El artículo es como una moto repartidora de pizzas. Llega rápido a donde sea, se cuela en todas partes, nunca llega con demora. He practicado este género desde 1985, y aunque a veces lo miro con cierta distancia, no puedo evitarlo y siempre caigo en él, como la mosca en la telaraña.

   Los que vienen son sólo unos ejemplos publicados en La Opinión (Torreón), El Diario de Chihuahua y Espacio 4 (Saltillo). Muchos los tengo guardados en soportes de papel. Traigo pues algunos que obran en las carpetas de mi PC, para no sufrir copiando. Ojalá no disgusten.

 

Al maistro con cariño

Todos los que alguna vez hemos sido carne de salón guardamos en el portafolios alguna anécdota brutal que relatar. Más en México, país que no se distingue precisamente por dedicar a la figura del maestro un aprecio digno de monumento. Al contrario, los pobresores de toda la nación saben, sabemos, que dar la espalda durante un segundo al grupo equivale a ser cruelmente tasajeados con apodos, gestos y señas hirientes. En mis épocas de prepa vi incluso el caso de un alumno/kamikaze que retó a un maestro para batirse a puñetazos afuerita del aula, todo adornado, por supuesto, con mentadas de madre y demás injurias.

Pero al parecer esa costumbre no es privativa de México. En países hipercivilizados también se cocinan buenas habas. Leo que en Francia, ese dechado de la modernidad y la cultura, ese arquetipo del orden social, entrará en vigor este semestre una ley que castigará severamente a los estudiantes que insulten o denigren a sus maestros. La ley contempla que a partir de los trece años cualquier espinilludo o espinilluda —para decirlo al insufrible estilo presidencial— será castigado o castigada hasta con seis meses de cárcel si le espeta un “hijo de puta” a su malquerido profesor.

El fenómeno es viejo aquí y en Francia, por lo que se ve, y ha crecido en los años recientes. Cada vez son más los maestros que tras infligir una mala nota reciben a cambio coloridos denuestos. Por eso la ley sancionará implacablemente, en la tierra de Voltaire y Montesquieu, a los alumnos que se pasen de lanzas y quieran desquitar algún coraje contra los funcionarios de la educación.

La que no queda clara es la medida de los improperios y su cuota de castigo, es decir, el grado de penalización que puede recibir un mocoso si profiere contra su preceptor tal o cual vituperio. La pena máxima es de seis meses a la sombra, y suponemos que se aplicará a quienes señalen al maestro como “hijo de puta”, pero ¿de qué tamaño será el castigo si la ofensa es menor? Decir “incompetente”, “impreparado”, “déspota” lógicamente no ameritará medio año de aislamiento tras los muros del penal, pero sí, tal vez, una visita relámpago a la jaula.

Por otro lado, si esa ley se aplicara en México supongo que faltarían cárceles para dar albergue temporal a tanto joven impulsivo. Tendríamos que establecer muy bien, para evitar toda discrecionalidad en la aplicación de las sanciones, qué peso tiene cada grosería. Por ejemplo, una mentada valdría medio año en la bartolina; un “pendejo” le daría al alumno tres meses de vacaciones en el Cereso; un “tonto” da apenas para quince días y un “bobo” puede ser tranquilamente perdonado o a lo mucho ameritar un coscorrón en la mollera.

¿Y qué castigo le asignaríamos al alumno que retó a golpes al maestro y de paso le recordó a toda su rechingadísima madre? Si estuviéramos en Texas, de seguro la inyección letal, pero como estamos en México propongo que a ese alumno se le encamine a su verdadera vocación: guarura.

 

¿Ciceritos a mí, y a estas horas?

Cito de memoria uno de los pasajes que más retengo del Quijote, aquél en el que nuestro flacucho y andante caballero, advertido del peligro que implica abrir una jaula hirviente los leones, responde al llamado de atención: “¿Leoncitos a mí, y a estas horas?”. Esto me vino a la cabeza cuando leí en la prensa internacional que Cicero, pequeña ciudad cercana a Chicago, Illinois, es un pueblito famoso porque hacia 1923 allí estableció sus marranos business Alphonso Capone, el ilustre Caracortada. Desde entonces Cicero ha ganado, sin competencia y más bien con holgura, el primer lugar en el ranking de las ciudades más corruptas de Estados Unidos.

         Las noticias sobre Cicero circulan por el planeta gracias a que su alcaldesa, la señora Betty Loren-Maltese, ha sido acusada de mantener apretados nexos con la mafia. Según el cable, la señora presidenta de por allá, cincuentona que por su aspecto obliga la recordación de la Liz Taylor ya entrada en cirugías, les bajó con transa y media, socorrida por los avezados gángsteres de Cicero, doce millones de dólares a los habitantes de la ciudad, agandalle que puso en alerta al fisco y al FBI.

            El caso es que la señora Loren-Maltese puede vestir pronto el traje de cebra, y eso abre las puertas a una nueva elección en donde Joseph Moreno, perdedor en las elecciones del 2001, trate de capitalizar el 70 por ciento del voto hispano cicerense que el año pasado no le diera el triunfo frente a la hoy ex alcaldesa, dama célebre en el condado por usar los dineros del erario público junto a sus jefes Infelice Rocco —con este nombre cómo no dedicarse al oficio de don Corleone—, Michael Spano y otros socios, para comprar un campo de golf, construir una casa de lujo en un paraje ideal, adquirir una cuadra de caballos, regalar Cadillacs a los cuates o concederse jugosos préstamos sin intereses.

         Varios preguntas saltan a la hoja. ¿Qué tiene la señora Betty Loren-Maltese que no tenga cualquier pinchurriento presidentillo municipal de México? ¿Acaso acá no se construyen, a precios ridículos por las tierras ejidales, campos de golf en tres patadas y sin tanta flatulencia? ¿No es cierto que aquí los negocios chuecos florecen a la sombra del poder que los nutre y los solapa? ¿No es también de todos conocido que en México el poder político/empresarial se otorga a sí mismo, también con turbiedad y ventajosamente, los proyectos para la construcción de obra pública? ¿A quién le extraña en estos tiempos el bienaventurado matrimonio entre la política y el narco? En México la señora Betty Loren-Maltese pudo hacer un doctorado horroris causa en trapacerías políticas, y mucho extraña que allá la tengan considerada una ladrona de subido calibre. Si a esa imitadora de Liz Taylor le hubiera tocado gobernar con los ardides mexicanos de seguro hasta la hubieran invitado a rodar una película como al alcalde de Tultitlán de cuyo nombre no puedo acordarme.

         Por eso, despachado el cable noticioso acerca de las corruptelas en Cicero no me queda otra que preguntar, parafraseando al Manco, ¿Ciceritos a mí, y a estas horas?

 

Croquetas de tiburón

Si me permiten pedir, solicito desde este casi anónimo foro que los defensores de la Norma 029 sean convertidos en croquetas para tiburón y con ello compensemos un poco al más imponente inquilino de los mares. No me mueve ninguna militancia ecologista, no pertenezco a Greenpeace y ni siquiera he podido ver tres documentales enteros del capitán Jacques-Yves Costeau; más: al mar apenas lo conozco desde sus turísticas orillas y siempre muy pasajeramente, pero eso no me impide anhelar la supervivencia de sus especies, de sus inauditas especies. Así como abomino de los criminales que por deporte o por simple ocio despachan animales con trampas o con rifles, me parece que también merecen aborrecimiento quienes por medio de leyes autorizan la depredación de la naturaleza. Los detractores de ballenas, de elefantes, de papagayos, de rinocerontes y ahora de tiburones merecen ser formados y puestos de nalguitas para darles una buena tanda de patadas. ¿Les parecerá digno, justo o divertido atropellar especies ya casi extintas? ¿Es lindo para ellos disparar como lo hacen los autodisculpados amantes de la cacería? ¿Hay razones suficientemente válidas para matar con tanta ventaja y sobre todo con la del raciocinio? ¿Los disculpa argumentar que se trata sólo de animales?

Dan risa, dan coraje. Donde estén y del pelaje que sean y con los intereses que tengan —japoneses, noruegos, kenianos, brasileños, norteamericanos—, los exterminadores de especies amenazadas deberían darse una asomadita, si es que saben leer, a Un viejo que leía novelas de amor, espléndida historia del chileno Luis Sepúlveda. Allí, con gran literatura e implacable sarcasmo, podrán ver la estulticia de quienes han dado cuenta de las más bellas criaturas que pueblan las selvas sudamericanas. En esas páginas no hay tiburones, no hay mar, pero sí aborígenes que conocen desde su “incivilidad” el delicado equilibrio requerido por la naturaleza para sobrevivir. Al final uno se pregunta para qué nos ha servido el progreso y por qué los gobiernos, como ahora el de Fox, han sido tan negligentes en el cuidado de este patrimonio.

No sirve de nada, pero hace varios años escribí un bestiario todavía inédito. Son cuarenta poemitas sin mayor ambición, homenaje a los animales que me asombran; uno de ellos, el tiburón, mereció éste:

 

Sólo el insulto

cabe en las siete letras de su caribe nombre

cabe el terror también y siempre

en sus mandíbulas serradas

en su perenne movimiento

en su olfato de sangre

Caben sólo insultos y miedo

al depredador de los intrusos

al defensor de su agua

al vigilante de su inagotable casa

al hambriento y justo habitante del océano

al ecuánime y violento tiburón

de hermoso nombre

 

Sigo pensando lo mismo: el tiburón es el águila de las aguas, el león de los océanos. Matarlo me parece imbécil. Prefiero que sus enemigos se conviertan en croquetas.

 

La generación "igual y"

Además del caló y del argot, existen otros modos suburbiales de expresión verbal. En el primero —el caló— se incluyen aquellas voces propias de un grupo, de un barrio, de una comunidad que a veces puede ser una nación. “Chido”, “cantón”, “varo”, “guachar”, “cuico”, “chafa” son vocablos que casi en todo México podemos traducir, respectivamente, como “bonito”, “casa”, “peso”, “mirar”, “policía”, “de mala calidad”. Con respecto del argot el uso está más restringido, pues nos referimos en este caso al habla propia de un gremio; así, los abogados saben muy bien qué es una “chicanada”, los carpinteros se entienden cuando afirman que una tabla debe quedar “a paño”, los soldadores saben qué quiere decir “tirar unos cacahuates” y los músicos no se confunden cuando se trata de “aventarse una hueseada”.

         En una zona indefinible del habla coloquial se encuentran las que me atreveré a llamar “expresiones rémora”. Se trata en este caso de frases, palabras, locuciones adverbiales y demás que se van transformando en clichés de uso pasajero. A veces duran varios años adheridos a la lengua de los usuarios y a mi juicio esconden, tras su aparente elegancia, una lamentable carencia de armas retóricas.

         Cito tres casos. La locución adverbial “de hecho” es hoy empleada indiscriminada y burdamente por los jóvenes. Hace tiempo conversé con un muchacho que en tres minutos encajó cinco “de hechos” en sus tambaleantes oraciones. Aquello se oyó más o menos así:

—¿Cómo te ha ido? —le pregunté.

—De hecho bien.

—¿Vas a comer en este restaurant?

—De hecho. ¿Y usted, profe?

La televisión puso de moda entre los mexicanos la frase “para nada”. En vez de negar con un sencillo “no”, los elegantes fallidos siempre dicen “para nada”, como aquí:

—¿Tienes 25 años, verdad?

—Para nada, tengo 23.

         Pero la más espantosa expresión rémora que conozco —en los años recientes se ha puesto de moda en todas partes— es “igualy” (léase así, pegada, y si es posible métasele prosodia de niña fresa). Haga el lector el experimento y cuente cuántas veces, durante diez minutos, dice “igual y” un elegante fallido. Aseguro que, por lo menos, cinco.

         —Te va a dejar el camión.

         —No, igual y sí lo alcanzo.

         —Se me hace que no, son ya las nueve.

         —No importa, igual y me voy en taxi.

         Lástima que falte espacio para seguir con este monstruoso diálogo. Pero igual y lo retomo en otra ocasión.

 

Damas de la cultura

En la actualidad hay una tendencia —es casi una plaga, más bien—  a que los altos mandos de la burocracia cultural sean ocupados por, de momento las llamaré así, con un delicado eufemismo, damas de la cultura. Se trata de mujeres de entre cuarenta a sesenta años, ricas o ricas venidas a menos, pero siempre con modales y apariencia campanudos de acuerdo a los parámetros establecidos por la figura ya prototípica de Guadalupe Loaeza. Son mujeres imitativas, caprichosas, esnobs y paranoicas; han leído tres libros, pero han oído hablar de mil y conocen a muchos autores, lo que las barniza de un culteranismo muy necesario en los cocteles. Son incapaces de hilvanar, en público o en privado, un discurso congruente, y a lo sumo llegan al balbuceo.

Si las miramos retrospectivamente, tienen un título profesional, pero nunca han ejercido, pues cuando terminaron sus carreras fueron encaminadas al altar de los sacrificios. Ya con hijos grandes, esas damas medio desdeñadas por el marido o de plano divorciadas, deciden emplear su tiempo en algo útil. Mansamente se acercan a una institución cultural por medio de cualquier conocido, a quien le confiesan su desocupación y su enorme deseo de hacer algo por el desvalido pópulo. En vez del voluntariado, muchas caen en las oficinas donde se organiza la difusión de la cultura. Allí llegan con caritas compungidas, modestas, afirmando que sólo saben que no saben nada y que desean hacer algo por el bien de los demás, sin que les interese el sueldo. Son aceptadas como asistentes de algo, lo que sea, en ínfimas talachas. Con el paso de los meses conocen a la fauna que habita el reino de burocracia cultural. Las damas se dan cuenta de que todos o casi todos están allí para sobrevivir con un sueldo microscópico. Poco a poco, la aspirante a dama de la cultura domina el territorio, conoce la psicología famélica del mundillo cultural, aprende sus códigos. Llega entonces la primera gran oportunidad: de lavaplatos de la cultura pasa a garrotera, de garrotera a mesera, de mesara a capitana, y de capitana a dueña del restaurant, aunque a veces se dan casos de superación personal fulgurante: de lavaplatos se brinca a la cúspide, todo es cuestión del dinero y del tiempo que se le invierta.

Ya instalada en la cima, la dama de la cultura establece una triple vinculación: convive con el inframundo de los poetas, de los pintores, de los teatreros, pero también con los empresarios y los políticos. A los primeros los necesita para legitimarse, para que den fe de su talento como promotora cultural, pues aunque los artistillas de rancho individualmente velen poco, en bola llegan a tener algún impacto en la opinión pública. A los empresarios los requiere por lo obvio: la cultura necesita billetes, y entre cuates hay que echarse la mano. Por último, a los políticos la dama de la cultura se acerca por una razón no menos importante; la supervivencia en un puesto, o la consecución de otro mejor, depende de la habilidad para moverse en los pasillos de palacio municipal, estatal o nacional, según sea el calibre de la ambición. Sólo así se puede conservar u obtener el nuevo feudo.

Todo eso requiere la dama de la cultura. Todo eso menos un poco, paradójicamente, de cultura.

 

A Laredo vía Neptuno

Conseguir la visa láser en cualquier consulado de EUA a veces resulta una odisea que deja convertido en cómodo tour la trágica y naufrágica aventura de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Hacerse de la pequeña mica que nos permita “accesar” —uso, para no desentonar, ese horripilante anglicismo de la fauna cibernética— a los dominios del imperio cuesta, además de dinero, un sacrificio físico y moral de alto voltaje. Desde el 11-S —sigo ahora con la manía abreviatural del inglés yanqui—, la frontera se convirtió en una cortina de hierro en la que todo ser con apariencia humana, cuando desea pasar, debe ser primero detenido y fiscalizado para que demuestre, si es posible hasta con la marca de sus calzoncillos, que no va en plan de terrorista ni de trabajador permanente. Y eso es para todos: ricos, trepadores y nacos mexicanos son, somos, examinados con lupa por los cónsules, y a nadie se le perdonará un titubeo o la falta de cualquier documento.

Se puede pensar que eso es terrible, pero no. El trato de reses que a los mexicanos se les aplica en los consulados apenas es una caricia si se compara con la flagelación a la que los someten algunas agencias de viajes que ofrecen ese sórdido recorrido. Quien no lo crea, lea este caso digno de figurar en el salón de la infamia. Hace quince días contraté el servicio —por llamarle de algún modo— de una agencia cuyo rótulo lleva la palabra Neptuno o Saturno, que para el caso da lo mismo. Luego de cobrar, bien cobrado, el viaje y la “asesoría” para tramitar la visa, un contingente de cuarenta personas salió de Torreón rumbo a Laredo. El viaje, un martirio, transcurrió en la madrugada, eso para amanecer temprano en el consulado de la ciudad fronteriza. A las siete de la mañana, la desgañitada edecán nos informó que 39 pasajeros llevábamos “cita” en el consulado para las 8:30 de la mañana, y sólo uno estaba programado para las 11:30. Entre empujones y regaños, pues, las 39 reses de las 8:30 ingresamos al búnker del consulado laredense, y en menos de 45 minutos ya habíamos despachado el asunto, es decir, a las 9:15 ya estábamos listas para regresar a Torreón.

Pero el estilo mexicano de organizar viajes no podía fallar. Primero nos dijeron que debíamos esperar el ingreso del pasajero que tenía cita a las 11:30. Luego, los 39 pasajeros desvelados, hambrientos y listos desde las 9:30 para retornar, esperamos un retraso de varias horas bajo el pegajoso calor de Laredo. Para no hacerla muy larga y porque el espacio se acaba, el pasajero de las 11:30 salió del consulado a las 2:30 de la tarde. Poco antes, desde Laredo llamé a la neptúnica agencia de viajes para reclamar ese disparate. Le grité a una señorita que ese servicio no tenía madre, pues nadie merece tanto castigo por culpa de una visa; le argumenté que si llevaban 39 pasajeros con cita a las 8:30, por qué habían permitido que viajara uno con cita más tardía. Obviamente, la señorita no pudo resolver nada; como siempre ocurre, la pobre respondió con un discurso que Cantinflas hubiera rubricado.

El viaje de regreso fue, como todos los viajes de regreso, más agotador. Los pasajeros veníamos molidos en el camión, y hubo un momento en que aquello pareció “La nave de los locos” del Bosco. En fin: por culpa de esos servicios de octava categoría, anunciados embusteramente como de primera, un día y su noche enteros los pasé convencido de que le hemos copiado todo, con servilismo, al capitalismo carnicero, menos el servicio al cliente, y eso es algo sobre lo que quisiera volver en otra entrega. Esa noción de nuestra realidad se me agudizó cuando fui a la agencia para reclamar un cobro extra e injustificado. El empleado me rembolsó el dinero luego de mil piruetas retóricas donde se demuestra que, en México, y menos en Neptuno, el cliente nunca tiene la razón.

 

Gran variedad de lo mismo

Citada por el lucidísimo Gubern, con una frase de Herbert Schiller se puede definir al carnaval político que hoy se cierne sobre la indefensa cuidad de Torreón: los partidos ofrecen a su electorado potencial una “gran variedad de lo mismo”. Todo es cascarón, mercadotecnia chafa, fuego fatuo discursivo. “Fortaleceremos la seguridad pública”, “Mi compromiso es la honestidad”, “Hagamos de Torreón un municipio digno”, “Más educación para nuestros hijos”, “La cultura es nuestra prioridad”. ¿Importa saber quién dijo esas frases, de qué partido político emanaron? No importa, pues de tan abstractas y de tan huecas se le pueden atribuir a cualquier sigla en este río revuelto de la demagogia electorera.

Sean grandes o sean chicos, los partidos y sus estrategos saben que la base de su éxito no es tanto la diferenciación visible, sólidamente ideologizada, cuanto la pugna clientelar y subterránea por el voto pobre urbano y rural. Triunfará al fin quien logre acopiar una mayor reserva de electores hoy diseminada en la periferia; por eso, confiados en la elementalidad de ese votante, los partidos apuestan a la cancioncita pegajosa, a la foto con sonrisa Colgate siempre forzada, a los eslóganes que parecen menos frases políticas que anuncios para detergente. Ganar el voto pobre (con todo lo que esto implica de marginación económica e intelectual) representa mucho menos riesgo que lograr el convencimiento racional de quienes, debido sobre todo a su techo cultural, se muestran escépticos ante el proselitismo de pacotilla que ahora se acostumbra.

Véanse si no el abaratamiento de los mensajes verbales y la redundancia de las imágenes; todos son una calca de todos, y todos se parecen o son idénticos, más bien, a los que vimos abarrotar de ruido electoral a la ciudad hace tres, seis, nueve años. El desgaste, pues, ha tocado desde hace tiempo el fondo de la tautología. Los pasacalles, los trípticos, los espots de radio y televisión, los volantes, los pegotes, los debates, todo es vomitivamente idéntico a lo que ya vimos hartas veces, y a nadie se le ocurre una idea original precisamente porque no vale la pena ser creativos en un proceso donde lo que importa no es la persuasión inteligente, con campañas libres de trípticos y debates manoseados, sino el trabajo de mapacheo en lo oscurito.

Va pues un ofrecimiento discursivo, por último, para que se vea que aquí sí hay propuesta. Los partidos express, aquellos que no tienen nada que ganar y todo que perder, deberían por lo mismo tomar nota; en vez de desempolvar la utilería retórica de siempre —la depredación del optimismo—, pueden usar frases como éstas: “Por lo pronto comida; los lujos de la democracia, ya veremos después”. “No es necesario robar; con la nómina tenemos”. “No somos magos: los torreonenses pobres seguirán siendo pobres por la simple razón de que eso no se puede solucionar en tres años”. “Torreón merece los mejores candidatos; de esos no hay, pero nosotros somos los menos peores”. “No te abstengas; vota por el que te perjudicará menos”. “La situación de la ciudad es irritante, por eso salimos enojados en las fotos”. “Nuestra publicidad es escasa y barata; no vamos a gastar recursos por unos cuantos votos”. “Campaña de alfabetización; empezaremos por los maestros”. “Torreonense: el harakiri o nosotros. Tú eliges”.

Es el suicidio, claro, pero al menos habría una pizca de sinceridad. Ya con eso iríamos, como sabiamente afirma el ranchero, de gane.

 

La aldea de todos

Muchos todavía creen que la historia es un conglomerado de segmentos perfectamente delimitados. No ven que dividir una etapa de otra, aislarla, es un artificio mnemónico de las enciclopedias para que no nos enredemos. En realidad, la civilización es una urdimbre tejida inevitable y continuamente, sin hiatos, por todos los hombres y data desde que el pitecántropo comenzó a gruñir sus primeros balbuceos. En otras palabras, la historia que más cerca está de encontrar algunas chispas de verdad es aquella que, como quería Bruadel, escucha los latidos de la larga duración. Cualquier fenómeno viene de lejos, tal vez de muy lejos, y arrastra en su subsuelo un enorme río de factores económicos, políticos y culturales no fácilmente discernibles por el ojo del gambusino inexperto. Por eso los historiadores deben poseer, como primera condición de su oficio, una erudición apabullante. Lo contrario expone su trabajo al peligro de la ingenuidad.

La globalización —de la comunicación y del comercio, del saber y de la tecnología, pero también de la miseria y sus horrores— es uno de esos fenómenos entendidos por lo general como recientes. Pero viene de lejos, de muy lejos, y se remonta sobre todo a la era de los Descubrimientos, el de Colón incluido. El sinólogo John E. Wills Jr., catedrático de Historia en la Universidad del Sur de California, aborda el tema en 1688. Una historia global (Taurus), libro que da cuenta de las circunstancias que desde aquel año posibilitaron al trazo de las nuevas rutas de intercambio material y cultural entre Asia, África, América y Europa.

Desgraciadamente la globalización de los libros no ha repercutido en La Laguna, por eso debemos conformarnos, esperemos que por poco tiempo, con las palabras periodísticas del maestro Wills, quien al indagar la relación comercial China-Europa se dio de frente con la intrincada red comercial articulada en lugares tan distantes entre sí como Japón y la costa africana. Según el historiador, esto da fe de la importancia que tuvieron en este denso proceso regiones que en occidente son por lo común ignoradas, aunque ahora “Los teóricos de la globalización reivindican la importancia del islam, China e India por sus contribuciones al nuevo mundo a través de la fuerza de su comercio”.

Agrega que en la dinámica mundial los jesuitas fueron “los primeros globalizadores. Ellos son el producto de una alta cultura renacentista, conscientes de la importancia que tiene mezclar el cristianismo, hacerlo transparente y permeable a otras creencias. En sus escuelas se estudiaba a los estoicos, se les animaba a mezclarse, viajar, aprender idiomas y combinaban el catolicismo con Confucio o con los dioses guaraníes. Supieron elaborar un humanismo católico”.

Libro atractivo desde su solo título, esperemos que 1688. Una historia global algún día llegue a La Laguna y nos permita hincarle el ojo para comprobar que la historia sobre la que estamos parados nos pertenece a todos aunque dos o tres potencias se empeñen en monopolizarla como ya lo han hecho, por cierto, con la riqueza.

 

De laberintos y regalías

Salvo a quienes lo propusieron, el laberinto de la reforma fiscal no ha satisfecho a nadie. El asunto podría acceder al Guiness como el sistema tributario más enredado en la historia de la humanidad, pues prácticamente ya no habrá un deslinde genérico de los bienes y servicios gravables, sino una categorización específica, producto por producto, servicio por servicio, lo que en sí mismo puede generar una nomenclatura infinita y ridícula.

La reforma, pues, hace recordar aquella enciclopedia china citada por Borges en el ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”; en aquel maravilloso y tonto volumen, titulado Emporio celestial de conocimientos benévolos, está escrito, entre otras cosas, que “los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”. Como se ve, la realidad allí está definida con una especificidad rayana en lo estúpido: lo genérico no existe, en vez de abordar la palabra “perro”, podrían existir definiciones de “perro negro”, “perro sentado”, “perro sarnoso”, “perro que da vuelta a la esquina”, “perro de Juan”, “perro que acaba de morir”, “perro en el patio”, “perro Aguayo”, “perro de Zacatecas”, etcétera. Esa misma impresión produce la reforma fiscal: parece que el universo se ha expandido, que de ahora en adelante tendremos que pedir o dar facturas por todo lo comprado y rendir cuentas en un ceremonial burocrático que Kafka, ese gran retratista de la vida moderna, jamás hubiera imaginado.

Sobran los ejemplos de esa recategorización idiota. La diferencia entre lo suntuario y lo no suntuario, según las nuevas reglas del rito fiscal, linda peligrosamente con la locura. Unos zapatos de botín, por el sólo hecho de serlo aunque cuesten cuatro pesos, son suntuarios; pero unos zapatos de choclo, aunque cuesten dos mil pesos, no lo son. Es un lujo jugar golf, pero comprar el equipo para hacerlo no lo es. Saber lo que es y lo que no es suntuario, por tanto, demanda un esfuerzo memorístico descomunal, un estar pendiente, segundo tras segundo y con toda la voluntad puesta en ello, de todos los recovecos que tiene hoy el arte de pagar impuestos, como ocurrirá cuando vayamos al restaurant, donde para pedir una factura tendremos que mostrar hasta el acta de bautismo (original y dos copias).

Eso por un lado. Por otro, hay cambios en la fiscalización no menos estultos, como el que grava los derechos autorales. Algunos críticos como Jesús Silva-Herzog Márquez señalan que los escritores quieren defender privilegios aristocráticos. Una respuesta espléndida a ese disparate ya la dio Gabriel Zaíd, pero no está de más añadir que Silva-Herzog, hijo de connotado papá priísta y beneficiario vitalicio del poder, apenas si sospecha de dónde proviene el grueso de la comunidad intelectual: no de la suya, sino de la clase media apenas medianamente satisfecha en sus necesidades básicas. De esa clase sale la mayoría de los novelistas, guionistas, dramaturgos, poetas, compositores que para escribir, para crear —mientras los otros duermen felices por sus ganancias o desdichados con su hambre—, deben usar la madrugada, pues durante el día es necesario trabajar en una oficina, en una tienda, en una escuela, y por ello pagar impuestos como cualquier mortal.

Hay que recordar de paso que no se está defendiendo, en esencia, el dinero que cercena la ganancia de los autores, pues la mayor parte de quienes habitan este ghetto apenas si ha gozado alguna vez de regalías. Lo que se defiende en todo caso es, vuelvo a Gabriel Zaíd, el capital cultural de un país, la necesidad de estimularlo, el valor del arte ante los atropellos de la supina tecnocracia.

 

El monstruo de Aracataca

Nada sabemos de quien nace. Ni los horóscopos ni las cartas son capaces de indicar la ruta de una vida recién echada al mundo. Cuando en Aracataca, un pueblucho recóndito de la selva colombiana, nació el bebé al que sus padres bautizaron como Gabriel José, era imposible imaginar que ese pequeño era ya propietario de un destino espectacular. En Aracataca no se podía soñar con grandes cosas; era imposible que alguno de sus pobladores imaginara siquiera publicar un libro y ganar con él los juegos florales de cualquier feria cercana, mucho menos ganar un premio Nobel y, veinte años más delante, publicar sus memorias con un tiraje que ascendería de golpe a un millón de ejemplares. A Gabriel García Márquez le pasó eso y mucho más, todo lo que irá contando en un amazonas memorístico cuyo título es Vivir para contarla, la más reciente de sus obras y acaso la última de verdad importante.

         García Márquez llega a los 75 años acosado por la espesura de sus recuerdos y por la cercanía del dolor. Son muchas las páginas (596) de su memoria, pero ha podado 300 para evitar que, por criterios editoriales, el libro sea inmanejable y tal vez demasiado caro. El sello Mondadori se quedó con la primicia, pero pocas veces en la historia de un libro escrito en español hubo tanto estira y afloja por los derechos autorales.

Las cifras de este recordman de la literatura son escalofriantes, pero tienen sin cuidado al colombiano. A él sólo le preocupaba terminar el libro mientras a su lado se cernía la tragedia: su hermano Eligio murió, y poco después su madre Luisa Santiaga también fallece. Luego al Nobel 82 le sobrevino un cáncer linfático que lo aherrojó a decenas de tratamientos y a constantes viajes México-Los Ángeles. Fue un martirio del que salió salvo, por lo pronto. Pero la prisa era mucha. Gabo preguntó a sus editores hasta cuándo tenía tiempo de meterle mano a las cuartillas. El 13 de septiembre, le dijeron, y “hasta ese día algo cambia. Es más, una semana antes modifica el título y el epígrafe. Ya no se titularán Vivir para contarlo, sino para contarla. La clave del cambio está en el epígrafe, en un juego que enhebra la primera idea y la última palabra: ‘La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla’”.

         En el arranque de octubre estuvo lista la vida escrita del novelista latinoamericano más famoso, el monstruo de Aracataca. Fue un lanzamiento simultáneo en Barcelona, Bogotá, Buenos Aires y México. Fueron miles de ejemplares, pero Mondadori confió en agotarlos basada en el éxito anterior de García Márquez y en las palabras de su amigo Álvaro Mutis: “[Esta es] Una vida que se lee como una novela”, por tanto resulta todavía más atractiva para los lectores.

         A veinte años exactamente de haber recibido el Nobel, las memorias del colombiano nos permitirán a todos acceder en primera persona al universo vivencial de un hombre que, admirémoslo o no, hizo posible un milagro en la historia del arte latinoamericano: escribir, escribir muy bien, usar la materia de nuestra realidad, colocar nuestros mitos en el mapa de la literatura universal y, además de eso, ayudar a que miles de hombres lean por primera vez, lo cual puede ser razón suficiente para admirarlo.

 

La vejez iluminada

Muchos hombres viejos son respetables por ser hombres, no por ser viejos. Hay otros, otros como Ernesto Sabato, que son respetables por ser hombres y por ser viejos, dicho esto último con toda la carga de venerabilidad y de respeto posibles. La vida y la obra de Sabato han llegado a lo que se me ocurre denominar “vejez iluminada”. Prácticamente todo lo que toca el argentino lo convierte en sabiduría, en enseñanza moral e intelectual. Sus palabras son cascadas de luz y de dignidad; salen de ese frágil nonagenario cargadas de tristeza, sí, pero también de férrea esperanza, y aquí el adjetivo no es colguije ornamental, sino certeza: ¿habrá un escritor en América Latina más dolorido ante los horrores de la civilización? ¿Quién supera a don Ernesto para ver las purulentas tripas del progreso y, en vez de resignarse, gritar de indignación? Sabato es un viejo iluminado.

 

“Las vueltas que da el mundo, Borges: Cuando yo era muchacho, en años que ya me parecen pertenecer a una especie de sueño, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires: en viajas calles de barrio, en rejas y aljibes, hasta en la modesta magia que a la tardecita puede contemplarse en algún charco de las afueras. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de esos temas porteños, ya directamente, ya con el pretexto de Shopenhauer o de Heráclito de Efeso. Luego, con los años, el rencor político nos alejó; y así como Aristóteles dice que las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizá podríamos decir que los hombres se separan por lo mismo que quieren. Y ahora, alejados como parece que estamos (fíjese lo que son las cosas), yo quisiera convidarlo con estas páginas que se me han ocurrido sobre el tango. Y mucho me gustaría que no le disgustasen. Creameló”.

 

Onán a ritmo de samba

La noticia que por estos días inquieta a Brasil no deja de ser una maravilla del ingenio humano. ¿A quién se le ocurre calmar, con revistas pornográficas, las efervescencias hormonales de las superestrellas del futbol? Pues a la Federación Brasileña, que ante el empuje y las ganas (no precisamente deportivos) de los jugadores tuvo que echar mano de cierto material icónico para aplacar los naturales ímpetus de tantos cracks convertidos en forzados benedictinos debido al mundial Corea-Japón. De esa manera, con tanto estímulo visual —pensaron los federativos—, Rivaldo y compañía encontrarán un mínimo autodesahogo entre partido y partido. Como dice el ranchero: a falta de pan, tortillas (hechas a mano).

Las concentraciones, se sabe, son una excrescencia diabólica del juego más popular del planeta. Por semanas y en ocasiones por meses, los millonarios que viven de la patada son encerrados en su monasterio de playeras y balones para depurar, casi filosóficamente, el ataque y la defensa que usarán cuando salten al terreno de las contiendas. Allí, en esa reclusión, la vida les da casi todo: la mejor comida, las mejores habitaciones, las mejores camas, los mejores campos de práctica, las mejores piscinas, los juegos de video más modernos. Parecería que en dicha cárcel no falta nada. Aunque sí, falta el sexo. Encerrados en “la concentración”, los jugadores, hombres permanentemente asediados por la carne femenina, son víctimas de un ayuno que exige, éste sí, para soportarlo, una tremenda concentración mental y testicular, una ascesis digna de cartujo. Treinta, cuarenta días sin desenfundar el revólver pueden volver loco a cualquier futbolista. Eso lo saben muy bien los federativos del Brasil, y por eso la ocurrencia, que parece broma, pero no, de suministrar a los jugadores el mejor estimulante para rendirle culto a Onán: las revistas que se leen con una sola mano.

La ola de moralina desatada a propósito, seamos misericordiosos, no tiene razón de ser. Los brasileños y Luiz Felipe Scolari, su entrenador, quieren una copa del mundo más en sus vitrinas. No será fácil, pero sin duda las presiones se amortiguarán si permiten que los muchachos de la verde-amarilla entren al baño y se regalen unas migajas de felicidad entre tanto mal humor.

 

Matabellas affaire

El caso de Myriam Yukie Gaona, mejor conocida en el mundo del hampa liposuccional como “La Matabellas”, no deja de asombrar a quienes pensamos que la belleza del estándar occidental no se adquiere en la carnicería. Es cierto que uno de los más grandes anhelos del hombre y de la mujer de hoy es parecerse a Richard Gere y a Claudia Schiffer, pero no es menos cierto que para lograrlo primero se debe tener una (digamos) mínima predisposición natural y, en segundo lugar, una cuenta bancaria que permita invertir bastante plata en el asunto. Ser Ken o ser Barbie no es fácil, pues. Mucho menos para los mexicanos, quienes no somos famosos en el show bussines internacional por ajustarnos, aunque lo queramos, al modelo estético apreciado por Karl Lagerfeld.

Luego entonces se puede inferir que con quinientos pesos en la bolsa no es fácil llegar a la portada de Cosmopolitan. Con tan poco dinero lo único que alcanza es un charlatán de la belleza, un charlatán como la inefable Myriam Yukie Gaona, híbrido personaje que por unos cuantos pesos era capaz de meter aguja y cuchillo a la aspirante de Miss Universo que se le pusiera en frente. Por unas cuantas monedas, “La Matabellas” hizo lo que pudo —desde su absoluta ignorancia y carencia de escrúpulos— por abultar y contornear las nalgas de sus pacientes pacientes (esto no es una errata); hizo lo que pudo por inflarles los senos para que se parecieran a los de Britney Spears; hizo lo que pudo por lograr que sus clientas/víctimas soñaran con tener las piernas de Nahomi Campbell. Pero no lo logró, dado que con quinientos morlacos por consulta apenas alcanza para inyectar aceite industrial y tirar un choro motivador (“pronto serás hermosa, no lo dudes”). La consecuencia de esa atención médica de película de Santo es el desastre: las mujeres que se dejaron “embellecer” —qué comillas tan irónicas en este caso— por las pezuñas de Myriam Yukie Gaona ahora tienen la autoestima en los calcetines, y algunas hasta han tenido que cercenar secciones íntimas de sus anatomías.

El “Matatabellas affaire” nos deja una inmensa lección: el mundo está sobrepoblado de gandallas, de transas, de patanes, nadie lo duda, pero está más retacado aún de ingenuos, de supersticiosos, de estultos que van a encontrar la felicidad con un echador de cartas, con un quiromántico o al cuarto para las doce quieren dar el gatazo de modelos y para lograrlo se exponen a una tal Myriam especialista en deformar el cuerpo y la vida de sus atendidas.

       Es una muestra de candidez pensar que con quinientos pesos se levantarán los pechos y volverán a ser —o serán por primera vez— apetecibles. Lorena Herrera, tan famosa y tan deseada, es el mejor ejemplo de que la inversión en metálico debe ser grande, muy grande, pues tan macizas bolas nunca serán gratis ni surgen en el pecho por comer cereal, mucho menos con inyecciones de aceite para bebés, como lo hacía “La Matabellas”.

 

Cervantes in espalnglih, ese

De lo que estoy seguro es de que tendrá éxito. Me refiero a la primera edición del Quijote en espanglish, ese dialecto nacido tras el ayuntamiento selvático del español con el inglés, y usado sobre todo en la frontera de México y Estados Unidos y en algunos puntos más, como Nueva York, Chicago, Florida and Puerto Rico. El proyecto de traducción lo ha emprendido el doctor Ilan Stavans, intelectual de origen mexicano y catedrático de Filología y Estudios Culturales en el Amherst College de Massachussets, donde abrió el primer curso de espanglish, una lengua/idioma/dialecto/o como se llame que usan para darse a entender 35 millones de personas, cantidad superior a la población de muchos países europeos.

         El doctor Stavans ha preparado antes un diccionario de ese código centauro y ha reunido en él más de seis mil acepciones, lo cual nadie le ha discutido. Sin embargo, el deseo de que Cervantes se exprese en espanglish, además de ser original, será, ya lo es, polémico. Los académicos de la Real le echarán en cara, seguramente, la herejía de macular la pureza del castellano precisamente con el traslado de su libro totémico, y no faltarán opositores a ese experimento.

         A mi juicio no tiene nada de malo intentar aquella empresa. El espanglish es el embrión de una lengua, y tiene derecho a existir, por mucho que hispano y angloparlantes lo juzguemos contaminante. Además, es inevitable, y por tanto sería necio pretender que la chicaniza deje de expresarse con ese código mellizo. ¿Acaso no han nacido así muchos idiomas hoy ecuménicamente apreciados?

         Lo único que cuestiono es el nombre del nuevo catálogo verbal. Al parecer el doctor Stavans —y muchos más— lo llama spanglish, palabra donde las dos partes del centauro son anglicismos (span y glish). Como se trata de un código mixto, es de justicia que lo denominemos en español y en inglés: espa y nglish, eso para impedir que el nuevo instrumento conlleve desde su nombre molestas inequidades.

            Cierro con el inicio del Quijote en espanglish, a ver qué les parece el fruto del doctor Stavans: “In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa los sábados, lentil pa los viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa los domingos, consumían tres cuarers de su income. (...) El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y gaunteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear. La gente say que su apellido was Quijada or Quesada but acordando with las muchas conjecturas se entiende que era really Quejada. But all this no tiene mucha importancia pa nuestro cuento, providiendo que al cuentarlo no nos separemos pa nada de la verdá”.

 

Ídolos de migajón

Los medios de comunicación crean la realidad, afirma Román Gubern en El eros electrónico. Esto significa, traducido a buen chichimeca, que desde los mass media se modela un determinado tipo de percepción, lo que a su vez crea un imaginario colectivo maleable, de plastilina. Si algo o alguien sale en la tele, si lo aborda la radio, si la prensa lo persigue, luego existe y es valioso y digno de crédito, compasión o compra. Un pintor de provincia logra más aprecio público cuando la tele lo exhibe en su aparador hertziano. Un científico notable ve crecer su prestigio en función de la cobertura audiovisual. Un poeta alcanza mayor reconocimiento cuando la tele lo saca de su invisibilidad. La pobreza de un barrio o la discapacidad de un anciano empiezan a parecer reales cuando las cámaras les hacen un poco de calorcito. Lamentablemente esos personajes y esos temas no son la prioridad cotidiana de los medios, y por tanto los pintores son recordados sólo cuando el millonario Botero se presenta cerca de nosotros, o los científicos son tomados en cuenta cuando el doctor Molina obtiene el premio Nobel, o los poetas vienen a colación porque murió Jaime Sabines.

         La escala de lo valioso y de lo no valioso es manejada a capricho por los medios. Es valioso un goleador enamoradizo y conflictivo (Cuauhtémoc Blanco), es valioso un político mocho e impertinente (Carlos Abascal), es valiosa una cantante/tratante de blancas (Gloria Trevi), es valiosa una locutora mitotera y chafa (Paty Chapoy), es valioso un mercenario niño con credencial del INSEN (Chabelo). Es valioso lo que sale en la tele, lo que alcanza a figurar en el hit parade de la importancia audiovisual.

         Todo este choro para aterrizar, precisamente, en lo deplorable que resulta ver en la pantalla casera dos o tres reality shows, no sé, donde el sueño de los jóvenes es convertirse en estrellas de la farándula. Lo triste no es tanto que diez muchachos entren en una competencia donde mostrarán que saben cantar y bailar bien bonito, cuanto que ese juego adquiera relevancia nacional y sirva para modelar los apetitos profesionales de millones en todo el país. Corremos el albur de padecer en el futuro, por obra de estos programas, a una horda de jóvenes que en vez de aspirar a médicos, arquitectos, ingenieros, escultores, poetas, investigadores, astronautas, bomberos, etcétera, deseen prepararse para ser ídolos de migajón y brindar espectáculos en estadios y palenques. Todas quieren ser Thalía, todos quieren ser Luis Miguel. Ensayan como locos, cantan y se retuercen, las mujeres se contonean sexosamente, los hombres aprenden la gestualidad y el desplazamiento desvirilizados que tanto éxito tienen desde que Juanga se desgañitaba para señalar que no tenía dinero ni nada qué dar y lo único que tenía era amor para dar.

         Los medios diseñan la realidad. Por eso hoy se puede afirmar, no sin pavor, que un fantasma recorre México: el fantasma de Luis de Llano. La garibaldización del país es inminente.

 

Doncella de la muerte

Recuerdo un documental de People and arts. En primer plano la cara de Charles Manson; el asesino luce desgrañado, barbón y en sus pequeños ojos no deja de brillar un segundo la lucecita del rencor. Pero lo más llamativo no son sus pelos ni sus ojos: es la swástica que lleva tatuada en el centro de la frente. Con eso lo dice todo. Frente a las cámaras declara, habla, argumenta, todo con una convicción que ya desearía cualquier patriota. En una de ésas suelta la frase más terrible que he oído decir a alguien: “Si no me hubieran detenido, lo más seguro es que hubiera seguido asesinando hasta acabar con toda la humanidad”. Acabar con toda la humanidad; ni Hitler soñó eso.

¿Qué puede ocurrir para que alguien llegue a esos extremos? Por supuesto el hiperbólico sueño de Manson es incumplible, pero no deja de ser llamativo que se reproduzcan tantos criminales de esta categoría en los países de la oportunidad. Será por eso: la oportunidad de que muchos sean ricos a extremos impensados tiene su cara opuesta: muchos son pobres tal vez no escandalosamente, pero en un país con aquellos grados de riqueza el resentimiento de los que tienen menos se agiganta y, en ocasiones, deviene locura sin limitaciones.

En estos días tres megalómanos se han puesto de moda. Dos son callejeros, cotidianos; el otro está encaramado en el poder y quiere acabar con un lejano gobierno al que, sin morderse la lengua, acusa de criminal. Los dos primeros son La Doncella de la muerte, Aileen Wuornos, y el anónimo serial killer de Washington. El francotirador de la capital norteamericana (el que mata estudiantes, no el que quiere liquidar iraquíes) ya comenzó a manifestarse con cinismo y sigue la vieja ley de los asesinos en serie: el enfermo quiere que nos enteremos de sus triunfos. Para eso dejó ya un mensaje: “Querido policía: soy Dios”. No se puede llegar más lejos en materia de megalomanía.

Aileen Wuornos, la Doncella de la muerte, estaba a punto de recibir la inyección letal en la prisión de Starke, en estado de Florida. Ella despachó al más allá a siete hombres que solicitaron los servicios sexuales de Wuornos. Además de darles un rato de placer, la Doncella de la muerte les recetaba unos cuantos balazos y les desvalijaba sus billeteras. Según los cables, “la arrestaron en un bar llamado El Último Refugio en Daytona Beach, al norte de Miami, el 9 de enero de 1991”. La información que se obtuvo después fue escalofriante: “Wuornos nunca había tenido un refugio. Su madre la abandonó recién nacida y su padre se suicidó en la cárcel mientras cumplía condena por abusar sexualmente de menores. Desde niña vivió a salto de mata, prostituyéndose en las calles, drogándose y emborrachándose. A los 14 años tuvo una hija que entregó a la inclusa (casa donde se recogen y crían a los niños expósitos)”.

Luego de leer esta pequeña ficha biográfica se puede medio entender a la Doncella de la muerte. En el país de las oportunidades hay demasiadas vidas faulknerianas. Vidas que pueden alcanzar una dimensión humana difícilmente localizable en la mejor literatura. “‘Me corre tanto odio por las venas que si me dejan viva, aunque sea cumpliendo cadena perpetua, mataré otra vez’, declaró Wuornos al juez, pidiéndole que ‘no malgastara el dinero de los contribuyentes’. Luego despidió a sus abogados y retiró todas las apelaciones de su condena”.

     Si otros pudieran decir esto en similar trance. Pero el poder es extraño. En la presidencia de un país puede haber mucho menos claridad que en una prostituta.

 

La migaja del escritor

Un caso del Torreón real: cierto amigo, escritor él, requiere un trámite notarial y busca a un viejo cuate suyo, eminente abogado. Luego de despachar el asunto —bastante bien, por cierto—, pregunta con urbanidad cuánto le debe. El notario olvida la amistad y con toda justicia cobra su trabajo. Para eso estudió tanto, para ganarse la vida con sus conocimientos legales. Pasan unas semanas y el notario se apersona frente a mi amigo el escritor; lo hace para pedirle que asesore a su hijo, quien desea ser cuentista, y como prueba de aquel talento le entrega veinte cuartillas para que las lea y las enmiende. Unos días después, el notario recoge las cuartillas, no pregunta cuánto debe y mi amigo, por la pena de cobrar, no abre la boca para insinuar el monto de sus honorarios como catador de estilo.

Estas escenas son comunes en la vida de cualquier escritor que no se apellide Fuentes o García Márquez, y más si vive en provincia. El escritor puede hablarle al plomero, al albañil, al electricista, o recurrir al pediatra, al abogado, al contador. Puede ir por leche al Oxxo o por un kilo de molida a la carnicería El Marranito Feliz. Todos le cobrarán, sin duda y justamente, pues hasta el momento no hay sistema capitalista que no cobre los bienes o los servicios que le son demandados. Pero cuando el escritor trabaja ocurre un misterioso fenómeno; nadie, casi nadie, percibe el trabajo del escritor (escribir, conferenciar, editar, dictaminar, dar clases, leer, tallerear) como un trabajo, un trabajo tan trabajo como todos los trabajos, un trabajo que requiere horas, meses, años, una vida de preparación, como la del buen media cuchara o como la del arquitecto bien nacido.

Ante esa tacaña consideración social del trabajo escrito no queda más que aceptar migajas o inventarse chambas. La mayoría de los escritores vive de todo, menos de escribir; puede vender seguros o despachar en una tienda, puede tomar fotos o lavar carros, todo lo cual no es indigno, pero tampoco vocacional. Conozco el caso de un surrealista poeta —no al revés— que para ayudarse, así sea esporádicamente, se alquila de table stripper en las despedidas de soltera. Dice que no le va mal, pero supongo que es más afortunado su encueramiento sobre la página que sobre la mesita de centro entre risas y gritos de muchachas y pájaras de oficio parrandero.

El caso es que andamos mal, y todo por creer que escribir no es trabajar. Habrá que insistir pues en esta calamidad. Tal vez algún día nuestros nietos, si deciden ser escritores y si la literatura no desaparece como oficio, logren vivir de sus palabras como el abogado vive de sus litigios, como el comerciante vive de sus ventas, como el stripper de sus zangoloteos o como el futbolista de sus goles. Así de fácil: cobrar como todo mundo cobra.

 

Risa amarga

El internet nos trajo, entre otras muchas novedades, una vertiginosa circulación de chistes. Si antes uno se aprendía los tres o cuatro que le contaban sus cuates en las fiestas, ahora la cuota se incrementó malthusianamente gracias al correo electrónico. Sin que las pidamos, llegan a nuestro buzón innumerables gracejadas, imágenes graciosas, videos chuscos, historias divertidas, humor negro, anécdotas idiotas, todo lo que pueda hacer cosquillas en el alma. La mayor parte del material no sirve, pero hoy recibí uno que quiere ser gracioso y de hecho lo es, aunque a un argentinófilo como yo no deja de parecerle triste que, en el reverso de las frases, esconda sus ojillos de rata la desgracia de toda esa nación.

Se trata de algunos graffitis argentinos, supongo que recientes, no sé. Demuestran todos gran ingenio, y me parece que superan por mucho el propósito de hacer reír y más bien tocan el extremo opuesto: provocan zozobra. Habitan en esas frases, condensados, el humor y la rabia, la desdicha de ver que todo el país se atasca en problemas aparentemente irresolubles. Traigo algunos ejemplos, acaso los más afortunados, los que mejor exhiben su mensaje de doble filo trágico/humorístico. El primero, maravilloso, paradojal, conciente hasta el hueso de que la realidad es cruel y mejor sería evadirla: “Basta ya de realidades, queremos promesas”. Uno más, salaz y escatológico: “Estaremos siempre al lado del gobierno, porque si vamos adelante nos coge, y si vamos detrás nos caga”. Este otro, fatalmente cierto, pese a su telúrica fantasía: “Las inundaciones no se producen porque los ríos crecen, sino por que el país se hunde”. Y qué se puede opinar de un mensaje como éste, crudo hasta la dolencia: “Algunos nacen con suerte, otros en Argentina”. Inmejorable, el que sigue podría ser rubricado en México pese a los esfuerzos por abatir la corrupción oficial: “Prohibido robar, el gobierno no admite competencia”. Violento y grosero, éste otro: “Las putas al poder, porque con los hijos no nos fue bien”. Por último, el último, para una antología mundial del graffiti: “Este gobierno es como un bikini, nadie sabe cómo se sostiene pero todos quieren que se caiga”.

Ignoro qué se siente (sobre)vivir en la Argentina. Tengo amigos allá, pero con todo y eso sólo un argentino sabe lo que es padecer los agravios de un gobierno que, como el de Menem y su clan, prometió con todas sus patillas un porvenir de bonanza y bienestar y a cambio entregó un país en ruinas, con una economía sin viabilidad ninguna, basada en la ficción. Y el colmo: Argentina perdió contra Inglaterra en el mundial, y eso cala a los albicelestes tanto como los desastres bancarios.

Risueña, dolorosamente, los graffiteros tienen razón en emperrarse.

 

Saber y conocer

La diferencia entre saber y conocer no es muy difícil de percibir. Como José José lo hizo al distinguir la diferencia entre amar y querer, entre saber y conocer también media una distancia, y a veces un abismo. Conoce el turista, el erudito, el voraz, el inquieto. Sabe el reflexivo, el observador, muchas veces el viejo, aunque no necesariamente. A mi juicio, la poesía es el territorio de la escritura que muestra con más precisión aquella diferencia, y se nota allí cuando el poeta ya tiene asimilado el sentido de la vida y logra expresarlo con sabiduría, no sólo con conocimiento. Tal es el caso del poema que me encontré en un ejemplar de La Gaceta del FCE. Su título es “Honesta descripción de mí mismo tomándome un whisky en un aeropuerto, digamos que en Mineápolis”. Cito (traducción de Gerardo Beltrán):

 

“Mis oídos captan cada vez menos las conversaciones, mis ojos se debilitan pero siguen siendo insaciables.

Veo sus piernas en minifalda, en pantalones o envueltas en telas ligeras.

A cada una la observo por separado, sus traseros y sus muslos, pensativo, arrullado por sueños porno.

Viejo verde, ya sería tiempo de que te fueras a la tumba en lugar de entretenerte con juegos y diversiones de jóvenes.

No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho, ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado de la imaginación erótica.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.

Si después de morir me voy al cielo, tendrá que ser como aquí, sólo que liberado de estos torpes sentidos, de estos pesados huesos.

Transformado en mirar puro, seguiré devorando las proporciones del cuerpo humano, el color de los lirios, esa calle parisina en un amanecer de junio, y toda la extraordinaria, inconcebible multiplicidad de las cosas visibles”.

 

Poco importa quién haya escrito esta maravilla. Lo cierto es que allí, tras esos largos y reposados versos, reconocemos a un hombre que no quiere deslumbrarnos, ni adoctrinarnos, ni persuadirnos. Es, simplemente, un hombre que expresa una emoción con plena sabiduría y sin retórica de carnaval. Es Czeslaw Milosz (Lituania, 1911, premio Nobel 1980).

 

Las aminas

Amina Lawal es una hermosa nigeriana de 30 años, tiene tres hijos y no sabe leer ni escribir. En estos días su destino está por decidirse, ya que un tribunal de su país la ha condenado a muerte tras una acusación de adulterio. De llevarse a cabo, la ejecución será atroz: Amina Lawal morirá lapidada con “piedras que no deben ser ni tan grandes como para que la persona muera de una o dos pedradas, ni tampoco tan pequeñas como para que no puedan ser consideradas piedras”. Luego de leer esto parece que estamos en la caverna y no en el siglo XXI.

         Amina Lawal cometió un pecado terrible, según las severas leyes vigentes en el norte de Nigeria: decidió tener un hijo después de haberse divorciado. La noticia de su condena —condena en proceso de apelación, por cierto— cundió por todo el mundo y en unos cuantos días la situación de Amina fue otra. Presionado por las miles de firmas que manifestaron su antipatía contra el veredicto, el presidente de Nigeria, Olusegun Obasanjo, ya ve las consecuencias políticas que recaerán sobre su gobierno si permite que el fundamentalismo religioso se salga con la suya en este caso. Hay indicios de que Amina Lawal no será sometida al estúpido castigo.

         La condena contra Amina, aunque amplificada a grados superlativos, esconde ese vicio atávico de humillar a la mujer con acusaciones rayanas en lo absurdo. Lo que le sucede a la nigeriana les ocurre en esencia a otras miles, millones de mujeres en la tierra. Las mujeres que viven en la indefensión —las obreras, las indígenas, las prostitutas, las indigentes, la mayoría, en fin—, reciben un trato hostil preferencial no sólo del hombre real e institucional, sino también de la mujer, lo que es doblemente insultante. Un embarazo, deseado o no, puede ser catapulta de innumerables atropellos, entre los que destacan el despido laboral o la negación del empleo. Pero hay otro linchamiento más sutil, y no por ello menos cruel: el que reciben las mujeres que se han embarazado y han decidido, por la razón que queramos, enfrentar solas ese trance. Sin caer en el lloriqueo de “Las abandondas”, el mítico poema sobre las madres solteras, es visible que la sociedad en la que vivimos todavía ve con antiparras de Sara García la “deshonra” de una mujer encinta pero sin marido a la puerta. Como si el esposo fuera condición sine qua non para educar a un hijo, como si la mujer no se bastara sola para encarar ese desafío. Lo que ocurre es que en el fondo pensamos como los que condenaron a Amina Lawal: fundamentalistas de una moral que creemos y queremos impoluta, lapidadores de todo lo que choque contra La Verdad, inquisidores.

 

Cien años en el banquillo

  No se le puede levantar la mano a García Márquez sin pasar de inmediato a ser noticia. El escritor colombiano Fernando Vallejo, famoso en los meses recientes por su novela/film La virgen de los sicarios, acaba de declarar que Cien años de soledad, la obra tótem del boom latinoamericano, fue escrita con “una prosa bastante pobre”, y con esa sola frase ha puesto en entredicho la multielogiada calidad literaria del premio Nobel 1982.

El señalamiento de Vallejo, aunque parezca sólo una jocosa blasfemia, permite reciclar el tema de la intocabilidad literaria. ¿Qué tanto podemos menospreciar al arte ya canonizado por la crítica y el público? ¿Se puede decir, por ejemplo, qué Mozart no es lo que creemos, sino un musiquillo servil que nunca se tomó en serio? ¿Se puede contradecir al mundo y afirmar que Joan Miró pinta monitos como lo hace mi sobrino en el kínder? ¿Se puede uno reír de Walt Whitman y decir que el más famoso poeta norteamericano sólo escribió versos para boy scouts? Al menos para mí, todo se puede. Si alguien, por la razón que sea, no está de acuerdo con la supuesta grandeza de Cien años de soledad, tiene derecho de expresarlo. A los clásicos les viene bien, de vez en cuando, un poco de nado a contracorriente. Es como una poda que lejos de debilitarlos los pone a prueba y los fortalece. Eso es lo que puede ocurrir con Cien años de soledad, obra que, como todos sabemos, fue publicada por primera vez en 1967 y desde entonces goza de un prestigio que ya pellizca la sacralidad. Traducida hasta al idioma de los marcianos, la novela cúspide creada por Gabo no ha dejado de reeditarse y sin adarme de duda es el libro más célebre en la historia de las letras latinoamericanas. De ahí el desprestigio al que puede hacerse acreedor quien ose profanar con sus plantas la celebridad de Aureliano Buendía y sus coterráneos de Macondo.

Puede uno estar en desacuerdo con él, pero las opiniones de Fernando Vallejo son un saludable síntoma de independencia literaria. “No es una prosa inspirada, dignificada por el habla, no es un escritor que tenga un conocimiento al escribir (...) con procedimientos sintácticos, con un léxico deslumbrante, no hay nada de eso”. Luego añade: “dicen que Cien años de soledad es un libro muy imaginativo y muy novedoso, yo no lo encuentro así”. No conozco el contexto en el que se emitieron esos juicios, pero no deja de sorprender que Vallejo —avecindado en México, como Gabo, desde hace tres décadas— hunda sus alfileres en dos de los elementos más aplaudidos en la obra de su paisano García Márquez: la belleza de la prosa y el alto vuelo imaginativo contenidos en Cien años de soledad.

Tengo amistad con detractores de Rulfo, de Cortázar, de Borges. No es difícil encontrar lectores a quienes Cervantes les parece un desperdicio de retinas. Los clásicos viejos y jóvenes todo lo resisten, y por eso son clásicos o llegarán a serlo. Además, en gustos literarios todo se vale. Lo único que está prohibido es hablar a ciegas, decir por ejemplo que Vargas Llosa es un caso perdido sin haberlo leído nunca. Eso es lo único que no se vale: pontificar desde la ignorancia.

 

Máscaras mexicanas

Más obligada por el empuje de la prensa escrita y radiofónica que de ganas, la televisión mexicana ha cambiado cosméticamente en los años recientes. Ya no se ofrece aquella pantomima noticiosa en la que don Jacobo pontificaba, con rostro sereno y horribles audífonos de caparazón, la historia de lo inmediato siempre al gusto del poder, tendenciosa y ruin. De unos años a la fecha (menos de diez) la televisión ha incorporado enjuiciamientos que todavía en los ochenta eran impensables. Zedillo y Fox han recibido algún tenue rasguño —por lo general en términos de parodia sin punch— de parte de la televisión, síntoma claro de que este medio ya se atreve, por lo menos, a tirar algún pellizco al presidente y sus satélites.

Estas cuentas no pretenden ser muy alegres. Con demora inaudita la televisión ha llegado a la crítica abierta y todavía le falta mucho por hacer. El día que la pantalla chica cuestione o exhiba al ejecutivo —como ocurre a diario en muchos periódicos— se podrá afirmar que los mexicanos tendremos una TV verdaderamente democrática. Esperemos que así sea, aunque los augurios de Giovanni Sartori en su Homo videns no sean muy optimistas.

Esta consideración viene al caso por lo visto el martes 22 de enero en el noticiero de Joaquín López Dóriga. Durante varios minutos, el noticiero estrella de Televisa zarandeó con brutal encono, como perro con muñeca de trapo, la figura del ex abad de la basílica, Guillermo Schulenburg; con ello, Televisa volvió a las viejas tácticas del ajusticiamiento moral según la conveniencia. El motivo ya todos lo conocemos: el millonario ex gerente del santuario guadalupano, luego de vivir, y muy bien, a costillas de ese lugar, ha puesto en ruidosa duda la existencia de Juan Diego. Si no hubo testigo, no hubo milagro, es el mensaje detonador de la discordia.

Vieja polémica —que atizó en el siglo XIX el erudito Joaquín García Icazbalceta y que nunca quedó apagada en su totalidad—, es hoy resorte de una postura televisiva harto cuestionable. Independientemente de lo que crea cada quien —que para eso, se supone, es la democracia—, el énfasis de la televisora para lapidar al insolente Schulenburg ha sido descaradamente zabludovskiano. El martes 22 parece que la tele retrocedió diez o quince años: una reportera, con tesitura irónica y discurso abiertamente parcial, puso al sol los trapitos, en este caso la sotana, del ex abad. Lo exhibió como cínico usufructuario de la basílica durante 33 años, como dueño de mansiones y de coches opulentos, como apasionado del plutocrático golf, como bon vivant con alzacuellos y poco faltó para que lo convirtieran en una especie de Hugh Hefner clerical.

De acuerdo: todo lo que se le atribuye a monseñor es, millones más, millones menos, cierto. La que no resulta confiable es la actitud de Televisa, que actúa no por principios periodísticos de objetividad y denuncia, sino por alguna oscura consigna vinculada a sus oportunismos. Sabe Televisa que, para la mayoría de los televidentes, los puyazos a cualquier detractor del guadalupanismo son un castigo merecido; en otras palabras, la televisora maneja sus notas contra Schulenburg partiendo de un a priori acaso digno del fervor popular, pero no del periodístico.

Lo triste del caso es que México está todavía lamentablemente lleno de Schulenburgs en la política, en la iniciativa privada, en el ejército, en la cultura, en el deporte, en todo, incluida la iglesia. Desenmascarar a esos demagogos y a esos simoniacos debe ser tarea, entonces, de todos los días, haya o no haya supuestas herejías antiguadalupanas de por medio. Hace veinte años todo mundo sabía, incluida Televisa, que monseñor vivía como sultán a costa de la basílica. No deja de parecer extraño que hasta ahora, con tanta rabia, al más puro estilo de 24 Horas, se le señalen sus defectos.

 

Marcospatía

Páthos, según el diccionario etimológico de Guido Gómez, vale tanto como “pasión, sufrimiento” y, en el sentido lato que hoy se le confiere, “enfermedad”. De ahí patología, homeopatía, patético, palabras hermanadas por la partícula susodicha. Con esa misma raíz podemos atrever un rótulo para clasificar a los que padecen una afección cada vez más ordinaria: la “marcospatía”, enfermedad que ataca a los núcleos del optimismo autodefensivo y bobalicón y se manifiesta con fieros ataques de pesimismo y clarividencia. Así es, el individuo atacado de marcospatía suele ser introvertido, catastrofista y tiene la virtud de ver todo muy claramente (de ahí clarividencia, en estricto sentido, no por fuerza en el que tiene de profético). Por lo general, la víctima apuesta por el empeoramiento de las cosas y la realidad se empeña en concederle la razón. El paciente marcospático es contradictor por esencia y duda de todos los alegres ofrecimientos del gobierno en turno, mucho más si se trata del encabezado por Zedillo.

La marcospatía (así definda) surge en 1994 y hasta la fecha continúa haciéndose de más seguidores, sean voluntarios o involuntarios. Un tratado completo de marcospatía fue publicado el 24 de enero en el suplemento Perfil de La Jornada. Cinco páginas enteras dedicadas a navegar por el pesimismo clarividente cuyo título fue “7 preguntas a quien corresponda (imágenes del neoliberalismo en el México de 1997)”. Acompañado en el viaje por otro enfermo de marcospatía —un señor apodado El Quijote— el Subcomandante Insurgente Marcos da cuenta de los entuertos que es necesario desfacer para que México salve algunas de sus pertenencias luego del sismo neoliberal. La visión es desgarradora. El virgiliano guerrillero nos conduce por los entresijos del desastre y nos arrima hasta muy cerca del cinismo oficialuno. Nada más patético: por un lado, el México de los parias, por el otro, los poderosos que con Zedilllo al frente vienen tan raudos como los cuatro jinetes; en medio, los mestizos que aún tenemos, providencialmente, un frijol para la panza y una cama para dormir.

“Ciudad de México. Finales del siglo XX. La síntesis monstruosa del neoliberalismo urbano, el Distrito Federal, se presenta hoy como el adelanto de una pesadilla futura. Casi 20 millones de mexicanos viven la pesadilla y la exclusión como razones de estado”, anota, como aperitivo nada más, el Sup. Más delante: “...en las calles, el ejército y la policía gobiernan con la ley del pistolero: el más rápido para desenfundar sobrevive y tiene la razón; el más lento no tiene ya derecho de réplica. La razón y la justicia están en los calibres de las armas, en los chalecos antibalas, en el empleo masivo y veloz de contingentes policiacos”. Esta es parte de la nueva visita al mundo infeliz del Detritus Jiederal, como le puso un rockero atacado, por cierto, de marcosmanía.

Así como nada se escapa del neoliberalismo terminator, la pluma de Marcos penetra en las capas más profundas de la tiniebla mexicana. “‘El estómago más sano del mundo’, así define la mar esta maravillosa capacidad digestiva del sistema político mexicano. Lo que no es digerido es vomitado y, de crisis en crisis, el sistema de partido de Estado sobrevive a sus propios excesos y a las apocalípticas profecías que prometen su muerte”. La marcospatía no se alegra de la alegría neoliberal: “Og Mandino, autor de célebres libros (por sus ventas), ha muerto. Pero en cambio, vive y gobierna México uno de sus más fieles lectores: Ernesto Zedillo Ponce de León. Aquel a quien todos dudan en llamar ‘el presidente’, no duda en cumplir con su misión de mercadotecnia. Buen vendedor y buen cliente, Zedillo es aplaudido en círculos financieros de Norteamérica. Acaba de liquidar un préstamo del gobierno norteamericano”. Con esta mirada contagiosa es vista la bonanza que, nos dicen, ya recuperamos, y el remate que sigue puede ser un brindis a la marcospatía: “Mientras suenan las palmas de los financieros extranjeros, el aplauso tonto de los empresarios mexicanos y los ‘regaños’ virtuales del señor Zedillo, el eco de un ‘NO’ venido desde las montañas del sureste mexicano inquieta el éxito del gerente de ventas de México Sociedad Anónima de Capital Muy Variable”. Ya vemos que del trópico no sólo llegan el cólera y la malaria. También cunde con fuerza la marcospatía.

 

Nuestra lectura en el 96

Proceso, en su edición 1053 (5/1/97), arroja datos significativos sobre la suerte que corrió el mercado editorial mexicano en 1996. Los datos, ya recurrentes en un país propicio para el menosprecio de los libros, no dejan de ser alarmantes si consideramos la tendencia a la que apuntan los éxitos de venta. Es decir, en México se venden pocos libros, y los pocos que se venden son monumentos al bestsellerismo más chafa que arrastrase pueda en el reino de este neoliberal mundo.

Tal hecho, machaquemos, nos provoca angustia a los que, en escala grande, mediana o pequeña, vivimos del quehacer escritural con intenciones críticas. De manera imperceptiblemente gradual, pero segura, el caldo de cultivo que prohija el capitalismo salvaje crea el espejismo del progreso basado en macrocifras. Sí, 1996 fue un año más bonancible para la venta de libros que 1995, pero la evolución no radica en el cuánto se lee, sino en el qué. Otra vez, los grandes indicadores nos avisan que de manera paulatina, pero al parecer inevitable, los meros meros tiburones del mercado editorial son aquellos fantoches dedicados al trato de los siguientes temas: a) superación personal (Og Mandino y compañía); b) excelencia (en cualquiera de sus epidérmicas manifestaciones); c) esoterismo (idem); d) belleza o culto a la anatomía (por ejemplo, los tratados de Lorena Herrera); e) otras estupideces de peor (si eso es posible) calaña. Los datos de Proceso, pues, ponen a pensar a cualquiera que aún tenga esta capacidad humana en peligro de extinción.

Independientemente de los libros de texto (que cubren el 46 por ciento de la producción total), algunos exitosos son, es cierto, Gabriel García Márquez con Noticia de un secuestro (140,000 ejemplares al año), Ángeles Mastretta con Mal de amores (50,000), Miguel Ángel Granados Chapa con ¡Escuche, Carlos Salinas! o Paco Ignacio Taibo II con Ernesto Guevara también conocido como el Che, pero es patético ver el auge de otros autores que, en bola, ganan por una especie de mayoriteo trivializante. En esta nómina están, ya imaginamos, Migual Ángel Cornejo con El ser excelente (26,000), Eugenio Derbez con Armando Hoyos. Biografía no autorizada ni por Eugenio Derbez (¡120,000 esa basura!), el padre Pastorino con Minutos de sabiduría (24,000 libros al mes, lo que hace de este título un “best seller silencioso”), J.J. Benítez con Caballo de Troya 5 (35,000) o Alfonso Lara Castilla con Más allá de la búsqueda (20,000 sólo en un mes). Así, la lista puede extenderse hasta llegar a los confines de la tragedia.

México, al igual que otros países (todos ya) dominados por el auge de la mentalidad que es propia del neoliberalismo mercenario, avanza con pundonor al abismo de la lectura insustancial que poco a poco confirma esta regla: el capitalismo salvaje es una inmensa fábrica de pobres así de bolsillo como de entendimiento. Ya veremos que el 97 nos seguirá dando la razón y algún día será demasiado tarde para lamentarnos a fondo.

 

Televisa: cambios que no cambian nada

La fórmula se alarga con destino al infinito: Televisa cambia y permanece inmutable, dice mejorar su parrilla de programas y se banaliza hasta llegar al límite del límite, casi a la Nada. Con la llegada del año nuevo, el emporio atreve una más de sus escandalosas metamorfosis para hacer cara a la amenaza de una competencia igual de ramplona, la de TV Azteca. En ese trajín, los televidentes, quizá sin reflexionar, ven descender a niveles excrementicios cada uno de los flamantes programas dispuestos a partir de enero.

La cruzada emprendida por el negocio de Azcárraga no se ha tentado el corazón ni el cerebro para dar al público más de lo mismo, o peor. Así como se derrumbaron las expectativas de quienes siguen Nada personal —a los que se les ofreció un bombonazo luego del berrinche y la huida de Ana Colchero y a cambio se les dio a una actricita más improvisada que un proyecto gubernamental—, en Televisa se presumió con incontables promocionales la nueva programación y el cambio de formatos y de horarios en muchas emisiones. El seis de enero, día elegido para el Gran Cambio, no pasó nada, como era anticipable, y hasta hoy todo sigue como siempre. O mejor dicho, sí pasó algo: la reafirmación de un hecho vertebral en la industria televiscosa mexicana, un hecho explotado sin escrúpulos desde 1950: la vacuidad llevada a sus últimas consecuencias, el agotamiento de los formatos y las temáticas y el aviso más ingente para, ahora sí, cambiar un poco desde la raíz o, en su defecto, morir.

Esto es, a salto largo, lo nuevo: Verónica Castro, luego de su fracaso con la fórmula de La tocada, pasó a estelarizar el elenco de Pueblo chico, infierno grande, otra telenovela-pastorela de infumable factura; allí la cincuentona y hojalateada Veros se besuquea con chamacos de veinte en un culebrón de verdadera pena ajena. Los martes, creemos, dan ahora una zozada (por no decirle como merece) que se llama La tía de las muchachas, bodrio al que auguramos prontísima desaparición pues recurre al humor y a los efectos especiales ya usados por Chespirito en 1974. Ortiz de Pinedo, insulso comediante que se ríe de sus deschistados chistes, fue cambiado al Canal 2 con Al ritmo de la noche, espacio consagrado el albur de sangre pesada y a la exhibición de cantantes especializados en playback y coreografía de poca ropa. Al despertar, con Guillermo Ortega, varió un poco su formato; agregó, por ejemplo, a un muchacho tonto que dirá chismes de la farándula al estilo Ventaneando. Gaby Ruffo volvió a la pantalla casera, otra vez, con un soso programa de concursos; se llama Nuevas tardes y la acompaña Diego Shoenning, un muchachillo que ya desde el grupo Timbiriche hacía gala de una fanfarronería espeluznante. Se fueron otros igual de bobos: Pácatelas, La tocada, XETU Remix...

Como vemos, la programación y los horarios cambian cada semana, y asombrosamente todo permance igual, lo que nos habla de un agotamiento y una honda cerrazón que impiden modificar la línea de siempre. En Televisa, como en el PRI, la testarudez será el filo de su harakiri. Al menos eso es, a estas alturas, lo deseable, lo urgente, lo que muchos ya anhelamos. De veras.

 

La burla como estilete

Con las declaraciones de Vicente Fox (“es un bocón y tragará camote”) en contra de Roque Villanueva (quien tuvo una respuesta digna de un genio: “No es cierto”) se abre nuevamente el expediente de la burla como punzón crítico. A veces la burla surge de las cúpulas, es cierto, pero con más frecuencia es la gente que no tiene reflectores la que se ve obligada a recurrir, con ingenio, a lo más inesperado para que sus demandas sean escuchadas. Aceptémoslo o no, México es quizá el país más ingenioso para la burla con intención de crítica política, social o económica. ¿A qué obedece este primerísimo lugar? Es posible que a la condición natural del sistema político mexicano engendrado desde la fundación del priato.

Todos sabemos que en el gobierno habita una nutrida fauna de pillos y de payasos atrincherados tras un escritorio y una corbata, sabemos que la simulación de una quehacer público es una carrera delincuente autorizada por la legalidad. Todos lo sabemos, pero la demostración de la truculencia se torna tormento de Sísifo: ayer la Gran Prensa (las mayúsculas quieren ser irónicas) no veía nada en Carlos Salinas, ahora es un ladrón fugitivo; hoy la Gran Prensa trata con seriedad los discursos de Zedillo, mañana ya sabemos lo que ocurrirá. Mascarada tras mascarada de un poderoso tras otro (sea del nivel que sea), la prensa crítica y el ciudadano común muchas veces se la tienen que jugar con la burla, no con la seriedad que tanto le conviene al funcionario público corrupto pero grave y circunspecto.

Los ejemplos de burla contra el poder en el México reciente son tan numerosos que ya muchos transitan inadvertidos sobre el lomo de las noticias. Son tantas las burlas, pues, que ya no las vemos, se han convertido en parte habitual de la panorámica informativa al grado de convertirse, algunas, en notas de relleno cuya cobertura merece, cuando más, una foto. Esta situación ha provocado, sin embargo, un fenómeno sobresaliente: la agudización del ingenio, la busca de más y mejores ardides para lograr que la burla se convierta en buril que raje y muestre a) el justificado enojo de quienes demandan el respeto de un derecho y b) la cerrazón, la ineptitud o/y la irresponsabilidad de quienes deben custodiar eso que bellamente suele denominarse bien común y estado de derecho.

Así entonces, no parece asombrarnos la existencia de un enmascarado que como luchador social —su nombre de combate es Super Barrio— es ya símbolo de oposición en más de una causa popular. No parece asombrarnos que en el juego del Santos-Necaxa (por el campeonato) apareciera un Carlos Salinas cara de hule al que no pocos aficionados le mentaban, corajuda o risueñamente, la madre. Lo mismo pasa con una protesta de barzonistas circenses que usan sus elefantes para manifestarse ante la opinión pública y contra los mañosos acreedores. Sucede otro tanto con el mago que, con turbante y bola mágica, parodia los parodiables oficios de Francisca Zetina, La Paca, y de la PGR en los tiempos del enrevesado Antonio Lozano Gracia y su cuarto bat Pablo Chapa Bezanilla, dúo que no quedó a la zaga de Tintán y Marcelo, Manolín y Shilinsky, Corona y Arau o Viruta y Capulina.

Apenas al iniciar el año, la nota de tono tragicómico fue protagonizada por los trabajadores de limpia tabasqueños, quienes demandaron el pago de salarios caídos, reinstalación en sus trabajos y anulación de 45 órdenes de captura. Primero con una huelga de hambre que rebasó el mes y medio, los trabajadores decidieron usar el recurso que más escarnece al poder: la desacralización, la burla. El miércoles 8 de enero interrupieron, para hacerse oír, la sesión de la Comisión Permanente del Congreso y, ya en el punto más llamativo del foro comenzaron a despojarse de ropajes. Algunos no se animaron a eliminar los calzoncillos, otros si se los bajaron pero le dieron la espalda (es un decir) a los señores diputados y a los periodístas que cubren/cobran en San Lázaro. Unos pocos, los más envalentonados —quizá los más desesparados— se bajaron el Teycon de frente al respetable y mostraron sus indignadas vergüenzas. Las imágenes provocaron, era de esperarse, opiniones encontradas. Pero el hecho quedó allí, como una muestra más del ingenio mexicano que en la necesidad responde con humor voluntario al humor involuntario —y éste sí dañino— de quienes ostentan el poder y, por ejemplos, declaran jocosamente que invitar corresponsales extranjeros para hablarles mal de México es oficio muy lucrativo, o de quienes dan el bobo dictamen sobre un cráneo sembrado meses atrás con una comicidad que ya quisieran los tres chiflados. Reír llorando, ese podría ser el título para una nueva edición de la historia nacional que cada vez tiene más sofisticadas muestras de que el poder es demasiado serio y, por tanto, sospechoso y risible en sí mismo, digno de nuestra unánime carcajada.

 

La PGR: una estrella más del canal de las estrellas

No recuerdo bien, pero creo que fue Vicente Leñero quien dijo que la vida en México era un thriller. Cierto, pero con una aclaración: ni al más perverso de los perversos libretistas se le ocurriría escribir un guión como el que estamos viendo recién y cuyo asunto involucra a un ex fiscal, a una hechicera de lo más barato, a un preso de Almoloya, a un dirigente priísta asesinado de un balazo, a un muerto que a lo mejor está vivo, a un ex procurador panista, dizque a un consuegro de la bruja cuyo papel es representado en forma de osamenta y a unos medios de comunicación que no se dan abasto para cubrir ese mamarracho de pesquisa infinitamente enredable.

No no no no, la investigación judicial para esclarecer el asunto de Muñoz Rocha a partir de “sus” huesos del El Encanto parece no tener orillas sobre todo en materia de inverosimilitud. Procedamos por partes. Se afirma con frecuencia que en México la impartición de justicia, y todo lo demás, avanza hacia un estadio de confiablidad digno de país desarrollado. Como decían los antiguos: nada más fabuloso (porque encierra fábula, fantasía). La justicia en México es un sueño guajiro cuya cristalización debemos esperarla, si llega algún día, ya para el milenio venidero. La razón de esta demora debemos encontrarla en la esencial, en la inmanente putrefacción de las instancias dedicadas entre nosotros a la “procuración de la justicia” (no se puede decir esto sin comillas).

La investigación del caso Ruiz Massieu es el ejemplo más acabado de que en esta pobre nación las pesquisas judiciales se manejan, sin metáfora, con las patas. Desde el inicio todo fue anómalo. ¿Por qué una vidente anda metida en esta vaina? ¿Por qué el cráneo se halló trepanado? ¿Qué demonios hacían esos huesos en El Encanto? ¿Por qué tardan tanto los forenses en dictaminar si la calaca perteneció o no a Muñoz Rocha? ¿Acaso el fósil no tenía dientes y acaso no se conservaban las placas dentales del ex diputado tamaulipeco? En todo ese galimatías legaloide, lo menos que se advierte es un poco de lógica, de sensatez o, como se dice elegantemente, de “voluntad política” para difuminar el enigma.

Por eso, cabe maliciar lo siguiente: si un crimen de ese tamaño (el perpetrado contra Ruiz Massieu), tan escandaloso y al que se le han dedicado fiscalizaciones especiales y supercubertura en los mass media, si un crimen de esa extraordinariez se convierte en un laberinto de trampas y fantasías ridículas, ¿qué podemos esperar del asesinato, de la violación, del robo, del fraude cotidianos, esos que todos los días, a cualquier hora y en cualquier lugar de México se cometen en agravio del ciudadano común? Si la justicia se frivoliza hasta el asco en las altos círculos del poder, ¿qué me puedo yo esperar si algún día clamo una investigación decorosa en caso de que alguien dañe mi integridad o mi patrimonio? Por eso, y bien lo apuntaba Leñero, vivir en México es vivir en el thriller de tiempo completo, es vivir en el ascua, en el dédalo infinito de la sinrazón, de la barbarie y, muy seguidamente, de la estupidez. De ahí que, sin exagerar y por su gran capacidad para urdir telenovelas chafísimas, la PGR, en tiempos de Carpizo, de Lozano y ahora de Madrazo, es una estrella más en el canal de las estrellas. Y, como en las telenovelas, esta historia continuará. Qué desgracia.

 

 

Hasta cuándo, Salinas, hasta cuándo

Entre tantas otras, una ley no escrita del sistema político mexicano indica que el presidente de la república concluye su sexenio e, inexorablemente, debe largarse a residir en los aposentos del mayor anonimato que sea posible. Así ha sucedido, por lo menos, desde que Lázaro Cárdenas terminó su tránsito de mandatario. Después del general michoacano, detentaron la investidura del Ejecutivo Ávila Camacho, y se fue, Alemán Velasco, y se fue, Ruiz Cortines, y se fue, López Mateos, y se fue, Díaz Ordaz, y se fue, Echeverría Álvarez, y se fue, López Portillo, y se fue, De la Madrid, y se fue y Salinas de Gortari, quien no se ha ido y aunque lejos del país, en Irlanda, permanece aún en los entresijos del poder y acaudilla un equipo (un “grupo criminal”, como le llama Luis Javier Garrido) que no fue desmantelado con la transición al zedillismo y, muy lejos de eso, no cesa en su funesta injerencia sobre la procelosa realidad del país. La ruptura salinista de la regla, antes respetada a ultranza por el mandatario entrante que solapaba los abusos del saliente en el entendido de que éste desapareciera de la vida pública, ha traído a México la batahola que ya vemos y sus consecuencias. El poder de Salinas, desde Dublín, es tan grande y ambicioso que Zedillo ha pasado a representar el triste papel de pelele sometido a los proyectos transexenales del ex presidente.

Esta última ha sido la patraña del actual mandato. Un presidente debilísimo sometido a la férula de un Salinas exiliado, sí, pero intensamente involucrado con la vida política y económica del país al que gobernó chapuceramente, un país entregado al feroz capital fuereño, un país aguijoneado por las pestes del desempleo, de la ignorancia, de la violencia, de la antidemocracia más descarados y, al parecer, irresolubles en el corto plazo. Los más de 40 millones de pobres que dejó el salinato son el dividendo y la contraparte del pingüe poder acumulado por un ex presidente cuyo magnífico talento para ejercer la maldad lo tiene todavía --a dos años y pico de haber terminado su periodo-- con los hilos de la marioneta política en sus manos.

Los crímenes del salinismo y la caricaturesca secuela que hoy vemos en la PGR del zedillato son, asimismo, dos manifestaciones del fenómeno que ya esbozamos. La descomposición del sistema en el que hemos sobrevivido durante más de seis décadas era previsible luego de que la corrupción institucionalizada llegó a la sima en la embustera administración del neoleonés. La podredumbre económica del país se agudizó con la entrada en vigor del neoliberalismo carnicero y, en el terreno de lo político, con la aspiración salinista por perpetuar su proyecto y su persona en un primer plano. Los asesinatos contra Colosio y contra José Francisco Ruiz Massieu llevan el sello de una pugna por el poder en la que se erigió como impune ganón el turista incómodo de Dublín. Él ha sido, quiérase o no, el personaje que aparece en el fondo de la escena, el protagonista asordinado que pronuncia los parlamentos claves, el hombre que ha decidido conservar el poder basado en lo más turbio de la metodología postulada por Maquiavelo para los príncipes renacentistas.

Así de enrarecido el panorama, Salinas ha pasado a ser el Impune por antonomasia. Su hermano Raúl es, apenas, el chivito expatorio que todo gran crimen (la bancarrota del país) necesita para que los culpables no se vayan del todo limpios. Empero, la campaña de contrataque ya empezó y Carlos Salinas ha querido asear el honorable apellido de su familia. Para ello se ha servido de los medios de comunicación electrónicos (lo mismo Jacobo y Abraham Zabludowsky que Javier Alatorre o Pedro Ferriz) y ya se preparan nuevos chivos expiatorios. Chapa Bezanilla y Lozano Gracia fueron, es cierto, dos engranes de una máquina siniestra. Pero el engrane mayor, el verdadero prodigio de la malditez, está en Dublín, caminando impune en la tierra de los tréboles y de los gnomos. Seis años en la tenebra durante el mandato de De la Madrid, seis años de tropelías en su propio sexenio y dos más en el de Zedillo suman catorce años de plaga salinista. Es mucho tiempo y es mucho poder como para castigar a Salinas de Gortari como a cualquier delincuente común. Él, es cierto, seguirá impune en el plano de la justicia institucional. Pero la gente, el ciudadano que anda aquí y allá sobreviviendo a la crisis, el pueblo mancillado, ése ya dictaminó desde hace mucho: Salinas es el culpable y la historia, por más que se aboquen a defenderlo sus jilgueros, nunca lo absolverá.

 

Canalladas traperas

Unos días después del levantamiento zapatista, los mexicanos supimos que frente a las instalaciones de Televisa se manifestaron varios contingentes un tanto irritados. La demanda era simple, aunque de peso: exigir a la mayor empresa de la comunicación nacional una cobertura equitativa e imparcial de los sucesos que sacudían a Chiapas en particular y a México en general. El reclamo se centró, fundamentalmente, en la persona de Jacobo Zabludowsky, el gran gurú de la (des)información en nuestra tribu. Así como los católicos distribuyen pegotes que previenen contra la invasión extraterrestre de sectas que fomentan el culto a La Mentira y el odio a La Verdadera Fe, las críticas contra la línea de Televisa estuvieron acompañadas, aparte de las pancartas y los gritos, con un pequeño pegote aclaratorio: “En este hogar amamos la verdad, por eso no vemos 24 Horas”, decía el panfleto y en el centro la imagen de Zabludowsky (padre) en un círculo atravesado por una raya diagonal.

Lo más alarmante del caso es que el comportamiento de Televisa, en su flanco noticioso, no ha cambiado ni un milímetro. Así como tergiversó la información sobre el fraude mayúsculo del PRI en Chihuahua, así como injurió de “terroristas” y “delincuentes” a los miembros del EZLN, así como hoy no toca un pelo de Zedillo, 24 Horas y todos los demás segmentos noticiosos del consorcio son el ariete que el gobierno suele emplear con el avieso fin de hacer lavados al cerebro nacional. Si ambages, se puede afirmar que 24 Horas es la principal oficina de comunicación social que tiene la Secretaría de Gobernación. Hoy, la línea de Jacobo y sus secuaces es la línea de Chuayffet, la línea que barbecha el terreno de la opinión pública para que el gobierno siembre sus nocivas yerbas.

Ante la proximidad de las elecciones federales que modificarán al personal en el palacio de San Lázaro y ante la emergencia de un panismo cada vez más ensoberbecido por sus triunfos, hay que levantar una fragorosa campaña que mate dos tórtolas de un resorterazo: por un lado, exonerar a los Salinas o por lo menos suavizar la animadversión popular en su contra y, lo más importante, encochinar hasta las orejas al ex procurador panista. Con esta afirmación no eximimos de responsabilidad —que ha de ser mucha— tanto a Chapa como a Lozano, sólo queremos ilustrar con un caso concreto la forma en que se dan los énfasis informativos desde Televisa. No es, pues, afán de mantener bien informada a la Gran Familia Mexicana, sino linchamiento infraperiodístico de Jacobo y su gavilla. No se trata de dar cobertura amplia a los sucesos de mayor importancia, sino de centrar la atención en aquellas franjas de la realidad que más le acomodan al Estado de acuerdo a una coyuntura.

Lozano, con todo y los vaivenes e ineptitudes de su opaco paso por la PGR, era intocable de Televisa cuando al gobierno le interesaba dar la imagen de apertura democrática, de convivencia fraternal en el poder (“compatriotas, un militante del PAN se integra a nuestro gobierno”); ahora, lo importante es inmolarlo porque con él se sacrifica a todo el blanquiazul, lo importante es el ejercicio del caínismo contra un PAN que con sus Diegos Fernández aceptó, muy ingenua y sospechosamente, unas migajas de poder “concertacesionado”. Eso, en lógica harto elemental, se ilustra con este silogismo que cae de bruces en la conciencia del mexicano promedial, del mexicano proclive sobremanera al facilismo político: Lozano fue inepto; Lozano es panista; luego entonces el PAN tiene mucho de ineptitud y nunca hay que votar por ellos.

Pero insistimos: el paso de Lozano por la PGR fue oscuro y ruinoso desde el principio. Lo alarmante del asunto es que Jacobo —y con él todos los paparrucheros de la información que lo secundan— hasta ahora, cuando a la Cosa Nostra le conviene como parte de una estrategia electoral, ajusticie a Lozano para que su desprestigio le salpique al PAN. Nada más alejado del verdadero periodismo. Lo que se hace en la tv mexicana es, más bien, una canallada, una vileza inadjetivable, un proceso de “merdificación” (deslumbrante neologismo amonedado por el poeta Gerardo Deniz) que se recicla, por lo visto, en cada crisis del sistema y en cada tramo electoral.

 

La rapiña por el Papa

“… la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante”, escribe Borges en el relato “Utopía de un hombre que está cansado”. La verdad le asiste al argentino, pues quizá el elogio más inverosímil es el que sistemáticamente se contiene en la publicidad que con descaro presume las bondades de un producto. Y esto, ¿a qué viene?

Por la próxima visita a México de Juan Pablo II, las dos televisoras más importantes de nuestro país han decidido autopromoverse como las empresas que darán la mejor cobertura del recorrido pontificio. Como si se tratara de un show de Lupita D’Alessio o de una final América-Guadalajara y no de un acontecimiento propicio para la reflexión y la espiritualidad, las televisoras se adelantan y rapiñan adictos a la pantalla casera. El Papa es, entonces, como una estrella más en el canal de las estrellas o un engrane más de la fuerza informativa azteca, un personaje que puede ser manipulado para vender productos tan impregnados de religiosidad como un detergente, un refresco o un automóvil.

En el mundo de la tv ya no hay límites para la inverecundia: “Vamos a un corte comercial y volvemos con el funeral de la madre Teresa de Calcuta”, “Después de estos comerciales seguiremos con el bombardeo a Irak”, “Vayamos a un mensaje de nuestros patrocinadores y en dos minutos regresamos con la homilía del Papa”. Nada escapa, pues, a la voracidad de los anuncios, y en el caso de la visita que Juan Pablo II hará el 22 de enero a nuestro país, es palpable el ametralleo de spots que anticipan el suceso para presumir una capacidad técnica abrumadra; el descaro de Televisa alcanza grados superlativos de cinismo: “La experiencia hace la diferencia”, dicen en alusión a sus anteriores coberturas de los periplos papales por nuestro territorio. Ese slogan es claro: “La experiencia –de Televisa en relación a TV Azteca– hace la diferencia”, en otras palabras, para ver al Papa prefieran a Televisa, pues goza de mayor “experiencia” y es la única que garantiza un show excepcional.

Si observamos con detenimiento, la visita de Juan Pablo II es usada para fortalecer la imagen corporativa de las empresas televisoras, y poco importan, en sí mismos, la presencia y los mensajes del Papa ante la posibilidad de sacarle al asunto el torrencial jugo publicitario que contiene. Cada una por su lado, Televisa y TV Azteca aprovechan cualquier rendija para colar sus respectivos anzuelos publicitarios: así, por ejemplo, la compañía del Ajusco disfrazó de Papa a un señor equis y lo hizo caminar por un pasillo; por supuesto, el Papa apócrifo nunca da la cara a la cámara, para que el público no vea que es un pontífice cocinado “a la mexicana”. Por su lado, Televisa difunde imágenes de las anteriores visitas realizadas a México por el mitrado de Roma. Una de ellas, acaso de 1978, deja en off unas cuantas palabras –tres o cuatro– en las que Juan Pablo II elogia al emporio de los Azcárraga, eso para que los televidentes mexicanos vean y oigan que el mismísimo Karol Wojtila ha bendecido la obra pía del gigante de la comunicación nacional.

Pobres mexicanos: tan lejos del Vaticano y tan cerca de sus televisoras.

 

México revuelto

México avanza hacia el 2000, es decir, hacia la sucesión, en un ambiente que recuerda la convulsión de 1994. Otra vez, en el centro del escenario, aparece la figurilla siniestra de Carlos Salinas de Gortari. Otra vez, casualmente pocos meses antes de destapar al candidato oficial del PRI, el país se ve sumido en un remolino de preguntas, en la violencia espectacular como cortina de humo y mórbido alimento de la televisión.

La repentina visita del ex presidente Salinas sólo deja clara, en principio, la oscuridad del poder que todavía tiene sujeto a México en un puño. No había transcurrido ni siquiera una semana después de la ejecución del locutor Stanley, cuando la política y la truculencia del asesinato se mezclan en un coctel digno de thriller. El país, no hay duda, vive otra vez un tiempo revuelto, confuso.

Si la imaginación de un novelista alucinado parece ser la autora de esta película, entonces se tiene que apelar al análisis literario para desenredar la enmarañada trama. Primera parte: el lunes 7, Paco Stanley —personaje en la televisión nacional, famoso por conducir programas llenos de vacío— fue acribillado sin piedad en el Distrito Federal. En principio, la muerte parece una vendetta de narcos al más puro estilo de los hermanos Almada. El caso desata, en cadena nacional, un linchamiento noticioso contra la figura de Cuauhtémoc Cárdenas; TV Azteca, la televisora de Ricardo (Raúl) Salinas Pliego (Gortari), se erige como el principal —casi el único— francotirador, y pretende concitar un clima de animosidad contra el gobernador de la capital. Y casi lo logra, pero apenas es lunes 7.

El martes 8 se vive el caos informativo. La sangrienta nota sobre Stanley puebla todas las primeras planas y poco a poco se confirma que el crimen tiene mucho que ver con el ambiente en el cual se movía el frívolo conductor de TV Azteca. Una charola de Gobernación, un molinillo para preparar dosis de droga y varias evidencias de estupefaciente en las venas y en la ropa, muestran que el comediante era una figura no sólo de la televisión, sino también en el mundo del hampa. La trama se enreda más.

Miércoles 9. Apenas a dos días del brutal asesinato, en la prensa nacional hay consenso: la atrocidad cometida contra Stanley quiso ser, acaso burdamente, aprovechada por la televisora del Ajusco para clavarle unos pullazos al gobierno de Cárdenas. Pero el ardid fue rápidamente desactivado, y la acusación se revirtió contra quienes manejan TV Azteca, quienes fueron señalados de manipulación informativa, chantaje sentimental y, lo que es peor, de contumaz salinismo.

Ya es jueves 10. Siguen las investigaciones, y lo que al principio fue una campaña contra Cárdenas, se convierte sordamente en una campaña a favor del ingeniero. Los rumores crecen, complican la trama, y ya se habla de los vínculos que Stanley mantuvo con cárteles de droga, de su cercanía a los ámbitos donde prevalece el imperio del dinero turbio y fácil. A estas alturas, cuando la evidencia brilla sobre la mesa, TV Azteca ya se había deslindado públicamente de la vida privada de Stanley; el mártir del lunes 7 dejó de serlo en menos de tres días y demostró una vez más que México es asombroso, pues aquí se puede dar la cómica paradoja de un ferviente devoto de la cocaína que en la pantalla casera dice no a las drogas.

Para el viernes 11 hay, detonadas por el caso Stanley, nuevas lecturas de la carrera por la sucesión. Con Madrazo hundido hasta las orejas por el Cabal escándalo, con Bartlett perseguido todavía por la sombra de su proverbial y cibernética caída del sistema, con Labastida involucrado en la entrega de charolas durante su paso por Gobernación, la baraja fuerte que por lo pronto se levanta es la de Roque. México no para de dar sorpresas.

Llega el sábado 12 y, con él, la aparición de otra bomba informativa. Para quienes dudaban que Salinas no era personaje de esta historia, el ex mandatario aterriza en vuelo privado Londres-Nassau-México y, para empezar, ofrece una rueda de prensa a más de cien medios de comunicación. En la historia ya de por sí embrollada, Salinas brinda una entrevista “exclusiva” a Sergio Sarmiento, y ese diálogo —que básicamente aporta poco, pues Salinas responde lo que ya sabemos a preguntas que ya sabemos— es transmitido a las seis de la tarde en TV Azteca; este madruguete puede interpretarse como la patada de un ahogado en busca de credibilidad. Pero ¿qué significa esta visita? ¿Por qué llega Salinas, precisamente, en este momento? ¿Cuál es la razón de esa exclusiva a TV Azteca? ¿Por qué? ¿Por qué todo esto? Como en las novelas policiacas, nada es gratuito, y el arribo de Salinas mucho menos.

Quién lo duda: la historia de México vuelve a su revoltura sexenal con Salinas en el primer plano. Lástima.

 

 

 
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