El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

 

Gerardo García, PhD

El pasado viernes 22 de abril, en el edificio de Lenguas de la Arizona State University, el torreonense Garardo García Muñoz disertó para obtener su grado de doctor en literatura. Tuve la suerte de compartir con este lagunero no sólo su prueba final, sino también un espacio académico donde conferencié sobre literatura mexicana. Como sabemos, el interés por estos asuntos es grande en las universidades de los Estados Unidos, y puedo asegurar que La Laguna, representada por Gerardo García en la ASU, hizo un papel muy relevante, un aporte significativo al conocimiento de la literatura mexicana. Nacido en Torreón, Coahuila, en 1959, este académico es ingeniero por el Tec de La Laguna, institución donde también hizo su primera maestría. Asombrosamente, de las ciencias duras saltó a las humanidades y hacia finales de los noventa decidió emprender el mayúsculo proyecto de cursar su maestría y su doctorado en los Estados Unidos. De esa forma, ingresó primero a la Universidad de Nuevo México en Las Cruces y después a la Arizona State Univeristy, escuela de la que recién acaba de egresar con su flamante título de doctor.

Su tesis es un largo y minucioso estudio sobre la literatura policiaca mexicana. Seguro de que la crítica no había ahondado en este tema, García Muñoz dedicó cuatro años de investigación a dicho tópico y logró configurar un estudio novedoso e iluminador. Su disertación fijó el interés en la obra de quienes quizá son los cuatro autores más relevantes del policial mexicano: Rodolfo Usigli (Ensayo de un crimen), Rafael Bernal (El complot mongol), Paco Ignacio Taibo II (Días de combate) y Sergio Pitol (El desfile del amor). Lo interesante de la investigación es el énfasis que el nuevo doctor ha puesto en la relación que esas obras establecen con la historia de nuestro país, con la viscosa realidad que nos ha cabido en mala suerte.

Su estudio, pues, no se limita a escudriñar los valores estrictamente literarios del policial mexicano, y extiende sus afanes a la esfera, sobre todo, de lo político. Para eso, Gerardo García vincula al género de lo policial con teóricos como Jameson y con analistas, en el caso mexicano, de Daniel Cosío Villegas. De esa forma, el resultado es una tesis donde demuestra que este género, el policial, comúnmente minusvalorado por la crítica, es tal vez el que más se presta para exhibir las heridas y los tumores de la realidad mexicana en la segunda mitad del siglo XX.

El examen de este lagunero fue dictaminado por la profesora argentina Cynthia Tompkins, por el doctor español Carlos García Fernández y por el connotado profesor norteamericano David Foster, quienes aprobaron por unanimidad el trabajo de García Muñoz.

Me da gusto pensar que, así sea a vuelta de rueda, la literatura lagunera sigue avanzando en todos los sentidos. Unos publican libros, otros ganan premios y becas, otros editan, algunos más dan clases en instituciones de prestigio, y algunos pocos, como mi amigo Gerardo García Muñoz, investigan y obtienen doctorados que le dan a nuestra región amplias razones para sentir orgullo. Después de todo, no sólo para el comercio, la agricultura y el futbol salimos buenos. También en la literatura seguimos avanzando. [email protected].

24/4/05

 

Pasarela hacia el 2006

Cada vez son más visibles los rostros de quienes aspiran a la presidencia de la república hoy acéfala. No hay mucho, casi nada, de dónde escoger, y por tal razón debemos apretar lo más que se pueda la criba de nuestras simpatías electorales, eso para que México no se equivoque como lo hizo en 2000. Sé bien que el ejercicio de selección debe basarse no tanto en las personas, sino en los partidos y en sus proyectos de nación, pero de unos años a la fecha la caudillización mediática no permite reflexionar en las plataformas ideológicas y el voto sólo es ejercido en función del candidato y su carisma artístico. Se llega al extremo, incluso, de votar por el aspecto físico, por el corte de pelo, por la nobleza de la mirada, por la derechura de los dientes, por el tono de voz. Propongo pues mi lista de caras —todavía no desaforadas— para el 2006.

         Francisco Barrio Terrazas. Norteño hasta para agarrar la cuchara, el ex gobernador de Chihuahua va muy atrás en la carrera, pero no deja de soñar. Transmite tanta firmeza y solidez que en su rostro no deja de asomar algún rasgo inevitable de Plutarco Elías Calles. Le hizo mucho daño, paradójicamente, la intervención quirúrgica que con recursos públicos se despachó en Houston, además de su opaca labor como zar anticorrupción del actual régimen. Sin ser torpe, su retórica no es precisamente ciceroniana.

         Felipe Calderón. Michoacano hábil, lenguaraz, experimentado pese a su juventud, escurridizo como anguila, tiene callo en batallas partidistas, electorales y parlamentarias. Como funcionario público apenas tuvo un rato (además de Banobras) la cartera de Energía en este sexenio, pero su paso fue gris pues operó más con la idea de ser candidato que con la de servir en el sector público. Su voz medio llorona lo hace muy poco persuasivo, aunque la forma de su discurso oral no es atropellada.

         Santiago Creel. De apariencia fresa, siempre con barba de tres días estilo ‘Creel’ Eastwood en ‘El bueno, el malo y el feo’, es el gallo de la gallinácea presidencia actual. De humor fallídísimo (más incluso que el de Zedillo, lo cual ya es mucho decir) y de retórica pedestre, el actual aviador de Gobernación tiene un perfil que no levanta ni con la gracia de Fox. Con Creel, el panismo quedará liquidado.

         Martha Sahagún. Su posible candidatura es una trama digna de Rocambole, Cachirulo o Jojojorge Falcón. Su único mérito es haber estado en el momento preciso, en el lugar preciso y con el mandilón preciso. No la imagino gritando en el zócalo “¡Vivan los héroez que noz dieron patria!”. Sólo el doctor Simi la rebasa en materia de chabacanería.

         Enrique Jackson. Tiene facha de duro, de firme, de retador. No vale la tinta extenderse en él, pues junto con los demás miembros del TUCOM (Todos Unidos Contra Madrazo) terminará configurando el TOBOZAM (Todos Boleándole los Zapatos a Madrazo).

         Roberto Madrazo. No irradia confianza ni para prestarle el bolígrafo. Astuto, mendaz, trapacero, experto en zancadillas y puñaladas, prendido con todos los molares a la ubre salinista, el ex gobernador de Tabasco no es un primor, sino el principal peligro del país. Si llega a la presidencia sería como meter a Herodes en una guardería del IMSS. Cuidado, pues, con él. Su voz ronca, aparentemente conciliadora y sosegada, es idéntica a la de Brando en El Padrino. Un animal político temible, en suma.

         Cuauhtémoc Cárdenas. Al interior de su partido goza todavía de mucho prestigio, pero el electorado vería su lanzamiento como poco atractivo, recurrente y aburrido. No tiene juanetes qué pisarle, y serviría sólo, aunque desinflado, como Plan B del perredismo. Su valor simbólico sería, en todo caso, un apoyo sustancial si López Obrador no es eliminado de la boleta.

         No hay mucho, concluyo, de dónde echar mano. La pasarela de candidatos sigue abierta. Pensemos. [email protected]

17/4/05

 

Tiempo cerdo

Diez minutos después de concluido el largo y ocioso debate en la cámara de diputados, el periodista Pepe Cárdenas entrevistó en Radio Fórmula al politólogo Leo Zuckermann, quien desde San Lázaro expresó sus primeros pareceres sobre esa truculenta maquinación parlamentaria. No quiero difamar a Zuckermann, porque no puedo citarlo textualmente, pero ofreció dos opiniones que en lo sustancial contienen lo siguiente: primero, que el jefe de gobierno desaprovechó su “oportunidad histórica” para hablar “como estadista” y, segundo, que al parecer, lamentablemente, no había tumultos en las calles aledañas a la cámara y todo parecía indicar que no ocurrió nada, que el discurso del zócalo nació muerto.

            Me extraña, primero, que analistas tan experimentados como Zuckermann se empeñen en percibir la realidad de manera ya no digamos torcida, sino ingenua. ¿Cómo se puede aspirar al estadismo cuando de lo que se trata es de defenderse ante una acusación especiosa y legaloide? Dado que el jueves 7 cualquier debate era innecesario y pantomímico, pues la decisión ya había sido tomada por quienes imponen la línea desde arriba, el jefe de gobierno evitó la tentación de apantallar como “estadista” y se limitó no a defenderse, sino a acusar a los operadores del drenaje profundo que desean anular su candidatura para la grande de 2006. Se refirió particularmente a Salinas (el verdadero jefe de todo el cártel) y a su patiño Vicente Fox, quien por cierto lleva más de cuatro años desaprovechando “oportunidades históricas” para lucir sus dotes de estadista y a lo mucho ha logrado ser lo que es, con creces: un mamarracho de presidente.

            El otro punto destacado por Zuckermann es el relacionado a la reacción popular ante la farsa desaforadora. Le extrañó al politólogo, casi con tristeza, que las calles circundantes a San Lázaro no se vieran agitadas, y con eso insinuó lo que todo analista insinúa cuando a fuerza quiere ver negro lo blanco y gordo lo delgado. ¿No escuchó la insistencia de evitar el desboramiento? ¿No anotó en su agenda de opiniones la reiterada petición de negarse a la violencia y de evitar provocaciones? ¿No sabe que el PRI y el PAN le apostaban a la violencia antidesafuerista para despertar de su sueño sexenal, con un beso en la mejilla, al viejo Frankenstein llamado “voto de miedo”? (Creel, en este sentido, la tenía ganada de todas todas para seguir simulado su condición de secretario presidenciable: “ya ven —dijo—, no pasó nada”. Si hubiera pasado algo hubiera afirmado “ya ven, son violentos”).

            En fin. Ante una situación política tan polarizada se polarizan también las opiniones periodísticas y por más que la realidad se empeñe en mostrar que lo acontecido el jueves 7 de abril fue una sesión de la cámara donde, sin escrúpulo, la histriónica y fallida gente de Beltrones, Castro Lozano y Chuayffet hizo pomada los tenues avances democráticos obtenidos hasta el miércoles 6, muchos de los que enjuician esos excrementicios hechos los considerarán actos ceñidos “con estricto apego a la ley y al estado de derecho”, o como desaprovechamientos de la “oportunidad histórica” o evidencias de poco impacto entre las masas.

            Falta mucho para que concluya la tragicomedia. No esperemos distendimiento, ya que ninguna de las partes aflojará a estas alturas de la pugna. Para los dos grupos en discordia es imposible hacer concesiones, pues se ha avanzado tanto en la confrontación que nadie podría ceder sin hacerse de pérdidas notables. Si la dupla PRI-PAN atenúa o abandona su obsesión aniquiladora, su contubernio será percibido como perdedor; si el acorralado PRD hace lo mismo, se asumirá como culpable de los cargos que mañosamente le imputan al jefe de gobierno del DF. Así que, con distintos escenarios, lo que veremos a partir de mañana será una enconada manifestación del salvaje retroceso político al que nos llevó la mano peluda de Salinas, la impericia guiñolesca de Fox, las ambiciones lelas de Creel, los anhelos doñaflorindos de Marta Sahagún, el apoyo a los de arriba mostrado por Mariano Azuela, la chueca actuación de la PGR, el servilismo de los diputados, la mezquina vocación de los capos empresariales y la tangible posibilidad de que un candidato no priísta ni panista se quede otra vez, como en el 88, con la presidencia de la república.

            Vienen tiempos aún más cerdos y enrarecidos. Hay que estar atentos para interpretarlos con mesura y suspicacia, más o menos como si ya hubiéramos aprendido de la historia, de la Decena Trágica pasando por Huitzilac, el 88, Lomas Taurinas y el abril de San Lázaro. [email protected]

10/4/05

 

Otro eructo de la historia

Piensan los confabulados: es mejor parar esto ahora, no cuando sea de veras indetenible. Como en años, como en sexenios anteriores, la más mínima contradicción al desvergonzado proyecto de país que han ideado los rufianes es aplastada de manera arbitraria, imbécil y dolorosa. No hay entonces nada nuevo en la resolución sobre el desafuero, pues la forma en la que operaron las fuerzas más siniestras del país deja ver que estamos ante el cíclico cuento del lobo que se traga a los corderos y al final eructa satisfecho, cínico, feliz y con un palillo de dientes sujeto en el hocico.

Basta hacer un poco de memoria. Ni siquiera es necesario remontarnos, como lo han hecho casi todos los articulistas y moneros, al porfirismo o al breve chacalato de Victoriano Huerta. La evidencia la tenemos aquí, a la espalda de los años que corren. En 1988 inicia la época —la mierda— de la que todavía no salimos. Es, con o sin Salinas en Los Pinos, una etapa prietísima de nuestra historia, pues durante estos años se enquistaron en el poder, acaudillados por el siniestro calvo de Agualeguas, lo pillos que todavía hoy lo detentan.

Desde el famoso robo del 88, cuando el secretario de gobernación y el presidente despojaron a México del candidato ganador, nuestro país baja en caída libre por el abismo de la antidemocracia ortodoxa. En aquella ocasión, con la vieja política de los hechos consumados (“Fusílalos y después veriguas”), los hampones tumbaron el sistema de cómputo y después, hipócritamente, veriguaron. Allí comenzó a cultivarse una nueva parcela de horror en la historia mexicana.

Luego, en 1994, en medio de muertes y más muertes, el presidente y su truculento asesor mandaron eliminar, el 23 de marzo, a una oveja negra que se había salido del corral y que se convirtió en presunta amenaza de los mezquinos intereses ya bien afincados en ese entonces. Colosio, quien consiguió muchos simpatizantes (yo no, debo aclarar), fue anulado bestialmente otra vez con la nada tierna política del ejecútalo y después veriguas.

Años después, a mediados del 2000, la bien orquestada maquinaria de un cambio cosmético llegó al poder. Desde el principio, los analistas escépticos, tildados en ese entonces de aguafiestas, señalaron que el sello en la grupa del foxismo estaba marcado a fuego por los dos regímenes anteriores, y que en esencia esa permuta escenográfica del Ejecutivo —“La Democracia” según los acólitos del cambio— no iba a traer más que las mismas políticas económicas, la misma corrupción, la misma injusticia y la misma pillería de cuello, sólo de cuello, blanco.

Cuatro años y medio ha sido suficiente lapso para demostrar que la continuidad, y no la ruptura, es el rasgo distintivo del régimen actual. Esto no ha traído una decepción popular tan ordinaria como la de sexenios anteriores, pues ahora los mexicanos esperaban más, muchísimo más que lo visto hasta hoy. Por eso el desaliento es mayúsculo, y por eso la tachuela ardiendo del PRD es el único asidero del que muchos sueñan agarrarse para no caer fulminados por la total desesperanza.

Lo que ha ocurrido con el caso del desafuero, entonces, no es otra cosa que la recurrente maniobra de una camarilla cada vez más experimentada en el uso del zarpazo como forma de la política y como garante de su inicuo poder. Nuestro pasado es cíclico. El lobo se ha cebado. Nuestra historia acaba de eructar. [email protected]

3/4/05

 

Genealogía de los verdes

Según datos de la revista Expansión (septiembre de 2004), el Partido Verde se llevó la delantera en gasto publicitario durante la campaña del 2003; así, de los 2,284.2 millones de pesos gastados ese año, “el 27.6% correspondió al PVEM, muy arriba de lo que gastaron PRI, PAN y PRD (18.7%, 16.5% y 11.7%, respectivamente)”. En este 2005, nuevamente, el negocio de Jorge Emilio González Martínez, el indescriptible Niño Verde, está dispuesto a erogar la millonada con tal de, como dicen los publicistas, “posicionar” otra vez al Verde Ecologista como opción política frente al proceso electoral del 2006.

         Sabe muy bien el chamaco chamaqueado que a buena parte del pueblo mexicano se le puede chamaquear impunemente por medio del bombardeo televisivo. Por eso, el changarro del Niño Verde ha madrugado en la pantalla casera con un discurso donde el chamaco de las alianzas siempre oportunistas aparece como promotor de salud y educación. No importa nunca el fondo, la mesiánica e idiota falacia que encierran sus palabras; lo fundamental es la forma, la presencia, la afirmación en el medio como mensaje en sí mismo.

Si el niño gandalla está allí, anunciándose en la tele cual santo de nuestra devoción, es precisa y cínicamente porque sigue vivo pese a los vendavales que lo han azotado en los meses recientes, sobre todo aquel en el que lo pillaron cuando se iba a ganar dos millones de dólares (el billete Verde que más le cuadra) por mover sus ecológicas y mercenarias palancas en Cancún.

         La figura de Jorge Emilio González Martínez, actual dueño del Partido Verde Ecologista Inc., es representativa en tanto sintetizadora de la nueva camada de politicastros que están naciendo en México. Antes (y sin irnos muy lejos, sólo a los ochenta) entendíamos al protagonista político de cualquier sigla como al animal que se forjaba en la batalla, al bicho que se hacía en los mítines, en los golpeteos intestinos, en el lento aprendizaje de la demagogia, en el ascenso fatigoso a la sombra de los viejos lobos, en la clandestinidad si se pertenecía a la oposición de izquierda, en la lectura de los mejores tratadistas, en la joda cotidiana.

         Hoy, por el contrario, los cientos de Niños Verdes que pululan en la pobre patria nacen con voracidad de escarabajos. Escudados en la embustera ecuación “juventud igual a ética o limpieza curricular”, aprenden pronto que la política es ahora un negocio, business en el que se invierte como si fuera una franquicia de hamburguesas. Todo es cuestión de conseguir un buen padrino (papá lo puede ser, llegado el caso) y de no tener pudor para balbucear en público; eso es todo. Si el asunto cuaja, se puede llegar a diputado, a alcalde, a senador —en franca contradicción de la etimología: senador=senil— antes de los 30 años, como el arquetípico Jorge Emilio González Martínez, el “duquecillo verde” a decir de Adolfo Aguilar Zínser.

         Antes el lugar común afirmaba que no se podía atravesar la juventud sin arrastrar en el camino algunas ideas de “rojillo revoltoso”, ideas que por cierto podían abandonarse con los años, pero que en buena parte de los casos dejaban un sedimento de ética y sensibilidad social. En estos tiempos los jóvenes (buenos cachorros de la perra neoliberal) ya abreviaron esa etapa, y los pocos que se interesan por la política, para desgracia del futuro, quieren ser Niños Verdes con todos los viajes, los dólares, las francachelas, los yates, las nenas y las impunidades que esto implica. [email protected]

27/3/05

 

Batallas contra el centralismo

Me he repetido en muchas ocasiones esta especie de aforismo: los laguneros somos provincianos por partida doble. Lo somos porque a cuentagotas nos llegan los beneficios, las tajadas presupuestales, del estado y de la federación, y porque en todos los campos de la vida debemos navegar —qué lindo empleo de este verbo náutico metido al lenguaje coloquial— el triple para obtener lo que en las capitales se consigue a veces hasta de gratis. Eso pasa, al menos, en el área de la literatura, y supongo que será lo mismo en cualquier otra actividad. Doy un ejemplo.

            Hace poco más de cuatro meses, el equivalente de la facultad de Letras de la Universidad de Texas en El Paso me invitó a participar en su décimo Congreso de Literatura Mexicana Contemporánea. Por supuesto accedí y estuve en el encuentro que se celebró del 3 al 5 de marzo en el Auditorio Tomás Rivera de la UTEP. Mis referencias sobre ese congreso no eran nuevas, pues sabía bien que lo encabezaba el narrador y crítico Luis Arturo Ramos (quien hace algunos años ganó, por cierto, el premio Revueltas de ensayo convocado en Gómez Palacio por el INBA) y que a él asistían distinguidos estudiosos de nuestra literatura, tanto mexicanos como extranjeros. Allá coincidí con mis amigos Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez, laguneros en el exilio académico norteamericano, quienes prepararon sendas y brillantes comunicaciones.

            Mi “abstract” resume bastante fielmente, creo, lo que con amplitud traté en mi ponencia. “En la inevitable discordia centro-periferia se podría plantear que la ubicación geográfica determina muchas veces la buena circulación de ciertas obras literarias. Los focos de producción narrativa instalados en lugares como México, Monterrey, Guadalajara, Tijuana, Ciudad Juárez, Veracruz, entre otros, generan una literatura que de alguna manera nace con inercia favorable hacia el reconocimiento del lector o, en el peor de los casos, hacia su decorosa circulación nacional. Escribir sobre y desde el DF, narrar sobre y desde Tijuana, por citar sólo un par de ejemplos, parece atractivo para el mercado porque tales ciudades tienen fama de ser conflictivas, efervescentes, propicias para ser narradas desde cualquier ángulo sin que decaiga la curiosidad del lector. Hay otros lugares menos atractivos, sin ‘glamour’, periféricos en tanto sitios donde todavía su literatura —y su realidad en sí— no ha dejado marcas visibles en el gran fresco de la narrativa mexicana. Uno de esos casos es el de la región que aquí denominaremos, por lo pronto, ´centro-norte de México’, el amplio triángulo en el que se encuentran Saltillo, la Comarca Lagunera y Durango capital, zona intermedia entre la frontera y la capital del país, punto donde calladamente se han gestado relatos que, por su calidad y su cantidad, ya merecen atención crítica o, al menos, una rápida panorámica que establezca coordenadas, cite nombres (...) y señale, si las hay, algunas direcciones o tendencias recurrentes”.

            El congreso, lo reafirmo, me pareció muy rico en propuestas críticas, aunque peca, sin que de ello sea culpable la Universidad de Texas, de centralismo. El examen del programa me permitió incluir una nota al pie que terminé leyendo en público acaso como microscópica batalla contra la macrocefalia del país. Dije, y con esto termino: “la circulación limitada de los autores publicados en provincia ocasiona que la crítica nacional o foránea enfoque su atención principalmente a los autores canonizados por la edición capitalina. Este X Congreso (...) es un buen ejemplo de lo que quiero subrayar: de las 82 ponencias programadas, 57 abordan a escritores nacidos o publicados en el Distrito Federal; las 25 restantes se refieren a escritores de (y sólo publicados en) provincia (...) El desequilibrio crítico también se puede percibir, entonces, en términos cuantitativos, de suerte que corremos el albur de que este encuentro se convierta en el Congreso de Literatura Mexicana Contemporánea Publicada en el Distrito Federal”. La lucha contra el centralismo está pues a años luz de ver su triunfo, pero hay que seguirla dando. [email protected]

20/3/05

 

Este colofón inmortal

Cito de memoria. Borges, entrevistado por el crítico uruguayo Jorge Rufinelli, responde una pregunta y afirma que él acata el consejo de Schopenhauer: leer sólo aquellos libros que han cumplido cincuenta años de vida editorial, ya que ese lapso nos puede garantizar que el libro ha sobrevivido a los ataques de la mediocridad. Rufinelli, buen interlocutor, le revira al Ciego: “Si seguimos esa recomendación, Borges, de usted sólo debemos leer Fervor de Buenos Aires, pues es el único que ha cumplido cincuenta años”. Mago del esgrima verbal, Borges liquida la discusión: “No, de mí no hay que leer nunca nada”.

            Todo este rodeo por una sola razón: el próximo sábado Padro Páramo cumplirá cincuenta años de existencia tipográfica, como lo muestra la imagen que figura cerca de este apunte. Sí, el 19 de marzo de 1955 le dio a la historia de la literatura el único libro mexicano que tal vez pueda caber en una hipotética y exclusivísima biblioteca de obras universales representativas.

            Yo tengo incólume la primera edición. Me la regaló, con dadivosidad extrema, mi amigo Daniel Lomas, poeta, narrador, abogado del pueblo, adicto rulfianólogo. El libro apareció, como se sabe, en la colección Letras mexicanas del FCE, y es el número 19 de esa serie. Con el paso de las décadas no han cesado las reediciones, las traducciones, los homenajes y todo lo que rime con el furor celebratorio.

            Hace unos meses, en los primeros de octubre, estuvo en Torreón el megapoeta Alí Chumacero, eterno colaborador del FCE. Amable, elegante, con una jovialidad que ya quisieran muchos adolescentes, después de su presentación en el Icocult departió con varios jóvenes (la mayoría militantes del grupo NIT comandados por Ivonne Gómez y Elsa Reyes). Eso ocurrió en el café Marioneta, y allí me apersoné para tributarle mis respetos a don Alí. Llevé Palabras en reposo, para que me lo dedicara, y de paso mi primera edición de Pedro Páramo. “Esta quizá será, don Alí, la primera vez que alguien le pida una dedicatoria en el colofón; usted fue el primer editor de Pedro Páramo, y quiero unas palabras donde aparece su crédito”. Don Alí (amable, elegante, con una cordialidad que ya quisieran muchos viejos), accedió y con tinta negra dejó clara su sentencia: “A Jaime, este colofón inmortal. Su amigo Alí Chumacero”.

            Ajeno por lo regular a todo tipo de fetichismo, este libro y esas palabras me dejaron exultante. Sabía que alguna vez escribiría la anécdota, y la mejor ocasión es ésta, pues estamos a una semana de que ‘Pedro Páramo’ cumpla cincuenta años.

            Por cierto, Borges no hacía caso de sus propias recomendaciones, ya que leyó a Rulfo antes de que sus libros atravesaran la frontera de las cinco décadas. Cuando el Ciego vino a México, dijo a sus anfitriones: “Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo”. Luego conversaron:

“Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos "maestro", dígame Jorge Luis.

Rulfo: Que amable. Usted dígame entonces Juan.

Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

Rulfo: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

Borges: Entonces no le ha ido tan mal”.

La entrevista, que no es larga, la tengo en Word y se la puedo mandar a quien lo solicite en mi departamento de entrevistas ubicado en [email protected].

13/3/05

 

De qué escribir

¿De qué escribir cuando a uno lo invitan a escribir?, esta pregunta es la primera que debe plantearse quien asume la responsabilidad de alimentar una columna. Como así es, escribo en esta primera entrega de Ruta Norte que escribiré sobre libros y escritores, sobre medios de comunicación, sobre arte y política, sobre asuntos misceláneos con algún discreto tinte antropológico. No quiero, sin embargo, pecar de solemnidad, incurrir en el soliloquio bostezante, sino aprovechar el espacio que generosamente me convida La Opinión Milenio para campechanear ideas con el tono oscilatorio del —me atrevo a denominarlo así— “periodismo lúdico”, un periodismo que sin renunciar a su responsabilidad social y política, a su gesto militante, atreve en todo momento el chispazo desenfadado y festivo, satírico a veces, que le dé al lector la posibilidad de encontrar amable lo sacralizado y serio lo mordaz. Agradezco, pues, a La Opinión Milenio la oportunidad de colocarme en su importante alineación, el feliz chance de saltar a su cancha de papel.

            Ruta Norte sirve ahora como título de una columna que me ronda desde hace años. Obviamente, como lo saben muy bien quienes viven en La Laguna, esas dos palabritas las plagié de la realidad, pues forman el nombre de una línea de camiones caracterizada por hacer sus recorridos por o hacia el norte de Torreón. Desde que recuerdo, decir, pensar, leer “ruta norte” era para mí como una afirmación de nuestra condición geográfica, de nuestra norteñidad, si se me permite el sufijo filosoficoide.

Por razones de identidad y de querencia al terruño local, aunque sin chovinismos que cierren las compuertas de mi afecto a lo foráneo, he insistido por todos los medios a mi alcance que los laguneros debemos enfatizar nuestro orgullo por lo propio. Como lo ha demostrado el doctor Corona Páez en sus ensayos históricos (y ya habrá tiempo para desmenuzarlos con calma), la noción de “lo lagunero” nos viene de muy lejos, desde tiempos de la conquista, y no precisamente desde que se cruzaron unas vías de tren muy cerca del cerro de las Noas.

De ahí pues Ruta Norte, una línea de camiones, un rumbo preciso, una posición en la geografía del país, un nombre hermoso para esta columna periodística que se lanza a recorrer las calles de La Laguna con el único fin de repensar, a botepronto, algunas ideas. Trataré de añadir, cuando sea posible, cualquier imagen que roce lo que aquí vaya expresando, como ocurre en el caso de estas palabras inaugurales, lujosamente aderezadas con una foto (“La nave de los Guerreros”) obtenida gracias a mi asombrosa Fuji digital.

Aquí quedo, y espero que Ruta Norte sea un espacio digno de quienes quieran invertir tres minutos de su tiempo en estas líneas. Si no es así, envíe cualquier reclamación a mi Departamento de quejas instalado en la terminal de [email protected].

6/3/05

 

 

 
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