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Incomodidad Jaime Muñoz Vargas Estábamos Gerardo García y yo tomando café en el Apolo Palacio, un restaurante ex lujoso y que había sido orgullo de Torreón, pero que ya para el 94 o 95 estaba convertido en una zahúrda con poca luz, un solo mesero y otro pobre hombre como cobrador en la ociosa caja. Íbamos a ese sitio por una razón simple: nadie entraba, así que podíamos conversar sobre libros sin el estorbo de los impertinentes que llegan y se sientan sin preguntar. El hombre de la caja solía mirarnos con distancia, como molesto. Realmente, lo suyo era admiración, pues siempre nos veía llegar con libros y cuartillas. Un día tomó valor y se acercó a nosotros. Titubeante, apenado, preguntó: —Disculpen,
caballeros, ¿son ustedes intelectuales? Ni
Gerardo ni yo supimos qué contestar. Yo sólo atiné a decir, también
vacilante: —Pues...
nos gusta leer. —Ah.
Es que como siempre los veo con libros... —dijo el cajero—Bueno,
gracias, ya no les robo su tiempo. Al
salir del café, Jerry recordó el momento con una pregunta implacable: —¿Cómo
responder a eso? Hasta Umberto Eco hubiera batallado para responder que sí. |