<!DOCTYPE HTML PUBLIC "-//W3C//DTD HTML
4.0 Transitional//EN"><!-- saved from
url=(0060)http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/ley_dios.htm -->La Ley de Dios
Metropolitan Philaret
(Voznesensky, 1903-1985)
De todas las criaturas de la tierra, solamente es el hombre
quien posee la comprensión de la moralidad. Toda persona sabe que las acciones
humanas son o buenas o malas, benévolas o nefastas, moralmente positivas o
moralmente negativas (inmorales). Debido a estos conceptos de moralidad que el
hombre posee, el hombre difiere inmensamente de todos los animales. Los
animales se comportan de acuerdo con sus características naturales u otras, si
han sido bien entrenados, del modo en que han sido enseñados. Sin embargo, no
poseen concepto alguno de moralidad/inmoralidad, y por esa razón no pueden
examinarse desde el punto de vista de la conciencia moral.
¿Por qué medio podemos distinguir entre lo moralmente bueno
y lo moralmente malo? Esta diferenciación se hace por medio de una ley moral
especial dada al hombre por Dios. Esta ley moral, esta voz de Dios en el alma
humana es escuchada en el fondo de nuestro conocimiento interior y se llama la
conciencia. Esta conciencia es la base de la moralidad que es común al hombre.
Una persona que no escucha a su conciencia, sino que la calla, suprime su voz
con falsedad y con la oscuridad del pecado obstinado, es llamada falto de
conciencia. La Palabra de Dios hace referencia a tales pecadores obstinados
como a gentes con conciencia marchita. Su condición espiritual es
extremadamente peligrosa, pudiendo ser ruinosa para el alma.
Cuando escuchamos la voz de la conciencia, vemos que esta
conciencia habla dentro de nosotros, ante todo como un juez estricto e
incorruptible que valora todas nuestras acciones y experiencias.
Frecuentemente, ocurre que una acción determinada parece ventajosa a una persona,
o bien que ha obtenido aprobación por parte de los demás, pero en lo profundo
del alma, esta persona escucha la voz de la conciencia que le dice: "Esto
no es bueno, esto es pecado."
En estrecho abrazo con esta actuación de juicio, la
conciencia también actúa en el alma, como legislador. Todas esas demandas
morales que se presentan ante el alma del hombre en todas sus acciones
conscientes (por ejemplo: ser justo, no robar, etc.). son normas, demandas,
preceptos de esta misma conciencia. Su voz nos enseña cómo debemos y cómo no
debemos portarnos. Finalmente, la conciencia también actúa en el hombre como
remunerador que nos premia. Esto ocurre cuando nosotros, habiendo actuado
correctamente, experimentamos paz y calma en el alma o, por el contrario,
cuando experimentamos reproches de la conciencia después de haber pecado. Estos
reproches de la conciencia a veces desembocan en un dolor y tormento mental,
que pueden llevar a una persona a la desesperación o a una pérdida del
equilibrio mental, si uno no restablece la paz y la calma en el alma por medio
de un arrepentimiento profundo y sincero.
Es totalmente evidente que el hombre tiene responsabilidad
solamente por aquellas acciones que comete, en estado consciente, siendo libre
de realizar acciones. Solamente entonces puede aplicársele una imputación moral
a estas acciones, y entonces se le imputa a la persona, o transgresión, o
alabanza, o juicio.
Las personas que, por lo contrario, son incapaces de
reconocer el carácter de sus acciones (niños pequeños, los privados de razón,
etc.). o los que son forzados contra su voluntad a cometer tales acciones, no
tienen responsabilidad por ellas. En la (primera) época de persecución contra
la Cristiandad, los atormentadores paganos frecuentemente colocaban incienso en
las manos de los mártires y seguidamente ponían sus manos sobre el fuego que
estaba en sus altares. Los torturadores suponían que los mártires echarían las
manos atrás, arrojando el incienso sobre el fuego. Realmente estos confesores
de la fe eran tan firmes generalmente en su creencia que preferían quemar sus
manos y no arrojar el incienso; pero, aunque lo hubieran arrojado, ¿quién les
acusaría de que habían sacrificado al ídolo?..
Que la ley moral tiene que ser reconocida como innata en la
humanidad, es decir, fijada en la misma naturaleza del hombre, es indiscutible.
Esto está demostrado por la universalidad indudable por parte de la humanidad
de un concepto de la moralidad. Naturalmente, solamente son innatos los
requerimientos morales más básicos - una especie de instinto moral - pero no
ocurre esto con las comprensiones y conceptos revelados y de clara moral. Pues
las comprensiones y conceptos de clara moral se desarrollan en el hombre, en
parte a través de la enseñanza e influencia de generaciones precedentes, la
mayor parte de todas sobre la base de sabiduría religiosa. Por lo tanto, grupos
inferiores de personas tienen normas morales inferiores, más bastas, más
contrahechas que los Cristianos Ortodoxos que conocen y creen en el Dios
Verdadero Quien puso la ley moral dentro del alma humana, y Quien, a través de
esta ley, guía toda su vida y actividades.
Todos los cristianos ortodoxos saben por las Sagradas
Escrituras y creen que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza. Por consiguiente,
en la creación el hombre recibió una naturaleza exenta de pecado. Pero ni
siquiera el primer hombre, Adán, permaneció sin pecado. Perdió su pureza
original en el Paraíso con la primera caída en el pecado. La toxina de esta
corrupción contaminó a la raza humana entera, ya que provenía de sus
progenitores que habían pecado, exactamente como un agua envenenada fluye de
una fuente envenenada. Toda persona comete sus propios pecados personales,
actuando precisamente sobre la inclinación a pecar heredada de nuestros
antepasados como la sentencia de las Escrituras dice: "No hay nadie que
viva un solo día y no peque."
(1) NOTA: (Los Cristianos Ortodoxos no deben confundir esta
realización del efecto del pecado ancestral con la enseñanza sectaria acerca
del 'Pecado Original.' No hay doctrina de 'Pecado Original' en la Santa
Iglesia, pues no es posible heredar el 'delito' de Adán. En ningún lugar
mencionan los Santos Padres, sino que se refieren al "pecado
ancestral" que produjo, como el Metropolita Filareto dice aquí, no un
delito, sino una enfermedad hereditaria, es decir: 'la inclinación a pecar:
estado del hombre de separación de Dios, etc.)
(2) NOTA: (cf. Eclesiastés 7:20; 2
Cron. 6:36)
Solamente nuestro Señor Cristo Jesús está absolutamente
libre de pecado. Incluso los justos, los Santos de Dios pecaron por sí mismos,
aunque lucharon con la ayuda de Dios contra el pecado, y se humillaron
reconociéndose como pecadores. Por lo tanto y sin excepción todas las personas
son pecadoras, contaminadas por la toxina del pecado.
El pecado es una lepra espiritual, una enfermedad y una
ulcera que ha herido a toda la humanidad, tanto en el alma como en el cuerpo.
El pecado ha dañado a las tres capacidades y potencias básicas del alma: la
mente, el corazón y la voluntad. La mente humana se oscureció, inclinándose
hacia el error. Por tanto, el hombre yerra constantemente: en ciencia, en
filosofía y en su actividad práctica.
Lo que está aún más dañado por el pecado es el corazón
humano: el centro de su experiencia del bien y del mal, y de los sentimientos
de tristeza y de alegría. Vemos que nuestro corazón ha sido ligado al lodo del
pecado; ha perdido la capacidad de ser puro, espiritual y Cristiano, poseer
sentimientos verdaderamente elevados. Y en lugar de esto, se ha cambiado a
inclinarse hacia los placeres de la sensualidad y de las aficiones terrenales.
Está infestado de vanagloria y frecuentemente nos asombra por una completa
ausencia de amor, así como del deseo de hacer el bien al prójimo.
Así y todo, lo más dañado de todo es nuestra voluntad como
capacidad de acción y de realización de nuestras propias intenciones. El hombre
demuestra que carece de fuerza de voluntad, especialmente cuando es necesario
practicar el genuino bien Cristiano más especialmente, aún cuando pudiera
desearlo. El santo apóstol Pablo habla de esta debilidad de la voluntad, cuando
dice: "Porque no hago el bien que
quiero, sino que hago el, mal que no quiero." NOTA 3: (Romanos 7:19).
Esta es la razón por la cual Cristo dijo del hombre pecador: "Quien practica el pecado es el esclavo del
pecado." NOTA 4: (Juan 8:34) aún cuando, desgraciadamente, le parezca
al pecador mismo que servir al pecado es libertad y luchar por escapar a sus
redes es esclavitud.
¿Cómo se desarrolla el pecado en el alma humana? Los santos
Padres, luchadores de ascetismo y piedad Cristianos, que conocían el alma
humana pecadora, lo explican mucho mejor que los doctos psiquiatras. Ellos
distinguen los siguientes grados en el pecado: El primer momento en el pecado
es la 'sugestión' cuando una 'tentación' se presenta en la conciencia de una
persona: una impresión pecadora, un pensamiento sucio o cualquiera otra
tentación. Si, en este primer momento, la persona rechaza la sugestión pecadora
de manera decisiva e inmediata, la persona no peca, sino que vence al pecado y
su alma experimentará progreso en lugar de degeneración.
Y precisamente es en el momento de la sugestión del pecado
cuando es la ocasión más fácil de todas para alejarlo. Pero si no se logra
rechazar la sugestión, pasa primeramente en un intento enfermizo, para pasar
después a transformarse en un claro deseo consciente de pecado. En este momento
uno ya comienza a inclinarse al pecado de un cierto tipo o clase. Sin embargo,
incluso en este preciso momento, sin una lucha especialmente difícil, uno puede
evitar el entregarse a un pecado, absteniéndose de pecar. Uno será ayudado por
la clara voz de la conciencia y la ayuda de Dios, si solamente uno se vuelve a
El.
Más allá de este punto, uno ha caído en el pecado. Los
reproches de la conciencia suenan ruidosa y claramente, produciendo una repulsa
al pecado. La antigua confianza en si mismo desaparece y el hombre es humillado
(compárese el Apóstol Pedro antes y después de su negación de Cristo).
NOTA 5: (Mateo 16:21; 26:33 con Mateo 26:69-75)
Pero incluso en este momento, la derrota del pecado no es
totalmente difícil. Esto se manifiesta en numerosos ejemplos, como en las vidas
de Pedro, del santo profeta - rey David y otros pecadores arrepentidos.
Es más difícil luchar contra el pecado cuando, por su
frecuente repetición, se convierte en hábito en la persona. Después de haber
adquirido cualquier clase de hábito, las acciones habituales son realizadas muy
fácilmente, casi sin darse cuenta la persona, espontáneamente. Por consiguiente,
la lucha con el pecado que se ha convertido en hábito para una persona es muy
difícil de vencer, desde el momento que no solamente es difícil el vencer, sino
que es incluso difícil de detectar en su aproximación y en su proceso.
Y aún un momento más peligroso del pecado es el vicio. En
esta condición, el pecado gobierna a la persona de tal manera que fragua su
voluntad en cadenas. Aquí, uno se encuentra casi sin potencia para luchar
contra él. Está esclavo del pecado, aún cuando la persona reconozca su peligro
y, en intervalos de lucidez, quizá llegue a odiarlo con toda el alma (como
ocurre, por ejemplo, con el vicio del alcoholismo, el empleo de drogas o
estupefacientes, etc.). En esta condición, uno no puede enfrentarse consigo
mismo sin especial misericordia y ayuda de Dios y uno necesita de la oración y
la ayuda espiritual de los demás. Debemos tener presente que incluso un pecado
al parecer menor como la murmuración, el placer de adornarse y ataviarse, las
diversiones vacías, etc. pueden convertirse en un vicio en el ser humano, si
este vicio le posee enteramente y llena su alma.
El estadio inferior del pecado, en el que el pecado
esclaviza por completo a la persona, es la pasión por uno u otro tipo
pecaminoso. En esta condición, el hombre ya no puede más odiar su pecado, como
puede hacerlo con un vicio (y ésta es la diferencia entre ellos). Más bien, el
hombre se somete al pecado en todas sus experiencias, acciones y maneras, como
hizo Judas Iscariote. En esta condición, la persona, literal y directamente,
permite a Satán que entre en su corazón (como se dice de Judas en el Evangelio,
NOTA 6: (Juan 13:27; Locas 22:3), y en esta condición, nada le ayudará, excepto
las oraciones llenas de la Gracia de la Iglesia y otras acciones semejantes.
Hay aún otro tipo de pecado especial y el más terrible y
destructor. Este es el pecado mortal. Incluso las oraciones de la Iglesia no
pueden ayudar al que se encuentra en esta condición. El apóstol Juan el Teólogo
habla directamente cuando nos invita a orar por un hermano que ha pecado, pero
señala la inutilidad de la oración para el pecado mortal. NOTA 7: (1 Juan
5:16).
El Mismo Señor Cristo Jesús dice que este pecado - la
blasfemia contra el Espíritu Santo - no es perdonado y no será perdonado, ni en
esta edad, ni en la futura. NOTA 8 (Mateo 12:31-32). El pronunció estas
terribles palabras contra los fariseos quienes, aunque vieron claramente que El
hacía todo de acuerdo con la Voluntad de Dios y por el poder de Dios, no
obstante falseaban la Verdad. Ellos perecieron en su propia blasfemia y su
ejemplo es instructivo y urgente para todos aquéllos que cometieran este,
pecado mortal: por una obstinada y consciente oposición a la Verdad evidente y
por eso mismo blasfemia contra el Espíritu de la Verdad: el Santo Espíritu de Dios.
Tenemos que observar que incluso la blasfemia contra el
Señor Cristo Jesús puede perdonársela al hombre (de acuerdo con Sus propias
palabras) desde que puede cometerse con ignorancia o ceguera temporal. La
blasfemia contra el Espíritu Santo pudiera ser perdonada, dice San Atanasio el
Grande, solamente si la persona cesara por completo, arrepintiéndose de ella.
Pero la misma naturaleza de este pecado es tal, que hace virtualmente imposible
a una persona retornar a la Verdad.
El que está ciego puede recobrar su vista y amar al que le
ha revelado la verdad, y el que está manchado de vicios y pasiones puede ser
purificado por el arrepentimiento y convertirse en confesor de la Verdad, pero
¿quién y qué puede cambiar a un blasfemo, que ha visto y conocido la Verdad y
que la ha rechazado obstinadamente e incluso la ha odiado? Esta horrible
condición es semejante a la condición del mismo Diablo, que cree en Dios y
tiembla, pero que, a pesar de ello, Le odia, blasfema de El y está en contra de
El.
Cuando una seducción, una tentación de pecado, se presenta
ante el hombre, generalmente procede de tres fuentes, a saber: de la propia
carne del hombre, del mundo y de Satán.
Con respecto a la carne del hombre, no existe duda alguna de
que generalmente es una caverna y fuente de predisposiciones, contiendas e
inclinaciones inmorales. El pecado ancestral - esta inclinación al pecado,
herencia del pecado de nuestros progenitores- y nuestras propias experiencias
pecadoras personales: todo esto acumulado y cada experiencia fortaleciendo a
las demás experiencias, crea lógicamente en nuestra carne una fuente de
tentaciones, y de maneras y acciones pecadoras.
Aunque, más frecuentemente, nuestra fuente de seducción
suele ser el mundo que nos rodea, el cual, de acuerdo con el Apóstol Juan el
Teólogo, 'está bajo el poder del maligno' y la amistad con él de acuerdo con el
Apóstol, es enemistad con Dios. El mundo que nos rodea (o nuestra
circunstancia) nos seduce, e igualmente las gentes que nos rodean nos seducen
también (especialmente los premeditados, seductores y corruptores conscientes
de la juventud, acerca de los cuales dijo el Señor: "El que haga que uno
de estos pequeños tropiece y caiga, le hubiera sido mejor a tal hombre que le
ataran una rueda de molino y que fuera arrojado al mar").
Los tentadores son también los bienes exteriores, las
riquezas, las comodidades, los bailes inmorales, la literatura sucia, los
atavíos desvergonzados, etc. Todo esto es indudablemente una fuente fétida de
pecado y seducción.
Pero la fuente principal y raíz del pecado es, naturalmente,
el diablo, como el Apóstol Juan el Teólogo dice: "El que practica el pecado es del diablo; pues el diablo ha pecado
desde el principios. En lucha contra Dios y Su Verdad, el diablo lucha con las
personas humanas, tratando de destruir a cada una de ellas. Lucha más
intensamente y con el máximo de malicia con los Santos, como vemos en el
Evangelio y en las vidas de los Santos. Nosotros, enfermos y débiles, somos
defendidos especialmente por Cristo contra esas fieras tentaciones a las que
los Santos de Dios, fuertes de espíritu, están sujetos. Sin embargo, Satán no
nos ignora. Actuando por medio de las incitaciones del mundo y de la carne,
haciéndolos más fuertes y engañosos, y también tentándonos con sugestiones
pecadoras de toda clase. Por eso el Apóstol Pedro compara a Satán con un 'león
rabioso anda dando vueltas buscando a quien devorar." NOTA 10: (1
Pedro 5:8).
La virtud es lo completamente opuesto al pecado. Sus rudimentos se encuentran en toda persona, como restos de aquella natural bondad que fue colocada en la naturaleza humana por su Creador. Solamente se encuentra en forma pura y completa en la verdadera Cristiandad, pues Cristo el Salvador dijo: "Sin Mi, nada podéis hacer."
La Cristiandad (o más propiamente el Cristianismo) nos
enseña que la vida terrena del ser humano es un tiempo de lucha moral, un
tiempo de preparación para la futura vida eterna. Por lo tanto, los trabajos de
la vida terrena del hombre consisten en una correcta preparación para la eternidad
futura. La vida terrena es breve y no se repite, pues el hombre no vive más que
una sola vez sobre la tierra. Por consiguiente, en esta vida terrena, tenemos
que trabajar con virtud, si no queremos destruir el alma, pues esto es
precisamente lo que la verdad de Dios nos demanda en el umbral de la eternidad.
Cada Cristiano, con la ayuda de Dios, es el formador de su
propia vida terrena en el sentido de su camino hacia la virtud. No obstante,
para ser virtuoso, no solamente hemos de hacer bien a los demás, sino trabajar
sobre uno mismo, luchando con las propias insuficiencias y vicios,
desarrollando en uno mismo, un buen basamento de valor Cristiano. Este trabajo
sobre uno mismo, este combate hacia la perfección moral de la vida terrena del
hombre es indispensable a todo Cristiano. El Mismo Señor dijo: "El reino de los cielos sufre
violencia y los violentos lo arrebatan por la fuerza" . NOTA 1: (Mateo
1l:l2).
El carácter moral y los rasgos de cada persona son
efectuados en esta lucha vital. Naturalmente, un Cristiano tiene que ser, ante
todo, un verdadero Cristiano, una persona con un carácter moral estable y
sólido y tiene que pretender la edificación de tal carácter. En otras palabras,
tiene que esforzarse en progresar en sí mismo, hacia la perfección moral.
Lógicamente, desde un punto de vista cristiano, la vida es
una batalla moral, un sendero de constante esfuerzo hacia el Bien y la
Perfección.
No puede haber altos en este sendero, de acuerdo con la ley
de la vida espiritual. Un hombre que deja de trabajar sobre sí mismo, no
seguirá siendo el mismo que era, pero inevitablemente se hará peor, como una
piedra que es lanzada a las alturas y deja de subir; no quedará suspendido en
el aire, sino que caerá hacia abajo.
Ya sabemos que nuestros pecados generalmente provienen de
tres fuentes: del diablo, del mundo que nos rodea que reposa en el mal, y de
nuestra propia carne pecadora. Y desde el momento que el pecado es el principal
enemigo y obstáculo para la virtud, es evidente que un Cristiano que esté esforzándose
hacia la virtud tiene que, con la misericordia y ayuda de Dios, luchar contra
el pecado en todos sus aspectos. Especialmente, es necesario en este momento,
recordar las palabras del Salvador a los Apóstoles, en el Jardín de Gethsemani:
"Vigilad y orad, para que no caigáis
en la tentación." Estas palabras no están solamente dirigidas a los
Apóstoles, sino a todos nosotros, indicando que el combate con las tentaciones
pecadoras solamente es posible para el que está vigilante y en la oración,
permaneciendo en guardia para su supervivencia.
La tarea de la vida terrena del hombre consiste en
prepararse para la salvación y bienaventuranza eternas. Para alcanzar esto, el
hombre tiene que vivir de una manera santa y pura, es decir, de acuerdo con la
Voluntad de Dios.
¿Cómo podemos reconocer esta Voluntad de Dios? Naturalmente,
ante todo, en la conciencia propia, que, por esta razón, se llama la Voz del
Dios en el alma del hombre. Si la caída no hubiera oscurecido al alma humana,
el hombre podría sin error y firmemente seguir el sendero de su vida de acuerdo
con los dictados de su conciencia, en la cual está expresada la ley moral
intima. No obstante, sabemos que, en un hombre pecador, no solamente están
dañados la mente, el corazón y la voluntad, sino que también la conciencia está
oscurecida y su juicio y voz han perdido sus firmes claridad y fuerza. No sin
razón algunas personas son llamadas desrazonables o faltas de razón.
Por tanto, la conciencia sola - la voz íntima - resultaron
insuficientes para que el hombre viviera y obrara de acuerdo con la Voluntad de
Dios. Surgió, pues, la necesidad de una guía exterior, de una ley revelada por
Dios. Esta ley fue dada por Dios al hombre en dos aspectos: primero, el
preparatorio: el Viejo Testamento en la ley de Moisés; segundo, la ley completa
y perfecta del Evangelio.
Hay dos partes perceptibles en la ley de Moisés: la
religiosa-moral y la ceremonial-nacional que estaba estrechamente unida con la
historia y el modo de vida de la nación Judía. Naturalmente, el aspecto segundo
ha desaparecido en el pasado para los Cristianos, es decir, la
ceremonial-nacional, tanto en sus reglas, como en sus leyes. Pero las leyes
religiosas-morales conservan su fuerza en el Cristianismo. Por consiguiente los
diez mandamientos todos en la ley de Moisés, son obligatorios para los
Cristianos y el Cristianismo no los ha alterado. Antes al contrario, el
Cristianismo ha enseñado a que el pueblo comprenda estos mandamientos, no
exteriormente -literalmente, de una manera ciega, de obediencia de esclavo, y
cumplimiento exterior - sino que ha revelado el sentido pleno y enseñado la
comprensión perfecta y completa, así como su cumplimiento. Sin embargo, para
los Cristianos, la ley de Moisés solamente tiene significado, porque sus mandamientos
centrales (los diez que tratan sobre el amor de Dios y del prójimo) son
aceptados y expuestos por el Cristianismo. Nosotros somos guiados en nuestras
vidas, no solamente por esta ley preparatoria y temporal de Moisés, sino por la
perfecta y eterna ley de Cristo. San Basilio el Grande dice: "Si parece
extraño que alguien encienda una lámpara ante él en la plena luz del día,
entonces cuánto más extraño será el que permanece en la sombra de la ley del
Antiguo Testamento, cuando se está predicando el Evangelio." La distinción
principal entre la ley del Nuevo Testamento y la del Antiguo consiste en que la
Ley del Viejo Testamento consideraba el exterior de las acciones del hombre,
mientras que el Nuevo Testamento considera el corazón del hombre, en sus
motivos íntimos. Bajo la ley del Viejo Testamento, el hombre se sometía a Dios
como un esclavo a su dueño, pero bajo el Nuevo Testamento, intenta someterse a
El como un hijo se somete a su amado padre.
Existe una tendencia a considerar el Antiguo Testamento como
una ley incorrecta: algunos no ven en ella algo bueno, sino solamente procuran
hallar rasgos de grosería y crueldad. Esto es una visión equivocada. Es preciso
tomar en consideración el bajo nivel del desarrollo espiritual en que se
encontraba el hombre hace miles de años. Bajo los condicionamientos de los
tiempos, con moral tosca y verdaderamente cruel, esas reglas y normas de la ley
de Moisés que ahora nos parecen crueles (como: ojo por ojo y diente por diente,
etc.). en realidad no eran tales. Naturalmente, ellos no destruían la crueldad
y venganza humanas (solamente el Evangelio podía hacer esto), pero las
restringían y establecían limites firmes y estrictos sobre ello. Además,
debemos recordar que esos mandamientos sobre el amor hacia Dios y prójimos
nuestros, que el Señor indicó como lo más importante, están tomados
directamente de la ley de Moisés (Marcos 12:29-31). El Santo Apóstol Pablo dice
de esta ley: "De manera que la ley
es santa y cada mandamiento es santo, justo y bueno" (Rom. 7:12).
Nos damos perfecta cuenta que el hombre tiene la
responsabilidad de sus acciones solamente cuando tiene libertad de hacerlas.
Pero ¿tiene esa libertad espiritual, libertad de la voluntad que aquí se
presupone? Recientemente se ha extendido una teoría o enseñanza que se llama
determinismo. Los seguidores de esta enseñanza - deterministas - no reconocen
libertad de voluntad en el hombre. Declaran que en cada acción separada, el
hombre actúa solamente de acuerdo con meras causas externas. De acuerdo con
esta enseñanza, el hombre actúa siempre solamente bajo la influencia de motivos
e impulsos que no dependen de él, y generalmente se somete al más fuerte de
estos motivos. Los discípulos dicen: Solamente nos parece a nosotros que
actuamos libremente. Esto es auto-engaño.
El eminente filósofo del siglo 17, Spinoza, defiende esta
opinión. Como ejemplo, hablaba de una piedra que era arrojada. Si esta piedra
pudiera pensar y hablar, diría también que está volando hacia y cayendo sobre
el lugar que ella desea. Pero en realidad, vuela solamente porque alguien la
tiró y cae bajo la acción de la gravedad.
Más adelante volveremos a este ejemplo, pero mientras tanto,
observemos lo siguiente. La teoría o enseñanza que es opuesta al determinismo,
y que reconoce la libertad de voluntad del hombre se llama indeterminismo. Esta
enseñanza es enseñada por los Cristianos. Pero es necesario recordar que hay
indeterministas extremos, cuya enseñanza tiene un carácter unilateral y falso.
Estos proclaman que la libertad humana es su plena autoridad de actuar sobre su
propio deseo o fantasía, el Santo Apóstol Pedro habla acerca de tal libertad:
Pedro 2:15-16; 2 Pedro 2:19. Naturalmente, esto no es libertad, sino un mal uso
de la libertad, una distorsión de la libertad.
El hombre no tiene libertad absoluta, evidente; solamente
Dios Todopoderoso posee tan altísima Libertad creativa.
En contraste con ese falso indeterminismo, el verdadero
indeterminismo enseña correctamente. Su enseñanza reconoce que el ser humano se
encuentra indudablemente bajo la influencia de motivos y de impulsos de las
clases más variadas. Así, por ejemplo, el medio ambiente circunstancial, las
condiciones de vida, la situación política, la educación recibida, el
desarrollo cultural, etc., actúan sobre él. Todo esto se refleja en los rasgos
de contenido moral. En este reconocimiento de la acción sobre el ser humano, y
a veces muy fuertemente, de los varios motivos e influencias exteriores, los
indeterministas están de acuerdo con los deterministas. Pero, aparte de esto,
existe entre ellos una profunda separación. Mientras que los deterministas
dicen que el hombre actúa de una u otra manera bajo las influencias del motivo
más fuerte, pero no tiene libertad, los indeterministas reconocen que siempre
es libre de escoger cualquiera de los motivos. Este motivo no necesita en
absoluto ser el más fuerte. Aún más, un hombre puede incluso preferir un motivo
que, para otras personas puede parecer como totalmente desaventajado y sin
provecho alguno. El celo de los santos mártires sirve como ejemplo de esto.
Ante sus perseguidores paganos, aparecían como locos autodestruyéndose
conscientemente. Por consiguiente, en opinión de los indeterministas, la
libertad del ser humano no es una libertad creativa evidente, sino una libertad
de elección; la libertad de nuestra voluntad decide si uno actúa de una u otra
manera. Precisamente el Cristianismo acepta tal comprensión de la libertad
humana, de acuerdo con el indeterminismo. Aplicándola al reino de la Moral, a
la cuestión de la lucha entre el bien y el mal, entre la virtud y el pecado, el
Cristianismo declara que la libertad del ser humano es su libertad de elección
entre el bien y el mal. De acuerdo con la definición teológica conocida, la
libertad de la voluntad es nuestra capacidad independiente de todos y de todo,
de definirnos a nosotros mismos con respecto al bien y al mal.
Ahora podemos ya rechazar el ejemplo de Spinoza de la
piedra, que cae. Nos damos cuenta que el ser humano posee una voluntad libre en
el sentido de elección de actuar de una u otra manera. Spinoza considera las
acciones de la piedra en el espacio análogas a las acciones del hombre. Esta
comparación pudiera haber sido establecida solamente, si la piedra tuviera la
libertad de elección: de volar o no volar, de caer o no caer. Pero una piedra,
naturalmente, no posee tal libertad y por tanto, el ejemplo que nos presenta es
inconvincente, no puede convencernos en absoluto.
La insolvencia del determinismo, que niega la libertad de la
voluntad, es evidente por lo que veremos a continuación. Primeramente, ningún
determinista efectúa o lleva a cabo su enseñanza en la vida práctica. Y el por
qué o la razón de ello es claro. Pues si hemos de considerar la vida, desde un
punto de vista determinista, no hay necesidad de castigar a alguien: ni al
ladrón por su robo, ni al criminal por su crimen, etc. desde el momento que
ellos no actuaron libremente, sino que fueron esclavos, autores involuntarios
de cualquier clase de motivos que les obligaron y que los influenciaron desde
el exterior. Esto es una deducción absurda, pero completamente inevitable del
determinismo. En segundo lugar, la prueba de la libertad de la voluntad viene
dada por el hecho de la experiencia del alma que es llamada al arrepentimiento,
experiencia personalmente conocida por todos. ¿Sobre qué está basado el
sentimiento del arrepentimiento? Es evidente que está basado sobre el hecho de
que el hombre que se arrepiente retorna o se vuelve en pensamiento, al momento
de realizar su acción equivocada, y llora por su pecado, reconociendo
claramente que pudo haber actuado u obrado de otra manera, que pudo haber hecho
el bien y no el mal. Vemos claramente que tal arrepentimiento no podría haberse
producido, si el hombre no poseyera libre voluntad de acción, sino que fue un
esclavo involuntario a las influencias exteriores. En ese caso, él no hubiera
respondido a su acción errada.
Nosotros, los Cristianos reconocemos que el hombre es
moralmente libre y el guía de su propia voluntad personal y acciones, así como
responsable de ellas ante la Verdad de Dios. Y tal libertad es el máximo don
hecho por Dios al hombre, ya que Dios no busca una sumisión mecánica, sino una
obediencia de amor filial, dada libremente. El mismo Señor afirmó esta
libertad: "Si alguien desea ser mi
discípulo, que se niegue a sí mismo y tome su cruz y Me siga" (Mateo
16:24). De nuevo, en el Antiguo Testamento, El dijo a través del profeta:
"¡Mira! Yo he
puesto ante ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal. Si tú atiendes a los
mandamientos del Señor tu Dios, que Yo te doy hoy, de amar al Señor tu Dios, de
caminar en todos Sus caminos, y de guardar Sus ordenanzas y Sus juicios;
entonces vivirás y... el Señor Dios te bendecirá... Pero si tu corazón cambia y
no atiendes y te dejares extraviar ... ciertamente perecerás... os he puesto
ante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida,
amando al Señor tu Dios" (Deuteronomio
30:15-19).
Viviendo en este mundo, un Cristiano está en un constante
trato, en una 'viviente' comunión con Dios, y con sus prójimos, (próximos).
Además de esto, durante el curso de su vida entera, cuida de sí mismo, de su
bienestar físico y de la salvación de su alma. Por consiguiente, sus
obligaciones morales pueden dividirse en tres grupos: (1) con respecto a sí
mismo, (2) concerniente a su prójimo, y (3) el supremo de todos: concerniente a
Dios.
La primera y mas importante obligación que el ser humano
tiene para consigo mismo, es el ocuparse 'dentro de si mismo' de carácter
espiritual: de nuestro verdadero "YO" Cristiano.
El carácter espiritual de un Cristiano no es algo que le ha
sido dado al principio. No; es algo buscado, adquirido y realizado por sus
trabajos y esfuerzos personales. (Lucas, Capítulo 16). Ni el cuerpo de un
Cristiano con sus capacidades, potencias y esfuerzos, ni su misma alma - como
centro natural de sus experiencias conscientes y como principio vital - son su
Personalidad, el "YO" espiritual. Este carácter espiritual en un
Cristiano Ortodoxo es la que difiere totalmente entre él y cualquiera no
Cristiano. En la Sagrada Escritura, no se llama un 'alma,' sino un espíritu.
Este espíritu es precisamente el Centro, la concentración de la vida
espiritual; tiende hacia Dios y hacia la Vida Inmortal, Bendita y Eterna.
Definimos la labor de la vida humana entera como la
necesidad de usar la vida transitoria terrenal como preparación hacia la, Vida
Espiritual Eterna. En el caso presente esto puede decirse con otras palabras:
la finalidad de la vida humana terrena consiste en que, durante el curso de
esta vida, el hombre pueda realizar su carácter espiritual, su verdadero,
viviente y "YO REAL."
Uno puede preocuparse del propio "YO" de maneras
diferentes. Hay personas que se llaman egoístas y que se preocupan muchísimo de
su "YO." Sin embargo, un egoísta piensa solamente de sí mismo y de
nadie más. En su egoísmo, él intenta obtener su felicidad personal por
cualquier medio - aún a costa del sufrimiento y desgracia de su prójimo. En su
ceguera, no se da cuenta de que, desde el verdadero punto de vista - en el
sentido de la Cristiana comprensión de la vida - él sólo se daña a si mismo, a
su "YO" inmortal.
Y aquí el Cristianismo Ortodoxo (es decir, la Santa Iglesia)
está exhortando al hombre para que cree su carácter espiritual, dirigiéndonos
en el curso de esta creatividad, para distinguir el bien del mal y lo
verdaderamente beneficioso de lo supuesto beneficioso y dañino. La Santa
Iglesia nos enseña que no podemos considerar las cosas que nos da Dios
(habilidad, talentos, etc.). como nuestro "YO?,' sino que más bien debemos
considerarlos dones o dádivas de Dios. Tenemos que emplear estos dones
materiales (como los materiales en la construcción de un edificio) para la
edificación de nuestro espíritu. Por esta razón, debemos hacer uso de todos
estos 'talentos' dados por Dios, no egoístamente para nosotros, sino para los
demás. Pues las leyes de la Verdad del Cielo están en contradicción con leyes
del beneficio terrenal. De acuerdo con las opiniones mundanas el que reúne
bienes para si mismo, adquiere; de acuerdo con la enseñanza de la Verdad
Celestial de Dios, el que durante la vida terrena da y hace el bien, adquiere
(para la eternidad). En la conocida parábola del mayordomo indolente, el
pensamiento principal y la clave para su correcta comprensión es el principio
de la distinción entre las opiniones del egoísmo terrenal y la verdad de Dios.
En esta parábola, el Señor específicamente llamaba a la riqueza terrestre,
reunida egoístamente, para uno, "riqueza injusta" y ordenó que no
fuera empleada para uno mismo, sino para los demás, para que la recompensa se
reciba en la vida eterna.
El ideal de la perfección Cristiana es inalcanzablemente
elevado. "Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto,"
dijo Cristo nuestro Salvador. Por lo tanto, no puede haber final para el
trabajo de un hombre sobre si mismo, sobre este carácter espiritual. La vida
terrena de un cristiano es una constante batalla de auto-perfección moral. Y
naturalmente, la perfección Cristiana no se da al hombre de una vez, sino
gradualmente. Para el cristiano que , debido a su inexperiencia, pensara que
podría obtener la santidad de una vez , San Serafín de Sarov dijo: "Haz
todo lentamente, no de repente; la virtud no es una pera no podéis comerla de
una vez." Tampoco el apóstol Pablo, en toda su altura y poder
espirituales, se consideraba a si mismo como habiendo alcanzado la perfección,
sino que dijo que solamente se estaba esforzando hacia esa perfección, o que lo
haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro
asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo
mismo no pretendo haberla ya alcanzado (la perfección); pero una cosa hago:
olvidando ciertamente aquellas cosas que quedan atrás, y dirigiéndome hacia las
cosas que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del supremo
llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Phil. 3:12-14).
De acuerdo con las enseñanzas de nuestros Santos y Theóforos Padres, los atletas y luminarias de la piedad Cristiana, la primera de todas las virtudes Cristianas es la HUMILDAD. Sin esta virtud, no puede adquirirse virtud alguna y es impensable la perfección espiritual de un Cristiano. Nuestro Salvador Cristo Jesús comienza los preceptos de las bienaventuranzas de Su Nuevo Testamento con el precepto de la Humildad: ¡Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el Reino de los Cielos!
En el sentido corriente de la palabra, consideramos pobre a
una persona que nada tiene, teniendo que pedir ayuda de los demás. El Cristiano
(materialmente rico o pobre) tiene que reconocer que es pobre espiritualmente,
que en él nada hay bueno de si mismo. Todo lo bueno en nosotros es de Dios. Por
nuestra propia existencia, solamente añadimos mal: amor a nosotros mismos,
caprichos de sensualidad, y orgullo pecador. Cada uno de nosotros tenemos que
recordar esto, pues no es en vano que dice la Sagrada Escritura: "Dios se
opone al orgulloso y da gracia al humilde"
Como ya hemos dicho, sin humildad, ninguna otra virtud es
posible, pues si el hombre no cumple la virtud con un espíritu de humildad,
inevitablemente caerá en el orgullo opuesto a Dios, y perecerá fuera de la
misericordia de Dios.
Juntamente con una verdadera humildad profunda, todo
Cristiano tiene que tener un acercamiento espiritual como el que se habla en el
segundo precepto de la Bienaventuranza. Sabemos que la humildad se rebaja y se
juzga tal. Sin embargo, frecuentemente, éste no es una condición profunda y
constante de la mente y de las experiencias del alma, sino un sentimiento superficial
e insípido. Los Santos Padres indicaron una manera por la cual se puede
comprobar la sinceridad y la profundidad de la humildad.
Comenzar reprochando a la persona, frente a frente, por
aquéllos mismos y con las mismas expresiones en que 'humildemente' ella se
juzga. Si su humildad es sincera, escuchará los reproches sin cólera, y a
veces, dará las gracias por la humillante instrucción. Si no tiene verdadera
humildad, no soportará los reproches, sino que se encolerizará, desde el
momento que su orgullo se levantará en defensa por los reproches y acusaciones.
El Señor dice: "Bienaventurados los que lloran, pues
ellos serán consolados." En otras palabras, bienaventurados son los que,
no solamente están tristes por su propia imperfección e indignidad, sino que
están tristes por más que eso. Por estar tristes o afligidos entendemos, ante
todo, la aflicción espiritual: llorar por los pecados y la pérdida resultante
del Reino de Dios. Es más, entre los ascetas del Cristianismo, había muchos
que, llenos de amor y compasión, lloraban por el resto de los seres humanos:
por sus pecados, caídas y sufrimientos. También está en considerar dentro del
espíritu del Evangelio como afligidos a todos aquellos seres que se afligen y
que son desgraciados que aceptan su pena de manera Cristiana: humildemente
sometidos. Son verdaderamente bienaventurados, porque serán consolados por el
mismo Dios, con amor infinito. Y por el contrario, aquéllos que solamente
buscan cómo obtener placer y gozo durante la vida terrestre, no son en absoluto
bienaventurados.
Aunque ellos se consideran afortunados y otros los
consideren como tales, de acuerdo con el espíritu de la enseñanza del
Evangelio, serán las personas más desafortunadas. Y es precisamente a ellos a
quienes se dirige este aviso terrible: "¡Ay de vosotros, los ricos! porque
ya habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros los que estáis repletos!
porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque estaréis
afligidos y lloraréis."
Cuando un hombre está lleno de humildad y angustia por sus
pecados, no puede hacer las paces con ese mal del pecado, que tanto mancha a él
y a otras personas. El intenta apartarse de su corrupción pecadora y de la
falsedad de la vida que le rodea: retornar a la verdad de Dios, a la santidad y
a la pureza. El busca esta verdad de Dios y su triunfo sobre las falsedades
humanas y lo desea más ardientemente que el que estando hambriento desea comer,
o el que está sediento desea beber.
El cuarto precepto, que está ligado a los dos primeros, nos
dice acerca de ello: "Bienaventurados son los que tienen hambre y sed de
justicia, pues ellos serán saciados." ¿Cuándo serán saciados?
Parcialmente, aquí en la vida terrena, en lo que estos fieles seguidores de la
verdad de Dios ya están viendo, a veces, los comienzos de su triunfo y victoria
en las acciones de la Providencia de Dios y en las manifestaciones de la
justicia de Dios y su omnipotencia. Pero su hambre y sed espirituales serán
saciados y apagados plenamente allí, en la bendita eternidad, en el nuevo cielo
y nueva tierra, donde la Justicia vive.
Hemos hablado de los temas de la libre voluntad del hombre y examinado la primera de las virtudes: la humildad, la pesadumbre espiritual y el anhelo hacia la Verdad de Dios. Ahora, debemos hablar del proceso de la conversión de un pecador equivocado hacia el sendero de la justicia.
La parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15:11-32) es el mejor
ejemplo de este proceso. Esta parábola nos habla de un hijo joven que está
cansado de la protección cuidadosa de su padre. El hijo insensatamente decidió
traicionar a su padre, y fue a él rogándole que le diera la parte de su
herencia. Habiéndola recibido, partió a un lejano país. Está claro y manifiesto
que este hijo insensato representa a cada pecador. La traición a Dios del
hombre se manifiesta por lo general de esta manera: el ser humano recibe todo
lo que Dios le ha dado en la vida, y entonces deja de tener fe ferviente en El,
deja de pensar en El y de amarle, y finalmente, olvidando Su ley. ¿No es esto
como la vida de muchos intelectuales contemporáneos? Desdeñando lo que
verdaderamente es esencial, viven totalmente alejados de Dios.
En aquel país lejano, tan halagadora vista desde lejos, el
hijo alocado gastó y despilfarró cuanto poseía, viviendo de manera disoluta. De
este modo es como el pecador alocado despilfarra su fuerza espiritual y física
en la persecución de gozos sensuales malgastando su vida, alejándose, en
corazón y en alma, cada vez más lejos de su Padre Celestial.
Una vez que el hijo pródigo gastó todo cuanto poseía, pasaba
un hambre tan terrible que tomó un trabajo como guardián de cerdos (pastor de
cerdos que de acuerdo con la ley de Moisés, son animales impuros). Hubiera sido
feliz comiendo de las algarrobas de los cerdos, pero nadie le daba nada. ¿Acaso
no ocurre lo mismo con el pecador, enredado finalmente en las redes del pecado,
teniendo hambre espiritual, sufriendo y languideciendo? Intenta llenar su
vacuidad espiritual con un remolino de vacíos placeres, regocijos y disipación.
Pero todo esto es 'alimento de cerdos' que no puede saciar el tormento del
hambre que su espíritu inmoral carece.
Ese desgraciado perecería si no fuera por la ayuda de Dios,
Quien dijo que El "no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y
viva." El hijo pródigo oyó la llamada de la Gracia de Dios y no la dejo de
lado, ni la rechazó, sino que la aceptó. La aceptó y se rehizo como se rehace
uno que está enfermo después de una terrible pesadilla. Hubo un pensamiento
salvador: "Cuántos obreros de mi padre tienen pan de sobra! pero yo, su
hijo, estoy muriendo de hambre."
Entonces decide: "Me levantaré e iré a casa de mi padre
y le diré, Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, y no soy digno de
llamarme hijo tuyo. Pero acéptame entre el número de tus obreros." Una
intención firme y una resolución decisiva: se levantó, "y fue a su
padre."
El fue, lleno de arrepentimiento, ardiendo con toda
conciencia de su falta e indignidad y con la esperanza de la misericordia del
padre. Su camino no fue fácil. Pero, cuando aún estaba lejos, su padre le vio
(esto significa que el padre estaba esperando y quizá todos los días estaba
mirando para ver si su hijo volvía). El lo vio y tuvo lástima lleno de piedad y
corriendo salió, y, abrazándole le besó. El hijo estaba comenzando su
confesión: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, y no soy digno de
llamarme hijo tuyo." Pero el padre no le dejó acabar la frase. Ya le había
perdonado y olvidado todo, y aceptó al disoluto y hambriento porquero, como a
un hijo amadísimo. El Señor ha dicho: "Hay
más alegría en el Cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve
justos que no tienen necesidad de arrepentimiento" (Lucas 15:7).
Así gradualmente, el proceso del alejamiento y conversión a
Dios ocurre en un momento. Uno es humillado y seguidamente elevado paso a paso.
Al principio la traición a Dios, alejándose de El a un 'país distante." En
esta enajenación de Dios, hay una completa servidumbre del pecado y las
pasiones. Finalmente, aparece una 'quiebra espiritual,' hambre y oscuridad: la
persona ha llegado al fondo de su caída. Sin embargo, aquí, de acuerdo con las
palabras del Apóstol Pablo, donde el pecado ha proliferado y multiplicado,
aparece una abundancia de Gracia para instruir al hombre. El pecador acepta la
salvadora llamada de la Gracia (o la rechaza y perece, como desgraciadamente
esto ocurre a veces). La acepta y se rehace, decidiendo firmemente, alejarse
del pecado y marchar con arrepentimiento al Padre Celestial. Marcha a lo largo
del camino del arrepentimiento, y el Padre sale a encontrarse con él,
aceptándole, olvidando todo, y con tanto amor como siempre.
Hablando acerca de lo verdaderamente bueno, la actividad
Cristiana, nuestro Señor Cristo Jesús dijo: "Sin MI, nada podéis hacer."
Por lo tanto, cuando consideramos el asunto de la salvación, el Cristiano
Ortodoxo debe recordar que el principio de esa vida verdaderamente Cristiana
que nos salva, viene solamente de Cristo el Salvador, y que nos es dada en el
Misterio del Bautismo.
En Su conversación con Nicodemus acerca de cómo se entra en
el Reino de Dios, nuestro Salvador replicó: "En verdad te digo que si no
se nace de nuevo, no se entra en el Reino de Dios." Más adelante aclara
esta frase: "A menos de nacer del
agua y del Espíritu, nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Juan
3:34). Por consiguiente, el Bautismo es esa puerta por la cual solamente
podemos entrar en la Iglesia de los que se salvan. Pues solamente los que
tengan fe y sean bautizados serán salvados. (Marcos 16:16).
El Bautismo borra la corrupción del 'pecado ancestral,' y
borra la culpa de todos los pecados cometidos anteriormente por el que es
bautizado. Sin embargo, las semillas de pecado - hábitos pecadores y los deseos
hacia el pecado permanecen en nosotros y son vencidos por la lucha moral
durante toda la vida (los esfuerzos del ser humano en cooperación con la Gracia
de Dios). Pues, como ya sabemos, el Reino de Dios se conquista por el esfuerzo,
y solamente aquéllos que se esfuerzan, lo consiguen. Otros Misterios (o
Sacramentos) de la Iglesia: el arrepentimiento, la Santa Comunión, la Unción y
varias oraciones y servicios divinos, son momentos y medios de la consagración
de un Cristiano. Un Cristiano recibe la Divina Gracia en ellos, de acuerdo con
la medida de su Fe, lo cual facilita su salvación. Sin esta Gracia, de acuerdo
con la enseñanza apostólica, no solamente no podemos hacer el bien, sino
incluso no podemos desear hacerlo (Filipenses 2:13).
No obstante, si la ayuda de la Gracia de Dios tiene tan
inmenso significado en el asunto de nuestra salvación, entonces ¿qué significan
nuestros esfuerzos personales? ¿Acaso todo el asunto de la salvación es hecho
para nosotros por Dios y nosotros solamente hemos de sentarnos con los brazos
cruzados, esperando la misericordia de Dios? En la historia de la Iglesia, esta
cuestión fue establecida clara y decisivamente en el siglo quinto. Un monje
recto e instruido, Pelagio, comenzó a enseñar que el hombre se salva por si
mismo, por su propia fuerza, sin la Gracia de Dios. Desarrollando su idea,
finalmente llegó a un punto en el cual, en esencia, comenzó a negar la
necesidad misma de redención y salvación en Cristo. El eminente maestro Agustín
(de Hipona) se presentó resueltamente contra esta enseñanza, y demostró la necesidad
de la Gracia de Dios para la salvación. Sin embargo, al refutar a Pelagio,
Agustín cayó en el extremo opuesto. De acuerdo con su enseñanza, todo en el
asunto de la salvación es hecho por la Gracia de Dios para el hombre, y el
hombre tiene solamente que aceptar esta salvación con gratitud.
Como de costumbre, la verdad se halla entre estos dos
extremos. Fue expresada en el siglo quinto por el justo asceta San Juan
Cassiano, cuya explicación se llama "sinergismo" (cooperación). De
acuerdo con esta enseñanza, el hombre es salvado solamente en Cristo, y la
Gracia de Dios es la fuerza agente principal en esta salvación. No obstante,
junto a la acción de la Gracia de Dios para la salvación, los esfuerzos
personales solos son insuficientes para su salvación, pero son necesarios, pues
sin ellos la Gracia de Dios no comenzará a ejecutar el asunto de su salvación.
Así, pues, la salvación del hombre es ejecutada
simultáneamente por la acción de la Gracia Salvadora de Dios, y por los
esfuerzos personales del mismo hombre. De acuerdo con la profunda expresión de
algunos Padres de la Iglesia, Dios creó al hombre sin la participación del
hombre mismo, pero El no le salva, sin su consentimiento y deseo, pues le creó
libre. El hombre es libre de escoger entre el bien y el mal, salvación o ruina
y Dios no le obstruye su libertad, aunque constantemente le anima hacia la
salvación.
§
Aprendizaje y Religión
Los psicólogos reconocen tres potencias básicas o capacidades en el alma del ser humano: mente, emoción (corazón) y voluntad. A través de su mente, el hombre adquiere conocimiento de mundo que le circunda y de su vida, y también de todas las experiencias conscientes de su alma personal. A través de sus emociones (corazón) el hombre responde a los efectos e impresiones que provienen del mundo externo y de sus propias experiencias. Algunas de ellas le son agradables y le agradan, siendo otras desagradables y por tanto desagradándole. Más aún, los conceptos de 'agradable' y 'desagradable' no coinciden con los de otras personas. Lo que a una persona agrada no es siempre agradable para otra y viceversa (de este hecho se deriva el dicho castellano "Sobre gustos nada hay escrito"). Finalmente, la voluntad del hombre es esa fuerza del alma por cuyo medio entra en el mundo el ser humano y actúa en él. El carácter moral del ser humano depende fuertemente del carácter y dirección de su voluntad.
Volviendo a la cuestión del desarrollo en el hombre de su
personalidad espiritual, debemos observar que, al trabajar sobre su
"YO," el hombre debe desarrollar las capacidades de su alma, mente,
corazón y voluntad - correctamente y de una manera Cristiana.
La mente humana es la que se desarrolla más rápidamente de
las tres, sobre todo por medio del estudio de las ciencias, y por la educación.
No es correcto pensar que el Cristianismo considera las llamadas ciencias
'mundanas' o la educación como innecesarias (o incluso perniciosas). Toda la
historia de la Iglesia en los siglos antiguos habla contra este erróneo punto
de vista. Precisamente es suficiente contemplar los tres grandes maestros o
Jerarcas, Santos Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo. Se
encontraban entre los personajes más altamente instruidos de su época, habiendo
estudiado a fondo la ciencia puramente mundana de su tiempo. La ciencia de
entonces se ajustaba a una definida forma pagana, pero ellos fueron capaces de
dominar lo que era necesario y útil de esta enseñanza, descartando lo que era
inútil e innecesario. Aún más, nosotros tenemos que valorar el estudio de la
educación mundana de ahora, cuando desaparecieron las mezclas paganas de la
enseñanza y nos esforzamos a la comprensión de la verdad pura. Es cierto que
incluso ahora muchos sabios asumen erróneamente que la ciencia contradice a la
religión y añaden sus puntos de vista anti-religiosos a las verdades
científicas. Pero la ciencia pura no es culpable en esto y el Cristianismo
siempre saluda y bendice la educación mundana seria en la que los poderes del
pensar y las capacidades humanas están formadas y fortificadas.
Bien entendido, un Cristiano, que acepta la educación
mundana, da aún una mayor importancia o significación a la educación religiosa.
Debemos recordar que el Cristianismo no es sola y exclusivamente - una esfera
de experiencias y sentimientos. No; el Cristianismo es un cielo completamente
rematado o perfecto, un sistema de conocimientos que se corresponden, de los
más variados datos o informaciones, relacionados, no solamente con la religión,
sino también con la ciencia. Para empezar, ¿cómo podríamos, nosotros los
Cristianos, pasar por alto el conocimiento de la vida del Salvador, Sus
milagros y enseñanzas? Más aún, ¿podríamos pasar por alto el conocimiento de la
historia de nuestra Santa Iglesia y sus divinos servicios que tienen que ser
conocidos y entendidos? Para todo esto, es necesario el aprendizaje, es decir,
el conocimiento.
El significado del Cristianismo, como sistema polifacético y
perfecto de aprendizaje, queda claramente demostrado en los Cursos de moralidad
y doctrina Cristianas (antiguamente enseñados en las escuelas secundarias
Rusas). En éstos, el Cristianismo es considerado como un sistema riquísimo de
conocimiento, abarcando y explicando al ser humano el mundo entero, y
exponiendo el verdadero sentido y finalidad de su vida terrena.
Pero también hemos de recordar esto: habiendo recibido el
aprendizaje de una educación religiosa, la plenitud de conocimiento acerca de
la Verdad de Dios, el hombre, conociendo la verdad, tiene que servirla y
atender su voz. El Señor Mismo dijo: "Quien no está conmigo, contra Mi
está." Y en relación con El y Su Santa Voluntad y ley, la indiferencia, la
frialdad y la omisión de cumplir esta ley son desastrosas para el alma y hacen
del hombre un enemigo de Cristo y de Su Verdad. Así pues, nunca debemos olvidar
Sus palabras: "Por qué Me llamas Señor, Señor, y aún no haces lo que
digo?" Del mismo modo, Su Apóstol dice: "No los que escuchan la ley,
sino los cumplidores de la ley serán justificados?
Volvamos ahora al asunto del desarrollo del corazón humano.
Bajo la categoría del corazón, entendemos la capacidad de sensaciones
agradables y desagradables. Estas sensaciones son de diferentes clases: desde
las más inferiores sensaciones orgánicas hasta los más elevados sentimientos,
morales y religiosos. Los sentimientos más elevados son llamados también
emociones. La educación del corazón humano consiste en el desarrollo de estas
emociones en él.
Detengámonos en una emoción semejante: el sentimiento
estético. Sentimiento estético es el término que significa el sentido de lo
bello: la aptitud humana de contemplar y comprender, de gozar y ser esclavizado
por la Belleza, por todas las cosas bellas, sin tener en cuenta dónde y como se
nos presentan. Semejante delicia en la belleza puede o alcanzar un éxtasis violento
y ardiente, o un sentimiento tranquilo, calmo y profundo. Así pues, el
sentimiento estético está indisolublemente unido con la idea de lo bello, con
el concepto de la Belleza. Pero, nos preguntamos: Qué es la Belleza?
Esta pregunta tiene diferentes respuestas. La mejor
respuesta es ésta: La Belleza es la total armonía entre el contenido y la forma
de una idea determinada. Cuanto más pura, más 'viviente' y más perfecta la
forma a que ha sido transferida esta idea, más belleza mostrará, más bello será
este fenómeno. Naturalmente, el Cristianismo Ortodoxo ve la más sublime Belleza
en Dios, en Quien está la Plenitud de toda Belleza y Perfección.
El sentimiento estético de un grado u otro es inherente a
cada persona, pero, en todo caso, está lejos de estar desarrollado
correctamente, en su plena medida. Su desarrollo y dirección propios son
efectuados por la revelación de la posibilidad de la persona para evaluar
correctamente uno u otro fenómeno, una obra de Arte. Una persona estéticamente
cultivada puede encontrar rasgos de perfección y belleza en una buena pintura,
composición o trabajo literario. El mismo puede entender y valorarla, pudiendo
explicar a otra persona lo que es, precisamente, bello en una obra de Arte
dada, cual es su contenido y de qué forma se transfiere.
El Cristianismo Ortodoxo sabe cómo valorar y amar la
Belleza. Y vemos la Belleza en la Ortodoxia por todas partes: en la
arquitectura de la iglesia, en los servicios divinos, en los cantos de la
música de la Iglesia y en la Iconografía. Aún más, es de advertir que la
Belleza en la naturaleza fue amada y valorada por los más estrictos de nuestros
ascetas, quienes habían renunciado completamente al mundo. Los monasterios
principales de Rusia fueron fundados en localidades que se distinguían por su
belleza.
En esto, el brillante espíritu de la Ortodoxia se manifiesta
en su relación con todo lo verdaderamente bello. Vemos en el Evangelio de qué
manera Cristo nuestro Salvador contemplaba con ternura y amorosamente los
lirios de los campos, las aves, las higueras y las viñas. Incluso en el Antiguo
Testamento, el profeta rey David, contemplando la belleza y majestad de la
Creación de Dios, exclamaba: "Con Sabiduría las ha creado a todas ellas...
¡Gloria a Ti, ¡oh Señor! Que has creado todas las cosas...!" En otro
Salmo, se dirige a la naturaleza, como si fuera consciente, diciendo: "Que
todo cuanto tiene aliento (de vida) alabe al Señor..." ¡Alabadle, sol y
luna! ¡Alabadle, estrellas y luminarias!
Pero, naturalmente, el Cristianismo Ortodoxo no puede
limitar su concepto de lo verdaderamente bello solamente a lo que agrada a
nuestro sentido de la Belleza por la elegancia de sus formas, sino que tiene
que ver como verdaderamente bello todo lo que tiene moralmente valor. La
verdadera Belleza siempre eleva, ennoblece, ilumina al alma humana y coloca
ante ella los ideales de la Verdad y de la Bondad. Un Cristiano Ortodoxo nunca
reconoce como bello ese fenómeno u obra de Arte que, aunque sea de perfecta
ejecución, no purifique ilumine al alma humana, sino más bien la rebaja y
mancha.
§
Desarrollo Emocional
en los Niños, y Sobre la Esperanza Cristiana
El sentimiento estético que hemos examinado en el capitulo
precedente, no es más que una de las emociones humanas del corazón.
Lógicamente, muchas otras emociones tienen una mayor significación para el
Cristiano. Por ejemplo, los elevados sentimientos de simpatía y antipatía, de
misericordia, compasión, etc., deben ser desarrollados en el corazón del
Cristiano Ortodoxo, si es posible, desde la más tierna infancia.
Desgraciadamente y con excesiva frecuencia no ocurre esto.
Desafortunadamente, en muchas buenas familias Ortodoxas Cristianas, la vida se
halla dispuesta de tal modo que los padres conscientemente guardan a sus hijos
ajenos al contacto con la humana necesidad, tristeza, pesadas dificultades y
pruebas. Una protección tan excesiva de los niños de la dura realidad solamente
da resultados negativos. Los niños que han crecido bajo las condiciones de un
invernadero, separados de la vida, criados blandamente, mimados y no bien
enfrentados con la vida, frecuentemente egoístas endurecidos, solamente
acostumbrados a demandar y recibir y no sabiendo cómo condescender, para
servir, para ser útiles a los demás. La vida puede destrozar a tales personas
cruelmente y a veces las castiga de manera insoportable, frecuentemente desde
sus tempranos años escolares. Por consiguiente, es necesario para los que aman
a sus hijos, templarlos. Principalmente, tiene que haber siempre una finalidad
definida Ortodoxa Cristiana, tanto ante los padres, como ante los hijos: que
durante el crecimiento de los niños desarrollándose físicamente, deben también
crecer y desarrollarse espiritualmente, que sean mejores, más amables, más
piadosos y mas simpáticos.
Sin embargo, para realizar esto, es necesario permitir que
los niños se pongan en contacto con las necesidades de la gente y sus deseos,
dándoles la oportunidad de ayudar. Entonces los mismos niños se inclinarán
hacia la bondad y la verdad, para todo lo que es puro, bueno y brillante está especialmente
cerca del alma del niño libre de daño.
Esas emociones de las que hemos hablado, incluyendo las mas
elevadas de ellas: la misericordia y la compasión, no se encuentran en todas
las personas. Hablando ahora del sentimiento de categoría puramente Cristiana,
nos detenemos en el sentimiento de la esperanza Cristiana. La esperanza
Cristiana puede ser definida como un recuerdo sincero de Dios, inseparablemente
unido con la seguridad de Su Amor y ayuda Paternales. Un hombre con una
esperanza semejante se siente siempre y en todas partes bajo la protección del
Padre, exactamente lo mismo que ve la inmensa bóveda del cielo sobre él, en el
mundo físico. Por consiguiente, un Cristiano Ortodoxo, teniendo esperanza en
Dios, nunca llegará a desesperarse, nunca se sentirá solo desesperadamente.
Una situación puede parecer desesperada solamente a un
incrédulo. Un creyente, uno que espera en Dios, conoce su cercanía al doliente
corazón humano, y encontrará en El consuelo, valor y ayuda.
Naturalmente, la corona y cima de la esperanza Cristiana
está en lo futuro. Nosotros, los Ortodoxos Cristianos, sabemos que nuestro
Símbolo de la Fe, en el que están reunidas todas las verdades básicas del
Cristianismo, termina con las palabras: "Yo aguardo (espero y seriamente
anhelo) la resurrección de los muertos y la Vida de la vida futura. Amén."
Así, pues, una realización de la luminosa esperanza
Cristiana llegará, cuando la Vida finalmente triunfe sobre la muerte y la
Verdad de Dios sobre la falsedad mundial. Entonces, "todo dolor será
sanado, pues Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y la muerte no será ya más,
ni habrá angustia, ni aflicción, ni pena alguna más ." "Y un gozo eterno estará en sus manos."(Rev.
21:4; Is. 15:10).
He aquí la cumbre, la corona y la plena realización de la
esperanza Cristiana Ortodoxa y el triunfo de aquéllos que, en esta vida
terrenal, fueron perseguidos y oprimidos y desterrados por la Verdad de Cristo.
§
La Educación y el
Desarrollo de la Voluntad Humana
Ahora tenemos que examinar la cuestión del entrenamiento y desarrollo de la voluntad humana. El carácter y el valor morales de la personalidad humana dependen ante todo, de la dirección y fuerza de la voluntad. Naturalmente, todo el mundo comprende que, para un Cristiano es necesario que la posea: primeramente, una fuerte y decisiva voluntad, y en segundo lugar, una voluntad que esté firmemente dirigida hacia el Bien y no al mal.
¿Cómo desarrollaremos una fuerte voluntad? La respuesta es
sencilla: sobre todo, por el ejercicio de la voluntad. Hacer esto, como con un
ejercicio corporal, es necesario que comencemos lentamente, poco a poco. Sin
embargo, habiendo comenzado a ejercitar la voluntad en alguna cosa (por
ejemplo, en una constante lucha con los hábitos o caprichos pecaminosos), este
trabajo sobre uno mismo, nunca tiene que cesar. Más aún, un Cristiano que desea
fortalecer su voluntad, su carácter, tiene que evitar desde el principio mismo,
toda disipación, desorden o inconsistencia de comportamiento. De otro modo,
será una persona sin carácter, no presentándose como algo definido. Ni los
demás, ni incluso la misma persona pueden tener confianza en un individuo
semejante. En la Sagrada Escritura una persona así se la llama una caña
sacudida por el viento.
La Disciplina nos es necesaria a todos nosotros. Tiene una
significación tan vital que, sin ella, es imposible cualquier correcto orden
normal y éxito en el trabajo. En la vida de los individuos es de primaria
importancia, pues la auto-disciplina interior tiene la categoría de escuela
exterior o disciplina militar aquí. El hombre tiene que colocarse en armazones
definidos, habiendo creado condiciones definidas y un orden de vida, y no
desviarse de esto.
Advirtamos igualmente esto: los hábitos humanos tienen una
amplia significación en el asunto del fortalecimiento de la voluntad. Ya hemos
visto que los hábitos pecaminosos son un gran obstáculo para la vida moral de
un Cristiano. Además, los buenos hábitos son una valiosa adquisición para el
alma y por lo tanto, el hombre tiene que aprender muchas cosas buenas, para que
lo que es bueno se convierta en suyo propio, es decir, para que se convierta en
habitual.
Y esto precisamente es importante en los años tempranos,
cuando el carácter humano se está aún formando, es decir, tomando la forma que
tendrá en el futuro. No es sin motivo y razón que digamos que la segunda mitad
de la humana vida terrena está 'formada' de los hábitos adquiridos durante la
primera mitad de esta vida, o sea, durante la infancia y la juventud.
Probablemente nadie argüirá contra el hecho de que el hombre
necesita una fuerte voluntad. En la vida, nos encontramos con personas que
poseen diversos grados de fuerza de voluntad. Frecuentemente ocurre que una
persona que está muy dotada y con mucho talento, poseyendo una mente poderosa y
un profundo buen corazón se convierte en un abúlico (falto de voluntad), sin
poder llevar a cabo sus planes en la vida, a pesar de lo excelente y valiosos
que puedan ser. Por el contrario, también ocurre que una persona con menos
talentos y dotes, pero con mayor fuerza de voluntad y carácter más fuerte,
triunfe en la vida.
Así y todo, una cualidad aún más importante de la voluntad
humana es su correcta dirección hacia el lado bueno y no al malo. Si una
persona buena pero de débil voluntad puede llegar a ser de poca utilidad a la
sociedad, entonces una persona con fuerte voluntad y destructiva y mala, es
peligrosa; y cuanto más fuerte sea su voluntad, más peligrosa es. Por esta
razón, es claro y evidente la gran importancia de estos principios, esos
cimientos básicos y reglas por los que la voluntad humana se guía. Un ser sin
principios es una insignificancia moral, no teniendo fundamentos morales, y un
peligro para todos cuantos lo rodean.
¿De qué fuente puede la voluntad humana inferir para si
,misma estos principios para actuar de acuerdo con ellos? Para una persona
incrédula, una respuesta a esto resulta extremadamente difícil y esencialmente
imposible. ¿Han de inferirse de la ciencia? Pero la ciencia, en primer lugar,
está básicamente interesada en cuestiones de conocimiento y no de Moral, y en
segundo lugar, no contiene algo que sea sólido y constante en cuanto a
principios, desde el momento que se ensancha sin cesar, profundizando y
cambiando constantemente muchísimo. ¿Acaso de la Filosofía? Pero la Filosofía
misma enseña acerca de la relatividad y no de ninguna clase de autenticidad
incondicional de sus verdades. ¿Acaso de la vida práctica? Aun menos. Esta
misma vida necesita principios positivos que puedan limpiarla de condiciones
desordenadas y carentes de principios.
Aunque la respuesta a la pregunta presente es tan difícil
para los incrédulos, para un Cristiano creyente es sencilla y clara. La fuente
de los buenos principios es la Voluntad de Dios. Y nos es revelada en la
enseñanza del Salvador, en Su Santo Evangelio. Este solo tiene una firme
autoridad incondicional en esta área; y solamente nos ha enseñado el
auto-sacrificio y la libertad Cristiana, la igualdad Cristiana y la hermandad
(una comprensión robada del Evangelio por socialistas, comunistas y otros
enemigos de la Fe). El Mismo Señor dijo acerca de los verdaderos Cristianos que
"no todo el que Me diga, Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos,
sino el que cumpla la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos" (Mateo
7:21).
§
Fortalecimiento de la
Voluntad Por El Trabajo y los Votos
El trabajo es una característica indispensable de toda virtud humana que fortalece la voluntad. Es una obediencia impuesta por Dios sobre el hombre pecador, cuando perdió el Paraíso: "Con el sudor de tu frente comerás tu pan." Por consiguiente, cada uno de nosotros tiene que trabajar.
En la Epístola a los Thesalonicenses, el Apóstol Pablo
escribió acerca de la necesidad del trabajo: "Os rogamos, hermanos... que os ocupéis de vuestros negocios y
trabajéis con vuestras propias manos, como os hemos mandado" (4:11).
En la 2a Epístola, duramente amonestó a los que actuaron sin decencia y son
supersticiosos, y precisamente hace un llamamiento al trabajo: "Aquél que
no trabaje, que no coma." Debemos advertir que la Ortodoxia nunca divide
el trabajo en 'intelectual' y 'manual. Estas divisiones son moneda corriente en
nuestra sociedad, que tiende a considerar el trabajo físico o manual con
desdén. La Ortodoxia requiere solamente que el trabajo de una persona sea
honorable y produzca su beneficio correspondiente. Desde el punto de vista
Cristiano Ortodoxo, una persona que trata con desdén sus obligaciones, aún
cuando se encuentre en un puesto elevado y lleno de responsabilidad, es mucho
más inferior que el más insignificante de sus subordinados que cumple
concienzudamente sus obligaciones, de una manera verdaderamente Cristiana
Ortodoxa. Más aún, podemos descubrir fácilmente por medio de nuestra
experiencia personal, qué plena satisfacción se experimenta por la persona que
trabaja honorablemente y bien, y qué sedimento mezquino queda en el alma del
que ha pasado el tiempo en una vacuidad disipada.
En la sociedad contemporánea se está extendiendo un falso y
pecaminoso pensamiento acerca del trabajo, y de la diversión. La gente considera
el trabajo como algo muy desagradable, como un yugo pesado y esclavizador que
intentan quitárselo de encima lo más rápidamente posible. Todos sus esfuerzos
se hallan dirigidos hacia el "reposo" (¿de qué?) y hacia pasar la
vida lo más divertidamente posible... Reposo y diversión son agradables y
encantadores solamente cuando han sido ganados por un trabajo anterior. Para
prevenir esa vacuidad o vaciedad y dispersión en el alma que tan comunes son
ahora en estos tiempos nuestros tan llenos de nervios, de falta de reposo y tan
vanos y vacío, un Cristiano Ortodoxo tiene que aprender a concentrarse y a
aunarse consigo mismo. El hombre debe observarse a sí mismo en todos sus
aspectos y hacerse una relación de sus disposiciones de ánimo y sus anhelos.
Tenemos que considerar también los seres humanos qué debe hacerse en un momento
dado y la finalidad hacia la cual dirigir los propios esfuerzos.
Hablando del fortalecimiento de la voluntad, tenemos que
recordar también aquellas instancias en que una persona que su voluntad carece
de poder para resistir alguna tentación o hábito pecaminoso que ha echado
raíces. En este caso, uno debe recordar que el medio primero y básico en tales
momentos es la oración, una humilde oración de fe y esperanza. Más adelante
hablaremos más sobre la oración. Mientras tanto, recordemos que, incluso una
persona de tan fuerte espiritualidad como el Apóstol Pablo habló de su
impotencia para luchar contra el pecado y hacer el bien: "El bien que
deseo hacer, no lo hago sino el mal que no quiero hacer, eso es lo que
hago." Cuánto mucho más nos ocurrirá a nosotros entonces, ya que somos
enfermizos y débiles! Pero la oración puede ayudarnos, ya que por medio de ella
recibimos la fortaleza del Dios todopoderoso, para ayudar nuestra impotencia.
Además de la oración, los votos y promesas tienen una gran
importancia en el fortalecimiento de la voluntad en el combate con el pecado.
Un voto es una promesa personal de hacer alguna cosa buena, una acción
beneficiosa, por ejemplo, ayudar a una persona pobre, edificar una iglesia o
institución pública, adoptar un huérfano, hacer una peregrinación, etc. Cuando
se aplica a nuestras vidas personales, tales votos pueden consistir en lo
siguiente: si una persona se siente deficiente de algún modo: no ayudar a los
demás, pereza, tener poca preocupación por su familia, etc., la persona debe
seleccionar una buena obra definida y constante en este dominio y obligarse a
cumplirla, sin ningún fallo, como es su obligación. Las promesas son votos
negativos. Uno hace una promesa de no cometer un determinado pecado, de luchar
de la manera más resuelta con uno u otro hábito pecaminoso (por ejemplo, dejar
de beber, o de fumar, o de jurar, etc.)... Es evidente que una persona debe
hacer votos o promesas, solamente después de haber comprobado su fortaleza y
haber resuelto que, con la ayuda de Dios, los cumplirá sea cuales fueren. El
Salvador nos previene contra los votos hechos descuidadamente, sin pensar y sin
estar de acuerdo con nuestra fortaleza, en la parábola del constructor necio.
En la parábola, el hombre comenzó magníficamente a edificar una torre, pero no
pudo completarla y sus vecinos se rieron de él, diciendo: "Este hombre
comenzó a construir y no pudo acabar."
Si habéis hecho un voto, entonces, habiendo pedido la ayuda
de Dios, poneos a cumplirla resueltamente.
§
La Lucha Contra la
Sensualidad
El ser humano está compuesto de alma y cuerpo. Muchas
antiguas religiones y enseñanzas filosóficas decían que el alma había sido
creada por Dios, mientras que el cuerpo se suponía que venía del principio
malo: del diablo. La Ortodoxia enseña de otra manera. Tanto el alma como el
cuerpo humanos son creados por Dios. De acuerdo con la enseñanza Apostólica,
después del Misterio del Bautismo, el cuerpo humano es un templo del Espíritu Santo
y los miembros del cuerpo - por la unión con Cristo en el Misterio de la Santa
Comunión - son miembros de Cristo. Por consiguiente, el ser humano pasará a la
futura beatitud eterna (o al tormento eterno) son su ser entero: tanto el alma
inmortal, como el cuerpo que será resucitado y reunido con el alma, antes del
juicio de Cristo. Esto quiere decir que, mientras que se cuida del alma, un
Cristiano Ortodoxo no debe dejar sin atender su cuerpo. Tenemos que guardarlo -
guardarlo del modo Ortodoxo - no solamente de la enfermedad, sino también de
los pecados que corrompen, manchan y debilitan al cuerpo. Entre tales pecados,
el más peligroso y dañino es la disolución o desenfreno de vida o costumbre: la
pérdida de la castidad y la pureza corporal.
No nos produce una alegría particular poner este tema sobre
la mesa... pero es imposible dejar de mencionarlo, desde el momento de que, sin
duda, es el pecado más peligroso para la juventud.
Estamos hablando de la fornicación, de la corrupción y de la
degeneración sexual que son, sin lugar a duda, las más terribles plagas de la
humanidad contemporánea. Es difícil enumerar las terribles consecuencias que
siguen tras este pecado, como una sombra inseparable. No hablaremos de
enfermedades específicas que tan frecuentemente resultan de una vida
desordenada, sino que lo más que hemos de temer es el juicio final de Aquél que
nos demandó llevar una vida pura e impoluta...
Pero, ¿cómo luchar con las tentaciones de este pecado para
quien desea preservarse puro y casto de una manera Cristiana? La contestación
es sencilla: La respuesta es sencilla: ante todo, por la pureza de pensamiento
e imaginación. Frecuentemente se dice que la necesidad sexual actúa con una
fuerza tan insuperable que el ser humano se encuentra sin fuerzas para
resistirla. ¡Es falso! Aquí no estamos hablando de necesidades, sino de
depravación y libertinaje y los resultados lógicos de una persona que no para
de provocarse a si misma con pensamientos y deseos. Naturalmente, tal persona
excita la natural inclinación sexual a un grado excesivo, y esto le conduce a
pecar. No obstante, un Cristiano Ortodoxo, que es amante de Dios y recto
consigo mismo, nunca consentirá, nunca permitirá que los malos deseos y
pensamientos posean su mente y corazón. Para cumplir esto, pedirá la ayuda de
Dios en oración y por el signo de la Cruz y la lucha contra tales
pensamientos,. en el instante que aparecen. Por el esfuerzo de la voluntad,
llevaremos sus pensamientos sobre la oración o, al menos, a otros temas más
edificantes. Si nos permitimos ser encendidos por una imaginación impura, ello
significa que nos hemos pervertido y empobrecido. Para luchar contra los malos
pensamientos, una persona Ortodoxa tiene que alejarse firmemente y abandonar
rápidamente atraer estos malos pensamientos. Nuestro Salvador no estaba
hablando en vano cuando nos previene de manera tan estricta de la mirada impura
y lasciva; y la mirada de la que Cristo nos previno no iba más allá que el
mirar. ¡Tan peligrosa es la tentación mental!
Hay tantas tentaciones: una degeneración total de la Moral y
un alejamiento de una vida Ortodoxa pura y ordenada, y una inadmisible y
desordenada con respecto al matrimonio y a la vida matrimonial, que no pueden
ayudar, sino afectar al alma joven. Además de esto, están las películas y la
literatura que rivalizan entre sí, alabando al pecado y describiéndolo con los
colores más seductores y con una total desvergüenza. La música concertada, las
danzas y las diversiones tanto ciegan a la 'Cristiana' sociedad contemporánea
paganizada, que ya ni siquiera se da cuenta de su pecado y veneno. Distintos
tipos de humor obsceno son perfectamente aceptados en la sociedad. Todo ello es
una podredumbre y pestilencia espirituales, que corrompen y matan la mente y el
corazón humanos: toda esta nube de tentaciones se cierne sobre la juventud,
desarrollando el alma de la humanidad.
Bendita es la persona que desde su juventud hasta el final
de sus días ha permanecido pura de cuerpo y alma. Bendito es el que llevó, con
su frescura fragante, la fuerza de intocada potencia de alma y cuerpo, a una
luminosa boda consagrada por Dios por medio de la Iglesia, o quien preserva
todo esto hasta la tumba, en la radiante pureza de la virginidad y de la
castidad. Dios bendice solamente dos senderos para el ser humano sobre la
tierra: o el santo sendero del matrimonio Cristiano, indisoluble unión de dos
corazones, o también un sendero más elevado y santo, el sendero de la
Virginidad, consagración de uno mismo a Dios y al prójimo: el santo Monaquismo.
¡Terrible es el final del sendero de quien desdeña, ignora y
viola obstinadamente las leyes de la pureza y la verdad Ortodoxas dadas por
Dios, y así matando al alma!
§
Otros Problemas
Carnales; Muerte Cristiana
De las otras "condiciones de la carne, es decir,
pecados que han arraigado profundamente en la misma naturaleza humana, quizá el
más peligroso es el de la embriaguez y la adicción de drogas. Este pecado está
desgraciadamente ampliamente extendido en estos tiempos. Recordemos todos que
no debemos esperar hasta que esta ruinosa pasión se haya desarrollado ya, sino
que debemos guardarnos de ella antes de que se desarrolle, pues entonces es
muchísimo más fácil. Pues nadie nació en el mundo de Dios ya adicto al alcohol
o a otras drogas. Ya sabemos cuánto más fácil es para una persona el luchar
contra la tentación del pecado antes de que se haya convertido, por la
repetición, en un hábito perpetuo. Es mejor no beber en absoluto, desde la
juventud. La juventud tiene mucha vivacidad y suficiente energía sin el alcohol
y "calentarse uno con vodka" es innecesario. Hay un proverbio que
dice: "Da al demonio un dedo, y él se tomará la mano entera." La
voluntad joven no es aún fuerte, pero las tentaciones de beber, así como las
drogas, son numerosas.
Muchas personas se arruinan en los tempranos años por una
clase especial de valor, una especie de pasión deportiva, en la que una persona
quiere "probar" o demostrar su fuerza y resistencia en el empleo de
bebidas alcohólicas. Naturalmente, uno mostraría mayor firmeza y fuerza -
fuerza real y moral si pudiera realmente controlarse y no ceder ante esta mala
,tentación. Una persona Ortodoxa debe, con todas sus fuerzas, apartarse de
seducciones pecaminosas y alejarlas de ella, recordando de qué manera el
apóstol previene que las malas asociaciones destrozan la buena moral.
Existe otro pecado carnal que, a primera vista, no parece
tan ruinoso como la embriaguez y la depravación, pero que, sin embargo, es
extremadamente peligroso. Este pecado es el amor al dinero. El apóstol dice
literalmente que "la raíz de todos los malos es el amor al dinero" El
primer peligro para una persona que posee riqueza egoístamente es que esta
misma riqueza es el acceso a todas las demás (exactamente como el ídolo de oro)
al cual el ser humano se adhiere con toda su alma y todo su corazón, llegando a
ser incapaz de arrancarse de su servicio. Vemos un ejemplo de esto en el
Evangelio, en el hecho histórico del joven rico que no pudo seguir al Salvador,
porque su vida estaba atada a su riqueza. Sobre este particular, Cristo dijo:
"Cosa difícil es para un rico, el entrar en el Reino de Dios." Así,
pues, la riqueza ciega al hombre, haciéndole su esclavo. Este peligro amenaza a
todo aquél que se hace adicto de la "adquisición" para lograr
ganancia y tener esto como finalidad de la vida.
Para prevenir este vicio del amor al dinero y que se
desarrolle en la persona, es necesario enseñarle el desinterés Ortodoxo en sus
primeros años. Todas las obras de un Cristiano Ortodoxo deben hacerse
desinteresadamente o, como dice el Evangelio , por amor a Cristo. Como
mencionamos anteriormente, de acuerdo con la Verdad Divina, la Verdad del
Evangelio, no es la persona que ahorra posesiones para si, quien verdaderamente
adquiere, sino que más bien es el que da a los demás en la batalla de la misericordia
y preocupación por sus prójimos, quien verdaderamente gana. El que sirve a los
demás en la lucha del Bien, no solamente les muestra la ayuda Cristiana
Ortodoxa, sino que también su propia alma recibe beneficio, adquiriendo para él
mismo un verdadero tesoro: en el Cielo.
Una persona que está intentando llevar una vida Ortodoxa no
debiera ser negligente con su salud. La salud es un don valioso que nos da Dios
y debe ser guardado. Es una locura suponer que un Cristiano no procurara ser
sanado por los doctores. Los doctores y los medicamentos existen por la
voluntad de Dios. Leemos en las Escrituras que el Señor creó ciertas cosas para
su empleo curativo. No obstante, la Ortodoxia ve en la enfermedad las
consecuencias directas de nuestra corrupción. Por, esta razón, una persona
creyente comienza su tratamiento ante todo con la oración, con la purificación
y el fortalecimiento del alma, con los Santos Misterios. Después, sigue el
tratamiento del cuerpo que ha sido prescrito por el doctor. Podemos ver este
patrón en el Evangelio, en el cual, antes de curar a una ,persona de su
enfermedad física, Cristo sanaba su alma con el perdón de sus pecados. A una le
dijo Cristo: "Has sido sanado; procura no pecar más, para que nada peor te
ocurra."
Al mismo tiempo que atiende su salud, una persona Ortodoxa
no debe temer a la muerte. No estamos hablando de la muerte de un mártir por el
amor a Cristo, que todo creyente desea con gozo, sino sencillamente del final
de nuestra vida terrena. Los verdaderos Cristianos Ortodoxos, por lo general,
no temen a la muerte, sino que incluso la aguardan con esperanza. El Apóstol
Pablo, por ejemplo, dice directamente: "Yo deseo morir y estar con Cristo,
porque es incomparablemente mejor" (que permanecer en la tierra). En otro
lugar dice también: "Nuestro hogar está en el Cielo" enseñándonos que
nuestra verdadera patria es allí, ya que mientras estamos en la tierra, somos
solamente exiliados temporales.
Ese ansiado "final Cristiano de nuestra vida" no
ocurre siempre sin enfermedad, pero en todo caso, es "puro y lleno de
paz." Uno se prepara para tal final por medio de la oración, de la
contemplación y recibiendo los Santos Misterios.
Por otra parte, una vergonzosa muerte no-Cristiana, es algo
terrible, por ejemplo, un criminal muriendo en medio de un crimen, etc. En este
momento, tenemos que mencionar el suicidio. Es cosa bien sabida que la Santa
Iglesia en sus cánones prohibe un enterramiento Cristiano a quienes
conscientemente (sin enfermedad mental) se quitan la vida. El suicidio es una
traición completa al mismo espíritu del Cristianismo, un rechazo a soportar la
propia cruz, un rechazo de Dios y de la esperanza en El. El suicidio es la
sórdida muerte del egoísta completo... El que comete suicidio deja de ser un
hijo fiel de la Santa Iglesia, y por lo tanto se priva a si mismo de su
enterramiento. Pues ¿cómo podría la Iglesia enterrar a un suicida, de acuerdo
con Su servicio? El pensamiento principal de este servicio de enterramiento es:
"Da reposo, oh Señor, al alma de Tu siervo/a, pues puso su esperanza en
,fi." Estas palabras serían falsas en el caso de un suicida. ¿Cómo podría
la Santa Iglesia afirmar lo falso?
Hasta aquí, hemos hablado acerca de los deberes de un
Cristiano en relación consigo mismo. Ahora, examinemos sus obligaciones en
relación con los demás.
El primer elemento para una adecuada relación con otras
personas es la justicia. Sin este elemento básico, incluso la propia bondad
puede resultar inútil - si aparecen la parcialidad y la unilateralidad en ella,
en lugar de la verdad. No obstante, existen marcadas diferencias en las
condiciones de las relaciones justas entre las personas.
Justicia legal o leal (de lex-legis): Esta es la forma
inferior de la justa relación, la más extendida en la vida y estado civil. Una
persona leal intenta cumplir con precisión las leyes estatales y civiles que
son obligatorias para ella y para los demás. Además, generalmente cumple todas
sus transacciones y obligaciones exacta y puntualmente. Sin embargo, no va un
paso más allá que estas normas legales y limites marcados por la ley, para
hacer concesiones o condescendencias. Esta clase de persona puede ser fría,
falta de simpatía y sin piedad. Semejante persona de iniquidad ni crea, ni
viola las leyes, pero tomará lo que es suyo propio sin concesiones, aún cuando
su prójimo sufra por esa causa. Naturalmente, en nuestros tiempos semejantes
personas justas legalmente, son comparativamente ordenadas, desde el momento
que cumplen honorablemente sus obligaciones. Sin embargo, para un Cristiano
Ortodoxo, es evidente que semejante relación es insuficiente, porque no es
Cristiana, sino simplemente pagana.
Justicia de Corrección: Con respecto a la moral, esta forma
de justicia es claramente más elevada que la anterior. Nos referimos como
correcta la persona que, en sus relaciones con los que la rodean, intenta
cumplir lo que es necesario no solamente de acuerdo con las leyes externas y
las costumbres, sino también de acuerdo con su conciencia. Por lo tanto, trata
a todo el mundo con igualdad, y es pacífica, educada y cuidadosa con todo.
Responde con gusto a una demanda de servicio e intenta cumplir todo cuanto ha
prometido, frecuentemente liberando a otras personas de sus dificultades. En
comparación con la gente secamente-legal, resulta fácil y agradable vivir y
trabajar con semejantes personas correctas y conscientes. Así y todo, esto está
lejos del Cristianismo, toda vez que tal compasión y simpatía son rara vez
constantes y fieles a ellas mismas, y llega un momento en que se marchita y se
seca.
Justicia Cristiana: Esta es la clase completa de justicia:
la justicia del corazón Cristiano. Su principio básico, sabio, claro y
comprensible está expresado en el Evangelio por estas palabras: "Así, pues, cualquier cosa que deséis
que los demás hagan por vosotros, igualmente hacédlo también a ellos"
(Mateo 7:12). Y el concilio de los Apóstoles repitió esto mismo en forma
negativa: "No hagáis a los demás, lo
que no deseéis que os hagan a vosotros." Y así, no solamente no debéis
de obrar mal, sino tenéis que hacer el bien, de acuerdo con vuestra conciencia,
desde el corazón, que se origina en la ley de amor, misericordia y perdón del
Evangelio. Si queréis que las personas os traten sinceramente, entonces abrid
vuestro corazón a vuestros prójimos. No seamos egoístas, no consideremos
nuestros derechos, como hacen las personas legales y correctas, más bien
colocad el bienestar y bien de vuestros prójimos por encima de vuestros
derechos, de acuerdo con la ley del amor Cristiano.
Muy a menudo ocurre en la vida que somos demasiado
condescendientes con nosotros mismos, pero demasiado exigentes y estrictos con
los demás. La justicia Cristiana habla de otro modo. El Señor dijo: "Por qué miras la ramita en el ojo de
tu hermano, pero no ves la viga de tu ojo? Hipócrita, quita primero la viga de
tu ojo y después verás cómo quitar la ramita del ojo de tu hermano." Por
esta razón, los ascetas del Cristianismo, mientras se lamentan de sus propios
pecados, siendo casi despiadados estrictamente y exigiéndose de si mismos, eran
tan compasivos e indulgentes totalmente con relación a los demás, que cubrían
las faltas de sus prójimos con amabilidad y amor. Por lo general, la regla
Cristiana de vida nos enseña que no tenemos que tratar de encontrar culpables a
los otros, sino a nosotros mismos, en nuestros propios deseos, obstinación,
amor propio y egoísmo. Así, pues, la justicia Cristiana nos demanda
condescendencia hacia los otros. Sin embargo, incluso esto no es suficiente.
Nos invita a ver en cada persona, nuestro propio hermano, un hermano en Cristo,
una creación amada y una imagen del Dios todopoderoso. Y no importa cómo caiga
un hombre, no importa cómo oscurece la imagen de Dios en sí mismo, con pecados
y vicios, tenemos aún que buscar la chispa de Dios en su alma... "Los
pecados son pecados, pero la base en el hombre es la imagen de Dios... Odia el
pecado, pero ama al pecador," dijo una vez San Juan de Kronstadt.
Juntamente con el respeto por la persona de nuestro prójimo,
tenemos también que demostrar confianza en él. Esto es necesario especialmente,
cuando una persona que ha caído en el error, se adelanta con las Evangélicas
palabras "Estoy arrepentido" y promete corrección. Qué a menudo esta
intención de la persona arrepentida es recibida con frialdad y desconfianza, y
el buen deseo de corrección desaparece, siendo reemplazado por ira y una
decisión destructora... ¿Quién responde por la destrucción de esta alma? Un
Cristiano sincero y amante, por lo contrario, recibe alegremente el buen deseo
del prójimo, dando énfasis a su total confianza y respeto hacia el arrepentido
sobre el sendero recto, soportándolo y fortaleciéndolo, ya que aún está débil y
vacilante. Naturalmente, a veces ocurre que una persona que ha prometido
corregirse, bien por debilidad de voluntad o por deseo consciente de defraudar,
abuse de la confianza del prójimo. Pero ¿acaso esto puede aplastar el
sentimiento de confianza y buena voluntad hacia su prójimo en el amor de un
creyente Cristiano, de ese amor del que el apóstol dijo que "todo lo sufre, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta?" (1 Cor. 13:7).
Uno de los defectos más importantes de la sociedad
contemporánea es la falsedad. Se manifiesta de formas muy variadas,
especialmente, en la forma corriente de mentir en la conversación general y en
la manera de engañar en la vida de los negocios. Es extremadamente peligroso
enfocar ligeramente este pecado que ahora encontramos por todas las partes. Se
considera completamente corriente el confirmar algo si se sabe o no se sabe si
es verdadero; el decir, "No estaremos en casa" para evitar un huésped
o al que telefonea; pretender estar enfermo, estando sano, etc. (a esto tenemos
que añadir los falsos "cumplidos" la adulación, la alabanza, etc.).
La gente olvida que la falsía viene del diablo, del cual dijo Cristo el
Salvador "El es un mentiroso y el padre de las mentiras." Así, pues,
el mentiroso es un colaborador y dispositivo del diablo. Ya en el Antiguo
Testamento se nos dice: "Los labios falsos son una abominación ante el
Señor."
Especialmente peligrosos son esas clases de falsedad como el
chisme y la calumnia. Todo el mundo sabe que el chisme es: una red de seducción
y falsedad, tejida por el diablo, que enreda y oscurece las buenas relaciones
de las personas entre sí. Este 'chisme' - el hijo de la falsedad y de las
cabezas vacías ha convertido en el rasgo más favorito de casi todas las
conversaciones. Aún peor y horrible es la calumnia, es decir: la falsedad
consciente contra una persona con la finalidad de dañarla. Esta clase de
falsedad es singularmente diabólica, pues la misma palabra 'diablo' significa
'calumnia.'
Cuando nuestro Señor Cristo Jesús reprochó a los escribas y
fariseos, generalmente les llamaba 'hipócritas,' indicando con ello esa
horrible forma de falsedad: la hipocresía, de la que estaban llenos estos
llamados guías del pueblo. Los fariseos eran pretendidos santos exteriormente,
pero en sus corazones y almas, eran maliciosos aborrecedores de la Verdad y del
Bien. Por esta razón, el Señor los asemejaba a sepulcros finamente fabricados,
sepulcros blanqueados, que eran bellos por la parte exterior, pero dentro
estaban llenos de huesos muertos y de cosas corruptas... El vicio de la
hipocresía está ampliamente extendido, incluso hoy día, en la modalidad de pretender
y desear parecer ser lo que uno no es: no ser, sino parecer. Un Cristiano
intenta, naturalmente, no parecer, sino ser bueno. Esto no es fácil, y
frecuentemente pasa casi desconocido por los demás, except6 para Dios que todo
ve. Y muchos, especialmente entre la juventud - intentan parecer más listos,
más bellos, más dotados, más desarrollados y más caritativos que lo que son
realmente. De este proceder así, obtienen ese mortal engaño e insinceridad que
ahora frecuentemente destruye las personas y su felicidad, que se halla
claramente basada sobre la falsedad y no sobre la verdad.
Ya hemos mencionado que la base de la relación de un
Cristiano con sus prójimos es el amor, intentando de ese modo hacer el bien a y
para ellos. El que no hace bien, no es Cristiano. Y este 'bien,' este amor por
el prójimo tiene que expresarse, definidamente en acciones de misericordia y
buena voluntad hacia todos. No sin razón nos ordenó amar, no solamente a los
que nos aman, sino también a los que nos odian. También en Su conversación
acerca del Juicio Temible, claramente indicó lo que nos será demandado
primeramente y ante todo en el Juicio. Ni riqueza, ni gloria, ni educación
tendrán significa do alguno allí. El principio del Juicio Temible será la
pregunta terrible y fatal para los egoístas y los que se aman a sí mismos:
"Cómo servisteis a vuestro prójimo?" Cristo enumera seis formas
particulares de ayuda física. En Su Amor, Compasión y Misericordia, El se
'identifica' con todas las personas desgraciadas y con todos los necesitados de
ayuda: "Estuve hambriento y Me disteis de comer; estuve sediento y Me
disteis de beber; estuve desnudo y Me vestisteis; estuve enfermo y Me
confortasteis; estuve en prisión y Me visitasteis." Y San Juan Crisóstomo
dice claramente: "Esta imagen de amor es múltiple y su demanda es
amplia." Ciertamente, la demanda concerniente a la misericordia abarca la
totalidad de la vida humana, y muchas veces dijo el Señor a Sus Santos que las
obras de misericordia y compasión cubren los pecados más grandes de una
persona.
Naturalmente, la ayuda Cristiana no se agota por las obras
de ayuda física. Igualmente, existe la ayuda espiritual, que es frecuentemente
más inmensurablemente más importante y valiosa. A veces, para una persona
desalentada, una sencilla palabra de compasión sincera, consuelo y comprensión
son más valiosas que cualquier ayuda material. ¿Quién argüiría contra el hecho
que no se puede valorar, en términos de dinero, el servicio de salvar a una
persona por medio de sincera compasión y palabras amables de, por ejemplo, el
vicio de la embriaguez o del pecado de suicidio? El Apóstol Santiago escribió
acerca de esta preciosa ayuda espiritual: "El
que convierte al pecador del error de su camino, salvará un alma de la muerte
(tanto los pecadores y la suya propia) y cubrirá una multitud de pecados" (Santiago
5:20).
Al terminar estas palabras acerca del deber de caridad al
prójimo, veamos la diferencia entre la caridad personal y la caridad pública.
Ejemplos de la primera son el dar limosnas a una persona necesitada, adoptar
huérfanos pobres, etc. Ejemplos de la segunda están la fundación de sociedades
de caridad, sociedades para ayudar la educación, refugios u hogares para niños,
para enfermos o personas de edad, etc. Sin duda alguna, la caridad es una virtud
preeminente, como nuestro Señor manifestó en el Evangelio. Tal ayuda personal
puede crear una relación de participación altamente Cristiana, gratitud y amor
mutuo. Esta clase de caridad directa, sin embargo, puede penetrar en personas
que abusan de ella, mendigando constantemente o empleando el engaño y la
ignominia.
Esto no ocurre en una caridad social que no es administrada
de manera casual, sino que está planeada y organizada, dando muchos beneficios
substanciales. Naturalmente, en esta forma de caridad, existen muchos menos de
esos lazos vitales de amor y confianza personales, como los que se forman en
casos de ayuda personal; pero entonces, toda persona que da un donativo aquí,
sabe que está participando de un modo vital y Cristiano en algo verdaderamente
serio y valioso.
Cuando el señor hablaba con los Apóstoles acerca de los
últimos tiempos, dijo que, entonces, "debido
a la multiplicación de la maldad, el amor de muchos se enfriará" (Mateo
24:12). Podría parecer que esta profecía ya_ se está cumpliendo en estos días:
días de enajenamiento y frialdad mutuas de relaciones. Esto es especialmente
perceptible ahora que los enemigos de la fe de Cristo están plantando la
envidia y la mala voluntad en las masas, en lugar del amor y la buena voluntad
de Cristo.
Y nuestro Salvador incluyó la envidia en la categoría de los
pecados graves. Por su misma esencia, la envidia es imposible en las personas
que son de disposición Cristiana. Pues, en toda familia buena, la envidia es
imposible cuando todos los miembros de la familia se regocijan de los éxitos de
cualquiera de sus miembros (que no envidian al triunfador). Este tiene que ser
el caso en las relaciones de todos los Cristianos Ortodoxos: una familia, como
hijos del Amante Padre Celestial. Por lo que el Apóstol Pablo nos exhorta a
llorar con los que lloran, sino también a regocijarnos con los que se
regocijan, como opuesto a los que envidian los éxitos de los demás. Para
liberarnos de los sentimientos de envidia, debemos recordar que nuestra propia
vanidad y competitividad egoísta se encuentra en la base de este sentimiento
pecador. En su egoísmo, la gente generalmente teme que no serán reconocidos
(sus méritos), que no les será dado lo que se les 'debe,' que otros se
colocarán más altos que ellos, etc. El Cristiano teme lo contrario: teme ser
colocado más alto que los demás y así ofenderlos.
Juntamente con la envidia, un fuerte enemigo de las buenas
relaciones entre las personas es el hablar mal en diversas ocasiones: hablando
falsamente, la afición a la argumentación, el discurso o lenguaje abusivo. ¡Qué
extraño es esto! La gente se está haciendo tan torpe y ciega que consideran
todos estos pecados sin importancia y ni se dan cuenta del pecado constante del
hablar 'mal.' Pero aquí se trata de lo que el Apóstol Santiago dice de estos
"pecados de la lengua" - "Ved
qué gran fogata puede provocar una pequeña chispa. Y la lengua es un fuego, una
iniquidad ilimitada... un miembro desenfrenado, malo, lleno de veneno
mortal." Y de nuevo dice que "si uno se considera como piadoso y
no pone brida a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, es un hombre
vano." También el Señor dijo claramente: "Por tus palabras serás
juzgado, y por tus palabras serás condenado." ¡Tan peligrosos son los
pecados de la palabra!
El más repulsivo de estos pecados de 'hablar mal,' es sin
duda alguna, el sórdido y repulsivo hábito de Juramentos que no se pueden
imprimir' y a los que están ahora atados tantos y tantos... ¡Qué gran vergüenza
es esto, qué sordidez, qué insulto a la pureza y a la castidad que el Señor
espera de nosotros y nos ha recomendado. Aún así, mucha gente piensa que todo
esto es "necedad" sin consecuencia?, olvidándose de las temibles
palabras: "Seréis juzgados por
vuestras palabras y seréis condenados por vuestras palabras" que ya
hemos citado. El Apóstol Santiago pregunta: "Pueden
brotar de la misma fuente el agua salada y la dulce?" Pero nosotros,
sin embargo profanamos nuestros labios con este repulsivo juramento e
imaginamos que las fragantes palabras de la pura oración a Dios fluirán de los
mismos labios; y con estos profanados y sucios labios aceptamos lo más santo de
todas las cosas santas: los purísimos misterios de Cristo. ¡No! "arrojad ahora todo: rabia, maldad,
hablar mal, la obscenidad de vuestros labios" - El que tenga oídos
para escuchar, ¡que escuche!
En contraposición de todas estas fuentes de mutua ira y de
argumentaciones, el Cristianismo nos llama para que seamos amantes de la paz y
el perdón de las ofensas todas. Nuevamente volvemos a los mandamientos de las
Beatitudes: "Bienaventurados son los
humildes, pues ellos heredarán la tierra... - Bienaventurados los
pacificadores, pues ellos serán llamados hijos de Dios." Una persona
humilde es sobre todo, una persona no maliciosa y sencilla, y completamente
opuesta a todo egoísmo. En ella no hay autosatisfacción o interés propio. Por
el contrario, busca ante todo lo que es beneficioso a los demás, y no para
ella. Mientras que la mayor parte de los egoístas generalmente se presentan
como un rebaño de lobos hambrientos, mordiéndose entre sí en sus esfuerzos de
capturar la presa arrancándosela de unos a otros, la persona humilde, cediendo
ante todos y ayudando en todo. Es digno de notarse que, de acuerdo con el
Evangelio, esta línea de conducta humilde es la más recta y sólida; pues nadie
más que ellos, los humildes, serán los que heredarán la tierra, aún cuando
pasen a través de esta vida, como las ovejas entre lobos, de acuerdo con la
clara imagen de nuestro Salvador.
Aún es más exaltada la virtud de la pacificación. Y la
recompensa de esta virtud es más elevada, Divina: "pues ellos serán
llamados Hijos de Dios." El pacificador Cristiano es, por esta acción,
como el primer "Pacificador": el Hijo de Dios, durante Cuyo nacimiento,
los ángeles cantaban: "Y en la tierra Paz..." La persona humilde crea
una atmósfera de consuelo y paz alrededor de ella y no irrita a los otros. El
pacificador intenta extender esta atmósfera de paz y buenas relaciones tan
ampliamente como sea posible, intentando reconciliar a los demás. Una lucha
semejante demanda un gran esfuerzo, paciencia y preparación para enfrentarse
con la fría falta de comprensión, escarnio, enemistad y oposición. Sin embargo,
un pacificador Cristiano está siempre preparado para todo esto, ya que sabe que
toda lucha Cristiana de las buenas acciones es más elevada y de mayor valor y
por eso encuentra dificultades y oposición.
La virtud del Evangelio del sufrimiento continuo está
orgánicamente ligada con la humildad y la pacificación, y debe ser un rasgo
distintivo de todo Cristiano. Se manifiesta sobre todo en el perdón de las
ofensas e insultos personales, como el Salvador nos ordenó, diciéndonos:
"Si alguien te golpea en la mejilla derecha, pon la izquierda
también." En otras palabras, no respondas a la violencia con la violencia,
sino responde al mal con bien. Y el Apóstol Pablo explica: "Si tu enemigo
tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. No venzas al mal,
sino vence al mal con el bien." Y su contrario: si una persona responde al
mal con el mal, entonces evidentemente se ha convertido en prisionero de este
mal y está derrotado por él (naturalmente, estamos hablando de ofensas
personales).
En la vida, observamos que muchas veces una persona que es
ofendida por alguien, se pone colérica y toma la venganza a veces. Pero la
venganza es, sin duda alguna, un pecado y, para el Cristiano, es totalmente
inaceptable. "Amados, no os venguéis aconseja el Apóstol Pablo. La
venganza es una completa traición al espíritu Cristiano de la humildad y del
perdón y demuestra la ausencia del amor Cristiano en una persona.
La situación es algo diferente en el asunto de la cólera. El
Señor no la prohibió como pecado, excepto en la cólera "en vano." Y
el Apóstol dice: Encolerízate y no peques, indicando de este modo que la cólera
puede ser también sin pecado. El Mismo Señor Cristo Jesús se encolerizó contra
la falsedad y la terquedad de los Fariseos (Marcos 3:5). Así, pues, la cólera
puede ser naturalmente legal y justa. Fue con esa cólera que San Nicolás el
Taumaturgo se levantó, en el Concilio Ecuménico, dio una bofetada en la mejilla
al herético Arius. Esta cólera vino de una fuente pura, celo ferviente por la
gloria de Dios. La cólera es pecaminosa cuando, primeramente, es injusta y en
vano. Esto ocurre frecuentemente cuando uno está enfrentado con la verdad y
esto hiere el egoísmo y amor que no estemos coléricos con los que ofenden
nuestro amor propio, sino que los valoremos como doctores espirituales que
revelan las llagas de nuestra alma orgullosa y jactanciosa. Y aún la cólera que
tiene un justo principio puede hacerse pecadora, cuando una persona la usa
intencionadamente con un corazón áspero. Entonces una persona armoniza su
propio corazón con la cólera y por esta razón, indudablemente peca. Hablando
contra esto, el Apóstol dice: "No permitas que el sol se ponga sobre tu
cólera."
Ya dijimos anteriormente que la venganza era inadmisible en
un Cristiano. Pero mucho más inadmisible es el duelo absurdo vestigio de la
Edad Media. Era distinto en la Edad Media, cuando la gente realmente creía que
la Verdad de Dios no permitirá que el inocente sufra, y entonces un duelo era
considerado como un juicio divino. Hoy no hemos admitido este pensamiento, y la
conciencia Cristiana revelada claramente nos dice que Dios a nadie dio el
derecho de emplear Su juicio en nuestra vida pecadora. Generalmente, los
duelistas no piensan en absoluto en Dios y son llevados por un absurdo concepto
del "honor." Como es sabido, este "honor" sentimiento de la
propia dignidad, "noble orgullo" etc., son esencialmente el mismo
orgullo impío y auto-exaltación, contra lo que nos previene el Cristianismo. La
consecuencia de un duelo, o su resultado dependen según la opinión pública, de
la pericia del oponente y de la "suerte ciega." En el concepto del
mundo actual, nada queda de la idea que la Edad Media tenia acerca del duelo.
No es en vano que el duelo es considerado como un embrollo
infernal de tres pecados: tomando la ley en la mano, crimen y suicidio. Un
duelo toma las veces de la ley misma, porque es un asunto arbitrario entre los
duelistas. Es crimen, porque cada uno de ellos va a matar al otro, y suicidio
porque ambos oponentes se colocan ante la bala o espada del enemigo...
Todas las cualidades de la relación de un Cristiano con su
prójimo: humildad, pacificación, gran paciencia, etc. claramente nos conducen a
una virtud básica y fundamental. Esta virtud es el Amor Cristiano, que es la
raíz y fuente principal de la Moralidad Cristiana.
Además del sistema moral ofrecido por el Cristianismo
Ortodoxo, hay también los sistemas morales y seculares no Cristianos. Mientras
que éstos están de acuerdo en muchos puntos con la enseñanza de la moralidad
Cristiana, sin embargo estos sistemas no reconocen el principio del Amor
Cristiano como la enseñanza básica sobre la moralidad. Parecen estar
horrorizados por la altura del Amor deseado por el Evangelio, y buscan
principios para si mismos que son más fáciles y más aceptables.
De estos sistemas seculares de moralidad, los mejor
conocidos y más ampliamente esparcidos en la vida práctica son: el eudomonismo
y el utilitarismo.
En cuanto al eudemonismo (epicureísmo), su base de moralidad
es la indagación o búsqueda por esa forma de felicidad que es natural para la
humanidad. Además, entiende la felicidad como la suma de las satisfacciones y
gozos por los cuales la vida se hace agradable. Sin embargo, los eudemonistas
difieren en sus opiniones de cuales son las satisfacciones que uno debe
precisamente buscar para ser feliz. Algunos de ellos (ya que no la mayoría)
hablan casi exclusivamente de las satisfacciones viles y sensuales. El Apóstol
Pablo describió el ideal básico de tal eudemonismo como: "Comamos y bebamos, pues mañana moriremos."
Otros eudemonistas, señalando que el entusiasmo por las
satisfacciones sensuales destruye el cuerpo y el alma de la persona,
recomendaban que no debíamos ser cautivados por éstas. Prevenían que debiéramos
más bien obtener satisfacciones que son más estables y prolongadas, y también
más espiritualizadas. Por ejemplo, la música, la poesía y varios tipos de arte
y ciencia en general.
Naturalmente, ninguna forma de eudemonismo es un principio
aceptable de moralidad para los Cristianos Ortodoxos. La cuestión fundamental
de la moralidad es la diferencia entre lo que es bueno y lo que es malo. Sin
embargo, el eudemonismo habla de lo que es agradable y lo que es desagradable.
Nadie podría argüir el punto que éstas están lejos de ser una y la misma cosa.
Claramente se ve que los eudemonistas quieren, en la vida práctica, siempre ser
egoístas que demandan voluntariamente y toman lo que es agradable para ellos
mismos, rechazando lo que es desagradable (aún cuando, actuando de otro modo,
pudiera ser agradable y beneficioso para los demás).
Además, ¿de qué moralidad podemos hablar en una situación en
la que todo el pueblo está procurando obtener solamente lo que le agrada?
Cuando se le enfoca desde el punto de vista estrictamente
Cristiano Ortodoxo, el eudemonismo se hace aún más insolvente y positivamente
absurdo. La Ortodoxia constantemente endereza los pensamientos de los fieles
hacia la inmortalidad del alma la cuenta propia de la vida de cada fiel y su
conducta en el Juicio. ¿Qué espera al egoísta eudemonista en el Juicio por
Aquél Que les preguntará acerca de asuntos de amor y ayuda a su hermano
doliente? Su suerte será el hado del rico en la parábola del rico y el pobre
Lázaro. No puede ser de otro modo, desde el momento que uno de los principios
fundamentales y bien conocidos del Cristianismo es: "Entrad por la puerta
estrecha, pues ancha es la puerta y ancho es el camino que conduce a la
destrucción, y hay muchos que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y
angosto el camino que lleva a la Vida, y pocos son los que la hallan."
(Mateo 7:1314).
El utilitarismo es la filosofía del bien común, siendo un
sistema algo mejor de moralidad no-Cristiana. Este sistema invita a que uno
haga lo que es beneficioso, mas bien que lo que es agradable a uno. Así y todo,
este sistema moral no puede ser denominado como solvente. El concepto de
'beneficioso' rara vez coincide con el concepto de 'bueno,' como algo
absolutamente bueno. La Medicina, por ejemplo, es beneficiosa para restaurar la
salud, pero, al mismo tiempo, las armas (revólver, cuchillo) son beneficiosas para
el ladrón en el cumplimiento desempeño de su intento malvado. Así, pues, el
principio de utilidad o provecho no puede ser establecido como una base de la
moralidad. Si expresamos este principio utilitario en forma concisa:
"Actúa de la manera que sea beneficiosa (es decir, ventajosa) para
ti" entonces, está claro que aquí nuevamente tenemos la elevación de aquel
crudo egoísmo que ya antes hemos mencionado.
Por esta razón, algunos filósofos utilitarios intentan
suavizar este ideal, recomendando que no solamente busquemos nuestra propia
ventaja personal, sino también el bien común, beneficio común que es lo que
ellos dicen, que es el bien personal de cada individuo ha de ser hallado. En
este caso, el utilitarismo aparece de una forma más ennoblecida y suave. Sin
embargo, sigue reteniendo su primera insolvencia básica: el hecho de que los
conceptos "útil" y "bueno" no coinciden necesariamente. En
segundo lugar, hay situaciones en la vida práctica en las que podemos estar
reprimidos del crimen por sentimientos religiosos (aprensión de violar la ley
de la Verdad Altísima) pero no por el seco raciocinio del utilitarismo. Este no
puede dar un apoyo moral, cuando estamos vacilando al borde de la tentación...
Así, pues, los Cristianos Ortodoxos de ninguna manera pueden
aceptar ni el eudemonismo, ni el utilitarismo como sistemas solventes de
moralidad. Estos sistemas se encuentran ahora ampliamente desarrollados, pero
tenemos que observar sin embargo, que sus adherentes son a menudo personas
completamente de orden. ¿Por qué? Porque mucha de la moralidad y opinión
sociales aún llevan impresas la marca de la influencia del Cristianismo... Y es
solamente por esta causa que las personas que se consideran ser eudemonistas o
utilitarios pueden, en la vida real, ser honorables y ordenados. Debido a esta
influencia moral Cristiana, las ideas eudemonistas y utilitarias están
frecuentemente revestidas de un mando de idealismo Cristiano.
§
El Amor Cristiano Como
Principio de Moralidad
Hemos observado que esos sistemas de moralidad que no se
encuentran basados sobre la enseñanza Evangélica del Amor, son insolventes.
También hemos observado que la moralidad Cristiana está completamente
establecida sobre la ley del Amor; esta ley es la base y cumbre de ella.
¿Qué es exactamente el Amor Cristiano? En su estado
completamente desarrollado, es el más elevado, poderoso y radiante de todos los
sentimientos humanos. Se manifiesta como una experiencia de una proximidad
especial, espiritual y moral, de una gravitación interior fortísima de una persona
hacia otra. El corazón de una persona que ama está abierto para aquél que es
amado, y está dispuesto a recibirlo en el suyo y dispuesto a darse al otro.
"A vosotros, Corintios," el Apóstol Pablo escribió a sus amados hijos
espirituales: "Nuestro corazón está agrandado para vosotros... hay sitio
para vosotros en nosotros." "Así,
pues, todos sabrán que sois mis discípulos, si vosotros tenéis amor entre
vosotros" (Juan 13:35) dijo el Señor Cristo Jesús a Sus Apóstoles (y
por medio de ellos, a todos nosotros).
El Amor Cristiano es un sentimiento especial que nos atrae
hacia Dios Quien es el AMOR MISMO, según las santas palabras de Su Amado
Apóstol (1 Juan 4:8).
En la esfera de los sentimientos terrenos, no hay nada más
elevado que un amor que está dispuesto al sacrificio propio. Y la historia
total de la relación de Dios con el hombre es una historia continua del
auto-Sacrificio del Amor Divino. El Rey Celestial conduce al pecador (el que se
ha opuesto a El y Le ha traicionado) de la mano hacia su salvación, El ni
siquiera excusa a Su Hijo Unigénito. El Hijo de Dios bajó del Cielo, tomó
carne, sufrió y murió para El, por medio de la Resurrección, pudiera dar al
pecador esa bendita eternidad que había perdido por su propia traición. Más
aún, antes de Sus sufrimientos, El dio a Su fiel un testamento, un mandamiento
e ideal de Amor: "Del mismo modo que
Yo os amé, igualmente vosotros también amáos los unos a los otros."
Tal es el ideal del auto-abnegado Amor Cristiano. Este
abarca a todos, no solamente a los amigos que le aman, sino a los enemigos que
le odian. En el Evangalio el Señor dijo claramente: "Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues incluso los
pecadores aman a los que los aman" (Lucas 6:32). Con estas palabras,
el Señor nos previene contra el carácter egoístamente interesado del amor
pagano, no-Cristíano. En este amor egoísta, el elemento principal es nuestro YO
físico, nuestra propia gratificación que recibimos de este sentimiento. El
Señor mandó algo más a los Cristianos: "Amad a vuestros enemigos, bendecid
a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os
ofenden y os persiguen. Así, pues, un Cristiano ama a los demás, no por su
buena o servicial disposición, sino por sí mismos; los ama en si mismos y el
amor del Cristiano busca su salvación, aún cuando ellos le traten como a un
enemigo.
Quizá en ningún sitio de la Santa Escritura están reveladas
tan claramente la esencia y naturaleza del amor Cristiano como en el capítulo
trece de la Epístola de Pablo a los Corintios. Este capítulo es llamado con
toda propiedad "el himno del amor Cristiano." En él, compara el
Apóstol al amor Cristiano con varios dones y virtudes espirituales. Llama al
Amor el sendero más excelente (al final del capítulo doce), y seguidamente
explica, con una inconmovible convicción, cuánto mucho más elevado que todos
los dones y experiencias humanas.
"Aunque yo hable
con las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero si no tengo amor," dice el Apóstol, "entonces soy como bronce que resuela o
címbalo que retiñe" (como objetos sin espíritu y actúan solamente
sobre los sentidos externos del hombre y no en su corazón). Y todos los más
elevados dones y virtudes: profecía, comprensión de todos los misterios,
taumaturgia, fe, combates de autonegación y martirio; sin amor son nada, y
solamente adquieren su dignidad del amor.
"El amor es sufrido y misericordioso, no tiene envidia
ni es jactancioso, ni indecoroso de conducta." Nos hace pacientes, mansos,
humildes y de buena voluntad hacia todos.
"El amor no busca lo suyo propio, no se irrita
fácilmente, no piensa mal, no se regocija de la iniquidad, sino que se regocija
en la Verdad."
Esta es una fuerza victoriosa, el poder del amor humilde,
que destruye el egoísmo y el mal que anidan en el corazón humano. Este
verdadero amor siempre busca la verdad y lo real y no la falsedad y la
cortesía. Finalmente, "El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser."
Verdaderamente, nunca. Nada le romperá, ni juicios ni
tormentos, ni penas, ni privaciones, ni desencantos. E irá con un Cristiano a
un mundo nuevo y mejor, donde florecerá en toda su plenitud, cuando todos los
otros dones hayan desaparecido, y la fe y la esperanza hayan cesado ya. La Fe
será reemplazada por la visión de la Realidad, "cara a cara"; y la
esperanza llegará a su 'realización'; EL AMOR SOLAMENTE REINARA POR LOS SIGLOS
DE LOS SIGLOS: ETERNAMENTE. Y por eso, el mismo Apóstol dice: "El Amor es el cumplimiento de la
Ley..." (Romanos 12:10).
La tarea básica del Cristianismo Ortodoxo es enseñar a las personas a vivir de acuerdo con la Voluntad de Dios para, por medio de esto, sean llevadas a la bienaventuranza eterna. Algunas personas vanamente desean reducir el Cristianismo a una estrecha esfera individualizada de experiencias religiosas. Sin embargo, el Cristianismo es vida; es un nuevo sello sobre todas las relaciones vitales de las personas. Y ninguna persona imparcial dudaría o se opondría al hecho de su influencia sobre la vida. Es suficiente señalar que aún cuando la vida y conducta de las personas en la tierra se hayan alejado de los ideales Cristianos, sin embargo sus conceptos y puntos de vista fueron formulados sobre el tipo Cristiano. El trabajo de muchos de los mejores artistas y científicos lleva una clara señal Cristiana sobre el mismo. Además de eso, fenómenos tan consoladores como la desaparición de la esclavitud, la aparición de toda una serie de instituciones de caridad e instrucción, y otras muchas cosas, indudablemente están obligadas al Cristianismo para sus comienzos. Pero quizá, la influencia transformadora y promotora del Cristianismo donde se ha experimentado más que nada es en la célula del orden de la vida social: la familia.
La gran responsabilidad para una persona Ortodoxa es la
elección de un amigo/a para toda la vida. La palabra de Dios dice del
matrimonio Cristiano: "dos serán una
sola carne," es decir, en el matrimonio dos personas un organismo, una
vida común. Una esposa Ortodoxa piensa ante todo en su marido, y después en
ella. Igualmente, el marido primeramente de su esposa, y después, de él mismo.
El Señor atemperó esa unión marital Cristiana con Su Divina palabra: "Lo que Dios une, que no lo separe el
hombre." Es digno de ser notado que en el matrimonio Cristiano, el
amor de los cónyuges es del mismo carácter de dejación del yo y de autonegación
por lo que se distingue el amor Cristiano. Con mucha razón el Apóstol Pablo
compara la unión marital con la unión de Cristo y de la Iglesia, y dice: "Esposos, amad a vuestras esposas, como
Cristo amó a la Iglesia y se entregó a Si mismo por Ella" (Efesíos
5:25). En el matrimonio Cristiano, la unificación de las personas que se aman
se convierte así en omni-abarcante y plena, la dedicación mutua de los cónyuges
tan profunda y absoluta, que se parecen el uno al otro en todo, y a veces (en
la madurez) incluso llegan a parecerse físicamente. Y su vida pasa en total
acuerdo, en dedicación total a la voluntad de Cristo el Salvador y Su Santa
Iglesia.
En nuestros días es difícil soportar el ver la relación
impetuosa, imprudente y completamente no cristiana relación de la juventud
frente a esta seria cuestión. Hoy día observamos continuamente cómo se contraen
los matrimonios, no con un sentimiento serio, profundo y controlado de amor,
sino con la emocionalidad de "estar enamorados," sentimiento que no
es serio, ni profundo y no muy elevado desde el punto de vista moral.
Frecuentemente, la "substancia de estar enamorados" es, por
desgracia, esencialmente puro sensualismo animal, solamente la "agitación
de la sangre joven" incluso a veces no joven, sino sucia, irascible.
Juntamente con esto, en el tiempo prematrimonial de semejantes matrimonios, en
los que podemos constantemente observar engaño y el propio embellecimiento de
cuerpo y alma, deseo hipócrita no de ser, sino de parecer que uno es mejor y
más bello. Sin embargo, la vida no puede edificarse más que sobre la verdad; no
puede sobrevivir sobre la falsía. De aquí se siguen el desencanto de los
cónyuges y la aberración de los divorcios.
El matrimonio cristiano es una vida sencilla, vivida por dos
en unificación. Con los años, la vida marital solamente se fortalece, se hace
más profunda, más espiritual. Naturalmente, el amor apasionado unido a la
inclinación sexual natural de cada persona y también la atracción puramente
física, también entran en el amor marital Cristiano. Sin embargo, en un
matrimonio verdaderamente Cristiano, tal amor apasionado entra en el efecto
solamente de manera incidental, y nunca tiene la misma significación y fuerza
como en las uniones maritales no Cristianas. En las vidas de los Santos, vemos
multitud de ejemplos en que los esposos, de mutuo acuerdo, renunciaron a la
vida sexual, bien desde el mismo comienzo del matrimonio o incluso después de
cuarenta años. Es digno de observarse que en un matrimonio semejante, cuando
los cónyuges viven "como hermano y hermana" ascéticamente, su mutuo
amor se distingue por una especial fuerza de devoción, omni-abarcante fidelidad
y mutuo respeto. Así consagra el Cristianismo, eleva y transforma una unión de
matrimonio.
En una familia Cristiana, no solamente se considera la
relación de marido y esposa, sino también la de los hijos con sus padres. De
nuevo el Cristianismo coloca su marca sobre esta interrelación.
En toda familia buena tiene que haber, sin falta, una
sencilla vida familiar. El "nuestro" siempre tiene que tener
preferencia al personal "mi" en esta relación. No es en vano que
todos los miembros de la familia tienen el mismo apellido, pues tienen que
vivir una cordial vida común. La cabeza de la familia es el marido. El
bienestar de la familia está basado sobre él y sobre su trabajo. La familia es
su primer deber. De aquéllos que no cuidan su propia familia, dice el Apóstol
Pablo lisa y llanamente: "Si alguien
no cuida de lo propio, y especialmente de su propio hogar, éste ha negado la fe
y es peor que un descreido" (1 Timoteo 5:8).
Frecuentemente ocurre que, al guiar a sus hijos hacia uno u
otro sendero, los padres actúan tan en contra de la voluntad de las inclinaciones
del niño y el deseo de su corazón que generalmente son injustos. El Apóstol
Pablo habla contra esto, sutilmente diciendo: "Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten...
sino criadlos en la enseñanza e instrucción del Señor" (Col. 3:21;
Efesios 6:4). El exigir de los niños lo que excede su fuerza, solamente les
sumerge en la desesperación. Hay aún una injusticia mayor: para un niño, el
padre es la máxima autoridad, y ¡ay! si su autoridad traiciona ese sentimiento
de confianza, sentimiento que es más fuerte en el niño que en un adulto. Esto
es seguido por una situación que es sencillamente ineludible para el niño. No
obstante, es aún peor cuando los padres miman demasiado a sus hijos, o son
demasiado condescendientes con ellos y frecuentemente les dejan sin
supervisión. El niño puede recibir una gran ruina moral de esto; como ya hemos
visto, la palabra de Dios ordena a los padres educar e instruir a los niños en
la ley del Señor...
La cuestión de educar a los niños falla en primer lugar por
la madre. Esto es natural, desde el momento que nadie está tan cercano al alma
y al corazón del niño como su madre. No sin razón el niño corre directamente a
su madre, llamando "Mamá" cuando se le daña. Hay ante la madre una
gran tarea: educar a un hijo o hija como creyente Cristiano, bueno,
responsable, amante del trabajo, útil para la Iglesia y la sociedad e incitar
al niño así por la palabra y el ejemplo y el amor y puntualidad. Esto es el
santuario de su servicio al Señor; su trabajo es no menos importante que el
trabajo del marido para la familia. ¡Vergüenza y deshonor para esas madres que
esquivan la educación de sus hijos, entregándolos para ser cuidados por
personas alquiladas, olvidando lo fácil que es arruinar o macular el alma del
niño! Además, ¿acaso puede cualquiera reemplazar a la madre del niño?
Pero los hijos tienen que comprender sus responsabilidades
no menos que los padres. Todos conocemos el quinto mandamiento de la ley de
Dios, sobre honrar a los padres. El Apóstol Pablo invita a los hijos a
"someterse a sus padres en el Señor, pues lo exige la justicia." Y,
naturalmente, este requerimiento es puesto de manifiesto precisamente por la
justicia. Pues los hijos están obligados en todas las cosas a sus padres,
quienes cuidan de ellos, amando, trabajando, negándose así mismos en muchas
cosas, educando a sus hijos por su propio amor, frecuentemente incluso
ayudándoles cuando ya se han hecho adultos y personas independientes.
¡Cuán frecuentemente, no obstante, se viola el quinto
mandamiento entre nosotros! Incluso esos mismos hijos que están convencidos que
aman sincera y profundamente a sus padres, muchas veces no los cuidan, lo que
significa que no los honran. El amor siempre está unido a la obediencia. Y
cuanto mayores se hacen los hijos, más voluntariosos se hacen,
desgraciadamente, afrontando a sus padres, reprochándoles a la cara por su
"pesadez" y no su autoridad en algo. ¿Acaso es esto el respeto para
los padres?..
Así, en su sentido básico, el quinto mandamiento habla de
honrar a los padres. Todavía, también habla considerando a todos aquéllos que
ocupan unas posiciones similares para un Cristiano: profesores, educadores,
etc.; y especialmente, a los representantes de la autoridad legal que guardan
el orden de la sociedad.
El Apóstol Pablo nos aconsejó orar "por los que rigen el pueblo y por todas las autoridades" y
en muchos lugares de sus epístolas, nos enseñó a someternos a las autoridades.
Naturalmente, más importante para el Cristiano, es honrar a las autoridades de
la Iglesia: los pastores de la Iglesia, especialmente los obispos, y también el
pastor que es su padre espiritual y responde ante Dios de nuestra alma. El
Apóstol Pablo dice: "Someteos (a
vuestros instructores espirituales), pues
ellos velan por vuestras almas y tienen que dar cuenta." Y el Señor
Mismo dijo a Sus apóstoles, y en sus personas a los pastores de la Iglesia: "El que os escucha, a Mi me escucha,
pero el que no os escuche, no Me escucha a MI."
§
Familia - Sociedad y
Patriotismo
Una familia fuerte y sana es la primera unidad básica de la sociedad y del estado. El estado más fuerte y mejor organizado llegará a una condición de decadencia y desintegración, si su unidad familiar decae y no hay bases de vida familiar y educación. Si, por otra parte, la unidad familiar es fuerte y la educación es sana, entonces, en el caso de una mayor destrucción exterior de las formas de la vida de estado, las personas permanecen capaces de continuar la vida y pueden reestablecer la fuerza y unidad del estado.
Tenemos que recordar que una familia Cristiana no tiene que
estar totalmente aislada dentro de si misma, convirtiéndose en un
"gallinero." Tal vida es la vida de una familia egoísta. El hombre
que vive una vida semejante, no tiene ninguna clase de intereses fuera de su
familia, no desea saber nada acerca de las alegrías y penas del mundo
circundante, no sirviéndole de manera alguna. Naturalmente, una vida semejante
no es una vida Cristiana y una familia semejante no es una familia Cristiana.
Como ya hemos dicho antes, la familia Cristiana es precisamente la célula de la
sociedad, y por tanto, una parte indisolublemente unida a la totalidad.
Participa enérgicamente en la vida social, sirviendo a sus prójimos, tomando
constantemente interés por ellos y dándoles tanta ayuda como pueda.
Sin embargo, eso no es suficiente. De acuerdo con la
luminosa enseñanza del Nuevo Testamento, las relaciones de un Cristiano en la
vida, no deben estar encerradas dentro del marco de la familia, ni dentro del
marco nativo, y gubernamental. No, en su amor, el Cristianismo es
internacional. Para un Cristiano, toda persona, no importa a qué nación
pertenezca, es su hermano a quien tiene que amar, de acuerdo con el mandamiento
de nuestro Salvador. Esto está claramente afirmado en la parábola del buen Samaritano
y especialmente, en su conclusión categórica. En esta parábola, el Salvador
mostró al fariseo el grado de misericordia y amor que el buen Samaritano
dispensó al Judío robado y herido, miembro de una nación hostil a los
Samaritanos. Es más, El dijo al fariseo: "Ve y haz tu lo mismo." Tal
es la ley del Amor Cristiano.
Pero, si los Cristianos estamos llamados a tal amor a todos
sin distinción, eso no quiere decir que estemos obligados a aceptar el
cosmopolitanismo, enseñanza sobre la hermandad de todas las naciones y en el
que el hombre es un "ciudadano de todo el universo" y no de su propio
estado. De acuerdo con esta enseñanza, la humanidad tiene que convertirse en
una familia, sin ninguna clase de distinciones y divisiones gubernamentales y nacionales.
No podemos dudar que la parte positiva del cosmopolitanismo,
tomó sus llamamientos de hermandad, amor y ayuda mutua directamente del
Cristianismo. Estos llamamientos son puramente Cristianos. Sin embargo,
solamente estas ideas Cristianas son de valor en el cosmopolitanismo. No
obstante, éste ha añadido mucha falsedad y error tergiversados a este elemento
de Verdad.
A causa de esto, su enseñanza se ha convertido en algo
estrechamente unilateral y artificial, y por tanto, no vital. Tales errores
incluyen todos los dogmas del cosmopolitanismo que hablan contra los
sentimientos de patriotismo y del deber de servicio a la tierra nativa, su buen
estado y su seguridad.
Realmente, podemos observar que las vidas de los verbosos
predicadores del cosmopolitanismo son secas e incapaces de sinceras relaciones
de compasión. Con espuma en la boca pregonan a voz en grito su amor por la
humanidad, pero no pueden amar a su prójimo como es debido. El Cristianismo no
enseña este falso cosmopolitanismo unilateral. Cristo nos dijo que tengamos, no
un artificial "amor por la humanidad sino real amor por nuestro prójimo.
Para un Cristiano, semejante prójimo," es toda persona en general (por lo
tanto, un Cristiano tiene que amar a todos), y en particular, a toda persona con
la que nos encontramos en nuestra vida diaria. La vida Cristiana se
'manifiesta, sobre todo, precisamente en estos encuentros personales, en vivir
este trato mutuo, ayuda mutua y compasión. ¡Cuán distante de esto es la
enseñanza unilateral del cosmopolitanismo con sus llamamientos a un artificial
"amor a la humanidad"; un amor que está alejado de las realidades de
la vida.
Cuando el hombre es aún niño, su prójimo son sus padres,
hermano, hermanas, y todos los familiares. En esa época, es suficiente que sea
bueno, amante, y un miembro atento y dedicado de la familia. Creciendo
gradualmente durante la niñez y la juventud, uno desarrolla relaciones
personales y vitales con muchas más personas y ellos se convierten en mías
propias para él. En ese tiempo, una buena educación debe enseñar al niño la
manera de tratar a esos prójimos de un modo Cristiano: ser amistoso, de buena
voluntad, estar preparado siempre a ayudar, y prestar todos los servicios que
sean posibles. Cuando la persona 'madura,' su horizonte se expande y todo ser
humano se transforma en su 'prójimo,' sin que importe la nación o raza a la que
puedan pertenecer.
Naturalmente, amaremos a la propia familia y a los parientes
con los que crecimos, la mayor parte de ellos, y en segundo lugar, a todo el
país o nación y a las personas que pertenecen a él o ella. Todos estamos atados
a estas personas tanto por obligaciones de estado o civiles, así como por la
cultura y costumbres. Estamos unidos a nuestro pueblo, a nuestra patria y los
amamos a todos. Este amor por la patria es ese patriotismo contra el cual
luchan tan fuertemente los cosmopolitanistas.
El patriotismo Cristiano es, naturalmente, ajeno a esos
extremos y errores en los que caen los "super-patriotas." Un patriota
Cristiano, mientras que ama a su nación, no cierra los ojos a sus
insuficiencias, sino que sobriamente contempla sus propiedades y
características. Nunca estará de acuerdo con esos 'patrioteros' que están
inclinados a elevar y justificar todo lo nativo, aún los vicios e
insuficiencias. Tales 'patrioteros, no se dan cuenta que esto no es patriotismo
en absoluto, sino exaltado orgullo nacional, ese mismo pecado que el
Cristianismo combate tan fuertemente. Un verdadero patriota no cierra los ojos
a los pecados y enfermedades de su pueblo; él los ve, se lamenta de ellos,
lucha con ellos y se arrepiente ante Dios y los demás pueblos por sí mismo y
por su nación. Además, el. patriotismo Cristiano es completamente ajeno al odio
de otros pueblos. Si yo amo a mi propio pueblo, entonces ciertamente debo
también amar a los Chinos, a los Turcos y a todos los demás pueblos. El no
amarlos no seria Cristiano. No, Dios les concede bienestar y todo éxito justo.
La información más importante que encontramos, está en la
Sagrada Escritura. En el Antiguo Testamento, toda la historia del pueblo Judío
está llena de testimonios de cómo el pueblo Judío amaba a su Sión, a su
Jerusalén, a su Templo. Esto era un modelo de verdadero patriotismo, de amor
por el pueblo propio y sus cosas sagradas... El profeta Moisés mostró un ejemplo
impresionante del amor por su pueblo. En una ocasión, inmediatamente después de
la conclusión del Testamento de Dios, el pueblo Israelita traicionó a su Dios y
adoró a un becerro de oro. Entonces, la justicia de la Verdad de Dios se
inflamó fuertemente y Moisés comenzó a orar por su pueblo que había pecado.
Permaneció en la montaña durante cuarenta días y cuarenta noches en oración. El
Señor le dijo: "Aléjate de Mi, no Me detengas, para que Mi justicia se
encienda sobre ellos y los destruya." (NOTA: En estas palabras de Dios,
hay un notable testimonio acerca del poder de la oración por parte de una
persona justa, por la cual, claras palabras de San Juan Crisóstomo "ata a
Dios").
El gran profeta comenzó a orar aún más fervientemente y
finalmente exclamó:
"Perdónales su pecado, y si no quieres, entonces
bórrame también de Tu libro de Vida." Y el Señor escuchó a Moisés. ¿Acaso
no es esto la batalla importante del patriotismo que se niega a si?
Vemos también un ejemplo semejante en el Nuevo Testamento,
en la vida del gran Apóstol Pablo. Nadie estorbaba su trabajo de predicación de
manera mas colérica y obstinada que las gentes de su país. Odiaban a Pablo y lo
consideraban como un traidor de la fe de sus padres. Sin embargo, el Apóstol
dice: "Porque deseara yo mismo ser
anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes
según la carne; que son israelitas, de los cuales." (Romanos 9:34).
Por estas palabras vemos su amor por su país natal. Este amor era tan grande
que, como Moisés, estaba preparado al sacrificio incluso el suyo personal, su
eterna salvación por la salvación de su pueblo.
Tenemos un ejemplo también en la vida del Mismo Salvador. En
el Evangelio leemos que El vino solamente a Su propio pueblo y les habló a
ellos los primeros de todos. En otra ocasión, dijo, mirando a Jerusalén: "¡Oh Jerusalén, Jerusalén! que matas a
los profetas y lapidas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a
tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no
quisiste!" (Lucas 13:34-35). Cuando cabalgaba hacia Jerusalén a los
gritos de "Hosannah," cuanto todo el pueblo se regocijaba, el
Salvador lloró. No lloró por El Mismo, sino por esta Su cuidad, y por la ruina
de aquéllos que estaban entonces aclamándole: "Hosannah," pero que a
los pocos días gritaría: "¡Crucifícale!" Así amaba El a Su propio,
con un amor profundo y conmovedor.
Por lo tanto, el sentimiento del Patriotismo no es rechazado
y condenado por el Cristianismo. No condena, a pesar de las falsas perspectivas
de los cosmopolitanos, la rectitud del preeminente amor por sus prójimos. Ya
conocemos las palabras del Apóstol: "porque
si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha
renunciado a la fe, y es peor que un incrédulo" (1 Timoteo 5:8).
Una vez más ponemos especial énfasis en que tal amor y
cuidado no tiene que ser un amor egoísta y egocéntrico. Mientras que cuidar de
aquéllos con los que estamos en contacto directo es correcto, un Cristiano
nunca debe olvidar a los demás en su amor Cristiano: su prójimo y hermanos en
Cristo. Para terminar, citemos estas palabras del Apóstol Pablo (Gálatas 6:10):
"Así que, según tengamos
oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente, a los de la familia de la
Fe."
Naturalmente, este patriotismo Cristiano de que hemos
hablado, requiere de cada uno de nosotros, un servicio tan grande como sea
posible a la nación. El valor de semejante servicio es aún más significativo,
si se hace abnegadamente, libre de toda clase de cálculos y consideraciones
materiales. Una persona sirve al país de una u otra manera, cuando participa en
su vida, por ejemplo, en la prensa o en las elecciones civiles, etc. En esto,
debemos procurar beneficiar al país entero, al pueblo entero, y no a los
propios intereses personales o de partido; de este modo, nuestra conciencia
estará en paz. Es posible que uno no alcance un gran éxito externo, pero, sin
embargo, que cumpla el deber de un patriota y de un hijo fiel de la nación, de
una manera honorable y Cristiana.
Hay un dicho popular que dice: "Se conoce al amigo en
la desgracia" o "Los amigos se conocen en las ocasiones." El
amor por la nación se manifiesta más claramente en tiempos de prueba o
turbulencias. Todos sabemos cómo se siente uno cuando alguien próximo a nosotros
se encuentra enfermo. No queremos diversiones o satisfacciones. En nuestra
tristeza y preocupación, a veces, ni queremos comer, ni beber, o dormir. Uno
que ama verdaderamente a su nación, manifestará sentimientos similares durante
las épocas de conflictos nacionales. Si nuestro corazón no está lleno más que
con nuestras experiencias e intereses personales, si nos lamentamos y
suspiramos, mientras nuestros hechos permanecen lejos de nuestras palabras,
entonces nuestro amor por la nación es ciertamente insignificante.
Uno de nuestros más claros y abnegados esfuerzos de servicio
a la patria propia es morir por la nación. Un soldado Cristiano es un defensor
de la patria, que cumple exactamente el precepto de Cristo: "No hay mayor
amor que dar la propia vida por sus hermanos."
La guerra, en si, es absolutamente mala, un fenómeno
extremadamente triste y totalmente contrario a la misma esencia del
Cristianismo. Las palabras no pueden expresar la felicidad que sería, si los
países proscribieran la guerra entre si y que la paz reinara en todo el mundo.
La triste realidad habla de manera totalmente contraria. Unicamente algunos
soñadores muy alejados de la realidad y algunos sectarios estrechamente
unilaterales pueden pretender que la guerra puede ser arrancada de la vida
real.
Es perfectamente correcto señalar que la guerra es una
violación del Mandamiento de Dios: "NO MATARAS!" Nadie osará
contradecir esta afirmación. Así y todo, vemos en la Sagrada Escritura que en
ese mismo tiempo del Viejo Testamento, cuando fue dado este Mandamiento, el
pueblo Israelita luchó por orden de Dios, y derrotó a sus enemigos con la ayuda
de Dios. Consecuentemente, el significado del Mandamiento "NO
MATARAS" no se refiere incondicionalmente a todo acto de quitar la vida de
una persona. Este Mandamiento prohibe: matar por venganza, en cólera, por
decisión personal o acción voluntaria. Cuando nuestro Salvador explicó el
profundo significado de este Mandamiento, señaló que prohibe no solamente el
matar de hecho, sino también, la cólera vana.
No obstante, en una conversación con los apóstoles acerca de
los últimos días, el Señor les dijo: "Oiréis
de guerras y relaciones de guerras, no os alarméis; porque es necesario que
estas cosas acontezcan priméro" (Lucas 21:9). Con estas palabras, el
Señor refuta todas las afirmaciones que la guerra séa evitable.
Si, ya hemos examinado el hecho de que la guerra es un
fenómeno negativo. Así y todo, existirá, a veces como la única defensa de la
verdad y de los derechos humanos, o contra una captura, una invasión brutal y
contra la violencia. Solamente estas guerras de defensa son reconocidas en la
enseñanza Cristiana. En efecto, conocemos el siguiente suceso en la vida de San
Atanasio de la Santa Montaña.
El Príncipe Tornikian de Georgia, eminente estratega de las
armadas Bizantinas, fue recibido en el monasticismo en el Monasterio de San
Atanasio. Durante la época de la invasión Persa, la Emperatriz Zoe volvió a
llamar a Tornikian para ponerse al mando de los ejércitos. Tornikian rechazó
totalmente, por la razón de que era un monje. Pero San Atanasio le dijo:
"Todos somos hijos de la patria nuestra y estamos obligados a defenderla.
Nuestra obligación es guardar la patria contra los enemigos por medio de
oraciones. Sin embargo, si Dios juzga conveniente que usemos nuestras dos manos
y nuestro corazón para el bien común, debemos someternos por completo. Si tú no
obedeces al que gobierna, tendrás que responder de la sangre de tus
compatriotas, a quienes no quisiste salvar." Tornikian se sometió, derrotando
al enemigo y libró a su patria del peligro.
En una conversación con Mahometanos, acerca de la guerra,
San Cirilo el Instructor de los Eslavos, dijo: "Nosotros humildemente
sufrimos las ofensas personales; pero en cuanto a la sociedad, nos defendemos,
dando nuestras vidas por nuestros prójimos."
Naturalmente, uno puede pecar y pecar grandemente, mientras
se participa en la guerra. Esto ocurre cuando se participa en la guerra con un
sentimiento de odio personal, de venganza, o vanagloria y con finalidades personales
de orgullo. Por el contrario, cuanto menos piensa el soldado sobre sí mismo, se
acerca más y más a la corona del martirio.
Ahora examinemos la cuestión de la relación del Cristianismo
con el Comunismo, más exactamente, con esa forma particular de comunismo que ha
aparecido ahora, como, un intento de realizar las ideas del socialismo. Esta
forma de comunismo surgió en la historia como un enemigo jurado y severo del
Cristianismo. Por su parte, el Cristianismo se reconoce como absolutamente
extraño y hostil al Comunismo, a su mismo espíritu, al total contenido de su
ideología.
La historia de la Iglesia, durante los tiempos Apostólicos,
nos dice que en aquella época tenía su propio Comunismo Cristiano, cuando los
fieles tenían todo en común, como dice el Libro de los Hechos de los Apóstoles.
Incluso ahora, este comunismo Cristiano existe en la forma de Monasticismo, que
es considerado como la mejor forma de la vida ascética Cristiana. De tal
manera, el compartir la propiedad desde el punto de vista Cristiano es, no
solamente aceptable, es más que eso: es una manera o tipo brillante e
idealmente noble de la interrelación Cristiana, ejemplos de lo cual existían y
existen actualmente en la vida de la Iglesia Ortodoxa.
¡Qué gran diferencia entre este comunismo Cristiano y el
Comunismo Soviético! El uno está tan lejos del otro, como el cielo de la
tierra. El comunismo Cristiano no es una finalidad independiente en sí misma,
hacia la cual se esfuerza el Cristianismo. No, es el resultado y nacimiento de
un espíritu de amor lo que respiraba la Iglesia de la historia primitiva.
Además de esto, el comunismo Cristiano era totalmente voluntario. En él nadie
decía: "Da lo tuyo: nos pertenece" Al contrario, los Cristianos
mismos se sacrificaban de tal modo que "nadie decía que algo de su
propiedad era suyo" En lo que concierne al comunismo Socialista, el
reparto de la propiedad es una finalidad en sí misma que necesita ser
conseguida a cualquier precio, sin más consideraciones. El Comunismo alcanza su
finalidad de una manera puramente coercitiva, no deteniéndose en los medios
empleados, ni siquiera el golpear a los que no están de acuerdo... La base de
este comunismo no es la libertad como en las comunidades Cristianas, sino
coerción; nada de amor que se auto-sacrifica, sino la envidia y el odio...
En su lucha contra el Cristianismo, el comunismo Soviético
llega a tales excesos que excluye incluso la justicia más elemental que está
reconocida por todo el mundo. En su ideología de clase, el comunismo Soviético
pisotea la justicia. El objeto de su trabajo no es la felicidad común de todos
los ciudadanos del estado, sino solamente los intereses de una sola clase. Todo
el resto de grupos estatales y sociales de ciudadanos son "echados por la
borda," fuera del cuidado y protección del gobierno comunista. La clase en
el poder no se preocupa por ellos.
Al hablar de su nuevo orden, de su estado 'libre, el
comunismo promete constantemente una "dictadura del proletariado."
Sin embargo, se hizo manifiesto hace tiempo que no hay signo alguno de esta
prometida dictadura del proletariado, sino en lugar de ella, lo que hay es una
dictadura burocrática sobre el proletariado. Aún más, no hay manifestación
alguna de libertad política ordinaria bajo este sistema: ni libertad de Prensa,
ni libertad de reunión, ni inviolabilidad del hogar. Solamente los que han
vivido en la Unión Soviética saben el abatimiento e intensidad de la opresión
que reina allí. Por encima de todo esto, impera un terror político tal como
jamás se pudo experimentar antes: ejecuciones y crímenes, exilios y prisión en
condiciones increíblemente rígidas. Esto es lo que el comunismo ha dado al
pueblo Ruso, en lugar de la libertad prometida.
En su propaganda política, el comunismo proclama que está
alcanzando la realización de libertad, igualdad (es decir: justicia) y
hermandad. Ya hemos hablado de la primera y de la segunda. La idea de
"hermandad" fue tomada de los Cristianos que se llamaban
"hermano." El Apóstol Pedro dijo: "Honra a todos, ama a la hermandad" (1 Pedro 2:17). En la
práctica, el comunismo cambió la palabra "hermano" por la palabra
"camarada." Esto es muy significativo, ya que los camaradas pueden
ser co-partícipes (pero no los hermanos) en cualquier actividad. Pero nadie puede
hablar realmente de "hermandad" en ningún sitio, allí donde la lucha
de clases, la envidia y el odio son predicados.
Todas estas diferencias citadas entre el Cristianismo y el
comunismo no agotan aún la misma esencia de la contradicción entre ellos. La
diferencia fundamental entre comunismo y Cristianismo subyace más profunda aún,
en la ideología religiosa de ambos. No es de extrañar, pues, que los comunistas
luchen tan maliciosa y obstinadamente contra nuestra fe.
El comunismo es supuestamente un sistema ateo que renuncia a
toda religión. En realidad, es una religión: una religión fanática, oscura e
intolerante. El Cristianismo es una religión del Cielo; el comunismo, una
religión de la tierra. El Cristianismo predica el amor para todos; el comunismo
predica la lucha de clases y la guerra y está basado en el egoísmo. El
Cristianismo es una religión de idealismo, fundada en la fe de la victoria de
la verdad de Dios y de Su Amor. El comunismo es una religión de seco
pragmatismo racional, que persigue la finalidad de crear un paraíso terreno
(paraíso de saciedad animal y de reprobación espiritual). Es cosa significativa
que, mientras se pone una cruz en la tumba de un Cristiano, la tumba de un
comunista está marcada con una estaca roja. ¡Qué indicativo y simbólico para
ambos! En el uno, fe en la victoria de la vida sobre la muerte y del bien sobre
el mal. En el otro, oscuridad ignorante, lobreguez y vacuidad, sin alegría, ni
alivio o esperanza para el futuro. Mientras que las reliquias sagradas de los
santos ascetas de la fe de Cristo florecen con incorruptibilidad y fragancia,
el podrido cadáver frecuentemente embalsamado de Lenin es el mejor símbolo del
comunismo.
§
La Unidad de Amor a
Dios y al Prójimo
Ascendiendo de nuestras obligaciones más sencillas a las más elevadas, alcanzamos su cumbre: nuestras obligaciones en relación con Dios.
De acuerdo con los claros y precisos consejos de la Sagrada
Escritura, nuestra principal obligación hacia Dios es la de amarle. Este
Mandamiento fue expresado en el Antiguo Testamento con estas palabras:
"Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente." En el Nuevo Testamento, el Señor Cristo Jesús dijo acerca
de este Mandamiento: "Este es el primero y más grande Mandamiento."
A este Mandamiento de la ley de Dios, nuestro Salvador
añadió un segundo: amor al prójimo. Y dijo acerca de este Mandamiento que es
"como el primero" es decir: amar al prójimo es como amar a Dios. La
Santa Iglesia, estando fundada sobre las palabras del Señor, siempre ha puesto
por delante el orden siguiente en las obligaciones morales humanas: las
inferiores de todas ellas son las obligaciones hacia uno mismo. Por lo tanto,
el amor por uno mismo tiene que ser sacrificado en el nombre del amor a Dios y
al prójimo. El amor al prójimo está por encima del amor a uno mismo, pero éste
está por debajo del amor más alto: el amor a Dios, a Quien debemos amar sobre
todas las cosas.
Hay una teoría contemporánea, que un gran amor a Dios
estorba nuestro amor a nuestros prójimos. Los defensores de esta teoría
manifiestan que el hombre debe considerar la relación con su prójimo como su
preocupación primera. Por medio de esto, aseguran que uno cumple sus
obligaciones de amor a Dios. Las personas que defienden esta teoría,
generalmente se oponen a los esfuerzos de la vida de los anacoretas. Desde su
punto de vista, el modo de vida del anacoreta es una manifestación de egoísmo y
desdén hacia los demás. En su opinión, el anacoreta es una persona que se ocupa
exclusivamente de sí mismo y de la salvación de su propia alma, sin preocuparse
en absoluto de los demás.
Nadie discutirá el hecho de que el servir al prójimo, un
Cristiano sirve a Dios. Aún más que eso: el amor al prójimo es la prueba del
amor a Dios, como dice el Apóstol Amado: "El que dice: 'Yo amo a Dios,
pero odio a mi hermano,' es un mentiroso; pues si alguien no ama a su hermano a
quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a Quien no ve?" Al servir a nuestros
prójimos, servimos a Dios, pues cumplimos Su ley de amor.
Sin embargo, es aún más cierto que nuestro amor a Dios nunca
estorba nuestro amor al prójimo. Dios es Amor (1 Juan 8:16). Por nuestro amor a
Dios, nos elevamos a una atmósfera o plano espiritual más alto, atmósfera o
plano de Amor y luna nueva inspiración de Vida. El corazón de un Cristiano
Ortodoxo está lleno de ese Divino Amor y lo irradia por todas partes y sobre
todos. Así, contra la nueva opinión antes citada, el Amor a Dios no obstruye al
amor al prójimo, sino que, por el contrario, le fortifica y le ahonda.
Un excelente esclarecimiento de este lazo entre el amor a
Dios y al prójimo nos es dado por uno de los más grandes luchadores Ortodoxos,
Abba Dorotheos. Dio la siguiente ilustración: la humanidad es como el cerco de
una rueda, su contorno exterior. Dios es el centro, y cada persona es un radio.
Si contemplamos una rueda, nos damos cuenta de que cuanto más cercanos están
del centro los radios, más cercanos están los radios entre sí. Pero el ser
humano puede acercarse a Dios y al prójimo, solamente por el Amor. Está claro
que si uno ama a Dios, inevitablemente amará a sus prójimos.
En la historia del ascetismo Ortodoxo, repetidas veces vemos
cómo los luchadores, inflamados en el Amor a Dios, abandonaban al mundo con sus
tentaciones. Ellos hicieron esto de acuerdo, con las instrucciones del Apóstol
del Amor, Juan el Teólogo, quien dijo: "No
ames al mundo de las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, no
está en él el Amor del Padre" (1 Juan 2:15). Es erróneo pensar que los
ascetas renunciaron a su amor por las personas que están en el mundo. En
absoluto. Ellos mismos manifestaron que sé alejaron, no de las personas, sino
de los pecados reinantes en el mundo y de las tentaciones de una pecadora vida
mundana. Ellos aman a sus hermanos de este mundo, incomparablemente más que
aquéllos que han permanecido en este mundo y participado en sus pecados. No sé
debería olvidar que la soledad en estos luchadores ha estado siempre llena con
la oración, y la oración Cristiana no es solamente acerca de uno mismo, sino
también de todos los demás. La Historia recoge para nosotros el siguiente
incidente de la vida de San Pachomios el Grande, nativo de Alejandría. Una vez,
mientras vivía en el desierto, supo que la ciudad de Alejandría estaba siendo
azotada por el hambre y la epidemia. Y se pasó varios días en lágrimas, sin
siquiera comer la ínfima ración de alimento que sé permitía diariamente. Sus
novicios le rogaron que comiera y restaurase sus fuerzas, pero San Pachomios
replicaba: "Cómo puedo yo comer mientras que mis hermanos no tienen pan?"
¡Qué lejos estamos, aún el mejor de entre nosotros, de semejante amor y
conmiseración!
Tal amor a Dios no es solamente la cumbre de una elevación
moral del Cristiano, sino también es la base de su existencia espiritual. Sin
Amor no puede haber ninguna clase de vida, lucha y virtud espirituales.
El servicio más alto del amor Cristiano es el servicio del
pastor, que solamente puede ser cumplido por el que puede amar a Cristo. Esta
es la razón por la cual nuestro Mismo Salvador, al llamar a Pedro a la cura de
almas o ser pastor, le preguntó: "Simón,
hijo de Jonah ¿me amas más que éstos?" La Ortodoxia es una Religión de
Amor. "Por esto os reconocerán que sois mis discípulos, si tenéis amor
entre vosotros" dijo el Señor. Aquí, Sus palabras son acerca del mutuo
amor Cristiano de las personas entre sí, y también acerca del amor filial, y de
la devoción infantil a Aquel a Quien se llama constantemente en el Evangelio:
"Nuestro Padre Celestial."
Por consiguiente, la base de una vida verdaderamente
Cristiana es un corazón que cree en Dios y está entregado a El de una manera
infantil, y penetrado por una atracción sincera hacia El, como el amadísimo
Padre Infinitamente Amante...
§
La Obligación
Cristiana de Conocer a Dios
Si nuestra primera obligación básica hacia Dios es la de amarle,
entonces se sigue de esto naturalmente que debemos conocerle. El ser humano ni
amará, ni podrá amar a alguien a quien no conoce.
Tenemos que darnos cuenta de que la necesidad de conocer a Dios es una de las obligaciones menos cumplidas por nosotros. ¡Qué diferente era en los tiempos anteriores, cuando el interés en materias teológicas y conocimiento religioso era tan profundamente sentido por las almas Ortodoxas! San Gregorio el Teólogo testifica que en su tiempo incluso los mercaderes en el mercado volvían de sus asuntos comerciales para discutir la consubstancialídad del Hijo de Dios.
Ahora, muchas personas inteligentes, a veces los que
escriben y hablan sobre temas puramente Cristianos, temen de manera positiva
toda teología. Tienen tendencia a considerar todas sus explicaciones y
cuestiones como algo remoto y extraño de la vida circundante.
Y por causa de esto, ha aparecido una opresiva ignorancia
religiosa: una falta de conocimiento de las verdades básicas de la fe. Tomad,
por ejemplo, las masas de personas Rusas inteligentes y educadas. Os
enumeraran, sin error, todos los zares de casa de Romanov, o los principales
escritores Rusos, etc. Se considera una desgracia para, una persona Rusa no
conocer esto. Por el contrario, preguntadles los principales dogmas de la Fe
Cristiana, o el nombre de los doce apóstoles de Cristo (personajes que hicieron
incomparablemente más por la humanidad que cualquier zar o escritor) y en nueve
de diez casos, el resultado será lamentable. Aún es peor el hecho que ninguno considerará
esta ignorancia como una desgracia, y estas personas incluso lo admiten con la
mayor inconciencia despreocupada.
Es absolutamente necesario que todo Cristiano Ortodoxo tenga
un conocimiento del contenido de su fe y de sus verdades básicas: el dogma de
la Trinidad, del Amor Divino, de la Encarnación, de la muerte salvadora y de la
Resurrección del Salvador, y del futuro destino del mundo y de la humanidad,
etc. Estas cuestiones no son algo lejano e insignificante; por el contrario,
son vitales y muy importantes para nosotros, pues el sentido total de la vida
depende de estas respuestas.
Todas estas cuestiones se incorporan en una sola cuestión:
¿Hay un Dios y Quién es? Estas son cuestiones importantes incluso para las
personas que únicamente creen. Para las personas verdaderamente creyentes, el
saber acerca de Dios es conocer lo que El significa para nosotros y cuál es Su
voluntad con respecto a todos nosotros. Este es el básico conocimiento de la
vida y el más importante y valioso. Realmente, la misma vida Ortodoxa está
definida ante todo por el conocimiento de Dios. El Señor Mismo, cuando oraba a
Su Padre, decía: "Esta es la eterna vida, que ellos Te conozcan, el Unico
Verdadero Dios y a Aquel que Tú enviaste."
Por todo esto, vemos que el conocimiento de Dios es nuestro
inmediato deber Cristiano, así como el camino para lograrlo, además del estudio
de la teología, es la contemplación de Dios. La contemplación de Dios es la
descripción de la manera espiritual en que el ser humano se introduce y se mantiene
en su conciencia, el pensamiento de Dios, de Sus altísimas propiedades, el
asunto de nuestra salvación y de nuestro eterno futuro, etc. Tal contemplación
de Dios es amada especialmente por nuestros ascetas, pero, desgraciadamente, no
es siquiera familiar para la mayor parte de nosotros.
El conocimiento de Dios no es, sin embargo, la aceptación y
memoria meramente racional de nuestra Cristiana enseñanza Ortodoxa de fe y de
vida. El Cristianismo es una Vida viviente, una experiencia del corazón humano,
y por ello, es aceptado de manera desigual por las personas. Cuanto más ha
experimentado una persona su fe en su vida personal, en la experiencia interior
de su lucha y anhelo interiores de vivir de acuerdo con el Evangelio de Cristo,
más profundamente asimila el Cristianismo. Pero si una persona trata secamente
su fe, con formalismo meramente exterior, y no está guiada por los llamamientos
del Evangelio de Cristo en su vida personal, no aceptará el Cristianismo ni en
su alma, ni en su corazón, y como resultado de esta actitud suya, el contenido
profundo de las verdades de la Fe de Cristo permanecerán ajenas y realmente
desconocidas para ella.
El conocimiento de dios está basado naturalmente en la fe.
Esta fe es la primera respuesta del corazón humano al contenido de las verdades
religiosas, un acuerdo y una aceptación de ellas. A medida que la fe se
fortalece y se hace más profunda, eventualmente trae al corazón humano la paz
en Dios, a una esperanza Cristiana en Dios. Por otra parte, la Ortodoxia nos
enseña que la fe Cristiana está inseparablemente unida al amor a Dios. Y el
amor siempre demanda una relación viviente y personal con aquél a quien amamos.
En nuestra relación con Dios, este amor ante todo se manifiesta en la oración.
Uno que no ora no es Cristiano... La oración es el elemento
primero y más esencial en nuestra vida espiritual. Es el aliento de nuestra
alma, y sin él, el alma muere, exactamente como el cuerpo muere sin aire. Todas
las funciones vitales del cuerpo dependen de su respiración. Exactamente de la
misma manera, la vida espiritual de uno depende de la oración, y una persona
que no ora a Dios está muerta espiritualmente.
La oración es la conversación del ser humano con Dios. Quien
recuerda, conoce y ama a Dios, infaliblemente se dirigirá a El en oración. Hay
una opinión muy seriamente errónea de la oración que ahora está ampliamente
extendida. Alguien dijo: "Uno no tiene que forzarse a orar. Si deseo orar,
oraré; si no hay deseo, no hay necesidad de orar."
Esto significa una falta total de comprensión del asunto.
¿Qué podríamos realizar en la actividad mundana, si no nos forzáramos en alguna
cosa, sino que solamente hiciéramos lo que deseábamos hacer, o mucho más en la
vida espiritual, donde todo lo que es precioso y significativo se adquiere por
medio de la fuerza, por la lucha del trabajo sobre uno mismo? Recordemos
nuevamente que de acuerdo con nuestro Salvador, el Reino de Dios (y todo lo
concerniente a él) es alcanzado por medio de la fuerza. Por tanto, es indispensable
para un Cristiano aceptar firmemente en su corazón que tiene que orar no
importa qué, sin tener en cuenta su deseo o falta de deseo. Si tienes un buen
deseo de orar, agradece a Dios de Quien viene todo bien, y no pierdas la
oportunidad de orar con toda tu alma. Si no tienes este deseo, y llega el
tiempo de la oración, entonces es necesario que te fuerces, animando a tu
letárgico y perezoso estado anímico, recordándole que la oración (como toda
buena obra) es lo más precioso ante los ojos de Dios cuando se da con
dificultad. El Señor no desdeña oración alguna, si oramos sinceramente, de la
mejor manera que sepamos, aún cuando no hayamos desarrollado el hábito de la
oración completamente y con fervor infatigable.
El que vive incluso una parcial vida espiritual Cristiana,
siempre encontrará algo sobre lo que orar a Dios, porque para esa persona, Dios
es un Padre amante, un Poderoso Protector y una inagotable Fuente de ayuda y
fuerza. El Cristiano se apresura a dirigirse a El en la necesidad y la pena,
como un niño se dirige a sus padres...
En Su conversación con la Samaritana, nuestro Señor declaró
que: "Los verdaderos adoradores adoran al Padre en Espíritu y en
Verdad." Esto es el principio básico en la oración Cristiana. Tiene que
ser realizada en espíritu y verdad, y al orar, un Cristiano tiene que reunir
todas sus fuerzas espirituales en un concentrado y profundo esfuerzo en si
mismo, en su alma y contemplar las palabras de la oración. Naturalmente, cuando
tenemos una noción correcta de la oración, comprendemos que es imposible dar el
nombre de 'oración' al mero hecho de estar presente en la oración o leyéndola
con la lengua, mientras nuestros pensamientos están lejos de ella. San Juan
Crisóstomo dice de tales "oraciones": "Tu cuerpo está dentro de
la iglesia, pero tus pensamientos han volado a sabe Dios donde. Los labios
pronuncian oraciones, pero la mente cuenta utilidades, cosechas, bienes raíces
y amigos... Tú no escuchas tu propia oración. ¿Cómo esperas que Dios escuche la
tuya?.. Un Cristiano no tiene que orar de esa manera: él ora en espíritu y
verdad. Ora en espíritu, concentrado en la profundidad de su "YO,"
por medio de profundas experiencias del corazón. Ora en verdad y no
hipócritamente, sino dentro del marco sincero de la mente, en verdadera súplica
a la Verdad Encarnada: a Cristo el Salvador.
Naturalmente, esto no anula (a pesar del error Protestante)
la necesidad de la oración externa, sino que solamente requiere su unión con la
oración interior. El ser humano no es un ángel: su alma no vive sin el cuerpo,
justamente como el cuerpo no vive sin el alma. El Apóstol Pablo dice:
Glorificad a Dios en vuestros cuerpos también, y en vuestras almas, que son de
Dios. Por consiguiente, la noción más básica y completa de oración es que ambos
estén presentes: lo interno y lo externo. Ambos se unen estrechamente: tanto la
experiencia interna de la súplica del ser humano a Dios, como la actividad
exterior: postraciones, permanecer en pie, hacer el signo de la cruz y acciones
variadas en los Servicios Divinos.
Ordinariamente, hay tres tipos distintos de oración:
peticiones, glorificaciones y acciones de gracias. En nuestros libros de
oración y Servicios Divinos, estos tres tipos se aplican, complementándose
mutuamente entre sí.
Una persona que ora a Dios debe recordar que la oración
camina sin oírse, si es sincera y respira de fe viviente. El Mismo Señor dice:
"Todo es posible para el que cree." Sin embargo, el Apóstol Santiago
o Jaime explica qué destructiva es la duda en la oración, diciendo que uno que
duda es como una ola del mar, sacudida y agitada, de acá para allá por el
viento. Semejante persona no debiera esperar recibir algo del Señor. En el
Santo Evangelio, por otra parte, frecuentemente leemos cómo el Señor al curar a
los que venían a El, les decía: "Que se cumpla según tu fe... Tu fe te ha
sanado." Pero creyendo firmemente en la fuerza, misericordia y ayuda de
Dios, un Cristiano no debe olvidar que toda petición para sus deseos tiene que
someterse a la santísima Voluntad del Padre Celestial, Quien sabe lo que
necesitamos. En tal estado de fe y conformidad con la voluntad de Dios, daremos
las gracias a Dios, tanto si el Señor cumple nuestra demanda, como si no la
cumple. Esto es completamente natural, puesto que tal persona cree
absolutamente que la sabiduría y el amor de Dios dirigen todo para el beneficio
y el bien del ser humano. Con mucha razón, cantamos en la oración de la
Iglesia: "Oh, Tú! que con sabiduría profunda, ordenas misericordiosamente
todas las cosas, y das lo que es conveniente para todos los seres
humanos."
§
El Modelo de la
Oración Cristiana
Para los cristianos ortodoxos, el modelo de oración es,
naturalmente, el "Padre Nuestro" (la oración del Señor). Si
observamos su composición y contenido, vemos que, exteriormente, está dividida en
tres partes: invocación, siete peticiones, y una glorificación. En su contenido
interior puede dividirse en tres «partes comunes: la principal, que encierra
una invocación y las tres primeras peticiones: la del pan diario, y tres
peticiones acerca de los pecados personales.
¿Cuál es la cosa más importante por la que un Cristiano debe
orar? Por la finalidad por la cual debemos empeñarnos más: el Reino de Dios y
Su Verdad. Vemos que ésta es la primera parte de la oración. Al apelar a Dios
como el Padre Celestial, un Cristiano Ortodoxo testifica que nuestra verdadera
patria no está en la tierra, sino en el Cielo. "Nuestra morada está en el
Cielo dice firmemente el Apóstol."
En esta apelación al Padre, un Cristiano ora que el Nombre
de Dios sea santificado, tanto en la vida personal de cada uno de nosotros,
como en la historia humana. Es santificado especialmente, cuando nosotros,
Ortodoxos Cristianos, por medio del ejemplo de nuestras propias vidas,
conducimos a los incrédulos a glorificar el Nombre de nuestro Padre Celestial.
Además de eso, oramos para que el Reino de Dios sea
manifestado sobre la tierra. Observando la vida, vemos en ella una lucha
constante entre dos principios: la luz y la oscuridad, la verdad y la falsedad,
lo bueno y lo malo. Cuando vemos esto, no podemos menos de orar para que se
produzca una victoria de la luz sobre las tinieblas y que triunfe el Reino de
Dios: el reino de la Verdad y del Bien.
En la tercera petición de la oración del Señor, oramos para
que la voluntad de Dios se cumpla en la vida del ser humano, del mismo modo que
se cumple en el mundo Celestial. La conciencia Cristiana es sabedora y
firmemente nos convence que no solamente es nuestro deber, sino que es
sabiduría real y la verdad de nuestra vida someterse a la voluntad de Dios. El
Padre Celestial sabe lo que es beneficioso y necesario para cada uno de
nosotros, y por Su infinito Amor y Bondad, nos desea el bien y la salvación aún
más que lo deseamos nosotros mismos. Por eso, el Apóstol Pedro dice: "Poned todas vuestras ansiedades en El;
porque El tiene cuidado de vosotros" (1 Pedro 5:7).
La cuarta petición de la oración del Señor es la única que
trata de las necesidades corporales. Nosotros también nos dirigimos a Dios y Le
rogamos por todo lo que es necesario para la vida del cuerpo...
La quinta petición de la oración del Señor se refiere al
perdón de los pecados. En esta petición, como en toda Su enseñanza, nuestro
Salvador manifiesta claramente que es condición indispensable para recibir el
perdón de los pecados por parte de Dios, nuestro propio perdón de las deudas de
nuestro prójimo. Pero ¡cuántas veces hacemos esta petición falsamente. Leemos:
"Perdónanos nuestras deudas, como perdonamos a nuestros deudores,"
mientras que realmente ni perdonamos, ni olvidamos, sino que estamos ofendidos
y guardamos la vejación en nuestro corazón, e incluso un deseo de venganza. Por
lo tanto, cada vez que un Cristiano repita esta petición, tiene que considerar
si ha perdonado a sus enemigos y ofensores. Si no, ¿cómo espera él perdón de Dios
para si mismo?
Las dos últimas peticiones, la sexta y la séptima, hablan de
una cosa: las causas del pecado. En la primera rogamos que su embrión sea
arrancado de nosotros, es decir, que seamos liberados de incitaciones y
tentaciones, y después que seamos liberados del 'maligno,' esto es, de la raíz
de todos los pecados: Satán. Generalmente, las gentes temen desgracias
exteriores: bancarrotas, enfermedades, pobreza, etc. El Cristianismo nos enseña
a temer más por nuestra alma inmortal. "No temáis a los que matan el
cuerpo pero no pueden dañar al alma," dijo nuestro Señor, "sino más
bien temed al que puede destruir el cuerpo y el alma." Con respecto a
desgracias exteriores, particularmente juicios y persecuciones sufridos por la
Fe, nuestro Señor dijo a los que los sufren: "Regocijaos y estad alegres,
pues vuestra recompensa en los Cielos será grande."
No son las desgracias exteriores y la pobreza lo que tienen
que temer los Cristianos Ortodoxos, sino más bien deben temer sus propios
pecados y caídas. Todos sabemos qué acostumbrados estamos a pecar, literalmente
a pecar a cada paso y a cada momento de nuestra vida. El pecado es una
violación de la Verdad de la Ley de Dios, y el resultado del pecado es
sufrimiento y pesadumbre. La oración del Señor instila en nuestros corazones
una gran aversión contra estos males espirituales, de manera que, mientras
confesamos humildemente nuestra debilidad e inclinación al pecado, rogamos a
Dios que nos preserve de caer en pecados y nos libere del malvado dueño del
pecado: el diablo.
Al final de estas siete peticiones, se ha añadido una
solemne glorificación del poder de Dios, la autoridad y la gloria. NOTA las
palabras: "Pues Tuyos son el Reino, el poder y la gloria," no forman
parte de la oración del Señor, sino una respuesta litúrgica a la misma,
incluida por el Evangelista. El hecho de aparecer en el Evangelio muestra cuán
antigua es la Liturgia. Esta glorificación de la grandeza de Dios contiene una
expresión filial de convicción resuelta y clara de que todo cuanto pedimos nos
será dado por el Amor del Padre Celestial: pues Suyos son el Reino, el Poder y
la Gloria, por los siglos de los siglos. Amén."
La oración del Señor no es la única oración de
glorificación, no obstante. Hay oraciones que son simplemente y exclusivamente
glorificaciones, como: "Alabanza al Nombre del Señor" o Santo, Santo,
Santo!" No las empleamos frecuentemente, pero son representativas de los
finales de nuestras oraciones, especialmente en los Servicios Divinos. Las
oraciones de glorificación tienen que ser consideradas como especialmente
elevadas, pues en ellas, expresamos amor Cristiano hacia Dios y nos inclinamos
ante el Altísimo.
El tercer aspecto de la oración es la Acción de Gracias. Es
muy comprensible que un Cristiano que ama a Dios y sabe de Su Amor,
misericordia y beneficios innumerables, pueda menos que experimentar
sentimientos de acción de gracias en su corazón. La oración mas importante de
Acción de Gracias es el más importante Servicio Divino: La Santa liturgia. Su
parte principal se refiere al "Canon de Acción de Gracias
(Eucarístico)" comenzando con las palabras: "Damos gracias al
Señor" Y el puro sacrificio incruento, un sacrificio de verdad, un
sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es dado en la Santa Comunión,
está cumplido por el Mismo Cristo, por Su Gracia y poder omnipotente, y es
únicamente recibido por nosotros, con devoción de amor agradecido. Esta es la
razón de que, en los momentos más importantes de la liturgia, el sacerdote
exclama solemnemente: "Lo Tuyo Propio Lo Tuyo Propio, Te ofrecemos a Ti,
en beneficio de todos por todos" mientras que el fiel responde con el
himno de acción de Gracias: "Te cantamos himnos, Te alabamos, Te damos las
Gracias a Ti ¡oh nuestro Dios!"
Ya hemos hablado de lo importante que es la oración para la
vida espiritual de un Cristiano Ortodoxo. Pero, ¿cómo tenemos que orar? Dos
clases de oración se practican en la vida del Cristiano Ortodoxo: 1) la
privada, u oración que hacemos en casa, y 2) la oración de la Iglesia
unificada. Cada una de ellas tiene características especiales. Nuestro Salvador
dio instrucciones en el Evangelio sobre la oración privada: "Cuando oreis, entrad en vuestra cámara y
cerrad la puerta, y orad a vuestro Padre que está en secreto; y tu Padre que ve
en lo secreto te recompensará abiertamente" (Mateo 6:6). Y
naturalmente, las oraciones privadas son básicas para nosotros. La oración es
profundamente intima y sentida en el fondo del corazón. Todo aquél que haya
tratado de descubrir la oración sentida en lo más hondo del corazón y
'afectuosa,' sabe perfectamente lo fácil y natural que es orar en soledad, en
silencio y paz. Además, nuestro Señor nos previene firmemente contra la oración
hipócrita hecha para aparentar piedad, para obtener alabanza de las gentes.
Cuando un Cristiano ora a Dios, debe procurar contemplar las
palabras de las oraciones que está leyendo, y concentrar su pensamiento en el
contenido de las oraciones. Todos sabemos qué difícil resulta luchar contra la
presión del exterior de pensamientos e imágenes que incansablemente acosan a la
persona que ora. Esto nos llega tanto de nuestra distracción personal, como de
la acción indirecta del poder del mal. La tarea del Cristiano es aplicar todas
sus potencias para zafarse de todos estos pensamientos (que a veces son
impuros) que le atormentan y orar concentrándose lo más posible y con toda
piedad. Debemos recordar siempre que todo duro ataque de pensamientos e
imágenes, particularmente si son sucias o blasfemas nos viene directamente de Satán,
y la lucha de combatir estos pensamientos es una lucha directa contra el
maligno. Por consiguiente, recibimos un gran beneficio de una lucha semejante.
Generalmente, oramos con las oraciones de la Iglesia que
aprendemos desde la niñez (o desde que comenzamos a vivir la vida Ortodoxa,
como conversos). Esto es muy necesario, porque ellas nos conducen a esa
atmósfera de oración por la cual respira toda la Iglesia. En cuanto a esto,
debemos velar a no deslizarnos en una lectura automática y mecánica o rutinaria
de oraciones, y por consiguiente sin atención, ni penetración en el sentido y
significado de las palabras de la oración. Para esto, se demanda una plena
reverencia y concentración de la atención, para que realmente oremos y
conversemos con el mismo Dios.
De acuerdo con los testimonios armónicos de los ascetas de
la oración (Teofanio el Recluso, San Juan de Kronstadt, etc), además de la
lectura de las oraciones de la Iglesia, debiéramos añadir la oración con
palabras propias, sobre las necesidades personales nuestras y las necesidades
de nuestros prójimos. Frecuentemente, un Cristiano no puede expresar plenamente
sus sentimientos y experiencias personales con las palabras de las oraciones
escritas. En casos semejantes, una viviente oración sincera con palabras
propias personales es lo apropiado, junto con la confesión de las faltas
diarias nuestras, con expresiones del intento personal para luchar, con la
ayuda de Dios, contra nuestras faltas diarias. Tal oración personal debe venir
de las profundidades del alma humana.
Solamente la persona que desarrolla en si misma una oración
privada penetrante y constante, puede participar correctamente en las oraciones
públicas de la Iglesia. Esta participación es una necesidad 'real' para todo
Cristiano. El mismo Señor dijo: "Donde dos o tres (miembros de la Iglesia)
se reúnen en Mi nombre, Yo estaré en medio de ellos." El Patriarca
Ecuménico y gran maestro de oración, San Juan Crisóstomo, dice:
"Naturalmente, uno también puede orar en casa: pero no podéis orar allí,
como hacéis en la iglesia, donde tantas personas están reunidas, donde una voz
armoniosa sube hasta Dios: pues aquí hay algo más grande: unidad de mente, una
unión de amor, las oraciones del sacerdote. Durante la oración pública, no
solamente las personas elevan sus voces a Dios, sino juntamente con ellas, los
ángeles y los arcángeles glorifican al Señor." Por lo tanto, la oración en
la iglesia tiene un carácter preeminentemente sagrado y éste es dado por la
Gracia del Espíritu Santo que, como sabemos, vivifica nuestra vida espiritual,
cooperando con nuestros personales efectos espirituales.
Un sacerdote sirve en la Iglesia: no es sacerdote porque
reciba una educación eclesiástica, o porque tenga una vocación para servir en
la Iglesia. Todo esto solamente le prepara para el servicio pastoral. Es
sacerdote solamente porque fue consagrado para ello en la ordenación, y entra a
través del Misterio del sacerdocio a la dignidad de un pastor de la Iglesia.
Así es que nuestra iglesia es una iglesia consagrada, con un santo altar
especialmente consagrado. De acuerdo con la palabra de la Santa Escritura,
nuestra iglesia es una casa de oración. El Señor nos dio un ejemplo del honor
debido a la casa de Dios cuando, Su permanencia terrena, la limpió dos veces de
todo desorden e indecencia o falta de decoro. En los Servicios Divinos,
repetidamente escuchamos a la Santa Iglesia exclamar: "Por esta santa casa
y por todos los que, con fe, reverencia y temor de Dios entran en ella, oremos
al Señor." Cada uno de nosotros debemos entrar en la iglesia en esta
disposición de ánimo, recordando que aquí estamos ante la Faz del Mismo Señor.
Una de las mayores y más evidentes deficiencias de nuestra
vida contemporánea es nuestra incapacidad de celebrar nuestras fiestas de un
modo Cristiano. Nuestras vidas están establecidas de tal manera, que predominan
en ella los intereses de carácter puramente terrenal en ellas. Trabajos,
preocupación por el impuesto sobre la renta y las triviales impresiones del
día: todo esto llena nuestro tiempo y el hombre no tiene tiempo para
sencillamente pensar acerca de su alma, sus demandas y necesidades. Nuestras
fiestas son ventanas abiertas en nuestras vidas incoloras de vanidad y de
preocupaciones mundanales. Ellas nos enseñan que este mundo no está tan vacío y
empobrecido como a veces nos parece, pues, sobre todo, hay un mundo diferente
que da a nuestra alma alegría y paz inefable. ¿Quién no conoce el gozo profundo
que llena el corazón de un Cristiano Ortodoxo en los días de la fiesta máxima:
la Pascua, la Radiante Resurrección del Señor?
¡Cuántas veces los días de conmemoración Cristiana y de
triunfantes festividades se nos convierten en días de incluso mayor vacuidad y
de trivialidad sin sentido y significado! Una fiesta es un día especial de Dios
que debe ser dedicado tan plenamente como sea posible a la oración y a las
buenas obras de Cristiana misericordia y caridad más ardiente. En nuestros
tiempos, las fiestas son tratadas como otro día cualquiera y, a veces, las
gentes incluso las emplean en dormir más, paseando, divirtiéndose y, algunas
veces también, en relajación y embriaguez. ¡Con cuánta frecuencia vemos a la
gente, o incluso que clubs, sociedades e instituciones organizan sus
"bailes" y diversiones las vísperas de las fiestas ... ! ¡Esto es una
costumbre repugnante y no Cristiana! ¿En qué se diferencian estas personas de
los paganos y atéos?
Aún más reprensible es el modo en que muchas personas
consideran los ayunos que la Santa Iglesia nos ha dado. Nosotros tenemos muchos
ayunos: cuatro largos (Gran Cuaresma, Ayuno de Santos Pedro y Pablo, ayunos de
la Dormición y la Navidad) y también otros más cortos: los ayunos semanales de
los miércoles y viernes e incluso los lunes en los monasterios. E igualmente,
debe observarse un ayuno estricto la víspera de Navidad, Epifanía, la
Degollación del glorioso profeta Juan Bautista y Precursor del Señor, la
Exaltación de la vivificante Cruz, la Semana de Pasión, muy especialmente el
Viernes Grande y Santo.
Es sorprendente y totalmente 'no-Cristiano' el comportamiento
de tantos y tantos de nosotros en relación con estos ayunos de la Iglesia.
Estos ayunos son violados por las personas sin el menor remordimiento, como si
se tratara de algo insignificante. Por otra parte, la Iglesia enfoca muy
seriamente este asunto, y excluye de la Santa Comunión a los que rechazan
guardar los ayunos sin causa. San Serafín de Sarov dijo con precisión: "El
que no observa los ayunos no es Cristiano, sin tener en cuenta ninguna clase de
consideraciones ...." El ayuno es absolutamente indispensable al ser
humano. Desde su aspecto exterior, es un combate de absoluta obediencia filial
a la Iglesia, cuyas regulaciones son del Espíritu Santo, y no algo que puede
ser descuidado y desdeñado. Desde el punto de vista interno, es una lucha de freno
y auto-limitación. En esto reposa el gran valor y el sentido del ayuno, ya que
una estricta observancia de los ayunos atempera la voluntad propia y
perfecciona el carácter de quien es firme en sus convicciones religiosas, así
como de sus acciones. No olvidemos que Cristo ayunó El mismo, y previno que Sus
Apóstoles ayunaran también.
Escuchamos a la gente que proclama que el ayuno es dañino
para la salud. Pero el ayuno estricto no se exige a las personas enfermas, que
ayunan solamente de acuerdo con sus fuerzas. Lo más importante que debiéramos
recordar es que, solamente las personas que no ayunan son las que hablan de la
nocividad del ayuno. Pero las que lo observan nunca dirán esto, pues saben por
su propia experiencia personal que, no solamente el ayuno no es nocivo, sino
que es positivamente benéfico para la salud del cuerpo.
No obstante, el ayuno no es meramente una restricción de
alimento. Durante los días de los ayunos, la Iglesia canta: "Mientras
ayunamos corporalmente, ayunemos también espiritualmente." El verdadero
ayuno incluye obras de Cristiana misericordia. El verdadero ayuno es una
enajenación (desunión) del maligno, una restricción de la lengua, un abandono
de la ira, una destrucción de los vicios y una revelación de la falsedad...
Así, pues, para un Cristiano, el ayunar es un tiempo de restricción y
autoeducación en todos los aspectos, y un 'real' ayuno Cristiano da a los
creyentes una gran satisfacción moral. El gran maestro de ascetismo Cristiano,
el Obispo Thephan el Recluso, dice acerca del ayuno: "El ayuno parece
sombrío hasta que descendemos al combate: pero empieza y verás qué luz trae
después de la tiniebla, qué libertad después de las cadenas, qué alivio después
de una vida gravosamente pesada.