Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa.

La Divina Liturgia

San Basilio el Grande

 

 

Llegada la hora de la celebración, el sacerdote sale del santuario seguido por el diácono (no habiendo diácono, oficia el sacerdote solo) y ambos hacen tres metanías delante de la Puerta Real, y dice el diácono:

 

Diácono: Bendice, padre.

Sacerdote: Bendito sea nuestro Dios perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Y el diácono comienza rezando:

Diácono: ¡Oh, Rey Celestial ! , Paráclito, Espíritu de Verdad, que estás en todas partes, y todo lo llenas. Tesoro de todo lo bueno, y dispensador de la vida; ven y mora en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva nuestras almas, ¡oh, Bondadoso!.

 

Santo Dios, Santo Poderoso, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros (3 veces).

 

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

absuelve nuestras transgresiones; Oh Santísimo,  mira y sana nuestras debilidades por Tu nombre.

 

Señor, ten piedad (3 veces).

 

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra ,así como es en el cielo. El pan nuestro sustancial dánosle hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.

 

Sacerdote: Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria,  Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Diácono: Amén.

 

Luego rezan los siguientes troparios:

            Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros: Pues, faltos de todo medio de defensa, como a Señor te ofrecemos esta súplica los pecadores; ¡ ten piedad de nosotros !.

 

      Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ten piedad de nosotros, Señor, porque en Ti ponemos nuestra esperanza; no levantes tu ira contra nosotros, no te acuerdes de nuestras iniquidades; míranos con misericordia y líbranos de nuestros enemigos, porque Tú eres nuestro Dios y nosotros somos tu pueblo, somos todos obra de tus manos e invocamos tu nombre.

      Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. ¡Bendita Madre de Dios! Ábrenos las puertas de la misericordia para que nosotros, que ponemos en Ti toda nuestra esperanza no perezcamos, sino que por tu intercesión seamos libres de toda adversidad, porque Tú eres la Salvación del pueblo cristiano.

 

Van hacia el ícono de Cristo e, inclinándose, lo besan, rezando:

 Ante tu purísima imagen nos inclinamos y Veneramos, ¡ oh Bueno ¡, pidiendo perdón de nuestras faltas, oh Cristo Dios, pues hecho hombre, te has dignado subir en cuerpo voluntariamente a la Cruz para librarnos de la esclavitud del enemigo a los que has creado. Por eso, agradecidos, te clamamos:

¡ Todo lo has llenado de alegría, oh Salvador nuestro, al venir a salvar al mundo ¡.

 

Besan el ícono de la Theotokos, rezando:

Haznos dignos de tu gracia ¡oh, Madre de Dios! pues Tú eres fuente de misericordia, mira con benevolencia al pueblo pecador; manifiesta como siempre tu fuerza ya que en Ti confiamos, ¡regocíjate! Te clamamos como lo hiciera aquella vez Gabriel, archiestratega de los ángeles.

 

El sacerdote, inclinando la cabeza, reza:

        ¡Oh, Señor! extiende tu mano desde tu alta morada y fortaléceme para este servicio tuyo, que he de comenzar, a fin de que me presente sin reproche a tu temible altar y celebre el sacrificio incruento, pues tuya es la fuerza, y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

Hacen una inclinación hacia el pueblo

y entran al Santuario por las puertas laterales,diciendo:

         Entraré en tu casa, me postraré en tu santo templo con temor de Ti. ¡Oh, Señor! Instrúyeme con tu verdad, y rectifica ante Ti mi camino a causa de mis enemigos. Porque no hay verdad en sus bocas, sus corazones son vanos, sus gargantas son sepulcro abierto, con sus lenguas engañaron. Haz que razonen, ¡oh, Dios! a fin de que renieguen de sus pensamientos; por sus innumerables iniquidades, expúlsalos, porque sumamente te afligieron, ¡oh, Señor! Y que se alegren los que confían en Ti, que se regocijen eternamente, establecerás tu morada en ellos; y se gloriarán en Ti los que aman tu Nombre. Porque Tú bendecirás al recto, ¡oh, Señor! pues nos protegiste con el escudo de tu benevolencia.

 

Habiendo entrado al Santuario, hacen tres inclinaciones ante el Santo Trono, besan el Evangelio y el Santo Trono. Luego cada uno toma en sus manos su Stijario y, haciendo tres inclinaciones hacia el oriente, reza cada uno para sí:

 

¡Oh, Dios! Purifícame a mí, que soy pecador, y ten piedad de mí (tres veces).

 

El diácono, llevando en su mano derecha el stijario y el orario, se acerca al sacerdote e inclinándose, dice:

       

Bendice, señor, el stijario y el orario.

 

El sacerdote hace sobre ellos la señal de la cruz, diciendo:

Bendito sea nuestro Dios perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Luego se aleja el diácono del Santuario y se viste con el stijario orando así:

Se alegra mi alma en el Señor, pues me ha revestido con el manto de salvación y con el ropaje de júbilo me ha cubierto; como a un novio, me puso la corona y como a una novia, me adornó de belleza.

 

Una vez besado el orario se lo coloca sobre el hombro izquierdo, diciendo:

Santo, Santo, Santo, es el Señor Sabaoth.

Al colocarse las sobremangas, reza sobre la derecha:

       

Tu diestra, ¡oh, Señor! se glorificó en la fortaleza; tu mano derecha, ¡oh, Señor! quebrantó a los adversarios y, en la magnitud de tu gloria, has aniquilado a los enemigos.

 

Y al colocarse la izquierda, dice:

Tus manos me crearon y me formaron, instrúyeme y aprenderé tus mandamientos.

Y se dirige a la mesa de la Proskomidia para preparar los utensillos sagrados. Dispone la Santa Patena del lado izquierdo, y el Cáliz del derecho, y los demás con aquellos.

 

El sacerdote se viste de la siguiente forma: toma su stijario con su mano izquierda, e inclinándose tres veces hacia el oriente, hace la señal de la Cruz sobre si diciendo:

 

 Bendito sea nuestro Dios perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Al revestirse con el alba, reza:

 Se alegra mi alma en el Señor, pues me ha revestido con el manto de salvación y con el ropaje de júbilo me ha cubierto; como a un novio, me puso la corona y como a una novia, me adornó de belleza.

 

De la misma manera el epitrajil (estola) y lo bendice orando:

 Bendito es Dios, derramando su gracia sobre sus sacerdotes como perfume sobre la cabeza, que desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y desciende sobre la orla de su vestido.

       

Después toma el cinturón y se lo pone dice:

Bendito sea Dios, que me ciñe de fortaleza, y ha hecho inmaculado mi camino, haz que mis piernas sean como las de ciervo y colócame en las alturas.

 

El sacerdote se coloca las sobremangas y orando:

Con la derecha:

       

Tu diestra, ¡oh, Señor! se glorificó en la fortaleza; tu mano derecha, ¡oh, Señor! quebrantó a los adversarios y, en la magnitud de tu gloria, has aniquilado a los enemigos.

 

Sobre la izquierda:

      Tus manos me crearon y me formaron, instrúyeme y aprenderé tus mandamientos.

Toma su epigonátion, si lo tiene, luego de bendecirlo, lo besa y reza:

            ¡Oh, Poderoso! Ciñe tu espada sobre tu muslo, oh Poderoso, con tu belleza y con tu hermosura; avanza, prospera y reina por la verdad, la dulzura y la justicia; y te guiará maravillosamente tu diestra en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Después toma el Felonio  y luego de bendecirle, la besa y dice:

            Tus sacerdotes, oh Señor, se revestirán de justicia y los justos se regocijarán con alegría, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Entonces, retirándose ambos hacia el Ofertorio, se lavan las manos, rezando:

        Lavaré mis manos entre los inocentes y andaré en torno de tu Ofertorio, ¡oh, Señor! para oír la voz de tu alabanza y narrar todas Tus maravillas. Amo ¡Oh, Señor! la extraordinaria belleza de tu Casa y el lugar de la morada de tu gloria. Y que no se pierda mi alma con los que no te honran, ni mi vida con los hombres sanguinarios, porque sus manos están manchadas de iniquidad y su diestra llena de retribución. Empero yo anduve en mi inocencia; líbrame ¡oh, Señor! y ten piedad de mí. Mi pie está en la rectitud, en las iglesias te bendeciré ¡oh, Señor!

 

Haciendo tres inclinaciones ante el Ofertorio, dicen:

      ¡Oh, Dios! purifícame a mí pecador y ten piedad de mí (tres veces).

 

Sacerdote: Nos has redimido del merecido anatema con tu preciosa sangre. Clavado en la cruz y traspasado por la lanza, hiciste brotar la inmortalidad para los hombres. ¡Oh, Salvador nuestro! gloria a Ti.

 

diácono: Bendice, soberano.

 

Sacerdote: Bendito sea nuestro Dios, perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Diácono: Amén.

 

El sacerdote toma en su izquierda una prósfora y en su derecha la santa lanza y, haciendo con ella 3 veces la señal de la cruz en la parte superior del sello que contiene la cruz y la inscripción Jesucristo Vence( IC XC _NI KA) , dice cada vez:

       

Sacerdote: En memoria de nuestro Señor, Dios y Salvador, Jesucristo.

Seguidamente clava la lanza en la parte derecha del sello y dice cortando:

 Como oveja fue llevado al matadero.

En la parte izquierda:

Como cordero inmaculado, mudo ante su esquilador, no abre su boca.

En la parte superior del sello:

En su humildad a su juicio fue llevado.

Y en la inferior:

 Mas su genealogía, ¿quién la narrará?

El diácono contemplando con devoción este misterio, orarion en mano, dice en cada corte:

Diácono:  Roguemos al Señor.

Y después del último corte dice:

Toma, soberano.

El sacerdote, introduciendo la santa lanza oblicuamente en el lado derecho de la prósfora, levanta el Santo Pan y dice:

Sacerdote: Porque su vida es tomada de la tierra.

Mientras lo coloca invertido sobre el sello en la Patena, el diácono dice:

Diácono: inmola, soberano.

El sacerdote sacrificándolo hace un corte en forma de cruz y reza así:

Sacerdote: Es inmolado el cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Vuelve hacia arriba la cara que tiene la cruz.

Diácono: Hiere, soberano.

       

El sacerdote, clavando la santa lanza en el lado derecho, dice:

Sacerdote: Uno de los soldados con la lanza traspasó sus costado y en seguida salió sangre y agua; y el que lo vio dio testimonio y su testimonio es verdadero.

El diácono, tomando en sus manos el vino y el agua, dice al sacerdote:

Diácono: Bendice, soberano, la santa unión.

El sacerdote, bendiciéndolos, diciendo:

Sacerdote:    Bendita es la unión de Tus Santos, perpetuamente, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Entonces, el diácono vierte en el Cáliz el vino con un poco de agua.

El sacerdote, tomando en sus manos la segunda prósfora, dice:

Sacerdote: En honor y memoria de la muy bendita Señora nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, por cuyas oraciones acepta, ¡oh, Señor! este sacrificio en tu celestial altar.

Y sacando una partícula de la prósfora, la coloca a la derecha del Santo Pan, cerca de su centro, diciendo:

Sacerdote: Se presentó la Reina a tu derecha, vestida con mantos dorados, muy engalanada.

Después, tomando la tercera prósfora, extrae de ella nueve partículas, colocándolas según el grabado, en tres filas verticales y diciendo en cada partícula, la correspondiente conmemoración:

 

La primera: del honorable y glorioso Profeta y Precursor, Juan Bautista;

 

La segunda: de los santos y gloriosos Profetas: Moisés y Aarón, Elías y Eliseo, David y Jessé, de los tres Santos Jóvenes, de Daniel el Profeta y de todos los Santos Profetas;

 

La tercera: de los Santos, gloriosos y dignamente alabados Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los demás Santos Apóstoles;

 

La cuarta: de nuestros Padres entre los Santos, los venerables Jerarcas: Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo; Atanasio y Cirilo de Alejandría; Nicolás de Mira; Miguel de Kiev, Pedro, Alexis, Jonás, Felipe y Hermógenes de Moscú; Nikita de Nóvgorod; Leoncio de Rostóv, y todos los santos Jerarcas;

 

La quinta: del santo Apóstol, primer mártir y archidiácono Esteban; de los grandes Santos Mártires: Demetrio, Jorge, Teodoro de Tiro, Teodoro Estratega y de todos los santos Mártires; y de las santas Mártires: Tecla, Bárbara, Ciriaca, Eufemia, Paraskeva, Catalina y todas las santas Mártires;

 

La sexta: de los santos imitadores de Cristo nuestros teóforos Padres: Antonio, Eufimio, Saba, Onofre, Atanasio del Monte Athos, Antonio y Teodosio de Pechersk; Sergio de Radonezh, Serafín de Sarov, Varlaam de Jutín y de todos los Santos Padres imitadores de Cristo; y de las Santas Madres imitadoras de Cristo: Pelagia, Teodosia, Anastasia, Eufrasia, Febronia, Teodulia, Eufrosinia, María Egipcia y de todas las Santas Madres imitadoras de Cristo;

 

La séptima: de los santos Taumaturgos y Anárgiros: Cosme y Damián, Ciro y Juan, Pantalemón y Hermolao y de todos los santos Anárgiros;

 

La octava: de los santos y rectos antepasados de Cristo, Joaquín y Ana; de San ... (a cuya advocación está consagrado el templo) y de San ... (santo del día); de los santos equiapostólicos Cirilo y Metodio, Maestros de los eslavos; del santo equiapostólico gran príncipe Vladímir, y de todos los demás Santos, por sus oraciones visítanos, ¡oh! Dios;

 

La novena: de nuestro Padre entre los Santos, San Basilio el Grande, Arzobispo de Cesárea en Capadocia.

 

Después, tomando la cuarta prósfora, le va sacando partículas a medida que va diciendo:

Sacerdote:  Acuérdate, ¡oh, Soberano! que amas a la humanidad, de todo el episcopado ortodoxo, de nuestro señor, su Santidad el Patriarca ..., primer jerarca de la Iglesia Ortodoxa .... , y de nuestro señor, Ilustrísimo N..., Obispo de ..., y de todo el honorable presbiterado, del diaconado en Cristo y de toda el orden sacerdotal (si es en un monasterio: del Archimandrita..., o  del Abad ...), de toda nuestra hermandad, que has llamado a tu comunión, por tu inmensa bondad, Soberano ¿ oh misericordioso!.

Tomando otra partícula la coloca al costado del Santo Pan. Así mismo recuerda a las autoridades, diciendo:

Sacerdote:    Acuérdate, ¡oh, Señor! de las autoridades que nos gobiernan y de los ejércitos.

Recuerda a los vivos por los que quiere rogar, citándolos por el nombre; por cada uno toma una partícula, diciendo:

Sacerdote:    Acuérdate, ¡oh, Señor de ...

Y va colocando las partículas en línea horizontal por debajo del Santo Pan.

Luego, tomando la quinta prósfora, reza:

Sacerdote:    Por la memoria y remisión de los pecados de los Santísimos Patriarcas, de los piadosos zares y zarinas ortodoxos y de los bienaventurados fundadores de este santo Templo (o: de este santo monasterio).

 

Después de esto, el sacerdote conmemora al Obispo que lo ha ordenado (si es que éste ha fallecido, sino, lo conmemora con los vivos)  y a todos los difuntos que quiere mencionar, cada uno por su nombre. Por cada uno saca una partícula, rezando:

Sacerdote:    Acuérdate, ¡oh, Señor de ...

Y al terminar dice:

Sacerdote: Y de todos nuestros padres y hermanos ortodoxos, fallecidos en la esperanza de la resurrección, de la vida eterna y de la comunión contigo, ¡oh, Señor! que amas a la humanidad.

 

Por último, vuelve a tomar la cuarta prósfora, saca una partícula diciendo:

Sacerdote: Acuérdate, ¡oh, Señor! también de mi indigno siervo y perdóname toda falta voluntaria e involuntaria.

 

Con la esponja reúne las partículas situadas al lado del Santo Pan, para cuidar de que no caigan del Disco.

El diácono, tomando el incensario y agregándole incienso, lo presenta al sacerdote y dice:

Diácono:  Bendice, soberano, el incienso.

El sacerdote lo bendice, pronunciando la siguiente oración:

Sacerdote:    ¡Oh, Cristo, nuestro Dios! incienso te ofrecemos, como agradable aroma espiritual. Al recibirlo en tu Ofertorio que está sobre los cielos, envíanos la gracia de tu Santísimo Espíritu.

El diácono, manteniendo con ambas manos el incensario abierto, dice:

Diácono: Roguemos al Señor.

El sacerdote traza la señal de la cruz sobre el humo del incienso con el Asterisco y, colocándolo sobre el Santo Pan, dice:

Sacerdote:  Y al llegar donde el Niño, la Estrella se detuvo en lo alto.

Diácono: Roguemos al Señor.

 

El sacerdote, después de incensar el primer velo, de la misma forma que al Asterisco, con él cubre el disco con el Santo Pan y dice:

 

Salmo 92/93

Sacerdote: 

El Señor se entronizó, se vistió de belleza, el Señor se vistió de fuerza y se ciñó. Afirmó el universo, el que ya no se moverá. Desde el principio firme es tu trono, eternamente eres Tú. Elevaron los ríos, ¡oh, Señor! elevaron los ríos sus voces, levantarán los ríos sus olas de las voces de muchas aguas. Imponentes son las alturas de la mar, imponente es el Señor en las alturas. Tus testimonios fueron firmemente creídos. La santidad le es propia a Tu casa, Señor, por el curso de los días.

 

Diácono: Roguemos al Señor. Cubre, soberano.

El sacerdote, procediendo del mismo modo, inciensa el segundo velo y con él cubre el Cáliz, rezando:

Sacerdote:  Cubrió tu virtud los cielos, ¡oh, Cristo! y la tierra está llena de tu alabanza.

Diácono: Roguemos al Señor. Cubre, soberano.

El sacerdote inciensa el velo grande y con el cubre el Disco y el Cáliz, dociendo:

Sacerdote:  Protégenos con el abrigo de Tus alas, aparta de nosotros todo enemigo y adversario, pacifica nuestra vida, ¡oh, Señor! ten piedad de nosotros y de tu mundo y salva nuestras almas, pues eres bueno y amas a la humanidad.

Acto seguido, el sacerdote, tomando el incensario, inciensa 3 veces la Ofrenda,diciendo cada vez:

Sacerdote:   Bendito eres, Dios nuestro, que así lo has dispuesto. Gloria a Ti.

El diácono contesta cada vez:

Diácono:  Perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Ambos hacen piadosamente 3 inclinaciones. Luego el diácono toma el incensario y dice:

Diácono:  Ante los preciosos Dones ofrecidos, roguemos al Señor.

El sacerdote reza:

Sacerdote:  ¡Oh, Dios, Dios nuestro! Tú que has enviado a nuestro Señor y Dios Jesucristo, pan celestial, alimento para todo el mundo, que es Salvador, Redentor y Benefactor nuestro, que nos bendice y santifica, bendice Tú mismo esta Ofrenda y recíbela en tu Ofertorio que esta sobre los cielos. Acuérdate de los que la ofrecieron y de aquellos por los cuales la han ofrecido, pues eres bueno y amas a la humanidad. Y a nosotros, protégenos para permanecer sin condena en la sagrada celebración de Tus divinos Misterios. Pues es santificado y glorificado tu honorabilísimo y magnífico Nombre, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Luego, dicen:

Sacerdote:  Gloria a Ti, ¡oh, Cristo Dios! nuestra esperanza, gloria a Ti.

 

Diácono: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Señor, ten piedad ( 3 veces).

Bendice.

El sacerdote pronuncia la despedida (si es Domingo, dice):

Sacerdote:  Cristo nuestro verdadero Dios, que ha resucitado de entre los muertos, por las intercesiones de su Purísima Madre y de nuestro Padre entre los Santos,  Basilio el Grande, Arzobispo de Cesarea en Capadocia, de San ...(Santo del templo), de San ... (Santo del día)y de todos los Santos, tenga piedad de nosotros y nos salve, porque es bueno y ama a la humanidad.

(Los días de semana, empieza desde): Cristo nuestro verdadero Dios, por las intercesiones de su Purísima Madre y de nuestro Padre entre los Santos,  Basilio el Grande, Arzobispo de Cesarea en Capadocia, de San ...(Santo del templo), de San ... (Santo del día)y de todos los Santos, tenga piedad de nosotros y nos salve, porque es bueno y ama a la humanidad.

.

Diácono: Amén.

 

Después de la Despedida, el diácono inciensa la Protesis. Luego, dirigiéndose al Santo Altar  inciensa cada lado en forma de cruz, y reza para sí:

Diácono: (sacerdote) En el sepulcro con el Cuerpo, en el Hades con el Espíritu, en el Paraíso con el Ladrón, y en el Trono con el Padre y el Espíritu Santo, llenando todo, oh Cristo, Tú eres infinito.

 

Luego reza el Salmo 50/51, mientras inciensa el Santuario y todo el Templo.

 

SALMO 50 (51)

Apiádate de mí, oh Señor, por tu misericordia,- por tu gran bondad borra mi iniquidad. -  Lávame más y más de mi delito  y purifícame de mi pecado. -  Pues reconozco mis culpas,- y mi pecado está siempre ante mí. -  Contra ti, sólo contra ti he pecado,- he hecho el mal en tu presencia, lo que tú condenas. -  Por eso tu sentencia es justa; irreprochable, tu juicio. -  Mira que en la maldad fui formado, y en pecado me concibió mi madre. -  ¡Oh Tú, que amas la sinceridad del corazón,

descúbreme los secretos de tu sabiduría!. -  Rocíame con hisopo, y quedaré limpio;- lávame, y emblanqueceré más que la nieve.

 Lléname de gozo y alegría;- y que bailen los huesos que moliste. -  Aparta de tus ojos mis faltas,- borra en mí todo rastro de maldad. -  Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,- renueva dentro de mí, un espíritu recto. -  No me arrojes de tu presencia,- y no quites de mí tu santo Espíritu. -  Devuélveme el gozo de tu salvación,- y en espíritu generoso afiánzame;- enseñaré a los rebeldes tus caminos,- y los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la muerte, ¡oh Dios!. -  Dios de mi salvación,- y cantará mi lengua Tu justicia. -  Abre, Señor mis labios, y cantará mi boca Tus alabanzas,- Porque no es sacrificio lo que Tu quieres; si te ofreciere holocaustos, no los aceptarías. - El sacrificio grato a Dios es un corazón arrepentido. Tu, ¡oh Dios! - No desprecias un corazón contrito y humillado. -  Señor, en tu bondad favorece a Sión; vuelve a levantar los muros de Jerusalén. -  Entonces te agradarán los sacrificios justos,-  holocausto y oblación entera, se ofrecerán novillos en tu altar.

 

Después de lo cual, el diácono entra nuevamente al Santuario y, luego de haber incensado nuevamente el Santo Trono y al sacerdote, coloca el incensario en su sitio, y se acerca al sacerdote. Colocándose ambos delante del Santo Trono, hacen tres inclinaciones, y rezan:

 

Sacerdote y Diácono: Oh Rey celestial, Paráclito, Espíritu de Verdad, que estás en todas partes, y llenas todas las cosas. Tesoro de todo lo bueno, y dispensador de la vida, ven y habita en nosotros, purifícanos de toda iniquidad y salva nuestras alma, oh bondadoso.

En voz normal:

Sacerdote: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra Paz, a los hombres de buena voluntad. (2 veces)

Señor, abrirás mis labios y mi boca proclamará tu alabanza

El sacerdote besa el libro de los santos Evangelios; el diácono besa el Altar, luego el díacono reverentemente se acerca al sacerdote y con el Orario tomado con tres dedos de la mano derecha, le dice al sacerdote:

Diácono: Es tiempo de celebrar, bendice señor..

 

Sacerdote (bendiciendo) Bendito sea nuestro Dios, perpetuamente, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Diácono: ruega por mí, señor.

 

Sacerdote: Que el Señor guíe tus pasos.

 

Diácono: Acuérdate de mí, señor.

 

Sacerdote: Que se acuerde de tí, el Señor Dios en su Reino, perpetuamente, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.

 

Diácono: Amén.

Reverentemente se inclinan y salen por la Puerta Norte.

 

       

Importante: cuando el sacerdote oficia sin el diácono, no debe pronunciar las palabras del diácono en la Proskomidia, como ser: Bendice, soberano; o: Hiere, soberano; o: Es tiempo de celebrar..., ni en la Liturgia antes del Evangelio, ni sus propias contestaciones a estas palabras, sino debe rezar solamente las letanías y lo necesario para la Ofrenda.

        Cuando ofician varios sacerdotes, la Preparación de la Ofrenda la celebra uno solo entre ellos, de acuerdo con el texto anteriormente expuesto, mientras que los demás sacerdotes no intervienen en la celebración de la Proskomidia.

 

 

La Divina Liturgia

de San Basilio el Grande.

Liturgia de los Catecúmenos

El diácono frente a la puerta real y fuera del santuario y vuelto al oriente, hace tres inclinaciones, persignándose y alzando el orarion con los tres dedos de la mano derecha entona:

Diácono: Bendice, señor.

El sacerdote,elevando el Santo Evangelio   verticalmente, bendice con él, en forma de cruz, el Antiminsión, diciendo:

Sacerdote: Bendito sea el Reino del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

 Coro: Amén.

La Gran Letanía y las Antífonas

 

Diácono: En paz roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad... (En griego: Kirie, Eleison)

 

Diácono: Por la paz que viene de lo alto, y la salvación de nuestras almas, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Por la paz del mundo entero, la estabilidad de las Santas Iglesias de Dios, y la unidad de todos los cristianos, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Por este santo templo y por los que entran en él con fe, devoción y temor de Dios, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Por el santo Patriarca,....por nuestro padre Arzobispo Metropolitano ..., por nuestro Obispo (Arzobispo) ... , por los honorables presbíteros y, diaconado en Cristo, por todo el clero ortodoxo y por todo el pueblo, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Por nuestro País...., sus autoridades y ejércitos,  roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Por esta  ciudad ( o por este Monasterio), por todas las ciudades, de nuestro país, y por los fieles cristianos ortodoxos que las habitan, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad

 

 

Diácono: Por un clima favorable, por la abundancia de los frutos de la tierra, y por tiempos pacificos, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Por los viajeros, por tierra, mar y aire, por los enfermos, los que sufren, los cautivos y por su salvación, roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad

 

Diácono: Para que nos libre de toda aflicción, ira, peligro y necesidad, roguemos al Señor

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten misericordia de nosotros y protégenos, oh Dios, por tu gracia.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Diácono: Conmemorando a la Santísima, Purísima, Bendita, y Gloriosa Soberana nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, y a todos los Santos, encomendémonos nosotros mismos, y mutuamente los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo Dios

 

Coro:. A Ti, oh Señor.

El sacerdote reza en el Altar en voz baja la Oración de la Primera Antífona:

Sacerdote: ¡Oh, Señor, Dios nuestro! Cuyo poder es inexpresable y Cuya gloria es inconcebible, Cuya misericordia es inmensurable y el amor a la humanidad inefable: Tú mismo, ¡oh, Soberano! por tu entrañable bondad, mira a nosotros y a este santo templo, y concede a nosotros y a los que con nosotros rezan, las riquezas de tu misericordia y de tu generosidad.

En voz alta: Porque a Ti es debida toda gloria, honor y adoración, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

El diácono hace una metanía y abandonando su lugar, se coloca delante del ícono de Cristo con el brazo derecho elevado y teniendo su estola con tres dedos de su mano derecha.

El coro (con excepción de las grandes fiestas de Cristo y de la Virgen que tienen sus propias antífonas)

El coro canta la Primera Antífona.

En algunas Iglesias ortodoxas orientales se acostumbra omitir este salmo y cantar:

"Coro: Por las intercesiones de la Madre de Dios, oh Salvador, Sálvanos.(3 veces)

En los días de semana, cuando se celebra la fiesta de un santo, se dice:

Sálvanos, oh Hijo de Dios, Tú que eres admirable en Tus Santos, te cantamos aleluya.

 

Salmo 102 (103)

 Coro:

 Bendice, alma mía, al Señor;

Bendito eres, ¡oh, Señor!

Bendice, alma mía, al Señor,

Y todas mis entrañas su Santo Nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

Y no olvides todos sus beneficios.

Él es, Quien perdona todas tus faltas,

El que sana todas tus dolencias.

El que salva tu vida de la corrupción,

El que te corona con misericordia y favores.

Generoso y clemente es el Señor;

Paciente en exceso y grande en misericordia.

Bendice, alma mía, al Señor,

Y todas mis entrañas Su Santo Nombre.

Bendito eres, oh, Señor

Al terminar el canto de la Antífona, el diácono vuelve a su lugar, hace una metanía y dice:

Diácono: Una y otra vez ,en paz roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros, y protégenos ¡oh, Dios! con tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Conmemorando a la Santísima, Purísima, Bendita, y Gloriosa Soberana nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, y a todos los Santos, encomendémonos nosotros mismos, y mutuamente los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo Dios

Coro: A Ti, ¡oh, Señor!

El sacerdote reza en voz baja la Oración de la Segunda Antífona:

         ¡Oh, Señor ! Dios nuestro, salva a Tu pueblo y bendice Tu heredad; guarda la plenitud de tu Iglesia, santifica a los que aman la magnificencia de tu Casa: glorifícalos con tu divino poder y no nos abandones a los que ponemos toda nuestra esperanza en Ti.

En voz alta:

         Pues tuyo es el poder y tuyo es el Reino, la fuerza y la gloria, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

El coro (con la excepción de las grandes fiestas) canta la Segunda Antífona, mientras el diácono procede de la misma forma como en la Primera Antífona. (En algunas Iglesias ortodoxas orientales es costumbre que el coro cante tres veces: Sálvanos, oh Hijo de Dios, Tú que resucitaste de entre los muertos, te cantamos Aleluya.(3 veces)

 

 

Coro: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Alaba, ¡oh, alma mía! al Señor. Alabaré al Señor en mi vida, cantaré a mi Dios mientras viva.

     No confiéis en los príncipes, en los hijos de los hombres, porque en ellos no hay salvación.

Saldrá su espíritu y volverá a su tierra, en aquel día perecerán todos sus pensamientos.

Se entronizará el Señor para siempre, tu Dios, ¡oh, Sión! por generación en generación.

        

Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 Coro: Oh Hijo Unigénito y Verbo de Dios, que siendo inmortal  te dignaste,  por nuestra salvación, encarnarte de la Santa Madre de Dios y Siempre Virgen María, haciéndote hombre sin mutación; Y fuiste crucificado, ¡oh Cristo Dios!, Y venciste a la muerte con Tu muerte, Siendo Uno de la Santa Trinidad, glorificado junto con el Padre y el Espíritu Santo, sálvanos, sálvanos.

 

El diácono canta la Pequeña Letanía:

Una y otra vez roguemos en paz al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y protégenos, ¡oh, Dios! con tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Conmemorando a la Santísima, Purísima, Bendita, y Gloriosa Soberana nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, y a todos los Santos, encomendémonos nosotros mismos, y mutuamente los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo Dios

Coro: A Ti, ¡oh, Señor!

 

El sacerdote reza en voz baja la Oración de la Tercera Antífona:

Sacerdote: Tú que nos has concedido estas oraciones comunes y unánimes, y que has prometido otorgar las peticiones de dos o tres que se reuniesen en tu Nombre: cumple también ahora, Tú mismo, las peticiones de tus siervos en lo que les es beneficioso, dándonos en el presente siglo el conocimiento de tu verdad y en el futuro la vida eterna.

En voz alta:

Pues eres Dios bondadoso y amante de la humanidad, y a Ti elevamos gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

El diácono entra en el Santuario por la puerta derecha. El coro (con excepción de las grandes fiestas) canta como Tercera Antífona las Bienaventuranzas (omitidas en algunas Iglesias ortodoxas orientales):

En tu Reino acuérdate de nosotros, ¡oh, Señor! cuando llegues en tu Reino.

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los hambrientos y sedientos de la verdad, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia.

Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la verdad, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados sois cuando os injurian y persiguen, y dicen toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo.

Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los Cielos.

Mientras que el coro canta esta Tercera Antífona, se abren las Puertas Reales para la pequeña Entrada. El sacerdote y el diácono hacen tres metanías ante el Trono. El sacerdote toma el Santo Evangelio y lo entrega al diácono (o lo lleva él mismo, si no hay diácono). Ambos van desde el lado derecho del Trono, pasando por detrás de Este, y salen del Santuario por la puerta norte, precedidos por los ceraferarios, efectuando así la procesión llamada "Pequeña Entrada."

Diácono: Oremos al Señor.

El sacerdote reza en voz baja la Oración de la Pequeña Entrada:

Sacerdote: ¡Oh, Soberano, Señor y Dios nuestro! que has establecido en los cielos jerarquías y legiones de Ángeles y Arcángeles para servicio de tu gloria, haz que nuestra entrada sea con la de los Santos Ángeles que con nosotros celebran y glorifican tu Bondad. Pues a Ti pertenecen toda gloria, honor y adoración, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Al finalizar esta oración, el sacerdote y el diácono llegan hasta delante de las Puertas Reales. Entonces el diácono señala con el orario en su diestra hacia el oriente y dice al sacerdote:

Diacono:  Bendice, soberano, la santa entrada.

El sacerdote, bendiciendo,dice:

Sacerdote: Bendita sea la entrada de Tus Santos, perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Después de esto, el diácono presenta al sacerdote el Evangelio y el sacerdote lo besa. Terminando el canto de las Bienaventuranzas, el diácono, parado delante del sacerdote y levantando el Santo Evangelio, dice en voz alta:

Diácono: ¡Sabiduría! ¡Estemos de pie! (Esta invocación exhorta a que la feligresía esté atenta y con firmeza, preparada para escuchar el Santo Evangelio).

El diácono seguido del sacerdote, entra al Santo Altar por las Puertas Reales y pone el Santo Evangelio sobre el Santo Trono, mientras que el coro canta:

(Si es domingo)...

Coro: Venid, inclinémonos y postrémonos ante Cristo. Sálvanos, ¡oh, Hijo de Dios! Tu que resucitaste de entre los muertos, a los que te cantamos: Aleluya.

(Si es día de semana)...

Coro: Venid, postrémonos y adoremos a Cristo. Sálvanos, ¡oh, Hijo de Dios! Tú que eres admirable entre los Santos, a los que te cantamos: Aleluya.

Seguidamente, el coro canta los correspondientes

Troparios y Kondakios .

Mientras tanto el obispo o sacerdote reza en voz baja:

 

 Oración del Trisagio:

¡Oh, Dios Santo! Tú que reposas en los Santos, que con el Trisagio eres alabado por los Serafines, glorificado por los Querubines y reverenciado por todas las Potestades Celestiales; Tú que trajiste todo a la existencia a partir del no ser; que has creado al hombre a tu imagen y semejanza y lo adornaste con todos Tus dones; Tú que das sabiduría e inteligencia a quien las pide, y que no desprecias a quien peca, sino instituyes el arrepentimiento para su salvación; nos concedes, a tus humildes e indignos siervos, presentarnos en esta hora ante la gloria de tu Santo Ofertorio y ofrecerte la reverencia y glorificación que te es debida: Tú mismo, ¡oh, Soberano! acepta de nuestros labios pecadores, el Trisagio y visítanos con tu bondad; perdónanos todo pecado voluntario e involuntario; santifica nuestras almas y nuestros cuerpos y concédenos que te sirvamos con devoción todos los días de nuestra vida, por las oraciones de la Santa Madre de Dios y de todos los Santos que te han complacido desde el principio de los siglos. Porque eres Santo, ¡oh, Dios nuestro! y a Ti elevamos gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Al llegar el coro al último Kondakio, el diácono dice al sacerdote, inclinando la cabeza y teniendo su orarion con la mano derecha:

Diácono: Bendice, señor, el tiempo del Trisagio.

 

Sacerdote, bendiciéndolo, en voz alta:

               Porque eres Santo, ¡oh, Dios nuestro! y a Ti glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre...

El diácono pronuncia lo siguiente, señalando con el orario el ícono de nuestro Señor Jesucristo:

Diácono:  ¡Oh, Señor! salva a los piadosos y escúchanos.

El diácono dándose vuelta hacia el pueblo y con el orario en su mano derecha elevada, concluye diciendo:

Diácono: ...y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

         El sacerdote y el diácono hacen tres inclinaciones delante del Trono y rezan el Trisagio, mientras que el coro canta:

Coro:  Santo Dios, Santo Poderoso, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros (tres veces).

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

         Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.

         Santo Dios, Santo Poderoso, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.

 

Si la Liturgia es celebrada por un obispo, entonces el Himno Trisagio se canta siete veces. Después de la tercera vez, el obispo toma en su mano derecha el Dikiri y en su izquierda la Cruz, sale del Santuario, colocándose ante las Puertas Reales frente al pueblo y, bendiciéndolo, dice:

         ¡Oh, Señor, Señor! Vuélvete desde el cielo y mira; visita y fortalece esta viña, plantada por tu diestra ( 3 veces).

         A continuación el obispo vuelve al Santuario y el Trisagio se canta 4 veces más.

En Navidad, Epifanía, Pentecostés, Sábado de Lázaro, Sábado Santo y toda la Semana de Pascua, en vez del Trisagio se canta:

Vosotros que en  Cristo os bautizasteis, de Cristo os revestisteis. Aleluya (tres veces).

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

En Cristo os revestisteis. Aleluya.

Todos los que en Cristo os bautizasteis, en Cristo os revestisteis. Aleluya.

En la Exaltación de la Cruz (14 de Sep). y el Tercer Domingo de la Gran Cuaresma se canta:

Ante tu Cruz ¡oh, Soberano! nos postramos y tu Santa Resurrección glorificamos (tres veces).

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Y tu Santa Resurrección glorificamos.

Ante tu Cruz ¡oh, Soberano! nos postramos y tu Santa Resurrección glorificamos.

En el Altar, el diácono dice al obispo o al sacerdote en voz baja: Ordena, soberano.

         Y ambos se retiran del Santo Trono hacia la parte elevada (detrás del Trono) mientras el sacerdote reza:

         Bendito el que viene en nombre del Señor.

Diácono: Bendice, soberano, el trono altísimo.

Sacerdote: Bendito eres en el trono glorioso de tu Reino, sentado en los Querubines, perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Terminando el canto del Trisagio, el diácono, se ubica delante de las Puertas Reales y dice:

Diácono:  Estemos atentos.

El sacerdote exclama: Paz a todos vosotros.

El lector parado en el medio del templo le contesta:

Y a tu espíritu.

Diácono: Sabiduría.

Lector: Prokimeno del tono...(correspondiente al día).

Y recita los versículos pertinentes, repetidos por el coro.

Diácono: Sabiduría.

El lector entona el título de la Epístola.

Diácono: Estemos atentos.

Mientras que el lector lee la correspondiente Epístola, el diácono toma el incensario, se acerca al superior y, luego de recibir su bendición, inciensa el Santo Trono en sus cuatro costados, en forma de cruz, todo el Altar, al celebrante, al pueblo y nuevamente al Santo Trono. Terminada la lectura Apostólica, el sacerdote bendice al lector, diciendo:

Sacerdote: La Paz sea contigo lector.

Lector: Y con tu espíritu.

Diácono: Sabiduría.

Lector: Aleluya (tres veces, con sus respectivos versículos).

Coro: Aleluya (tres veces).

El sacerdote reza ante el Santo Trono en voz baja la oración que precede al Evangelio:

Sacerdote: Haz resplandecer en nuestros corazones, ¡oh, Soberano que amas a la humanidad! la inextinguible luz de tu divino conocimiento y abre los ojos de nuestra mente a fin de comprender Tus predicaciones Evangélicas. Infúndenos el temor de Tus bienaventurados mandamientos, para que, venciendo todo desenfreno carnal, llevemos una vida espiritual, pensando y obrando en todo para tu beneplácito. Pues Tú eres la iluminación de nuestras almas y cuerpos, ¡oh, Cristo Dios! y a Ti elevamos gloria junto a tu Padre sin comienzo y a tu Santísimo, Bueno y Vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

El diácono, habiendo dejado el incensario en su lugar acostumbrado, se acerca al sacerdote, inclina la cabeza y, con el orario entre sus dedos, indica el Santo Evangelio, diciendo:

Diácono: Bendice, soberano, al que va a anunciar la Buena Nueva del Santo Apóstol y Evangelista N...

El sacerdote, lo bendice:

Sacerdote: Que Dios, por las oraciones del santo, glorioso y alabadísimo Apóstol y Evangelista N... te a ti evangelizador, la palabra con gran fuerza en cumplimiento del Evangelio de su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

         Y le entrega el Santo Evangelio.

Diácono: Amén.

         Inclinándose ante el Santo Evangelio, lo recibe y lo lleva en alto, saliendo por las Puertas Reales y yendo al lugar preparado, precedido por los ceroferarios que salen del Santuario por las puertas laterales. El sacerdote, delante del Santo Trono y mirando hacia occidente, dice:

Sacerdote:  ¡Sabiduría! Estemos de pie. Escuchemos el Santo Evangelio. La Paz este con todos vosotros.

Coro: Y a tu espíritu.

Diácono: Lectura del Santo Evangelio, de San N...

Coro: Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.

Sacerdote: Estemos atentos.

El diácono lee el Santo Evangelio, y una vez terminada su lectura, el sacerdote lo bendice, diciendo:

Sacerdote: La Paz se contigo, evangelizador.

Coro: Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti.

El diácono va hasta las Puertas Reales y entrega el Evangelio al sacerdote, besando su mano, y el sacerdote besa el Santo Evangelio. El diácono, desde su lugar acostumbrado, dice:

 

Diácono: Digamos todos con toda el alma y con toda nuestra mente, digamos:

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: ¡Oh! Señor Omnipotente, Dios de nuestros padres! te suplicamos, escúchanos y ten piedad.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Ten piedad de nosotros, ¡oh, Dios nuestro! por tu gran misericordia, te suplicamos, escúchanos y ten piedad.

Desde aquí y hasta el final de la Letanía, el coro contesta a cada invocación:

Señor, ten piedad (tres veces).

El sacerdote reza en voz baja la Oración de la Súplica Fervorosa:

         ¡Oh, Señor, Dios nuestro! recibe de Tus siervos esta súplica fervorosa y ten piedad de nosotros por tu gran misericordia, y derrama tu generosidad sobre nosotros y sobre tu pueblo que espera de Ti abundante misericordia.

Continúa el diácono:

— También rogamos por el Episcopado Ortodoxo de la Iglesia…, por nuestro Señor, Su Santidad el patriarca…Eminencia Ilustrísima Metropolitano…, por nuestro Obispo, Su Gracia…, y por tododo el clero ortodoxo.

— También rogamos por el sufriente pueblo ortodoxo, y por su salvación.

— También rogamos a nuestro Señor Dios para que libre a su pueblo de los enemigos visibles e invisibles, y que afirme en nosotros unidad de pensamiento, amor fraterno y devoción.

— También rogamos por esta nación, sus autoridades y ejército.

— También rogamos por nuestros hermanos, sacerdotes, monjes ordenados y por toda nuestra hermandad en Cristo.

— También rogamos por los bienaventurados y dignos de eterna memoria Santísimos Patriarcas Ortodoxos, por los piadosos reyes y reinas(Zares y Zarinas), por los fundadores de este santo templo (o: de este santo monasterio) y por todos los ya fallecidos padres y hermanos ortodoxos que yacen aquí y en cualquier parte del mundo.

(Aquí se puede intercalar una oración propia, nombrando a los que se quiere conmemorar).

— También rogamos por los que ofrecen frutos y hacen obras de bien, por los que trabajan y cantan en este santo y venerable templo, y por el pueblo aquí presente, que espera de Ti grande y abundante misericordia.

Sacerdote en voz alta: Porque eres un Dios misericordioso y amas a la humanidad, y te elevamos gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

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Si hay ofrenda por los difuntos, el diácono, tomando el incensario, intercala la siguiente Letanía:

— Ten piedad de nosotros, ¡oh, Dios! por tu gran misericordia, te suplicamos, escúchanos y ten piedad.

Coro: Señor, ten piedad (tres veces).

— También rogamos por el descanso de las almas de Tus difuntos siervos de Dios N... y para que les sea perdonado todo pecado, voluntario e involuntario.

Coro: Señor, ten piedad (tres veces).

— Para que el Señor Dios disponga sus almas allí donde los rectos descansan.

Coro: Señor, ten piedad (tres veces).

— La misericordia divina, el reino celestial y el perdón de sus pecados, rogemos a Cristo, Rey Inmortal y Dios nuestro.

Coro: Concédelo, Señor.

Diácono: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

Sacerdote: ¡Oh! Dios de los espíritus y de toda carne, que venciste la muerte, anulaste al diablo y diste vida a tu mundo: Tú mismo, ¡oh, Señor! haz que descansen en paz las almas de Tus difuntos siervos N... en la morada luminosa, en la morada de abundancia, en la morada de descanso, donde son repelidos el dolor, la tristeza, y el lamento. Perdónales todo pecado por ellos cometido, en palabra, obra o pensamiento, pues eres Dios Bueno y amas a la humanidad. Porque no existe hombre que no peque mientras viva. Tú eres el único sin pecado, tu verdad es verdad por los siglos, y verdad es tu palabra.

En voz alta:

     Pues Tú eres la resurrección, la vida y el descanso de Tus difuntos siervos (nombre) ¡oh, Cristo Dios nuestro! y te elevamos gloria, junto con tu Padre sin comienzo y con tu Santísimo, Bueno y Vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

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El diácono reza la Letanía de los Catecúmenos:

Catecúmenos, orad al Señor.

Coro: Señor, ten piedad (repitiéndolo a cada nueva invocación).

— Fieles, oremos por los catecúmenos, para que el Señor tenga piedad de ellos.

Diácono— Para que los instruya con la palabra de la verdad.

Diácono — Para que les revele el Evangelio de la Verdad.

Diácono — Para que los una a su Santa Iglesia, Católica y Apostólica.

Diácono — Sálvalos, ten piedad de ellos, ampáralos y protégelos, ¡oh, Dios! con tu gracia.

Diácono — Catecúmenos, inclinad vuestras cabezas ante el Señor.

Coro: Ante Ti, ¡oh, Señor!

El sacerdote reza en voz baja la Oración por los Catecúmenos: Liturgia de San Basilio el Grande:

¡Oh, Señor, nuestro Dios! que habitas en los cielos y observas todas tus obras: mira a tus siervos los catecúmenos que inclinan sus cabezas ante Ti, y concédeles que su yugo sea liviano, hazlos miembros honorables de tu Santa Iglesia y dignos del baño del renacimiento, de la remisión de los pecados y de la vestidura de incorruptibilidad, en el conocimiento de Ti, nuestro Dios verdadero.

En voz alta:

         Para que ellos junto con nosotros glorifiquen tu honorabilísimo y magnífico Nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

         El sacerdote despliega el Antimins, mientras que el diácono dice:(Si hay un solo diácono, o si el sacerdote oficia solo, dice:).

         Cuantos sois catecúmenos, salid. Catecúmenos, salid. Cuantos sois catecúmenos, salid. Que no quede ningún catecúmeno. (Aquí comienza "La Liturgia de los Fieles"). Cuantos sois fieles, una y otra vez roguemos en paz al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

Si hay dos diáconos, el primero dice:

Cuantos sois catecúmenos, salid.

El otro diácono exclama:

Catecúmenos, salid.

Y repite el primero:

         Cuantos sois catecúmenos, salid. Que no quede ningún catecúmeno, cuantos sois fieles, una y otra vez roguemos en paz al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

El sacerdote reza en voz baja la Primera Oración de los Fieles:

Tú, ¡oh, Señor! nos mostraste este gran misterio de salvación; Tú nos has hecho dignos a nosotros, tus humildes e indignos siervos, de ser servidores de tu Santo Altar. Tú mismo danos capacidad por la fuerza de tu Santo Espíritu para este ministerio, para que, presentándonos sin condena ante tu Santa Gloria, te ofrezcamos el sacrificio de alabanza: porque Tú eres el que obra todo en todos. Concede, ¡oh, Señor! que nuestro sacrificio por nuestros pecados y por las ignorancias del pueblo, sea agradable ante Ti.

 

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y protégenos, ¡oh, Dios! con tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Sabiduría.

Sacerdote en voz alta:

         Pues a Ti es debida toda gloria, honor y adoración, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Diácono: Una y otra vez, roguemos en paz al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

El sacerdote reza en voz baja la Segunda Oración de los Fieles:

¡Oh, Dios! que visitaste en tu generosidad y misericordia a nuestra humildad, que nos ubicaste a nosotros, humildes pecadores e indignos siervos tuyos, ante tu Santa Gloria, para que sirvamos a tu Santo Altar. Tú mismo fortalécenos con la fuerza de tu Santo Espíritu para este ministerio y concédenos el verbo que abre nuestros labios para poder invocar la gracia de tu Espíritu Santo sobre los Dones que ahora se te ofrecerán.

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y protégenos, ¡oh, Dios! con tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Sabiduría.

El diácono entra al Santuario por la puerta del norte.

Sacerdote en voz alta:— A fin de que, siempre amparados por tu poder, te glorifiquemos, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

 

Aquí se abren las Puertas Reales, si oficia un sacerdote; oficiando un obispo, las Puertas Reales quedan siempre abiertas hasta el tiempo de la Comunión. Mientras que el coro canta el Himno de los Querubines, el diácono presenta el incensario al sacerdote para que lo bendiga y luego incensa el Trono y todo el Altar, el iconostasio, a los sacerdotes, al coro y a los fieles, rezando el salmo 50/51.

Coro: Nosotros que representamos místicamente a los Querubines, y cantamos a la Trinidad Vivificadora el Himno tres veces santo, apartemos ahora toda solicitud mundana.

El Jueves Santo, en lugar del Himno de los Querubines, se canta lo siguiente:

         De tu mística cena, ¡oh, Hijo de Dios! recíbeme hoy como participante; pues no revelaré el misterio a Tus enemigos, ni te daré un beso como Judas, sino como el malhechor te confieso: Recuérdame, ¡oh, Señor! en tu Reino. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Y el Sábado Santo se canta lo siguiente:

         Que enmudezca toda carne humana y que permanezca inmóvil con estremecimiento y temor, y que no piense en nada terrenal; ya que el Rey de reinantes y el Señor de los señores viene para sacrificarse y darse en alimento a los fieles.

         A Él preceden las legiones Angélicas, con los Principados y las Potestades.

Con los Querubines multioculares y los Serafines de seis alas, que recubren sus caras, clamando el himno: Aleluya, aleluya, aleluya.

Mientras que el coro canta,

el sacerdote reza en voz baja la siguiente oración:

Ninguno de los que están ligados por la concupiscencia y los placeres carnales es digno de llegar y de acercarse a Ti, y de servirte, ¡oh, Rey de la Gloria! pues el servirte es cosa grande y temible, aún para las Potestades Celestiales. No obstante, por tu inefable e inconmensurable amor a la humanidad, te hiciste hombre, sin sufrir cambio ni alteración, y te constituiste en nuestro Pontífice; y el sagrado ministerio de este litúrgico e incruento Sacrificio nos lo transmitiste Tú, como Soberano de todos. Puesto que Tú sólo, ¡oh, Señor y Dios nuestro! dominas sobre lo celestial y lo terrenal: Tú que eres llevado en un Trono de Querubines; Tú que eres Señor de los Serafines y Rey de Israel; sólo Tú eres Santo y descansas en los Santos. A Ti, pues, te imploro, ¡Oh! Único Bueno y Propicio: Mírame a mí, tu siervo pecador e inútil, y purifica mi alma y corazón de la mala conciencia; hazme capaz, por la fuerza de tu Espíritu Santo de presentarme, revestido de la gracia del sacerdocio, ante este tu Santo Trono y de consagrar tu Santo e Inmaculado Cuerpo y tu Preciosa Sangre. Pues a Ti acudo, inclinando mi cabeza, y te suplico: no vuelvas de mí tu rostro, ni me repudies de entre Tus hijos, sino concede que estos Dones te sean ofrecidos por mí, tu siervo pecador e indigno. Pues Tú eres El que ofrece y es ofrecido; El que recibe y es distribuido, ¡oh, Cristo, nuestro Dios! y te glorificamos a Ti, juntamente con tu Eterno Padre y con tu Santísimo, Bueno y Vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Terminada esta oración y de incensar, el sacerdote y el diácono rezan tres veces, delante del Santo Trono, en la siguiente forma el Himno de los Querubines, haciendo por cada vez una metanía. Sacerdote en voz baja:

         Nosotros que representamos místicamente a los Querubines, y cantamos a la Trinidad Vivificadora el Himno tres veces santo, apartemos ahora toda solicitud mundana.

Diácono en voz baja:

         Para recibir al Rey de todos, invisiblemente escoltado por las jerarquías angélicas. Aleluya, aleluya, aleluya.

Ambos se retiran hacia el Ofertorio, yendo el diácono adelante. El sacerdote incensa los Dones, rezando para sí:

         ¡Oh, Dios, purifícame a mí pecador!

El diácono dice al sacerdote: Toma, señor.

El sacerdote, tomando el velo grande, lo pone en los hombros del diácono, diciendo:

         Levantad vuestras manos hacia lo Santo y bendecid al Señor.

Luego, tomando la Patena, la coloca cuidadosamente sobre la cabeza del diácono que se encuentra con la rodilla derecha incada ante él. El diácono recibe la Patena devotamente y la sujeta con ambas manos, llevando además el incensario colgado de un dedo de la mano derecha. El sacerdote toma el Cáliz y ambos salen por la Puerta Norte precedidos por los ceroferarios efectuando la Gran Entrada.

Diácono: Por el Santo Sínodo Episcopal de la Iglesia Ortodoxa …, por nuestro Santo Patriarca…, por el Obispo …, que el Señor Dios se acuerde en su Reino perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Sacerdote: Por la nación (nombre), sus gobernantes, ejércitos, sus soldados que aman a Cristo y su pueblo, que el Señor Dios se acuerde en su Reino perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Por el orden sacerdotal y monástico; por todos los perseguidos por la fe ortodoxa; los fundadores, bienhechores, hermanos y feligreses de este santo templo; todos vosotros y por todos los verdaderos cristianos, que el Señor Dios se acuerde en su Reino, perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Para recibir al Rey de todos, invisiblemente escoltado por las legiones de ángeles. ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

El Diácono entra por las Puertas Reales al Altar, se coloca a la derecha del Santo Trono, dobla la rodilla derecha y, al entrar el Sacerdote, le dice:

¡Que el Señor Dios se acuerde de tu sacerdocio en su Reino!

Sacerdote: Que el Señor Dios se acuerde de tu diaconado en su Reino, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

El sacerdote pone el Cáliz sobre el Trono y, tomando la Santa Patena de la cabeza del Diácono, la coloca también en el Trono sobre el Antimins, a la izquierda del Cáliz, rezando:

         El noble José, habiendo bajado tu purísimo Cuerpo del madero y envuelto en una sábana limpia y recubierto de esencias aromáticas lo depositó en un sepulcro nuevo.

         Corporalmente, en el sepulcro; como Dios, en el hades con el alma; en el paraíso con el malhechor, asimismo estabas, Cristo, con el Padre y el Espíritu, ¡oh, Indescriptible! que todo lo llenas.

         Tu sepulcro ¡oh, Cristo! fuente de nuestra resurrección se manifestó como Portador de vida, más hermoso que el Paraíso y verdaderamente más luminoso que cualquier aposento real.

Luego, tomando los velos de la Patena y del Cáliz, los coloca en el Santo Trono y, tomando el velo grande del hombro del Diácono e incensándolo, recubre con éste la Santa Ofrenda, rezando:

         El noble José, habiendo bajado tu Purísimo Cuerpo del madero y envuelto en una sábana limpia y recubierto de esencias aromáticas, lo depositó en un sepulcro nuevo.

         Y tomando del Diácono el incensario, incensa tres veces la Santa Ofrenda, rezando:

Haz bien, Señor, con tu benevolencia a Sión, edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de verdad, las ofrendas y los holocaustos; entonces se ofrecerán becerros sobre tu Altar.

El Sacerdote, devolviendo el incensario e inclinando la cabeza, dice al Diácono:

         Conmemórame, hermano y concelebrante.

El Diácono contesta al Sacerdote:

         Que el Señor Dios se acuerde de tu sacerdocio en su Reino.

El Diácono, inclinando su cabeza y teniendo al mismo tiempo su orario con tres dedos de su mano derecha, dice al Sacerdote:

         Ora por mí, santo soberano.

Sacerdote: El Espíritu Santo venga sobre ti y la virtud del Altísimo te cubra con su sombra.

Diácono: El mismo Espíritu concelebre con nosotros todos los días de nuestra vida, (y agrega) Conmemórame, santo soberano.

Sacerdote: Que el Señor Dios se acuerde de ti en su Reino, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Diácono: Amén.

El Diácono, después de besar la diestra del Sacerdote, sale por la puerta del norte, se coloca en su lugar acostumbrado y dice:

Completemos nuestra oración al Señor.

Coro: Señor, ten piedad (Repitiéndolo a cada invocación).

— Por los preciosos Dones ofrecidos, roguemos al Señor.

— Por este Santo Templo y por los que con fe, devoción y temor de Dios entran en él, roguemos al Señor.

— Para que nos libre de toda aflicción, ira y necesidad, roguemos al Señor.

 

El Sacerdote reza en voz baja la Oración de la Ofrenda inclinado sobre ésta:

¡Oh, Señor! Nuestro Dios, que nos creaste y nos introdujiste en esta vida, que nos mostraste el camino hacia la salvación, que nos diste la revelación de los misterios celestiales: Tú que nos dispusiste para este servicio por la fuerza de tu Santo Espíritu: ten la bondad de concedernos, ¡oh, Señor! que seamos servidores de tu Nuevo Testamento, siervos de tus Santos Sacramentos. Acéptanos, por la magnitud de tu misericordia, a los que nos acercamos a tu Santo Altar, para que seamos dignos de ofrecerte este sacrificio racional e incruento por nuestros pecados y por la ignorancia del pueblo. Y al recibirlo, cual aroma fragante, en tu Santo, Celestial y Espiritual Altar, envíanos desde lo alto la gracia de tu Espíritu Santo. Míranos, ¡oh, Dios! y ve este nuestro oficio y acéptalo como aceptaste los dones de Abel, los sacrificios de Noé, las ofrendas de frutos terrenales de Abraham, el sacerdocio de Moisés y de Aarón y la ofrenda de paz de Samuel.

Así como recibiste de tus Santos Apóstoles este oficio verdadero, recibe también por tu bondad, ¡oh, Señor! estos Dones de las manos de nosotros pecadores. Para que, después de habernos concedido servir sin mancha a tu Santo Altar, obtengamos la recompensa de los fieles y sabios administradores en el temible día de tu correcta retribución.

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guárdanos, ¡oh, Dios! por tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Que todo este día sea perfecto, santo, pacífico y sin pecado, rogemos al Señor.

El Coro contesta a cada nueva invocación:

         Concédelo, Señor.

Diácono: Un Angel de paz, fiel guía, custodio de nuestras almas y cuerpos, rogemos al Señor.

— El perdón y remisión de nuestros pecados y transgresiones, rogemos al Señor.

— Lo bueno y conveniente para nuestras almas y la paz para el mundo, rogemos al Señor.

— Terminar en paz y arrepentimiento el tiempo restante de nuestra vida, rogemos al Señor.

— Un cristiano fin de nuestra vida, sin dolor, sin remordimiento, pacífico y una buena respuesta ante el temible tribunal de Cristo, rogemos al Señor.

Diácono: Conmemorando a la Santísima, Purísima, Bendita, y Gloriosa Soberana nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, y a todos los Santos, encomendémonos nosotros mismos, y mutuamente los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo Dios

Coro: A Ti, ¡oh, Señor!

Sacerdote, en voz alta:

         Por las generosidades de tu Unigénito Hijo, con Quien eres bendito, junto con tu Santísimo, Bueno y Vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Sacerdote: Paz a todos vosotros.

Coro: Y a tu espíritu.

Diácono: Amémonos los unos a los otros, para que en unanimidad confesemos.

Coro: Al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisible.

El Sacerdote se inclina tres veces, rezando a cada vez en voz baja: te amaré, ¡oh, Señor! mi fortaleza; el Señor es mi baluarte y mi refugio.

El Sacerdote besa primeramente la Patena y luego el Cáliz que están cubiertos con el velo grande, y el borde del Santo Trono delante suyo. Si hay varios concelebrantes, todos hacen lo mismo y luego se abrazan y se besan en los hombros, diciendo el de mayor jerarquía: Cristo está entre nosotros. Y se responde: Está y estará.

Asimismo, si hay varios Diáconos, cada uno besa la cruz en su orario, y el uno al otro en los hombros, diciendo lo mismo que los Sacerdotes. También el Diácono que está pronunciando la letanía delante de las Puertas Reales, besa la cruz en su orario, sin salir del lugar donde está, y exclama:

¡Las puertas, las puertas! Atendamos con sabiduría.

El Sacerdote alza el velo grande y lo sostiene por encima de los Santos Dones. Si hay varios concelebrantes, todos sostienen el velo grande por encima de los Santos Dones (si la Liturgia se celebra por un Obispo, se lo sostienen encima de la cabeza del Obispo que se halla inclinado sobre el Santo Trono), agitándolo ligeramente, y diciendo cada uno en voz baja, así como el pueblo, la Confesión de la fe.

Coro (y pueblo): Creo en el Único Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todo lo visible e invisible. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, que nació del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz; Dios verdadero de Dios verdadero; nacido, no creado; consubstancial con el Padre, por quien todo fue hecho; Quien por nosotros, los hombres, y para nuestra salvación, descendió de los cielos, se encarnó del Espíritu Santo y María Virgen, se hizo Hombre; fue crucificado, por nosotros, en tiempos de Poncio Pilatos; padeció, fue sepultado y al tercer día resucitó conforme con las Escrituras; subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre; vendrá otra vez con gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.

     Y en el Espíritu Santo, Señor vivificador, Quien procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado; que habló por los profetas. Y en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica; confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados; espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero. Amén.

El Sacerdote, después de levantar el gran velo de la Santa Ofrenda y de besarlo, lo pone a un lado.

Diácono: Estemos respetuosamente, estemos con temor; atendamos para ofrecer en paz la Santa Oblación.

Coro: La misericordia de la paz, el sacrificio de la alabanza.

El Sacerdote, volviéndose hacia los fieles, dice:

         La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y Padre, y la Comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros.

Coro: Y con tu espíritu.

Sacerdote: Hacia lo alto elevemos los corazones.

Coro: Los tenemos elevados al Señor.

Sacerdote: Agradecemos al Señor.

Coro: Es digno y correcto postrarse ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisible.

 

El Sacerdote reza en voz baja:

Tú eres Soberano, ¡oh! adorado Señor y Padre Omnipotente: es realmente digno, correcto, y corresponde a la magnificencia de tu santidad, alabarte, cantarte, bendecirte, postrarse ante Ti, agradecerte, glorificarte, ¡oh! único Dios realmente existente, y ofrecerte, con el corazón contrito y en espíritu de humildad, este nuestro oficio racional. Pues Tú eres Quien nos dio el conocimiento de tu verdad. ¿Y quién es capaz de proclamar tu poder, hacer escuchar todas tus alabanzas o narrar todos tus milagros en todo tiempo? ¡Oh! Soberano de todos, Señor del cielo y de la tierra y de todo lo creado, lo visible e invisible, que estás sentado en un Trono de Gloria y miras los espacios infinitos, que no tienes comienzo, ¡oh! Invisible, Inconcebible, Indescriptible, Inmutable, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios Magno y Salvador, nuestra Esperanza, Quien es imagen de tu bondad y signo exacto de la misma, que en sí te manifiesta a Ti, Padre, siendo Palabra viva, Dios verdadero, Sabiduría eterna, Vida, Santificación, Fuerza, Luz verdadera, por el cual se nos apareció el Espíritu Santo, Espíritu de Verdad, Don de Filiación, promesa de herencia futura, Principio de los Bienes Eternos, Fuerza vivificadora, Fuente de santificación de la cual toda criatura racional e inteligente se fortalece para servirte y elevarte la glorificación constante, porque todos te sirven a Ti. Pues te alaban los Angeles, los Arcángeles, los Tronos, los Dominios, los Principados, las Potestades, las Fuerzas y los Querubines multioculares. Alrededor tuyo se encuentran los Serafines, cada uno con seis alas: con dos se cubren sus rostros, con dos los pies y con dos vuelan, exclamando uno después del otro con ininterrumpidas voces, glorificaciones incesantes.

 

(en voz alta):        Entonando el Himno de la victoria, cantando, proclamando, llamando y diciendo:

Coro: Santo, Santo, Santo es el Señor, Sabaoth. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito El que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.

Aquí, el diácono, tomando el Asterico de la Patena, hace encima de ésta la señal de la cruz y, besándolo, lo deposita sobre el Santo Trono.

 

El sacerdote reza en voz baja:

Con estas bienaventuradas Potestades, ¡oh! Soberano que amas a la humanidad, también nosotros pecadores clamamos y decimos: Santo eres en verdad y Santísimo, y no existe medida para la magnificencia de tu Santidad, y eres recto en todas tus obras, porque todo nos lo hiciste conforme con la verdad y el juicio verdadero. Al crear al hombre, tomaste polvo de la tierra, lo honraste con tu imagen, ¡oh, Dios! Y lo ubicaste en el paraíso de la dulzura, prometiéndole una vida inmortal y el gozo de tus bienes eternos por el cumplimiento de tus mandamientos; pero habiéndote desobedecido a Ti, el Dios verdadero que lo creó, atraído por el engaño de la serpiente y mortificado por sus pecados, lo expulsaste por tu justa sentencia, ¡oh, Dios! del paraíso a este mundo, devolviéndolo a la tierra de la que fue tomado, preparándole su salvación por un nuevo nacimiento en tu propio Cristo. Pues no rechazaste del todo a tu criatura, ¡oh, Bueno! ni te olvidaste de la obra de tus manos, sino que la visitaste repetidamente por la misericordia de tu gracia: enviaste profetas, obraste virtudes por medio de tus Santos que te complacieron cada uno en su modo; nos hablaste por la boca de tus siervos, los profetas, prediciéndonos la salvación venidera; diste la Ley para nuestra ayuda; pusiste Angeles guardianes.

Al cumplirse el tiempo, nos hablaste por medio de tu propio Hijo, por el cual creaste los siglos, el cual es resplandor de tu gloria e imagen de tu Hipóstasis y sosteniéndolo todo con el verbo de su Fuerza, no se apropió indebidamente en el ser igual a Ti Dios y Padre, sino que siendo Dios Eterno, apareció en la tierra y vivió con los hombres. Se encarnó de la Santa Virgen; se rebajó tomando el aspecto de un siervo, se hizo semejante al cuerpo de nuestra humildad para hacernos semejantes a la imagen de su gloria. Puesto que el pecado entró al mundo por el hombre y por el pecado, la muerte, tu Unigénito Hijo existente en tu seno, Dios y Padre, se dignó nacer de una mujer, la Santa Madre de Dios, siempre Virgen María, y sometiéndose a la Ley, condenó el pecado por medio de su propia carne, para que los que murieron en Adán, vuelvan a la vida en tu propio Cristo. Y después de haber vivido en este mundo, habiéndonos dado mandamientos salvadores y apartado del engaño de los ídolos, nos trajo el conocimiento de Ti, el verdadero Dios y Padre, habiéndonos adquirido como pueblo elegido, sacerdocio real, pueblo santo; y habiéndonos purificado con el agua y santificado con el Espíritu Santo, se entregó a Sí mismo a cambio de la muerte, de la que estábamos cautivos, vendidos por el pecado. Habiendo descendido al infierno por la Cruz, llenándolo todo con su Ser, venció las enfermedades mortales; y resucitó al tercer día, abriendo a toda carne el camino de la resurrección de entre los muertos, porque no era posible que la corrupción se apodere del propio Origen de la vida. Se hizo el primero de los que fallecieron y el primer nacido de entre los muertos, para que El mismo sea todo, siendo el primero en todo. Habiendo ascendido a los cielos, se sentó en las alturas a la diestra de tu Majestad, de donde vendrá para retribuir a cada uno según sus obras. Nos dejó, como recuerdo de su pasión salvadora, estos Sacramentos que te ofrecemos conforme con sus mandamientos; pues queriendo salir para su muerte voluntaria, vivificadora y siempre recordada, en la noche en que se entregó por la vida del mundo, tomó el pan en sus santas y purísimas Manos y lo presentó a ti, Dios y Padre, dio gracias, lo bendijo, lo santificó, y partiéndolo

en voz alta:

Lo dio a sus santos discípulos y apóstoles, diciendo: "Tomad. Comed. Este es mi cuerpo que por vosotros es partido para el perdón de los pecados."

Coro: Amén.

El sacerdote sigue en voz baja: Del mismo modo tomó el Cáliz con el fruto de la vid y, preparándolo, dando gracias, bendiciéndolo y santificándolo,

 (en voz alta)

Lo dio a sus discípulos y apóstoles, diciendo: “Bebed de Él todos, esta es mi Sangre del Nuevo Testamento, que por vosotros y por muchos es derramada para el perdón de los pecados.”

Mientras que el sacerdote pronuncia estas palabras, el diácono señala la Patena con el orario entre tres dedos de su mano derecha. Igualmente señala el Cáliz, cuando el sacerdote dice: 'Bebed de él todos...'

Coro: Amén

 

Sacerdote: Haced esto en memoria Mía: cada vez que comáis este Pan y bebáis de este Cáliz, anunciáis mi muerte y confesáis mi Resurrección. Recordando pues también nosotros, ¡oh, Soberano! su salvador sufrimiento, su vivificadora Cruz, su sepultura de tres días, su resurrección de entre los muertos, su Ascensión a los cielos, su Entronización a tu diestra, Dios y Padre, y su gloriosa y temible segunda venida,

Sacerdote exclama en voz alta:

Estos Dones que son Tuyos, te ofrecemos por todos y por todo.

Al pronunciar el sacerdote estas palabras, el diácono pone sus manos en forma de cruz y alza la Patena y el Cáliz, inclinándose con devoción.

Coro: Te cantamos, te bendecimos, te damos gracias, ¡oh, Señor! y a ti oramos, ¡oh, Dios nuestro!

 

 

El sacerdote reza en voz baja:

Por ello, ¡oh, Santísimo Soberano! también nosotros pecadores e indignos siervos tuyos, que somos honrados en servir a tu Santísimo Altar, no en atención a nuestros méritos, pues no hicimos nada bueno en la tierra, sino por tu benevolencia y generosidad que ampliamente derramaste sobre nosotros, nos atrevemos a acercarnos a tu santo Altar y, ofreciéndote los elementos representativos del Santo Cuerpo y de la Sangre de tu Cristo, te rogamos y te invocamos: ¡oh, Santo de los Santos! que por la benignidad de tu benevolencia descienda el Espíritu Santo sobre nosotros y sobre los Dones aquí presentes, y que los bendiga, santifique y manifieste.

 

Entonces el diácono se acerca al sacerdote y ambos hacen tres metanías ante el Santo Trono, rezando en voz baja a cada vez:

 ¡Oh, Dios! purifícame a mí pecador y ten piedad.

Sacerdote  en voz baja:

         ¡Oh, Señor! que en la hora tercia enviaste tu Santísimo Espíritu a tus Apóstoles, no lo retires de nosotros, ¡oh, Bueno! sino renuévanos a los que a Ti suplicamos.

Diácono (en voz baja):

         Crea en mí, ¡oh, Dios! un corazón puro y renueva un espíritu recto dentro de mí.

El sacerdote repite en voz baja:

            ¡Oh, Señor! que en la hora tercia enviaste tu Santísimo Espíritu a tus Apóstoles, no lo retires de nosotros, ¡oh, Bueno! sino renuévanos a los que a Ti suplicamos.

 

Diácono (en voz baja):

         No me apartes de tu rostro y no quites de mí tu Espíritu Santo.

El sacerdote vuelve a repetir en voz baja:

                   ¡Oh, Señor! que en la hora tercia enviaste tu Santísimo Espíritu a tus Apóstoles, no lo retires de nosotros, ¡oh, Bueno! sino renuévanos a los que a Ti suplicamos.

 

El diácono, inclinando la cabeza, señala con el orario el Santo Pan y dice:

         Bendice, ¡oh, Soberano! el Santo Pan.

El sacerdote se inclina y signa el Santo Pan rezando:

Este Pan es el mismo, precioso Cuerpo de nuestro Señor, Dios y Salvador, Jesucristo.

Diácono: Amén. Y agrega: Bendice, señor, el Santo Cáliz.

 

El sacerdote, bendiciendo, reza:

Y este Cáliz, la misma, preciosa Sangre de nuestro Señor, Dios y Salvador, Jesucristo.

Diácono: Amén.

Sacerdote: Derramada por la vida del mundo.

Diácono: Amén. Y señalando nuevamente ambos Dones, dice:

Bendice, señor, ambos.

El sacerdote, bendiciendo ambos Dones, dice:

Al convertirlos con tu Espíritu Santo.

Diácono: Amén, amén, amén.

          ambos hacen una postración ante el Santo Trono. Luego, el diácono, inclinando la cabeza ante el sacerdote, dice:

         Conmemórame, santo señor, a mí, pecador.

Sacerdote: Que el Señor, Dios se acuerde de ti en su Reino, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Diácono: Amén.

         Y se retira al lugar donde estuvo anteriormente. El sacerdote reza en voz baja:

Y a nosotros todos los que comulgamos de un mismo pan y un mismo Cáliz, únenos los unos con los otros en la comunión de un sólo Espíritu Santo, y que ninguno de nosotros comulgue del Santo Cuerpo y Sangre de tu Cristo para su juicio y condenación, sino que hallemos tu misericordia y gracia, junto con todos los Santos que te hayan complacido desde el principio de los siglos, los antepasados, padres, patriarcas, profetas, apóstoles, predicadores, evangelistas, mártires, confesores de la fe, maestros y toda alma recta fallecida en la fe...

El sacerdote incensa los Santos Dones y exclama en voz alta:

... Principalmente por la Santísima, Purísima, Bendita, Gloriosa Soberana nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen, María.

Luego el diácono incensa en forma de cruz el Santo Trono, conmemorando, si desea, a sus difuntos y vivos.

El coro canta:

En Ti, ¡oh, llena de gracia! se alegra toda la creación, el concilio de los Angeles y el género humano. ¡Oh! Templo santificado, Paraíso racional, Alabanza de la doncellez, de la cual se encarnó Dios y fue Niño, El que es nuestro Dios antes de los siglos, Quien hizo de tu seno materno su Trono y tu vientre más extenso que los cielos. En Ti, ¡oh, llena de gracia! se alegra toda la creación. ¡Gloria a Ti!

En las Liturgias de los días de grandes fiestas del Señor o de la Santísima Virgen, este cántico se sustituye por el 'irmos' de la novena oda del canon correspondiente al día. El Jueves Santo y el Sábado Santo, se canta el 'irmos' de la novena oda del canon correspondiente al día.

Mientras se canta el Himno (o 'irmos'), el sacerdote continúa rezando en voz baja:

         Por San Juan Profeta, Precursor y Bautista, por los santos, gloriosos y alabadísimos Apóstoles, por San/ta [.....] cuya memoria celebramos hoy y todos tus Santos. Por sus oraciones visítanos, ¡oh, Dios!

El sacerdote sigue rezando en voz baja:

También acuérdate de todos los que fallecieron con la esperanza de la resurrección a la vida eterna. Asimismo te rogamos por el eterno descanso y por la permanencia en el lugar de la luz perpetua de las almas de tus siervos (nombrando a los difuntos que desea conmemorar) donde no hay tristeza ni angustia. Y hazlos descansar donde resplandece la luz de tu rostro.

También te rogamos, ¡oh, Señor! que te acuerdes de tu Santa Iglesia Católica y Apostólica, extendida de un extremo al otro del mundo, y apaciéntala, pues la redimiste con la preciosa Sangre de tu Cristo, y afirma este santo templo hasta el fin de los siglos. Acuérdate, ¡oh, Señor! de quienes te ofrecieron estos Dones y de aquellos en cuyo nombre fueron ofrecidos y de quienes pidieron que sean ofrecidos y por quienes han sido ofrecidos. Acuérdate, ¡oh, Señor! de los que traen frutos y obran el bien en tus santos templos y se acuerdan de los pobres: retribúyeles con tus ricos y celestiales dones, dándoles en lugar de lo terrenal, lo celestial; en lugar de lo temporal, lo eterno; en lugar de lo corruptible, lo incorruptible. Acuérdate, ¡oh, Señor! de los que habitan en los desiertos, en las montañas, en las cavernas y en las laderas escarpadas. Acuérdate, ¡oh, Señor! de los que perseveran en la castidad y piedad, llevando una vida de ayuno y de pureza. Acuérdate, ¡oh, Señor! de esta nación y sus gobernantes, dales una profunda y perpetua paz, infunde en sus corazones un buen sentimiento para con tu Iglesia y con todos sus fieles, para que pasemos una vida apacible y silenciosa con toda piedad y pureza.

Acuérdate ¡oh, Señor! de todo mando, autoridad y hermanos nuestros que participan de esa jerarquía y de todo el ejército. Conserva a los buenos en su bondad, convierte a los malos en buenos por tu Bondad. Acuérdate, ¡oh, Señor! del pueblo aquí presente y de los ausentes por motivos valederos, y ten piedad para con ellos y con nosotros, debido a tu gran misericordia: llena sus tesoros de todo lo bueno; conserva sus matrimonios en paz y unanimidad; educa a los niños; dirige a la juventud, sostén a la vejez, consuela a los afligidos; reúne a los errantes; reintegra a tu Santa Iglesia Católica y Apostólica a los que, seducidos, la han abandonado; libra a los oprimidos por los espíritus impuros; navega con los navegantes; viaja con los viajeros; ayuda a las viudas, protege a los huérfanos; libra a los cautivos; sana a los enfermos. Acuérdate, ¡oh, Dios! de los que están ante los tribunales, de los mineros, de los presos, de los condenados a trabajos forzados, de los que sufren cualquier pena, necesidad o adversidad. Acuérdate también de todos los que necesitan tu gran misericordia; de los que nos aman y de los que nos odian, y de los que nos hayan encomendado a nosotros indignos rezar por ellos, de todo tu pueblo, ¡oh, Señor, Dios nuestro! y derrama tu abundante misericordia, concediendo a cada uno lo necesario para su salvación. Y a aquellos que no hemos recordado por no conocerlos u olvidarlos, o debido a la gran cantidad de nombres, Tú mismo, ¡oh, Dios! conmemóralos, ya que conoces la edad y el nombre de cada cual, conociendo a cada uno desde el seno de su madre. Pues Tú eres, ¡oh, Señor! la ayuda de los que no tienen socorro, la esperanza de los desesperados, el salvador de los atormentados, el puerto de los navegantes, el médico de los enfermos. Sé Tú mismo todo para todos, Tú que conoces a cada cual; sus preocupaciones, su hogar y su necesidad. Protege, ¡oh, Señor! esta ciudad (o este pueblo, o este monasterio) y cualquier ciudad o país, del hambre, de la destrucción, de los terremotos, de las inundaciones, del fuego, de la espada, de la invasión de forasteros y de las luchas fratricidas.

Al terminar el Himno, el sacerdote exclama en voz alta:

         En primer lugar, acuérdate, ¡oh, Señor! de nuestro Padre y Obispo … y concede a tus santas iglesias conservarlos en paz, salvos, dignos, sanos y que vivan muchos años, enseñando rectamente la Palabra de tu verdad.

Coro: Y de todos y de todo.

Acuérdate, ¡oh, Señor! del Episcopado ortodoxo que enseña fielmente la Palabra de tu Verdad. Acuérdate, Señor, en la abundancia de tu generosidad, también de mi indignidad, perdóname mis faltas, voluntarias e involuntarias; y que no sea que por causa de mis pecados prohibas que descienda la gracia del Espíritu Santo sobre los Dones aquí ofrecidos.

Acuérdate, ¡oh, Señor! del Presbiterado, del Diaconado en Cristo y de toda la orden sacerdotal, y que ninguno de los que rodeamos tu Santo Altar, sea avergonzado por Ti. Visítanos con tu gracia, Señor, preséntate ante nosotros en tus abundantes generosidades. Envíanos vientos benignos y útiles, lluvias clementes para fertilidad de la tierra; apacigua las discordias entre las iglesias, calma la rebelión de los paganos, destruye pronto las herejías por la fuerza de tu Espíritu Santo; recíbenos a todos en tu Reino, haciéndonos hijos de la luz y del día. Danos tu paz y tu amor, ¡oh, Señor! Dios nuestro, pues Tú nos has dado todo.

Exclama en voz alta:

         Y concédenos que con una sola boca y un sólo corazón glorifiquemos y alabemos tu honorabilísimo y magnífico Nombre, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

El sacerdote, dándose vuelta hacia el pueblo, bendice, diciendo:

         Y que las misericordias de nuestro Gran Dios y Salvador, Jesucristo, sean con todos vosotros.

Coro: Y con tu espíritu.

El diácono sale del Santuario y desde su lugar acostumbrado canta las siguientes peticiones:

         Habiendo recordado a todos los Santos, una y otra vez roguemos en paz al Señor.

El coro contesta a cada petición: Señor ten piedad.

— Por los preciosos Dones ofrecidos y consagrados, roguemos al Señor.

— Para que nuestro Dios que ama a la humanidad, al recibir estos Dones en su Santo, celestial y místico Altar en olor de fragancia espiritual, nos envíe su gracia y el don del Espíritu Santo, roguemos al Señor.

— Para que nos libre de toda aflicción, ira y necesidad, roguemos al Señor.

El sacerdote reza mientras tanto en voz baja:

¡Oh, Dios nuestro! Dios de la salvación, Tú mismo enséñanos cómo agradecerte por todos tus beneficios que nos otorgaste y sigues otorgándonos. Tú, ¡oh, Dios nuestro! que aceptaste estos Dones, purifícanos de toda impureza de la carne y del espíritu, y enséñanos a realizar con temor ante Ti, los Santo para que, recibiendo con el testimonio puro de nuestra conciencia una parte de tus Santos Sacramentos, nos unamos con el Santo Cuerpo y Sangre de tu Cristo y, habiéndolos recibido dignamente, tengamos a Cristo viviendo en nuestro Corazón y seamos templo de tu Espíritu Santo. Y sobre todo te rogamos, ¡oh, Dios nuestro! que a ninguno de nosotros hagas culpable ante tus temibles y celestiales Sacramentos, ni enfermos de alma y cuerpo, por comulgar indignamente, sino que nos concedas recibir dignamente, hasta nuestro último suspiro una parte de tus Sacramentos, como viático para la vida eterna y una favorable respuesta en el temible Tribunal de tu Cristo; para que también nosotros participemos, con todos los Santos que desde el principio de los siglos supieron complacerte, de los eternos goces que has preparado, ¡oh, Señor! para los que te aman.

 

El diácono sigue: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y guardados, ¡oh, Dios! con tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Que todo este día sea perfecto, santo, pacífico y sin pecado, rogemos al Señor.

El Coro contesta ahora a cada nueva invocación: Concédelo, Señor.

Diácono: Un Angel de paz, fiel guía, custodio de nuestras almas y cuerpos, rogemos al Señor.

— El perdón y remisión de nuestros pecados y culpas, rogemos al Señor.

— Lo bueno y útil para nuestras almas y paz para el mundo, rogemos al Señor.

— Terminar en paz y arrepentimiento el tiempo restante de nuestra vida, rogemos al Señor.

— Un cristiano fin de nuestra vida, sin dolor, sin reproche, pacífico y buena respuesta en el temible Tribunal de Cristo, rogemos al Señor.

— Habiendo pedido la unión de la fe y la comunión del Espíritu Santo, encomendémonos a nosotros mismos, y mutuamente los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo Dios.

Coro: A Ti, Señor.

El sacerdote exclama en voz alta:

         Y haznos dignos, ¡oh, Soberano! de que confiadamente y sin reproche, nos atrevamos a invocarte a Ti, Dios Padre celestial, y decir:

Celebrantes, coro y pueblo cantan:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, como es en el cielo así en la tierra. El pan nuestro sustancial dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del maligno.

Sacerdote en voz alta:

         Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Sacerdote: Paz a todos.

Coro: Y a tu espíritu.

Diácono: Inclinad vuestras cabezas ante el Señor.

Coro: Ante Ti, ¡Oh, Señor!

El sacerdote reza en voz baja:

¡Oh, Señor y Soberano! Padre de todas las bondades y Dios de todo consuelo, bendice, santifica, conserva, fortifica, afirma y aparta de toda mala acción a los que ante Ti inclinan sus cabezas; únelos a toda acción buena y concédeles que comulguen sin condena de estos tus Purísimos y Vivificadores Sacramentos, para el perdón de los pecados y la Comunión del Espíritu Santo.

 

En voz alta: Por la gracia, las bondades y el amor a la humanidad de tu Unigénito Hijo, con quien eres bendito, junto con tu Santísimo, Bueno y Vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

El sacerdote reza en voz baja:

         Escúchanos, ¡oh, Señor Jesucristo! Dios nuestro, desde tu santa morada y desde el trono de gloria de tu Reino, y ven a santificarnos, Tú que en lo alto estás sentado con el Padre y aquí estás invisiblemente presente con nosotros; dígnate darnos, con tu Mano soberana, tu Purísimo Cuerpo y tu Preciosa Sangre, y por intermedio nuestro a todo tu pueblo.

Durante esta oración, el diácono, parado delante de las Puertas Reales, se ciñe con su orario en forma de cruz. Luego el sacerdote y el diácono, cada uno en su lugar, hacen tres metanías, diciendo cada vez en voz baja:

¡Oh, Dios! Purifícame a mí pecador y ten piedad de mí.

El diácono, cuando ve que el sacerdote extiende sus manos para tomar el Santo Pan y efectuar la santa elevación, exclama: Estemos atentos.

El sacerdote, elevando con ambas manos el Santo Pan, exclama: Lo Santo para los Santos.

Coro: El único Santo, el único Señor, Jesucristo, para gloria de Dios Padre. Amén.

El Coro canta el versículo de Comunión correspondiente al día. Los Domingos se canta:

         Alabad al Señor desde los cielos; alabadle en las alturas. Aleluya, aleluya, aleluya.

Y luego se canta algo referente al día, mientras dura la Fracción del Santo Pan y la comunión de los Celebrantes. Después de la exclamación del sacerdote: 'Lo Santo a los Santos', el diácono entra al Santuario, se pone a la derecha del sacerdote y dice: Parte, señor, el Santo Pan.

El sacerdote, partiéndolo con suma atención en cuatro partes, dice:

         Es partido y distribuido el cordero de Dios: partido sin ser dividido, siempre comido y nunca consumido, pero que santifica a los comulgantes.

Y coloca las cuatro fracciones en la Patena en forma de cruz del modo indicado en el grabado. La fracción IC es para colocarse en el Cáliz. La fracción XC es para la comunión de los Celebrantes y se divide en tantas partículas cuantos Celebrantes haya. Las fracciones HI y KA son para la comunión de los fieles y se dividen en tantas partículas cuantos comulgantes haya. Solamente dichas fracciones del Cordero de Dios se usan para la Santa Comunión y no las partículas sacadas de otras prósforas en la Proscomidia en conmemoración de la Santísima Virgen, ni de los Santos.

         Al preparar el sacerdote las partículas del Santo Cuerpo y la Santa Sangre de nuestro Señor, debe tomar en cuenta el número de comulgantes, para que alcance para todos y no sobre ni falte, ya que más tarde no se podrá agregar nada más el Cáliz.

El diácono, señalando con el orario el Cáliz, dice:

         Llena, señor, el Santo Cáliz.

El sacerdote, tomando la fracción IC, sobre el lado de la Patena que mira hacia el este, hace con ella una cruz sobre el Cáliz, diciendo:

         La plenitud del Espíritu Santo. Y la sumerge en el Cáliz.

Diácono: Amén.

         Y tomando el agua caliente, dice al sacerdote:

Bendice, señor, el agua caliente.

El sacerdote bendice, diciendo:

         Bendito sea el fervor de Tus Santos, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

El diácono vierte la cantidad suficiente, en forma de cruz, en el Cáliz, diciendo:

         El fervor de la fe, lleno de Espíritu Santo. Amén.

Y permanece a una cierta distancia. Entonces, el sacerdote y el diácono (y todos los demás concelebrantes, si los hay) hacen tres postraciones ante el Santo Trono. Luego, el sacerdote dice al diácono:

         Diácono, acércate.

El diácono, al acercarse, hace una metanía devotamente, pidiendo perdón y dice:

         Dame, señor, el precioso y santo Cuerpo de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo.

El sacerdote coloca en la palma de la mano derecha del diácono una partícula consagrada de la fracción XC, diciendo:

         Al diácono (nombre) se le da el precioso, santo y purísimo Cuerpo de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo, para perdón de sus pecados y para la vida eterna.

         El diácono recibe el Santo Pan, besando la mano del sacerdote, y se retira detrás del Santo Trono para comulgar. Mientras, el sacerdote coloca otra partícula consagrada de la fracción XC en la palma de su propia mano, diciendo:

         El precioso y santísimo Cuerpo de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo se me da a mí, sacerdote (nombre) para perdón de mis pecados y para la vida eterna.

         Y ambos, inclinando sus cabezas y con la partícula consagrada en la mano, rezan en voz baja las 'Oraciones antes de la comunión':

Creo, Señor, y confieso que, en verdad eres el Cristo, Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

     Y más, creo que este es tu mismo Purísimo Cuerpo, y que esta es tu misma Preciosa Sangre. Por eso te imploro tengas piedad de mí, perdóname mis faltas voluntarias e involuntarias, cometidas por palabras o acciones, con conocimiento o por ignorancia y hazme digno de comulgar, sin condenación, de tus Santísimos Sacramentos para la remisión de los pecados y para la vida eterna. Amen.

     Admíteme hoy a tu mística mesa, ¡oh, Hijo de Dios! porque no revelaré este misterio a tus enemigos y no te daré el beso como Judas, sino al ejemplo del buen ladrón, te confieso: Acuérdate de mí, Señor, en tu reino.

Que la comunión de tus Santo Sacramentos, ¡oh, Señor! no me sirva para juicio o condenación, sino para curación del alma y cuerpo.

Y ambos comulgan con temor y devoción las partículas del Purísimo Cuerpo de nuestro Señor, que cada uno tiene en la palma de su mano. Luego, el sacerdote toma devotamente con las dos manos el Santo Cáliz y dice:

         De la Preciosa y Santa Sangre de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo comulgo yo, siervo de Dios, sacerdote (nombre) para el perdón de mis pecados y para la vida eterna. Amén.

Con estas palabras, bebe tres sorbos y se seca los labios y el borde del Cáliz con el paño, diciendo:

         He aquí, lo que tocó mis labios quitará mis iniquidades y purificará mis pecados.

Luego invita al diácono, diciendo:

         Diácono, acércate.

El diácono se acerca y, haciendo una inclinación, dice:

         Me acerco al Rey Inmortal y Dios nuestro. Dame, señor, la preciosa y santa Sangre de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo.

         El sacerdote acerca el Cáliz al diácono, diciendo:

Comulga el siervo de Dios, diácono (nombre) la preciosa y santa Sangre de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo, para el perdón de sus pecados y para la vida eterna.

         Habiendo comulgado el diácono, el sacerdote dice:

         He aquí, lo que tocó tus labios quitará tus iniquidades y purificará tus pecados.

Se debe saber que es en este momento que el sacerdote divide las dos fracciones HI y KA para los fieles en tantas partículas pequeñas cuantos comulgantes hay y las sumerge en el Cáliz, cubriéndolo con el velo. Asimismo, coloca el asterisco y la lanza sobre la Patena y los cubre con su correspondiente velo.

         El sacerdote reza en voz baja:

Ha sido terminado y realizado, según nuestra fuerza, ¡oh, Cristo, nuestro Dios! el sacramento de tu Providencia: pues tenemos el recuerdo de tu muerte, vimos la imagen de tu Resurrección, nos llenamos de tu vida infinita, gozamos de tu alimento inagotable, del cual concédenos ser dignos también en el mundo futuro, por la gracia de tu eterno Padre y de tu Santo, Bueno y Vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Entonces se abren las Puertas Reales. El diácono hace una inclinación, recibe devotamente el Cáliz de manos del sacerdote, lo alza mostrándolo al pueblo y sale del Altar, diciendo:

Con temor de Dios y fe acercaos.

Coro: Bendito es El que viene en nombre del Señor. Dios el Señor se nos ha aparecido.

El sacerdote pronuncia en voz alta las oraciones antes de la Santa Comunión y los fieles que desean comulgar las repiten devotamente. Luego se van aproximando, uno tras otro, con los brazos cruzados sobre el pecho e, inclinándose con humildad y devoción, reciben los Divinos Sacramentos bajo las dos Especies. El sacerdote cada vez dice:

Comulga el siervo de Dios (nombre) los preciosos y santos Cuerpo y Sangre de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo, para el perdón de sus pecados y para la vida eterna.

El diácono seca con el paño los labios del comulgante y éste besa el Cáliz e inclinándose, se retira. Y de este modo comulgan todos. Durante la Comunión, el coro canta:

         Tomad el Cuerpo de Cristo, gustad de la Fuente Inmortal. Aleluya, aleluya, aleluya.

Después de la Comunión de los fieles, el sacerdote entra al Altar y coloca el Cáliz en el Santo Trono. Entonces el diácono inclina la Patena sobre el Cáliz y deja caer las partículas en él, rezando en voz baja:

Habiendo visto la Resurrección de Cristo, prosternémonos ante el Santo Señor, Jesús, el Unico sin pecado. Ante tu Cruz ¡oh, Cristo! nos postramos y tu Santa Resurrección glorificamos. Pues Tú eres nuestro Dios, no conocemos otro además de Ti y tu nombre invocamos. Venid todos los fieles, prosternémonos ante la Santa Resurrección de Cristo. He aquí que por la Cruz vino la felicidad para todo el mundo. Bendiciendo siempre al Señor, cantamos su Resurrección: pues, habiendo padecido la crucifixión, destruyó la muerte con su muerte.

Resplandece, resplandece, ¡oh, nueva Jerusalén! pues la gloria de Dios te ha iluminado. Goza hoy en júbilo, ¡oh, Sión! y Tú, Purísima Madre de Dios, alégrate por la Resurrección de Aquel que nació de Ti.

¡Oh! Pascua magna y sacratísima, ¡oh! Cristo, Sabiduría, Verbo de Dios y Fuerza, concédenos una más substancial comunión contigo en el día sin ocaso de tu Reino.

Y después de haber dejado caer todas las partículas en la Santa Sangre del Cáliz, limpia la Patena con el hisopo para que no quede resto alguno y dice:

         Quita, ¡oh, Señor! con tu preciosa Sangre, por las oraciones de tus Santos, los pecados de todos los aquí recordados.

Después de esto, el sacerdote exclama, bendiciendo al pueblo:

         Salva, ¡oh, Dios! a tu pueblo y bendice tu heredad.

Y se da vuelta hacia el Santo Trono, lo incensa tres veces y dice en voz baja:

         Asciende a los cielos, ¡oh, Dios! y que tu gloria se extienda por toda la tierra.

Mientras tanto el coro canta:

         Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido al Espíritu celestial, hemos encontrado la fe verdadera, adoramos a la Trinidad Indivisible, pues Ella nos ha salvado.

El sacerdote toma la Patena y se la entrega al diácono sobre la cabeza; éste, al recibirla, mira con devoción y en silencio hacia las Puertas Reales y se retira al Ofertorio, y la deja sobre el mismo. El sacerdote hace una metanía, toma el Cáliz y dice en voz baja:

Te damos gracias, ¡oh, Señor y Dios nuestro! por la comunión de tus santos, purísimos, inmortales y celestiales Sacramentos que nos has dado para beneficio, santificación y curación de nuestras almas y cuerpos. Tú mismo, Soberano de todos, haz que la comunión del santo Cuerpo y Sangre de tu Cristo se convierta para nosotros en fe sin tropiezo, en amor sin hipocresía, en aumento de sabiduría, en curación del alma y del cuerpo, en rechazo de todo lo adverso, en cumplimiento de tus mandamientos, en respuesta favorable en el temible Tribunal de tu Cristo.

Bendito es nuestro Dios.

Y, volviéndose hacia el pueblo, exclama en voz alta:

         Perpetuamente, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Y se lleva el Cáliz al Ofertorio, donde lo coloca y lo inciensa.

Coro: Amén. (siguiendo sin interrupción) Que nuestra boca se llene con tu alabanza, Señor, para que cantemos tu gloria, porque nos concediste que comulguemos tus santos, divinos, inmortales y vivificadores Sacramentos: consérvanos en tu Santidad, para instruirnos todo este día en tu Verdad. Aleluya, aleluya, aleluya.

El diácono sale del Altar por la puerta norte, se ubica en su lugar acostumbrado y dice:

¡Atendamos! los que hemos recibido los divinos, santos, purísimos, inmortales, celestiales, vivificadores y temibles Sacramentos de Cristo, demos dignamente gracias al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Ampáranos, sálvanos, ten piedad de nosotros y protégenos, ¡oh, Dios! con tu gracia.

Coro: Señor, ten piedad.

Diácono: Habiendo pedido que todo este día sea perfecto, santo, pacífico y sin pecado, encomendémonos nosotros mismos, y mutuamente los unos a los otros, y toda nuestra vida a Cristo Dios.

Coro: A Ti, Señor.

Durante esta letanía, el sacerdote dobla el Antimins y hace sobre él la señal de la cruz con el Evangelio sostenido verticalmente, diciendo en voz alta:

         Porque Tú eres nuestra santificación y te elevamos gloria, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Sacerdote: Salgamos en paz.

Sale por las Puertas Reales y baja del ambón.

Coro: En nombre del Señor.

Diácono: Oremos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

El sacerdote, al pie del ambón, reza en voz alta:

¡Oh, Señor! que bendices a los que te bendicen y santificas a los que en Ti confían, salva a tu pueblo y bendice tu heredad, conserva la plenitud de tu Iglesia, santifica a los que aman la magnificencia de tu casa. Glorifícalos con tu Divino Poder, y no nos abandones a los que confiamos en Ti. Concede la paz a tu mundo, a tus iglesias, a los sacerdotes, a los gobernantes, a los ejércitos y a todo tu pueblo. Porque toda dádiva buena y todo don perfecto proviene de las alturas, descendiendo de Ti, ¡oh, Padre de las Luces!; y a Ti tributamos gloria, agradecimiento y adoración, ¡oh! Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Bendito sea el Nombre del Señor, desde ahora y hasta el fin de los siglos. (tres veces).

Mientras que el Sacerdote reza esta oración, el diácono queda parado delante del ícono de nuestro Señor Jesucristo, sosteniendo su orario en alto y con su cabeza inclinada, hasta terminar la oración. Concluida ésta, el Sacerdote entra al Altar por las Puertas Reales. El diácono entra también por la puerta izquierda del Altar, colocando sus manos en cruz sobre el Santo Trono e inclinando su cabeza sobre ellas.

         El sacerdote pone su mano derecha sobre la cabeza del diácono y reza en voz baja la Oración para antes de consumir los Santos Dones:

El diácono se dirige al Ofertorio y consume con temor y devoción los Santos Dones.

         El Sacerdote en este tiempo sale del Altar por las Puertas Reales y bendice al pueblo, diciendo en voz alta:

La bendición del Señor sea con vosotros, por su gracia y amor a la humanidad, en todo tiempo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

El sacerdote exclama, dándose vuelta hacia el Altar:

         Gloria a Ti, ¡oh, Cristo Dios! esperanza nuestra, gloria a Ti.

Coro: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

El sacerdote dice los Domingos:

         Cristo, resucitado de entre los muertos, nuestro verdadero Dios, por las oraciones de su Purísima Madre, de los santos, gloriosos e ilustres Apóstoles, de nuestro Padre entre los Santos San Basilio el Grande, Arzobispo de Cesarea Capadociana, y de San ... (Santo del templo), y de San ... (Santo del día), de los santos y justos padres Joaquín y Ana, y de todos los santos, tenga piedad de nosotros y nos salve, porque es bueno y amamte de la humanidad.

Los días de semana el sacerdote dice:

         Cristo, nuestro verdadero Dios, por las oraciones de su Purísima Madre.... (y lo que sigue).

Coro: Amén.

Acto seguido el coro entona las aclamaciones finales en honor de las autoridades eclesiásticas y de todo el pueblo. Mientras los fieles se acercan a besar la Cruz que les presenta el sacerdote y recibir el antidoron.

        

 

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