Bombas atómicas

Jaime Muñoz Vargas

Estaba yo en la preparatoria. Era el sexto semestre, había optado por las humanidades y por fin había dejado atrás la física y el álgebra. En un examen de historia, un compañero de cuyo nombre no puedo acordarme me pidió entre dientes, desde el pupitre de atrás, que abriera el brazo para copiar la pregunta número ocho. Yo tenía el examen concluido, pero con más desidia que generosidad esperé el momento oportuno para facilitar el trabajo de mi amigo. “Listo, la copié, listo”, me dijo casi con un susurro.

Unos días después recibí un diez de calificación (los exámenes eran simplonsísimos, pues habíamos más de sesenta alumnos por grupo y los maestros no se complicaban la existencia). Cuando mi compañero me encontró, me reclamó que, por mi culpa, había obtenido un 9 (nueve) de calificación. Su única respuesta incorrecta fue la que yo le había pasado. Obviamente me desconcertó, pues yo la había sacado bien. Le pedí que me mostrara su examen, y allí estaba la razón de su 9 (nueve). La pregunta solicitaba anotar las ciudades donde habían estallado las dos primeras bombas atómicas. Con lápiz, claramente, mi compañero había copiado y ésta era su respuesta: “Hiroshima y Nacozari”.

 

 

 
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