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Lámparas: En el siglo XVIII se produjo un gran avance en las
lámparas cuando las mechas redondas fueron sustituidas por mechas planas, que
proporcionaban una llama mayor. El químico suizo Aimé Argand inventó una
lámpara que empleaba una mecha tubular encerrada entre dos cilindros
metálicos. El cilindro interior se extendía hasta más abajo del depósito de
combustible y proporcionaba un tiro interno. Argand también descubrió el
principio del quinqué, en el que un tubo de vidrio mejora el tiro de la
lámpara y hace que arda con más brillo y no produzca humo, además de proteger
la llama del viento. El tiro cilíndrico interior se adaptó después para
utilizarlo en lámparas de gas. Después de que se introdujera el gas del
alumbrado a principios del siglo XIX este combustible empezó a usarse para la
iluminación de las ciudades. Se empleaban tres tipos de lámpara de gas: el
quemador de tipo Argand, los quemadores de abanico, en los que el gas salía de
una rendija o de un par de agujeros en el extremo del quemador y ardía formando
una llama plana, y la lámpara de gas incandescente, en la que la llama de gas
calentaba una redecilla muy fina de óxido de torio (llamada camisa) hasta el
rojo blanco. En los lugares a los que no llegaba el suministro de gas se
seguían empleando quinqués de aceite. Hasta mediados del siglo XIX el
principal combustible para esas lámparas era el aceite de ballena. Dicho
material fue completamente sustituido por el queroseno, que tenía la ventaja de
ser limpio, barato y seguro.A finales del siglo XIX, ambas formas de
iluminación dieron paso a las lámparas eléctricas incandescentes y
fluorescentes
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