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| RAVAR inmadoval
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A Amanda le gustaba abrazar árboles. Lo hacía desde que era
niña. Cada árbol le producía una sensación diferente.
Unos la liberaban de energía y otros se la transmitían. A
todos nos choca, en un principio, el que sabiendo que determinados árboles
ejercían una influencia negativa sobre su ánimo ella los abrazase
sin más. No era capaz de evitarlo, sentía su grito que la
llenaba de ternura.. Carece de toda lógica. Ella decía que
por sus venas corría savia, no puede entenderse de otro modo. Cuando
encontraron su cuerpo inerte, tendida sobre la hierba, apenas podía
diferenciarse el verde de sus arterias del color del campo. Las ceibas la empujaban al llanto, a un llanto natal. La ceiba madre, empujando e impulsando el feto al mundo. Si abraza una araucaria le entran unas ganas locas de bailar y es capaz de pasarse la noche bailando. Por el contrario, si sus ramas se enredan con las de un manzano siente una opresión en su pecho que la vuelve melancólica, nostálgica, aunque incapaz de llorar. Cuando se sentía atacada por una sobredosis de energía, positiva o negativa, demasiado eufórica o demasiado triste, desbordada por algún sentimiento extremo, entonces se abrazaba a un fresno, que absorbía todo aquello que excedía lo que su mente era capaz de controlar y lo enviaba hacia la atmósfera, donde se desintegraba en miles de millones de partículas que eran absorbidas y liberadas al caer la noche, devolviéndole de este modo, su equilibrio natural. Con determinados árboles se sentía como entre amigas, comprendida, era lo que le ocurría cuando se encontraba engarzada en el vientre de un castaño, un manzano, un flamboyán, una ceiba A lomos de un olmo, de un serval, de una palma real, de un ciprés o de un álamo blanco la invadía una gran inquietud, andaba como loca durante todo el día, deseando que un hombre la amase hasta hacerla gritar de placer. Nació en Cuba y allí pasó su niñez. De los brazos de su madre pasó a los de su abuela y de éstos a los de su padre, Dédalo, que se la arrebató cuando apenas tenía tres años. Era la primera vez que lo veía. Su padre pintaba retratos, deliciosos retratos de árboles, a los que de alguna forma humanizaba, ya que de sus ramas brotaban manos. Algunas finas, suaves, jóvenes, otras como garras, zarpas; manos huesudas, manos gruesas Los manzanos, generalmente estaban dotados con unas poderosas manos, anchas, castigadas por el frío, por la tierra, con sus dedos redondos y cálidos. Las ramas de los álamos remataban en manos como valles, largas y delicadas. Las de las acacias eran graciosas, pero pequeñas, blandas y muy blancas, como las de un bebé. Manos de anciano tenían los robles sobre su pecho, las manos cansadas de quien ha acariciado tantas pieles. Eran lienzos de pequeño formato, con una técnica muy cuidada; acuarelas en los primeros años y en su mayoría óleos. Tanto cuidado ponía en su pintura como en el enmarcado, no quería que manos ajenas pudiesen cambiar el sentir que dejaba en cada cuadro. Amanda creció bailando la música que emanaba de aquellos pequeños instrumentos de viento. Por su padre sabía que su madre había vivido poco pero feliz. Era una mujer vital, con mucho coraje, tal vez tenía el realismo que le faltaba a él, hombre idealista, de espíritu sensible y, rara vez, con los pies en la tierra. Su muerte prematura evitó contagiar a Amanda esa excesiva terrenalidad, arrojándola a la inmensa ternura de su padre. Un día Dédalo le dijo: - Te pintaré unas alas de seda con las que siempre serás libre, independientemente del lugar en el que te encuentres. Pronto descubrirás que al libertad está en uno mismo. A la mañana siguiente partieron para Europa. Bernard solía pasear en su bicicleta por las laderas de Fiésole.
Tan pronto podía se escabullía de la panadería, no
pensaba pasarse el resto de su vida haciendo panes, así que para
qué perder el tiempo. Bernard amasaba sueños. Le gustaban
el silencio del paisaje, tirarse en el campo con los brazos extendidos,
las piernas flexiondas y la mirada dormida. Su mente errante en un barquito
de papel. |
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