Reg. BA N°10  - 2002          IOBE

 

El Sacramento de la Penitencia

 

·       Introducción

      “La plenitud y el perdón de los pecados deben ser predicados en todos los pueblos, empezando por Jerusalén. Vosotros seréis los testigos” (Lc. 24:46-47). Y más que testigos, porque el Señor confiere a los Apóstoles el poder del perdón: “Recibid el Espíritu Santo, aquellos a quienes perdonareis los pecados les serán perdonados y a quienes los retuviereis les serán retenidos” (Jn. 20:22-23).

      El texto clásico de San Cipriano, Obispo de Cartago, expresa bien la práctica de la Iglesia: “Que cada uno confiese sus pecados mientras está aún en este mundo, mientras su confesión puede ser aceptada y mientras el perdón y la satisfacción concedidas por los Obispos son agradables al Señor.”

      Es, pues, el Obispo escucha las confesiones de los pecadores y otorga el perdón. Con la multiplicación de las comunidades cristianas y el crecimiento de la Iglesia el Obispo delega a los Sacerdotes este poder.

      “La Confesión es el reconocimiento de la culpabilidad, seguido de la absolución... El confesor es un terapeuta de Dios, un médico enviado a curar las almas.” Por lo tanto no debemos ocultarlo nada.

      Los padres llaman a este Sacramento “Metanía” del griego: “metá”: cambio, conversión, y “nus”: mente, corazón, profundidad del hombre. Metanía quiere decir entonces la vuelta del corazón, el cambio de mente. Ese término se ajusta mejor al concepto fundamental de terapéutica espiritual que el término latino “Penitencia.”

      “La experiencia milenaria de la Iglesia, dice P. Evdokimov, muestra el valor salvador de la confesión. La falta echa raíces en el alma y envenena al mundo exterior. Esto exige una intervención quirúrgica que corte las raíces y exteriorice la falta, lo cual requiere un testigo que escuche, para romper la soledad y colocarnos de nuevo en comunión con el Cuerpo de la Iglesia” (L´Orthodoxie, pág. 290).

      ¿Cuándo hay que hacer la primera confesión? Teodoro Balsamón, Patriarca de Antioquía, gran canonista ortodoxo, indica la edad de 7 años, y esta práctica es la recomendable.

      ¿Dónde hay que hacer la confesión? En la iglesia, frente a la imagen de Cristo, ante las puertas del Iconostasio, teniendo ante nosotros el Santo Evangelio. Sólo a los enfermos les está permitido confesarse en la casa, en el hospital o en cualquier otro lugar.

 

El Sacerdote, revestido de epitrajilion, ante la imagen de Nuestro Señor, dice:

Sacerdote: Bendito sea Dios, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Él o los penitentes dicen:

 

      Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros (tres veces). Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros, Señor, sé propicio con nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras culpas. Santo, visita y sana nuestras dolencias, por Tu Nombre.

Señor, ten piedad. (tres veces).

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

      Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del maligno.

 

Sacerdote: Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

A continuación un lector o uno de los asistentes dice:

 

Venid, adoremos y postrémonos delante de Cristo.

Venid, adoremos y postrémonos delante de Cristo, nuestro Rey y nuestro Dios.

Venid, adoremos y postrémonos ante el mismo Cristo, nuestro Rey y nuestro Dios.

 

 

·       Salmo 50

      Piedad de mí, Señor, en tu bondad y en tu ternura borra mi pecado. Lávame de toda mi maldad, de mi pecado límpiame, Señor. Reconozco lo grande de mi culpa y mi pecado está siempre ante mí, Contra Ti solo pequé y lo malo a tus ojos hice, es así muy justa tu sentencia y recto tu juicio.

      Tu sabes que culpable yo he nacido y pecador mi madre me engendró. Tú amas la verdad del corazón y en tu interior me enseñas tu saber. Rocíame con hisopo y seré limpio, lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme sentir el gozo y la alegría y exulten mis huesos quebrantados. Aparta tu rostro de mis culpas y borra de mí toda maldad. Oh Dios, crea en mí un corazón puro y renueva la firmeza de mi espíritu. No me quieras echar de tu presencia ni retires de mí tu Santo Espíritu. Devuélveme tu gozo salvador y hazme fuerte con un alma generosa. Mostraré a los pecadores tus caminos y hacia Ti volverán los extraviados. Dios, mí salvador, líbrame del crimen y celebrará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios y mi boca anunciará tus alabanzas. Porque no es sacrificio lo que quieres y si ofrezco un holocausto no lo aceptas. Mi sacrificio es un espíritu arrepentido, pues no desprecias el corazón humilde.

      Haz el bien a Sión por tu bondad y refuerza las murallas de Jerusalén. Aceptarás entonces sacrificios y víctimas en tu altar se ofrecerán.

 

Continúa el Lector

¡Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros! Faltos de toda defensa, los pecadores te ofrecemos esta súplica o Ti, Dueño nuestro: ¡Ten piedad de nosotros!

      Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

      Ten piedad de nosotros, Señor, pues hemos puesto en Ti nuestra confianza. No descargues tu ira sobre nosotros ni te acuerdes de nuestras culpas. Míranos de nuevo con ternura y sálvanos de nuestros enemigos, porque Tú eres nuestro Dios y nosotros tu pueblo, todos somos obra de tus manos y sobre nosotros se ha invocado tu nombre.

      Ahora y siempre y por los siglos de los siglos Amen.

      ¡Ábrenos la puerta de la misericordia, oh bendita Madre de Dios! No permitas que nos descarriemos los que confiamos en Ti. Que por Ti seamos libres de las tentaciones, porque Tú eres la salvación del pueblo cristiano.

 

Ahora él (o los) penitente(s) se arrodilla(n) e inclina(n) la cabeza y dice tres veces:

 

Hemos pecado, Señor; ¡perdónanos!

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Sacerdote: Dios nuestro Salvador, que, por medio del Profeta Natán, perdonaste a David sus pecados, que recibiste la súplica que te hizo Manasés para el perdón de los pecados, recibe a tus siervos que se arrepienten de los pecados que han cometido. Por tu amor a la humanidad, acepta su arrepentimiento, y perdónales todas sus culpas, pues Tú perdonas los pecados y las faltas. Señor, Tú has dicho que no quieres la muerte del pecador, sino que deseas que se convierta y viva y nos has mandado perdonar los pecados hasta setenta veces siete, pues tu misericordia es tan inmensa como tu majestad. Y si tuvieses en cuenta los pecados, Señor, ¿quien podrá resistir?

Tú eres el Dios de los arrepentidos y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

Padre, Señor del cielo y de la tierra, te confieso todo lo oculto y manifiesto de mi corazón, todo lo que he hecho hasta este momento. Te pido perdón por todo, oh justo Juez; dame tu gracia para que no peque más.

      Hermano(s) que has (han) venido a Dios y a mí, no te confiesas (se confiesan) conmigo, sino con Dios, a Quien represento.

 

En este momento se escuchan las confesiones individualmente, después de haber hecho un minucioso examen de conciencia. Terminadas las confesiones, el Sacerdote dice:

 

Sacerdote: Hijo(s) mío(s) no te has (se han) confesado con mi humildad; yo, pobre pecador, no puedo perdonar los pecados en la tierra, sino solo Dios, que, con su voz imperecedera habló, después de su Resurrección, a los Apóstoles, diciendo: A los que perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a los que los retuviereis, les serán retenidos; a causa de estas palabras yo puedo deciros: Todo lo que habéis confesado ante mí, todo lo que habéis omitido por ignorancia o por olvido, que Dios os lo perdone en esta vida y en la otra.

 

Y da la absolución con una de las siguientes fórmulas:

 

Sacerdote: Que nuestro Señor Jesucristo, que dio a sus santos discípulos y apóstoles el poder de perdonar los pecados de los hombres, te perdone todos tus pecados y todas tus faltas, y yo su indigno ministro, que he recibido de los mismos apóstoles la autoridad de hacer lo mismo, te desligo de toda excomunión, si está dentro de mis facultades y tu tienes necesidad de ello. Luego te absuelvo de todos los pecados que has confesado, delante de mi indignidad, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Otra fórmula, que es usada entre los griegos:

 

Sacerdote: Que Dios, quien perdonó a David, por medio de Natán el Profeta, a Pedro que lloró amargamente por haberlo negado, a la pecadora al derramar lágrimas sobre sus pies, al publicano y al hijo pródigo, que El te perdone, por medio de mí pecador, en esta vida y en la otra y te haga comparecer sin culpa ante su temible tribunal, pues es bendito por los siglos de los siglos. Amén.

Al pronunciar cualquiera de las fórmulas anteriores, el Sacerdote impone el epitrajilion sobre la cabeza del penitente y traza sobre él la señal de la Cruz. En caso de urgencia, solo será pronunciada cualquiera de estas formulas y esa bastará para la absolución.

 

Se termina el Oficio, diciendo:

      Verdaderamente es justo el celebrarte, oh Madre de Dios, para siempre bienaventurada y exenta de pecado, la Madre de nuestro Dios. Tú eres más venerable que los Querubines, más gloriosa que los Serafines. Te celebramos a Ti, que diste al mundo al Verbo Dios, sin dejar de ser Virgen, y que eres la verdadera Madre de Dios.

 

Y se concluye con la Apólisis.

 

Los Sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia no pueden ser administrados más que en la Iglesia. La Eucaristía no puede ser recibida sino durante la celebración de la Santa Liturgia. Los enfermos pueden recibir estos Sacramentos en su casa o en cualquier otro lugar. Para ello la Iglesia ha instituido el Rito de Comunión de los Enfermos.

 

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