Infinito Menos Uno[1]
1. Breve historia del paisaje
El
hombre fue una vez nómada. Casi siempre, el hombre fue nómada en
círculo y pocas veces en línea recta. Posiblemente volvía a
los mismos paisajes cada año por interés meramente
práctico. Recordaba el sabor de la fruta o la facilidad de la caza de
aquellos parajes y volvía para disfrutarlos con una periodicidad
estacional. A falta de carreteras y, por lo tanto, de mapas de carreteras, las
montañas más altas y los ríos más importantes se
convertían en puntos de referencia indispensables para volver a ese
valle fértil o a ese lago lleno de peces. Casi seguro que esas
montañas y esos ríos y ese valle y ese lago pasaban a formar parte
indispensable de las leyendas de ese hombre y, de esta forma, la
montaña, que tenía la forma de una mujer joven y hermosa
recostada sobre sus propios brazos, protagonizaba una pequeña historia
de amor con ese río, que parecía la lanza de un heroico cazador
de la tribu. Esas montañas y esos ríos y ese valle y ese lago
parecían imperturbables y se presentaban sin cambios ante los ojos del
hombre nómada cada vez que éste volvía a visitarlos. Y el
espíritu de las leyendas con la mujer hermosa recostada y el bravo
cazador blandiendo su lanza seguían siendo los mismos y se consolidaban
como elementos inmutables del paisaje interior del hombre nómada.
Eran
difíciles de perturbar pero no imperturbables. Lo primero que
cambió fue el valle. En él aparecieron las primeras aldeas, junto
al río. A pesar de que fueron los primeros brotes de esta
alteración del paisaje, los cambios eran mínimos. Los materiales
de construcción para las casas eran de por allí cerca y, por lo
tanto, se asimilaban en armonía. Los surcos de cultivo junto a la aldea
apenas se distinguían desde la cima de la montaña. Tuvieron que
pasar muchos años para que a las aldeas se les ocurriera construir una
catedral. En algunos casos tardaron más de trescientos años en
construirla. Los campanarios casi tocaban el cielo y suponían un mayor
impacto en el paisaje pero uno miraba hacia otro lado, a la derecha o a la
izquierda, y los paisajes del hombre nómada permanecían
prácticamente intactos.
Cada
vez eran necesarios más surcos de cultivo al lado de las ciudades hasta
tal punto que toda Castilla fue convertida en campos de trigo. Las pisadas que
el hombre nómada dejaba en sus viajes desaparecían pronto en la
vegetación del paisaje como las ondas de una piedra en el río. Sin
embargo, las fuertes heridas que producían las gentes, que ahora se
movían con carros de una ciudad a otra, sanaban peor y cicatrizaban en
carreteras de asfalto. Quedaban todavía, sin embargo, esas
montañas y esos ríos y ese valle y ese lago que había visto
el hombre nómada. Y si se hubiera querido filmar una película
sobre la vida de ese hombre nómada de hace más de diez mil
años, habría bastado con retirar algún poste de luz
eléctrica para recrear la mayoría de sus paisajes de forma casi
íntegra.
La
verdadera revolución en el paisaje se produce a partir de la segunda
mitad del siglo XX. Ya no es necesario que una carretera siga el curso del
río. Ya no es necesario si quiera un túnel. Esas montañas
y esos ríos y ese valle y ese lago son, por lo tanto, prescindibles. Y
se empeñan siempre en ponerse en medio de nuestros proyectos. Las nuevas
excavadoras y la agilidad de las flexibles políticas de
recalificación de terrenos han sometido al paisaje a unas intensas
sesiones de quimioterapia y radioterapia como si el médico y el
cáncer fueran la misma persona. La lanza del heroico cazador de la tribu
está siendo embotellada por una compañía de refrescos
azucarados y la mujer hermosa recostada sobre sus propios brazos se ha hecho
ayudante de un mago que la sierra en dos o tres pedazos un par de sesiones
diarias. Apenas le quedan ganas de mover los dedos de los pies, para demostrar
que le pertenecen, cuando el mago gira una de las partes de la caja
mágica y el público aplaude anonadado.
2. Paisaje interior del homo cómputens
Todo
ser humano tiene un conjunto de paisajes interiores. Y en la
contemplación prosaica, tal vez artística, de esos paisajes
interiores se deleitaba Jack el destripador. A menudo de forma un poco menos
virulenta, siempre ha habido, en la tribu humana, cavernarios dibujantes de
bisontes y bardos rápidos con el laúd o las palabras que han
intentado captar y plasmar algunos de los paisajes que se pueden encontrar en
el interior de toda la comunidad. Han utilizado medios diversos (pintura,
escultura, arquitectura, música, poesía, cine,
gastronomía…) pero al final el objetivo era el mismo: captar y
plasmar los paisajes comunes a todo ser humano. Desde comienzos del siglo XIX y
hasta nuestros días se da la paradoja de una tendencia individualista en
la que el artista reclama cada vez más el derecho a plasmar tan
sólo sus propios paisajes interiores. Pero, en mi opinión,
trascienden aquellos que, consciente o inconscientemente, logran captar esos
paisajes individuales con los que más gente puede sentirse identificada.
Paisajes individuales comunes a todos. Y, como he sido un optimista desde que
era así de pequeño, me gusta pensar que, aunque marcado por
ellas, todo esto va más allá de las leyes que rigen nuestros
mercados.
Las
posibles coordenadas del paisaje interior del ser humano son el espacio y el
tiempo (Si hay coordenadas, tendremos que pensar que el número de
paisajes interiores del ser humano podría llegarse a contar pero, si es
así, yo me atrevería a decir que el posible número de
paisajes es infinito menos uno). El espacio, como indicábamos en nuestra
Breve historia del paisaje, ha
sufrido tal transformación en los últimos cincuenta años
que nos ha pillado a muchos desprevenidos. Los niños se aburren con las
leyendas del hombre nómada porque no entienden los términos que
servían para hablar de elementos del paisaje hoy inexistentes. Los
centros comerciales, las catedrales de nuestro tiempo, se levantan en menos de
tres meses y nos ofrecen las frutas y la carne que antes ofrecían los
valles fértiles a los que retornaba el hombre nómada (En las
paredes de nuestras cavernas, muchos de nosotros hemos empezado a pintar
manadas de carritos de la compra para auspiciar una buena cacería). Ante
tal confusión en la coordinada espacio, algunos artistas profundizaron
en la coordinada tiempo y se pusieron a excavar en los paisajes, a descubrir
nuevos estratos de nuestro suelo. Unos, tal vez los más espabilados,
encontraron oro y petróleo. Otros, los más exigentes
quizá, encontraron raspas de peces fósiles, que es lo más
parecido que hay en el mundo a una
radiografía, el más profundo de los paisajes humanos.