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-->Las
principales verdades
Es la auténtica religión cristiana
predicada por Jesucristo, transmitida por los Apóstoles a sus sucesores y
conservada celosamente por la Iglesia Ortodoxa a través de los siglos en toda
su auténtica pureza. Es la doctrina recta, la contenida en la Sagrada Escritura
sin añadir ni quitar nada, en la Tradición y en los 7 Concilios Ecuménicos. Es
la doctrina enseñada y predicada por la Iglesia Ortodoxa para glorificar a Dios
y salvar las almas, según voluntad de Cristo. Es Ortodoxo quien sigue la
doctrina de N.S.J. y las enseñanzas de la Iglesia Ortodoxa. Más exactamente, el
que sigue la recta doctrina de Jesucristo. A esta doctrina y enseñanza de
Nuestro Señor Jesucristo, defendida y propagada por la Iglesia Ortodoxa, se
llama: "ORTODOXIA."
· ¿Qué es la Iglesia Ortodoxa?
La Iglesia Ortodoxa es la sociedad
de los fieles cristianos, fundada por N.S. Jesucristo sobre la Fe de los doce
Apóstoles, que viven unidos por una misma doctrina, por la ley de Dios, por la
jerarquía instituida divinamente y por la práctica de los Sacramentos, y
obedecen a los Canónicos Pastores.
La Iglesia Ortodoxa posee la doctrina auténtica de Cristo,
tal cual salió de sus labios y fue predicada por los apóstoles en el primer
siglo de la era cristiana, allá en Palestina; practica sus mandamientos, vive
la vida de la gracia que nos dejó por su muerte y sacramentos, espera en la
vida eterna, sigue las enseñanzas de los 7 Concilios Ecuménicos y permanece
estrechamente unido a sus pastores, los sacerdotes y obispos ortodoxos,
descendientes en línea recta de los Apóstoles. Sólo reconoce como única y
eterna cabeza de la Iglesia a N.S. Jesucristo que nos dirige, nos enseña y nos
salva. Ella es la depositaria de la Doctrina de N.S.J. y continúa su obra
salvadora y de amor en toda la tierra. Dios prometió a su Iglesia la asistencia
del Espíritu Santo para no caer ni enseñar el error, y su permanencia en ella
hasta la consumación de los siglos.
· ¿Dónde se halla contenida la doctrina Ortodoxa?
Las fuentes de donde extraemos
nuestra fe ortodoxa son dos: La Sda. Escritura y la Santa Tradición. La revelación
hecha por Dios al hombre sobre lo que debe creer y practicar para agradar a
Dios y conseguir su salvación eterna se hallan únicamente en estas dos fuentes.
La única que interpreta y enseña esta revelación es la Iglesia, pues así lo
estableció N. S. Jesucristo, y es una prueba de seguridad de que estamos en la
verdad, pues Jesucristo prometió su asistencia a sus apóstoles y a su Iglesia.
La Biblia es la palabra de Dios, revelada al hombre por medio de los
patriarcas, profetas y apóstoles, y que se halla escrita en lo que se llama
Antiguo y Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento es un anuncio y preparación
para recibir a Jesucristo, prometido a nuestros padres Adán y Eva en el Paraíso
Terrenal después de su pecado, y el Nuevo Testamento es esa espera y promesa,
hecha realidad: Jesucristo, el Hijo de Dios, se hace hombre. Toda la Biblia
gira alrededor de Cristo. Cristo es su centro. La Biblia consta de 72 libros:
45 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo, divididos en libros Proféticos,
Didácticos e Históricos.
El verdadero autor de estos libros sagrados es Dios, que se
sirvió de un hombre para Transmitir su doctrina y mandamientos, asistiéndolo
para que no se equivoque, pero respetando siempre el estilo de cada escritor
inspirado. La Sda. Tradición son las verdades reveladas por Dios que no se
hallan escritas en la Sta. Escritura y que se han transmitido oralmente de
generación en generación. Hoy la hallamos manifestada por escrito en los
Concilios, Santos Padres, Símbolos, Liturgias, Costumbres y leyes
eclesiásticas, Monumentos, Pinturas... Tanto la Sda. Biblia como la Santa
Tradición son reveladas por Dios, son las enseñanzas de N. S. Jesucristo. La
revelación de Dios a los hombres se cierra definitivamente con la muerte del
último apóstol, San Juan Evangelista, muerto cerca del año 100 d. Cristo.
Podemos resumir lo dicho en un simple esquema. La Ortodoxia
se halla contenida en:
A) Sagrada
Escritura.
B) Tradición Apostólica.
La Tradición la encontramos manifestada en:
1-Siete Concilios Ecuménicos.
2-Santos Padres y Escritores
Cristianos.
3-Símbolo de los Apóstoles.
4-Símbolo - Niceno -
Constantinopolitano.
5-Símbolo de San Atanasio.
6-Las Liturgias de la Iglesia.
7-Monumentos, Pinturas,
Arqueología cristiana...
8-Los Libros Simbólicos: a) La
Confesión Ortodoxa de Pedro Moghila; b) La Confesión Ortodoxa de Dositeo, Patr.
de Jerusalén, 1672; c) El Catecismo de Filareto de Moscú.
9-El Magisterio permanente de la
Iglesia.
10-La Legislación Eclesiástica.
11-Las costumbres y usos
Cristianos.
·
Diferencias doctrinales entre la iglesia Ortodoxa y
Romana
La diferencia fundamental es la
relacionada con la supremacía Universal de la jurisdicción de Roma y la
Infalibilidad Papal, que la Iglesia Ortodoxia no puede admitir, pues se opone a
la Escritura y a la Tradición. La autoridad máxima y la infalibilidad descansan
en el Concilio Ecuménico.
Además de lo dicho, existen otras consideraciones que
podemos agrupar en dos apartados básicos: a) diferencias generales y b)
diferencias especiales. Para dar una idea sintética de ellos, pasamos a una
reseña esquemática de cuya lectura se infiere la gran posibilidad de su
superación si se tiene en su debida cuenta, el espíritu de hermandad que anima,
por sobre todo, el obrar de los verdaderos cristianos.
a.
Generales:
"dogmáticas, litúrgicas y disciplinares."
En la Iglesia
Ortodoxa sólo se admiten 7 Concilios Ecuménicos. En la Iglesia Romana, por el
contrario 20.
La Iglesia Ortodoxa
no admite la procedencia del Espíritu Santo del Padre y el Hijo, sino
únicamente del Padre.
La Sagrada Escritura
y la Tradición tienen el mismo valor como fuente de la Revelación. En la
Iglesia Romana, la Tradición es más importante que la Sda. Escritura.
La Consagración del
Pan y del Vino en el Cuerpo y la Sangre de N. S. J. en la Misa se efectúa por
el Prefacio, las Palabras del Señor y la Epíclesis y no por las palabras dichas
por Cristo en la Ultima Cena como enseña la Iglesia Romana.
La Iglesia Ortodoxa
no admite la Infalibilidad del Obispo de Roma en ningún caso. La Infalibilidad
es una prerrogativa de toda la Iglesia, y no de una persona.
La Iglesia Ortodoxa
enseña que las decisiones de un Concilio Ecuménico son superiores a las
decisiones del Papa de Roma o cualquier jerarca eclesiástico.
La Iglesia Ortodoxa
no admite la Supremacía Universal de Derecho del Obispo de Roma sobre toda la
Iglesia Cristiana. Todos los obispos son iguales. Sólo reconoce una Primacía de
Honor o una Supremacía de Hecho (Primus inter pares).
La Virgen María fue
concebida en pecado original como las demás criaturas. La Iglesia Romana, por
definición del Papa Pío IX, en el año 1854, proclamó "Dogma" de Fe la
Inmaculada Concepción.
La Iglesia Ortodoxa
rechaza la adición del "Filioque" en el Símbolo Niceno-
Constantinopolitano, aprobada por Roma.
La Iglesia Ortodoxa
niega la existencia del Purgatorio y del Limbo.
La Iglesia Ortodoxa
cree en la existencia de un Juicio Particular inmediatamente después de la
muerte, así como también en el Juicio Final.
El Sacramento de la
Santa Unción puede ser recibido varias veces por los fieles, en caso de
cualquier enfermedad espiritual o corporal, y no solamente en peligro de muerte
como en la Iglesia Romana
En la Iglesia
Ortodoxa el ministro ordinario del Santo Crisma es el Sacerdote; en la Iglesia
Romana lo es el Obispo, y el sacerdote solo extraordinario.
La Iglesia Ortodoxa
no admite la existencia de las indulgencias. Distinta Concepción teológica
sobre religión, Iglesia, Encarnación, Gracia, imágenes, escatología, Virgen
María, Tradición, Jerarquía, Espíritu Santo, Purgatorio, Sacramentos, Culto de
los Santos, infalibilidad, Estado...
En el Sacramento del
Matrimonio el Ministro es el Sacerdote, y no los Contrayentes, como quiere la
Iglesia Romana. Admite en casos excepcionales el Divorcio.
b.
Especiales: Existen, además algunas otras
diferencias disciplinarias o litúrgicas que no hacen a la doctrina o dogma
tales serían, por ejemplo:
1) En la Iglesia Ortodoxa sólo se
permiten Iconos en los templos.
2) Los Sacerdotes ortodoxos
pueden libremente optar entre el Matrimonio o el Celibato.
3) Bautismo por Inmersión en la
Iglesia Ortodoxa. En la Romana por Aspersión.
4) En el Sacrificio Eucarístico
se usa pan con levadura.
5) El calendario ortodoxo y
romano es diferente especialmente en cuanto a la Pascua de Resurrección.
6) Comunión de los fieles bajo las
dos especies.
7) En la Iglesia Ortodoxa no
existen las devociones del Sagrado Corazón de Jesús, Corpus Christi, Vía
Crucis, Rosario, Cristo Rey, Inmaculado Corazón de María, y otras
conmemoraciones análogas.
8) El Proceso de Canonización de
un santo es distinto en la Iglesia Ortodoxa, en donde toma una mayor parte el
pueblo en el reconocimiento de su santidad.
9) En la Iglesia Ortodoxa sólo
existen 3 Ordenes Menores: Lector, Acólito y sub-diácono. En la Iglesia Romana
son 4:Ostiario - Lector - Exorcista - Acólito.
10) El Santo Miron (Confirmación)
y la Comunión en la Iglesia Ortodoxa se efectúa inmediatamente después del
Bautismo.
11) En la Fórmula de la
Absolución de los pecados en el Sacramento de la Confesión, el sacerdote
absuelve no en nombre propio, sino en nombre de Dios: "Dios te absuelve de
tus pecados.".. En la Iglesia Romana, el
Sacerdote absuelve en su nombre propio como representante de Dios: "Ego
absolvo a peccatis tuis..."
12) La Iglesia Ortodoxa no admite
el poder temporal de la Iglesia. En la Iglesia Romana tal doctrina es Dogma de
Fe.
Soy ortodoxo porque pertenezco a
la sociedad de los fieles cristianos unidos por la fe ortodoxa que siguen las
enseñanzas y doctrinas de la Iglesia Ortodoxa, y viven conforme a lo que ella
enseña, obedeciendo a sus Pastores en todo lo concerniente a la gloria de Dios
y la salvación del alma. Soy Ortodoxo porque vivo y practico la fe y la virtud
en la Iglesia Ortodoxa. Me hago miembro de ella por medio del Santo Bautismo
administrado por sus ministros; asisto a las Iglesias ortodoxas y a su culto,
me acerco a sus sacramentos, escucho la voz de Dios a través de sus pastores,
trato de vivir de la Gracia que derrama continuamente sobre todos sus hijos.
Soy Ortodoxo, porque amo al verdadero Dios, a Jesucristo y
su doctrina, según así lo enseña y predica la Santa Iglesia Católica Apostólica
Ortodoxa. En otro orden de consideraciones, ampliando lo que acabamos de decir,
es llamado Ortodoxo el que cree Rectamente (porque la palabra griega "Ortodoxia"
significa "Doctrina Recta"). La religión Cristiana Ortodoxa es
aquella que Cristo fundó. Ella enseña: las verdades que debemos creer
firmemente, los deberes que hemos de practicar y los medios que hemos de
emplear para santificarnos. "Iglesia" es la agrupación de todos los
cristianos que son bautizados, profesan la Doctrina de Jesucristo, participan
de los mismos Sacramentos y obedecen a los Canónicos (legítimos) Pastores. Ella
es la Depositaria de la Doctrina de Jesucristo y continúa su obra en la tierra.
Canónicos o Legítimos Pastores de la Iglesia son los que enseñan y gobiernan a
la Iglesia en nombre de Jesús, a saber los Obispos, los Sacerdotes y los
Diáconos que son ordenados apropiadamente y se encuentran en orden con su
Superior Autoridad Eclesiástica y con las leyes o cánones de su Iglesia. Cristo
fundó su Iglesia para enseñar, santificar y salvar a todos los hombres. Su
Iglesia permanecerá para siempre porque Cristo prometió estar con ella
"hasta el fin de los siglos" y ser su Cabeza invisible. Fuera de la
Iglesia no hay salvación porque Ella recibió de Jesús el poder y los medios
para salvar a los hombres.
La Iglesia que reúne las cuatro notas o características que
distinguen la verdadera Iglesia: Una - Santa - Católica - Apostólica, es
solamente la Iglesia Ortodoxa Oriental. Ella ha mantenido por veinte siglos los
mismos sacramentos, las mismas Doctrinas y los mismos Pastores que son los
sucesores de los Apóstoles. Su nombre de Ortodoxa le viene de que Ella cree y
enseña correctamente la doctrina de Cristo. Ella se ha mantenido rectamente en
la doctrina desde Jesucristo hasta el día de hoy. Nos llamamos Ortodoxos porque
creemos exactamente lo que los Apóstoles enseñaron. El Primado de honor lo
posee, el Patriarca Ecuménico que reside en Constantinopla. (Yérmanos
Potizoidis, "La Doctrina de la Iglesia Cristiana Ortodoxa").
Las principales verdades que
enseña la Ortodoxia se hallan contenidas en el Credo
Niceno-Constantinapolitano, en donde se afirma:
1. Creo en un sólo Dios Padre,
Omnipotente, Creador del Cielo y de la tierra, de todo lo que es visible e
invisible.
2. Y en un sólo Señor Jesucristo,
Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Luz de Luz,
Dios Verdadero de Dios Verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial al
Padre, por quien fueron hechas todas las cosas.
3. Que descendió de los cielos
por causa de nosotros los hombres, y por nuestra salvación y encarnóse por el
Espíritu Santo y en María Virgen y se hizo Hombre.
4. Y fue crucificado por nuestra
causa, bajo el poder de Poncio Pilatos, padeció y fue sepultado.
5. Y resucitó al tercer día,
según las Escrituras.
6. Y subió a los Cielos y sentóse
a la diestra del Padre.
7. Y nuevamente vendrá con
gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos y cuyo Reino no tendrá fin.
8. Y en el Espíritu Santo, Señor
vivificador, que del Padre procede y que es con el Padre y el Hijo adorado y
glorificado, y que habló por los profetas.
9. Y en una Iglesia Santa,
Católica y Apostólica.
10. Confieso, también un solo
Bautismo para la remisión de los pecados.
11. Y espero la resurrección de
los muertos.
12. Y la vida del siglo futuro.
Amén.
Sin perjuicio de lo expuesto, existe un cuerpo de verdades, atingente a lo dicho, relacionadas todas ellas al dogma, a la liturgia y a la ética religiosa.
Entendemos por religión nuestra relación de dependencia para
con Dios que manifestamos por medio de creencias y actos de culto en gloria y
adoración a Dios. La religión es una obligación, desde el momento en que hemos sido creados por Dios y él nos cuida
con su Divina Providencia. Hay una religión natural que la poseen y reconocen
todos los seres humanos y pueblos, y una religión revelada, que se encuentra en
la Biblia y Tradición.
Las enseñanzas de nuestra santa fe ortodoxa las encontramos
en la Revelación Divina, que es todo aquello que el propio Dios reveló a los
hombres, para que éstos pudieran creer verdaderamente en El, conseguir la
eterna salvación y darle constantemente el más digno honor. Siendo
absolutamente necesaria a todos los hombres, Dios la dio para todos, pues ella
nos conduce a la salvación eterna. La Revelación Divina no podía ser ofrecida a
los hombres directa mente: por esto Dios escogió para este fin personas
especialmente piadosas y santas, que recibieron de Dios la Revelación,
transmitiéndola enseguida los hombres, deseosos de recibirla.
Revelación es la manifestación de una verdad desconocida. La
revelación es iluminación del entendimiento. La religión revelada tiene tres
fases o manifestaciones que forman tres grados de la religión sobrenatural: 1)
la revelación primitiva: es la revelación hecha por Dios a los primeros padres
y patriarcas y que fue transmitida por tradición a sus descendientes. Llámase
también patriarcal. Más tarde Moisés la consiguió por escrito en el Pentateuco;
2) la revelación Mosaica: es la revelación hecha al pueblo israelita por medio
de Moisés y demás profetas. Duró hasta la promulgación del cristianismo; 3) la
revelación Cristiana: es la revelación hecha por Dios a los hombres por el
ministerio de Jesucristo. La religión fundada por Jesucristo se llama
Cristianismo.
Estas tres revelaciones no se oponen sino que se desarrollan
y perfeccionan; de modo que no son propiamente sino un sólo sistema de revelación
divina que se completó en la revelación cristiana; las tres tienen dogmas,
moral y ritos substancialmente los mismos; las tres reconocen a Dios por su
autor; las tres tienen el mismo fin sobrenatural.
La primera Revelación Divina fue hecha a Adán, enseguida a
Noé, después a Abraham, Moisés y otros profetas. En toda su plenitud, y en toda
su perfección fue presentada la Divina Revelación a los hombres por el Hijo de
Dios hecho hombre, N. S. Jesucristo, que la divulgó y expendió por el universo
entero por medio de sus discípulos, los apóstoles. Dice San Pablo: "Antiguamente había Dios hablado muchas
veces y de muchas maneras a los padres, por los profetas; a nosotros nos habló
en estos últimos días por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo por quien
hizo también el mundo" (Hebr. 1:1-2).
El mismo apóstol dice también: "Hallamos la sabiduría de Dios, oculta en el misterio, a la cual
Dios ordeno antes de los siglos para nuestra gloria; a la cual ninguno de los
príncipes de este mundo conoció; más Dios nos la reveló por medio de Su
Espíritu; porque el Espíritu penetra todas las cosas, aún las profundidades de
Dios" (Ia. Cor. 2, 7, 8, 10). Y también San Juan Evangelista dice:
"Dios nunca fue visto por alguien,
el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Ese lo hizo conocer" (S.
Juan 1:18). El propio Nuestro Señor Jesucristo dice: "Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quisiera
revelar" (S. Mat. 11:27).
El hombre puede conocer a Dios por la observación del mundo
visible. Este conocimiento, además es como preparación para el nacimiento de la
verdadera fe, siendo un auxilio para el conocimiento de Dios dentro de la
Revelación Divina. "Porque son cosas
invisibles, desde la creación del mundo, tanto Su eterno poder, como Su Divinidad,
se entienden y claramente se ven por las cosas que han sido creadas" (Rom.
1:20). "Y de una sangre ha hecho
todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la
tierra; y les ha fijado el orden de los tiempos, y los términos de la
habitación de ello para que buscasen a Dios, si de alguna manera palpando, le
hallen; aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros: Porque en él
vivimos, y nos movemos, y somos; como también alguno de vuestros poetas
dijeron: porque linaje de éste somos también" (Hechos. 17:26-28).
"Meditando sobre la fe en Dios, predomina el pensamiento que Dios existe;
conseguimos este pensamiento observando las cosas creadas. Investigando con
empeño la creación del mundo, llegamos a conocer que Dios es universalmente
sabio, omnipotente, bueno; conocemos también sus cualidades invisibles. De esta
forma lo aceptamos como Poder Supremo. Ya que Dios es Creador del mundo y
nosotros mismos hacemos parte de este mundo, vuélvese obvio, que Dios es
también nuestro Creador. Como consecuencia de la comprensión de esta verdad
surge la fe, por la cual prestamos a Dios nuestra adoración y nuestro
homenaje" (S. Basilio el Grande, Epístola 232).
Aquellas verdades reveladas, imposibles de ser comprendidas
o explicadas por la razón humana se llaman Misterios de la Fe.
· Sda. Tradición y Sda. Escritura
La revelación divina entre los
hombres se difundió de dos modos: 1) Por la transmisión verbal de Verdades
Divinas de padre a hijo, conocida con el nombre de Sagrada Tradición; 2) Por la
Escritura Sagrada que recibe el nombre de Biblia. Por la Sda. Tradición debemos
entender todo aquello que sobre la verdadera fe, los misterios, etc., nuestros
genuinamente piadosos y, creyentes antepasados transmitieron a sus hijos;
éstos, a su vez, dijeron esas verdades a sus descendientes y así se continuó,
llegando de esta forma hasta nuestros días. Todos los verdaderos creyentes,
unidos por la Sda. Tradición de la Fe, en perfecta unión y heredad, de acuerdo
con las Leyes Divinas, forman la Santa Iglesia, que es justamente la eterna
conservadora del tesoro de la Sta. Tradición: "Iglesia de Dios Vivo, columna y firmeza de la verdad" (1
Tim. 3:15). Dice San Ireneo: "No se debe buscar la Verdad en otros medios,
siendo tan fácil encontrarlos en el seno de la Iglesia. Pues, como una
riquísima caja de tesoro, habían los Apóstoles depositado en toda la plenitud
todo lo que pertenece a la Verdad; cualquiera que lo desee, puede conseguir el
Agua de la Vida" (Tratado contra las herejías - Libro 3:c. 4).
El medio más antiguo de divulgación de la Revelación Divina
fue la Sda. Tradición. Desde los tiempos del primer hombre, Adán, hasta Moisés,
no había Escritura Sagrada alguna. El propio Salvador, N. S. Jesucristo,
transmitió sus divinas enseñanzas a los Apóstoles por medio de las palabras y
de los ejemplos y no por intermedio de libros. De la misma forma procedían en
el comienzo los Santos Apóstoles, que divulgaban las Verdades verbalmente,
edificando así, las bases de la Santa Iglesia. La necesidad de la existencia de
la Sda. Tradición es evidente, pues de ella puede sacar provecho un número
mucho mayor de personas que de la Sda. Escritura, ya que no todos saben
beneficiarse de los libros. El motivo por el que fueron creadas las Sdas.
Escrituras fue para conservar la Revelación Divina de una manera precisa e
inalterable.
En las Sagradas Escrituras leemos las palabras de los
Profetas y Apóstoles, como si oyésemos las Verdades de los propios labios de
estos santos hombres, a pesar de que esas obras divinas datan de varios siglos
y hasta milenios. Siempre debemos seguir la Sda. Tradición, aún cuando tengamos
la Sda. Escritura, pues aquella está directamente unida a la Revelación Divina
y con la Sda. Escritura.
La misma Sda. Escritura nos lo enseña: "Entonces hermanos estad firmes y conservad las tradiciones que os
fueran enseñadas, ya sea por palabra, ya sea por carta nuestra" (Tes.
2:15). La Sda. Tradición debe ser considerada como necesaria aún en los tiempos
actuales, para orientación y mejor comprensión de las Sdas. Escrituras: para la
ejecución exacta y perfecta de los Santos Sacramentos y para la conservación
pura e incorruptible de los rituales sagrados. San Basilio Magno nos dice:
"Algunos dogmas y doctrinas de la Iglesia los poseemos de las fuentes
escritas, habiendo obtenido otros de la tradición apostólica, hereditaria y
misteriosamente. Tanto éstos como aquéllos poseen la misma fuerza" (Regla
97, del Espíritu Santo: Cap. 27). En cuanto al tiempo en que fueron escritas
las Sdas. Escrituras sólo diremos que unas fueron antes del Nacimiento de N. S.
Jesucristo y otra parte después del Nacimiento del Salvador. El Antiguo
Testamento encierra el período antes del Nacimiento de Jesucristo; todos
aquellos libros Sagrados escritos antes de la Era cristiana. El Nuevo Testamento
se inicia con la santa noche de Belén, cuando Dios descendió a la tierra para
salvar al género humano del pecado y de la muerte eterna. El Antiguo Testamento
o la antigua unión de Dios con los hombres consistió en la promesa solemne,
dada a los hombres por Dios, de que mandaría el Divino Salvador o Mesías para
salvar a toda la humanidad de sus pecados. Consistía también en prepararnos
para recibir al Hijo de Dios, haciéndolo por medio de Revelaciones, Profecías y
Enseñanzas. Por el contrario, la nueva unión de Dios con los hombres o Nuevo
Testamento consiste en el hecho de que Dios ofreció realmente su Hijo
Unigénito, el Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, para salvar el género humano.
Sobre la división y contenido de los Libros que componen el Antiguo Testamento
diremos lo siguiente: 1) Los libros legislativos; p.e. aquellos que contienen
enseñanzas sobre la Ley. A este grupo pertenecen los 5 libros de Moisés:
Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio. El propio Señor denominó a
estos libros de "Leyes
Mosaicas" (S. Lucas 24:44). Estos libros representan la base principal
en la que se apoya el Antiguo Testamento en su totalidad. 2) Los Libros
Históricos: Josué, Jueces, Ruth, Libros de los Reyes, Crónicas, Esdraz, Ester,
Sirah, Judith, los dos libros de los Macabeos. 3) Los Libros Instructivos: el
libro de Job, los Salmos, los Proverbios, Sabiduría, Eclesiastés, Cantar de los
Cantares, Eclesiástico, Tobias. 4) Los libros proféticos: Isaías, Jeremías,
Ezequiel, Daniel, y los libros de los doce profetas menores.
En el Génesis encontramos la descripción de la creación del
universo y del hombre, de la historia primera de la humanidad y del
establecimiento de los sentimientos religiosos entre los primeros hombres. Los
otros cuatro libros de Moisés, contienen la historia de la religiosidad en los
tiempos de Moisés como también sobre las Leyes por él recibidas del propio
Dios. El libro de los Salmos no solamente nos enseña y eleva el alma a las
prácticas piadosas, sino que contiene también un número considerable de
profecías sobre la sagrada persona del Salvador. Este libro admirable es una
guía magnifica para las oraciones y la glorificación de Dios, siendo
constantemente utilizado en todos los rituales de la Santa Iglesia Cristiana
Ortodoxa.
En cuanto al contenido de los libros del Nuevo Testamento
los dividiremos así: 1) Los libros legislativos, que son la base principal de
la nueva alianza de Dios con los hombres y llevan el nombre de Evangelios; 2)
El libro histórico, denominado Hechos de los Apóstoles o Actos Apostólicos; 3)
Los libros instructivos, que son las 7 Epístolas Universales de los Santos
Apóstoles: Santiago, Pedro, Juan y Judas y también las 14 Epístolas del Apóstol
San Pablo; 4) El libro profético, que es el Apocalipsis del Apóstol San Juan
Teólogo.
Los Evangelios nos hablan sobre la divinidad de Nuestro
Señor Jesucristo: de su llegada a la tierra y de su vida entre los hombres; de
los milagros que hizo; de las maravillosas enseñanzas que dejó a sus
discípulos; de los sufrimientos y de la muerte en la cruz y finalmente de la
resurrección y ascensión a los cielos, en donde reina con Dios Padre y Dios
Espíritu Santo en el supremo misterio de la Santísima Trinidad. En razón de ser
un mensaje de la eterna salvación, se lo considera como la más feliz de todas
las noticias. Así se explica el alegre canto "Gloria a Ti Señor,"
después de la lectura del Santo Evangelio en la Iglesia.
Los Hechos de los Apóstoles nos dan a conocer el modo como
se constituyó la Santa Iglesia Cristiana Apostólica y Ortodoxa; del día en el
cual el Espíritu Santo posó sobre los Apóstoles y de la divulgación de las
Sdas. Verdades de nuestra religión por los Santos Apóstoles. Los indicios que
tenemos acerca de que la Sda. Escritura es la palabra de Dios son los
siguientes: 1)La grandeza de su enseñanza, que demuestra no haber podido nacer
del entendimiento humano, más sí haber tenido origen en la propia sabiduría de
Dios. 2) La pureza y la sinceridad de la enseñanza, demostrando que desciende
del Espíritu Divino. 3) Las Profecías, que son las predicciones
extraordinariamente exactas de los acontecimientos futuros. 4) Los milagros,
que son curas del cuerpo y del alma, causadas por la fe inquebrantable y por la
gracia de Dios; curas esas inexplicables desde el punto de vista de las
ciencias humanas. 5) La actuación poderosísima de las verdades y enseñanzas,
contenidas en las Sdas. Escrituras, sobre los entendimientos y corazones
humanos, propia, única y exclusivamente del poder Supremo de Dios.
Las Profecías son las predicciones exactas de cosas futuras,
que no pueden ser conocidas de nadie, fuera de Dios Todopoderoso. El Profeta
Isaías predice con anterioridad de varios siglos, el nacimiento de N. S.
Jesucristo de la Virgen María, hecho este que bajo ninguna hipótesis podía
haberse ni imaginado en tan lejana época histórica. No queda duda alguna de que
las palabras de esta profecía fueron dictadas al Profeta Isaías por el propio
Dios. Sobre este asunto nos dice el apóstol San Mateo: "Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que fue dicho acerca
del Señor, por el profeta que dice: he aquí que una virgen concebirá y dará a
luz un hijo, y cuyo nombre será Emanuel, que traducido es: Dios con
nosotros" (S. Mat. 1:22-23). Los milagros son actos sobrenaturales,
que no pueden ser realizados por la fuerza o conocimientos humanos, no
alcanzables por cualquier otra fuerza humana, más si únicamente con la
participación directa de la fuerza infinita de Dios. Consideramos a los
milagros como un indicio de la verdadera palabra de Dios, porque quien hace
milagros, procede con la gracia del Poder Divino: ésto se comprende que él
agradó a Dios de forma tan eficaz, que por intermedio de él, Dios demostró sus
fuerzas supremas. Un hombre que posee esas cualidades superiores,
indudablemente sólo habla la Verdad. Por eso, todo lo que él dice en nombre de
Dios debe ser considerado Verdad absoluta: la Palabra de Dios Vivo. Nuestro
Señor Jesucristo consideraba los milagros como un testimonio importantísimo de
su sagrada misión entre los hombres: "Las
obras que el Padre me dio para realizar, las mismas obras que yo hago,
testifican de mí, que el Padre me envió" (San Juan 5:36). Cuando
afirmamos sobre la poderosa actuación de la enseñanza cristiana en el espíritu
humano nos apoyamos en el hecho de que los doce apóstoles pertenecían a la
clase de hombres iletrados; a pesar de esto consiguieron compenetrarse a fondo
de las Divinas Enseñanzas de su Maestro y divulgar el Evangelio y conducir a
Cristo a los poderosos de este mundo: los reyes, sabios y ricos y hasta pueblos
enteros.
La plenitud de la verdadera fe y de la verdadera doctrina es
muy extensa para ser tenida en la conciencia de un sólo miembro de la Iglesia;
ellas son guardadas y transmitidas por la Iglesia de generación en generación
como su Tradición. La Tradición es la memoria viviente de la Iglesia,
conteniendo la verdadera doctrina tal como ella se manifiesta en la historia.
No es un museo arqueológico o un catálogo científico, no es tampoco un
"depósito" muerto; no, la Tradición es una potencia viviente, inherente
a un organismo viviente. Indicaremos a continuación el principio esencial de la
Tradición: cada miembro de la Iglesia debe en su vida y conciencia (ya se trate
de teología científica o de sabiduría práctica), buscar conseguir la unidad
integral de la Tradición; encontrarse con ella. Debe acudir él mismo en ayuda
de la Tradición; debe llevar en sí mismo la Tradición viviente; debe ser un
eslabón inseparablemente unido a la cadena de la historia. La Tradición tiene
muchos aspectos, ella puede ser escrita, oral, monumental. Hay una fuente de la
Tradición que ocupa un lugar aparte, bien determinado: la Sda. Escritura.
¿Es a la Sda. Escritura o a la Tradición a quien pertenece
la primacía? En la época de la Reforma se ensayó, en la Iglesia Occidental, de
oponer la Sda. Escritura a la Tradición. En realidad una tal oposición no debe
existir; la idea de este antagonismo se forma de una manera ficticia, se ha
querido disminuir el valor de la Escritura al lado de la Tradición, o a la
inversa. La Escritura y la Tradición pertenece a la vida única de la Iglesia
movida por el Espíritu Santo, que obra en la Iglesia, manifestándose por la
Tradición e inspirando a los escritores sagrados. Notemos por otra parte los
últimos estudios bíblicos que dan una parte creciente al elemento tradicional y
colectivo; analizando los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, sobre todo los
Evangelios, ellos descubren allí las primeras fuentes, en las cuales estos
libros se han nutrido; la Escritura se acerca así a una suerte de Tradición
escrita y el lugar se vuelve de más en más claro por las obras individuales de
autores sagrados que la consideran muchas veces como escribiendo, por así
decir, bajo el dictado del Espíritu Santo. Es necesario estudiar la Escritura y
la Tradición, no como oponiéndose la una a la otra, sino como estando unidas,
sin olvidar no obstante su diferencia real. La Sda. Escritura se remite a la
Tradición eclesiástica. Es esta tradición que da testimonio del valor de los
libros sagrados en la Iglesia. El "canon" de los libros santos afirma
su carácter inspirado; mas este canon es establecido por la Tradición. Este
carácter de inspiración no puede ser garantizado nada más que por la Iglesia,
es decir por la Tradición.
Es dado a cada hombre el juzgar, según su gusto personal,
acerca del valor y de la inspiración de una obra; pero nadie puede
individualmente destruir las cuestiones relativas a la inspiración divina de
las Escrituras y a la presencia del Espíritu Santo en la Biblia. Aquello es
dado sólo por el Espíritu de Dios, que habita en la Iglesia, pues nadie conoce
las cosas divinas, sino el Espíritu de Dios. Esto tampoco puede ser una
cuestión de elección personal, sino solamente elevarlo al juicio de la Iglesia.
La historia nos dice que, entre muchas obras escritas, la Iglesia ha elegido un
pequeño número de obras inspiradas por Dios; entre diversos Evangelios, ella ha
elegido los Evangelios canónicos; después de algunas discrepancias ella ha
incluido en el canon ciertos libros (p. ej. el Cantar de los Cantares, el
Apocalipsis) y rechazando otros libros que habían formado allí parte durante
cierto tiempo (la Epístola de Clemente, "Pastor" de Hermas); ella ha
mantenido la diferencia entre los libros canónicos y no-canónicos
(pseudoepigrafos y apócrifos). Se tiene razón al de decir que la palabra
de Dios posee testimonio inmediato sobre ella misma, una eficacia intrínseca,
una suerte de evidencia inmanente de su carácter inspirado. Y ella no seria la
palabra de Dios, dirigida a los hombres, si ella no penetra en el corazón
humano como una espada tajante. "Es la Iglesia la que nos ha dado la
Biblia, con la ayuda de la Tradición, y los Reformadores mismos han recibido la
Biblia de la Iglesia, es decir por la Tradición. No pertenece a nosotros el
establecer de nuevo la canonicidad de la Escritura. Cada uno debe descubrirla
"para sí," nutriéndose de la Palabra de Dios; más debe por otra parte
recibirla de manos de la Iglesia, que habla por la Tradición. De otra manera la
Escritura dejaría de ser la palabra de Dios; ella se convertiría en un libro,
en una obra literaria, sujeta a las investigaciones filosóficas e históricas.
Pero la Palabra Dios, pudiendo ser estudiada como un documento histórico jamás
debe volverse un "puro documento," pues su forma exterior, aunque
manifieste el carácter de una cierta época histórica, afirma no obstante la
palabra de la vida eterna; en este sentido ella es un "Símbolo," el
lugar de encuentro de lo divino y de lo humano. Nosotros debemos leer la
palabra de Dios con fe y veneración, llenos del espíritu de la Iglesia."
La primera y fundamental verdad
del cristianismo es la existencia de un solo Dios eterno e infinito, creador de
todo cuanto existe: los ángeles, el mundo y los hombres. Es la causa increada y
primera de todas las cosas. Dios es uno en esencia, mas Trino en persona. En
Dios hay tres personas divinas, distintas en cuanto a personas, pero que poseen
una misma esencia o naturaleza: Padre-Hijo-Espíritu Santo. Su explicación es un
misterio insondable para la razón humana, pero este misterio no está en
oposición a la misma razón. El Hijo, la segunda persona, nace del Padre, y
también de éste procede el Espíritu Santo, más cada una es Dios. Dios creó al
hombre en el Paraíso Terrenal, totalmente feliz, compuesto de un cuerpo mortal
y material, y de un alma espiritual e inmortal. Toda alma humana es creada
directamente por Dios. En el Paraíso el hombre se rebeló contra Dios pecando.
Consecuencia de ello, todos nacemos con el pecado original, que nos priva de la
gracia y amistad divina, y condenados al dolor y la muerte.
La finalidad del hombre sobre la tierra es conocer, amar y
servir a Dios en este mundo, y después gozarle en el cielo eternamente. El
pecado original sólo se borra por medio del Bautismo. Dios, en su ser mismo, en
su providencia, en su Encarnación, en su presencia en la Iglesia y en su última
manifestación al fin de los tiempos, es el objeto único que los santos conocen
y que los teólogos buscan expresar en sus fórmulas, particularmente importantes
para comprender la Teología Ortodoxa, en su conjunto. Estos dos aspectos - que
se remontan incuestionablemente a los Padres griegos - son la Trascendencia
absoluta y el carácter trinitario del ser divino. Este carácter de la teología
y de la espiritualidad ortodoxas está íntimamente ligado al sentido patrístico
de la trascendencia de Dios como Esencia única, Dios permanece incognoscible,
más se revela como Trinidad. El Dios de la Biblia es conocido en la medida en
que El es el Dios viviente y operante. Aquel al cual se dirige la oración de la
Iglesia, Aquel que ha enviado a su hijo para la salvación del mundo.
Absolutamente trascendente e incognoscible, Dios se ha revelado en Jesucristo, "en quien habita corporalmente toda la
plenitud de la Divinidad" (Col. 11:9).
Para la prueba de la existencia de Dios, existen numerosas
demostraciones, tales como: la existencia de las cosas, el orden del mundo, la
perfección de la creación, el movimiento del mundo, la necesidad psicológica
que se siente de un ser superior, las injusticias de este mundo, la creencia de
todos los pueblos en todos los tiempos.., exigen una causa, piden la existencia
de un ser que les dio existencia. Ese ser sólo puede ser Dios.
· El Problema del Dolor y de la Muerte
El drama del pecado, descripto en
los primeros capítulos del Génesis e interpretado por San Pablo y por los
Padres de la Iglesia antigua, da la solución al enigma del Dolor y de la
Muerte, tal cual ella se encuentra en el hombre, ayer como hoy día. Adán y Eva
han pecado y este pecado ha traído su muerte, como también la muerte de todos
sus descendientes. Los Padres de Oriente que leían a San Pablo en el original
griego, no han tratado jamás de probar la responsabilidad de los descendientes
de Adán por el pecado de sus antepasados: ellos constatan solamente que todos
los hombres han heredado, por herencia, la corrupción y la muerte y que todos
ellos cometían el pecado. Ellos interpretaban este estado de hecho, heredado de
Adán, como una esclavitud al Demonio que, después de la falta de Adán y Eva,
ejerce sobre la humanidad una tiranía, usurpada, injusta y despiadada. Dios,
por el contrario, todo a lo largo de la historia de Israel buscó dirigir a los
hombres hacia la salvación preparándolos progresivamente para recibir
libremente y conscientemente al Mesías, Libertador. Luego de la "plenitud
de los tiempos," este Mesías el Verbo mismo de Dios, se encarnó de la
Virgen María y del Espíritu Santo-fuera entonces de la heredad corrompida de
Adán - ha vencido al Demonio sobre la Cruz, ha resucitado al tercer día y ha
devuelto al género humano la vida.
Esclavitud al Demonio, mortalidad y corruptibilidad transmitidas por heredad natural, tales fueron, según la tradición ortodoxa, las consecuencias de la falta de Adán, (Meyendorff). No estamos para vivir indefinidamente en este mundo, sino sólo de paso, en un puente, y necesitamos algo que nos avise, que nos diga, como los letreros en las carreteras, que no somos para este mundo, sino sólo para el cielo, para la vida eterna. Y este letrero es el Dolor. Un autor moderno ha llamado al dolor el octavo sacramento. El dolor por otra parte es una fuente inagotable de méritos para ganarnos el cielo, para agradar a Dios. No hay mejor amor ni más sublime que el que se manifiesta a través del dolor. El mejor camino para el cielo es el dolor, el mejor camino para amar a Dios es el Dolor. No hay amor sin dolor.
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima
Trinidad, Dios como el Padre y el Hijo, en quien está la santificación de las
almas por medio de sus 7 dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza,
Conocimiento, Piedad y Temor de Dios (Santidad). "Y en el Espíritu Santo,
Señor y Vivificador que procede del Padre y que con el Padre y el Hijo es
juntamente adorado y glorificado, que habló por los profetas" (Credo). El
Espíritu Santo se manifestó visiblemente en forma de paloma en el Bautismo de
Jesús en el río Jordán y en el día dé Pentecostés en forma de lenguas de fuego
sobre los Apóstoles. El Espíritu Santo permanecerá con la Iglesia para guiarla
y asistirla en el camino de la verdad y de la santidad.
El Dios Vivificador, el Espíritu Santo, y su procedencia del
Padre, se manifiesta en la Iglesia y en las almas por medio de sus siete dones.
A El se debe toda la obra de Santificación de las almas, y sin el cual no hay
santificación posible.
Jesucristo, hijo de Dios,
verdadero Dios y verdadero hombre, como Dios consustancial al Padre y al
Espíritu Santo, no hecho ni creado, engendrado desde toda la eternidad, procede
del padre como Verbo eterno. Eterno e igual al padre, eterno e igual al
Espíritu Santo, eterno e igual en esencia, distinto en persona, nacido como
hombre en el espacio, en el tiempo y en lugar determinado, por obra y gracia
del Espíritu Santo en el seno de una virgen María, sin obra de varón alguno.
Idéntico en esencia al Padre y Espíritu Santo distinto en persona, Dios al
mismo tiempo que Hombre, infinito y finito, eterno y temporal, inmortal y
mortal, todo en una única persona. Una persona, la divina, pues la persona
humana es absorbida por la divina; dos naturalezas, divina y humana; dos
voluntades, divina y humana, y una memoria, la humana, no divina, pues Dios
tiene todo presente ante sí y no necesita memoria.
Nació, padeció y murió en Palestina el año 33 del año 748 de
la fundación de Roma y 876 de la 1a. Olimpiada y 49 semanas de año de la
profecía de Isaías, consiguiendo con su muerte, de valor impetratorio infinito,
la redención del género humano que padecía bajo el yugo de Satanás, desde el
primer pecado de la humanidad en el Paraíso Terrenal. Nos mereció el cielo, nos
devolvió la gracia de ser hijos de Dios, nos dejó una admirable doctrina,
indestructible al tiempo y a los hombres, y nos prometió la vida eterna a
quienes tenemos la felicidad de seguirlo. Bajó a los infiernos, resucitó al
tercer día por su propia virtud y subió a los cielos, en donde está sentado a
la diestra de Dios Padre, y vendrá un día a juzgar a los vivos y a los muertos.
Su reino es eterno e inmortal. Antes de irse dejó a sus doce apóstoles sus
enseñanzas con la misión de llevarlas hasta el fin de la tierra y hasta el fin
del mundo. Nos legó su Iglesia, admirablemente constituida como fiel
depositaria de su verdad y doctrina. Ella es el cuerpo místico de Cristo y por
ella nos viene la gracia. Estamos hoy día en tiempo del amor. Del amor de un
Dios que se hizo hombre para levantarnos del fango en que habíamos caído por el
pecado. Jesús es amor. Jesús es verdad. Jesús es vida. Jesús es justicia. Jesús
es paz. Jesús es felicidad. Toda nuestra vida debe tener una única finalidad:
Cristo. Vivir y trabajar por, para, en, con El.
La Prueba más grande de la divinidad de Cristo y de la
verdad de su Doctrina y de su Iglesia, la constituye su Resurrección de entre
los muertos al tercer día La misma es atestiguada y probada ampliamente en los
Santos Evangelios. Después de su Resurrección fue visto por los Apóstoles,
discípulos y por muchas personas. A los 40 días de su Resurrección subió a los
cielos por su propia virtud en cuerpo y alma, de donde ha de venir en forma
gloriosa a juzgar a los vivos y a los muertos al fin del mundo. San Pablo nos
dice: "Vana es nuestra fe si Cristo no ha resucitado."
La Virgen María, madre de Dios y
de los hombres, corredentora del género humano al lado de Cristo, elevada a los
cielos en alma y cuerpo no por virtud propia como la de Cristo sino en virtud
de su hijo, siempre Virgen. Solamente tuvo un hijo: Cristo. Siempre pura,
siempre santa. Hay muchos escritores, filósofos, científicos, tales como Renán,
Von Paulus, Strauss toda la escuela de Tubinga, Harnack, Fuerbach,
enciclopedistas que pretenden, bajo un manto científico o histórico, enseñarnos
que la Virgen no fue virgen, que la Virgen tuvo muchos hijos. Tales individuos,
y sus aprovechados discípulos están bastante errados y equivocados. Si fueran
realmente sabios e investigadores no podrían decir tales cosas. Investiguemos
críticamente la historia, la cronología, la arqueología, pinturas, dibujos,
murales de catacumbas, cementerios, monumentos. Consultemos toda la literatura
de aquellos primitivos tiempos del cristianismo y sacaremos una conclusión: En
todo ello no aparece para nada que la Virgen María haya tenido muchos hijos;
todo lo contrario. Siempre se señala un solo hijo: Jesucristo. Todos estos filósofos
dicen, pero no prueban. Inventan citas y lugares, pero que en lo verdaderamente
científico no existen. Es un hecho histórico para negar o afirmar su valor, hay
que ir a las fuentes, a los testigos mediatos o inmediatos del tiempo cuando
sucedió tal hecho. Es muy fácil cubrir con una capa de cientifismo o filosofía
una idea falsa, y llevar las almas al error.
Entre los santos se reserva un lugar único para la Madre de
Dios, la Virgen María. El largo proceso de purificación e iluminación de la
raza judía tan vivamente descriptos en el Antiguo Testamento alcanzó su
culminación en la Theotokos. En ellas hallaron cumplimiento la fe y el heroísmo
de muchas generaciones del pueblo elegido. Aceptó con humildad el reto de la
Anunciación. Durante la vida de su hijo, permaneció en último término, pero
presidió la asamblea de los Apóstoles el día de Pentecostés, cuando el nuevo
período de la historia de la humanidad comenzó con el advenimiento del Espíritu
Santo. "El alma de la piedad ortodoxa es una calurosa veneración a la
Theotokos," escribe fray Bulgagov. Su nombre es constantemente invocado en
las oraciones tanto litúrgicas como personales, pues se la ama, no sólo como
Madre de Cristo, sino también como Madre de la humanidad, porque abraza en su
caridad a toda la humanidad, de la que su Hijo es el único Redentor. Sus iconos
se pueden ver en todas partes, los himnos y oraciones dirigidos a ella se
utilizan universalmente, pero el Oriente cristiano se abstiene de dogmatizar en
su favor, y en esto se descubre otra vez una diferencia entre la tradición
latina y la bizantina, pues el Oriente cristiano no ha incluido entre sus
dogmas los recientes dogmas marianos de Roma.
La palabra cristiano nos está
diciendo que somos seguidores de Cristo, y que tenemos fe en Jesucristo, a
quien profesamos en el Bautismo, y estamos ofrecidos a su santo servicio. El
cristiano tiene la señal o distintivo que nos distingue: la Señal de la Santa
Cruz, en la que expresamos o simbolizamos dos de nuestros más grandes misterios
de nuestra fe: La Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo; y las dos
naturalezas de Jesucristo, es decir que es Dios y Hombre a la vez. Como
conclusión de ésto podemos decir: Religión Cristiana es la religión que Cristo
fundó, y que la Iglesia Ortodoxa conserva intacta y enseñó a través de 20
siglos.
La Resurrección de los muertos y la vida eterna, en la
consumación de los siglos, cuando ha de venir Cristo por segunda vez a juzgar a
los vivos y a los muertos.
Todos resucitarán entonces con el mismo cuerpo que tuvieron
en esta vida, tanto de las tumbas, como de los campos, como del fondo del mar,
como de las montañas. Los muertos desde hace milenios de años se levantarán de
donde reposan e irán a oír la sentencia definitiva de Dios. Los buenos irán al
cielo, formando el reino eterno e inmortal de Cristo, y los malos al infierno,
en donde sufrirán eternamente las penas de daño y sentido. En el cielo se
tendrá la visión perfecta de Dios, la posesión eterna del bien, el goce
infinito sin mezcla de mal alguno. El infierno será todo lo contrario: el mal
sin mezcla de bien alguno, el ansia infinita de poseer a Dios sin la esperanza
de llegar a poseerlo nunca, el remordimiento espantoso de haber perdido el bien
eterno, el dolor, la tristeza, el odio. Todo es tiniebla y desesperación. El
infierno es eterno. El castigo es infinito. No acabará nunca. Dios no es injusto al castigar
así al hombre pecador. El hombre mismo se condena a ese estado. El se rebela
contra Dios y no quiere estar con El. Dios le da todos los medios y gracias
habidas e imaginables para que se salve y sea eternamente feliz. Más el hombre
no quiere, no acepta a Dios ni quiere saber nada de El. Al infierno no va nadie
que no quiera ir. Dios casi obliga a ir al cielo, pero más no puede hacer,
porque respeta la libertad del hombre. Si Dios le ofreciese salir del infierno,
él no saldría, porque odia a Dios.
Hay sólo dos lugares donde se puede estar: Cielo o Infierno.
En el Cielo el pecador no quiere estar porque allí se encuentra Dios y él odia
a ese Dios. Entonces prefiere irse al infierno. El se va al infierno,
libremente, voluntariamente, porque quiere. No podemos culpar a Dios entonces
del castigo o de injusticia. Por el contrario vemos que Dios hace lo imposible
para evitarle el infierno. Más el hombre se obstina. Aún cuando Dios le diese
la posibilidad de volver a la nada no lo haría, porque quiere odiar a Dios toda
la eternidad. Está confirmado en el odio, en el mal. Otra cuestión es sobre la
duración de las penas del infierno. La respuesta la daremos en breves palabras.
El hombre al pecar, comete una ofensa a Dios. La ofensa se mide por la persona
ofendida. A mayor dignidad, mayor ofensa. El hombre no puede hacer nada
infinito, porque es finito. Al ofender a Dios comete una ofensa infinita. Como
hemos dicho antes, la ofensa se mide por la persona ofendida. En este caso el
ofendido es un ser infinito, por tanto la ofensa es infinita. La ofensa es
infinita por el ser ofendido y no por el que ofende. A una ofensa infinita
corresponde una pena infinita. Tiene que haber proporción entre la falta y la
pena. Por lo tanto el hombre merece un castigo infinito al pecar contra Dios.
Ahora bien, como el hombre es finito, no puede soportar algo infinito. Entonces
el castigo o pena se hace en extensión o duración, conforme a la finitud
humana. Por esta causa el infierno no tiene fin.
Existe una única causa para el infierno: el pecado mortal.
Dios ha puesto muchos medios a nuestras manos para evitarlo. No pecamos si no
queremos. Y si pecamos, Dios lo perdona si nosotros queremos arrepentirnos.
El único mal de este mundo es el pecado. El nos aparta del mayor bien que podemos poseer: la amistad de Dios. La felicidad, la paz, la alegría sólo se hallan en Dios. El pecado nos quita a Dios y por tanto la paz, la felicidad, la alegría, la verdad. El pecado es el alejamiento de Dios y la conversión a las criaturas. Es una ofensa a Dios. Es un quebrantamiento de su voluntad de sus leyes. Es volverse contra Dios para gozar lo prohibido. El pecado es una infidelidad e ingratitud contra Dios, ya que nos colma de beneficios durante toda la vida. Todas las leyes de Dios son para nuestro bien, aún considerando solamente el bien material. Hay dos clases de pecado: Mortal y venial. El mortal es una ofensa grave a Dios en materia grave, ya sea con el pensamiento, deseo, palabra y obra; es quebrantar una ley de Dios que se considera grave. El venial es una falta pequeña contra la ley de Dios; es una falta en materia leve. Esta no nos priva de la amistad de Dios ni del cielo. Sólo nos aleja de él. Hay pecados que no admiten parvedad de materia, es decir que son siempre pecados graves. Hay pecados que son intrínsecamente graves, tal sería la blasfemia. Hay leyes divinas, en casos circunstanciales, que su quebrantamiento no sería pecado, como matar al injusto agresor, o robar en extrema necesidad.
Peca solamente el que quiere. El pecado se comete libre,
espontáneamente y voluntariamente. Para que la falta se considere pecado, se
requieren tres cosas:
1) Conocimiento perfecto de lo
que se hace o de la ley.
2) Libertad absoluta para hacer
tal acción, sin sufrir coacción de ninguna clase, o miedo.
3) Conciencia plena de que se
está cometiendo un pecado.
La ignorancia o el error sobre la ley o materia nos libera
de haber cometido un pecado. La duda cuando es invencible nos libra de pecado.
El pecado es el grito de rebelión de los ángeles que se levantaron contra Dios:
"No te serviré." El hombre que peca repite lo mismo. Más Dios es
infinito en amor y bondad, y siempre espera y espera. Está al acecho de
cualquier ocasión para atraer al pecador a su amor. Desde que Cristo subió a
los cielos allá por el año 33 de nuestra era, está esperando a cada hombre que
vuelva a él. Está esperando a la puerta de cada corazón para entrar y convivir
con él. El es amor y el amor no puede estar con el pecado que es odio. Dios
siempre espera.
La comunión de los santos: todos los miembros bautizados en
Cristo formamos un Cuerpo Místico, cuya Cabeza es Jesucristo y los miembros los
fieles cristianos: "Así nosotros, siendo muchos, somos un sólo cuerpo en
Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom.
12:5). Creemos en un juicio, final, en donde serán juzgados todos los hombres,
buenos y malos, al fin de los tiempos. Creemos en la resurrección de los
muertos: un día todos los que han muerto resucitarán: los buenos irán al Cielo
y los malos al infierno. Existen cuatro postrimerias: MUERTE - JUICIO - CIELO -
INFIERNO. En el Cielo se da una vida perdurable, en donde gozaremos de la vista
de Dios, de la compañía de los buenos, toda dicha perfecta, en donde no habrá
ni dolor, ni tristeza, ni angustia, ni muerte. Seremos inmortales, impasibles,
sabios. El infierno es eterno y sólo van a él los que mueren en pecado y se
obstinan en no arrepentirse. Dios es amor, siempre espera, siempre perdona.
Dios perdona todos nuestros pecados que podamos cometer, no habiendo ninguno
que no se perdone por grande que sea. Dios amó tanto a los hombre que murió por
salvarlos. No existe nadie que quiera volver a Dios, que Dios no lo reciba y no
lo perdone (Parábola del Hijo Pródigo, Parábola del Buen Pastor). Jesucristo
nos dio de esto una magnífica enseñanza a través de toda su vida,
principalmente en la Magdalena. A San Pedro dijo, cuando le preguntó cuantas
veces había que perdonar: "No siete
veces, sino setenta veces siete," i.e. siempre. "Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús
tomará consigo a los que se durmieron en El. Los muertos en Cristo resucitarán
primero" (1 Tes. 4:14-18).
En la cual todos los fieles están íntimamente unidos
formando un único cuerpo. Todos se ayudan mutuamente en un campo infinito de la
vida espiritual. Las oraciones, los ayunos, sacrificios, Misas... de una
persona ayudan a otra persona que nosotros desconocemos. Dios distribuye todo
eso en gracias sobre personas necesitadas o en trance de pecar, o desalentadas,
agobiadas, enfermas, pecadoras.
· Un compendio de nuestra fe Ortodoxa
Un compendio de nuestra Fe Ortodoxa la tenemos en el Credo Niceno-Constantinopolitano, de año 381, en donde se enumeran nuestras principales creencias. También encontramos un magnífico compendio de toda nuestra Teología Ortodoxa en la Santa y Divina Liturgia, que se canta en la lengua del pueblo y que ha servido como la mejor predicación a través de los siglos.
Enseñanzas sobre costumbres o
moral, por medio de las cuales se han de regir los Fieles. Nuestras
obligaciones para con Dios y para con el prójimo y nosotros mismos las tenemos
claramente expuestas en los 10 Mandamientos de la Ley de Dios, los 7 Preceptos
de la Iglesia (que no son otra cosa que normas para mejor conservar los
Mandamientos de la Ley de Dios), las 9 Bienaventuranzas y las 14 Obras de
Misericordia. Todo ello constituye el más perfecto y santo código de Moral que
haya existido en todos los tiempos. En el Evangelio encontramos la máxima
perfección moral, basada toda ella en la Caridad: Caridad para con Dios y
Caridad para con el prójimo.
En esta Moral divina y evangélica hallamos la única solución
a todos los problemas, que puedan afectar al hombre, a la familia y a la
sociedad, y normas precisas para todas las cuestiones sociales, políticas,
económicas, jurídicas, educacionales y psicológicas. Todo ser humano lleva
escrito en su corazón la Ley Divina y Natural, que le manda hacer el bien y
evitar el mal. Esta Ley Natural se manifiesta en la misma naturaleza humana y
son leyes genéricas que todos los pueblos, aún antes del cristianismo (Ley
Revelada), ya la conocían (Adorar a Dios, Existencia de Dios, Dios remunerador,
hacer el bien, evitar las malas acciones tales como robar, matar, mentir, etc.
Amar a los padres, etc.). La Ley divina revelada por Dios perfecciona y completa
a la ley natural: ambas son obligatorias para todo cristiano. El cristianismo
nos enseña la práctica de las virtudes teologales (Fe - Esperanza - Caridad),
cardinales: Prudencia - Justicia - Templanza - Fortaleza. Estas virtudes son
llamadas también Fundamentales y morales (Paciencia, Humildad, Pureza,
Obediencia, Modestia, Pobreza, Mansedumbre ...).
La Fe es aquella virtud sobrenatural por la cual creemos con
certeza todas las verdades que Dios ha revelado y enseña la Iglesia. Esperanza
es esperar de Dios, con absoluta confianza, sus bendiciones en este mundo y la
eterna gloria y felicidad en el otro. En otras palabras, esperanza es confiar
nuestro futuro a Dios. La Caridad es amar a Dios a causa de El mismo y al
prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Esta es la reina de las
virtudes teologales. El pecado es una transgresión de la Ley divina o
eclesiástica, es una ofensa hecha a Dios. En oposición a las virtudes tenemos
los vicios, que son un hábito de hacer el mal. Los principales son los vicios o
pecados capitales: avaricia, orgullo, odio, lujuria, mentira, gula, etc., de
los cuales se derivan todos los otros pecados. "Dios es caridad, y el que permanece en la Caridad, en Dios
permanece, y Dios en él" (San Juan, Epístola).
Existen dos medios para distinguir los actos buenos de los
malos: 1) La Ley de Dios interna, esto es, los mandamientos de la conciencia;
2) la Ley Externa, esto es, los mandamientos de Dios. La Ley interna de Dios la
encontramos mencionada en los Libros Sagrados: Hablando de los paganos el
apóstol de los Gentiles dice: "Porque,
cuando los gentiles, que no tienen ley, hacen naturalmente las cosas que no son
de la Ley, no teniendo ellos Ley, para sí mismo son Ley. Los cuales muestran la
obra de la Ley escrita en sus corazones testificando juntamente su conciencia,
y sus pensamientos, ya acusándolos, ya defendiéndolos" (San Pablo,
Rom. 2:14-15). A pesar de poseer la Ley de Dios interna es necesaria la Ley de
Dios externa. Esta Ley, es decir, los Mandamientos de Dios, fue dada a los
hombres por el abandono en que quedaron los mandamientos de la conciencia
humana. La humanidad sepultada en un abismo de pecados e impurezas de toda
especie, debía ser salvada para la intervención directa de Dios. Esta salvación
vino por medio de los mandamientos de Dios, en los que quedaron expresados
todos los elementos necesarios para la salvación del género humano. "Luego, ¿para qué es la Ley?... Fue
ordenada por causa de las transgresiones" (S. Pablo, Gálatas 3:19) La
ley externa fue entregada a los hombres por medio del profeta Moisés en dos
tablas de piedra denominadas las Tablas del Testamento, en las cuales se
hallaban grabados los diez mandamientos. Este acontecimiento se realizó en el
monte Sinaí, en el desierto de Arabia, con ocasión de la emigración de los
israelitas de Egipto hacia la Tierra Prometida (Palestina) en el año 1512 antes
del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, hace ya casi 35 siglos.
Los Mandamientos de la Ley de Dios son: 1) "Yo soy el
Señor Dios tuyo; no tendrás otros dioses delante de mí." 2) "No harás
para ti imagen de escultura, ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en los
cielos, ni abajo de la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te
inclinarás ante ellas ni las adorarás." 3) "No tomarás el nombre del
Señor tu Dios en vano." 4) "Acuérdate del día sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra, más el séptimo día es
sábado del Señor tu Dios." 5) "Honra a tu padre y a tu madre, para
que se prolonguen tus días en la tierra." 6) "No matarás." 7)
"No adulteraras (Pecar contra la castidad)." 8) "No
robarás." 9) "No dirás falso testimonio contra tu prójimo" 10)
"No codiciarás la casa de tu prójimo ni codiciarás la mujer de tu prójimo,
ni su siervo, ni su sierva, ni su jumento, ni cosa alguna de tu prójimo"
(2° libro de Moisés: 20:1-17).
A pesar de que estos mandamientos fueron dados al pueblo
hebreo, sin embargo estamos obligados a cumplirlos porque fueron confirmados
por Nuestro Señor Jesucristo. Además, de esto, el Hijo Unigénito de Dios nos
enseñó la forma correcta de cumplirlos y de entenderlos. El Apóstol de las
Naciones dice que los santos mandamientos de Dios son la ley escrita en los
corazones de todos los hombres a fin de que sea cumplida. "Si quieres, pues, entrar en la vida, guarda los
mandamientos" (S. Mateo 19:17). "No
penséis que vine a destruir la Ley o los Profetas: no vine a abrogarlos, sino a
cumplirlos" (S. Mateo 5:17). Con el auxilio de Dios estamos en
condiciones de cumplir estos mandamientos y Dios concede su gracia a todos los
que se dirigen a El.
La significación de la división de los diez Mandamientos de
Dios en dos tablas, es la de que en estas tablas se distinguen dos clases de
amor: 1) Amor a Dios y las obligaciones que de allí se derivan; 2) Amor al
prójimo y las obligaciones que se siguen de ello. Sobre este particular tenemos
la respuesta dada por N. Señor a la pregunta sobre ¿Cuál es el supremo
mandamiento de la Ley de Dios?:
"Amarás al Señor
Dios tuyo de todo corazón, y con toda tu alma, y con todo tu pensamiento."
Este es el primero y gran mandamiento. Y el segundo es semejante a éste:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo." "De estos dos
mandamientos depende toda la Ley y los Profetas" (S. Mat. 22:36-40). En
estos mandamientos vemos que no hay un mandamiento que ordene el amor del
hombre para consigo propio. No había necesidad de establecer un mandamiento
separado para un fenómeno perfectamente natural que oriente la vida de todo
individuo: "Nunca nadie aborreció (Odió) a su propia carne, antes la
alimenta y sustenta..." (Epístola de San Pablo a los Efesios, cap.
5:5-29). La forma en que debemos amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos se
manifiesta de tres maneras: 1) Debemos amar a Dios sobre todas las cosas y por
razón de ser El una verdad inconfundible: nuestro Dios; 2) debemos amar al
prójimo por nuestro amor a Dios; 3) debemos amarnos a nosotros mismos por amor
a Dios y al prójimo. Debemos aún sacrificar el amor a nosotros mismos en pro
del amor a Dios y al prójimo. De igual manera el amor al prójimo debe ser
sacrificado en pro del amor a Dios. "Nadie
tiene mayor amor que éste: el de dar alguien su vida por sus amigos"
(San Juan 15:13). "Quien ama al
Padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí: y quien ama al hijo o a la
hija más que a mí, no es digno de mí" (S. Mateo 10).
El amar a Dios por razón de ser verdad inconfundible de ser
El nuestro Dios, significa que debemos amar a Dios, porque El es infinitamente
perfecto y por esta razón merece el amor perfecto y total. "Amar a Dios
sobre todas las cosas," significa que debemos amarlo más que todo lo de
este mundo, y estar preparados a sacrificar nuestro mayor tesoro tanto material
como espiritual, si ello fuere necesario para dar prueba de este nuestro amor.
Es preferible desistir de todo lo que poseemos a perder el amor y la
benevolencia de Dios. Para conseguir en nuestros corazones un amor verdadero y
profundo a nuestro Dios debemos: 1) Meditar sobre el amor manifestado por el
Creador en el acto de la creación del hombre; 2) Meditar sobre el amor demostrado
por Dios, que después de infligir el justo castigo a los hombres que pecaron,
sacrificó a su Hijo Unigénito a fin de salvarlos de la eterna condenación: 3)
Pensar sobre las infinitas y celestiales gracias que Dios proporcionó a los
hombres por el supremo sacrificio del Hijo de Dios; 4) Pensar sobre el supremo
altruismo del amor divino, pues Dios nos da todo sin recibir nada en
retribución de su magnanimidad.
Nuestros prójimos son todos los seres humanos sin ninguna
excepción. Amigo o enemigo; cristiano o pagano; ortodoxo o hereje; hombres de
todas las razas, religiones o credos políticos, todos ellos son criaturas
humanas y como tales deben ser considerados nuestro prójimo. Es evidente que
nuestros hermanos en la fe son más queridos a nuestros corazones, lo que es
bien natural, visto que son los mismos hijos del único Padre celestial por la
fe en Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El amor al prójimo por nuestro amor
a Dios quiere decir, que debemos amar al prójimo en razón de que Dios lo
considera igualmente digno de su supremo amor y el haberlo llamado a tomar
parte en su eterna felicidad en los cielos. Debemos amar al prójimo como a
nosotros mismos, es la regla de la caridad. Amamos a nuestro prójimo como a
nosotros mismos:
1) Cuando proporcionamos a él todo aquello que deseamos
obtener para nuestro propio beneficio: 2) cuando no hacemos al prójimo todo
aquello que deseamos evitar en relación a nosotros mismos; 3) cuando cuidamos
de la salvación del alma de nuestro prójimo. "Por tanto todo lo que vosotros queréis que los hombres os hagan,
hacedlo también vosotros" (S. Mateo 7:12). Quien nos enseñó amar
también a nuestros enemigos fue Nuestro Señor Jesucristo: perdonó a sus
verdugos, oró por ellos, ofreció su preciosa vida en pro de la salvación de los
mismos y nos dio el mandamiento de amarlos incondicionalmente: "Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen" (S. Lucas, 23:34).
"Yo pues, os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os
maldicen, haced bien a los que os odian, y orad por los que os maltratan y os
persiguen. Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque
hace que el sol se levante sobre justos e injustos" (S. Mateo
5:44-45). El amarnos a nosotros mismos por amor de Dios significa que Dios nos
considera igualmente dignos de su amor y que nos llamó para participar en la
eterna felicidad. Nos amamos a nosotros mismos por amor de Dios cuando cuidamos
sobretodo, de la salvación de nuestras almas inmortales: "¿Más qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si perdiere
su alma?" (Mas. 16:26).
El amor cristiano es del todo necesario, ya que sin él no
podemos conseguir nuestra salvación: "Quien no ama a su hermano, permanece
en la muerte" (I Epist. de S. Juan 3:14). El amor cristiano lo
manifestamos por el cumplimiento de la Ley de Dios: "Aquel que tiene los Mandamientos y los guarda, ese es el que me
ama" (S. Juan, 14:21).
Los Mandamientos que tratan de nuestras obligaciones para
con Dios son indicados en los primeros cuatro: El primer mandamiento nos indica
que debemos adorar a Dios Verdadero, ofreciéndole la debida adoración. El
segundo nos prohibe el culto de fetiches (estatuas, esculturas). El tercero
ordena no perturbar la majestad de Dios de forma alguna, principalmente por
medio de palabras vanas. El cuarto mandamiento indica que, en la veneración de
Dios, debemos mantener el orden en cuanto al tiempo y los procedimientos. Las
obligaciones que tenemos en relación a nuestro prójimo, están contenidas en los
seis mandamientos finales: El quinto nos recomienda el amar y honrar a nuestro
prójimo. El sexto, prohíbe atentar contra la vida del prójimo. El séptimo
prohíbe atentar contra la pureza de costumbre y la moral de nuestro prójimo. El
octavo, prohíbe atentar contra la propiedad privada del prójimo. El noveno prohíbe
causar molestias al prójimo por medio de palabra unida al sentimiento de
falsedad. El décimo mandamiento prohíbe desear cualquier cosa que sea de
propiedad tanto material cuanto espiritual, de nuestro prójimo. Las
obligaciones concernientes a nosotros mismos están realmente contenidas en los
Mandamientos que tratan de las relaciones para con nuestro prójimo, visto que
debemos amar al prójimo como a nosotros mismos.
La Santa Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa, conservó los
10 mandamientos de la Ley de Dios en su forma original sin la menor alteración.
Lo mismo no sucede con el texto adoptado por la Iglesia Católica Apostólica
Romana, en donde los 10 mandamientos fueron arbitrariamente alterados. Así
quedó totalmente eliminado el 2° Mandamiento y el último quedó dividido en dos
partes, formando dos mandamientos distintos. Esta falsificación de la Verdad
Constituyo uno de los mayores errores teológicos cometidos por los papas desde
que la Iglesia Romana rompió la unión con la Santa Iglesia Ortodoxa en el siglo
XI. Esta alteración en los 10 Mandamientos de Dios introducida por los papas
romanos fue causada por el renacimiento de las artes plásticas. Los célebres
escultores de la época del Renacimiento tuvieron de esta manera un amplio campo
de actividades artísticas, creando obras de gran valor. Aún las esculturas,
representando a Dios, la Santísima Virgen María, los Santos y los Ángeles
estaban en completo desacuerdo con cl segundo Mandamiento de Dios. Había, pues,
dos alternativas: o impedir la creación de estatuas o suprimir el segundo
mandamiento. Los papas escogieron esta última solución, cayendo en un grave
error.
Como conclusión de esta breve exposición sobre lo que
constituye lo esencial de la Moral Ortodoxa, diremos que todos los problemas,
dudas, dificultades o preguntas que se nos puedan plantear debemos examinarlas
a la luz de estos principios morales. ya sean de orden moral, religioso o
científico. Ellos nos darán la respuesta más exacta, tanto en el orden privado
o íntimo de nuestra conciencia, como en las cuestiones externas, familiares,
educacionales, profesionales, médicas, laborales, jurídicas, políticas,
económicas, sociales. Los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia son
como un espejo en donde todo, la vida, las acciones y las palabras deben
reflejarse.
1. Bienaventurados los pobres de espíritu; porque de ellos
es el reino de los cielos.
2. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados.
3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la
tierra.
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán hartos.
5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia.
6. Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán
a Dios.
7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán
llamados hijos de Dios.
8. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de
la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
9. Bienaventurados sois, cuando os injuriaren y os
persiguieren y dijeren toda palabra contra vosotros por causa de mí.
"Alegráos y gozáos, porque grande será vuestra
recompensa en el Cielo" (San Mateo, 5:3-12).
Para llegar a comprender rectamente las Bienaventuranzas
debemos saber que en éstas tenemos las palabras del propio Salvador de los
hombres. Ellas encierran las enseñanzas sobre los medios de alcanzar la eterna
felicidad. Así indica el Santo Evangelio: "Y abriendo su boca, les enseñaba diciendo...."
Todavía debe ser notado que Nuestro Señor Jesucristo, siendo
manso y humilde de corazón, no nos presentó estas enseñanzas bajo la forma de
órdenes, sino, alabando a aquellos que los aceptan voluntariamente, poniéndolos
en práctica con toda dedicación y todo el empeño. Por esta causa debemos
apreciar en cada una de las Bienaventuranzas:
1) Las enseñanzas o mandamientos en ellos contenidos.
2) La veneración, y la subsiguiente esperanza de la
recompensa.
No podemos con nuestras propias fuerzas guardar los Mandamientos de Dios ni alcanzar la vida eterna. Necesitamos para ello de la Gracia de Dios. Esta es un don sobrenatural que Dios, por su gran bondad, nos envía gratuitamente para alcanzar así la salvación y la vida eterna y porque Jesús ha mediado por nosotros. Es un don por el cual somos hechos amigos de Dios. Dios concede su gracia a todos, pues es necesaria para nuestra salvación eterna. Dios nos concede esta gracia por medio de: La Oración, la Misa, los Sacramentos y Sacramentales, y por las obras buenas (Ayuno, Limosna, etc.). La Oración es la elevación de la mente hacia Dios, para adorarle, darle gracias y pedirle todo lo que necesitamos espiritualmente.
El mismo Jesús nos dejó una magnifica oración: El Padre Nuestro. Debemos orar a Dios
con confianza, humildad, perseverancia, fe ferviente y en nombre de Jesús, con
la certeza de que toda oración es escuchada por Dios: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.
Porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre" (Mas.
7:7-9). Los Sacramentos son las palabras y los medios por medio de los cuales
Jesús y sus apóstoles transmitieron la Gracia Divina e invisible a los hombres.
Con las mismas palabras hoy la Iglesia también transmite la Gracia Divina. Los
Sacramentos son siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Santa
Unción, Orden Sagrado y Matrimonio. Los Sacramentos nos dan la Gracia Divina
que santifica a los que no la tienen y la aumenta a los que la poseen. Cada uno
de los Sacramentos producen quien los recibe una Gracia especial, llamada
"Gracia Sacramental." Hay algunos que no pueden repetirse en la misma
persona, tales son "Bautismo y Orden Sagrado," pues imprimen en el
alma un signo indeleble, que permanece para siempre. Todos los Sacramentos
fueron instituidos por Jesucristo. El Ministro ordinario de los Sacramentos es
el Obispo y el Sacerdote. El Bautismo se hace con una triple inmersión, tal
como se hacía en el primitivo cristianismo. La Crismación y la Comunión se
administran inmediatamente después del Bautismo. En cuanto al Sacramento de la
Eucaristía, se da a los fieles bajo las dos especies de Pan y Vino. La Santa
Unción se administra, no sólo en peligro de muerte, sino en cualquier
enfermedad, aunque no sea grave. En relación al Sacerdocio el mismo comprende
tres grados: Diáconos, Sacerdotes y Obispos, que cumplen la misión divina de:
Celebrar, Predicar y Gobernar la Iglesia para que las almas consigan su eterna
salvación. El Ministro del Orden es sólo el Obispo, porque sólo él ha recibido
este poder mediante una consagración especial. En la Iglesia Ortodoxa se admite
el Divorcio en casos muy excepcionales, que ya están determinados por las
normas canónicas, y juzgados por el Obispo de la Diócesis.
La Jerarquía divina establecida por Jesucristo para conducir
las almas hacia Dios, la prédica de su doctrina y la administración de los
Sacramentos y Sacrificio de la Misa están a cargo de los Obispos, Sacerdotes y
Diáconos.
Además de los Sacramentos existen otros medios llamados
Sacramentales, que son acciones u oraciones por medio de las cuales la Iglesia
pide a Dios su gracia. Su poder se basa en la oración de la Iglesia ante Dios,
confiada en la palabra de Jesús: "Pedid y recibiréis." Esos medios
son la señal de la Cruz. La Oración de Súplica (Paráklisis). Las flores de los
Epitafios, Palmas, Oración del Nacimiento, Aceite Bendito, Pan Bendito, Agua
Bendita, varias oraciones y bendiciones durante una enfermedad, y en otras
circunstancias.
La eucaristía no es sólo
Sacramento, sino también Sacrificio, en el cual se ofrece el mismo Jesucristo
como víctima propiciatoria. Es el mismo sacrificio de la Cruz, por el cual
Cristo satisfizo al Eterno Padre por los pecados de la humanidad, pero
realizado en nuestros altares por los Sacerdotes de una manera incruenta, pero
real. Esencialmente es el mismo sacrificio de la Cruz. Durante el mismo tiene
lugar la Consagración del Pan y del Vino en el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo. Esta Consagración no sólo se efectúa por las palabras de Cristo en
la Ultima Cena: "Tomad y Comed... Bebed todos...," sino que es condición
esencial la "Epíclesis," u oración de invocación al Espíritu Santo
para que se realice la transmutación. Esta, por tanto, se obra bajo la
invocación de las tres Divinas Personas: toda la Trinidad. ¿Cómo se realiza la
Transmutación? Solo sabemos que es un misterio. No es una
"transubstanciación," sino una "Transmutación" (Metabolí).
La Transmutación, como hemos dicho, es un misterio!. "La Iglesia Ortodoxa,
siguiendo fielmente el S. Evangelio y la práctica cristiana usada en sus
comienzos, admite y enseña la Transmutación (Metabolí) del pan y del vino de la
Sda. Eucaristía en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo por virtud del Espíritu
Santo, y enseña que el modo de tal Transmutación es un misterio del todo
impenetrable e incomprensible al entendimiento humano, como aquel de la
Creación, de la Encarnación y el de la Trinidad." La Eucaristía es el
centro de toda vida cristiana y litúrgica ortodoxa, y todos los oficios
religiosos miran hacia Ella.
Desde los tiempos apostólicos se ha rodeado su culto de
ritos y ceremonias, los más solemnes y espirituales, usando para el acto de la
celebración de la Eucaristía cuatro Liturgias o Anáforas: 1) La Liturgia de
Santiago, la más antigua y larga de todas las liturgias; 2) La de San Basilio
(siglo IV), más corta que la anterior, celebrada 10 veces por año, los Domingos
de Cuaresma; 3) La de San Juan Crisóstomo, más breve que la anterior y la más
usual de todas las liturgias, celebrada los Domingos y fiestas de guardar: y 4)
La de San Gregorio o de los "Dones Presantificados," celebrada los
Miércoles y Viernes de Cuaresma. En esta Liturgia los elementos Eucarísticos
son consagrados el domingo anterior. Resumiendo, diremos que la Santa Liturgia
es el Sacrificio del Cuerpo y la Sangre de N. S. Jesucristo ofrecido en nuestros
altares en memoria del Sacrificio de la Cruz. La Liturgia la ofrecemos por
motivos: 1) Para glorificar a Dios; 2) Agradecerle sus favores y dones; 3)
Solicitar su gracia y 4) Obtener su perdón para los vivos y difuntos.
En esta "Profesión de fe," se resume cuanto hemos dicho acerca del dogma y la doctrina cristiana ortodoxa. En todo ello la fe, esa condición del alma humana que nos ayuda a ver más allá de lo sensible, esa luz de la razón, se eleva en un eterno canto a la esperanza de un mundo mejor: de un mundo cristiano.
- Nosotros creemos que N. S. Jesucristo ha
instituido una sociedad religiosa, jerárquica y visible: la Iglesia (Mat.
16:17-20); 18:18; 28:18-20; Juan 20:21-23).
La Iglesia continúa la obra comenzada por Jesucristo,
prolongándose en el tiempo y extendiéndose en el espacio la Presencia del Verbo
Encarnado. Por Ella, la vida divina es comunicada a las almas.
Ella es el Cuerpo Místico de Cristo (Efes. 1:22; Colos.
1:24).
- Nosotros creemos que N. S. Jesucristo ha transmitido a sus Apóstoles (Marc.
3:13-20), el triple poder:
a) De
Magisterio (Mat. 28:19-20; Luc. 10:16).
b) De Orden y de Santificación de
las almas (Mat. 28:18-20; Luc. 22:19; I Cor. 4:1).
c) De Gobierno y de Juicio (Mat.
28:18-20; Jn. 20:12-23; Act. 15:28).
- Nosotros creemos, conforme a la enseñanza constante de la Iglesia, que los
poderes de los Apóstoles han sido transmitidos a sólo los Obispos, sus
sucesores en el curso de los siglos (Act. 20:28, Clemente de Roma, Cor. 42-44,
Ignacio de Antioquía, Efes. 4:1; Magn. 6:1; Trall. 2:1; 13:2; Fil. 4, etc.).
Ireneo de Lión dijo: "La Tradición de los Apóstoles,
manifestada en el mundo entero, es visible a cada Iglesia para que todos
aquellos que quieren ver la verdad, y nosotros podemos nombrar aquellos que los
Apóstoles han establecido como Obispos en cada Iglesia, así como sus sucesores
hasta nuestros días" (Adv. Haereses 3:3; Tertuliano, De Praescript. 32).
- Nosotros creemos que N. S. Jesucristo es el único Jefe de la Iglesia (Mat.
28:20; Efes. 2:20; Colos. 1:18).
- Nosotros creemos, conforme a la enseñanza de las Sagradas Escrituras y de
los Santos Padres de la Iglesia, que todos los Apóstoles eran iguales, y que
todos los Obispos, sus sucesores, han recibido los plenos poderes divinos de
atar y desatar (Mat 18,18; Jn. 20:21-23); Cipriano de Cartago dijo: "Es
cierto que los otros Apóstoles eran, ellos mismos también, lo que era San
Pedro: investidos del mismo grado de honor y de los plenos poderes" (De
Eccl. Unit. 4; S. Ambrosio de Milán, De Incarn, 4:32; León de Roma, Serm. 4:3;
San Agustín de Hipona, Serm. 118; Gregorio de Roma, Litter. 25:1y 30:7; etc.).
- Nosotros creemos que,
sólo la Iglesia Ecuménica o Universal, es infalible. Ella únicamente es "la columna y fundamento de la
verdad" (1 Tim. 3:15); el Espíritu Santo la conduce "hacia la
verdad total" (Jn. 16:13); "las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mat. 16,18);
"Ella es la misma boca de Cristo" (Hilario de Poitiers, De Trin. 7);
"La Infalibilidad reside únicamente en la universalidad de la Iglesia
unida en el amor; la inmutabilidad del dogma como la pureza del rito están
confiados a la guarda, no de una jerarquía, sino de todo el pueblo
eclesiástico, el cual es el Cuerpo de Cristo" (Respuesta de los cuatro
Patriarcas Ortodoxos al Papa de Roma, Pío IX, 1848).
- Nosotros creemos que la unidad esencial de la Iglesia, unidad de Fe, no
excluye la existencia de Iglesias autocéfalas o autónomas ("La Iglesia
Universal está compuesta de numerosas Iglesias," S. Agustín de Hipona, De
Civit. Dei. 13:12).
- Nosotros creemos que el Episcopado pertenece a la esencia misma de la
Iglesia; también mantenemos y perpetuamos, en la sucesión de los Apóstoles, las
Ordenes del Episcopado del Presbiterado y del Diaconado, "órdenes sin las
cuales no hay Iglesia" (Ignacio de Antioquía, Trall. 3:2).
- Nosotros creemos que los
títulos de Arzobispo, Primado, Patriarca, son títulos honoríficos. Sus
atribuciones establecidas por los Santos Concilios, tienen por fin el concurrir
al bien de la Iglesia y de mantener la unidad.
- Nosotros creemos, en
razón del cisma del Patriarcado de Roma, que el Patriarca de Constantinopla
posee el Primado de Honor conferido a esta Sede por los Concilios de
Constantinopla (Canon 3) y de Calcedonia (Canon 28).
- Nosotros creemos y
mantenemos íntegramente la doctrina de la Iglesia Una e Indivisible: "Lo
que es creído por todos, siempre, y en todas partes; porque ello solamente es
verdadero y a justo título, católico" (Vicente de Lérins, Com. 2:4).
- Nosotros creemos y reconocemos la autoridad de la Santa Escritura,
divinamente inspirada (2 Tim. 3:15-17), de la Santa Tradición (2 Tim. 2:2)
"Lazo vivo con la experiencia eclesiástica en su plenitud," del
Símbolo de Nicea Constantinopla (sin la añadidura del "Filioque"), de
las definiciones de los 7 Concilios Ecuménicos.
- Nosotros creemos que los Sacramentos han sido instituidos por Cristo para
ser los canales de la Gracia Divina (El Misterio o Sacramento es un acto santo
en el cual, bajo el signo visible, la invisible Gracia de Dios es comunicada al
fiel. Confes. Ortodoxa). Estos Sacramentos son en número de 7:el Bautismo (Mat.
28,19; :Jn. 3,5; Tito 3:5); la Confirmación (Act. 8:14-17); la Eucaristía (Luc.
22:19-20; Jn. 6:48-59; I Cor. 11:20-30); la Penitencia (Jn. 20:22-23; Act.
19:18), el Orden (Luc. 22:19-20; I Tim. 5:22; 2 Tim. 1:6-14); el Matrimonio
(Efes. 5:32); la Unción de las enfermedades (Sant. 5:14-15).
- Nosotros creemos que el culto de la Iglesia tiene por centro la celebración
de la Santa Eucaristía (Divina Liturgia o Misa). Ella es la representación y la
actualización del Sacrificio Único de la Cruz ("El sacrificio visible es
el sacramento del sacrificio invisible." San Agustín de Hipona. De Civit. Dei.
5). "Cada vez que en
memoria de la Pasión se celebra este sacrificio, es la obra de nuestra
Redención que se cumple" (Secreta del 9° Domingo después de Pentecostés).
Cristo, realmente presente bajo las especies de pan y de vino, es fuente de
vida inacabable para su Iglesia. La Comunión es siempre dada a los fieles bajo
las dos especies de pan y vino (Mat. 26:28).
- Nosotros creemos que la administración de los Sacramentos es siempre
gratuita: "Vosotros habéis recibido
gratuitamente, dad gratuitamente," dice el Señor (Mat. 10:8).
- Nosotros creemos que según la enseñanza de las Escrituras (1 Tim. 3) y la
Tradición primitiva, la Iglesia autoriza el matrimonio de los sacerdotes
seculares (antes de la recepción del diaconado; es el esposo quien se acerca al
sacerdocio y no el sacerdote quien se casa), más reconoce la excelencia del
celibato y de la vida monástica (eremítica o cenobítica, Mat. 19:21; I Cor. 7).
- Nosotros creemos que, fiel al Testamento Supremo de Cristo, la Iglesia
Católica Apostólica Ortodoxa trabaja por la paz y la unidad de todos en la verdad
y el amor" (Jn. 13:14-35).