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Fuera de lugar Jaime Muñoz Vargas ¿Qué
ocurre con las canciones muy famosas? Las oímos sin atención, las
echamos del alma sin reparar en el contenido de sus versos. Las mujeres
cantan "El rey", por ejemplo, sin advertir que esa letra, quizá
la peor de José Alfredo, las humilla. Decimos "qué bonitos ojos
tienes, debajo de esas dos cejas", sin reparar en el doble
pleonasmote: los ojos siempre están debajo de las cejas y las cejas
tienen la no muy extraña costumbre de ser siempre dos, si la aritmética
no miente. Cantamos el "Cielito lindo" y no reparamos en la
gratuidad de la rima "bajando-contrabando" que complementa al
par de ojitos negros salidos de la Sierra Morena. Entonamos el himno
nacional sin preguntarnos por el significado del "bridón" o del
"mas si osare", y en fin, oímos sin filtro, distantes de
cualquier mínimo análisis a las letras que a todo gaznate hemos cantado
desde la niñez. La
mejor anécdota que he pepenado sobre este raro hábito de oír a ciegas
me ocurrió en 1997. Por circunstancias dignas de cuento, acepté trabajar
por primera vez en una preparatoria. Di sólo un semestre, pero fue
imborrable. Era una escuela de corte religioso, administrada por amables y
sosegadas monjas. Mis alumnas, jovencitas de faldas tableadas e
indetenible rebeldía, eran una calamidad en el aula pero confieso que me
agradaba lidiar con ellas. Los lunes, antes de las clases, reviví esa ya
remota costumbre infantil de honrar a la bandera, al "lábaro
patrio", como le decíamos al lábaro patrio sin saber nunca, hasta
hoy, qué diantres es un lábaro. Un lunes cualquiera, la maestra de
ceremonias instalada en la gran escalinata comunicó que ese día
celebraban el onomástico de la madre superiora; las chicas de la rondalla
—dijo la presentadora— habían preparado una canción para felicitar a
la autoridad máxima del instituto. Entonces las muchachas pasaron al
frente con guitarras, mandolinas y panderetas. Hubo un poco de suspenso.
No dijeron el nombre de la canción, y frente a la madre superiora a todo
trapo se arrancaron con el vertiginoso entonamiento de una pieza
memorable: Yo
que fui del amor ave de paso yo
que fui mariposa de mil flores hoy
siento la nostalgia de tus brazos de
aquellos tus ojazos de
aquellos tus amores... No sin estupor, pensé en lo que pudo haber pensado el gran bohemio Álvaro Carrillo al ver tan lindo cuadro. "El andariego" —la canción emblema de su don Juan arrepentido, de su "mariposa de mil flores"— era dedicado esa mañana a una venerable monjita que, por cierto, "escuchó" feliz a la rondalla del colegio. Ni cadenas ni lágrimas la ataron para gozar aquel hermoso bolero de cantina.
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