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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

El fantasma calvo
Han
pasado 25 años y ese hombre no ha dejado de aparecer en los periódicos. Lo vi
por primera vez en 1980-81. Usaba unos lentes de marco grueso, de cristal gris,
creo del llamado varicrom, el que
oscurece por sí mismo cuando es expuesto a la luz. El cráneo de aquel hombre
todavía contaba con algunas hebras de pelo y con ellas hacía el milagro de
atravesar, de sien a sien, el océano de su calva. Se le veía discreto, vivaz,
inteligente, pequeño pero siniestro. Era, si mi memoria no es infiel, brazo
derecho de Miguel de
En
el tortuoso sexenio delamadridista el minúsculo calvo ajustó, más que las
tuercas y los tornillos de
Recuerdo
lo que siguió muy manzaneramente, como si hubiera sido ayer: las elecciones del
88 y el fraude contra el Cuau de la política, el sexenio artificialmente
exitoso, las privatizaciones a todo trapo, el sangriento ocaso del sexenio hacia
En
esos años, ya estoy hablando como del 95, cundió en todo el país la moda de
las máscaras calvas y orejonas. Fue tan popular que no hubo crucero donde no
las comercializaran y confieso, no sé si con pena o con cuestionable gloria,
que yo calcé una de esas máscaras para bailar cierta cumbia la chihuahuense
noche de mi boda. Era, obvio, una muestra nacional de repudio, la manifestación
más concreta del odio que profesábamos al hombre que se dijo salvador de la
patria y que en realidad fue su principal rematador.
Para
mantenerlo a raya, Zedillo tuvo que romper lanzas contra el ex presidente.
Encarceló a su hermano y obligó un prolongado exilio dublinense del antiguo
jefe. Pese a ello, la presencia y la influencia de Salinas no dejaron de
sentirse en el país. Sabido fue, y es ahora, que muchos funcionarios de todos
los niveles siguen siendo, incluso con Fox, parte de su equipo, casi como si
fuera la cosa nostra salinista, una
organización secreta y de la cual es imposible escapar.
25
años después de que lo vi por primera vez, el fantasma calvo sigue vivo,
entero, y goza de cabal salud. Ayer, por ejemplo, Calderón acusó al Peje de
tener un proyecto económico “salinista”. AMLO, por otra parte, los tiene a
todos por putativos del Innombrable. Sea lo que fuere, Salinas parece
indestructible y ubicuo. Supongo que si lo bañan con kriptonita tampoco le harán
nada.
4/6/06
La guerra hueca
Antes
de la jornada electoral, las batallas más importantes se libran en los canales
de la televisión nacional. Más allá de cualquier foro o de cualquier mitin,
los candidatos colocan todas sus fichas en el tablero de los espots y le dan a
esa ridícula forma de la comunicación política un peso que subestima
totalmente la inteligencia colectiva; el espotismo ilustrado cae pues con
facilidad en la simplonería ofrecetodo o en el porrazo verbal gratuito.
Ahí está el circo para comprobarlo. A un disparo de Calderón le
corresponde otro de AMLO, y a uno del PRD le sigue otro del PAN, y entretanto
Madrazo saca también los suyos como para que nadie olvide que el dinosaurio
todavía sigue allí. En todos los casos se sacan a relucir trapitos tan hiperbólicamente
sucios que nadie, a menos que ande briago, podría creer en tanta negritud. Los
del PAN, que insistían en el peligro que representa AMLO para México, no eran
más que un fascistizado grito de alerta; para la campaña blanquiazul AMLO es
“un peligro”, así que mejor no optar por él, desaparecerlo. Luego vino el
no tan infundado señalamiento perredista sobre las manos sucias de Calderón;
mañosamente lo hacen culpable entero del Fobaproa, cuando todos sabemos que no
fue un asunto individual; fue, o es, tan tosco ese espot que Calderón estampa
“su” firma de mano derecha (paradójicamente es de izquierda) y luego
aparece con un papel tamaño carta que puede ser lo que sea, menos la sentencia
del Fobaproa. Todo fallido, salvo el hecho de que Calderón sí anduvo en medio
del rescate bancario.
Pero los de Alazraki son los que se vuelan la barda de la erratilidad. Ya
ni la burla nos ahorran. En uno de sus espots más recientes, Madrazo, en off,
habla sobre la delincuencia. En blanco y negro, la imagen muestra a un actor que
tiene la cara de Noé Murayama (oséase
En fin, la guerra hueca de los espots no tiene madre.
3/6/06
Con dinero o sin dinero
El
premio estatal de periodismo, que además del diploma ofrece a los triunfadores
un monto en efectivo, fue ganado este 2006 por José Alfredo Jiménez en la
categoría de columna cultural. Con premio o sin él, con dinero o sin dinero, a
mi modesto juicio José Alfredo es entre nosotros el más atento observador
joven de la vida cultural no sólo de la región, sino de toda la mundialidad.
Obviamente, un arco de intereses tan amplio no puede ser abarcado cabalmente por
una sola mirada, pero el propósito de este joven tiene siempre ese apetito de
lo total y lo diverso.
Abrir
los ojos ante la suma de lo que escribe, dibuja, canta o, en términos sintéticos,
crea la sensibilidad humana es lo que interesa a José Alfredo. No lo arredra el
tamaño del mundo, y es uno de esos espíritus a los que la red les vino de
perillas. Gracias al internet, José Alfredo se comunica con Holanda, con Nueva
York, con Buenos Aires. Para él todo diálogo es posible, todo proyecto artístico
es susceptible de ser analizado con una voracidad endiabladamente cosmopolita.
Mientras
muchos vivimos arrecholados en la tradición local, en lo que la cultura cercana
produce y venera (lo cual no me parece ilegítimo ni pecaminoso), José Alfredo
anda tanteando territorios por demás vanguardistas con la inquietud siempre
pendiente de las producciones frescas.
Esa
actitud no ha sido obstáculo para verlo opinar sobre el arte local, o de plano
articular expos en donde se nota de inmediato el filo de sus intereses por lo
innovador. Sus instalaciones o cómo se llamen podrán gustarnos o no a los que
tenemos demasiado cuerpo metido en la tradición y ubicamos nuestros gustos en
el piso aparentemente firme del arte ortodoxo, pero es imposible dejar de
reconocer que los quehaceres de José Alfredo siempre tienen ese aire provocador
que tanto bien le hace a la esclerótica provincia.
Su
columna está entonces al servicio de los enfoques más originales en materia
artística, aunque también nos ha llevado a mirar desde diferente angulación
muchas ideas donde desmenuza el valor de numerosos comportamientos cotidianos,
como cuando cuestionó la supuesta inocencia de los que lloran por el pirataje
de discos compactos, o como cuando, hace poco, hizo pomada al neograffiti.
Precisamente, un texto muy polémico sobre los gays y la familia fue lo que le
granjeó la consecución del premio.
Podemos
estar de acuerdo con él o podemos rechazarlo, pero es inevitable tomar en
cuenta su parecer. No es entonces un crítico que genere una opinión a medios
chiles, y por eso, con o sin el premio, José Alfredo es una joven figura de
nuestra baraja intelectual. Aguas con él.
2/6/06
Puro yonke
Manuel
Bartlett, Genaro Borrego, Diódoro Carrasco y Elba Esther Gordillo, cuatro priístas
distinguidos y otros tantos de menor tamaño han sido colocados en la lista
negra del CEN tricolor y están a punto de padecer lo que en futbol indica la
tarjeta roja. No es una broma. Con una pureza que no se creen ni ellos, los priístas
ahora simulan espantarse por el pragmatismo de aquellos correligionarios que
abiertamente se han declarado a favor del voto útil. Unos con Calderón y otros
con López Obrador, los apóstatas del dinosáurico partido ya no tienen nada qué
ganar si se quedan donde mismo. La historia del país los ha llevado al callejón
sin salida de la desbandada. Quedarse en morir definitivamente; emigrar es
abrirse a la esperanza de ganar renovados espacios para ejercer lo único que
los mantiene rozagantes: el poder.
Unos
y otros, los que se quedan y los expulsos, venden su decisión con la envoltura
de una limpieza ideológica tan fantasiosa como grotesca. Bartlett y Elba
Esther, por ejemplo, al notar que en el partido sus espacios se cerraron con el
dominio madracista, se van tranquilamente y sin que les importe nada: ni los años,
ni el usufructo, ni la ideología, ni las lealtades. Con la mano en la cintura
declarativa pueden invocar palabras que, suponen, todavía no han perdido
prestigio cuando sus labios las enuncian: soberanía, libertad, honestidad,
patriotismo, solidaridad. Mangos.
Víctor
Trujillo preguntó El martes en su programa, dentro de la sección
“Calambre”, ¿En cuáles priístas confía usted?; daba tres opciones de
respuesta: a) Los que se van al PAN; b) Los que se van al PRD y C) Los que se
quedan en el PRI. Ganó, por mucho, el inciso “b”; luego siguió el “a”
y en último sitio quedó el “c”. En el carnaval del pragmatismo la pregunta
de Trujillo debió ofrecer una cuarta opción: d) En ninguno, pues ya va siendo
hora de que abandonemos las ingenuidades: no hay nada qué elegir. En otras
palabras, entre Bartlett, que inclina su simpatía por AMLO, y Elba Esther, que
lo hace por Calderón, no existe alternativa posible. Es como responder, sin
inmutarnos, cómo preferimos morir: fusilados, en la horca o en la silla eléctrica.
Desdibujados
por sus propios errores, los panistas y los perredistas tienen que lidiar ahora
con apresurados besos de la muerte. Por el voto, simplemente por el voto y “la
experiencia” que los advenedizos puedan garantizar, le abren las puertas del
partido a cualquier yonke.
¿Dónde
quedó la ideología, a dónde se fueron los principios si alguna vez los hubo?
Hoy es más sensato preguntar sobre
1/6/06
Aquel Iscytac, aquel sexenio
Acabo
de leer El sexenio de Miguel de
En
agosto 1982 inicié, precisamente, los estudios de mi carrera profesional. Si no
hubiera sido por ese sexenio atroz, creo que recordaría mis cuatro años de
estudiante universitario como algo placentero. Ocurre lo contrario. Cuando
traigo a mi memoria aquellos años no dejo de pensar que fue espantoso, pues prácticamente
cada semana era lo mismo: todo aumentaba de precio, lo que hacía muy difícil
sacar adelante cualquier proyecto personal. Colegiaturas, transporte, comida,
libros, todo subía de precio a la menor provocación y si no hubiera sido por
la solidaridad de mi madre, no sé cómo hubiera visto yo el final del túnel.
Hoy,
hace exactamente veinte años, en
Era,
sin duda, otro México. Muy descompuesto, convulso, emproblemado hasta la
mollera, pero no la cosa horrible en la que hoy estamos parados. No sé qué fue
de las vidas de mis compañeros, ignoro qué visión del país tienen ahora,
pero sé bien que salimos con la idea de ser buenos profesionistas. La única
amistad que conservo intacta es la de Adrián Valencia, quien ahora trabaja para
el gobierno de Guanajuato.
De
los demás sé muy poco, nada o casi nada. Pese a eso, quiero imaginar que
siguieron creyendo en la posibilidad de hacer algo, lo que fuera, por hacer
valer honestamente su condición de profesionistas. Pero no lo sé. Veinte años
han pasado, cuatro sexenios he visto correr desde aquel momento y sigue
inconcluso el dolor de parto que, se supone, dará a luz la verdadera
democracia. De
Yo
quería ser escritor y periodista. Contra la realidad, que no permite a todos
sobrevivir con esas profesiones, sigo obstinado en aquel terco deseo.
31/5/06
Adiós a un genio
Como
si hubiera sido el presagio de una mala nueva, en mi Ruta Norte del 18 de mayo
escribí, a la vera de otro tema, esto: “Ángel Fernández, el mejor cronista
futbolero de todos los tiempos en México, adquirió fama por su agilidad
mental, por su timbre inigualable y por su puntería para colocar apodos a los
jugadores, virtudes hoy imitadas con espectacular ineptitud por el Perro
Bermúdez. Entre muchos otros, Fernández motejó al recio central argentino
Miguel Ángel Cornero, un troglodita que vino para el América y después jugó
en Cruz Azul. El locutor le colgó al defensa un sobrenombre indeleble: El
Confesor”.
Días
después, el 23 de mayo, el locutor al que menciono murió en la ciudad de México;
tenía 80 años y sin átomo de duda fue, como lo confirman las palabras de
quienes alguna vez lo oyeron, el mejor narrador de fut en la historia de nuestro
país. Tuvo imitadores, todos fallidos, pues nadie podía calcar el timbre de
Fernández y, sobre todo, su ojo apache para contar el balompié como si fuera
un homérico relato.
Numerosos
medios recordaron sus andanzas con el micrófono. Carmen Aristegui, en su
programa de CNN, entrevistó a Jorge Che Ventura y a Alí Fernández (hijo del
cronista), y no faltó que en ese diálogo saliera a relucir el nombre de Juan
Villoro, quien es quizá el escritor mexicano que más ha insistido en la
grandeza de Fernández. Citaron anécdotas, como aquélla en la que el locutor
tradujo la sigla CCCP que adornaba el jersey de
Igualmente,
era inevitable que citaran la mejor definición que tal vez ha dado alguien del
futbol: “El juego del hombre”, o la célebre introducción a cada una de sus
narraciones: “A todos los que quieren y aman el futbol”. Fernández creó,
en suma, un arte de algo tan simple como el soccer; como mago de la palabra,
transformó al jugador más ordinario en un héroe con remoquete indeleble, y al
cotejo más insípido en épica sin cuartel. Su genio estaba en la expresión,
es cierto, pero más allá de eso lo habitaba, para hacerle honor a su nombre,
un ángel, la onza que se trae o no se trae, la rara habilidad de producir
felicidad al alma con el solo instrumento de la palabra dicha como si su emisor
fuera el jefe de una tribu.
A
punto de arrancar el mundial de Alemania 2006 y por mi costumbre de escribir
algo sobre esta justa que, aunque vorazmente comercializada por
28/5/06
Cross a la mandíbula
El
texto periodístico, se supone, está hecho para morir al día siguiente de su
publicación. Suministra el testimonio sobre la hora que corre y como tras una
noticia viene otra difícilmente es posible articular palabras impregnadas de
intemporalidad. “Y que los eunucos bufen”, de Roberto Arlt (1900-1942), es
uno de los artículos inmortales publicados por, quizá, el mejor escritor
argentino del XX. A mi modesto y lejano parecer, esto no es un artículo, sino
un credo literario que deberíamos aceptar quienes de una forma u otra vivimos o
sobrevivimos del teclado. Arlt era capaz de eso y más;
de un plumazo podía ver las tripas a la realidad, como aquí, en esta maravilla
que nació para un periódico y con el tiempo se vistió con una pátina de
eternidad:
“Escribí
siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna
cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a
quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se
tiene qué decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en
un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables
palabras.
Orgullosamente
afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros
escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida
escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe
gente a quien la preocupación de buscarse distracciones le produce surmenage.
Pasando
a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no
tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente
leen correctos miembros de sus familias. Para hacer estilo, son necesarias
comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de
tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como
un excelente procedimiento para singularizarse en salones de sociedad.
El
futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no
conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad
libros que encierren la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula. Sí, un
libro tras otro, y ‘que los enucos bufen’.
El
porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y
rechinar de dientes, frente a la ‘Underwood’, que golpeamos con manos
fatigadas, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga,
pero... Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará
El amor brujo. Y que el futuro diga”.
27/5/06
La era de los júniors
He
conversado con gente de izquierda, de derecha, con maestros y empresarios, con
amas de casa y con artistas, con obreros y burócratas. En todos he notado,
aunque no lo expresen públicamente por falta de foro o por cuidar las formas o
por simple indiferencia al reflexionar más lejos, una visible preocupación por
el estilo de vida que han elegido, o que se les ha impuesto, a los jóvenes de
hoy.
Nadie
duda que haya excepciones, como en todo. Pero la excepción es sólo eso, un
punto fuera del estándar. La regla ahora es que los jóvenes, la mayoría,
vivan un mundo inocuo, tan inocente en apariencia que sólo parece capricho de
la edad y después se quita. Es entonces un problema generacional, lo tengo muy
claro. No es privativo, por eso, de ninguna institución o grupo. Donde se nota
más es entre los jóvenes de
Tal
es la razón, sin duda, por la que en cualquier experimento salgan a relucir
taras abismales. A todas las carreras llegan jóvenes que no saben escribir, que
no leen y que no saben leer (no es lo mismo), que a pujidos pueden hablar, que
no hilan dos ideas, que no saben comparar lo lejano con lo cercano ni lo pasado
con lo presente, sin conciencia
histórica, desinformados, apolíticos, acríticos, de pensamiento flácido.
Sin embargo, eso es parte de su enviciamiento hedónico e individualista, se
defienden, se engallan, exigen. A sus padres, a sus maestros, a sus mayores, a
quien sea, le salen al paso cuando uno les comenta, por ejemplo, la imbecilidad
retórica del chat o el grado cero de la comunicación que se puede establecer
en el antro.
Los
mayores, todos, se quejan del “juniorismo” y suelen identificarlo con las
capas privilegiadas de la sociedad. Creo que el juniorismo, la acitud relajada y
la visión banal, ha atravesado ya a todas las capas sociales, pues en esencia
hay una misma actitud aunque cambien los objetos que simbolizan el estatus.
Las
escuelas suelen no aceptar que esto es así, o más o menos así. El alumno,
aunque sea malo, es un cliente o un pretexto presupuestal, y es preferible no
cribarlo con planes de estudio verdaderamente severos. Las escuelas hacen como
que enseñan; los alumnos, como que aprenden, y no salimos de nuestro
caradurismo mientras vemos que el futuro se nos pudre entre las manos.
26/5/06
Poder colombiano
Por
el mercado Alianza, al lado de las vías donde serpentea el comercio informal de
frutas y legumbres traídos de sepa dónde, cuatro jóvenes avanzan decididos a
comerse una jornada más de incertidumbre. Hacen música. Carga cada uno su
instrumento: un tambor, un bongó, un güiro y un acordeón. Interrumpo su
andanza, les pido una foto con mi digital. Sin dudarlo, aceptan y me piden que
la cámara los capture en plena acción. Sí, claro, les digo, pero antes quiero
que sólo posen. Están de acuerdo, y de inmediato se acomodan como si fueran a
figurar en la portada de su primer CD.
Allí
quedan, detenidos por el click: el tambor es el más bajo de estatura y quizá
el de menor edad; vestido todo de azul, ase con firmeza las dos baquetas, como
listo para comenzar la percusión. El del bongó (cilindro pintado muy a la
colombiana de amarillo, azul y rojo) es güero zacatecano, usa camisa hawaiana a
Luego
de posar solemnes, en silencio, tal vez picados por el escepticismo con el que
siempre miran al extraño que los trata amablemente, se arrancan y expulsan una
cumbia a todo trapo. Están en su elemento, en la música que les llega, la que
pueden organizar sin miedo a las desentonaciones. Bailan incluso, y el líder
portador del güiro mágico lo talla sabrosísimo y se menea con gracia, tocado
por el dios del ritmo. Derraman en la calle toda una canción desinhibida.
Terminan,
les agradezco y de paso les pregunto casi una necedad: si tienen una dirección
electrónica. Quisiera regalarles los archivos con sus fotos. No parecen
entenderme. El jefe atina a decirme que no, que no tienen eso. Tenemos un teléfono,
resuelve el del güiro. Puede contratarnos, tocamos buen repertorio. ¿Fiestas?
Sí, fiestas, lo que sea. Tocamos mucha cumbia.
Tomo
mi pluma y anoto lo que me dicta el líder de estos cuatro vallenateros de
25/5/06
Calamidades de asfalto
¿Opinar
sobre el DVR? ¿Sirve de algo? ¿Alguien interrumpirá el golf de Jorge Viesca?
¿Aflorará la verdad sobre este asunto? Tengo la certeza de que el mal de las pésimas
vialidades laguneras es un cáncer incurable para nuestras ciudades y el negocio
más carnoso para autoridades y constructores amafiados. La realidad no sería
espantosa si sólo el DVR fuera el único trecho malogrado, pues un error o un
disparate lo perpetra cualquiera. Lo malo es que, si nos atenemos a los hechos
concretos, y nada más concreto que un puente o una carretera, toda flamante
vialidad local nace, crece y se inaugura con deficiencias, como si la
peligrosidad y la falta de estética fueran dos requisitos indispensables de
toda nuestra obra civil.
¿Ejemplos?
Los hay por kilómetros. Cuando murió atropellado el joven Édgar
Jesús Terrazas Rivas, estudiante de
Con
arreglos o sin ellos, el famoso libramiento que rodea a buena parte de Gómez
Palacio y de Torreón es una porquería. Le han agregado jorobas en los cruceros
conflictivos, pero siempre quedan mal; subir a ellos, bajar de ellos es un reto
que demanda gran pericia al volante y un cierto conocimiento de las maniobras
estilo
Y
no se crea que sólo esta vialidad de gran tamaño es anómala y letal. Los
laguneros sabemos que no hay rincón de la comarca sin renglones torcidos de
asfalto.
El DVR sólo
es, pues, algo así como el león de nuestra desastrosa zoología vial. Es tan
grande como peligroso, cierto, pero no veo razón, por lo ya dicho, para sufrir
sólo por él. La triste mayoría de las carreteras laguneras es una calamidad.
24/5/06
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