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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

Dinamita de Rogelio Guedea
Esta es la brevísima crónica de mi más reciente y fructífera amistad: el 8 de octubre de 2004 recibí una llamada telefónica del escritor Ramón Íñiguez, director de la biblioteca pública municipal Jesús Corral Ruiz de Ciudad Obregón, Sonora. Las palabras que me dio fueron breves y muy gratas. Me dijo Íñiguez que por unanimidad mi libro Las manos del tahúr había ganado el premio nacional de narrativa Gerardo Cornejo organizado por el Instituto Sonorense de Cultura y el Conaculta. “Pronto te llamo para avisarte sobre el día de la premiación; ve preparando el viaje”, añadió.
Transcurrieron dos semanas y el 27 de octubre, luego de un vuelo triangular que debido a nuestro primitivo sistema aéreo me hizo pasar innecesariamente por el DF, llegué a Ciudad Obregón. Allí, en la biblioteca municipal, Íñiguez me presentó al ganador del certamen en el género de poesía. Su nombre es Rogelio Guedea Noriega, nació en Colima, Colima, hacia 1974, y aunque parece un ser humano en realidad es un cartucho de dinamita, un inteligente y generoso atado de TNT. Jovial, rebosante de energía, festivo como un cascabel, lúcido y amable, Guedea me impresionó por todas esas razones y por muchas más, como su habilidad para obtener conversación con gracia en todas partes o su impresionante forma de cantar. En dos días acumulé con él tal cantidad de anécdotas que me da la impresión de que no convivimos dos días, sino toda una adolescencia entre cabronas travesuras de muchachos.
Así es Rogelio, y lo contagia: una especie de devorador de la vida que a los 31 de su edad ya recorrió la mitad del mundo (Alemania, Estados Unidos, China, España —donde estudió su doctorado en Letras por la Universidad de Córdoba— y Nueva Zelanda, donde actualmente es profesor de tiempo completo en la Universidad de Otago, institución situada en la ciudad de Dunedin, al sur de aquel oceánico y remoto país (y aquí los adjetivos no son meros adornos, sino kilométricas verdades). Está casado con Blanca, y con ella tuvo a Bruno, un gigante de tres años. Como si eso no fuera suficiente, es colaborador de los periódicos El Informador y Excélsior, donde alimenta sendas columnas, y ha publicado cerca de diez libros de poesía, ensayo y narrativa breve. Pero lo mejor de su currículum, lo sentí, es el aprendizaje que recibió de su amado padre, un hombrón que por muchos años dejó sin vírgenes y sin cerveza a medio estado de Colima.
Se lo he dicho sinceramente: la conversación que tuvimos fue lo mejor que me ocurrió en el viaje a Ciudad Obregón. Su presencia allí fue casi un milagro, pues Rogelio pudo recoger el premio sonorense gracias a la continental generosidad de sus jefes en la Universidad de Otago, quienes orgullosos de su logro, sin vacilación, le pagaron el tremendo y oneroso volar sobre el Pacífico. En Ciudad Obregón, pues, trabamos amistad y ahora, no sin el asombro que me sigue punzando cuando pienso en las distancias abolidas al menos virtualmente por el correo electrónico, nos carteamos como si yo viviera en Torreón y él radicara en Lerdo (por cierto, alguna vez Rogelio atravesó La Laguna de pasada a Zacatecas, y a Blanca, su esposa, le tomó, declara pasmado, una foto frente al rótulo del “Centro Abarrotero de Gómez Palacio”, negocio ubicado en la misma manzana donde nací y viví hasta los trece años).
Cerraré este apunte con un texto de Guedea, pero no resisto la tentación de narrar antes una de sus ocurrencias. Terminada la cena en honor a los premiados nos convidaron a una especie de bar donde, como se acostumbra ahora, ameniza siempre un cantante que entona lánguidas canciones de repensado amor. El artista rasguñaba su guitarra y hacía sonar su voz sin convicción, como diseminando notas de forma meramente burocrática, tal vez aburrido de su vida escasa de talento y molesto de sus noches flageladas por la mala paga. La música no contagiaba pues a nadie, ni siquiera a las dos o tres parejas de enamorados que andaban por allí, jugando bobalicón esgrima con las narices. Rogelio se cansó de tanta canción en cámara lenta y le pidió la lira al trovador. Se posó frente al micrófono y como quien fuera a grabar un long play le tupió a la guitarra con habilidad flamenca y se despachó un vozarrón de charro callejero. Nunca había escuchado ni escucharé esa preciosidad llamada “Deja que salga la luna”, de José Alfredo, como lo hizo Guedea aquella noche legendaria, y llegó un momento, luego de tres canciones, en el que mi amigo colimeño se apoderó de la electricidad que energizaba a la concurrencia. Por piedad, Rogelio no le quitó la chamba al trovador y le devolvió la guitarra sin mirar atrás, así de fácil, como si no hubiera instalado la maravilla en el escenario.
Ese es, entonces, mi nuevo cuate, un escritor mexicano que, para beneplácito del Ripley global, vive en Nueva Zelanda. Desde allá se las arregla para seguir haciendo ruido, ya que es de esos extraños seres indetenibles, vitales, una máquina de dar alegría con las palabras, como ocurre en el texto que de él cito, una de las páginas acogidas en Caída libre (Colibrí, México, 2005, 164 pp.), su título más fresco, paquete de microrrelatos, aforismos, sentencias, prosemas y demás agudas brevedades:
En la plaza principal encuentro hombres que antes ocuparon importantes cargos: diputados, secretarios de Estado, rectores, presidentes de Congreso, delegados. Desde el borde de una fuente los sigo hasta donde mi vista alcanza. Todos, salvo aquellos que no olvidaron que la vida es tener lo que uno ha dado, llevan en la frente el fulgor de la insignificancia. Alguien de por allá esconde la mano para evitar saludarlos. Alguien de por acá cruza abruptamente hacia la otra acera para no tener que encontrárselos. Es despreciable ahora el paso de los que marcaban el paso. Cómo se nota que esos hombres no fueron otra cosa, y no serán otra cosa, que esa pobre función que desempeñaron”.
25/12/05
Cerca de Menton
—¿Cómo me reconoció? —fue lo primero que dijo.
—Lo he visto en varias fotografías —respondí.
Noté que estaba intrigado, pues lo menos que espera un académico de su estilo es fama pública. Por eso, de inmediato traté de hacerle ver que más allá de las fotografías y de la superficial popularidad que otorgan las revistas, sean culturales o no, su obra era lo que realmente me hacía reconocerlo y admirarlo.
—Desde 1983 soy —añadí— un permanente usuario de su antología de cuentos, primero como alumno, luego, por cerca de veinte años, como maestro. Algún día tenía que agradecerle el trabajo que he ahorrado con su libro.
Menton afirmó, ahora agradecido, sonriente, con los ojillos de buen hombre debajo de sus amplias gafas con aumento.
—Le agradezco, le agradezco, muchas gracias, muchas gracias —dijo con su acento de Tiro Loco, de gringo que por mucho que domine el castellano todavía suelta erres no muy fricativas.
—Gracias a su libro he podido sacar adelante bastantes clases —reiteré.
—¿Y dónde trabaja?
—En Torreón, en la Universidad Iberoamericana.
—Torreón, La Laguna… —complementó con lo que me pareció, en su caso, un dato de tremenda erudición, conocimiento de norteamericano culto, lo cual casi parece un oxímoron.
—Sí, La Laguna. Por cierto, un amigo mío que se llama Fernando Fabio Sánchez alguna vez lo entrevistó y allá leímos el diálogo en una revista regional. Trataré de conseguirla.
—Sí, sí, se lo agradezco. Pero ahora voy de prisa, pero por favor escríbame —terminó Menton y de su camisa extrajo una tarjeta donde se dejaba ver su acreditación como maestro de la Universidad de Irvine, en California.
Renata admiró parte de la escena, vio mi gesto de simpatía y admiración por aquel gringo viejo y de piel acamaronada, y nos pidió posar para una foto que ahora conservo como diploma al mérito. Estoy allí con el autor de El cuento hispanoamericano, edición muchas veces reimpresa y agrandada por el Fondo de Cultura Económica, un clásico de la enseñanza literaria, un monumento a la didáctica del cuento, el mejor en su tipo, sin duda.
Pero además del cuento, Menton es experto en novela, como lo demuestra en las palabras el “Manual imperfecto del novelista”, texto que se refiere a la novela colombiana, pero que, así sea como receta imperfecta, puede servir a los novelistas y críticos de cualquier latitud. La que sigue es, pues, una versión sintética de lo que enumeró el académico norteamericano:
“… los criterios siguientes pueden ser útiles para determinar el valor relativo de cualquier novela, o por lo menos, para distinguir entre planetas, satélites, meteoritos y platillos voladores.
1. Unidad orgánica: Una buena novela podría compararse a un edificio bien estructurado donde cada elemento cumple una función precisa (…) A veces, no se percibe a primera vista la armazón de una novela, lo que puede ocasionar la crítica de ciertos elementos aparentemente sueltos o gratuitos, o en el peor de los casos puede causar una interpretación equivocada de toda la novela. Para comprender una novela, hay que encontrar la clave o el eje estructurante que da coherencia a todos los elementos de la novela, por dispersos que sean.
2. Tema trascendente: No es el tema en sí sino la combinación del tema con su modo de elaboración lo que determina la trascendencia de la obra.
3. Argumento, trama, o fábula interesante: Llámese argumento, trama o fábula, lo que sucede en la novela debe provocar el interés del lector y mantenerlo hasta el final. Indudablemente varían mucho los gustos y la preparación cultural de cada lector. Por lo tanto, lo que interesa a un lector, otro lo puede encontrar aburrido o incomprensible. No obstante, demasiados novelistas del siglo veinte se han dejado ofuscar por la búsqueda de novedades formales que a veces terminan en puro alarde tecnicista perjudicando el interés del relato.
4. Caracterización acertada: En las novelas de los llamados países desarrollados del mundo capitalista, los problemas sociales están subordinados a los problemas individuales mientras la búsqueda de la identidad nacional no constituye una preocupación porque ya se formuló hace mucho tiempo. En cambio, el novelista hispanoamericano suele considerarse la conciencia de su patria obligado a denunciar abusos, reclamar derechos y formular una nueva conciencia social.
5. Constancia de tono: Un tono constante forma, desde luego, parte de la unidad orgánica de una obra.
6. Adecuación de recursos técnicos: El empleo de cualquier recurso técnico, por novedoso y bien ejecutado que sea, no constituye automáticamente un acierto. Todo recurso técnico tiene que relacionarse con el plan general de la novela.
7. Lenguaje creativo: El mayor énfasis que se ha dado últimamente a la experimentación estructural también se refleja en el lenguaje hasta el punto de que se habla de la novela lingüística. Una novela, como toda obra literaria, se hace con palabras y un criterio para juzgar una novela tiene que ser la adecuación del lenguaje. El lenguaje o el estilo empleado por el novelista no puede analizarse en un vacío sino en relación con todo el organismo de la novela.
8. Originalidad: Además de las cualidades intrínsecas de una novela, hay, por lo menos, dos factores extrínsecos que contribuyen a su fama: su originalidad y su impacto posterior sobre otras obras.
9. Impacto posterior: Si se juzga el valor de una novela por su impacto posterior, por su engendramiento de otras novelas…”
23/12/05
En Colima y en China
Hace unos días, mi amigo Rogelio Guedea —sujeto extraordinario del que pronto hablaré y que ahora radica en Nueva Zelanda, o sea que vive aquí cerquita— publicó un artículo en Colima, su tierra natal, sobre el espíritu de los premios que entrega a los creadores y a los científicos el gobierno de aquella entidad. Leo las palabras de Guedea y no puedo evitar que me llegue a la cabeza el lugar común: aquí y en China, en todo México parece que ocurre lo mismo. El reconocimiento a las ideas, sean artísticas o científicas, naufraga entre la mezquindad, la indiferencia, el más tarambana desdén de las autoridades o el elogio oficial de labios para afuera. Es imposible que tras leer las palabras de mi amigo yo no piense en lo inmediato, en el tratamiento hipócrita y migajero que suele brindar el poder local cuando extiende reconocimientos. Dejo las palabras de mi cuate, y no lo interrumpo con innecesarias apostillas, pues en sus afirmaciones él es más directo que los puñetazos de Pepino Cuevas. Creo en síntesis que Rogelio ha expresado perfectamente lo que muchos opinamos sobre ese tema en Colima, en la Comarca Lagunera, aquí y en China:
“Premios Colima al Mérito
Ayer leí un boletín de prensa en el que se convocaba al Premio Colima al Mérito en Artes, Ciencias y Humanidades, premio que, obviamente, se entregará en 2006 al artista, científico y humanista que se haya destacado en cada una de sus áreas. Indudablemente, un reconocimiento de esta naturaleza debe ser necesario y hasta indiscutible en un sistema como el nuestro, que también galardona (sin el menor rubor, por cierto) a empresarios pillos, servidores públicos ineptos y políticos corruptos, en cuyo nombre se construyen escuelas, se abren calles o se levantan estatuas. Sin embargo, este no es el punto que quiero aquí tratar, sino más bien un asunto relacionado con la dignidad y, si se quiere, el pudor de los que son, en este caso, artistas, científicos o humanistas. Para empezar, hay que señalar que en una sociedad como la nuestra nadie hace nada por nadie, a menos que ello lleve un interés de por medio. De manera que pensar que una institución (la cosa más abstracta y, por lo tanto, inexistente que conozco en la vida), una asociación civil (no conozco hasta hoy una en Colima que destaque y sea reconocida dentro de las áreas convocadas) o una colectividad (no logro entender qué se quiere decir con ‘una colectividad’, aun cuando sea de ciudadanos) pueden, en su fantasmal figura, juntar los papeles del posible ameritado, sacarles las fotocopias respectivas, redactar un currículum in extenso, luego escribir un largo panegírico en el que se fundamente el porqué tal artista, humanista o científico merece la tal presea, me parece totalmente inverosímil. En realidad, la única opción real (y obviamente la más indigna) es la que se refiere al carácter “individual” de envío de la propuesta, es decir, ésa en la que el artista, humanista o científico (unos ya con dificultades para caminar) tiene que sacar las fotocopias respectivas, preparar su currículum in extenso, redactar todo aquello que ha creído meritorio en su labor, meter los documentos en un sobre y luego ir a pedirle a la institución manganita, o la asociación civil perenganita, o a la colectividad (vaya por Dios) zutanita que si le presta el nombre, el sello y la firma para a través de ellos poder enviar su gordo paquete, esto con el fin de no parecer un narcisista o, en el mejor de los casos, un pobre diablo. Obviamente, siempre habrá artistas, humanistas o científicos que, por su propio pie, esto es, con el peor descaro llevarán su paquete personalmente a la Dirección de Enlace de la Secretaría de Cultura del Estado, pero eso no debería preocupar a nadie, porque nada demerita más que el hecho de creerse con méritos. Ahora bien: si nos saltáramos las ideas expuestas anteriormente y pensáramos que, dado el caso, un Comité o Jurado elige al mejor candidato de cada una de las áreas convocadas, un hombre que ha pasado cinco o diez o quince años de su vida frente a una máquina de escribir, o bajo las ruinas de una civilización antigua o entre las cuatro paredes de un laboratorio, ¿se creerá en realidad que los 30 mil pesos con que está dotado el Premio al Mérito no son una ofensa para el escritor, arqueólogo o biólogo que (y vaya que para eso se ha empeñado) sabe que esa cantidad se la beben dos diputados beodos y un senador lujurioso en una sola noche en un restorán como, por ejemplo, La Medusa?
Alguien puede replicar: Ah, ¿pero el reconocimiento?, ah ¿pero lo bonito que se siente ganar?, ah ¿pero lo bello que se siente ser el mejor aunque sea por un año? Y entonces habría que contestar: para un artista verdadero, un humanista verdadero o un científico verdadero no hay más reconocimiento que la pasión por lo que hace, pero el hecho de que pueda llegar a desempeñarla sin que se la paguen no quiere decir que la pueda asumir a costa de denuestos. No, lo que el artista, humanista y científico necesita en estos tiempos es ver ya que el reconocimiento a sus méritos, sin duda invaluables, se vea reflejado en el monto económico que se le otorga. Hay que decirlo así: los premios más prestigiosos son también los mejor dotados financieramente. La propuesta entonces (porque uno no debe sólo criticar, sino también proponer) es, en primer lugar, que se conforme un Comité o Jurado que conozca (que conozca, insisto) quién es quién dentro de las áreas científicas, artísticas y humanísticas dentro del Estado (finalmente este es un Premio estatal y no un Premio Nobel, en el que obviamente el Comité o Jurado es casi imposible que conozca de primera mano los méritos de los artistas de todo el mundo, de ahí la pertinencia de que instituciones manden las candidaturas) y que ese Comité o Jurado dictamine en favor del humanista, científico o artista que considere con mayores méritos para recibir tal presea, evitándole así, de paso, el fastidioso trabajo de tener que sacar las fotocopias que justifican y lo dotan de meritoria identidad. Por último, sería prudente agregar a los 30 mil pesos otros 70 mil, para que la dotación del Premio al Mérito amerite. Si para conseguir esto es preciso prescindir de la medalla y del diploma, no creo que ningún artista, humanista o científico esté en desacuerdo con ello, porque finalmente con los cien mil pesos el galardonado podría hacerse tantas medallas o diplomas como le exija su egocentrismo, asunto en el que ya no me meto”.
21/12/05
Damas de la cultura
En la actualidad hay una tendencia —es casi una plaga, más bien— a que los altos mandos de la burocracia cultural sean ocupados por, de momento las llamaré así, con un delicado eufemismo, damas de la cultura. Se trata de mujeres de entre cuarenta a sesenta años, adineradas o venidas a menos, pero siempre con modales y apariencia campanudos, ceñidos a los parámetros establecidos por la figura ya arquetípica de Guadalupe Loaeza, suma y espejo de la frivolidad con aroma a Chanel Mademoiselle, indefiniblemente chic. Son mujeres imitativas, caprichosas, esnobs y paranoicas; han leído tres libros con tipografía grande, pero han oído hablar de mil y conocen a muchos autores, lo que las barniza de un culteranismo muy necesario en los cocteles. Son incapaces de hilvanar, en público o en privado, un discurso congruente, y a lo sumo llegan a balbucear su enciclopédica ignorancia.
Si analizamos su currículum, tienen un título profesional, pero nunca han ejercido en serio, pues cuando terminaron sus carreras fueron encaminadas al altar de los sacrificios. Ya con hijos grandes, esas damas medio desdeñadas por el marido o de plano divorciadas, deciden emplear su tiempo en algo útil. Mansamente se acercan a una institución cultural por medio de cualquier conocido, a quien le confiesan su desocupación y su enorme deseo de hacer algo por el desvalido populacho. En vez del voluntariado, algunas derivan en las oficinas donde se organiza la difusión de la cultura. Allí llegan con caritas compungidas, modestas, afirmando que sólo saben que no saben nada y que desean hacer algo por el bien de los demás, sin que les interese el sueldo. Son aceptadas como asistentes de lo que sea, en ínfimas talachas. Con el paso de los meses conocen a la fauna que habita el reino de burocracia cultural. Las damas se dan cuenta de que todos o casi todos están allí para sobrevivir con un sueldo microscópico. Poco a poco, la aspirante a dama de la cultura domina el territorio, conoce la psicología famélica del mundillo artístico, aprende sus códigos. Llega entonces la primera gran oportunidad: de lavaplatos de la cultura pasa a garrotera, de garrotera a mesera, de mesara a capitana, y de capitana a dueña del restaurant, aunque a veces se dan casos de superación personal fulgurante: de lavaplatos se brinca a la cúspide, todo es cuestión del dinero y del tiempo que se le invierta a ese propósito.
Ya instalada en la cima, la dama de la cultura establece una triple vinculación: convive con el inframundo de los poetas, de los pintores, de los teatreros, pero también con los empresarios y los políticos. A los primeros los necesita para legitimarse, para que den fe de su talento como promotora cultural, pues aunque los artistillas de rancho individualmente velen poco, en bola llegan a tener algún impacto ante la opinión pública. A los empresarios los requiere por lo obvio: la cultura necesita billetes, y entre cuates hay que echarse la mano. Por último, la dama de la cultura se acerca a los políticos por una razón no menos importante; la supervivencia en un puesto, o la consecución de otro mejor, depende de la habilidad para moverse en los pasillos de palacio municipal, estatal o nacional, según sea el calibre de la ambición. Sólo así, de la mano de Maquiavelo, se puede conservar el feudo u obtener uno nuevo.
Todo eso requiere la dama de la cultura. Todo eso menos un poco, paradójicamente, de cultura. Pese a tal carencia, algunas rebasan la ambición, digamos, de figurar como desinteresadas promotoras de las bellas artes, de la historia o de la museografía. Esas son las más peligrosas y, al mismo tiempo, las más preciosas ridículas, pues no se quieren quedar a la zaga y un buen día su cabecita de chilero piensa: Oh, si los poetas y los pintores son unos zarrapastrosos y de todos modos hacen versos y óleos, ¿qué hermosas maravillas puede producir una señorona como yo, que ha viajado a Europa, que se lleva de serrucho con los funcionarios del DF, que tiene estrechos vínculos con las “mujerez empoderadaz”, que atiende a los conquistadores de la capital como la Malinche atendió al calenturiento Cortés, que en la universidad sacó un título, que sale en sociales todos los domingos, que come quesos españoles y jamón serrano cuando el exigente paladar así lo demanda?
Cuando esas metafísicas preguntas comienzan a rebotar, como eco, en el desamueblado cráneo de una dama de la cultura, es tiempo de que nos encomendemos al altísimo, pues pronto comenzarán a pulular, en los anaqueles o en las galerías más inesperadas, los libros o los cuadros de aquella creadora cocida en olla exprés. Gracias a su dinero, o al dinero del presupuesto oficial, a la artista Cenicienta no le habrán faltado los soportes de su creatividad. Esos soportes se pueden encontrar en el harapiento mundo de la cultura, donde no escaseará quien, por unos pesos para el taco, como personaje de novela picaril, maquille párrafos o enderece trazos, todo para que la dama de la cultura entre, cual carne bachán, en el Olimpo de los Cultos, un Olimpo donde no faltarán, por cierto, los coyotes que aúllen como ambulancias en loor de la recién llegada.
Dije hace rato que cunden, que ya están en todos lados, pues se han dado cuenta de que esos puestos son rentables en términos de imagen y, claro, cómo lo iban a olvidar, de plata. Ganan bien, se toman largas, muy largas, larguísimas, eternas vacaciones, opinan con ligereza sin poner en riesgo la vida de nadie (“vamos a traer la obra de un pintor que se llamó Diego Rivera, él fue muy importante”), se codean con la plutocracia, se dan caché, ayudan a que su cultiven los pobrecitos pobres y ofrendan, en fin, su vida como incomprendidas patriotas, como soldaderas del Buen Gusto cual mutante mezcolanza de Marta Sahagún, Laura Esquivel y un pequeño toque de Frida Kalho y Ángeles Mastretta.
Por supuesto, y sobra decirlo, esas damas de la cultura nada tienen que ver con las mujeres, con las verdaderas mujeres (Rosario Castellanos, Rosario Ibarra, Magdalena Mondragón, Rigoberta Menchú), sino con lo peor (la mezquindad, la mentira, el apetito de poder, la hipocresía, la estulticia) de los Hombres, de la raza humana.
18/12/05
El arte de tirar dinero ajeno
Tirar dinero ajeno es todo un arte, y nada se puede comparar al majestuoso ejercicio de dilapidar recursos públicos en causas absolutamente necias. En México, país donde cunden verdaderos Dráculas del presupuesto, la sangría indiscriminada de los pesos oficiales es incesante y más aterradora que un beso de Lyn May. Los ejemplos abundan en ayuntamientos, gobiernos estatales, dependencias federales, empresas paraestatales, cámaras, procuradurías y todo lo que se lubrique con el dinero fácil del gobierno. Si alguien lo duda que se asome un poco a los sueldos y a las prerrogativas que reciben, sólo doy un ejemplo, los vampíricos diputados y senadores de la república. Para que nos demos un quemón, traigo un fragmento de la nota “Diputados deciden darse 18 mdp de bono navideño” (Fernando Damián, La Opinión Milenio, 12 de diciembre, p. 20): “La Cámara de Diputados autorizó el pago de una ‘subvención especial’ especial de fin de año por 37 mil 598 pesos a cada uno de los 500 legisladores, independientemente del aguinaldo de casi 93 mil pesos y la dieta ordinaria de casi 70 mil pesos por diputado federal, para sumar poco más de 200 mil pesos de ingresos durante el mes de diciembre”. Miles de miles se auto-autorizan y embuchacan pues esos parásitos que, como Chuayffet o Beltrones, como Bartlett o Fernández de Cevallos, han pasado sus tramposas existencias haciendo valer la cruda y desafortunadamente nunca olvidada sentencia de César Garizurieta, alias El Tlacuache: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.
No hay entonces oficinita u oficinota que no derrame recursos en salarios o en excesos que dan la impresión de que vivimos en un México holgado, disparador y alegre. En fin, tanta y tamaña introducción para amerdizar en un caso cercano de gasto faraónico. Como resumen de su gestión, el Instituto Coahuilense de Cultura editó un mamotreto a todo lujo titulado El arte de promover la cultura. Memoria 2000-2005. Vaya tiradero de plata, un genuino homenaje a la impertinencia que ahora paso a describir.
El libro, tan lujosamente editado que hasta ofrece una presentación en caja color dorado-Raleigh, tiene 268 páginas acabadas en fino papel, muchas de ellas impresas a full color. Según su página legal, fue maquilado en Saltillo y su tiraje constó de mil ejemplares. Hasta aquí todo en aparente orden. Lo malo empieza a brotar cuando nos asomamos a su contenido: fotos a color, hojas hueras de separación temática, textos que poco añaden a lo que ya se sabe, uno que otro chispazo de emoción, vaciedad y tedio al por mayor, todo por una cantidad de plata que seguramente estuvo cerca o rebasó los cien mil pesos de inversión, y quizá me quedo corto.
Alguien dirá, en defensa de este engendro bibliotrágico, que toda instancia de gobierno tiene el derecho y hasta la obligación de informar, y eso justifica la edición de El arte de promover la cultura. Mi respuesta es simple: concedo, tiene razón quien diga eso, pero hay que ser cuidadosos con los modos de difundir la nueva obra pública. Si en algo gastan las instancias de gobierno es precisamente en eso, en derrochar almacenes y almacenes de dinero para dar cuenta, no sin uno que otro embuste, de “sus logros”, como ocurre todavía con ciertos informes de gobierno en los que con dinero ajeno se eyaculan cápsulas, jingles, ediciones, presentaciones multimedia, inserciones pagadas en los periódicos y etcétera, boberías que nadie o casi nadie atiende y que sólo ordeñan presupuestos sin necesidad, dado que un puñado de cuartillas bien argolladas sería harto suficiente.
Ese hubiera sido, precisamente, el austero método que debió usar el Icocult saliente, y no el desatino de editar un libro fútil y ostentoso, tan caro como prescindible. Por mi trabajo literario y mi cercanía con algunos escritores de La Laguna, fui enlace con el Icocult para que allá, en este 2005, salieran tres o cuatro libros que seguramente hubieran enriquecido las colecciones configuradas durante el sexenio. Sólo uno logró ser publicado (Con las piernas ligeramente separadas, de Daniel Herrera); los demás se quedaron en el refrigerador “por falta de presupuesto”, y no dudo que otros autores de Monclava, Saltillo, Piedras Negras y demás ciudades coahuilenses padecieran la misma respuesta: en 2005 ya no hay dinero para poemarios, para cuentarios, para ensayos, para obras de teatro, para revistas, se acabó la plata. Y sí, creí ese argumento, pero apenas arribamos al ocaso del Icocult en el martinato y la sorpresa, como naipe jalado por la mano de un borracho, emergió de la tramposa manga: nuestra dependencia encargada de la cultura mandó cocinar un informe obscenamente editado, tan sultanesco que hasta nos obsequia un grabado original (horrendamente impreso, por cierto) entre las páginas 48 y 49.
No era necesario, insisto. Rosa del Tepeyac tal vez fue mal aconsejada, pues en ese mamarracho despilfarró recursos públicos que hubieran servido para mejores causas y se despidió con una triste evidencia de que las tentaciones del monumentalismo inane pueden tocar a todas las instancias, incluidas las culturales que son siempre las menos favorecidas, supuestamente, por las tajadas del erario.
Es de esperar el mismo, o peor despilfarro, en el gobierno actual, aunque nada me gustaría más, por el bien de la entidad, que equivocarme. Pero como dice Ricardo Alemán: “Al tiempo”.
16/12/05
Buen aval de Buenaval
Buenaval, nueva revista de la Universidad Iberoamericana Laguna, nace con un buen, con un extraordinario aval: el que le dan seis doctores (doctores en tanto doctorados, no en tanto médicos) de diferentes disciplinas. Con ese espaldarazo se cumple el primer propósito de esta flamante publicación: servir de foro a los resultados de la investigación que se desarrolla en la Iberoamericana, investigación que tiene un enfático interés por lo lagunero. Con Buenaval, pues, la UIA tiene ya cinco revistas en circulación, todas con diferente cometido: dos virtuales (Mediática y El Mensajero) y tres en soporte físico/virtual: Vínculos, Acequias y la que ahora nos ocupa.
Esta preocupación por la palabra debe de ser una de las prioridades de toda universidad a la que tal jerarquía no le quede grande. Si la universidad no crea, no investiga y no critica, ¿quién entonces lo hará? ¿Los clubes deportivos? ¿El departamento de policía y tránsito? Por supuesto que hay otras instancias también relacionadas con esos tres quehaceres (los centros culturales, el periodismo, cierta industria que en el campo experimental investiga para descubrir nuevos medicamentos, por ejemplo), pero la universidad es, o se supone que es, incluso por antonomasia, la vanguardia de esas actividades, de ahí la necesidad de volcar por escrito, indefectiblemente, toda labor creativa, investigativa y crítica. Cuando eso no ocurre la universidad se convierte, a lo mucho, en maquiladora de técnicos especializados, en guardería para adultos incapaces de gestar conocimiento propio, en tituladora exprés.
El número 1 de esta “Revista de investigación social”, como anota su cintillo, abre con un editorial del director-editor, Édgar Salinas Uribe, quien sintéticamente señala que Buenaval aparece con muy concretas intenciones: “promover el conocimiento de la realidad regional mediante la difusión de investigaciones sociales de alta pertinencia social, fomentar la investigación que se realiza en la Universidad Iberoamericana Laguna; fomentar la investigación en torno a las dinámicas regionales, principalmente de los estados de Coahuila y Durango; propiciar una discusión fundamentada de los procesos locales, y difundir artículos que ofrezcan nuevas perspectivas para la comprensión de los procesos locales y regionales”.
Estas tareas se inscriben, complementa Salina Uribe, “en una comprometida investigación de la realidad”, por lo que “resulta fundamental no sólo la producción de conocimiento, que constituye uno de los fines centrales de una genuina gestión universitaria, sino la divulgación del mismo, integrando las tres funciones universitarias fundamentales: docencia, investigación y difusión”.
Un detalle digno de resaltamiento es el nombre de la publicación: Buenaval se llama así a propuesta del historiador Sergio Antonio Corona Páez, quien destacó la conveniencia histórica regional de ése que fue el nombre original —usado todavía por algunos lugareños— del río Aguanaval, “una de las dos corrientes que han fertilizado por siglos los campos laguneros”.
El primer número de Buenaval contiene tres trabajos de investigación generados por sendos académicos de la UIA. El primero, titulado “La Laguna en el siglo XVIII. Toponimia, cartografía e identidad”, se debe al trabajo del doctor Corona Páez. El segundo es “Gobernabilidad y pobreza en Torreón: un acercamiento crítico”, del maestro Édgar Salinas Uribe; cierra “Internet desde la visión de los jóvenes”, de la doctora Blanca Chong.
Al principio aludí a los doctores que conforman el consejo editorial de la revista. No es ocioso subrayar que una publicación de esta naturaleza requiere un cuerpo autorizado de científicos que con las mejores calificaciones curriculares sustenten la calidad de los trabajos acogidos. Ellos son David Velasco Yáñez, Enrique Luengo, Ignacio Román Morales, Martín López Calva, Silvia Bolos Jacob y Sergio Antonio Corona.
Al cierre de este 2005, en suma, la propuesta editorial de la UIA Laguna se amplía con Buenaval. Trabajo en esta institución, soy parte de su consejo editorial general y sé de las implicaciones y los méritos que tiene toda publicación. Por eso no me canso ni me cansaré de insistir que la universidad, cualquiera, que no dé a la estampa libros y revistas académicos es una institución que quedará a deber. Los libros y las revistas de la Iberoamericana en 2005 están allí, a la vista de todos (http://sitio.lag.uia.mx/publico/uia_laguna.htm), y en su producción mucho tuvieron que ver Cristina Solórzano y Mariana Ramírez, dedicatarias obligadas de este breve pero sincero reconocimiento a sus labores.
Buenaval será presentada hoy a las 12:00 en el Auditorio San Ignacio de la UIA Laguna. Edificio F. Entrada libre.
14/12/05
Admirable Lemebel
Nada, ningún libro de Pedro Lemebel puede ser hallado en La Laguna. Tuve que esperar un año para que algún amigo cercano viajara a Chile y me trajera un libro más de aquel autor insólito en las letras latinoamericanas. El amigo cercano fue mi alumno Diego Iván Pérez, quien a finales de noviembre estuvo en Santiago y allí detectó el encargo que le hice: Tengo miedo torero, la primera novela del cronista Lemebel.
Supe de este autor gracias a Juan Pablo Neyret, quien no sólo me lo mencionó insistentes veces en nuestras conversaciones argentinas, sino que una y otra vez dejaba caer el apellido “Lemebel” en nuestra charla emílica. Tanta y tan profunda es la admiración de Neyret por el chileno que hasta a propuesta mía le publicamos un ensayo sobre el tema en Acequias, revista de la UIA Laguna. Neyret, lo cito abreviadamente, dice allí de este escritor gay que es “uno de los mejores prosistas contemporáneos de la lengua castellana. Lengua que él le saca al idioma, lengua que retuerce y que menea obsceno desde su condición de roto, marica, izquierdista, antipinochetista...”. Todo eso, las charlas y el ensayo, me obligaron a encender la linterna para buscar lo que fuera de Lemebel. En mayo encontré Loco afán. Crónicas de sidario, volumen publicado por Anagrama. No pensaba que los elogios fueran para tanto, pero mi primera reacción resultó similar a la que puede tener un adolescente cuando le compran la motocicleta de sus sueños: me invadió la alegría de recorrer las pistas de la literatura en un par de llantas nuevas, en una prosa que fluía barroca, desenfadada y al alimón comprometida, hiriente y tierna a la vez, cínica y grave en todo renglón. Entendí así, de golpe, el merecido éxito de Lemebel, su gran cauda de lectores, el nervio electrizante de su palabra.
Cierto: leí sus crónicas y me dejaron hundido en la fascinación, pero yo esperaba la novela. Así, varios meses luego, Tengo mido torero me cayó en las palmas y la insumí de tres fumadas, casi ajeno al respiro y al alimento. ¿Y qué hechiza de Lemebel en Tengo miedo torero? La respuesta es tan simple como vaga: todo, hasta sus muy humanas imperfecciones. El chileno encontró en este relato el tono perfecto para narrar la emotiva historia de la Loca del Frente, un joto que, como dice la contratapa, “sin saber sabiendo” ayuda en 1986 a una escuadra de guerrilleros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Fue tal el impacto que me causó el ingreso al libro que durante las primeras cuarenta páginas no reparé en tomar una sola nota ni en hacer un solo subrayado. Nada. La narración se dejó venir como avalancha hacia mis ojos y entré en la vida de esa loca con una facilidad sólo comparable a la del polluelo que ingresa feliz a la jaula donde ve arrocitos.
Básicamente, la novela de Lemebel presenta cuatro personajes: la Loca del Frente, Carlos —el joven universitario que milita con ese seudónimo en el FPMR—, el tirano chileno por antonomasia y su incallable y estólida esposa. Con esos protagonistas, y con el Chile de la monstruosidad pinochetista, el autor de Tengo miedo torero arma un fresco que va más allá, infinitamente más allá, de la mera anécdota: el país narrado es un país preso por el dolor que le inflige diariamente, desde el 11 de septiembre de 1973, esa bestia irrefrenable apellidada Pinochet Ugarte. A través de la loca enamorada de un Carlos frentista que sólo le corresponde con miraditas y fugaces abrazos, entramos en la preparación del atentado que en septiembre del 86 organizó el FPMR contra el déspota. El resultado ya lo sabemos: Pinochet salvó el cochino pellejo pero en el mundo, y sobre todo en Chile, quedó la marca del odio que la libertad y la justicia le profesaban, le profesan, a ese extraordinario criminal, a ese record man de la muerte.
No era para menos. Desde el golpe contra Allende el tirano y sus secuaces inundaron de cadáveres el suelo chileno e incluso cometieron atrocidades fuera del país, como el asesinato, perpetrado hacia 1976, de Orlando Letelier en Washington. Chile fue durante esos años de tiniebla un gran campo de concentración, un imperio de pánico que tuvo su mayor emblema en la horrendamente célebre Villa Grimaldi, fábrica de tortura que las 24 del día no dejaba de producir brutalidad. Allí, los esbirros del gorila aplicaban toda suerte de vejámenes: abusos sexuales, amedrentamiento a familiares, apaleos, aplicación de alcohol y corrientes eléctricas a las heridas producidas por la tortura, aplicación de electricidad con picana en diversas partes del cuerpo, arrancamiento de uñas, cejas, pelo y otras partes del cuerpo, arrojamiento de excrementos e inmundicias y un etcétera aterrador y kilométrico.
En esa porquería de régimen vive la Loca del Frente, quien sin hacer preguntas asila en su pintoresco hogar a los jóvenes del FPMR para que allí, en voz baja durante toda la novela, organicen el ataque contra el generalote. Mientras eso ocurre, el marica sigue ensimismado en su mundo de boleros radiofónicos (muchos de ellos mexicanos, por cierto), en sus bordados de sábanas para vender, en su enculamiento platónico de Carlos. La historia no se derrumba en el chantaje de crear una heroicidad apócrifa para la Loca. Su heroicidad radica precisamente en no ser heroica, en ser una mariposa ordinaria y enamorada, sin estudios ni deseos de luchar más allá de lo que garantice su supervivencia. He ahí parte de la genialidad en este relato: si un ser convencional, adrede marcado por un pasado cuasilumpen, cursi y apolítico es capaz de sentir rabia ante la barbarie de los milicos, en qué condiciones podemos imaginar que estaba Chile. La Loca entonces es solidaria aunque no lo apetezca, es sensible ante el horror padecido por su pueblo y jamás usa su condición de gay para decirnos que “hasta él” es capaz de aborrecer al régimen, lo que le da a Tengo miedo torero un aroma profundo de autenticidad.
Aunque a veces no se note, el aire irrespirable e invasivo del ultraje cubre todos los espacios de la novela. Esa opresión es contada por medio de una prosa que al mismo tiempo nos hechiza y nos golpea con su candente novedad. Cuando parece que el español ha dado todo su jugo a punta de exprimidas y exprimidas, Lemebel le extrae resonancias inéditas, ritmos que son como piruetas barrocas inencontrables en otras páginas. Hay en Lemebel, como escribió el también chileno Bolaño sobre Horacio Castellanos Moya, una “voluntad de estilo” insólita, o una preocupación por crear un extraño y deslumbrante “sistema de metáforas”, como dijo Paz sobre Lezama.
Neyret apunta con tino que el de Lemebel “Es un barroco de acá, del Sur, barroco de barro arrastrado por el río Mapocho. Se trata, en principio, de la emergencia (en el doble sentido del término) de la escritura homosexual, siempre bord(e)ando el kitsch pero, y eso es lo que lo diferencia de aquella oscilación entre el ‘talento’ y la ‘vulgaridad’, con conciencia del artificio. Lo que parece fluir como la conversación de una pajarraca parlanchina (para usar comparaciones lemebelianas) es en realidad un apretado trabajo de redacción y, más aún, de corrección, que no deja palabra ni puntuación libradas al azar. La alternancia entre el género femenino y masculino al momento de referirse a la Loca del Frente, la interminable cadena de sinónimos que se utilizan para nombrarla, dan cuenta de un estilo envidiablemente encabalgado entre la espontaneidad y la elaboración, ya conocido en las crónicas, pero al que quien lee debe habituarse a lo largo de páginas y páginas, y cuando se vence el recelo inicial —que lo hay—, la prosa se desliza, Cortázar dixit, ‘como un río de serpientes’”. Yo agregaría que en términos formales, y alguna vez trataré de comentarlo más a fondo, el adjetivo lemebeliano es la joya de su barroquismo.
Ahora que el genocida hijo de perra sigue en la tormenta de la expectativa para que pague con algo la prolongada noche de su crimen, haber leído Tengo miedo torero es uno de los ejercicios más estimulantes que pude tener al cierre de 2005. Es un orgullo haber convivido con estas páginas del admirable Lemebel.
En la primera plana de La Opinión apareció ayer una nota sobre la delincuencia policiaca de Gómez Palacio, lo que nos exhibió en la tv de todo México; un “paisano” dijo a Fox que cierto mañoso poli le propinó una internacional mordida de 300 dólares. En mayo escribí esto: “Si decide hacer una visita nocturna a la ciudad de Gómez Palacio (reputada como urbe propicia a la relajación) es necesario que separe, como gasto inevitable, cien pesos en dos billetes de cincuenta, dado que si bebe o si no bebe, si se pasa un alto o lo respeta, de todos modos lo detendrá la policía siempre al acecho. El caso es que algo inventarán para amenazarlo con retener el coche, así que es necesario parlamentar civilizadamente. Quince minutos de negociación (o menos): cincuenta pesos; de quince a treinta minutos: cien pesos”. Parafraseo pues al Gálvez Narro de ayer: ¡Viva Gómez Palacio!
11/12/05
Lennon según Raymundo Tuda
Es 8 de diciembre de 2005, estoy parado exactamente —o sea ayer jueves— en el 25 aniversario de la tragedia sufrida por John Winston Lennon. Para mí ese dato es apabullante, pues recuerdo a la perfección, como si hubiera ocurrido hace una semana, la cobertura noticiosa, la pena mundial por el asesinato del ex beatle. Cómo voló un cuarto de siglo. No olvido incluso que tuve una T-shirt —que unté a mi pellejo, heroica y transparentemente, durante casi diez años— con la efigie de Lennon y las dos fechas más importantes de su vida: 1940-1980. La noticia del atentado corrió por el planeta a velocidades internéticas: el 8 de diciembre de 1980 un orate llamado Mark David Chapman le disparó cinco balazos y lo dejó tendido en las puertas del Dakota, edificio de Nueva York donde Lennon residía. Desde entonces, el 8 de diciembre es para muchos un día significativo, un hito en la historia del pop mundial, y en los hechos no ha pasado año sin que los medios reiteren la muerte del compositor.
Uno de sus más tenaces admiradores laguneros es mi amigo Raymundo Tuda Rivas, quien nació en 1962. Desde hace más de dos décadas se dedica a la producción de tele y es conocedor profundo y reflexivo, no villamelón, del rock que marcó huella en los sesenta y setenta, Tuda es, lo sabemos aquellos que frecuentamos su conversación, un experto en Jagger, Dylan, Lennon y Morrison. Fuera de esos cuatro imprescindibles, para él casi todo lo demás es Cuautitlán. Así pues, no se me ocurrió mejor forma de atravesar la efemérides que con una entrevista a mi dilecto compañero de café, política y cerveza.
¿Qué significado tuvo la obra de Lennon para tu generación?
Un despertar a la rebeldía social, religiosa e individual. En mi adolescencia era tan fuerte su imagen que nos alcanzó aún fuera de su tiempo real como beatle. John Lennon es parte de la intelectualidad que parcialmente puede haber tenido mi generación.
¿En qué crees que radiquen sus virtudes como letrista?
No solamente tenía virtudes poéticas; él refutó el utilitarismo que había infectado a la música y lo convirtió en una filosofía para la juventud; como decía Marx: bajar la filosofía al pueblo. En su letra no olvida acontecimiento alguno que afectara a su generación en el sentido de hundirla en el anonimato masivo y el pensamiento burro de los jóvenes de aquel tiempo, lo que sí reflejan las letras de Paul McCartney.
Siempre se ha discutido quién era mejor: Lennon o McCartney. ¿Para ti cuál de los dos fue el integrante más emblemático del grupo y por qué?
Sin duda John Lennon. Los Beatles sin John Lennon hubieran sido el fantasma Creedence que hoy recorre lastimero al mundo sin John Fogerty, incapaces de recrear “Te puse un hechizo” o “El día nunca vendrá”. Hubieran sido como Los Doors sin el poeta James Douglas Morrison: un trío que produjo solamente un estribillo para anuncios de insecticida. McCartney es soso y tonto en el contenido de sus composiciones. Mientras Lennon arremetía contra Nixon y el armamentismo, McCartney balbuceaba “El Tío Alberto” hablando de pintorescos capitanes y cabos que se divierten a la orilla de un lago. Los Beatles, al ser históricamente rebeldía pura fluyen más de Lennon que de McCartney. Lennon es el Che Guevara; McCartney, el Niño Verde. Lennon es Gardel; McCartney, Luis Miguel. Lennon es Silvio; McCartney, Christian Castro.
¿Cuál fue el aporte de Lennon a la cultura mundial?
La práctica de la resistencia civil activa y pacífica, más popular y difundida que la de líderes antecesores como Martin Luther King o Gandhi. El convertir al rock en un vehículo para difundir la inconformidad y posturas filosóficas que hicieran de la juventud mentes lúcidas y abiertas. Lennon contribuyó mucho a que se respetara la libertad de creencia religiosa.
¿El atentado no sirvió para beatificarlo en la cultura pop? ¿Qué hubiera sido de él si siguiera vivo?
Es difícil imaginar a John Lennon vivo, pues fuera de las exageraciones era un Osama Bin Laden de las palabras y la música. Seguramente hubiera seguido revolucionando en sus posturas filosóficas y políticas. Así lo demostró cuando probó el yoga, el gita, el budismo y luego ascendió y los descalificó en ese himno realista y estremecedor llamado “Dios”. Lennon es grande no por haber muerto asesinado. Es grande por su obra imperecedera y su huella en la continua transformación de la música pop.
A 25 años de su muerte, ¿qué lugar ocupa Lennon en el mundo del arte?
Indiscutiblemente un lugar relevante como transformador de la música. Me atrevería a decir que John Lennon y los Rolling Stones parieron al rock pesado. El primero con su discurso desestabilizador; los segundos con el sexo y el lado oscuro de la vida sobre el escenario y a través del mundo. Podríamos decir que su obra concluyó siendo realismo musical.
¿Qué crees que opinaría Lennon sobre Inglaterra y EUA si siguiera vivo?
Que ambos tienen por gobernantes a un par de mierdas. Me baso en la letra de Lennon en los tiempos de Nixon en donde arremete contra el mandatario por su genocidio en Vietnam a través de su clásica “Dame alguna verdad” en donde se refiere al presidente: “trickydicky-tu mamá me va a enjabonar la espalda con su bolsita de esperanzas”. Lennon era un pacifista, un estorbo para la economía de guerra, la industria armamentista cuyas acciones mercantiles salpican al propio Vaticano. En general, creo que Los Beatles fueron los cuatro integrantes de la banda. Sencillamente ubico a John Lennon como la esencia de lo que fue el cuarteto: la rebeldía. Y pienso que esto es fácil de constatar leyendo el contenido de las composiciones de los cuatro músicos ya separados. El veredicto es irrefutable: Lennon pensador, filósofo. McCartney golfista. Harrison hinduista. Ringo estrella de rock.
9/12/05
Platillos históricos
Como sólo ocurre con el vestido y la vivienda, no hay necesidad humana que demande más urgente satisfacción que la del alimento. Pese a eso, la historia de la comida está a la fecha mucho menos estudiada y difundida que otros fenómenos, como las guerras o el arte. Nadie puede negar, sin embargo, el primado de la alimentación en la vida cotidiana del hombre, y poco a poco la nueva historia incorpora más y mejores estudios a esos amplísimos territorios de la existencia humana que durante siglos pasaron casi desapercibidos. A la alimentación le sucedió lo que al reloj de la sala: de tanto tenerlo allí, frente a la vista y evidente, se tornó invisible, y fue menester un esfuerzo de la conciencia para re-visualizarlo.
La historia de la alimentación en la Comarca Lagunera es una más entre las amplias zonas del pasado que desconocemos casi por completo. ¿Qué comían nuestros ancestros? ¿De dónde procedían las materias primas para confeccionar sus platillos? ¿Quiénes comían qué, cuándo y dónde? ¿Qué relación hay entre sus alimentos y la cultura en la que crecían? Hay demasiadas preguntas y pocos historiadores dispuestos no a hundir su mirada en el puro recuerdo, sino en los documentos, únicos testigos validados como buenos por la ciencia histórica.
A propósito de esto hace un par de semanas fui invitado al examen final de la materia “Historia, arte e identidad regional” impartida por el doctor Sergio Antonio Corona Páez en la UIA Laguna. El historiador y cronista de Torreón orientó a sus alumnos hacia un trabajo estrechamente vinculado con el buceo en fuentes primarias. El resultado de ese esfuerzo quedó plasmado no sólo en la localización de documentos reveladores, sino también en la organización de una especie de muestra gastronómica con platillos que se preparaban en La Laguna colonial.
El doctor Corona describe minuciosamente ese esfuerzo colectivo en “Los gastronautas”, web española que es una verdadera autoridad (un bufet) en temáticas relacionadas con el mundo culinario. Podemos leer el artículo que he mencionado en http://www.historiacocina.com/paises/articulos/mexico/parras.htm, pero aquí doy un aperitivo que muestra a las claras el valor de los archivos y la enorme cantidad de secretos que todavía alberga el pasado lagunero. Todo es cuestión de tener curiosidad, iniciativa y olfato deductivo. Este es pues un fragmento de “Repostería y cocteles de Parras en el siglo XVIII”:
“(…) ¿Cómo recuperar el arte culinario de una sociedad en una época dada si no se cuenta con recetarios? ¿Qué documentos pueden testimoniar el quehacer cotidiano o festivo de la culinaria del lugar, de la época y del estamento o clase?
En nuestro caso, hemos abordado fuentes de carácter contable, que no tenían como objetivo proporcionar recetas, sino dar cuenta de lo que se gastaba en el servicio de templos y cofradías, particularmente en los días de fiesta. (…)
Sabemos que entre las clases populares de las áreas rurales o suburbanas de la Comarca Lagunera del siglo XXI sobrevive la costumbre de elaborar los “roscos” como una especie de pan que se ofrece a los concurrentes de las celebraciones religiosas, particularmente de las danzas. Sabemos también que esta es una vieja tradición que se remonta a una fecha mucho muy anterior a la fundación de la ciudad de Torreón, que surgió como población apenas entre 1850 y 1855, y que no alcanzó el rango de villa sino hasta 1893, y de ciudad en 1907. Puesto que la migración regional (Parras, Viesca, Mapimí, Cuencamé) fue especialmente significativa en los primeros cuarenta años de vida de Torreón, podemos fácilmente establecer el vínculo cultural entre las celebraciones coloniales de Parras, de Viesca y las fiestas populares de Torreón o de sus alrededores. (…)
Imaginar una receta a partir de las menciones de compras y gastos que año con año documentaba una iglesia, parroquia o cofradía a través de sus mayordomos, no es tarea fácil. Hubo que documentar con fichas toda referencia a cada platillo, tal y como aparecía año tras año por un largo período. Así, sabemos que para el marquesote a veces se compraba harina y otras veces almidón, y también huevos, azúcar, manteca y papel para los moldes. Pero ¿se usaba harina integral o refinada blanca? Sabemos que la grasa que los comarcanos usaban en el siglo XVIII para la cocina era la manteca de puerco. Es decir, aunque obtengamos las proporciones de los ingredientes que cada receta requería —cosa que ciertamente hicimos— aún quedaba un cierto margen de incertidumbre”.
No me puedo extender más aquí, aunque lo apetezco. Sólo puedo añadir que en aquel artículo encontraremos luego la receta del “marquesote” y de los cocteles conocidos como “mistelas”, incluido el modo de prepararlos. Insisto que es un estupendo reporte de trabajo; los alumnos del doctor Corona aprendieron mucho sobre investigación histórica y sus comensales quedamos muy complacidos con la ingesta de aquellas delicias de La Laguna colonial. Ojo: la web muestra algunas fotos.
7/12/05
Habla Pitol, Premio Cervantes
Hace cuatro años entrevisté a Sergio Pitol,* reciente ganador del Premio Cervantes. Esto me respondió:
—Maestro, ¿cuáles fueron los primeros estímulos de su escritura? ¿Por qué comenzó a escribir?
—Yo fui un niño muy enfermo. Desde pequeño contraje una malaria consuntiva que es una forma de paludismo muy peligroso. Entonces, no tuve escolaridad regular. Atendía las tareas en mi casa. Aprendí idiomas, pasaba los exámenes al final de año. Aprendí a leer muy temprano. Aprendí las letras a una edad muy precoz. El mundo que se me hacía apetecible y gozoso era el de los libros. Yo era, además, huérfano de padre y madre, y mis tías y mis familiares me llevaban libros para la infancia, para la adolescencia.
Después de haber leído la literatura infantil y para adolescentes, llegó el momento en que me acerqué a la gran literatura novelística del siglo XIX, al grado de que cuando llegué a los doce años, yo ya había leído los seis volúmenes de La guerra y la paz de Tolstoi. Todo ese vivir en la fantasía hizo que mi infancia no fuera difícil ni desdichada. Por el contrario, fue una infancia llena de experiencias fantásticas. Cuando yo llegué a la adolescencia y recobré la salud, tenía mucha literatura consumida, muchas historias para contar y muy pronto supe que quería ser escritor. No sabía bien a bien cómo escribía uno, cuál había sido el procedimiento de los escritores de esos libros que había leído con deleite, pero tenía la idea de que yo iba a ser escritor.
En la primera juventud me apasioné del teatro. Veía y leía teatro y en ese tiempo creía que si iba a ser escritor sería dramaturgo. Empecé a hacer algunas cosas y nada me salía. Tenía algo para teatro y si lo hacía con diálogos teatrales me salía mal, forzado, y me disgustaba. Pensé en hacer las tramas primero, una especie de borrador con la trama de un drama o una comedia, lo que salera, y lo que resultaba era un cuento, un relato, y así comencé a escribir narrativa.
—Es fascinante escucharlo porque muchos jóvenes creen que el mundo está necesariamente afuera, nunca en los libros, siempre en la calle. Por supuesto, también los libros pueden ser un excelente condimento de la vida...
—Claro, y le dan a uno la posibilidad de conocer la historia, viajar por el tiempo, estar en las Guerras de Troya, en el mundo prehispánico y al mismo tiempo en el contemporáneo, en un lado y en otro. Los libros amplían la imaginación y potencian la vida.
—Usted ha alternado la literatura y la diplomacia. ¿En qué medida ayuda y en qué medida estorba a la literatura otra actividad?
—Yo llegué a la diplomacia ya tarde. Viajé mucho, creo que por compensación a los años de encierro. Cuando ya tuve salud viajé muchísimo: a Sudamérica, a Nueva York, por la República, siempre con medios mínimos, con carencias, de aventón, que en aquella época era muy seguro. Ahora nadie se atreve a levantar a una persona desde que empezó esto del narco y la inseguridad. En un momento me fui de México a hacer un viaje largo, de unos meses, a Europa, y me quedé veintitantos años porque; como sabía idiomas, me defendía con eso, haciendo traducciones a los turistas mexicanos o latinoamericanos. Luego empecé a traducir, di clases en Inglaterra, trabajé editorialmente en España pero, sobre todo, durante catorce años me mantuve con las traducciones y como con eso uno es dueño de su tiempo, no tiene jefe y sólo se necesita una máquina de escribir y unos diccionarios, me pasaba de un país a otro y fue una gran formación esa vida de free lancer. En una ocasión, después de catorce años de haber salido, me sondearon para ver si quería ser agregado cultural en Polonia, y acepté. Era por dos años pero me pasé quince en el servicio exterior. Ya tenía yo mucha cancha en esto de vivir en el extranjero, fui agregado cultural varios años, en varios países y terminé mi carrera como embajador en Checoslovaquia. En todos los viajes era libre. No adscrito a nadie. Cuando estuve en la vida diplomática recogí muchas historias, conocí muchas culturas, me entusiasmé por algunas literaturas como las centroeuropeas, las eslavas, la italiana, fui redondeando mi formación literaria, pictórica, musical, teatral y conociendo a mucha gente de distintas formas de ser, de distintos rangos, costumbres, religión, lengua, de distintos sistemas sociales. La vida diaria del diplomático lo pone a uno en un mundo muy diversificado porque siempre está tratando con gente de muchos países y no sólo de aquellos en los que está uno acreditado. Eso me enriqueció mucho.
—¿En qué medida le sirve a un escritor ser reconocido, recibir premios? Usted, en los últimos años, no se puede quejar...
—Los primeros veinte años no sabía ni siquiera cuándo iban a salir mis libros, me llegaban pocas notas, fui muy desconocido durante muchos años. Eso me hizo bien porque escribía por el placer de escribir, por el escape que me daba a muchas tensiones, a muchas pulsiones, a muchos conflictos. Todos estos los plasmaba en mis libros y jamás pensé en la gloria, sino en escribir bien y cada vez mejor. Los premios han sido muchos en estos últimos años y cada vez que me llegan me da gusto. Me han librado de muchos momentos difíciles, económicos. Pero no escribo para ganar premios porque mi literatura no es light, afín a las corrientes del momento, es muy mía y no quiero prescindir de eso.
—A propósito, ¿cómo escribe usted? ¿Usa computadora?
—Si fuera joven ahora y comenzara a escribir, comenzaría con la computadora. Tengo una computadora que me manejan unas personas aquí pero yo sigo escribiendo a pluma y paso mi primera versión en máquina, la corrijo y luego la voy pasando a un empleado mío para que la pase a computadora y luego la vuelvo a corregir. En las editoriales se han dado cuenta que si un escritor mayor escribe con computadora pierde mucha intensidad, mucha tensión. Los jóvenes no, porque están acostumbrados a escribir con otro tiempo. La escritura, decían los griegos, es una producción de la respiración, del neuma, uno va escribiendo al tono de su respiración y en la computadora eso se rompe. A los escritores mayores les dicen: “Ya no escriba en la computadora porque no es lo mismo”, y han vuelto a la máquina; otros sin embargo se han ahogado ya, se han destruido por tratar de ganar más dinero, de ser más rápidos.
—Una última pregunta. Usted es un amplio conocedor de literaturas extranjeras, pero quiero pedirle que nos destaque a tres autores mexicanos, ¿a quiénes elegiría y por qué?
—En primer lugar, a Juan Rulfo, por su originalidad, por su vigencia, porque va a las raíces de nuestro lenguaje y a las raíces casi de nuestra alma, de nuestro espíritu, de nuestro imaginario. Después a Manuel Payno, que nos da la sensación de historia, de dónde venimos, de dónde surgimos literariamente y nos presenta la conformación de la sociedad mexicana con un atractivo enorme. Y el tercero y cuarto pueden ser algunos poetas, López Velarde y Pellicer, sobre todo.
—Y de pasada, ¿algún ensayista?
—Alfonso Reyes, definitiva y absolutamente.
*Esta es la versión abreviada de una entrevista que publiqué en el periódico universitario A campus abierto (octubre de 2001). Dialogué con Sergio Pitol, ganador del Premio Cervantes 2005, vía telefónica Torreón-Xalapa. Omití en esta ocasión una parte de la entrevista y los datos biográficos introductorios.
4/12/05
Amor a México por el amor de Pedro Infante
No soy, y supongo que nunca lo seré, especialista en literatura chicana, pero cuando recibí la invitación para presentar Por el amor de Pedro Infante* ya tenía una mínima referencia sobre su autora. Ignoraba que estuviera traducida al español, pero en alguno de mis viajes a El Paso, precisamente en marzo de este año, leí en una revista ciertas palabras sobre Loving Pedro Infante, y ese título quedó atado a mi memoria; sabía que Chávez era autora de The Last of the Menu Girls y de Face of an Angel, otras dos novelas, del relato infantil The Woman who Know Language of the Animals y de una copiosa cantidad de obras teatrales. Meses después, Lourdes Pimentel me invitó a convivir con ustedes esta tarde y le dije “sí, algo he leído ya algo sobre Denise Chávez”, la narradora que hoy nos acompaña y que escribió una historia donde el famoso cantante mexicano resucita como fantasma inmarcesible.
Gracias a la labor de traducción emprendida por Ricardo Aguilar Melantzón y Beth Pollack, la palabra de Denise Chávez adquiere fuerza literaria en español y es evidente que lograrlo no fue fácil, dado el tono endiabladamente coloquial de este relato. No hay página donde no palpite el guiño popular, la palabra viva de la gente, el giro que permite oír los ecos de un mundo mestizo y en permanente dinamismo. Este es, de hecho, uno de los principales aciertos de la autora: su capacidad para trabajar con la arcilla de la expresión oral que se da en esa realidad hibrida, inasible, movediza de la frontera entre México y los Estados Unidos.
Por dos razones no quiero detenerme en el argumento de la novela, pues creo que es sencillo y sus lectores potenciales seguro lo asimilarán sin dificultades y gozarán con todas las increíbles y graciosas peripecias de Teresa Ávila, ayudante en la primaria de Cabritoville, Nuevo Mexico, y orgullosa secretaria del Club de Admiradores de Pedro Infante # 256. Me interesa más, en este primer ingreso a la novela, describir el contexto literario en el que fue escrita y los rasgos que la enraízan en la posmodernidad.
Como ya lo insinué, esta novela fue concebida en el ambiente híbrido de la frontera. Aunque la conozca poco, sé que es una zona del mundo que obliga a reflexionar permanentemente en la identidad. ¿Qué son los chicanos? Tal pregunta late en toda obra escrita por quienes fueron amamantados en esa cultura. La pregunta está allí, siempre, y nunca es contestada a cabalidad, pero eso no quiere decir que, así sea veladamente, escritores y escritoras traten de responderla. Por lo que se ve, para Denise Chávez la cultura mexicana goza de plena salud, zumba en el sur de los Estados Unidos, y es tan fuerte que parece absurdo meterla debajo de la alfombra, ocultarla. Por eso sus personajes, con Tere Ávila a la cabeza, no dejan de parecernos cercanos, inmediatos, como si en realidad estuvieran de este lado de la línea y no del otro. Quizá el gesto más mexicano de esta novela escrita en un registro “amargo y dulzón”, como decía Lara, es su capacidad para encontrar fiesta en la monotonía de la vida cabritovillense. ¿Y no es ésa, acaso, una de las características más salientes del mexicano estándar? ¿No encontramos los mexicanos, estemos donde estemos, tengamos lo que tengamos (o, mejor dicho, “téngamos lo que téngamos”), una relación de amor eterno, como dice Juan Gabriel, con el relajo? En respuesta al tono solemne y cuadriculado de la vida gringa, los mexicoamericanos que habitan Por el amor de Pedro Infante se las ingenian para meter pachanga en cualquier parte, para vivir sus apasionamientos a fondo, hasta la otra orilla del río, incluido el apasionamiento vinculado al culto por el actor y cantante sinaloense.
Entre muchos otros, uno de los ingredientes más visibles del influjo que la posmodernidad infunde en la literatura es la feliz conciliación entre lo culto y lo popular. Antes, en la modernidad, eso no era posible, de suerte que los productos artísticos eran descalificados de golpe cuando incorporaban lo popular, y aun lo populachero, a sus formas; en ese sentido, la imágenes de Andy Warhol —Marilyn, Elvis, la sopa Campbells— fueron las de un visionario. La posmodernidad abrió entonces las dos hojas de la puerta al pop, y es así que hoy ya no advertimos ese elemento en obras como Por amor a Pedro Infante. Creo que lo posmoderno está no sólo en el título, sino en el hecho de que en la misma novela haya un club de fans dedicado a la idolatría del supermacho fílmico y a toda la parafernalia de marcas, huellas, signos que arraigan a esta novela en la ordinariedad de la vida. Eso es exactamente lo que persuade al lector: que los personajes habiten un mundo sin sofisticaciones, sin cultismos engolados. Denise Chávez hundió sus manos en la realidad inmediata y no tuvo miedo de mostrarnos, con humor interminable, al México que no es México pero que, lo quiera o no, sigue siendo México, aquel que está en el corazón de quienes por los accidentes de la migración ya están del otro lado, pero que conservan todo tipo de amores por su tierra original, todo tipo de amores como el que, no tan simbólicamente, le dedican los mexicanos al inmortal intérprete de “Amorcito corazón” en Nosotros los pobres (y no olvido aquí el silbido coqueto de La Chorreada Blanca Estela Pavón, que es el silbidito coqueto de todas las miles de chorreadas que, como Tere Ávila, lo aman todavía).
*Texto preparado para la presentación de Por el amor de Pedro Infante celebrada el 1 de diciembre de 2005 en Ciudad Lerdo, Durango. Esta presentación fue parte del homenaje que este año se le rinde, en el primer centenario de su nacimiento, al profesor José Santos Valdés García.
2/12/05
Gritos y murmullos en torno a Rulfo
No me queda todavía claro el saldo que dejará la polémica más ardiente que se ha dado, creo, en la breve historia de las Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Como sabemos, la familia de Juan Rulfo, encabezada por su esposa, la señora Clara Aparicio, se molestó por el uso que según todos los Rulfo están dando los organizadores de la feria a la imagen y al nombre del ilustre escritor. Sumado a esto, los herederos de los bienes y la memoria de quien escribió Pedro Páramo sufrieron un rato muy desagradable, cuentan los cables, cuando conocieron las primeras e “injuriosas” declaraciones del escritor hispanomexicano Tomás Segovia, ganador este año del premio Juan Rulfo otorgado en los festejos de la FIL.
Las palabras del poeta galardonado fueron estas, dichas en una llamada telefónica que le hicieran inmediatamente después de que los organizadores lo designaron merecedor del reconocimiento: “Ya te imaginarás la respuesta básica, al recibir el Rulfo, que es uno de los novelistas y cuentistas más grandes del mundo, pero también te contestaré de modo anecdótico: yo tuve la beca del Centro Nacional de Escritores al año siguiente de que Rulfo la tuviera; ya lo conocía de vista pero en una ocasión él hizo una lectura de las primeras versiones de Pedro Páramo, que entonces se llamaba Los murmullos. Para entonces tenía una idea vaga de quién era Rulfo, leerlo me quedé deslumbrado. Además siempre he pensado que él es un tipo de escritor muy peculiar, creo que es el tipo de escritor que tiene el puro don, es decir, es un escritor misterioso, nadie sabe por qué Rulfo tenía ese talento, porque en otros escritores uno puede rastrear el trabajo, la cultura, las influencias, incluso la biografía, pero Rulfo es un puro milagro, nadie sabe por qué tiene ese talento. No tuvo una vida muy deslumbrante, no fue un gran estudioso ni un gran conocedor, él simplemente nació con el don”.
Ignoro qué tipo de enjuagues políticos o comerciales han hecho los organizadores de la FIL para manipular el premio, para favorecer ciertos intereses innombrables y con ello vejar el nombre de Rulfo. Seguramente algo hay de eso, pues en nuestro país no parece haber ningún proyecto, ni cultural, ni deportivo, ni altruista, ni de cualquier otra índole que no sea maculado alguna vez, o siempre, por las garras asquerosas del interés político o venal. Bastaría de ejemplo lo que ocurre en el deporte olímpico, espacio dictatorialmente mercantilizado (¿mercenarizado?) por las más voraces fauces que uno pueda imaginar, cuando lo que se supone es que debería servir para apoyar a los mejores atletas mexicanos.
Con la cultura, pues, no espero que ocurra lo contrario. Esta área de la actividad humana se ha convertido en coto de caza donde hombres e instituciones hacen de las suyas para ganar posiciones políticas y, tras ello, dinero. Pero en fin, los comunicados de la familia Rulfo no dejan ver totalmente nítidos, con ejemplos, los usos distorsionados, si los hay, que han hecho las autoridades de la FIL con respecto del premio más importante entregado durante esta feria monstruo. Lo que sí es discutible, al menos para mí, es el espíritu de las palabras pronunciadas por Segovia sobre la figura de Rulfo. Primero, un par de precisiones: según los cables, las palabras del poeta galardonado fueron enunciadas en la llamada telefónica que le hicieron inmediatamente después de distinguirlo con el premio. Segovia estaba, entonces, sorprendido, acaso feliz, y dudo que en ese momento a alguien se le hubiera ocurrido cometer una falta de urbanidad del tamaño que le achacan. Puede ser, pero me parece muy atrevido asegurarlo.
Si releemos las palabras advertiremos que en ellas queda expresado lo que, en todo caso, es uno de los lugares comunes más socorrido cuando se opina sobre Rulfo: era un escritor intuitivo, no sabía exactamente lo que hacía cuando escribió Pedro Páramo, dio los palos de ciego más memorables que recuerden los anales de la literatura mexicana, etcétera. Como se sabe, Rulfo podía serlo todo, menos un ignorante; entre quienes lo trataron era bien conocido su amplio conocimiento literario, así que de ingenuo no tuvo un pelo. Lo que ocurre más bien es que nadie, ni aquí ni en otra parte, había logrado tanto éxito con tan poca obra, y eso causa la impresión de que fue una casualidad, un chispazo, una chiripada, como decimos. No lo creo. Fue, eso sí, la reconcentrada muestra del gran talento que Rulfo tenía, un talento natural, refinado hasta la transparencia, más malicioso de lo que uno podía suponer en ese tímido provinciano extraviado en el Distrito Federal. El talento y la preparación estaban allí, pero sólo se manifestaron dos o tres veces, y luego se acogieron al silencio.
El don de Rulfo, en suma, no sirvió para ser dilapidado. Nos dio lo que era él en dos obras. Eso le bastó para evidenciar su mayúsculo talento y para sobrevivir a las modas y los años. Por todo eso pienso que no hay “agravios” en Segovia. En todo caso se trata del lugar común más eficaz cuando tratamos de explicarnos, a pregunta repentina, el extraño genio del maestro jaliciense.
30/11/05
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