El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

 

El fantasma calvo

Han pasado 25 años y ese hombre no ha dejado de aparecer en los periódicos. Lo vi por primera vez en 1980-81. Usaba unos lentes de marco grueso, de cristal gris, creo del llamado varicrom, el que oscurece por sí mismo cuando es expuesto a la luz. El cráneo de aquel hombre todavía contaba con algunas hebras de pelo y con ellas hacía el milagro de atravesar, de sien a sien, el océano de su calva. Se le veía discreto, vivaz, inteligente, pequeño pero siniestro. Era, si mi memoria no es infiel, brazo derecho de Miguel de la Madrid en la campaña que instaló, como era lógico, al colimense en la residencia de Los Pinos. Cuando eso ocurrió, en 1982, el pequeño sujeto calvo alcanzó, como su antecesor, la Secretaría de Programación y Presupuesto, y allí dio inicio su sprint final hacia la presidencia de la república.

En el tortuoso sexenio delamadridista el minúsculo calvo ajustó, más que las tuercas y los tornillos de la Secretaría que le encomendaron, su propio destape. Para entonces ya se hacía notar como el hombre fuerte, implacable, que después sería. Con escisión de líderes como Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas, la guerra al interior del PRI destapó, frente a candidatos como Alfredo del Mazo y Sergio García Ramírez, a Carlos Salinas de Gortari. Era 1987, yo acaba de egresar de mi carrera y comencé con los pinitos del periodismo. Vi a Salinas en campaña un par de veces: la primera en Torreón, en un mitin sobre la calle Blanco, al lado del mercado Juárez; poco después, en un acto multitudinario, lo vi bajar de un camión frente al edificio del PRI en Monterrey.

Recuerdo lo que siguió muy manzaneramente, como si hubiera sido ayer: las elecciones del 88 y el fraude contra el Cuau de la política, el sexenio artificialmente exitoso, las privatizaciones a todo trapo, el sangriento ocaso del sexenio hacia 1994. A esas alturas ya tenía quince años, sin parar, su presencia en los periódicos. Coqueteó incluso con la posibilidad de modificar la Carta Magna para ver si era posible repetir la vianda, pero no se pudo. Con la sucesión tuvo problemas; “le mataron” al ungido y, luego de una batahola que sumió al país en la neblina de la incertidumbre, de carambola le tocó ser presidente, no sin voto de miedo, a uno de sus giñoles.

En esos años, ya estoy hablando como del 95, cundió en todo el país la moda de las máscaras calvas y orejonas. Fue tan popular que no hubo crucero donde no las comercializaran y confieso, no sé si con pena o con cuestionable gloria, que yo calcé una de esas máscaras para bailar cierta cumbia la chihuahuense noche de mi boda. Era, obvio, una muestra nacional de repudio, la manifestación más concreta del odio que profesábamos al hombre que se dijo salvador de la patria y que en realidad fue su principal rematador.

Para mantenerlo a raya, Zedillo tuvo que romper lanzas contra el ex presidente. Encarceló a su hermano y obligó un prolongado exilio dublinense del antiguo jefe. Pese a ello, la presencia y la influencia de Salinas no dejaron de sentirse en el país. Sabido fue, y es ahora, que muchos funcionarios de todos los niveles siguen siendo, incluso con Fox, parte de su equipo, casi como si fuera la cosa nostra salinista, una organización secreta y de la cual es imposible escapar.

25 años después de que lo vi por primera vez, el fantasma calvo sigue vivo, entero, y goza de cabal salud. Ayer, por ejemplo, Calderón acusó al Peje de tener un proyecto económico “salinista”. AMLO, por otra parte, los tiene a todos por putativos del Innombrable. Sea lo que fuere, Salinas parece indestructible y ubicuo. Supongo que si lo bañan con kriptonita tampoco le harán nada.

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4/6/06

 

La guerra hueca

Antes de la jornada electoral, las batallas más importantes se libran en los canales de la televisión nacional. Más allá de cualquier foro o de cualquier mitin, los candidatos colocan todas sus fichas en el tablero de los espots y le dan a esa ridícula forma de la comunicación política un peso que subestima totalmente la inteligencia colectiva; el espotismo ilustrado cae pues con facilidad en la simplonería ofrecetodo o en el porrazo verbal gratuito.

         Ahí está el circo para comprobarlo. A un disparo de Calderón le corresponde otro de AMLO, y a uno del PRD le sigue otro del PAN, y entretanto Madrazo saca también los suyos como para que nadie olvide que el dinosaurio todavía sigue allí. En todos los casos se sacan a relucir trapitos tan hiperbólicamente sucios que nadie, a menos que ande briago, podría creer en tanta negritud. Los del PAN, que insistían en el peligro que representa AMLO para México, no eran más que un fascistizado grito de alerta; para la campaña blanquiazul AMLO es “un peligro”, así que mejor no optar por él, desaparecerlo. Luego vino el no tan infundado señalamiento perredista sobre las manos sucias de Calderón; mañosamente lo hacen culpable entero del Fobaproa, cuando todos sabemos que no fue un asunto individual; fue, o es, tan tosco ese espot que Calderón estampa “su” firma de mano derecha (paradójicamente es de izquierda) y luego aparece con un papel tamaño carta que puede ser lo que sea, menos la sentencia del Fobaproa. Todo fallido, salvo el hecho de que Calderón sí anduvo en medio del rescate bancario.

         Pero los de Alazraki son los que se vuelan la barda de la erratilidad. Ya ni la burla nos ahorran. En uno de sus espots más recientes, Madrazo, en off, habla sobre la delincuencia. En blanco y negro, la imagen muestra a un actor que tiene la cara de Noé Murayama (oséase la Maldad Absoluta ); el protervo delincuente ha sido detenido por la autoridad, pero de todos modos exhibe un gesto de cabrón que no le cabe en la jeta. Sonríe, inclina la cabeza, mira de reojo con sus oclayos achinados. Mientras, en off, Madrazo se avienta el choro concientizador, palabras donde afirma que muchos malvados se han salido con la suya (sonrisas del rufián), “pero cuando yo sea presidente”, dice el tabasqueño, se acabará la impunidad, y en eso ocurre lo impensable: nuestro cuate Murayama pierde la sonrisa, en su rostro se dibuja un rictus de apanicada sorpresa y una toma le hace close up a la bragueta donde se ve que comienza a mearse (literal) con el pantalón puesto. La toma remata en el líquido urinal cayendo por la bastilla del pantalón. Un desastre.

         En fin, la guerra hueca de los espots no tiene madre.

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3/6/06

 

Con dinero o sin dinero

El premio estatal de periodismo, que además del diploma ofrece a los triunfadores un monto en efectivo, fue ganado este 2006 por José Alfredo Jiménez en la categoría de columna cultural. Con premio o sin él, con dinero o sin dinero, a mi modesto juicio José Alfredo es entre nosotros el más atento observador joven de la vida cultural no sólo de la región, sino de toda la mundialidad. Obviamente, un arco de intereses tan amplio no puede ser abarcado cabalmente por una sola mirada, pero el propósito de este joven tiene siempre ese apetito de lo total y lo diverso.

Abrir los ojos ante la suma de lo que escribe, dibuja, canta o, en términos sintéticos, crea la sensibilidad humana es lo que interesa a José Alfredo. No lo arredra el tamaño del mundo, y es uno de esos espíritus a los que la red les vino de perillas. Gracias al internet, José Alfredo se comunica con Holanda, con Nueva York, con Buenos Aires. Para él todo diálogo es posible, todo proyecto artístico es susceptible de ser analizado con una voracidad endiabladamente cosmopolita.

Mientras muchos vivimos arrecholados en la tradición local, en lo que la cultura cercana produce y venera (lo cual no me parece ilegítimo ni pecaminoso), José Alfredo anda tanteando territorios por demás vanguardistas con la inquietud siempre pendiente de las producciones frescas.

Esa actitud no ha sido obstáculo para verlo opinar sobre el arte local, o de plano articular expos en donde se nota de inmediato el filo de sus intereses por lo innovador. Sus instalaciones o cómo se llamen podrán gustarnos o no a los que tenemos demasiado cuerpo metido en la tradición y ubicamos nuestros gustos en el piso aparentemente firme del arte ortodoxo, pero es imposible dejar de reconocer que los quehaceres de José Alfredo siempre tienen ese aire provocador que tanto bien le hace a la esclerótica provincia.

Su columna está entonces al servicio de los enfoques más originales en materia artística, aunque también nos ha llevado a mirar desde diferente angulación muchas ideas donde desmenuza el valor de numerosos comportamientos cotidianos, como cuando cuestionó la supuesta inocencia de los que lloran por el pirataje de discos compactos, o como cuando, hace poco, hizo pomada al neograffiti. Precisamente, un texto muy polémico sobre los gays y la familia fue lo que le granjeó la consecución del premio.

Podemos estar de acuerdo con él o podemos rechazarlo, pero es inevitable tomar en cuenta su parecer. No es entonces un crítico que genere una opinión a medios chiles, y por eso, con o sin el premio, José Alfredo es una joven figura de nuestra baraja intelectual. Aguas con él.

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2/6/06

 

Puro yonke

Manuel Bartlett, Genaro Borrego, Diódoro Carrasco y Elba Esther Gordillo, cuatro priístas distinguidos y otros tantos de menor tamaño han sido colocados en la lista negra del CEN tricolor y están a punto de padecer lo que en futbol indica la tarjeta roja. No es una broma. Con una pureza que no se creen ni ellos, los priístas ahora simulan espantarse por el pragmatismo de aquellos correligionarios que abiertamente se han declarado a favor del voto útil. Unos con Calderón y otros con López Obrador, los apóstatas del dinosáurico partido ya no tienen nada qué ganar si se quedan donde mismo. La historia del país los ha llevado al callejón sin salida de la desbandada. Quedarse en morir definitivamente; emigrar es abrirse a la esperanza de ganar renovados espacios para ejercer lo único que los mantiene rozagantes: el poder.

Unos y otros, los que se quedan y los expulsos, venden su decisión con la envoltura de una limpieza ideológica tan fantasiosa como grotesca. Bartlett y Elba Esther, por ejemplo, al notar que en el partido sus espacios se cerraron con el dominio madracista, se van tranquilamente y sin que les importe nada: ni los años, ni el usufructo, ni la ideología, ni las lealtades. Con la mano en la cintura declarativa pueden invocar palabras que, suponen, todavía no han perdido prestigio cuando sus labios las enuncian: soberanía, libertad, honestidad, patriotismo, solidaridad. Mangos.

         Víctor Trujillo preguntó El martes en su programa, dentro de la sección “Calambre”, ¿En cuáles priístas confía usted?; daba tres opciones de respuesta: a) Los que se van al PAN; b) Los que se van al PRD y C) Los que se quedan en el PRI. Ganó, por mucho, el inciso “b”; luego siguió el “a” y en último sitio quedó el “c”. En el carnaval del pragmatismo la pregunta de Trujillo debió ofrecer una cuarta opción: d) En ninguno, pues ya va siendo hora de que abandonemos las ingenuidades: no hay nada qué elegir. En otras palabras, entre Bartlett, que inclina su simpatía por AMLO, y Elba Esther, que lo hace por Calderón, no existe alternativa posible. Es como responder, sin inmutarnos, cómo preferimos morir: fusilados, en la horca o en la silla eléctrica.

Desdibujados por sus propios errores, los panistas y los perredistas tienen que lidiar ahora con apresurados besos de la muerte. Por el voto, simplemente por el voto y “la experiencia” que los advenedizos puedan garantizar, le abren las puertas del partido a cualquier yonke.

¿Dónde quedó la ideología, a dónde se fueron los principios si alguna vez los hubo? Hoy es más sensato preguntar sobre la Atlántida. Estoy seguro que tendríamos respuestas menos embusteras.

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1/6/06

 

Aquel Iscytac, aquel sexenio

Acabo de leer El sexenio de Miguel de la Madrid , ensayo divulgativo de Enrique Krauze, documento que sigue en mucho el formato de sus famosas Biografías del poder publicadas en los ochenta. Lo que más me asombró fue la descripción, no minuciosa por el carácter panorámico del texto, de aquel sexenio (82-88) caracterizado por su permanente crisis económica. La inflación, como recordamos, fue brutal, y de hecho allí comenzó el cruel deterioro que derivó en la primera derrota electoral del PRI.

En agosto 1982 inicié, precisamente, los estudios de mi carrera profesional. Si no hubiera sido por ese sexenio atroz, creo que recordaría mis cuatro años de estudiante universitario como algo placentero. Ocurre lo contrario. Cuando traigo a mi memoria aquellos años no dejo de pensar que fue espantoso, pues prácticamente cada semana era lo mismo: todo aumentaba de precio, lo que hacía muy difícil sacar adelante cualquier proyecto personal. Colegiaturas, transporte, comida, libros, todo subía de precio a la menor provocación y si no hubiera sido por la solidaridad de mi madre, no sé cómo hubiera visto yo el final del túnel.

Hoy, hace exactamente veinte años, en la Casa de la Cultura de Gómez Palacio recibí la carta de pasante que me acreditaba como comunicólogo egresado del hoy extinto Iscytac. A nombre de toda la generación, el discurso final fue leído por Saúl Vargas, joven de voz muy entonada. A mí me encargaron redactar ese mensaje, y lo único que recuerdo es la mención de Manuel Buendía, quien hacía dos años había muerto acribillado en la ciudad de México.

Era, sin duda, otro México. Muy descompuesto, convulso, emproblemado hasta la mollera, pero no la cosa horrible en la que hoy estamos parados. No sé qué fue de las vidas de mis compañeros, ignoro qué visión del país tienen ahora, pero sé bien que salimos con la idea de ser buenos profesionistas. La única amistad que conservo intacta es la de Adrián Valencia, quien ahora trabaja para el gobierno de Guanajuato.

De los demás sé muy poco, nada o casi nada. Pese a eso, quiero imaginar que siguieron creyendo en la posibilidad de hacer algo, lo que fuera, por hacer valer honestamente su condición de profesionistas. Pero no lo sé. Veinte años han pasado, cuatro sexenios he visto correr desde aquel momento y sigue inconcluso el dolor de parto que, se supone, dará a luz la verdadera democracia. De la Madrid , Salinas, Zedillo, Fox, la ruta del neoliberalismo se ha trazado desde entonces y aun todo es incierto, un perenne águila o sello.

Yo quería ser escritor y periodista. Contra la realidad, que no permite a todos sobrevivir con esas profesiones, sigo obstinado en aquel terco deseo.

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31/5/06

 

Adiós a un genio

Como si hubiera sido el presagio de una mala nueva, en mi Ruta Norte del 18 de mayo escribí, a la vera de otro tema, esto: “Ángel Fernández, el mejor cronista futbolero de todos los tiempos en México, adquirió fama por su agilidad mental, por su timbre inigualable y por su puntería para colocar apodos a los jugadores, virtudes hoy imitadas con espectacular ineptitud por el Perro Bermúdez. Entre muchos otros, Fernández motejó al recio central argentino Miguel Ángel Cornero, un troglodita que vino para el América y después jugó en Cruz Azul. El locutor le colgó al defensa un sobrenombre indeleble: El Confesor”.

         Días después, el 23 de mayo, el locutor al que menciono murió en la ciudad de México; tenía 80 años y sin átomo de duda fue, como lo confirman las palabras de quienes alguna vez lo oyeron, el mejor narrador de fut en la historia de nuestro país. Tuvo imitadores, todos fallidos, pues nadie podía calcar el timbre de Fernández y, sobre todo, su ojo apache para contar el balompié como si fuera un homérico relato.

         La Afición , suplemento deportivo de Milenio, citó en un recuadro algunos de los apodos que don Ángel aplicó y que hoy habitan la memoria de los aficionados que al menos rebasamos la frontera de las cuatro décadas: Supermán Marín, La Cobra Muñante , El Kalimán Guzmán y Patrulla Barbadillo. Yo agregaría otra tanda: El Inspector López Malo, El Chaplin Ceballos, El Jet de Perú (también le decía así a JJ Muñante), El Pimienta Rico, El Popeye Trujillo, El Flaco Quintano, La Pantera Salvaje Ítalo Estupiñán, Míster Joe Goyo Cortés, El Cabo Cabihno, El Niño del Trapecio Hugo Sánchez y muchos más.

         Numerosos medios recordaron sus andanzas con el micrófono. Carmen Aristegui, en su programa de CNN, entrevistó a Jorge Che Ventura y a Alí Fernández (hijo del cronista), y no faltó que en ese diálogo saliera a relucir el nombre de Juan Villoro, quien es quizá el escritor mexicano que más ha insistido en la grandeza de Fernández. Citaron anécdotas, como aquélla en la que el locutor tradujo la sigla CCCP que adornaba el jersey de la URSS ; según Ángel Fernández, esas iniciales no querían decir, en ruso, Unión de Repúblicas Socialistas y Soviéticas, sino Cucurrucucú Paloma.

         Igualmente, era inevitable que citaran la mejor definición que tal vez ha dado alguien del futbol: “El juego del hombre”, o la célebre introducción a cada una de sus narraciones: “A todos los que quieren y aman el futbol”. Fernández creó, en suma, un arte de algo tan simple como el soccer; como mago de la palabra, transformó al jugador más ordinario en un héroe con remoquete indeleble, y al cotejo más insípido en épica sin cuartel. Su genio estaba en la expresión, es cierto, pero más allá de eso lo habitaba, para hacerle honor a su nombre, un ángel, la onza que se trae o no se trae, la rara habilidad de producir felicidad al alma con el solo instrumento de la palabra dicha como si su emisor fuera el jefe de una tribu.

         A punto de arrancar el mundial de Alemania 2006 y por mi costumbre de escribir algo sobre esta justa que, aunque vorazmente comercializada por la FIFA , no deja de ser la única oportunidad de ver a los mejores, dedicaré mi columna a publicar, no sé en qué orden, una serie de relatos breves (ya tengo cinco) que dé cuenta de mi pasión por el fut y el sitio de su origen: los llanos. La he titulado, en general, “Ídolos llaneros”, e íntegra se la dedico a don Ángel Fernández ahora que sin duda me leerá.

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28/5/06

 

Cross a la mandíbula

El texto periodístico, se supone, está hecho para morir al día siguiente de su publicación. Suministra el testimonio sobre la hora que corre y como tras una noticia viene otra difícilmente es posible articular palabras impregnadas de intemporalidad. “Y que los eunucos bufen”, de Roberto Arlt (1900-1942), es uno de los artículos inmortales publicados por, quizá, el mejor escritor argentino del XX. A mi modesto y lejano parecer, esto no es un artículo, sino un credo literario que deberíamos aceptar quienes de una forma u otra vivimos o sobrevivimos del teclado. Arlt era capaz de eso y más; de un plumazo podía ver las tripas a la realidad, como aquí, en esta maravilla que nació para un periódico y con el tiempo se vistió con una pátina de eternidad:

“Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene qué decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones le produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias. Para hacer estilo, son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en salones de sociedad.

El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y ‘que los enucos bufen’.

El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la ‘Underwood’, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El amor brujo. Y que el futuro diga”.

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27/5/06

 

La era de los júniors

He conversado con gente de izquierda, de derecha, con maestros y empresarios, con amas de casa y con artistas, con obreros y burócratas. En todos he notado, aunque no lo expresen públicamente por falta de foro o por cuidar las formas o por simple indiferencia al reflexionar más lejos, una visible preocupación por el estilo de vida que han elegido, o que se les ha impuesto, a los jóvenes de hoy.

         Nadie duda que haya excepciones, como en todo. Pero la excepción es sólo eso, un punto fuera del estándar. La regla ahora es que los jóvenes, la mayoría, vivan un mundo inocuo, tan inocente en apariencia que sólo parece capricho de la edad y después se quita. Es entonces un problema generacional, lo tengo muy claro. No es privativo, por eso, de ninguna institución o grupo. Donde se nota más es entre los jóvenes de 13 a 22 años, aproximadamente. A ellos, en la secundaria, la prepa o la carrera, lo que les interesa hasta el enviciamiento, como prioridades sin las cuales batallarían para seguir viviendo, son el chat, el celular, el “antro”, el trago, la tele, el coche, la/el novia/o, la ropa y los cuates. Fuera de eso no hay vida; dentro de eso se encuentra la nirvánica felicidad.

         Tal es la razón, sin duda, por la que en cualquier experimento salgan a relucir taras abismales. A todas las carreras llegan jóvenes que no saben escribir, que no leen y que no saben leer (no es lo mismo), que a pujidos pueden hablar, que no hilan dos ideas, que no saben comparar lo lejano con lo cercano ni lo pasado con lo presente, sin conciencia  histórica, desinformados, apolíticos, acríticos, de pensamiento flácido. Sin embargo, eso es parte de su enviciamiento hedónico e individualista, se defienden, se engallan, exigen. A sus padres, a sus maestros, a sus mayores, a quien sea, le salen al paso cuando uno les comenta, por ejemplo, la imbecilidad retórica del chat o el grado cero de la comunicación que se puede establecer en el antro.

         Los mayores, todos, se quejan del “juniorismo” y suelen identificarlo con las capas privilegiadas de la sociedad. Creo que el juniorismo, la acitud relajada y la visión banal, ha atravesado ya a todas las capas sociales, pues en esencia hay una misma actitud aunque cambien los objetos que simbolizan el estatus.

Las escuelas suelen no aceptar que esto es así, o más o menos así. El alumno, aunque sea malo, es un cliente o un pretexto presupuestal, y es preferible no cribarlo con planes de estudio verdaderamente severos. Las escuelas hacen como que enseñan; los alumnos, como que aprenden, y no salimos de nuestro caradurismo mientras vemos que el futuro se nos pudre entre las manos.

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26/5/06

 

Poder colombiano

Por el mercado Alianza, al lado de las vías donde serpentea el comercio informal de frutas y legumbres traídos de sepa dónde, cuatro jóvenes avanzan decididos a comerse una jornada más de incertidumbre. Hacen música. Carga cada uno su instrumento: un tambor, un bongó, un güiro y un acordeón. Interrumpo su andanza, les pido una foto con mi digital. Sin dudarlo, aceptan y me piden que la cámara los capture en plena acción. Sí, claro, les digo, pero antes quiero que sólo posen. Están de acuerdo, y de inmediato se acomodan como si fueran a figurar en la portada de su primer CD.

Allí quedan, detenidos por el click: el tambor es el más bajo de estatura y quizá el de menor edad; vestido todo de azul, ase con firmeza las dos baquetas, como listo para comenzar la percusión. El del bongó (cilindro pintado muy a la colombiana de amarillo, azul y rojo) es güero zacatecano, usa camisa hawaiana a la Mágnum y un pantalón rematado en las bastillas con redondeles fosfo; es el de rostro más bonachón. Le sigue el a todas luces jefe del equipo; porta el güiro metálico sin exhibir ninguna timidez; su playera desfajada, amplia, con número de futbol americano, es tan blanca como la gorra de pelotero que le cubre la tatema rapada; unos lentes negros, cholos, enmarcan su fiero rostro mestizo, de boxeador con bigote y piochita apenas insinuados. El del acordeón abre a la mitad el fuelle; es alto, larguirucho, también muy boxeador; usa pantalón corto holgadísimo, como de basquetbolista de la NBA ; sonríe levemente. Todos calzan buenos tenis.

Luego de posar solemnes, en silencio, tal vez picados por el escepticismo con el que siempre miran al extraño que los trata amablemente, se arrancan y expulsan una cumbia a todo trapo. Están en su elemento, en la música que les llega, la que pueden organizar sin miedo a las desentonaciones. Bailan incluso, y el líder portador del güiro mágico lo talla sabrosísimo y se menea con gracia, tocado por el dios del ritmo. Derraman en la calle toda una canción desinhibida.

Terminan, les agradezco y de paso les pregunto casi una necedad: si tienen una dirección electrónica. Quisiera regalarles los archivos con sus fotos. No parecen entenderme. El jefe atina a decirme que no, que no tienen eso. Tenemos un teléfono, resuelve el del güiro. Puede contratarnos, tocamos buen repertorio. ¿Fiestas? Sí, fiestas, lo que sea. Tocamos mucha cumbia.

Tomo mi pluma y anoto lo que me dicta el líder de estos cuatro vallenateros de La Laguna , jóvenes que fabrican alegría desde la ausencia de oportunidades: 7168629, somos el Poder Colombiano.

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25/5/06

 

Calamidades de asfalto

¿Opinar sobre el DVR? ¿Sirve de algo? ¿Alguien interrumpirá el golf de Jorge Viesca? ¿Aflorará la verdad sobre este asunto? Tengo la certeza de que el mal de las pésimas vialidades laguneras es un cáncer incurable para nuestras ciudades y el negocio más carnoso para autoridades y constructores amafiados. La realidad no sería espantosa si sólo el DVR fuera el único trecho malogrado, pues un error o un disparate lo perpetra cualquiera. Lo malo es que, si nos atenemos a los hechos concretos, y nada más concreto que un puente o una carretera, toda flamante vialidad local nace, crece y se inaugura con deficiencias, como si la peligrosidad y la falta de estética fueran dos requisitos indispensables de toda nuestra obra civil.

         ¿Ejemplos? Los hay por kilómetros. Cuando murió atropellado el joven Édgar Jesús Terrazas Rivas, estudiante de la UAAAN , escribí sobre algunos bodrios que la autoridad federal, estatal y municipal han disfrazado como carreteras. Lo mismo diría ahora, lo mismo diría siempre, todo enunciado con ya inherente fatalismo. Quien lo dude, que trepe a su patas de hule y realice el osado experimento de pilotear por nuestros caminos infernales.

         Con arreglos o sin ellos, el famoso libramiento que rodea a buena parte de Gómez Palacio y de Torreón es una porquería. Le han agregado jorobas en los cruceros conflictivos, pero siempre quedan mal; subir a ellos, bajar de ellos es un reto que demanda gran pericia al volante y un cierto conocimiento de las maniobras estilo 500 millas de Indianápolis. Quien comete el error de rodar su máquina por ese libramiento (pobres de aquellos suicidas de tiempo completo que lo recorren a diario) debe saber que tal vialidad ha sido perfectamente diseñada para que la vida se fugue en un parpadeo, que mientras navega por allí aumentan notablemente sus posibilidades de llegar no a la escuela, no al trabajo, sí al más allá.

         Y no se crea que sólo esta vialidad de gran tamaño es anómala y letal. Los laguneros sabemos que no hay rincón de la comarca sin renglones torcidos de asfalto. La Comonfort , por ejemplo, tiene lomas de dromedario en cada crucero, una calle que más vale recorrer como hippie en su boogie. Los cruceros “inteligentes” de Gómez son un homenaje a la familia Churriguera, creadora del estilo barroco que lleva ese apellido. Y Lerdo, ay Lerdo. Y Matamoros, pobre Matamoros. Y San Pedro, y Madero, y, y, y.

         El DVR sólo es, pues, algo así como el león de nuestra desastrosa zoología vial. Es tan grande como peligroso, cierto, pero no veo razón, por lo ya dicho, para sufrir sólo por él. La triste mayoría de las carreteras laguneras es una calamidad.

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24/5/06

 

 

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