Hans al teléfono*

Jaime Muñoz Vargas

a René Orozco

En los nueve años que Rodrigo de la Guardia llevaba como periodista nunca había visto —u oído, mejor dicho— nada semejante. Era un loco, aquel tipo era un loco más digno de cuento que de reportaje.

Repasaba unas notas, era la tarde del primero de agosto del 2001 y el periódico ya iniciaba su ordinario ajetreo en busca de la edición para el siguiente día. Sonó el teléfono y Rodrigo contestó sin separar sus ojos del monitor donde apenas asomaban dos párrafos de una entrevista escrita en Word; tenía problemas con la frecuente anfibología causada por el posesivo su; para no abandonar las teclas, sostuvo el auricular con el hombro y la barbilla y de golpe lo aleló la voz.

—¿Es usted un reportero? —dijo la voz.

—Sí, ¿en qué puedo servirle? —dijo Rodrigo.

—Soy Hans-Joachim Bolhlmann.

—¿Y? ¿Lo conozco?

—¿No sabe quién es Hans-Joachim Bolhlmann?

—Lo lamento, pero no.

—Maldita sea. Otro cretino que ignora mi nombre.

A esas alturas, Rodrigo ya estaba con la guardia en su sitio: tomó la libreta y preparó el lápiz. Del otro lado escuchaba motores, claxonazos, voces lejanas, música. Evidentemente se trataba de un teléfono público. El tipo de la voz se tornó más agresivo.

—Maldita sea, cretino. No entiendo cómo puede ser usted un periodista e ignorar mi nombre. Le voy a dar un solo dato por ahora, cretino, tome nota. Abra la sección cultural de La Jornada y lea con cuidado. Le llamaré luego.

La voz fue interrumpida por un pitido y Rodrigo se quedó, como en las películas, diciendo bueno, bueno, bueno. Cuando colgó, levantó la mirada y todo seguía idéntico. Reporteros iban y venían, tecleaban, llamaban por teléfono, un mezcolanza de voces se enredaba con el eco de las palabras que recién había escuchado. Buscó en Internet la edición de La Jornada y localizó la nota:

Alerta en museos alemanes

Nuevo ataque del maniaco del vitriolo

 

AFP Hamburgo, 31 de julio. La policía alertó hoy a los museos y las galerías de arte de Alemania, al escaparse de un asilo siquiátrico un peligroso individuo que en varias ocasiones lanzó ácido sulfúrico a cuadros de grandes pintores. Hans-Joachim Bolhlmann, de 63 años, fue detenido en 1989 por arrojar el químico a tres obras de Alberto Durero. Sus primeras acciones contra piezas de arte ocurrieron en 1977, cuando atacó galerías en Hamburgo, Luebeck, Hannover, Essen y Dusseldorf, entre otras.

En Kassel provocó daños por más de 20 millones de dólares al destruir parcialmente tres Rembrandt. Fue sentenciado a cinco años de cárcel en 1979. Bohlmann, empero, repitió su hazaña en 1988 con el ataque a tres pinturas de Durero del Museo de Munich (Baviera), con perjuicios por 30 millones de dólares. Fue castigado con dos años más de cárcel y llevado a un asilo psiquiátrico de Hamburgo. El maniaco del vitriolo se escapó de allí, incumpliendo su libertad “bajo palabra de honor”.

 

Triste, cómica, alarmante, remota, la noticia sobre aquel loco apenas podía tener relación con este rancho de México, con esta ciudad tan alejada de la Gran Cultura Europea. Allá, en Dusseldorf o Hamburgo, un alienado podía darse el estúpido lujo de querer aniquilar a Rembrandt o a Durero, pero acá, cómo. Aquí apenas teníamos dos museos, y sólo uno exhibía en sus muros la obra de un autor renombrado, Alberto Gironella. Fuera de eso no había nada de verse, y un loco como el maniaco del vitriolo perdía su tiempo si se dedicaba a buscar aquí tesoros artísticos para insultarlos con su ácido.

Pero la voz, esa voz. Era la de un loco. Un loco que con la lectura del Internet quería imitar a otro loco haciéndose pasar por él, un gracioso esquizofrénico de los muchos que salen del cine y se transforman en el personaje protagónico del film. Rodrigo de la Guardia encendió un cigarro y con una sonrisa evaporó el mal rato provocado por la llamada. Las teclas esperaban y siguió en la corrección de su entrevista.

***

Dos semanas después reapareció el loco. Rodrigo casi lo había olvidado pero inmediatamente reaccionó. El lápiz y el cuaderno estaban listos.

         —¿Es usted un reportero?

         —Rodrigo de la Guardia, dígame.

         —Soy Hans-Joachim Bolhlmann.

         —Ah, dígame, Hans, en qué le puedo servir.

         El tono coloquial no desajustó al orate; la voz no había perdido su cavernoso horror pero ahora cambió de ritmo y abandonó la agitación.

         —Soy el maniaco del vitriolo y voy a deshacer con ácido unas obras de arte. Me entiende, voy a cometer un atentado.

         —Espere, Hans, por favor —Rodrigo insistió en tratarlo así, muy personalmente—, dígame primero por qué quiere hacer eso, de dónde viene, cuáles son sus motivaciones. ¿Nos podemos ver en algún sitio? Lo invito a platicar.

         —Nunca, no, eso no.

         Hablaba otra vez desde un teléfono callejero. La voz del loco se amontonaba con los ruidos de la urbe. Oyó con mucha fuerza el ritmo de una baladilla comercial que al terminar no fue interrumpida con anuncios. No era la radio, y sospechó que se trataba de una tienda de música, un negocio con poderosas bocinas en la acera. El loco usaba una caseta telefónica muy próxima a ese sitio.

         —Platiquemos, lo escucharé con gusto, si nos vemos le prometo discreción.

—Nunca, no, eso no. Ni loco aceptaría esa oferta. Tengo que colgar porque...

—Espere, no cuelgue. No le insistiré más en vernos, pero no me cuelgue, por favor, sigamos hablando...

Un largo pitido cortó la enrarecida atmósfera sonora que entraba por su oído. El loco lo volvió a dejar con la curiosidad insatisfecha. Además, ya no permitió que su concentración pudiera ser capaz de articular coherentemente el reportaje que tenía frente a sus ojos en el monitor; por dos horas le zumbó en las orejas aquella voz apresurada y ronca, como de negro que acaba de correr y luego habla. ¿Quién era ese cabrón? ¿Para qué demonios le jugaba esa broma? Desde hacía dos años Rodrigo trabajaba en especiales del periódico, escribía reportajes y entrevistas de relleno y bajo pedido estricto de la jefatura de información, así que su influencia social y política era nula. Se ganaba pues la vida sin ofender a nadie, con un periodismo casi turístico y dominical, así que se podía considerar carente de enemigos.

Mucho tiempo atrás había decidido no frustrarse con ridículas aspiraciones. Cuando ingresó al periodismo lo hizo por necesidad. Su anhelo era escribir literatura, cuentos sobre todo, y la única forma de mantener encendida la posibilidad de hacerlo, desde el punto de vista alimenticio, estaba en el periodismo. No pagaban bien, era cierto, pero al menos tenía un salario seguro, quincenal, y con los años pensaba abandonar las cuartillas apresuradas del periodismo por las otras, las personales, las íntimas de la literatura. Sin embargo nada bueno ocurrió. Poco a poco fue cubierto por la enredadera del diarismo ramplón y durante nueve años, acaso por culpa de tanto reportaje insulso, su prosa se atrofió hasta imponerle la certeza de que la trascendencia artística no estaba diseñada para él. A los 35 se sentía amargado, es cierto, secretamente amargado con la frustración de no poder escribir lo que deseaba y como lo deseaba, pero nunca convirtió ese desaliento en un escándalo. Asumió sin tragedia la verdad: la inmortalidad, el arte, la belleza nunca se relacionarían con su precaria condición de reportero inocuo. Por eso no dejó de preguntarse si las llamadas de aquel loco eran subrepticiamente la gran oportunidad para escribir un texto de tronido, una formidable crónica donde se pudiera ver la calaña del supuesto Bolhlmann.

Pero no entendía con claridad el sentido de las llamadas. Era cierto que de vez en cuando se encontraba sujetos que colindaban peligrosamente con alguna patología desconocida. Había entrevistado a muchos hombres y mujeres con rarezas psicológicas que sólo Freud hubiera podido descifrar. Recordaba, por ejemplo, a un arquitecto megalómano que hablaba como Cantinflas y que quería construir, al tamaño, una réplica de la torre Eiffel en nuestra plaza de armas; recordaba también a una cantante gordinflona que aspiraba en serio a gruñir en la Scala de Milán, pero estas dos locuras estaban lejos de la que mostraba con su voz de lija el loco del teléfono. Tal vez era un mensaje, el tema de la obra de arte que lo iba a separar definitivamente del periodismo. Como era su costumbre, Rodrigo anotó el asunto; era un cuento en potencia. Sí, aquel loco era un personaje de cuento.

***

Pasó un mes y volvió a sonar el teléfono. Escuchó la primera palabra y supo que era el loco. Volvió a tomar el lápiz y el papel, y ya no fue imprudente. Otra vez era una caseta pública.

—¿Es usted un reportero?

—¿En qué puedo servirle?

—Soy Hans-Joachim Bolhlmann.

—Qué tal, Hans, qué gusto oírlo.

La voz no cambió de entonación, pero esta vez insinuaba un poco más de calma. Rodrigo ya no le solicitó un encuentro. Esperó mejor que saliera lo que saliera y el loco fue deslizándose hacia la celada. Lo que Rodrigo quería era oírlo, atesorar cada una de sus palabras, bordar con aquella disparatada propuesta el relato de su descomposición mental.

—Voy a echar ácido en la Gioconda.

—Ajá, ¿cuándo?

—Mañana.

—Claro, mañana.

—Tal vez pasado mañana.

—¿Le puedo hacer una pregunta?

—Tal vez el día que sigue a pasado mañana.

—Hans, ¿me puede comentar por qué hará eso?

—Tal vez el día que sigue a pasado mañana de pasado mañana.

—Hans, Hans, por favor, ¿me puede comentar por qué hará lo que hará?

—Voy a echar ácido en la Gioconda.

—Hans, ¿me puede decir qué lo impulsa a hacer eso?

Luego de varias insistencias Rodrigo logró destrabarlo un poco. El discurso del loco se ciclaba de repente en énfasis innecesarios y era difícil sacarlo de las zanjas verbales.

—Voy a echar ácido en la Gioconda porque mi padre la pintó.

—¿Su padre pintó la Gioconda?

—Mi padre pintó la Gioconda. Yo le echaré ácido.

—¿Y dónde está su padre?

—Me abandonó. Yo le echaré ácido.

—¿Dónde está su padre, Hans, dónde, dígame?

—Mi padre me abandonó. Yo le echaré ácido.

—Se lo suplico, dígame dónde está su padre...

—Mi padre pintó la Gioconda. Yo le echaré ácido.

Era un caso irremediable. A todas las preguntas el loco respondía con lo mismo o casi con lo mismo. Quince minutos de conversación dejaron muy pocos datos, pues la mayoría de las frases era calca o variación de una sola: “Voy a echar ácido a la Gioconda. Mi padre la pintó. Mi padre me abandonó”. Ése era el enigma. Durante varios días Rodrigo de la Guardia anduvo con la frase entera en la cabeza. Se convirtió en una obsesión. Investigó en algunos libros de patologías mentales y encontró muy poco. Dedujo con un análisis vacilante que la frase revelaba la presencia de una paradoja. El loco quería destruir la Gioconda por amor y por odio. Acercarse a la Gioconda era tener cerca a su padre, recuperarlo de alguna forma, pero al mismo tiempo era encarar al enemigo, el cuadro, y destruirlo, pues este objeto representaba el motivo principal del distanciamiento paterno. Rodrigo no sabía si en esa conjetura estaba la verdad, pero no halló mejor explicación al magro y reiterativo discurso proporcionado por el loco.

La obsesión lo llevó lejos. Como la sombra de aquellas palabras no se evaporaba, decidió perseguir la posibilidad de ver al loco, de conocerlo, de oírlo en corto. Recordó que en todas las llamadas se infiltraba música estentórea. El loco establecía comunicación desde el centro de la ciudad, desde algún crucero que tenía cerca una tienda de discos. Fue a varios lugares y localizó con precisión —al menos eso supuso— el punto donde el loco hacía las llamadas. Dos, tres días esperó por algunas horas a que cualquier extraño tomara el teléfono. Cada vez que Rodrigo sospechaba algo, distraídamente se acercaba pero la voz no correspondía nunca a la de Hans. Vio pasar como a cien hombres en la misma caseta de teléfono, oyó trescientas canciones a todo volumen, sintió el hartazgo de la ciudad efervescente, pero nunca llegó Hans.

Un mes más tarde Rodrigo todavía esperaba nueva comunicación. Cada llamada era decepcionante, incluida la que le anunció un pequeño aumento de sueldo. Hans ya no se comunicó. Pasaron dos meses más y lejos de disminuir, su obsesión por el loco había aumentado tanto que Rodrigo ya no podía dormir en paz. Hans rondaba en todas partes, Hans era todos los rostros que veía en la calle, Hans se colaba a todas los pensamientos de un Rodrigo cada vez menos resignado a la pérdida de aquel tema viviente para un cuento. Recordó el estribillo: “Voy a echar ácido a la Gioconda”. En toda su vida no había oído un disparate de ese tamaño, y tal vez por eso, porque los disparates hechizan tanto como los grandes aciertos de la creatividad humana, la frase de Hans había permanecido en pie durante tantos días, indestructible.

Rodrigo de la Guardia terminó de trabajar el miércoles. El jueves era su día libre y, después de tantos años, nueve exactos, por fin, abriéndose cancha a codazos entre los miedos a la esterilidad, había llegado la tremenda decisión de reencontrarse con sus cuentos, con la urgencia de escribir algún relato. Tardó para que su mente se adaptara a la obligación de imaginar. Comenzó con la llamada telefónica del loco. La sorpresa de que un enfermo se comunique con un periodista para anunciarle que él era el maniaco del vitriolo, aquel sujeto alemán que causaba alarma en los museos de Europa. Con ayuda de la ficción, Rodrigo llenaría las lagunas dejadas por el loco, por ese fantasma que desde cierto crucero inventaba una bárbara amenaza al emblema de la pintura universal. Terminó.

No sabía si el final era certero. No sabía incluso si el desarrollo de su cuento discurría sobre los cánones de este género tan exigente. En cuatro horas, alienado por la atropellada voluntad de reconstruir el mundo de Hans, Rodrigo trazó el relato y lo que más insatisfacción le provocó fue el desenlace. ¿Era correcto terminar así? ¿Será necesario inventar más peripecias, más personajes? ¿Y el lenguaje? ¿Se libró aunque sea momentáneamente de la mecanización verbal que impone el trabajo periodístico? No lo sabía, pero le dio gusto llegar al final, a la cuartilla número diez. Era una modesta dicha: diez cuartillas de narrativa luego de tantos años hundido en vacuos reportajes. Pero el final, ese final le seguía pareciendo forzado, efectista. Pensó en el consejo de los grandes maestros: dejar que las cuartillas duerman por un tiempo y retomarlas muchos días después como si fueran ajenas. Las abandonó entonces por varias semanas. Tal vez el tiempo y la distancia lograrían mejorar ese final en el que Hans se desvanece hasta convertirse en un fantasma, en la obsesión de un periodista-escritor que a falta de mayores datos termina por convertir a Hans en cuento y lo hace ejecutar, en efecto, un disparatado plan.

***

Rodrigo recogió su salario en la ventanilla de siempre. Estaba contento ese día: por fin había llegado el aumento de sueldo. La alegría monetaria, por infrecuente, estimulaba su ocio y para festejar los pesos extras se dedicó a vagabundear por el Internet. Abrió algunos periódicos, leyó a medias varias notas, transitó por el diluvial mundo de la información desparramada en el cochino ciberespacio. Una de sus páginas favoritas era la de El País, de España. La abría frecuentemente, pues le gustaba la calidad literaria con la que allí manejaban hasta la información más frívola. Entró a la sección cultural y lo detuvo una cabeza: “El maniaco del vitriolo atenta contra la Gioconda”. Hizo click con la flechita del ratón y accesó —qué horrible verbo— a la noticia. Con gran pena Rodrigo advirtió que el final de su cuento había fallado, que la realidad era otra vez la verdadera loca del planeta:

 

Dijo que cumplió una vieja amenaza

El maniaco del vitriolo atenta

contra la Gioconda

AP París, 12 de noviembre. La Gioconda, emblema de la pintura universal, fue atacada hoy con ácido por Hans-Joachim Bolhlmann, demente alemán que desde hace algunos años se ha empeñado en destruir obras de grandes maestros. Dos guardias del Louvre lograron frustrar parcialmente el atentado pues “el maniaco del vitriolo parecía sospechoso” desde que ingresó al museo. La sustancia arrojada por el enajenado sólo alcanzó a dañar el marco del famoso cuadro de Leonardo, protegido además por un grueso cristal.

La policía alemana había alertado en julio a los museos y las galerías de arte, dado que Bolhlmann logró escapar de un asilo siquiátrico donde estaba recluido por lanzar ácido sulfúrico a cuadros de grandes pintores. Hans-Joachim Bolhlmann, de 63 años, fue detenido en 1989 por arrojar el químico a tres obras de Alberto Durero. Sus primeras acciones contra piezas de arte ocurrieron en 1977, cuando atacó galerías en Hamburgo, Luebeck, Hannover, Essen y Dusseldorf, entre otras.

Al ser interrogado, el desquiciado alemán sólo enunciaba tercamente, con voz cavernosa y extraño acento, unas frases que las autoridades calificaron como delirantes y enigmáticas: “Mi padre pintó la Gioconda. Yo le eché ácido, mi padre pintó la Gioconda, mi padre me abandonó. Pregúntenle a Rodrigo. Mi padre pintó la Gioconda. Yo le eché ácido, mi padre pintó la Gioconda, mi padre me abandonó. Pregúntenle a Rodrigo...”.

*Publicado en la revista Arteletra  6, mayo, 2003.

 

 

 
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