La Santa Biblia., que es la Palabra de
Dios, nos dice: “Si alguno de vosotros
está enfermo, llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren por él” (Sant.
5:14). Es un deber de todo cristiano, cuando alguien se encuentra enfermo
(aunque no sea de gravedad) avisar al Párroco, que lo visitará y orará por él,
consolándolo e implorando a Dios el pronto alivio y restablecimiento.
Al entrar a la casa, el Sacerdote dice: Que la paz venga a esta casa y a todos los que la
habitan. Ante el enfermo dice: Bendito
sea Dios, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. Santo
Dios... Gloria... Ahora... Santísima
Trinidad... Gloria... Ahora... Padre nuestro... Porque tuyo es el reino... siglos. Amen.
Roguemos al Señor.
Coro: Señor,
ten piedad.
Sacerdote: Señor
todopoderoso Médico de las almas y de los cuerpos, que levantas y humillas y
que castigas y perdonas, visita en tu misericordia a nuestro hermano N.
enfermo. Extiende tu mano, llena de poder y salud, y levántalo de su lecho y
sánalo de su enfermedad. Haz que se aleje de él todo malestar, fiebre y dolor,
y, si está en pecado, concédele el perdón, pues Tú amas a la humanidad. Ten
piedad de tu creatura, oh Dios, por Jesucristo nuestro Señor, con Quien eres
bendito, Tú y Tu Espíritu Santo y Bueno, que da vida, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
Roguemos al Señor.
Coro: Señor, ten
piedad.
Sacerdote: Señor nuestro Dios, que con
tu palabra curas toda enfermedad y dolor, que curaste a la suegra de Pedro,
cuando estaba enferma, que castigas con piedad y perdonas con bondad, que
puedes alejar toda enfermedad y malestar: Señor, cura a tu siervo de la
enfermedad que sufre y levántalo de su lecho de dolor, enviándole el remedio de
tu misericordia y concediéndole una salud y restablecimiento perfectos, porque
Tú eres el médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos y a Ti sea la gloria,
oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los
siglos. Amén.
Si el enfermo es
varón el Sacerdote lee el siguiente Evangelio:
Lectura del Santo Evangelio, según San Lucas.
En
aquel tiempo, convocó el Señor a los doce y les dio poder y autoridad sobre
todos los demonios y para curar enfermedades. Y los envió a predicar el Reino
de Dios y a curar y les dijo: “Nada toméis para el camino: ni bastón, ni
alforja, ni pan, ni dinero. ni tengáis cada uno dos túnicas. En cualquier casa
que entréis, seguid alojados en ella, y sea de allí vuestra partida. Y si
algunos no os reciben, salid de la ciudad aquella y sacudid el polvo de
vuestros pies, en testimonio contra ellos.” Partieron, pues, y recorrían todas
las aldeas, anunciando el Evangelio y curando por doquier.
Si es una enferma,
lee el siguiente Evangelio (Mc. 5:25-34).
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos.
En
aquel tiempo, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, que había
sufrido mucho por causa de muchos médicos y que había gastado toda su fortuna sin
conseguir ninguna mejoría, sino que más bien iba de mal en peor, habiendo oído
las cosas que se decían de Jesús se acercó entre la turba por detrás y tocó su
manto; pues decía: para sí: como logre tocar siquiera sus vestidos, quedaré
curada. Al instante la hemorragia se detuvo, y notó en si misma que estaba
curada de su enfermedad. Pero Jesús, notando enseguida la fuerza que de él
había salido, se volvió en medio de la muchedumbre y preguntaba: ¿Quién me ha
tocado los vestidos? Pero él miraba a su alrededor, para ver a la que había
hecho esto. Entonces la mujer toda azorada y temblorosa, pues bien sabía lo que
había sucedido, vino a echarse a sus pies y le declaró toda la verdad. Pero él
le dijo: “Hija mía, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda a curada de tu
enfermedad.”
Luego dice:
Ten piedad de nosotros, oh Dios, según tu inmensa
misericordia. Te rogamos nos escuches y te apiades de nosotros.
Coro: Señor,
ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Te pedimos también misericordia, vida, paz,
salud, salvación, consuelo, perdón y remisión de los pecados para el siervo de
Dios N.
enfermo, que acude a Tu inmensa bondad.
Coro: Señor,
ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Porque eres un Dios Bueno y amas a la humanidad, y
Te glorificamos, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Y bendice al
enfermo, diciendo:
Que la
bendición del Señor y su misericordia desciendan sobre Ti, por Su gracia y amor
a la humanidad, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Y concluye con la
Apólisis.
Nota:
Si el enfermo lo necesita el Sacerdote no debe olvidar recomendarle confesarse
y administrarle la Santa Comunión, de acuerdo al Rito prescrito.
Breve
forma de orar por los difuntos en la Iglesia, en la casa o en el cementerio.
Pueden rezarla el Sacerdote o los fieles.
Sacerdote: Bendito
sea Dios, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Lector: Amén. Santo
Dios, Santo Fuerte, Santo inmortal, ten piedad de nosotros. (3) Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén. Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor,
olvida nuestros pecados. Maestro, perdona nuestras culpas. Santo, visita y sana
nuestras dolencias. por tu Nombre. Señor, ten piedad. (3). Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ahora y siempre y por los
siglos cíe los siglos. Amén.
Padre
nuestro, que estás en los cielos... mas
líbranos del maligno.
Sacerdote: Porque
tuyo es el reino, el poder y la gloria, oh Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora
y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Sacerdote: Oh
Salvador, concede el descanso a las almas de tus siervos junto a las almas de
los justos difuntos, guardándolas para la vida feliz, que procede de Ti, amante
de la humanidad.
Coro: En tu lugar de
reposo, Señor, donde todos tus Santos descansan, haz descansar las almas de tus
siervos, pues sólo Tú eres inmortal.
Sacerdote: Gloria
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Tú, oh Dios, descendiste al Hades y
rompiste las cadenas de los cautivos; Tú mismo, oh Salvador, da el descanso al
alma de tus siervos.
Coro: Ahora
y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. Tú, única pura y casta Virgen,
que concebiste a Dios sin mancha, intercede por la salvación del alma de tus
siervos.
Sacerdote: Ten
piedad de nosotros, oh Dios, según tu inmensa misericordia. Te rogamos nos
escuches y te apiades de nosotros.
Coro: Señor,
ten piedad, Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Sacerdote: Te
rogamos por el descanso del alma de tu(s) siervo(s) (N.N.) difunto(s) y para que le(s) sea perdonado todo
pecado voluntario e involuntario.
Coro: Señor,
ten piedad. (3).
Sacerdote: Para que
el Señor Dios lleve su alma donde los justos descansan, imploremos a Cristo,
Rey Inmortal y Dios nuestro, la misericordia divina, el reino de los cielos y
el perdón de sus pecados.
Coro: Concédelo,
Señor.
Sac.: Roguemos al
Señor.
Coro: Señor,
ten piedad.
Sacerdote: Dios
de las almas y de los cuerpos, que venciste la muerte, abatiste al demonio y
diste al mundo la vida, dígnate, Señor, hacer des cansar el alma de tus siervos
difuntos (N.N.) en la morada de luz, de tranquilidad y de paz,
donde no hay dolor, ni tristeza ni angustia Perdónale(s) todos los pecados que
haya(n) cometido con el pensamiento, palabra u obra, pues Tú eres un Dios bueno
y amas a la humanidad. No hay nadie en este mundo que no peque. Sólo Tú estás
exento del pecado, tu justicia es la justicia eterna y tu palabra es la verdad.
Y Tú eres la resurrección, la vida y el descanso de tu(s) siervo(s) difunto(s) N.N., oh Cristo nuestro Dios, y Te glorificamos a Ti
y a Tu Eterno Padre y a Tu Espíritu Santo y Bueno, que da vida, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.
Sacerdote: Tú que
tienes dominio sobre vivos y muertos, oh Cristo nuestro Dios verdadero, por
intercesión de tu purísima Madre, la gloriosa siempre Virgen María, de los
Santos Apóstoles, de nuestros devotos y justos padres y de todos los santos,
lleva al alma de tu siervo que se alejó de nosotros a la morada de los justos,
hazla descansar en el regazo de Abraham, cuéntala entre los Santos y ten piedad
de nosotros, Tú que eres Bueno y amas a la Humanidad.
Sacerdote: ¡Que su memoria sea eterna!
Coro: ¡Que su memoria sea eterna!
Sac.: ¡Que su memoria sea eterna!
Para el momento fijado para trasladar el difunto a la iglesia, el Sacerdote
se apersona en la casa del duelo y bendice como de costumbre, diciendo:
“Bendito sea Dios... etc. Los cantores entonan inmediatamente el
“Santo Dios” con gran piedad y devoción, según el tono prescrito, y se inicia,
el cortejo hasta el templo, donde se colocará al difunto en medio de la nave,
frente al Iconostasio. Si no es posible trasladar el muerto a la iglesia, el
oficio se hará en la casa del duelo o en el cementerio. El Sacerdote lo inicia,
bendiciendo:
Sacerdote: Bendito sea
Dios, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Santo Dios, Santo Fuerte... etc... Gloría... Ahora... Santísima Trinidad... Gloria... Ahora... Padre Nuestro... más
líbranos del maligno. Porque tuyo es el reino... etc...
Y se lee lenta y distintamente
el Salmo 90:
El que mora al abrigo del Altísimo y se
aloja a la sombra del Dios del cielo dice al Señor: Tú eres mi refugio y
fortaleza, mi Dios, en quien confío. Porque El te librará de la red del
cazador, de la peste funesta; te cubrirá bajo su protección, un refugio
hallarás bajo sus alas. No temerás el terror de la noche ni la saeta que de día
vuela, ni la peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que desvasta al
mediodía. Aunque a tu lado caigan mil y diez mil a tu diestra, a ti no ha de
alcanzarte; escudo y adarga es su lealtad. Basta con que mires con tus ojos,
verás el galardón de los impíos, que tu dices: mi refugio es el Señor y haces
del Altísimo tu asilo. No ha de alcanzarte el mal, ni la plaga se acercará a tu
morada; que Él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos sus
caminos. Te llevarán ellos en sus manos, para que en piedra no tropiece tu pie;
pisarás sobre el áspid y la víbora, hollarás al leoncillo y al dragón. Pues él
se refugia en mí, yo he de librarle; le exaltaré pues conoce mi nombre. Me
llamará y le responderé. Estaré a su lado en la desgracia, le libraré y le
glorificaré. Hartura le daré de largos días y haré que vea mi salvación.
Inmediatamente e
inicia el canto de los Evloguitarios (Tono 5).
Bendito eres, Señor, enséñame tus mandamientos.
El
coro de los Santos encontró la fuente de la vida y las puertas del paraíso.
Pueda yo también encontrar el camino por la penitencia; yo soy la oveja
descarriada, llámame, Salvador, y sálvame.
Bendito
eres, Señor, enséñame tus mandamientos.
Tú
que, al principio, de la nada me formaste y me honraste con tu divina imagen, y
que, cuando falté a tus mandamientos, me hiciste volver a la tierra, de la cual
fui tomado, restituye en mí tu imagen, para que se renueve en mí la primitiva
hermosura.
Bendito
eres, Señor, enséñame tus mandamientos.
Yo soy
la imagen de tu gloria inefable, aunque llevo en mí la señal de las culpas:
Ten piedad de tu creatura, Señor, y purifícala
con tu bondad. Concédeme la patria tan añorada y hazme de nuevo ciudadano del
paraíso.
Bendito
eres, Señor, enséñame tus mandamientos.
Oh
Santos, que predicasteis al Cordero de Dios y fuisteis inmolados como corderos,
siendo trasladados a la vida gloriosa y eterna, pedid, Mártires, sin cesar al
Cordero de Dios que nos dé el perdón de nuestros pecados.
Bendito
eres, Señor, enséñame tus mandamientos.
Todos
los que habéis andado en esta vida por el camino estrecho y penoso, que habéis llevado
la cruz como un yugo y me habéis seguido con fe, venid, gozad de las
recompensas y de la corona celestial, que os he preparado.
Bendito
eres, Señor, enséñame tus mandamientos.
Concede,
oh Señor Dios, el descanso a tus siervos y llévalos al paraíso, donde los Coros
de los Santos y los justos brillan como astros. Allá haz descansar a tus
siervos difuntos, per donándoles todos sus pecados.
Gloria
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Celebremos con piedad a la Triple Luz de la Única
Divinidad, exclamando: Santo eres Tú, oh Padre Eterno, con Tu Hijo, igualmente
Eterno, y el Espíritu Divino. Ilumina a los que te adoran con fe y líbralos del
fuego eterno.
Ahora
y siempre y por los siglos de los siglos. Amen.
Salve, Purísima, que concebiste en la carne a
Dios, para que todos fuéramos salvados, y por ti la humanidad encontró la
salvación, Que por tu mediación encontremos el paraíso, oh Pura y Bendita Madre
de Dios.
Sacerdote: Ten
piedad de nosotros, oh Dios, según tu inmensa misericordia. Te rogamos nos
escuches y te apiades de nosotros.
Coro: Señor, ten
piedad (3).
Sacerdote: Te rogamos por
el descanso del alma de tu siervo(s) difunto(s) (N.N.) y por que le(s) sea perdonado todo pecado
voluntario e involuntario.
Coro: Señor, ten
piedad (3).
Sacerdote: Para que el Señor lleve su(s) alma(s) donde los
justos descansan, imploremos a Cristo, Rey Inmortal y Dios nuestro, la
misericordia divina, el Reino de los cielos y el perdón de los pecados.
Coro: Concédelo,
Señor.
Sacerdote: Porque Tú eres
la resurrección, la vida y el descanso de tu(s) siervo(s) difunto(s) oh Cristo
nuestro Dios, y Te glorificamos a Ti y a tu Eterno Padre y a Tu Espíritu Santo
y
Bueno, que da vida, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos.
Coro: Amén.
Y se cantan los siguientes troparios según el tono 5º:
Haz
descansar, oh Salvador, a tu siervo, que yace aquí, con los justos y hazlo
habitar en tu morada, según está escrito, olvidando, como Bueno que eres, todos
sus pecados voluntarios e involuntarios, los cometidos con conocimiento o por
ignorancia.
Gloria...
Los cometidos con conocimiento o por ignorancia.
Ahora... Oh Cristo Dios, que apareciste en el
mundo, naciendo de una Virgen, y que por ella nos has hecho hijos de la luz,
ten piedad de nosotros.
Y se puede decir clara y distintamente el Salmo 50.
Terminado el Salmo
se canta el siguiente Irmos:
Solo
Tú eres Santo, oh Señor nuestro Dios, que has exaltado a tus fieles y los has
afirmado en la piedra de tu confesión.
En
verdad todo lo que hay en el mundo es vano y la vida es sombra y sueño. En vano
se agita todo ser terrestre, como lo dicen las Escrituras, pues aunque
adquiramos el mundo nos espera la tumba, donde moran juntos reyes y mendigos.
Por eso, oh Cristo, concede el descanso a tu siervo difunto N., Tu
que amas a la humanidad.
Gloria... Ahora...
Y el Theotokio: Santísima Madre de Dios, no me abandones durante
mi vida y no me entregues a guardianes humanos, sino ayúdame y ten piedad de
mí.
Señor
Misericordioso, cuando vi el mar de la vida agitado por el huracán de las
tentaciones, arribé a tu puerto tranquilo, exclamando: Libra de la corrupción
mi vida.
Con
los Santos haz descansar, oh Cristo, el alma de tu(s) siervo(s) difunto(s),
donde no hay ni dolor, si tristeza, ni angustia, sino vida eterna.
Tú sólo eres inmortal, Tú
que has creado y formado al hombre. Nosotros los humanos hemos sido formados de
la tierra y vamos a ir a la tierra, como lo mandaste, oh Creador, cuando
dijiste: Eres tierra y volverás a la tierra. Allá iremos todos los hombres al
canto de himnos fúnebres: ¡Aleluya!
Theotokio: El Dios, a quien los hombres no pueden ver ni los
ángeles se atreven a mirar, fue visto por la humanidad como Verbo encarnado, en
Ti, oh Purísima. A Él lo adoramos junto con las legiones celestiales y Te
celebramos.
Sacerdote: Ten piedad de
nosotros oh Dios... etc... y la Letanía
hasta: Porque tú eres la resurrección, la vida y el descanso... etc... siglos.
Amén.
E inmediatamente
se cantan los idiómelos de San Juan Damasceno:
Tono 1º
¿Qué goce
terrenal está libre de tristeza? ¿Qué gloria es constante sobre la tierra? Todo
es más tenue que la sombra y más ficticio que el sueño. En un momento todo
desaparece con la muerte. Por eso, a la luz de tu rostro, oh Cristo, y en el
goce de tu hermosura, concede el descanso a tus siervos difuntos, pues sólo Tu
eres inmortal.
Tono 2º
¡Ay de
mí! ¿Qué hazaña espera al alma al separarse del cuerpo? Cuánto se lamenta
entonces y nadie se apiada de ella. Mira hacía los ángeles y no hay quien la
escuche; extiende los brazos hacia los hombres y no hay quien la ayude.
Queridos hermanos, meditemos en lo rápido que pasa nuestra vida y pidamos a
Cristo descanso para nuestro hermano difunto y clemencia para nuestras almas.
Tono 3
Todas
las cosas humanas que no quedan después de la muerte son vanas. No queda la
riqueza, no acompaña a su dueño la gloría; llegando la muerte todo desaparece,
por eso clamemos a Cristo inmortal: ¡Da, Señor, el descanso a tu(s) siervo(s)
en la morada de los felices!
Tono 4
¿Dónde están las preocupaciones mundanas y las
ilusiones pasajeras? Dónde están el oro y la plata. ¿Dónde están las multitudes
de servidores y su vaivén? Todo es polvo, ceniza y sombra. Venid, pues,
clamemos al Rey Inmortal: Señor, haz digno al difunto de tus bienes eternos y
hazlo gozar de la felicidad perpetua.
Tono 5
Recordé
al Profeta que dijo: ¡Soy polvo y ceniza! Volví a mirar a las tumbas y dije:
¿Cuál es el Rey? ¿Cuál el soldado? ¿Cuál el rico y cuál el pobre? ¿Cuál es el
justo y cuál el pecador? Señor, da el descanso a tus siervos en la morada de
los justos.
Tono 6
Tu
orden creadora me dio vida y existencia, pues quisiste hacerme un ser viviente,
formado de elementos visibles e invisibles, a saber, mi cuerpo, que sacaste de
la tierra, y mi espíritu, que me lo diste por tu divino aliento que da vida.
Por eso, oh Cristo, concede el descanso a tu(s) siervo(s) en la región de los
vivientes, en la morada de J05 justos.
Tono 7
Al
principio, creaste al hombre a tu imagen y semejanza, lo pusiste en el paraíso
y lo hiciste señor de toda la creación, pero, al ser tentado por la malicia del
demonio, probó el alimento prohibido y se convirtió en un transgresor de tus
mandamientos. Por lo que le ordenaste que volviera de nuevo a la tierra, de
donde había sido tomado, y que pidiera el reposo.
Tono 8
Lloro
y sollozo cuando medito en la muerte y veo yacer en la tumba nuestra belleza,
creada a imagen de Dios, deforme, sin gloria y carente de vista. ¡Oh milagro! ¿Que misterio es ese? ¿Cómo somos
entregados a la corrupción? ¿Cómo nos enlazamos con la muerte? Todo esto sucede
por orden de Dios, como está escrito, y Él concede el descanso a los difuntos.
Y se da comienzo a
las Bienaventuranzas en el Tono 6:
Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu Reino.
Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados
los humildes, porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia.
Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos
de Dios. Bienaventurados los que son perseguidos por practicar la justicia,
porque a ellos pertenece el Reino de los cielos.
Que
Cristo te dé el descanso en la región de los vivientes, que te abra las puertas
del paraíso, que te haga ciudadano de Reino y te perdone todos los pecados de
tu vida, a ti que amas a Cristo.
Bienaventurados
seréis cuando se os insulte y persiga y cuando se os calumnie, mintiendo, por
causa de mi nombre.
Alegraos
y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos.
Gloria
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Por la
eternidad adoro al Padre que engendró, por la Encarnación adoro al Hijo
engendrado y por la procedencia adoro al Espíritu Santo, que resplandece junto
con el Padre y el Hijo.
Ahora
y siempre y por los siglos de los siglos. Amen.
Oh Virgen, cómo manó de tu pecho la leche y
alimentaste al que alimenta toda la creación, Quien, como está escrito, hizo
brotar agua de las rocas e hizo correr manantiales para el pueblo sediento.
Prokímenon (Tono
3º).
Bendito
sea el camino que te ha tocado seguir hoy, pues te ha sido preparado el lugar
del descanso.
Estijira: A Ti, Señor, llamo; a Ti, Dios mío, imploro.
El lector dice la
Epístola (Tes. 4:13-18).
Lectura de la carta del Apóstol Pablo a los
cristianos de Tesalónica
Hermanos. No queremos que olvidéis a los
que han muerto, pero tampoco queremos que os entristezcáis como los demás, que
no tienen esperanza: Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma
manera Dios llevará consigo a los que han muerto en Jesús. Os decimos esto como
palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la venida
del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden
dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo y
los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los
que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en las nubes, junto con
ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el
Señor. Consolaos, pues, los unos a los otros con estas palabras.
Aleluya, aleluya, aleluya. ¡Feliz aquel a quien
has llamado y recibido, oh Señor!
El Sacerdote,
después de la introducción acostumbrada, dice el Evangelio (Jn. 5:24-31).
Lectura del Santo Evangelio según San Juan.
Dijo
el Señor a los que creyeron en Él: En verdad, en verdad os digo: el que escucha
mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en
juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. En verdad, en verdad os
digo: llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del
Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en
sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo, y le ha
dado el poder para juzgar, porque es Hijo del Hombre. No os extrañéis de esto:
llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y los
que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal,
para la condenación. Yo no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que
oigo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del
Padre que me ha enviado.
Coro: Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.
Inmediatamente el
Sacerdote dice la Letanía:
Ten
piedad de nosotros, oh Dios, según tu inmensa misericordia... Te rogamos también... etc. Para que el Señor
lleve su alma donde los justos descansan...
etc... Roguemos al Señor... y la
oración: Dios de las almas y de los cuerpos... todo
como en el Oficio del Trisagio Fúnebre.
Luego se cantan o
recitan estas palabras que la Iglesia pone en labios del difunto:
Coro: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Hermanos,
queridos parientes y amigos, ahora que me veis postrado sin voz y sin aliento,
llorad todos por mí. Ayer todavía con versaba con vosotros y me sorprendió la
hora temible de la muerte. Pero venid todos los que me amáis, dadme el último
adiós, porque nunca más estaré con vosotros ni podré hablaros. Voy ahora al
Juez, que no hace distinción, ante quien la presenta el servidor y el señor, el
rey y el soldado, el rico y el pobre, todos por igual. Cada uno es glorificado
o condenado según sus obras. Por eso os pido con insistencia que roguéis por mí
a Cristo Dios, para que no me condene al lugar de tormentos por causa de mis
pecados, sino que me lleve al lugar de la luz.
Coro: Ahora
y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Inmediatamente
después del Kenín el Sacerdote debe decir la siguiente oración de absolución,
antes de retirar el ataúd de la iglesia o de la casa:
Que
nuestro Señor Jesucristo, que ha dado a sus santos discípulos y apóstoles el
mandamiento divino de atar y desatar los pecados de los caídos, por nosotros
que hemos recibido de ellos la autoridad de hacer lo mismo, que El te perdone,
oh hijo espiritual, todo lo que has hecho en este mundo, voluntaria e
involuntariamente, y te haga comparecer sin culpa ante su Tribunal, ahora y
siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Oh Cristo, por intercesión de tu Madre, del
Precursor, de los Apóstoles, de los Profetas, de los Jerarcas, de los justos,
de los confesores y de todos los Santos, da el descanso a tu siervo difunto.
En este momento se
inicia el cortejo hacia el cementerio, mientras los cantores o el Sacerdote
canta o reza el Trisagio, según el tono fúnebre, y antes de introducir el
cadáver en el sepulcro el Sacerdote reza de nuevo el Trisagio fúnebre, como en
la casa, y vierte un poco de aceite de la lámpara inextinguible sobre el ataúd
diciendo:
Me rociarás con hisopo y seré puro, lávame y
quedaré más blanco que la nieve.
Y, tomando un poco
de tierra con la mano, la deja caer sobre el sepulcro, diciendo:
Del Señor es el universo y todos los que lo
habitan.
Y se dice la
Apólisis como está indicado en el Oficio del Trisagio Fúnebre.
Nota: Algunos tienen
la costumbre de volver del cementerio directamente a la casa del difunto, donde
rezan el Trisagio en el mismo lugar donde falleció y rocían la casa con agua
bendita.
IOBE