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Juegos
de amor y malquerencia*
(Capítulos
XI y XII)
Jaime
Muñoz Vargas
para ti, Luis Rogelio, porque sólo tú entenderás esta humilde nostalgia: por
los
viejos tiempos paternos de San
Felipe,
cuando el mundo era
perfecto
Las carencias y el juego
Al
día siguiente todos trabajaron como de costumbre, duro y macizo debajo
del calorón horrible de la Comarca Lagunera. Con el fin de la jornada, a
eso de las seis, todos los Tereseros se fueron aprisa al pinabete grande sólo
para que Praxedis les prestara los guantes y la bola. Así lo hicieron.
Por turnos que nadie quería terminar, se pasaban los guantes y mientras
dos capturaban lanzamientos los otros ocho y Chamuquillo los veían de
reojo despachando Tigres y buenas cantidades de sotol. Fue en ese momento
cuando Praxedis comenzó a tallar con su chaira un palo de mezquite. Le
quitó el pellejo y lo pulió lentamente. Nadie le preguntó para qué
quería ese garrote. Llegó la noche y todos quedaron de nuevo alborotados
con la idea de volver al día siguiente para tupirle a los pelotazos.
Un día
después volvieron al pinabete, y ya para entonces la Campamocha Limón
había logrado que su palo de mezquite fuera un metro de madera bien
correoso. Dijo que ese garrotote, aunque hechizo, se llamaba bat,
y serviría para demostrarles cómo se jugaba a ciencia cierta el juego
del beisbol. Le indicó a Jenovevo Magaña la Finura que se pusiera allá.
Luego mandó muy lejos a Reyes Carrasco el Chanatito, para que esperara la
pelota. A gritos pidiole a la Finura un lanzamiento, pero desgraciadamente
la pelota pasó muy arriba de Praxedis. Con el bat estirado le hizo la seña
de dónde la quería, y cuando Jenovevo mandó la bola Praxedis la prendió
de un chingadazo que se fue a tronar seco hasta el guante de Carrasco.
Otra vez todos aplaudieron, y no era para menos, pues así como lo había
explicado, así le había salido ahora el garrotazo. Todos se ilusionaron.
Hicieron cola para pegarle a la pelota uno por uno, pero no faltó que
algunos, algunos como Rito Berdeja por ejemplo, se pasaran su turno sin
pagarle una maldita vez a ningún lanzamiento.
Cuando les
ganó la noche se sentaron alrededor de una lumbrada donde pusieron
tortillas y unos elotes frescos para chingárselos bien tatemados y con
harta salsa. Los Tigres dieron vueltas y los Tereseros ya hasta parecían
haberse olvidado de la pendencia contra el Dientes de oro, pues no dejaban
de preguntarle a Praxedis todos los secretos del beisbol.
Mientras la
Campamocha más hablaba, más se daban cuenta los Tereseros de que jugar
beisbol a raiz sólo los
pendejos. Praxedis fue muy claro: necesitamos por lo menos nueve guantes y
un bat de verse, no este palo jodido que rasqué a punta de chaira.
—Un equipo
tiene nueve peloteros, cada uno con su guante particular. Si queremos
jugar deveras necesitamos conseguirlos y de paso un bat y unas pelotas,
porque al ritmo que llevamos nos acabaremos la bola con la ayuda del
pinche Chamuquillo.
—¿Y están
caras esas cosas? —preguntó
Catarino Ventura el Quiotelargo.
—¿Cómo
cuánto se necesita por piocha? —añadió Rosendo Hinojosa el Güerejo.
—Mucho
mucho no es, pero sí cuesta. Tenemos que juntar como sesenta pesos más o
menillos. Si queremos hacernos de esas cosas nos tenemos que quedar sin
cigarros unas dos semanas.
—Yo le
atoro —dijo de inmediato el Quiotelargo.
Apenas abrió
la jeta y todos como ametralladora se apuntaron para ahorrar lo que se
necesitaba. Así de ganas traían ya para jugar de peloteros como diosito
manda. Mientras, tuvieron que contentarse con jugar de a dos en dos y sólo
a las atrapadas, pues en un ratito se astilló el bat de mezquite que
Praxedis había tallado con su chaira.
Cuando al
fin estuvieron de acuerdo, los Tereseros le siguieron duro a sus sotoles y
a sus Tigres. Tal vez imaginaban que quitarse de ese gusto por algunos días
los iba a entristecer. Cheto Quezada, ya medio borracho el cabrón, recordó
que tenía la mejor garganta de Santa Teresa y comenzó a cantar aquella
bonita cardenche que así mero dice:
Al
pie de un verde maguey
yo me quedé,
mi amor se quedó
dormido,
qué ingrato fue.
Al canto de los
borrachos yo disperté,
qué crudo vengo,
quiero curarme,
no hallo con qué...
A mano limpia
Por
supuesto los Tereseros no esperaron mucho para darle duro al beisbol. Si
hasta se les olvidó de plano jugar baraja y cuando no estaban con la
pelota el tiempo se les iba plática y plática sobre lo bonito que sería
poder conseguir los guantes que se requerían para que los capiados no
dolieran. También el asuntamiento de la rencilla contra Sixto Benavides
pasó al rincón de los olvidos, todo porque bajo el pinabete grande la
Campamocha Praxedis les indicaba uno tras otro los secretos del beisbol
hasta que todos quedaron casi entendidos de las reglas. Una noche,
mientras pasaban el rato fumando de a poquito para no gastar, a Marciano
Zamarripa se le aclaró la cabeza y pidió que se echaran un partido como
si fuera de a deveras. Era de esperarse que Praxedis Limón lo calmara
diciéndole que para jugar en serio se necesitaban a güevo los guantes
completitos. Pero Zamarripa el Tragadeoquis tenía respuesta para ello, y
propuso que se aventaran a mano limpia, todos sin guantes menos el pícher
y el cácher, pues tales eran
los nombres que ya les había enseñado Limón.
—¿Y el
bat, cómo le hacemos con el mentado bat?
—Yo sé cómo.
Están un poco chuecos, pero los mangos de los azadones pueden servir para
pegarle a la pelota.
Fue una idea
bastante babosa, pero todos aceptaron porque la mera verdad ya tenían
hartas ganas de probarse en un juego más o menos verdadero. Entonces
quedaron de echarse el partidito para el día siguiente. Praxedis tuvo
tiempo en su catre y le echó cabeza a la manera de organizar un juego con
sólo diez jugadores. Fácil, pensó, jugarían nomás con dos bases. Seis
tereseros estarían en el campo y cuatro serían los bateadores; sólo el
pícher y el cácher usarían los guantes. Con esos cambios a las reglas
se comenzarían a probar para ver si era cierto que no andaban tan mal en
esto del beisbol que de sorpresa les cayó del cielo.
La tarde
llegó y con unos disparejos la Campamocha armó al equipo. Chencho y
Reyes ocuparían las bases; Cosme y Rito se irían de fílderes; Cheto sería
el cácher y Rosendo la iba a hacer de lanzador. Como bateadores se
quedaban Catarino, Jenovevo, Marciano y él, Praxedis. A dos azadones les
quitaron el fierro y con eso tuvieron los bates suficientes para
despacharse el partido que querían. Apenas pudieron jugar una hora, de
las seis en adelante, pues ya pasaditas las siete la pelota no se veía
nada y con una pichada el Güerejo de pegó en la nalga a Catarino, bien
reciote.
En resumidas
cuentas, lo que se vio allí no era de mucho verse, como dijo luego la
Campamocha, pero por lo menos se notó que tenían ganas de entretenerse
en otros entretenimientos que no fueran la plática y las barajas debajo
del pinabete grande. Cuando los Tereseros le preguntaron a Praxedis cómo
la vio, la Campamocha les dijo la mera verdad: le había gustado que sin
guantes le metieron las manos a la pelota casi todos, a manota limpia.
Cosme y Rito demostraron no tenerle miedo a la bola y en los fílderes
atraparon varios riatazos disparados con el mango de los azadones; Rito se
lució bonito, agarraba todo lo que le mandaran por su lado y en serio le
metió un chingo de ganas, para qué nos hacemos guajes.
Chencho Cháirez
y Reyes Carrasco estuvieron lucidores en las bases, y se entiende que le
sacatearan a las líneas pues a mano limpia nadie agarra una pelota que va
como balazo. Rosendo y Cheto hicieron buen par, uno lanzando y otro de cácher,
y en cuanto a los bateadores ni hablar, se notó de volada que con un
mango de azadón era difícil darle bien pero la lucha se le hizo.
Todos
quedaron recontentos con es primer juego más o menillos en serio, y tarde
se les hacía para juntar los centavos que se necesitaban con el fin de
hacerse de los guantes y todo lo demás. Ahora la plática trataba más de
jugadas, de posiciones, de detalles graneados. Praxedis les dijo que en
Torreón había visto jugar beisbol en serio, con cabrones que se barrían
y dejaban media nalga en la tierra, con pícheres que tiraban a matar, con
bateadores que parecían haber nacido con un pinche palo en la mano. Jugar
como ellos no era fácil, y si a eso le agregaban tanta carencia, tanta
inexperiencia, pues bueno, qué se le podía hacer.
Fumaban
poco, bebían menos, ahorraban quitándose placeres, y debajo del pinabete
grande el principio de las noches se les iba en platicar sobre lo bonito
que sería tener unos guantes como dios manda. En eso se les iba el día a
los Tereseros.
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Joaquín Mortiz (Narradores contemporáneos), México, 2003. |