. [email protected]

10/7/05

 

Los caciques de Rulfo 

Este es año conmemorativo del cuarto centenario del Quijote, todos lo sabemos, así que en literatura todo el 2005 será atravesado por la clara sombra del caballero de la triste figura, lo cual se convierte en una magnífica oportunidad para que muchos rezagados —pintores incluidos— se pongan al corriente o por lo menos lean el Capítulo VIII de la primera parte, el de los molinos. No hay excusa, pues la nueva y lujosa edición de la Real Academia apenas cuesta la friolera de 109 pesos, hoy francamente miserables.

Hay otras efemérides no menos significativas, sobre todo para el lector mexicano. Pédro Páramo —la más extraordinaria novela jamás escrita en América Latina, esta es palabra de Mario Benedetti— cumple cincuenta años de edad y, como los buenos libros, todavía se deja leer como si ayer hubiera salido de las prensas. Además de la edición ya clásica, la del FCE, la novela de Rulfo ha sido editada numerosas veces y tampoco aquí hay excusa para no arrimarle el diente.

Una edición monstruo fue la que preparó el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli para el ejemplar número 13 de la venezolana Biblioteca Ayacucho. Se trata de un tomo con cerca de 350 páginas titulado Obra completa, y contiene en efecto la obra completa de Rulfo además de una amplísima nota introductoria y una cronología sin una sola arruga. Es, por ello, uno de los más autorizados trabajos emprendidos sobre la vida y la obra del elusivo narrador jalisciense, y eso me da confianza para citarla como texto base a propósito de sus nociones del caciquismo institucionalizado.

Ruffinelli —lo último que supe de él es que, luego de su paso por la Universidad Veracruzana se instaló como académico en la de Stanford— conversó con Rulfo para preparar el tomote de Ayacucho. Allí, el también autor de El gallo de oro abrió su comúnmente hermética personalidad y nos dejó echar, por rendijas, algunos vistazos al origen y modelo de su novela, el cacique. Estas palabras las publicó Ruffinelli en La escritura invisible (Universidad Veracruzana, 1986), y son tan interesantes como fidedignas:

“—Pedro Páramo se publicó dos años después que El llano en llamas pero la complejidad de la novela me hace pensar que la proyectaste desde tiempo atrás. ¿Me equivoco?

—No te equivocas. Yo había empezado a escribir Pedro Páramo mucho antes que los cuentos. Pero tenía algunas dificultades, especialmente con los personajes (…)

Pedro Páramo tuvo otros títulos antes del definitivo: Los murmullos, Una estrella junto a la luna. ¿Por qué la indecisión?

Los murmullos, sí, y el otro título. Tú sabes que cuando uno está a punto de publicar una novela, es difícil decidirse por el título. Y el título cambia la perspectiva de un libro: depende del que elijas para que caiga el acento en uno o en otro aspecto del libro. (…)

—¿Reconoces que hay un modelo real para el personaje Pedro Páramo?

—(…) yo no quise hacer ni historia ni crónica con Pedro Páramo ni con los cuentos de El llano en llamas. Sí, Tuxcacuexco y todos los lugares que aparecen nombrados en los cuentos y en la novela existen, no son inventados, pero tampoco ha calcado la realidad de esos lugares. Por otro lado, hay gente que viene y me dice: “Vi a Pedro Páramo. Sí conocí a un hombre que se comporta igual que Pedro Páramo”. No es extraño que me lo señalen. Pero es que Pedro Páramo es un cacique y en México estamos repletos de caciques. Fíjate que todo es caciquismo, la estructura del poder es la del cacicazgo, y hay muchos tipos de caciques. Antes de la revolución, cada estado tenía un dueño, era el terrateniente, el hombre más poderoso del estado, y toda la tierra le pertenecía, pertenecía a la familia. En Sonora estaban unos, en Veracruz otros, en Chihuahua otros. Lo que hizo la revolución fue desmembrar un poco esos latifundios, de modo que nadie pudiera ser dueño de todo un estado. Pero no se eliminó el caciquismo, al contrario, se le pulverizó. Entonces subsisten caciques más pequeños que dominan zonas más cerradas, no tan amplias, pero que en su conjunto forman la misma situación de poder…”.

Apago esta recordación de Rulfo con una pregunta que podemos desprender de sus palabras: ¿cuántos Pedros Páramos mandan en La Laguna? [email protected]

8/7/05

 

Promesa de Carlos Castañón

Me enteré que una tipa, coralillo de cuyo nombre y de cuyo rostro siempre he querido olvidarme, encaró a Carlos Castañón Cuadros, joven historiador de Torreón, y lo regañó por, supuestamente, “inflarse” a propósito de sus tres libros éditos hasta la fecha. “¿Qué son tres libritos —dijo la estulta— junto a las obras que yo he publicado?”. Se refería la tipa a los tres o cuatro libros que, directa o indirectamente, gozaron de “su” autoría o de “su” colaboración. Entrecomillo los posesivos, obviamente, porque su rol en la edición de tales libros se limitó a emplear recursos y talentos ajenos para figurar después como autora o como coautora de lo que, a lo mucho, apenas y a pujidos coordinó, de tal suerte que asumirse como artífice la coloca como lo que de hecho ha sido, es y seguirá siendo: una usurpadora. Pero veamos quién es Carlos Castañón.

         Por la saludable costumbre que tengo de indagar entre los nuevos valores Bacardí de la intelectualidad lagunera, sé que Carlos Castañón nació en nuestra ciudad hacia finales de los setenta. Sé que estudió un tiempo en la Universidad de Guanajuato, que pasó otro rato en el ITAM y que por fin, luego de aquel accidentado amanecer de sus estudios profesionales, ahora es un alumno muy adelantado de la UA de C, y para prueba allí están, además de sus libros, las bien peinadas entregas que ha hecho recientemente a La Opinión en el espacio del Archivo Municipal Eduardo Guerra.

         Esos méritos a tan temprana edad dan para no ser mezquinos con él, para no ser contumaces en la severidad ni indulgentes con hipocresía. Se me ocurre una pregunta a propósito de los elogios que merece este muchacho: ¿quién más en La Laguna hizo historia seria, académica, antes de los 25 años? Creo que nadie. Luego entonces, Castañón es, por sus propios méritos, un garbanzo de a kilo en el —hasta hace pocos años— pétreo páramo historiográfico local, y lo menos que merece recibir es una sopa de nuestros adultos y retorcidos chocolates, como intentó hacerlo, con sombrero ajeno y con tremenda ruindad propia, la estulta coralillo a la que no sin náuseas aludí en el arranque de este apunte.

         El Canal de la Perla, Las dos repúblicas y Extrañas latitudes (compilación) son los títulos que Castañón lleva sumados. Se trata de libros breves y nada deseñables, y su mayor valía radica, para mí, en dos puntos: primero, en que son trabajos originales, bien pensados y nutridos de datos frescos, extraídos de fuentes documentales primarias, sobre todo los dos primeros; segundo, pesan por su valor promisorio, porque independientemente de su quilataje actual, que me parece alto, encierran en sí mismos el anuncio de otros textos que sin duda convertirán a Castañón en un consumado intelectual. Esto no es regalarle aplausos ni nada, sino ver con detenimiento lo ya hecho y a partir de allí obtener fáciles conclusiones.

         Tanto por su acabado editorial como por sus bien articulados contenidos, me parece que Las dos repúblicas (publicado en la Colección Desierto Sol del Instituto Municipal de Documentación y Archivo Histórico Eduardo Guerra que con tino dirige Elías Agüero) es, de los tres títulos, el que mejor evidencia la actual realidad y exhibe la promesa que hay delante de Castañón Cuadros. Prefaciado por Sonia Aguirre y prologado por el doctor José Luz Ornelas, este estudio sobre la inmigración china a Torreón da cuenta de un fenómeno social que a la postre, junto al elemento nativo, daría como resultado el despegue económico del Torreón pre y posrevolucionario, todo esto ubicado en un contexto mayor, el de las dos repúblicas, la mexicana y la china. De hecho, este trabajo tiene ramificaciones de interés no sólo para La Laguna, pues en más de un momento Castañón lo amplía al escenario nacional que dio cabida a miles de extranjeros en nuestro país.

         Cercano a varios académicos poseedores de indudable autoridad como Sergio Antonio Corona Páez, el ya mencionado José Luz Ornelas y el argentino Mario Cerutti —doctores todos—, Carlos Castañón Cuadros, su discípulo, apunta a ser como ellos o, incluso, lo cual siempre será deseable y bienvenido, a superarlos, les plazca o no a quienes ahora, con usurpadas prendas ajenas, quieren minusvalorarlo. Dicho esto en mexicano coloquial: no es fácil ningunear a un joven pensante y ubicado. [email protected]

6/7/05

 

Cuentas pendientes 

Como dijera sabiamente la Chimoltrufia: una cosa en una cosa y otra cosa es otra cosa. Cito aquí esas palabras merecedoras del bronce público a propósito de los candados y del TRIFE y de Sifuentes y del PRI y de Cavazos Lerma y de todas esas mugres. Después de todo este circo coahuilense alguien explicará, con cuentas ciertas, con algunos átomos de verosimilitud, ¿de dónde ha salido la plata para financiar cada show? Este asunto sigue siendo, me parece, fundamental para mitigar el enorme descrédito en el que han caído los procesos electorales por culpa de esos gastos excesivos siempre incomprobados, siempre dilapidados en la promoción de los ante-pre-cuasi-yamero-candidatos.

         Porque lo que ahora se percibe es una nube de polvo que oculta un tema todavía pendiente, seamos románticos, de aclaración. Con silencios o evasivas, todos los etcétera-candidatos se han hecho, como observan las señoras de mi rancho, guajes con la explicación que transparente por fin el origen de los recursos empleados para autoelogiarse sin pudor. Mientras eso no ocurra, podrán decir esto y aquello, lo que sea, pero el descrédito allí quedará, como símbolo de la bochornosa actividad electoral presuntamente ejercida en tiempos democráticos, cuando no hay, para empezar, nada más antidemocrático que escamotear ese tipo de información.

         Dos fuentes, todos lo sabemos aunque nadie lo compruebe, son las principales introductoras de recursos para quienes se animan a encabezar una campaña. Ambas fuentes se mezclan, se confunden viscosamente, se afantasman hasta casi desaparecer y no dejar huellas digitales en el camino, por eso resulta muy difícil dar con el muchas veces turbio origen del dinero electoral que va más allá de los subsidios oficiales. Un hecho es claro, rotundo: si los candidatos pujan para adentro cuando se les cuestiona sobre los auspiciadores de sus campañas, es precisamente porque no los patrocinan ni Winnie Poo ni Rosita Fresita. Al contrario: detrás de una campaña derrochadora se esconden, y he aquí las dos fuentes, 1) funcionarios públicos que saben filtrar plata pública por rendijas invisibles, y 2) millonarios con intereses igual o peor de millonarios, acaso destacados hombres de negocios sucios que ven en algún candidato posibilidades de lavado o expansión.

         A propósito de la precampaña federal, pero aplicable a las estatales y hasta a las municipales, es irrecusable lo que comentó Julio Hernández López en su columna de La Jornada (30 de junio de 2005): “Lo cierto es que la puerta de la política ha sido institucionalmente abierta a lo que se ha dado en llamar crimen organizado. La extrema debilidad del gerente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos (Vicente, de nombre, según creíbles datos confidenciales en poder de este columnista) ha permitido (y propiciado, en el caso de su aporreado delfín Creel) que el dinero sucio llegue a las precampañas presidenciales, y a partir de ahora los conflictos de índole política tomarán cauces más propios de nota roja. Hoy se vive la borrachera de los recursos fáciles que permiten la difusión (con facturaciones ínfimas e incluso sin ellas) de propaganda personal en las pantallas electrónicas, pero mañana o desde ya están los cobros y las presiones, los compromisos y las consignas. Hoy los cárteles se pelean por conseguir precandidatos a los cuales ayudar, pero mañana —cuando esos políticos tengan poder— la guerra será por el cobro de lo prometido y entre las bandas que vean nuevamente alterados sus de por sí frágiles equilibrios regionales a causa de decisiones de nuevos gobiernos sabidamente motivadas por deudas de juego que son deudas de honor”.

         Por eso, por el actual desaseo de los procesos electorales, no deja de ser interesante el debate que Federico Arreola y Román Revueltas han sostenido con Carlos Marín (véase, por ejemplo, la columna “El asalto a la razón” también del 30 de junio y publicada en La Opinión Milenio) sobre el financiamiento de la campaña lopezobradorista. Transparentar —he ahí lo difícil— sería en este momento la celebrable consigna de un candidato digno, aunque eso lo envuelva en mil trabas legales y lo coloque en una seria desventaja mediática frente a los capitales electoreros malhabidos.

         El caso es que ni el carilindo Enrique Peña Nieto (hoy, 3 de julio, enjaretado como gobernador por su padrino Arturo Montiel, gandalla y caradura de marca), ni Creel, ni Sifuentes, ni Chuy de León ni muchos otros han arrojado luz sobre la penumbrosa fuente de sus recursos; eso es lo importante y para qué dicen que no, si sí, como expresara otra vez la famosa y nunca suficientemente elogiada politóloga chespiriana. [email protected]

3/7/05

 

Memín Pingüín contra Darth Vader

Nadie en México le dice “Memín Pinguín” (oséase diminutivo de “pingo”, “diablillo”, “travieso”), aunque los medios, todos, se empeñen en no usar la diéresis (o crema, que es su otro nombre oficial) para que diga en la letra escrita lo que la prosodia, la pronunciación popular, ha elegido en todo México: Pingüín, Memín Pingüín. ¿En qué momento se le pegó esa diéresis que convierte al apellido del “diablillo” en una especie de diminutivo apocopado de “pingüino”? Ese es uno de los misterios sin resolver en el monumental Diccionario etimológico de Jean Corominas.

El caso es que este mocoso de subida pigmentación cutánea es, desde 1945, uno de los personajes emblemáticos de la cultura pop mexicana, y que los afroamericanos de Estados Unidos —¿será esto un pleonasmo o cuando inventaron ese “afroamericanos” incluyeron a todos los negros de América?— señalen que sus creadores, los de Memín, fueron racistas me parece digno de una tremenda y continental carcajada.

¿Racista Memín? ¿Por qué escupen eso? Nunca he sido adicto a las revistas de historietas, pero sé reconocer cuando un producto ha trascendido las barreras de lo meramente transitorio y se ha arraigado para siempre en el imaginario de la gente. Es el caso del Santo, de Kalimán, de Rarotonga, de Rigo Tovar y su Costra Azul, del Púas Olivares, de Pedro Infante, de Tin-Tan, de Tongolele. Puros idolazos.

El caso es que tras la aparición de un sello postal conmemorativo por los cincuenta años del personaje, y en el contexto de las recientes declaraciones foxistas sobre los trabajos “que allá no aceptan ni siquiera los negros”, la comunidad afroamericana arremetió otra vez e insiste en que somos racistas. Primero: las declaraciones de Fox ya fueron ampliamente comentadas y en general coincidimos en que todo se trató de otra de sus habituales y cada vez más antológicas burradas; segundo: Memín es, sin nacionalismo mediante, un personaje que han aceptado los mexicanos como suyo, y conste que en nuestro país hay —¿hay, Kimosavi?— muchos “morochos”, como le llaman en Argentina a los de muy nocturnal color; tercero: así como el asno a veces habla de orejas, ahora los afroamericanos gringos ahora hablan de racismo. No deben preocuparse tanto por nuestro inofensivo Memín, pues allá tienen mucha tarea nada más, para acabar pronto, con la cocowashización que desde Hollywood, su Hollywood —y conste que ya no quiero seguir a Dorfman ni a Mattelart— se impone a los niños, es decir, a aquellos sujetos que por su edad no pueden discernir todavía entre lo racista y lo no racista. Veamos algunos ejemplos.

Todos los malos de las caricaturas veraniegas hollywoódicas tienen que ver algo con el negro así sea de la piel, la ropa, el pelo, los ojos, las uñas, lo que sea. La reina mala de Blanca Nieves, que a la postre será la bruja dadora de manzanas envenenadas, viste de terrible negro. Frolo, el ojetísimo tutor de Quasimodo en El jorobado de Notre Dame, tiene un batón implacablemente negro. Sid, el sicótico niño que destruye juguetes en Toy Story I, usa playera negra con el dibujo de una calaca en el pecho. Los pajarracos malos de Bichos lucen plumaje estrictamente oscuro y además siempre son asociados —sin pudor, con total racismo y sin que nos quejemos pues ya sabemos lo pinches que son allá— con lo mexicano. Scar, el león malévolo de El rey león I, porta exuberante melena negra muy bien contrastada con la rojiza que corona el insigne cabezón de Mufasa, el monarca bueno. Los ejemplos podrían seguir hasta llegar a Ants, a Mulán, a las secuelas de El rey león y Toy Story. Pero basta.

Pero para no dejar pasar esta maravillosa oportunidad de poner sobre la balanza los dos racismos nacionales, pregunto ¿qué mayor asociación entre lo negro y la maldad que la figura imponente, temible, atroz de Darth Vader, el “Lord Oscuro de Sith”? ¿Qué puede hacer nuestro Memín contra aquel monstruo oriundo de un imperio galáctico donde El Mal no tiene orillas? Alguien dirá: pero Memín ostenta rasgos negroides (nariz chata, ojos grandes, labios carnosos, pelo pasita) y Darth Vader no.  La respuesta a esos escrupulosos es muy simple: vayan a que les conteste el exonerado Michael Jackson, el hombre que es, al mismo tiempo, per se, la confirmación/negación del racismo gringo.

En otras palabras, a nuestro Memín Pingüín se le respeta con todo y diéresis, y si no lo hacen les mandamos a doña Eufrosina para que le meta sus nalgadas al mismísimo Darth Vader de la espada láser. [email protected]

1/7/05

 

Un nuevo cronista para Torreón

Nacido en Torreón, Coahuila, el 12 de octubre de 1950, Sergio Antonio Corona Páez ha dedicado casi toda su vida a la investigación. Lo sé por su producción hemero y bibliográfica ya amplia y rica en contenidos, pero también directamente por él, que gracias a la confianza basada en la amistad y en el buen hábito de la conversación me ha descrito sus primeros pasos en el oficio.

Fue a los ocho años —para entonces era alumno del Colegio Mijares— cuando comenzó a edificar, sin saberlo, su carrera actual: entrevistó a los viejos de su familia, los interrogó minuciosamente para extraer de allí todo lo que esos hombres y mujeres recordaban. Así obtuvo, antes de los diez años, una crónica familiar que hasta la fecha conserva y que lo llevó frontalmente al estudio genealógico, rama de la historia que forzó otro aprendizaje: el de la paleografía, el arte de leer (descifrar, decodificar) la escritura antigua, en su caso la colonial mexicana.

Ya era estudiante de la preparatoria Carlos Pereyra cuando surgió en Corona Páez la inquietud de complementar su gusto por la historia con una carrera que le es más afín de lo que muchos imaginan: la comunicación. Así, egresado de la Pereyra y luego de estudios notables, pero atinadamente interrumpidos, de administración, decidió ingresar al Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente, el Iteso de Guadalajara, para iniciar su aprendizaje de la comunicación, carrera que a la postre, como aludí, le serviría sobremanera a su vocación de historiador, ya que el oficio de historiar es en esencia un largo desentrañamiento de procesos comunicativos ocurridos en el pretérito.

Años después ingresó a la maestría en historia (allí lo conocí, más o menos hacia el 94) que ofreció la UIA Laguna y, casi de inmediato, con imponentes trabajos de titulación, obtuvo el doctorado por la UIA Ciudad de México. En este último caso, su asedio a La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras. Producción de vinos, vinagres y aguardientes bajo el paradigma andaluz (siglos XVII-XVIII), la tesis con la que se doctoró, es el ejemplo palpable, irrefutable, incontrovertible de su erudición y de su dominio de la ciencia histórica. Muy lejos del anecdotismo chabacano y del chismorreo con asuntos del pasado tan característicos de la historia con penetrante tufo a provincia, el investigador exploró en cientos de documentos, los paleografió, los compulsó, los interpretó y los organizó para reconstruir, con una prosa fluida y eficaz, la vida productiva de ese primer gran emporio económico de La Laguna en tanto región que luego se haría famosa por su prosperidad, por haber “vencido al desierto”.

En medio de todo ese quehacer, como si no fuera suficiente, Corona Páez ha publicado incontables ensayos de divulgación, ha obsequiado numerosas conferencias, clases, talleres, ha coordinado con acierto y opimos frutos el Archivo Histórico de la UIA Torreón, se ha integrado a círculos académicos europeos (donde por cierto acaba de publicar, en la Universidad de Cádiz) y, más allá de la pequeña gloria local, ha recibido el sincero elogio de sus pares académicos foráneos, que son los que más pesan.

Por todo eso yo debía, y ahora es mi turno de pagar, un reconocimiento público a los regidores del actual ayuntamiento. Su unánime decisión de nombrar al doctor Corona Páez como cronista de Torreón es una forma de reconocer, en comunidad, que los quehaceres de un intelectual honesto y competente merecen pública valoración, más cuando sabemos que el puesto de cronista es asumido, en la mayoría de los casos, por buenas voluntades, tan buenas como desprovistas de herramientas para dialogar con el presente y el pasado. Torreón, ahora, tiene un cronista de lujo, un doctor (en historia) y esa no es mala decisión tanto de los regidores como del ayuntamiento y sus cabezas, generalmente denostados. Se pusieron de acuerdo y acertaron: Sergio Antonio Corona Páez es un torreonense de excepción. [email protected]

29/6/05

 

De lectores y electores

Los atavismos se arraigan en el imaginario colectivo como los pies de un roble, profunda y fuertemente. Cuando nació el libro impreso por la máquina de Gutenberg, el libro dejó el monasterio y el palacio y salió a la calle, a la plaza, y entró al hogar común donde la gente poco a poco fue cobrándole veneración indiscriminada. Poco más de quinientos años después, el libro no es el libro, sino el Libro, con mayúscula inicial, un objeto percibido con sagrado fervor popular y completamente ajeno a cualquier análisis previo de sus contenidos. De esa forma, decir “libro” entre la gente equivale a decir conocimiento, imaginación, sabiduría, todo en automático.

         Es, quién lo duda, benéfico tener aprecio por los libros, pero no lo es tanto incurrir en dos supersticiones muy comunes: primera, leer todos los libros que caen en nuestras manos; segunda, respetarlos sin leerlos, admirarlos sólo por el hecho de que son libros, siempre a priori.

         Una de las más famosas ocurrencias de Borges tenía que ver con la superabundancia de papel impreso. Era una ocurrencia, sí, pero acaso (y qué borgesiano se oye esto) no estaba tan descaminada; sostenía el argentino, contra todos los pareceres, que la invención de la imprenta había sido un gran error, pues antes sólo eran copiados, a mano limpia, los libros estrictamente valiosos, y con las prensas mecánicas comenzaron a multiplicarse, por miles y miles, libros innecesarios, francamente baldíos, idiotas muchos de ellos.

         Basta ahora asomarse a las librerías de la localidad, o de cualquier parte del mundo, para constatar que Borges no andaba perdido. Medio milenio después de que Gutenberg nos hiciera el favor, millones de libros-escoria atestan los paneles de exhibición y no le añaden nada a la civilización, salvo daños a la ecología (no “daños ecológicos”, como dicen algunos tarambanas) por concepto de tala desquiciada.

         Este asunto del excedente de libros lo comentó el poeta y periodista Juan Domingo Argüelles en su columna “Remedios contra el estrés” (El Financiero, 22 de junio de 2005, p. 43); titulado “Otra vez, los demasiados libros”, el texto de Argüelles recuerda dos acercamientos al tema: “Misión del bibliotecario” (1935), de Ortega y Gasset, y Los demasiados libros (1972), de Gabriel Zaid. Tanto el filósofo español como el ensayista mexicano se quejan de lo mismo: hay demasiados libros, y se siguen acumulando sin que nadie haga nada para mitigar el problema. Cito a Argüelles, que cita a Ortega (recordemos que escribe esto en 1935): “No sólo hay ya demasiados libros —nos advertía [Ortega]—, sino que constantemente se producen en abundancia torrencial. Muchos de ellos son inútiles o estúpidos, constituyendo su presencia y conservación un lastre más para la humanidad, que va de sobra encorvada bajo sus otras cargas”. Hacia el mismo punto apuntan las opiniones de Zaid, y da tristeza comprobar que en nada se equivocaron, pues el mercado editorial de hoy se caracteriza principalmente por comercializar basura.

         Todo un rodeo para aterrizar en este párrafo: ¿qué tanto podemos creer en los libros que mágicamente aparecen durante el proceso electoral? ¿Son en realidad oportunidades de reflexión y debate o son sólo elementos decorativos de la escenografía propagandística? ¿Es papel bien invertido en ideas o es papel que el lunes siguiente a los comicios habitará las tinieblas del más espeso olvido? ¿Los candidatos —López Obrador con Un proyecto alternativo de nación y, entre nosotros, Javier Guerrero con Mi visión de Coahuila: origen y pasíón, tuvieron tiempo de escribir o contrataron a “negros” (como les dicen en España a los destajistas de la escritura) para maquilar ideas? Todas estas son preguntas que los lectores-electores potenciales debemos plantear antes de tragarnos la finta bibliográfica.

         Por mi parte, coincido con Federico Campbell y su Invención del poder (Aguilar, 1994), obrita que casi considero mi Maquiavelo sin lágrimas: los políticos y los politiquillos (“El bobo exitado”, p. 73), salvo escasas excepciones, nunca tienen sosiego como para sentarse a escribir, viven en el ajetreo y la dispersión, así que debemos creerles muy poco cuando en medio de la guerra nos regalan un libro “de su autoría” que es, a lo mucho, una pancarta más para hacer proselitismo, una pancarta quizá legítima, pero que ya era prescindible mucho antes de llegar a los piadosos rodillos de la imprenta. [email protected]

26/6/05

 

 

 
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