No me han entrevistado muchas veces, pero conservo algunos diálogos recientes sostenidos con periodistas, alumnos y tesistas. He aquí algunas palabras provocadas por el atento interés de quienes me han entrevistado.

 

Libros favoritos Jaime Muñoz Vargas (a pregunta de La Opinión Milenio)

Es difícil armar una lista con diez libros favoritos. ¿Y por qué son favoritos? Quizá porque todos tienen la virtud de haber sido total o parcialmente releídos. En mi top ten, todos fueron escritos en castellano, salvo el Poema Heroyco, cuyo original fue compuesto en latín. Mi lista es imperfecta y realmente se quedan al margen muchos libros espléndidos. Con gusto ampliaría mi catálogo a cincuenta predilectos.

1.     El Quijote, Miguel de Cervantes

2.     Tesoro de la lengua castellana, Sebastián de Covarrubias y Orozco

3.     La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa

4.     El siglo de las luces, Alejo Carpentier

5.     Biografía del Caribe, Germán Arciniegas

6.     Al filo del agua, Agustín Yáñez

7.     La crítica en la edad ateniense, Alfonso Reyes

8.     Poema Heroyco, Diego José Abad

9.     Prólogos, Jorge Luis Borges

10.  Sueños, Francisco de Quevedo

¿Por qué los tres primeros?

1.     Poner en primer sitio a El Quijote puede sonar pedante, pero soy de los muchos que no olvidan la felicidad (inmensa) otorgada por una primera lectura de ese libro; luego lo he releído a pedazos y siempre es lo mismo: pura calidad. Tengo cuatro ediciones de esa novela y como cincuenta ensayos relacionados con el tema. Me siento orgulloso de venerar a Cervantes. Me gustaría ser presidente de su Club de Fans.

2.     Es un libro muy divertido y coetáneo de El Quijote. En el Tesoro de Covarrubias encuentro diversión, conocimiento y el español deslumbrante del siglo de oro. Es el diccionario que llevaría a mi caverna en una isla desierta.

3.     El novelista que más admiro se llama Mario Vargas Llosa, y de su vasta producción mi libro favorito es La guerra del fin del mundo. Tal vez suene exagerado, pero es la mejor novela escrita en español durante el siglo XX. Desde 1980 no se publica algo similar en América Latina.

 

Respuestas al cuestionario de Miriam González, reportera de El Siglo de Torreón.

¿Cómo surge la idea de un curso en el que se mezclan la literatura y el periodismo?

Hace varios meses platiqué con Ana Sofía García Camil y con Cristina Matouk, del Icocult Torreón, sobre mi interés por armar un taller permanente de periodismo cultural. La idea les atrajo mucho, dado que nunca serán suficientes en La Laguna los espacios de esta índole. Poco después llegamos a la conclusión de que el taller podía incorporar también lo literario, eso para que los interesados tuvieran la posibilidad de pisar los dos grandes territorios de la escritura: el periodismo y la literatura. La razón de fondo es simple: tengo veinte años metido en ambas prácticas y me parece que puedo compartir lo aprendido no sólo en libros, sino en el ejercicio cotidiano de esas actividades. Puedo asegurar, luego de veinte años, que conozco lo mínimo suficiente sobre periodismo y literatura, que he trabajado con todos o casi todos los géneros, como el cuento y el ensayo, como la crónica y el artículo, sólo por citar algunos moldes. Otro factor importante es la tendencia del periodismo moderno, que cada vez se acerca más a la literatura y, en sentido inverso, la literatura cada vez toma más en consideración los recursos del periodismo, de suerte que hay una especie de saludable simbiosis. Existen innumerables escritores/periodistas que pueden servir como ejemplo de este maridaje: García Márquez, Vargas Llosa, Benedetti, Javier Marías, José Joaquín Blanco, José Emilio Pacheco, entre otros.

¿De qué herramientas te vas a valer para romper la barrera entre estas dos áreas genéricas?

Lo primero es delimitar el espacio formal de cada género literario y periodístico. El aspirante debe definir con claridad qué es, por ejemplo, una crónica, un ensayo, una reseña, un poema. Luego de eso, es importante leer materiales adecuados y, al final de este proceso no necesariamente largo, escribir lo que más le acomode a cada quien. Habrá así quienes se inclinen por algún género o por varios, y eso abre la puerta de entrada al fenómeno que se da actualmente: el ayuntamiento de los géneros en un solo texto, su hibridización. Así encontramos muchas novelas o cuentos con organización de reportaje, o crónicas con andamiaje de cuentos, etcétera. Con ingenio, con creatividad, todo se puede intentar.

¿Qué tan delgada o gruesa es esta barrera?

Salvo en el caso de la nota informativa (necesariamente veraz, oportuna y objetiva al menos en teoría), todos los demás géneros pueden hacerse empréstitos. La barrera de la que hablas, así, no es muy ancha y de puede atravesar con facilidad. De esa manera, el periodismo puede tener la aspiración, la voluntad, de ser mejor desde el punto de vista estilístico, literario, y la literatura puede aspirar a obtener la agilidad y la frescura que propone el quehacer periodístico. Hoy es difícil hablar de “géneros puros”. La promiscuidad es casi inevitable y por eso desde hace tiempo se viene hablando de la famosa “crisis de los géneros”. Vivimos en el boom del collage, en época de préstamos, en la hibridización. ¿Un ejemplo más? Monsiváis, quien desde hace años es en México el caso más visible del periodista permeado por el vigor de la expresión literaria.

¿Qué hay de mágico en estas dos áreas?

Tanto el periodismo como la literatura tienen ritmos y reglas particulares. No se le puede pedir a un periodista lo mismo que se le exige a un escritor, ni al revés. Pero sí podemos advertir que a ambos nunca les estorbará tomar en préstamo las herramientas del área ajena. Un escritor que ejerce, al menos temporalmente, el periodismo, nutre su obra de mayor experiencia vital, y un periodista que lee novelas o poesía forzosamente mejora la calidad de su trabajo escrito. Cito de memoria una conocida confesión de Vargas Llosa, aquélla en la que declaró su agradecimiento al periodismo, ya que dicha actividad le permitió atravesar por todas las capas sociales del rígido y clasista Perú, lo que luego le serviría para escribir novelas como Conversación en La Catedral.

Por otra parte, háblame un poco acerca del libro que te van a reeditar en México. ¿Cuándo surgió por primera vez, de qué trata, a qué atribuyes su éxito?

Al empezar este 2004 recibí una llamada de México; la editorial Planeta me informaba que, luego de cinco años, el primer tiraje de El principio del terror se había agotado totalmente y deseaban reimprimir esa novela. Fue una sorpresa, dado que aquí uno nunca piensa en este tipo de logros, más si se trata de un libro con circulación comercial. La reimpresión saldrá ahora en una colección de pockets, es decir, de libros de bolsillo, y tendrá un tiraje de tres mil ejemplares. Como se sabe, la circulación de los libros de bolsillo es mucho mayor y eso permitirá que mi librito llegue a un número mucho más amplio de lectores. La novela fue, en general, bien recibida al principio, aunque también recibió opiniones desfavorables. El caso es que ahora terminará por ser reimpresa y puesta en circulación no sólo en México, sino también en España y buena parte de Sudamérica. En cuento a su contenido, es básicamente la vida imaginaria de Nicolas-Jacques Pelletier, el primer guillotinado real, hacia 1792, en el marco de la Revolución Francesa. La escribí entre 1997-98, y tal vez fue bien recibida por la mezcla de brutalidad y humor negro que destila el protagonista narrador. La aceptación o el rechazo dependen de cada lector. Yo sólo soy culpable de haberla escrito, no del efecto que pueda causar en los lectores.

Además de esa reimpresión, ¿tienes más proyectos de edición para este año?

En este momento mi trabajo literario encara demasiados obstáculos, sobre todo la falta de tiempo. Sin embargo, tengo afortunadamente mucho material acumulado y listo para entrar a la imprenta. Si todo sale bien, podría publicar tres libros en 2004. Si todo sale mal, sólo cuajará la reimpresión de El principio del terror. En esto la principal virtud no es el talento, sino la paciencia, el trabajo sordo y la lucha contra la frustración.

 

Entrevista para La Opinión a propósito del taller de periodismo cultural que durante el 2004 fue impartido en el Icocult Torreón.

En tu experiencia como maestro, escritor y periodista, ¿cómo has visto el interés a las actividades culturales por parte de quienes se dedican al periodismo?

La palabra “intermitencia” es la que puede, a mi juicio, definir el grado de interés que dedican los medios a las actividades culturales generadas en la región. No se puede hablar de que estamos en cero, puesto que, comparada con otras regiones, La Laguna tiene algunos espacios abiertos a estos quehaceres. Por lo general, eso no se planea como proyecto institucional a largo plazo, sino que surge por inquietudes personales muchas veces pasajeras. Algún empleado o funcionario de un periódico o medio electrónico, por propia iniciativa, decide dar más juego a lo cultural, pero luego, por cualquier razón (baja de presupuesto, cambio de trabajo, frustración, etcétera) se cierra el espacio. Sucede algo similar con el periodista: pocos son los que, por vocación, abrazan el seguimiento de lo cultural. Comúnmente caen allí por azar, sin mucha convicción, y eso deviene luego alejamiento. Si a eso le añadimos los bajos salarios que en general se ofrecen en el ambiente, pues el resultado es esa intermitencia de la que hablo.

¿Cual seria la propuesta de Jaime Muñoz dentro del periodismo cultural en una región árida de información y de proyectos culturales?

Creo que la región, sin ser Florencia, tampoco es un páramo de actividades culturales. Hay muchos jóvenes interesados en practicar alguna o algunas de las bellas artes. También hay instancias oficiales, universidades. Unas tienen proyectos más o menos definidos; otras, como la actual DMC de Torreón, andan como guajolota descabezada dando lástimas, pero eso no debe importarle a los medios de comunicación. Siempre he dicho que, con presupuesto o sin él, los medios tienen una obligación: atender los intereses heterogéneos del mercado. Si hay información y crítica para los interesados en el deporte, en los espectáculos, en la política, en el jet set, en la nota sangrienta, en la economía, ¿por qué no darle un buen producto a los interesados en las manifestaciones culturales?

Se menciona que para poder ingresar al próximo taller de escritura periodístico-literaria es requisito tener un acercamiento a las actividades culturales, ¿cómo motivar al interesado a participar en estas propuestas?

Si el interesado se “interesa” en estos asuntos es precisamente porque ya se ha dado un acercamiento previo a la pintura o a la literatura o al teatro o al etcétera. Creo que lo mínimo indispensable que se le puede solicitar a quien desee escribir sobre esto es un interés previo como espectador o consumidor de arte. Esto no es una obligación, pero al menos sí es posible entenderlo como un presupuesto, como un a priori básico.

¿Cuál es la importancia del periodismo crítico cultural?

Lo he dicho siempre y cada vez que se abre algún espacio de esta índole, independientemente de quien lo proponga o quién lo coordine: nunca serán suficientes las oportunidades que se le dan a la gente para acceder a estas tareas. Si abre una escuela de escritores como la de Tere Muñoz, si se edita una nueva colección de libros, si se inaugura un museo o un taller, todo eso es bienvenido. En este sentido me apena mucho que inauguren tres expendios al día y nadie diga nada, pero apenas abre un nuevo taller y todos comenzamos a dudar sobre su pertinencia.

¿Es factible un periodismo crítico y sin concesiones en una región que está inmersa en "compadrazgos" e "intereses"?

Es difícil, pero sí es factible. Aquí no estamos muy acostumbrados todavía a la crítica. Si alguien opina mal de nosotros, de inmediato lo asumimos como un asunto personal. Yo no creo en eso, y hasta el momento he asumido con respetuoso silencio las vapuleadas en mi contra. ¿Por qué? Porque estoy conciente del derecho que cada quien tiene a opinar, incluso cuando esos juicios parecen, o son, disparatados o arbitrarios. Pero en fin; muchas veces lo único que tiene un artista es su modesta soberbia, su pequeña vanidad. Gana apenas el dinero indispensable para sobrevivir, y tal vez por eso se siente muy herido cuando le encochinan el ego. En cuanto a los compadrazgos, eso más bien me huele a política, a mafias de Saltillo, a DF. ¿Pero en Torreón, en Gómez? No conozco aquí ningún caso de un poeta que se haya convertido en diputado o regidor gracias a un compadre.

En el boletín de prensa que envió el Icocult acerca de tu curso, decía que se facilitarán herramientas. Es bonito saber que habrá un taller de periodismo cultural... ¿pero realmente se hablará de la realidad que pasamos muchos reporteros?

Cada caso es especial. El taller tratará de abarcar lo más que pueda, incluido el análisis de la realidad periodístico-cultural lagunera, pero no sé si eso exceda mis capacidades y las del grupo que se conforme. Lo principal es acercar las herramientas del trabajo periodístico y literario, no convertir aquello en un valle de las lamentaciones.

Jaime, han fracasado talleres de periodismo cultural aquí en la región, ¿a qué crees que se deba esto?

Insisto: salvo algunos casos contados, todo lo que se ha hecho aquí es intermitente y ha dependido más de las personas que de las instituciones y de las empresas. Además, ¿cuáles han fracasado?, ¿cuántos se han abierto?

¿Cómo se puede hablar de un taller de periodismo cultural si la mayoría de los medios de comunicación no asiste a las actividades?

Precisamente por eso: para despertar el interés, para suscitar un poco más de aprecio por estas tareas. Creo que son los mismos artistas los que deben aprender un poco de periodismo, pues son ellos los que conocen los intestinos de su trabajo y son ellos los que, si escribieran, darían mejor cuenta pública de cada rama del arte. Debo recordar que el taller no sólo quiere formar reporteros; pienso que urgen más articulistas, columnistas, opinadores. Si un pintor escribiera, por ejemplo, él podría colaborar en un medio como crítico de plásticas, y así todos los demás artistas, cada uno en su rama. Pero no: generalmente los artistas son ágrafos, salvo, obvio, quienes se dedican a la literatura.

 

En 2003 me entrevistó, vía mail, un joven estudiante de Saltillo llamado David Muñoz. Este es el resultado de aquel diálogo.

Sé que eres asiduo a la lucha y que vas a la de Gómez. ¿Aunque suene raro, qué cosa te haría creer aquello de que entre peor sea el espectáculo, es de mejor calidad?

Para empezar, esta entrevista parece una buena broma. ¿Vamos a hablar de lucha? ¿Soy yo la persona más indicada para hacerlo? ¿Soy en verdad un "asiduo" o un simple espectador lejano? Bueno, respondo (o trato de responder). Primero: ¿cómo se mide la calidad? ¿Quién la mide?  Si la lucha de Gómez la medimos con las varas de la lucha promovida por y desde Televisa, evidentemente la lucha de Gómez es mala. Pero si la lucha de Gómez la medimos con otros parámetros puede ser que sea la mejor lucha del mundo, es decir, una lucha en donde lo importante no es la representación que se da arriba del ring, sino el contexto aledaño, un contexto en donde el afán desahogativo de la muchedumbre se ve gratamente recompensado con todo tipo de alusiones verbales, imágenes, olores y sabores de raigambre popular nada pasteurizados por la mercadotecnia. Lo que encuentro en Gómez es poesía en estado puro, teatro popular en efervescencia, no sólo lucha libre. En otras palabras, voy de vez en cuando a la lucha de Gómez para ver y oír la risueña catarsis de la gente. La lucha es lo de menos. Si a eso le agregamos una cerveza, pues ya no se puede pedir nada más en la vida.

¿O es que también prefieres las piruetas y los güeyes bien mamados de la triple A y la triple ele?

De alguna manera, ya contesté eso. La lucha artificiosa y cara (la de la llamada triple AAA) no me interesa por lo que tiene de efectista. En las arenas de provincia la lucha es un espectáculo donde se funden los luchadores con el público; allí, pues, no son ídolos inalcanzables, sino el improvisado albañil o el menesteroso vulkanizador de la esquina, el pobre subempleado que también se trepa al cuadrilátero para ganarse unos pesos extras confiado en que la gente lo va a ver sin exigirle nada, sólo capacidad para soportar el ridículo y las mentadas de madre.

¿Si estuvieras en tu lecho de muerte y tu último deseo fuera ver una lucha "a dos de tres caídas sin límite de tiempo", a quiénes te gustaría ver y por qué?

Un clásico: Gory Guerrero contra el Cavernario Galindo. De alguna manera, ellos siguen peleando en la eternidad.

¿A quién le apostarías y cómo crees que sería un enfrentamiento —bien hardcore, máscara contra cabellera— entre el Enmascarado de plata y Paquita la del Barrio?

Santo me cae bien, no así la señora esa que es y será por siempre plagiaria de Chelo Silva. La pregunta me parece improcedente. Preferiría un Santo versus la Tetona Mendoza.

La poesía de Sabines y una novela como Idos de la mente son textos que apelan a lectores avezados como a otros que no lo sean tanto. ¿Qué cosa es lo que hace que un texto pueda ser consumido por ambos lectores?

Sabines y Crosthwite son autores que le guiñan demasiado el ojo a la realidad inmediata, la que puede ser rápidamente digerida por el lector no muy "avezado".

¿Se dice que todo tema es bueno para escribir pero por qué preferir el de la lucha sobre otros? Desde hace algún tiempo está de moda desmitificar las figuras públicas. Enrique Serna escribió sobre Selene Sepúlveda (Señorita México) y una novela histórica sobre Santana de la cual no recuerdo el nombre. Aquí en México también se ha escrito Con M de Marilyn y la que mencioné con antelación, Idos de la mente.

No entiendo la pregunta. ¿Quién prefirió el tema de la lucha? ¿Yo? ¿Cuántos textos he escrito sobre el tema?

En Puerto Rico, Luis Sánchez escribe La importancia de llamarse Daniel Santos y la lista podría ser interminable. ¿Si a ti te diera por hacer un trabajo de esta índole con un luchador por quién te decidirías y por qué razón lo escogerías? ¿Se dice que cuando los niños mueren van al cielo, pero qué pasa con los que no mueren... acaso de grandes van a la lucha? Si hay algo que quisieras agregar te lo agradecería. Gracias.

Si me obligaran a escribir la vida de algún luchador, supongo que buscaría a uno lagunero. Trataría de encontrar a un hombre común, a alguien que en realidad hubiera fracasado como luchador y que en su presente conservara intacta la frustración. La vida de los fracasados es la que más me interesa recoger. La victoria es una vulgaridad; los únicos personajes con densidad humana son los que han perdido, los derrotados. En ellos veo mi espejo. El éxito es asunto de Miguel Ángel Cornejo, no mío.

 

Entrevista para Miriam González, reportera de El Siglo de Torreón. Las preguntas se refieren a la presentación de Tientos y mediciones, mi libro sobre la reseña bibliográfica.

¿Qué herramientas aportas en este libro, para la gente que se dedica al mundo de la comunicación?

Éste es mi primer libro con marcada intención didáctica. Cuando lo organicé tuve en mente que sus principales usuarios podrían ser los estudiantes de nivel superior, principalmente quienes cursan alguna carrera humanística. Sin embargo, Tientos y mediciones (publicado por la UIA Torreón y el Icocult) busca a un público más amplio. Todo aquel que ya tenga una convivencia frecuente con el libro, con la lectura, puede escribir sobre lo que lee, es decir, puede escribir reseñas. Tal es mi propósito: enfatizar a todos que después de leer podemos compartir nuestra experiencia de lectores por medio de la reseña.

¿Qué tan difícil es compartir tu experiencia con compañeros del mismo medio?

La reseña también tiene su gracia. No es nada más resumir un libro, narrar su argumento o describir su contendido. Desde que descubrí este molde periodístico pensé, y lo pienso todavía, que nada supera a la reseña para recomendar directamente la lectura de una obra. En vez de decirle a dos o tres personas que tal o cual libro es atractivo, uno puede escribir reseñas y hacer que más personas sientan el deseo de leer la obra comentada. Me parece que la inquietud reseñística debe estar presente, sobre todo, entre los estudiantes y los egresados de la carrera de comunicación y periodismo, pues se supone que en esas profesiones los estudiantes son formados en la lectura y en la difusión crítica de las ideas. Pero insisto que todos los que leen pueden reseñar. No se trata de hacer una crítica académica, compleja, sino escribir las primeras impresiones que la lectura va generando en el potencial reseñador.

¿Qué se requiere para ser escritor o periodista?

Entiendo que hacer literatura o periodismo cultural requiere, como todo, de una buena dosis de vocación, de inclinación natural y acaso de talento. Sin embargo, la reseña, tal y como la entiendo en Tientos y mediciones, no es privativa del escritor ni del periodista. La ventaja de este género es que está abierto a todos los que ya leen. El principal requisito de la reseña, tal vez el único, es que el reseñista sea antes un lector atento. Si ya lo es, no hay obstáculo para que, por escrito, dé a conocer las opiniones que le surgen durante la lectura.

¿Qué se necesita para formar lectores, otro de los objetivos de tu libro, no es así?

Tientos y mediciones es un homenaje abierto, descarado, a los libros. Yo sólo tengo palabras de agradecimiento para ellos, así que al libro ya le debía un libro, y aquí está. Tiene esta obrita la intención de formar lectores, cierto, aunque no me hago grandes ilusiones.

¿Cuánto tiempo de trabajo demandó la hechura de este material?

Este libro contiene una especie de prólogo-manual de la reseña, y luego treinta reseñas sobre treinta distintos tipos de libros. El libro, pues, casi no lo escribí, sólo lo organicé. Le dediqué unos meses del primer semestre de 2003. Lo tuve guardado poco más de año y medio hasta que al fin pudo ver la tinta.

¿Qué otros textos tienes por publicar?

En 2003 escribí y ordené más libros que nunca, tantos que me darían para diez años de publicación constante, al menos uno al año. En 2004, así sea a cuentagotas, van saliendo aquellos materiales y se van armando otros. Además, en México fue reimpresa mi novela El principio del terror y estoy en pláticas para ver si sale algo nuevo por allá. Acabo de cumplir cuarenta años; no hay razón para guardar tanto tiempo lo que ya está listo.

 

Entrevista para Adriana Vargas, reportera de La Opinión Milenio. Las preguntas se refieren a la presentación de Tientos y mediciones, mi libro sobre la reseña bibliográfica.

¿Las reseñas que integras en el libro corresponden a tus lecturas favoritas o qué te llevó a comentar esas obras?

La razón principal por la que hace años me dediqué a escribir reseñas es muy simple: me di cuenta de que, como digo en el libro, “con un solo flechazo puedo hacer varios blancos: empujo el interés de que otros lean (aunque sobre esto no me hago grandes ilusiones), ejerzo una crítica ligera y calisténica, repienso los libros que ya leí, afino mis obsesiones estilísticas y a veces —muy de vez en cuando, tan esporádicamente que para no llorar mejor no abundo sobre el tema— me gano algún dinero”. Además, es una forma de tener un pie en el ensayo, género al que respeto mucho y al que siempre me he acercado con actitud humilde. Tientos y mediciones (edición de la UIA Torreón y el Icocult) no contiene, entonces, comentarios sobre mis libros favoritos, sino sobre algunas obras de reciente edición que he tenido la necesidad o la obligación de compartir aunque sea por medio de reseñas. Creo, sin temor a errar, que lo fundamental en este libro es su prólogo-manual: allí propongo algunas pautas para escribir reseñas, así que todo aquel que ya tenga el hábito de la lectura puede pasar a escribir sobre lo que lee, es decir, a armar reseñas. Tientos y mediciones se convierte así en mi primer libro con intención abiertamente didáctica.

¿Crees que la reseña literaria es un género que puede contribuir a despertar un gozo por la lectura o a la formación de más lectores?

Lo que yo deseo es anular el miedo de los lectores. Si ya leen, si compran libros, si les gusta recomendarlos, no hay razón para dejar sus opiniones en la mente o en el puro plano de la recomendación oral. La reseña abre cancha a la posibilidad de que escribamos sobre lo recién leído, y así, de un solo golpe, podríamos recomendar cualquier libro a más personas. Eso quizá daría como resultado, si la reseña fuera un género practicado por muchos, un aumento significativo en el número de lectores. En otras palabras, para “hacer un país de lectores” no es suficiente publicar y distribuir libros; es pertinente opinar sobre ellos, poner en el aparador periodístico las ideas que ellos generan.

¿Cómo encuentras la promoción de la lectura por parte de instituciones educativas y culturales en México?

Decorosa, pero insuficiente. Creo que el debate no debe encaminarse tanto a pensar qué más debemos hacer para que México tenga más y mejores lectores. Campañas, libros, presentaciones, bibliotecas, etcétera, hay suficientes. El problema grave está en otro lado. ¿De qué sirve una campaña a favor de la lectura infantil si Amy, la niña de la mochila azul, tiene acaparados a los niños? En estos días muchos intelectuales están replanteando el poder del duopolio Televisa-TvAzteca. Seamos francos: los planes académicos y artísticos han fracasado en este país no sólo por culpa de la SEP o del Conaculta, sino porque el caldo de cultivo social ha sido estropeado por los medios electrónicos. ¿Cómo queremos lectores en un país enamorado de Luis Miguel y de Paulina Rubio? Eso es absurdo, pero hay que seguir soñando.

En tu caso, ¿cuánto tiempo le dedicas a la lectura y qué géneros te han motivado más a escribir?

Leo y escribo con disciplina, pero sin horarios congelados. El trabajo y la familia me han obligado a aprovechar hasta la última gota de mi tiempo. Básicamente escribo de diez de la noche a doce o una. Y leo a pedazos en el día. He aprendido a concentrarme en cualquier lado. Ahora podría leer con cierto provecho hasta en la lucha libre.

Por último, ¿los estudiantes deberían empaparse más del género de la reseña?

Tientos y mediciones busca a cualquier lector que esté ya involucrado en el mundo de los libros. Lo pensé básicamente para estudiantes de carreras humanísticas, pero creo que es de utilidad para cualquiera que desee ir un poco más allá de la lectura. Éste es, hasta ahora, mi primer y más honesto homenaje al libro. Se lo adeudaba, y aquí está: un libro que sirve para escribir sobre libros.

 

Respuestas a Miriam González de El Siglo de Torreón sobre el impuesto a los libros.

Ante la falta de lectores, ¿es conveniente el impuesto a libros?

Cualquier gravamen a los libros es una carga que repercutirá en el consumo de este producto. Si ya de por sí hay pocos lectores en nuestro país, el traído y llevado impuesto a los libros ahondaría más la terrible situación del libro en México. El libro debe ser, me parece, un artículo de primera necesidad; por tanto, se requiere suavizar el régimen impositivo contra la edición. No se gana mucho dinero con un impuesto al libro; en cambio sí se agranda el viejo lastre del desdén social a la lectura.

¿Qué opinas de la desaparición de paraestatales como Educal?

Las instancias del gobierno que sirven a la edición, distribución y venta del libro tienen que ser apoyadas de manera creativa y desinteresada. Lo malo de los gobiernos neoliberales es que su apuesta olvida casi por completo el apoyo a la cultura. Es lo primero que sacrifican, y eso lo hacen siempre con el estúpido argumento de que sólo genera números rojos. Piensan en la cultura, en el libro, y lo quieren traducir a ganancias contantes y sonantes. No ven más allá de eso: no piensan en la ganancia espiritual, en el avance intelectual de la gente, en el valor de los bienes culturales como parte de nuestro patrimonio.

¿Qué sería lo mejor y lo peor que pudiera pasar de aprobarse el gravamen?

Lo insinué en la primera respuesta; no hay escenario “mejor” si se grava al libro; lo ideal es que se le apoye, que sigamos siendo creativos para promover la lectura, que el libro sea accesible a todos. En esto la responsabilidad no es solo del gobierno. Todos podemos hacer algo, donde estemos, por darle al libro el valor que merece. Por ejemplo, los periódicos tendrían más lectores si hubiera asimismo más lectores de libros. Voy a sonar enredado, pero esto es así: a más lectores de libros, más lectores de periódicos; por tanto, los periódicos, si quieren aumentar su número de usuarios, deberían abrir más espacios a la promoción y difusión gratuitas del libro. Sospecho que esto suena lógico.

¿Cuál es el panorama que se avizora?

Mi mente es pesimista, pero mi corazón es optimista. Desde hace mucho veo negro el panorama del libro, pero no debemos flaquear. Mi trinchera en este rubro es la reseña y la recomendación directa de libros. En eso ayudo. Modestia aparte, no me siento tan culpable por la falta de lectores. He hecho y haré lo que puedo para promover la lectura. Creo que todos, así sea como padres de familia comunes y corrientes, podemos ser defensores de este derecho: el derecho a ser lectores. Pero insisto: no soy muy optimista.

 

Respuesta para Daniella Giacomán de La Opinión Milenio a propósito del 16 de septiembre de 2003.

¿Qué significa la independencia para los creadores artísticos del país?

¿Cuál independencia? ¿Hubo independencia? Lo que nos ha vendido la historia oficial fue en realidad un tronchamiento del vínculo de sumisión política con respecto de España, pero de inmediato caímos en la red de los intereses norteamericanos. Allí seguimos todavía, atados de todas las extremidades a los EUA, al FMI y al G8. En este sentido, hablar de independencia es casi un mito tan lindo como el del águila y la serpiente, es nomás la oportunidad de reciclar nuestro nacionalismo de paliacate y pirotecnia, de Grito ritual, sin verdadero sentido, en el zócalos de la patria.

 

Entrevista de Alfredo García, colaborador del periódico Vanguardia, de Saltillo, Coahuila (en pdf).

 

Cuestionario de la periodista argentina Irene Selser para Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Gonzalo Garcés y yo. El reportaje al que se integró fue publicado en Milenio Diario, de la Ciudad de México (lamentablemente no conseguí un ejemplar de ese periódico, pero conservé la entrevista realizada vía mail en el año 2000). La periodista dialogó con nosotros a propósito de las novelas En busca de Klingsor, Los impacientes, Amphitryon y El principio del terror.

 

Bueno, aquí van las preguntas. Ojalá despierten su interés. Ya ofrecí la nota en la sección cultural de Milenio Diario (periódico donde trabajo). Pedí dos planas (unos 16 mil caracteres), que es el espacio usual de mis reportajes de fines de semana, pero les suplico no extenderse demasiado para no tener que mutilar las respuestas. Armaré todo el material con lo que reciba de ustedes del D.F., Cholula, París y Torreón. Gracias de antemano por el tiempo. Cordialmente, Irene.

 

Consideraba Goethe que todo lo que empieza es impulsivo y radical, lleno de matices y contrastes, “las nuevas costas” de lo joven de las que hablaba Arturo Souto, en oposición a las “playas” de lo maduro. ¿Adhieren con su obra a esta definición?

Puede ser cierto que la impulsividad se desvanezca con los años, pero siempre es necesario que a “las playas de la madurez” le llegue de vez en cuando una tormenta. Estoy de acuerdo con Goethe —¡cómo no estar de acuerdo con Goethe!— en que los jóvenes suelen encarar su obra literaria con ánimos de radicalidad y pronto advierten que deben sosegarse un poco. Aunque hay excepciones, la novela es un género que demanda salir pronto del salvajismo juvenil, amueblar la mente y escribir desde una experiencia bien digerida.

En cada caso, ¿cuáles son las bases de tu cultura y qué convicciones sostienen tu escritura?

Estudié comunicación en un instituto patrulla de cuyas clases no quiero acordarme, luego hice una fascinante maestría en historia en la UIA Laguna, así que mi formación literaria es autodidacta. Los libros, no los maestros, han sido mis tablones de náufrago. He leído sin un plan previo, sin la orientación de un programa académico y sin los coscorrones de un profesor. Eso no significa que el caos se haya apoderado de mí. A los veinte años decidí establecer, aunque laxas, algunas prioridades: literatura en mi lengua, narradores, principalmente contemporáneos como Carpentier, Cortázar, Vargas Llosa, Sabato. Soy asimismo uno de los miles de deudores confesos del relegible  Borges. De México tengo dos santos patronos: Reyes y Yáñez. Cuando miro a España allí están, con todas sus barbas, Cervantes y Quevedo. He leído con fruición a pocos autores no hispanoescribientes; Schwob, Papini y Nebokov escapan a esa mala costumbre. ¿La convicción que sostiene mi escritura? Dejar que el lazarillo de mi instinto sea el guía, escribir por medio de corazonadas, de pálpitos, no de certezas en la cuadrícula.

¿Qué hay en los clásicos que tanto parece atraerles, y por qué ahora?

Para mí los clásicos son, entre otros, Cervantes y Quevedo. Son autores cuya grandeza —el buen humor y la inteligencia— aumenta con el tiempo. Había en ellos un dolor festivo indisimulable, una manera de arrostrar la desgracia que ya quisiéramos. Hay otros clásicos a los que frecuento: los autores de la crónica indiana. Con ellos comenzó, ya lo decía Lezama refiriéndose a Colón, la poesía de América. ¿Por qué ahora? No me recuerdo lejos de esa tradición. Si llego a los ochenta, seguiré leyéndolos.

¿Qué jóvenes autores de América Latina y de Europa incluirían en lo que yo llamo la generación del 98 —toca a ustedes decir sí o no— y qué valores culturales y literarios compartirían?

No sabía que hubiera otra generación del 98 aparte de la azorineana. Para no confundir, preferiría llamarla “del fin de milenio”, “de las postrimerías”, o algo así, que etiquetar es lo menos importante. Lamento no conocer bien a mis coetáneos. A mi aldea no llega, por ejemplo, lo que hacen los jóvenes en Argentina o en Colombia. En México hay autores de valor; aparte de los que han pegado jonrones en España, allí están Herrasti, Bergua, Enrigue, Miklos, Palau, Suárez, Bellatín, Cadena, Irving Ramírez, Muñoz Cota, el rijoso Fadanelli y muchos más. Quizá es una paleta con demasiados colores y por tanto es difícil encontrar valores uniformes. Creo sin embargo que a todos los toca, o por lo menos los roza, un ánimo antipintoresquista y angustiado que deviene humor negro.

¿Por qué los llaman la generación del marketing, o bien los Baby Boom?

Precisamente, decir “generación del marketing” es parte del marketing ineludible en estos días. Hasta la literatura maldita tiene ya código de barras. ¿Baby Boom? Suena gracioso. Parece el mote de una actriz porno.

Si nos remitimos a los elementos básicos de la narración, que algunos autores organizan en Personajes (P), Procedimientos de relato ®, Tema (T), Descripciones y Explicaciones (DE), Ritmo (RI), Lenguaje Empleado (LE), lo que daría la fórmula T DE P PRI R LE, ¿cómo combinarían ustedes la ecuación, según sus acentos? Por ejemplo, en el caso de Gonzalo, algunos críticos opinan que Los impacientes es una novela de tipo sicologista, donde el centro organizador es el elemento P, como en Los siete locos, de Roberto Arlt.

Como sugerí hace unas líneas, descreo de las fórmulas que alquímicamente den como resultado una obra literaria. En este oficio, hasta los sonetos se construyen más con intuición que con preceptivas. Pero no voy a ser descortés. Creo en el ritmo que funge de cimiento; si no hay un ritmo que seduzca, el T, los P, las DE y el LE se vienen abajo como jacales de naipes.

¿Hasta dónde la propuesta de ruptura que ustedes encarnan es en sí revolucionaria —entendido esto como cuestionamiento de la literatura por sí misma—, dado que el signo característico de las letras latinoamericanas es, precisamente, su tradición de ruptura? Y si ella supone poner en cuestión la herencia inmediata, ¿de qué herencia pretenderían deslindarse?

Proponerse la Gran Ruptura es creer que uno es el Clark Kent de las letras. Hay que escribir, ya los críticos dirán más delante si uno rompió algo o se ciñó a una inercia. Sé que ahora parece ineludible escribir sobre asuntos que se desarrollen en Europa. Aunque mi novelita se ubica por allá, no es mi credo inamovible. A mí me deslumbran por igual los cuentos de Borges, tanto los que tratan sobre enigmas eruditos como los de orilleros antiguos. Puedo escribir sobre Cleopatra, pero a la vuelta de mi casa sé que también hay temas interesantes. Todo depende del tratamiento, del bisturí que uno tenga para diseccionar la realidad.

Marguerite Yourcenar confesaba ser bastante indiferente a lo que escribían sus contemporáneos, no menos que a la política y a las noticias de los diarios. ¿Es éste su caso?

Quizá no sea indiferencia, sino falta de tiempo. Trato de estar al tanto, pero por supuesto la producción de mis contemporáneos es inalcanzable. Fui voraz consumidor de periódicos, pero ahora los procuro poco. Prefiero las revistas, dan más tiempo para respirar y generalmente ofrecen mejor prosa.

La misma Yourcenar, en su larga conversación con Matthieu Galey, convertida en libro (Con los ojos abiertos), afirmó por otro lado que el escritor nunca debía renunciar a convencer a las masas: “Cuando los utopistas comiencen a ser la mala conciencia de los gobiernos, la apuesta está a medio ganar”. En su caso, que traspasaron la adolescencia en medio de demasiados derrumbes, ¿dónde ha quedado la utopía? ¿Qué referencias históricas siguen en pie?

Soy optimista. Pienso que después de este optimismo de mercado renacerá el pesimismo de los aguafiestas. Creo que lo veremos en México, cuando el panismo empresarial vindique a Salinas y nos veamos en la obligación de ir al cuarto de los triques, encender la linterna y desempolvar lo que quede de utopía.

¿Cuál sería a su juicio el camino para resolver los más ingentes problemas de la humanidad, entre ellas la miseria, el hambre, la incultura? Para B. Traven, por ejemplo, el gran método era el materialismo histórico.

No sé cuál es el camino, pero intuyo que el cinismo de muchos políticos no ayuda a mejorar nada. Ésta es la pregunta más difícil de mi tanda.

En mayor o menor medida, ustedes ya han conocido los latigazos de la crítica. En su opinión, ¿de qué adolecería la crítica literaria en América Latina y Europa?

Adolece, es decir, padece, como todo lo escrito en este país, de falta de lectores. Me parece una crítica solvente, preparada, agudísima en muchos casos, pero insisto que, junto a los poetas, los críticos son, desafortunadamente, los escritores menos leídos.

(Preguntas para Gonzalo y para Jaime): ¿Qué es París para tu literatura?, ¿y qué es Torreón para ti, Jaime?

Torreón, Coahuila (25.33º N/103.26º W) me ha ofrecido la magnífica oportunidad de amargarme por la falta de puertas. A diferencia de lo que ocurre en París, en Madrid o en el DF, aquí no se editan libros, no hay lectores, no se da una vida cultural efervescente. Es una zona árida, esteparia no sólo en el aspecto topográfico. Lo malo de esta circunstancia es que resulta doble o triple el esfuerzo para conseguir un mendrugo de gloria; lo bueno es que todo se configura como realidad inexplorada, como hallazgo.

Para Jaime: ¿Por qué escogiste como tema literario en El principio del terror las vicisitudes de la primera víctima del doctor Guillotine en la Francia revolucionaria?

Pensé que la vida imaginaria de Pelletier, el primer guillotinado, me ofrecía la posibilidad de divertirme y de escupir en el rostro de nuestro tiempo. Traté de mostrar que en Torreón también se pueden construir ficciones sin plazas de armas ni enfáticos homenajes al desierto. Pero el propósito fundamental fue divertirme, esbozar con la imaginación el perfil de un simpático canalla.

¿Qué les ha dejado En busca de Klingsor, Los impacientes, Amphitryon y El principio del terror?

A mí me ha dejado mucho. No dinero, pero sí una saludable relación con Planeta México —casi milagrosa desde mi rancho— y la oportunidad de participar en foros como éste.

¿Qué proyectos tienen en marcha y cuál es su ambición literaria?

Sigo con mis novelas. Tenía tres a medio cocinar y espero que todas salgan del cascarón en los próximos meses. Una se ubica en mi tiempo y en mi espacio (y hasta en mi trabajo), otra en mi espacio pero no en mi tiempo y la otra ni en mi espacio ni en mi tiempo. A ver qué demonios sale de esa incubación.

¿Qué destino avizoran para la literatura latinoamericana?

Parece que bueno. Aunque yo esté lejos, me da gusto ver los cohetes latinoamericanos en el firmamento.

Jaime, ¿qué te emparenta y qué te distancia de las obras de Jorge, Nacho y Gonzalo?

En todos los casos, creo, hay un evidente propósito de búsqueda. Con claras diferencias, la voluntad estilística de cada uno entronca con lo mejor de nuestra tradición. Me distancia de ellos, por supuesto, el éxito. Los tres han obtenido premios tan jugosos como justos y no enuncio un disparate si afirmo que apenas comienzan el ascenso. Yo voy más, mucho más lento. Mis logros avanzan sobre el lomo de una tortuga.

 

Cuestionario de Mariana Ramírez para la elaboración de su tesis sobre literatura lagunera.

¿Cuál es tu propia definición de literatura según el trabajo que en esta disciplina has realizado?

Es, junto con la filosofía y la política, la actividad más elevada del espíritu humano. Quizá exagero, pero a mí me place entrañablemente la lectura literaria, pues con ella logro palpar, casi sin metáfora, las pulsiones más diversas e íntimas del comportamiento humano.

¿Qué opinión tienes de la actividad literaria en La Laguna?

Aunque pocos todavía, ya tiene algunos nombres importantes. Abundan la charlatanería y la ingenuidad, por supuesto, pero tenemos a dos o tres ensayistas de primer nivel, varios poetas estupendos y otros tantos narradores que ya trabajan una obra nada despreciable. Se escribe mucho, creo, pero faltan publicaciones y, sobre todo, difusión seria en los medios, suplementos culturales dignos de la literatura que aquí se está labrando.

¿Crees que elegiste este género literario por una inclinación natural hacia él o por tu formación general?

No está separada una de la otra. Me incliné por la narrativa, como lector y escritor, porque mi mente no está suficientemente acondicionada para trabajar la poesía, el teatro y el ensayo. He practicado todos los géneros, es cierto, pero es en la narrativa donde me siento menos inseguro, acaso más firme. Conforme han pasado los años, la escritura de relatos se ha convertido en una especie de obsesión insacudible. Siempre tengo en la cabeza un hervidero de relatos.

¿Has pertenecido a algún grupo literario específico o consideras que eres independiente’

Siempre he sido independiente, porque cuando pertenecí a un grupo, éste lo era y nunca me impuso una camisa de fuerza. El Botella al mar (que así se llamaba el grupo al que pertenecí en la segunda mitad de los ochenta) fue una experiencia menos literaria que vivencial, es decir, allí no aprendí a escribir, pero sí, sospecho, a sentir por primera vez lo que era la vida literaria, los fracasos, el ninguneo, el orgullo de comenzar a escribir, el miedo, la alegría del juego verbal, la insolencia, la frustración inagotable.

¿Cuántos libros u obras has escrito y de ellos cuántos ya han sido publicados?

(Aquí anexé un curriculum vitae a mi entrevistadora).

¿Vives únicamente de lo que escribes o tienes un "segundo oficio"?

Tengo un segundo y un tercer oficios para sobrevivir. Edito, soy maestro, coordino talleres, presento libros, vendo menudo los domingos, etcétera. No vivo, pues, de escribir, lamentablemente. Todavía no.

¿Has pensado en irte a vivir a otro lugar para desarrollar mejor tu actividad?

Lo he pensado, pero para escribir los relatos que deseo no he creído necesario cambiar de aires. Con imaginación todo se suple. En todo caso, lo que requiero es siempre un mayor ingreso económico, y eso sí se podría conseguir en otra parte, pues en La Laguna los escritores tienen que arreglárselas con unos cuantos pesos. Es casi heroico hacer literatura en esta aldea.

¿A quiénes consideras tus maestros ya sea directos o a través de lecturas de su obra?

Son muchos y han sido amigos, libros, lugares, situaciones: Saúl Rosales, El Quijote, Gilberto Prado, mi infancia en Gómez Palacio, Quevedo, Reyes, Borges, Vargas Llosa, la angustia para sobrevivir, cierta música, alguna pintura, varias películas, numerosas revistas, Gerardo García, Vargas Llosa, Sergio Antonio Corona, la calle, la poesía, el horror, el valor de las mujeres, Nabocov, la miseria de todos los días, la belleza de todos los días.

¿Cómo ves el panorama del consumo de libros de literatura en la región: hay suficientes lectores para la cantidad de libros que se publican?

No hay suficientes lectores ni se publican suficientes libros. Un escritor lagunero debe pensar que, a la larga, terminará publicando fuera del solar doméstico. Como dice un amigo: publicar sólo en provincia es seguir siendo inédito.

¿Los premios que has obtenido constituyen un incentivo real para continuar con tu labor? ¿Qué tanto sirve el reconocimiento?

Sirven para pagar deudas, sobre todo. Aparte de eso, sirven para muy poco, casi para nada.

¿Qué tan ciertos son los requisitos que se necesitan para obtener una beca de apoyo? ¿Ayuda en realidad este tipo de sistema gubernamental o institucional?

Sólo he tenido una, y miserable. Pese a eso, ayuda un poco, claro que sí. A un escritor de provincia nunca le estorba un pesito más en los bolsillos. En cuanto a los requisitos, es siempre prudente hinchar el currículum lo más que se pueda, así sea con datos insignificantes.

¿En qué crees que radica la importancia de la literatura para una sociedad en general y en particular para la Comarca Lagunera?

Aunque a La Laguna no le importe mucho, la literatura es fundamental en otras partes. El arte es como el corazón de las sociedades. En la literatura vemos cómo palpita el mundo, qué siente, cómo llora, de qué ríe.

¿Por qué este oficio y no otro: qué tanta aceptación familiar y social obtuviste al decidir ser escritor?

La literatura me escogió a mí. Cuando me di cuenta, ya estaba enfermo de libros y de palabras. A mi edad actual (36 años) ya es irremediable, no puedo dedicarme a otra cosa.

¿Cuando terminas una de tus obras sientes que está concluida o que pudiste añadirle algo más: qué tan riguroso eres?

Nunca termino una obra, en sentido estricto. La abandono, la dejo, la publico, en efecto, pero siempre lo hago con la ingrata sensación de inacabamiento, de impotencia ante la posibilidad de ser mejor y no lograrlo. Hasta la fecha, nada más ingrato que padecer la frustración de “terminar” un libro.

¿Crees que es importante la presencia de una crítica literaria objetiva y metódica para el avance de nuestra literatura y la adecuada orientación a los lectores?

¿Hay crítica objetiva? Lo que hay, creo, es crítica profesional y crítica epidérmica. En La Laguna abundaba la crítica de mala leche, si es que a eso se le puede llamar crítica. Pero hay dos o tres críticos que sí valen la pena, y a ellos hay que leerlos con atención.

Te desempeñas como encargado de algún taller literario: ¿quiénes y por qué acuden la mayoría de tus discípulos?

El de la UIA Laguna. A los muchachos ya los conoces, Mariana, y casi todos ellos están allí porque han demostrado que la literatura es una pasión, no un pasatiempo universitario. Tengo cerca de mí a Daniel Lomas, un poeta con un talento descomunal; a Miguel Báez, narrador y ensayista extraordinario, inusitado; a Daniel Herrera, un loco al que vale la pena leer; a René Orozco, joven inteligente y lleno de malicia; ellos son hasta el momento mis más grandes descubrimientos. Además, creo, estuve cerca de Fernando Fabio Sánchez cuando inició su brillante carrera literaria. Estoy muy orgulloso de ellos. Me siento como un gambusino con suerte.

¿Cómo ves a los escritores jóvenes de la región, qué diferencias existen entre ellos y tus contemporáneos?

Son más precoces. A los 25 pueden tener la garra que uno alcanzó a los 30, si es que eso ocurrió. Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Miguel Báez son la prueba de lo que estoy afirmando. Detrás de ellos vienen otros veinteañeros —o incluso más jóvenes— que serán estupendos escritores. Ellos lograrán un reconocimiento importante, sin duda.

¿Desde cuándo consideras que surgió una literatura regional a la altura de las que se dan en otras latitudes del país?

Es presuntuoso afirmarlo, pero a partir de los ochenta comenzamos a perder el candor. En veinte años dejamos de morder el rebozo, olvidamos la timidez y dejamos de ser ingenuos.

¿Qué autores regionales anteriores a tu generación consideras que son importantes por su obra. Sientes que partes de ellos o tu generación es totalmente independiente de su influencia?

Saúl Rosales Carrillo y Enriqueta Ochoa, únicamente ellos. Todos los demás, para mí, son prescindibles.

¿Crees que tu generación surgió en un momento especial? ¿Qué los une (si es que hay unidad) y cuáles podrían ser sus diferencias?

Fue un bello accidente del destino. Conocer a mis amigos de generación, compartir con ellos las primeras palabras escritas en serio, todo eso fue extraordinario. Siempre fuimos muy diferentes, pero había una afinidad indestructible: la literatura como pasión y vocación, hasta la fecha. Los quiero mucho, los respeto mucho; no tengo pudor para afirmarlo y siempre me duele que en algunos momentos nos hayamos incomunicado un poco.

 

Entrevista de la reportera Miriam González sobre el día del libro. El Siglo de Torreón, noviembre de 2004.

1. Se dice que México es un país de pocos lectores, entonces la alternativa quizás sean los pequeños, ¿cómo hacerle para que los niños empiecen a leer?

 Como dicen los sabios: lo primero es lo primero, hay que tener libros a la mano. No se trata de que los padres adquieran la costumbre de leer, pero sí, al menos, la de comprar libros para sus hijos. La convivencia frecuente, diaria si es posible, con el libro, ayuda a que los pequeños le pierdan el miedo, lo desacralicen y poco a poco le cobren adicción. No hay reglas, no hay fórmulas para construir a un buen lector, pero estoy seguro que una biblioteca personal, casera, ayuda mucho al propósito de fomentar el hábito de leer en los hijos.

 

2. ¿Qué tipo de lecturas son recomendables para el público infantil?

En nuestro tiempo hay libros para todas las edades. Antes no había libros para niños de uno, dos o tres años, por ejemplo. Ahora cualquier librería cuenta en sus anaqueles con obras adecuadas para niños de esas edades, libros con páginas gruesas y resistentes, plastificadas, libros con mucha imagen y escaso texto, libros desplegables, libros de hule para que los niños puedan “leer” y jugar mientras se bañan. Si eso ocurre con los pequeños de uno a tres años, es obvio que para los niños de mayor edad también hay una oferta múltiple de materiales. Con esto quiero decir que cambió el concepto de “libro infantil”. Antes lo asociábamos a Salgari y a Verne; ahora hay libros tan ingeniosos para los bebés que no es necesario aprender a leer para comenzar a “leer”. Ese público es el más importante: si enamoramos de los libros a un niño de dos años, puede suceder que ese lazo ya no se rompa.

 

3. ¿Qué beneficios obtendrá el niño lector en su desarrollo como persona?

Leer es la diferencia entre entenderse a sí mismo y entender la dinámica del mundo, a vivir casi en la penumbra. El libro aclara, desbroza, genera en la persona una actitud crítica e imaginativa que no producen otros medios de comunicación. Así como vacunamos a los pequeños contra las enfermedades físicas más terribles, una forma de inmunizarlos contra la oscuridad se puede lograr inyectándoles el anticuerpo de la lectura.

 

4. ¿Cuáles serían las diferencias del niño que lee, con respecto a aquél que no lee?

El niño que lee adquiere, para empezar, el hábito de la concentración. Despierta asimismo, más tempranamente, a la crítica y a la autocrítica. Explicar esto es complejo, todo un desafío para la pedagogía moderna, y no se puede simplificar en dos palabras, pero lo cierto es que los libros ayudan a apropiarse del conocimiento con mayor rapidez y, sobre todo, con mayor profundidad. Un niño que lee es un niño potencialmente rico en opiniones propias. Un niño que no lee está casi condenado a ser un adulto dependiente de lo que digan los demás. Por eso el poder suele temerle a la lectura y no la fomenta, o la fomenta parcial e hipócritamente, porque la lectura libera y forma el músculo de la imaginación y del juicio.

 

5. ¿Qué hay del fenómeno Harry Potter? ¿Hasta dónde es bueno que el niño se incline hacia este tipo de literatura?

No está mal para la adolescencia, pero es obvio que su boom obedece más a su hollywoodense mercadotecnia que a su calidad literaria. Eso no es bueno ni es malo en sí mismo; lo terrible sería, en todo caso, fanatizarse con Harry Potter a los treinta años. Esa fantasía estilo Disney es pasable hasta los trece años. Para la postadolescencia hay autores de mucho mayor calidad. El ya mencionado Julio Verne es uno de ellos.

 

6. Tienes en casa niños, ¿cómo se le hace para tener una niña que no sólo lee, sino también ya escribe libros?

Tengo tres niñas en casa, y las tres tienen a su merced una biblioteca familiar de siete mil volúmenes, de los cuales unos 200 o poco más son apropiados para su edad. Eso no garantiza que serán buenas lectoras, pero al menos ya sé, lo veo todos los días, que los libros son para ellas un objeto de uso cotidiano, tan doméstico como la cuchara o la silla. Ya la llevo de gane: le han perdido el miedo al libro y lo consideran un objeto de uso diario. Veremos qué ocurre en el futuro. En cuanto a escribir, a esa edad cualquier texto escrito por un niño es valioso. Lo único que hice en su momento es diseñar un proyecto de edición; los textos de Renatita estaban allí, a la mano, como los de cualquier otro niño. Lo importante fue añadir a su condición de lectora prematura una especie de plus: el de escritora. Pero como lo digo en el epílogo de aquel librito: sólo el tiempo dirá si continúa o no. Por lo pronto ya sabe lo que es publicar, es decir, también perdió ese miedo demasiado temprano. Todo partió de una pregunta que me asaltó a principios de 2003: ¿los autores de libros infantiles necesariamente tienen que ser adultos? Pues no. Los niños también pueden ser autores de libros para niños, así de fácil.

 

Cuestionario de la sección "Retrato hablado" de la revista Artefacto.

1. ¿Cuál es el tema más frecuente de tus sueños?

Que anoto el gol del triunfo en una final que perdí cuando estaba en secundaria. 

2. ¿Qué tendría de bueno ser del sexo opuesto?

Entender por fin cómo piensan las mujeres.

 

3. ¿Cuál fue la peor inversión de tu vida?

La inversión de tiempo dando clases de redacción. Todo ha sido inútil.


4.
¿Cómo titularías tu autobiografía?

 Quisiera abrir lentamente mis venas.

 

5. ¿Cuál es tu ritual indispensable?

 Ir al baño con algún libro.

 

6. ¿A quién no aceptarías en tu círculo de amigos?

A Miguel Ángel Cornejo, Og Mandino, Luis Miguel, Ricardo Arjona, Juan José Origel, Paty Chapoy, Roberto Madrazo, Diego Fernández de Cevallos, Martha Sahagún, Harry Potter, Fidel Velázquez, Carlos Salinas, Mickey Mouse, Michael Jackson, Luis de Llano, Miguel Nassar Haro, Augusto Pinochet, Chabelo, Joaquín López Dóriga, La Güera Rodríguez Alcaine, Superman, Rico McPato, George Bush y Ronald McDonald.

 

7. ¿Qué pensaste al despertar esta mañana?

Que debía responder un apresurado cuestionario.

 

8. ¿De qué te arrepientes?

De perder el tiempo arrepintiéndome de haber perdido el tiempo.


9.
¿Qué te pone a rezar?

Lamentablemente no soy señora.

 

10. ¿Dónde está dios?

Esa duda es demasiado grande. Preferiría que le preguntaran a San Agustín.

 

11. ¿Qué impuesto inventarías?

Ninguno. Más bien los aboliría todos.


12.
¿Qué consejo darías a un político?

Que se muera pronto y que con eso colabore al desarrollo del país.

 

13. ¿Qué perversión (tuya) aceptarías con elegancia?

El voyeurismo.


14.
¿Cuál es el personaje favorito de tu infancia?

Ninón Sevilla.


15.
¿Qué invento le hace falta a tu vida?

Una máquina para responder cuestionarios absurdos.

 

16. ¿Tu palabra favorita?

Refrigerador.

 

17. ¿Qué música escuchas en tu cabeza?
La del dueto Los Bribones en la rocola del Chava’s Club.

 

18. ¿Qué droga no has podido dejar?

La televisión.

 

19. ¿Cuál obra de arte te conmueve?

El mural más antiguo de la presidencia de Torreón: es conmovedor el pobrecito.


20.
¿Cuál ha sido el precio de ser quien eres?

No tengo la menor idea.


21.
¿A quién le dices "sí" a lo que sea?

A mis cuatro mujeres.

 

22. ¿Qué objeto nunca encontraste?

Un BMW.

 

23. ¿Cuál es tu autor favorito?
Son dos: Dante y Cuco Sánchez.

 

24. ¿Cuál revista buscas? 
Artefacto y el Chanoc.

 

25. ¿Cuál es tu insulto favorito?    

¡Eres un maldito Carlos Cuauhtémoc Sánchez!

26. ¿Cuál es tu profesión frustrada?

Dueño de Microsofth.

 

27. ¿Qué sonido te gusta?

El del silencio.

 

28. ¿Qué pregunta nunca contestarías?      

 

 

29. ¿Cuál es tu ruta favorita?

De la computadora a mi cama y viceversa.

 

30. ¿Cómo interpretas la creatividad?

La interpreto con música de Los Cadetes de Linares.

 

Sobre Saúl Rosales a pregunta de Vicente Rodríguez, colaborador de Siglo Nuevo de El Siglo de Torreón.

¿Qué puedes decir de Saúl Rosales ahora que acaba de ser nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua?

Muchos hablan de sus maestros con respeto y afecto ilimitados. Recuerdo la admiración que en España tienen por Ortega, en Argentina por Henríquez Ureña, en México por Reyes y en Cuba por Lezama. En La Laguna el único nombre equivalente que tengo a la mano es el de Saúl Rosales Carrillo. El es Mi Maestro, Nuestro Maestro, dado que somos varios los que le adeudamos una manera de percibir la realidad desde la literatura y una forma específica de autoasumirnos como escritores. Por eso, sinceramente creo que sólo los obtusos o los mezquinos le regatean mérito a Saúl. Por esa razón, insisto, no me tiembla la voz al afirmar que hemos sido muy injustos con él, sobre todo las autoridades. Un hombre de esa estatura, con ese dominio de la expresión literaria y con esa generosa disposición a enseñar, sería percibido en otra parte como un tesoro público. En Torreón no ha sido el caso; nuestros gobernantes y la fauna del mundillo promotor de la cultura todavía ignoran la trascendencia de Saúl, y lo que es peor aún: algunos le cierran las puertas, lo cual denota una estulticia digna de monumento. Algunos despotrican contra la figura de este escritor. Muchos que hemos escuchado sus consejos sólo tenemos para él palabras de agradecimiento y afecto. Su reciente nombramiento como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua sólo viene a confirmar lo que muchos ya sabíamos: Saúl Rosales Carillo es un torreonense ejemplar, el mejor formador de escritores de La Laguna en las dos décadas más recientes. Si su obra escrita es ya amplia y apreciable, no lo es menos su obra como maestro, su enorme valor como jefe de la tribu.

 

Entrevista de Alejandro Luna Gutiérrez que no sé si apareció en el periódico Entretodos, julio de 2005

¿Qué le hace falta al periodismo cultural que se realiza en La Laguna?

Faltan, creo, más textos de carácter opinativo. Afortunadamente y con puntualidad los periódicos de la comarca dan cuenta de lo que acontece en la vida cultural de la región. Lo malo es que no hay voces críticas que sistemáticamente opinen sobre los espectáculos o productos ofrecidos por nuestras instituciones culturales.

 

¿Qué elementos u herramientas hacen faltan para desarrollar un eficiente trabajo periodístico cultural?

Primero, de parte de las empresas periodísticas, una mejor retribución a los reporteros de la fuente; segundo, de parte de los periodistas encargados de cubrir estos espacios, una mayor preparación en términos de cultura general y, lo más importante, un dominio pleno de los géneros.

 

¿Crees que el periodista debe estar sensibilizado a las distintas corrientes artísticas?

Sí. De su visceral cercanía al quehacer artístico dependerá la calidad de su trabajo.

 

¿Es austero o monótono el periodismo que se ejerce en la región?

No veo el porqué de esa disyuntiva. Innegablemente es austero, pues todavía no es una prioridad de nuestros periódicos y por lo general se le confina a una sección pequeña de los diarios. Y sí, puede ser calificado de monótono, o al menos de recurrente, pues la falta de una vida cultural agitada provoca que la comarca tenga un periodismo cultural algo adormilado, ajeno al debate, sin sobresaltos notables, casi momificado en vida.

 

¿Este periodismo debe de ser más critico, más solvente o mediador entre la sociedad y los centros culturales?

El periodismo siempre es un medio, o mediador, sobre todo entre la sociedad y las instancias gubernamentales o privadas. Lo cultural no es ajeno a esta dinámica: por un lado están las instancias culturales, y por el otro los potenciales consumidores de la oferta cultural. El periodismo debe informar, claro, pero también tiene la obligación de orientar el gusto, de criticar para que la gente sepa digerir una exposición, un concierto, un libro o una obra teatral. En La Laguna, veamos el caso de la música culta, el periodismo cultural todavía tiene obligaciones didácticas, pues la gente no sabe apreciar, pongo por caso, los valores de una ópera. Estamos pues en una etapa en la cual nuestro periodismo cultural tiene que informar, es cierto, pero también debe ayudar en el desarrollo del juicio artístico de la comunidad.

 

¿Hay interés por la cultura en los medios de comunicacion?

Seamos francos: la cultura no vende, o casi no vende, así que, cuando se da, siempre es una pobre ramita arrinconada de la difusión mediática. El mercado es el rey, y en el mercado la cultura es, lamentablemente, asunto de unos cuantos.

 

¿Qué actitud profesional debe adoptar el periodista cultural cuando se ventila poca información?

Afortunadamente eso ya no ocurre. Vivimos en una época donde la vertiginosidad y la riqueza de la información no tiene límites. En este escenario, sólo carecerán de información los periodistas indolentes o faltos de creatividad. Ahora de lo que se trata es de discernir, entre tanta información, qué sirve y qué no sirve.

 

¿Crees que es válido tomar toda la información del boletín de prensa cuando este es solamente un medio para aterrizar ideas y así poder desarrollar una eficiente investigación, reportaje u entrevista?

El boletín es siempre un punto de partida, un trampolín. Tomarlo como nota consumada es, ya lo aludí, una muestra palpable de indolencia y de chambismo.

 

Diversos periodistas, cuando no hay actividad cultural o no hay oferta por parte de los centros culturales, no saben qué ofrecer, no saben qué ventilar; en este caso, ¿qué sugieres?

Es cierto; a veces La Laguna parece muerta y nos quedamos uno o dos días sin una sola propuesta cultural. Cuando eso ocurre, el periodismo cultural, o cualquier periodismo, puede tomar caminos menos convencionales: ese es el momento idóneo para publicar alguna entrevista de opinión o de semblanza, de escribir una crónica, de armar algún reportaje o de trabajar una reseña; en suma, de meterse a la talacha de los géneros que están más allá de la nota periodística. Como dije antes: lo importante es la creatividad. Un periodista con ideas jamás carecerá de agua aunque se le sequen todos los agostaderos.

 

¿Existe un nivel de enseñanza periodística cultural eficiente en las universidades locales?

En las carreras de comunicación son impartidas, por lo que sé, algunas materias relacionadas con el ejercicio periodístico. Por lo general, tal convivencia con el periodismo es apresurada y momentánea, por lo que no son abordadas subespecies del periodismo como el denominado “cultural”. En pocas palabras, un universitario que abrace la carrera periodística en La Laguna deberá insistir más que nada en el autodidactismo y en la experiencia directa con el medio, pues no hay, salvo en la UAL, carreras de periodismo puro.

 

 

 
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