Reg. BA N°18 - 2003 IOBE
El día de Pentecostés, después de terminar la Santa Liturgia, el
Sacerdote se coloca frente a la Puerta Real del Iconostasio y dice la siguiente
Letanía.
Sacerdote: En paz roguemos
al Señor.
Coro: Señor, ten
piedad.
Sacerdote:
Por la paz que viene de lo alto...
Por la paz del mundo entero...
Por el pueblo aquí presente, que espera la gracia
del Espíritu Santo, roguemos al Señor.
Por los que inclinan su corazón y doblan sus
rodillas ante el Señor, roguemos al Señor.
Para que el Señor nos fortalezca de modo que
lleguemos finalmente a agradarle, roguemos al Señor.
Para que nos envíe su rica misericordia, roguemos
al Señor.
Para que acepte nuestras genuflexiones como el
incienso ante Él, roguemos al Señor.
Por los que necesitan el auxilio de Dios,
roguemos al Señor.
Para que seamos libres de toda tristeza, castigo,
angustia y necesidad, roguemos al Señor.
Ampáranos...
etc...
Conmemorando a la Toda Santa... etc...
Porque Te es debida toda gloria, honor y
adoración, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de
los siglos.
Coro: Amén.
Entonces el Sacerdote inciensa toda la Iglesia y los fieles mientras se
canta:
Coro: ¿Quién es tan grande
como nuestro Dios? ¡Tú eres el Dios que hace maravillas!
Terminada la
incensación, el Sacerdote exclama: Una y
otra vez, de rodillas, roguemos en paz al Señor.
Coro: Señor,
ten piedad.
Todo el Clero y el
pueblo se arrodillan, mientras el Sacerdote reza en voz alta esta oración:
Sacerdote: Oh
Dios Purísimo, que no tienes principio ni fin, invisible, incomprensible,
inmutable, infinito, impecable e inmortal, que habitas la luz
inaccesible, que creaste la tierra y el cielo, el mar y todo lo que en ellos se
encuentra, que otorgas a cada uno sus peticiones antes de que las haga, Te
rogamos y pedimos, Señor, que amas a la humanidad, Padre de Nuestro Señor, Dios
y Salvador Jesucristo, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó de los cielos y se encarnó, por obra del Espíritu Santo, en Santa María
Virgen, que, predicando primero con palabras y después con hechos, cuando
aceptó la Pasión salvadora, nos dio el ejemplo, a nosotros tus humildes e
indignos siervos, de ofrecer súplicas, arrodillados, por nuestros pecados y las
ignorancias del pueblo. Tú, Señor lleno de ternura y amante de la humanidad,
escúchanos en cualquier día que te invoquemos y, principalmente, en este día de
Pentecostés, en el cual, después de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo a
los cielos, y de su Entronización a Tu diestra, oh Dios Padre, envió el
Espíritu Santo a sus Discípulos y Apóstoles y se posó sobre cada uno de ellos,
llenándose todos de su inagotable gracia celestial, y comenzaron a hablar en
varias lenguas y profetizaron. Escúchanos a nosotros suplicantes y acuérdate de
los humildes y caídos y devuélvenos la paz, teniendo piedad de nosotros por tu
misma ternura. Recíbenos a los que nos inclinamos y exclamamos: ¡Hemos pecado!
Pues desde el vientre de nuestra madre fuimos entregados a Ti y desde nuestra
concepción Tú eres nuestro Dios, y nuestros días se han consumido en la vanidad
y estamos desprovistos de tu auxilio y no tenemos respuesta de Tu parte. Pero
nuestra confianza en tu clemencia exclama: No te acuerdes de los pecados de
nuestra juventud y de nuestra ignorancia. Purifícanos de todo lo oculto de
nuestro ser... No Te apartes de nosotros en los días de la vejez y no te
separes de nosotros cuando desfallezcan para siempre nuestras fuerzas. Antes de
volver a la tierra, haznos dignos de volver a Ti. Míranos con misericordia y
compasión, y danos tu gracia en cambio de nuestros pecados y borra la
muchedumbre de mis culpas con el abismo de tu piedad. Visita, Señor, desde lo
alto de tu Santuario a tu pueblo y otórgale tus bienes. Líbranos del dominio
del Demonio. Conserva nuestra vida en tus santos y venerables mandamientos.
Confía tu pueblo a la protección de un Ángel vigilante y fiel. Reúnenos a todos
en Tu Reino. Otorga el perdón a los que confían en Ti y olvida nuestros pecados
y los de ellos por Tu Espíritu Santo.
Bendito seas, Señor Dios Todopoderoso, que
iluminas el día con la luz del Sol y alegras la noche con los rayos de fuego.
Tu nos has permitido transcurrir este día y llegar al comienzo de la noche. Escucha
nuestra plegaría y la de todo tu pueblo y perdónanos nuestros pecados,
voluntarios e involuntarios. Recibe nuestra oración vespertina y envía la
abundancia de tu misericordia y tu piedad a tu herencia. Protégenos con tus
santos ángeles, ármanos con el arma de la justicia, rodéanos de tu verdad,
líbranos con tu poder de toda angustia y de toda asechanza del enemigo.
Concédenos esta noche presente y todos los días de nuestra vida que sean
perfectos, santos, pacíficos, sin pecado, sin dudas y sin ilusiones. Te lo
pedimos por la Santa Madre de Dios y por todos los Santos, que desde el
principio del mundo Te han agradado.
Y levantándose
junto con el pueblo, dice:
Ampáranos,
sálvanos. Ten piedad de nosotros y levántanos, oh Dios, por Tu Gracia.
Coro: Señor,
Ten piedad.
Sacerdote: Conmemorando... etc...
Coro: A Ti, Señor.
Sacerdote: Por
que tuyo es tener misericordia de nosotros y salvarnos, oh Dios nuestro. y Te
glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos
de los siglos.
Coro: Amén.
Sacerdote: Una y
otra vez de rodillas, roguemos en paz al Señor.
Coro: Señor,
Ten piedad.
Sacerdote: Estando todos arrodillados,
el Sacerdote prosigue con la siguiente oración:
Señor Jesucristo Nuestro Dios, que das tu paz al
mundo y que otorgaste a tus fieles, cuando aún estaban con nosotros, el don de
Tu Santísimo Espíritu como una herencia perpetua. Tú, que en el día de hoy
enviaste esta gracia a tus discípulos y apóstoles de una manera más patente y
pusiste sobre sus bocas y labios lenguas de fuego, con las cuales recibió toda
la humanidad, cada uno en su propio idioma, el conocimiento de Dios, cúbrenos
con la luz del Espíritu y líbranos del error, como quien libra de las tinieblas
y, por la distribución de las lenguas de fuego y su acción sobrenatural,
enséñanos la fe en Ti e ilumínanos para proclamar tu Divinidad, reconociendo
que Tú, con el Padre y el Espíritu Santo, eres Uno e igual en la divinidad, el
poder y la fuerza. Tú, por lo tanto, oh Resplandor del Padre, Imagen de su
substancia y naturaleza y fuente de la sabiduría y la unidad, abre mis labios
pecadores y enséñame cómo y por quién debo orar, pues tu conoces la multitud de
mis pecados, pero tu misericordia es inmensa. Por eso me presento ante Ti con
temor, arrojando mi alma endurecida en el abismo de tu bondad y Te pido que
guíes mi vida, Tu que guías la creación entera con tu poder, tu sabiduría y tu
palabra y que eres el puerto seguro de los que naufragan, hazme conocer el
camino por el que debo andar y concede a mis pensamientos el Espíritu de
sabiduría, a mi ignorancia el Espíritu de entendimiento, cubre mis actos con el
Espíritu de u temor, renueva en mi interior el Espíritu de rectitud y con el
Espíritu de firmeza fortifica mi alma y que Tu Espíritu Bueno me lleve siempre
a lo que conviene, de modo que merezca obedecer tus mandamientos y recordar
siempre tu presencia, que examina todos nuestros actos. No permitas que me
engañe con las apariencias de este mundo, dame fuerzas para desear siempre los
tesoros futuros, porque Tú has dicho, Señor, que todo lo que pidiere alguien en
tu Nombre le seria concedido por Dios Padre, Igual a Ti en la Eternidad. Por lo
mismo, yo pecador, suplico a Tu Bondad la venida cíe Tu Espíritu Santo. Te lo
pido a Ti, el Bueno, el Misericordioso que, sin someterte al pecado, te hiciste
participe de nuestra naturaleza y que miras compasivamente a los que se
inclinan ante Ti, pues Tú has sido el rescate por nuestros pecados. Vuelve, oh
Dios, tu clemencia hacía tu pueblo, míranos desde lo alto de tu Santuario,
santifícanos con la fuerza de tu salvación, cobíjanos bajo la sombra de tus
alas y no te separes de la obra de tus manos. Sabemos que contra Ti sólo hemos
pecado, pero sólo a Ti te adoramos, no sabemos adorar un dios extraño y no
extendemos nuestras manos hacia otro dios. Señor, perdónanos nuestras faltas y
acepta nuestras súplicas, acompañadas por nuestra genuflexión, y danos una
mano, que nos ayude. Recibe, oh Dios, nuestra plegaria como el incienso que
sube hasta Ti y que es aceptado por tu magnánima majestad.
Señor,
Señor, que nos has librado de toda asechanza durante el día, líbranos también
de todo lo que se mueve en las tinieblas y recibe la elevación de nuestras
manos como un sacrificio vespertino, y concédenos pasar toda la noche sin
pecado y sin ser probados por el demonio. Líbranos de toda tribulación y
angustia ocasionada por Satanás y da humildad a nuestras almas y haz que
nuestros corazones piensen siempre en tu temible y justo juicio. Fija nuestros
cuerpos en tu temor y mata nuestros miembros terrenales, a fin de que, en la
tranquilidad del sueño, seamos iluminados también con la meditación de tus
juicios. Aleja de nosotros toda ilusión mala y toda pasión nociva y levántanos
a la hora de la oración, firmes en la fe y con la conciencia de haber cumplido
tus mandamientos.
Y levantándose todos, el Sacerdote dice:
Ampáranos,
sálvanos, ten piedad de nosotros, guárdanos y levántanos, oh Dios, por tu
gracia.
Conmemorando a la Toda Santa etc.
Y la exclamación:
Por la
bondad y gracia de tu Hijo Único, con Quien eres bendito, Tú y Tu Santísimo
Espíritu, Bueno, que da vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén.
Y el Sacerdote
vuelve a exclamar:
Una y
otra vez, de rodillas, roguemos en paz al Señor.
Coro: Señor,
ten piedad.
Sacerdote: Oh
Cristo Dios nuestro, luz y vida inextinguible, fuerza creadora, que eres igual
al Padre en la Eternidad, que por la salvación de la humanidad cumpliste con todo
el plan redentor de manera admirable, que rompiste las cadenas de la muerte y
destruiste las puertas del infierno, que venciste a los malos espíritus, que te
ofreciste a ti mismo como víctima pura por nuestros pecados, al entregar a la
muerte tu cuerpo purísimo exento del pecado. Tú con ese acto glorioso e
inefable nos otorgaste la vida eterna. Al bajar al Hades, destruiste las
cadenas eternas y los que estaban en las profundidades te vieron subiendo a los
cielos. Oh Inefable Sabiduría de Dios, auxilio inquebrantable de los que están
en las pruebas, luz de los que están en las tinieblas y en las sombras de la
muerte, Tú, Señor, Hijo amado del Padre Altísimo, Luz eterna de la luz eterna,
sol de justicia, escucha a los que te invocan y haz descansar las almas de tus
siervos difuntos, nuestros padres, hermanos y parientes, y a todos los fieles
difuntos, cuya memoria recordamos en este momento. Pues Tú, Señor, eres el Rey
del Universo y posees el gobierno de toda la tierra, Tú, el Dios de nuestros
padres y Señor de la misericordia, el Creador de todas las cosas y en tus manos
está la vida y la muerte, la existencia aquí y el traslado al más allá. Tu
dispones el tiempo de vida y fijas el momento de la muerte; bajaste al infierno
y volviste de él, y alegras con la esperanza de la resurrección a los heridos
con las saetas de la muerte. Tú, Señor del Uní verso, Dios y Salvador nuestro,
esperanza de todos los confines de la tierra y de los que están lejos en los
mares, que en este día de Salvación, día de Pentecostés, nos manifestaste en
forma más patente el misterio de la Santa Trinidad, consubstancial y coeterna,
indivisible e inconfundible, y enviaste sobre tus santos apóstoles al Espíritu
Santo, cine da vida, en forma de lenguas de fuego, haciéndolos predicadores de
la verdadera fe y confesores y heraldos de la única Divinidad. Tú nos has
considerado merecedores de ofrecerte, en este día salvador, penitencias y
súplicas por los que se encuentran prisioneros del Infierno, y nos has dado una
gran esperanza de que los liarás descansar de sus penas y los consolarás con
tus divinos consuelos. Concédenos a los que humildemente te suplicamos e
invocamos: el descanso de tus siervos difuntos en el lugar de la luz, de la
tranquilidad y de la paz, donde el dolor, la tristeza y las angustias no
existen. Haz que sus almas estén entre los Santos, pues no son los muertos los
que te alabarán, Señor, y los que están en el infierno nunca te confesarán,
sino que nosotros los vivientes te bendeciremos y te ofreceremos oraciones y sacrificios
penitenciales por sus almas.
Oh
Dios Eterno, Santo y amante de la humanidad, que nos has hecho dignos de
acercarnos ahora a tu gloria inaccesible, para alabar y glorificar tus
maravillas, perdónanos a nosotros tus indignos siervos y concédenos tu gracia,
para que nos acerquemos a ti con un corazón humilde y Te ofrezcamos el himno
del Trisagio dándote gracias por los grandes favores que haces y has hecho
siempre con nosotros. Señor, acuérdate de nuestra debilidad y no nos condenes a
causa de nuestras culpas, haznos misericordia, para que nos veamos libres de
las tinieblas del pecado y caminemos a la luz de la justicia, y nos revistamos
con las armas de la luz, y seamos protegidos de todos los ataques del Mal y te
glorifiquemos por todo a Ti, el verdadero Dios, que ama a la Humanidad. Pues en
Ti está en verdad el gran misterio: el término del tiempo de tus creaturas y su
vuelta al reposo eterno. De cualquier manera te damos gracias por todo: por
nuestra venida a este mundo y por nuestra salida de él, esa salida que se halla
coronada por la esperanza de la resurrección y la vida eterna, de acuerdo a tu
inviolable promesa; de esa vida te rogamos nos hagas gozar en el momento de tu
segunda venida, porque Tú eres el príncipe de nuestra resurrección, el juez
justo y benigno para con nuestros actos, que ha participado de nuestra carne y
nuestra sangre en su infinita humildad, que tiene misericordia de nosotros
porque sufrió todas nuestras pasiones, excepto el pecado, que se ha hecho
nuestro abogado y defensor por sus dolores, con los cuales nos has hecho llegar
a la impasibilidad. Recibe, Señor, nuestras suplicas y haz descansar a todos
nuestros padres y hermanos, hermanas e hijos y a todas las almas de los que han
muerto con la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Escribe sus
nombres en el libro de la vida, en el reino de los cielos y en el paraíso de la
alegría, y condúcelos a todos, por medio de tus santos y luminosos ángeles a tu
morada. Haz que nuestros cuerpos resuciten el día que tienes dispuesto, según
tus promesas inquebrantables e inviolables, pues para tus siervos, Señor, la
muerte no existe ya que nos desprendernos del cuerpo y nos revestimos de Ti, oh
Dios, y esto no es, sino un traslado de los sufrimientos a la bondad, a la
alegría, al descanso y al júbilo eterno. Si hemos pecado contra Ti, ten piedad
de nosotros y de ellos, pues no hay nadie libre de mancha ante Ti, aunque su
vida sea un día nada más. Tú solo, Señor Jesucristo, que te manifestaste en la
tierra sin pecado, eres la esperanza de que obtendremos misericordia y perdón
por nuestros pecados. Por eso, Señor, que amas a la humanidad, borra, olvida y
perdona nuestros pecados voluntarios e involuntarios, los cometidos consciente
o inconscientemente, los públicos y los privados, los de pensamiento, palabra u
obra y todos los demás pecados de nuestra vida. A los muertos concédeles la
libertad y el descanso, y nosotros, los que hemos quedado, seamos bendecidos
todos por tu diestra y premiados con la paz y el bien, con la esperanza de obtener,
en tu gloriosa segunda venida, misericordia, compasión y el Reino
incorruptible.
Oh
Dios grande y altísimo, único inmortal, que habitas la luz inaccesible, que has
creado todo con sabiduría, que has separado la luz de las tinieblas, que has
puesto el sol para iluminar el día y la luna y las estrellas para iluminar la
noche; que a nosotros pecadores nos has hecho dignos de presentarnos ante tu
rostro en esta hora y ofrecerte nuestra glorificación (vespertina); tú, Señor
que amas a la humanidad, dirige nuestra oración como incienso delante de Ti y
recíbela como un aroma de agradable olor. Haz que estas vísperas (o este día) y
la noche que sobreviene sean pacíficas; revístenos de las armas de la luz;
líbranos de los temores nocturnos y de todo mal, que se mueve en las tinieblas,
y danos el sueño para descanso de nuestra debilidad, libre de toda fantasía
diabólica. Sí, Señor del Universo, dador de los bienes, a fin de que,
compungidos en nuestros lechos, nos acordemos en la noche de tu nombre e
iluminados por la meditación de tus mandamientos, nos levantemos con gozo del
alma a glorificar tu bondad, ofreciendo oraciones y súplicas a tu misericordia
por nuestros propios pecados y por los de todo tu pueblo, al cual, por
intercesión de la Madre de Dios, te rogamos visites en tu misericordia. Porque
eres un Dios Bueno y amante de la humanidad y Te glorificamos, oh Padre, Hijo y
Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén.
El Sacerdote dice,
levantándose con todos los fieles:
Ampáranos,
sálvanos, ten piedad de nosotros, guárdanos y levántanos, oh Dios, por tu
gracia.
Conmemorando
a la Toda Santa... etc.
Porque
Tu eres el descanso de nuestras almas y de nuestros cuerpos y Te glorificamos,
oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los
siglos. Amén.
Se dice ahora la Letanía: Prosigamos nuestra oración
al Señor... etc. .., y después de la oración de la inclinación de cabeza se
canta el Apostijon y se concluye con la Apólisis.