El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

 

Bateo libre

Inquieto, casi triste por el imperativo de deambular con mis palabras únicamente por la congestionada autopista de la política, le pregunto a Marcela Moreno si tengo esa obligación o si sólo es una idea que me he autoimpuesto por el reacomodo y la contigüidad de “Politicuentos” y de Monsi. “No –me responde Marcela--, puedes escribir sobre lo que quieras”. Tras esas palabras, como pelotero en el plato, advierto que he recibido la señal de bateo libre. Luego pienso: ¿y por qué no usar, de vez en vez, cualquier día para guardar la corbata y regar el jardín de otras temáticas, para batear de veras con absoluto desenfado?

         Eso haré con la “cuenticolumna”. No es invento mío, sino del escritor español Juan José Millás (1946), con quien comparto páginas en la antología de microrrelato La otra mirada, publicada en Palencia por la editorial Menoscuarto. Millás es escritor, y como muchos cazafantasmas ha pisado la cancha del periodismo sin renunciar del todo a su oficio primordial. Por eso es que publica “articuentos”, historias que tienen todo el filo de la literatura pero que lo mismo dan, por su tono y su brevedad, para ser consideradas, de fayuca, artículos. Ofrezco un ejemplo del modelo original, el que, sin duda con menor talento, seguiré para hacer de “Ruta Norte”, de vez en vez, una “cuenticolumna”, si se me permite la emulación.

Traigo pues “Confusión”, un magnífico e inspirador articuento de Millás:

“Antes de que hubiera terminado de desenvolver el regalo de cumpleaños, sonó dentro del paquete un timbre: era un móvil. Lo cogí y oí que mi mujer me felicitaba con una carcajada desde el teléfono del dormitorio. Esa noche, ella quiso que habláramos de la vida: los años que llevábamos juntos y todo eso. Pero se empeñó en que lo hiciéramos por teléfono, de manera que se marchó al dormitorio y me llamó desde allí al cuarto de estar, donde permanecía yo con el trasto colocado en la cintura. Cuando acabamos la conversación, fui al dormitorio y la vi sentada en la cama, pensativa. Me dijo que acababa de hablar con su marido por teléfono y que estaba dudando si volver con él. Lo nuestro le producía culpa. Yo soy su único marido, así que interpreté aquello como una provocación sexual e hicimos el amor con la desesperación de dos adúlteros.

Al día siguiente, estaba en la oficina, tomándome el bocadillo de media mañana, cuando sonó el móvil. Era ella, claro. Dijo que prefería confesarme que tenía un amante. Yo le seguí la corriente porque me pareció que aquel juego nos venía bien a los dos, de manera que le contesté que no se preocupara: habíamos resuelto otras crisis y resolveríamos ésta también. Por la noche volvimos a hablar por teléfono, como el día anterior, y me contó que dentro de un rato iba a encontrarse con su amante. Aquello me excitó mucho, así que colgué en seguida, fui al dormitorio e hicimos el amor hasta el amanecer.

Toda la semana fue igual. El sábado, por fin, cuando nos encontramos en el dormitorio después de la conversación telefónica habitual, me dijo que me quería pero que tenía que dejarme porque su marido la necesitaba más que yo. Dicho esto, cogió la puerta, se fue y desde entonces el móvil no ha vuelto a sonar. Estoy confundido”.

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2/4/06

 

Cómo creerles

El 29 de marzo, en su “Itinerario político” de El Universal, Ricardo Alemán cerró columna con una pregunta clave para centrarnos en el debate sobre la gravitación del duopolio televisivo en los grandes temas nacionales: ¿quién les cree a las televisoras?, interrogó. Soy uno de los muchos, supongo, que responderían con un redondo no, con un “yo no les creo” enfático.

Más allá de la coyuntura en la que se discutió la aprobación o no de la “ley Televisa”, pantomima que devino mayoriteo a favor del duopolio dentro del Senado, y más allá de que tal era el requisito de las televisoras para no aplastar electoralmente a cualquier partido que anduviera de rejego contra le ley, no creo en la bondad de las televisoras porque, pese a los cambios que demanda el país sobre todo en materia educativa, las televisoras siguen siendo paradigmas de cinismo y frivolidad.

Este discurso ya parece muy sobado, pero lo lamento, sigue tan vigente como la urgencia de educar mejor a la nación: salvo leves mejorías en los noticieros, espacios que ante el empuje crítico de la prensa impresa han tenido que abrirse a una siempre manejable pluralidad, las televisoras mantienen una programación donde campea la estupidez y donde se rinde tributo a la doble cara.

Los ejemplos son numerosísimos, desde las ya legendariamente tontas telenovelas hasta los programas de concurso donde la insustancialidad brilla por su presencia. Eso es lo que ve el país, así lo educan nuestras televisoras. Todos lo sabemos, pero ellas sostienen el esquema de la vacuidad de contenidos como si no fuera lesivo, como si no contradijera cualquier intento por impulsar una formación seria desde las aulas y desde la familia.

Además, las televisoras linchan (recuérdense las prédicas luego del asesinato a Paco Stanley), y no les pasa nada. Las televisoras despojan (quién olvida el asalto al Canal 40 en el Chiquihuite), y nadie las castiga. Las televisoras se dan el esquizofrénico lujo, incluso, de proyectar nobles empeños para ayudar a ciudadanos con capacidades diferentes (recuérdese la generosa causa del Teletón), pero al mismo tiempo presentan en muchos programas cómicos a patiños atípicos como Margarito (enano), Samy (disfuncional) y Changoleón (lumpen), de quienes se carcajean hasta la hartura.

Por eso insisto que más allá de la aprobación a una ley está lo que siempre ha sido la televisión privada en México, principalmente la producida por el duopolio omnipotente: un circo al servicio de la hipocresía y del apendejamiento nacional.

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1/4/06

 

Elizondo, el grafógrafo

Entre el ruderío producido por el nefasto voto a favor de la “ley Televisa”, una noticia casi clandestina me distrae de la agenda política y me devuelve la soberbia imagen del escritor solitario, de la literatura en llamas que genera el silencio y la marginalidad. El miércoles 29 de marzo murió en la ciudad de México uno de los escritores más relevantes de la llamada generación de medio siglo: Salvador Elizondo. Nació en la capital del país en 1932, y entre otras numerosas obras fue autor de Farabeuf o la crónica de un instante, que según la crítica es una de las mejores novelas escritas en nuestro país durante el siglo XX.

No era Elizondo, nunca lo fue y de seguro nunca lo será, un escritor de multitudes. Era, como suele decirse, un escritor para escritores, y esa línea la marcó muy enfáticamente a lo largo de su vida, una vida consagrada al trabajo discreto, aislado, distante siempre del aparador y del flashazo. Se identificó con el grupo de Plural y de Vuelta, y mantuvo una amistad estrecha con Octavio Paz, su correlato en poesía, hasta la muerte del Nobel mexicano.

Elizondo gozó la fama de ser un artista refinado y “maldito”. En una entrevista habló sobre su condición de autor para públicos chicos y severamente delimitados: “'No podría de ninguna manera pensar que mis libros están destinados a todos, desgraciadamente. Pero así es la vida, no puedo cambiar mi personalidad. Por otra parte, creo que esto de los libros especializados no es un problema estrictamente mío. Creo que todos los libros tienen un público particular, que es quien los aprecia”.

Una semana antes de que fuera vencido por el cáncer, Elizondo entregó al FCE su último libro (Pasado anterior), una colección de trescientos artículos publicados hace años en el diario unomásuno, el de la época de Becerra Acosta, no en la basca que luego fue dicho periódico. Dicen los cables que de todo lo que publicó, Elizondo prefería “El grafógrafo”. No sé si tal predilección se refiera al libro que lleva ese título (tengo la primera edición, del 72) o al cuento homónimo. Sea lo que fuere, “El grafógrafo” es un microrrelato dedicado a Paz, y hoy se puede leer como el epitafio, como la crónica de un instante pensada para un hombre dedicado a la escritura; cito tres de sus renglones: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía…”.

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31/3/06

 

Editorialismo y anexas

Pese a que no escasean las voces que ya entonan el canto de su extinción, el trabajo editorial para medios impresos goza todavía de una salud envidiable. Más: las nuevas tecnologías, particularmente los programas de diseño gráfico para computadora, le han inyectado a la labor editorial una riqueza impensada todavía a mediados de los noventa. Por esa razón asombra la cantidad y la calidad de las publicaciones que, con propuestas de la más diversa especie, salen al mercado en busca de lectores, todas con visiones distintas tanto en el manejo de sus contenidos como en el aspecto de sus páginas.

         Ayer, a propósito de este tema y como oferta sin precedente en La Laguna , arrancó el encuentro “El editorialismo que viene”, foro donde especialistas en el trabajo con la palabra y con la imagen abordarán algunos puntos finos del trabajo editorial en el milenio que comienza. Los temas son misceláneos: fotoperiodismo, formación y diseño editorial, arte e ilustración para publicaciones, estrategias de venta, publicidad, migración de revistas a otros medios, géneros (crónica, reportaje, entrevista) y muchos otros tópicos de interés tratará de tocar esta espléndida convocatoria multidisciplinaria.

         En la Comarca Lagunera hay, cuento de memoria, al menos seis licenciaturas de comunicación y otras tantas de diseño gráfico. Hay además muchos interesados independientes, editores hormiga o ya establecidos (como el clan de la revista Artefacto, organizador central del encuentro con Prometeo Murillo a la cabeza) y una cantidad nada despreciable de escritores, correctores, viñetistas, diseñadores, impresores y fotógrafos (dado el auge de la cámara digital). Pese a ello, sigue siendo una región donde apenas están naciendo profesionales de la edición en cualquiera de los procesos que demanda la hechura de publicaciones.

         Por esa razón, la aventura cuya imagen saint-exuperiana (por el excelente afiche donde luce la belleza de Pamela Villarreal en el papel del principito) han emprendido el Teatro Nazas, Artefacto y otras instituciones es una apuesta que, obtenga el resultado que obtenga en lo inmediato, ya tiene ganado el mérito de haber pensado en La Laguna como punto donde pueden desarrollarse medios de comunicación impresos que en el futuro no estén por debajo de publicaciones foráneas —como La Tempestad , revista regiomontana, o Algarabía, del DF, por citar dos casos señeros— e impulsen el desarrollo plural, abierto, profesional de la cultura lagunera.

El objetivo se ve lejano, pero todo, hasta lo que parece imposible, tiene un comienzo.

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30/3/06

 

Periodismo de altura

Nada envejece más rápido que el periódico de ayer, dicen, y aunque eso parezca cierto no deja de ser importante, como testimonio de un presente que permanentemente se nos fuga, el buen trabajo periodístico, ese que cala hondo y marca un punto de referencia a partir del cual el gran público puede informarse sobre un fenómeno cualquiera o conocer las generalidades de una determinada realidad.

Esto que parece una vaga reflexión sobre la circunstancia del periodismo actual la traigo a plaza por el sentimiento que me dejó la edición de La Opinión Milenio del lunes 27 de marzo. Tres muy logrados trabajos periodísticos aparecieron en el ejemplar de ese día, y aunque dispongo de poco espacio para recalentarlos no quiero dejar de insistir que tal es el periodismo nuevo que merece La Laguna.

El primer texto, firmado por Gabriela Vázquez, llevó como cabeza  “De 39 a 53 mil los sueldos de directores municipales”, y describe la situación salarial de la cúpula administrativa en el ayuntamiento de Torreón. Da gusto ver, por ejemplo, que en la tabla comparativa entre la pasada y la presente alcaldías hubo aumentos; van de los $1,421 a los $10,143, como los que se abrocha el actual director de fomento económico (Julián de Jesús Jaime), quien pasó a cobrar $47,920 y no los $37,776 que tuvo su homólogo del trienio anayista (Ricardo Muñoz). Espléndido cotejo, una tabla que nos ayuda a ver claramente que en este año juarista todos nuestros funcionarios públicos están dispuestos a vivir austeramente, en la justa medianía que defendió el indio oaxaqueño.

Valioso para el comentario post-lectura, el trabajo del reportero Javier Cassio, rotulado “Provoca la pornografía adicción peligrosa”, explora de manera sucinta pero atinada el boom de los fenómenos de comportamiento que, más allá de la moralina, genera la ubicua y peligrosa oferta de sexo descontrolado en internet. Por supuesto, en este anárquico acceso a la basura virtual los que menos importamos somos los adultos. El peligro está en la bestial facilidad con la que muchos millones de niños pueden encontrar imágenes inapropiadas a su edad en un sistema que ha metido al demonio de la deformación sexual en cualquier PC casera. Un peligro, de veras, y el reporte de Cassio lo traza con aerodinámica solvencia periodística.

La tercera nota, fechada en el DF, es de Jesús Alejo: “Dos encuestas en busca de los lectores mexicanos”. No digo mucho, pues se me acabó el espacio de hoy. Sólo comento que este periodismo es el que le da sentido al oficio, es el periodismo que ayuda a saber en dónde estamos parados.

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29/3/06

 

Archivo y voluntad

México es un país hasta hace poco preocupado, y eso parcialmente, por el acopio y la adecuada conservación de los documentos que puedan servir para historiar su pasado. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, y a diferencia sobre todo de lo que hace cualquier comunidad, por grande o pequeña que sea, en Europa, las ciudades de nuestro país apenas le prestan displicente atención a eso que debería ser una prioridad. Salvo dos o tres excepciones, la mayor parte de los acervos históricos mexicanos trabajan con las uñas, al margen de los grandes presupuestos, con trabajadores mal asalariados, en instalaciones que son casi cuchitriles donde el hacinamiento inhibe cualquier deseo serio de investigación.

         Me pasó en alguna ocasión con la hemeroteca de la biblioteca municipal de la alameda Zaragoza. Tuve que consultarla para desarrollar un trabajo de investigación que demandó tres o cuatro meses de visitas frecuentes, casi diarias, y aquella experiencia todavía la recuerdo como traumática. Debido a su bajísimo presupuesto, la hemeroteca de la biblioteca municipal era un triste, caluroso y mal iluminado jonuco en el que casi era heroico investigar. Los ejemplares que albergaba databan, en promedio, de mediados de los setenta, y por descuido y manejo inapropiado muchos números de La Opinión , de El Siglo y del Noticias se encontraban mutilados. Hasta cierta fecha los legajos de cada mes habían sido encuadernados con cierto decoro, pero un buen día se acabó el dinero para apiñar los ejemplares con un forro de pastas duras y aquellos terminaron siendo unidos con un humilde broche Baco.

         No creo exagerar cuando afirmo que es la autoridad la principal responsable de procurar los recintos adecuados para almacenar documentos que den fe del pasado y que a la larga sirvan para desarrollar investigación histórica profesional. Ahora que estamos en tiempos de centenario, no sería mala idea que el alcalde José Ángel Pérez se llevara las palmas con una sólida inversión para mejorar y ampliar las instalaciones del Archivo Municipal Eduardo Guerra. El dinero que allí se invierta no será tal vez tan lucidor como el que se gasta en otros rubros, pero le granjearía a Torreón la oportunidad de tener por vez primera un archivo municipal digno de una ciudad que presume de moderna y progresista, pero que en muchos terrenos (cómo en el del respeto por nuestra memoria histórica) está muy por debajo de cualquier pobre pueblecito español o francés.

         Hace falta que el Eduardo Guerra crezca y alcance la condición de recinto primermundista. Cuando Jorge Zermeño fue presidente municipal, época en la que usé la hemeroteca de la biblioteca José García Letona para desarrollar el proyecto al que he aludido, escribí una carta que nunca le envié al señor alcalde. Como sigue teniendo actualidad, esa carta se la haré llegar en su momento a José Ángel Pérez. Creo que, con respeto, tal demanda ciudadana le dará la oportunidad de lucirse no con un proyecto meramente ornamental, sino con un espacio (el archivo público) que debe ser fundamental para toda ciudad que sea de veras conciente de su historia y se enorgullezca de su pasado.

         Torreón no puede llegar a la centuria sin un archivo municipal que le de lustre, un archivo donde, por ejemplo, y además de otra exuberante papelería, se resguarden todas las ediciones de los tres periódicos más importantes de la localidad.

Mucho dependerá del actual alcalde que este archivo llegue a ser el que Torreón merece.

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26/3/06

 

El entrampamiento

La coincidencia más visible en el editorialismo de estos días insiste en una realidad que, guste o no, parece inamovible hasta el 2 de julio próximo: la agenda temática de las campañas electorales pasa indefectiblemente por el nombre de AMLO. Esto es lo que mantiene en jaque a sus dos más cercanos seguidores y al presidente de la república, figura que en los hechos está participando demasiado activa y peligrosamente en un proceso del cual, en teoría, debería estar al margen.

Tanto el PAN como el PRI han caído pues en una especie de entrampamiento: para crecer, para allegarse simpatías, deben golpear por sistema, casi religiosamente, al adelantado. Lo malo es que ese hostigamiento discursivo, aunque les puede rendir algún muy nebuloso dividendo, ha demostrado producir una enorme y paradójica vigorización del enemigo. No es gratuito por ello que Ciro Gómez, en su colaboración de ayer, hable del segundo “desafuero” cuando se refiere al linchamiento que esta semana supuso nexos chavistas con el pejelagartismo. La vinculación es tan burda (nació por cierto en Crónica, periódico de Salinas) que terminará por convertirse en una caricatura sólo aprovechable, otra vez, por el candidato al que pretende menoscabar, quien con una frase resumió el previsible final de este capítulo: harán el ridículo.

Dada esta circunstancia, la recomendación parece obvia: que Calderón y Madrazo no encaminen ya sus baterías verbales contra AMLO. A estas alturas, empero, eso es imposible. Lo es porque en términos mediáticos ninguna propuesta “seria” tiene los efectos de un apodo o de una ocurrencia (“es el espantachambas”, por ejemplo), pero también porque si la declaración no lleva tirria explícita contra el ex jefe de gobierno, se queda colgada en un nivel de cobertura bajo o nulo, lo que equivale a no hacer campaña.

Tanto las palabras de Calderón como las de Madrazo dan por ello la impresión de ser gestos de empantanados: si se mueven, se hunden; si se quedan quietos, también. ¿Qué hacer en esta coyuntura? Creo que poco, de ahí que la carta fuerte de los días por venir tenga que ver con un apoyo mayor de ciertos medios (sobre todo de Televisa) para darles cobertura ideal a los rezagados y cobertura estándar o limitada al puntero, como de hecho ya ocurre con el uso frecuente del videoteléfono, tecnología que hace aparecer a AMLO como muñeco pintado por un tosco pincel expresionista.

En resumen, no existe el dilema atacar o no atacar a López Obrador. Tienen que hacerlo para que sus campañas conserven algún sentido.

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25/3/06

 

Reescrituras de Édgar Valencia

Édgar Valencia tiene apenas treinta años, pero su trayectoria literaria y académica parece la de un hombre con el doble de esa edad. Es ensayista, poeta, editor, maestro y contumaz viajero. De los escritores laguneros que conozco, es el que con más desenfado y precocidad decidió buscar en otros aires una experiencia que, por rica, lo ha convertido ahora en una de nuestras mejores cartas. Actualmente es el encargado editorial del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), estudia el doctorado en la UNAM y se da tiempo para organizar su matrimonio.

He seguido de cerca su carrera, y me cabe el orgullo se haber sido de los primeros es notar su talento y en apoyarlo. Recién había egresado de comunicación en la UA de C cuando edité su Historia y ficción en Columbus. Luego se fue a Xalapa, y esa estancia en la capital veracruzana, además de darle la maestría, lo impulsó a emprender otras dos vivencias académicas: una en Francia y otra en España.

En todo momento se ha mantenido cerca de México, y particularmente de La Laguna. Ganó hace algunos años, con el poemario Oficios, el premio Enriqueta Ochoa. Luego, con Descripción de la esfera, consiguió otro de poesía joven convocado en Cáceres, Extremadura, España. Ha publicado también Vestigios del origen y en numerosos libros colectivos de poesía y ensayo.

Miguel Ángel Espinoza y yo presentaremos hoy a las 8:30 en el Archivo Histórico Eduardo Guerra el más reciente título de Valencia, Reescrituras, obra que confirma la madurez que el autor ha alcanzado como crítico tras su incansable andanza de lector. Se trata de un volumen con seis ensayos escritos a finales de los noventa, textos donde vemos aparecer la vida y sobre todo las obras de Quiroga, Bierce, Sarmiento, Borges, Ortiz de Montellano, Reyes, Paz y Del Paso.

Valencia lo observa en su página de presentación; cita a Montaigne para señalar que todo ensayo es en esencia un autorretrato, y los seis aquí incluidos sugieren exactamente esa idea: antes de hacerlo por obligación, la diversidad de los autores que aduna Reescrituras permite ver en el joven ensayista a un despierto lector que, desde siempre, trae su propia agenda de lecturas y no se deja engañar por el ruido de las modas o de la mercadotecnia. Son la curiosidad y el azar, entonces, sus dos grandes aliados.

Sé que no lo dije al principio, así que debo añadirlo aquí: Édgar Valencia es, ante todo, un lector, un tenaz y agradecido lector.

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24/3/06

 

La baja intensidad

¿Cuál es el mejor minuto para acabar con AMLO?  Ciertamente todavía no es éste, pues faltan poco más de tres meses para la jornada electoral y el ABC de la guerra sucia indica que al enemigo fuerte hay que liquidarlo cuando ya no le quede margen de recuperación. Lo que estamos viendo ahora es entonces un tiroteo de baja intensidad, el sostenido chipichipi que sirve para que no crezca más la figura del candidato perredista y para que los otros no se rezaguen más de lo tolerable.

A estas alturas, casi a un año de la marcha contra el desafuero, la certeza de que el ex jefe de gobierno es inalcanzable se ha fortalecido hasta convencer, incluso, a muchos de sus opositores (Fox señala que México “aguanta” a un populista y Chuayffet acepta que los ganadores pueden ser los “primos”). Por eso mismo los dos principales rivales del Peje se ven relativamente tranquilos; tanto Madrazo como Calderón, cada cual a su manera, irradian una especie de paz que se parece mucho al desahucio: saben que la única manera de echar por tierra al fugado ya no depende tanto de ellos, de sus discursos o de sus carismas, sino de un golpe de efecto digno de teatro griego. Ese golpe, por el ritmo de los tiempos electorales y por el comportamiento que ha tenido la figura del tabasqueño, no puede propinarse en este momento, ni siquiera en abril, ya que se correría el albur de revitaminarlo.

Lo que venga (¿más videos?) debe ser cuidadosamente guardado para ponerlo en acción hasta mediados de mayo, y deberá ser muy fuerte. Mientras tanto la guerra mantiene una intensidad como la que estamos viendo desde finales de enero a la fecha: espots retadores pero inocuos, comparaciones con Hugo Chávez, ofensas light, actos de mera rutina, baldía cantilena del presidente sobre los peligros del populismo, nada que merme en verdad el actual estatus del candidato perredista.

Hoy, a tres meses del día D, lo único seguro es que vendrá un sacudón mediático que intentará desmoronar al lopezobradorismo aventajado, pues la diferencia no es tanta como para no intentar remontarla con un nocaut en el último episodio. El PAN sabe que tiene el poder del Estado en funciones; el PRI confía en las habilidades de su estructura mapache, hábil como ninguna para operar cuando más se le requiere.

Pero eso no es suficiente: AMLO debe recibir un bajón y eso garantiza que, durante algunas semanas más, sigamos en el terreno de la baja intensidad.

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23/3/06

 

Etapa material

Cualquier manualito sobre el tema nos deja ver que los hombres llegan al cotidiano disfrute de los bienes espirituales cuando han satisfecho completamente sus necesidades básicas. Por eso pienso que en La Laguna estamos saliendo de lo que me atrevo a llamar “etapa material” y apenas comenzamos a acceder a otra en la que, además de la comida, la vivienda y el vestido, empieza a interesarnos lo que en términos más o menos aceptados denominamos “cultura”. Lo que nos enorgullece en este terreno — la Camerana , las Ferias del libro, el Teatro Nazas— es ya un buen síntoma de que avanzamos, aunque falta mucho para que lleguemos a ser no digo Florencia o Barcelona, pues afirmar eso es hacer una mala broma, sino Guadalajara o Xalapa, por poner dos ejemplos de ciudades con una vida artística envidiable.

Esto lo comento porque a un lector le pareció extraña la declaración que hice en la edición número 2 de Azimuth, revista organizada por un grupo de jóvenes saltillenses. Fue una entrevista sobre mi trabajo literario. Cito el pasaje que lo inquietó:

La Laguna , bien vista, es una especie de ínsula y tiene peculiaridades muy claras para mí, aunque describirlas puede ser algo difícil. Es tierra de trabajo, de gente entrona, fiestera, poco preocupada por los bienes del espíritu, muy trepadora y presuntuosa de sus posesiones, abierta a lo exterior, rutinaria, desapegada del pasado, bastante burlona, ruda, hedonista, informal”.

Odio ponerme gaseoso, pero ahora siento que es inevitable decir esto que complementa la declaración para Azimuth: al lagunero estándar le interesa tener, no ser, pues piensa que quien tiene bienes materiales en abundancia, por ese simple hecho, “Es”, independientemente de su limitada o nula sensibilidad para ver más allá de la materia. El gran adinerado local, quien permea su modelo de vida a los estratos inferiores, “Es” sus coches, su casa, su ropa, su club, sus viajes, su número de escoltas e incluso sus muchos metros cuadrados de libros sin abrir, libros vírgenes, libros a los cuales no les han desgarrado el himen de celofán.

El asunto es, por supuesto, complejo y para conocerlo mejor se requiere el concurso de muchos, principalmente de antropólogos, especialistas en tomarle el pulso al ser social. Mientras eso ocurre, sigo confiando en mi intuición: estamos todavía en la etapa material aunque ya se barrunten signos de progreso.

Nota: desde hoy “Ruta Norte” aparecerá de miércoles a domingo. Gracias por su confianza a los lectores y a La Opinión Milenio.

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22/3/06

 

Salario mínimo y robo de marcha

La creación de empleos es la infalible coartada de la explotación del hombre por el hombre. Un buen empresario es bueno y muy cristiano por la razón elemental de que abre fuentes de trabajo, de que genera empleos. Luego de brindarle el aplauso que merece, luego de decirle que, sin ironías, es maravillosa su creación de fuentes de trabajo, me atrevería a señalar que, pese a su gran generosidad, eso es insuficiente y muchas veces sutilmente cruel. El empresario que verdaderamente merece tal nombre no sólo es el que crea fuentes de trabajo, sino el que remunera bien, justamente, a sus trabajadores no porque son trabajadores, sino seres humanos.

Por mínima justicia salarial entiendo lo que entiende casi cualquier constitución en el mundo: el trabajador deberá recibir un sueldo que le sirva para, entre otros derechos, comer, vestir, tener vivienda decorosa, educarse, acceder a un buen servicio de salud, vacacionar, esparcirse y gozar de un retiro sin sobresaltos. Por supuesto, en México ese no es el caso. Basta pensar en el salario mínimo actual para conjeturar que tal bicoca apenas sirve al trabajador para no morir de hambre y para continuar reproduciendo riqueza al día siguiente.

Una digresión que no lo es tanto. En el film Asesinos por naturaleza (1994), de Oliver Stone, el desalmado Mickey declara a los medios, cuando es capturado por la justicia, que la hipocresía humana nos lleva a pensar que los malos de la película nomás son los malos de la película (los asesinos, los narcos), cuando en realidad todos somos actores y cómplices, de forma explícita o velada, en el inmenso espectáculo de la injusticia humana.

Cierto que un salario mínimo actual no es una bala a la cabeza, pero igualmente mata, aunque sea más lentamente. Un salario mínimo es pues también un crimen porque desnutre, porque impide el acceso a la cultura, porque somete a servicios de salud precarios, porque crispa y deteriora las relaciones familiares, porque envilece con la evasión del alcohol y las drogas a los padres y a los hijos, porque atiza la delincuencia social, porque no garantiza pensiones suficientes cuando llega la hora de la jubilación.

Más allá de las cifras, más allá de las razones frías que esgrime la aritmética macro, un salario mínimo es cicuta administrada con gotero. De ahí que al orgullo de crear empleos yo sobrepondría otro mejor: el orgullo de crearlos bien remunerados, dignos para el trabajador.

Robo de marcha

Nunca en mi vida he recibido bonos de nada. Lo que trabajo es lo que me pagan, y ya. Sé que ocurre lo mismo con miles, con millones de trabajadores. Por eso da rabia que los funcionarios públicos, dueños de la ley, se autoricen “legalmente” bonos de todo: trimestrales, de marcha, de gestoría, de coche, de renta, de navidad, de útiles escolares. La exigencia para que sea devuelto el robo de marcha es, pues, un acierto del actual cabildo. Bien por el alcalde, por el secretario del ayuntamiento, por los regidores y por los abogados que encabeza el licenciado Rangel de León.

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19/3/06

 

Mundillo tapete

Salvo a dos o tres amigos y otros tantos conocidos a los que respeto de veras por su obra y por su posición crítica, el mundillo cultural lagunero me da la impresión de ser un muy acostadizo tapete del poder. Trato de ser respetuoso, y cuando tengo la suerte de convivir con mi gremio hago titánicos esfuerzos por no morir de pena ajena. Cuántas veces no he oído críticas incendiarias contra tal o cual funcionario, contra tal o cual creador, contra equis o zeta grupo, y a la vuelta de los días, además de que el señalamiento no cuaja en nada (un texto, un dibujo, una canción), veo a los críticos muy bien enchufados a la ubre de sus “enemigos”.

Entiendo que el hambre es canija, pero en algún lado hay que levantar un nicho para la dignidad. Por ejemplo, para muchos (me incluyo) era imposible lograr un mínimo acercamiento con Domene en el trenio anayista, dada la perfecta incompetencia de aquel Charles Lindbergh de la aviación lagunera. Lo mismo me pasa ahora con la Casa de la Cultura de Gómez Palacio, coto de poder --ya casi el cacicazgo matriarcal de Petra Páramo-- donde se enseñorea la cursilería mal disfrazada de arte contemporáneo.

Cuando los nuevos gobiernos se establecen no falta que los proveedores se pongan truchas. Tanto el que pavimenta carreteras como el que surte escobas alimentan la expectativa de que el ayuntamiento lo favorezca con algún contrato. Hay derecho, claro. Entre los artistas (a su manera se asumen proveedores del poder cultural) el apetito es parecido: antes de decir nada, antes de hacer valer su independencia crítica, antes de pensar que su obra vale más que una sarta de burócratas, sueñan con las chuletas que caerán del cielo si se arma un taller, si se abre el sésamo de una beca, si se edita el librito atorado muchos años o si de plano se les deja acceder al reino de la nómina.

Hay matices, claro, como en cualquier actividad, desde el bocón que nunca critica de frente hasta el apático para el que todo está siempre muy bien. Esos son los extremos. Como ellos, o peor que ellos, hay colegas con pluma, con oficio y con erudición de revista norteamericana, sujetos de cultura en suma, que son flamígeros críticos de Bush y de Condoleezza y de Fidel y de Hitler, pero para cuidar un posible hueso local jamás dirían nada, pongo por caso, sobre el alcalde y sus colaboradores.

Así es todavía el mundillo tapete de nuestra picaresca cultural.

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17/3/06

 

Lo mejor del centenario

Mucho papel será impreso en Torreón sobre el centenario, pero desde ahora me atrevo a decir que La Comarca Lagunera , constructo cultural, del doctor Sergio Antonio Corona, será el aporte escrito más valioso que se le dará a los festejos. Así como dos años antes de que terminara el trienio aseguré, pese al cándido escepticismo de Elías Agüero, que La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras sería el mejor libro publicado por la administración de Guillermo Anaya, ahora estoy en la serena condición de apreciar la nueva obra del cronista torreonense como un fruto intelectual notabílisimo. Mañana jueves 16 lo presentaré a las 8:30 pm en el TIM al lado de su autor y de Édgar Salinas, y ya verán los asistentes que no exagero, como no exageré respecto al volumen anterior.

         Trato de demostrarlo. Gracias al e-mail, un amigo asturiano, experto vitivinicultor, dejó constancia del mérito que le cabe a La vitivinicultura... Una vez más, en el exterior es elogiado lo que aquí valoramos a pujidos. Dice nuestro interlocutor: el libro del doctor Corona “me parece realmente brillante, porque a la impresionante recopilación de datos, propia de toda tesis doctoral, se suma una redacción casi novelada que permite una lectura fluida y de lo más ameno. (…) Creo que si tu amigo Sergio, que ha demostrado ser el Gran Maestro de la historia vinícola mexicana, tuviese intereses en ese sector, podría convertir toda esa base de tradición en argumentos comerciales de imagen que bien podrían despertar pasiones en la gastronomía de su país”.

Un erudito español no le regatea al doctor Corona lo que merece; al contrario: lo ubica como “Gran Maestro”. No por otra razón observé en mi prólogo que “ La Comarca Lagunera , constructo cultural. Economía y fe en la configuración de una mentalidad multicentenaria es una especie de ‘laberinto de la soledad’ que los laguneros no teníamos y que durante poco más de cuatrocientos años, lentamente, el tiempo armó hasta germinar en la vocación investigadora del doctor Corona Páez. Gracias a la paciencia de los siglos, y gracias ahora a la pericia de este especialista en la historia del sur del Coahuila, los habitantes de La Laguna tenemos hoy acceso al primer libro referido con riqueza documental y fino análisis a las entrañas identitarias de nuestra región, a la comprensión, así sea en parte, de nuestra ‘laguneridad’”.

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15/3/06

 

Chivo en cristalería

Recuerdo que hace varios años, cuando fue descubierta una banda poblana (a ciertos poblanos cómo les encanta organizar bandas) que explotaba sordomudos en Nueva York, un periodista mexicano abusó del lugar común al señalar, dicho esto en cadena nacional, “que la comunidad norteamericana de sordomudos guardó silencio sobre el tema”. Obviamente, el humor negro e involuntario de aquel reportero fue producto de su apresuramiento y de su falta de imaginación, pues si no hubiera apelado al lugar común (o frase hecha, frase cliché, tópico) no habría soltado el disparate “guardó silencio” de su descuajaringada buchaca.

Esa tendencia al lugar común es, como lo insinué la semana pasada, uno de los rasgos más peligrosos de la desesperada verborragia foxista. Nuestro mandatario se acaba de aventar, como todos ya leímos, otra perla (“perla” es el nombre que le daba don Raúl Prieto Riodelaloza, Nikito Nipongo, a las babosadas verbales dichas o publicadas con toda tranquilidad, tan lucidoras como ineptas): “Los gobiernos del pasado ‘nos tomaron el pelo como (a) viles chinos’”. ¿No habrá un bozal en algún clóset de Los Pinos?, pregunto respetuosamente. Porque eso, un bozal, es lo que necesita el presidente para evitar recaídas en el peligroso lugar común o en la frase ya no políticamente incorrecta, sino bestial.

A su “Borgues”, a su “ni siquiera los negros”, a su “ambos cuatro”, a su “lavadoras de dos patas” y muchos otros decires ahora añade el escupitajo “viles chinos”, como si alguna comunidad en el mundo fuera vil en sí misma y como si aquel país de xxx millones de habitantes no tuviera un traductor del español al mandarín. Torpeza tremenda la de Fox, pues si los chinos quisieran dejarían nuestra economía como al chinito, “nomás milando”. Por eso, antes de que los chinos se cobren a lo ídem, la presidencia debe emitir un comunicado de disculpa, aunque ya se sabe que para nuestro vocero está en chino ofrecer cualquier aclaración sensata.

Si no ocurre nada, insisto, vamos a seguir oyendo burradas hasta que, por fin, oh gran Huitzilopotzli, termine el sexenio. Burradas memorables, como oír que en México los niños “se divierten como enanos”, o que la pobreza extrema y las enfermedades dejan a los mexicanos “para billeteros” (vendedores de lotería), o que “el mejor indio es el indio muerto”, o que el PRI es como los “viejos con Alzheimer”. Lo que sea con tal de declarar y declarar como lo están haciendo ya, con cara de bufones callejeros, Madrazo y Calderón, quienes traen una carrera parejera antipejelagartista en pos de la declaración más aberrante y llamativa que les añada una migaja de porcentaje en las encuestas.

Tras la muerte de no recuerdo quién, Borges sentenció, con la lucidez plus que lo caracterizaba, que a dicho sujeto “le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos para vivir”. Los tiempos de Fox que hoy padecemos (y sus estultas patadas de chivo en cristalería) ya no son malos, sino pésimos. Soy escéptico, pero urge una segunda transición a la cosa aquella que todavía llamamos atrevidamente “democracia”. Si no ocurre tal brinco, México seguirá extraviado en el bosque de la incomunicación, un bosque como el de la China donde —Cepillín dixit— la chinita se perdió.

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12/3/06

 

A treinta de Cosía Villegas

Ignoro si el hombre al que hoy recuerdo motivará en alguna dependencia el homenaje que merece a treinta años de su muerte. Poco importará, sin embargo, el silencio o el elogio, pues su trabajo está más allá tanto de la indiferencia como del tributo oficiales. Daniel Cosío Villegas, educador de México, murió el 10 de marzo de 1976, pero su obra escrita, y más lo que ayudó a construir para que muchos otros se expresaran, está viva y sigue siendo ruta hacia el conocimiento de lo que somos.

         Nació en la Ciudad de México el 23 de julio de 1898. A lo largo de su vida, y tras recibir una formación de inusitado rigor académico, muchos y muy variados fueron sus quehaceres. Cosío Villegas sumó a sus propias obras de escritura un incansable trabajo diplomático, docente y editorial, lo que en sí mismo lo coloca como una de las cumbres intelectuales del país en el siglo XX. Pero su mayor logro, mayor entre mayores, fue la idea de crear una editorial que diera foro a la difusión de estudios sobre economía, disciplina que en los treinta despertaba ya saliente interés en todo el mundo pero que en América Latina no tenía notables exponentes ni libros que dieran cauce al conocimiento y los debates.

         Cosío Villegas hizo en España la propuesta a Espasa-Calpe. Cuenta en sus Memorias (publicadas por Joaquín Mortiz poco después de su muerte) que Ortega y Gasset, mandamás de aquella editorial, rechazó la propuesta “alegando como única razón que el día en el que los latinoamericanos tuvieran que ver algo en la actividad editorial de España, la cultura de España y la de todos los países de habla española se volvería una ‘cena de negros’”. Tal rechazo se convirtió a la postre en una buena noticia: Cosío Villegas trajo la idea a México y aquí, luego de abundantes negociaciones narradas con detalle en sus Memorias, fundó junto con otros el Fondo de Cultura Económica. “El hecho —escribió don Daniel— es que en enero de 1935 apareció nuestro primer libro, El dólar plata (…), y que de allí seguimos hasta hacer del Fondo una editorial de enorme prestigio, que prestó un servicio señalado a la educación y a la cultura de México y de todos los países de habla hispana”.

El FCE, sus páginas de historiador, la trilogía sobre el presidencialismo publicada en los setenta, todo eso y harto más es el rico fruto de Daniel Cosío Villegas. Un recuerdo a su memoria en el treinta aniversario de su muerte.

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10/3/06

 

Música y palabra de Carlos Prieto

Lo escuché en vivo por primera vez en la sede del Seminario de Cultura Mexicana en el DF. Era el 2000. El artista y su violonchelo, una joya casi viva, interpretaron varias piezas de cuyo título en este momento no puedo acordarme. Lo que sí retengo en la memoria es la condición hipnótica, envolvente, de la música que generaba ese instrumento cuando el arco acariciaba, con absoluto dominio, las tensas cuerdas. No sé si me prejuició demasiado el hecho de saber que aquél era un instrumento secular armado por el más famoso fabricante de la historia, o si era abrumador estar ante las manos, a cinco metros de distancia, de uno de los mejores ejecutantes del mundo en la actualidad, el caso es que de golpe entendí la dimensión casi inhumana de ese espectáculo, la integración plena del hombre con la música, de Carlos Prieto con su violonchelo (con “Chelo Prieto”, que así también se le conoce).

         Al final del concierto quise felicitarlo, pero en el tumulto apenas pude colar mi mano para recibir un apretón. El rostro de Carlos Prieto era una sonrisa permanente, la sonrisa de un niño. A todos saludaba el maestro con gentileza, sin una sola pose que delatara soberbia o fastidio. Esa noche, al hojear un Anuario del SCM, encontré y leí el ensayo donde él narra el nacimiento, los viajes y la llegada a su regazo del instrumento que ahora lo acompaña a todos lados. Supe desde ese momento, entonces, que Carlos Prieto, además de ser un genio de la interpretación, era también un escritor de prosa pulcra, lo cual no es muy frecuente entre quienes han elegido el camino del pentagrama.

         Pero si aquella narración me tomó por sorpresa, cuando supe que el maestro Prieto había escrito, y publicado en el FCE, un libro de corte histórico-lingüístico me fui, como se dice, “para atrás” hasta tocar los territorios de la incredulidad. ¿Es el mismo Carlos Prieto o se trata de un homónimo? Sí, el autor de Cinco mil años de palabras es el hombre que ha llenado los mejores teatros del mundo y que ha tocado con las más encumbradas orquestas del planeta. Ese magistral intérprete, Carlos Prieto, es pues exactamente el mismo que ahora nos regala con un libro escrito en clave divulgativa y, por tanto, espeso de generoso y muy asimilable conocimiento.

         Cinco mil años de palabras será presentado mañana jueves 9 a las 8.30 pm en el Teatro Nazas. Presentaremos el autor, Julián Herbert y yo. Hay mucho qué decir sobre esta obra.

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8/3/06

 

En la sima

Compositor y cantante de tercera, Óscar Atihye hizo la hombrada de colarse al imaginario nacional con un solo verso, seis palabritas integradas a una canción que participó, con mediocre reconocimiento, en uno de aquellos festivales OTI conducidos por un tipo que se llamaba, creo, Raúl Delasco. Ese verso me llega a la mente para definir al Fox del clímax sexenal: su rostro, su voz, su lenguaje no verbal son los de un hombre que se ve “flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones”. Ante esa circunstancia, no escasearán en los meses por venir las declaraciones rayanas en ex abrupto y en la absoluta falta de tacto, como ocurrió recientemente en Durango.

         ¿En qué cabeza puede nacer una respuesta de ese tipo? ¿Cómo es posible que el presidente de la república (¡de la república!) conteste como comisariado ejidal de Lechuguillas? ¿Cómo “felicitar” a un reportero por ir a lo que obligatoriamente debía ir si recibía una orden de su jefatura informativa? ¿Eso significa que, en sentido contrario, el presidente no es “felicitable” pues nunca se apersonó en Sabinas? Obviamente, el ejecutivo del país, acorralado por la ubicua preguntita, disparó una respuesta con pretensión irónica que devino autogol de chilena desde media cancha.

         Más allá de lo chusco, las involuntarias bautades del mandatario remarcan su cansancio mental, su falta de palabras oportunas, su impericia retórica en un momento en el que resulta indispensable un verbo firme y bien articulado. Si de por sí no era precisamente un Cicerón al momento de tomar la palabra, Fox puede agudizar, con su fatiga y su estrés actuales, el vacío de autoridad que se viene percibiendo en México desde hace años, lo que tendría consecuencias imprevisibles durante la coyuntura sucesoria.

         Lo dije la semana pasada y lo recuerdo hoy: salvo el electoral, Fox no tenía motivos de peso para justificar su ausencia en Sabinas, de ahí lo estólido de la respuesta al reportero. Si el desastre hubiera ocurrido al inicio de su administración, seguro la tragedia hubiera sido bien capitalizada en términos de imagen; pero no, la explosión de la mina tuvo la impudencia de ocurrir en la recta final del foxato, en plena campaña electoral, y la lectura que el gobierno federal le dio al problema lo previno sobre las consecuencias lamentables (pérdida de votos a favor de Calderón) que traería un acercamiento del agobiado presidente con los mineros de Sabinas. No es gratuito que el candidato del PAN también haya pospuesto para mejor ocasión su gira por Coahuila.

         Lo que Fox y sus asesores no calcularon es la interpretación que se hace hoy de su desaire a la obligada cita con Sabinas: deja a los mexicanos la sensación de que es un presidente insensible, un presidente que encara los problemas a control remoto, un presidente más preocupado por meter su cuchara en el proceso electoral que por compartir los tragos agrios de sus gobernados.

         México vive una de sus cimas históricas y el presidente con sus ocurrencias, en la sima de su peligrosa verborrea.

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5/3/06

 

Como en el ciclismo

No privativo del ciclismo, dado que también se usa en la marcha, en el maratón y en otras lides de largo aguante, el término “fugado” es indispensable para designar a quien se adueña del primer lugar y se separa demasiado de sus contendientes más cercanos. Cuando eso ocurre, cuando alguien “se fuga”, sus oponentes ya ni lo ven y no les queda otra esperanza que imaginar escenarios desastrosos para el fugado: un accidente, la zancadilla de un aficionado, que el líder pierda la ruta o se enferme, que lo descubran dopado, que ocurra un milagro.

Esta entrada velodramática me sirve para metaforizar el instante preciso en el que, creo, se encuentran hoy los candidatos. Nos es perfecta, mas se acerca a la que yo simplemente sospecho como idónea para cuadricular una percepción que se ve reforzada por la insistencia en los debates. Ignoro, todos lo ignoramos, qué tan cierta es “la fuga” de AMLO, pues quizá sólo sea una ilusión óptica momentánea.

Para que la fuga sea tal, el adelantado debe ser inalcanzable ya a media carrera. ¿Es el caso de AMLO? Insisto: no sé, dado que según algunas encuestas todavía Calderón le come el polvo muy de cerca. Madrazo es quien sí parece rezagado, y es verdaderamente loable lo que está haciendo el tabasqueño para mantener unido al mafioso PRI que él encabeza.

Por esta razón, y gracias al útil correlato del ciclismo, el acuerdo de los partidos para celebrar una tanda de cuatro debates deja la impresión de que, en efecto, los contendientes de AMLO ven fugado al ex peje de gobierno. El equipo del perredista lo sabe, por eso la decisión de aceptar, y a regañadientes, sólo un encuentro con sus opositores. De hecho, ir a ese debate será para el fugado como detenerse, como permitir que lo alcancen y arriesgar, si la hay, la amplitud de su ventaja.

Cuando la competencia es más cerrada no hay tanto problema, los ciclistas confían en sacar partido de la disputa parejera y no dejan de ver imposible batir a sus rivales muchas veces colocados en una posición contigua. Otra realidad se da cuando el fugado va muy adelante y se ha convertido casi en un punto invisible delante de la pista. Si se detiene a debatir, el adelantado tiene demasiado qué perder; si no logran frenarlo para que participe en un debate, los rezagados corren el albur de resignarse a competir sólo por el segundo sitio.

Esa impresión me da el debate sobre los debates, pero nuestras elecciones no son la tour de Francia ni el Pejelagarto es Induráin.

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3/3/06

 

Galería de malandros

Uno de los rasgos más alarmantes del ocaso sexenal que ahora vivimos es la falta de autoridad. No el caudillo impositivo del medievo priísta, sino el jefe moral de la tribu, un hombre o una institución creíbles, dignos del crédito que merecen los verdaderos líderes. Nada hay a la vista en este sentido y una mina de Sabinas vino a mostrar cuán revuelto se encuentra el río de la autoridad en nuestro país.

La debilidad de nuestras instituciones se advierte en un hecho: cuando se trata de localizar a los responsables, todos se avientan la bolita como adolescentes pescados in fraganti. “Yo no fui” parece ser la frase de moda, y lejos, muy lejos estamos de escuchar alguna módica aceptación de culpabilidad, como si el valor civil que implica decir “cometimos un error” fuera una especie de papa en llamas.

Tres son, a mi parecer, los responsables inmediatos de la desgracia. Si la explotación de las minas es asunto federal, el primer responsable es el gobierno de Fox y su laxa, ya lo vimos, Secretaría del Trabajo. Al no velar por condiciones salariales justas (80 pesos diarios no es un salario, sino esclavitud) y una seguridad absoluta en las áreas de trabajo, el gobierno federal yerra por omisión o por ineptitud, y eso permite suponer que los trabajadores de México se encuentran a merced de las crueles leyes de la oferta-demanda laboral.

Aunque produce carbón, la empresa enseñó el peor de los cobres durante las horas críticas de la tragedia. La difusión en los medios de la fortuna que acumula Germán Larrea contrastó con las condiciones de vida padecidas por su ejército de obreros. Se entiende que este tipo de trabajo implique altísima peligrosidad y sea permanente el riesgo de explosiones, pero es un hecho que no eran óptimas las medidas de seguridad adoptadas por la empresa. Junto a eso, lo más grave, la pregunta clave: ¿tendrá aprecio por la vida humana una empresa minera que paga menos de cien pesos diarios a sus trabajadores?

El último responsable es el sindicato. Charro de cepa, Napoleón Gómez Urrutia, líder de los mineros, apenas ha podido tartajear algunas declaraciones que no dicen nada. Más bien, lo que explican esas explicaciones es la agusanada condición del sindicalismo apócrifo.

El caso es que nadie quiere hacerse responsable. 65 mineros están muertos y no hay institución que castigue a los culpables.

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1/3/06

 

México en una mina

México es un país permanentemente electoral, en México siempre hay campañas y lo único que varía es el número de los espots y de los espectaculares. Si observamos con cuidado, en este país no hay político que no tenga, sea legislador o funcionario o desempleado, la cabeza siempre puesta en los comicios, y gracias a ese anhelo hay tema eterno para el periodismo y para el cotilleo de cafetín. En otras palabras, lo digo como ejemplo, la carrera por el 2012 ya comenzó para el PRI o para lo que quede del PRI luego del 2 de julio. Si esto es así, muy pocas noticias, grandes o pequeñas, quedan al margen de la lucha por el poder.

Aunque resulta políticamente incorrecto mezclar los dos temas, es difícil, o imposible más bien, como digo, no inscribir la desgracia de nuestra carbonífera en el actual contexto electoral. De hecho, nada de lo que ocurra en este año, tanto lo planeado como lo eventual, estará al margen de la sucesión que viene, y el caso de los mineros sabinenses, para bien de algunos y para mal de otros, exhala, además del doloroso aliento de la muerte, un pestífero olor a podredumbre en las relaciones que mantiene el actual empresariado mexicano con los trabajadores.

Sería absurdo, para empezar, hacer tabula rasa, meter en el mismo costal a todos los dueños del dinero. Habrá algunos, seguramente los menos, que no sólo respetan las reglas del juego laboral sino que, así sea por altruismo o remordimiento asistencialista, “dan” un poco más de su parte para “beneficiar” al trabajador, que “sacrifican” porciones de su ganancia (“moral indolora”, le llaman algunos críticos) para que el empleado viva con algo de dignidad. Lamentablemente, ese tipo de empresario conciente, humanitario, justo —así sea por cristiano remordimiento— hasta donde es posible serlo en un sistema que en esencia es inequitativo y violento, no forma legión. Abundan, con o sin tragedias estrepitosas de por medio, los empresarios como, toda proporción tomada entre los dos, pues no son lo mismo, Germán Larrea y Kamel Nazif, dueños de medios de producción a quienes sólo les importa el enriquecimiento personal aunque se dé sobre una montaña de oportunismos y miserias y no pocas veces de cadáveres.

La lectura de la tragedia en Sabinas, al vincular el malestar de los trabajadores y la ofensiva bonanza de un empresario, atiza el debate sobre la relación entre política y empresariado (cuando esto no da la casualidad de ser lo mismo, porque cada vez hay más empresarios-políticos). El martes 21 de febrero, en las páginas de Milenio, Jorge Fernández Menéndez se preguntaba con razón por qué AMLO no aceptaba asistir a muchas reuniones con empresarios. Lo cito: “Agregó en entrevista (AMLO) con Multimedios que los empresarios deben estar ‘tranquilos’ y no hacer caso de los rumores que se han propagado en el sentido de que los afectaría con sus políticas de gobierno. En el mitin dijo que no estaba en  contra de los empresarios sino en contra de los ‘traficantes de influencias’, de los ‘saqueadores’, de los ‘corruptos”. Inmediatamente después, el ya ex columnista de Milenio añadió: “Pues bien, siguiendo la lógica de López Obrador, todos los empresarios reunidos en la Concamin (la mayoría del país), los financieros y las empresas que son parte de la Bolsa Mexicana de Valores, los directivos de Bancomer y Banamex, y los otros a los que López Obrador no ha querido acompañar, están ‘empanizados’, buscan ‘entramparlo’, o son ‘traficantes de influencias’, ‘saqueadores’ y ‘corruptos’. Pero no deben preocuparse, él no está ‘en contra’ de los empresarios”.

En las mismas páginas de Milenio y el mismo día 21, Carlos Mota, especialista de este diario en temas empresariales, acota lo que sigue: “Es vergonzoso. La noticia más importante del país, la tragedia de 65 mineros atrapados en su lugar de trabajo en Coahuila, a punto de la muerte, es la más viva prueba de la despersonalización empresarial que vive México”. Cada uno de los columnistas, por supuesto, desarrolla con mayor amplitud sus opiniones, y la de Mota me parece casi una involuntaria y simultánea réplica a Fernández Menéndez. Mota lo dice claro y se refiere al grueso de los grandes propietarios: “despersonalización empresarial”. Eso es, para él, “una vergüenza”, pues significa que al capital lo que le importa casi exclusivamente es la ganancia, más si es inmensa y rápida, y el bienestar de las personas, los trabajadores, queda reducido a polvo, a oscuro polvo de carbón, como en el caso de Sabinas.

         ¿Se puede negociar con empresarios sin una mínima visión humana? ¿Hay disposición de estos señores por ceder en sus posturas y llevar a México a un nuevo estadio laboral? Con De la Madrid comenzó la apertura de México al capitalismo salvaje, despiadado, ese capitalismo que sólo puede funcionar en países con políticos y empresarios moralmente intachables. Salinas agudizó la venta de garage, Zedillo la mantuvo en pie  y Fox dejó que la rapiña se convirtiera en el modelo neoliberal a la mexicana.

Por las inercias, y porque no puede “pintar su raya” respecto a las políticas económicas de Fox, Calderón enrumba en la misma dirección de los que, si gana, serían sus cuatro antecesores en Los Pinos, lo que supone todo tipo de complacencias al sector empresarial, lo que supone una cada vez más profunda depauperación de las mayorías en este país. Por eso se habla de “saquadores”, de “traficantes de influencias”, de “corruptos”, no por otra razón. Los empresarios que no están en ese círculo se preocupan tanto de política como el ciudadano común: lo mínimo, pues están trabajando junto a sus trabajadores.

Por eso Fox no ha visitado ni visitará la mina de Coahuila. Una aparición allí, además de exponerlo a declaraciones de las suyas, daría pábulo a la reclamación directa de los mineros humillados y ofendidos, abriría cancha a la polémica sobre sus políticas de gobierno en materia laboral, destaparía la alcantarilla de la relación entre los grandes capitales y el Estado y, lo más importante, todo eso golpearía directamente a su delfín Felipe Calderón, quien “por respeto” no visitó Coahuila, elegante manera de recomponer la agenda y evitar un encuentro con lo inevitable: el marcado carácter neoliberal, continuista, foxista, de su propuesta en el rubro laboral.

Decir esto no es lo correcto, lo oportuno en la semana trágica de Sabinas, pero la sucesión lo permea todo.

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26/2/06

 

 

 

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