-Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces y especialmente cuando hagáis un sacrificio:
«ˇOh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados
cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!�
Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía
penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las
almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban
en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo,
cayendo hacia todos lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni
equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de
pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un «ay� que dicen haber oído.) Los demonios se distinguían
por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes
como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra
Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:
-Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere
establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán
muchas almas y tendrán paz.