En la
Iglesia Ortodoxa existe la distinción entre Ordenes Mayores y Ordenes Menores.
Las Ordenes Menores van precedidas de la Tonsura, y son dos: Lector y Subdiácono.
Estas han sido instituidas y dispuestas por la Iglesia, para asistir a los que
poseen las Ordenes Mayores en los diversos servicios litúrgicos.
Las Ordenes Mayores han sido instituidas
por Nuestro Señor Jesucristo y en ellas consiste el único Sacramento del
Sacerdocio, que es conferido en u plenitud con la consagración episcopal. Es
decir: el Sacerdote plenamente es el Obispo y los presbíteros y diáconos
participan, en grado diferente, del poder Sacerdotal del Obispo, cuyos
cooperadores son. Las Ordenes Mayores son, pues, Diáconos, Presbíteros y
Obispos.
Las Ordenes Sagrados son conferidas de dos
formas: Las menores con una bendición del Obispo y las mayores con la
Imposición de Manos, acompañada de la invocación al Espíritu Santo. Este es el
gesto practicado por los Apóstoles.
El Ministro de las Ordenes Sagradas es
única y exclusivamente el Obispo, que debe conferirlas siempre en la Iglesia y
durante la celebración de la Santa Liturgia. Para indicar la diversa
participación de los Ministros, las Ordenes Mayores son conferidas siempre
dentro del Santuario (o Santo de los Santos), mientras que las Ordenes Menores
son conferidas fuera de éste, en el Trono del Obispo, que se encuentra sin
medio del Coro.
El que va a ser ordenado Lector es
conducido por dos Subdiáconos al Trono del Obispo, en medio del Coro. Si es
secular, viene revestido del rason y, si es religioso, del mandias. Una vez
ante el Trono del Obispo, se vuelve hacia el altar y hace tres inclinaciones
profundas. Luego, se acerca al Obispo y se inclina ante él. Este lo bendice
tres veces y tonsura al que va a ser ordenado, diciendo:
Obispo: En el nombre del
Padre.
Coro: Amén.
Obispo: del Hijo.
Coro: Amén.
Obispo: y del Espíritu
Santo.
Coro: Amén.
Y reviste al recién
Tonsurado del pequeño felonio (que cubre solo la espalda), lo bendice tres
veces y le impone la mano, diciendo:
Señor
Dios Todopoderoso, elige a tu siervo, aquí presente, y santifícalo. Concédele
que con sabiduría e inteligencia se aplique al estudio y lectura de tus divinas
palabras y guíalo por el camino de la rectitud. Por la gracia, la misericordia
y el amor a la humanidad de Tu Hijo Unigénito, con Quien eres bendito, Tu y Tu
Santísimo y Buen Espíritu, que da vida, ahora y siempre y por los siglos de los
siglos.
Coro: Amén.
El Obispo abre el
libro de las Epístolas sobre la cabeza del nuevo lector. Los Subdiáconos lo
conducen ante las puertas santas, donde le dan el libro. El lector se vuelve
hacia el Obispo y e inclina ante él. Luego, vuelto hacia la asamblea, lee un
párrafo de las Epístolas y, dejando el Felonio, vuelve a donde el Obispo, que
bendice con tres signos de Cruz el stijarion. El nuevo lector se signa, besa el
stijarion, donde está la cruz, y la mano del Obispo. Finalmente, se reviste,
con ayuda de los Subdiáconos, del stijarion y toma parte entre los Lectores.
El candidato es presentado al Obispo como
el lector, pero va revestido del pequeño felonio, si no es monje, y si lo es va
con el mandiás. Una vez ante el Obispo, éste ordena quitarle el pequeño felonio
o el mandiás y revestirlo del stijarion y de la faja de los Subdiáconos, que es
bendecida previamente por el Obispo. El que va a ser ordenado Subdiácono los
besa y besa la mano del Obispo. Luego se reviste de esos ornamentos, vuelve al
Obispo, que lo bendice tres veces.
Diác.: Roguemos al
Señor.
Coro: Señor,
ten piedad.
El Obispo impone
las manos sobre la cabeza y dice:
Señor
Dios nuestro, que por el único y mismo Espíritu distribuyes tus dones a los que
has elegido, que concediste a tu Iglesia órdenes diversas y dispusiste en ella
los grados del ministerio, para el servicio de tus Santos y Purísimos
Misterios; que con tu sabiduría eterna e inefable designaste a tu servidor,
aquí presente, para que fuese digno de servir tu Santa Iglesia: Tú mismo,
Señor, consérvalo puro en todo; haz que ame el decoro de tu casa, que sea
guardián de las puertas de tu Santo Templo, que encienda la lámpara del
tabernáculo de tu gloria. Plántalo en tu Santa Iglesia como un olivo fértil que
produzca frutos de justicia y que, en el día de tu venida, tu servidor sea
perfecto y pueda gozar de la recompensa de aquellos que te han agradado. Pues
tuyo es el Reino, la fuerza y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora
y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
El Obispo toma una bandeja y una jarra y las entrega al nuevo Subdiácono.
Asimismo coloca una toalla, sin el brazo derecho del mismo. Al recibir estos objetos
besa la mano del Obispo . Después lava las manos del Obispo, diciendo:
Subd.: ¡Vosotros los
fieles! O también: “¡Vosotros los fieles todos sed mis testigos!” (tres veces).
Después de esto, el
Obispo seca sus manos con la toalla que tiene el Subdiácono, y éste va a
colocarse frente a las puertas reales del Iconostasio, donde dice:
Subd.: “Santo Dios...
etc. Santísima Trinidad... Padre
Nuestro... Señor, ten piedad (3 veces) y
Creo en Dios Padre... Y las oraciones que desee decir en privado.
En la Gran
Entrada, durante el canto del Himno de los Querubines, lava las manos del
Obispo y, en la procesión, va detrás de todos, llevando la bandeja, la jarra y
la toalla. Después de la Gran Entrada, todos entran Santuario, excepto el nuevo
Subdiácono, que permanece ante las Puertas Santas hasta el fin de la Liturgia.
Una vez que haya terminado la Anáfora,
después de la bendición: “Y que las
misericordias de nuestro gran Dios... etc...
Se coloca una silla para el Obispo del
lado izquierdo del altar de modo que no dé la espalda a los Santos Dones. El
Obispo toma asiento y dos Diáconos van hasta el Centro de la Iglesia, vueltos
hacia las puertas reales, y colocan al que va a ser ordenado Diácono en medio
de ellos, teniendo con una mano su cuello y con la otra sus manos.
El primer Diácono
exclama
Diác.: ¡Ordena!
El segundo
Diácono, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama
Diác.: ¡Ordenad!
Y finalmente, ante
el Obispo, el primer Diácono, dice:
Diác.: ¡Ordena,
Santísimo Señor!
El que va a ser
ordenado Diácono se inclina ante el Obispo y éste lo bendice. Al levantarse, un
Diácono toma de la mano derecha al que va a ser ordenado y otro lo toma de la mano
izquierda y giran con él en torno del Altar tres veces, cantando a cada una de
las vueltas uno de los siguientes troparios:
Tono 7º
Oh
Santos Mártires, que habéis combatido bien y habéis sido coronados, rogad al
Señor que tenga piedad de nuestras almas.
Tono 7º
Gloria
a Ti, oh Cristo nuestro Dios, orgullo de los Apóstoles y alegría de los
mártires, cuya predicación fue la Trinidad consubstancial.
Tono 5º
¡Isaías, alégrate! Porque la
Virgen concibió y dio a luz un hijo: Emmanuel, Dios y Hombre, a quien llaman
Oriente. Nosotros, cantándole, felicitamos a la Virgen.
En cada vuelta, el que va a ser ordenado Diácono besa los cuatro costados
del altar y cada vez que pasa frente al Obispo se inclina ante él y besa su
mano y el hipogonátion. Después de la tercera vuelta, apoya sus manos cruzadas
sobre el Altar, se arrodilla con una sola rodilla e inclina su cabeza, apoyando
la frente sobre las manos en el Altar. El Obispo se levanta, deja la mitra,
impone el Omoforion (estola episcopal) sobre el que va a ser ordenado, lo
bendice tres veces con él signo de la cruz e impone su mano derecha sobre la
cabeza del que va a ser Diácono y dice en voz alta:
Obispo: La gracia divina, que cura siempre las
enfermedades y suple nuestras deficiencias, ordena Diácono al piadoso
Subdiácono N.. Roguemos por
él, para que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.
El Coro, el pueblo
y los concelebrantes del Obispo alternan 12 veces el Señor, ten piedad.
El primer Diácono
exclama:
Diác.: Roguemos al
Señor.
Y el Obispo,
después de bendecir al que va a ser Ordenado, dice:
Obispo: Señor nuestro
Dios, que en tu sabiduría eterna envías el Don de Tu Espíritu Santo a los que
han sido designados por tu inefable poder para ser los ministros y servidores de
tus Purísimos Misterios; Tú, Soberano Señor, guarda en una pureza total a este
siervo tuyo, que te has dignado promover, por mí intermedio, al servicio del
Diaconado, para que conserve el misterio de la fe con pureza de conciencia.
Concédele la gracia que concediste a tu protomártir Esteban, a quien elegiste
para que fuese el primer Diácono. Que se dedique, de acuerdo a tu voluntad, a
cumplir con el cargo que le ha sido confiado por Tu Bondad, pues los que
cumplen bien su ministerio se hacen acreedores a un rango más honorable. Porque
tuyo es el reino, la fuerza y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora
y siempre y por los siglos de los siglos.
El primer Diácono responde:
Diác.: Amén.
E inicia la
siguiente Letanía, en voz baja:
Diác.: En paz roguemos
al Señor.
El clero presente en el Santuario dice a cada petición: Señor, ten
piedad.
Por la paz que viene de lo alto y la salvación de
nuestras almas, roguemos al Señor.
Por la paz del mundo entero, por el bienestar de
las santas iglesias de Dios y por la unión de todos, roguemos al Señor.
Por nuestro Padre y Arzobispo N., por su sacerdocio, su protección, su conservación, paz y salud,
roguemos al Señor.
Por el siervo de Dios N., que se ordena ahora Diácono y por su
salvación, roguemos al Señor.
Para que nuestro Dios, que ama a la Humanidad, le
conceda un Diaconado inmaculado e irreprensible, roguemos al Señor.
Por esta ciudad...
Para que seamos libres de toda aflicción, etc.
Ampáranos, sálvanos... etc...
Conmemorando a la Toda Santa... etc...
Mientras el
Diácono dice estas peticiones, el Obispo recita, con la mano impuesta sobre la
cabeza del que se ordena, la siguiente oración:
Obispo: Oh Dios,
Salvador nuestro, que, por medio de tu voz imperecedera, diste a conocer a tus
Apóstoles la ley del servicio; que designaste como primer Diácono al
protomártir Esteban y lo proclamaste el primero por haber cumplido bien con el
servicio, de acuerdo a lo escrito en tu Santo Evangelio: “Si alguno de vosotros
quiere ser el primero, sea vuestro servidor” Tú, Soberano Señor del Universo,
por la venida de tu Santo Espíritu, que da vida, (porque, no por la imposición
de mis manos, sino por la visita de tus ricas misericordias, la gracia es
conferida a los que son dignos de Ti) llena a tu servidor, aquí presente, de fe
profunda, de caridad, de fuerza y de santidad, pues Tú lo juzgaste merecedor de
entrar en el servicio del Diaconado, para que, manteniéndose libre de todo
pecado, se presente sin temor ante Ti en el día del Juicio y reciba la
recompensa, según tus promesas.
Porque
Tu eres nuestro Dios, y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora
y siempre y por los siglos de los siglos.
El nuevo Diácono
se levanta y el Obispo lo reviste del Orarion (estola diaconal), diciendo:
Obispo:¡Áxios! (Es digno).
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
Luego lo reviste
de las Epimanikias diciendo:
Obispo: ¡Áxios!
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
A continuación, le
da el ripidio y se repite:
Obispo: ¡Áxios!
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
El Obispo da al
nuevo Diácono el beso de paz y éste lo trasmite a los demás Diáconos. Después
va a colocarse ante las puertas santas y continúa la Liturgia interrumpida,
cantando el nuevo Diácono las letanías:
Diác.: Habiendo
recordado a todos los Santos... etc...
El Diácono que va a ser ordenado
Presbítero participa desde el principio en la celebración de la Santa Liturgia.
Durante la Oran Entrada lleva el velo del Cáliz en la espalda y, una vez que
haya llegado ante las puertas reales, dice al Obispo:
Diác.: Que el Señor Dios se acuerde
en su Reino de tu Episcopado, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos
de los siglos. Amén.
El Obispo recibe
de sus manos el Pan Santo y el que va a ser ordenado no entra al Santuario,
sino que permanece ante las puertas reales. Terminado el Himno de los
Querubines es conducido por dos Diáconos o dos presbíteros al medio de la
Iglesia y, vueltos hacia las puertas reales, colocan al que va a ser ordenado
en medio de ellos, y lo llevan hasta las puertas reales:
El primer Diácono
exclama
Diác.: ¡Ordena!
El segundo
Diácono, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama
Diác.: ¡Ordenad!
Y finalmente, ante
el Obispo, el primer Diácono, dice:
Diác.: ¡Ordena,
Santísimo Señor!
El que va a ser
ordenado Diácono se inclina ante el Obispo y éste lo bendice. Al levantarse, un
Diácono toma de la mano derecha al que va a ser ordenado y otro lo toma de la
mano izquierda y giran con él en torno del Altar tres veces, cantando a cada
una de las vueltas uno de los siguientes troparios:
Tono 7º
Oh
Santos Mártires, que habéis combatido bien y habéis sido coronados, rogad al
Señor que tenga piedad de nuestras almas.
Tono 7º
Gloria
a Ti, oh Cristo nuestro Dios, orgullo de los Apóstoles y alegría de los
mártires, cuya predicación fue la Trinidad consubstancial.
Tono 5º
¡Isaías, alégrate! Porque la
Virgen concibió y dio a luz un hijo: Emmanuel, Dios y Hombre, a quien llaman
Oriente. Nosotros, cantándole, felicitamos a la Virgen.
En cada vuelta, el que va a ser ordenado Presbítero besa los cuatro
costados del altar y cada vez que pasa frente al Obispo se inclina ante él y
besa su mano y el hipogonátion. Después de la tercera vuelta, apoya sus manos
cruzadas sobre el Altar, se arrodilla con ambas rodillas e inclina su cabeza,
apoyando la frente sobre las manos en el Altar. El Obispo se levanta, deja la
mitra, impone el Omoforion (estola episcopal) sobre el que va a ser ordenado,
lo bendice tres veces con él signo de la cruz e impone su mano derecha sobre la
cabeza del que va a ser Diácono y dice en voz alta:
Obispo: La gracia
divina, que cura siempre las enfermedades y suple nuestras deficiencias, ordena
Presbítero al piadoso Diácono N.
Roguemospor él, para que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.
El Clero, el Coro y el pueblo alteran lentamente el Señor, ten piedad.
El Obispo,
mientras tanto, bendice tres veces al que va a ser ordenado y, con la mano
derecha impuesta sobre su cabeza, prosigue en voz baja:
Obispo: Dios Santo, que
no tienes principio ni fin, que eres más anciano que toda la creación, que has
honrado con el nombre de ancianos a los que has juzgado dignos de servir, en
este grado de la Jerarquía, a Tu palabra de Verdad, Tú mismo, Soberano Señor
del Universo, haz que tu siervo, aquí presente, que quisiste sea ordenado por
mi, reciba esta gran gracia de tu Espíritu Santo con fe profunda y conciencia
pura; que sea perfecto, que te agrade en todos sus actos, que proceda siempre
de acuerdo a este gran honor del sacerdocio, que le es concedido por el poder
de tu Sabiduría eterna.
Porque
tuyo es el reino, el poder y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora
y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Inmediatamente el más antiguo de los Sacerdotes presentes dice en voz
baja la siguiente letanía, respondiendo a cada petición el Clero presente en el
Santuario.
Sac.: En paz roguemos
al Señor.
Clero:
Señor, ten piedad.
Por la paz que viene de lo alto...
Por la paz del mundo entero.
Por
nuestro Padre y Arzobispo N., por su
sacerdocio, su tranquilidad, su salud, por su salvación y por la obra de sus
manos, roguemos al Señor.
Por el
siervo de Dios N., que se ordena
ahora de presbítero, y por su salvación, roguemos al Señor.
Para
que nuestro Dios, que ama a la humanidad, le conceda un presbiterado inmaculado
e irreprensible, roguemos al Señor.
Por esta ciudad, por todas las ciudades...
Para que nos veamos libres de toda aflicción...
Ampáranos, sálvanos.
Conmemorando
a la Toda Santa...
Mientras tanto, el
Obispo recite en voz baja la siguiente oración:
Obispo: ¡Oh Dios, cuyo
poder es inmenso, a quien nadie puede comprender y que eres admirable en tus
designios sobre los hijos de los hombres! Señor, llena de los dones de tu
Espíritu Santo a tu siervo, aquí presente, que te has dignado ordenar de
presbítero, para que merezca estar siempre puro ante tu altar, que te ofrezca
dones y sacrificios espirituales, que renueve a tu pueblo con el baño de un
nuevo nacimiento, de modo que encuentre así a tu Hijo Unico, nuestro Gran Dios
y Salvador Jesucristo, en el día de su segunda venida, y reciba de tu inmensa
bondad la recompensa por haber cumplido bien con su ministerio.
Y continúa en voz alta:
Porque
tu nombre honorable y magnífico es bendito y glorificado, oh Padre, Hijo y
Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
El Obispo quita al
nuevo presbítero la estola diaconal y lo reviste del epitrajilion (estola
sacerdotal), cantando alternadamente con el Clero y el pueblo:
Obispo: ¡Áxios!
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
Diciendo lo mismo al revestirlo del felonio,
Obispo: ¡Áxios!
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
de las epimanikias (sobremangas).
Obispo: ¡Áxios!
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
y de la faja (ceñidor).
Obispo: ¡Áxios!
Clero: ¡Áxios!
Pueblo: ¡Áxios!
Una vez revestido,
el nuevo Sacerdote besa y abraza a los demás presbíteros, continuándose la
Liturgia como de costumbre y actuando el nuevo Sacerdote como primer
concelebrante.
Después de la Epíclesis, el
Obispo llama al recién Ordenado y, tomando una partícula del Cuerpo del Señor,
donde están grabadas las iniciales IC, se la da diciendo:
Obispo: Recibe esta
prenda y guárdala hasta la venida de nuestro Señor, Jesucristo, Quien te pedirá
cuenta de ella.
El Ordenado la
recibe en la palma de su mano derecha, apoyada sobre la palma de su mano
izquierda, besa la mano del Obispo y va a colocarse detrás del altar, donde
reza el Salmo 50. Antes de que el Obispo
exclame: ¡Lo Santo a los Santos!, le devuelve la partícula sagrada, que el
Obispo coloca de nuevo en la Patena. El nuevo Sacerdote recibe primero que
todos la Comunión y dice la oración final:
Señor, que bendices a los que te bendicen...
El día señalado para la consagración de un
Obispo, antes de iniciar la Divina Liturgia, salen los presbíteros y diáconos y
piden la bendición al Consagrante, que está de pie en el Trono en la iglesia.
Después entran al Santuario y se revisten de sus ornamentos litúrgicos,
mientras uno de los Sacerdotes realiza la Proscomidia. Los diáconos, una vez
revestidos, toman los dikiros (candelabros de dos brazos, que simbolizan las
dos naturalezas de Cristo: divina y humana) y los trikiros (candelabros de tres
brazos, que simbolizan las tres personas de la Santa Trinidad: Padre, Hijo y
Espíritu Santo), van al Trono del Consagrante y le hacen una inclinación. Luego
se colocan en dos filas, a ambos lados del Trono. El Obispo desciende del trono
y va a tomar el Kerón ante las puertas. reales, como de costumbre. De ahí va y
se sienta en la silla, preparada en el centro de la Iglesia, y vienen entonces
los dos Obispos concelebrantes, le hacen una inclinación, entran al Santuario y
se revisten de sus respectivos ornamentos. Luego se acerca al consagrante el
Electo; aquél lo bendice y éste entra al Santuario y se reviste del
epitrajilion y el felonio únicamente. El Obispo principal o consagrante entra
también y se reviste de los ornamentos episcopales. Cuando se haya revestido,
los Diáconos invitan a los Obispos y Sacerdotes a salir del Santuario, de donde
salen todos, menos el Electo, y se forman en dos filas, una frente a otra, a
los costados del Trono del Obispo principal. Se coloca entonces en la Puerta
Real la alfombra con el águila episcopal y entran, por esa misma Puerta, los
Diáconos, que traen al Electo, quien llevará en sus manos el Libro de los
Evangelios y sus profesiones de Fe, refrendadas y firmadas por él, y lo sitúan
sobre la alfombra episcopal con el águila. Entonces uno de los Diáconos dice:
Diác.: ¡Atendamos!
El Electo exclama: Yo N., elegido por la gracia de Dios para la
Diócesis de N.
he firmado con mis propias manos las siguientes profesiones de Fe:
Creo en un solo Dios, Padre Omnipotente, Creador del
cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles... etc.
Al terminar el
Credo, el Obispo principal bendice al Electo y le dice:
Obispo: Que la gracia
del Espíritu Santo sea contigo.
Dinos más minuciosamente
cuál es la fe que profesas sobre las propiedades de las tres personas divinas.
El Electo dice:
Creo
en un solo Dios en tres Personas distintas, que son el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Las llamo distintas según la propiedad, pero unidas según la
sustancia. La misma es Trinidad toda entera y la misma toda entera es unidad.
Unidad, según la sustancia, la naturaleza y la forma. Trinidad según la
propiedad y el nombre, porque uno es llamado Padre, otro Hijo y otro Espíritu
Santo. El Padre no lía sido engendrado y no tiene principio, porque nada
existió antes que Él. Él era, era absolutamente Dios, sin principio, porque su
Ser no procede de ningún otro ser, sino de El mismo. Creo también que el Padre
es principio del Hijo y del Espíritu Santo: del Hijo por generación, del Espíritu
Santo por procesión; y creo que no hay entre ellos ninguna distinción o
diferencia, sino la distinción de las propiedades hipostáticas. Porque, por un
lado, el Padre engendra al Hijo y produce al Espíritu Santo, y, por el otro, el
Hijo ha sido engendrado por el Padre solo y el Espíritu Santo procede del
Padre. Y es así como yo reconozco un solo principio y adoro un origen del Padre
y del Hijo. Profeso también que el Hijo es principio trascendental al tiempo, y
que es infinito: no como principio de las creaturas: como si fuera el primer
ser creado. ¡No! Lejos de mí este pensamiento que es el error y la impiedad cíe
los arrianos, pues Arrio profesaba este error: que el Hijo y el Espíritu Santo
son creaturas. Yo lo llamo principio, porque el Hijo proviene de Aquel que no
tiene principio, de modo que evito el admitir dos principios. Pero, al lado de
este principio, además del Hijo, se halla el Espíritu Santo, puesto que
juntamente y al mismo tiempo ambos reciben su Ser del Padre: el Hijo por
generación y el Espíritu Santo por procesión. Pero ni el Padre está separado
del Hijo, ni el Hijo del Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo del Padre y del
Hijo, sino que el Padre está todo entero en el Hijo y en el Espíritu Santo, y
el Hijo está todo entero en el Padre y el Espíritu Santo y el Espíritu Santo
está todo entero en el Padre y el Hijo, porque son distintos, estando unidos, y
están unidos, siendo distintos.
Profeso
también que el Verbo de Dios, eterno como el Padre, existente más allá del
tiempo, incomprensible, infinito, se rebajó hasta nuestra naturaleza y tomó la
forma del hombre, humillado y completamente caído, de la sangre casta y pura de
la Virgen Santísima, para dar al mundo entero la salvación y la gracia con su
misericordia. Y es así como se formó la unión hipostática de las dos
naturalezas. Esto no quiere decir que el Niño se fue perfeccionando poco a poco
y que las naturalezas, al encontrarse, se hallan unido por conmixtión,
confusión o mezcla; esto no quiere decir tampoco que, una vez formado el hombre,
el Verbo haya venido a Él y haya formado una unión accidental, como enseñó
Nestorio. El Verbo Hombre poseía inteligencia contra lo que enseñó Apolinar,
que fue en verdad imprudente al predicar que la Divinidad suplía al
entendimiento. Yo confieso que es Dios perfecto, y al mismo tiempo, Hombre
perfecto; carne al mismo tiempo que Palabra de Dios; carne dotada de un alma
racional y una inteligencia y que conserva, aún después de la unión
hipostática, todas las glorias naturales de la Divinidad y que no modifica nada
de lo que pertenece a su Humanidad y a Su Divinidad a causa de su unión, exenta
de corrupción, con el Verbo. Él es por lo tanto, una persona compuesta, aunque,
conservando las dos naturalezas y las dos operaciones, el único Jesucristo,
nuestro Dios. Posee también dos voluntades naturales, aunque, por supuesto, es
necesario saber cómo sufrió, porque, siendo Dios, sufrió en la carne y no en su
divinidad, lo cual es imposible. Confieso también que asumió todas las pasiones
nuestras, que no dependen de la voluntad: aquellas que por naturaleza se
encuentran en nosotros, pero no el pecado. Las pasiones que asumió son: el
hambre, la sed, la fatiga, el llanto y cosas semejantes, que produjeron en Él
sus efectos, no por necesidad como en nosotros, sino porque su voluntad humana
se conformó a su voluntad divina, pues Él quiso tener hambre, tener sed, sentir
el cansancio, morir. Murió, aceptando la muerte por nosotros, pero Su Divinidad
permaneció impasible. Y, aunque no estaba obligado a morir — pues Él es quien
quita los pecados del mundo—, se sometió, no obstante, a la muerte, para
salvarnos de la muerte voraz y reconciliarnos, por Su Sangre, con Su Padre. La
muerte que sufrió Su Humanidad fue aniquilada con el poder de Su Divinidad,
rescatando también a las almas de los justos, encadenados desde el principio
del mundo. Y resucitó de entre los muertos y se mostró a sus discípulos, aquí
en la tierra, por espacio de cuarenta días. Y subió a los cielos y se sentó a
la diestra del Padre. (Entiendo por diestra del Padre no un lugar o
circunscripción, sino la gloria que e Hijo poseía antes de Su Encarnación y que
sigue poseyendo después de la misma). Esto no quiere decir que la Trinidad haya
recibido algún complemento después de la unión hipostática del Hijo Unigénito,
puesto que su carne permanece inseparable en Él para toda la eternidad y vendrá
con ella a juzgar a los vivos y a los muertos, a los justos y a los pecadores,
a fin de dar en recompensa a los justos, por sus acciones virtuosas y
sufrimientos de esta vida, el Reino de los Cielos. A los pecadores dará, por el
contrario, los tormentos eternos y el fuego inextinguible del Infierno. Séanos
concedido librarnos de este castigo y obtener los bienes que nos han sido
prometidos en Cristo Nuestro Señor. Amén.
El Consagrante
bendice al Electo, diciendo:
¡Que
la gracia del Espíritu Santo permanezca en ti, que te ilumine, te confirme y te
instruya todos los días de tu vida! Y continúa: Dinos una vez más
minuciosamente cuál es la Fe que profesas sobre el Hijo y Verbo de Dios y lo
que enseñas sobre las diferentes naturalezas del único Cristo nuestro Dios.
El Electo prosigue
en voz alta:
Creo
en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de
todas las cosas visibles e invisibles, sin principio, no creado, sin causa, que
es principio natural del Hijo y del Espíritu Santo. Creo asimismo en Su Hijo
Unigénito, engendrado por Él, que es inmutable y está más allá del tiempo,
consubstancial al mismo Padre y por Quien todo fue creado. Creo también en el Espíritu
Santo, que procede del mismo Padre y que es adorado con Él, porque es eterno
igual que Él y rige la creación. Creo que una persona de esta misma Trinidad
inmaterial y vivificadora: El Verbo e Hijo Unico bajó de los cielos, por
nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu
Santo y se hizo hombre. Se hizo hombre, permaneciendo siempre Dios, sin cambiar
nada de la naturaleza divina por su comunión con la carne, sino que, sin
modificación alguna, asumió la humanidad y sufrió en ella la pasión y la Cruz,
siendo su naturaleza divina inmune a todo dolor. Creo que resucitó de entre los
muertos al tercer día y subió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre.
Creo también lo que nos ha trasmitido y explicado Ja Santa Iglesia, Una,
Universal, y Apostólica sobre Dios y las cosas divinas. Confieso que hay un
solo bautismo para el perdón de los pecados. Creo en la resurrección de los
muertos y en la vida del mundo futuro. Confieso también que el Verbo Divino y
su humanidad forman una sola Persona. Creo y proclamo que hay un solo Cristo,
que, desde Su Encarnación, posee dos voluntades y dos naturalezas en las cuales
y por las cuales existe. Profeso que hay dos voluntades, teniendo cada una de
las dos naturalezas su propia voluntad y su propia actuación. Doy un culto
relativo, pero no de adoración, a las santas y venerables imágenes de Cristo,
de la Santa Madre de Dios y de todos los Santos y venero, de la manera debida,
únicamente lo que las imágenes representan. Rechazo a todos los que piensan en
forma distinta o tienen diversa opinión. Rechazo a Arrío y a todos los que
piensan como él. Repudio a Macedonio y a sus secuaces, que son llamados los
neumatómacos (enemigos del Espíritu Santo). Condeno del mismo modo a Nestorio y
a todos los demás propagadores del error. Rechazo y repudio a todos sus
secuaces y declaro tan abiertamente como me es posible: ¡Anatema a todos los
que propagan el error! ¡Anatema sólo a los que propagan las divisiones! En
cuanto a nuestra Señora la Madre de Dios María, reconozco y proclamo que Ella
concibió real y verdaderamente, según la carne, a una de las Personas de la
Santa Trinidad, Cristo nuestro Dios. Sea Ella mi amparo, mí protección y mi
defensa, todos los días de mi vida.
Yo
N., Electo por la gracia de Dios Obispo de N. lo he firmado con mis propias
manos.
Un ayudante toma
ahora el Santo Evangelio de manos del Electo y lo coloca sobre el Altar. Los
Diáconos presentan al Electo ante el Consagrante principal, diciendo:
El primer Diácono
exclama
Diác.: ¡Ordena!
El segundo
Diácono, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama
Diác.: ¡Ordenad!
Y finalmente, ante
el Obispo, el primer Diácono, dice:
Diác.: ¡Ordena,
Santísimo Señor!
El Consagrante principal bendice al Electo, diciendo:
La
gracia del Espíritu Santo te elige, por medio de nuestra humildad, Obispo de la
Diócesis de N.
El Coro y el
pueblo entonan el:
Coro: Is polá étí, Déspota! (Muchos años de vida, Monseñor!).
Mientras tanto, el
Electo besa la mano del Consagrante principal y éste lo besa en la frente y los
hombros, y lo mismo hacen los otros dos Obispos consagrantes. El Electo vuelve
a colocarse en el lugar de la alfombra episcopal con el águila y dos de los
Sacerdote de mayor dignidad lo presentan al Consagrante principal, diciendo,
como los Diáconos.
El primer
Sacerdote exclama.
Sacerdote: ¡Ordena!
El segundo
Sacerdote, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama
Sacerdote: ¡Ordenad!
Y finalmente, ante
el Obispo, el primer Sacerdote, dice:
Sacerdote: ¡Ordena,
Santísimo Señor!
El Coro y el
pueblo vuelven a entonar el:
Coro: ¡Is polá etí
Déspota!
El Consagrante
principal lo bendice, diciéndole:
Que la
gracia del Santísimo Espíritu, que da vida, permanezca en Ti, ahora y siempre y
por los siglos de los siglos. Amén.
Los tres consagrantes abrazan y besan al Electo, como ha sido indicado
más arriba, y éste entra al Santuario, donde se reviste de las vestiduras
sacerdotales por completo, dándose comienzo en este momento a la Santa
Liturgia: Bendito sea el Reino... etc.,
concelebrando el Electo entre los presbíteros. En el momento de la pequeña
Entrada, el Electo no abandona el Santuario, sino que se entrega velas encendidas
a todos los presentes en el Altar y en el templo. Después del Trisagio y el
Fími, dos Sacerdotes, salen, conduciendo al Electo, por la puerta norte del
Santuario y lo llevan hasta el centro de la Iglesia, donde, mientras avanzan
hacia el Altar dicen:
El primer
Sacerdote exclama.
Sacerdote: ¡Ordena!
El segundo
Sacerdote, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama
Sacerdote: ¡Ordenad!
Y finalmente, ante
el Obispo, el primer Sacerdote, dice:
Sacerdote: ¡Ordena,
Santísimo Señor!
Al llegar frente a
la Puerta Real reciben al Electo los dos Obispos concelebrantes y hacen con él
la procesión en torno al Altar, cuyos ángulos besará el Electo a cada una de
las tres vueltas, como en la Ordenación del presbítero y el diácono. Mientras
se hace- la procesión se canta los himnos correspondientes.
Tono 7º
Oh
Santos Mártires, que habéis combatido bien y habéis sido coronados, rogad al
Señor que tenga piedad de nuestras almas.
Tono 7º
Gloria
a Ti, oh Cristo nuestro Dios, orgullo de los Apóstoles y alegría de los mártires,
cuya predicación fue la Trinidad consubstancial.
Tono 5º
¡Isaías, alégrate! Porque la
Virgen concibió y dio a luz un hijo: Emmanuel, Dios y Hombre, a quien llaman
Oriente. Nosotros, cantándole, felicitamos a la Virgen.
El Electo colocado
ante el Altar, frente al cual se arrodilla completamente, teniendo sus manos
apoyadas y cruzadas sobre el Altar y su cabeza apoyada sobre las manos. El
Consagrante principal le cubre la cabeza con su Omoforion (estola episcopal) y
coloca el Santo Evangelio abierto sobre la Cabeza del Electo.
Si el Consagrante
principal es el Patriarca o el Primado dice:
Por la
elección y testimonio de los Metropolitanos, Arzobispos y Obispos, la gracia
divina. que siempre cura las enfermedades y suple nuestras deficiencias, consagra
al presbítero amado por Dios N., como Obispo de
la ciudad de N., protegida por Dios. Roguemos por él, para que venga sobre él la
gracia del Santísimo Espíritu.
Si el Consagrante
no es el Patriarca o Jefe de una Iglesia Autocéfala, dice:
Por la
elección y testimonio de los Obispos y Presbíteros, que aman a Dios, la gracia
divina, que siempre cura las enfermedades y suple nuestras deficiencias,
consagra al presbítero amado por Dios N., como
Obispo de la ciudad de N., protegida por Dios. Roguemos por él, para
que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.
El Coro, el Clero
y el pueblo alternan doce veces el Señor, ten piedad.
Los dos Obispos
concelebrantes sostienen el Evangelio sobre el cuello y la cabeza del Electo,
mientras el Obispo principal dice, con su diestra impuesta sobre la cabeza del
Electo:
Soberano
Señor y Dios nuestro, que instituiste, por medio de tu célebre Apóstol Pablo,
una serie de grados y órdenes, para el servicio de tus santos y purísimos
Misterios y para realizarlos en tu santo Altar: Me refiero en primer lugar a
los Apóstoles, luego a los Profetas y después a los Maestros. Tú, Señor del
Universo, da tu apoyo a este hombre, que elegimos y consideramos merecedor de
ser cargado con el yugo del Evangelio y de confiarle el servicio episcopal, por
la imposición de mis manos pecadoras y la de mis concelebrantes y hermanos en
el episcopado, aquí presentes; y fortifícalo con la venida, la fuerza y la
gracia del Espíritu Santo, como fortificaste a los Apóstoles, a los Profetas y
a los Santos, como ungiste a los reyes, como santificaste a los Sumos
Sacerdotes; haz que su episcopado sea intachable y que sea santo, lleno de
todas las virtudes, para que sea digno de ofrecerte plegarias por la salvación
del pueblo y merezca ser oído por Ti. Pues Tu nombre es santificado y tu reino
glorificado, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos
de los siglos.
Coro: Amén.
Inmediatamente uno
de los Obispos Concelebrantes dice en voz baja la siguiente letanía:
En paz roguemos al Señor.
El Clero del
Santuario responde a cada petición:
Señor, ten piedad.
Obispo: Por la paz que
viene de lo alto...
Por la paz del mundo entero...
Por
este santo templo...
Por nuestro Padre y Arzobispo (o Patriarca) N., por su sacerdocio, por su conservación y
tranquilidad, por su salud y su salvación, y por la obra de sus manos, roguemos
al Señor.
Por el siervo de Dios N., ahora elevado al episcopado, y por su
salvación, roguemos al Señor.
Para que nuestro Dios, que ama a la humanidad, le
conceda un episcopado inmaculado e irreprensible, roguemos al Señor.
Por esta ciudad...
Por los que necesitan el auxilio y el amparo de
Dios, roguemos al Señor.
Por que seamos libres de toda aflicción, ira.
Conmemorando
a la Toda Santa...
Mientras se dice
la precedente Letanía, el Consagrante dice:
Señor
Dios nuestro, que, al no poder la naturaleza humana resistir la esencia de la
Divinidad, estableciste, de acuerdo a Tu plan, maestros de nuestra misma
condición, para ocupar tu Sede y para ofrecerte el Sacrificio y la Oblación por
todo tu pueblo: Tú, oh Cristo, haz que este hombre a quien hemos elegido como
dispensador de la gracia del episcopado, Te imite a Ti, el Buen Pastor, que
diste la vida por tus ovejas. Que sea guía de los ciegos, luz de los que están
en las tinieblas, maestro de los ignorantes, educador de los jóvenes, antorcha
del mundo, para que, habiendo enseñado a las almas que le hayan sido
encomendadas en esta vida, se presente sin remordimientos ante Tu Tribunal y reciba
la gran recompensa que tienes preparada para los que han sufrido por predicar
el Evangelio. Pues tuyo es el tener misericordia de nosotros y el salvarnos, oh
Cristo nuestro Dios, y Te glorificamos, a Ti y a Tu Padre Eterno y a Tu
Espíritu Santo y Bueno, que da vida, ahora y siempre y por los siglos de los
siglos. Amén.
Después quitan el Evangelio y lo colocan sobre el Altar. Inmediatamente
el Obispo levanta al nuevo Obispo y lo reviste de sus ornamentos, diciendo a
cada vestimenta: ¡Axios! (¡Áxios!) lo cual es repetido alternativamente por
todo el Clero y el pueblo. Una vez terminada esta ceremonia, el Consagrante y
los otros Obispos besan al recién Ordenado, mientras el Coro canta el Fími.
Después del Fími, se dirigen todos a la cátedra, detrás del Altar, ocupando el
primer Consagrante el Trono episcopal y tomando asiento a su derecha, en un
trono igual, el nuevo Obispo. Mientras tanto se continúa la celebración de la
Santa Liturgia Pontifical, como de costumbre. A la hora de la Comunión, el
nuevo Obispo comulga primero que todos y da la comunión a sus consagrantes y a
todos los presentes. Al terminar la Santa Liturgia, sale el nuevo Obispo del
Santuario y se coloca ante la Puerta Real, mirando al pueblo, y el primer
Consagrante coloca sobre su cabeza la corona episcopal. Luego la entrega el
bastón pastoral, diciéndole:
Recibe este bastón, para que apacientes con él el
rebaño de Cristo, que te ha sido confiado. Sea en tus manos guía y defensa de
los obedientes, pero sirva de corrección y escarmiento para los rebeldes e
insumisos.
El nuevo Obispo lo recibe en
su mano derecha, bendice solemnemente al pueblo y distribuye el próti. El Coro
entretanto canta el “Polijrónio” del nuevo Jerarca.
IOBE