Los espiritus
Tu
alma, con sus sombríos pensamientos,
Se
hallara sola en la siniestra tumba.
Nadie
querrá saber lo que en secreto
Tu
corazón y tu conciencia ocultan.
Sé
silencioso en soledad tan grande,
Que
no es tal soledad, pues te circundaban,
Los
espíritus todos de la muerte,
Que
ya en vida rondaban en tu busca.
Ellos
querrán ensombrecerte el alma,
Con
sus negros arcanos y sus dudas.
Sé
silencioso en soledad tan grande;
Cierra
los labios cual la misma tumba.
Y
la noche, aunque clara y luminosa,
Se
tornara de pronto en cueva oscura;
Desde
sus altos tronos las estrellas
No
alumbraran tu soledad adusta.
Mas
sus rojizos globos sin fulgores
Han
de ser a tu tedio y a tu angustia
Como
incendio voraz, cual una fiebre,
De
los que libre no haz de verte nunca.
No
podrás desechar los pensamientos
Ni
las visiones que tu mente turban,
Y
que antes en tu espíritu dejaban
La
huella del rocío en la llanura.
La
brisa, que es de Dios el puro aliento,
Soplara
en torno de la helada tumba,
Y
en la colina tendera su velo
La
niebla vaporosa y taciturna.
Las
tinieblas, las sombras invioladas
Símbolo
y prenda son: hablan y auguran
Sobre
las altas copas de los árboles
Tienden
el misterio su cerrada túnica.
El poso y el péndulo
" Impia tortorum longas hic turba furores
sanguinis innocui, non satiata, aluit,
sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,
mors ubi dira fuit vita salusque patent "
(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado
que
debió erigirse en el solar del Club de los
Jacobinos, en París)
Estaba agotado, agotado
hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron
y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa
sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis
oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se
apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi
espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis
pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de
pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué
terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran
blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas
palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su
dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor
humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían
aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi
pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no
seguía al movimiento.
Durante varios momentos de espanto frenético vi
también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que
cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete
grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al
principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos
que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi
alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en
contacto con el hilo de una batería galvánica. Y las formas angélicas
convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente
comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una
magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable
reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité
un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que
mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las
figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes
hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y
sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron
desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y
el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.
Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo
decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no
intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba
perdido. En medio del más profundo sueño ..., ¡no! En medio del delirio ...,
¡no! En medio del desvanecimiento ..., ¡no! En medio de la muerte ..., ¡no! Si
fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos
del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un
segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.
Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida:
el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia
física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de
evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos
elocuentes del abismo trasmundano. ¿Y cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos
distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he
llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no
obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas,
mientras, maravillados. nos preguntamos de dónde proceden? Quien no se haya
desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente
familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotantes en
el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar, no será el
que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en
el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta
entonces.
En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos,
en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de
vacío aparente en el que mi alma había caído, hubo instantes en que soñé
triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos en que he llegado a condensar
recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder
referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy
confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me
levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada
vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del
infinito en descenso.
También me recuerdan no sé qué vago espanto que
experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese
corazón. Luego el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me
rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado,
al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por
el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de
insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una
memoria que se agita en lo abominable.
De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un
sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego,
un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el
movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser.
Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que
duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me
producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado.
Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer
del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo
completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad,
de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde.
Únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo
vagamente.
No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero
sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y
pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé
descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que
había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero
no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban.
No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la
idea de no ver nada.
A la larga, con una loca angustia en el corazón,
abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues,
confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la
intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era
intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo
por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo
de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la
sentencia y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo
de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente
muerto.
A pesar de todas las ficciones literarias,
semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero
¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte
morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio
habíase celebrado una solemnidad de esta especie. ¿Me habían llevado, acaso, de
nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de
celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser.
Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas.
Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en
Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.
Repentinamente, una horrible idea aceleró mi
sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en
mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis
pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis
brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí
nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo
tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y
en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo
intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo
los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un
débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba vacío y negro. Respiré
con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían
reservado no era el más espantoso de todos.
Y entonces, mientras precavidamente continuaba
avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los
horrores de Toledo corrían. Sobre estos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo
siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños,
que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel
subterráneo mundo de tinieblas, o qué muerte más terrible me esperaba? Puesto
que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el
resultado era la muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y
la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.
Mis extendidas manos encontraron, por último un
sólido obstáculo. Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa,
húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida
desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo,
esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de
mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido
sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de
ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui
conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido
cambiadas por un traje de grosera estameña.
Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de
partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin
embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al
principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué
una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud,
formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno
a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela.
Por lo menos, esto era lo que yo creía, pero no había tenido en cuenta ni las
dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo.
Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran
cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de
mí en aquella posición.
Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado
un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en
tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi
viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de
estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde
que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que
medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una
yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin
embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared, y esto impedía el
conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquello era
una cueva.
No ponía gran interés en aquellas investigaciones,
y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a
continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión.
Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser
de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al
cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando
cruzarlo en línea recta.
De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el
trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome
caer de bruces violentamente.
En la confusión de mi caída no noté al principio
una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después,
hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre
el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque
parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna
parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor
viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué
el brazo y me estremecí, descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo
circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes
precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé
caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes.
Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por
último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse
oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al
mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la
oscuridad y se apagaba en seguida.
Con toda claridad vi la suerte que se me
preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un
paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a
tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y
absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las
víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus
crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue
la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento,
hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me
consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura
que me aguardaba.
Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared,
decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las
tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo
hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola
vez, lanzándome a uno de aquellos abismos, pero en aquellos momentos era yo el
más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que
había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción
repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio
infernal de quien los había concebido.
Durante algunas horas me tuvo despierto la
agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme,
como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía
una sed abrazadora, y de un trago vacíe el cántaro. Algo debía de tener aquella
agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un
sueño profundo parecido al de la muerte. No he podido saber nunca cuánto tiempo
duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban.
Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al
principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.
Me había equivocado mucho con respecto a sus
dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de
circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente,
turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me
rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi
calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y
tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las
medidas a aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de
la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta
el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del
trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva.
Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis
pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro
me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi
izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha.
También me había equivocado por lo que respecta a
la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos,
deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto
de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los
ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se
encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada.
Lo que creí mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en
enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.
La superficie de aquella construcción metálica
estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y
repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de
demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes del
horror más realista llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de
que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros,
pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad
del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un
pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno
más en el calabozo.
Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo,
pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de
espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de
madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero.
Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando
únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer
un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro
que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta
de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una
sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en
exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne
cruelmente salada.
Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión.
Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y parecíase mucho, por su
construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención
una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo,
tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un
objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los
relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que
me hizo mirarla con más detención.
Mientras la observaba directamente, mirando hacia
arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que
se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y,
por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza
la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo de vigilar su fastidioso
movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.
Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y
vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía
distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en
tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me
costó gran esfuerzo y atención apartarlas.
Transcurrió media hora, tal vez una hora -pues
apenas imperfectamente podía medir el tiempo- cuando, de nuevo, levanté los
ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del
péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su
velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me
impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse
con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por
media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de
un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo
inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una
navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma
ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba
moviéndose en el espacio.
Ya no había duda alguna con respecto a la suerte
que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la
Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos
horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo,
imagen del infierno, considerado por la opinión como la Ultima Tule de todos
los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él,
y yo sabia que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa
constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas.
Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el
demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin
ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce ¡Mas dulce! En mi
agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.
¿Para qué contar las largas, las interminables
horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes
oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente,
efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más
largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando.
Pasaron días, tal vez muchos días, antes que
llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su
aire acre. Hería mi olfato el olor de acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo
con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me
volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella
espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran
calma y permanecí tendido sonriendo a aquella muerte brillante, como podría
sonreír un niño a un juguete precioso.
Transcurrió luego un instante de perfecta
insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció
que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es
posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres
infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían
detener la vibración.
Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad
indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas
angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso,
extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me
apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al
llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de
esperanza, se alojo en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la
esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia
tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que
se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también
que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en
recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las
ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.
La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano
que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta
de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje,
volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran
dimensión de la curva recorrida-unos treinta pies, más o menos-y la silbante
energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de
hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era
rasgar mi traje.
Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a
ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con
esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a
pensar en el sonido que produciría ésta al pasar sobre mi traje, y en la
extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los
nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron.
Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más
bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo
con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda.
Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma
condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aullaba y reía
alternativamente, según me dominase una u otra idea.
Más bajo, invariablemente, inexorablemente más
bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con
violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la
mano. Únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi
lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper
las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado
detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha.
Siempre mas bajo, incesantemente, inevitablemente
más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis
ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la
desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del
descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio
más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que
bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi
pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger
todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante
aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte,
incluso en los calabozos de la Inquisición.
Comprobé que diez o doce vibraciones,
aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje, Y con
esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la
desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez,
pensé por primera vez. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de
un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura
de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa,
tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de
mi cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de
la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o
impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el
recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar
frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza lo
bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente,
juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la
cuchilla homicida.
Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su
primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría
definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de
libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu
una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea
entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en
fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté
llevarla a la práctica.
Hacia varias horas que cerca del caballete sobre
el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran
tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos, como si no esperasen
más que mi inmovilidad para hacer presa. "¿A qué clase de alimento -pensé-
se habrá acostumbrado en este pozo?".
Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis
esfuerzos para impedirlo, había devorado el contenido del plato; pero a la
larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia.
Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis
dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté
vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto
retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.
Al principio, lo repentino del camino y el cese
del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron
alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más que un
instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin
movimiento, una o dos o más atrevidas se encaramaron por el caballete y
oliscaron la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general.
Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarrándose a la madera, la escalaron y a
centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba el movimiento regular
del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se
apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se
retorcían sobre mi garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.
Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se
multiplicaba contantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en
el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto
más, y me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con
una resolución sobrehumana, continué inmóvil.
No me había equivocado en mis cálculos. Mis
sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos,
colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo
efectuábase ya sobre mi pecho. La estameña de mi traje había sido atravesada y
cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis
nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos,
huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y
decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me
deslicé fuera del abrazo y de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos,
por el momento estaba libre.
¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas
había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo
de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída
hacia el techo por una fuerza invisible. Aquélla fue una lección que llenó de
desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados.
¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser
entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en
ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban.
Algo extraño, un cambio que en principio no pude apreciar claramente, se había
producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los
que estuve distraído, lleno de ensueños y escalofríos, me perdí en conjeturas
vanas e incoherentes.
Por primera vez me di cuenta del origen de la luz
sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de
anchura, que extendíase en torno del calabozo en la base de las paredes, que,
de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del
suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque, como puede imaginarse,
inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de
pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido.
Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando
los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente
claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y
tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a
aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar
a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra
y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo
anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual
fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente
imaginario.
¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta
mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor
sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos
clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles
pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No
había duda sobre el deseo de mis verdugos, los más despiadados y demoníacos de
todos los hombres.
Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al
centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la
frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales
bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo.
El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus
cavidades más ocultas. No obstante, durante un minuto de desvarío, mi espíritu
negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en
mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida.
¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con
un grito, me aparté del brocal, y, escondiendo mi rostro entre las manos, lloré
con amargura.
El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez
mas los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un
segundo cambio, y este efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera
vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me
dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos
veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del
espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de
hierro eran agudos, y, por tanto obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un
sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.
En un momento, la estancia había convertido su
forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba
ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos
contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. "¡La muerte!
-me dije-. ¡Cualquier muerte, menos la dell pozo!" ¡Insensato! ¿Cómo no
pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón
del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo
que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión?.
Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una
rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea
de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté
retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza
irresistible.
Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo,
quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis
pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se
exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de
que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos ...
Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una
explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil
truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo
alargado me cogió del mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el
abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado
en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.
Charles Nodier
Charles Nodier (1780-1844),
inventor de lo que se ha dado en llamar "literatura frenética", fue
autoridad suprema y oracular en la bibliofilia y en encuadernaciones de lujo,
bibliotecario de prestigio universal, entomólogo, herborista, filósofo,
conversador infatigable, opiómano y uno de los responsables de introducir el
romanticismo y la literatura fantástica en Francia a través de su célebre
tertulia de la biblioteca de El Arsenal, por donde desfiló la flor y nata de
las letras de la época. Infernaliana, publicada en 1822, es una recopilación de
relatos breves sobre aparecidos, espectros, demonios y vampiros, algunos de los
cuales están recogidos de autores anteriores, otros inspirados en leyendas
populares y el resto debidos a la imaginación del autor.
El Tesoro del diablo
Dos caballeros de Malta tenían un esclavo que se jactaba
de poseer el secreto de invocar a los demonios y obligarles a revelarle las
cosas más ocultas. Sus amos le llevaron a un viejo castillo donde creían que
había tesoros ocultos.
El
esclavo, una vez solo, realizó las invocaciones y finalmente el diablo abrió
una roca de donde extrajo un cofre. El esclavo quiso apoderarse de él, pero el
cofre volvió a meterse rápidamente en la roca. La misma operación se repitió
más de una vez; y el esclavo, después de vanos esfuerzos, fue a decir a los dos
caballeros lo que le había sucedido. Se encontraba tan debilitado por los
esfuerzos realizados que pidió un poco de licor para recuperarse. Se lo dieron
y volvió al lugar del tesoro.
Horas
más tarde, oyeron un ruido; bajaron a la caverna con una luz y encontraron al
esclavo muerto, con todo el cuerpo lleno de heridas producidas por algo
parecido a un cortaplumas, y que representaban la forma de una cruz. Tenía
tantas heridas que no había un lugar donde poner el dedo sin tocar alguna. Los
caballeros llevaron el cadáver al borde del mar y desde allí lo tiraron al agua
con una gran piedra atada al cuello a fin de que nadie pudiera sospechar nada
de este suceso.
Fiesta
Nocturna
Tenía
veinticinco años y todavía no conocía unas tierras de las que era propietario
en los confines del Dordoña y el Garona, y sólo después de que me insistieran
mucho sobre ello decidí abandonar los salones de la capital para ir a
visitarlas.
Me
enteré, no sin sorpresa, de que poseía una viña donde aparecían de vez en
cuando, y siempre a medianoche, una multitud de espíritus que adoptaban
diversas formas, tales como hombres, mujeres, caballos, machos cabríos, etc.
Una noche que alguien tranquilamente sentado tocando música, alguien llama
violentamente a mi puerta. Ordeno que abran: un desgraciado, todo su ser
anuncia espanto; le prodigo auxilios, pero desvaría y a todas mis preguntas
responde con las mismas palabras: -Están allí ..., miradlos ..., se acercan
..., esa cabra ..., ese gato. Decidí dejarle tranquilo y esperar a que
recuperase la razón para interrogarle. En cuanto creí que ya estaba en
condiciones de responderme, le pregunté por la causa de su terror.
-¡Ay!,
señor –me dijo-, el relato que tengo que haceros es espantoso, tiemblo de sólo
pensar en ello. Había ido a ver a uno de mis parientes. Pasamos el rato
bebiendo, y bebimos tanto que eran ya las once cuando nos despedimos. Entonces
se me ocurrió la idea de dar un gran rodeo para no pasar por la viña del
diablo, pero, como había tomado un poco de vino, me dije: ‹‹No tendría miedo
aunque estuviera allí todo el infierno››, y al momento emprendo audazmente mi
camino. Pero cuando llegué frente al gran seto de la maldita viña, oí grandes
carcajadas y divisé una asamblea tan numerosa que me aterroricé. Fue mucho peor
cuando vi que el seto desaparecía y que sólo había una vasta llanura iluminada
por al menos cien mil cirios que daban luz a un baile completo; más allá, una
multitud de personas estaba sentada a la mesa y comía con un apetito voraz. Ya
no distinguía el camino ni sabía por donde continuar cuando varias personas
abandonaron la mesa y la danza y se acercaron a mí. ‹‹¿Qué quieres, amigo?
¿Quieres unirte a nosotros? ¿Vienes a firmar un pacto?›› Al oír estas palabras,
me asusté; sin embargo, respondí: ‹‹No, señor, yo soy un buen cristiano y no
quiere entregarme a Satán›› ‹‹Te equivocas, todos nosotros somos buenos chicos,
no te arrepentirás de estar con nosotros, olvida las estupideces del cura y
reniega de tu religión››. ‹‹¡Oh, Dios mío! –exclamé, santiguándome-, ven en mi
ayuda››. Al pronunciar estas palabras, las velas se apagaron, el trueno
retumbó, todo desapareció, y sólo pude ver, a través de los relámpagos, una
multitud de murciélagos y lechuzas que revoloteaban a mi alrededor, lanzando
gritos aterradores. Apenas tenía fuerzas para respirar cuando oí una voz que me
gritaba: ‹‹No temas nada, cristiano, todo el infierno no puede prevalecer sobre
ti››. Estas palabras me devolvieron las fuerzas y me puse a correr hasta aquí.
-Tu
aventura es extraordinaria –le dije-. Tengo que verla por mí mismo.
En
efecto, poco tiempo después, partí un viernes bajo un espléndido claro de luna,
decidido a acudir al aquelarre. Mis deseos se cumplieron y, al llegar a la viña
del diablo, encontré una fiesta en toda regla: magníficas mujeres, hombres
elegantes, fuegos artificiales, torneos, danzas, todo contribuía a embellecer
aquel espectáculo.
Me
había quedado estupefacto, cuando una dama de belleza encantadora, engalanada
como Venus, vino hacia mí.
-Sed
bienvenidos- me dijo -. Os esperábamos y os echábamos de menos en la fiesta.
Nuestro dueño y señor da muestras de la estima especial que siente hacia
vuestra persona, pues, en contra de lo que en él es habitual, sale a vuestro
encuentro.
Un
hombre muy hermosos me dirigió entonces la palabra:
-Estáis
–dijo, después de haberme saludado muy cortésmente- en medio de una asamblea de
brujos, pero, como veis, no son horrorosos. Entrad sin temor, no se os hará
ningún daño.
Y
enseguida me introdujeron en un recinto donde todo respiraba gozo y alegría.
Los
asistentes se pasaban refrescos entre ellos y me sorprendió ver que me
ofrecieran.
-Adivino
vuestro pensamiento –me dijo el dueño y señor-, pero antes de que compartáis nuestra
comida, es necesaria una pequeña explicación. Como ya os he dicho, todas las
personas aquí reunidas son brujos o brujas y en consecuencia tienen el honor de
pertenecerme. Si hubierais comido o bebido la más pequeña cantidad de estas
cosas, seríais mío de pleno derecho; pero no queremos sorprender a nadie: la
buena fe rige todas nuestras acciones. Ahora que ya estáis informado, si
queréis firmar el pacto, sólo depende de vos. Estableced las condiciones,
pienso que pronto llegaremos a un acuerdo.
-Realmente,
señor diablo –le dije-, no sois tan diablo como se cree entre nosotros, pero no
puedo aceptar vuestro ofrecimiento. Estoy contento de mi suerte aquí abajo y no
deseo cambiar de condición.
-Reflexionad
–contestó con voz serena-, aquí nos encontraréis todos los primeros viernes de
cada mes.
Cuando
terminaba de decir estas palabras, una campana tocó el ángelus. Enseguida toda
la asamblea lanzó unos alaridos espantosos: el diablo adquirió una forma
horrible que me dejó helado de horror, la mujer que me había parecido tan bella
se convirtió en una asquerosa gata negra y los demás personajes se
transformaron en murciélagos, lechuzas y otros animales nocturnos. Me
produjeron verdadero pavor, cuando, bajo este aspecto, me rodearon y amenazaron
con devorarme. Me encontraba en medio de unas densas tinieblas. Veía en torno a
mí abismos prestos a engullirme, lo que me impedía dar un solo paso para
alejarme. La tierra vomitaba grandes cantidades de azufre y alquitrán, y
exhalaba un olor fétido e insoportable. Respiraba con dificultad, me ahogaba,
el sudor corría por todo mi cuerpo y estaba tan débil que me veía a punto de
sucumbir.
Entretanto,
los sonidos argentinos de la campana anunciaban los primeros rayos de la
aurora. Según mi costumbre, me puse a rezar el ángelus. Enseguida se redoblaron
los gritos y alaridos, el diablo se agitó de mil maneras, el rayo resplandeció
por todos lados y me vi en medio de torrentes de llamas rodeado de reptiles
maléficos.
Terminada
la oración, me santigüé. Al momento la tierra se abre y se traga a todos los
monstruos que me habían aterrorizado.
El
día me devolvió las fuerzas y el valor. Me alejé de allí y nunca más tuve la
tentación de ir a ver fiestas nocturnas.