En el año 1827, en París, ocurrió un hecho que quedaría inscripto en el gran compendio Marveilles du
Purgatoire junto a muchos otros que han mostrado esa gratitud que las benditas almas tienen hacia sus
libertadores. Esta es una de las formas en que han querido ayudar a una persona que cumplió con una
obra de caridad tan poco recordada hoy...
Las benditas almas del Purgatorio muestran de diferentes formas su gratitud hacia quien las ha
liberado. Si recordamos que el sufrimiento más leve que se experimenta en ese lugar es enormemente
mayor que el más terrible de los que se viven en la tierra, podremos darnos una idea de la deuda que
se crea entre el alma liberada y su libertador. En esta oportunidad relataremos un hecho relacionado
con el agradecimiento material de las almas, pero debemos recordar que siempre serán mayores los
dones espirituales que nos vienen a dar, porque comprometen gracias muy superiores, y nos ayudan
en nuestra salvación eterna, que es muchísimo más valiosa que los bienes de este mundo. El siguiente
relato fue escrito por el Abad Postel, traductor de la obra del P. Rossignoli. Tuvo lugar en París, nos
cuenta, en el año 1827, y está inserto como el número 27 de Merveilles du Purgatoire.
Una pobre sirvienta, que se había hecho una buena cristiana en su villa natal, había adoptado la
piadosa práctica de mandar decir una misa cada mes por las almas sufrientes. Sus empleadores la
llevaron con ellos a la capital, pero aún con el cambio ella nunca fue negligente en su compromiso, y
continuó su obra de caridad hacia las benditas almas. E incluso incorporó como regla de vida el asistir
al Divino Sacrificio, y unir sus oraciones a las del sacerdote, especialmente por las almas que estaban
más cerca de completar su expiación. Esta era su intención ordinaria.
Dios pronto la probó con una larga enfermedad, que no sólo le ocasionaba un cruel sufrimiento, sino
también le causó la pérdida de su empleo y el gasto de sus últimos recursos, y el día en que estuvo
lista para dejar el hospital, se encontró con que apenas le alcanzaba el dinero para terminar de pagar.
Después de rezar una ferviente oración al Cielo, llena de confianza, fue a buscar alguna solución a su
problema. Se le dijo que tal vez encontraría empleo en la casa de cierta familia, al final de la ciudad.
Ella fue, y como tenía que pasar frente a la Iglesia de San Eustaquio, entró. La vista del sacerdote en
el altar le recordó que ese mes había olvidado su usual Misa por los muertos, y que éste era el mismo
día en que durante años ella había acostumbrado hacer su buena obra. Si ella disponía en esto su
último franco, no le quedaría nada, ni siquiera para satisfacer su hambre. Tuvo entonces una lucha
interior entre la devoción y la prudencia humana. Y la devoción ganó. "Después de todo", se dijo a sí
misma, "el buen Dios sabe que es por Él, y �no me desamparará!". Entrando en la sacristía, hizo su
ofrecimiento por la Misa, a la cual asistió con su usual fervor.
Unos pocos momentos después, continuó su camino, llena de ansiedad como se podrá comprender.
Absolutamente destituida de bienes, �qué iba a hacer si no obtenía el empleo? Estaba todavía
ocupada en estos pensamientos cuando un pálido joven de delgada figura y distinguido aspecto se le
acercó y le dijo: "�Estás buscando un trabajo?". "Sí, señor". "Bien, ve a tal calle y número, a la casa
de Madam L. Pienso que la satisfarás y que tu también estarás satisfecha allí". Habiendo dicho estas
palabras, desapareció en medio de la multitud que por allí pasaba, sin esperar recibir el
agradecimiento de la pobre muchacha.
Ella encontró la calle, reconoció el número, y ascendió a los apartamentos. Una sirvienta salió
cargando un equipaje bajo su brazo y pronunciando quejas. "�Está Madame aquí?", preguntó la recién
llegada. "Puede estar y puede no estar", replicó la otra. "A mí qué me importa? Madame abrirá la
puerta ella misma si le place; yo no me preocuparé más por eso. Adieu!". Y dicho esto descendió la
escalera.
La pobre muchacha tocó la campana con mano temblorosa, y una dulce voz la invitó a entrar. Se
encontró entonces en la presencia de una anciana de apariencia venerable, que quiso saber qué la
había traído hasta aquí.
"Madame", dijo la chica, "he sabido esta mañana que usted necesita una sirvienta, y vine a ofrecer mis
servicios. Se me ha asegurado que me recibiría amablemente". "Oh, mi querida niña, lo que me dice es
muy extraordinario. Esta mañana yo no tenía necesidad de una; fue sólo en la última media hora que
tuve que echar a una insolente doméstica, y no hay otra alma en el mundo además de mí que supiera
esto. �Quién te envió, pues?". "Fue un caballero, Madame; un joven caballero que encontré en la
calle, que me paró con este propósito, y yo agradecí a Dios por esto, porque me es absolutamente
necesario encontrar un lugar hoy, ya que no tengo ni un centavo en mi bolsillo".
La anciana no podía entender quién era la persona, y se había perdido en conjeturas, cuando la
sirvienta, elevando sus ojos sobre el mueble del pequeño salón de entrada, percibió un portarretratos.
"Espere, Madame", dijo inmediatamente, "no se preocupe usted más; esa es la imagen exacta del
joven hombre que me habló. Es por él que he venido".
A estas palabras la dama profirió un sonoro gemido y pareció perder la conciencia. Le hizo repetir a
la joven la historia de su devoción a las almas del Purgatorio, de la Misa matinal, y de su encuentro
con el extraño, y luego se arrojó al cuello de la muchacha, la abrazó y llena de lágrimas le dijo: "Tú no
serás mi sirvienta desde este momento; tú eres mi hija. Es mi hijo, mi único hijo al que viste. Murió
hace dos años, y te debe su liberación, por lo que Dios lo envió para traerte aquí. No puedo dudarlo.
Seas, entonces, bendita, y rezaremos continuamente a partir de ahora por todos los que sufren antes
de entrar en la bienaventuranza eterna".
Santa Teresa de Ávila y el Purgatorio
Permanentemente preocupada por el rescate de las benditas almas, la Doctora de la Iglesia comenta
la realidad de este lugar de purificación y nos refiere dos vivencias que nos ilustran. Acompañamos
sus letras con una selección de oraciones por nuestros hermanos sufrientes, para acudir en su auxilio
con caridad ardiente.
Santa Teresa sentía gran compasión por las almas del Purgatorio, y las asistió todo lo que pudo
mediante sus oraciones y buenas obras. Como recompensa, Dios le mostró a menudo las almas a las
que ella se había dedicado, y las vio en el momento de liberarse de sus sufrimientos y entrar a los
Cielos. En general, ellas surgían del seno de la tierra. A continuación transcribimos algunas de sus
visiones en sus propias palabras:
"He recibido información - escribe ella - sobre un religioso que previamente había sido Provincial de
una provincia y luego de otra. Lo conocí a él en ocasión de haber recibido un gran servicio suyo; esto
me causó gran inquietud, si bien este hombre era recomendable por sus muchas virtudes. Estuve
preocupada por la salvación de su alma, ya que él había sido Superior por espacio de veinte años y
siempre temí mucho por quienes fueron encargados del cuidado de las almas. Así preocupada, fui a un
oratorio y convoqué a Nuestro Divino Señor para aplicar a este religioso el poco bien que yo había
hecho en mi vida; y proveer el resto mediante Sus méritos infinitos, para que esta alma pudiera
liberarse del Purgatorio.
Mientras suplicaba esta gracia con todo el fervor del que era capaz, vi sobre mi costado derecho a
esta alma venir desde las profundidades de la tierra y ascender a los Cielos en feliz transporte de
alegría. Aunque el sacerdote era de edad avanzada, aparecía ahora ante mí con las características de
un hombre que no llegaba a los treinta años, y un semblante resplandeciente de luz.
Esta visión, aunque breve, me dejó colmada de alegría, y sin la menor sombra de duda en cuanto a la
veracidad de lo que había visto.
Cuando estuve lejos del lugar donde este siervo de Dios había terminado sus días, unos días antes yo
me había enterado de los pormenores de su edificante muerte. Todos aquellos que fueron testigos,
pudieron ver con admiración cómo el preservó su conciencia hasta último momento, mientras
derramaba lágrimas y los sentimientos de humildad que expresara esta alma a Dios".
"Una religiosa de mi comunidad, gran sierva de Dios, había fallecido hacía menos de dos días.
Estábamos recitando el Oficio de los Muertos en coro dedicándoselo a ella, una hermana leía el texto
y yo estaba parada para decir el versículo. Por la mitad del oficio se me apareció el alma de esta
religiosa llegando desde las profundidades de la tierra, tal como el caso que relaté antes, y se fue al
Cielo".
"En este mismo monasterio murió, a la edad de 18 o 20 años, otra religiosa, un verdadero modelo de
fervor, constancia y virtud. Ella soportó pacientemente una vida llena de sufrimientos. Yo no dudaría
que, después de una vida así, tendría méritos suficientes para ser eximida del Purgatorio. Sin embargo,
durante el Oficio, y antes del entierro, vi el alma de ella surgir de la tierra y elevarse al Cielo".
Así como en el caso de Santa Teresa, muchos Santos se preocuparon por el rescate de las benditas
almas. Entre ellos, por citar algunos ejemplos, tenemos a: San Luís Bertrand, Santa María Magdalena
de Pazzi, Santa Catalina de Génova, Santa Francisca Romana, Santa Liduvina de Schiedam, San
Gregorio Magno, Santa Perpetua, el Papa Inocencio III, Santa Catalina de Suecia, San Hugo de
Cluny y muchísimos otros.
Cuando una persona dedica tiempo y oraciones a pagar por las benditas almas, está cumpliendo con
todos los mandatos de la caridad: visitando a los presos y a los enfermos, dando agua al sediento,
comida al hambriento, etc.
Los Santos comprendieron esto, y sintieron una profunda compasión por esas almas que necesitaban
de la ayuda de quienes aún podemos ofrecer actos de virtud y reparación que les aliviane la carga y
que sin tal ayuda ellas deberán pagar con años sino siglos de sufrimientos.
Por todo esto, hemos hecho una pequeña selección de oraciones por las benditas almas, apelando a la
misericordia de nuestros lectores para con estos hermanos que esperan - a veces por muchos años -
que alguien los recuerde y ayude.