«Después de esta vida, Dios es nuestro sitio» (San Agustín)
El teólogo Cándido Pozo habla sobre la catequesis del Papa
Las reacciones de perplejidad ante las catequesis del Papa sobre el cielo, infierno y purgatorio nos
han aconsejado acudir a un profesor de Teología, especializado en el tratado que se ocupa de las
realidades últimas: el padre jesuíta Cándido Pozo, profesor de la Facultad de Teología de Granada
(anteriormente profesor también en Roma en la Pontificia Universidad Gregoriana), a quien el Papa
acaba de llamar al próximo Sínodo de los Obispos sobre Europa, y autor de dos libros sobre estas
materias: Teología del más allá (tres ediciones en España, cinco en Roma y recientemente traducido al
croata en Sarajevo) y La venida del Señor en la gloria (Valencia, dos ediciones). ¿Hay elementos en
la doctrina de Juan Pablo II sobre cielo, infierno y purgatorio que expliquen el impacto que ha
producido en la opinión pública? Supongo que el tema que más ha llamado la atención en no pocos
ambientes ha sido la afirmación de que estas realidades no son un lugar, sino un estado. Pero confieso
que me ha sorprendido tanta perplejidad ante una afirmación que no es precisamente nueva. Es lo que
se venía enseñando en teología, con plena unanimidad, desde hace muchísimo tiempo. Ya san Agustín
escribió: Sea Dios mismo, después de esta vida, nuestro sitio. Hans Urs von Balthasar comentaba
espléndidamente la frase agustiniana: Dios es la «realidad última» de la creatura. Como alcanzado es
cielo; como perdido, infierno; como examinante, juicio; como purificante, purgatorio. El primer tratado
que se escribió en la Iglesia sobre las realidades últimas, lo hizo, en España, el año 688, san Julián de
Toledo, después de una conversación en Toledo con Idalio, obispo de Barcelona, que se había
desplazado a la capital del reino visigodo con ocasión del XV Concilio de Toledo. Es curioso que san
Julián insista en que se evite el fundamentalismo en la manera de concebir las reslidades posteriores a
la muerte. Él sabe que infierno significa etimológicamente lo que está debajo; pero advertirá que no se
tome la expresión al pie de la letra como localización del infierno. Lo bajo en un sentido espiritual es lo
triste: de la misma manera que en lo corporal lo pesado va abajo, así lo que apesadumbra el alma, lo
deprimente, lo triste, es lo que espiritualmente se considera abajo. Para san Julián de Toledo el fuego
del purgatorio no es material, sino una metáfora para expresar el sufrimiento del alma que se purifica.
Tampoco el valle de Josafat es una denominación geográfica, ya que Josafat significa el juicio del
Señor. Lo que llama la atención es el talante contrario a una mentalidad fundamentalista que será la
que verdaderamente crea dificultades: ¿Se ha pensado en serio la impresión de aglomeración de un
cielo concebido como lugar para todas las generaciones que han existido desde la creación del
hombre? El alma que sobrevive al hombre, es una realidad espiritual (Concilio Vaticano II, Gaudium
et spes, 14; Pablo VI, Profesión de fe,8). Algunos han creído poder descubrir en la catequesis de
Juan Pablo II sobre el infierno una especie de atenuación de los sufrimientos que se atribuían a la
condenación, como también una cierta tendencia favorable a un infierno vacío. En cuanto a la
atenuación de sufrimientos, el Papa se ha limitado a advertir de la necesidad de estar atentos a la
índole metafórica de determinadas expresiones que la Sagrada Escritura utiliza. Ya hace veinte años
(mayo de 1979), la Congregación para la Doctrina de la Fe en su carta Recentiores Episcoporum
Synodi, dirigida a los miembros de las Conferencias Episcopales del mundo entero, explicaba el fuego
del infierno como la repercusión de la privación de la visión de Dios sobre todo el ser del condenado.
Opinar que con ello se atenúa la seriedad de la condenación, sólo puede hacerlo quien subvalore todo
sufrimiento que no sea físico. Lo que sí aparece en esta perspectiva es que la doctrina de fe sobre el
infierno no implica una concepción de Dios que se complazca en torturar a sus hijos pródigos con un
tormento infligido desde fuera. Es el hombre el que se cierra a Dios y se aleja de Él; la conciencia de
haber errado el camino, que será nítica en la otra vida, más el aislamiento escogido por quien
pretendió suplantar el puesto de Dios, constituyéndose egoísticamente en centro, implica el dolor
eterno. Me cuesta trabajo entender que se considere esta situación como leve. En cuanto al
pretendido infierno vacío, Juan Pablo II lo rechaza. Explícitamente habla de unos condenados que son
los ángeles caídos, los demonios, seres espirituales y libres (ignoro cómo ha podido llegarse a escribir
que el Papa no afirmaba la existencia del demonio). Con respecto a la condenación de hombres, se
limita, sin embargo, a reconocer que la Iglesia no tiene una especie de poder de hacer canonizaciones
al revés, es decir, de declarar quién se ha condenado, de modo paralelo a aquel con que declara que
un santo se encuentra en la bienaventuranza eterna. Por lo demás, si el infierno es un estado y no un
sitio, no puede decirse simultáneamente que se admite el infierno, pero que está vacío; un estado que
no se diese en nadie, simplemente no existiría. ¿Tiene el Papa una nueva perspectiva sobre el
purgatorio? Quizás pueda señalarse un desplazamiento de la idea del purgatorio como castigo a la del
purgatorio como purificación, pero éste es un tema absolutamente tradicional. La afirmación del
Salmo 15, 1-2 sobre la necesidad de no tener mancha alguna para entrar en la morada de Dios, era
interpretada ya en el siglo III por Orígenes como referida al tabernáculo celeste. Por otra parte, la
más profunda explicación de la teología del purgatorio se debe a una mujer, a santa Catalina de
Génova (no se la debe confundir con la Doctora de la Iglesia, santa Catalina de Siena). Para ella, el
purgatorio se refiere a almas que han muerto en gracia y que, por tanto, aman a Cristo. Ese amor se
hace plenamente consciente al morir. Pero las manchas veniales o de pecados mortales perdonados y
no plenamente purificados, impiden el encuentro con el Señor, la persona amada. Quien ama y se ve
retardado de poseer a la persona amada, sufre. Y ese sufrimiento lo purifica. El purgatorio puede
definirse como la purificación en el amor y por el amor. Este persamiento es además frecuente en los
místicos (por ejemplo, en san Juan de la Cruz) cuando establecen un paralelismo entre la purificación
del purgatorio y ciertas purificaciones que tienen lugar en experiencias místicas, llenas de amor entre el
alma y Cristo.