El domingo 6 de marzo de 2005 inicié una nueva columna periodística; su nombre será, mientras viva, "Ruta Norte", y la publicaré en La Opinión Milenio. Sin mayor preámbulo, las reproduzco aquí en orden cronológico inverso.

 

México en una mina

México es un país permanentemente electoral, en México siempre hay campañas y lo único que varía es el número de los espots y de los espectaculares. Si observamos con cuidado, en este país no hay político que no tenga, sea legislador o funcionario o desempleado, la cabeza siempre puesta en los comicios, y gracias a ese anhelo hay tema eterno para el periodismo y para el cotilleo de cafetín. En otras palabras, lo digo como ejemplo, la carrera por el 2012 ya comenzó para el PRI o para lo que quede del PRI luego del 2 de julio. Si esto es así, muy pocas noticias, grandes o pequeñas, quedan al margen de la lucha por el poder.

Aunque resulta políticamente incorrecto mezclar los dos temas, es difícil, o imposible más bien, como digo, no inscribir la desgracia de nuestra carbonífera en el actual contexto electoral. De hecho, nada de lo que ocurra en este año, tanto lo planeado como lo eventual, estará al margen de la sucesión que viene, y el caso de los mineros sabinenses, para bien de algunos y para mal de otros, exhala, además del doloroso aliento de la muerte, un pestífero olor a podredumbre en las relaciones que mantiene el actual empresariado mexicano con los trabajadores.

Sería absurdo, para empezar, hacer tabula rasa, meter en el mismo costal a todos los dueños del dinero. Habrá algunos, seguramente los menos, que no sólo respetan las reglas del juego laboral sino que, así sea por altruismo o remordimiento asistencialista, “dan” un poco más de su parte para “beneficiar” al trabajador, que “sacrifican” porciones de su ganancia (“moral indolora”, le llaman algunos críticos) para que el empleado viva con algo de dignidad. Lamentablemente, ese tipo de empresario conciente, humanitario, justo —así sea por cristiano remordimiento— hasta donde es posible serlo en un sistema que en esencia es inequitativo y violento, no forma legión. Abundan, con o sin tragedias estrepitosas de por medio, los empresarios como, toda proporción tomada entre los dos, pues no son lo mismo, Germán Larrea y Kamel Nazif, dueños de medios de producción a quienes sólo les importa el enriquecimiento personal aunque se dé sobre una montaña de oportunismos y miserias y no pocas veces de cadáveres.

La lectura de la tragedia en Sabinas, al vincular el malestar de los trabajadores y la ofensiva bonanza de un empresario, atiza el debate sobre la relación entre política y empresariado (cuando esto no da la casualidad de ser lo mismo, porque cada vez hay más empresarios-políticos). El martes 21 de febrero, en las páginas de Milenio, Jorge Fernández Menéndez se preguntaba con razón por qué AMLO no aceptaba asistir a muchas reuniones con empresarios. Lo cito: “Agregó en entrevista (AMLO) con Multimedios que los empresarios deben estar ‘tranquilos’ y no hacer caso de los rumores que se han propagado en el sentido de que los afectaría con sus políticas de gobierno. En el mitin dijo que no estaba en  contra de los empresarios sino en contra de los ‘traficantes de influencias’, de los ‘saqueadores’, de los ‘corruptos”. Inmediatamente después, el ya ex columnista de Milenio añadió: “Pues bien, siguiendo la lógica de López Obrador, todos los empresarios reunidos en la Concamin (la mayoría del país), los financieros y las empresas que son parte de la Bolsa Mexicana de Valores, los directivos de Bancomer y Banamex, y los otros a los que López Obrador no ha querido acompañar, están ‘empanizados’, buscan ‘entramparlo’, o son ‘traficantes de influencias’, ‘saqueadores’ y ‘corruptos’. Pero no deben preocuparse, él no está ‘en contra’ de los empresarios”.

En las mismas páginas de Milenio y el mismo día 21, Carlos Mota, especialista de este diario en temas empresariales, acota lo que sigue: “Es vergonzoso. La noticia más importante del país, la tragedia de 65 mineros atrapados en su lugar de trabajo en Coahuila, a punto de la muerte, es la más viva prueba de la despersonalización empresarial que vive México”. Cada uno de los columnistas, por supuesto, desarrolla con mayor amplitud sus opiniones, y la de Mota me parece casi una involuntaria y simultánea réplica a Fernández Menéndez. Mota lo dice claro y se refiere al grueso de los grandes propietarios: “despersonalización empresarial”. Eso es, para él, “una vergüenza”, pues significa que al capital lo que le importa casi exclusivamente es la ganancia, más si es inmensa y rápida, y el bienestar de las personas, los trabajadores, queda reducido a polvo, a oscuro polvo de carbón, como en el caso de Sabinas.

         ¿Se puede negociar con empresarios sin una mínima visión humana? ¿Hay disposición de estos señores por ceder en sus posturas y llevar a México a un nuevo estadio laboral? Con De la Madrid comenzó la apertura de México al capitalismo salvaje, despiadado, ese capitalismo que sólo puede funcionar en países con políticos y empresarios moralmente intachables. Salinas agudizó la venta de garage, Zedillo la mantuvo en pie  y Fox dejó que la rapiña se convirtiera en el modelo neoliberal a la mexicana.

Por las inercias, y porque no puede “pintar su raya” respecto a las políticas económicas de Fox, Calderón enrumba en la misma dirección de los que, si gana, serían sus cuatro antecesores en Los Pinos, lo que supone todo tipo de complacencias al sector empresarial, lo que supone una cada vez más profunda depauperación de las mayorías en este país. Por eso se habla de “saquadores”, de “traficantes de influencias”, de “corruptos”, no por otra razón. Los empresarios que no están en ese círculo se preocupan tanto de política como el ciudadano común: lo mínimo, pues están trabajando junto a sus trabajadores.

Por eso Fox no ha visitado ni visitará la mina de Coahuila. Una aparición allí, además de exponerlo a declaraciones de las suyas, daría pábulo a la reclamación directa de los mineros humillados y ofendidos, abriría cancha a la polémica sobre sus políticas de gobierno en materia laboral, destaparía la alcantarilla de la relación entre los grandes capitales y el Estado y, lo más importante, todo eso golpearía directamente a su delfín Felipe Calderón, quien “por respeto” no visitó Coahuila, elegante manera de recomponer la agenda y evitar un encuentro con lo inevitable: el marcado carácter neoliberal, continuista, foxista, de su propuesta en el rubro laboral.

Decir esto no es lo correcto, lo oportuno en la semana trágica de Sabinas, pero la sucesión lo permea todo.

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26/2/06

 

 

 

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