Reg.
BA Nº 07 - 2001
IOBE
LITURGIA DE SAN CRISOSTOMO
DIVINA LITURGIA
Cuando el sacerdote se dispone a celebrar la Divina Liturgia, debe estar reconciliado con todos y no tener rencor contra nadie. Debe guardar libre su corazón, en cuanto es posible, de todo mal pensamiento, observar la continencia desde la víspera, y mantenerse vigilante hasta el momento de celebrar la Sagrada Liturgia.
Llegado el momento, después de hacer la reverencia acostumbrada al Presidente, entra en la nave de la Iglesia, y conjuntamente con el diácono, se inclina tres veces hacia oriente ante las Puertas Santas.
Diácono: Bendice Señor.
Sacerdote:
Bendito sea Nuestro Dios en todo tiempo,
ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Rey Celestial, Consolador, Espíritu de la verdad, que
estás en todo lugar y llenas el universo, Tesoro de bienes y Dador de vida, ven
a habitar en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva, Tú que eres bueno,
nuestras almas.
Diácono recita el trisagio: ¡Santo es Dios, santo y fuerte, santo e inmortal! ¡Ten piedad de nosotros! (Tres veces).
Gloria
al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.
Trinidad
Santísima, Ten piedad de nosotros. Señor, perdona nuestros pecados. Soberano,
remite nuestras culpas. Santo, visítanos y cura nuestras debilidades, por amor
de Tu nombre.
Señor,
Ten piedad. Señor, Ten piedad. Señor, Ten piedad.
Y de nuevo: Gloria al Padre, hasta el fin.
Luego: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre, venga
a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El
pan nuestro de cada día dánosle hoy (I), perdónanos nuestras deudas así como
nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación,
más líbranos del mal.
(I) O, según los países: “Danos hoy nuestro pan de cada día”
Sacerdote:
Porque Tuyos son la majestad y el poder
y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de
los siglos.
Diácono:
Amén.
Después
dicen: ¡Ten piedad, Señor, Ten piedad de
nosotros! Faltos de toda disculpa, los pecadores te ofrecemos esta súplica a
ti, Dueño nuestro: Ten piedad de nosotros!
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Ten Piedad de nosotros, Señor, que en Ti hemos puesto
nuestra esperanza! No descargues Tu ira sobre nosotros ni te acuerdes de
nuestras culpas. Míranos de nuevo con ternura y sálvanos de nuestros enemigos,
porque Tú eres nuestro Dios y nosotros Tu pueblo, todos somos obra de Tus manos
y sobre nosotros se ha invocado Tu nombre.
Ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
¡Abrenos la puerta de la misericordia, Madre de Dios
bendita! No permitas que nos descarriemos, pues confiamos en Ti. Veámonos
libres por Ti de los peligros, porque Tú eres la salvación del pueblo
cristiano.
Se acercan al icono de Cristo e inclinándose dicen:
Adoramos Tu imagen pura, Señor bueno, pidiéndote el perdón de nuestras culpas, Cristo Dios, porque, hecho hombre, quisiste libremente subir a la Cruz, para librar de la esclavitud del enemigo a los que habías creado. Por ello exclamamos agradecidos: ¡Viniendo a salvar el mundo Has colmado de alegría el universo, Salvador nuestro!
Besan el icono de Cristo.
Van
al icono de la Madre de Dios y dicen este tropario:
Tú que eres fuente de misericordia, júzganos dignos de compasión, Madre de Dios. Vuelve Tus ojos hacia este pueblo que ha pecado. Muestra, como sueles, Tu poder, porque en Ti ponemos nuestra esperanza y Te saludamos como antaño Gabriel, jefe de los ejércitos inmateriales.
Besan el icono de la Madre de Dios.
Luego inclinan la cabeza y el sacerdote dice esta oración.
Extiende,
Señor, la mano desde la altura de Tu morada, y fortaléceme para este servicio
Tuyo que va a comenzar, de modo que pueda presentarme, sin merecer castigo,
ante Tu tremendo solio y llevar a término el sacrificio incruento. Porque Tuyos
son el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Se inclinan tres veces ante las puertas santas, y hacen una reverencia a cada coro. Luego entran en el santuario, el sacerdote por la parte norte, el diácono por la parte sur, diciendo:
Entraré
en Tu casa, me postraré ante Tu santo templo, lleno de Tu temor.
Entrados en el santuario, se inclinan
tres veces ante la sagrada Mesa, y besan el sagrado Evangelio y la sagrada
Mesa. Después, cada uno toma en sus manos su túnica y se inclinan tres veces
hacia oriente, diciendo cada uno para sí:
Oh Dios, perdóname a mí pecador y Ten piedad de mí.
El diácono se acerca al sacerdote, teniendo en la mano derecha la túnica (esticario) y la estola (orario), e inclina la cabeza, diciendo:
Bendice,
Señor, la túnica y la estola.
El sacerdote hace un signo de cruz sobre ellas diciendo:
Bendito
sea Nuestro Dios, en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El diácono dice: Amén. Besa la diestra del sacerdote, se aparta a un lado del santuario, besa la túnica y se reviste de ella, orando así:
Exultará
mi alma en el Señor, porque me ha cubierto con un manto de salud y me ha
vestido con una túnica de alegría. Como a un esposo me ha ceñido una diadema,
como a una esposa me ha adornado de joyas.
Besa la estola y se la pone sobre el hombro izquierdo, sin decir nada. Se pone la sobre manga (epimaniquio) derecha diciendo:
Tu
diestra Señor, brilla por Tu poder. Tu diestra Señor, ha desbaratado al
enemigo; en el colmo de Tu gloria, has quebrantado al adversario.
Y al ponerse la izquierda:
Tus
manos me crearon y me formaron: dame inteligencia para aprender Tus
mandamientos.
Va a la mesa de la Preparación y prepara los vasos sagrados: pone la Patena a la izquierda, el Cáliz a la derecha y dispone el resto.
El sacerdote se reviste de este modo: Toma la túnica (esticario) en la mano derecha, hace tres inclinaciones hacia oriente, como está dicho, y hace sobre ella un signo de cruz, diciendo:
Bendito
sea nuestro Dios, en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.
Se reviste de la túnica diciendo:
Exultará
mi alma en el Señor, porque me ha cubierto con un manto de salud y me ha
vestido con una túnica de alegría. Como a un esposo me ha ceñido una diadema,
como a una esposa me ha adornado de joyas.
Toma la estola (epitraquilio), la signa, la besa y se la pone, diciendo:
Bendito
sea Dios, que derrama sobre Sus sacerdotes la gracia, como un óleo perfumado
que de la cabeza fluye hasta la barba, como descendía por la barba de Aarón
hasta la orla de su túnica.
Toma después la cintura (zoni), la bendice y se la ciñe, diciendo:
Bendito sea Dios que me ciñe de fuerza y la hecho
irreprensible mi camino.
Bendice las sobremangas (epimaniquia), las besa y se las pone. Para la derecha, dice:
Tu diestra, Señor, brilla por su poder. Tu diestra
Señor, brilla por su poder. Tu diestra, Señor ha desbaratado al enemigo; en el
colmo de tu gloria, has quebrantado al adversario.
Para la izquierda:
Tus manos me crearon y me formaron: dame inteligencia
para aprender tus mandamientos.
Si posee una dignidad eclesiástica, toma el lateral (hipogonatio), lo bendice, lo besa y se lo pone, diciendo:
Cíñe sobre el muslo la espada, oh Valiente, que es tu
ornato y tu hermosura. Tensa el arco, avanza y reina en pro de la verdad, la
mansedumbre y la justicia. Tu diestra te guiará admirablemente.
Toma la pénula (felonio), la bendice, la besa y la reviste de ella, diciendo:
Tus sacerdotes, Señor, se vestirán de justicia, y tus
santos exultarán de gozo.
Se lavan las manos diciendo:
Lavaré mis manos con los inocentes y rodearé tu altar,
Señor, para escuchar la voz de tu alabanza y enumerar todas tus maravillas. Yo
amo, Señor, el esplendor de tu morada y el lugar donde reside tu gloria. No me
hagas perecer con los impíos, no pierdas mi vida, con los hombre violentos que
llevan en sus manos el crimen y cuya diestra rebosa de sobornos. Yo he caminado
absteniéndome del mal: líbrame, Señor, y ten piedad de mí. Mis pies se han
mantenido en lo recto; en las asambleas te bendeciré, Señor.
Los
dos van a la Mesa de la Preparación y se inclinan tres veces ante ella,
diciendo cada uno: Oh Dios, perdóname a
mí, pecador, y ten piedad de mí.
El sacerdote dice:
Con tu preciosa Sangre nos has rescatado de la maldición de la Ley. Clavado en la Cruz y traspasado con la lanza, hiciste brotar para los hombres el manantial de la inmortalidad. Salvador nuestro, gloria a ti.
El diácono dice: Bendice, señor.
El sacerdote bendice:
Bendito sea nuestro Dios en todo tiempo, ahora y
siempre por los siglos. Amén.
El sacerdote toma en su mano izquierda un pan (prósfora) y en la derecha la sagrada lanza, y hace con ella tres signos de cruz sobre el sello del pan, diciendo:
En memoria de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador
nuestro (tres veces).
Clava la Lanza en el lado derecho del sello y da un corte, diciendo:
Como a oveja, lo llevaron al degüello.
En el lado izquierdo:
Y como cordero sin mancha, mudo ante el esquilador, ni
siquiera abre su boca.
En la parte de arriba del sello:
Lo humillaron, y forzaron su condena.
En la parte de abajo:
Mas quien podrá narrar su generación.
El
diácono mira con respeto esta acción, teniendo la estola con la mano derecha, y
dice a cada corte: Roguemos al Señor.
Luego
dice: Levanta, Señor.
El sacerdote clava la sagrada Lanza, de lado, en la parte derecha del sagrado Pan y lo levanta, diciendo:
Porque arrancan su vida de la tierra.
Pone
el sagrado Pan invertido sobre la Patena y cuando el diácono dice: Inmola, señor,
hace
un corte en forma de Cruz diciendo:
El Cordero de Dios, el que quita el pecado de mundo, se inmola por la vida y la salud del mundo.
Da
la vuelta al sagrado Pan, de modo que quede encima la cara en que está el sello.
El
diácono dice: Traspasa, señor,
y el
sacerdote clava la Lanza debajo de la inscripción IC, diciendo:
Un soldado traspasó con la lanza su costado, y al
punto brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es
verdadero.
El diácono vierte vino y agua en el Cádiz, diciendo ante al sacerdote:
Bendice, señor, esta unión santa.
El sacerdote los bendice, diciendo:
Bendita sea la unión de lo santo, en todo tiempo,
ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.
Toma en sus manos la segunda prósfora, diciendo:
En honor y memoria de nuestra Señora, la bendita y
gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, por cuya intercesión, acepta,
Señor, este sacrificio en tu celeste altar.
Extrae una partícula de la prósfora y la coloca a la derecha del sagrado Pan, cerca de su mitad, diciendo:
La Reina estaba a tu diestra revestida de un manto
tejido de oro, ricamente adornada.
Toma la tercera prósfora, extrae de ella una partícula y la coloca a la izquierda del sagrado Pan, cerca de su mitad, como principio de la primera serie, diciendo:
En honor y memoria de los grandes capitanes Miguel y
Gabriel, y de todos los celestes ejércitos incorpóreos.
Extrae la segunda partícula, diciendo:
Del insigne y glorioso profeta y precursor Juan el
Bautista, de los santos y gloriosos profetas Moisés y Aarón, Elías y Eliseo,
David hijo de Jesé, de los tres santos Jóvenes, del profeta Daniel y de todos
los santos profetas.
Lo coloca debajo de la primera, en fila.
Extrae la tercera partícula, diciendo:
De los santos, gloriosos e ilustres apóstoles Pedro y
Pablo, y de todos los santos apóstoles.
La coloca debajo de la segunda, completando la primera serie.
Extrae la cuarta partícula, diciendo:
De nuestros santos Padres, los grandes pontífices y
universales doctores Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo,
Atanasio y Cirilo, Nicolás de Mira, y de todos los santos pontífices.
La pone al lado de la primera partícula, comenzando la segunda serie.
Extrae la quinta partícula, diciendo:
Del santo protomártir y archidiácono Esteban, de los
santos e ilustres mártires Demetrio, Jorge, Teodoro y de todos los santos y
santas mártires.
La coloca debajo de la primera de la segunda serie.
Extrae la sexta partícula, diciendo:
De nuestros santos Padres teóforos Antonio, Eutimio,
Sabas, Onofre, Atanasio del Atos y de todos los santos y santas ascetas.
La coloca debajo de la segunda partícula, para completar la segunda serie.
Extrae después la séptima partícula, diciendo:
De los santos y caritativos taumaturgos Cosme y
Damián, Ciro y Juan, Pantaleón y Hermolao y de todos los santos médicos que
renunciaban al dinero.
La coloca arriba, al lado de la cuarta partícula, para comenzar la tercera serie.
De los santos y justos progenitores de Cristo Joaquín
y Ana (del santo patrono de la iglesia y del santo
del día) y de todos los santos, por cuya
intercesión, oh Dios.
La
coloca debajo de la primera partícula de la tercera serie.
Después
extrae la novena partícula, diciendo:
De nuestro Padre San Juan Crisóstomo, arzobispo de
Constantinopla (esto si se celebra su Liturgia; si es la de
San Basilio, conmemora a éste: De nuestro Padre San Basilio el Grande,
arzobispo de Cesarea en Capadocia).
Y la coloca al final de la tercera serie, para completarla.
Toma después otra prósfora y extrae una partícula, diciendo:
Acuérdate, Señor que amas al hombre, de todo el
episcopado ortodoxo, de nuestro Patriarca (O
Metropolitano, o Arzobispo, u Obispo)
N., del venerable colegio de presbíteros, de los diáconos que sirven en Cristo,
y de todo orden sagrado (si se trata de un monasterio, dirá: del Abad, o
Superior N.), de nuestros hermanos
presbíteros y diáconos que celebran con nosotros, y de todos nuestros hermanos,
que, en tu misericordia, has llamado a tu comunión, Señor todo bondad.
La coloca debajo del sagrado Pan.
Luego conmemora a los vivos que quiera por sus nombres, y a cada nombre, y a cada nombre extrae una partícula, diciendo:
Acuérdate, Señor, de N., y
coloca las partículas en la parte de abajo.
Toma después otra prósfora y extrae una partícula, diciendo:
Para memoria y perdón de los pecados de los
bienaventurados fundadores de esta santa iglesia ( o de este santo monasterio).
Conmemora
después al Obispo que lo ordenó, y a los difuntos que quiera, por sus nombres.
A cada nombre extrae una partícula, diciendo: Acuérdate, Señor, de N.
Finalmente, extrae una partícula y añade:
Y de todos nuestros padres y hermanos ortodoxos que
murieron en tu comunión, Señor que amas al hombre, con la esperanza de
resucitar para la vida eterna.
El diácono toma también una prósfora y la sagrada Lanza, y conmemora a los vivos y a los difuntos que desee.
El sacerdote extrae la última partícula, diciendo:
Acuérdate también, Señor, de mí, indigno, y perdóname
toda culpa, de malicia o de fragilidad.
El diácono toma la esponja y dispone las partículas ante el sagrado Pan, de modo que estén seguras y ninguna caiga.
Luego toma el incensario, pone incienso y dice al sacerdote:
Bendice, señor, el incienso. Roguemos al Señor.
El sacerdote lo bendice, diciendo la oración del incienso:
Te ofrecemos incienso, Cristo Dios nuestro, como aroma
de fragancia espiritual. Recíbelo en tu altar celestial y envíanos en cambio la
gracia de tu Espíritu Santo.
El diácono: Roguemos al Señor.
El diácono inciensa la Estrella, y el
sacerdote la coloca sobre el sagrado Pan, diciendo: Vino la estrella y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño.
El diácono: Roguemos al Señor, Cubre, señor.
El diácono inciensa la primera cobertura y el sacerdote cubre el sagrado Pan y la Patena, diciendo:
El Señor reina, vestido de majestad. El Señor se ha
revestido de poder, a su cintura lo ha ceñido.
El diácono: Roguemos al Señor. Cubre, señor.
El diácono inciensa la segunda cobertura y el sacerdote cubre el Cádiz, diciendo:
Tu poder, Señor, ha cubierto los cielos, y de tu
alabanza, oh Cristo, está llena la tierra.
El diácono: Roguemos al Señor. Recubre, señor.
El diácono inciensa el velo y el
sacerdote recubre con él ambos dones, diciendo: Cobíjanos bajo el amparo de tus alas; aleja de nosotros todo enemigo y
adversario; da paz a nuestra vida, Señor, ten piedad de nosotros y del mundo,
que es tuyo, y salva nuestras almas, Tú que eres bueno y amas al hombre.
El sacerdote toma el incensario e inciensa tres veces la Mesa de la Preparación, diciendo:
Bendito seas, Dios nuestro, porque ésta ha sido tu
voluntad. Gloria
a ti.
El diácono, cada vez, dice:
En todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.
Se inclinan ambos con respeto tres veces.
El diácono toma el incensario y dice:
Al presentar los preciosos dones, roguemos al Señor.
El sacerdote recita la oración de la Preparación:
Oh Dios, Dios nuestro, que enviaste como Pan del
cielo, alimento del mundo entero, a nuestro Señor y Dios Jesucristo, Salvador,
Redentor y Bienhechor que nos bendice y santifica, bendice tú mismo esta
ofrenda y acógela en tu altar celestial. En tu bondad y tu amor al hombre,
acuérdate de los oferentes y de aquellos por los que han ofrecido: y a
nosotros, presérvanos de toda culpa en la celebración de tus divinos misterios:
porque tu Nombre, digno de todo honor y grandeza, es proclamado santo y glorioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
ahora y siempre por los siglos de los siglos Amén.
Luego recita la despedida:
Gloria a ti, Cristo Dios, esperanza nuestra, gloria a
ti.
El diácono:
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos. Amén, Señor, ten piedad (tres veces).
Bendice, señor.
El sacerdote:
Cristo, verdadero Dios nuestro (si es domingo, añade: que resucitó de entre los muertos), por la intercesión de su Madre inmaculada,
de nuestro Padre san Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla (si
celebra la Liturgia de san Basilio, dice: de nuestro Padre san Basilio el
Grande, arzobispo de Cesarea en Capadocia),
y de todos los santos, tenga piedad de nosotros y nos salve, por su bondad y su
amor al hombre.
El diácono: Amén.
Después de la Despedida, el diácono hace un signo de cruz con el incensario e inciensa los Dones preparados. Luego inciensa la sagrada Mesa en derredor, en forma de cruz, diciendo para sí:
Tu cuerpo reposaba en el sepulcro;
Tu alma, oh Dios, bajó al reino de la muerte,
en el Paraíso estabas con el ladrón,
y en el trono reinabas, oh Cristo, con el Padre y el
Espíritu
¡Todo lo llenabas, oh Infinito Espíritu!
Dice
el salmo 50 , mientras inciensa santuario, las Sagradas imágenes y todo el
templo. Entra después en el Santuario, inciensa de nuevo la sagrada Mesa y al
sacerdote y deja el incensario en su lugar. Entonces se acerca al sacerdote.
Estando juntos ante la sagrada Mesa, se inclinan tres veces diciendo en secreto esta oración:
Rey Celestial, Consolador, Espíritu de la verdad, que
estás en todo lugar y llenas el universo, Tesoro de bienes y Dador de vida, ven
a habitar en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva, Tú que eres bueno,
nuestras almas.
Luego:
Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz, y
entre los hombres su amor (dos veces).
Señor, tú, abrirás, mis labios, y mi boca anunciará tu
alabanza (una vez).
El sacerdote besa al sagrado Evangelio y el diácono la sagrada Mesa.
El diácono inclina la cabeza hacia el sacerdote, teniendo la estola con tres dedos de la mano derecha, y dice:
Dame licencia para oficiar ante el Señor. Bendice,
señor.
El sacerdote hace sobre él un signo de cruz, diciendo:
Bendito sea nuestro Dios, en todo tiempo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos.
El diácono: Amén. Ruega por mí, señor.
El sacerdote: Dirija el Señor tus pasos hacia toda obra buena.
El diácono: Acuérdate de mí, señor santo.
El sacerdote: Que el Señor Dios se acuerde de ti en su reino en todo tiempo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos.
El diácono responde: Amén, besa la diestra del sacerdote, hace una reverencia y sale por la parte norte. Se coloca en el lugar de costumbre, frente a las Puertas santas, y se inclina con respeto tres veces, diciendo para sí:
Señor, tú abrirás mis labios, y mi boca anunciará tu
alabanza.
A continuación, comienza:
Bendice, señor.
Y comienza el sacerdote: Bendita sea la Majestad del Padre...
NOTA.-Si el sacerdote
celebra solo, sin diácono, en la preparación y en la Liturgia misma omite las
expresiones del diácono, como:
Bendice, Señor... Traspasa, Señor... Dame licencia
para oficiar ante el Señor...Acuérdate de mí, etc.
Sólo
dice, en la Liturgia: Roguemos al Señor.
Si concelebran varios sacerdotes, uno
solo hace la Preparación. Los demás no recitan ninguna parte de ella, ni
siquiera la oración: Oh, Dios nuestro...
Nótese también que, si va a celebrar un Pontífice, el sacerdote no termina la preparación, sino que, después de extraer las partículas de la Madre de Dios y de los santos, cubre la Patena y el Cáliz con el velo, sin decir nada. El resto lo dice el Pontífice celebrante, que termina la Preparación mientras se canta el Himno Querúbico, antes de la Gran Entrada.
El
diácono: Bendice, señor.
El sacerdote levanta el sagrado evangelio y hace con él un signo de cruz, diciendo en alta voz:
Bendita sea la Majestad del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los
siglos.
El
coro: Amén.
El
diácono dice la letanía de la paz. A las peticiones, los coros, alternándose,
responden: Señor, ten piedad (Kyrie,
eleison).
En paz, roguemos al Señor.
Por la paz que es don de lo alto y por la salvación de
nuestras almas, roguemos al Señor.
Por la paz del mundo entero, por la prosperidad de las
santas Iglesias de Dios, y por la unión de todos, roguemos Señor.
Por este santo templo, y por los que al él vienen con
fe, piedad y temor de Dios, roguemos al Señor.
Por nuestro beatísimo Patriarca N., por nuestro
arzobispo (u obispo)
N., por el venerable colegio de presbíteros, por los diáconos que sirven en
Cristo, por todo el clero y el pueblo, roguemos al Señor.
Por nuestros gobernantes y autoridades, roguemos al
Señor.
Para que él les ayude en toda empresa buena para el
bien de su pueblo, roguemos al Señor.
Por esta ciudad (o pueblo, o aldea, o monasterio), por
toda ciudad o comarca, y por los fieles que en ellas habitan, roguemos al
Señor.
Por un clima favorable, por la abundancia de los
frutos de la tierra, y por tiempos tranquilos, roguemos al Señor.
Por la seguridad de los que viajan por tierra y de los
que navegan por aire y mar, por la salud de los enfermos, por la libertad de
los oprimidos y de los cautivos, roguemos al Señor.
Para vernos libres de toda desgracia, castigo, peligro
y angustia, roguemos al Señor.
Ayúdanos, sálvanos, ten piedad de nosotros, oh Dios, y
protégenos con tu gracia.
Haciendo memoria de nuestra santísima Señora, la
inmaculada, bendita y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, y de todos
los santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros y nuestra
vida entera a Cristo Dios.
El
coro: A ti, Señor.
Oración de la Primera Antífona. En Secreto.
Señor Dios nuestro, sin par en el poder, e
incomprensible en la gloria, sin límites en la clemencia e inefable en tu amor
al hombre, pon los ojos de tu Majestad con ternura sobre nosotros y sobre este
santo templo, y multiplica tus misericordias
y tus bondades con nosotros, clero y pueblo, que juntamente oramos:
En voz alta:
Porque tú mereces toda gloria, honor y adoración,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El
coro: Amén.
El coro canta la primera antífona o el salmo 102, según el Ordo.
Mientras tanto, el diácono, hecha una reverencia, se retira a un lado y se coloca ante el icono de la Madre de Dios, mirando hacia el icono de Cristo, y teniendo la estola con tres dedos de la mano derecha.
Terminada
la antífona, vuelve al lugar acostumbrado, hace una reverencia y dice: Roguemos de nuevo en paz al Señor.
El
coro: Señor, ten piedad.
Ayúdanos, sálvanos, ten piedad de nosotros, oh Dios, y
protégenos con tu gracia.
El
coro: Señor, ten piedad.
Haciendo memoria de nuestra santísima Señora, la
inmaculada, bendita y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, y de todos
los santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros y nuestra
vida entera a Cristo Dios.
El
coro: A ti Señor.
Oración de la Segunda Antífona. En Secreto.
Señor Dios nuestro, salva a tu pueblo y bendice tu
heredad. Guarda en paz a tu Iglesia entera.
Santifica a los que aman el esplendor de tu morada;
exáltalos tú con tu divino poder, y no nos abandones a nosotros, oh Dios, que
ponemos en ti nuestra esperanza:
En voz alta:
Porque tuyo es el imperio y tuyos son la majestad y el
poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos
de los siglos.
El coro: Amén.
El coro canta la segunda antífona o el salmo 145.
El diácono hace como durante la primera antífona.
Terminada la antífona o el salmo indicado, se añade este himno:
¡Oh hijo unigénito y Verbo
de Dios!
Tú, que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos,
tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María.
Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y
en la Cruz, con tu muerte venciste la muerte.
Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el
Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!
Terminado el himno, el diácono dice la pequeña letanía:
Roguemos de nuevo en paz
al Señor.
El coro: Señor, ten piedad.
Ayúdanos, sálvanos, ten piedad de
nosotros, oh Dios, y protégenos con tu gracia.
El coro: Señor, ten piedad.
Haciendo memoria de nuestra santísima Señora, la
inmaculada, bendita y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, y de todos
los santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros de nuestra
vida entera a Cristo Dios.
El coro: A ti, Señor.
El diácono entra en el santuario por el lado sur.
Oración de la Tercera Antífona. En Secreto.
Tú, que has concedido la gracia de orar juntos uniendo
nuestras voces, y que has prometido oír los ruegos de dos o tres reunidos en tu
nombre, accede ahora para nuestro bien a las súplicas de tus siervos: danos en
este mundo la inteligencia de tu verdad, y en el futuro la vida perdurable:
En voz alta:
Porque tú eres Dios de
bondad y de amor, y a ti glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos.
El coro: Amén.
El coro canta la tercera antífona o las Bienaventuranzas. Cuando se entona el Gloria al Padre, el sacerdote y el diácono hacen tres reverencias ante la sagrada Mesa, y se abren las puertas santas. El sacerdote toma el sagrado Evangelio, lo da al diácono, y salen por el lado norte, precedidos de cirios, para hacer la pequeña Entrada.
Se detienen en el lugar acostumbrado e inclinan ambos la cabeza.
El diácono dice en voz baja: Roguemos al Señor,
y el sacerdote recita esta oración: Oración de la Entrada. En Secreto.
Soberano Señor, y Dios nuestro, que has dispuesto en
los cielos órdenes y ejércitos de ángeles y arcángeles para la liturgia de tu
gloria: haz que a nuestra entrada se asocie la de los santos ángeles, para que
celebres con nosotros y glorifiquen con nosotros tu bondad: porque tú mereces
toda gloria, honor y adoración, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre
por los siglos de los siglos. Amén.
Terminada la oración, el diácono señala con su diestra hacia oriente, teniendo la estola con tres dedos, y dice al sacerdote:
Bendice, señor, la santa Entrada.
El sacerdote bendice diciendo en secreto:
Bendita sea + la entrada de tu santuario, en todo
tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
El diácono acerca el evangelio al sacerdote. Este lo besa, mientras el diácono besa la mano del sacerdote.
Terminado el canto de la tercera antífona o de las Bienaventuranzas, el diácono se coloca en el centro, delante del sacerdote, levanta el sagrado evangelio, y hace con él un signo de cruz, diciendo: ¡Sabiduría! En pie.
Y se canta el versículo de la Entrada:
Venid, adoremos, y postrémonos ante Cristo.
¡Oh Hijo de Dios, admirable en los santos! Sálvanos a
los que cantamos! Aleluya.
Los domingo se dice:
¡Oh Hijo de Dios, resucitado de los muertos! ¡Sálvanos
a los que cantamos! Aleluya.
En las fiestas del Señor, se canta el versículo propio.
El diácono y el sacerdote hacen una reverencia y entran en el santuario por las Puertas santas. El diácono pone el evangelio sobre la sagrada Mesa.
El coro canta los troparios de costumbre.
El sacerdote recita esta oración:
Oración Del Trisagio. En
Secreto.
¡Dios santo, que en lo santo encuentras tu reposo, a
quien los Serafines alaban clamando el triple santo, a quien glorifican los
Querubines y adora todo el ejército celestial! Tú sacaste el universo de la
nada al ser; tú creaste al hombre a tu imagen y semejanza, adornándolo con
todos tus dones; tú das al que te lo pide sabiduría e inteligencia; tú no te
desentiendes del pecador, sino que has dispuesto una conversión que lo salve;
tú nos permites a nosotros, tus humildes e indignos siervos, presentarnos una
vez más ante la gloria de tu santo altar y tributarte la debida adoración y
alabanza: acepta, pues, también de nuestra boca de pecadores el canto del
trisagio, oh Dueño nuestro, y visítanos en tu bondad. Perdona nuestras culpas
de malicia y de fragilidad, santifica nuestras almas y cuerpos, y concédenos
que santamente te demos culto todos los días de nuestra vida, por la
intercesión de la santa Madre de Dios, y de todos los santos en los que desde
antiguo te has complacido:
Mientras el coro canta el último tropario, el diácono, inclinando la cabeza y teniendo la estola con tres dedos de la mano derecha, dice al sacerdote:
Bendice, señor, el momento del trisagio,
Y el sacerdote lo bendice, diciendo el alta voz:
... porque tú eres santo, oh Dios nuestro, y a ti
glorificamos, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, ahora y siempre.
El diácono se acerca a las puertas santas, y, vuelto hacia el pueblo, añade:
Por los siglos de los siglos.
El
coro: Amén.
Y
cantan el trisagio: ¡Santo es Dios,
santo y fuerte, santo e inmortal! . ¡Ten piedad de nosotros! (tres veces).
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos. Amén.
¡Santo e inmortal!. ¡Ten piedad de nosotros!
Y por último:
¡Santo es Dios, santo y fuerte, santo e inmortal!.
¡Ten piedad de nosotros!
En algunas fiestas, en lugar del trisagio, se canta:
Los que en Cristo habéis sigo bautizados, de Cristo os
habéis revestido. Aleluya.
El tercer domingo de Cuaresma y el día de la Exaltación de la Santa Cruz, se canta:
Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa Resurrección, glorificamos.
Mientras se canta el trisagio, lo recitan también el sacerdote y el diácono, haciendo tres reverencias ante la sagrada Mesa.
Luego dice el diácono al sacerdote:
Manda señor.
Y se dirigen a la cátedra. El sacerdote
dice: Bendito el que viene el nombre del
Señor.
El
diácono: Bendice la cátedra, señor.
El
sacerdote: Bendito eres en el trono
glorioso de tu Majestad, tú que estás sentado sobre los Querubines, ahora y
siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Terminado el canto del trisagio, el diácono, antes las puertas santas, dice:
¡Estemos atentos!
El lector entona el responsorio (proquímeno).
Terminado el salmo, dice el diácono: ¡Sabiduría!
El lector enuncia el título del Apóstol.
El diácono: ¡Estémos Atentos!
Terminada la lectura del Apóstol, dice el
sacerdote: Paz a ti, lector.
Mientras los lectores cantan el Aleluya con los versículos, el diácono toma el incensario, pide la bendición al sacerdote, hace con el incensario un signo de cruz, e inciensa la sagrada Mesa en derredor, el santuario, los iconos y el sacerdote. Este, de pie ante la sagrada Mesa, recita esta oración en secreto:
Haz brillar en nuestros corazones, Señor que amas al
hombre, la pura luz de tu divino conocimiento, y abre los ojos de nuestra mente
a la inteligencia de tu mensaje evangélico. Infúndenos el respeto a tus
benditos mandamientos, para que, sojuzgando las concupiscencias de la carne,
entremos en la vida según el Espíritu, y te agrademos en todos nuestros
pensamientos y acciones: porque tú eres la luz de nuestras almas y de nuestros
cuerpos, Cristo Dios, y a ti glorificamos, con tu eterno Padre y tu Santo
Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los siglos de los siglos
Amén.
El diácono deja el incensario y se acerca al sacerdote, inclina la cabeza, recibe de manos del sacerdote el sagrado evangelio, teniendo también con los dedos la estola, y dice:
Bendice, señor, al que va a proclamar el sagrado
Evangelio del santo apóstol y evangelista N: (Mateo,
Marcos, Lucas o Juan).
El sacerdote lo bendice, diciendo:
Por la intercesión de su santo apóstol y evangelista
N., Concédete Dios, a ti su heraldo, una palabra llena de fuerza, para
proclamar el Evangelio de su amado Hijo y Señor nuestro Jesucristo.
El
diácono dice: Amén, e inclinándose
ante el sagrado Evangelio, lo levanta. Sale por las puertas santas, precedido
de cirios, y se coloca en el ambón o en el lugar que se determine.
El sacerdote, de pie ante la sagrada Mesa y vuelto hacia el pueblo, dice en alta voz:
¡Sabiduría!
Escuchemos en pie el sagrado Evangelio. Paz a todos.
El coro: Y
a tu espíritu.
El diácono.
Lectura
del sagrado Evangelio según N: (Mateo, Marcos, Lucas
o Juan).
El coro:
¡Gloria a ti, Señor, gloria a ti!
El sacerdote: ¡Estemos atentos!
Terminado el sagrado evangelio, dice el coro: ¡Gloria a ti, Señor, gloria a ti!
El diácono se acerca a las puertas
santas, y entrega el evangelio al sacerdote. Este lo toma y dice al diácono: Paz
a ti, que has proclamado el Evangelio.
El sacerdote besa el Evangelio, y hace con él un signo de cruz sobre el pueblo; luego lo pone sobre la sagrada Mesa.
El diácono, en el lugar de costumbre, recita la súplica insistente. Los coros cantan alternativamente: Señor, ten piedad (tres veces).
Digamos todos; con toda nuestra alma y toda nuestra mente digamos: ¡Señor omnipotente, Dios de nuestros Padres! Te rogamos: escúchanos y ten piedad de nosotros. Ten piedad de nosotros, oh Dios, según tu gran misericordia, te rogamos, escúchanos y ten piedad de nosotros.
ORACION DE LA SUPLICA INSISTENTE. EN SECRETO.
Señor Dios nuestro, acepta de tus siervos esta súplica
insistente, apiádate de nosotros según tu gran misericordia, y derrama tus
bondades sobre nosotros y sobre todo tu pueblo, que de ti espera las riquezas
de tu piedad:
Te rogamos también por nuestro beatísimo Patriarca N.,
por nuestro arzobispo (u obispo) N., y por el venerable de presbíteros.
Te rogamos también por nuestros hermanos los
sacerdotes, por los diáconos, por los religiosos, por los monjes y por todos
nuestros hermanos en Cristo.
Te pedimos también misericordia, vida, paz, salud,
favor, perdón y remisión de los pecados para tus siervos que habitan en esta
ciudad (o pueblo, o monasterio).
Te rogamos también por los fundadores, siempre
recordados, de esta iglesia (o monasterio), y por todos nuestros padres y hermanos
difuntos, que piadosamente reposan en la verdadera fe, aquí y en todo lugar.
Te rogamos también por los que ofrecen frutos y hacen
buenas obras en este santo y venerable templo y en él trabajan y cantan, y por
todo el pueblo presente, que espera de ti grande y abundante misericordia.
En voz alta: ...porque
tú eres Dios de misericordia y de amor, y a ti glorificamos, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El coro:
Amén.
El diácono dice, mientras los coros responden
alternativamente:
Señor,
ten piedad.
Catecúmenos,
orad al Señor.
fieles,
roguemos por los catecúmenos,
para
que el señor se apiade de ellos,
los
instruya en la palabra de la verdad,
les
revele el Evangelio de la justicia,
los
una a su santa Iglesia católica y apostólica.
Sálvanos,
ten piedad de ellos, ayúdalos, oh Dios, y protégelos con tu gracia.
Catecúmenos,
inclinad la cabeza ante el Señor.
El coro:
Ante ti, Señor
ORACION POR
LOS CATECÚMENOS. EN SECRETO.
La dice el sacerdote antes de desdoblar el corporal.
¡Señor Dios nuestro, que habitas en lo alto, pero
pones tus ojos en lo humilde!. Tú que enviaste como salvación del género humano
a tu Hijo unigénito, nuestro Dios y Señor Jesucristo, mira a tus siervos los
catecúmenos que inclinan la cabeza ante ti: admítelos a su tiempo al baño del
segundo nacimiento, remisión de los pecados y vestidura incorrptible, únelos a
tu santa Iglesia católica y apostólica, agrégalos a tu rebaño escogido:
En voz alta:
Para
que ellos también, con nosotros, glorifiquen tu Nombre, digno de todo honor y
grandeza, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los
siglos.
El coro: Amén.
El sacerdote desdobla el corporal.
El diácono:
Catecúmenos
todos, salid. Catecúmenos, salid. Catecúmenos todos, salid. No quede ningún
catecúmeno.
Fieles
todos, roguemos de nuevo en paz al Señor.
El coro:
Señor, ten piedad.
Ayúdanos,
sálvanos, ten piedad de nosotros, oh Dios, y protégenos con tu gracia.
El coro:
Señor, ten piedad. ¡Sabiduría!
La dice en secreto el sacerdote después de
desdoblar el corporal.
Te damos gracias, Señor Dios de los ejércitos, porque permites que nos presentemos un vez más ante tu santo altar y nos postremos para implorar tu misericordia sobre nuestros pecados y sobre las faltas del pueblo. Acoge, oh Dios, nuestro ruego: haz que seamos dignos de ofrecerte oraciones, súplicas y sacrificios incruentos a favor de tu pueblo todo; y, ya que nos has destinado a este tu servicio, concédenos, que, por la fuerza de tu Santo Espíritu, seamos capaces de invocarte en todo tiempo y en todo lugar, sin merecer tu reproche ni incurrir en falta, con el testimonio de una conciencia pura, de modo que tú nos escuches, y, por tu inmensa bondad, nos seas propicio:
En voz alta:
Porque, tú mereces toda gloria, honor y adoración,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El
coro: Amén.
El diácono: Roguemos de nuevo en paz al Señor.
El
coro: Señor, ten piedad. Ayúdanos,
sálvanos, ten piedad de nosotros, oh Dios, y protégenos con tu gracia.
El
coro: Señor, ten piedad. ¡Sabiduría!
SEGUNDA ORACION DE LOS FIELES. EN SECRETO.
Una y otra vez nos postramos ante ti y te rogamos, a
ti que eres bueno y amas al hombre: ten una mirada para nuestra súplica,
purifica nuestras almas y cuerpos de toda mancha de la carne y del espíritu, y
haz que podamos presentarnos, sin incurrir en culpa ni merecer castigo, ante tu
santo altar. Y a los que oran con nosotros, concédeles también, oh Dios, la
gracia de que, al avanzar en la vida, adelanten en la fe y en el conocimiento
espiritual. Otórgales que en todo tiempo te den culto con reverencia y amor,
que participen de tus santos misterios sin incurrir en culpa ni merecer
castigo, y que se hagan dignos de tu Reino celeste:
En voz alta:
De modo que, protegidos siempre por tu poder, a ti
glorifiquemos, Padre, Hijo y Espíritu Santo ahora y siempre por los siglos de
los siglos.
El coro:
Amén.
El diácono entra en el santuario por la puerta sur, y se abren las Puertas Santas.
El primer coro entona el Himno Querúbico, con
melodía lenta y adornada:
Nosotros, símbolo y figura de los Querubines, que
cantamos el triple santo a la Trinidad, fuente de vida, despojémonos de todo
afán temporal:
Mientras se canta el Himno Querúbico, dice el
sacerdote en secreto esta Oración:
ORACIÓN DEL HIMNO QUERÚBICO.
Nadie que esté ligado por los deseos y placeres de la carne es digno de presentarse ni de acercarse a ti, ni de oficiar ante ti, oh Rey de la gloria, poque a los mismos ejércitos celestes impone y amedrenta el servirte. Sin embargo, por tu inefable e inmenso amor hacia nosotros, te hiciste hombre e inmenso amor hacia nosotros, te hiciste hombre sin sufrir cambio alguno, fuiste constituido Sumo Sacerdote nuestro y, como Soberano del universo, nos confiaste la acción sagrada de esta liturgia y sacrificio incruento. Porque tú solo, Señor Dios nuestro, eres dueño del cielo y de la tierra, tú que eres llevado en un tro de Querubines, tú, el Señor de los Serafines y Rey de Israel, el único santo y que en lo santos encuentras tu reposo. A ti, pues, el único bueno y propicio, te suplico: pon tus ojos en mí, tu siervo pecador e inútil; purifica mi alma y mi corazón de toda intención mala y, ya que estoy revestido de la gracia del sacerdocio, hazme capaz, con la fuerza de tu Santo Espíritu, de presentarme ante esta tu sagrada Mesa, y de consagrar tu santo y puro Cuerpo y tu preciosa Sangre. A ti acerco, inclinando mi frente, y te suplico: no me vuelvas al rostro ni me excluyas del número de tus servidores, ante permite que yo, tu siervo, aunque pecador e indigno, te ofrezca estos dones: porque tú eres el Oferente y la Ofrenda, Cristo Dios nuestro, el que la acepta y el que se distribuye, y a ti glorificamos, con tu eterno Padre y tu Santo Espíritu todo bondad y vida, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Mientras se canto el himno querúbico, el diácono toma
el incensario, impone incienso, hace con él un signo de cruz y se acerca al
sacerdote. Recibida de él la bendición, inciensa la sagrada Mesa todo
alrededor, el altar, el sacerdote, y por último los íconos y todo el pueblo.
Entretanto recita el salmo 50 y los troparios de compunción que desee. Cuando
vuelve al santuario, deja el incensario.
El sacerdote y el diácono, de pie ante la sagrada
Mesa, dicen el Himno querúbico.
El sacerdote:
NOSOTROS, SÍMBOLO Y FIGURA DE LOS QUERUBINES, QUE
CANTAMOS EL TRIPLE SANTO A LA TRINIDAD FUENTE DE VIDA, DESPOJÉMONOS DE TODO
AFÁN TEMPORAL.
El diácono: ...pues vamos a recibir al Rey del universo, invisiblemente escoltado
por legiones de ángeles. Aleluya, aleluya, aleluya.
Besan la sagrada Mesa, se hacen una reverencia, se
vuelven hacia el pueblo, lo saludan inclinando la cabeza, y yendo delante el
diácono, se dirigen a la mesa de la Preparación. El diácono inciensa los santos
dones, diciendo tres veces para sí: Oh Dios, perdóname a mí, pecador, y ten
piedad de mí.
Luego
dice al sacerdote: Bendice, señor.
El sacerdote levanta el velo y lo coloca
sobre los hombros del diácono, diciendo: TENDED
LAS MANOS HACIA LO SANTO, Y BENDECID AL SEÑOR.
El sacerdote toma la Patena cubierta, y la coloca sobre la cabeza del diácono con toda atención y respeto; el diácono sostiene al mismo tiempo con un dedo el incensario.
El sacerdote toma el Cáliz en sus propias manos. Así salen por la puerta norte, precedidos de cirios, dan la vuelta al templo, haciendo la Gran Entrada y diciendo.
Que el Señor Dios se acuerde de todos vosotros en su
Reino, en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El
coro: Amén.
Y el coro termina el Himno Querúbico:
...pues vamos a recibir al Rey del universo,
invisiblemente escoltado por legiones de ángeles.. Cuando el Aleluya, aleluya,
aleluya.
El diácono entra por las puertas santas, y se coloca
a la derecha sacerdote está para
entrar, el diácono le dice:
Que el Señor Dios se acuerde de ti, sacerdote, en su
reino, en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Y el sacerdote le responde:
Que el Señor Dios se acuerde de ti, diácono, en su
reino, en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El
sacerdote pone el Cáliz sobre la sagrada Mesa; toma la Patena de la cabeza del
diácono, y la coloca también sobre la sagrada Mesa, a la derecha.
Se
cierran de nuevo las Puertas santas y se corre la cortina.
El
sacerdote quita las coberturas de la Patena y del Cáliz y las pone a un lado
sobre la sagrada Mesa. Toma después el velo de los hombros del diácono, lo
inciensa y cubre con él los santos dones, diciendo:
EL NOBLE JOSE
Bajo del madero tu
inmaculado Cuerpo.
lo envolvió con aromas en un
lienzo limpio,
y de dio sepultura,
deponiéndolo en un sepulcro
nuevo.
Toma el incensario de manos del diácono e inciensa tres veces los santos dones, diciendo: Entonces ofrecerán terneros sobre tu altar (tres veces).
Entregando el incensario, deja caer la pénula e inclina la cabeza, mientras dice al diácono: ACUERDATE DE MÍ, HERMANO Y CON-CELEBRANTE.
El
diácono le responde: Que el Señor Dios
se acuerde de ti, sacerdote, en su reino.
El sacerdote añade: Ora por mí,
con-celebrante mío.
El
diácono: El Espíritu Santo descienda sobre ti, y la
fuerza del Altísimo te cubra con su sombra.
El sacerdote: Ese mismo Espíritu nos asista en nuestro servicio todos los días de
nuestra vida.
Y el diácono, inclinando también él la cabeza, y teniendo al mismo tiempo la estola con tres dedos de la mano derecha, dice al sacerdote:
Acuérdate de mí,
señor santo.
El sacerdote: Que el Señor Dios se acuerde de ti en su reino, en todo tiempo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos.
El
diácono responde: Amén, besa la
diestra del sacerdote y sale. Estando en el lugar de costumbre, dice: Completemos nuestra oración al Señor.
Los
coros, alternativamente: Señor, ten piedad.
Por los preciosos dones aquí presentados, roguemos al
Señor.
Por este santo templo y por los que a él vienen con
fe, piedad y temor de Dios, roguemos al Señor.
Para vernos libres de toda desgracia, castigo,
peligroso y angustia, roguemos al Señor.
ORACION DE LA OFRENDA.
El sacerdote la dice en secreto tras haber puesto los divinos dones sobre la sagrada Mesa.
¡Señor Dios omnipotente, único santo!. Tú que aceptas
el sacrificio de alabanza de los que te invocan de todo corazón, acepta también
de nosotros, pecadores, esta súplica: acércanos a tu santo altar, haz que
seamos capaces de ofrecerte dones y sacrificios espirituales por nuestros
pecados y por las faltas del pueblo, júzganos dignos de encontrar favor en tu
presencia, para que nuestro sacrificio te sea agradable y el Espíritu bueno de
tu gracia descienda a habitar en nosotros, en estos dones aquí presentes y en
todo tu pueblo: Ayúdanos, sálvanos, ten piedad de nosotros, oh Dios, y
protégenos con tu gracia.
El
coro: Señor, ten piedad.
Pidámos al Señor que todo este día sea perfecto, santo, tranquilo y sin pecado.
Los
coros, alternativamente: Concédelo,
Señor.
Pidamos al Señor un ángel de paz, guía fiel, guardián
de nuestras almas y de nuestros cuerpos.
Pidamos al Señor indulgencia y perdón para nuestros
pecados y culpas.
Pidamos al Señor lo que es bueno y útil para nuestras
almas y la paz para el mundo.
Pidamos al Señor pasar en paz y convertirlos de
corazón el tiempo que nos queda por vivir.
Pidamos al Señor un final cristiano de nuestra vida,
tranquilo, sin dolor ni sonrojo, y una defensa válida ante el temible tribunal
de Cristo.
Haciendo memoria de nuestra santísima Señora, la inmaculada, bendita y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, y de todos los santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros y nuestra vida entera a Cristo Dios.
El
coro: A ti, Señor.
En voz alta: ...por la misericordia de tu Hijo unigénito, con el cual eres bendito, juntamente con tu santo
Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El
coro: Amén.
El
sacerdote: Paz a todos.
El
coro: Y a tu espíritu.
El diácono: Amémonos los unos a los otros, para profesar unánimes nuestra fe...
El
coro:...en el Padre y en el Hijo y en el
Espíritu Santo, Trinidad consustancial e indivisible.
El sacerdote se inclina tres veces, diciendo en secreto:
Te amaré, Señor, fuerza mía: el Señor es mi firmeza,
mi refugio y mi liberador.
Besa los santos dones, cubiertos como están; primero, la Patena y luego el Cáliz; por último, besa la sagrada Mesa ante si mismo (I).
El
diácono, en el lugar en que está, se inclina al mismo tiempo que el sacerdote,
y besa la cruz que hay en su estola (2). Luego dice:
¡Las puertas, las puertas! Con sabiduría. ¡Estemos atentos!
Se descorre la cortina.
El sacerdote tiene levantado el velo desplegado, y lo agita sobre los dones.
El
pueblo o, si es costumbre, el presidente:
Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible.
(1) Si celebran dos o más sacerdotes, cada uno
besa los santos dones y luego a los otros en el hombro. El presidente dice al
besar a cada uno:
Cristo está entre nosotros.
Y se le responde: Está y estará.
(2) Si celebran varios diáconos, después de besar cada uno la cruz de su estola, se besan en el hombro, como los sacerdotes, diciendo lo mismo.
Y en un solo Señor, Jesucristo, el Hijo unigénito de
Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos.
Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho.
Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo y María, la Virgen, y se
hizo hombre.
Y fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, y
padeció, y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras.
Y subió al cielo, y está sentado a la derecha del
Padre, y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino
no tendrá fin.
Y el Espíritu, santo, señor, dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es justamente adorado y glorificado, que habló por los profetas.
Y en una sola Iglesia, santa, católica y apostólica.
Reconozco un solo bautismo para el perdón de los
pecados.
Espero la resurrección de los muertos y la vida en el
mundo venidero. Amén.
El diácono: ¡Con orden y reverencia estemos atentos, para ofrecer en paz la santa
oblación!
El
coro: Misericordia de paz, sacrificio de
alabanza.
El diácono hace una reverencia y entra en el santuario por la puerta sur.
El sacerdote aparta el velo de los santos dones y lo pone a un lado. Después se vuelve hacia el pueblo y dice en alta voz:
La gracia de nuestro Señor
Jesucristo, y el amor de Dios Padre, y la comunión en el Espíritu Santo sean
con vosotros + todos.
El coro: Vuelto está hacia el Señor.
El sacerdote se vuelve hacia
el oriente: ¡Demos gracias al Señor!
El coro:
Justo es y debido adorar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad
consustancial e indivisible.
Mientras el diácono agita con respeto el flabelo sobre los santos Dones, el
sacerdote ora en secreto:
Justo es y
debido cantarte, bendecirte, alabarte, darte gracias y adorarte en todo lugar
de tu imperio. Porque tú eres Dios, el que está por encima de todo nombre y más
allá de todo entendimiento, el invisible y fuera de todo alcance, que existes
eterno e inmutable con tu Hijo Unigénito y tu Espíritu Santo. Tú nos sacaste de
la nada al ser; tras la caída, de nuevo
nos alzaste, y nada has dejado de poner por obra, hasta llevarnos al cielo y
darnos tu reino venidero. Por todo esto te damos gracias, a ti, y a tu Hijo
unigénito y a tu Espíritu Santo, por todos los beneficios, conocidos de
nosotros o ignorados, manifiestos u ocultos, realizados a favor nuestro. Te
damos también gracias por esta liturgia que te dignas aceptar de nuestras
manos, aunque tienes ante millares de arcángeles sin número, los Querubines y
los Serafines de seis alas y múltiples ojos, que se ciernen, alados,
En voz alta:
Y
cantando el himno de victoria, gritan y te aclaman diciendo:
Aquí el diácono levanta
la estrella de la sagrada Patena haciendo con ella un signo de cruz, la besa y
la pone a un lado.
El coro:
¡Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos!. Llenos están el cielo y la
tierra de tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito sea el que viene en nombre
del Señor. Hosanna en las alturas.
El sacerdote ora en
secreto:
Con estos
ejércitos bienaventurados, Señor que amas al hombre, nosotros también te
aclamamos: ¡Santo eres, santísimo, tú con tu Hijo unigénito y tu Espíritu
Santo! ¡Santo eres, santísimo, y magnífica es tu gloria!. Tú que has amado este
mundo tuyo hasta darle tu Hijo unigénito, para que ninguno parezca de los que
creen en él, sino que tengan vida eterna. Y él , consumando con su venida todo
el plan de nuestra salud, en la noche en que iba a ser entregado, o más bien,
en que él mismo iba a intregarse por la vida del mundo, tomó un pan en sus
santas manos, puras e inmaculadas, dio gracias, pronunció la bendición +, lo
consagró, lo partió y lo dio a sus santos discípulos y apóstoles, diciendo:
El sacerdote
inclina la cabeza, levanta con respeto la diestra, y dice en voz alta, mientras
el diácono le señala la Patena teniendo la estola con tres dedos de la mano
derecha:
Tomad, comed,
éste es mi Cuerpo, que por vosotros se parte en remisión de los pecados.
El coro:
Amén.
El sacerdote hace un
signo de cruz sobre el Cáliz, diciendo en secreto:
Del mismo modo el
Cáliz, terminada la cena, diciendo:
Inclina la cabeza, y
teniendo levantada la diestra con respeto, dice en voz alta, mientras el
diácono le señala el Cáliz teniendo la estola con tres dedos de la mano
derecha:
Bebed todos de
él, ésta es mi Sangre, la de la Nueva Alianza, que se derrama por vosotros y
por muchos en remisión de los pecados.
El coro:
Amén.
El sacerdote ora en
secreto:
Haciendo,
pues, memoria de este mandato del Salvador y de cuanto acaeció por nosotros: de
la Cruz, de la Sepultura, de la Resurrección al tercer día, de la Ascensión a
los cielos, del Trono a tu derecha, del segundo y glorioso Advenimiento futuro,
En voz alta:
Te ofrecemos
lo que es tuyo, de lo que es tuyo, en todo y por todo.
El coro: Te
alabamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor, y te rogamos, oh Dios
nuestro.
El sacerdote ora en
secreto:
Te ofrecemos
también este culto espiritual e incruento, y te pedimos, te rogamos y te
suplicamos: envía tu Santo Espíritu sobro nosotros y sobre estos dones aquí
presentes.
El diácono dela el flabelo, se acerca al sacerdote y
ambos hacen tres reverencias ante la sagrada Mesa (I).
Luego el diácono inclina la cabeza y señalando con
la estola el sagrado Pan, dice en voz baja:
Bendice,
señor, el sagrado Pan.
En algunos lugares, se
intercala aquí el tropario de Tercia: Señor,
que a la hora tervia enviaste a tus Apóstoles tu Espíritu Santo, no nos prives,
por tu bondad, de este Espíritu, sino renuévalo en nosotros que te rogamos.
El diácono:
Oh Dios, crea
en mí un corazón puro, y renueva en mis entrañas un espíritu recto.
El sacerdote:
Señor, que a la hora tercia...
El diácono:
No me arrojes
lejos de tu rostro, y no retires de mí tu Santo Espíritu.
El sacerdote: Señor, que a la hora tercia...
El sacerdote
se incorpora y hace un signo de cruz sobre el sagrado Pan, diciendo: ... haz
de este Pan el Cuerpo precioso de tu Cristo,
El diácono: Amén.
El diácono
señala con la estola el sagrado Cáliz, y dice: Bendice, señor, el sagrado
Cáliz.
El sacerdote bendice diciendo:
... y de lo
que está en este Cáliz, la Sangre preciosa de tu Cristo,
El diácono: Amén.
Y el diácono señala con la estola ambos Dones, diciendo:
Bendice,
señor, ambos Dones.
El sacerdote bendice ambos Dones diciendo:
. . .
transformándolos con la virtud de tu santo Espíritu,
El diácono: Amén, amén, amén.
El diácono le hace una inclinación de cabeza al sacerdote, diciendo:
Señor santo,
acuérdate de mí, pecador, y se coloca donde estaba antes, toma el flabelo y lo
agita sobre los santos Dones, como anteriormente.
El sacerdote ora en secreto:
. . . de modo
que sirvan a los que de ellos participaren, para la limpieza del alma, para la
remisión de los pecados, para la comunión en tu santo Espíritu, para la
plenitud del reino de los cielos, para la confianza filial ante ti, y no para
reprobación o para castigo.
Te ofrecemos
también este culto espiritual por todos los que descansaron en la fe, por los
Progenitores, Padres, Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Predicadores,
Evangelistas, Mártires, Confesores, Ascetas, y por toda alma justa perfecta en
la fe.
Toma el incensario e inciensa tres veces ante la sagrada Mesa, diciendo en
alta voz: . . . especialmente por nuestra santísima
Señora, la inmaculada, bendita y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María.
Entrega el incensario al diácono; éste inciensa la sagrada Mesa en
derredor, y hace memoria de los difuntos que quiera.
El coro:
Justo es en
verdad, llamarte bienaventurada,
a ti que a
Dios diste a luz,
a ti, siempre
dichosa e inmaculada,
Madre de
nuestro Dios.
A ti, más
excelsa que los Querubines,
y sin comparación
más gloriosa que los Serafines,
a ti que sin
perder la integridad diste a luz a Dios Verbo,
a ti,
verdadera Madre de Dios, te ensalzamos.
En las fiestas
del Señor o la Virgen y en los días
sucesivos
hasta la clausura de la fiesta, se canta el Himnos
propios del
nuevo cántico.
El sacerdote ora en
secreto:
. . . por san
Juan Bautista, profeta y precursor, por los santos, gloriosos e ilustres
apóstoles, por san N., cuya memoria celebramos y por todos tus santos: por su
intercesión, visítanos, oh Dios, y acuérdate de todos los que durmieron en la
esperanza de resucitar para la vida eterna.
Aquí el sacerdote hace memoria de los difuntos que desee.
Dales el
reposo, allá donde se cierne la luz de tu rostro.
Te pedimos
también: acuérdate, Señor, de todo episcopado ortodoxo que reparte fielmente la
Palabra de tu verdad, de todo colegio de
presbíteros, de los diáconos que sirven en el Señor, y de todo orden
sagrado.
Te ofrecemos
también este culto espiritual por el mundo entero, por la santa Iglesia católica
y apostólica, por los que viven en venerable profesión de castidad, por
nuestros gobernantes y autoridades.
Dales, Señor, un gobierno pacífico, para que, gozando de esta calma, llevemos
también nosotros una vida tranquila y apacible, piadosa y digna en todo.
En voz alta:
Primeramente
acuérdate, Señor, de nuestro beatísimo Patriarca Víctor Iván Busá, de nuestro Venerable Metropolitano y Vicario
Patriarcal. Athanasios I, Luiz Antonio y de nuestros Obispos (Nombres). Concede a tus Iglesias que gocen de paz, de seguridad de honor, de
salud y de largos días, y que repartan fielmente la Palabra de tu verdad.
El diácono estando cerca de la puerta, hace memoria de los vivos; luego
dice en voz alta:
Y el piadoso sacerdote
N., que ofrece estos santos Dones, de la conservación y el auxilio del pueblo
circunstante, de los que cada uno tiene en su mente, y de todos y de todas.
El coro: Y de
todos y de todas.
El sacerdote ora en
secreto:
Acuérdate,
Señor, de la ciudad (o de la comarca, o del monasterio)
en que vivimos, de toda ciudad y comarca y de los fieles que en ellas habitan.
Acuérdate,
Señor, de los que viajan por aire, tierra y mar y protégelos, de los enfermos y
sánalos, de los oprimidos y cautivos y dales la libertad.
Acuérdate,
Señor, de los que en tus santas Iglesias ofrecen frutos, hacen buenas obras y
se acuerdan de los pobres y envía tus misericordias sobre todos nosotros.
En voz alta:
Y concédenos que con
una sola voz y un solo corazón glorifiquemos y alabemos tu Nombre, digno de
todo honor y grandeza, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los
siglos de los siglos.
El coro:
Amén.
Vuelto hacia el pueblo
y bendiciéndolo, dice en voz alta:
Y que las
misericordias del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo sean con vosotros +
todos.
El coro: Y
con tu espíritu.
El diácono, obtenida venia del sacerdote, sale, se coloca en el lugar
acostumbrado, y dice:
Hecha memoria
de todos los santos, una vez más roguemos en paz al Señor.
Los coros, alternativamente: Señor, ten piedad.
Por los
preciosos dones ofrecidos y consagrados, roguemos al Señor.
Los coros, alternativamente: Señor, ten piedad.
Por los
preciosos dones ofrecidos y consagrados, roguemos al Señor.
Roguemos para que
nuestro Dios, que ama al hombre, y que ha recibido estos dones en su santo e
inmaterial altar celeste como perfume de fragancia espiritual, nos envíe en
cambio su divina gracia y el Don del Espíritu Santo.
Para vernos
libres de toda desgracia, castigo, peligro y angustia, roguemos al Señor.
El sacerdote ora en
secreto:
A ti encomendamos
nuestra vida entera y nuestra esperanza, Señor que amas al hombre, y te
pedimos, te rogamos y te suplicamos: haz que podamos participar con pura
conciencia de tus celestes y
sobrecogedores misterios, de esta mesa sagrada y espiritual, para la remisión
de los pecados, para el perdón de las faltas, para la comunión en el Espíritu
Santo, para la herencia del reino de los cielos, para la confianza filial ante
ti, y no para reprobación o para castigo.
El diácono: Ayúdanos, sálvanos, ten
piedad de nosotros, oh Dios, y protégenos con tu gracia.
El coro:
Señor, ten piedad.
Pidamos al Señor que
todo este día sea perfecto, santo, tranquilo y sin pecado.
Los coros alternativamente: Concédelos, Señor.
Pidamos al
Señor un ángel de paz, guía fiel, guardián de nuestras almas y de nuestros
cuerpos.
Pidamos al
Señor indulgencia y perdón para nuestros pecados y culpas.
Pidamos al
Señor lo que es bueno y útil para nuestras almas, y la paz para el mundo.
Pidamos al
Señor pasar en paz y convertirlos de corazón el tiempo que nos queda para
vivir.
Pidamos al
Señor un final cristiano de nuestra vida, tranquilo, sin dolor ni sonrojo, y
una defensa válida ante el temible tribunal de Cristo.
Pidamos la unidad en
la fe y la comunión en el Espíritu Santo, y encomendémonos a nosotros mismos, y
los unos a los otros y nuestra vida entera a Cristo Dios.
El coro: A
ti, Señor.
El sacerdote, en alta
voz:
Y concédenos, Señor,
que, con filial confianza y sin merecer castigo, podamos atrevernos a llamarte
Padre, a ti Dios del cielo, y a decirte:
El pueblo, o, si es
costumbre, el presidente:
Padre nuestro
que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino,
hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada
día dánosle hoy (I), perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
El sacerdote, en voz
alta:
Porque tuyos
son la majestad y el poder y la gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos.
El coro: Amén.
El sacerdote: Paz a todos.
El coro: Y a
tu espíritu.
El diácono: Inclinad la cabeza ante el
Señor.
El coro: Ante
ti, Señor.
El sacerdote ora en
secreto:
Te damos gracias, oh
Rey invisible, que con tu poder sin medida todo lo creaste y por tu
misericordia sin límite sacaste el universo de la nada al ser. Tú dueño, pon
tus ojos desde el cielo sobre los que inclinan su cabeza ante ti, porque no la
inclinan ante la carne y la sangre, sino ante ti, Dios temible. En cambio,
Señor, allánanos tú a todos, para el
bien, el camino presente, según la necesidad peculiar de cada uno: navega con
los que van por el mar, acompaña a los que están en camino, cura a los
enfermos, oh médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos:
(I)
O, según los países: “Danos hoy
nuestro pan de cada día”.
Por la gracia y la
misericordia y el amor al hombre de tu Hijo unigénito, con el cual eres bendito
juntamente con tu santo Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los
siglos de los siglos.
El coro:
Amén.
El sacerdote ora en
secreto:
Préstanos
oídos, Señor Jesucristo Dios nuestro, desde tu santa morada y desde el trono
glorioso de tu majestad: ven y santifícanos, tú que allá en lo alto reinas con
el Padre y aquí invisiblemente estás con nosotros. Con tu mano poderosa,
dígnate distribuirnos tu puro Cuerpo y tu preciosa Sangre, y por nuestro medio,
a todo el pueblo.
El sacerdote, y
asimismo el diácono en el lugar en que se encuentra, hacen tres reverencias
diciendo en secreto:
Oh Dios,
perdóname a mí pecador, y ten piedad de mí.
Aquí el diácono se ciñe
la estola en forma de cruz.
Cuando ve que el
sacerdote extiende, sus manos y toca el sagrado Pan para hacer la Elevación,
dice en voz alta:
¡Estemos Atentos!
El sacerdote eleva el sagrado Pan, diciendo en voz
alta: Lo Santo a los santos.
El coro: Uno
solo es Santo, uno solo es Señor, Jesucristo, para gloria de Dios Padre. Amén.
Se canta el versículo de comunión propio del día o
de la fiesta.
Se corre la cortina.
El diácono entra en el
santuario por la puerta sur, se coloca a la derecha del sacerdote, que tiene en
sus manos el sagrado Pan, y dice:
Parte, señor,
el sagrado Pan.
El sacerdote lo parte
en cuatro trozos con atención y respeto, diciendo:
Se parte y se
fracciona el Cordero de Dios, el que se parte sin dividirse, el que se hace
alimento cada día y nunca se consume, santificando en cambio a los que
participan de El.
Coloca los cuatro
trozos sobre la Patena en forma de cruz, de este modo:
El sacerdote toma el trozo que está en la
parte superior, y hace con él un signo de cruz sobre el Cáliz, diciendo: Plenitud del Espíritu Santo (I).
Y lo deja caer en el
Cáliz.
El diácono:
Amén.
El diácono toma el agua
hirviente y dice al sacerdote:
Bendice,
señor, el agua hirviente.
El sacerdote la
bendice, diciendo:
Bendito sea el
fervor de tus santos en todo tiempo, ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.
El diácono vierte en el Cáliz, en forma
de cruz, un poco de agua hirviente, diciendo: Fervor de fe, lleno de Espíritu
Santo.
Deja el agua hirviente
y se queda a poca distancia.
(I)
O “Plenitud de fe en el
Espíritu Santo”.
El sacerdote inclina
profundamente la cabeza y ora diciendo:
Creo, Señor, y
confieso que tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que vino al mundo para
salvar a los pecadores, de los que yo soy el
primero.
Creo también
que éste es tu Cuerpo inmaculado y ésta tu preciosa Sangre. Por eso te ruego:
ten piedad de mí y perdona mis culpas, las de malicia y las de fragilidad, las
de palabra y las de obra, cometidas a conciencia o por descuido. Y hazme capaz
de participar, sin merecer castigo, de tus inmaculados misterios, que me sirvan
para el perdón de mis pecados y para la vida eterna.
Y añade:
A tomar parte
en tu Cena sacramental invítame hoy, Hijo de Dios:
No revelaré a
tus enemigos el misterio,
No te daré el
beso de Judas;
Antes como el
ladrón, te reconozco y te suplico:
¡Acuérdate de
mí, Señor, en tu reino!
Si lo desea, añade:
No soy digno,
Señor, de que entres bajo el techo sórdido de mi alma; mas tú que aceptaste ser
acostado en una cueva y en un pesebre de animales, y visitar la casa de Simón
el leproso, donde todavía acogiste a la pecadora que se acercó, tan semejante a
mí, dígnate entrar también en el pesebre de mi alma insensata y en el cuerpo
manchado de este muerto y leproso; y así como no te repugnaron los labios
impuros de la cortesana cuando besaba tus pies inmaculados, no sientas tampoco
repugnancia, Soberano Dios mío, de mí pecador, antes, por tu bondad y tu amor
al hombre, admíteme a participar de tu santísimo Cuerpo y Sangre.
Dios nuestro,
absuelve, remite y perdona mis culpas, todo lo que he pecado contra ti, todo lo
cometido a conciencia o por descuido, de palabra o de obra. Perdónamelo todo,
tú que eres bueno y que amas al hombre. Por la intercesión de tu inmaculada
Madre siempre Virgen, hazme capaz de recibir, sin merecer castigo, tu precioso
y puro Cuerpo, para medicina de cuerpo y alma: porque tuyos son la majestad y
el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
Por último, dice:
Que la
recepción de tus santos misterios, Señor, no se me convierta en reprobación o
en castigo, sino en medicina de alma y cuerpo.
Luego toma un trozo del
sagrado Pan, diciendo:
El sagrado y
precioso Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador nuestro, se me da
a mí N., sacerdote, para el perdón de mis pecados y para la vida eterna.
Y enseguida consume el
sagrado Pan, con respeto y cuidado. Luego dice:
Acércate,
diácono.
El diácono se acerca,
hace con respeto una reverencia pidiendo venia, y dice:
Dame, señor,
el sagrado y precioso Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador
nuestro, para el perdón de mis pecados y para la vida eterna.
El sacerdote toma el
sagrado Pan y lo pone en la palma del diácono, diciendo:
El sagrado y
precioso Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador nuestro, se te da
a ti, N., diácono, para el perdón de tus pecados y para la vida eterna.
El diácono besa la mano
que le ha dado el Pan y se retira detrás de la sagrada Mesa, inclina la cabeza
y consume el trozo que tiene en la palma de la mano.
El sacerdote toma el
Cáliz con el purificador y dice:
La sagrada y
preciosa Sangre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador nuestro, se me da
a mí N., sacerdote, para el perdón de mis pecados y para la vida eterna.
Bebe tres veces del
sagrado Cáliz; con el purificador enjuga sus labios y el Cáliz, y lo besa
diciendo:
Ha tocado mis
labios, y va a borrar mis culpas y a limpiar mis pecados.
Luego llama al diácono, diciendo: Acércate de nuevo, diácono.
El diácono viene a la
parte anterior de la sagrada mesa, con la esponja se purifica cuidadosamente la
palma de la mano sobre la Patena, diciendo al mismo tiempo:
De nuevo me
acerco al Rey inmortal. Dame, señor, la sagrada y preciosa Sangre de nuestro
Señor Jesucristo, Dios y Salvador nuestro, para el perdón de mis pecados y para
la vida eterna.
El sacerdote le hace
sumir tres veces el Cáliz, diciendo:
La sagrada y preciosa
Sangre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador nuestro, se te da a ti, N.,
diácono, para el perdón de tus pecados y para la vida eterna.
Cuando el diácono ha
comulgado, dice el sacerdote:
Ha tocado tus
labios, y va a borrar tus culpas y a limpiar tus pecados.
El diácono toma la Patena y la purifica con la
esponja sobre el Cáliz. Luego, con
atención y respeto cubre el Cáliz con su cobertura: la estrella y los velos los
pone sobre la Patena.
Si la comunión no se distribuye con la cucharita,
sino con la mano, no purifica la Patena, sino que deja el sagrado Pan y las
partículas sobre la Patena, sin cubrirla. Después de la comunión de los fieles
echa en el Cáliz las partículas que hayan sobrado.
Se abren las puertas
del santuario.
El diácono hace una reverencia y toma con respeto el
Cáliz, sale a la puerta, lo levanta para mostrarlo al pueblo, y dice:
Acercaos con
fe, caridad y temor de Dios.
El
coro: Amén, amén. Bendito sea el que
viene en nombre del Señor. El Señor es Dios y se nos ha manifestado.
Los fieles se acercan
para comulgar. El sacerdote, al dar la comunión, dice a cada uno:
N., siervo ( o sierva) de Dios, recibe el sagrado Cuerpo y la
preciosa Sangre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador nuestro, para el
perdón de sus pecados y para la vida eterna.
Mientras comulgan los
fieles, los coros cantan una o varias veces, según el número de comulgantes,
con melodía breve:
A tomar parte
de tu Cena sacramental
Invítame hoy,
Hijo de Dios:
No revelaré a
tus enemigos el misterio,
no te daré el
beso de Judas;
Antes como el
ladrón te reconozco y te suplico:
¡Acuérdate de
mí, Señor, en tu reino!
Después de la sagrada comunión, el
sacerdote bendice al pueblo, diciendo en alta voz: Salva, oh Dios, a tu pueblo, y bendice tu heredad.
El coro:
Hemos visto la
verdadera Luz,
hemos recibido
el Espíritu celestial,
hemos
encontrado la verdadera fe,
adorando a la
Trinidad indivisible:
porque Ella no
ha salvado.
En las fiestas
del Señor, se canta el tropario de la fiesta.
El sacerdote y el
diácono vuelven a la sagrada Mesa, y el sacerdote inciensa tres veces, diciendo
para sí:
¡Elévate sobre
los cielos, oh Dios! ¡Tu gloria, sobre la tierra!
El sacerdote pone la
Patena sobre la cabeza del diácono.
Este la toma con
respeto, se asoma a la puerta sin decir nada y va a la mesa de la preparación,
donde deja. El sacerdote hace una reverencia, toma el Cáliz, se vuelve hacia la
puerta, mira al pueblo, diciendo en voz baja:
Bendito sea
nuestro Dios.
Y en alta voz:
En todo
tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Y deja el Cáliz sobre
la mesa de la preparación.
El coro:
Amén.
Y, si es costumbre:
Llénese
nuestra boca de tu alabanza, Señor,
para cantar tu
gloria,
porque nos ha
admitido a participar
de tus santos
misterios, perennes y sin mancha.
Consérvanos en
tu santidad,
todo el día
meditando tu justicia.
Aleluya,
aleluya, aleluya.
El diácono sale, y
desde el lugar de costumbre dice:
¡En pie! Ya
que hemos recibido los divinos, santos, inmaculados, perennes, celestiales,
vivificantes y sobrecogedores misterios de Cristo, demos gracias, como es
justo, al Señor.
El coro:
Señor, ten piedad.
Ayúdanos, sálvanos,
ten piedad de nosotros, oh Dios, y protégenos con tu gracia.
El coro:
Señor, ten piedad.
Pídanos que este día
sea perfecto, santo, tranquilo y sin pecado, y encomendémonos a nosotros
mismos, y los unos a los otros y nuestra vida entera a Cristo Dios.
El coro: A
ti, Señor.
El sacerdote recita en
secreto la oración de acción de gracias:
Te damos
gracias, Señor que amas al hombre.
Bienhechor de
nuestras almas, por habernos admitido de nuevo en este día a participar de tus
celestiales y perennes misterios. Endereza nuestro camino, afiánzanos en tu
temor, vela por nuestra vida, afirma nuestros pasos, por las oraciones y la
intercesión de la gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María y de todos tus
santos.
En voz alta:
Porque tú eres
nuestra santidad, y a ti glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y
siempre por los siglos de los Siglos.
El coro:
Amén.
El sacerdote:
Salgamos en paz.
El coro: En
nombre del Señor.
El diácono:
Roguemos al Señor.
El coro:
Señor, ten piedad.
Oración que dice el
sacerdote en alta voz fuera del santuario, detrás del ambón:
Señor que
bendices a los que te bendicen y santificas a los que ponen su esperanza en ti,
salva a tu pueblo y bendice tu heredad; vela por la plenitud de tu Iglesia,
santifica a los que aman el esplendor de tu morada; exáltalos tú con tu divino
poder, y no nos abandones a nosotros, que ponemos en ti nuestra esperanza.
Concede la paz a este mundo tuyo, a tus Iglesias, a los sacerdotes, a nuestros
gobernantes y a todo tu pueblo; yq que todo beneficio y todo don perfecto
procede de lo alto, pues desciende de ti, oh Padre de las luces, y a ti
glorificamos, damos gracias y adoramos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos.
El coro: Amén.
Bendito sea el nombre del Señor desde ahora y por siempre (tres veces).
Terminada la
oración, el sacerdote entra por las puertas santas e, inclinado hacia la mesa
de la preparación, dice esta oración:
Oración que se
dice en secreto antes de que el diácono purifique los vasos sagrados:
Tú que eres la
plenitud de la Ley y de los Profetas, Cristo Dios nuestro, Tú, que cumpliste todo el plan salvador del
Padre, colma nuestros corazones de alegría y de gozo en todo tiempo, ahora y
siempre por los siglos de los siglos. Amén.
El diácono entra
también, por la puerta norte, y de pie ante la puerta, dice en alta voz:
Roguemos al
Señor.
El coro:
Señor, ten piedad.
El sacerdote bendice al
pueblo, diciendo:
La
bendición del Señor y su misericordia desciendan + sobre vosotros, en todo
tiempo, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
El coro: Amén.
El sacerdote: Gloria a ti, Cristo Dios, esperanza
nuestra, gloria a ti.
El pueblo o el lector:
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén. Señor, ten piedad (tres veces). Bendice, señor santo.
El sacerdote se vuelve hacia
el pueblo y dice la despedida:
Cristo, verdadero Dios nuestro ( si es domingo, se añade: que ha resucitado de
entre los muertos) por la intercesión de
su Madre inmaculada ( aquí se intercala la frase propia del día), de nuestro Padre San Juan Crisóstomo,
arzobispo de Constantinopla, de san N. ( el patrono de la iglesia y el santo
del día), de sus santos progenitores
Joaquín y Ana y de todos los santos, tenga piedad de nosotros y nos salve, por
su bondad y su amor al hombre.
El diácono purifica los
vasos sagrados con todo respeto y cuidado, de modo que no caiga ni quede sin consumir
ninguna partícula. Luego, se lava las manos en el lugar de costumbre.
El sacerdote sale y
distribuye al pueblo el pan bendito, diciendo a cada uno:
La bendición del Señor y su misericordia descienda sobre ti.
Luego entra en el santuario
y se quita los ornamentos sacerdotales, diciendo:
Ahora puedes dejar a tu siervo ir en paz, Señor, según tu palabra, pues
mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la faz de todas las
naciones: Luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.
Dice el trisagio y las otras
oraciones. Si quiere, dice también el
tropario del día, y finalmente el tropario de San Juan Crisóstomo:
La gracia de tu boca, brillante como una antorcha, ha iluminado la
tierra:
Ha depositado en el mundo un tesoro,
El despego al dinero,
Nos ha mostrado lo sublime de la humildad.
Ya con tu palabra nos enseñas,
Padre Juan Crisóstomo,
Ruega al Verbo, Cristo Dios, que salve nuestras almas.
Señor, ten piedad (doce veces). Gloria... Ahora y
siempre... A ti, más excelsa que los Querubines...
Dice la despedida, se
inclina, da gracias a Dios por todo, y sale.
Fin de la divina Liturgia de
san Juan Crisóstomo,
Lunes: Cristo, verdadero Dios nuestro, por la intercesión de su Madre inmaculada,
por las súplicas de las venerables Potencias celestes e incorpóreas, de los
santos, gloriosos e ilustres apóstoles. . .
Martes: Cristo, verdadero Dios
nuestro, por la intercesión de su Madre inmaculada, por las súplicas del
preclaro san Juan Bautista, el glorioso profeta y precursor, de los santos,
gloriosos e ilustres apóstoles. . .
Miércoles: Cristo, verdadero Dios
nuestro, por la intercesión de su Madre inmaculada, por el poder de la Cruz
preciosa y vivificante, por las súplicas de los santos, gloriosos e ilustres
apóstoles . . .
Jueves: Cristo, verdadero Dios nuestro, por la intercesión de su Madre
inmaculada, de los santos, gloriosos e ilustres apóstoles, de nuestro Padre san
Nicolás el taumaturgo, arzobispo de Mira en Licia . . .
Viernes: Cristo, verdadero Dios
nuestro, por la intercesión de su Madre inmaculada, por el poder de la Cruz
preciosa y vivificante, por las súplicas de los santos, gloriosos e ilustres
apóstoles. . .
Sábado: Cristo, verdadero Dios
nuestro, por la intercesión de su Madre inmaculada, de los santos, gloriosos e
ilustres apóstoles, de los santos, gloriosos y victoriosos mártires, de
nuestros santos Padres inspirados por Dios. . .
Modo 1.
Sellada estaba
la piedra por los Judíos,
Soldados
custodiaban tu purísimo Cuerpo,
Cuando tú,
Salvador, resucitaste al tercer día
Dando la vida
al mundo.
Por ello los
ejércitos celestes te aclamaban,
Dador de la
vida:
¡Gloria a tu
Resurrección, oh Cristo!
¡Gloria a tu
majestad!
¡Gloria a tu
plan salvador!
¡Oh único que
amas al hombre!
Modo 2.
Cuando bajaste
a la muerte, oh Vida inmortal,
El fulgor de
tu divinidad mató al Príncipe del abismo,
Y cuando
levantabas a los muertos de lo profundo,
Todas las
fuerzas celestes te aclamaban:
¡dador de la
vida, Cristo Dios nuestro, gloria a ti!
Modo 3.
¡Alégrense los
cielos, exulte la tierra!
Que el brazo
del Señor ha obtenido la victoria:
Con su muerte
ha vencido la muerte,
Se ha hecho
primogénito de los muertos,
Del seno de lo
profundo nos ha librado,
Y se ha dado
al mundo la gran misericordia.
Modo 4.
El
refulgente anuncio de la Resurrección
Recibieron del
ángel las discípulas del Señor,
Y, libres ya
de la condena ancestral,
Orgullosas
decían a los apóstoles:
¡Muerta y
despojada está la muerte,
ha resucitado
Cristo Dios,
dando al mundo
la gran misericordia!
Modo
I plagal (5):
¡Cantemos al
Verbo,
eterno con el
Padre y el Espíritu!
¡adoremos, oh
fieles!
Al que nació
de la Virgen para salvarnos!
Porque él
quiso subir a la Cruz en su carne,
Y sufrir la
muerte,
Y despertar a
los muertos con su gloriosa Resurrección.
Modo 2 plagal (6):
Ángeles
bajaron a tu sepulcro,
Y los
guardianes cayeron amortecidos.
María se
presentó en la tumba,
Buscando tu
purísimo Cuerpo.
Venciste y
despojaste al Príncipe del abismo,
Sin que él
llegase a tocarte;
Encontraste a
la Virgen
Tú que dabas
la vida.
¡Señor
resucitado de los muertos, gloria a ti!
Modo grave (7):
Por tu Cruz
acabaste con la muerte,
Abriste al
ladrón el Paraíso,
Cambiaste en
gozo el lamento de las mujeres,
Y mandaste a tus
apóstoles que proclamasen:
¡Ha resucitado
Cristo Dios,
dando al mundo
la gran misericordia!
Modo 4 plagal (8):
De los cielos
bajaste, oh Misericordioso,
Y aceptaste
una sepultura de tres días
Para librarnos
de las pasiones.
¡Señor, Vida y
Resurrección nuestra, gloria a ti!
TROPARIOS,
CONTAQUIOS, ORACIONES TRAS EL AMBON Y DESPEDIDAS PARA LAS PRINCIPALES FIESTAS
DEL AÑO
· Septiembre 8.: Natividad de Nuestra Señora.
Tropario, modo 4:
Tu natividad,
oh Madre de Dios,
Anunció la
alegría al mundo entero,
Porque de ti
amaneció el Sol de justicia,
Cristo Dios
nuestro.
El destruyó la
maldición y nos bendijo,
Abolió la
muerte y nos donó la vida eterna.
Contaquio, modo 4:
De la
ofrentosa esterilidad se vieron libres Joaquín y Ana, Adán y Eva de la
corrupción de la muerte, por tu natividad, oh Inmaculada, Tu pueblo, liberado
del reato de sus culpas,
Lo celebra
también y grita:
¡La estéril de
a luz a la Madre de Dios, a la que ha de alimentar a nuestra Vida!
·
Septiembre I4: Exaltación de la Santa Cruz.
Tropario,
modo I:
Salva, Señor, a tu pueblo y bendice tu heredad, dando a
tu Iglesia victoria contra sus enemigos y guardando el mundo por medio de
tu Cruz.
Contaquio, modo 4:
¡Oh, Cristo
Dios, que quisiste ser levantado en la Cruz!
Concede tus
misericordias al pueblo nuevo que lleva tu nombre.
Alegre tu
poder a tus fieles, dándole victoria contra sus enemigos.
Sé Tú nuestro
aliado: fuerza que lucha por la paz, victoria infalible.
Despedida:
Cristo, verdadero Dios nuestro, por la intercesión de su
Madre inmaculada, con el poder de su Cruz preciosa, por la intercesión de
nuesro Padre San Juan Crisóstomo . . .
· Noviembre 21: Presentación de Nuestra Señora en el Templo.
Tropario, modo 4:
¡Hoy es el
preludio de la benevolencia divina,
hoy el anuncio
de la salvación del hombre!
En el templo
de Dios se muestra abiertamente la Virgen y a todos anuncia a Cristo.
Aclamésmola
también nosotros con gran voz:
¡Alégrate, oh
Cumplimiento del Plan del Creador!
Contaquio, modo 4:
La que es
Templo purísimo del Salvador,
tálamo inapreciable
y virginal,
tesoro sagrado
de la gloria de Dios,
hoy es
presentada en la Casa del Señor,
y con Ella
entra la gracia del Espíritu Santo.
Los ángeles de
Dios cantan en su honor:
¡Ella es el
tabernáculo celeste!
· Diciembre 25: Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Tropario, modo 4:
Con tu
natividad, Cristo Dios nuestro,
amaneció en el
mundo la luz del conocimiento:
entonces, los
que adoraban los astros
de una
estrella aprendieron
y a conocerte
a ti, Lucero naciente de la altura.
¡Señor, gloria a ti!
Contaquio,
modo 4 plagal (8):
Hoy la Virgen
da a luz al Trascendente,
y la tierra
ofrece una cueva al Inaccesible.
Los ángeles
cantan gloria con los pastores
los Magos
caminan con la estrella:
porque ha
nacido por nosotros,
Niño
pequeñito,
el Dios de
ante los siglos
Oración tras el ambón.
¡Oh Cristo Dios nuestro, que, del seño del Padre eterno, resplandecías
purísimamente antes de todos los siglos, y que en los últimos tiempos te
hiciste hombre y naciste de la Virgen santa! Tú fuiste pobre para enriquecernos
con tu pobreza; recién nacido, te envolvieron en pañales y aunque eras Dios, te
acostaron en un pesebre. Señor que cuidas de todo, acepta nuestras pobres
alabanzas y ruegos, como aceptaste la alabanza de los pastores y la adoración y
los dones de los magos. Concédenos que exultemos con el ejército celestial, y
que heredemos la celeste alegría que está preparada para los que celebran
dignamente tu nacimiento: porque tú amas al hombre y eres glorificado con tu
eterno Padre y tu Santo Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que para
salvarnos nació en una cueva y fue acostado en un pesebre, por la intercesión
de su Madre inmaculada. . .
· Enero I: Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo.
Tropario, modo I:
Sin sufrir cambio, tomaste forma de hombre, tú eres Dios por esencia,
Señor todo ternura.
Cumpliste la Ley, aceptando voluntariamente la circuncisión de tu
carne, para poner fin a la figuras y para quitar el velo de nuestras pasiones.
¡Gloria a tu bondad! ¡Gloria a tu misericordia!
¡Gloria a tu inefable condescendencia, oh Verbo!
Contaquio, modo 3:
El Señor del Universo sufre la circuncisión, en su bondad extirpa las
culpas de los mortales y da hoy la salud al mundo.
En las alturas se alegra también el pontífice y lucero del Creador,
Basilio, el sublime iniciado a los misterios de Cristo.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que para
salvarnos aceptó ser circuncidado en su carne el octavo día, por la intercesión
de su Madre inmaculada. . .
· Enero 6: Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo.
Tropario, modo I:
Al ser bautizado en el Jordán, Señor, se manifestó la adorable
Trinidad: porque la voz del Padre dio testimonio de ti, llamándote su hijo
amado, y el Espíritu, en forma de paloma, confirmó la veracidad de estas
palabras. ¡Señor, que con tu venida has iluminado el mundo, gloria a ti!
Contaquio, modo 4:
Hoy te has manifestado al mundo,
y tu luz, Señor, se ha grabado en nosotros;
ahora, conociéndote, te cantamos:
¡Viniste, te manifestaste, oh Luz inaccesible!
Oración tras el ambón.
¡Indecible es tu bondad para con nosotros, Señor Dios nuestro! Tú
quisiste que tu Hijo unigénito se hiciese hombre naciendo de una Virgen, que
fuese en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, y que, como hombre,
fuese bautizado por mano de Juan el Bautista. Él no necesitaba purificación,
pero así purificó las aguas y nos concedió nacer de nuevo del agua y del
Espíritu, para que, conociéndote a ti, su eterno Padre, lo adoremos a Él, al
que una voz del cielo, en su bautismo, llamó Tu Hijo Amado, y Glorifiquemos a
tu Santísimo Espíritu, que descendió sobre Él y lo dio a conocer al que lo
bautizaba.
Con este Espíritu no has sellado y ungido en el bautismo, haciéndonos
solidarios de tu Cristo.
No nos prives de este Espíritu a nosotros pecadores, antes con El
fortifícanos y robustécenos contra todos los ejércitos del mal, y guíanos a tu
reino, para que sea glorificado en nosotros el santísimo nombre tuyo y de tu
Hijo, juntamente con tu Santo Espíritu, ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que para
salvarnos aceptó ser bautizado en el Jordán por mano de Juan el Bautista, por
la intercesión de su Madre inmaculada...
· Febrero 2: Presentación de Nuestro Señor Jesucristo en el Templo.
Tropario, modo I:
¡Alégrate, llena de gracia, Virgen Madre de Dios!
De ti amaneció el Sol de justicia, Cristo Dios nuestro,
iluminando a los que estaban en tinieblas.
Gózate también tú, justo anciano, pues recibiste en tus brazos
al Libertador de nuestras almas,
al que nos da también la resurrección.
Contaquio, modo I:
Con tu nacimiento consagraste el seno virginal, y bendijiste, como
merecían, las manos de Simeón; una vez más te has apresurado a salvarnos,
Cristo Dios.
Apacigua las guerras de los pueblos, fortalece a tu Iglesia dilecta, Tú
el único que amas al hombre.
Despedida:
Cristo, verdadero Dios nuestro, que para salvarnos aceptó ser llevado
en los brazos del justo Simeón, por la intercesión de su Madre inmaculada:
·
Marzo 25: Anunciación a Nuestra
Señora.
Tropario, modo 4:
Hoy se inaugura nuestra salvación,
y se revela el misterio secular:
el Hijo de Dios se hace Hijo de la Virgen,
y Gabriel anuncia la Gracia.
Con él, saludemos también a la Madre de Dios:
¡Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo!
Contaquio, modo 4 plagal (8):
¡A la Madre de Dios, nuestra defensora, los cantos de victoria!
A ti, que nos salvas de los peligros, tu pueblo te dedica himnos de
gratitud.
Tú, que posees el poder invencible, líbranos de todo riesgo,
para que podamos aclamarte:
¡Alégrate, Esposa viriginal!
·
Domingo de Ramos.
Tropario, modo I:
Para fundamentar nuestra fe en la resurrección general,
antes de tu Pasión a Lázaro resucitaste del sepulcro, Cristo Dios.
Por eso, como los niños, también nosotros,
llevando los símbolos de la victoria, Te aclamamos, Vencedor de la
muerte:
¡Hosanna en las alturas!
¡bendito sea el que viene en nombre del Señor!
Contaquio, modo 2 plagal (6):
En el cielo, en un trono,
en la tierra, en un asno,
ibas sentado, Cristo Dios,
y aceptabas la alabanza de los ángeles,
y el canto de los niños que exclamaban:
¡Bendito eres,
tú que vienes para llamar de nuevo a Adán!
Oración tras el ambón.
¡Alabamos, Cristo Dios nuestro, tu inefable condescendencia. Tú que
tienes el cielo por trono y la tierra por escabel, no tuviste a menos
encarnarte y nacer de la Virgen santa como hombre, y, recién nacido, ser
acostado en un pesebre de animales. Aún más, te dignaste montar sobre un asno y
presentarte para sufrir libremente la Pasión por nosotros. Tú, que eres
alabado, como conviene a Dios, por los himnos incesantes de los ejércitos
celestiales, diste conocimiento a la turba inocente para cantar en la tierra un
himno nuevo, te preparaste una alabanza de la boca de los niños y de los
pequeñitos, y a las lenguas balbucientes les enseñaste a anunciar gloria en el
cielo y paz en la tierra.
Con ellos, permítenos también a nosotros, indignos, que te cantemos
himnos de triunfo, a ti el vencedor de la muerte, proclamándote bendito a ti
que, sin abandonar la gloria paterna, vienes en nombre de Dios, y vendrás de
nuevo a juzgar la tierra con justicia. Haz que seamos dignos de subir a
recibirte; adórnanos, no con ramos y palmas, sino con la victoria en los
combates contra las pasiones; corónanos con las gemas de las virtudes, para que
salgamos a tu encuentro gozosos cuando vengas sobre las nubes con gloria, y
heredemos tu reino: porque tú amas al hombre y eres bendito con tu eterno Padre
y tu Santo Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que para
salvarnos aceptó montar sobre un asno, por la intercesión de su Madre
inmaculada. . .
· Domingo de Resurrección.
Tropario, modo I plagal (5):
Cristo ha resucitado de los muertos,
con su muerte ha vencido la muerte,
y a los sepultados ha dado la vida.
Cintaquio, modo 4 plagal (8):
Al sepulcro bajaste, oh Inmortal,
mas destruiste el poder de la muerte
y resucitaste vencedor, Cristo Dios.
A las santas mujeres dijiste: ¡Alegraos!
y a tus apóstoles les donaste la paz,
Tú que concedes el resurgir a los caídos.
Oración tras el ambón.
Un día de luz y de salvación nos ha amanecido hoy, hermanos, la
Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por ello, el templo del Señor se ve
adornado con toda clase de hombres.
Muchos de los fieles y elegidos
de Dios, no sólo han soportado alegremente el trabajo del ayuno, sino que
también, con sus lámparas encendidas con fervor, han ofrecido dones al Rey de
los siglos en esta fiesta de la Resurrección.
Porque por la Resurrección de Cristo nuestro Dios se alegra el mundo
entero, el cielo se despeja con el resplandor de la divinidad, la tierra se
adorna, el mar se calma, cesa la tiranía, adelantan los piadosos, los catecúmenos
obtienen la iluminación, los enemigos se reconcilian, los errantes retornan, se
absuelven los pecados, se gozan las Iglesias, y Cristo Dios es glorificado.
También las madres, con brazos alegres, ofrecen dones al Rey de los
siglos; no flores de los campos, sino la gracia del Espíritu en los recién
bautizados.
Así pues, oh Dios nuestro que amas al hombre, acepta también el culto,
y el sacrificio de nosotros tus humildes sacerdotes, concédenos el perdón de
todo pecado, desde nuestra juventud hasta nuestra vejez; conserva a nuestro
Obispo en su venerable trono, Señor, y guarda a todo el clero y el pueblo en
paz y concordia.
Defiende al pueblo aquí presente, que ha gozado de tus divinos y puros
misterios, fuente de vida, ten piedad de él y protégelo.
Por la intercesión de tu Madre inmaculada, de los santos Apóstoles y de
las santas mujeres que llevaron aromas a tu sepulcro: porque eres Tú el que ha
resucitado de los muertos, Cristo Dios nuestro, y a ti glorificamos, con tu
eterno Padre y tu Santo Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén.
· Jueves de la Ascensión.
Tropario, modo 4:
Glorioso subiste al cielo, Cristo Dios nuestro,
después de alegrar a los discípulos
con la promesa del Espíritu Santo.
Tu bendición los confirmó,
porque tú eres el Hijo de Dios,
el Redentor del mundo.
Contaquio, modo 2 plagal (6):
Cumpliste el plan de nuestra salvación, uniste la tierra con el cielo,
y ascendiste glorioso, Cristo Dios nuestro.
No te has alejado, sino que permaneces cercano, y dices a los que te
aman:¡Yo estoy con vosotros, nadie contra vosotros!
Oración tras el ambón.
Levanta, Señor, hasta el cielo los pensamientos de los que adoramos tu
soberanía, y arrastra nuestras mentes hasta ti, desde los afanes de esta
tierra:
Tú que en ti mismo exaltaste nuestra naturaleza humillada, y la hiciste
sentar en el mismo trono del Padre Altísimo.
Haz que vivamos en la tierra como ciudadanos del cielo, buscando
siempre las cosas de allá arriba –donde tú estás sentado a la derecha del
Padre—y esperando tu gloriosa y tremenda venida, cuyo modo revelaste por medio
de los ángeles a los bienaventurados apóstoles que contemplan tu Ascensión a
los cielos.
Agréganos al número de los que serán arrebatados en los aires para
salirte al encuentro, cuando vengas a juzgar la tierra con justicia; para que
con ellos exultemos eternamente, disfrutando de tu dulzura: por el beneplácito
y el amor al hombre de tu eterno Padre, con el cual eres bendito y glorificado,
juntamente con tu Santo Espíritu, todo bondad y vida, ahora y siempre por los
siglos de los siglos Amén.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que de
entre nosotros subió glorioso al cielo y está sentado a la derecha del padre,
por la intercesión de su Madre inmaculada. . .
·
Domingo de Pentecostés.
Tropario, modo 4 plagal (8):
Bendito eres, Cristo Dios nuestro,
Que a los pescadores llenaste de saber,
Enviándoles el Espíritu Santo,
Y en sus redes pescaste el mundo.
¡Tú que amas al hombre, gloria a ti!
Contaquio, modo 4 plagal
(8):
Cuando descendió el Altísimo y confundió las lenguas, dividió los
pueblos.
Cuando distribuyó las lenguas de fuego, a todos llamó a la unidad: así,
con una voz, glorificamos al Espíritu Santo.
Oración tras el ambón.
Después de tu Pasión y de tu Resurrección, Señor, dispusiste tu
Ascensión a los cielos: a aquellos cielos que habías inclinado para hacerte
hombre, naciendo por nosotros de la Virgen.
Bajaste, oh Cristo, y cimentaste en la tierra tu promesa con el
descenso de tu Espíritu Paráclito sobre tus discípulos terrestres, con su
constante y santísima permanencia en ellos, y con su inalterable presencia en
los que habían de creer por su medio.
Ya que con los variados carismas del Espíritu afianzas la Iglesia, no
retires tu gracia de nosotros, porque estemos manchados con el pecado, sino
remata todo lo que hay de carnal en nuestra mente, que impide su venida;
expulsa de nosotros todo pensamiento, palabra y obra que pueda contristarlo, y
toda sucia pasión que turba y entenebrece nuestra alma, privándola de su luz.
Haz de nosotros habitación limpia de su gloria, como el Cenáculo de
Jerusalén que se llenó de su resplandor; constitúyenos tronos para su fuego
espiritual, a semejanza de los apóstoles que recibieron sus primicias; para
que, vigorizados por El, seamos guiados hacia la tierra llana de tu inmortal y
feliz promesa, allá donde habitan todos los que en ti exultan, glorificándote
sin cesar: porque tú eres glorioso y eterno con tu Padre y tu Santo Espíritu,
todo bondad y vida, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que en
forma de lenguas de fuego envió del cielo el Espíritu Santo sobre sus santos
discípulos y apóstoles, por la intercesión de su Madre inmaculada . . .
· Agosto 6: Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo.
Tropario, modo grave (7):
Te transfiguraste en el monte, Cristo Dios,
mostrando a tus discípulos tu gloria,
En cuanto podían resistirla.
Brille también para nosotros pecadores
tu luz eterna,
por la intercesión de la Madre de Dios.
¡Tú que das la Luz, gloria a
ti!
Contaquio, modo grave (7):
En el monte te transfiguraste, Cristo Dios,
y tus discípulos contemplaron tu gloria,
en cuanto podían comprenderla.
Así, cuando te viesen crucificado,
entenderían que padecías libremente,
y anunciarían al mundo
que tú eres en verdad el resplandor del Padre.
Despedida: Cristo, verdadero Dios nuestro, que se
transfiguró glorioso en el monte Tabor ante sus santos discípulos y apóstoles,
por la intercesión de su Madre inmaculada. . .
· Agosto 15: Asunción de Nuestra Señora.
Tropario, modo I:
En el parto de conservaste Virgen,
en tu tránsito no desamparaste al mundo,
oh Madre de Dios.
Te trasladaste a la vida,
porque eres Madre de la Vida,
y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas.
Contaquio, modo 2:
La muerte y el sepulcro no prevalecieron
contra la Madre de Dios,
la que es infatigable en su oración,
y, con sus ruegos, esperanza infalible.
Como era Madre de la Vida, la trasladó a la vida.
El que habitó en su seno siempre virgen.
Contaquio de la Madre de
Dios, modo 2:
¡Abogada infalible de los cristianos,
Mediadora permanente ante el Creador,
no desoigas las suplicas de los pecadores!
Tú que eres buena, adelántate a socorrer
a los que te imploran con fe:
¿Apresúrate a interceder,
no tardes en salvarnos,
oh Madre de Dios!
Tú que siempre defiendes a los que te honran.
Contaquio de los mártires,
modo plagal 4 (8):
Como primicias de la naturaleza,
a ti, el Plantador de la creación,
la tierra te ofrece los mártires
en los que tú habitas, Señor.
Por tus ruegos, conserva en paz profunda
Tu Iglesia y las naciones,
Por medio de la Madre de Dios,
¡oh rico en misericordia!.
IOBE
República Argentina