<!DOCTYPE HTML PUBLIC "-//W3C//DTD HTML
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url=(0061)http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/fin_mundo.htm --> Doctrina Ortodoxa del Fin del mundo y la vida eterna
Contenido: En espera de la segunda venida de Cristo. Señales de la
aproximación del fin del mundo. El
anticristo. El segundo
advenimiento de Jesucristo. La
resurrección de los muertos. Fin del mundo
físico. El Juicio
Final. Reino de la
Gloria. Conclusión.
Apéndice.
La
insolvencia del quiliasmo (milenarismo).
Dios quiso hacernos testigos de un acontecimiento
significativo en nuestra sufrida Patria, cuando se derrumbó por so solo, sin
guerra ni levantamiento popular el poder que combatía a Dios después de 70 años
de opresión. Referente a esto así como a los horrores del comunismo, predijeron
los últimos ancianos de Optina y algunos rectos de la Rusia anterior a la
Revolución. "Los ancianos de Optina," Anatolio (Potapov, 1922),
Nectario (Tikhonov, 1928), el hieromonje asceta Aristokli de Moscú (1918), el
anciano Alexis (Zasimovsky) y otros. Es importante señalar, que según sus
predicciones, el renacimiento espiritual de Rusia debería producirse no mucho
antes del fin del mundo, aunque ellos no especificaban cuanto tiempo duraría
ese "no mucho antes." Sin embargo, los actuales acontecimientos
mundiales - la superpoblación del globo Terráqueo, la catastrófica
contaminación de la naturaleza, el agotamiento de los recursos naturales y el
cumplimiento de muchas predicciones de las Sagradas Escrituras, referentes a
los últimos tiempos, - nos llevan a pensar que el fin del mundo realmente no esta
muy lejos.
Hace 2000 años nuestro Señor Jesucristo expulsaba demonios.
Ellos gritaban por las bocas de los poseídos: - "¿Qué tienes Tú con
nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¡Viniste antes de tiempo a martirizarnos!"
- No es menos interesante señalar que ahora, ante los intentos de exorcizar los
demonios también gritan pero algo completamente distinto: "¡Déjennos, ya
que muy pronto llegara el Señor!"-. Referente a esto da testimonio un
estudioso protestante, el Dr. Kurt Koch, que ha escrito varios trabajos, serios,
en el área de la demonología, la parapsicología y los falsos milagros. Ver sus
libros: "Entre Cristo y Satán" (Between Christ and Satan), "Lazo
oculto y liberación" (Occult Bondage and Deliverance), "Demonología,
pasado y presente" (Demonology, Pust and Present) y otros (Publicaciones
Kregel, Gran Rapids, Michigan, U.S.A.). De esta manera todo indica que el día
de la segunda venida de Cristo esta cerca.
En este articulo vamos a mostrar los indicios básicos del
acercamiento del fin del mundo y algunos rasgos de la personalidad del
anticristo, vamos a descubrir la segunda venida de Cristo, la resurrección de
los muertos, el temible Juicio y la vida futura, como nos enseñan las Sagradas
Escrituras y expondremos la necesidad de estar siempre preparados para el
encuentro con el Señor. En el apéndice mostraremos la poca consistencia de las
sectas referente al milenarismo.
§
En espera de la
segunda venida de Cristo
La meta de nuestra existencia terrenal es una sola:
prepararnos para la vida eterna. La sabiduría cristiana consiste en aprovechar
al máximo el precioso don del tiempo para asegurar la vida futura. Nuestro
Señor Jesucristo en muchos de sus preceptos exhortaba a sus discípulos a
valorar el tiempo y vivir constantemente preparados para comparecer ante Dios y
para dar cuenta de sus actos. (Ve, por ejemplo, la descripción del Juicio
Divino en el Evangelio según San Mateo (25:31-46); las parábolas del Salvador
acerca de la cizaña (San Mateo 13:24-43), acerca de los siervos que están
esperando a su señor (San Lucas 12:35-40), acerca del mayordomo infiel (San
Lucas 16:1-13), de los invitados a la boda (San Lucas 14:16-24), de los
talentos (San Mateo 25:14-30), de los jornaleros que recibieron la misma
remuneración (San Mateo 20:1-16) y de las 10 doncellas (San Mateo 25:1-13).
"Velad - repetía el Señor - porque no sabéis cuándo llegará el Hijo del
Hombre" (Mateo 24:42); esto significa que nuestra vida puede
interrumpirse en el momento más inesperado. Éste será para ustedes el fin del
mundo, es decir, el día del juicio y el principio de la eternidad.
Todos los hombres, en mayor o menor medida, temen a la
muerte, sin embargo, los Apóstoles enseñaban a los cristianos a tener presente
el futuro encuentro con Dios, porque reflexionar referente a esto ayuda a
corregir la vida. "La Venida del
Señor está cercana - escribe el santo Apóstol Santiago (Jacobo), - mirad que el Juez está a las puertas" (Santiago
(Jacobo) 5:8-9).
Los primeros escritos cristianos, que desde el tiempo de los
Apóstoles los cristianos, con mucha atención esperaban el pronto regreso, a la
Tierra, de nuestro Señor Jesucristo. Esta expectativa se sostenía, por un lado,
debido a la atmósfera de persecución y martirio que rodeaban sus vidas. La
intensidad del acoso, a veces, les recordaba lo anunciado por el Salvador
acerca de los últimos tiempos, cuando era imposible garantizar siquiera un solo
día de tranquila existencia. Sería suficiente recordar al santo archidiácono
Esteban, los santos apóstoles Pedro y Pablo, las santas mártires Fe, Esperanza,
Amor y su madre Sofía, la santa y gran mártir Bárbara, el victorioso San Jorge
y a otros gloriosos mártires, para convencerse de que la vida de los creyentes
en los primeros tiempos del cristianismo estaba permanentemente en peligro. En
las personas de los emperadores Nerón, Domiciano, Decio, Dioclesiano y otros
perseguidores semejantes a ellos, los cristianos veían la imagen de la bestia
apocalíptica. Por otro lado, muchos cristianos de los primeros tiempos, estaban
tan inflamados por la fe y el empeño en llevar una vida recta que la vuelta de
Cristo e la Tierra se entendía no como el tiempo del Juicio y la rendición de
cuentas, sino como un alegre encuentro con el Salvador, a Quien ellos amaban
con todo su corazón. Ellos realmente deseaban la pronta llegada de Cristo.
Con el naufragio del paganismo, al principio del siglo IV, y
el cese de las persecuciones se debilitó en los cristianos el fervor espiritual
y la espera del segundo advenimiento de Cristo se atempero. Un estudio más
sistemático de las Escrituras convenció a los teólogos que antes de la llegada
del "Gran día del Señor," en la vida de la humanidad deben cumplirse
determinados procesos espirituales y sociales.
§
Las señales del
segundo advenimiento de Cristo
Las Sagradas Escrituras no revelan exactamente el tiempo de
la segunda venida de Cristo, sin embargo, nos indican una serie de señales
determinadas por las cuales podemos deducir la relativa proximidad de ese día.
Al Concluir Su Enseñanza acerca del fin del mundo, el Señor Jesucristo dijo:
"Aprended la parábola de la higuera: cuando sus ramos están tiernos y
brotan las hojas, conocéis que el estío se acerca; así vosotros también, cuando
veáis todas estas cosas, entended que el fin está próximo, a las puertas"
(San Mateo 24:32-34); quiere decir que los mismos acontecimientos demostrarán
hasta qué punto se aproximó el fin del mundo. En los discursos del Salvador y
los preceptos de los apóstoles, encontramos las siguientes "señales"
sobre la inminencia del segundo advenimiento de Cristo:
A) La difusión universal
del Evangelio. "Será predicado este Evangelio del reino en todo el
mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin" (San
Mateo 24:14).
B) El extremado
debilitamiento de la fe. Aunque la doctrina cristiana se conocerá
universalmente, a la gente le será indiferente, de modo que "el Hijo del
hombre, al venir, ¿encontrará fe en la tierra?" (San Lucas 18:8). De
acuerdo con las palabras del santo apóstol Pablo, "llegará el tiempo en
que los hombres no aceptarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados
por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen
los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas" (2
Tim. 4:3-4) es decir, que los hombres en lugar de interesarse por la verdad, preferirán
lo que sea curioso y agradable de escuchar.
C) Surgirán falsos
profetas y falsos mesías, quienes inducirán a los hombres a diversas sectas
y cultos salvajes, adulando los bajos instintos de la multitud. En cuanto a los
falsos maestros, el Señor previene a los fieles diciendo: "Cuidad que
nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, y dirán 'yo soy el Mesías'
y engañarán a muchos... no sigáis sus huellas... Se levantarán falsos mesías y
falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si
fuera posible, aun a los mismos elegidos. Mirad que os lo digo de
antemano" (San Mateo 24:4-5, 24-25 y San Marcos 13:6). El libro del
Apocalipsis describe los milagros del último falso profeta, y el santo apóstol
Pablo explica que estos milagros no serán verdaderos sino sólo aparentes.
(Apoc. 13:13-15; 2 Tes. 2:9).
D) Conversión a
Cristo del pueblo hebreo. De acuerdo con el apóstol Pablo, paralelamente
con la masiva apostasía del cristianismo de muchos pueblos, tendrá lugar el
retorno del pueblo hebreo a Cristo: "No
quiero dejaros, hermanos, en ignorancia acerca de este misterio que la crueldad
(incredulidad) estará en Israel sólo hasta cierto tiempo: hasta que entre (en
la Iglesia) la totalidad de los gentiles; luego se salvará Israel entero (de
los últimos tiempos), como está escrito: vendrá de Sión el Redentor y apartará
la desgracia de Jacob... ¡Oh, profundidad de la riqueza, la sabiduría y del
conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables son sus
caminos!" (Ver los capítulos 10 y 11 de la epístola a los Romanos).
Se ha de notar que esta profecía del santo apóstol Pablo ya
comenzó a cumplirse inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando
en Nueva York, judíos creyentes, comenzaron a difundir entre sus hermanos según
la sangre, la fe en nuestro Señor Jesucristo. Con un muy buen dominio del
Antiguo Testamento, comprobaron y se persuadieron de que Jesucristo es el
verdadero Mesías prometido a sus padres. Como resultado de su predicación, en
algunas grandes ciudades de los Estados Unidos de América han surgido
comunidades de hebreos cristianos. Hacia el año 1990 el número de estos hebreos
bautizados alcanzó varias decenas de miles. (Los interesados en este tema
pueden solicitar la literatura (en idioma inglés) de: VETH SAR SHALOM
PUBLICATION, 250 w. 57 st. New York, N.Y. 10023).
e) El mal y las
injusticias crecerán extremadamente. La pérdida de la fe conducirá a una
mayor caída de la moral. El santo apóstol Pablo caracteriza a los hombres de
antes del fin del mundo de la siguiente manera: "En los últimos días
sobrevendrán tiempos difíciles, porque habrá hombres egoístas, avaros,
orgullosos, altivos, maldicientes, rebeldes a los padres, hostiles,
irreconciliables, desleales, calumniadores, disolutos, inhumanos, enemigos de
todo lo bueno, traidores, protervos, henchidos, amadores de los placeres más
que de Dios, que con una apariencia de piedad, están en realidad lejos de
ella" (2 Tim. 3:1-5) y que "por exceso de maldad se enfriará la
caridad de muchos" (San Mateo 24:12). De la totalidad de los vaticinios de
las Sagradas Escrituras debe concluirse que la llegada del último y temible día
del fin del mundo será precedida por un gradual deterioro moral secular, y
consecuentemente, la vida espiritual de la humanidad sufrirá una profunda
descomposición. Los intereses carnales predominarán sobre los espirituales. Se
perderá el interés por Cristo, y hasta se dejará de pensar en Él. Para muchos
su vida y su doctrina no serán más que un antiguo recuerdo. Se repetirá
nuevamente el estado antediluviano de la humanidad, acerca del cual leemos en
la Biblia: "Viendo Dios cuánto había
crecido la depravación del hombre sobre la tierra, y cómo todos los
pensamientos y deseos de su corazón tendían en todo tiempo al mal, se arrepintió
de haber hecho al hombre en la tierra... Pues la Tierra se corrompió ante la
faz de Dios y se colmó de actos de maldad" (Gén. 6:5-6). Una situación
similar vivirá también la humanidad antes del segundo advenimiento de Cristo.
f) Se difundirán el
sortilegio, el servicio a la fuerza maléfica y otras abominaciones paganas. La
misma concepción del mundo, por parte de los hombres, será envenenada por la
mentira diabólica: "Pero el Espíritu claramente dice que en los últimos
tiempos se apartarán algunos de la fe, dando oídos a los espíritus que seducen
y a las enseñanzas demoniacas" (1 Tm. 4:1). El libro del Apocalipsis
profetiza la extraordinaria penetración de la fuerza diabólica en la vida
humana. Esta fuerza del más allá, a la manera de humo llenará y envenenará la
misma atmósfera que respira la gente, como lo describe el santo apóstol Juan:
(11) "Cuando fue abierto el pozo del abismo, del mismo subió el humo como
si fuera de un gran horno, el sol y el aire se ensombrecieron a causa del humo
del pozo. Y del humo salieron las langostas sobre la tierra... Y por rey tenían
al ángel del abismo cuyo nombre es, en hebreo, Abadon y en griego, Apolyon
(destructor)" (Apoc. 9:2-3 y 11). Y aunque el Señor mediante muchas
tribulaciones, llamará a los hombres a la penitencia, "no se arrepentirán
de las obras de sus manos, no dejarán de adorar a los demonios... y no se
arrepentirán de sus homicidios, ni de sus maleficios, ni de su fornicación, ni
de sus robos" (Apoc. 9:20-21).
g) "Crecerán la
enemistad recíproca y el odio y aumentará la persecución a los creyentes."
El nombre de cristiano será odioso para los hombres que rechazarán toda
cultura religiosa, todo recuerdo y toda invocación a Dios, cifrando toda su
esperanza en sí mismos, en su mente, en sus conocimientos y en sus habilidades.
El número de los cristianos se reducirá considerablemente, y los enemigos de
los creyentes a menudo serán sus propios familiares, como profetizó el Señor:
"Entonces os entregarán a los
tormentos y os matarán, y seréis aborrecidos de todos los pueblos a causa de Mi
nombre... y unos a otros se harán traición y se aborrecerán... y el hermano
entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos
contra los padres y les darán muerte... pero no se perderá un sólo cabello de
vuestra cabeza - concluye el Salvador consolándolos. El que perseverare hasta
el fin se salvara" (San Mateo 24:9-10; San Marcos 13:12-13 y San Lucas
21:18).
h) Las guerras
sangrientas y diversas calamidades naturales adquirirán dimensión catastrófica.
Los hombres languidecerán bajo el peso de las tribulaciones. No tendrán
fuerza suficiente para superarlas, tampoco buscarán la ayuda de Dios debido a
su incredulidad. Entonces, "oiréis
hablar de guerras y rumores de guerras; pero no os turbéis porque es preciso
que esto suceda, mas no es aún el fin. Se levantará nación contra nación... y
habrá hambre, mortandad y terribles fenómenos y grandes señales en el cielo,
sobre el sol, la luna y las estrellas. Desolación y perplejidad en los pueblos
y el mar se pondrá ruidoso y turbulento. Los hombres morirán de miedo a la
espera de las grandes desgracias que deberán llegar al universo, pues los
poderes del firmamento serán sacudidos" (San Mateo cap. 24; San Marcos
cap. 13 y San Lucas cap. 21). Las últimas palabras de esta profecía ya se
refieren al propio fin del mundo. Pero antes de su llegada ocurrirá aún algo
más terrible para la vida de la humanidad: la entronización del anticristo.
La Denominación de "Anticristo" se emplea en
las Sagradas Escrituras con un doble significado. En un sentido amplio, se
refiere a cualquier enemigo de Cristo (el prefijo "anti" significa
contrario... En ese sentido habla el Apóstol Juan el Teólogo en sus dos
primeras epístolas). Y en un sentido estricto, esa denominación señala una
persona determinada, el "anticristo," quien dirige todos sus
esfuerzos a la erradicación de la fe en Cristo. La aparición de este anticristo
personal sobre la arena mundial será la última y decisiva señal de la
aproximación de la segunda venida de Cristo.
El constante crecimiento de la apostasía de la humanidad, hacia el fin del mundo, se centrará en el determinado "hombre de la iniquidad," quien encabezará la última lucha desesperada contra el cristianismo. Acerca de las cualidades y los actos de este Anticristo dice el apóstol San Pablo:
"Que nadie en modo alguno os engañe: porque aquel día (el del Señor) no
llegará hasta que se cumpla la apostasía y se manifieste el hombre de la
iniquidad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que
se dice Dios, o que es sagrado, tan sólo no se consumará hasta que sea quitado
de en medio el que ahora le retiene, (la fuerza de Dios que, por
medio de los legítimos gobernantes, obstaculiza su entronización)
entonces se manifestará el impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de Su
boca destruyéndole con la manifestación de su parusía. La llegada del inicuo
estará acompañada del poder de Satanás, de todo género de milagros, señales y
prodigios engañosos y de seducciones de iniquidad para los destinados a la
perdición, por no haber recibido el amor de la Verdad para ser salvos. Por eso,
Dios les enviará confusión para que crean en la mentira" (2 Tes. 2:3-11).
¿Qué favorecerá el éxito del anticristo, y en qué residirá
el secreto de su enorme poder e influencia? Es evidente que el anticristo será
el notable portavoz de su época material y atea. Además, su llegada al poder
será promovida por ciertos factores externos. Probablemente, en su tiempo la
humanidad estará amenazada por una guerra mundial nuclear y biológica o por una
crisis política y económica universal. Los gobiernos estarán al borde del
derrumbe, y las naciones vivirán en estado de alboroto y revolución. Entonces,
sobre las olas turbias de la tempestad mundial, surgirá un líder
"genial" como el único que puede salvar la humanidad de la humanidad.
Será respaldado por una poderosa organización interesada en el dominio mundial.
Con su apoyo, el anticristo se presentará con su programa de reformas
económico-sociales, que serán obstinadamente sostenidas y propagadas por los
medios masivos de información.
Hay que pensar que los judíos que no reconocen a Cristo,
verán en el Anticristo al Mesías aguardado desde hace mucho, y la mayoría de
los hombres cifrará su esperanza en que éste pondrá fin a guerras y crisis,
trayendo el bienestar general. Posiblemente, y teniendo en vista esta ceguera
de la humanidad que no puede divisar la inminente catástrofe, el santo apóstol
Pablo escribió: "El día del Señor llegará como el ladrón en la noche.
Cuando digan: 'paz y seguridad', entonces, de improviso, les sobrevendrá la
ruina, como los dolores del parto a la parturienta, y no escaparán" (1
Tes. 5:1-6).
El anticristo no se satisfará solamente por el poder
político y las reformas exteriores. Al ser alabado por todos, creerá que es un
gran pensador, superhombre y hasta una deidad, de modo que adelantará una nueva
concepción del mundo, una nueva fe, una nueva moral para sustituir la
"vetusta y fracasada" doctrina cristiana. Embriagado por la manía de
grandeza, pretenderá pasar por Dios y se sentará en el templo (posiblemente en
el templo a construirse previamente en Jerusalén), exigiendo adoración. De
acuerdo con la palabra del santo apóstol Pablo, la actividad del anticristo
será muy exitosa, apoyada por Satanás y acompañada por las señales y los falsos
milagros con cualquier seducción impía para con los condenados. Bajo esos
milagros y señales del Anticristo no solamente se han de comprender aparentes
milagros y trucos que a todos entusiasmarán, sino también las mayores
adquisiciones del progreso humano en los ramos de la ciencia y el arte, las
cuales se utilizarán para reforzar su poder (el "espíritu infundido en la
imagen de la bestia" (Apoc. 13:15) ¿No será acaso el televisor o algo parecido?).
Se aplicará el más perfecto sistema de espionaje y seguimiento, inclusive el
control del comportamiento humano; así los que quisieran comprar o vender algo,
deberán presentar un permiso especial para tal fin ("la marca de la
bestia" -, Apoc. 13:17). Los programas de radio y televisión, al igual que
la prensa, estarán dirigidos para fortalecer sin interrupción el culto al
líder, y para crear una opinión pública elaborada por las autoridades. Los que
expresen sus dudas acerca del genio y las medidas por él emprendidas serán
enérgicamente aniquilados como enemigos de la humanidad.
La imagen del anticristo que ha de venir figura en el libro
del profeta Daniel bajo la forma del "cuerno pequeño," que tiene
indudablemente los rasgos del rey de Siria Antíoco IV Epífanes, un cruel
perseguidor de los creyentes judíos (reinó de 175 a 164 a. J. C.; véase: Daniel
capítulos 7 a 11, y los primeros libros de Macabeos). En el Apocalipsis de San
Juan el Teólogo, el anticristo está representado como una bestia salida del mar
(Apoc. Cap. 13, y 19-21.10) y tiene rasgos de los emperadores Nerón y Domiciano
(Nerón reinó desde 54 a 68 d. C. y terminó su vida suicidándose - bajo su
reinado en Roma sufrieron martirio los santos apóstoles Pedro y Pablo;
Domiciano reinó de 81 a 96 d. J. C., promulgó el decreto de la persecución
universal de los cristianos que no le adoraban como a un dios). Bajo él fue
desterrado el apóstol San Juan, el Teólogo a la isla Patmos. Muchos hombres
creían que Domiciano era Nerón reencarnado, lo que puede utilizarse para
caracterizar al anticristo: "Bestia que tiene una herida de espada y que
ha revivido" (Apoc. 13:14), contemporáneos del apóstol. Es necesario
explicar que en el Apocalipsis, como bestia, se comprende no solamente al
propio anticristo, sino también todo el aparato estatal de su imperio
anticristiano.
Al examinar los prototipos bíblicos del último anticristo
que ha de venir, saltan a la vista algunos rasgos comunes. Todos ellos eran
hombres nulos tanto intelectualmente, como en lo relacionado con su capacidad
de gobernar. Llegaron a las posiciones más elevadas no por sus méritos, sino
sólo aprovechando la situación favorable ("El poder yacía sobre el camino,
y lo hemos levantado). Eran más bien conspiradores que hombres con amplia
mentalidad estadista, todos ellos sufrían de complejo de grandeza y en la vida
privada eran mentirosos, lujuriosos y crueles (Nerón asesinó hasta a su propia
madre). Se puede suponer que así será también el último "líder
mundial."
Si nos atenemos textualmente a lo indicado por las Sagradas
Escrituras, la actividad del anticristo durará tres años y medio y finalizará
con el advenimiento de Cristo, la resurrección universal y el Juicio Terrible
(Dan. 7:25; Apoc. 11:2-3, 12:14 y 13:5). San Cirilo de Jerusalén, en sus
Instrucciones Publicadas (5 y 15), y San Efrem el Sirio en su "Discurso
acerca del advenimiento del Señor y el anticristo," describen
detalladamente el carácter, la personalidad y el modo de actuar del anticristo.
El bien conocido filósofo ruso Vladimir S. Soloviev trató de representar la
época del advenimiento del anticristo y su personalidad en su "Relato
acerca del anticristo," pero su descripción, con un tono a veces chistoso,
no transmite en su totalidad el terror y desesperación que penderán sobre la
humanidad en el último período de su existencia. Su relato es un cándido idilio
en comparación con el terror que prevalecerá en los hombres que han perdido a
Dios.
San Juan el Teólogo, en el Apocalipsis, menciona la
aparición de "dos testigos" durante el período activo del anticristo
(se supone que podría tratarse del profeta Elías y del patriarca Enoch),
quienes profetizarán la verdad y harán milagros, pero serán asesinados por
aquél cuando finalicen sus testimonios (Apoc. 11:3-12).
Así testifica la Palabra de Dios acerca del tiempo venidero,
conceptos y tendencias de la disposición de la sociedad antes de la segunda
llegada de Jesucristo. Aunque todas estas señales son claras y evidentes, la
capacidad para verlas y comprenderlas depende del nivel espiritual del hombre.
Los pecadores no están en condiciones de comprender lo que ocurre ante sus
propios ojos, ni hacia dónde rueda el mundo. Por eso, el Salvador prevenía a
sus discípulos diciendo: "Estad
atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por el libertinaje, la
embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente caiga sobre vosotros
aquel día como una red; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra.
Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de
venir y comparecer ante el Hijo del Hombre" (San Lucas 21:34-36).
§
Segundo advenimiento
del Hijo del Hombre
La Mirada Espiritual de los
cristianos debe dirigirse hacia el próximo acontecimiento gozoso, es decir, el
segundo advenimiento de Cristo en la tierra: "Cuando estas cosas comenzaren a suceder, (las penurias finales) cobrad
ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención" (San
Lucas 21:28). La realidad de este advenimiento es afirmada definitivamente por
el mismo Señor Jesucristo con la indicación de una serie de pormenores (San
Mateo 16:27; San Mateo 24; San Marcos 8:38; San Lucas 12:40; San Lucas 17:24 y
San Juan 14:3). Este suceso fue declarado por los ángeles durante la Ascensión
del Señor (Hechos 1:11) y los apóstoles nos lo han recordado a menudo (Ap.
Judas 14:15; 1 Juan 2:28; 1 Pedro 4:13; 1 Cor. 4:5 y 1 Tes. 5:2-6, etc.).
El propio Señor describió su venida como repentina y
manifiesta para todos: "Como el
relámpago, que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así va a ser la
venida del Hijo del Hombre" (San Mateo 24:27).
Antes de su segundo advenimiento, en el cielo aparecerá
"la señal del Hijo del Hombre," y al verla, "llorarán todos los
pueblos de la tierra." Según la opinión general de todos los Santos Padres
de la Iglesia, esta será la señal de la vivificadora Cruz del Señor.
El Señor vendrá rodeado de un sinnúmero de coros angélicos
en toda su gloria: "Cuando el Hijo
del Hombre venga en su gloria y todos los ángeles con Él, se sentará sobre su
Trono de gloria" (San Mateo 25:31). Estas palabras del Salvador
demuestran que su segundo advenimiento será muy distinto al primero, cuando Él
se humilló voluntariamente a Sí mismo, presentándose bajo la imagen de un
hombre simple, que vivió en la pobreza y sufrió constantes oprobios.
Vendrá para "juzgar
a la tierra rectamente" (Hechos 17:31) y para "dar a cada uno
según sus obras" (San Mateo 16:27). En esto se distingue el propósito del
segundo advenimiento al mundo con respecto del primero, cuando vino, no para
juzgarlo, sino con el fin de salvarlo y para sacrificar su alma para la
salvación de la muchos.
En El Gran Día de la venida del Hijo del hombre tendrá lugar
la resurrección general de los muertos, quienes resucitarán transfigurados.
Sobre ello el mismo Señor dice: "Llegará
la hora en que los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de
Dios" (San Juan 5:28). Cuando los saduceos expresaron su incredulidad
acerca de la posibilidad de la resurrección, el Señor los reprendió diciendo:
"Estáis en un error, y ni conocéis
las Escrituras ni el poder de Dios" (San Mateo 22:29).
La certeza sobre la verdad de la resurrección y la
importancia de creer en ella, fue expresada por el santo apóstol Pablo con las
siguientes palabras; "Si la
resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no
resucitó, vana es nuestra predicación, y vana nuestra fe. Seremos falsos
testigos de Dios, porque contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, a
quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan... pero no: Cristo,
primicia de los que durmieron, ha resucitado de entre los muertos... y como en
Adán todos mueren, así también en Cristo todos revivirán" (1 Cor.
15:13-15, 20 y 22).
La resurrección de los muertos será común y simultánea para
justos y pecadores: "Y saldrán los que han obrado el bien para la
resurrección de la vida, y los que han obrado el mal para la resurrección de la
condenación" (San Juan 5:29; Hechos 24:15). Además, es indudable que luego
de la resurrección, el aspecto de los justos será distinto al de los pecadores:
"Entonces - dijo el Señor - los
rectos brillarán como el sol en el reino de su Padre" (S. Mateo
13:43). Explicando este pasaje, San Efrem el Sirio, dice que "unos se
asemejarán a la luz y otros a las tinieblas."
De la Palabra de Dios habrá que concluir que los cuerpos
resucitados, esencialmente, serán los mismos que pertenecían a las almas
durante su vida terrenal; "Es
preciso que lo corruptible se revista de incorrupción y que este ser mortal se
revista de inmortalidad" (1 Cor. 15:53); pero esto significa que al
mismo tiempo surgirán transformados en incorruptibles e inmortales. Serán
completamente libres de la declinación y las debilidades de esta vida. Serán
espirituales y celestiales, exentos de las necesidades corporales. Según la
palabra del Señor, luego de la resurrección, la vida será comparable con la de
los ángeles incorpóreos. En cuanto a los pecadores, sin lugar a duda sus
cuerpos resucitarán en forma renovada, pero al recibir la inmortalidad, también
reflejarán la villanía por su deterioro moral.
Como un ejemplo de la futura transfiguración de los cuerpos,
el santo apóstol Pablo menciona un hecho por todos conocidos: "Pero dirá alguno: ¿cómo resucitarán los
muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tu siembras no nace
sino muere. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple
grano, por ejemplo, de trigo, o algún otro similar. Y Dios le da el cuerpo
según ha querido, a cada una de las semillas del propio cuerpo" (1
Cor. 15:35-38). Con el mismo fin, los Padres de la Iglesia indicaban que, en
general, en el mundo nada se destruye ni desaparece, sino tan sólo se
transforma, y que Dios tiene fuerza para recuperar lo que Él mismo crea.
Dirigiéndose a la naturaleza, encontraban en ésta las semejanzas de la
resurrección: el brote de las plantas por las semillas arrojadas a la tierra,
luego descompuestas; la renovación anual de la naturaleza en la primavera; el
nacimiento de un nuevo día; la formación original del hombre a partir del polvo
terrenal, y otros fenómenos. En cuanto a los hombres a quienes el advenimiento
del Señor los sorprenderá vivos sobre la tierra, conforme con la palabra del
apóstol, experimentarán el cambio instantáneamente comparable con la
correspondiente a los muertos resucitados: "No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante,
en un abrir y cerrar de ojos, al último toque de la trompeta, pues tocará la
trompeta y los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros seremos
transformados (no en la materia). Porque es preciso que lo corruptible se
revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad" (1
Cor. 15:51-53). Y acerca del encuentro de los creyentes con el Señor, que
tendrá lugar enseguida, el santo apóstol Pablo escribía: "Hermanos, no queremos que estéis en la
ignorancia respecto a los muertos... Nosotros los que vivamos, los que quedemos
hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor
mismo, a la orden dad por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios,
bajara del cielo, y los que murieron en Cristo resucitaran en primer lugar.
Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en
nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. A así estaremos
siempre con el Señor" (1 Tes. 4:13-18).
La resurrección universal, el "arrebato" de los
rectos, el subsiguiente Juicio Final y luego la vida eterna, constituyen
fenómenos que no podemos comprender ni imaginar bien, pues no experimentamos
nada parecido en nuestra vida. Tampoco podemos solucionar las cuestiones que
surgen ante la curiosidad de la mente.
Debido a la caída original del hombre, toda la creación se
ha sometido involuntariamente a la "esclavitud de la corrupción" y
"gime y siente dolores" (Rom. 8:22) hasta hoy. Llegará la era cuando
todo el mundo material y humano se purificará del pecado y se regenerará. La
renovación del mundo ocurrirá en el "último día" después del Juicio
Universal, y se efectuará por medio del fuego. Dice el santo apóstol Pedro que
el mundo antediluviano fue anegado con agua "mientras que los cielos y la
tierra actuales están reservados... para el fuego en el día del Juicio y de la
perdición de los impíos" (2 Pedro 3:7): "Vendrá el día del Señor como
ladrón en la noche y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos,
abrasados, se disolverán y asimismo la tierra con las obras que en ella hay...
Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva en los cuales
tiene su morada la verdad de Dios" (2 Pedro 3:10 y 13).
Acerca del hecho de que el mundo actual no es eterno, ya
profetizaba el Salmista, diciendo: "Desde
el principio fundaste la tierra, y obra de tus manos es el cielo; pero éstos
perecerán, y Tú permanecerás eternamente. Todos ellos como la ropa se
desgastan. Como un vestido los mudas Tú y se mudan. (Sal. 101 :26-27
(102:26-27). El fin del mundo no consistirá en su entera destrucción y
desaparición, sino en un "completo cambio y renovación."
Entre los numerosos testimonios relacionados con la
inapelable realidad del futuro Juicio Universal (San Juan 5:22, 27-29; San
Mateo 16:27; 7:21-23; 11:22 y 24; 12:36 y 41:42; 13:37-43; 19:29-30; 24:30 y
25:31-46; Hechos 17:31; Jud. 14-15; I Cor. 4:5; 2 Cor. 5:10; Rom. 2:5-7 y
14:10; Ef. 6:8; Col. 3:24-25; 2 Tes. 1; 6-10; 2 Tm. 4:1 y Apoc. 20:11-15) se
destaca la detallada descripción del Evangelio según San Mateo, que comienza
con las palabras: "Cuando el Hijo
del Hombre venga en su gloria" (San Mateo 25:31-46).
Basándose en esta pauta, será posible sacar una conclusión
acerca de las características del Juicio. Éste será "universal," es
decir, comprenderá a todos los seres humanos vivos y muertos, buenos y malos, y
según otras indicaciones de la Palabra de Dios, incluirá también a los ángeles caídos
(2 Pedro 2:4 y Jud. 6). Será "solemne y abierto," porque el Juez se
presentará en toda su gloria junto a todos sus ángeles, ante la faz del mundo
entero. Será "estricto y terrible," ya que se realizará según la
verdad absoluta de Dios. Será "el
día de la ira y de la revelación del correcto juicio de Dios" (Rom.
2:5). Será "el último y definitivo," determinando para la eternidad
la suerte de cada uno de los juzgados. El resultado del Juicio será la sanción
eterna: la bienaventuranza para los justos y el suplicio para los malvados
condenados.
Al representar la vida eterna de los justos después del
Juicio Universal con los más luminosos y alegres rasgos, la Palabra de Dios se
expresa con igual firmeza acerca de los eternos suplicios de los pecadores:
"Apartáos de Mí, malditos, al fuego eterno - dirá el Hijo del Hombre el
día del Juicio... e irán al suplicio eterno, y los justos a la vida
eterna" (San Mateo 25:41 y 46). Este estado de suplicio está ilustrado
alegóricamente en las Sagradas Escrituras bajo el nombre de "Gehenna"
(La imagen de la gehenna de fuego está tomada del valle de Hinom, en un
suburbio de Jerusalén, donde se realizaban antaño las ejecuciones y se
descargaba la basura; allí se mantenía continuamente el fuego para prevenir epidemias).
En el Apocalipsis de San Juan el Teólogo, este lugar (o estado) se denomina
"lago de fuego" (Apoc. 19:20). Y el santo apóstol Pablo dice: "tomando venganza en llamas de fuego
sobre los que desconocen a Dios y no obedecen al Evangelio de Nuestro Señor
Jesús" (2 Tes. 1:8). Los nombres alegóricos tales como: el gusano que
nunca muere y el fuego que no se extingue, subrayan simbólicamente la gravedad
de los suplicios.
"Aunque yo sé - escribe San Juan Crisóstomo - que mucha
gente tiene horror a la gehenna, a mí me parece que solamente la privación de
la gloria (del Reino de Dios) es una tortura más cruel que aquella"
(Plática XXIII: Evangelio de San Mateo). "Esta privación de los bienes -
razona en otro lugar - nos causa tanto sufrimiento, tanta aflicción y estrechez
que si no existiera ningún castigo para los que pecan viviendo aquí, turbaría y
desgarraría nuestras almas más que todos los suplicios de la gehenna... Muchas
personas insensatas desean sólo librarse de la gehenna, pero yo creo que mayor
suplicio aun, en comparación con ésta, sería la inexistencia para nosotros de
aquella gloria; y estoy seguro que el que la ha perdido debe llorar no tanto
por las torturas de la gehenna, como por la imposibilidad de disfrutar de los
bienes celestiales, porque este último es el más cruel de todos los
castigos" (Primera palabra para Teodoro).
La Iglesia, fundamentándose en la Palabra de Dios, reconoce los suplicios de la gehenna como eternos e interminables y, por consiguiente, ha condenado en el Quinto Concilio Ecuménico la falsa doctrina de los origenistas, según la cual se supone que los demonios y los hombres impíos sufrirán en el infierno sólo hasta un determinado tiempo, y luego, serán restablecidos en su estado de inocencia original, conocido como "apokatástasis." La condenación por el Juicio Universal en el Apocalipsis de San Juan el Teólogo es llamada la "segunda muerte" (Apoc. 20:14).
La tendencia a mostrar relativos los padecimientos de la
gehenna, comprendiendo la "eternidad" como un período prolongado pero
siempre finito, existió en la antigüedad y aún solemos encontrarla también hoy
en día. Incluso, a veces ni si quiera se reconoce la realidad de estos
padecimientos. En tal sentido se hacen referencias a consideraciones de índole
lógica haciendo hincapié en el hecho de que aquellas son incompatibles con la
bondad de Dios; manifestando la aparente desproporción entre un crimen
temporario y la eternidad del castigo por el pecado, al igual que la
desproporción de los suplicios con el objetivo final de la creación del hombre,
que no es otro que la bienaventuranza en Dios. Sin embargo, no nos incumbe
determinar los límites entre la inefable misericordia de Dios y la verdad, su
veracidad. Sabemos que Dios "quiere que se salven todos los hombres y
lleguen a la comprensión de la verdad." Pero el hombre puede, a causa de
su mala voluntad, rechazar la misericordia de Dios y los medios requeridos para
su salvación. San Juan Crisóstomo interpretando la presentación del Juicio
Final observa: "Cuando el Señor habló del reino dijo: 'Venid benditos, y
heredad el Reino, - agregando - preparado para vosotros desde la creación del
mundo'; mientras que hablando del fuego se expresó de otra manera, diciendo:
'preparado para el diablo y sus ángeles. Porque Yo preparé el Reino para vosotros,
mientras que el fuego fue destinado no a vosotros, sino al diablo y sus ángeles
(Plática LXX: Evangelio San Mateo). Sin embargo, no tenemos derecho para
interpretar las palabras del Salvador como amenazas o como cierto procedimiento
pedagógico que aplicará el Señor con el fin de corregir a los pecadores.
En este sentido es digno de atención el siguiente
razonamiento del obispo Teófano el Ermitaño: "Los rectos pasarán a la vida
eterna, y los endemoniados, pecadores, al eterno suplicio en compañía de los demonios.
¿Se terminarán estos martirios? Si terminara el satanismo y la satanización,
podrán tener fin estos suplicios. Pero ¿terminarán el satanismo y la
satanización? Lo veremos entonces. ¡Qué es lo que no vio el diablo después de
su caída! ¡Cuántas manifestaciones del poder Divino! ¡Cómo quedó maravillado
ante la fuerza de la Cruz del Señor! ¡Cómo hasta ahora ésta vence cualquier
astucia y maldad suya! Sin embargo, no se tranquiliza: prosigue con
obstinación; y cuanto más se avanza, más obstinado se pone.
El concepto de" ira" aplicado a Dios es relativo y
alegórico, conforme lo aprendemos de las enseñanzas de San Antonio el Grande:
"Dios es bueno, desapasionado e inmutable. Si alguien, reconociendo como
verdadero y bueno el hecho de que Dios es inmutable, se sorprende porque Dios
teniendo estas cualidades se regocija por los buenos, pero aborrece a los
malvados y se encoleriza con ellos, y otra vez tiene misericordia de ellos
cuando se arrepienten, habrá que contestar que en realidad Dios ni se alegra ni
se encoleriza, porque la alegría y la ira son pasiones humanas. Sería ridículo
creer que sobre la Divinidad pueden influir bien o mal los negocios humanos.
Dios es bueno y solamente hace bien, y no daña a nadie siendo siempre
inmutable. Mientras tanto nosotros, cuando somos buenos, entramos en comunión
con Dios gracias a la semejanza con Él; pero cuando obramos mal, nos apartamos
de Él debido a que perdemos aquel parecido... De modo que decir que Dios
aborrece a los malos, sería lo mismo que afirmar que el sol se esconde de los
ciegos" (Filocalia, en ruso, vol. 1, pág. 150).
Los escritos de los ascetas cristianos, indican que el
hombre, cuanto más se eleva en su estado moral, tanto más se agudiza el sentido
de su responsabilidad, ante Dios. De tal modo crece la esperanza que debemos
cifrar en la misericordia de Dios y pedir al Señor, lo que nos trae el
consuelo.
§
Reino de la gloria
Con La Transfiguración del mundo en uno nuevo y mejor, se
revelará el eterno Reino de Dios, el Reino de la gloria. Entonces finalizará el
"reino de gracia," la existencia de la Iglesia militante sobre la
tierra, mientras que la Iglesia celestial entrará en el reino de la gloria para
fundirse con él. Entonces reinará el Hijo de Dios con el Padre y el Espíritu
Santo, y "su reino no tendrá fin," como anunció el Ángel a la
Santísima Virgen María (San Lucas 1:33). Porque, de acuerdo con la explicación
de San Cirilo de Jerusalén: "El que reinó antes de vencer a sus enemigos,
acaso ¿no reinará con más razón después de vencerlos?" (San Cirilo de
Jerusalén: "Palabras publicadas").
La muerte perderá su poder: "El último enemigo reducido
a la nada será la muerte... entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte
ha sido engullida por la victoria" (1 Cor. 15:26 y 54-55), y el tiempo no
será más y cesará la percepción de su fluir.
La bienaventurada vida eterna está representada
alegóricamente en el capítulo 21° del Apocalipsis: "Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la
primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya." En el
Reino de la gloria todo será espiritual, inmortal y santo, pero el hecho
principal será que los que alcancen la futura vida bienaventurada y se
conviertan en "comulgantes de la
Divina naturaleza" (2 Pedro 1:4), serán partícipes de aquella vida
perfecta, cuya fuente es Dios. Particularmente, los moradores del Reino de
Dios, a la manera de los ángeles, serán dignos de ver a Dios (San Mateo 5:8).
Contemplarán su gloria no como si fuera a través de un vidrio opaco, ni por
adivinanza, sino cara a cara. Y no solo la contemplarán, sino que participarán
de ella, brillando como el sol en el Reino de su Padre (San Mateo 13:43),
siendo "coherederos de Cristo," al sentarse en el Trono con Cristo y
compartiendo con Él la grandeza de su reino (Apoc. 3:21 y 2 Tm. 2:11-12).
"Ya no tendrán hambre ni sed, ni caerá sobre ellos el
sol, ni ardor alguno, porque el Cordero, que está en medio del Trono, los
apacentará y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará
toda l grima de sus ojos" (Apoc. 7:16-17). Como lo dice el profeta Isaías:
"Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni
vino al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para los que Le aman" (Is.
64:4 y 1 Cor. 2:9).
La bienaventuranza en Dios será particularmente deseable
porque no tendrá fin: "E irán los
rectos a la vida eterna." Sin embargo, hasta la gloria en Dios, según
las enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia, tendrá grados diferentes de
acuerdo con la dignidad moral de cada uno. Sobre ello es posible concluir por
las palabras de las Sagradas Escrituras:
"En la casa de Mi Padre hay muchas moradas." Dios "dará a cada uno según sus obras... cada uno
recibirá su recompensa conforme a su trabajo... y una estrella se diferencia de
la otra en el resplandor" (San Juan 14:2; San Mateo 16:27; 1 Cor. 3:8
y 15:41).
San Efrem, el Sirio, dice: "Así como por medio de los
sensibles rayos del sol cada uno goza de acuerdo con la pureza de su vista e
impresión que tenga, o como cada rayo de luz procedente de una lámpara que
ilumina la casa, tiene su propio lugar, mientras que la luz no se divide entre
muchas lámparas; asimismo, todos los rectos se ubicarán inseparablemente en la
alegría común, pero cada uno, conforme con su capacidad, será iluminado por el
sol espiritual, y de acuerdo con el grado de su dignidad, tendrá el regocijo y
la alegría, como si estuviese en el mismo aire y lugar, y nadie verá la medida
de lo superior e inferior para que al ver una mayor gracia en el otro y su
propia insuficiencia, no tenga fundamento para ponerse triste y perder
ecuanimidad.
Como conclusión, debemos decir, que hay que temer no solo al
ultimo y terrible Juicio de Dios, sino también al juicio individual, siempre
cercano a nosotros. En el transcurso de la historia este Juicio individual de
Dios alcanzo tanto a pecadores aislados, como también a determinadas ciudades y
hasta a países enteros, cuando los individuos eran inducidos al camino de la
perdición. Son claros ejemplos de esto: el Diluvio Universal, la destrucción de
las ciudades de Sodoma y Gomorra, las múltiples destrucciones de Israel, la
caída de las antiguas Asiria y Babilonia, el incendio de la pervertida Pompeya,
el cataclismo del Imperio Romano y de otras poderosas naciones. Tampoco
escaparon al Juicio Divino estados cristianos como los imperios Bizantino y
Ruso, cuando ellos se apartaron de la pureza de la fe. Donde esta el cadáver
moral, ahí se juntaran los buitres y le alcanzara el recto castigo. (S. Mat.
24:28).
Para advertirnos acerca de la descomposición moral y
exhortarnos al fervor espiritual, el Salvador, misericordiosamente nos alerta:
"Estad preparados, porque no sabéis a que hora vendrá el Hijo del
Hombre." Por eso estemos atentos a nuestro estado espiritual.
Preocupémonos para que en nosotros arda claramente el cirio de la fe y para que
el vestido de nuestra alma se conserve pura. Entonces la venida de Cristo sobre
la Tierra será para nosotros un acontecimiento anhelado, cuando Dios ponga fin
a todos los crímenes y en el mundo renovado se entronice la Eterna Verdad
Divina.
Indudablemente, numerosos signos del segundo advenimiento de
Cristo son ya bien patentes: la difusión universal del Evangelio, la apostasía
de la fe pura entre los países cristianos, la conversión a Cristo de muchos
judíos, la aparición de una gran variedad de falsos profetas, el incremento de
la criminalidad, la lujuria, el satanismo y otras abominaciones.
En lo que se refiere a la caída de la moral, por supuesto,
la gente fue pecadora en mayor o menor medida. Pero en condiciones normales, el
sentido de la vergüenza, siempre obligaba a las personas a ocultar sus pecados.
Es una característica de nuestro tiempo que los hechos pecaminosos se eleven en
un pedestal: los degenerados y los infanticidas realizan demostraciones
multitudinarias exigiendo para sí derechos especiales. Viéndolos, recordamos
severa advertencia del profeta Isaias: " La expresión de su rostro les
denuncia, y sus pecados, como Sodoma manifiestan, no se ocultan. ¡Hay de ellos,
porque han merecido su propio mal!"
Otra tenebrosa característica de nuestra época es el arraigo
fastidioso de la locura y vulgaridad en aquellos aspectos de la vida, los
cuales, de antaño fueron expresiones de las más luminosas y honorables facetas
del espíritu humano: la música, el arte, la literatura. Prestad atención a la
música contemporánea repleta de cacofonías, de exclamaciones toscas y
pasionales; en la pintura y en la escultura, que nada dan a la mente o al
corazón; en las películas - con frecuencia carentes de contenido y chabacanas,
hartas de crímenes y perversidades. Los demonios, por su naturaleza, son
indomables, deformes y crueles. Y he aquí que contemplamos alarmados, como el
vacío espiritual en las personas, se expande, comenzando a llenar con la oscura
fuerza del mas allá, que coloca su sello sobre los actos, la vida y hasta la
imagen de las personas.
Y así como dos mil años atrás, también hoy es imposible decir exactamente cuando ocurrirá el fin del mundo. Sin embargo, muchas señales de la proximidad de este acontecimiento ya son evidentes. Las profecías de nuestros padres de Optina y otros santos rectos rusos antes de la revolución, permiten pensar con fundamentos, que con el naufragio del comunismo y el comienzo del renacimiento de la fe en nuestra patria, se dio vuelta la ultima pagina de la historia mundial después de lo cual sigue la venida del Anticristo y se cumplirán las profecías del Apocalipsis.
§
Apéndice Inconsistencia
del quiliasmo
En La Actualidad se ha difundido ampliamente la doctrina
relacionada con el reinado milenario de Cristo sobre la tierra, antes de que
llegue el Juicio Final, que se conoce bajo el nombre de quiliasmo
(milenarismo). La esencia de esta doctrina es la siguiente: mucho antes del fin
del mundo Cristo volverá a la tierra, destruirá al anticristo, resucitará sólo
a los rectos y edificará un nuevo reino sobre la tierra, donde los rectos al
ser retribuidos por su denuedo espiritual reinarán junto con Él durante 1000
años, gozando de todos los bienes de esta vida temporaria. A continuación
vendrá la segunda resurrección general, el Juicio Final y la correcta
recompensa de acuerdo a las obras. Estas son las ideas de los quiliastas. Los
defensores de esta doctrina se fundan en la visión del Apokaleta (el apóstol
San Juan el Teólogo) que figura en el capítulo 20 del Apocalipsis. Allí dice
que el Ángel descendido del cielo encadenó a Satanás por 1000 años, mientras
que las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de
Dios "revivieron y reinaron con Cristo mil años... Ésta es la primera
resurrección... Y cuando se hubieren acabado los mil años, será Satanás soltado
de su prisión para seducir a las naciones..." Pronto será juzgado el
diablo y los por él seducidos. Mientras tanto los muertos serán juzgados de
acuerdo con sus obras. "Y todo el que no fue hallado inscripto en el libro
de la vida, fue arrojado en el lago de fuego... ésta es la segunda
muerte." En cuanto a los resucitados en la primera resurrección, la
segunda muerte no tiene poder sobre ellos.
En la antigüedad, los conceptos quiliásticos se difundieron
principalmente entre los herejes. En la actualidad han resurgido en las sectas
protestantes.
Como se indica, esta doctrina incluye dos resurrecciones en
el futuro: primero, la de los rectos, y segundo, la de los pecadores: dos
futuros advenimientos del Salvador en gloria y dos futuros juicios: primero
para los justos resucitados y un segundo juicio universal. Se reconoce el
reinado de Cristo puramente terrenal, aunque bienaventurado y en compañía de
los justos, como si se tratase de una época histórica. Formalmente esta
doctrina esta basada en la interpretación errónea de la expresión del Apóstol
acerca de la "Primera Resurrección." En el fondo, la idea de los
quiliastas se arraiga en la multitud de sectas contemporáneas, quienes carecen
de la fe en la vida de ultratumba y en la bienaventuranza de los rectos en el
cielo, con quienes los sectarios no tienen ninguna comunicación por medio de la
oración. Otra causa reside en el hecho de que algunas sectas tuvieron cierta
participación en las utopías sociales, escondidos detrás de las ideas
religiosas que se insinuaban en las misteriosas visiones del Apocalipsis. No es
difícil ver el error de los quiliastas en la interpretación del capítulo 20 del
Apocalipsis. Los pasajes paralelos relacionados con la "primera resurrección"
demuestran claramente que aquí bajo "resurrección" se comprende la
regeneración espiritual por medio de la fe en Cristo y el sacramento del
bautismo: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y
te iluminará Cristo"; habéis "resucitado con Cristo," podemos
leer repetidamente en los libros (Ef. 2:5-6; 5:14; Col. 2:12 y 3:1). Partiendo
de esta tesis, como reino milenario se comprenderá el período completo, desde
el surgimiento del cristianismo hasta el fin de la existencia del mundo. En el
capítulo 20 del Apocalipsis, el santo apóstol Juan consuela a los creyentes con
el pensamiento de que los muertos a causa de Cristo no han perecido, mas reinan
con Él en el cielo. La Iglesia militante en la tierra, en principio, también
triunfa con la victoria ganada por el Salvador, pero todavía experimenta la
guerra contra el "príncipe de este siglo" que terminará con la
derrota de Satanás y su inmersión en el lago ígneo. La "segunda
muerte" es la condenación de los pecadores en el Juicio General. Ésta no tocará
a los "resucitados en la primera resurrección." Esto significa que
los que se regeneran espiritualmente en Cristo y se purifican por la gracia de
Dios, no estarán condenados, sino serán en la vida bienaventurada del reino de
Cristo. (El Segundo Concilio Ecuménico del año 381, al condenar los extravíos
del hereje Apolinario, también condenó su doctrina del milenio de Cristo, e
introdujo las palabras "Cuyo reino no tendrá fin" en el Símbolo de la
Fe).
El capítulo 20 del Apocalipsis resume la historia del
cristianismo desde el punto de vista de la lucha del diablo contra la Iglesia.
El diablo es vencido dos veces: la primera, espiritualmente, por la muerte
redentora del Salvador, y la segunda vez, lo será al fin del mundo, cuando
acontezca su decisiva condenación en el lago de fuego. En cuanto a los
mártires, empezaron a experimentar su victoria sobre Satanás inmediatamente
después de su muerte a causa de Cristo.