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Abuso de la elegancia Jaime Muñoz Vargas Casi todos los lugares comunes tienen alguna inclinación por la elegancia. No es necesario anotar que, al usar del tópico, la elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto, cursilería. Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o “poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciarse como indigente de la expresión verbal. Hay
lugares comunes, sin embargo, que no lo parecen. Uno de ellos es “valga
la redundancia”, tópico que sale a la luz (“salir a la luz” es un tópico)
cuando alguien, durante la conversación, repite con demasiada proximidad
una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar fundamento, valga la
redundancia, a los proyectos bla bla bla”). La pobreza de vocabulario o
el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la redundancia”
comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso. Lo
recomendable para evitar tal tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda.
Pero cuando eso no es posible, se me ocurre que pueden equivaler las
frases “valga la reiteración”, “disculpen la expresión”, o algo
así. Lo
que no se debe hacer nunca es usar frases como ésas cuando no haya
ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para recordar al locutor de
radio que escuché cierta tarde. Iba yo camino a la universidad y, al
terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor abuso de
elegancia que he escuchado jamás: —Faltan
cuatro para las cuatro, valga la redundancia. Luego
de oírlo decidí escribir algo, lo que fuera. Y es esta cuartilla,
precisamente.
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