El Sacerdote lleva
a la casa del enfermo una partícula del Santo Pan, impregnado con la Preciosa
Sangre, reservado en el Sagrario especialmente para este fin, se reviste del
epitrajilion y rason. Al llegar a la casa coloca la Santa Eucaristía sobre una
mesa cubierta con un mantel limpio, donde habrá una Cruz y una vela encendida.
Inmediatamente comienza el oficio, diciendo:
Sacerdote: Bendito sea
Dios, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Coro: Amén. Santo
Dios... etc. Santísima Trinidad... Padre Nuestro... Porque tuyo es el reino ...
de los siglos. Amén. Y sigue: Señor, ten piedad: doce veces. Venid adoremos...
etc.
y el Salmo 50.
Terminado
el Salmo, se acerca al lecho del enfermo y escucha pausadamente su confesión,
en cuanto sea posible y lo absuelve, imponiendo el epitrajilion sobre la cabeza
y diciendo una de las fórmulas de absolución. Luego le presenta la Cruz para
que la bese el enfermo, toma la partícula del Pan Santo y la coloca en una
pequeña cucharilla, donde vierte una gota de vino. Y teniendo la cucharilla en
la mano derecha y el paño rojo en la izquierda, se acerca al enfermo y dice:
Sacerdote: Creo,
Señor, y confieso que Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, creo que has venido a
este mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Creo
también que este es Tu Cuerpo Purísimo y esto es Tu Sangre Preciosa. Te ruego
por lo tanto: ten piedad de mí y perdóname todos mis pecados. Concédeme que sin
mancha alguna comulgue de Tus Misterios para el perdón de los pecados y para la
vida eterna. Recíbeme hoy en tu Cena mística, oh Hijo de Dios, pues no revelaré
tu misterio a tus enemigos ni te daré un beso, como Judas, sino que como el
ladrón Te reconozco y digo: Acuérdate de mí, Señor, en Tu Reino.
Después de estas
oraciones, el Sacerdote da al enfermo la Santa Comunión, diciendo:
El
siervo de Dios N. recibe
el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo para el
perdón de los pecados y para la vida eterna.
Después de una
breve acción de gracias, el Sacerdote dice:
Ahora,
Señor, puedes despedir a tus siervos en paz, según tu palabra, pues nuestros
ojos han visto la salvación que preparaste para todas las gentes y que es luz
de las naciones y gloria de tu pueblo. Y continúa con el Santo Dios hasta
Porque tuyo es el reino...
Luego dice el
tropario del Santo del día y la Apólisis.