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Nuestro Funes Jaime Muñoz Vargas Hay muchos casos de mala memoria, pero el que quiero recordar ahora me parece el más desgarrador de todos los que conozco. Asistí a una conferencia sobre el cuento y, tenía que suceder, alguien preguntó la definición exacta de ese género. El conferencista desplegó su sabiduría y, entre el innumerable arsenal de conceptos y de ejemplos, apuntó que la elasticidad del cuento permitía desarrollar una historia en una cuartilla o en treinta; con habilidad de prestidigitador dio nombres de varios críticos, citó de memoria algunas palabras textuales de Poe, de Quiroga, de Cortázar, y mencionó varios relatos imprescindibles. En ese momento, un escritor de la región, autor de varios libros y hasta maestro de literatura, advirtió que también existía el microcuento, esa especie de alfiler narrativo que a veces no colmaba siquiera el espacio de un renglón. Por si la gente no lo sabía, observó que Augusto Monterroso, guatemalteco él, era uno de los más famosos microcuentistas, y con un alarde memorístico citó la pieza más famosa de ese autor. Guardó un malicioso silencio, y entonces dijo: —Cuando
despertó, el dragón todavía estaba allí. El
público, el conferencista, el mesero que preparaba el ambigú, todos reímos.
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