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El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

Éstos son los imprescindibles
En
una reunión de amigos, entre risas y gritos de muchachas y pájaros de oficio
cantinero, surgió la inquietud de hacer una lista de los patriotas aun vivos,
todos personajes imprescindibles a la hora de entender el momento actual de
honestidad, progreso y paz que vive México. Los nombres cayeron como lluvia, y
si nos fijamos con cuidado, para hacer el bien a la nación no es necesario
militar en un partido o pertenecer a cualquier grupo o ideología específicos.
Finalmente, cómo no tener a tanto hombre valioso si el himno señala sin
vacilación que la patria un soldado en cada hijo nos dio. Éstos son nuestros
próceres modernos. ¡Vivan los héroes de nuestra posmodernidad! ¡Viva México!
Al final de esta nota propongo qué hacer con ellos, cómo homenajearlos en
vida:
Carlos
Romero Deschamps, Diego Fernández de Cevallos, Manuel Camacho, Roberto González,
Víctor Flores, Manuel Espino, Jorge Emilio González, Mario Marín, René
Bejarano, Napoleón Gómez Urrutia, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Chuayffet,
Elba Ester Gordillo, Luis Carlos Ugalde, Miguel Ángel Yunes, Carlos Cabal
Peniche, Kamel Nacif, Sergio Estrada Cajigal, Arturo Montiel, Demetrio Sodi,
Francisco Salazar, Ramón Muñoz, Rubén Aguilar, Jean Succar Kuri, Manuel
Bribiesca Sahagún, Beatriz Paredes, Emilio Gamboa, Jorge Kahwagi, Manuel
Bartlett, Luis Echeverría, Alberto Cárdenas, José Murat, Dulce María Sauri,
Enrique Jackson, Francisco Labastida, Joaquín Gamboa, Sari Bermúdez, Jorge
Hank Rhon, Francisco Gil, Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas Guillermo Ortiz, Raúl
Salinas, Dolores Padierna, Fidel Herrera, Enrique Peña Nieto, Daniel Bisoño,
Carlos Abascal, María de los Ángeles Moreno, Germán Larrea, Onésimo Cepeda,
Juan Sandoval Íñiguez, Jaime Maussán, Carlos Trejo, Paty Chapoy, Jacobo
Zabludowsky, Cuauhtémoc Blanco, Adal Ramones, Federico Doring, Eduardo y Sergio
Andrade, Mariano Palacios, Mariano Azuela, Gustavo Ponce, Miguel de la Madrid,
Joaquín Guzmán, Héctor Hugo Olivares, Natividad González, Norberto Rivera,
Santiago Creel, Vicente Fox y señora, Miguel Alemán, Carlos Almada, Lino
Korrodi, Pepillo Origel, Jorge Serrano Limón, Luis Pazos, Alfredo Palacios,
Humberto Roque Villanueva, Joaquín Hernández Galicia, Roberto Madrazo y Carlos
Salinas.
Desde
esta tribuna, propongo enérgicamente que los nombres de héroes obsoletos que
ornan la sede del Congreso sean sustituidos por los que acabo de enumerar. Exijo
además que a los nuevos próceres se les asigne una pensión mensual vitalicia
de 300 mil por persona. Sólo así pagaremos con algo sus desinteresados favores
a la patria.
Un
año después
Mañana
24 de abril se cumple un año de la marcha contra el desafuero. Fue, como
recordamos, la manifestación que puso fin al primer gran intento por borrar a López
Obrador. El plan falló de manera tan catastrófica que consiguió un efecto
contrario: impulsar más al perredista. Un año después, poco ha cambiado: los
enemigos de López Obrador han sido sus mejores publicistas, como lo demuestra
el retiro de los espots que alertan sobre la peligrosidad del Peje. El PAN, con
sus sondeos internos, probó que la metodología fascista dispara por la culata.
23/4/06
Fábula del lobito
Va
una fábula como las de Monterroso para explicar, o para explicarme con moraleja
y todo, lo que creo está ocurriendo en el país. Por supuesto se trata apenas
de un conato de interpretación, pues en la vida como en los cuentos la netafísica
no se deja ver con claridad, oculta siempre bajo una densa maraña de intereses.
Érase
una vez (esto es una fábula, así que es inevitable comenzar con la vieja fórmula)
un hermoso reino lleno de recursos naturales, selvas, llanuras, rodeado de
litorales y con casi infinitos yacimientos petrolíferos. Lamentablemente, todas
esas bondades habían sido muy mal explotadas. Durante setenta años los
chacales se habían adueñado de todo y eran la satrapía gobernante. Aunque no
usaban cucharas dado que eran animales, sexenio tras sexenio se sirvieron con la
cuchara grande. Los chacales diseñaron un modelo de control que asombró al
mundo: cada seis años salía un chacal y entraba otro, pero en esencia su casta
no dejaba de ostentar la hegemonía y ningún animal de otra especie osaba
disputarles alguna rebanada de poder. Los chacales, así, depredaron el reino
durante siete décadas, todo con un orden y una disciplina tan eficaces que
llamaron la atención a estudiosos de las democracias emergentes como el
italiano Giovanni Sartori.
Pero
tanto tiempo haciendo el mal debía terminar, por lógica, en una catástrofe.
Los chacales perdieron el dominio ante las víboras que, apoyadas con recursos
de otras latitudes, hicieron una campaña dispendiosa y convencieron de su buena
entraña a los demás animales del reino. Prometieron crecimiento del 7% anual,
prometieron resolver problemas en quince minutos, prometieron las perlas de la
virgen, aunque en realidad, como eran animales, no adoraban a ninguna virgen y
no solían darle valor a ninguna perla. Y oh decepción: la víbora mayor resultó
tener cerebro de lombriz, y fue un fraude tanto para chiquillos como para
chiquillas. Al final de su sexenio, la susodicha víbora mayor quiso asegurar el
triunfo electoral de su partido, el de los reptiles, o que en su defecto ganara
el de los chacales, pues sabía que la visión macroeconómica de ambas especies
era similar.
Surgió
entonces la figura de un lobito con pinta de ganador en las elecciones
venideras. Era un lobito aún, y en el futuro podía ser peligroso, pero eso
nadie lo sabía con certeza. Pese a ello, las hienas y las víboras se dedicaron
a atacarlo con el argumento de que un lobito lobo es, y por ello será nefasto más
adelante, todo con el fin de asustar a los volubles electores.
Moraleja:
el miedo futurista no anda en burro, sino en Televisa y TV Azteca.
22/4/06
Seven acapulqueño
Brad
Pitt, Morgan Freeman y Kevin Spacey protagonizaron Seven, film dirigido en 1995 por David Fincher. Recuerdo que en su género
es, lo dije en su momento y lo reitero diez años después, una película
extraordinaria, un thriller de primer
orden. Andrew Kevin Walter, guionista, armó en esta obra maestra un complejo
mecano, un turbio minilaberinto. Recordemos que la historia narra las andadas de
un asesino serial perseguido por dos sabuesos de la ley. El rasgo más
significativo de la cinta se relaciona con el sello de los crímenes: el matón
deja marcas que denotan su deseo de vincular a cada difunto, en orden, con los
siete pecados capitales, de ahí el título de la obra.
Así
las claves, el cabrón pelón que de killer
personifica Spacey despacha al más allá, presuntamente al infierno, a un tragón
que representa la gula, o a un güevonazo que encarna la pereza, por citar sólo
a dos de las víctimas. Los detectives Pitt y Freeman tienen la difícil tarea
de localizar al bíblico asesino, y para ello van amarrando las claves dejadas
por el misterioso delincuente.
Si ya con esto el film resulta
extraordinario, la trama nos lleva a una situación anómala: el killer
se entrega a la justicia. Sigue un plan perfectamente diseñado, pues buscará y
logrará que Pitt incurra en el último pecado capital, el de la ira. Poco antes
de entregarse, Spacey decapita a la esposa de Pitt, lo emputa y provoca que el
detective, iracundo, descargue su revólver sobre la nuca del ingenioso
asesino/mártir.
La cinta tiene muchos recovecos que por
falta de espacio no traigo a cuento. Sólo cargo la tinta sobre una de sus
escenas más perturbadoras: la decapitación. Pese a ello, pese a lo horrible de
tal cercenamiento, el film tiene la alcurnia de las claves, del misterio bíblico
y del heterodoxo mensaje que con sus delitos quiere dar el serial
killer a la sociedad: somos demasiado laxos, pues cuántos zánganos,
tragones, cogelones, avariciosos y demás hay en el mundo y nunca hacemos nada
para enderezarlos.
Se me fue el espacio repaladeando Seven
en la memoria. La recordé porque ayer, en Acapulco y sin poesía, dos elementos
de la policía fueron decapitados. Sus cabezas “estaban adentro de bolsas de plástico que fueron
colgadas en el patio de las oficinas de
Se
acabaron las metáforas. Sálvese quien pueda.
21/4/06
Nostalgia del acarreo
En
los tiempos de gloria, digamos en el echeverriato, el acerreo era una verdadera
preciosidad llevada a la perfección por el imbatible priísmo. Miles de miles
eran llevados a los mítines para ser los principales protagonistas de la
escenografía en la que el Líder inobjetable se lucía como emperador, hablaba
entre una lluvia de papel volando y entre vítores que no por comprados dejaban
de ser estentóreos y emotivos. Acarreada y todo, la raza se la creía y era
capaz de soportar dos, tres horas oyendo a LEA sin dejar de aplaudir en los
remates discursivos, cuando el candidato o presidente enunciaba una frase digna
de figurar impresa en mármol.
Lo
tiempos han cambiado, y para muestra basta el acto que el martes 18 de abril
quiso exaltar, en la plaza de toros Torreón, a Madrazo y a los candidatos del
PRI a diputados y senadores por Coahuila. Un auténtico bufet para la crónica,
un ejemplo de los aires que le soplan al tricolor cuando de muchedumbres se
trata. Era, a las buenas o a las malas, el partido de las multitudes, y prácticamente
no había acto en el que no apiñaran a obreros, campesinos, maestros, burócratas
y hasta los perros de la calle se sumaban al tumulto. Ahora eso es lujo del
pasado.
El
martes 18 me dejó ver claro, pues, que el acarreo ya no es el mismo de
endenantes. En la plaza de toros, sitio de pequeñas dimensiones para un acto
con el candidato a la presidencia de la república por el PRI (¡por el PRI!),
apenas se alcanzó a llenar, cuando mucho, un 70% de su capacidad; los tendidos
de sol y sombra dejaban ver boquetes enormes, lagunas tan grandes que aquello
parecía una novillada de amateurs.
Pero
lo terrible no es eso, el 70% mentado, sino la actitud del respetable. Mientras
el pasito duranguense amenizó, los asistentes se mantuvieron más o menos
quietos en sus lugares, y sólo se veían ansiosos por la playera de oblea con
el rótulo de “Roberto”. Cuando el maestro de ceremonias anunció la llegada
de Madrazo y de los demás candidatos (personajes con gran arraigo, siempre
cercanos al pueblo como Salomón o Chuy María) la indiferencia de la masa fue
total. Cero pancartas, cero hurras, cero atención, incluso cero abucheos. Sin
empacho, la concurrencia comenzó a salir del coso mientras los oradores
trataban de articular un choro. El show terminó para el público a las 8.35 pm,
precisamente cuando el pasito duranguense dejó caer su última nota.
Tiempos
memorables los del acarreo en el periodo clásico. Propongo que los estatutos
del PRI prohíban la organización de mítines. No tienen caso. Los acarreados
han dejado de ser leales.
20/4/06
Hallar entre la escoria
No
se necesita ser Cosío Villegas para advertir que el sistema político mexicano
es algo así como la podredumbre de las podredumbres. Salvo casos excepcionales,
sólo detectables con la linterna de Diógenes, todo está permeado por la
corrupción, por la caraja ansia de dinero. Si los mexicanos acabamos por
descreer a los partidos y pasamos nuestra fe al caudillo de turno, ahora ni eso:
el ciudadano estándar, ese que como usted y como yo andamos en la calle sin que
nadie nos fume, ha terminado por entrecerrar los ojos, por alejar un poco la
cabeza y por mirar con escepticismo a todo aquel animal político que le ofrece,
merolico del bienestar, un porvenir de colores, tan lleno de bonanza que casi lo
traslada a las desnudeces del paraíso adánico.
De
ahí, de tal descreimiento, surgen las numerosas voces que, como coro y con razón,
comentan que la vendiera será recordada como la elección del menos pior.
Además de los que no leí, Luis Petersen hace una semana, Néstor Ojeda,
Francisco Valdés y Renata Chapa (ella en El
Diario de Chihuahua) el domingo pasado, muchos articulistas apuntan que el 2
de julio tendremos que servirnos una de dos inevitables sopas en la mesa
electoral: abstenernos o votar por el menos infame (caso de que esto sea
posible) entre los candidatos a la presidencia.
Sin
radicalismo, sin tragedia (pues qué mayor desastre puede haber que vivir en un
país cimentado en la corrupción legalizada) creo que ambos caminos son la
manifestación, la roncha visible, de una enfermedad política digna de médico
internista. Como el derecho a votar, también tenemos el de abstenernos. Al
elegir el segundo camino, el del abstencionismo, se sabe que encarecemos el voto
en un aparato electoral ya de por sí dispendioso, el más caro del mundo. Además,
apoyamos por omisión lo que quizá más detestamos. El otro derrotero, el del
voto, nos lleva a poner fichas en un casillero que nos convence menos que a
medias, en un candidato al que le damos el sufragio, no la convicción.
Soy
de los que votaré, pese a todo. Mi trabajo en los meses recientes no ha sido
encontrar al mejor, sino al menos pior
entre la escoria que ofrece el basurero de nuestra partidocracia. La pepena es
trabajosa: allí está Madrazo y su excrementicio embuste, Calderón y la sombra
del fascismo redivivo, López Obrador y su tolerancia a las vergonzosas listas,
Campa y su patiñismo gordillista y Mercado y su carilinda ingenuidad. Difícil
hallar algo bueno entre tanta gusanera.
19/4/06
Este reino
Cosméticas
reparaciones a su humilde casa, con mi prole paseos breves, tele y periódicos.
En eso se fue la semana de asueto, modesta y feliz. Sólo un libro me arrimé, y
fue uno que está y estará siempre adherido a mi querencia: El
reino de este mundo, novela del eternamente inmenso cubano Alejo Carpentier.
La repaso en mis clases de literatura, pero también, como al Quijote, le doy
entres salteados de vez en vez.
Es
una historia que, como las milongas de Yupanqui o los temas de Cuco Sánchez o
la pintura de Velázquez o el vozarrón de Javier Solís o la fotografía de Álvarez
Bravo o los monos de Fontanarrosa, siempre encuentro fascinante. El
reino de este mundo nunca me defrauda, tanto que puedo volver a sus páginas
con recurrencia de niño y jamás decae su permanente vigor seductivo.
Aunque
estilizada por el elegante barroquismo de su prosa, es en su centro una novela
política. Me atrevería a decir que hasta filosófica en algún punto. Cuando
la leí por primera vez, lo que sucedió hacia 1986 u 87, su reflexión final, más
ensayística que novelada, fue un motor ideológico tan poderoso como cualquier
discurso concientizador. Yo era un muchacho, claro, pero aun hoy me emociona y
me estimula a seguir pensando, pese al anclaje de mis esenciales pesimismos, que
aun es posible creer en cierta forma de la utopía en este mundo hecho pomada
por el abuso y la mentira.
El
esclavo Ti Noel, protagonista, llega al final de la historia. En tercera
persona, el narrador observa al desvencijado negro y describe su situación con
inolvidables palabras:
“Era
un cuerpo de carne transcurrida. Y comprendía, ahora, que el hombre nunca sabe
para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gentes que nunca
conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que
tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más
allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está
precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de
los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía
establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de
sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso
dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo
puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo”.
Bien
o mal, al menos para algunos, donde somos perfectibles o empeorables es aquí,
en la vida y sobre esta incómoda esfera llamada Tierra, no en otra parte. Al
joven de 22 años que antes fui, la obra de Carpentier le confirmó en aquellos
entonces un poder y una belleza superlativos: el de la palabra. Eso hasta la
fecha.
Pésame
Vaya
para Guillermo Anaya y Mayté, su esposa, mi condolencia en este doloroso
momento. Sincera, solidariamente.
16/4/06
Los inmaculados
¿Manos
limpias? ¿Quién tiene las manos limpias en la política nacional? Si difícilmente
un ciudadano de a pie puede pasar con 6 (seis) de calificación la prueba de la
honradez, quienes han decidido abrazar la carrera de la grilla por lo general
llegan al éxito manchados del plumaje, más quemados que un Judas en estas
fechas pese a que
Parecido
en los meses recientes al AMLO de hace un año, Calderón está jugando con
lumbre al presentarse como impoluto. La campaña de las manos limpias, aunque
influye en despistados, no deja de ser, como lo advirtió el publicista
Alazraki, un despropósito en estos tiempos de incredulidad ciudadana en los
partidos. Por eso, así como al Peje le hizo daño crear, agrandar y creerse el
mito de la invulnerabilidad, más adelante a Calderón le puede dar una sorpresa
la fachendosa propaganda que lo exhibe tan inmaculado como la virgen María.
La
agresividad de su campaña, sumada al caprichoso comportamiento de un electorado
que se mueve al ritmo con el que truena los dedos López Dóriga, no le hizo
ganar puntos, pero sí disminuyó algunos de los que supuestamente tenía
seguros el aspirante perredista. Eso fue una primera demostración de que nadie,
ni el Peje ni nadie, está galvanizado contra el escepticismo de la gente. La
encuesta de María de las Heras, creíble hasta donde pueden serlo todas las
encuestas de su índole, no hizo más que confirmar la condición de pluma al
viento que tendrán los votantes en el porvenir inmediato. En dicha
circunstancia, ¿qué estrategia seguir? Lo ignoro, pero sí sé que ofrecerse
como producto envasado al alto vacío no es un buen camino, pues por más higiénica
que parezca una candidatura siempre saldrán trapos, reales o inventados, listos
para demostrar que tal o cual candidato también flamea los calzoncillos. A AMLO
le lanzaron obuses duros, los que le dibujaban un rostro autoritario a partir de
la frasecita jocosa que él dedicó a la chachalaca presidencial. Con Calderón
ocurre algo similar: hasta ahora se ha presentado como un dechado de aseo moral,
como una maravilla enmascarada, como la mamá de Tarzan
(sin tilde). Eso es muy atrevido, fariseo, pues los memoriosos ya recuerdan, por
ejemplo, al michoacano como presidente del PAN cuando la bancada blanquiazul en
la cámara votó a favor del megadelito llamado Fobaproa.
Hay
que cuidarse. Nadie tiene las manos limpias. Nuestros políticos, menos.
15/4/06
Revueltas: a treinta de su muerte
El
14 de abril de 1976 murió José Revueltas, uno de los indiscutibles iconos de
la literatura mexicana contemporánea. Como Paz, como Huerta, Revueltas nació
en 1914, pero no en el DF, no en Silao, sino en Santiago Papasquiaro, pequeño
municipio, hasta la fecha, del estado de Durango.
Hijo
de José (algunos dicen que se llamaba Gregorio) Revueltas y Ramona (algunos
dicen que se llamaba Romana) Sánchez, en su familia no escasearon los artistas;
como se sabe, sus hermanos también se dedicaron a ejercer la belleza: Silvestre
en la música, Fermín en la pintura y Rosaura en la actuación. A ellos sumaba
su talento el precoz José, quien desde los quince años alquimió sus más
grandes pasiones: la literatura y la lucha política desde los flancos zurdos.
En
México eran tiempos difíciles para la izquierda, mucho más de lo que son
ahora. El activismo revolucionario de Revueltas lo llevó, por ello, a la cárcel,
precisamente a las Islas Marías. Su obra, diversificada en novelas, cuentos,
ensayos, crónicas, obras de teatro, artículos y cartas, comienza a crecer y a
cobrar notoriedad. La dura crítica que encierran sus relatos al dogmatismo del
Partido Comunista Mexicano se dejó ver en novelas como Los
días terrenales (1949) y después en Los
errores (1964), lo que sirvió para desatar su satanización en los círculos
formales de la izquierda. Revueltas fue expulsado del PCM, pero a sí mismo se
siguió percibiendo como un revolucionario cabal, porque lo era.
Durante
la etapa cruenta del 68, Revueltas fue acusado otra vez de subversivo y fue a
parar con sus huesos a la sombra, ahora a Lecumberri. Esa experiencia le inspiró
una nueva historia carcelaria, El apando (1969),
noveleta que es sin duda su libro más y mejor leído. Dirigida en 1975 por
Felipe Cazals, la versión cinematográfica (donde trabajó el guión junto al
entonces jovencito José Agustín, uno de sus más cercanos amigos) suscitó un
reconocimiento muy importante a su trabajo artístico, aunque lamentablemente
nunca el deseable, el que merecía y sigue mereciendo.
A
diferencia de sus contemporáneos, Revueltas murió apenas rebasados los sesenta
años (Paz a los 84). Nunca tuvo los lectores que demanda su obra. Pese a ello,
ensayistas como Evodio Escalante lo colocan en un sitio peculiar: Revueltas fue,
es, el único narrador mexicano que hizo “una literatura del lado moridor”,
una literatura que supo hablar del hombre en conflicto, del hombre como
individuo y como animal social, del hombre y su dialéctica.
14/4/06
El estilo nazi
Uno
de los rasgos más salientes del estilo nazi es su fervoroso desprecio por todo
lo que huela a cultura. No es casual que en los regímenes de Franco y Pinochet,
por citar dos casos de alcurnia, las manifestaciones artísticas hayan padecido
una persecución que las hundió en un silencio sólo roto por el regreso de la
democracia. La frase más famosa la amonedó José Millán Astray, general
franquista, quien sin empacho declaró que cuando oía la palabra “cultura”,
de inmediato sacaba la pistola.
El
ascenso al poder del foxismo trajo a un grupo político que suele trabajar en el
subsuelo y que tiene, en términos generales, la misma instrucción de nuestro
presidente: interesados por el poder y el dinero, nunca han hecho el esfuerzo
por asomarse a un libro, por indagar en nuestra historia, por conocer las más
emblemáticas manifestaciones de nuestro arte. Su desprecio por la cultura es olímpico,
de ahí que Fox ni siquiera sea capaz de leer una tarjeta con el nombre de
Borges, mucho menos de opinar espontáneamente sobre Siqueiros o sobre Arreola o
sobre nadie ni nada.
En
ese grupo de culturifóbicos está Manuel Espino, presidente del PAN, quien
armado con las mejores fuscas verbales de sus abuelos nazis justificó el ataque
a la figura de Elena Poniatowska. Y no sólo eso: Espino, contento, aprovechó
el viaje para señalar que su partido insistirá en la campaña de espots que no
ofrece ni una frase propositiva, sólo terrorismo. En el peor de los
oscurantismos, Espino reparó también contra Montemayor, Monsiváis y Del Paso,
escritores que podrán gustarnos o no, pero que indiscutiblemente son tres de
las plumas más representativas de la literatura y del periodismo mexicanos.
Del
Paso le reviró ayer en
“…
Usted
sabe muy bien, lo sabemos todos, que los espots de televisión que ha hecho el
PAN en contra del candidato Andrés Manuel López Obrador van mucho más allá
del insulto personal. Se trata de una campaña inmoral destinada a infundir
miedo en los votantes. Una campaña que denigra no sólo a su partido, señor
Espino: también a México.
Y
una cosa más: Elena Poniatowska no es una pobre señora. Es una gran señora.
Pero no me sorprende que usted no entienda por qué lo es. Más bien, me
sorprendería mucho que lo entendiera”.
Tiene
razón el autor de Noticias del imperio:
en el estilo nazi no cabe el respeto por ningún artista.
13/4/06
Brillar por ausencia
La
paradoja es una figura retórica de pensamiento que expresa contradicción
aparente, contrasentido. En su propio contexto, ese choque conceptual tiene una
endiablada lógica, lo que da por resultado que la idea acumule sentido y
potencie su belleza. Quevedo (recuérdese que la historia literaria lo tiene
categorizado como “conceptista”, es decir, como creador de imágenes basadas
en el intrincado manejo de ideas) escribió, por ejemplo, para definir al amor,
“Es yelo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, /
es un soñado bien, un mal presente, / en un breve descanso muy cansado”.
Así
la retórica, hay dos frases totalmente instaladas en el terreno de la paradoja
que ya son lugar común, expresión familiar: “brilla por su ausencia”,
“el silencio elocuente”. Ambas quieren destacar que, ante la ausencia,
alguien o algo destacan más que si estuvieran presentes, como si la
inexistencia fuera una cabal materialización. Pues bien, eso ocurre con los
espots del PAN contra López Obrador. Luego de una andanada de horripilantes
fealdades, luego de echar todo su vómito en la pantalla casera, el PAN firma su
espot con un cuadro negro donde en menos de un segundo se puede leer, con
tipografía pequeña, “Partido Acción Nacional”.
¿Qué
“brilla por su ausencia” en este caso? ¿Cuál es “el silencio
elocuente”? Por supuesto, el logotipo del partido. Sin medir sus fascistas
niveles de bajeza, los espots del panismo quieren sembrar el terror entre un
votante muy mal informado y veleidoso como pocos en el mundo. Saben los
estrategos de la propaganda blanquiazul que el amarillismo es un recurso mediático
fácil de usar mientras el IFE no les ponga coto, y lo emplean con cinismo.
¿Por
qué no usa el PAN su logotipo en los espots donde AMLO es “un peligro para México”
y sí lo saca a relucir donde Calderón hace promesas de campaña? Sencillo:
porque en el primer caso es claro que se trata de una guerra sucia de la más
inmunda calaña, una guerra donde no les importa llevarse entre las patas a
quien se atraviese, como le pasó a la escritora Elena Poniatowska, nueva víctima
de un panismo ulraderechizado al que ya no le importan los métodos sino el
logro, cueste lo que cueste, de sus propósitos. Por eso, el PAN exhibe
orgulloso sus colores y su sigla cuando ofrece un país mejor; lo otro, enmerdar
sin escrúpulos al enemigo, es ejecutado con el discreto encanto de su fascismo
hoy evidente, con el estilo inconfundible de quien sabe trabajar desde la
clandestinidad.
12/4/06
El hacedor de colas
Tenía
la obligación, la desgracia más bien, de hacer al mes seis colas diferentes en
igual número de bancos: tres tarjetas, la hipoteca, el crédito del coche y un
depósito destinado a una hermana triste que vive en Monterrey. Cinco bancos,
todos abarrotados en los últimos días de cada mes, precisamente cuando las
sucursales truenan con los muchos clientes que andan en las mismas.
Su rito era simple. Cuando llegaba la semana crítica, como el enfermo crónico
que no se librará de las inyecciones, se hacía a la idea de perder varias
horas en la formación, siempre con un libro o un periódico que hiciera pasable
la marcha hasta el matadero de la ventanilla. Durante años lo toleró todo, las
más groseras muestras de descortesía que muchos usuarios se gastan para
abreviar su llegada hasta la meta.
Con estoicismo senequiano, sereno y contenido, veía por ejemplo que en
la cola nunca faltaba el sujeto que, con imprudente generosidad, recibía
papeles y dinero de amigos que iban apareciendo y que para evitar la cola
aprovechaban al compadre ya enfilado. Esto no le dolía cuando el desaguisado
ocurría detrás de él, sino adelante, lo que garantizaba la extensión del
plazo para llegar a la caja. Pero aguantaba. Íntimamente se sabía incapaz de
pedir favores semejantes a un amigo ya formado o de hacerlos delante de todos
los demás.
Un caso que excedía al anterior, y que ocurría también con desoladora
frecuencia, era el del tipo que, entre cuchicheos cómplices, le abría espacio
a uno o dos amigos para que evitaran comenzar la aventura desde el principio de
la cola. Cuando eso sucedía, él rumiaba para adentro, entre maldiciones dichas
en silencio, la burda grosería de aquellos infelices. Reflexionaba una y otra
vez, calmándose con sus propias palabras, en la porquería de comportarse con
esa pésima urbanidad, con esa asquerosa manera de pisotear el tiempo de los
clientes respetuosos. Pero se calmaba. Se daba secretas instrucciones para no
estallar, para no decir nada contra nadie, pues sabía que reclamar en voz alta
esas pequeñas injusticias ciudadanas era tenido socialmente como vulgar, tan
corriente como escupir o eructar o peer en público. No, él no quería
exhibirse delante de los demás como una bestia incivilizada.
Pero llegó el día tope, el día del estallido tras un mes de tensión
extrema agudizado por la pequeñez de los recursos disponibles para pagar tanto
débito. Entró a una sucursal. La cola estaba para, mínimo, cuarenta y cinco
minutos, si la suerte estaba de su lado y si no aparecían los chistositos de
siempre. Se formó, como siempre, en el extremo. Abrió el periódico y comenzó
la lectura de las notas principales y de sus columnas favoritas. Media hora
después, el sujeto que iba delante de él permitió la entrada de un amigo, de
esos bichos que nunca faltan, de los que se pasan de listos y aprovechan al
cuate para meterse en la fila con la cara de “yo no hice nada, qué tanto me
ven”. Algo pasó en ese momento. Sin pensarlo demasiado, como si fuera un
eructo o una flatulencia, muchos años después de ser un abnegado hacedor de
colas, le salió una pregunta en voz muy alta:
—¿Por qué no te formas, hijo de puta?
9/4/06
Torreón: 149 años y pico
Poco
a poco, milímetro a milímetro, el doctor Corona Páez amplía detalles sobre
la historia de
“En
1892, Torreón era una congregación que apenas llegaba —en números
redondos— a los 2,800 habitantes. No sería sino hasta el año siguiente que
sería erigida en villa, y finalmente, en 1907, alcanzaría la categoría de
ciudad.
Su
origen como población se remonta a un período que comprende los años
1850-1855, como lo indican las primeras referencias documentales sobre la
existencia del ‘rancho del Torreón’, una de las propiedades del matrimonio
Zuloaga-Ibarra. Esto
significa que en realidad Torreón cuenta con poco más de 149 años de existir
como asentamiento humano moderno, habitado de manera ininterrumpida.
Los
pobladores originales (fundadores) del rancho eran laguneros de vieja cepa. El
proceso de migración y crecimiento demográfico se dinamizó en 1883, y luego
en 1888, con la llegada de las líneas del ferrocarril. Comenzó a llegar a
Torreón gente de Zacatecas, de Aguascalientes y de otros estados de la república
con fácil acceso al transporte ferroviario. (…)
Este
censo es muy revelador para la historia étnica de Torreón. A 40 años de haber
sido fundado, tenía apenas 2,800 habitantes. Y de esos, sólo unos cuantos eran
de origen extranjero. Entre éstos se contaban Adolfo Aymes, ciudadano francés
de 40 años de edad, nacido en 1852 en ‘Pierrerne, en los Bajos Alpes’. En
el censo aparece catalogado como ‘Yndustrial’ porque era socio de los Veyán,
dueños de la fábrica de hilados y tejidos ‘
8/4/06
Scherer, ochenta
Ayer,
en su artículo semanal de
“Para
lograr una ponderación aproximada de la trayectoria que Julio Scherer ha
descrito habría que parafrasear a Tomás De Quincey: el director de Proceso
convirtió al moderno periodismo mexicano en una de las bellas artes.
Luego
del golpe contra Excélsior en el que mañosamente botaron a Scherer, Proceso
tomó la palabra crítica que Echeverría quiso cercenarle al periodismo
mexicano.
Claro
que la tarea no ha sido sólo de Proceso; a la revista se sumaron, poco
después, el unomásuno de Becerra Acosta,
Éste
es, pues, un breve esquema de lo que Proceso y otros medios le han dado
al lector mexicano. Y aunque don Julio se esconda y no permita los elogios que
merece, él tiene mucha culpa del avance que en los últimos veinte años ha
manifestado nuestro periodismo. Falta bastante por hacer, pero don Julio, a un
mes de una merecidísima jubilación, ya no puede zafarse de su quizá incómoda
condición de cimiento. Por ello, desde algún rincón del norte mexicano:
gracias, señor Scherer”.
Eso
dije. Hoy, en el onomástico ochenta de don Julio, lo reitero pese a que el
semanario que fundó, sin ser malo, no sea el mismo.
7/4/06
El regreso de Chiquidrácula
Según
muestra Michael Moore en su famosa Masacre
en Columbine, el discurso del miedo propagado por la prensa norteamericana
sirve para lubricar el engranaje del mercado armamentista; el líder de opinión
gringo no se refiere sólo de la compra-venta mega, para las guerras, de
aparatos letales, e incluye como destinatarios del mensaje paranoizante a los
clientes caseros, a aquellos que sólo desean hacerse de pistolas o escopetas
“para defenderse” en caso de necesidad.
El
discurso del miedo no sirve en México para lo mismo, pues el mercado de las
armas habita en la clandestinidad, en el narcotráfico y en el secuestro.
Ordinariamente, más bien, ha rendido servicios al poder para justificar actos
de represión y, desde hace algunos lustros, la atemorización mediática es
reciclada cada seis años para crear climas borrascosos y, tras ello, inducir el
voto o inhibirlo.
Como
en 1994, como en 2000, en 2006 estamos otra vez ante la difusión preferencial
de escenas violentas de todos los colores. Desde lo nasty
(Santoy Riveroll) hasta lo light (cualquier
robo callejero), todo sirve en el momento electoral que atravesamos para
infundir temor en la sociedad, para que cualquier mexicano pobremente informado
sienta desasosiego, incertidumbre, miedo en suma.
No
es suficiente, desde luego, la difusión de la violencia para lograr oscuros
propósitos electorales. Para que el negocio funcione, es necesario asociarla
con algo, con alguien. En este caso, el guión de la violencia televisiva ha
tenido, y tendrá con mayor énfasis en las semanas venideras, al candidato del
PRD como su lógico eslabón. No es gratuito por ello que en su febril e
incallable oratoria Fox exprese sumariamente, sin mencionar nombres propios pero
con un candidato en la mente, que es necesario decir no al que divide, al que
polariza, al que violenta. Aunque no ha pasado de la alusión (recuérdese que
“aludir” es mencionar elípticamente, y en este caso lo elipsado es el
nombre propio), Fox engancha la figura del candidato perredista con la
ascendente mediatización de la violencia.
Pasada
la semana santa, dicen los politólogos, arreciará la guerra de lodo. No sería
extraño, sino ya parte de nuestro ritual político, que las televisoras le
metan pues más candela al clima de desestabilización emocional con una dosis
extra de sangre en las pantallas. Como Chiquidrácula, Televisa y TV Azteca
mirarán al televidente y le dirán, con insistente ñaca-ñaca, que le darán
meyo, mucho meyo.
6/4/06
Se mira relampaguear
Se
veía venir, era cuestión de días para que comenzaran a brotar aguas negras en
Distinguida
sobre todo por una carrera tan empeñosa como fallida en el ámbito de la creación
poética, lo cual por sí solo serviría para demostrar que no tiene
merecimientos para dirigir nada, la señora Guerrero también es ahora, para
muchos de quienes trabajan en
Dependiente
del ICED (Instituto de Cultura del Estado de Durango),
En
el recuadro de réplica, la reportera preguntó a la directora si “¿Es cierto
que su hijo cobra tres sueldos?”. Ella no dice ni que sí ni que no, y en
realidad patina como cuidando las espaldas de su hijo: “Alfredo tiene su plaza
de
Hay
muchas dudas. Lo bueno es que por fin se mira relampaguear sobre
5/4/06
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