Reg. BA N°13 - 2002           IOBE

Sacramento de la Santa Unción

 

·       Introducción

      Este Sacramento comúnmente debe ser celebrado en la Iglesia para los enfermos física y espiritualmente, según un rito especial, en el cual se leen siete epístolas y siete Evangelios y se unge siete veces al enfermo. El Rito, que a continuación transcribimos, es una forma abreviada de conferir la Santa Unción a los enfermos que no pueden concurrir a la Iglesia o que están en grave peligro de muerte. Este Sacramento puede reiterarse cuantas veces lo solicite el enfermo.

      Antes de iniciar el Oficio, se prepara en medio de la Iglesia o en la pieza del enfermo una meza con el Santo Evangelio, la Cruz, un plato con trigo y sobre el trigo una vela encendida, un vaso con un poco de vino y siete algodones, que servirán para las siete unciones que realizará el Sacerdote en distintas partes del cuerpo. El número siete indica aquí los siete dones del Espíritu Santo; las siete oraciones y postraciones que hizo el Profeta Eliseo para resucitar al hijo de la Sunamita (2 Reyes 4:35) las siete veces que Naamán el Sirio se lavó en las aguas del Jordán y fue curado de la lepra (2 Reyes 5:10-14). La mezcla del vino y el aceite recuerda la acción del buen samaritano, que vertió sobre el herido por los ladrones aceite y vino (Lc.10:30-37). El trigo simboliza la fortaleza que debe tener el enfermo, la firmeza de su esperanza en la curación y su restablecimiento total por medio de la Santa Unción, de la misma manera que, con la humedad de la tierra, el grano de trigo se convierte en brillante espiga.

      El Sacerdote se reviste de epitrajilion y felonio, si es posible, e inciensa la mesa en forma de cruz y toda la Iglesia o la pieza del enfermo y, mirando hacia Oriente, estando todos los presentes con velas encendidas en su mano derecha, dice:

 

Sacerdote: Bendito sea Dios... Santo Dios... Santísima Trinidad... Padre Nuestro... y concluye con: Porque tuyo es el reino, el poder... de los siglos. Amén.

 

Y canta este tropario en el tono 4º:

      Oh Cristo, pronto a ayudarnos, manifiéstate desde lo alto y ven a visitar a tus siervos que sufren y líbralos de las enfermedades y de los amargos dolores. Levántalos, para que te glorifiquen y alaben sin cesar, por las oraciones de la Madre de Dios, Tú que amas a la humanidad.

 

Y prosigue con la siguiente Letanía:

 

En paz, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad. (lo mismo después de cada petición).

 

Por la paz que viene de lo alto y por la salvación de nuestras almas, roguemos al Señor.

 

Por la paz del mundo entero, por el bienestar de las santas iglesias de Dios y por la unión de todos, roguemos al Señor.

 

Para que este aceite sea bendecido con la fuerza, la acción y la venida del Espíritu Santo, roguemos al Señor.

 

Por el siervo de Dios N. y por que el Señor lo visite, haciendo descender sobre él la gracia del Espíritu Santo, roguemos al Señor.

 

Para que él y nosotros seamos libres de toda desgracia, castigo, peligro y angustia, roguemos al Señor.

 

Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, oh Dios, en tu gracia.

 

Conmemorando a la toda Santa, la Purísima y Bendita, nuestra gloriosa Señora, la Madre de Dios y siempre Virgen María y a todos los Santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo Dios.

 

Coro: A Ti, Señor.

 

Sacerdote: Porque Te es debida toda gloria, honor y adoración, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

El Sacerdote mezcla el aceite con un poco de vino y recite la siguiente oración:

 

Sacerdote: Señor, que por tu misericordia y bondad, curas las enfermedades de nuestras almas y de nuestros cuerpos: santifica este aceite, a fin de que aproveche a los que sean ungidos con él, para salud y restablecimiento de todo dolor y de toda debilidad de la carne y el espíritu y para curación y alivio de toda enfermedad, y que de esta manera sea glorificado Tu santísimo nombre, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

El lector o uno de los asistentes dice el Prokímenon

      Que tu misericordia, Señor, se extienda sobre nosotros de acuerdo a nuestra confianza en Ti. Alegraos, justos, en el Señor; a los rectos conviene la alabanza.

 

Y prosigue con la Epístola:

 

      Lectura de la carta del Apóstol Santiago.

 

Lector: Hermanos: Tomad por modelo de sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Señor. Mirad cómo proclamamos bienaventurados a los que fueron constantes. Habéis oído hablar de la paciencia de Job y habéis oído el final que le dio el Señor, porque es compasivo el Señor y de mucha misericordia. Ante todo, hermanos míos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra ni con otro juramento, que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no, para que no caigáis en juicio. ¿Está mal alguno de entre vosotros? Que ore. ¿Está de buen ánimo? Que cante himnos. ¿Está alguno enfermo? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. La oración de la fe salvará al enfermo y el Señor le hará levantarse; y si hubiese cometido pecados, habrá perdón para él. Confesas, pues, los pecados unos a otros; orad unos por otros para ser curados. Mucho puede la oración eficaz del justo.

 

Sacerdote: La paz sea contigo, Lector.

 

Coro: Aleluya, aleluya, aleluya.

 

Sacerdote: ¡Sabiduría! ¡De píe! Escuchemos el Santo Evangelio.

 

La paz sea con todos.

Coro: Y con tu espíritu.

 

Sacerdote: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (10:35-38).

 

Coro: ¡Gloria a Ti, Señor, gloría a Ti!

 

Sacerdote: Atendamos. En aquel tiempo, se acercó a Jesús un maestro de la ley que, para tentado, le preguntó: Maestro, ¿qué debo hacer yo para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: ¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Cómo lees tu? Y él le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Jesús le dijo: Has respondido bien: Has esto y vivirás. Pero él queriendo justificarse, le preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús continuó diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, que, además de haberlo despojado de todo y molido a golpes, se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente, bajaba un sacerdote por aquel camino; y, al verlo, pasó del otro lado y cruzó de largo. Igualmente un levita, que iba por el mismo sitio, al verlo, cruzó también y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino, llegó hasta él y, al verlo, se compadeció; se acercó a él, le vendó las heridas, ungiéndolas con aceite y vino, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a la posada y se ocupó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciéndole: Ten cuidado de él; y lo que gaste de más, yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres te parece que es el prójimo del que había caído en manos de los ladrones? El maestro de la ley respondió: El que se compadeció de él. Díjole entonces Jesús: Pues anda, y haz tú lo mismo.

 

Coro: Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.

 

Sacerdote: Ten piedad de nosotros, oh Dios, según tu inmensa misericordia. Te suplicamos nos escuches y te apiades de nosotros.

 

Coro: Señor, ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad. (Después de cada petición).

 

Sacerdote: Te pedimos también misericordia, vida, paz, salud y salvación para tu siervo N., y que lo visites y perdones sus pecados.

      Te pedimos también que olvides todas sus culpas, voluntarias e involuntarias.

Porque eres un Dios misericordioso y amante de la humanidad, y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Sacerdote: Dios, que no tienes principio ni fin, que enviaste a Tu Hijo Único a curar toda enfermedad y dolor en nuestras almas y en nuestros cuerpos: Envía Tu Espíritu Santo para que santifique este aceite y haz que sea para tu siervo, que va a ser ungido con él, una total liberación de sus pecados y le sirva para heredar la vida eterna. Porque en Ti está la misericordia y la salvación, oh Dios nuestro, y Te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Después de la precedente oración, el Sacerdote toma uno de los algodones y lo impregna con el aceite bendecido, y unge a la persona enferma, trazando la señal de la Cruz, en la frente, en la nariz, en los pómulos (bajo los ojos), en la boca, en el pecho, en las manos (por ambos lados), diciendo la siguiente oración:

 

Padre Santo, médico de las almas y de los cuerpos, que enviaste a Tu Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo, a curar toda enfermedad y a librarnos de la muerte, alivia a tu siervo N. de la enfermedad física y espiritual, que lo tiene postrado, por la gracia de Tu Cristo, por la intercesión de nuestra santísima Señora, la Madre de Dios y siempre Virgen María; por la virtud de la preciosa Cruz vivificadora; por las oraciones del santo, glorioso profeta y precursor San Juan Bautista de los santos, gloriosos y célebres apóstoles; de los santos mártires gloriosos y triunfadores de nuestros justos y teóforos padres; de los santos médicos desprendidos del dinero, San Cosme y San Damián, Ciro y Juan, Pantalón y Ermolao, Sansón y Diómedes, Moisés y Aniceto, Talaleo y Trifón; de los santos y justos ancestros de Dios, San Joaquín y Santa Ana y de todos los santos. Porque Tú eres la fuente de la salud, y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Al finalizar las unciones, el enfermo, si le es posible, se pone de pie o se sienta, sino el Sacerdote se acerca a él y, tomando el Santo Evangelio, lo abre, con lo escrito vuelto hacia el enfermo, y lo impone sobre la cabeza del enfermo, mientras dice esta oración:

 

Sacerdote: Rey Santo, lleno de misericordia y ternura, Señor Jesucristo, Hijo y Verbo del Dios vivo, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva: No es mi mano pecadora la que impongo sobre tu siervo que se acerca ahora a pedirte perdón por sus pecados, sino tu mano fuerte y poderosa que está en este Evangelio, que yo (o mis concelebrantes) tengo impuesto sobre la cabeza de tu siervo; y ruego a tu clemencia y amor a la humanidad: Oh Dios Salvador, así como concediste a David, por medio del profeta Natán, el perdón de sus pecados y aceptaste la oración de Manasés arrepentido, acepta también, según tu amor a la humanidad, a tu siervo N., arrepentido de sus pecados, y aparta tu rostro de sus culpas, pues Tú eres nuestro Dios y has dicho que tenemos que perdonar a los caídos hasta setenta veces siete, y tu misericordia es tan inmensa como tu majestad, y Te es debida toda gloría, honor y adoración, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Da a besar el Evangelio al enfermo y lo coloca sobre la mesa. Y termina la oración con la Apólisis:

 

Sacerdote: Oh Cristo, nuestro Dios verdadero, por intercesión de tu Purísima Madre, la gloriosa siempre Virgen María; por la virtud de la preciosa Cruz, que da vida; por las oraciones del santo, glorioso e ilustre Apóstol Santiago, hermano del Señor y primer Obispo de Jerusalén; y por intercesión de todos los santos, ten piedad de nosotros y sálvanos, pues eres bueno y amas a la humanidad.

 

Por las oraciones... etc.

 

Nota: En caso de peligro inminente de muerte, el Sacerdote bendice el aceite simplemente con la oración: Dios, que no tienes... etc., y unge al enfermo con la oración “Padre Santo, médico de las almas y de los cuerpos... y concluye sin más.

      El aceite que sobre del Oficio será vertido Sobre el enfermo, si éste muere, y, si sana, lo presentará en acción de gracias en la iglesia, donde será quemado en la lámpara ante el Iconostasio.

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