Este Sacramento comúnmente debe ser
celebrado en la Iglesia para los enfermos física y espiritualmente, según un
rito especial, en el cual se leen siete epístolas y siete Evangelios y se unge
siete veces al enfermo. El Rito, que a continuación transcribimos, es una forma
abreviada de conferir la Santa Unción a los enfermos que no pueden concurrir a
la Iglesia o que están en grave peligro de muerte. Este Sacramento puede
reiterarse cuantas veces lo solicite el enfermo.
Antes de iniciar el Oficio, se prepara en
medio de la Iglesia o en la pieza del enfermo una meza con el Santo Evangelio,
la Cruz, un plato con trigo y sobre el trigo una vela encendida, un vaso con un
poco de vino y siete algodones, que servirán para las siete unciones que
realizará el Sacerdote en distintas partes del cuerpo. El número siete indica
aquí los siete dones del Espíritu Santo; las siete oraciones y postraciones que
hizo el Profeta Eliseo para resucitar al hijo de la Sunamita (2 Reyes 4:35) las
siete veces que Naamán el Sirio se lavó en las aguas del Jordán y fue curado de
la lepra (2 Reyes 5:10-14). La mezcla del vino y el aceite recuerda la acción
del buen samaritano, que vertió sobre el herido por los ladrones aceite y vino
(Lc.10:30-37). El trigo simboliza la fortaleza que debe tener el enfermo, la
firmeza de su esperanza en la curación y su restablecimiento total por medio de
la Santa Unción, de la misma manera que, con la humedad de la tierra, el grano
de trigo se convierte en brillante espiga.
El Sacerdote se reviste de epitrajilion y
felonio, si es posible, e inciensa la mesa en forma de cruz y toda la Iglesia o
la pieza del enfermo y, mirando hacia Oriente, estando todos los presentes con
velas encendidas en su mano derecha, dice:
Sacerdote: Bendito sea
Dios... Santo Dios... Santísima Trinidad... Padre Nuestro... y concluye con:
Porque tuyo es el reino, el poder... de los siglos. Amén.
Y canta este
tropario en el tono 4º:
Oh
Cristo, pronto a ayudarnos, manifiéstate desde lo alto y ven a visitar a tus
siervos que sufren y líbralos de las enfermedades y de los amargos dolores.
Levántalos, para que te glorifiquen y alaben sin cesar, por las oraciones de la
Madre de Dios, Tú que amas a la humanidad.
Y prosigue con la
siguiente Letanía:
En paz, roguemos al Señor.
Coro: Señor,
ten piedad. (lo mismo después de cada petición).
Por la paz que viene de lo alto y por la
salvación de nuestras almas, roguemos al Señor.
Por la paz del mundo entero, por el bienestar de
las santas iglesias de Dios y por la unión de todos, roguemos al Señor.
Para que este aceite sea bendecido con la fuerza,
la acción y la venida del Espíritu Santo, roguemos al Señor.
Por el siervo de Dios N. y por que el Señor lo visite, haciendo descender
sobre él la gracia del Espíritu Santo, roguemos al Señor.
Para que él y nosotros seamos libres de toda
desgracia, castigo, peligro y angustia, roguemos al Señor.
Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y
guárdanos, oh Dios, en tu gracia.
Conmemorando a la toda Santa, la Purísima y
Bendita, nuestra gloriosa Señora, la Madre de Dios y siempre Virgen María y a
todos los Santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros y
toda nuestra vida a Cristo Dios.
Coro: A Ti, Señor.
Sacerdote: Porque
Te es debida toda gloria, honor y adoración, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo,
ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Sacerdote: Roguemos
al Señor.
Coro: Señor, ten piedad.
El Sacerdote
mezcla el aceite con un poco de vino y recite la siguiente oración:
Sacerdote: Señor,
que por tu misericordia y bondad, curas las enfermedades de nuestras almas y de
nuestros cuerpos: santifica este aceite, a fin de que aproveche a los que sean
ungidos con él, para salud y restablecimiento de todo dolor y de toda debilidad
de la carne y el espíritu y para curación y alivio de toda enfermedad, y que de
esta manera sea glorificado Tu santísimo nombre, oh Padre, Hijo y Espíritu
Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
El lector o uno de
los asistentes dice el Prokímenon
Que tu
misericordia, Señor, se extienda sobre nosotros de acuerdo a nuestra confianza
en Ti. Alegraos, justos, en el Señor; a los rectos conviene la alabanza.
Y prosigue con la
Epístola:
Lectura
de la carta del Apóstol Santiago.
Lector: Hermanos: Tomad
por modelo de sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Señor.
Mirad cómo proclamamos bienaventurados a los que fueron constantes. Habéis oído
hablar de la paciencia de Job y habéis oído el final que le dio el Señor,
porque es compasivo el Señor y de mucha misericordia. Ante todo, hermanos míos,
no juréis ni por el cielo ni por la tierra ni con otro juramento, que vuestro
sí sea sí y vuestro no sea no, para que no caigáis en juicio. ¿Está mal alguno
de entre vosotros? Que ore. ¿Está de buen ánimo? Que cante himnos. ¿Está alguno
enfermo? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él,
ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. La oración de la fe salvará al
enfermo y el Señor le hará levantarse; y si hubiese cometido pecados, habrá
perdón para él. Confesas, pues, los pecados unos a otros; orad unos por otros
para ser curados. Mucho puede la oración eficaz del justo.
Sacerdote: La paz
sea contigo, Lector.
Coro: Aleluya,
aleluya, aleluya.
Sacerdote: ¡Sabiduría!
¡De píe! Escuchemos el Santo Evangelio.
La paz sea con todos.
Coro: Y con
tu espíritu.
Sacerdote: Lectura del
Santo Evangelio según San Lucas (10:35-38).
Coro: ¡Gloria a Ti, Señor, gloría
a Ti!
Sacerdote: Atendamos.
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un maestro de la ley que, para tentado, le
preguntó: Maestro, ¿qué debo hacer yo para heredar la vida eterna? Jesús le
contestó: ¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Cómo lees tu? Y él le
respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con
todas tus fuerzas y con toda tu mente. Jesús le dijo: Has respondido bien: Has
esto y vivirás. Pero él queriendo justificarse, le preguntó a Jesús: ¿Y quién
es mi prójimo? Jesús continuó diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó
y cayó en manos de ladrones, que, además de haberlo despojado de todo y molido
a golpes, se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente, bajaba un sacerdote
por aquel camino; y, al verlo, pasó del otro lado y cruzó de largo. Igualmente
un levita, que iba por el mismo sitio, al verlo, cruzó también y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de camino, llegó hasta él y, al verlo, se compadeció;
se acercó a él, le vendó las heridas, ungiéndolas con aceite y vino, lo montó
en su propia cabalgadura, lo llevó a la posada y se ocupó de cuidarlo. Al día
siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciéndole: Ten cuidado
de él; y lo que gaste de más, yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos
tres te parece que es el prójimo del que había caído en manos de los ladrones?
El maestro de la ley respondió: El que se compadeció de él. Díjole entonces
Jesús: Pues anda, y haz tú lo mismo.
Coro: Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.
Sacerdote: Ten
piedad de nosotros, oh Dios, según tu inmensa misericordia. Te suplicamos nos
escuches y te apiades de nosotros.
Coro: Señor,
ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad. (Después de cada
petición).
Sacerdote: Te pedimos también misericordia, vida, paz, salud y salvación para tu
siervo N., y que lo
visites y perdones sus pecados.
Te
pedimos también que olvides todas sus culpas, voluntarias e involuntarias.
Porque eres un Dios misericordioso y amante de la
humanidad, y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.
Sacerdote: Roguemos
al Señor.
Coro: Señor,
ten piedad.
Sacerdote: Dios,
que no tienes principio ni fin, que enviaste a Tu Hijo Único a curar toda enfermedad
y dolor en nuestras almas y en nuestros cuerpos: Envía Tu Espíritu Santo para
que santifique este aceite y haz que sea para tu siervo, que va a ser ungido
con él, una total liberación de sus pecados y le sirva para heredar la vida
eterna. Porque en Ti está la misericordia y la salvación, oh Dios nuestro, y Te
glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de
los siglos. Amén.
Después de la
precedente oración, el Sacerdote toma uno de los algodones y lo impregna con el
aceite bendecido, y unge a la persona enferma, trazando la señal de la Cruz, en
la frente, en la nariz, en los pómulos (bajo los ojos), en la boca, en el
pecho, en las manos (por ambos lados), diciendo la siguiente oración:
Padre Santo, médico de las
almas y de los cuerpos, que enviaste a Tu Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo,
a curar toda enfermedad y a librarnos de la muerte, alivia a tu siervo N. de la
enfermedad física y espiritual, que lo tiene postrado, por la gracia de Tu
Cristo, por la intercesión de nuestra santísima Señora, la Madre de Dios y
siempre Virgen María; por la virtud de la preciosa Cruz vivificadora; por las
oraciones del santo, glorioso profeta y precursor San Juan Bautista de los
santos, gloriosos y célebres apóstoles; de los santos mártires gloriosos y
triunfadores de nuestros justos y teóforos padres; de los santos médicos desprendidos
del dinero, San Cosme y San Damián, Ciro y Juan, Pantalón y Ermolao, Sansón y
Diómedes, Moisés y Aniceto, Talaleo y Trifón; de los santos y justos ancestros
de Dios, San Joaquín y Santa Ana y de todos los santos. Porque Tú eres la
fuente de la salud, y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y
siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Al finalizar las
unciones, el enfermo, si le es posible, se pone de pie o se sienta, sino el
Sacerdote se acerca a él y, tomando el Santo Evangelio, lo abre, con lo escrito
vuelto hacia el enfermo, y lo impone sobre la cabeza del enfermo, mientras dice
esta oración:
Sacerdote: Rey
Santo, lleno de misericordia y ternura, Señor Jesucristo, Hijo y Verbo del Dios
vivo, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva: No es
mi mano pecadora la que impongo sobre tu siervo que se acerca ahora a pedirte
perdón por sus pecados, sino tu mano fuerte y poderosa que está en este
Evangelio, que yo (o mis concelebrantes) tengo impuesto sobre la cabeza de tu
siervo; y ruego a tu clemencia y amor a la humanidad: Oh Dios Salvador, así
como concediste a David, por medio del profeta Natán, el perdón de sus pecados
y aceptaste la oración de Manasés arrepentido, acepta también, según tu amor a
la humanidad, a tu siervo N., arrepentido de sus pecados, y aparta tu rostro
de sus culpas, pues Tú eres nuestro Dios y has dicho que tenemos que perdonar a
los caídos hasta setenta veces siete, y tu misericordia es tan inmensa como tu
majestad, y Te es debida toda gloría, honor y adoración, oh Padre, Hijo y
Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Da a besar el
Evangelio al enfermo y lo coloca sobre la mesa. Y termina la oración con la
Apólisis:
Sacerdote: Oh Cristo,
nuestro Dios verdadero, por intercesión de tu Purísima Madre, la gloriosa
siempre Virgen María; por la virtud de la preciosa Cruz, que da vida; por las
oraciones del santo, glorioso e ilustre Apóstol Santiago, hermano del Señor y
primer Obispo de Jerusalén; y por intercesión de todos los santos, ten piedad
de nosotros y sálvanos, pues eres bueno y amas a la humanidad.
Por las oraciones... etc.
Nota: En caso de peligro inminente de muerte, el Sacerdote bendice el aceite
simplemente con la oración: Dios, que no tienes... etc., y unge al enfermo con
la oración “Padre Santo, médico de las almas y de los cuerpos... y concluye sin
más.
El aceite que sobre del Oficio
será vertido Sobre el enfermo, si éste muere, y, si sana, lo presentará en
acción de gracias en la iglesia, donde será quemado en la lámpara ante el
Iconostasio.