Reg. BA N°16 - 2003        

IOBE

 

El Sacramento de la Imposición de Manos o Sacerdocio

 

En la Iglesia Ortodoxa existe la distinción entre Ordenes Mayores y Ordenes Menores. Las Ordenes Menores van precedidas de la Tonsura, y son dos: Lector y Subdiácono. Estas han sido instituidas y dispuestas por la Iglesia, para asistir a los que poseen las Ordenes Mayores en los diversos servicios litúrgicos.

      Las Ordenes Mayores han sido instituidas por Nuestro Señor Jesucristo y en ellas consiste el único Sacramento del Sacerdocio, que es conferido en u plenitud con la consagración episcopal. Es decir: el Sacerdote plenamente es el Obispo y los presbíteros y diáconos participan, en grado diferente, del poder Sacerdotal del Obispo, cuyos cooperadores son. Las Ordenes Mayores son, pues, Diáconos, Presbíteros y Obispos.

      Las Ordenes Sagrados son conferidas de dos formas: Las menores con una bendición del Obispo y las mayores con la Imposición de Manos, acompañada de la invocación al Espíritu Santo. Este es el gesto practicado por los Apóstoles.

      El Ministro de las Ordenes Sagradas es única y exclusivamente el Obispo, que debe conferirlas siempre en la Iglesia y durante la celebración de la Santa Liturgia. Para indicar la diversa participación de los Ministros, las Ordenes Mayores son conferidas siempre dentro del Santuario (o Santo de los Santos), mientras que las Ordenes Menores son conferidas fuera de éste, en el Trono del Obispo, que se encuentra sin medio del Coro.

 

 

·       Lectorado

 

      El que va a ser ordenado Lector es conducido por dos Subdiáconos al Trono del Obispo, en medio del Coro. Si es secular, viene revestido del rason y, si es religioso, del mandias. Una vez ante el Trono del Obispo, se vuelve hacia el altar y hace tres inclinaciones profundas. Luego, se acerca al Obispo y se inclina ante él. Este lo bendice tres veces y tonsura al que va a ser ordenado, diciendo:

 

Obispo: En el nombre del Padre.

 

Coro: Amén.

 

Obispo: del Hijo.

 

Coro: Amén.

 

Obispo: y del Espíritu Santo.

Coro: Amén.

 

Y reviste al recién Tonsurado del pequeño felonio (que cubre solo la espalda), lo bendice tres veces y le impone la mano, diciendo:

      Señor Dios Todopoderoso, elige a tu siervo, aquí presente, y santifícalo. Concédele que con sabiduría e inteligencia se aplique al estudio y lectura de tus divinas palabras y guíalo por el camino de la rectitud. Por la gracia, la misericordia y el amor a la humanidad de Tu Hijo Unigénito, con Quien eres bendito, Tu y Tu Santísimo y Buen Espíritu, que da vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

El Obispo abre el libro de las Epístolas sobre la cabeza del nuevo lector. Los Subdiáconos lo conducen ante las puertas santas, donde le dan el libro. El lector se vuelve hacia el Obispo y e inclina ante él. Luego, vuelto hacia la asamblea, lee un párrafo de las Epístolas y, dejando el Felonio, vuelve a donde el Obispo, que bendice con tres signos de Cruz el stijarion. El nuevo lector se signa, besa el stijarion, donde está la cruz, y la mano del Obispo. Finalmente, se reviste, con ayuda de los Subdiáconos, del stijarion y toma parte entre los Lectores.

 

 

·       Subdiaconado

 

      El candidato es presentado al Obispo como el lector, pero va revestido del pequeño felonio, si no es monje, y si lo es va con el mandiás. Una vez ante el Obispo, éste ordena quitarle el pequeño felonio o el mandiás y revestirlo del stijarion y de la faja de los Subdiáconos, que es bendecida previamente por el Obispo. El que va a ser ordenado Subdiácono los besa y besa la mano del Obispo. Luego se reviste de esos ornamentos, vuelve al Obispo, que lo bendice tres veces.

 

Diác.: Roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

El Obispo impone las manos sobre la cabeza y dice:

 

      Señor Dios nuestro, que por el único y mismo Espíritu distribuyes tus dones a los que has elegido, que concediste a tu Iglesia órdenes diversas y dispusiste en ella los grados del ministerio, para el servicio de tus Santos y Purísimos Misterios; que con tu sabiduría eterna e inefable designaste a tu servidor, aquí presente, para que fuese digno de servir tu Santa Iglesia: Tú mismo, Señor, consérvalo puro en todo; haz que ame el decoro de tu casa, que sea guardián de las puertas de tu Santo Templo, que encienda la lámpara del tabernáculo de tu gloria. Plántalo en tu Santa Iglesia como un olivo fértil que produzca frutos de justicia y que, en el día de tu venida, tu servidor sea perfecto y pueda gozar de la recompensa de aquellos que te han agradado. Pues tuyo es el Reino, la fuerza y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

El Obispo toma una bandeja y una jarra y las entrega al nuevo Subdiácono. Asimismo coloca una toalla, sin el brazo derecho del mismo. Al recibir estos objetos besa la mano del Obispo . Después lava las manos del Obispo, diciendo:

 

Subd.: ¡Vosotros los fieles! O también: “¡Vosotros los fieles todos sed mis testigos!” (tres veces).

 

Después de esto, el Obispo seca sus manos con la toalla que tiene el Subdiácono, y éste va a colocarse frente a las puertas reales del Iconostasio, donde dice:

 

Subd.: “Santo Dios... etc. Santísima Trinidad...  Padre Nuestro... Señor, ten piedad (3 veces) y Creo en Dios Padre... Y las oraciones que desee decir en privado.

 

En la Gran Entrada, durante el canto del Himno de los Querubines, lava las manos del Obispo y, en la procesión, va detrás de todos, llevando la bandeja, la jarra y la toalla. Después de la Gran Entrada, todos entran Santuario, excepto el nuevo Subdiácono, que permanece ante las Puertas Santas hasta el fin de la Liturgia.

 

 

·       Diaconado

 

      Una vez que haya terminado la Anáfora, después de la bendición: “Y que las misericordias de nuestro gran Dios... etc...

      Se coloca una silla para el Obispo del lado izquierdo del altar de modo que no dé la espalda a los Santos Dones. El Obispo toma asiento y dos Diáconos van hasta el Centro de la Iglesia, vueltos hacia las puertas reales, y colocan al que va a ser ordenado Diácono en medio de ellos, teniendo con una mano su cuello y con la otra sus manos.

 

El primer Diácono exclama

 

Diác.: ¡Ordena!

 

El segundo Diácono, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama

 

Diác.: ¡Ordenad!

 

Y finalmente, ante el Obispo, el primer Diácono, dice:

 

Diác.: ¡Ordena, Santísimo Señor!

 

El que va a ser ordenado Diácono se inclina ante el Obispo y éste lo bendice. Al levantarse, un Diácono toma de la mano derecha al que va a ser ordenado y otro lo toma de la mano izquierda y giran con él en torno del Altar tres veces, cantando a cada una de las vueltas uno de los siguientes troparios:

 

Tono 7º

      Oh Santos Mártires, que habéis combatido bien y habéis sido coronados, rogad al Señor que tenga piedad de nuestras almas.

 

Tono 7º

      Gloria a Ti, oh Cristo nuestro Dios, orgullo de los Apóstoles y alegría de los mártires, cuya predicación fue la Trinidad consubstancial.

 

Tono 5º

      ¡Isaías, alégrate! Porque la Virgen concibió y dio a luz un hijo: Emmanuel, Dios y Hombre, a quien llaman Oriente. Nosotros, cantándole, felicitamos a la Virgen.

 

En cada vuelta, el que va a ser ordenado Diácono besa los cuatro costados del altar y cada vez que pasa frente al Obispo se inclina ante él y besa su mano y el hipogonátion. Después de la tercera vuelta, apoya sus manos cruzadas sobre el Altar, se arrodilla con una sola rodilla e inclina su cabeza, apoyando la frente sobre las manos en el Altar. El Obispo se levanta, deja la mitra, impone el Omoforion (estola episcopal) sobre el que va a ser ordenado, lo bendice tres veces con él signo de la cruz e impone su mano derecha sobre la cabeza del que va a ser Diácono y dice en voz alta:

 

Obispo: La gracia divina, que cura siempre las enfermedades y suple nuestras deficiencias, ordena Diácono al piadoso Subdiácono N.. Roguemos por él, para que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.

 

El Coro, el pueblo y los concelebrantes del Obispo alternan 12 veces el Señor, ten piedad.

 

El primer Diácono exclama:

 

Diác.: Roguemos al Señor.

 

Y el Obispo, después de bendecir al que va a ser Ordenado, dice:

 

Obispo: Señor nuestro Dios, que en tu sabiduría eterna envías el Don de Tu Espíritu Santo a los que han sido designados por tu inefable poder para ser los ministros y servidores de tus Purísimos Misterios; Tú, Soberano Señor, guarda en una pureza total a este siervo tuyo, que te has dignado promover, por mí intermedio, al servicio del Diaconado, para que conserve el misterio de la fe con pureza de conciencia. Concédele la gracia que concediste a tu protomártir Esteban, a quien elegiste para que fuese el primer Diácono. Que se dedique, de acuerdo a tu voluntad, a cumplir con el cargo que le ha sido confiado por Tu Bondad, pues los que cumplen bien su ministerio se hacen acreedores a un rango más honorable. Porque tuyo es el reino, la fuerza y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

El primer Diácono responde:

 

Diác.: Amén.

 

E inicia la siguiente Letanía, en voz baja:

 

Diác.: En paz roguemos al Señor.

 

El clero presente en el Santuario dice a cada petición: Señor, ten piedad.

 

Por la paz que viene de lo alto y la salvación de nuestras almas, roguemos al Señor.

 

Por la paz del mundo entero, por el bienestar de las santas iglesias de Dios y por la unión de todos, roguemos al Señor.

 

Por nuestro Padre y Arzobispo N., por su sacerdocio, su protección, su conservación, paz y salud, roguemos al Señor.

 

Por el siervo de Dios N., que se ordena ahora Diácono y por su salvación, roguemos al Señor.

 

Para que nuestro Dios, que ama a la Humanidad, le conceda un Diaconado inmaculado e irreprensible, roguemos al Señor.

 

Por esta ciudad...

Para que seamos libres de toda aflicción, etc.

Ampáranos, sálvanos... etc...

Conmemorando a la Toda Santa... etc...

 

Mientras el Diácono dice estas peticiones, el Obispo recita, con la mano impuesta sobre la cabeza del que se ordena, la siguiente oración:

 

Obispo: Oh Dios, Salvador nuestro, que, por medio de tu voz imperecedera, diste a conocer a tus Apóstoles la ley del servicio; que designaste como primer Diácono al protomártir Esteban y lo proclamaste el primero por haber cumplido bien con el servicio, de acuerdo a lo escrito en tu Santo Evangelio: “Si alguno de vosotros quiere ser el primero, sea vuestro servidor” Tú, Soberano Señor del Universo, por la venida de tu Santo Espíritu, que da vida, (porque, no por la imposición de mis manos, sino por la visita de tus ricas misericordias, la gracia es conferida a los que son dignos de Ti) llena a tu servidor, aquí presente, de fe profunda, de caridad, de fuerza y de santidad, pues Tú lo juzgaste merecedor de entrar en el servicio del Diaconado, para que, manteniéndose libre de todo pecado, se presente sin temor ante Ti en el día del Juicio y reciba la recompensa, según tus promesas.

      Porque Tu eres nuestro Dios, y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

El nuevo Diácono se levanta y el Obispo lo reviste del Orarion (estola diaconal), diciendo:

Obispo:¡Áxios! (Es digno).

 

Clero: ¡Áxios!

 

Pueblo: ¡Áxios!

 

Luego lo reviste de las Epimanikias diciendo:

 

Obispo: ¡Áxios!

 

Clero: ¡Áxios!

 

Pueblo: ¡Áxios!

 

A continuación, le da el ripidio y se repite:

 

Obispo: ¡Áxios!

 

Clero: ¡Áxios!

 

Pueblo: ¡Áxios!

 

El Obispo da al nuevo Diácono el beso de paz y éste lo trasmite a los demás Diáconos. Después va a colocarse ante las puertas santas y continúa la Liturgia interrumpida, cantando el nuevo Diácono las letanías:

 

Diác.: Habiendo recordado a todos los Santos...  etc...

 

·       Presbiterado

 

      El Diácono que va a ser ordenado Presbítero participa desde el principio en la celebración de la Santa Liturgia. Durante la Oran Entrada lleva el velo del Cáliz en la espalda y, una vez que haya llegado ante las puertas reales, dice al Obispo:

 

Diác.: Que el Señor Dios se acuerde en su Reino de tu Episcopado, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

El Obispo recibe de sus manos el Pan Santo y el que va a ser ordenado no entra al Santuario, sino que permanece ante las puertas reales. Terminado el Himno de los Querubines es conducido por dos Diáconos o dos presbíteros al medio de la Iglesia y, vueltos hacia las puertas reales, colocan al que va a ser ordenado en medio de ellos, y lo llevan hasta las puertas reales:

 

El primer Diácono exclama

 

Diác.: ¡Ordena!

El segundo Diácono, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama

 

Diác.: ¡Ordenad!

Y finalmente, ante el Obispo, el primer Diácono, dice:

 

Diác.: ¡Ordena, Santísimo Señor!

 

El que va a ser ordenado Diácono se inclina ante el Obispo y éste lo bendice. Al levantarse, un Diácono toma de la mano derecha al que va a ser ordenado y otro lo toma de la mano izquierda y giran con él en torno del Altar tres veces, cantando a cada una de las vueltas uno de los siguientes troparios:

 

Tono 7º

      Oh Santos Mártires, que habéis combatido bien y habéis sido coronados, rogad al Señor que tenga piedad de nuestras almas.

 

Tono 7º

      Gloria a Ti, oh Cristo nuestro Dios, orgullo de los Apóstoles y alegría de los mártires, cuya predicación fue la Trinidad consubstancial.

 

Tono 5º

      ¡Isaías, alégrate! Porque la Virgen concibió y dio a luz un hijo: Emmanuel, Dios y Hombre, a quien llaman Oriente. Nosotros, cantándole, felicitamos a la Virgen.

 

En cada vuelta, el que va a ser ordenado Presbítero besa los cuatro costados del altar y cada vez que pasa frente al Obispo se inclina ante él y besa su mano y el hipogonátion. Después de la tercera vuelta, apoya sus manos cruzadas sobre el Altar, se arrodilla con ambas rodillas e inclina su cabeza, apoyando la frente sobre las manos en el Altar. El Obispo se levanta, deja la mitra, impone el Omoforion (estola episcopal) sobre el que va a ser ordenado, lo bendice tres veces con él signo de la cruz e impone su mano derecha sobre la cabeza del que va a ser Diácono y dice en voz alta:

 

Obispo: La gracia divina, que cura siempre las enfermedades y suple nuestras deficiencias, ordena Presbítero al piadoso Diácono N. Roguemospor él, para que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.

 

El Clero, el Coro y el pueblo alteran lentamente el Señor, ten piedad.

 

El Obispo, mientras tanto, bendice tres veces al que va a ser ordenado y, con la mano derecha impuesta sobre su cabeza, prosigue en voz baja:

 

Obispo: Dios Santo, que no tienes principio ni fin, que eres más anciano que toda la creación, que has honrado con el nombre de ancianos a los que has juzgado dignos de servir, en este grado de la Jerarquía, a Tu palabra de Verdad, Tú mismo, Soberano Señor del Universo, haz que tu siervo, aquí presente, que quisiste sea ordenado por mi, reciba esta gran gracia de tu Espíritu Santo con fe profunda y conciencia pura; que sea perfecto, que te agrade en todos sus actos, que proceda siempre de acuerdo a este gran honor del sacerdocio, que le es concedido por el poder de tu Sabiduría eterna.

      Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

Inmediatamente el más antiguo de los Sacerdotes presentes dice en voz baja la siguiente letanía, respondiendo a cada petición el Clero presente en el Santuario.

 

Sac.: En paz roguemos al Señor.

 

Clero: Señor, ten piedad.

 

Por la paz que viene de lo alto...

Por la paz del mundo entero.

      Por nuestro Padre y Arzobispo N., por su sacerdocio, su tranquilidad, su salud, por su salvación y por la obra de sus manos, roguemos al Señor.

      Por el siervo de Dios N., que se ordena ahora de presbítero, y por su salvación, roguemos al Señor.

      Para que nuestro Dios, que ama a la humanidad, le conceda un presbiterado inmaculado e irreprensible, roguemos al Señor.

Por esta ciudad, por todas las ciudades...

Para que nos veamos libres de toda aflicción...

Ampáranos, sálvanos.

      Conmemorando a la Toda Santa...

 

Mientras tanto, el Obispo recite en voz baja la siguiente oración:

 

Obispo: ¡Oh Dios, cuyo poder es inmenso, a quien nadie puede comprender y que eres admirable en tus designios sobre los hijos de los hombres! Señor, llena de los dones de tu Espíritu Santo a tu siervo, aquí presente, que te has dignado ordenar de presbítero, para que merezca estar siempre puro ante tu altar, que te ofrezca dones y sacrificios espirituales, que renueve a tu pueblo con el baño de un nuevo nacimiento, de modo que encuentre así a tu Hijo Unico, nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo, en el día de su segunda venida, y reciba de tu inmensa bondad la recompensa por haber cumplido bien con su ministerio.

 

Y continúa en voz alta:

 

      Porque tu nombre honorable y magnífico es bendito y glorificado, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

El Obispo quita al nuevo presbítero la estola diaconal y lo reviste del epitrajilion (estola sacerdotal), cantando alternadamente con el Clero y el pueblo:

 

Obispo: ¡Áxios!

 

Clero: ¡Áxios!

 

Pueblo: ¡Áxios!

 

Diciendo lo mismo al revestirlo del felonio,

Obispo: ¡Áxios!

 

Clero: ¡Áxios!

 

Pueblo: ¡Áxios!

de las epimanikias (sobremangas).

 

Obispo: ¡Áxios!

 

Clero: ¡Áxios!

 

Pueblo: ¡Áxios!

 

y de la faja (ceñidor).

 

Obispo: ¡Áxios!

 

Clero: ¡Áxios!

Pueblo: ¡Áxios!

 

Una vez revestido, el nuevo Sacerdote besa y abraza a los demás presbíteros, continuándose la Liturgia como de costumbre y actuando el nuevo Sacerdote como primer concelebrante.

      Después de la Epíclesis, el Obispo llama al recién Ordenado y, tomando una partícula del Cuerpo del Señor, donde están grabadas las iniciales IC, se la da diciendo:

 

Obispo: Recibe esta prenda y guárdala hasta la venida de nuestro Señor, Jesucristo, Quien te pedirá cuenta de ella.

 

El Ordenado la recibe en la palma de su mano derecha, apoyada sobre la palma de su mano izquierda, besa la mano del Obispo y va a colocarse detrás del altar, donde reza el Salmo 50. Antes de que el Obispo exclame: ¡Lo Santo a los Santos!, le devuelve la partícula sagrada, que el Obispo coloca de nuevo en la Patena. El nuevo Sacerdote recibe primero que todos la Comunión y dice la oración final:

 

Señor, que bendices a los que te bendicen...

 

·       Episcopado

 

      El día señalado para la consagración de un Obispo, antes de iniciar la Divina Liturgia, salen los presbíteros y diáconos y piden la bendición al Consagrante, que está de pie en el Trono en la iglesia. Después entran al Santuario y se revisten de sus ornamentos litúrgicos, mientras uno de los Sacerdotes realiza la Proscomidia. Los diáconos, una vez revestidos, toman los dikiros (candelabros de dos brazos, que simbolizan las dos naturalezas de Cristo: divina y humana) y los trikiros (candelabros de tres brazos, que simbolizan las tres personas de la Santa Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo), van al Trono del Consagrante y le hacen una inclinación. Luego se colocan en dos filas, a ambos lados del Trono. El Obispo desciende del trono y va a tomar el Kerón ante las puertas. reales, como de costumbre. De ahí va y se sienta en la silla, preparada en el centro de la Iglesia, y vienen entonces los dos Obispos concelebrantes, le hacen una inclinación, entran al Santuario y se revisten de sus respectivos ornamentos. Luego se acerca al consagrante el Electo; aquél lo bendice y éste entra al Santuario y se reviste del epitrajilion y el felonio únicamente. El Obispo principal o consagrante entra también y se reviste de los ornamentos episcopales. Cuando se haya revestido, los Diáconos invitan a los Obispos y Sacerdotes a salir del Santuario, de donde salen todos, menos el Electo, y se forman en dos filas, una frente a otra, a los costados del Trono del Obispo principal. Se coloca entonces en la Puerta Real la alfombra con el águila episcopal y entran, por esa misma Puerta, los Diáconos, que traen al Electo, quien llevará en sus manos el Libro de los Evangelios y sus profesiones de Fe, refrendadas y firmadas por él, y lo sitúan sobre la alfombra episcopal con el águila. Entonces uno de los Diáconos dice:

 

Diác.: ¡Atendamos!

 

El Electo exclama: Yo N., elegido por la gracia de Dios para la Diócesis de N. he firmado con mis propias manos las siguientes profesiones de Fe:

 

Creo en un solo Dios, Padre Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles...  etc.

 

Al terminar el Credo, el Obispo principal bendice al Electo y le dice:

 

Obispo: Que la gracia del Espíritu Santo sea contigo.

      Dinos más minuciosamente cuál es la fe que profesas sobre las propiedades de las tres personas divinas.

 

El Electo dice:

      Creo en un solo Dios en tres Personas distintas, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las llamo distintas según la propiedad, pero unidas según la sustancia. La misma es Trinidad toda entera y la misma toda entera es unidad. Unidad, según la sustancia, la naturaleza y la forma. Trinidad según la propiedad y el nombre, porque uno es llamado Padre, otro Hijo y otro Espíritu Santo. El Padre no lía sido engendrado y no tiene principio, porque nada existió antes que Él. Él era, era absolutamente Dios, sin principio, porque su Ser no procede de ningún otro ser, sino de El mismo. Creo también que el Padre es principio del Hijo y del Espíritu Santo: del Hijo por generación, del Espíritu Santo por procesión; y creo que no hay entre ellos ninguna distinción o diferencia, sino la distinción de las propiedades hipostáticas. Porque, por un lado, el Padre engendra al Hijo y produce al Espíritu Santo, y, por el otro, el Hijo ha sido engendrado por el Padre solo y el Espíritu Santo procede del Padre. Y es así como yo reconozco un solo principio y adoro un origen del Padre y del Hijo. Profeso también que el Hijo es principio trascendental al tiempo, y que es infinito: no como principio de las creaturas: como si fuera el primer ser creado. ¡No! Lejos de mí este pensamiento que es el error y la impiedad cíe los arrianos, pues Arrio profesaba este error: que el Hijo y el Espíritu Santo son creaturas. Yo lo llamo principio, porque el Hijo proviene de Aquel que no tiene principio, de modo que evito el admitir dos principios. Pero, al lado de este principio, además del Hijo, se halla el Espíritu Santo, puesto que juntamente y al mismo tiempo ambos reciben su Ser del Padre: el Hijo por generación y el Espíritu Santo por procesión. Pero ni el Padre está separado del Hijo, ni el Hijo del Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, sino que el Padre está todo entero en el Hijo y en el Espíritu Santo, y el Hijo está todo entero en el Padre y el Espíritu Santo y el Espíritu Santo está todo entero en el Padre y el Hijo, porque son distintos, estando unidos, y están unidos, siendo distintos.

      Profeso también que el Verbo de Dios, eterno como el Padre, existente más allá del tiempo, incomprensible, infinito, se rebajó hasta nuestra naturaleza y tomó la forma del hombre, humillado y completamente caído, de la sangre casta y pura de la Virgen Santísima, para dar al mundo entero la salvación y la gracia con su misericordia. Y es así como se formó la unión hipostática de las dos naturalezas. Esto no quiere decir que el Niño se fue perfeccionando poco a poco y que las naturalezas, al encontrarse, se hallan unido por conmixtión, confusión o mezcla; esto no quiere decir tampoco que, una vez formado el hombre, el Verbo haya venido a Él y haya formado una unión accidental, como enseñó Nestorio. El Verbo Hombre poseía inteligencia contra lo que enseñó Apolinar, que fue en verdad imprudente al predicar que la Divinidad suplía al entendimiento. Yo confieso que es Dios perfecto, y al mismo tiempo, Hombre perfecto; carne al mismo tiempo que Palabra de Dios; carne dotada de un alma racional y una inteligencia y que conserva, aún después de la unión hipostática, todas las glorias naturales de la Divinidad y que no modifica nada de lo que pertenece a su Humanidad y a Su Divinidad a causa de su unión, exenta de corrupción, con el Verbo. Él es por lo tanto, una persona compuesta, aunque, conservando las dos naturalezas y las dos operaciones, el único Jesucristo, nuestro Dios. Posee también dos voluntades naturales, aunque, por supuesto, es necesario saber cómo sufrió, porque, siendo Dios, sufrió en la carne y no en su divinidad, lo cual es imposible. Confieso también que asumió todas las pasiones nuestras, que no dependen de la voluntad: aquellas que por naturaleza se encuentran en nosotros, pero no el pecado. Las pasiones que asumió son: el hambre, la sed, la fatiga, el llanto y cosas semejantes, que produjeron en Él sus efectos, no por necesidad como en nosotros, sino porque su voluntad humana se conformó a su voluntad divina, pues Él quiso tener hambre, tener sed, sentir el cansancio, morir. Murió, aceptando la muerte por nosotros, pero Su Divinidad permaneció impasible. Y, aunque no estaba obligado a morir — pues Él es quien quita los pecados del mundo—, se sometió, no obstante, a la muerte, para salvarnos de la muerte voraz y reconciliarnos, por Su Sangre, con Su Padre. La muerte que sufrió Su Humanidad fue aniquilada con el poder de Su Divinidad, rescatando también a las almas de los justos, encadenados desde el principio del mundo. Y resucitó de entre los muertos y se mostró a sus discípulos, aquí en la tierra, por espacio de cuarenta días. Y subió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre. (Entiendo por diestra del Padre no un lugar o circunscripción, sino la gloria que e Hijo poseía antes de Su Encarnación y que sigue poseyendo después de la misma). Esto no quiere decir que la Trinidad haya recibido algún complemento después de la unión hipostática del Hijo Unigénito, puesto que su carne permanece inseparable en Él para toda la eternidad y vendrá con ella a juzgar a los vivos y a los muertos, a los justos y a los pecadores, a fin de dar en recompensa a los justos, por sus acciones virtuosas y sufrimientos de esta vida, el Reino de los Cielos. A los pecadores dará, por el contrario, los tormentos eternos y el fuego inextinguible del Infierno. Séanos concedido librarnos de este castigo y obtener los bienes que nos han sido prometidos en Cristo Nuestro Señor. Amén.

 

El Consagrante bendice al Electo, diciendo:

      ¡Que la gracia del Espíritu Santo permanezca en ti, que te ilumine, te confirme y te instruya todos los días de tu vida! Y continúa: Dinos una vez más minuciosamente cuál es la Fe que profesas sobre el Hijo y Verbo de Dios y lo que enseñas sobre las diferentes naturalezas del único Cristo nuestro Dios.

 

El Electo prosigue en voz alta:

      Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles, sin principio, no creado, sin causa, que es principio natural del Hijo y del Espíritu Santo. Creo asimismo en Su Hijo Unigénito, engendrado por Él, que es inmutable y está más allá del tiempo, consubstancial al mismo Padre y por Quien todo fue creado. Creo también en el Espíritu Santo, que procede del mismo Padre y que es adorado con Él, porque es eterno igual que Él y rige la creación. Creo que una persona de esta misma Trinidad inmaterial y vivificadora: El Verbo e Hijo Unico bajó de los cielos, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre. Se hizo hombre, permaneciendo siempre Dios, sin cambiar nada de la naturaleza divina por su comunión con la carne, sino que, sin modificación alguna, asumió la humanidad y sufrió en ella la pasión y la Cruz, siendo su naturaleza divina inmune a todo dolor. Creo que resucitó de entre los muertos al tercer día y subió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre. Creo también lo que nos ha trasmitido y explicado Ja Santa Iglesia, Una, Universal, y Apostólica sobre Dios y las cosas divinas. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro. Confieso también que el Verbo Divino y su humanidad forman una sola Persona. Creo y proclamo que hay un solo Cristo, que, desde Su Encarnación, posee dos voluntades y dos naturalezas en las cuales y por las cuales existe. Profeso que hay dos voluntades, teniendo cada una de las dos naturalezas su propia voluntad y su propia actuación. Doy un culto relativo, pero no de adoración, a las santas y venerables imágenes de Cristo, de la Santa Madre de Dios y de todos los Santos y venero, de la manera debida, únicamente lo que las imágenes representan. Rechazo a todos los que piensan en forma distinta o tienen diversa opinión. Rechazo a Arrío y a todos los que piensan como él. Repudio a Macedonio y a sus secuaces, que son llamados los neumatómacos (enemigos del Espíritu Santo). Condeno del mismo modo a Nestorio y a todos los demás propagadores del error. Rechazo y repudio a todos sus secuaces y declaro tan abiertamente como me es posible: ¡Anatema a todos los que propagan el error! ¡Anatema sólo a los que propagan las divisiones! En cuanto a nuestra Señora la Madre de Dios María, reconozco y proclamo que Ella concibió real y verdaderamente, según la carne, a una de las Personas de la Santa Trinidad, Cristo nuestro Dios. Sea Ella mi amparo, mí protección y mi defensa, todos los días de mi vida.

      Yo N., Electo por la gracia de Dios Obispo de N. lo he firmado con mis propias manos.

 

Un ayudante toma ahora el Santo Evangelio de manos del Electo y lo coloca sobre el Altar. Los Diáconos presentan al Electo ante el Consagrante principal, diciendo:

 

El primer Diácono exclama

 

Diác.: ¡Ordena!

 

El segundo Diácono, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama

 

Diác.: ¡Ordenad!

 

Y finalmente, ante el Obispo, el primer Diácono, dice:

 

Diác.: ¡Ordena, Santísimo Señor!

 

El Consagrante principal bendice al Electo, diciendo:

 

      La gracia del Espíritu Santo te elige, por medio de nuestra humildad, Obispo de la Diócesis de N.

 

El Coro y el pueblo entonan el:

 

Coro: Is polá étí, Déspota! (Muchos años de vida, Monseñor!).

 

Mientras tanto, el Electo besa la mano del Consagrante principal y éste lo besa en la frente y los hombros, y lo mismo hacen los otros dos Obispos consagrantes. El Electo vuelve a colocarse en el lugar de la alfombra episcopal con el águila y dos de los Sacerdote de mayor dignidad lo presentan al Consagrante principal, diciendo, como los Diáconos.

 

El primer Sacerdote exclama.

 

Sacerdote: ¡Ordena!

 

El segundo Sacerdote, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama

 

Sacerdote: ¡Ordenad!

 

Y finalmente, ante el Obispo, el primer Sacerdote, dice:

 

Sacerdote: ¡Ordena, Santísimo Señor!

 

El Coro y el pueblo vuelven a entonar el:

 

Coro: ¡Is polá etí Déspota!

El Consagrante principal lo bendice, diciéndole:

 

      Que la gracia del Santísimo Espíritu, que da vida, permanezca en Ti, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Los tres consagrantes abrazan y besan al Electo, como ha sido indicado más arriba, y éste entra al Santuario, donde se reviste de las vestiduras sacerdotales por completo, dándose comienzo en este momento a la Santa Liturgia: Bendito sea el Reino...  etc., concelebrando el Electo entre los presbíteros. En el momento de la pequeña Entrada, el Electo no abandona el Santuario, sino que se entrega velas encendidas a todos los presentes en el Altar y en el templo. Después del Trisagio y el Fími, dos Sacerdotes, salen, conduciendo al Electo, por la puerta norte del Santuario y lo llevan hasta el centro de la Iglesia, donde, mientras avanzan hacia el Altar dicen:

 

El primer Sacerdote exclama.

 

Sacerdote: ¡Ordena!

 

El segundo Sacerdote, caminando hacia las Puertas Santas del Santuario, exclama

 

Sacerdote: ¡Ordenad!

Y finalmente, ante el Obispo, el primer Sacerdote, dice:

 

Sacerdote: ¡Ordena, Santísimo Señor!

 

Al llegar frente a la Puerta Real reciben al Electo los dos Obispos concelebrantes y hacen con él la procesión en torno al Altar, cuyos ángulos besará el Electo a cada una de las tres vueltas, como en la Ordenación del presbítero y el diácono. Mientras se hace- la procesión se canta los himnos correspondientes.

 

Tono 7º

      Oh Santos Mártires, que habéis combatido bien y habéis sido coronados, rogad al Señor que tenga piedad de nuestras almas.

 

Tono 7º

      Gloria a Ti, oh Cristo nuestro Dios, orgullo de los Apóstoles y alegría de los mártires, cuya predicación fue la Trinidad consubstancial.

 

Tono 5º

      ¡Isaías, alégrate! Porque la Virgen concibió y dio a luz un hijo: Emmanuel, Dios y Hombre, a quien llaman Oriente. Nosotros, cantándole, felicitamos a la Virgen.

El Electo colocado ante el Altar, frente al cual se arrodilla completamente, teniendo sus manos apoyadas y cruzadas sobre el Altar y su cabeza apoyada sobre las manos. El Consagrante principal le cubre la cabeza con su Omoforion (estola episcopal) y coloca el Santo Evangelio abierto sobre la Cabeza del Electo.

 

Si el Consagrante principal es el Patriarca o el Primado dice:

 

      Por la elección y testimonio de los Metropolitanos, Arzobispos y Obispos, la gracia divina. que siempre cura las enfermedades y suple nuestras deficiencias, consagra al presbítero amado por Dios N., como Obispo de la ciudad de N., protegida por Dios. Roguemos por él, para que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.

 

Si el Consagrante no es el Patriarca o Jefe de una Iglesia Autocéfala, dice:

 

      Por la elección y testimonio de los Obispos y Presbíteros, que aman a Dios, la gracia divina, que siempre cura las enfermedades y suple nuestras deficiencias, consagra al presbítero amado por Dios N., como Obispo de la ciudad de N., protegida por Dios. Roguemos por él, para que venga sobre él la gracia del Santísimo Espíritu.

El Coro, el Clero y el pueblo alternan doce veces el Señor, ten piedad.

 

Los dos Obispos concelebrantes sostienen el Evangelio sobre el cuello y la cabeza del Electo, mientras el Obispo principal dice, con su diestra impuesta sobre la cabeza del Electo:

 

      Soberano Señor y Dios nuestro, que instituiste, por medio de tu célebre Apóstol Pablo, una serie de grados y órdenes, para el servicio de tus santos y purísimos Misterios y para realizarlos en tu santo Altar: Me refiero en primer lugar a los Apóstoles, luego a los Profetas y después a los Maestros. Tú, Señor del Universo, da tu apoyo a este hombre, que elegimos y consideramos merecedor de ser cargado con el yugo del Evangelio y de confiarle el servicio episcopal, por la imposición de mis manos pecadoras y la de mis concelebrantes y hermanos en el episcopado, aquí presentes; y fortifícalo con la venida, la fuerza y la gracia del Espíritu Santo, como fortificaste a los Apóstoles, a los Profetas y a los Santos, como ungiste a los reyes, como santificaste a los Sumos Sacerdotes; haz que su episcopado sea intachable y que sea santo, lleno de todas las virtudes, para que sea digno de ofrecerte plegarias por la salvación del pueblo y merezca ser oído por Ti. Pues Tu nombre es santificado y tu reino glorificado, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

Inmediatamente uno de los Obispos Concelebrantes dice en voz baja la siguiente letanía:

 

En paz roguemos al Señor.

 

El Clero del Santuario responde a cada petición:

 

Señor, ten piedad.

 

Obispo: Por la paz que viene de lo alto...

Por la paz del mundo entero...

Por este santo templo...

Por nuestro Padre y Arzobispo (o Patriarca) N., por su sacerdocio, por su conservación y tranquilidad, por su salud y su salvación, y por la obra de sus manos, roguemos al Señor.

Por el siervo de Dios N., ahora elevado al episcopado, y por su salvación, roguemos al Señor.

Para que nuestro Dios, que ama a la humanidad, le conceda un episcopado inmaculado e irreprensible, roguemos al Señor.

Por esta ciudad...

Por los que necesitan el auxilio y el amparo de Dios, roguemos al Señor.

Por que seamos libres de toda aflicción, ira.

      Conmemorando a la Toda Santa...

 

Mientras se dice la precedente Letanía, el Consagrante dice:

 

      Señor Dios nuestro, que, al no poder la naturaleza humana resistir la esencia de la Divinidad, estableciste, de acuerdo a Tu plan, maestros de nuestra misma condición, para ocupar tu Sede y para ofrecerte el Sacrificio y la Oblación por todo tu pueblo: Tú, oh Cristo, haz que este hombre a quien hemos elegido como dispensador de la gracia del episcopado, Te imite a Ti, el Buen Pastor, que diste la vida por tus ovejas. Que sea guía de los ciegos, luz de los que están en las tinieblas, maestro de los ignorantes, educador de los jóvenes, antorcha del mundo, para que, habiendo enseñado a las almas que le hayan sido encomendadas en esta vida, se presente sin remordimientos ante Tu Tribunal y reciba la gran recompensa que tienes preparada para los que han sufrido por predicar el Evangelio. Pues tuyo es el tener misericordia de nosotros y el salvarnos, oh Cristo nuestro Dios, y Te glorificamos, a Ti y a Tu Padre Eterno y a Tu Espíritu Santo y Bueno, que da vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Después quitan el Evangelio y lo colocan sobre el Altar. Inmediatamente el Obispo levanta al nuevo Obispo y lo reviste de sus ornamentos, diciendo a cada vestimenta: ¡Axios! (¡Áxios!) lo cual es repetido alternativamente por todo el Clero y el pueblo. Una vez terminada esta ceremonia, el Consagrante y los otros Obispos besan al recién Ordenado, mientras el Coro canta el Fími. Después del Fími, se dirigen todos a la cátedra, detrás del Altar, ocupando el primer Consagrante el Trono episcopal y tomando asiento a su derecha, en un trono igual, el nuevo Obispo. Mientras tanto se continúa la celebración de la Santa Liturgia Pontifical, como de costumbre. A la hora de la Comunión, el nuevo Obispo comulga primero que todos y da la comunión a sus consagrantes y a todos los presentes. Al terminar la Santa Liturgia, sale el nuevo Obispo del Santuario y se coloca ante la Puerta Real, mirando al pueblo, y el primer Consagrante coloca sobre su cabeza la corona episcopal. Luego la entrega el bastón pastoral, diciéndole:

 

Recibe este bastón, para que apacientes con él el rebaño de Cristo, que te ha sido confiado. Sea en tus manos guía y defensa de los obedientes, pero sirva de corrección y escarmiento para los rebeldes e insumisos.

 

El nuevo Obispo lo recibe en su mano derecha, bendice solemnemente al pueblo y distribuye el próti. El Coro entretanto canta el “Polijrónio” del nuevo Jerarca.

 

IOBE

Vicaría Episcopal
República Argentina

 

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