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-->La
celebración de Pascua
Cristo con su resurrección
de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta. Los ha
colmado de gozo al hacerles vivir no ya un vida terrestre sino una vida
celestial.
(Homilía pascual de Basilio de Seleucia, V siglo: PG 28, 1081).
La celebración del misterio pascual está en el centro de la
fe y de la vida de la Iglesia. La resurrección de Cristo no es solo su victoria
obre el pecado y la muerte. Es la manifestación de la divina economía de la
Trinidad: el amor infinito y omnipotente del Padre, la divinidad del Hijo, el
poder vivificante del Espíritu Santo.
Toda la historia de la salvación tiene su centro y su culmen en la Resurrección de Jesús. Hacia ella tiende la creación entera, las maravillas realizadas por Dios en el Antiguo Testamento, y de modo especial la Pascua de Israel, profecía de la Pascua de Cristo, de su paso de la muerte a la vida.
Hacia la resurrección del tercer día, tantas veces anunciada
como coronación de su pasión por parte de Jesús, va precipitándose toda su
vida, sus palabras, sus milagros, sus enseñanzas. Hasta los últimos momentos,
cuando Cristo de muestra con sus palabras y con sus gestos que está para pasar
de este mundo al Padre. En efecto, El del Padre ha venido y al Padre va, y por
ello su vida es una Pascua, un paso; pero en este éxodo, más glorioso que el
paso del Mar Rojo, Jesús arrastra su propia humanidad, asumida de la Virgen
Madre, haciéndola pasar por el misterio de la pasión y de la muerte, para que
quede para siempre sellada por el amor sacrificial en su carne que lleva
marcados los estigmas de su pasión gloriosa.
A partir de la Resurrección se comprende todo el sentido de
la historia del Antiguo y del Nuevo Testamento, la gracia de Pentecostés con la
que del cuerpo glorioso de Cristo se desprenden las llamas del Espíritu Santo,
para que la Iglesia viva siempre en contacto con este misterio que permanece
para siempre y atrae hacia sí todo, anunciando ya su retorno final en la gloria
y la pascua del universo.
La Pascua del Señor es la fuente y la raíz del Año
litúrgico. Una Pascua semanal, celebrada por la Iglesia apostólica y llamada ya
desde antiguo, como dice el Apocalipsis (Ap 1:10) "Día del Señor" o
"Día señorial." Y una Pascua anual celebrada por las primeras
generaciones cristianas, al menos a partir del siglo II, como un memorial
conjunto de la Muerte y de la Resurrección del Señor, dos caras de la misma
medalla.
En torno a esta celebración anual nace su prolongación de
cincuenta días, hasta Pentecostés, y se forma el tiempo de su preparación con
el tiempo de Cuaresma. La luz de la Pascua iluminará el misterio de la
manifestación de Jesús en su nacimiento y su Epifanía. El misterio del
Crucificado-Resucitado dará sentido al martirio y al culto de los mártires.
Desde las fórmulas primitivas de la confesión de la fe, que
encontramos ya en las Cartas de San Pablo y más tarde en el Símbolo apostólico
y en la profesión de fe bautismal, creer en Cristo, muerto y resucitado,
adherir a él por la fe y el bautismo, es la condición y la garantía de la
comunión con el Señor y de la nueva vida en Cristo y en el Espíritu. El
cristiano no solo cree en Jesús sino que vive de su misma vida divina e
inmortal.
Por eso la predicación evangélica de la Resurrección de
Cristo ha quedado plasmada, como otros misterios de la vida del Señor, en el
arte iconográfico primitivo, como una muestra viva de la fe de los cristianos.
Dos escenas, sobre todo, han plasmado en imágenes el
misterio de la Resurrección. La primera, la más primitiva, ha representado, ya
desde la antigüedad cristiana, en las Iglesia-sinagoga de Doura Europos (s. IV)
o en las ampollas de Monza (s. V), o en el Evangeliario de Rabbula de Edessa
(s. VI) los relatos evangélicos de la Resurrección: en torno al sepulcro vacío
y a su cabecera la figura del Ángel con vestiduras blancas que anuncia que
Cristo ha resucitado, están las mujeres que de buena mañana van al sepulcro con
perfumes (las mujeres miroforas o portadoras de aromas), para ungir el cuerpo
del Señor. Es el icono de la mujeres miroforas ante el sepulcro vacío de
Cristo.
Solo a partir del segundo milenio de la era cristiana, la
iconografía, siguiendo algunos textos bíblicos que hablan del descenso de Jesús
a los abismos infernales (Cfr. 1 Ped 3:18-19), y algunas homilías primitivas de
Pascua que se refieren al momento intermedio entre muerte y sepultura del Señor
y a su Resurrección gloriosa, y a los cantos de Pascua de la liturgia
bizantina, tienen la osadía de pintar lo que ningún ojo humano pudo ver. Es la
escena que la tradición iconográfica oriental ha plasmado al presentar ante
nuestros ojos la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el infierno y
la gracia salvadora del Resucitado. Cristo, el Crucificado Resucitado, llevando
a veces en sus manos el trofeo de la Cruz, va anunciar la salvación a los
primeros Padres y a los justos del Antiguo Testamento y los arranca de sus
sepulcros para darles la vida.
Es un icono más tardío pero que ha logrado fijar de la forma
más elocuente la teología oriental de la Resurrección gloriosa de Cristo, en
plena armonía con los cantos, los gestos, los ritos y la espiritualidad de la
Pascua del Oriente cristiano. Un icono, una liturgia y una espiritualidad que
todavía hoy tienen una vigencia extraordinaria y que constituyen un auténtico
desafío evangelizador y un gozoso anuncio de victoria y esperanza, que como ha
resonado durante muchos decenios en la oscuridad de los "gulags" del
comunismo, sigue resonando en los ambientes secularizados de nuestra época.
Es el canto de la victoria, el grito de la liberación,
entonado con entusiasmo y convicción durante las fiestas pascuales:
"Cristo ha resucitado de entre los muertos, con su muerte ha vencido a la
muerte, y a los que estaban muertos en los sepulcros les ha dado la vida."
Hay un tercer icono que completa de alguna forma, en una
perfecta trilogía, el misterio de la Resurrección del Señor. Propone un
episodio significativo que a veces queda explicitado en la imagen del sepulcro
vacío y de la mujeres miroforas que van a ungir el cuerpo de Jesús. Se ve la
imagen de Cristo Resucitado en el jardín que se aparece a María de Mágdala y le
manda que vaya a anunciar a los apóstoles que El ha Resucitado. Así, los tres
momentos fundamentales del "kerigma" o anuncio evangélico de la
Resurrección se completan: el sepulcro vacío, el anuncio del Ángel, la
aparición del Resucitado.
El misterio de Cristo, que es nuestra Pascua, nos ofrece la
oportunidad y el gozo de confesar nuestra fe en su Resurrección gloriosa partir
del anuncio evangélico y de la catequesis apostólica. Nos permite evocar el
sentido pleno de la Resurrección a partir de la celebración litúrgica de la
pascua, con el recuerdo de la historia y la ilustración de su vivencia y
vigencia actual, para concentrar después nuestra mirada en los iconos
orientales de la Resurrección que son imagen viva y fiel del misterio que la
palabra proclama y la liturgia celebra con la poesía, el canto, los sacramentos
de ese Cristo que los textos primitivos llaman nuestra Pascua.
En efecto, el sentido primitivo del misterio pascual en su
unidad característica que podría ser expresada en estas dos afirmaciones:
Cristo es la Pascua o Cristo es nuestra Pascua, o también: el misterio de la
Pascua es Cristo.
La primera expresión recuerda el texto de Pablo:
"Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado" (1 Cor 5:7), texto que
podría ser traducido: "La inmolación de Cristo es nuestra Pascua."
La segunda expresión se encuentra en los primeros
textos pascuales, como la homilía de Melitón de Sardes donde se dice
explícitamente: "El misterio de la Pascua que es Cristo," o también
"El, (Cristo) es la Pascua de nuestra salvación."
La Iglesia, por tanto, concentra en Cristo, muerto y
resucitado, la realidad de la Pascua que no es ya un acontecimiento solo, o un rito
que se celebra, sino una persona
viviente. Por lo tanto, en el Señor tenemos la Pascua de la Iglesia. Se
comprende así, porqué en los textos líricos de las homilías de los Padres se
dice por ejemplo: "Yo te hablo a tí, (Pascua) como a una persona viviente"
(Gregorio Nacianceno: Oratio in S. Pascha
45,30:PG 36,664).
Los iconos de la Resurrección tienen pleno sentido y
completan el anuncio y la celebración de la Pascua cristiana anual, e incluso
de la pascua semanal del Domingo. Por eso reciben toda la luz de la Palabra que
los ilumina y de la liturgia que los inserta en su celebración. Contemplándolos
tiene un sentido cabal la proclamación de los Evangelios de la Resurrección y
de los cantos y troparios pascuales que se repiten durante los cincuenta días
de Pascua y, sobre todo en la liturgia bizantina, cada domingo en el oficio
matutino de la Resurrección.
§ La Resurrección De Cristo: Del Kerigma a La Celebración.
El kerigma de la Resurrección
El misterio de la Resurrección de Cristo de entre los
muertos pertenece a la predicación fundamental del anuncio evangélico, desde el
mismo día de Pentecostés, cuando los Apóstoles con la fuerza del Espíritu
anuncian con confianza y sin temor el misterio de Cristo. "A este Jesús,
dice Pedro, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos"
(He 2:32). Es este el anuncio fundamental de la fe, el "Kerigma" que
resuena con fuerza en toda la predicación primitiva.
Los hechos que atestiguan este anuncio inaudito los han
relatado con impresionante unanimidad los cuatro Evangelistas (Mt 28:1-15; Mc
16:1 ss; Lc 24:1-11; Jn 20:1 ss.).
En todos los anuncios hay unas constantes que suponen el
modo unánime con que los discípulos proclaman lo que ha sucedido.
Ante todo se constata la evidencia que el sepulcro donde
habían puesto el cuerpo del Señor está vacío; su cuerpo ya no se encuentra
allí. Son testigos de este hecho las mujeres que al alba del primer día van a
ungir el cuerpo del Señor, puesto en el sepulcro al atardecer del día de su
muerte, el viernes. Se rinden a la evidencia también los soldados puestos a
custodiar el cuerpo y los enemigos de Jesús que tratan de acusar a los
apóstoles de haber substraído el cuerpo para afirmar que ha resucitado. En el
lugar del sepulcro solo se encuentran las vendas en las que fue envuelto su
cuerpo y el sudario que cubría su rostro (Cf. Jn 20:6-7).
A este hecho que suscita el estupor de una ausencia y hace
presentir una presencia diversa, la del Resucitado, sigue el anuncio de los
Ángeles, mensajeros divinos, o de un Ángel con vestiduras blancas que explica
el sentido de la ausencia y de una nueva presencia, la del Resucitado:
"Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está
aquí. Ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba"
(Mt 28:5-6).
A la visión del sepulcro vacío con las vendas por tierra y
al anuncio del Ángel que explica lo que ha sucedido, seguirá el tercer
acontecimiento sobre el que se asienta el anuncio de la Resurrección: Jesús
mismo, el Resucitado, se aparece a los discípulos y a las mujeres, confirmando
el mismo el hecho de su victoria sobre la muerte. Está vivo. Jesús es mensajero
y mensaje a la vez de su Pascua, de su Resurrección.
Las primeras representaciones pictóricas de este misterio
dan pleno sentido a estos tres momentos y representan al vivo el sepulcro vacío
y las mujeres a van a visitarlo; el ángel con su vestido blanco, y algunas de
las apariciones del Resucitado, especialmente, por lo que se refiere a la
iconografía oriental a María de Mágdala.
Pablo en su predicación pone siempre al centro del anuncio
la buena noticia de Cristo Resucitado, hasta el punto de afirmar que si el
Señor no ha resucitado vana es nuestra fe: "Os trasmití, en primer lugar,
lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las
Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las
Escrituras; se apreció a Cefas y luego a los doce..." (1 Cor 15:3-5).
La Iglesia apostólica celebra siempre la presencia de Cristo
Resucitado sobre todo en el sacramento del bautismo (Cf. Rm 6:3-11) y en la
fracción del pan de la eucaristía, donde se anuncia la muerte del Señor, es
decir del Kyrios resucitado hasta que él vuelva (Cf. 1 Cor 11:26).
Las primeras noticias acerca de una celebración anual de la
Pascua nos han llegado a través de una polémica acerca de la fecha de la misma
celebración. La controversia sobre la Pascua nos es conocida por el testimonio
de Eusebio de Cesarea en su Historia
Eclesiástica, libro V, cc. 23-25 (Madrid, Bac, 1973, pp. 330-337). La fecha
de la controversia está fijada hacia finales del siglo II, durante el
pontificado del Papa Víctor (188-199). A través de los testimonios podemos
remontarnos casi a principios del siglo II para afirmar que ya entonces existía
una tradición acerca de la celebración de la Pascua anual en las iglesias del
Asia menor.
En la controversia narrada por Eusebio el gran protagonista
es el Papa Víctor que amenaza con excomulgar a los obispos del Asia menor por
motivo de su celebración pascual, fijada el 14 del mes de Nisán. A esta amenaza
de excomunión responde Polícrates, obispo de Efeso. Interviene como mediador y hombre pacífico, según su nombre,
Ireneo, obispo de Lyon, oriental de nacimiento ya que había nacido en Esmirna,
pero que vivía en Occidente y seguía el uso de la iglesia de Roma.
La controversia versa sobre la fecha de la celebración de la
Pascua y no sobre el sentido de la celebración.
En Asia menor, siguiendo una costumbre que parece se remonta
hasta Juan Evangelista, se celebra anualmente la Pascua el 14 de Nisán (en la
misma fecha en que la celebraban los judíos) en cualquier día de la semana que
caiga esta fecha.
En Roma se celebrada el domingo que sigue al 14 de Nisán,
también en fuerza de una tradición apostólica que parece remonta al apóstol
Pedro. Los primeros son denominados cuartodecimanos
por la fecha de la celebración,, 14 de Nisán. Los Obispos de Roma quieren
imponer el uso romano que parece más de acuerdo con la tradición de la pascua
dominical, para dar sentido gozoso al acontecimiento, probablemente por el
temor de que una celebración del 14 de Nisán no refleje claramente el sentido
del misterio, en su aspecto de Resurrección. Ireneo interviene como mediador,
sabiendo bien que aquí no se trata de una cuestión doctrinal, a la que él es
bien sensible, sino de diferentes uso litúrgicos; y pide al Papa Víctor que
conserve la paz y respete la antigua tradición asiática que se remonta también
a un legado apostólico.
He aquí el testimonio de Eusebio acerca del sentido de la
controversia: "Por este tiempo, se suscitó una cuestión bastante grave,
por cierto, porque las iglesias de toda Asia, apoyándose en una tradición muy
antigua, pensaban que era preciso guardar el decimocuarto día de la luna para
la fiesta de la Pascua del Salvador, día en que se mandaba a los judíos
sacrificar el cordero y en que era necesario a toda costa, cayera en el día en
que cayese de la semana, poner fin a los ayunos, siendo así que las iglesias de
todo el resto del orbe no tenían por costumbre realizarlo de este modo, sino
que, por una tradición apostólica, guardaba la costumbre que ha prevalecido
incluso hasta hoy: que no está bien terminar los ayunos en otro día que en el
de la resurrección de nuestro el Salvador" (c. 23,1).
La decisión romana estaba expresada en estos términos:
"Para tratar este punto hubo sínodos y reuniones de obispos y todos
unánimes, por medio de cartas, formularon para los fieles de todas partes un
decreto eclesiástico: que nunca se celebre el misterio de la resurrección del
Señor de entre los muertos otro día que en domingo y que solamente en ese día
guardemos la terminación de los ayunos pascuales" (c. 23,2).
La intervención de Ireneo fue providencial. El afirma que la
división no tocaba lo esencial de la fe: "Y todos ellos no por eso
vivieron menos en paz unos con otros, lo mismo que nosotros; el desacuerdo en
el ayuno confirma el acuerdo en la fe" (c. 24,13).
Los dos textos homiléticos más antiguos sobre la Pascua, de
finales del siglo II, son el Peri Pascha del
Obispo Melitón de Sardes, y la homilía Sobre
la Pascua del Ps. Hipólito.
La Homilía sobre la
Pascua de Melitón es
un texto catequético y exegético, poético y académico a la vez, sobre la
Pascua. Su lectura nos permite remontarnos a la teología pascual de los
cuartodecimanos, basada sobre un comentario sapiencial de Ex 12 aplicado al
misterio de Cristo en su pasión gloriosa. Consta de un Exordio, de una primera
parte sobre la Pascua judía como figura de la realidad que está por venir, de
una segunda parte sobre la Pascua cristiana cumplida en el verdadero Cordero
que es Cristo y en su pasión; termina con un Epílogo muy hermoso del que
transcribimos este texto:
"Soy
Yo, en efecto vuestra remisión;
soy
yo, la Pascua de la salvación;
yo
el cordero inmolado por vosotros,
yo
vuestro rescate,
yo
vuestra vida,
yo
vuestra luz,
yo
vuestra salvación,
yo
vuestra resurrección,
yo
vuestro rey...
El
es el Alfa y el Omega
El
es el principio y el fin.
El
es el Cristo. El es el rey. El es Jesús,
el
caudillo, el Señor,
aquel
que ha resucitado de entre los muertos
aquel
que está sentado a la derecha del Padre...."
El texto Sobre la
Santa Pascua del Anónimo Cuartodecimano, se abre con un hermoso Exordio
sobre el tema de la luz y de la primavera, inspirado en el momento de la
celebración vigilar y una invitación a la fiesta, provisto de un plan de
desarrollo general inspirado en Ex 12. Sigue la primera parte sobre la Pascua
judía, realizada con una exégesis minuciosa de los textos. Tenemos después la
segunda parte sobre la Pascua cristiana con una hermosa exposición sobre los
momentos progresivos de la revelación del misterio de Cristo, el nacimiento, la
pasión, con un hermoso himno a la cruz, la resurrección y glorificación de
Cristo.
He aquí cómo describe el descenso a los infiernos: "Ya
que muchos justos habían anunciado la buena noticia profetizando, lo esperaban
como primogénito de entre los muertos por medio de la Resurrección, aceptó
permanecer tres días bajo tierra para salvar a todo el género humano: los que
vivieron antes de la ley, los que vinieron después de la ley y los de su
tiempo. Quizá permaneció tres días en la tumba para resucitar a los vivientes
en todo lo que compone su realidad: alma espíritu y cuerpo. Una vez resucitado
son las mujeres las primeras que lo ven...`Mujeres, alegráos’; esta es la voz
que resuena en sus oídos para que la primitiva tristeza de la mujer quede como
engullida por gozo de la Resurrección."
La homilía pascual se cierra con una exaltación lírica de
Cristo nuestra Pascua, que parece haber influenciado muchos textos líricos
pascuales de la antigüedad cristiana, que todavía hoy resuenan en el Exultet de la liturgia romana, y en los
Estikirás de Pascua de la liturgia bizantina. He aquí un texto del Epílogo:
"Oh,
Pascua divina!
Oh,
festividad espiritual!
Del
cielo tu desciendes hasta la tierra
y
de la tierra nuevamente subes al cielo.
Oh,
consagración común de todas las cosas!
Oh,
solemnidad de todo el cosmos!
Oh,
alegría del universo, su honor,
festín
y delicia...!
Oh,
Pascua divina! Por tí la gran sala de bodas
está
llena;
todos
llevan el vestido de bodas,
ninguno
es echado fuera por estar privado
del
vestido nupcial..."
En esta homilía el predicador anónimo describe también el misterio de la Resurrección con los tres momentos que hemos evocado al principio.
Entre los textos más antiguos que nos recuerdan algún
esquema de celebración primitiva de la Pascua debemos citar un fragmento de la Didascalía siríaca (siglo III) donde se
expresa así el desarrollo de la vigilia pascual:
"Ayunad los días de
Pascua... la parasceve y el sábado pasadlos en ayuno íntegro sin tomar nada.
Durante toda la noche, quedaos reunidos juntos, despiertos y en vela,
suplicando y orando, leyendo los profetas, el Evangelio y los Salmos, con temor
y temblor y con asidua súplica, hasta la hora de tercia de la noche pasado el
sábado, entonces romped vuestro ayuno... Después ofreced vuestros sacrificios,
comed y alegraos, gozad y exultad porque Cristo ha resucitado prenda de nuestra
resurrección y ésto sea legítimo para vosotros perpetuamente hasta el fin del
mundo" (V, 17-19).
Tertuliano en diferentes textos alude a la Pascua y al
ayuno, pero habla claramente de una noche entera de vigilia para celebrar esta
santa festividad cuando escribe: "Quién finalmente se fiará de permitirle
de pasar la noche fuera de casa con ocasión de los ritos anuales de la
Pascua?" (Ad uxorem, 2,4,2: PL 1,1407).
Es justo
preguntarse: ¿cómo se celebraba al inicio la gran vigilia de la Pascua? ¿Cuáles
son los elementos rituales apenas citados, por ejemplo, en el texto de la
Didascalía?
Todo se desarrollaba durante la noche en un ambiente
iluminado, por tanto en un lucernario permanente, que poco a poco inspirará el
solemne rito de la luz con una referencia clara a Cristo luz del mundo. Pero al
principio no tenemos algo semejante e la bendición del cirio pascual y del Exultet que son de época posterior. A.
Hamman reconstruye el ambiente de la noche de Pascua con estas sugestivas
pinceladas.
"La noche del sábado toda la
ciudad estaba iluminada; las antorchas alumbraban las calles mientras los
fieles con sus luces se encaminaban a la asamblea litúrgica. Con actitud
solemne, los cristianos escuchaban la lectura de las grandes páginas de la
Biblia. Los catecúmenos oían proclamar por última vez las principales etapas de
la historia de salvación, la historia del pueblo de Dios, convertida, en esta
noche, en su historia personal. Hacia el final de la vigilia, el Obispo rodeado
de sus ministros, pronunciaba la homilía... la gran vigilia de lecturas y de
oraciones terminaba con el bautismo. Los candidatos se acercaban a la fuente
bautismal y descendían desnudos a la piscina. Cuando salían vestían túnicas
blancas con las cuales volvían a la iglesia en procesión, para participar por
primera vez en la cena cristiana. Al alba cada uno volvía a su casa con los
ojos resplandecientes de alegría pascual."
Tratemos ahora de reconstruir en síntesis algunos de estos
elementos rituales, apoyándonos en los testimonios de los Padres de la Iglesia.
El ayuno.
Los cristianos se
preparaban a la Pascua con un ayuno riguroso de al menos dos día enteros
(viernes y sábado) como testimonia la Traditio
Apostolica, Tertuliano y la Didascalía. Por esto la SC n. 110 lo recuerda
todavía hoy y algunas comunidades diligentemente lo han restablecido. Este
ayuno, según el testimonio de Tertuliano, está inspirado en las palabras de
Jesús: ayunarán cuando les sea quitado el Esposo (cfr. Lc 5:35). Algunos
pensaban que era un ayuno de reparación o de contestación por la Pascua de los
judíos. Se ayuna en espera de la Pascua; el cuerpo participa con el ayuno en
una tensión hacia el momento de la celebración pascual con la Eucaristía que
rompe el ayuno.
La gran vigilia
nocturna.
Al testimonio de la Didascalía acerca
de la noche pasada en vela se pueden añadir algunos testimonios de los Padres.
Así describe Gregorio de Nisa la celebración: "¿Qué hemos visto? El
esplendor de las antorchas que eran llevadas en la noche como en un nube de
fuego. Toda la noche hemos oído resonar himnos y cánticos espirituales. Era
como un río de gozo que descendía de los oídos a nuestras almas, llenándonos de
buena esperanza... Esta noche brillante de luz que unía el esplendor de las
antorchas a los primeros rayos del sol ha hecho con ellos un solo día sin dejar
intervalos a las tinieblas" (PL 38,1087-1088). 129).
Juan Crisóstomo recuerda entre otras cosas como elementos
celebrativos: "la predicación de la santa palabra, las antiguas oraciones,
las bendiciones de los sacerdotes, la participación en los divinos misterios,
la paz y la concordia" (PG 50,415-432).
Los cristianos sienten que todo el mundo vela, que incluso
los judíos y los paganos celebran la fiesta con ellos, que las antorchas
encendidas son los símbolos de los deseos de todos. Esta es la vigilia de las
vigilias, la madre de todas las vigilias cristianas (San Agustín, Sermo 219:PL
38,1088).
Las lecturas y los
salmos. Entre las
lecturas que son señaladas aquí y allí por los Padres, es necesario recordar:
El relato de la creación y quizás el sacrificio de Abrahán, el éxodo del pueblo
hebreo Ex 12-14, el Evangelio de la Resurrección. Entre los salmos se citan el
Salmo 117, y los salmos bautismales 22 y 41 (42) con su referencia a las aguas
bautismales y a los otros sacramentos.
Sobre estas lecturas los Padres dictan sus homilías,
caracterizadas por un tono lírico kerigmático, mistagógico; con referencias
poéticas a la primavera, a los sacramentos pascuales, a la Resurrección y a
nuestra redención. Son particularmente hermosas las de Agustín, de Gregorio de
Nisa y de Máximo de Turín, y la atribuida a San Juan Crisóstomo que todavía hoy
se lee en la liturgia bizantina (PG 59,721-723). Jerónimo que no se sentía
poeta dice sentirse arrebatado por el gozo inspirador de esta noche (PL 39
2058-2059).
Entre los textos líricos más hermosos, nos gusta citar el
texto de Asterio de Amasea, llamado el Sofista, que es una lírica exaltación de
la Pascua cristiana como canto de la noche santa, con acentos que resuenan en
nuestro Exultet pascual:
"Oh
noche más resplandeciente que el día.
Oh
noche más hermosa que el sol.
Oh
noche más blanca que la nieve.
Oh
noche más brillante que la saeta.
Oh
noche más reluciente que las antorchas.
Oh
noche más deliciosa que el paraíso.
Oh
noche libre de tinieblas.
Oh
noche llena de luz.
Oh
noche que quitas el sueño.
Oh
noche que haces velar con los ángeles.
Oh
noche terrible para los demonios.
Oh
noche anhelo de todo un año...
Oh
noche madre de los neófitos... " (PG 40, 433-444).
He aquí el hermoso texto con el que Basilio de Seleucia
inicia con garbo una homilía pascual: "Cristo con su Resurrección de entre
los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta" (PG 28, 1081).
Entre los salmos resuena también el Aleluya pascual que los Padres comentan con el sentido típico de la
alegría de Pascua.
Célebre es el comentario de Agustín sobre el cántico nuevo: (PL 38,210-213).
Los ritos de la
iniciación cristiana. Por el testimonio de Tertuliano y los textos de la Tradición apostólica y de manera
particular por las catequesis mistagógicas de Cirilo de Jerusalén, se puede
afirmar que ya desde los primeros decenios del siglo III se celebra el
bautismo, la unción con el crisma, y la primera eucaristía de los neófitos, con
una variada expresividad de símbolos que los Padres comentan en sus homilías
mistagógicas. Cada rito es explicado en su significado místico. El sentido beso
de paz intercambiado en la asamblea, expresa en este momento el gozo particular
de la vigilia pascual. Beso de paz y de reconciliación según este conocido
texto de Gregorio de Nisa que todavía hoy resuena en los Estikirás de Pascua en
la liturgia bizantina.
"Día de Resurrección, (feliz inicio! Celebremos con
gozo esta fiesta y démonos el beso de paz. Invitemos (oh hermanos! a hacer
Pascua aún a aquellos que nos odian... Perdonándonos todo en honor de la
Resurrección, olvidemos las ofensas recíprocas" (PG 35,396-401).
La Eucaristía.
El centro de la
celebración es la Eucaristía, en la que el Señor Resucitado se hace presente y
se entrega a la Iglesia. Es la unión nupcial con la Esposa. Los neófitos
reciben la comunión con el cuerpo y la sangre del Señor por primera vez y se
les ofrece un cáliz en el que saborean la leche mezclada con la miel, signo de
su ingreso en la tierra prometida. La comunión interrumpe el ayuno y surge la
alegría del encuentro con el Señor Resucitado que se prolonga cincuenta días.
Pero en medio de la Pascua puede existir una experiencia
dolorosa de persecución como la que nos transmite Eusebio en este hermoso texto
antiguos: "Nos exiliaron y, solos, entre todos fuimos perseguidos y
llevados a la muerte. Pero también entonces hemos celebrado la fiesta. Cada
lugar donde se padecía, llegó a ser para nosotros un lugar donde se celebraba
la fiesta: aunque fuese un campo, un desierto, una nave, una posada, una
prisión. Los mártires perfectos celebran la más espléndida de las fiestas
pascuales siendo admitidos a la gracia del festín celestial" (Eusebio, Historia Eccl. VII, 22,4).
El ágape. Con la Eucaristía se rompía el
ayuno y con el ágape de la fraternidad se participaba en el gozo común. Todavía
hoy el ágape forma parte de la celebración pascual en Oriente y expresa la
participación del regocijo común después del largo ayuno de espera.
El Lucernario. Todo, lo hemos dicho, sucedía en
la noche iluminada por las antorchas. El aula de la celebración iluminada como
el día, era la más hermosa expresión de una obscuridad vencida por la luz de
Cristo, y por la luz de los cristianos que resplandecen en las tinieblas con su
vida de hijos de la luz.
Ya se percibe en la el exordio de la homilía del Anónimo
Cuartodecimano este cántico lírico de la luz cuando escribe: "He aquí que
brillan ya los sagrados rayos de la luz de Cristo... Aquél que es antes que la
estrella matutina y que los astros, Cristo el inmortal, el grande, el inmenso,
brilla sobre todas las cosas más que el sol..." (PG 59,735).
La continuación de la
fiesta. La fiesta
iniciada en la vigilia se prolongaba durante todo el día; más aún, por una
semana entera y todavía después por cincuenta días. Escribe Hamman: "Desde
la mañana los cristianos se intercambiaban augurios y felicitaciones. Todo el
domingo era día de gozo. En Hipona, Agustín predicaba también a la mañana y
frecuentemente también a la tarde. El tema pascual era inagotable. La fiesta se
prolongaba por una semana entera, durante la cual los fieles escuchaban en la
misa el relato evangélico de las apariciones del Resucitado..."
§ Una celebración diferenciada de la vigilia pascual: el rito latino y el rito bizantino. La vigilia pascual del rito romano
Después de un día de silencio, de oración y de ayuno, los
cristianos de disponen en el rito latino a celebrar la Pascua, el paso, la
Resurrección del Señor. La vigilia pascual es la Pascua del Señor y la Pascua
de la Iglesia, origen y raíz de todo el año litúrgico. La estructura actual
recupera el pleno sentido de la antigua celebración pascual en el corazón de la
noche. Debe ser celebrado como vigilia completa hasta las primeras horas del
alba, con el gozo de vivir el vela orando y cantando en esta noche
"esperada durante todo un año."
En esta celebración de la vigilia reciben su consagración
pascual las palabras, las oraciones, los sacramentos, y los símbolos de la
Iglesia que son prolongaciones e irradiaciones de la Pascua. Todo es nuevo,
todo confiere novedad a la Iglesia en los grandes símbolos cristológicos y
litúrgicos.
Estos grandes símbolos son: La asamblea santa que es siempre
la Esposa y la comunidad del Resucitado. El tiempo nuevo que es siempre, de noche
y de día, tiempo pascual insertado ya en nuestro hoy que es Cristo.
La espera vigilante, celebración de la presencia y del
retorno definitivo del Resucitado. La luz pascual que desde el Génesis al
Apocalipsis bajo el signo de Cristo luz del mundo lo inunda todo. El fuego
nuevo que recuerda la columna de fuego y el fuego del Espíritu encendido por el
Resucitado y en los corazones de los fieles. El agua regeneradora, signo de la
vida nueva en Cristo, fuente de la vida. El crisma santo de la unción espiritual
de los bautizados. El banquete nupcial de la Iglesia, en el pan y en el vino de
la Eucaristía tenemos el banquete escatológico, la comida del Resucitado y con
el Resucitado. El canto nuevo del aleluya pascual, himno de los redimidos,
cantar de los peregrinos en camino hacia la patria.
Todos los otros símbolos son pascuales: la cruz, el altar,
el ambón, el libro. Sobre todo, por la importancia ritual de la Vigilia, el
Cirio pascual, signo de Cristo que ilumina con su presencia la asamblea. Todo,
durante todo el año, será signo de Cristo resucitado. El templo su morada; el
tiempo, espacio histórico donde el se hace presente. El altar el sepulcro
nuevo; el ambón el jardín de la resurrección desde donde se anuncia el
"kerigma" de la resurrección y Cristo explica las Escrituras.
La liturgia de la luz.
Con la lógica
bendición del fuego nuevo para encender la nueva luz, se recuerda que estamos
en la noche donde todo se renueva en aquél que hace nuevas todas las cosas. El
cirio es bendecido y adornado porque es símbolo de Cristo luz. La procesión de
las tinieblas a la luz, la peregrinación de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios,
guiada por la columna de fuego, iluminación bautismal que cada uno recibe de
Cristo para ser siempre hijo de la luz.
La proclamación del anuncio pascual es momento solemne y
antiguo, lírico y cargado de teología y de pathos
que debe realizarse en una atmósfera de fe y de gozosa escucha, con plena
participación.
El texto actual contiene estos momentos:
·
Invitación al gozo pascual a la asamblea del cielo, a la
tierra, a la Iglesia entera, a la asamblea reunida;
·
La gran oración de bendición y de exaltación de la Pascua del
Señor, la noche dichosa, síntesis de las noches salvíficas de Dios en la
historia de la salvación.
·
El canto de la teología de la
redención pascual: "Feliz
la culpa que mereció tal Redentor!." Es la noche verdaderamente dichosa
que reconcilia la tierra al cielo y el hombre a su Creador. Se canta la
victoria de Cristo, victoria de los cristianos.
·
El ofrecimiento de la alabanza de la Iglesia y del signo
luminoso del cirio pascual.
La liturgia de la
palabra. Se
vuelve a la antigua estructura celebrativa de una gran vigilia de lecturas, de
oraciones, de cantos. La proclamación de la palabra de Dios se hace
simbólicamente a la luz de Cristo Resucitado centro del cosmos y de la
historia. Las lecturas actuales tienen un triple carácter simbólico. Son
lecturas progresivas de la historia de la salvación; tienen un carácter
cristológico; poseen una estrecha relación con el bautismo. A la proclamación
sigue el salmo o cántico. A continuación la oración de la Iglesia expresa el
sentido tipológico de la lectura. Tras las lecturas del Antiguo Testamento a la
luz de Cristo que ilumina la continuidad y la unidad entre los dos Testamentos
se canta con solemnidad el Gloria, antiguo
himno de la mañana, que por su alusión a las palabras del Angel no puede menos
de evocar en esta noche santa el sentido pascual de la encarnación y del
nacimiento de Cristo. La oración colecta evoca la noche santísima, la gloria de
la Resurrección, la renovación de todos los hijos en la adopción.
Sigue la liturgia de la palabra del N.T. con la lectura de
Rm 6:3-11: El bautismo, misterio pascual, el Salmo que canta la victoria
pascual de Cristo: Este es el día en que actuó el Señor. Y se entona el
Aleluya: Solemne anuncio del canto nuevo, con la triple proclamación ritual del
Aleluya. Todo tiene su culmen en la proclamación del Evangelio: El Kerigma de
la Resurrección: Mt 28:1-10, Mc 16,1-8, Lc 24,1-12. A este punto se continúa
con la homilía que en el estilo de la tradición patrística debería ser
kerygmática, mistagógica y pascual.
La liturgia bautismal.
Sigue la liturgia
bautismal con la invocación de los santos, la bendición de la pila bautismal y
todos los otros ritos del bautismo y de la confirmación cuando hay adultos para
bautizar. Si no hay bautismos, se pasa en seguida a la bendición del agua
lustral, a las renuncias y promesas del bautismo, con la aspersión del agua. Es
el recuerdo memorial de la Pascua y del bautismo. Termina con la oración de los
fieles.
La liturgia
eucarística. Encuentro
con el Cristo resucitado en su sacrificio pascual, en la comunión con Él, con
los elementos propios de la oración para esta noche santísima en el canon
romano y en las otras plegarias eucarísticas. Una monición prepara a los
neófitos a la primera eucaristía. La celebración se cierra con la invitación
pascual al final de la misa para llevar a todos el anuncio del Cristo
Resucitado.
Las celebraciones del
día. La
celebración del Domingo de Pascua a continuación de la vigilia tiene algunos
elementos característicos.
La liturgia de la palabra se estructura ya partiendo de la
lectura de los Hechos de los Apóstoles que sustituye el AT según la antigua
costumbre de la Iglesia: la 10 lectura de Hch 10:34-43 recuerda la predicación
de los apóstoles, testigos de la resurrección. El Salmo: 117:1-2, 16-23 canta
el día en que actuó el Señor. La segunda lectura del Apóstol evoca las
exigencia de la ética pascual y de la vida nueva de los que han sido bautizados
en Cristo.
En el Evangelio se leen, según los ciclos, diversos textos
que relatan el acontecimiento de la Resurrección del Señor.
En la misa de la tarde se lee muy apropiadamente el episodio
de la aparición a los discípulos de Emaús, acaecida en la tarde del primer día
de la semana.
Entre la segunda lectura y el Evangelio se intercala la
bella Secuencia de Pascua "Victimae paschali laudes..." de Vipone
(+1048). Uno de los textos más bellos y sugestivos de la liturgia latina,
cargado de nostalgia y de profesión gozosa de la fe. Actualmente le falta una
estrofa que decía así: "Credendum est magis soli Mariae veraci quam turbae
iudeorum fallac": "Es mejor creer a María que dice la verdad que a la
multitud de los judíos que proclaman la mentira." En la celebración
litúrgica del Domingo de Resurrección merecen un relieve especial las Vísperas
como celebración vespertina de la presencia de Cristo en la Iglesia y de la
gloria del Resucitado, Luz gozosa de la santa gloria del Padre.
La vigilia pascual es ya la celebración del santo Domingo de
Pascua, en el que se celebra la vivificante Resurrección de Cristo. Cuando
suenan las campanas de la media noche se hace una procesión alrededor de la
Iglesia con las velas encendidas y comienza la celebración con el tropario:
"Tu Resurrección, (oh Cristo Salvador! los ángeles cantan en los cielos,
haznos dignos también a nosotros, sobre la tierra, de glorificarte con puro
corazón." Después de la lectura del Evangelio de la Resurrección (Mc
16:1-8), se entona por tres veces el tropario que resonará todavía decenas y
decenas de veces en la noche santa; "Cristo ha resucitado de entre los
muertos con su muerte aplastó la muerte y los que estaban el sepulcro les dio
la vida." La procesión gozosa entra en el templo adornado de luz y de
flores, repitiendo incansablemente el tropario pascual y el augurio de la
Resurrección, repetido en varias lenguas. Y comienzan los maitines de la
Resurrección con hermosísimos textos entre los cuales es necesario recordar el
Canon poema de la Resurrección de Juan Damasceno.
El texto clave de esta celebración es sin duda los Estikirás
de Pascua pieza lírica de gran belleza e intensidad poética.
Antes de la celebración eucarística se lee la hermosa catequesis
u homilía pascual de Juan Crisóstomo que es una invitación al gozo del banquete
pascual para todos.
Se intercambia el beso de paz con la fórmula clásica que
después se repite durante todo el tiempo pascual como saludo entre los
cristianos (y también con ocasión de la muerte de algún familiar o pariente).
En español:(Cristo ha resucitado! (Sí, verdaderamente ha Resucitado! En griego:
(Christós anésti! — Alizós anésti!. En eslavo antiguo: Cristós voskriesse! —
Voistinu voskriesse!
Se proclama en la misa el Prólogo del Evangelio de Juan en
varias lenguas. Se bendicen los panes y los huevos pascuales al final de la
misa. Resuena también el tropario de los bautizados en la divina liturgia
aunque no se administre el bautismo ya que se recuerda la participación de
todos los cristianos en la pascua de Cristo por medio del bautismo:
"Todos vosotros los que habéis sido bautizados en
Cristo, habéis sido revestidos de Cristo." La vigilia, después del largo y
extenuante ayuno, prolongándose durante varias horas hasta el alba, se concluye
con el ágape pascual.
La mañana del domingo la celebración eucarística es solemne;
las puertas del iconostasio permanecen siempre abiertas, signo de que Cristo ha
abierto de par en par a todos de las puertas del paraíso. En algunos lugares
existe la costumbre de ir al cementerio a celebrar las Vísperas de la
Resurrección, para cantar así la esperanza que está expresada por el tropario
pascual: "Cristo ha resucitado de entre los muertos..."
Y con la vigilia pascual y el domingo de la Resurrección
empieza los cincuenta días de Pascua, el "Pentecostario," como se le
llama también al libro que contiene los oficios de los cincuenta días.
Los textos evangélicos de la Resurrección del Señor y el texto de la 10 Carta de S. Pedro sobre el descenso de Jesús al infierno, anteriormente recordados, para liberar a los que estaban en poder de la muerte, ilumina el sentido pleno de los dos iconos de la Resurrección más comunes en la Iglesia de Oriente: el de la Anástasis o Resurrección bajo el signo del descenso de Cristo a los abismos y el de las Mujeres miroforas, portadoras de aromas, ante el sepulcro vacío.
Empecemos por el icono de la Resurrección gloriosa que
expresa el triunfo de Jesús Resucitado que baja a los infiernos para liberar a
nuestros padres que estaban en los abismos de la muerte.
A primera vista el icono de la Resurrección nos resulta un
poco diverso de la forma con que ordinariamente se pinta en Occidente la
Resurrección de Jesús. Lo solemos ver así: Cristo sale victorioso del sepulcro.
La piedra ha sido levantada. Junto al sepulcro los guardias duermen. Jesús
lleva el estandarte de la cruz. Es su victoria personal, su triunfo de
Resucitado.
El mensaje del icono oriental de la Resurrección es diverso
y complementario; quiere indicar que el triunfo de Jesús nos envuelve a todos,
que El ha bajado hasta el abismo, para llenarlo de luz y para que su
Resurrección se manifieste en toda su fuerza salvadora que llega hasta el
primer hombre y la primera mujer, Adán y Eva.
La Iglesia de Oriente conmemora en el Viernes santo y en el
Sábado santo con hermosos cantos y símbolos esta presencia de Cristo bajo la
tierra, como sol escondido, como vida engullida por la muerte, como grano de
trigo que va a romperse para dar la vida en abundancia. Ahora contempla el
camino de Cristo en su descenso, ya glorioso, a los infiernos, en una danza de
victoria y de luz.
Muchos son los iconos orientales que así representan este
misterio, los frescos que engalanan las paredes de las iglesias y monasterios,
los mosaicos de las antiguas catedrales que han recibido el influjo del Oriente
cristiano, como San Marcos de Venecia o la Capilla Palatina de Palermo.
Sin embargo, como hemos advertido, solo con grande recato
esta contemplación de lo que estuvo fuera de la vista de los ojos de este mundo
pasa a ser una representación pictórica.
En realidad este icono oriental ha sido inspirado por los
textos bíblicos, patrísticos y litúrgicos que han profundizado este misterio,
lo han celebrado en los cantos litúrgicos y ahora, finalmente lo han iluminado
con la pintura para que todo el pueblo santo de Dios lo contemple.
Este descenso de Cristo a los abismos mantiene la
continuidad que la Iglesia oriental mantiene en sus oficios litúrgicos con la
pasión gloriosa y el "epitaphios trinos" o sepultura de los tres días
que el Viernes Santo termina con el canto de la profecía de Ezequiel 37 acerca
de los huesos áridos que el Espíritu tiene que resucitar y con el canto de
María y de la Iglesia que clama por la Resurrección de Jesús.
Existen varios tipos de iconos orientales del descenso del
Señor a los infiernos. Los más célebres son sin duda alguna el del
"paraclession" de Kariye Kami en Istanbul. Algunos iconos griegos de
Tesalónica, Dafni, y de la escuela de Creta. y fionalmente algunos iconos rusos
de la escuela de Dionisio y de la ciudad de Novgorod.
Todos los iconos repiten el mismo esquema que sintetiza la
fe de la Iglesia y el canto de la liturgia en la noche santa de Pascua, cuando
se repite decenas de veces el gran tropario pascual: "Cristo ha resucitado de entre los muertos; con su muerte ha vencido la
muerte y a los que estaban en los sepulcros ha dado la vida."
Hay, sin embargo, una pintura que se puede considerar el
culmen de la teología iconográfica de la resurrección, así como el icono de la
Trinidad de Andrej Roublëv es el culmen de la expresión del misterio
trinitario. Es la pintura de la pequeña capilla o paraclession de San Salvador
de Chora (de los campos), el templo de Kariye
Camy en Estambul.
En efecto, en Constantinopla existe una pequeña iglesia en
la que se puede admirar la pintura más bella de la Resurrección. En el ábside
de la capilla del paraclession, un fresco maravilloso expresa el arte y la
teología bizantina del siglo XIV. Ante nuestros ojos un Cristo Resucitado lleno
de poder y majestad, envuelto en un círculo de luz, en medio de la oscuridad
del abismo. El fresco ofrece una visión extraordinaria del Resucitado en medio
de un intenso fondo azul que dibuja una cavidad entre dos montañas. El
Resucitado, lleno de luz, aparece majestuoso entre una "mandorla"
ojival llena de estrellas, con su aureola dorada. Con fuerza extraordinaria arranca
de sus sepulcros a Adán y a Eva, mientras con sus pies rompe las puertas de la
muerte. Campea sobre la figura del Resucitado escrita en griego la palabra
Anástasis: Resurrección.
Un autor ortodoxo comenta el mensaje de la imagen con estas
hermosas palabras: "Cristo desciende a los infiernos para destruirlos; es
de una blancura relampagueante, pero ahora ya no está en el monte de la
trasfiguración sino en el abismo de la angustia y de la asfixia tenebrosa. Uno
de sus pies, con un gesto de increíble violencia, rompe las cadenas de este
mundo. La otra pierna, con un movimiento de danza, de nado, empieza ya a subir
de nuevo, como el nadador que después de haberse zambullido en el fondo, toma
fuerza para regresar al aire y a la luz. Pero es Él el aire y la luz. El aire y
la luz son irradiación de su rostro en el fulgor del Espíritu Santo. Y aquí
está su gesto liberador: con cada mano Cristo agarra por las muñecas al Hombre
y a la Mujer. Y no por la mano, porque la salvación no se negocia, se da. Así
los arrastra fuera de sus tumbas. Ninguna sombra: todo rostro tiene la luz del
infinito. Ninguna reencarnación: todo rostro es único. Ninguna fusión: todo
rostro es un secreto. Ninguna separación: todos los rostros son llamas de un
mismo fuego. Y la finalidad no es la de conseguir la inmortalidad del alma,
porque inmortales ya lo son las almas en el infierno. Cada rostro es de esta
tierra, pero de esta tierra que ha sido ya plasmada con el cielo" (O.
Clément).
Hay otros iconos de las escuelas rusas en los que el rostro
de Cristo es dulce, amoroso, como el del Buen Pastor que ha ido hasta el
infierno a buscar la oveja perdida y ahora le ofrece con su mano extendida, la
vida inmortal.
Dentro del canon fundamental del modelo iconógráfico del
icono podemos destacar algunos detalles comunes. La figura central es siempre
la de Cristo en el esplendor de su cuerpo ya glorificado: baja a los abismo
infernales, representados por una cavidad oscura aplastando con sus pies las
puertas de la muerte. Está con frecuencia enmarcado en una "mandorla"
redonda u ojival, punteada de estrellas. A veces lleva en sus manos el trofeo
de la Cruz o el rollo de la revelación, para indicar el signo de la victoria y
la Escritura donde estaba contenida la profecía de su victoria final. Otras
veces loa ángeles en lo alto levantan la cruz gloriosa, signo de salvación y de
continuidad entre la pasión y la victoria gloriosa de la resurrección. Sus
vestidos son blancos y resplandecientes o bien dorados y luminosos, como si se
descendieran centellas de luz de su cuerpo glorioso a través de sus vestiduras.
Son figuras centrales Adán y Eva. A veces Cristo está
situado en medio de ellos y con la fuerza de sus manos los arranca de sus
sepulcros. Otras veces Cristo se acerca a Adán o a Eva para darles la mano y
arrastrarlos fuera del sepulcro. Nuestro progenitores llevan un vestido de
diverso color. Junto a ellos hay un grupo de Justos del Antiguo Testamento. Se
distinguen algunos por algunos rasgos iconográficos, entre ellos Juan el
Bautista, David y Salomón, otros reyes con sus coronas, un grupo de profetas
entre ellos Isaías y Daniel. Moisés está algunos iconos y se le reconoce porque
lleva en sus manos las tablas de la ley. Hombres y mujeres que representan los
justos que esperaban la victoria del Mesías en el abismo infernal del Sheol.
Todos los justos están en actitud adorante. A veces en
algunos iconos extienden sus mano, recubiertas con sus vestidos en signo de
adoración con la mirada puesta en el Resucitado.
El infierno aparece bajo los pies de Cristo como un abismo
oscuro en el que a veces vemos llaves y cerrojos, clavos y otros instrumentos,
que simbolizan la victoria de Cristo sobre todo aquellos que tenía prisioneros
a los justos.
En algunos iconos bajo los pies del resucitado que aplasta
rotas las puertas del Ades hay un grupo de figuras oscuras y de figuras
blancas, otros condenados y otros justos, mientras algunos ángeles encadenan al
enemigo mortal del hombre que es el diablo.
Los textos de la Vigilia pascual comentan esta imagen:
"Has bajado de la tierra al seno del abismo, has roto los vínculos ternos
de los que la muerte tenía prisioneros. Y ahora después de tres días, como
Jonás, resucitas dejando vacío el sepulcro" (Oda VI). "Has bajado a
la tumba, oh Inmortal y has destruido la potencia del Ades. Has resucitado
vencedor, oh Señor. A las mujeres miroforas has dirigido un saludo de gozo. Has
dado la paz a los apóstoles y a los caídos has otorgado la Resurrección."
(Kontakion). "De la muerte celebramos la muerte y la destrucción del infierno.
Cantemos, danzando, al autor de la vida inmortal, único y bendito Señor
glorioso de nuestros Padres" (Oda VII) "Dormido en la carne como un
muerto, oh Rey y Señor, has resucitado al tercer día. Comunicas a Adán la
incorruptibilidad y la muerte ya no existe. Oh Pascua que vences la corrupción
y eres del mundo la salvación" (Exapostilario).
En su gran expresividad teológica y plástica este icono de
la Resurrección canta la victoria de la vida sobre la muerte. Canta la vida, la
penetración de Cristo en el abismo que se abre a sus pies. La canta el fulgor
blanquísimo de sus vestidos que expresa la fuerza de su divinidad. Canta la
vida el poder de su figura dulcísima y fuerte de Resucitado que anuncia la paz
y la libertad. Aquí está el Libertador porque da la vida, arrancada de la
muerte. Da la vida eterna. Promete una vida como la suya en la que cada uno
recupera su propio ser, su propio cuerpo. Pisotea todo lo que es muerte, las
puertas del abismo, los sepulcros, los mismos instrumentos que lo han llevado a
la pasión.
El es la Luz y el Fulgor; el que da la Vida, porque es la
Vida, va más allá de la muerte y del sepulcro. Es la vida divina que va más
allá de las consecuencias del pecado. Y la infunde en los cuerpos. En su Humanidad
nueva empieza la nueva Humanidad; en su Cuerpo de Resucitado la Iglesia empieza
a tener un germen de vida inmortal que la alimenta y la aglutina. Los
sacramentos, empezando por el Bautismo infunden en los hombres la vida que nace
de la Resurrección.
Los ángeles, como hemos recordado, en algunos iconos
muestran la cruz gloriosa. En otros es Cristo quien con su cruz, victorioso,
desciende llevando con la cruz como un báculo el anuncio de paz y de victoria.
Unas rocas abiertas indican que toda la creación participa de esta victoria de
Cristo, el Resucitado que ha vencido la muerte y anuncia en su cuerpo la nueva
pascua del universo, los cielos nuevos y la tierra nueva.
La blancura de los vestidos de Cristo indica su condición de
Resucitado, su fuerza arrolladora con la que penetra en el abismo y todo lo
ilumina, todo lo bautiza con el fulgor de su carne trasparente y verdadera, la
misma que ha sufrido, la que tomó de la Virgen María y que ahora ha adquirido
para siempre la condición del Resucitado: es carne vivificada y vivificadora,
con la fuerza del Espíritu Santo.
La figura de la Resurrección de Jesús contiene una hermosa
teología, decisiva para la comprensión del misterio que se actualiza en
nosotros. Ver a Cristo que desciende hasta el abismo es reconocer su poder
inmenso para bajar hasta el abismo de cada hombre, hasta su propio sepulcro. Es
confesar con un inmenso amor y con intensa fe que el Resucitado es también el
Resucitador y que por lo tanto tiene que bajar hasta lo más profundo de nuestro
ser para arrancarnos de la muerte, vencer nuestro pecado, liberarnos de la
esclavitud.
Con su Resurrección Cristo es el Salvador. Puede anunciar a
todos la Paz con el rostro iluminado. Viene a decirnos "Shalom":
"La Paz sea contigo." Viene a anunciarnos que no hay pecado que El no
pueda perdonar; afirma que el grande, decisivo, único pecado, es el de no
reconocer su Resurrección, ignorar la maravilla de las maravillas del amor del
Padre, rechazar el poder salvador de su misterio pascual.
Creer en la Resurrección es afirmar que Cristo es el
Salvador, el que cambia la muerte en vida, el dolor en amor, el pecado en
gracia, el odio en perdón. Lo ha cambiado en su propia carne y ahora lo quiere
cambiar en todos los que creen en su santa Resurrección.
Creer en Cristo Resucitado es dejar que Cristo pueda hacer
con cada uno de nosotros, lo que ha hecho con Adán y Eva: bajar hasta su
abismo, su sepulcro de la muerte; arrancar con fuerza de este sepulcro y de
este abismo a todos los que están sujetos a la fuerza de la muerte que es el
pecado, la tumba en la que cada uno se encierra y en la que encerramos a los
demás.
Uno de los cantos más bellos de la Iglesia oriental, en la noche
de Pascua, expresa así la alegría de la Resurrección del Señor, con unos
sentimientos que son característicos de toda la literatura cristiana primitiva
tal como se expresan en las homilías pascuales de los Padres de la Iglesia:
"Una
Pascua divina hoy se nos ha revelado.
Pascua nueva y
santa. Pascua misteriosa.
Pascua
solemnísima de Cristo Libertador.
Pascua
inmaculada y grande. Pascua de los creyentes.
Pascua que
abre las puertas del Paraíso.
Pascua que
santifica a todos los cristianos...
Pascua dulcísima,
Pascua del Señor. Pascua!
Una Pascua
santísima se nos ha dado.
Es Pascua.
Abracémonos mutuamente.
Tú eres la
Pascua que destruyes la tristeza.
Porque hoy
Cristo Jesús resucita resplandeciente.
Sí, esta es la Pascua de Cristo Libertador. Una libertad que incluye la vida y la muerte. Una liberación que abraza todo el ser del cristiano. Una liberación de la muerte, para ser verdadera liberación de la vida, porque el que no ha resuelto el problema de la muerte, no ha resuelto el problema de la vida. Cristo libera la vida, librando de la muerte.
Sí, Jesús ha librado con su muerte a todos aquellos que el
diablo tenía prisioneros y esclavos por miedo a la muerte. Liberados de este
miedo existencial que condiciona la naturaleza humana hasta hacerla esclava del
pecado en un esfuerzo desesperado de vivir para no morir, ahora no hay que
hacer las obras de la muerte; hay que dar frutos de vida nueva. Son frutos de
todo aquello que empieza a ser nuevo y definitivo con la Pascua: gozo, bondad,
magnanimidad, paz, justicia, fortaleza, amor verdadero.
Son los frutos del Espíritu, las bienaventuranzas
evangélicas, la vida nueva de los hombres nuevos y resucitados por Cristo.
En la Resurrección de Jesús está el centro de nuestra fe. Es
nuestra salvación. Y es el mensaje que tenemos que gritar a todos con las
palabras y con la vida.
La Iglesia
oriental canta así:
"Día de
la Resurrección.
Resplandezcamos
de gozo en esta fiesta.
Abracémonos,
hermanos, mutuamente.
Llamemos
hermanos nuestros incluso a los que nos odian.
Perdonemos
todo por la Resurrección
y cantemos así
nuestra alegría:
Cristo ha
resucitado de entre los muertos
con su muerte
ha vencido la muerte
y a los que
estaban en los sepulcros
les ha dado la
vida"
En la fe y en el amor, siempre es Pascua. La vida es
resurrección cuando se vive en Cristo y se manifiesta en su amor. Y el morir es
también Pascua, porque en Cristo Jesús la muerte ha sido vencida y todo marca
un sendero de vida inmortal para los que creen y viven en Cristo que es la Resurrección
y la Vida.
No es verdad que nadie ha vuelto del cementerio, como plásticamente se expresa la más castiza filosofía popular. "Un tal Jesús," decía el Procurador romano ante las declaraciones de Pablo, que los cristianos afirman que ha resucitado. Nosotros así lo creemos y hemos hecho de este misterio el centro de nuestra fe. Y el que ha vuelto del sepulcro, es el que da ya la vida nueva a todos, y abre un sendero de vida en medio de la muerte y promete una vida imperecedera, como la suya, a la derecha del Padre.
En la vida y en el dolor, ante la muerte y las desgracias,
podemos decir como los cristianos de Oriente, que suelen reservar este saludo
incluso para dar el pésame ante la muerte de un ser querido: "Cristo ha resucitado." Y se
responde, tal vez con alegría, tal vez con el dolor y la esperanza: "Sí, de verdad, El ha resucitado."
Un monje santo de la Rusia de siglo XVIII, Serafín de Sarov, acogía a los que
iban a visitarlo con estas palabras, llenas de ternura y de esperanza: "Mi alegría, Cristo ha resucitado."
El icono nos evangeliza de nuevo y quiere hacernos testigos de la Resurrección. Testigos que llevan luz de la fe en los ojos, alegría en el corazón, fortaleza ante las adversidades, amor en todas las manifestaciones, porque Cristo ha resucitado y nos ha dado la luz de la fe, la antorcha de la esperanza, nos ha anunciado la paz, nos fortalece ante las adversidades, y ha derramado sobre nosotros el Espíritu Santo, que es el don inefable de nueva vida que nace de la Pascua del Señor.
Un grande testigo de la tradición ortodoxa ha escrito
invitándonos a contemplar este icono: "Os invito a contemplar un icono
litúrgico que expresa, mucho más y se manifiesta mucho más poderosa para
hablarnos de nuestra transformación teológica que muchos tratados cultos. Se
trata del icono que en la tradición bizantina es la expresión litúrgica más
fiel del icono del misterio de la Resurrección: el descenso de Cristo a los
infiernos. Aquí tenemos, además, un indicio precioso de la cualidad de una y de
otras tradición litúrgica. Vosotros conocéis todas esas pinturas, es decir esos
iconos de épocas de decadencia, que representan a Cristo mientras sale del
sepulcro... Sin embargo el icono del descenso de a los infiernos es un signo
litúrgico mucho más cercano al misterio. Nos atrae hacia la interioridad del
acontecimiento y nos introduce en él, nos pone en relación con él. Cristo
Resucitado, resplandeciente de luz, imagen del Dios invisible en su Humanidad
transfigurada, penetra en nuestras profundidades tenebrosas y arranca al hombre
y a la mujer de la tumba en la que la muerte los tenía prisioneros. Aquí se
expresa todo el dinamismo de nuestra vida nueva: `Conocerlo a El y el poder de
su Resurrección’ (Fil 3:10), consiste en este movimiento, en el cual Cristo
baja a nuestras profundidades para hacernos volver a la luz de la vida. Es el
mismo movimiento del Bautismo, un bajar y un subir (Cf. Rm 6:3-4), con todo el
realismo espiritual che el poder del espíritu actuará cada día en nuestra vida
personal. Nuestra participación actual a la Resurrección de Cristo consiste en
este bajar a los infiernos, es decir a nuestras profundidades para hacer pasar
todo a la luz" (I. Hazim).
En la sugestiva unidad entre palabra e imagen, entre anuncio
que llega al oído y pintura que se presenta ante nuestros ojos, el misterio de
las mujeres de Pascua tiene una hermosa representación plástica en el icono
oriental llamado "Las miroforas ante el sepulcro." La tradición pictórica
es muy antigua. Así aparece en los frescos murales de la Iglesia de Doura
Europos del siglo III, o en las "ampollas de Monza" que provienen de
Palestina y se remontan a los siglos IV-V. Así tenemos ilustrada la escena en
el Evangeliario de Rabbula de Edessa que se conserva en la Biblioteca
Laurenziana de Florencia, que viene del Asia menor y data del siglo VI. Y la
tradición continúa a través de los mosaicos y los iconos clásicos de Grecia y
de Rusia.
La escena es siempre la misma. Un grupo de mujeres, de dos a
cuatro, llevando bien visibles entre sus manos los tarros de ungüento perfumado
para las unciones, se acercan al sepulcro. Contemplan la piedra levantada, los
vestidos están por el suelo. Un Ángel o dos tal vez, vestidos con vestiduras
blancas, les señalan el sepulcro vacío y las vendas por el suelo, con un gesto
que parece acompañar con las palabras del anuncio evangélico: "Ha
resucitado, no está aquí. Id a anunciar a sus discípulos" (Cf. Mt 28:5-7)
.
El porte de las miroforas es a la vez majestuoso y hierático.
Sus ojos miran al Ángel y al sepulcro, pero se encuentran también en una mirada
recíproca como si se diesen unas a otras la noticia. Parece que traen todavía
el luto del día de la muerte del Señor pero poco a poco se van iluminando sus
ojos con la luz de la Pascua del Señor que ha vencido a la muerte.
La hierba verde del prado que se ve en algunos iconos es
como un anuncio de la primavera divina inaugurada por la resurrección de
Cristo. Y los vestidos que yacen en el sepulcro, vestidos blancos como las
sábanas del lecho nupcial del Esposo, son según una hermosa intuición de
Clément "como una crisálida de la que se ha evadido una mariposa." Y
así se recupera el sentido simbólico del gusano de seda, como una profecía de
la resurrección inscrita de alguna manera ya en esta metamorfosis del gusano de
seda, según la mitología de los egipcio s y algunos textos sugestivos de los
Padres de la Iglesia.
Las mujeres han visto y han creído. Este es el mensaje
fundamental del icono de las miroforas.
Pero la tradición litúrgica bizantina tiene algo más. Todos
los años el tercer domingo de Pascua celebra la memoria de estas santas
mujeres. Y lo hace con toda la solemnidad característica del oficio bizantino.
En la celebración de la divina liturgia y en la oración de las horas. Es como
un domingo que canta la dignidad de la mujer, una fiesta de las mujeres
cristianas que pueden mirarse en el espejo de estas afortunadas
"evangelistas."
Una estrofa del canto de Pascua de la Iglesia oriental
comenta así la presencia de las mujeres en este icono:
"Las
mujeres miroforas con la luz del alba
fueron al
sepulcro del autor de la vida
y encontraron
a un ángel sentado sobre la piedra.
Dirigiéndose a
ellas les decía así:
Por qué
buscáis al Viviente entre los muertos?
Por qué
lloráis al Incorruptible
como si
hubiese caído en la corrupción?
Id y anunciad
a sus discípulos:
Cristo ha
resucitado de entre los muertos.
Mujeres
evangelistas, levantáos
dejad la
visión e id a anunciar a Sión:
Recibe el
anuncio de la alegría:
Cristo ha
resucitado.
Alégrate,
danza, exulta Jerusalén
y contempla a
Cristo tu Rey que sale
del sepulcro
como un Esposo."
La liturgia bizantina canta con entusiasmo el ministerio de
estas mujeres que al alba del primer día de la semana fueron al sepulcro del
Señor. Lo hace todos los años en la Vigilia pascual y a partir de este momento
en todo el tiempo de Pascua, hasta Pentecostés. Pero precisamente porque la
liturgia bizantina ha conservado al domingo el tono característico de pascua
semanal, todos los domingos se hace memoria de estas santas mujeres.
Es suficiente citar el canto más sugestivo de la pascua
oriental el célebre himno de los "Stichirà" de Pascua que con gozo
expresa la aventura de las mujeres y las apostrofa con estas palabras: "Mujeres
evangelistas, levantáos; dejad la visión e id a anunciar a Sión: Recibe el
anuncio de la alegría: "Cristo ha resucitado.".. Las mujeres
miroforas con la luz del alba fueron al sepulcro del autor de la vida y
encontraron a un ángel sentado sobre la piedra. Dirigiéndose a ellas les decía
así: "Id a anunciar a sus discípulos: Cristo ha resucitado de entre los
muertos... Tú eres la pascua que destruye la tristeza. Porque hoy sale
resplandeciente y abandona la tumba como un tálamo y ha llenado de gozo a las
mujeres diciendo: Llevad este anuncio a los apóstoles."
Otros textos litúrgicos dramatizan las escenas y cantan
otros posibles aspectos de la reacción de las mujeres:
"A tu sepulcro, oh Cristo,
que contenía la vida llegaron la mujeres miroforas gimiendo, y trayendo aromas
querían perfumar tu cuerpo inmaculado. Pero encontraron un ángel luminoso,
sentado sobre una piedra que les habla diciendo: )Por qué lloráis a Aquel que
de su costado ha hecho brotar la vida para el mundo? )Por qué buscáis en la tumba
como un muerto el que es Inmortal? Corred más bien y anunciad a sus discípulos
su gloriosa resurrección que es gozo para todo el mundo..."
Hay alusiones en los himnos al acto de fe de las mujeres al
encuentro con el Señor Resucitado: "Las mujeres con divina sabiduría
corrían detrás de ti con los perfumes y te buscaban con lágrimas, como si
estuvieras muerto; pero te adoraron como Dios vivo, con inmenso gozo, y
anunciaron a tus discípulos, oh Cristo, la Pascua mística."
Resuena incluso en algunas estrofas pascuales la inicial
desconfianza de los Apóstoles al escuchar la buena noticia de labios de unas
mujeres, que en el ambiente de la época non contaban para nada. Así escuchamos
en este texto poético:
"Estaba amaneciendo y las mujeres vinieron al sepulcro,
pero non encontraron tu cuerpo, oh Cristo. Por eso se les aparecieron, mientras
permanecían inciertas, ángeles con vestidos blancos y les dijeron: Por qué
buscáis al Viviente entre los muertos? Ha resucitado, como lo había dicho. No
os acordáis de sus palabras? Y ellas, convencidas, anunciaban las cosas que
habían visto. Pero este gozoso mensaje les pareció un delirio a los apóstoles
que estaban todavía aturdidos."
Un texto final: "Las mujeres miroforas llegaron de
buena mañana al sepulcro y trataban de perfumarte, Oh Verbo Inmortal y divino.
Pero animadas por las palabras de los ángeles afirmando con claridad que habías
resucitado tú que eres la vida del universo y concedes a todos el perdón y la
gran misericordia."
Por eso una estrofa resume el gozo de las mujeres
evangelistas y canta su sabiduría con estas palabras: "Hoy Cristo ha
resucitado del sepulcro y ha ofrecido a todos la inmortalidad, renueva el gozo
de las miroforas, después de la pasión y de la resurrección. Alegráos, pues, oh
mujeres, portadoras de perfumes, pues habéis sido las primeras en contemplar la
resurrección de Cristo y en anunciar a sus discípulos la salvación del mundo
entero."
Esta es la fiesta de las mujeres evangelistas en la que la
liturgia bizantina canta: "Un Ángel resplandeciente se les apareció a las
mujeres y les dijo: Se ha levantado la Luz que ilumina a los que duermen en las
tinieblas de la muerte. Anunciad a los discípulos "iluminados" que el
luto cese y empiece la alegría; aplaudid con vuestras manos y con la fe de
vuestros corazones. Exultad por esta pascua gozosa que nos salva, porque Cristo
ha resucitado y ha ofrecido al mundo la gracia de la salvación."
El Domingo tercero de Pascua es en la liturgia bizantina una
fiesta para las mujeres cristianas. Se hace alusión, con delicadeza, a las
lágrimas de Eva que Cristo Resucitado convierte en gozo. Se dialoga con la
Virgen María que es también "evangelista y mirófora," testigo de la
resurrección, ya que la liturgia bizantina subraya también el gozo de la Madre
en la victoria del Hijo; recuerda aquel anuncio del Ángel de la Encarnación,
aquel "Alégrate" que ahora le repite como invitación a la más pura de
las alegrías por la resurrección de Cristo: "Danza ahora y exulta, oh
Sión, Tú alégrate, oh purísima Madre de Dios, en la Resurrección de tu
Hijo."
Se repite en los textos litúrgicos que ellas son, las
mujeres miroforas, las que en medio de los discípulos llevan y llevarán
siempre, como primicias de su ministerio femenino, el gozoso anuncio de la
resurrección. Así lo expresa con un texto de exquisita sensibilidad poética y
dramática Romano el Melode en uno de sus versos cuando pone en boca de María
estas palabras persuasivas y consoladoras a los discípulos incrédulos y todavía
atribulados: "Vosotros, íntimos del Señor, que lo habéis amado con tanto
entusiasmo. No tenéis que pensar así. Tened paciencia y no perdáis los ánimos.
Todo lo que ha sucedido se ha hecho por disposición divina para que las mujeres
que cayeron primero, fuesen también la primeras en contemplar al Señor. A nosotras
ha querido dar las primeras el anuncio: "Shalom," a nosotras que
estábamos en medio de la tristeza nos ha dado su saludo el que da a todos los
caídos la resurrección."
La dignidad de la mujer en la Iglesia de Oriente está
plasmada en tres nombres bellos, cargados de teología y a veces difíciles de
traducir en las lenguas modernas a partir del original griego. En efecto en los
textos litúrgicos de la Resurrección resuenan estos tres apelativos dirigidos a
las mujeres: miroforas, evangelistas,
isapóstolas.
El nombre di miroforas
con el que sencillamente se designan las santas mujeres que fueron de buena
mañana al sepulcro, significa literalmente portadoras del miron o ungüento perfumado. Con él iban a embalsamar el cuerpo de
Jesús que yacía en el sepulcro. También María de Betania habrá derramado a los
pies de Jesús un perfume costosísimo (cfr. Jn 12:18). En ese ser
"portadoras de aromas" o de perfumes aromáticos, se revela toda la
ternura de estas discípulas de Jesús que permanecen fieles al Maestro hasta la
cruz y lo recuerdan tras la noche oscura del sábado santo, cuando van a ungir
su cuerpo que todavía creen que está allí, prisionero de la muerte. Toda mujer
cristiana, dicen los teólogos bizantinos, es una mirófora, una portadora de
aromas, en la medida que es una fiel discípula del Señor. Simbólicamente el
perfume que llevan en sus manos es el de las virtudes, especialmente el de la
caridad, la compasión y la ayuda que se inclina sobre todos aquellos que hoy
son el cuerpo del Señor y necesitan el cuidado de sus discípulos fieles. Pero
también es perfume de buen olor de Cristo que es la palabra del Evangelio y del
conocimiento de Cristo (Cfr. 2 Cor 2:15).
El apelativo de evangelistas
que nos es familiar para designar a los cuatro autores de los Evangelios
canónicos, en femenino es empleado por la liturgia bizantina para designar a
las mujeres que escucharon el primer anuncio de la Resurrección y fueron a su
vez las primeras en anunciarlo a los apóstoles.
Si Pablo ha podido hablar del buen olor de Cristo que deja
rastro con la predicación evangélica, podemos afirmar que las mujeres miroforas
perfuman el orbe con el anuncio evangélico de la resurrección y son
"portadoras de la buena noticia," servidoras del Evangelio, evangelistas,
las primeras que pronuncian el "kerigma" fundamental de la fe
cristiana: "Cristo ha resucitado."
El tercer nombre teológico es el de "isapóstolas" o a la letra
"iguales a los apóstoles." Este nombre, que tiene algo de osadía,
expresa simplemente que las mujeres que siguieron a Jesús fueron discípulas,
como los otros discípulos, y fueron también enviadas a anunciar el Reino,
incluso asumidas por los Apóstoles en su ministerio de predicación, como las
diaconisas de las que nos habla San Pablo.
Por extensión e] Calendario de la Iglesia bizantina aplica
este nombre a muchas mujeres que en su vida han tenido la oportunidad de
colaborar en la fundación de las iglesias o en la extensión del Evangelio.
Tales son María de Mágdala y de Betania, Marta y Tecla, la princesa Olga de
Kiev y otras muchas que han dejado en la historia un modelo de santidad
apostólica.
Hemos anticipado un texto poético de Romano el Melode, el
gran himnógrafo bizantino, especialista en dar movimiento y vida, expresión
lírica y hasta dramatismo a las escenas evangélicas.
A este famoso himnógrafo debemos de los textos que la
Iglesia canta en la liturgia bizantina pascual. Sobre todo a él hemos de
referimos para recoger algunos acentos bellos y poéticos dedicados a las
mujeres miroforas en uno de sus poemas que es casi como un auto sacramental o
una dramatización poética en la que las mujeres evangelistas tienen un hermoso
protagonismo. Esta pieza poética firmada por el "pequeño Romano"
tiene un encanto singular y completa cuanto hemos podido escuchar en los textos
litúrgicos.
Es suficiente una selección de los versos más
significativos. Empezando por esta especie de invitatorio que abre el poema:
"Puestas en camino desde la aurora, hacia el Sol que es anterior al sol
que se había ocultado en la tumba, las jóvenes miroforas se daban prisa como
quien siente el deseo ardiente de la luz del día y se decían unas a otras:
Adelante, amigas, vamos a ungir con
aromas el cuerpo vivificante y sepultado, la carne que yace en le sepulcro pero
que resucita a Adán el caído. De prisa, vamos y como ya lo hicieran los magos
adorémoslo, a El que ahora está envuelto no en pañales sino en la sábana,
llevemos como dones los perfumes. Y llorando digamos: Resucita, Señor, tú que a
los caídos concedes la resurrección."
Estas mujeres, dice Romano, son sabias y valientes, son
"theoforas," portadoras de Dios, tienen la memoria abierta al
recuerdo de los episodios evangélicos que podían ser preludios de la
Resurrección de Cristo. Recuerdan que Jesús resucitó el hijo de la viuda de
Naim, la hija de Jairo. Por eso no puede quedar en el sepulcro.
Romano, poeta y teólogo, pone en labios de Jesús esta
apología de la mujer, una de las más bellas expresiones de su poema: "Que
tu lengua, mujer, proclame públicamente estas cosas y las haga conocer a los
hijos del reino que están esperando que me levante yo que soy el viviente. He
encontrado en ti la trompeta con un sonido poderoso. Haz escuchar a los oídos
de los discípulos miedosos y escondidos un canto de paz. Despiértalos como de
un sueño para que puedan salir a mi encuentro con las antorchas encendidas.
Diles: El Esposo se ha despertado y ha salido del sepulcro sin dejar nada allí
dentro. Despejad, apóstoles, vuestra tristeza mortal, porque se ha despertado
el que a los caídos da la resurrección."
La lengua de la mujer es trompeta que anuncia el
"kerigma" y lo hace resonar en los oídos y en el corazón de los
discípulos. Pero es también pico de la paloma mensajera que tras el diluvio
anuncia la paz: "Date prisa Maria — le dice el Señor. — Tómame en tu
lengua como un ramo de olivo para anunciar la buena noticia a los descendientes
de Noé y hazles saber que ha sido destruida la muerte y que ha resucitado el
Señor."
Y las mujeres se hacen solidarias del mensaje de María.
Creen a sus palabras y forman un grupo compacto de testigos de Cristo que
exclaman: "Ojalá podamos ser muchas las bocas que ratifiquen tu
testimonio. Vamos todas al sepulcro para confirmar la aparición que ha
acaecido. Sea común a todas, compañera nuestra, la gloria que te ha reservado
el Señor."
Juntas cantan la gloria del sepulcro vacío con un himno
sencillo y sugestivo a la vez: "Sepulcro santo, pequeño e inmenso a la
vez, pobre y rico. Tesoro de la vida, lugar de la paz, estandarte de la alegría,
sepulcro de Cristo. Monumento de uno solo y gloria del universo."
A los Apóstoles dan la buena noticia con un anuncio cuajado
de ternura, de comprensión, de entusiasmo que contagia: "Con una mezcla de
temor y de gozo, como enseña el Evangelio, regresaron del sepulcro adonde
estaban los Apóstoles y les dijeron: Por qué tanta tristeza? Por qué os cubrís
el rostro? Levantad vuestros corazones: Cristo ha resucitado! Formemos coros
para danzar y decid con nosotras: El Señor ha vuelto a la vida." He aquí
la luz que brilla antes de la aurora. No os entristezcáis. Reverdeced!
Ha aparecido la primavera. Cubríos de flores, oh ramos.
Tenéis que ser portadores de frutos, no de penas. Aplaudamos todos con nuestras
manos cantando: "Ha vuelto a la vida el que a los caídos da la
resurrección."
Hasta aquí la poesía y el canto de Romano el himnógrafo en
honor de las mujeres evangelistas y miroforas. Vale la pena evocar esta poesía
eclesial y estos textos litúrgicos para recuperar un filón de la tradición
cristiana que tan distante nos parece de ciertas interpretaciones
antifeministas del misterio y de la misión de la mujer en la Iglesia.
La palabra anunciada, el bautismo recibido, la comunión con
el cuerpo y la sangre gloriosos del Resucitado nos ponen en comunión viva y
vivificante con Cristo y con el poder de su Pascua, nos orientan hacia la
definitiva esperanza realizada e inscrita para siempre en el cuerpo de Cristo
Resucitado.
La contemplación de los iconos de la Resurrección en los que
la fe y el arte, guiados por el Espíritu Santo, han plasmado el misterio
iluminan nuestra mirada.
La espiritualidad litúrgica está enraizada en la teología de
la Pascua, en el "paschale sacramentum" que comporta indisolublemente
la pasión — muerte — resurrección. Esto es verdad para la Pascua de Cristo,
para la Pascua de la Iglesia y para la Pascua del cristiano, que entra en la
Pascua de Cristo por la iniciación bautismal y la consuma con su muerte abierta
a la inmortalidad.
En esta indisoluble secuencia de acontecimientos y de
celebraciones es necesario dejarse plasmar por los textos, por los símbolos de
la gracia de la liturgia, en la triple dimensión del celebrar, meditar, vivir
el misterio.
La celebración de la vigilia pascual es el punto central de
una espiritualidad eclesial y personal porque plasma definitivamente el sentido
de la historia personal y colectiva de los cristianos, a partir del memorial de
la Pascua de Cristo y de la iniciación bautismal con la que también nosotros
estamos ya insertados en esta Pascua. La victoria de Cristo sobre el pecado y
sobre la muerte, la perspectiva de victoria salvífica, es la clave del nuevo
sentido que tiene la vida: morir para vivir, aceptar la muerte para resucitar,
cambiar el sentido y el destino de las cosas en un dinamismo y en una cultura
de la Resurrección. El misterio pascual de Cristo es el arquetipo fundamental
de la vida de la Iglesia y de la existencia cristiana. Una vida, por lo tanto,
de hombres vivos, de resucitados, no de hombres abocados a la muerte. Una vida
de testigos que llevan luz en los ojos, contagian la alegría del corazón,
demuestran su fortaleza ante la adversidad, testifican el amor del Resucitado
en todas sus obras. Vivir así significa "no pecar contra la resurrección"
sino vivir en la atmósfera de la Pascua.
Aquí es donde nace el verdadero sentido de la ascesis y la
mística de la vida cristiana. Una ascesis pascual, liberadora y vivificante.
Una mística que es comunión con el Señor en su misterio de muerte y de vida.
El cristiano que celebra la Pascua lleva en sus ojos la luz
de la Resurrección, en sus labios mensajes de paz, en su corazón la fortaleza
ante todas las adversidades y en la vida el testimonio de la novedad del
Espíritu, la promesa de la victoria final.
La Iglesia proclama: "Ya todo tiende hacia la
Resurrección universal. No sabemos en realidad a través de qué caminos, pero
todo en realidad se orienta en este sentido. Entre todos los acontecimientos de
la historia la Resurrección es el único absoluto, el solo acto que resume, en
cierto modo, toda la realidad humana y toda la realidad cósmica. Es la
Resurrección la que da sentido a la historia como a la misma gravitación del
universo... Por eso hay que tener siempre fijos los ojos en la Resurrección de
Cristo para acoger todo en su misma luz. Pascua significa paso. Si de veras
estamos enraizados en el Resucitado, el mundo y la historia en nosotros están
ya pasando a la eternidad. Nuestra vida debe estar iluminada por la esperanza y
la espera pacificada y pacificadora de aquel que vendrá a consumar los siglos y
a juzgar a los vivos y a los muertos."
Los cantos de Pascua hacen reverdecer la esperanza, colman
de alegría a los cristianos. Resuenan como un grito de victoria. Así lo expresa
con fuerza y belleza el himno pascual de los Estikirás de Pascua:
Que
se levante Dios y sean dispersados sus enemigos!
Una
Pascua divina hoy se nos ha revelado
Pascua
nueva y santa, Pascua misteriosa.
La
Pascua solemnísima de Cristo Redentor.
Pascua
inmaculada y grande, Pascua de los fieles
Pascua
que abre las puertas del Paraíso
Pascua
que santifica a todos los cristianos.
Mujeres
evangelistas, levantaos
dejad
la visión e id a anunciar a Sión:
Recibe
el anuncio de alegría:
(Cristo
ha resucitado!
Alégrate,
danza, exulta Jerusalén
y
contempla a Cristo tu Rey
que
sale del sepulcro como un Esposo.
Las
mujeres miroforas, con la luz del alba
fueron
al sepulcro del Autor de la vida
y
encontraron a un ángel sentado sobre la piedra.
Dirigiéndose
a ellas les decía así:
Por qué buscáis al Viviente entre los
muertos?
Por
qué lloráis al Incorruptible
como
si hubiese caído en la corrupción?
Id
y anunciad a sus discípulos:
Cristo
ha resucitado de entre los muertos.
Pascua
dulcísima, Pascua del Señor, (Pascua!
Una
Pascua santísima se nos ha dado
Es
Pascua. Abracémonos mutuamente.
Tú
eres la Pascua que destruyes la tristeza!
Porque
hoy Cristo Jesús, sale resplandeciente
y
abandona la tumba con un tálamo
ha
llenado de gozo a las mujeres diciéndoles:
Llevad
este anuncio a mis apóstoles.
Día
de la Resurrección
Resplandezcamos
de gozo por esta fiesta
Abracémonos,
hermanos, mutuamente.
Llamemos
hermanos nuestros incluso a los que nos odian
y
perdonemos todo por la resurrección
y
cantemos así nuestra alegría:
Cristo
ha resucitado de entre los muertos
con
su muerte ha vencido a la muerte
y
a los que estaban muertos en los sepulcros
les
ha dado la vida.
Cristo
ha resucitado! En verdad ha resucitado!