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INCONDICIONALIDAD | |||||
| Inconditionales Pro Sancta Ecclesia |
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| ADVOCACIONES |
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1. Estamos ante el icono de «Santa María de las Tres Manos», una bella advocación mariana, singular, llamativa, sugerente, que invita a reflexionar y a orar. Miremos con veneración esas manos y acojamos su mensaje. Con una mano sostiene amorosamente a Jesús, sentado en ella como en su trono, Pantocrátor, Maestro y Señor del Universo. Con otra mano lo señala, y nos lo muestra como el Camino, la Verdad y la Vida, instándonos a seguirle y hacer lo que Él nos diga y aún le queda otra mano libre, que pone a nuestra disposición. Hermoso y emocionante. La excelsa Madre de Dios es también amorosa Madre nuestra. Nos da la mano, nos alarga su mano, nos echa una mano.
Este singular título «de las Tres Manos» es mas bien un símbolo, una alegoría, o parábola, si se quiere, un icono que traduce así, iconográficamente, tres verdades: la perfecta obediencia y servicialidad de la que es humilde «Esclava del Señor»; su poderosa intercesión ante Dios todo poderoso; sus innumerables y milagrosas intervenciones en favor nuestro a lo largo de la historia. Todo un mensaje, una lección, un ejemplo. Qué gracia tan grande nos ha dado el Señor al darnos a su Madre.
Ya sabemos a quién podemos acudir, con total confianza, pidiendo auxilio; a quién ir en momentos de peligro y de dificultades; a quién llamar para que nos «eche una mano». Sabemos también a quién imitar y qué hacer cuando nos encontremos a alguien agobiado: «echarle una mano». Muchas veces, aunque queramos, no sabremos o no podremos, resolver todos los problemas de nuestros prójimos; pero, ahí está Santa María de las Tres Manos, para recordarnos que el amor es «ingenioso». Es verdad que «nunca llegan las manos donde llega el corazón», pero, si el amor del corazón es grande, agranda las manos, las alarga y las «triplica» .
2. En Santa María de las Tres Manos lo más característico son, evidentemente, las manos: las de Jesús y las de María. Un conjunto de cinco manos en impresionante armonía movidas por el mismo amor y el mismo ideal. No son manos enfrentadas ni dispersas, no son manos inertes ni perezosas, tampoco son manos nerviosas ni agitadas. Son manos juntas, unidas, en armonía, «a una», movidas por el mismo Espíritu. Qué maravilla, muchas manos juntas, al servicio del Reino de Dios, que es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz.
Hemos de ser muy conscientes de lo que significa tener manos, lo hermosas, útiles e importantes que son las manos que Dios ha dado a los humanos. os animales no tienen manos como las que Dios nos ha dado a los humanos, para que completemos la Creación, esa Obra maravillosa salida de sus manos y puesta por Él en nuestras manos. Demos gracias a Dios por tener manos.
«Las manos son el instrumento de nuestro obrar, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de formas sus pensamientos artísticos». Las manos son como una prolongación de nuestro espíritu, un eficaz medio para comunicar pensamientos y sentimientos. Tienen un lenguaje propio, que da énfasis y más fuerza expresiva al lenguaje de las palabras. Las manos simbolizan destreza, habilidad y buen hacer: «Tiene muy buenas manos», se dice, «está en buenas manos». Es conveniente mirarse las manos de cuando en cuando, a ver cómo las usamos, qué hacemos con ellas.
Santa María de las Tres Manos pide que nos demos la mano, que vayamos todos de la mano. Hagamos de este mundo, creado por Dios para todos, la Ciudad de todos, una Casa grande donde caben todos. ¿Para que, si no, tenemos manos? ¿Para abofetearnos? No. Somos «colaboradores de Dios» en la creación, redención y santificación del Mundo. Sus manos y nuestras manos siempre han de estar en armonía, en estrecha colaboración. En un Mundo dividido por guerras y discordias, los cristianos hemos de ser instrumentos de unidad, de concordia y de paz. Todos, «manos a la obra», «por un mundo mejor», «por una nueva civilización del amor y de la verdad». En Santa María de las Tres Manos tenemos una «Escuela de rico humanismo», una «Escuela de espiritualidad de comunión». Apostemos valientemente por el amor fraterno. Todos «unidos en la fe y en el amor» .
3. Dios ha dispuesto que los seres humanos vayamos erguidos. Caminamos con los pies. Ha liberado nuestras manos. Con manos liberadas, libres, puestas al servicio de una inteligencia recta y de un corazón limpio, podemos hacer maravillas. No andemos por la vida dando «zarpazos» de bestia, los que hemos sido dotados de manos libres, aptas para construir la paz y la concordia. No andemos como cuadrúpedos, mirando al suelo, los que hemos sido hechos para ir erguidos, mirando al cielo.
Benditas las manos de todos los que trabajan colaborando con Dios en la realización del Plan divino de salvación universal. Manos paternales, manos maternales, manos virginales. Manos cariñosas, manos amorosas, manos fraternales, manos unidas. Manos bienhechoras, manos trabajadoras. Manos que acarician, que aguantan y tienen, sostienen y atienden a los débiles, que dan de comer y de beber, que visten, cuidan, curan, limpian, operan. Manos que alojan, que acogen, que saludan, que ayudan. Manos que destilan bondad y ternura, que escriben y esculpen y tallan y pintan y fabrican. Manos que conducen, que construyen, que indican, que siembran, que recogen, que producen, que hacen labores delicadas y trabajos duros. Manos febriles, que se mueven y se agitan con mímica expresiva, o que se quedan, se van quedando, torpes y atrofiadas después de tanto trabajar y 'tanto hacer. Manos que bendicen, que consagran, que perdonan.
Casi todo lo que consumimos, usamos y disfrutamos, en la vida, antes de llegar a nosotros, ha pasado por las manos de hombres y mujeres anónimos; es fruto del trabajo, a veces mal retribuido, de millones de seres humanos, inventores, investigadores, sabios, exploradores, mecenas, trabajadores, esclavos, pecadores y santos, que a lo largo de los siglos han ido creando el inmenso patrimonio histórico, cultural y humano, que recoge la historia de la civilización. Cuántas manos tendríamos que besar profundamente agradecidos, con profundo amor. Bendigamos a Dios por tantas manos que hacen el bien. Y ofrezcamos las nuestras al Señor cada mañana.
4. La mano es símbolo de poder. Decir que Santa María tiene Tres Manos es lo mismo que decir que es tres veces poderosa, es decir, «poderosísima». El superlativo en algunas culturas se expresa repitiendo tres veces la misma cosa. El Señor Todopoderoso hace en María y por María «cosas grandes», como con ninguna otra criatura. El que «hace proezas con su brazo» está en manos de María Virgen, y nada le niega de cuanto Ella le pide. La Virgen María es «la omnipotencia suplicante». Esto dicen, de esto hablan esas Tres Manos de Santa María. Nosotros, que lo sabemos, acudimos a Ella con filial confianza y le decimos: «Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios».
En el arte cristiano la mano simboliza la soberanía de Dios. Al principio, los cristianos se resistían a representar el rostro de Dios, pero sí lo hacían presente con una mano que sale de la nube, mientras el cuerpo permanece oculto en el cielo. La mano de Dios crea, gobierna, hace justicia. «Tiene en sus manos las simas de la tierra». Cuando el Señor «toca» al hombre, éste recibe una fuerza divina. «Ponerse en manos de Dios» es esta a su merced, como «niño en brazos de su madre». Los autores de vida espiritual hablan del «abandono en las manos de Dios», del «santo abandono».
Acojamos el claro mensaje d Santa María de las Tres Manos, «la Omnipotencia suplicante». Ella lo puede todo «en Jesús», ese Jesús que lleva bien apretado a su corazón. En la medida en que nosotros estemos unidos a Jesús y entregados a Él incondicionalmente, en esa misma medida se multiplicarán nuestras manos, la eficacia de nuestras manos. Es una invitación a ponemos en manos del Señor, como el barro en manos del alfarero, como cera, como metal dúctil y maleable, en manos del artífice, como instrumentos vivos y conscientes en manos del Señor, para que El nos «maneje», en el sentido más noble de la palabra, «como ágil pluma» en manos del escribano. Dejemos hacer a Dios. «Padre, me pongo en tus manos». Estamos en muy buenas manos cuando estamos en las manos paternales de Dios.
5. Cuidado, mucho cuidado con las manos. No se nos' «vaya la mano». Nunca «vengamos a las manos». Nuestras manos son, ciertamente, una maravilla, expresivas, hacendosas, pero frágiles. Las manos son dóciles, y se prestan a todo, también al mal. Hay manos que aplauden y manos que amenazan, manos que halagan y manos que abofetean. Dicen que no es fácil tallar, esculpir y pintar manos. ¿Por qué hay tantas imágenes con las manos estropeadas y los dedos rotos? Seguramente porque esto es lo más frágil en las imágenes. Pero ¿no habrá aquí también una seria advertencia para que extrememos nuestra atención a las obras de nuestras manos, que es quizá lo más frágil que tenemos.
Las manos se prestan a todo: a construir y a destruir, a acariciar y a matar. Hay manos que ensucian, estropean y ajan cuanto tocan. Leemos con frecuencia: «No tocar». Hay cosas que no se pueden tocar, o sólo con guantes, o sólo por manos expertas. Cuantas cosas puede romper un «puñetazo», «un manotazo». Qué desastres, si ponemos las cosas en) malas manos, débiles y frágiles, o en manos duras y tiránicas. Son frágiles nuestras manos, como la voluntad a cuyo servicio están. El cristiano ha de tener mano firme, aunque siempre suave y amorosa. La suavidad y el amor son compatibles con la firmeza. «Mano firme» no es «mano dura», ni mano tiránica, ni dictatorial. Necesitamos hombres y mujeres de mano firme, de los que nos podamos fiar, a quienes podamos confiar asuntos serios. La fuerza de la voluntad se manifiesta en la firmeza de las manos. «La mano cuerda no hace todo lo que dice la lengua».
Somos frágiles. Estamos rodeados de dificultades para mantener nuestra fe y la integridad de nuestra vida cristiana. Hoy muchos vuelven la espalda y se alejan del verdadero Dios, buscando otros dioses que ellos mismos se fabrican. Del verdadero Dios, ni hablar siquiera. Todo lo que no sea Él puede consentirse, todo puede aceptarse. Todo se vende: la inocencia, la fidelidad, el honor, la honestidad, el mismo juramento. La Virgen María es la «mano tendida» de Dios a nuestra debilidad. «Oh Adonai, Dios fuerte: ven, alárganos tu mano y sálvanos». Busquemos fuerza en el Señor: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor». «Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos», es una solemne bendición bíblica. «Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les salen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse», dice el profeta. Santa María de las Tres Manos nos ayuda a mantenemos firmes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en el amor.
6. Vigilemos nuestras manos. Cuando lleguemos a su presencia, nos dirá el Señor: «¿Qué llevas en la mano? Enséñame las manos». ¡Qué vergüenza! ¿A dónde voy yo con estas manos? Muchos tiran la piedra y esconden la mano». «Muchos van siempre con «piedras» en las manos, para lanzadas como dardos contra sus rivales, en defensa propia o en defensa de la verdad. Pero, la verdad no se defiende a pedradas, ni con razones ofensivas e hirientes. La verdad hay que hacerla y decida con amor. Una verdad, sin amor, ya no es verdad: es insulto. Defender la verdad no es ir contra nadie. La verdad no es propiedad de nadie en exclusiva, está por encima de todos nosotros. «La verdad es la verdad, porque es la verdad», se ha dicho, siempre hay que ir con la verdad por delante. Dios no necesita defensores: quiere testigos. La mejor defensa de la verdad cristiana es enseñada íntegra y claramente, vivida coherentemente, y proclamada limpiamente. No andemos con piedras en las manos. Las manos no son para llevar piedra arrojadizas, sino piedras de edificación.
«¿Quién subirá al monte del Señor?». «¿Quién estará en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y limpio corazón». No serán inocentes nuestras manos, si es malvado el corazón, ni estarán limpias nuestras manos, si el corazón no está limpio. «Muchos besan manos que querrían ver cortadas». Ojalá que pudiéramos enseñar nuestras manos a todo el mundo. Una conducta coherente convence a todos. Cuando oramos a Dios, lo hacemos muchas veces con las manos levantadas, como enseñándolas a Dios. Con manos levantadas nos invita el sacerdote en la Eucaristía a decir el Padrenuestro, que es oración, la mejor, la que el Señor nos enseñó, y que es, también, un programa de vida cristiana, síntesis y resumen del mensaje evangélico. Hemos de ser hombres y mujeres del Padrenuestro.
En la primera parte, el Padrenuestro nos recuerda cuál ha de ser el ideal del cristiano: buscar en todo la gloria del Señor. La segunda parte nos pone ante el compromiso que supone buscar en todo la gloria del Señor. «El hombre que vive es gloria de Dios». Sabiendo esto, nosotros nos sentimos urgidos, obligados a orar incesantemente, y a trabajar incansablemente, para que todos los seres humanos que vienen a este mundo «vivan» la vida, sin que les falten los medios materiales y espirituales necesarios para vivir una vida digna, aquí, y para que lleguen a vivir felizmente la «vida eterna». El Padrenuestro nos compromete en el apostolado y en el ejercicio de la caridad fraterna. Santa María de las Tres Manos nos traduce iconográficamente el Padrenuestro. Tres cosas; a saber: vivir en gracia de Dios, participar activamente en el apostolado, y ejercer la caridad fraterna con todos los hermanos. He aquí tres dimensiones de la vida cristiana, las tres manos del cristiano.
7. Pongamos nuestras manos junto a las de Santa María, y comparemos: cómo son nuestras manos y cómo son sus manos. Las suyas, siempre tendidas a nosotros; las nuestras, frecuentemente encogidas, por tacaños y cicateros. Las suyas, siempre abiertas, que no significa vacías o inertes, sino siempre dispuestas a dar, hasta quedarse sin nada. Nosotros, con manos vacías, sin nada que dar, o llenas de vanidades, bagatelas o cosas de relumbrón, que es lo mismo que tener
las vacías; Ella, siempre dispuesta a echamos una mano; nosotros, casi siempre en la dialéctica del «te doy para que me des». Las suyas, manos delicadas y respetuosas; nosotros, muchas veces, mangoneadores y manipuladores. Sus manos, limpias y hacendosas, firmes y seguras; nosotros, manirrotos y manoseadores. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué somos tan propensos a manipular todo, por qué tan agresivos, tan ligeros de manos, tan poco de fiar, tan poco firmes? ¿Por qué estropeamos tantas cosas con nuestras manos? Algo está fallando en nosotros.
No hay firmeza ni delicadeza en las manos, cuando falta amor en el corazón. Las manos y el corazón están muy relacionados. Con sólo corazón, si no tenemos manos, seremos ineficaces; si todo en nosotros son manos, y no tenemos corazón, seremos robots, eficaces, pero deshumanizados. El corazón y las manos tienen que ir siempre juntos, unidos. No es bueno el que sólo se compadece, sino el que se compadece y pone remedio. Para resaltar la bondad de una persona se suele decir que «tiene el corazón en la'11lano». Éste sería el ideal, ir por la vida con el corazón en la mano; el ideal, claro, la utopía. Sin embargo, ni el amor, ni la bondad son verdaderos, si no se traducen en obras de las manos. «Ama, y serás amado, y harás lo que hacer no podrás desamado». Si no hay amor en el corazón, las manos se vuelven torpes. Cuando no amamos, cuando no queremos, todo se nos hace costoso, penoso, difícil, imposible.
Ante el estupor y asombro de la gente, Jesús curó la mano seca de un hombre, sólo con decide: «Extiende la mano». La extendió y quedó curada. Lo mismo puede hacer con nosotros, si se lo pedimos con audaz confianza. «Haz de esta piedra de mis manos una herramienta constructiva, cura su fiebre posesiva y ábrela al bien de mis hermanos. Que yo comprenda, Jesús mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío», rezamos en la Liturgia de las Horas. El amor alarga las manos y las multiplica. El amor es creativo. El amor es fuerte, más fuerte que la muerte: que lo digan los mártires. Lo nuestro es vivir en el amor. «En» significa dentro. Vivir en el amor es dos cosas: sentirse amado y sentirse capacitado para amar aun al más indeseable.
8. Lo más destacado en Santa María de las Tres Manos, después de las manos, son los ojos. No es extraño. Las manos y los ojos están muy relacionados, se necesitan mutuamente, se complementan en orden al conocimiento y a la comunicación: Las manos ayudan a conocer mejor lo que los ojos ven; y los ojos ayudan a conocer mejor lo que las manos palpan. También con los ojos «tocamos» de alguna manera la realidad, y las manos también «ven» de alguna manera la realidad de las cosas. Con las manos conocemos aspectos de la realidad que no captan los ojos, aspectos que sólo se descubren tocando con las manos. Las manos tocan, palpan, detectan, y de esta manera completan y perfeccionan el conocimiento que tenemos. El ojo ve y la mano acude. La mano toca y el ojo escudriña. Para afirmar que tenemos un conocimiento perfecto, solemos decir: Lo he visto y lo he tocado.
Algo pasa en nosotros cuando nos sentimos miradas. Algo se lleva de nosotros el que nos mira. ¿Qué tiene la mirada? «¡Me ha mirado!» Cuando nos sentimos miradas, nos sentimos como tocados, nos afecta, nos llega al alma. Hay miradas impresionantes, es decir, que nos tocan profundamente. «Mírame», dice Jesús al paralítico. La Virgen María se sintió mirada por Dios y exclamó entusiasmada: «Ha mirado la humillación de su esclava». Como si dijera: «Me ha mirado!». Y se siente feliz. ¿Qué tendrá la mirada de Dios? «Le ponían los enfermos delante de Jesús para que los mirara».
Él, imponiendo las manos sobre cada uno, los curaba, dice el Evangelista. Los enfermos se sentían miradas, ellos le miraban y querían tocado. «Toca mis llagas», dice Jesús al incrédulo Tomás. «Señor mío y Dios mío», dice, convencido. Con manos firmes y ojos limpios, cuánto bien podemos hacer.
En la iconografía cristiana aparecen frecuentemente el ojo y la mano de Dios; algunas veces juntos. La omnipotencia, la omnipresencia y la omnisciencia de Dios van siempre juntas. Dios todo lo ve, todo lo sabe, todo lo puede. Que paz da poder decir: Dios me ve, Dios me oye, Dios me ha de juzgar». La Virgen de las Tres Manos lleva a Jesús en brazos, pero no lo acapara; nos lo da, nos lo entrega. Aprendamos no otros; a llevar a Jesús en el corazón y a dado a los demás; a darlo, y a damos nosotros; a darnos, no sólo a dos manos, sino a tres manos, a manos llenas, a damos de lleno.
Nos fijemos en dos detalles: las manos de Santa María de las Tres Manos son manos largas, alargadas, grandes, y sus ojos son también grandes. Aquí hay un mensaje. Nos enseña a mirar todo con ojos grandes y a ser «mano alargada» del Señor. Nos está invitando a ser hombres y mujeres de grandes deseos; no de muchos deseos, sino de grandes deseos, ojos de largo mirar, manos de largo alcance. Un Santo Padre lo dice con estas palabras:' «Señor, te pido desear amarte, amar desearte, o también, desear desearte y amar amarte». Esto no es misticismo, esto es una' maravillosa manera de 'ser. Los deseos van siempre más allá que nuestras posibilidades, pero no son inútiles. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia», Hemos de ser «hombres con hambre de almas». Queremos ser cada vez más, para hacer más; valer más, para dar más; tener más, para llegar a más. Nuestro anhelo es cómo y dónde poder amar más y servir mejor a los hermanos.
. 9. En el icono de Santa María de las Tres Manos tiene un relieve especial el gesto y la postura. Esto es importante, encierra una enseñanza. El Verbo encarnado nos habla con palabras y con gestos. La Iglesia ha recogido con delicadeza
y mimo los gestos de Jesús.' Los gestos y las posturas tienen también mucha importancia en la Liturgia y en la vida cristiana. La palabra, con el gesto adecuado y correcto, es más vivaz, más comunicativa, más impresionante. «Un gesto silencioso vale más que muchas palabras». El gesto está destinado principalmente a la comunicación, al mejor entendimiento entre nosotros. Cuidemos mucho las palabras, pero cuidemos también mucho las posturas y los gestos. Hemos de saber estar a la altura de las circunstancias que nos toca vivir. Las posturas y los gestos tienen mucho que ver con la modestia cristiana.
Un gesto cargado de sentido es «la imposición de manos». Significa la transmisión de un poder, de una fuerza o de unos derechos; es signo de consagración y de pertenencia a Dios, de protección divina. Hay imposiciones de manos que son sacramenta1es y otras solamente ceremoniales; pero, en cualquier caso, las manos se consideran como portadoras de bendiciones, intermediarias en la comunicación de cualidades o poderes especiales. Los «golpes de pecho» son gestos de dolor, de contrición, de humilde confesión de nuestras culpas. Al golpear el pecho expresamos de modo visible y sensible nuestra compunción y arrepentimiento. El «lavatorio de las manos» es otro signo expresivo de purificación; a veces también de hipocresía: «Me lavo las manos». Hacer el malo permitirlo, y luego lavarse las manos, es un gesto repelente de hipocresía. El mal hecho no se lava lavándose las manos, ni borrando las pruebas, ni con subterfugios legales, tampoco con tranquilizantes. El Señor no ha venido a sedarnos, a darnos tranquilizantes, sino a sanamos. No hagamos nunca gestos vacíos; todo lo externo ha de ser manifestativo de lo que internamente sentimos. Gestos vacíos son gestos hipócritas.
Las manos de Santa María no son manos que piden; son manos que dan, y de tanto dar se han quedado vacías, sin nada. Que podamos decir eso mismo nosotros. «Señor, yo no traigo nada de cuanto tu amor me diera, todo lo dejé en la arada en tiempo de sementera». Con este gesto de manos vacías, la Virgen, nos enseña a ser gratuitos; nos invita a multiplicar gestos sinceros de generosidad y obras de misericordia, cuanto más podamos; a promover las relaciones mutuas; a secundar cualquier gesto de reconciliación y de acercamiento entre nosotros, por insignificante que parezca. Esas manos de Santa María nos invitan a dar, a darnos. «sin tender la mano para cobrar el favor». Es muy importante aprender la gratuidad, en esta cultura que nos envuelve, en la que apenas nadie hace nada por nada. ¿Cuántas cosas soy capaz de hacer yo sin esperar nada?
10. «Habéis oído decir; pero, yo os digo»: son palabras del Señor. Se dice y se repite que «para andar por la vida hay que tener mano izquierda. La mano derecha es buena para bendecir, pero la mano izquierda es necesaria para no ser bendito. Con la mano derecha se podrá ganar la vida, pero sin la mano izquierda es difícil soportada. En la mano derecha de Dios está la omnipotencia de Dios, en la mano izquierda del hombre está la omnipotencia del hombre». Eso se dice, eso se va diciendo. Pero eso no es lo que nos dice el Señor. Es verdad que el cristiano ha de tener mano izquierda para ir por la vida; pero, ¿cuál es la mano izquierda del cristiano? Se lo preguntemos a Él.
Santa María de las Tres Manos lleva a Jesús en su mano derecha y con la mano izquierda lo señala y nos dice: «Haced lo que Él os diga». Y Jesús nos dice: «Yo os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas». Aquí está la mano izquierda del cristiano: sagaces y sencillos a la vez. No nos dice que seamos sólo sencillos ni solo sagaces, sino ambas cosas a la vez. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas. El sabe que la violencia no se vence sino con la mansedumbre. Aquí está la mano izquierda del cristianismo, aquí está la verdadera sabiduría de la vida, que eso es la prudencia, sabiduría que nos viene de Dios. Una sabiduría que «sabe lo que es grato a sus ojos y lo que es recto según sus preceptos; ella conoce y entiende todas las cosas». Tiene buena mano izquierda el que actúa siempre con «amor que crece en conocimiento y en discernimiento, para poder elegir siempre lo mejor». Es una sabiduría que abarca, en admirable equilibrio, la sagacidad y la sencillez; que es aguda y penetrante; sabe ver de lejos y no se «mete nunca en un callejón sin salida»; sabe desenmascarar las manos ocultas que pretenden manipular los grandes conceptos.
La verdadera sabiduría de la vida nada tiene que ver con la astucia y la pillería, ni con la bobería ni la estúpida ingenuidad. Sabe discernir lo que hay detrás de esas palabras tan bellas, como: cultura, democracia, progreso, libertad, modernidad, personalidad, fraternidad, solidaridad, compromiso, etc., en labios de muchos que las cacarean y las usan como anzuelo y camuflaje para engañar a los incautos. El cristiano no puede ser un incauto. Es nuestro deber fomentar el progreso, pero el progreso verdadero. Este concepto, como otros muchos, puede ser ambiguo, por eso debe ser bien explicado. «Hay que vigilar y orar para no caer en la tentación», dice el Señor. «El pecado está a la puerta acechando como fiera que te codicia, a la que tienes que dominar». «No te dejes arrastrar por tus deseos y tu fuerza para seguir la pasión de tu corazón», insiste el Señor. «El progreso, que es altamente beneficioso para el hombre, encierra, sin embargo, gran tentación», dice el Concilio Vaticano 11. «Aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la sabiduría que procede de Dios, sería estimado en nada». Esta es la mano izquierda del cristiano.
11. La Virgen María es «Cristífora», es decir, «Portadora de Cristo». Esto aparece de forma muy destacada en el icono de Santa María de las Tres Manos: lleva a Jesús a donde quiera que va, es su misión. Lo lleva en el Corazón, desde
luego, pero también en sus labios, en sus ojos y en sus manos. «Proclama su alma la grandeza del Señor», con los labios, porque «se alegra su espíritu en Dios su Salvador»: «de la abundancia del corazón hablan los labios». Lo lleva en sus ojos y lo ve actuando en la Historia «acordándose de su misericordia»; por eso Ella tiene «esos sus ojos misericordiosos», y es para nosotros «Madre de misericordia». Lo lleva, y de un modo bien destacado, en sus manos, por eso «el Poderoso»hace en Ella y por Ella «cosas grandes».
Los cristianos somos, por definición, «portadores de Cristo». Lo hemos de llevar en el corazón, y adorarlo «en espíritu y en verdad». Adorar en espíritu y en verdad no quiere decir adorado a escondidas, en lo oculto de la conciencia y en el interior de los templos únicamente. El corazón se asoma a la vida, o está muerto, y se asoma a través de los labios, de los ojos y de las manos. Jesús, en el corazón y en los labios, para proclamar su Evangelio al mundo entero. Jesús, en el corazón y en los ojos, para vedo todo desde El y para vedo a El en todo: la fe es una cosmovisión. Jesús, en el corazón y en las manos, para traducir en obras el amor del corazón: «Vean vuestras buenas obras», dice el Señor. No las hagamos para que las vean. Pero, si no las hacemos, no las verán. Simplemente, las hagamos. Lo nuestro es dar testimonio, de proclamación y de vida. «Si alguno se muestra rebelde a lo que decimos, lo ganemos por nuestra conducta». Una conducta coherente convence a todos.
La Virgen María oyó cantar a los Ángeles de Belén: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Eso es Ella, eso busca Ella. Eso nos enseña a nosotros. Ese espíritu de servicialidad y entrega lo ha expresado el arte cristiano de dos maneras; una, alargando las manos a la Virgen María, para que puedan llegar hasta donde llega el Corazón, y ahí tenemos a la «Virgen de las Manos grandes», y la otra forma es, añadiéndole una tercera mano, y ahí tenemos a la «Virgen de las Tres Manos», que es también de las «Manos grandes». Todo un estímulo para nosotros.
12. Santa María de las Tres Manos, mira mis manos encanijadas y torpes; dile a Jesús que repita en mí lo que dijo a aquel hombre de la mano seca: «Extiende la mano»; que «prolongue en mis pequeñas manos sus manos poderosas, para estar los dos así, creando, los dos, así, velando por las cosas». El que, a instancia tuya convirtió el agua en vino, puede transformar esta «piedra de mis manos en herramienta constructiva».
Pídele que alargue mis manos, ruines, haciéndome más disponible; que unja mis ásperas manos con el óleo de la misericordia, para que no sea áspero con mis hermanos heridos por la vida; que el celo apostólico agilice mis manos perezosas y la virtud de la incondicionalidad multiplique la eficacia de mis manos, curando definitivamente «su fiebre posesiva».
Que nunca me falte amor. Agranda mi corazón, ensánchalo, para en él dar cabida a todos, sin excluir a nadie y sin que nadie me lo acapare, ni me condicione. Quiero ser más gratuito, más disponible, más incondicional. Necesito una mano más para poder llegar a más necesitados de los que llego, para ser más eficaz. Quisiera tener tres manos, como Tú, para en todo amar y servir mejor. No puedo, ni debo, ni quiero estar pendiente de mí, ni exigir que otros estén pendientes de mí. Quiero ser «el último de todos y el servidor de todos», como dice Jesús. Mi vida quiero que sea una respuesta incondicional a los que tienen la pregunta sobre mí: Dios y mi Santa Iglesia.
Insistentemente te he pedido otra mano más. tener tres manos como Tú, Santa María de las Tres Manos. Pero, ahora caigo en la cuenta que, si vivo en el amor y soy incondicional y estoy siempre dispuesto y disponible, me bastan las dos manos que Dios me ha dado, porque, en realidad, si soy así, tengo tres manos. De cualquier manera, aquí están mis manos, oh Santa María de las Tres Manos.
Mons. Damián Iguacen Borau
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Santa María de las Tres Manos
Detalle. Icono. Chiliandari. Monte Athos.